Páginas vistas en total

jueves, 31 de octubre de 2013

LA TEORÍA DEL ESTADO DEL MARX MADURO: APUNTES SOBRE LA CRÍTICA DEL PROGRAMA DE GOTHA (II)

“La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima
de la sociedad en un órgano complemente subordinado a ella.”
Karl Marx

El rasgo fundamental del Estado en general es su carácter opresor, su papel de instrumento privilegiado para el ejercicio de la dominación de clase. El Estado detenta el monopolio de la violencia legítima (1) para mantener la estructura de poder existente en la sociedad. Lejos de ser autónomo, el Estado se encuentra limitado en su “capacidad creadora” por las luchas de clases, por los resultados de éstas. Además, el Estado moderno es el Estado capitalista, es decir, tiene por objetivo el mantenimiento de la explotación del trabajo por el capital.

El Estado capitalista, por tanto, no representa, ni puede representar jamás, el “interés general”. En una sociedad dividida en clases con intereses antagónicos (guste o no guste, esto es el capitalismo), el “interés general” no puede ser otra cosa que el interés de la clase dominante. Dicho en otros términos, la forma en que en cada sociedad concreta se expresa el “interés general” constituye la manifestación de la hegemonía (en sentido gramsciano) de la clase dominante. En la sociedad capitalista, la burguesía es la clase dominante porque tiene la propiedad privada de los medios de producción.

Lo expuesto en los dos párrafos anteriores sirve para continuar la lectura de las Glosas marginales de Marx. Su crítica del proyecto de programa del socialismo alemán debe leerse en este marco conceptual.

Los socialistas alemanes habían incluido en el proyecto la aspiración a constituir un “Estado libre”. Hay que recordar que el Estado alemán en 1875 era muy diferente a un Estado moderno. Al respecto, el juicio de Marx es lapidario:

“Un Estado no es más que un despotismo militar de armazón burocrático y blindaje policíaco, guarnecido de formas parlamentarias, revuelto con ingredientes feudales e influenciado ya por la burguesía.” (p. 343).

El Imperio alemán no era, por cierto, nada comparable a una “república democrática”. En consonancia con esta realidad, los socialistas alemanes incluían en el proyecto una serie de reivindicaciones democráticas: “sufragio universal, legislación directa, derecho popular, milicia del pueblo.” (p. 342).

En síntesis, el socialismo alemán ponía el acento en la transformación del Estado. La lucha democrática reemplazaba a la lucha socialista. Subyacía la tesis de la separación entre el ámbito político (eje de las preocupaciones inmediatas de los socialistas) y el ámbito económico (el proceso de producción, cuya transformación socialista quedaba relegada a una etapa posterior). Una consecuencia de esta separación era la creencia en las virtudes del Estado para transformar la realidad. En otras palabras, el Estado era el camino privilegiado para conquistar la democracia y el socialismo. Como la adopción de la vía estatal implicaba la aceptación de las reglas de juego impuestas por el Estado, la revolución quedaba, en los hechos, descartada del menú de opciones del socialismo.

En este punto comienza la crítica de Marx al proyecto. Mucho tiempo atrás, en su artículo “Sobre la cuestión judía”, había sometido a discusión los límites de la “emancipación política” (la Revolución Burguesa). En dicho artículo, la argumentación marxista todavía se desenvolvía en un marco más filosófico que político. En las “Glosas marginales”, la crítica de Marx se sitúa en la lucha de clases, partiendo del carácter de clase del Estado.

“La misión del obrero, que se ha librado de la estrecha mentalidad del humilde súbdito, no es, en modo alguno, hacer «libre» al Estado. En el Imperio alemán el «Estado» es casi tan «libre» como en Rusia.” (p. 341).

Cuando Marx dice que el Estado alemán es “libre” está afirmando que constituye un órgano separado de la sociedad y que ejerce su dominación sobre ella. El Estado, en tanto organización, desarrolla fines que le son propios, y que le llevan a ejercer cada vez mayor presión sobre la sociedad. De modo que defender, como lo hacían los socialistas alemanes, la consigna de un Estado “libre”, representaba, en las condiciones de Alemania, un reconocimiento a la dominación del Estado libre sobre la sociedad. Constituía el surgimiento en las filas del socialismo de la tendencia a “adorar” al Estado, a convertirlo en remedio para todos los males. Y la naturaleza de ese remedio pasa por las relaciones burocráticas de “ordeno y ejecuta”, no por el establecimiento de relaciones horizontales, democráticas. En esta concepción, la libertad era una concesión del Estado, no un derecho del ser humano.
Marx plantea un punto de vista diametralmente opuesto:

“La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano complemente subordinado a ella.” (p. 341).

A contrapelo de la opinión habitual, el “estatista” Marx sostiene que el socialismo pasa por la liberación de la sociedad respecto a la tutela del Estado.

“El Partido Obrero Alemán – al menos si hace suyo este programa – demuestra cómo las ideas del socialismo no le calan siquiera la piel, ya que, en vez de tomar a la sociedad existente (y por lo mismo podemos decir de cualquier sociedad en el futuro) como base del Estado existente (o del futuro, para una sociedad futura), considera más bien al Estado como un ser independiente, con sus propios «fundamentos espirituales, morales y liberales».” (p. 341).

O sea que los socialistas alemanes, en vez de partir de la sociedad capitalista y del Estado engendrado por ella, parten de un Estado separado de la sociedad, que nace y flota en el vacío. La crítica a esta última concepción es de rigurosa actualidad.

El progresismo en general, el kirchnerismo en particular, sostiene la tesis de que el Estado, justamente por ser independiente de la sociedad, puede remediar los problemas sociales. La “justicia social” es posible en la medida en que se postule la existencia de un juez imparcial respecto a los antagonismos de las clases sociales. Ese juez es el Estado. El Estado toma nota de las diferencias entre ricos y pobres, y busca un equilibrio más justo. Mientras que el marxismo parte de la lucha de clases, del reconocimiento de la explotación capitalista; el progresismo concibe las relaciones entre clases en términos de justicia. La explotación deja de ser un fenómeno económico y social, y pasa a ser pensada como abuso, como transgresión a las normas de la justicia eterna. En suma, el capitalismo es elevado a la categoría de fenómeno natural.

La actualidad de las “Glosas marginales” radica en que Marx asume una posición realista en la teoría del Estado. El realismo proviene de su posición de clase, que le hace concebir al Estado como un aparato destinado a la opresión de clase. Este punto de partida le permite escapar tanto del progresismo como del utopismo, que hacen del Estado un ente que flota por encima de las miserias humanas. Pero el reconocimiento del carácter capitalista del Estado representa el comienzo del análisis, no el cierre del mismo. Marx observa la creciente concentración de poder en el Estado (concentración que va de la mano, precisamente, con el desarrollo del capitalismo y de la división del trabajo) y señala que éste es cada vez más un parásito que oprime a la sociedad. De ahí el énfasis de la reflexión marxista en la necesidad de que el Estado se subordine a la sociedad. A diferencia del liberalismo, que convierte al Estado en una mal en sí mismo, en una abstracción metafísica, el realista Marx prefiere estudiar los mecanismos concretos por los que el Estado domina a la sociedad en el capitalismo.

Capitalismo y desarrollo del carácter parasitario del Estado son las dos caras de la misma moneda.

Villa del Parque, jueves 31 de octubre de 2013

NOTAS:

Para redactar este comentario utilicé la traducción española incluida en: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1983). Obras escogidas. Moscú: Progreso. (pp. 329-346).


(1) Max Weber, de quien no puede decirse que es marxista, sostiene la misma opinión: “«Todo Estado está fundado en la violencia», dijo Trotsky en Brest-Litowsk. Objetivamente esto es cierto. (…) Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio (…) reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima.” (Weber, Max, El político y el científico, Madrid, Alianza, 1986, pág. 83.

jueves, 10 de octubre de 2013

RESEÑA: BRENNAN Y GORDILLO. (2008). CÓRDOBA REBELDE: EL CORDOBAZO, EL CLASISMO Y LA MOVILIZACIÓN SOCIAL.



El trabajo busca explicar tanto el contexto como las condiciones de surgimiento de los liderazgos sindicales en Córdoba durante el período 1955-1976. El análisis apunta a los sindicatos líderes de Córdoba durante el período mencionado. Se propone como hipótesis la conformación de un nuevo tipo de obrero industrial que habría desarrollado prácticas combativas y un alto grado de autonomía frente a las burocracias sindicales nacionales. Los autores sostienen que esto habría tenido gran incidencia tanto en los sucesos de mayo de 1969 como en los que siguieron a comienzos de los ’70.

En este sentido, se plantea que las interpretaciones sobre lo sucedido en Córdoba en el ’69 no han tenido en cuenta los procesos históricos. Es decir, se habría hecho a un lado una explicación que reconstruya el proceso previo, la emergencia de nuevos actores sociales y las peculiares características de la provincia. De este modo, los estudios anteriores se habrían enfocado o bien sobre las características del proceso de trabajo en la formación de la conciencia obrera, o bien sobre el marco institucional – ideológico dentro del cual se insertaban los trabajadores o, simplemente, no habrían tenido en cuenta las situaciones específicas que provocaron el dinamismo y los cambios.

Brennan y Gordillo inician el relato con la radicación de las grandes empresas automotrices en Córdoba a mediados de los ’50 y la resistencia peronista, analizando el proceso cordobés como un tipo particular de sindicalismo con una mayor autonomía del Estado originada en la proscripción del peronismo.

A estos fines, los autores consideran las características de la organización interna de los sindicatos, su acción reivindicativa en un contexto de expansión industrial con predominio de las industrias mecánicas, las condiciones de trabajo y la percepción subjetiva de los trabajadores sobre las mismas, así como la cultura política signada por la radicalización ideológica y su articulación con el discurso obrero.

En el nivel teórico, los autores incorporan los aportes de las reflexiones sobre la acción colectiva  y del concepto de marcos culturales (cultural framing) que alude a lo simbólico y a las definiciones colectivas como condicionantes de la movilización social.

Brennan y Gordillo sostienen que se conformaron en Córdoba un conjunto de sindicatos peronistas que, luego de 1966, exteriorizaron su oposición tanto a los gobiernos militares como a la cúpula sindical porteña, buscando alianzas alternativas en el nivel nacional  - GGT de los Argentinos – y local.

Esto es vinculado al sistema político argentino, donde la proscripción del peronismo volcó a los trabajadores a la búsqueda de canales alternativos de expresión política, como en el caso de los sindicatos que combinaron la lucha gremial con el objetivo del retorno de Perón al poder.

Otro de los aportes tiene que ver con la identidad política de los trabajadores, expresada mayoritariamente en el peronismo, más allá de haber conciliado ésta con conducciones gremiales clasistas. Las condiciones que podrían explicar esta conciliación radicarían, por un lado, en el desarrollo industrial cordobés,  que incorporó a la vida fabril a una mayoría de trabajadores jóvenes. Esto ha llevado a pensar que carecían de una tradición sindical. Según los autores, debería considerarse además la proscripción del peronismo, que  significó la configuración de una nueva tradición sindical más democrática y la asunción de un rol político por parte de los sindicatos.

Otra de las condiciones habría sido la autonomía del movimiento obrero cordobés y su oposición a la cúpula sindical porteña.

A la vez se resalta la alianza de los legalistas con los sindicatos de izquierda, fundada en las luchas de la resistencia y en el desarrollo de corrientes anticapitalistas y revolucionarias al interior del peronismo.

Finalmente, la mayor agresividad de la política empresarial a partir del ’66 habría reforzado la combatividad de los trabajadores a la vez que el centralismo del gobierno de Onganía sumaría a otros sectores sociales, que encontraron un referente en ciertas vertientes del movimiento obrero.  Esto tendría una expresión clara en el Cordobazo. Para los autores, las interpretaciones de este levantamiento son esquemáticas y se fundan en una aplicación inadecuada de teorías de la aristocracia obrera y su caracterización como “vanguardia”. Su planteo resalta la diversidad de la clase obrera protagonista de una insurrección popular que desestabilizó al gobierno de Onganía, así como la intervención de otras clases y grupos, como los estudiantes, que escaparon al control de los trabajadores.

Por otro lado, los autores sostienen que el apoyo de los trabajadores peronistas a las conducciones gremiales clasistas no se sostenían únicamente en la capacidad de estas para resolver los problemas de la base fabril, sino también en el rechazo al estilo sindical vandorista: “…aunque la militancia dio forma y alimentó una politización más intensa de la clase obrera local, sería un error adjudicarle a esta última una ideología clasista (…). Más bien (…) coincidieron en el tiempo el proceso de conformación de una tradición sindical combativa y que – en algunos sindicatos – reivindicaba una democracia de base, con una radicalización ideológica más general, de distintos sectores de la sociedad (…) que encontraron en Córdoba el escenario propicio para manifestarse.” (Brennan y Gordillo, 2008:259).

Según sugieren, las causas del Cordobazo como protesta obrera se explican en la crisis de varias industrias locales, las rivalidades entre peronistas cordobeses y sus centrales gremiales porteñas y las influencias de la cultura sociopolítica en la política obrera – el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, la izquierda, activistas sindicales marxistas y peronistas de izquierda y las tendencias revolucionarias-.

Como sostienen los autores, los sindicatos cordobeses fueron inspiración para todos los movimientos disidentes y rebeliones posteriores, desde la CGTA (1968) hasta Villa Constitución (1975), pasando por el Cordobazo (1969) y el Viborazo (1971).

Será finalmente bajo los gobiernos peronistas del ’73 al ’76 cuando se iniciará la destrucción del movimiento obrero cordobés.

De acuerdo con Brennan y Gordillo, el fracaso del movimiento obrero cordobés fue de carácter político y derivado de la incapacidad de la izquierda marxista para alcanzar alianzas nacionales con las corrientes disidentes de la clase obrera peronista. El principal obstáculo habría sido la ausencia de un genuino partido de los trabajadores que unificara a la clase obrera argentina bajo un programa socialista. De este modo, los sindicatos cordobeses tuvieron que asumir un rol que combinara trabajo político y representación gremial, situación que eran incapaces de resolver: “Los presuntos errores políticos de los clasistas se hacen más comprensibles cuando se toman en cuenta los obstáculos para reformar el movimiento obrero mientras se intentaba al mismo tiempo construir un movimiento político alternativo de los trabajadores, primero bajo un régimen militar y luego bajo un gobierno peronista” (Brennan y Gordillo, 2008:262).

Para finalizar, podríamos señalar que los autores descartan cualquier explicación de tipo estructural, sea referida a las características del desarrollo industrial cordobés como a la rápida transformación de la estructura de clases. Más allá de las posibilidades explicativas que podría tener el análisis de dichas cuestiones, esta decisión teórica lleva a alguna contradicción, sobre todo cuando se alude a la crisis de algunas industrias locales o al lento deterioro de la industria automotriz local como uno de los factores explicativos del Cordobazo.

Por otro lado, cabría indicar una cuestión metodológica. Los autores manifiestan haber accedido a una gran cantidad de entrevistas con trabajadores cordobeses a lo largo de una década. Si bien se afirma que las mismas aportaron “información interesante y a veces útil” sobre los sindicatos y las condiciones laborales, los testimonios de las bases fueron descartados por resultar, en opinión de los autores, “demasiado superficiales o incompletos para utilizarlos como evidencia histórica”. Sí se tomaron los relatos referidos al Cordobazo ya que los recuerdos “agudizados por los dramáticos sucesos del levantamiento, parecen tener mayor valor como prueba” y aquellos de “las figuras claves del movimiento obrero cordobés” ya que era habitual que cualquier trabajador alcanzara puestos de conducción.

Sin entrar en detalles, se podría afirmar en primer término que, el valor de “prueba” no puede referirse a la evidencia histórica en un sentido objetivo. Lo que se releva en las entrevistas a los protagonistas es su percepción subjetiva sobre los hechos indagados. Y quizás hubiera sido interesante analizar las entrevistas desde el punto de vista de lo “olvidado” y lo “recordado”.

En segundo lugar, si además se buscó indagar la “conciencia política” retomando el relato de los dirigentes y, tomando en cuenta que los autores buscaron explicar las causas que llevaron a una mayoría de trabajadores profundamente peronistas a conciliar su “identidad” con una dirigencia clasista, la salvedad sobre la facilidad con que en Córdoba cualquier trabajador accedía a puestos de conducción no parece resultar suficiente.

En síntesis, se trata de un relato detallado del período que, más allá de analizar el caso de los sindicatos cordobeses, aporta material sobre los principales actores políticos del momento desde un enfoque de tipo  político - cultural que remite a cuestiones de identidad – “cordobeses”, “peronistas” - , los modos de articulación entre esa identidad y ciertas ideologías, y la  lucha política.

Myriam Ford 

NOTAS: 

La presente reseña fue redactada utilizando la siguiente edición: Brennan, James y Gordillo, Mónica (2008) Córdoba rebelde: el cordobazo, el clasismo y la movilización social. Buenos Aires: Ed. De la Campana.

domingo, 6 de octubre de 2013

LA TEORÍA DEL ESTADO DEL MARX MADURO: APUNTES SOBRE LA CRÍTICA DEL PROGRAMA DE GOTHA (I)



La Crítica del programa de Gotha (1875) es un texto clave para comprender la teoría del Estado del Marx maduro. Dicha teoría está marcada por la experiencia de la Comuna de París (1871) y por las reflexiones sobre el Estado y la política esbozadas en El capital. Dado que la posición de Marx acerca del Estado es poco conocida y/o tergiversada escandalosamente, es oportuno retomar la lectura directa de esta obra, sobre todo en tiempos en los que el Estado se ha convertido en un fetiche de los partidos y movimientos “progresistas” en América Latina.

La Crítica está compuesta por un conjunto de textos (todos ellos escritos por Marx y Engels en 1875), reunidos por Engels en 1891 para su publicación en la revista teórica de la socialdemocracia alemana, DIE NEUE ZEIT. En esta serie de artículos voy a concentrarme en el más importante de ellos, las Glosas marginales al programa del Partido Obrero Alemán, escrito por Marx entre abril y mayo de 1875. Marx discute el programa resultante de la unificación de las distintas corrientes del socialismo alemán, y desarrolla allí sus tesis sobre el Estado y la actitud que deben tener los socialistas frente a él.

Para redactar este comentario utilicé la traducción española incluida en: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1983). Obras escogidas. Moscú: Progreso. (pp. 329-346).

1. Introducción.

En líneas generales, el socialismo del siglo XIX fue bastante refractario al Estado. Los distintos socialismos, o bien caracterizaron al Estado como instrumento de opresión (marxistas, anarquistas), o bien bregaron por el desarrollo de instituciones socialistas al margen del Estado (por ejemplo, las cooperativas en Inglaterra, las colonias de Cabet, los falansterios de Fourier, etc.). En cambio, y también en términos generales, el socialismo del siglo XX fue mayoritariamente estatista, en el sentido de postular que el Estado era el remedio para todos los males de la sociedad. Así, en vez de debilitar la influencia estatal, tanto los comunistas como los socialdemócratas procuraron fortalecer el aparato estatal. Al revés de sus predecesores del siglo XIX, muchos socialistas del siglo XX identificaron socialismo con propiedad estatal de los medios de producción.

El progresismo latinoamericano de principios del siglo XXI retomó la concepción de los socialistas del siglo pasado, con el agregado sustancial de que ahora el capitalismo ha sido aceptado como la única forma viable de organización de la economía. Relegado el socialismo al reino de las utopías, sólo queda la realidad concreta del capitalismo. Pero como el capitalismo genera desigualdad y eso no se puede ocultar, nuestros progresistas apelan al Estado como mecanismo para garantizar la “igualdad” y/o la “equidad” en la sociedad. En este marco, el Estado, instrumento de opresión, es elevado a la condición de herramienta de “liberación”. El kirchnerismo, el PT brasileño, el Frente Amplio en Uruguay, Correa en Ecuador, Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia, son otras tantas variantes de este progresismo. Más allá de sus diferencias, que existen pero que no podernos tratar aquí, todos ellos tienen en común la aceptación de la propiedad capitalista y la apelación al fortalecimiento del Estado como medio para enfrentar al “neoliberalismo”. Como la negación del carácter opresor del Estado conlleva la de la lucha de clases (pues el carácter opresor del Estado consiste en que sirve a una clase en su lucha contra la otra), es lógico que los progresistas puedan cortejar sin pudor a la burguesía “nacional” y al capital internacional. Como quiera que sea, nada de esto conduce a la emancipación de los trabajadores y los demás sectores populares.

La Glosas marginales sirven para recuperar lo mejor de la tradición socialista del siglo XIX y para discutir desde la teoría las concepciones progresistas acerca del Estado. El hecho de no estar viviendo un período de crisis revolucionaria no nos exime de la responsabilidad de combatir desde una posición de clase las concepciones dominantes sobre el Estado. En esta tarea es fundamental la recuperación crítica de la teoría y la práctica socialistas de los siglos XIX y XX. La tarea es todavía más urgente si se tiene en cuenta que todavía vivimos en un mundo signado por las derrotas del movimiento obrero en las décadas del ’70, del ’80 y del ’90 del siglo XX. Las variantes más radicales del progresismo latinoamericano, aun cuando se hagan llamar “socialistas”, naturalizan al capitalismo en la medida en que no cuestionan la propiedad privada y que, a lo sumo, proponen la propiedad mixta en algunos sectores de la economía. La revolución está lejos, más vale. Pero más lejos estará si se insiste en hacer del Estado el instrumento de liberación y si no se cuestiona la propiedad privada. Pensar sinceramente que el capitalismo es la única forma posible de organización económica de la sociedad moderna es un acto valorable de honestidad intelectual; en cambio, es deshonesto y profundamente destructivo desde el punto de vista de una política revolucionaria afirmar que el Estado capitalista puede conducir al socialismo. Y es todavía peor si se denomina “socialismo” a esta concepción.

Como intentaré demostrar en estas notas, la reflexión de Marx en sus Glosas marginales apunta hacia el futuro y no a un pasado perimido. Marx es un clásico porque interpela a nuestro presente y porque parte de la tesis de que toda ciencia es política. 

2. La caracterización marxista del Estado.

A los fines de ordenar estos comentarios, es conveniente comenzar por la concepción marxista del Estado, pues a partir de su caracterización Marx va enhebrando la crítica al programa de la socialdemocracia alemana.

Marx parte del reconocimiento de la relación estrecha entre el Estado y la sociedad capitalista; sin la segunda, la existencia misma del Estado moderno sería imposible: 

“…los distintos Estados de los distintos países civilizados, pese a la abigarrada diversidad de sus formas, tienen de común el que todos ellos se asientan sobre las bases de la moderna sociedad burguesa, aunque ésta se halle en unos sitios más desarrollada que en otros, en el sentido capitalista.” (p. 342).

Estado moderno y sociedad burguesa son las dos caras de la misma moneda. La complejidad del aparato estatal bajo el capitalismo es la contracara de la división del trabajo de la producción mercantil. La igualdad de los ciudadanos es la forma política de la igualdad de las mercancías en el mercado. La existencia misma del Estado, como esfera diferente de la sociedad burguesa, requiere de la presencia de esta última. El Estado puede crear la igualdad jurídica precisamente porque existe la desigualdad de las condiciones de existencia de las distintas clases sociales. 

El desarrollo incesante de la maquinaria estatal bajo el capitalismo conduce, además, a una creciente autonomía del Estado respecto a la sociedad:

“por «Estado» se entiende, en realidad, la máquina de gobierno, o el Estado en cuanto, por efecto de la división del trabajo, forma un organismo propio, separado de la sociedad.” (p. 343).

Esta autonomía relativa obedece no sólo al proceso de división del trabajo, sino también a su condición de órgano encargado de la representación de los intereses comunes de la burguesía. Para cumplir con eficacia dicha función debe mantenerse relativamente alejada de cada una de las fracciones de la clase dominante; siempre una de ellas ejerce el rol predominante en la hegemonía burguesa, pero ese predominio debe aparecer oscurecido para dotar de mayor legitimidad a la dominación.

La autonomía relativa a la que hice referencia en el punto anterior crea el ambiente propicio para que el aparato estatal pase a ejercer un dominio creciente sobre la sociedad.

“La libertad consiste en convertir al Estado de órgano que está por encima de la sociedad en un órgano completamente subordinado a ella” (p. 341).

Es significativo que Marx considere que la libertad es imposible si el Estado ejerce su control sobre la sociedad. En este sentido, su reflexión sobre la expansión de las funciones estatales resulta de enorme interés, sobre todo porque, como hemos afirmado, muchos socialistas del siglo XX pensaron que el Estado era la panacea para todos los problemas de la sociedad. Marx, a partir de la experiencia de la Comuna de París, llegó a la convicción de que el socialismo era imposible si no se modificaba radicalmente la estructura estatal, heredada del capitalismo. En su pensamiento, transformación del Estado (por ejemplo, eliminación de su aparato represivo) y abolición de la propiedad privada de los medios de producción van juntos.

Villa del Parque, domingo 6 de octubre de 2013

sábado, 5 de octubre de 2013

EL MARXISMO Y LA CUESTIÓN DEL ESTADO: RESEÑA DE LA INTRODUCCIÓN DE ENGELS A LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA



Friedrich Engels (1820-1895) escribió la “Introducción” a La guerra civil en Francia para la reedición de esta obra, con motivo de la conmemoración del 20° aniversario de la Comuna de París. (1) La guerra civil en Francia es el título del manifiesto de la 1° Internacional dedicado a la Comuna. Fue redactado por Karl Marx (1818-1883). En este blog dedicamos un artículo a comentar dicho manifiesto. 

La “Introducción” de Engels puede dividirse en dos partes desde el punto de vista de su estructura temática. En la primera hace la presentación de la obra de Marx y del contexto histórico de la Comuna, así como también esboza una reseña de la acción de ésta. En la segunda desarrolla los aportes de la Comuna en la cuestión del Estado. En esta reseña me concentraré en esta última parte.

La experiencia de la Comuna marcó un antes y un después en el movimiento socialista. Hasta ese momento, la cuestión del Estado era un problema más teórico que práctico. Las distintas corrientes socialistas (incluimos aquí al anarquismo) veían al Estado como un enemigo al que había que destruir o procuraban ignorarlo, construyendo las bases del socialismo por fuera de la intervención de este. La Comuna, al concretar la toma del poder por la clase obrera (aunque sea por un breve plazo) obligó a la militancia socialista a plantearse (o replantearse) qué hacer con el Estado en el caso de una revolución triunfante. Hasta ese momento, corrientes como el blanquismo (2) o los mismos Marx y Engels defendían la idea de que había que servirse del Estado para dirigir a la sociedad hacia el socialismo. Como tantas otras veces, la experiencia del movimiento obrero forzó a Marx a modificar radicalmente sus puntos de vista.

Al revisar sobre la marcha misma de los acontecimientos las acciones de la Comuna, Marx llegó a la conclusión de que, 

“la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines.” (3).

Engels enfatiza esto en su “Introducción”:

“La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera, al llegar al poder, no podía seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que, para no perder de nuevo su dominación, recién conquistada, la clase obrera tenía, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción, revocables en cualquier momento.” (p. 265).

La clase obrera no puede servirse del Estado burgués, del Estado creado a su imagen y semejanza por la burguesía, porque dicho Estado es una máquina de opresión. Hay que recordar que la institución estatal surgió con la división de la sociedad en clases sociales antagónicas, y que su objetivo primordial fue reproducir la dominación de la clase dominante en cada momento histórico. Engels indica en el texto que el Estado, además de este objetivo, puede transformarse en un fin en sí mismo:

“En un principio, por medio de la simple división del trabajo, la sociedad se  los órganos especiales destinados a velar por sus intereses comunes. Pero, a la larga, estos órganos, a la cabeza de los cuales figuraba el poder estatal, persiguiendo sus propios intereses específicos, se convirtieron de servidores de la sociedad en señores de ella. Esto puede verse, por ejemplo, no sólo en las monarquías hereditarias, sino también en las repúblicas democráticas. No hay ningún país en que los «políticos» formen un sector más poderoso y más separado de la nación que en Norteamérica. Aquí cada uno de los dos grandes partidos que alternan en el Gobierno está a su vez gobernado por gentes que hacen de la política un negocio, que especulan con las actas de diputado de las asambleas legislativas de la Unión y de los distintos Estados federados, o que viven de la agitación a favor de su partido y son retribuidos con cargos cuando este triunfa. (…) Y es precisamente en Norteamérica donde podemos ver mejor cómo progresa esta independización del Estado frente a la sociedad, de la que originariamente debía ser un simple instrumento. (…) en Norteamérica nos encontramos con dos grandes cuadrillas de especuladores políticos que alternativamente se posesionan del poder estatal y lo explotan por los medios y para los fines más corrompidos; y la nación es impotente frente a estos dos grandes cárteles de políticos, pretendidos servidores suyos, pero que, en realidad, la dominan y la saquean.” (p. 265-266).

Más allá de que el párrafo citado contiene la tesis (errónea) de que el Estado surgió para servir a los “intereses comunes de la sociedad”, el énfasis de Engels acerca de la progresiva autonomía del Estado frente a la sociedad es de rigurosa actualidad. El Estado capitalista es inseparable del mantenimiento de la explotación de la clase trabajadora; dicho en otros términos, desde el punto de vista de su propio financiamiento requiere de la plusvalía extraída por los empresarios a la clase trabajadora. Esto pone un límite a la autonomía del Estado capitalista: no le es posible “sacar los pies del plato” del capitalismo. Pero la creciente extensión de la división del trabajo bajo la lógica del capital hace que el Estado deba encarar tareas cada vez más complejas de regulación; la burocracia estatal se multiplica y, como es sabido, los burócratas pasan a considerar como un fin en sí mismo a la conservación de sus privilegios. De este modo, a la vez que sirve al capital, el Estado se convierte cada vez más en un parásito que succiona cada vez más recursos de la sociedad. 

El ejemplo de los EE.UU. es significativo. En la actualidad, cuando tantos políticos e intelectuales progresistas consideran que el Estado es el remedio para los males de la sociedad, donde se pregona la consigna “más Estado” como antídoto frente a los estragos del “neoliberalismo”, es conveniente volver a los clásicos. El Estado es una herramienta de dominación aunque se vista de “nacional y popular”. El Estado capitalista es cada vez más un parásito aunque se pregone que es un instrumento de “liberación”. Engels sostiene que, en la medida en que se mantenga la dominación del capital sobre el trabajo, ninguna liberación puede venir por el lado del Estado. De ahí que la transformación de la estructura estatal y la abolición de la propiedad privada de los medios de producción sean tareas que no pueden separarse.

“En realidad, el Estado no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, lo mismo en la república democrática que bajo la monarquía; y en el mejor de los casos, un mal que se transmite hereditariamente al proletariado triunfante en su lucha por la dominación de clase. El proletariado victorioso, lo mismo que lo hizo la Comuna, no podrá por menos de amputar inmediatamente los lados peores de este mal, entretanto que una generación futura, educada en condiciones sociales nuevas y libres, pueda deshacerse de todo ese trasto viejo del Estado.” (p. 267).

Engels, como Marx en el manifiesto de la 1° Internacional, resalta la eliminación del ejército permanente y de la policía por la Comuna. La transformación del Estado comienza por la desaparición de su aparato represivo y su reemplazo por el armamento general del pueblo (vieja consigna del movimiento socialista). Esto modifica radicalmente el significado de la expresión dictadura del proletariado: ya no se trata de una dictadura a través del aparato represivo heredado de la burguesía. No hay que temer a las palabras. Una transformación radical de la sociedad implica modificar radicalmente la relación de fuerzas, y la revolución socialista, si tiene algún sentido, es precisamente la modificación más radical de esa relación de fuerzas. Esto supone, hablando en criollo, pasar por encima de los derechos adquiridos por la burguesía, de la legalidad desarrollada bajo el capitalismo. Es un hecho de fuerza. Si esa supresión de la legalidad burguesa se hace con los mismos instrumentos del Estado burgués, derivará tarde o temprano en la explotación de la sociedad por los funcionarios. La burocracia socialista pasará a ser la clase dominante en la sociedad y, si se mantiene la economía mercantil, tarde o temprano retornará el viejo capitalismo.

Para que la dictadura del proletariado signifique algo diferente a la dictadura del capital es preciso hacer pedazos el aparato represivo del Estado capitalista y desarrollar la democracia a niveles imposibles bajo el capitalismo. Algo de eso hizo la Comuna cuando estableció que todos sus funcionarios serían elegidos en elecciones y que sus mandatos podrían ser revocados si no cumplían lo prometido a sus electores. Además, la Comuna resolvió que ninguno de sus funcionarios podría cobrar un salario superior al de un obrero. 

“Últimamente, las palabras «dictadura del proletariado» han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado!” (p. 267).

Los intelectuales, ya sean marxistas, liberales o conservadores, suelen pensar que extraen de sus cabezas toda la sabiduría del mundo. El texto de Engels demuestra, para el caso del marxismo, que fue la experiencia concreta del movimiento obrero la que motivó las transformaciones fundamentales de la teoría.

Villa del Parque, sábado 5 de octubre de 2013

NOTAS:

(1) Utilizo la traducción española incluida en: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1983). Obras escogidas. Moscú: Progreso. (pp. 256-267).

(2) El blanquismo era la corriente socialista liderada por Auguste Blanqui (1805-1881). Sostenía que un grupo de revolucionarios profesionales tenía que tomar el poder por medio de un golpe de mano, y a partir de allí llevar adelante la transformación socialista de la sociedad.

(3) Marx, Karl, La guerra civil en Francia, en: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1983). Obras escogidas. Moscú: Progreso. (p. 295).