Páginas vistas en total

sábado, 9 de febrero de 2013

SOBRE PARITARIAS Y LUCHA DE CLASES



Hace un tiempo la señora Presidenta, Cristina Fernández, sostuvo que la causa  de la crisis mundial era el “anarcocapitalismo”. Según esta interpretación, hay diferentes tipos de capitalismo, unos más deseables que otros. El mejor de ellos es un capitalismo “organizado”, donde el Estado impone las reglas de juego en interés de toda la sociedad. Este, y no otro, es el ideal “nacional y popular” en estos tiempos. El horizonte intelectual de la “emancipación nacional y social” no contempla el socialismo. ¿Para qué? Total, con organizar al capitalismo basta para garantizar la felicidad de todos…

Sin embargo, la realidad suele ser cruel con los sueños de las personas. El capitalismo sigue siendo capitalismo a pesar de los deseos. El capitalismo supone explotación de los trabajadores por los empresarios. Es “curioso” que la explotación de los trabajadores, el fenómeno más extendido en la sociedad moderna, sea el tema menos planteado en la actualidad. En verdad, hablar de explotación supone reconocer que el Estado, como en el cuento de Andersen, está desnudo. Todo el discurso acerca de los derechos, de la igualdad, cobra un sentido diferente a partir del reconocimiento de la existencia de la explotación de los trabajadores. Porque, ¿puede hablarse de democracia en una sociedad en la que las decisiones acerca de qué producir, cómo producirlo y en qué cantidad son tomadas por los empresarios, sin consultar para nada a los trabajadores? La explotación no es un fenómeno limitado a lo económico sino que constituye, ante todo, una realidad política. No es posible la democracia en la medida en que los trabajadores no puedan decidir libremente sobre su tiempo, vale decir, sobre las condiciones en que trabajan.

La lucha en torno al salario es interpretada como un conflicto de carácter exclusivamente económico. Esto es así porque la explotación es dejada de lado, y la relación salarial suele ser presentada como el producto de una negociación individual o como el resultado de un proceso en el que el Estado asume la defensa de los intereses de “toda la sociedad”. Ahora bien, el salario expresa, ante todo, la diferencia esencial entre empresarios y trabajadores: los primeros son dueños de los medios de producción y tienen, por ello, la capacidad de fijar las condiciones de la negociación salarial. En este sentido, los trabajadores van siempre detrás de los empresarios. La negociación demuestra, entonces, el carácter político de la relación de las clases en la sociedad capitalista. Los trabajadores se hallan subordinados a los empresarios, más allá de las quejas de los segundos acerca de las pretensiones salariales de los segundos.

Pero basta de teoría y volvamos a nuestro modelo de “desarrollo económico con inclusión social”. Desde el 2003 en adelante, la industria automotriz ha sido uno de los pilares del crecimiento experimentado por la economía argentina. Dado que el capitalismo se basa en la desigualdad y en la dominación de los capitalistas, las ganancias de los empresarios fueron enormes, no así los salarios de los trabajadores. Nadie podría afirmar, estando en su sano juicio, que los empresarios del sector automotriz perdieron plata en estos años. Es más, el “kirchnerismo”, supuestamente enfrentado con las corporaciones, garantizó en todo momento la rentabilidad de las “corporaciones” del sector automotriz.

Cristiano Ratazzi es presidente de Fiat Argentina y titular de ADEFA (Asociación de Fábricas de Automotores). Ante la apertura de las negociaciones paritarias entre empresarios y trabajadores, Ratazzi salió a marcar la cancha: 

"Es imposible hablar del 30 por ciento [de aumento salarial]. Es que no se puede resolver el problema de la inflación con una aspirina, es un problema grande, encima ahora la gente acepta que hay inflación" (ÁMBITO FINANCIERO, 8 de febrero de 2013).

Dejando de lado la curiosa comparación del aumento de salarios con “una aspirina”, cabe preguntarse qué hubiera pasado si algún dirigente sindical hubiera declarado que “es imposible hablar de ganancias empresarias del 30% anual”. Hablar de tal nivel de ganancias no es descabellado, sobre todo teniendo en cuenta que el modelo “nacional y popular” garantiza que los empresarios “la levanten con pala” [a las ganancias], según dichos de la señora Presidenta. Pero las ganancias no son cuestionadas, sí los aumentos de salarios. Si las negociaciones salariales fueran la expresión de la libre voluntad de empresarios y trabajadores, tanto el aumento de ganancias como el aumento de salarios se encontrarían en un pie de igualdad. Pero nada de esto sucede, ni puede suceder. El capitalismo es capitalismo. Las ganancias empresarias (más técnicamente, el plusvalor – trabajo no pagado – que extraen de los trabajadores) son la fuente del poder del capital. De ahí que no puedan ser discutidas. Los asalariados, por el contrario, se encuentran subordinados al capital, y ven como los aumentos que reclaman son cuestionados por los empresarios. De modo que los empresarios de la industria automotriz pueden ganar todo lo que quieran (o puedan), mientras que los trabajadores que generan la riqueza del sector reciben un tirón de orejas si pretenden un aumento de salarios “desmesurado”. 

Ratazzi tiene clara la existencia de la lucha de clases, y habla desde la seguridad que le da el control del capital. ¿Hace falta agregar algo más? Parafraseando a cierto presidente norteamericano: ¡Es el capitalismo, estúpido!


Villa del Parque, sábado 9 de febrero de 2013