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viernes, 24 de junio de 2011

FETICHISMO DE LA MERCANCÍA Y TEORÍA DE LA IDEOLOGÍA (II)

Tal como indicamos en la nota anterior, la teoría del fetichismo de la mercancía permite desarrollar la distinción entre ideología y ciencia. Marx parte de la pregunta de por qué la economía política clásica nunca llegó a plantear el problema de los motivos que le impidieron formular la cuestión de las razones por las que el valor y la magnitud del valor adoptaron esas formas: "es indudable que la economía política ha analizado, aunque de manera incompleta, el valor y la magnitud de valor y descubierto el contenido oculto en esas formas. Sólo que nunca llegó siquiera a plantear la pregunta de por qué ese contenido adopta dicha forma; de por qué, pues, el trabajo se representa en el valor, de a qué se debe que la medida del trabajo conforme a su duración se represente en la magnitud del valor alcanzada por el producto del trabajo." (Marx, 1996: 97-98). En definitiva, y este es el fondo de la crítica de Marx, la economía clásica no llegó a desentrañar la forma valor.

De la lectura de la respuesta formulada por Marx se desprende que no se trata de una cuestión de "falsa conciencia", en el sentido de que los economistas elaboraron una mentira adrede para legitimar las relaciones sociales capitalistas. Por el contrario, los economistas tropiezan con una realidad que opera ella misma como obstáculo epistemológico, es decir, que la misma naturaleza de las relaciones sociales en el capitalismo dificulta su conocimiento más allá de las apariencias.

Las categorías (es decir, los conceptos) de la economía burguesa son "formas del pensar socialmente válidas, y por tanto objetivas, para las relaciones de producción que caracterizan ese modo de producción social históricamente determinado: la producción de mercancías." (Marx, 1996: 93). Ahora bien, si las categorías de la economía clásica son "objetivas", esto quiere decir que no pueden explicarse mediante la figura de la "falsa conciencia". Dichas categorías reflejan, expresan, aquello que es visible en el modo de producción capitalista: la omnipotencia de las cosas, la naturalización de la cosificación. La cuestión va más allá de la intención de los economistas.

La razón más profunda de este "fallo" de la economía clásica radica en que "la forma de valor asumida por el producto del trabajo es la forma más abstracta, pero, también la más general, del modo de producción burgués, que de tal manera queda caracterizado como tipo particular de producción social y con esto, a la vez, como algo histórico. Si nos confundimos y la tomamos por la forma natural eterna de la producción social [a lo que nos conduce directamente el fetichismo de la mercancía], pasaremos también por alto, necesariamente, lo que hay de específico en la forma de valor, y por tanto en la forma de la mercancía, desarrollada luego en la forma de dinero, la de capital, etc." (Marx, 1996: 98-99). "A formas que llevan escrita en la frente su pertenencia a una formación social donde el proceso de producción domina al hombre, en vez de dominar el hombre ese proceso, la conciencia burguesa las tiene por una necesidad natural tan manifiestamente evidente como el trabajo productivo mismo." (Marx, 1996: 99). En el capitalismo, el imperio del valor de cambio, expresado a través del dominio del "mercado", es la forma más característica de esta dominación del proceso de producción sobre los seres humanos. En este sentido, el capitalismo se presenta a sí mismo frente a las otras formas de producción (la economía natural, el feudalismo, etc.) como la expresión de la racionalidad frente a la "irracionalidad", frente a "lo artificial", frente a "lo antinatural". (1).

Marx califica de "fetichista" a la actitud adoptada por los economistas burgueses ante los fenómenos de la economía capitalista. Así, puede afirmar: "Hasta qué punto una parte de los economistas se deja encandilar por el fetichismo adherido al mundo de las mercancías, o por la apariencia objetiva de las determinaciones sociales del trabajo..." (Marx, 1996: 100). De este modo, la economía política puede ser considerada como la forma más refinada de la ideología propia del modo de producción capitalista, pero no es ciencia, en el sentido de que no penetra la cosificación para analizar el carácter histórico del capitalismo. Sin embargo, tampoco puede ser concebida como ideología, en el sentido de mistificación consciente de las condiciones sociales existentes en la sociedad capitalista. La economía aparenta una esencia de cientificidad, porque expresa objetivamente las relaciones de producción capitalista, pero despojadas de su carácter histórico.

La percepción cosificada de las relaciones sociales en el capitalismo no puede ser calificada, por tanto, de "falsa conciencia" (entendiendo por este concepto el uso que Marx y Engels le dan en la Ideología alemana). El pasaje a una percepción correcta del carácter de dichas relaciones exige, necesariamente, la transformación revolucionaria del proceso de producción capitalista, pues esta es la fuente última de la cosificación y de la naturalización: "La figura del proceso social de vida, esto es, del proceso natural de producción, sólo perderá su místico velo neblinoso cuando, como producto de hombres libremente asociados, éstos la hayan sometido a su control planificado y consciente. Para ello, sin embargo, se requiere una base material de la sociedad o una serie de condiciones materiales de existencia, que son a su vez, ellas mismas, el producto natural y de una prolongada y penosa historia evolutiva." (Marx, 1996: 97).

Marx sostiene que la ideología, entendida aquí como naturalización de las relaciones sociales (el fetichismo), desaparecerá cuando desaparezcan las bases sociales que la engendran, esto es, la producción mercantil. Esto presenta varios puntos de interés: a) el socialismo, concebido como asociación de productores libres, como forma de producción comunitaria (2), suprimirá el fenómeno de la cosificación, pero no todas las formas de ideología (esto es, las manifestaciones ideológicas que no son propias de la producción mercantil); b) el mero conocimiento no basta para eliminar la forma naturalizada de las relaciones sociales, para ellos es preciso transformar las relaciones de producción que la hacen posible.

Buenos Aires, viernes 24 de junio de 2011

NOTAS:

(1) El gran sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) caracterizó el contenido general de este proceso aludiendo al "desencantamiento del mundo".

(2) En el capítulo 1 del Libro Primero de El capital Marx formula la siguiente definición del socialismo: "Imaginémonos, finalmente, para variar, una asociación de hombres libres que trabajen con medios de producción colectivos y empleen, conscientemente, sus muchas fuerzas de trabajo individuales como una fuerza de trabajo social. Todas las determinaciones del trabajo de Robinsón [el personaje favorito de los esquemas de la economía política] se reiteran aquí, sólo que de manera social, en vez de individual. Todos los productos de Robinsón constituían su producto exclusivamente personal y, por tanto, directamente objetos de uso para si mismo. El producto todo de la asociación es un producto social. Una parte de éste presta servicios de nuevo como medios de producción. No deja de ser social. Pero los miembros de la asociación consumen otra parte en calidad de medios de subsistencia. Es necesario, pues, distribuirla entre los mismos. El tipo de esa distribución variará con el tipo particular del propio organismo social de producción y según el correspondiente nivel histórico de desarrollo de los productores. A los meros efectos de mantener el paralelo con la producción de mercancías, supongamos que la participación de cada productor en los medios de subsistencia esté determinada por su tiempo de trabajo. Por consiguiente, el tiempo de trabajo desempeña un papel doble. Su distribución, socialmente planificada, regulará la proporción adecuada entre las varias funciones laborales y las diversas necesidades. Por otra parte, el tiempo de trabajo servirá a la vez como medida de la participación individual del productor en el trabajo común, y también por ende, de la parte individualmente consumible del producto común. Las relaciones sociales de los hombres con sus trabajos y con los productos éstos, siguen siendo aquí diáfamente sencillas, tanto en lo que respecta a la producción como en lo que atañe a la distribución." (Marx, 1996: 96).

BIBLIOGRAFÍA:

Marx, Karl. [1867]. (1996).
El capital: Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI.

miércoles, 22 de junio de 2011

NORBERTO GALASSO Y EL "SOCIALISMO NACIONAL" (I)

La serie completa incluye cinco notas.





Norberto Galasso (n. 1936) se ha convertido por esos azares del destino en uno de los intelectual principales del campo "nacional y popular” en estos tiempos del kirchnerismo. Historiador flojo, centrado en lo anecdótico y proclive a presentar esquemas como si fueran la realidad misma, ha hecho de la dicotomía entre “lo nacional” y “lo antinacional” un verdadero medio de vida. Cada época se provee los intelectuales que necesita, y ésta no ha sido la excepción. Sin embargo, no es nuestra cuestión realizar una crítica exhaustiva de su obra historiográfica. Esto será tarea de los historiadores competentes que quieran afrontar esta ingrata labor. Nuestro propósito, en cambio, es mucho más modesto. Se trata de someter a discusión las concepciones desarrolladas por Galasso en su obra teórica más relevante, ¿Qué es el socialismo nacional? (1973). (1)

La elección no es casual. La obra mencionada representa, desde el punto de vista de Galasso, la formulación más coherente de las tesis del autor acerca de la centralidad de la cuestión nacional para el socialismo. A lo largo del texto, que tiene el formato de un ensayo, arremete contra las variantes de lo que denomina socialismo “antinacional”, esto es, contra todos los representantes de la izquierda en Argentina, desde el viejo socialismo hasta el PRT-ERP. Es por tanto, un trabajo que presenta un doble interés. Por un lado, porque Galasso se ve obligado a revisar en clave “nacional” la historia de la izquierda en Argentina; esta revisión lo lleva, por ende, a formular sus posiciones sobre las estrategias y las tácticas de la izquierda a lo largo de todo el período considerado. Por otro lado, Galasso se ve compelido a exponer de manera positiva las tesis fundamentales del llamado socialismo “nacional", permitiendo de ese modo una crítica más sistemática de dichas tesis.

La obra fue escrita y publicada en 1973. Galasso se propone establecer los lineamientos principales del llamado socialismo nacional, marcando las diferencias "con aquellas corrientes 'socialistas' que desconocen la cuestión nacional existente en la Argentina y que pretenden importar mecánicamente experiencias revolucionarias lejanas, sin reparar en las condiciones específicas de la Argentina y de América Latina." (p. 7).

Galasso carga en sus hombros una mochila muy pesada, pues se postula implícitamente al cargo de teórico oficial del "socialismo nacional". No es exagerado adjudicarle esta intención, pues con un ensayo pretende despachar toda la historia de la izquierda en Argentina y, a la vez, plantear una interpretación del marxismo que tiene mucho de divagación y poco de marxismo. Pero vayamos despacio.

El libro puede dividirse en tres partes. En la primera hace una rápida excursión por los clásicos del marxismo, planteando la importancia que tiene la cuestión nacional para Marx, Lenin y cia. En la segunda, efectúa un balance de la actuación de la izquierda en Argentina, que concluye poniendo el sello de "antinacional" a cada una de las corrientes de ésta. En la tercera, se dedica a demostrar que el movimiento peronista es la fuerza que encarna los ideales de liberación nacional y social en Argentina.

En pocas palabras, toda la argumentación de la obra se resume en afirmar que el peronismo es la encarnación del socialismo nacional: "Desplegando sus banderas revolucionarias los descendientes de los Montoneros irrumpen de nuevo en la escena: por la revolución nacional para liberar el país del imperialismo opresor, por la revolución socialista para liberar a la clase obrera del yugo capitalista, por una América Latina liberada, unida y socialista." (p. 135).

Nuestro teórico del "socialismo nacional" muestra con rapidez la hilacha, sobre todo si se tiene en cuenta las elevadas tareas para las que se ha postulado. Así, el hombre que se ha propuesto demostrar el carácter "antinacional" y "abstracto" de las vertientes de la izquierda argentina, abre su ensayo utilizando los mismos métodos polémicos de muchos de los izquierdistas a los que condena. Galasso considera que desarrollar el marxismo consiste en exponer un resumen de algún texto canónico, y chau pinela. Nada muy diferente a los manuales del viejo PC soviético, con el agravante de que Galasso la juega de heterodoxo.


El capítulo 1 del libro es, en su mayor parte, un resumen de escolar basado sobre todo en el Manifiesto Comunista (1848) de Marx y Engels, en el que pretende presentar los lineamientos fundamentales de la teoría marxista. Más allá de los pequeños y grandes errores que se encuentran en el texto (2), todo el capítulo rezuma una actitud sobradora y jactanciosa, poco apta para persuadir sobre bondades del marxismo (o de cualquier otra teoría social). Las referencias históricas concretas son tan escasas como abundantes las exégesis y los comentarios de los textos canónicos de los santos padres del marxismo, con el inconveniente adicional de que, por tratarse de un ensayo, no se realizan citas de los textos originales. Como ya se indicó más arriba, esta forma de exponer un argumento es propia de la ortodoxia estalinista, justamente aquella que Galasso dice combatir.


A modo de muestra, transcribo un pasaje característico: "La dialéctica intrínseca del desarrollo histórico armaba a la propia burguesía, para poder vivir, con un enorme cuchillo que era inmanejable y que si bien ahora le permitía alimentarse golosamente, tarde o temprano se volvería contra ella y la ultimaría sin remedio." (p. 18-19). O este otro: "Los ideólogos de la burguesía reflejaron desde entonces en sus diversos sistemas irracionalistas, la decadencia de la burguesía convertida ya en una clase reaccionaria. Su ciclo había concluido y ya no haría más que sobrevivirse agonizando." (p. 28). Este último pasaje hacer referencia al período posterior a la publicación del Libro Primero de El capital (1867). Como puede observarse, en la prosa de Galasso la frase reemplaza al análisis, el deseo a la consideración responsable de los hechos.


El capítulo 2 (p. 29-48) es particularmente importante en la estructura general del libro, pues Galasso comienza a formular allí la tesis de que en el pasaje de la etapa del "capitalismo competitivo" (p. 29) a la "etapa imperialista" del capitalismo (p. 35), la "cuestión nacional" pasa a ser el problema fundamental del movimiento socialista. Hay que aclarar que la forma en que Galasso plantea dicho pasaje es todavía vergonzante, y sólo alcanza su pleno desarrollo en los capítulos siguientes.


La mayor dificultad de Galasso en su tarea de elevar la "cuestión nacional" al rol de tema principal del marxismo consiste en que ello significa obviar la centralidad del proceso de trabajo y de las relaciones de producción en la teoría de Marx. El asunto no es fácil. ¿Cómo lo resuelve Galasso? Esto es lo que intentaremos mostrar a continuación.


En primer lugar, recurre a una periodización del capitalismo marcada por el desplazamiento progresivo desde la esfera de la producción a la esfera de la circulación. Galasso reconoce dos etapas en la historia del capitalismo: a) una fase competitiva, que se prolonga hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XIX; b) una fase imperialista que comienza hacia 1880 y se extiende hasta la actualidad.

Galasso no hace casi referencias concretas a la etapa competitiva (3). Esto le permite eludir desde el principio el trabajo de tener que examinar detenidamente las transformaciones en el proceso de producción capitalista. Como tantas otras veces, nuestro autor se dedica a las frases: "Ya avanzada la segunda mitad del siglo pasado [el XIX] el viento de la historia parecía soplar para el socialismo. Marx y Engels creían ya que se encontraban en las vísperas de la revolución social. En las barricadas del 48 y del 70, el proletariado ponía al borde del colapso a la sociedad burguesa." (p. 35). Está claro, por lo menos para los historiadores, que en 1848 y en 1871 [la Comuna de París] la sociedad burguesa no estaba en peligro, y que su capacidad para expandir las fuerzas productivas estaba en pañales. El entusiasmo revolucionario puede generar (y ha generado) errores en la apreciación de la coyuntura política, y esto es disculpable; pero, en el caso de Galasso, se verifica un extraño fenómeno de entusiasmo retrospectivo, cosa que no merece por cierto ninguna disculpa. Avancemos.

¿Cuál era la causa de la inestabilidad de la sociedad burguesa, esa sociedad que según Galasso se hallaba al borde del colapso? Nuestro autor, adoptando un aire bíblico, sostiene que en el principio estaba la escasa capacidad de consumo de los trabajadores y de los demás sectores populares. Así, en la sociedad capitalista "el valor que se produce y envía al mercado, excede el poder de compra generado, conduciendo periódicamente a crisis económicas de gran magnitud." (p. 23). De este modo, Galasso considera que la causa principal de las crisis en el capitalismo es el subconsumo de las masas; en otras palabras, la contradicción principal del capitalismo está situada en el plano de la distribución, y no en el de la producción (4).

Ahora bien, la expansión colonial del capitalismo fue el factor que permitió evitar el colapso del sistema en las metrópolis: "Ese capitalismo en fabulosa expansión, ahogado por la falta de nuevas oportunidades de inversión, saturadas sus posibilidades por la reducida demanda efectiva consecuencia de su explotación desvergonzada, saltó entonces las fronteras buscando nuevos aires en el mundo colonial. La exportación de capital se puso a la orden del día. El capitalismo, eliminada la libre competencia y convertido al monopolio, entró entonces en su fase superior: el imperialismo." (p. 36-37). Nótese, como otra vez, Galasso ubica en la insuficiencia de la demanda el problema central del capitalismo, camino que lo conduce a desplazar del centro del escenario a la cuestión del proceso de trabajo.

El imperialismo soluciona el problema central del capitalismo al resolver transitoriamente la insuficiencia de la demanda efectiva, que se ve incrementada por la incorporación de los mercados de las colonias y por el aumento del nivel de vida de los trabajadores en las metrópolis. Al hacer esto último, el imperialismo consolida la dominación capitalista, pues mella la voluntad revolucionaria de la clase obrera: "Amplias capas pequeño burguesas y la capa superior de la clase obrera comienzan entonces a coparticipar en la explotación colonial. La burguesía, convertida en imperialista, cola tras de sí, entonces, a sus antiguos enemigos y les arroja las migajas del festín. De este modo, la opresión imperialista le permite a la burguesía alejar el peligro de la revolución social transformando a sus hasta ahora irreductibles antagonistas en complacientes y precedentes interlocutores." (p. 37-38). Dado que, como hemos visto, Galasso sostiene que el problema central del capitalismo es la insuficiente demanda efectiva de las masas, es lógico avanzar en esa línea y postular que la clase obrera de los países centrales perdió todo carácter revolucionario a partir del ascenso del imperialismo. En verdad, la expansión del imperialismo desplaza la contradicción principal del imperialismo desde el ámbito de la producción hacia el de la distribución y el de la circulación.

Galasso afirma que la trayectoria de la socialdemocracia europea en el período del imperialismo expresa con claridad el contenido del desplazamiento mencionado en el punto anterior. "Así, el gran ideal socialista se reduce a la obtención de mejoras económicas y sociales inmediatas, dentro del capitalismo, circunstancia que sólo será posible merced al carácter imperialista que ha tomado ese capitalismo. (...) La huelga revolucionaria y la insurrección popular son reemplazadas por la sesuda polémica parlamentaria." (p. 39). El imperialismo vuelve, pues, reformistas a los trabajadores, y nacionalistas a los socialistas en los países centrales.

Si se acepta el esquema expuesto en los párrafos anteriores, se está en condiciones de efectuar una transformación "radical" en el socialismo. Como era de esperarse, Galasso pone manos a la obra. En la nota siguiente seguiremos a nuestro autor en esta ardua tarea.

Buenos Aires, miércoles 22 de junio de 2011

NOTAS:

(1) Hemos empleado la siguiente edición de la obra: Galasso, Norberto. (2010).
¿Qué es el socialismo nacional? Rosario: Germinal Ediciones. La 1° edición de la obra es de 1973. El texto fue redactado entre marzo y octubre de 1973.

(2) Por ejemplo, su descripción de la dialéctica hegeliana como tesis, antítesis y síntesis (p. 21), o la frase final del capítulo, en la que se proclama la situación agónica de la burguesía (p. 28).

(3) Salvo un pasaje en la p. 36, donde menciona "la pequeña empresa capitalista y del empresario individual, ascético e individualista."

(4) En rigor, Galasso también hace referencia a la producción de plusvalía (p. 23), pero se trata de una mención secundaria, tal como demostraremos en las páginas siguientes.

lunes, 20 de junio de 2011

PERONISMO: TORRE, JUAN CARLOS. LA VIEJA GUARDIA SINDICAL Y PERÓN (BUENOS AIRES, EDICIONES RyR, 2011)

Juan Carlos Torre (n. 1940), sociólogo e historiador argentino, es autor de varios trabajos fundamentales sobre la historia del peronismo. Entre ellos se destaca La vieja guardia sindical y Perón: Sobre los orígenes del peronismo (1988), producto de una investigación iniciada en 1972 en el Instituto Torcuato Di Tella y terminada en 1982, tiempo signado por la derrota del proyecto político de Perón en 1973-1976, por la dictadura militar y por el exilio del autor en EE. UU., Francia, Brasil y Gran Bretaña. En enero de 1983 la investigación fue presentada como tesis de doctorado en la Ecole des Hautes Etudes de Paris, bajo la supervisión de Alain Touraine (n. 1925). (1)

La investigación de Torre se ubica en el marco del ya añejo debate sobre el papel de la clase obrera en el surgimiento del peronismo. La discusión gira en torno al rol que jugaron los "nuevos trabajadores" en la conformación del movimiento peronista. A mediados de la década de 1930, y como consecuencia de las medidas adoptadas por el gobierno de Agustín P. Justo para hacer frente al derrumbe del modelo agroexportador, se inició un proceso de industrialización (centrado en las industrias livianas) que implicó un crecimiento numérico de la clase obrera. La inmigración proveniente de las regiones rurales suministró los efectivos necesarios para hacer frente a esta demanda creciente de trabajadores. En 1943 los trabajadores provenientes del interior constituían ya una porción muy significativa de la clase obrera argentina. El ascenso del peronismo, cuyo hito fundacional es el 17 de octubre de 1945, fue objeto de diversas explicaciones. Es significativo que los primeros intentos en dar cuenta de las causas del peronismo, tanto los producidos por los partidarios del nuevo movimiento político, como los debidos a los enemigos del movimiento, acentuaron el papel desempeñado por la "nueva clase obrera". Así, "al asignar a los trabajadores recién llegados al medio urbano e industrial el lugar de privilegio en su constitución, el peronismo se erige como un movimiento nuevo y, a la vez, como un movimiento que hunde sus raíces en las tradiciones nacionales y populares presuntamente preservados en las provincias del interior." (p. 28). Según esta interpretación, el peronismo es la expresión de una tradición popular conservada en estado puro en el interior del país, zona que se hallaba menos corrompida por el cosmopolitismo de la ciudad de Buenos Aires. En la vereda de enfrente, los críticos y los enemigos del peronismo también acentuaron la intervención de los trabajadores de origen rural. Dado que consideraban al movimiento liderado por Juan Domingo Perón (1895-1974) como una variante de los fascismos europeos, de ningún modo estaban dispuestos a considerar que el movimiento obrero organizado hubiera apoyado el ascenso de los peronistas al poder. La "vieja clase obrera" (los obreros conscientes) no podía ser la base de sustentación de semejante aberración autoritaria. De ahí que los migrantes internos fueron el comodín empleado para acomodar la realidad a sus preconceptos ideológicos: "las impurezas que presentaba la realidad fueron atribuidas a la presencia inesperada de masas con problemas de adaptación al medio urbano, sin experiencia obrera y todavía identificados con los estilos paternalistas de sus lugares de origen." (p. 28-29).

Torre afirma que ambas concepciones "eran demasiado impresionistas para que salieran airosas de una investigación más fiel a los hechos históricos" (p. 29). El punto de partida para una nueva posición sobre la cuestión del papel de la clase trabajadora en la constitución del movimiento peronista fue la publicación de la obra clásica de Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, Estudios sobre los orígenes del peronismo (Buenos Aires, Siglo XXI, 1971). A partir de allí, el apoyo de los trabajadores al por entonces coronel Perón dejó de ser considerado como una "patología" y pasó a ser pensado como el resultado de una elección racional por parte de las organizaciones sindicales y de los trabajadores. Si el 17 de octubre marcó la incorporación de la clase trabajadora a la política argentina desde un lugar activo, cabe afirmar que la obra de Murmis y Portantiero significó el reconocimiento, en el plano teórico, de la "mayoría de edad" de los trabajadores, considerados hasta ese momento como una especie de niños que eran llevados de la nariz por algún líder carismático y/o demagógico.

La obra de Torre representa una notable profundización de la línea argumentativa inaugurada por Murmis y Portantiero. Por un lado, demuestra la imposibilidad de sostener un enfoque centrado en la idea de una "nueva clase obrera" a partir de los migrantes internos, dado que:

a) la noción misma de "nueva clase obrera" tiene que ser relativizada, puesto que "el trabajador industrial medio no habrá de corresponderse hacia 1943 con el estereotipo del trabajador rural recientemente desarraigado de un ambiente tradicional. Ello lleva a una recomposición de la dicotomía convencional que ha distinguido, por un lado, a los obreros recién llegados a la ciudad y la fábrica y por otro lado, a una vieja clase obrera formada por la inmigración de origen extranjero. Entre unos y otros hay un espacio - un espacio importante - para un tercer grupo, integrado por los descendientes de los inmigrantes extranjeros (la primera generación de obreros argentinos) y por los migrantes internos de más larga tradición en la ciudad. Este fue, por otra parte, el perfil dominante en la fuerza de trabajo ocupada en el sector más dinámico de la manufactura en los años treinta, la industria textil." (p. 63-64);

b) fueron las organizaciones sindicales constituidas antes de 1943 y la "vieja guardia sindical" (los dirigentes de dichas organizaciones), quienes jugaron un papel fundamental en el ascenso del movimiento peronista. Torre desarrolla este papel en los capítulos III y IV de la obra.

Por otro lado, y esto aparecía completamente ignorado en las primeras explicaciones del fenómeno peronista, Torre dedica buena parte de su libro a demostrar cómo la acción de la "vieja guardia sindical" , expresada inicialmente como aceptación oportunista de los ofrecimientos formulados por el coronel Perón (p. 126), luego como decisión de acompañar y desarrollar la movilización de los trabajadores el 17 de octubre y, finalmente, a través de la conformación del Partido Laborista (capítulos V, VI y VII de la obra), representaba un original proyecto de autonomía política de la clase obrera argentina. Torre indica que "a través de la vieja guardia sindical, de su tentativa y posterior frustración por participar con independencia en el régimen que surge en 1946, me interrogo sobre las vicisitudes de la autonomía política obrera dentro de un proceso de cambio lanzado desde el Estado y comandado por un fuerte liderazgo plebiscitario. Este orden de preguntas (...) forma parte de una preocupación relativa a las condiciones en las que es posible combinar un movimiento de reformas políticas y sociales con la preservación de un espacio pluralista y democrático." (p. 34).

La cuestión de las posibilidades y limitaciones mismas de la autonomía obrera en las condiciones del período 1943-1946 es el tema central del libro de Torre. Desde esta perspectiva, el peronismo deja de ser concebido como el resultado de la conciencia nacional encarnada en un coronel del ejército argentino, o el producto de la acción demagógica del citado coronel sobre los estratos más atrasados de las clases trabajadoras. Perón nunca dejó de ser visto como un ser omnipotente, y pasan a percibirse los límites de su acción política. La "vieja guardia sindical", sus estructuras, sus militantes, sus concepciones, retornan al centro de la escena, y Perón se ve obligado a negociar y a pactar con ellos, en un marco en el que ambos actores persiguen objetivos en muchos casos divergentes.

Entre las cuestiones que son tratadas en la obra merecen destacarse:

a) la relevancia de las luchas internas entre los miembros de la élite militar que pasó a gobernar el país a partir del golpe de junio de 1943. Así, el pasaje de una política inicialmente represiva frente al movimiento obrero (encarcelamiento de los dirigentes comunistas, intervención de la Unión Ferroviaria y de La Fraternidad, decreto 2669 reglamentando la actividad sindical) a una política de concesiones y de seducción de los dirigentes obreros, no se explica exclusivamente a partir de "la clarividencia y la astucia de la eminencia gris de la Revolución de Junio. De estas cualidades, Perón estaba por cierto generosamente dotado y venía sirviéndose de ellas para afirmar su liderazgo sobre sus camaradas. Sin embargo, su libertad de maniobra para hacer lo mismo sobre los dirigentes sindicales era menor de lo que sugieren quienes presentan su intento de apertura como un ejercicio de sagacidad política." (p. 86). Torre demuestra que la política de Perón sólo tuvo vía libre (y esto, por cierto, dentro de límites estrechos) a partir de agosto de 1943, cuando una huelga en los frigoríficos de Avellaneda y Berisso, dirigida por militantes comunistas, amenazó con desencadenar una jornada nacional de protesta con el objetivo de volcar el equilibrio político hacia los sectores militares partidarios de los aliados (p. 82). Fue la fragilidad interna del régimen militar (sacudido por las luchas entre aliadófilos y germanófilos) la que abrió la posibilidad para que Perón entrara en contacto con el movimiento obrero;

b) las gestiones realizadas por Perón para conseguir cooptar a la UCR, incorporándola así a su proyecto político personal (p. 105-107) Torre apunta que entre la creación de la Secretaría de Trabajo y Previsión (noviembre de 1943) y la puesta en marcha de las primeras reformas laborales (mayo de 1944), hubo un impasse que se explica por el hecho de que Perón relegó el frente sindical a la espera del logro de un acuerdo con los dirigentes radicales, en especial con el líder de la intransigencia, Amadeo Sabattini (1892-1960). La negativa de los radicales a dar el paso decisivo, y la creciente presión de EE.UU. sobre el gobierno militar, forzaron a Perón a inclinarse hacia los sindicatos, pues allí parecía residir la única fuerza popular capaz de catapultar su carrera política;

c) el papel de las organizaciones de la "vieja guardia sindical" en la preparación y organización de la jornada del 17 de octubre (p. 158). Sin negar el grado de espontaneidad de la movilización popular, Torre remarca del rol jugado por los militantes obreros, que fueron capaces de coordinar acciones de masas en todo el país. Además, Torre demuestra que la contribución de los allegados a Perón en la movilización obrera fue escasa o nula (así, por ejemplo, Eva Perón no jugó ningún rol en la jornada). A nuestro juicio, esto contribuye a destacar mucho más que las tesis de la "espontaneidad" el papel jugado por los trabajadores en esa jornada;

d) la experiencia del Partido Laborista. Torre dedica tres capítulos del libro a la experiencia laborista, y su percepción de los límites de la misma es particularmente aguda. Ahora bien, la existencia del intento laborista echa por tierra el mito de un movimiento obrero que se sometió fácilmente a la "demagogia" del coronel Perón.

En definitiva, el libro de Torre constituye un clásico de la historiografía argentina, y su lectura es imprescindible para aquellos que desde la militancia quieran comprender el significado y las limitaciones del movimiento peronista.

Buenos Aires, lunes 20 de junio de 2011

NOTAS:

(1) La 1° edición de la obra fue publicada en 1988. La edición que es comentada aquí es la realizada por las Ediciones Razón y Revolución para su Biblioteca Militante, Colección Historia Argentina. Los datos completos de esta edición: Torre, Juan Carlos. (2011). La vieja guardia sindical y Perón: Sobre los orígenes del peronismo. Buenos Aires: RyR. (Biblioteca Militante, Colección Historia Argentina; 1). Incluye un prólogo de Marina Kabat, titulado "Una vieja guardia siempre renovada..." (p. 9-23)

lunes, 13 de junio de 2011

FETICHISMO DE LA MERCANCÍA Y TEORÍA DE LA IDEOLOGÍA (I)

La importancia del fetichismo de la mercancía radica en que constituye la base para el análisis científico de la ideología. ¿Por qué? Porque permite explicar la naturalización de las relaciones sociales (esto es, el mecanismo más significativo de la ideología), remitiendo al análisis de la forma mercantil, de la producción mercantil. La naturalización de las relaciones sociales, llevada a su perfección por la economía política, es posible (y es consecuencia) de la forma de producción e intercambio propia de la producción mercantil. Las relaciones sociales se objetivan, es decir, aparecen como relaciones entre cosas. La objetivación significa que estas relaciones se dan con independencia de la intervención humana y poseen el carácter de la inexorabilidad. Las leyes de la sociedad se asemejan a las leyes de la física. (1).

El texto fundamental para el análisis de este fenómeno es el apartado 4 del capítulo 1 del Libro Primero de El capital (Marx, 1986: 87-102). La importancia de este escrito es doble: a) El capital es el núcleo de la producción intelectual de Marx, y el fetichismo de la mercancía ocupa un lugar muy destacado en esa producción; b) presenta la forma más avanzada de la concepción de la ideología de un Marx que ya había desarrollado su análisis del modo de producción capitalista. En este sentido, debe compararse a la sostenida en La ideología alemana (1845-1846).

Las relaciones sociales propias de la producción mercantil son el punto de partida de todo el análisis marxista de la ideología. La cosificación de esas relaciones crea la apariencia de su exterioridad, de su ajenidad respecto a las personas; otorga naturalidad y, por tanto, naturaliza un tipo específico de relaciones sociales. La naturalización legitima esas relaciones sociales (que en el capitalismo son esencialmente desiguales, con la explotación como componente esencial), borra su carácter histórico.

En este marco, la ideología es esta concepción de la sociedad condicionada por el fetichismo propio de las relaciones sociales mercantiles. No es tanto un pensamiento falso, una mentira "noble", una mistificación adrede, sino la forma en que los individuos se explican el funcionamiento de la sociedad (o de un aspecto de la misma). Pero esta concepción (la de ideología como pensamiento falso) traduce las apariencias sociales que obstaculizan la percepción de las relaciones sociales capitalistas.

La teoría de la ideología expuesta en el fetichismo de la mercancía presenta un esquema tripartito:
a) Relaciones sociales capitalistas;
b) Cosificación, fetichismo;
c) Ideología.

La concepción de la ideología tal como aparece en la Ideología alemana saltea la cosificación y cae, por eso mismo, en una visión reduccionista (2). El concepto pierde fecundidad teórica y se desliza hacia el maniqueísmo y las concepciones propias de la Ilustración (el conocimiento nos hará libres, etc.). (3).

Por el contrario, la concepción desarrollada en El capital permite: a) extender la aplicación del concepto de ideología a todas las manifestaciones de la sociedad capitalista (4); b) establecer la distinción entre ideología y ciencia (entendida esta última como percepción de la cosificación) y, de esa manera, es una base sólida para el desarrollo de la ciencia social. (5).

Buenos Aires, lunes 13 de junio de 2011

NOTAS:

(1) Resulta interesante analizar cómo la ideología de la naturalización convive con la ideología del individuo, con la exaltación de la libertad. Debe trabajarse con la distinción entre producción e intercambio (Ver al respecto el final del capítulo 4 del Libro Primero de El capital, Marx, 1986: 214).

(2) La ideología se equipara, por decirlo así, al mito de los metales en la República de Platón.

(3) Esto no quiere decir que Marx y Engels hubieran planteado en 1845-1846 que el camino para lograr la liberación de los seres humanos era la difusión del conocimiento verdadero de la sociedad. Esto es profundamente erróneo, pues en el texto citado ambos desarrollan la teoría de la lucha de clases y de la revolución como camino efectivo para llegar al socialismo. Sólo queremos indicar que la concepción de la ideología esbozada en esa obra es unilateral y mella el carácter revolucionario de la teoría marxista.

(4) La teoría presentada en La ideología alemana tendía a encerrar el concepto en el plano político-ideológico.

(5) En relación a la distinción entre ideología y ciencia, es altamente significativo el análisis que hace Marx de las limitaciones de la economía política clásica, el cual será desarrollado en el próximo artículo de esta serie.

BIBLIOGRAFÍA:

Marx, Karl. [1867]. (1996). El capital: Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI.

domingo, 12 de junio de 2011

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA: ÍNDICE

A continuación se indica el tema de cada una de las notas publicadas en este blog a partir del comentario del libro de G. H. D. Cole., Historia del pensamiento socialista.

1° Nota: Presentación. Origen del término socialismo:


2° Nota: Origen de los términos lucha de clases y comunismo.


3° Nota: El socialismo en la Revolución Francesa: Babeauf.


4° Nota: Precursores del socialismo inglés:


5° Nota: Precursores del socialismo inglés. William Godwin.


6° Nota: Precursores del socialismo inglés. Thomas Paine.


7° Nota: La derrota del movimiento radical en Inglaterra.


8° Nota: Saint-Simon.


9° Nota: Saint-Simon y el sansimonismo.


10° Nota: Fourier.


11° Nota: Los continuadores de Fourier. Etienne Cabet.


12° Nota: Sismondi y su crítica de la economía clásica.


13° Nota: Robert Owen.


14° Nota: Los orígenes del movimiento obrero inglés. Sindicatos, cooperativismo, economistas socialista.


15° Nota: Los economistas socialistas ricardianos.


16° Nota: El movimiento obrero inglés en 1824-1834.


17° Nota: La evolución del owenismo después de 1834. El socialismo de Bray.


18º Nota: El cartismo.


19º Nota: Los epígonos del cartismo.


20º Nota: Blanqui y el problema del poder.


21º Nota: Louis Blanc.


22º Nota: Buchez y el cooperativismo en Francia.

viernes, 3 de junio de 2011

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (14): LOS ORÍGENES DEL MOVIMIENTO OBRERO INGLÉS. SINDICATOS, COOPERATIVISMO. ECONOMISTAS SOCIALISTAS.

(Esta nota es la continuación de: http://miseriadelasociologia.blogspot.com/2011/05/historia-del-movimiento-socialista-13.html)

Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo indicación en contrario, de: Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista. I: Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.

18. El movimiento obrero inglés en la 2° mitad de la década de 1820.

Este período está marcado por la transición de la larga hegemonía tory al gobierno whig. En esta época se produjo una agitación popular a favor de la reforma electorarl (la extensión del voto a los trabajadores).

Los hilanderos de algodón que empleaban la hilandera intermitente (un oficio especializado que se había originado en la Revolución Industrial) se organizaron en un sindicato general que pretendía abarcar a todo el país. Los obreros de la construcción se levantaron contra el sistema de los "grandes contratistas". Los trabajadores que fabricaban máquinas de vapor y otros nuevos grupos de obreros comenzaron a organizarse. (I: 108).

La mayoría de los obreros políticamente activos estaban preocupados, sobre todo, por la reforma del Parlamento: "...pero la demanda de una democracia política cada vez se iba combinando más con una denuncia del capitalismo y de los privilegios de la aristocracia y también con las ideas de un nuevo tipo de vida, debiéndose esto en gran parte a Owen mismo." (I: 110-111).

Hay que decir que esta es la primera referencia más o menos extensa - ¡8 líneas! - al movimiento obrero. ¡Justamente el actor social qué debería ser el centro de toda la historia del socialismo! Sin el movimiento obrero, sin la puesta en práctica de los proyectos de transformación de la sociedad capitalista, la historia del socialismo pierde toda sustancia, y corre el riesgo de transformarse en una estéril "historia de la filosofía". Esto último no sucede con el libro de Cole, pero la escasa atención dedicada al movimiento obrero constituye el principal defecto del libro - por lo menos en sus primeras 100 páginas - ).

19. El origen del movimiento cooperativista en Gran Bretaña.

Para la 2° mitad de la década de 1820 se produjo un incremento del cooperativismo práctico. En Escocia y en otros lugares se crearon tiendas cooperativas, donde las provisiones se vendían a reciprocidad. En sus orígenes no estaban vinculadas con Robert Owen (1771-1858) o con el owenismo, y su única aspiración era "la de obtener artículos mejores y más baratos comprándolos a precios de mayores y repartiéndolos" (I: 109).

El papel más destacado correspondió al Dr. William King (1786-1865), de Brighton, quien dirigió el periódico THE CO-OPERATOR (1828-1830). En otro periódico cooperativista, el CO-OPERATIVE MAGAZINE, apareció impresa por primera vez la palabra socialista, empleada para designar a los partidarios de las nuevas ideas. (I: 108-109).

En 1829 fue creada la Asociación Británica para el Fomento de la Doctrina Cooperativa, con sede en Londres. Sus miembros más activos fueron Henry Hetherington (1792-1849) y William Lovett (1800-1877).

El incipiente movimiento cooperativista fue cambiando de carácter gracias a la acción de pequeños grupos owenistas, que tambíén actuaban sobre el movimiento obrero. Para estos grupos las tiendas cooperativas eran un primer paso para la constitución de comunidades cooperativas autónomas.

Owen, quien en 1829 había regresado a Inglaterra, debió tomar nota del crecimiento del movimiento cooperativista. "Los cooperativistas y los miembros de los sindicatos que le escuchaban de ningún modo estaban inclinados a poner su confianza en el gobierno o en las autoridades de la beneficencia, o en empresas filantrópicas dirigidas por ricos. En lo que pensaban era en una nueva clase de estructura democrática que les emanciparía de la opresión de los capitalistas y de la clase media, y les permitiría dirigir sus propios asuntos; y Owen tuvo que acomodar su propaganda a estas aspiraciones." (I: 109).

20. Los "ricardianos de izquierda" y el movimiento socialista.

David Ricardo (1772-1823), el gran economista clásico, contribuyó inconscientemente al desarrollo teórico del socialismo. A este respecto, los puntos fundamentales fueron los siguientes:

a) El trabajo como medida natural del valor de las mercancías.

b) La teoría de la distribución de los ingresos en la que el capital y el trabajo aparecían como antagonistas directos (cuanto más obtuviese uno, menos recibiría el otro).

"Para los lectores obreros de Ricardo, y para quienes estuviesen del lado del obrero, parecía muy claro que, en opinión del economista, nunca serían los obreros los que recibiesen el beneficio de la mejora económica." (I: 110). Se apoyaron en la teoría del valor expuesta en los Principios de economía política (1817) de Ricardo. Así, "cierto número de economistas radicales tomaron esta teoría del valor y la emplearon para apoyar la conclusión de que el trabajo, siendo la fuente del valor de cambio, debiera reconocérsele como el único factor de producción con derechos a adueñarse del producto, y que toda apropiación por los dueños de otros factores de producción se basaba, de una u otra forma, en un monopolio ilegítimo: en su forma más sencilla, el monopolio de la tierra, pero también, en las sociedades más desarrolladas, el monopolio de la propiedad del capital." (I: 112). También atacaron la transformación del trabajo humano en una mercancía, pues ello traía como consecuencias: a) destruir la calidad del mismo; b) reducir el salario al nivel de subsistencia; c) reemplazar a los trabajadores por máquinas. (I: 112-113).

Cole resume así la crítica de los ricardianos de izquierda al capitalismo: [Refiriéndose a la ley descubierta por Ricardo sobre la reducción del salario al nivel de subsistencia] "Esto, decían, es lo que sucede bajo el sistema malo y artificial del capitalismo; pero no es lo que debería suceder o lo que sucedería bajo un orden económico más natural. Sucede bajo el capitalismo, porque el capitalismo convierte al trabajo en una mercancía, cuyo valor es medido mediante las leyes de un mercado de competencia, y no por la norma de la justicia natural. Las leyes injustas de distribución bajo el capitalismo, manteniendo el consumo de la mayor parte del pueblo al nivel de subsistencia, e incluso reduciéndolo cuando los negocios marchan mal, fatalmente limitan el mercado. Son causa de que no se utilicen constantemente y por completo las grandes y crecientes fuerzas de producción de que dispone la humanidad; y dan lugar a crisis periódicas de lo que parece 'sobreproducción', pero que realmente es consumo deficiente debido a las restricciones en el poder de compra de los obreros. Dése al obrero aquello a que justamente tiene derecho, el producto completo de su trabajo, y las crisis desaparecerán, y la producción aumentará mucho, porque aumentará el mercado." (I: 113). [Se trata de una posición que reproduce, cual espejo, los puntos de partida de la economía clásica. Frente a la naturalización de las relaciones sociales capitalistas efectuada por los economistas clásicos, los ricardianos de izquierda oponen otra naturalización, ya no de las relaciones capitalistas, sino de las "leyes de la justicia ´natural'". Es decir, una naturalización al cubo. Pero, con un defecto mucho mayor que el de los economistas clásicos, pues éstos naturalizan las relaciones sociales concretas, empíricas, realmente existentes, mientras que los "izquierdistas" naturalizan sus propias creencias sobre la "justicia". Atacan al capitalismo (y hay que atacarlo, por cierto), pero desde una posición falsa, la de la justicia. Como si la justicia fuera un absoluto desde el que se puede condenar definitivamente al capitalismo. Como si la concepción de la justicia de los ricardianos de izquierda no fuera en sí misma una concepción de clase, ideológica. No se puede negar al capitalismo (o a cualquier otra relación social desde lo absoluto -éste siempre es abstracto, unilateral -). Mientras que los economistas se atienen a las relaciones sociales existentes y no ven más que ellas, los ricardianos se atienen a las normas gaseosas de la justicia para combatir estas relaciones sociales. Además de todo esto, está la cuestión del derecho del obrero al producto completo de su trabajo. Se ignora aquí la división del trabajo y el carácter eminentemente social del proceso de trabajo en el modo de producción capitalista. Parece haber una concepción todavía artesanal del proceso de producción. (1)]

Ricardo, que no era, por cierto, un economista anticapitalista, creía en la propiedad privada y pensaba que el capitalista tenía que recibir una retribución por el uso de su propiedad de los medios de producción. (I: 114). Jean-Baptiste Say (1767-1832), un economista liberal francés, modificó la teoría clásica de la distribución (tierra, capital, trabajo) al introducir un cuarto factor, la "empresa": "aportación en forma de gerencia, iniciativa y riesgos, de los hombres activos de negocios, como distinta de la aportación hecha por quien invierte capital, que, por supuesto, puede ser la misma persona." (I: 115). Los ricardianos de izquierda, que tenían en vista el ejemplo de la Revolución Industrial, en la que los patrones individuales llevaban adelante la producción, consideraban al capitalista como un monopolizador de los medios de producción. [¡Otra vez el "espejo"!. Recordar los ataques de los economistas clásicos al monopolio.], sin decir nada de su función como gerente y organizador. [Cole acepta aquí el argumento de Say]. "En cuanto al elemento de riesgo, la mayor parte de ellos creían que podía y debía de hecho eliminarse al aumentar el poder de compra de las masas, de modo tal que quedase asegurada una demanda sin límites." (I: 115).

Los ricardianos de izquierda emplearon el utilitarismo en contra del capitalismo. La búsqueda de la mayor felicidad del mayor número debía lograrse por medio de: a) la concesión de derechos políticos; b) una nueva ordenación de la economía en beneficio del pueblo; c) el ataque contra el sistema monetario (rechazo del patrón oro después de 1819). (I: 115-116).

Buenos Aires, viernes 3 de junio de 2011

NOTAS:

(1) Cole hace en este punto una interesante observación: "incluso ellos [los ricardianos de izquierda] y en realidad también Ricardo, todavía basaban gran parte de sus argumentos en la tierra y en sus productos directos." (I: 113).