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sábado, 26 de enero de 2013

PERONISMO Y MOVIMIENTO OBRERO EN LOS TIEMPOS DEL KIRCHNERISMO



Hubo un tiempo en que la dirigencia del movimiento peronista decía que “el movimiento obrero era la columna vertebral del peronismo”. El tan mentado carácter plebeyo del movimiento peronista es inseparable de esta conjunción con el movimiento obrero. John William Cooke pudo afirmar que “el peronismo era el hecho maldito del país burgués” porque dicho movimiento se asentaba en la clase trabajadora. 

La asociación entre peronismo y clase obrera se modificó drásticamente a partir de la dictadura militar de 1976-1983. El logro más duradero de la dictadura consistió en reducir al movimiento obrero a la impotencia política. En otras palabras, si los sindicatos fueron un factor central en la política argentina entre 1945-1976, luego de la represión llevada a cabo por los militares perdieron la capacidad de incidir de manera significativa en el escenario político. No se trató, por cierto, de un fenómeno exclusivamente argentino. La derrota de la clase obrera argentina formó parte de un vasto proceso de derrotas sufrida por el movimiento obrero a nivel mundial entre las décadas del ’70 y del ´90. El neoliberalismo fue, ante todo, una ofensiva a fondo contra la clase trabajadora, plasmada en la dispersión de los trabajadores y en la legislación antiobrera conocida como “flexibilización laboral”.

La dirigencia peronista posdictadura tomó nota de la derrota de los trabajadores y obró en consecuencia. La “renovación peronista”, el menemismo, el kirchnerismo, fueron etapas en la aceptación del carácter marginal del movimiento obrero en la vida política del país. La “columna vertebral” dejó de ser “columna” y “vertebral” y pasó a ser considerada, a lo sumo, como un factor de poder más, diluido entre otros tantos. 

Los cambios estructurales experimentados por la economía argentina de 1983 en adelante reforzaron la fragmentación de la clase trabajadora y potenciaron su debilidad. La década del ’90, vía el peronismo menemista, representó el clímax de la ofensiva contra los trabajadores, plasmada en una legislación que se ocupó de desarmar las conquistas obtenidas por los sindicatos durante la etapa anterior al golpe de 1976. Dicha ofensiva fue posible, entre otras cosas, por los efectos de la hiperinflación de 1989 y la elevada desocupación persistente a lo largo de toda la década. 

El kirchnerismo llevó adelante una reconstitución del régimen de acumulación de capital. La crisis del régimen de acumulación neoliberal en 2001 mostró la imposibilidad de continuar por el camino de los ’90. En este marco, el kirchnerismo logró articular una salida a la crisis basada en la devaluación, los bajos salarios, la continuidad de la fragmentación de la clase trabajadora (el trabajo “en negro” reemplazó a la desocupación como factor central en la debilidad de la clase obrera) y el apoyo a la burocracia sindical. En este sentido, la alianza entre Néstor Kirchner y Hugo Moyano no significó una reconstitución de la vieja “columna vertebral”, sino el reconocimiento público de la nueva posición ocupada por el movimiento obrero en el seno del peronismo. Moyano aceptó ser socio del nuevo régimen de acumulación a cambio de garantizar la “paz social”. Dicha “paz” requería el reconocimiento de la legislación laboral del peronismo menemista y el hacer “la vista gorda” frente a la situación de los trabajadores “en negro”. Paritarias para los trabajadores “en blanco” y distintos grados de esclavitud laboral para los trabajadores “en negro”. El cacareo de la prensa “opositora” contra Moyano aliado de los Kirchner, la demonización del dirigente sindical aludiendo a su supuesto poder para hacer casi cualquier cosa, sirvió para ocultar prolijamente que el sindicalismo jugó un rol secundario y subordinado en el nuevo régimen de acumulación de capital promovido por el kirchnerismo.

La presidenta Cristina Fernández expresa como pocos la concepción del peronismo pos dictadura respecto al movimiento obrero. No hace falta rasquetear la pared para demostrar el papel que Cristina le asigna al sindicalismo. Así, Cristina ha calificado repetidas veces de “chantaje” a las medidas de fuerza llevadas adelante por algún sector de los trabajadores. Así, Cristina ha sostenido que los trabajadores deben estar contentos por tener trabajo y no padecer la desocupación como en los años ’90. Así, Cristina ha manifestado muchas veces que el rol de los empresarios consiste en invertir, en tanto que los trabajadores deben dedicarse a trabajar. 

Cristina no considera como un mal que la mitad de la clase trabajadora se encuentre “en negro”, o subocupada, o desocupada. 

Cristina planteó hacia fines del año pasado la necesidad de “democratizar” el Poder Judicial, pero no dijo jamás una palabra acerca de la necesidad de democratizar las organizaciones sindicales. Recomendamos al lector que haga el intento de armar una lista alternativa a la conducción en cualquier sindicato, y luego nos cuenta los resultados.

Al producirse la ruptura con Moyano, Cristina se apoyó en los llamados “gordos”, simpático eufemismo para denominar a los dirigentes sindicales que demostraron una enorme combatividad…siempre en contra de los trabajadores.

En otros tiempos, más candorosos, algún peronista podría haber dicho que Cristina era una presidenta “gorila”, en el sentido de apoyarse en los empresarios y no en el movimiento obrero. La cuestión es, por cierto, más compleja. Cristina es el exponente más claro de una generación de dirigentes políticos alumbrada por la derrota de los trabajadores en 1976. Para ella, como para el resto de su generación, el capitalismo es el horizonte intelectual y no es posible sacar los pies del plato. La emancipación nacional y social no es otra cosa que la aceptación de las reglas del juego del capital. Sólo así es posible entender como Cristina no se sonroja cuando afirma muy suelta de cuerpo que “los empresarios la levantan con pala”, haciendo referencia a las ganancias del capital bajo el nuevo régimen de acumulación. 

La visita de Cristina Fernández a Vietnam es un buen ejemplo de su concepción del movimiento obrero y su papel en la sociedad. Lejos de aquella vanguardia en la lucha contra el imperialismo norteamericano, Vietnam es hoy un campo fértil para que las empresas transnacionales aprovechen la mano de obra barata y obtengan enormes ganancias. Los trabajadores vietnamitas padecen en carne propia el pragmatismo de sus dirigentes. En este sentido, los elogios de Cristina hacia Vietnam cobran un significado un tanto diferente al que le atribuyen alguno de sus partidarios:

“Entonces cuando uno ve cómo se han recuperado, cómo han salido y lo que es fundamental: no hay odio, no hay rencor, al contrario, hay mucho trabajo, hay mucho sacrificio, hay mucho deseo de trabajar y de progresar, yo me acordaba de nosotros y decía qué buena lección para aprender todos y seguir tirando para adelante.” (1)

En otras palabras, los trabajadores trabajan, se rompen el lomo, y los empresarios ganan dinero, mucho dinero. Todo ello sin “odio” ni “rencor”. En este mundo ideal de Cristina, ¿qué sentido tiene, por ejemplo, un 17 de octubre?

Las expresiones de Cristina no son sólo unas notas de viaje. En el mismo discurso hace una advertencia a los dirigentes sindicales que se encuentran negociando salarios en las paritarias:

“El lunes nos visita el director general de la OIT, lo vamos a recibir, y bueno, los pronósticos en el mundo en cuanto a trabajo no son nada buenos, por eso por favor aterricemos en el mundo con buena onda, con buenas actitudes para lograr acuerdos, porque es imprescindible acordar. No es cuestión de ponerse a gritar, en España están gritando todos los días, todos los días gritan pero cada vez la desocupación sube más, el 26 por ciento. Con lo cual no es cuestión de grito ni de prepoteo ni de fuerza; inteligencia, ingenio, acuerdo, ver cómo mejoramos los recursos, cómo incentivamos el mejor aprovechamiento de las cosas. Hagámoslo.” (1)

En criollo, la protesta y la lucha no conducen a nada. De paso, resulta curiosa la mención del caso español para aleccionar a los dirigentes sindicales argentinos, pues durante años los propagandistas del kirchnerismo han declamado acerca de las diferencias entre España y Argentina. Para Cristina, el sindicalismo tiene que aceptar las pautas salariales queridas por el gobierno. ¿Qué la inflación es superior a esas pautas? , ¿Qué existe una enorme heterogeneidad en los salarios de los trabajadores?, ¿Qué las ganancias empresarias han sido enormes durante la década kirchnerista y que no se han “derramado” sobre los trabajadores? Todos estos son temas menores para Cristina. Para el kirchnerismo, el motor de la economía es el capital y es necesario lograr que los capitalistas inviertan. Los trabajadores no tienen otros roles que trabajar y consumir para fomentar el mercado interno.

Subordinación y valor. Todo sea por la emancipación nacional y social. O, siendo realistas, para ayudar a que los empresarios “la levanten con pala”.

Villa del Parque, sábado 26 de enero de 2013

NOTAS:
(1) Discurso pronunciado por Cristina Fernández en el acto de entrega de viviendas, celebrado en el Salón de las Mujeres Argentinas del Bicentenario, el 25 de enero de 2013.

jueves, 24 de enero de 2013

FICHA DE LECTURA: DURKHEIM. LAS REGLAS DEL MÉTODO SOCIOLÓGICO. CAPÍTULO II



Este trabajo es producto de la lectura del capítulo II ("Reglas relacionadas con la observación de los hechos sociales") de Las reglas del método sociológico (1895) de Emile Durkheim (1858-1917). De ningún modo constituye una revisión exhaustiva de los temas tratados en dicho capítulo. Se trata, sobre todo, de una lectura centrada en los fundamentos epistemológicos de la sociología de Durkheim.

Utilizo la siguiente edición: 

Durkheim, Emile. (1976) [1° edición: 1895]. Las reglas del método sociológico. Buenos Aires: La Pléyade. Traducción de Aníbal Leal.

A mi juicio, los puntos fundamentales del capítulo son los siguientes:

1] La ubicación en el plano de la teoría social y en el plano político de la sociología durkheimiana. 

2] La crítica de la denominada sociología ideológica.

3] El concepto de prenociones.

4] La cuestión del sensualismo como respuesta al problema de la construcción de una sociología objetiva.

5] Objetividad y política en la sociología durkheimiana.

A continuación, paso a trabajar cada uno de ellos:

1] Posición de la sociología de Durkheim en la teoría social y en la política de su época.

En el plano político, Durkheim se ubica claramente como intelectual orgánico (en el sentido que Gramsci le da a la expresión) de la burguesía francesa, la cual se hallaba enfrentada tanto a amenazas por derecha (monárquicos) como por izquierda (socialismo). Su construcción de la sociología “científica” intenta legitimar una forma peculiar de intervención política. 

En cuanto a la teoría social, Durkheim se posiciona frente a las que él denomina “sociologías ideológicas” (básicamente, las de Comte y Spencer, págs. 44-46), pero también frente a la economía política (págs. 48-50). 

En el capítulo II no menciona explícitamente a los socialistas, pero hay una referencia implícita en pág. 42:

“En lugar de tratar de comprender los hechos adquiridos y realizados, se propone inmediatamente realizar otros nuevos, más adecuados a los fines perseguidos por los hombres.” (pág. 42).

Es importante destacar que Durkheim considera que todas estas posiciones son “ideológicas”, en el sentido de que parten de las “ideas” que poseen sus autores acerca de la realidad, y no de los hechos. En otras palabras, Durkheim plantea una contraposición entre ideología y objetividad.

2] La crítica de la “sociología ideológica”

En rigor, cabe apuntar que Durkheim no sólo tilda de “ideológicas” sólo a las sociologías de Comte y de Spencer, sino que también extiende este calificativo al plano de la moral y de la economía, considerando que se trata de la posición imperante (págs. 47-48).

Es importante tener en cuenta, para la comprensión del sentido que le da Durkheim al concepto, que la ideología es concebida, ante todo, como una cuestión epistemológica, es decir, como el producto de poner a las ideas en el lugar de las cosas. (pág. 95). No hay ninguna referencia a la producción social de la ideología. Todo queda reducido a un problema individual (del sociólogo o del economista) o, en su defecto, a un problema gnoseológico. El punto de vista adoptado por Durkheim constituye un terreno adecuado para refutar a las sociologías de Comte y Spencer sin tener que caer en un estudio del proceso de producción y reproducción social. De hecho, la solución que aporta Durkheim al callejón sin salida de las prenociones es una solución basada en una decisión individual del investigador social. (1).

Para refutar adecuadamente la noción durkheimiana de la ideología es necesario partir de una concepción que ubique a la ideología como una parte del proceso de apropiación intelectual y material de la realidad por los seres humanos. Desde esta perspectiva, la ideología es una relación social y no una manifestación individual. Para realizar esto es imprescindible elaborar una concepción de la totalidad. Durkheim abordó este problema mediante el par conceptual organismo-función. No es este el lugar para desarrollar dicha cuestión, pero corresponde mencionarla pues permite empezar a comprender las diferencias con la noción de totalidad en Marx.

3] Las prenociones.

Para criticar a las sociologías “ideológicas”, Durkheim elaboró su teoría de las prenociones
(2). El pasaje clave es:

“Como el detalle de la vida social desborda por todos lados a la conciencia, no tiene de aquélla una percepción suficientemente perfilada para sentir su realidad. Como no hay en nosotros vínculos bastante sólidos ni suficientemente próximos (..) si se nos escapa el detalle y las formas concretas y particulares, por lo menos nos representamos los aspectos más generales de la existencia colectiva de manera aproximada, y precisamente estas representaciones esquemáticas y sumarias constituyen las prenociones que empleamos para los usos corrientes de la vida.” (pág. 43).

En el pasaje citado se encuentran tanto los puntos fuertes como las limitaciones de la epistemología durkheimiana. Las prenociones no constituyen una aberración o un error individual, sino que expresan la solución más común al problema del conocimiento de lo social (problema que, por cierto, es de índole práctica). Para sobrevivir y desenvolvernos en la sociedad, son necesarias ideas que den cuenta del funcionamiento de la misma y de la posición que ocupamos en la misma. Estas ideas, “producto de experiencias repetidas” (pág. 44), son las prenociones. De este modo, las prenociones, en tanto fuente de error epistemológico (es decir, creer que son la realidad, no ideas sobre esa realidad), emanan de las condiciones de existencia de los seres humanos. Pero Durkheim no da el paso siguiente y no se interroga acerca de las causas que hacen que nuestra existencia social se caracterice por la inexistencia de vínculos “sólidos y próximos”. La cuestión se reduce a un problema epistemológico, y su solución depende de la adopción del mismo “estado mental” de los científicos naturales (págs. 51-52). La referencia a la psicología (págs. 52-53) es significativa, pues la adopción del principio “tratar los hechos sociales como si fueran cosas” es presentada como el resultado de un proceso exclusivamente intelectual.

Está claro que no es correcto tratar la historia de cualquier disciplina científica ignorando el contexto social en que se desarrolla la misma. Y esto no porque sea de buen tono decir algo acerca del marco social, sino porque es ese marco el que l las vuelve inteligibles las teorías sociales. Durkheim, en todo este capítulo, presenta la evolución de la teoría social (sociología, moral, economía política, psicología) como un proceso interno, sujeto a una problemática meramente epistemológica o intelectual, con el agravante de una concepción individualista del científico, según la cual las innovaciones en las ciencias son el resultado de los cambios de actitud de los individuos. Hay que insistir que esto último se vuelve comprensible si se tienen en cuenta las limitaciones de una concepción organicista-funcionalista de la totalidad.

Ahora bien, dado lo expuesto hasta aquí, queda claro que la teoría de las prenociones no puede fundar una ciencia de la sociología, cuya objetividad sea la de la física (en su versión newtoniana). Las prenociones derivan de las condiciones de existencia de los individuos. En el límite podrían existir tantas prenociones como individuos hay en la sociedad. 

¿Qué hacer?

4] La teoría sensualista y la construcción de una “sociología científica”.

A partir de la mitad del capítulo II (págs. 54-64), Durkheim pasa a hacer una crítica de la epistemología basada en las prenociones. En definitiva, si se quiere ganar la objetividad (entendida como el conocimiento de las cosas tal como son, sin ninguna deformación o mediación motivada por preferencias o valores subjetivos – individuales-).  Así, Durkheim sostiene que “es necesario desechar sistemáticamente todas las prenociones” (pág. 54). 

Ahora bien, puesto que las mediaciones aparecen entre el sujeto que conoce y los objetos conocidos (empleo aquí el viejo vocabulario empirista), desechar las prenociones implica liquidar las mediaciones. ¿Qué queda entonces? El reconocimiento de que la relación sujeto-objeto es directa, y que los sentidos conocen directamente los objetos. He aquí la teoría sensualista en todo su esplendor: “para ser objetiva, la ciencia debe partir no de los conceptos elaborados sin la sensación, sino de esta última” (pág. 64). Es decir, la objetividad surge del hecho de que la materia prima de la ciencia social son los datos aportados por los sentidos, no las ideas que tenemos acerca de la realidad social. Esto no significa, por cierto, que la mera acumulación de datos implique que estemos frente a una sociología científica. El científico está obligado, si quiere ser objetivo (en el planteo durkheimiano, ser objetivo equivale a ser científico), a eliminar la subjetividad de los datos brindados por las sensaciones. Otra vez, la búsqueda de la objetividad se convierte en un círculo, en el que la objetividad se gana a costa de dosis mayores de subjetividad.

La teoría sensualista propuesta en el capítulo II es una variante del viejo empirismo. Coincide con éste en que los sentidos nos conectan directamente con los objetos conocidos, sin que sea precisa la intervención de ningún mediador. No obstante, Durkheim reconoce que el empirismo no es garantía, per se, de objetividad. De ahí su prédica para que el investigador deje de lado los componentes subjetivos de la sensación. Es claro que resulta absurdo pensar que en las últimas décadas del siglo XIX era posible seguir siendo empirista en los mismos términos que en el siglo XVII. Sin embargo, en las págs. 64-67, Durkheim se acerca a la posición del siglo XVII. Los reparos que pone, en forma de exhortaciones a los sociólogos, no pueden ocultar que Durkheim se negaba a ser consecuente en este punto, pues: o bien, a) los sentidos son fuente de información objetiva acerca del mundo social (y, por tanto, el investigador pasa a ocupar un rol meramente pasivo, siendo una especie de receptor y acumulador de datos), o bien b) los sentidos son tan subjetivos como las prenociones y, por ende, no pueden ser utilizados como garantes de una imparcialidad absoluta. En mi opinión, aceptar la opción b habría implicado para Durkheim el regreso a la teoría de las prenociones, y ésta tenía puntos de contacto con la teoría de la ideología propuesta por el marxismo.

Además, cabe mencionar otra cuestión. El viejo empirismo surgió en el campo de las ciencias naturales. Durkheim no dice una palabra para justificar su empleo en el terreno de las ciencias sociales. (3). No tiene en cuenta la existencia de una especificidad de lo social frente a las ciencias de la naturaleza.

5] Objetividad y política en la sociología durkheimiana.

La búsqueda durkheimiana de una teoría epistemológica que garantice la objetividad de la sociología científica cobra sentido si se la ubica en el proyecto político de Durkheim.

La cientificidad de la sociología obraba como elemento legitimador de la intervención en el campo de la política. Desde el punto de vista de un intelectual orgánico de la burguesía francesa era necesario construir una ciencia de la sociedad que transformara la lucha de clases en un problema de adecuación normas-funciones, y no en un conflicto en torno a la propiedad privada de los medios de producción. Si esta posición se apoyaba en la teoría de las prenociones, el argumento durkheimiano quedaba reducido, desde el punto de vista de la legitimidad, a una tesis ideológica, basada en la experiencia particular de determinados individuos. 

Las vacilaciones y saltos de la epistemología durkheimiana son una expresión acabada de la imposibilidad de fundar una sociología “unificada” en el marco de una sociedad dividida en clases sociales con intereses antagónicos.

Villa del Parque, jueves 24 de enero de 2013

NOTAS:

(1) El adoptar la misma “actitud mental del científico natural”, el famoso “tratar los hechos sociales como si fueran cosas”.

(2) Durkheim tomó el concepto de la noción de idola del filósofo inglés Francis Bacon (1561-1626). (págs. 42-43).

(3) Tampoco dice nada respecto al empleo de analogías físicas y biológicas en la sociología.

sábado, 19 de enero de 2013

FICHA DE LECTURA: COMTE. DISCURSO SOBRE EL ESPÍRITU POSITIVO. CAPÍTULO 1



Advertencia: Este trabajo no es más que un punteo producto de la lectura del capítulo 1 del Discurso sobre el espíritu positivo de Auguste Comte (1798-1857) (1). Quien busque un examen exhaustivo o un desarrollo de los temas planteados por Comte debería abstenerse de la lectura de estas notas.

Del examen del capítulo 1, se desprenden los siguientes puntos fundamentales: 

1] La filosofía positiva como sistema que unifica el conocimiento desarrollado por las ciencias particulares.

2] Las diferencias entre positivismo y empirismo.

3] La teoría de los tres estados.

4] El idealismo en la teoría de los tres estados.

5] La “metafísica” de la teoría de los tres estados.

A continuación, paso a desarrollar cada uno de esos puntos:


1] Positivismo y unificación del conocimiento de las ciencias particulares

Desde fines del siglo XVIII, la economía era la forma dominante en la teoría social. En su Investigación sobre la riqueza de las naciones (1776), Adam Smith (1723-1790) sostuvo que la fragmentación del estudio de lo social constituía el mejor modo de aumentar el conocimiento sobre la sociedad. En otros términos, la teoría social tenía que implantar en su seno la división del trabajo. Dicha estrategia implicaba el surgimiento de un nuevo problema: ¿Quién se encargaba de unificar ese conocimiento? O, mejor dicho: ¿Quién reconstruía a la totalidad social, invisible en cada una de las investigaciones especializadas?
Hay que tener presente que la teoría social moderna se constituyó mediante una ruptura radical con la tradición clásica. Uno de los ejes de esa tradición era, precisamente, la concepción de la totalidad. La economía clásica expresó el abandono de la totalidad mediante la adopción del individualismo metodológico

La tentativa unificadora de Comte debe ubicarse, pues, en el marco de una reacción contra la fragmentación y la “invisibilidad”  de la totalidad (esta reacción fue continuada luego por Durkheim). En el texto se encuentra una mención directa al propósito comteano cuando se refiere al “objeto de este discurso” (p. 65).

2] Distinción entre positivismo y empirismo

Es habitual pensar que el positivismo es sinónimo de empirismo, entendiendo por este último a la concepción epistemológica que postula que los hechos empíricos son la fuente del conocimiento científico. Según los empiristas, los científicos tienen que dedicarse a la observación de los hechos, para así acumular una masa crítica de datos a partir de la cual puedan inferirse las leyes científicas. En resumen, los hechos son lo primario, y las teorías vienen a posteriori.

En el capítulo 1 del Discurso puede observarse que Comte no es un empirista en el sentido de la definición formulada en el párrafo anterior. Así, “el verdadero espíritu positivo no está menos alejado, en el fondo, del empirismo que del misticismo” (pág. 80).

Comte afirma que la mera recopilación de datos no conduce a las leyes científicas. Esta recolección de datos tiene que ser guiada por el pensamiento especulativo. El ideal de la ciencia moderna no es la observación, sino la predicción racional (apoyada en el principio de la invariabilidad de las ciencias naturales).

Lo expuesto en el párrafo anterior no implica negar la centralidad que tienen los hechos empíricos en el positivismo comteano. Basta leer el § 12, dedicado al estado positivo, donde afirma que la regla fundamental de la filosofía positiva es la siguiente:

“Que toda proposición que no sea estrictamente reducible al simple enunciado de un hecho, singular o general, no puede ofrecer ningún sentido real e inteligible.” (pág. 77).

Esta primacía de los hechos, con su correlato de abandono de la búsqueda de las causas últimas, constituye la base del positivismo. En el esquema formulado en el capítulo 1, la mencionada primacía es contrapuesta a la situación en los estados teológico y metafísico. Pero hay que tener en cuenta que los hechos son el “material indispensable” de la ciencia, pero ésta tiene por objeto la predicción (pág. 80). La aclaración no es menor. Hay que evitar pensar al positivismo comteano como si fuese una caricatura o bien una forma madura del empirismo.

3] La teoría de los tres estados

La exposición clásica de la teoría de los tres estados se encuentra en este capítulo (págs. 69-83). Dado que es bastante conocida, no voy a detenerme en ella. Me interesa, en cambio, hacer notar que el proceso de los tres estados corresponde tanto al individuo como a la especie (pág. 69), pero Comte no usa el término sociedad. Mi opinión es que esta ausencia es consecuencia de que Comte  no toma en cuenta (salvo alguna indicación aislada, como en pág. 79, donde señala el origen social de nuestras concepciones) la relación entre las ideas y el contexto social en el que se producen aquellas.

Comte propone su teoría de los tres estados al principio del Discurso. Como apuntamos antes, esta teoría se aplica tanto a la evolución del individuo como a la de la especie. Ahora bien, ¿a qué parte de estas evoluciones se aplica la teoría? En el capítulo 1 se emplea para referirse a la “razón humana” (pág. 69). Los estados teológico, metafísico y positivo son etapas en el proceso de evolución del pensamiento, tanto en el individuo como en la especie. No se trata (por lo menos aquí) de etapas que correspondan a la evolución material de las sociedades. (2).

Corresponde indicar que no se trata de una teoría meramente descriptiva, en la que el autor no toma partido ni hace consideraciones sobre los diferentes estadios. Es, por el contrario, una teoría jerárquica, en el sentido de que el estadio positivo es el escalón superior. De hecho, Comte considera que dicho estadio es el punto de llegada necesario y deseable de la humanidad.

4] El idealismo en la teoría de los tres estados

A partir de lo expuesto en el punto anterior, podemos hacer la crítica de la teoría de los tres estadios. En el capítulo 1, Comte no aporta un solo hecho sobre el cual apoyar su teoría. Por el contrario, cuando trata de defenderla recurre constantemente a “necesidades” (pág. 69), “espontánea predilección” (pág. 69), “espíritu humano” (pág. 70 y ss.), “tendencia espontánea a la simplificación” (pág. 71), “tendencia involuntaria” (pág. 71), etc., etc. El motor del progreso se encuentra, entonces, en el despliegue de las tendencias espontáneas del espíritu humano. No hay ninguna referencia (salvo pág. 79) a las condiciones sociales de producción del conocimiento. El pasaje de un estado a otro (en verdad, toda la teoría) se mueve en el vacío, en el plano de las ideas desligadas de su conexión terrestre. De ahí que todo el enfoque esté estructurado como una confrontación entre las distintas formas del pensamiento religioso y las diversas formas del pensamiento filosófico. 

El idealismo subyacente a esta concepción encuentra su expresión concreta en el pasaje de la pág. 73, en el que examina la función social de la filosofía primitiva (estado teológico): 

“Esta filosofía primitiva ha sido tan necesaria para el desarrollo inicial de nuestra sociabilidad como para el de nuestra inteligencia; sin ella, bien por constituir primitivamente estas doctrinas comunes, bien por suscitar espontáneamente la única autoridad espiritual que pudiera entonces surgir, el vínculo social no habría podido adquirir ni extensión ni consistencia.” (pág. 73).

Las ideas (las filosóficas, no las de cualquier hijo de vecino) son las que, en definitiva, constituyen los vínculos sociales. El cemento social es la ideología (dicho esto en términos más modernos). El desarrollo posterior de esta concepción idealista de las relaciones sociales puede ser rastreado en la obra de Durkheim.

5] El carácter metafísico de la teoría de los tres estados

En la sección del capítulo 1 dedicada al estado metafísico, Comte efectúa una dura crítica de la metafísica (sobre todo en pág. 75). 

Sin embargo, y dados a) el carácter idealista de los fundamentos de su concepción; b) el recurso a las “tendencias del espíritu humano” para explicar el pasaje de un estado a otro; cabe afirmar que Comte formula una nueva metafísica. El idealismo y el esencialismo constituyen obstáculos epistemológicos (en el sentido planteado por Bachelard) en la tarea de reproducir en el plano del pensamiento la complejidad de la realidad social.

El paso de la “imaginación” a la observación se convierte en una tendencia inevitable, el camino necesario que debe recorrer la humanidad. El proceso aparece desligado de su relación con la reproducción de las condiciones de vida de los seres humanos (la reproducción de las relaciones sociales) y queda reducido al despliegue de los “principios” propios del espíritu humano.

Villa del Parque, sábado 19 de enero de 2013

NOTAS:

(1) En este trabajo utilizo la siguiente edición: Comte, Auguste. (1999) [1° edición: 1844]. Discurso sobre el Espíritu Positivo: Discurso preliminar del Tratado filosófico de astronomía popular. Madrid: Biblioteca Nueva. La traducción es de Eugenio Moya.

(2) Salvo el pasaje de pág. 71, donde relaciona el estado alcanzado con la cuestión de la raza (por supuesto, la raza blanca ocupa el escalón superior de la evolución).