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domingo, 6 de abril de 2014

DURKHEIM Y MARX: APUNTES PARA LA DISCUSIÓN DE LOS ESTEREOTIPOS





Es habitual calificar a Emile Durkheim (1858-1917) de sociólogo “positivista”. Como el positivismo goza de poco aprecio en nuestros días, la calificación mencionada es una forma elegante de condenar la obra del sociólogo francés al desván de los trastos viejos de la teoría social. Al hacerlo, se deja de lado una de las construcciones teóricas más sólidas elaboradas en el marco del proyecto teórico de la ciencia social de la burguesía. En la vida no hay casualidades. El destino de la obra de Durkheim va de la mano con la renuencia de la burguesía para admitir las crisis bajo el capitalismo y la necesidad de una ciencia que dé cuenta de las mismas. La sociología durkheimiana es, ante todo, una ciencia de la crisis y procura resolver los problemas de la clase dominante a partir del reconocimiento de la existencia de profundas contradicciones en la sociedad burguesa. Es por ello que Durkheim se vio obligado a desarrollar una sociología dirigida a impugnar el individualismo imperante en la economía, pues ese individualismo había conducido a una profunda crisis de la sociedad (ver su desarrollo del concepto de anomia en La división del trabajo social y en El suicidio). En los párrafos siguientes presentaré un ejemplo del carácter que asumió esa impugnación y de los puntos de contacto del mismo con el marxismo.

Desde que el mundo es mundo (o, mejor dicho, desde que existe la sociedad) hay dos caminos alternativos para analizar los hechos sociales: O bien se considera que la sociedad es el producto de la suma de los individuos que la componen y, por tanto, el estudio de lo social debe empezar por el individuo. O bien se piensa que el individuo no puede vivir fuera de la sociedad y que ésta posee una realidad que termina por imponerse a la voluntad individual; en este caso, el estudio de lo social debe comenzar por la sociedad, sea como fuere que se conciba a esta.

La sociología, ciencia del capitalismo, enfrentó desde sus orígenes el dilema planteado en el párrafo anterior. Así, una parte de los sociólogos centraron sus estudios en el individuo y los motivos de sus acciones; Weber, el comprensivismo y los partidarios de la hermenéutica, son ejemplos de esta corriente a la que podemos denominar individualista metodológica. En cambio, Durkheim, los funcionalistas y estructuralistas varios, en cambio, son exponentes de la corriente que postula la centralidad de la sociedad y su primacía sobre el individuo al momento de analizar los fenómenos sociales.

Reconocer la primacía de la sociedad sobre el individuo implica rechazar la tesis que afirma que lo social es producto de la voluntad de los individuos (1) (tesis que alcanza una expresión acabada en la concepción que sostiene el carácter artificial de la sociedad frente al individuo, que es concebido como “lo natural”). En este punto, existe una coincidencia entre la sociología de Durkheim y el marxismo. 



No son las ideas abstractas las que conducen a los hombres, y no se podría explicar el desarrollo de la historia por puros juegos de conceptos metafísicos. En los pueblos, como en los individuos, las representaciones tienen ante todo por función expresar una realidad que ellas no crean; por el contrario, proceden de ella y si luego pueden servir para modificarla, esto es sólo en una medida restringida. Las concepciones religiosas son producto del medio social y están muy lejos de producirlo, y si una vez formadas actúan sobre las causas que las han engendrado, esta reacción no podrá ser muy profunda.” (p. 329; el resaltado es mío). 

En La ideología alemana (3), Marx y Engels escribieron:

Los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas, etc., pero los hombres reales y actuantes, tal y como se hallan condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde, hasta llegar a sus formaciones más amplias. La conciencia no puede ser otra cosa que el ser consciente, y el ser de los hombres es su proceso de vida real. (…) La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad. No tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia.” (p. 26; el resaltado es mío).

En lucha contra el idealismo de la filosofía clásica alemana, Marx y Engels desarrollaron su concepción del carácter determinado de la conciencia de los individuos; enfrentado con el individualismo de la economía, Durkheim se vio obligado a elaborar una concepción semejante. La coincidencia entre las afirmaciones de Durkheim y las de los clásicos del marxismo se da en el marco de la lucha contra el individualismo metodológico y el idealismo. Esto es así porque la teoría de la sociedad requiere, antes que cualquier otra cosa, el reconocimiento de la autonomía de lo social frente al individuo. Si el Estado, el mercado, la sociedad, son el mero producto de la voluntad de los individuos, y es esta voluntad (o la naturaleza humana) el factor que explica el desarrollo de la historia, la teoría social no más que una psicología individualista más o menos sofisticada. El egoísmo, la propensión a comercial, el espíritu de competencia, cualidades todas del individuo, son los factores explicativos y el individualismo metodológico pasa a ser la concepción predominante en sociología.

La obra de Durkheim propone otro camino. Los individuos nacen en un mundo ya creado, y no pueden modificarlo a voluntad. En este sentido, el individuo tiene un menú limitado de opciones al momento de emprender la tarea del cambio social. Esto no supone negar el carácter conservador del proyecto sociológico durkheimiano, pero permite comprender de manera más acabado lo específico de su sociología y el énfasis puesto por este autor en separar a la sociología de la psicología y la economía. Además, el rechazo de la metafísica por Durkheim debe entenderse en esta línea de pensamiento, que rechaza la existencia de principios abstractos que permitan explicar el desarrollo histórico (4). 

El expediente de colgarle a Durkheim la etiqueta de “positivista” y meterlo, por ende, en el rechazo general al positivismo (rechazo que, por otra parte, tiene un carácter posmoderno en la medida en que implica una repulsión generalizada de la verificación empírica), es una manera de deformar el problema de los orígenes de la sociología y su distinción respecto al marxismo.

Villa del Parque, domingo 6 de abril de 2014

NOTAS:

(1)  Dicho de otro modo: la tesis que afirma que los individuos crean lo social a su imagen y semejanza, a su antojo y con plena libertad.

(2)  Durkheim, Emile. (2006). [1° edición: 1897]. El suicidio. Estudio de sociología y otros textos complementarios. Buenos Aires: Miño y Dávila.

(3)  Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1985). La ideología alemana. Buenos Aires: Ediciones Pueblos Unidos y Cartago.

(4)  Así debe entenderse, por ejemplo, su crítica a Comte en Las reglas del método sociológico.