Páginas vistas en total

sábado, 30 de abril de 2011

MARX Y LAS CIENCIAS SOCIALES

Resulta paradójico iniciar un taller de lectura sobre la obra de Karl Marx (1818-1883) teniendo que empezar, justamente, por justificar su carácter de clásico de la teoría social. En verdad, es muy difícil encontrar otro autor que haya ejercido (y siga ejerciendo) tanto influencia sobre la teoría social contemporánea como es el caso de Marx. Sin embargo, la paradoja no es tal en cuanto examinamos la peculiar relación de Marx con las ciencias sociales.

Las disciplinas que hoy conocemos como ciencias sociales tienen su origen en el último tercio del siglo XVIII, cuando se consolida la economía clásica con la publicación en 1776 de la obra cumbre de Adam Smith (1723-1790), La riqueza de las naciones. En ella, Smith no sólo sienta las bases de la economía moderna y del liberalismo económico, sino que propone un modelo de teoría social que fue ampliamente aceptado a lo largo de los siglos XIX y XX. En opinión de Smith, la reflexión sobre lo social tenía que dividir su objeto de estudio en una serie de parcelas menores, cada una de las cuales estaría a cargo de especialistas. De este modo, cada uno de ellos conocería mejor su parcela que si una sola persona pretendiera abarcar todos los temas de la investigación social; como resultado de esta división del trabajo, el conjunto poseería un conocimiento mayor y mejor del funcionamiento de la sociedad. Según esta propuesta, la división en parcelas tenía que ser el camino elegido por las ciencias sociales modernas, dejando de lado la problemática de la totalidad social, que sólo sería abordada como una especie de suma agregada de los conocimientos individuales generados por cada una de las ciencias que estudiaban la sociedad. Ahora bien, este proyecto para las ciencias sociales calzaba perfectamente con las necesidades de la burguesía en ascenso, que ya había alcanzado el poder político en Inglaterra y que se aprestaba a hacer lo mismo en Francia. La burguesía, clase social que derivaba su poder de la propiedad privada de los medios de producción, estaba interesada directamente en controlar el proceso de trabajo, para de ese modo evitar el desperdicio de factores de producción (por ejemplo, que los trabajadores, cuyos salarios pagaba el capitalista, se dedicaran a tomar mate en horario de trabajo, malgastando así el dinero que el empresario había pagado por el derecho a usar su fuerza de trabajo). Las ciencias sociales, concebidas al estilo de Smith, servían a ese propósito, porque su estructura de compartimentos estancos, separados unos de otros y con “rígidas” barreras disciplinares, contribuía a impedir que los científicos sociales estudiaran la sociedad en su conjunto. Así, mientras que los teóricos sociales se concentraban en los “pequeños asuntos” de sus campos particulares, la agenda de los “grandes temas” era propuesta por la clase dominante. En una sociedad basada en la desigualdad, como es el capitalismo, renegar de la totalidad implica legitimar esa misma desigualdad, porque se rehúye su estudio.

La propuesta de Adam Smith para las ciencias sociales no se agotaba en la cuestión de la división del trabajo. Para Smith, la organización social basada en el imperio de los capitalistas en el nivel de la fábrica (a través de su control de los medios de producción) y del mercado como mecanismo de asignación de los frutos del trabajo social (un mercado que lejos de ser un ámbito de interacción de pequeños productores que competían entre sí en condiciones de relativa igualdad era, por el contrario, un espacio dominado por los capitalistas que concentraban cada vez más dichos medios de producción), constituía la forma más racional de organizar la sociedad. Es más, el capitalismo era concebido como la organización social “natural”, en el doble sentido de organización racional y de organización que respondía a las tendencias de la naturaleza humana. El capitalismo era la mejor forma de sociedad, la única forma de organización racional, porque significaba la puesta en práctica de las tendencias inherentes a la esencia del ser humano. De ahí que cualquier oposición al capitalismo era antinatural e irracional “por naturaleza”. En este punto cabe decir que, dejando de lado la cuestión de la discusión de los supuestos filosóficos de Smith, su concepción ofrecía una buena legitimación a la expansión y al dominio de la burguesía.

Las ciencias sociales modernas se conformaron en torno a una serie de postulados que se mantuvieron inconmovibles a lo largo de su historia. La parcelación de la totalidad social en parcelas a cargo de ciencias particulares, la aceptación de la dominación capitalista en la fábrica y en la sociedad, la legitimación de dicha dominación a partir de la caracterización del capitalismo como la única forma de organización social racional y natural, fueron los pilares en torno a los cuales trabajaron las distintas generaciones de científicos sociales. Sin entrar en detalles, aún las ciencias sociales que surgieron en períodos de crisis y que, por tanto, se vieron obligadas a discutir algunos de estos postulados (como fue el caso de la sociología clásica), mantuvieron una aceptación acrítica de la hegemonía de la burguesía.

Es en este marco que puede comprenderse el carácter traumático de la relación de las ciencias sociales con la teoría y la obra de Marx. Por un lado, hoy nadie discute seriamente la amplitud de la contribución de Marx a la teoría social. Pero, por otra parte, el sentimiento de aprensión y de desconfianza instintiva hacia su teoría sigue tan generalizado como en el siglo XIX. En buena medida, las continuas afirmaciones acerca del carácter obsoleto del conjunto de su teoría o de aspectos parciales de la misma no suelen ser otra cosa que dicha desconfianza formulada de un modo más sofisticado y menos franco, sobre todo si se tiene en cuenta que dichas afirmaciones van acompañadas, por lo general, de un desconocimiento abrumador del contenido de la teoría de Marx.

¿Por qué razón Marx no termina ser digerido por las ciencias sociales modernas? En buena medida, porque la obra de Marx constituye la impugnación más sistemática y profunda del proyecto elaborado inicialmente por Adam Smith. El hecho de que El Capital (1867) lleve por subtítulo “Crítica de la economía política” es altamente significativo. Marx se propuso allí someter a discusión los postulados de la teoría económica clásica, en tanto descripción objetiva de las relaciones económicas capitalistas, pero también se dedicó a discutir a la economía política en tanto ideología de la burguesía. Marx sacó a la luz (como también por cierto lo habían hecho los socialistas anteriores) el papel político de la ciencia económica, su rol legitimador de las relaciones sociales capitalistas. En este sentido, puede decirse que El Capital refutó el carácter pretendidamente autónomo de la economía, y la devolvió al mundo terrenal en que los capitalistas y los trabajadores se enfrentaban cotidianamente. Ahora bien, si la economía no era un discurso autónomo (objetivo) respecto a la lucha de clases, las ciencias sociales pasaban a ser un terreno más de lucha entre dichas clases. Cuestiones tales como la neutralidad, la objetividad, el papel político de los intelectuales, fueron reformuladas por Marx de una manera que resultaba incompatible con los supuestos fundantes de las ciencias sociales modernas. Aquí hay se encuentran las bases para comprender la reacción de las ciencias sociales hacia la obra de Marx, la inconmovible desconfianza que ha marcado dicha relación. De un modo llano, puede decirse que Marx siguió siendo un “sapo de otro pozo”, por más que la discusión de los planteos teóricos de Marx haya sido uno de los principales acicates al desarrollo de las ciencias sociales en el siglo XX.

Desde los tiempos de Adam Smith, las ciencias sociales estuvieron ligadas al ascenso y consolidación de la hegemonía económica, social y política de la burguesía. Nos guste o no, ellas representan la dominación de la clase capitalista en el plano de la teoría social. Esto no significa, por cierto, que los cientistas sociales se comporten del mismo modo que los gerentes o los accionistas de una empresa multinacional. Lejos estamos de sostener una visión tan grotescamente determinista de la realidad. Pero si puede decirse que las ciencias sociales se han preocupado constantemente por consolidar la dominación capitalista, ya sea por acción o por omisión. En términos un poco más académicos, la teoría social surgida a partir de fines del siglo XVIII se construyó en torno al respeto irrestricto de las reglas de juego de la moderna sociedad burguesa, esto es, la propiedad privada de los medios de producción, la hegemonía del mercado, el reconocimiento del papel económico del Estado en tanto y en cuanto fuera concebido como herramienta para el desarrollo capitalista, la aceptación de la escisión entre la vigencia de la democracia formal en el plano político y la dictadura de los empresarios sobre los trabajadores en la fábrica. Si esta visión del papel de las ciencias sociales puede resultarle al lector un tanto “prehistórica” lo invitamos a instalarse en una biblioteca nutrida en obras de ciencias sociales y a recorrer las mismas buscando impugnaciones serias de cada unas de las reglas de juego mencionadas en el pasaje anterior. La experiencia puede resultar aleccionadora para comprender el carácter de la relación entre Marx y las ciencias sociales.

La lectura de Marx resulta, por tanto, imprescindible tanto para quienes desean discutir los fundamentos teóricos del orden existente, como para aquellos que reconocen la validez de los supuestos de ese orden y quieren mejorar su capacidad para defenderlos mediante el conocimiento de los planteos del enemigo más sólido y consecuente de las ciencias sociales modernas. Se esté de acuerdo o no con su teoría, Marx resulta una presencia ineludible.

Sin embargo, la importancia de Marx excede ampliamente el plano científico y académico. En verdad, el viejo Marx habría puteado en arameo si se hubiera enterado que se lo trataba como un teórico social (aun cuando se reconociese la excepcionalidad de sus aportes). Con toda su pasión por el conocimiento científico, la teoría social no constituía el principal interés de Marx. Fue, y esta es otra causa fundamental de la desconfianza hacia él, un revolucionario y, como todo revolucionario, su objetivo principal durante toda su vida consistió en hacer la revolución. Si se ignora esta cuestión, si se concentra la atención únicamente en los logros y desaciertos científicos de Marx, se corre el riesgo de no entender absolutamente nada de la teoría de Marx.

Friedrich Engels (1820-1895) afirmó que “Marx era, ante todo y sobre todo, un revolucionario. La verdadera misión de su vida era cooperar de un modo o de otro al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones del Estado creadas por ella, cooperar a la emancipación del proletariado moderno, a quien él por primera vez infundió la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones que informaban su liberación. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, con una tenacidad y con unos frutos como pocos hombres los conocieron. La primera Gaceta del Rhin en 1842, el Vorwarts de París en 1844, la Gaceta alemana de Bruselas en 1847, la Nueva Gaceta del Rhin en 1848-1849, la New York Tribune de 1852 a 1861, una muchedumbre de folletos combativos, el trabajo de organización en las asociaciones de París, Bruselas y Londres, hasta que por último vio surgir como coronación y remate de toda su obra la gran Asociación obrera internacional” (Discurso de Engels en el entierro de Marx, 17 de marzo de 1883, citado por Mehring, 1965: 412-413).

Las palabras de Engels resumen con precisión el carácter de la carrera intelectual y política de Marx. Ninguno de los planteos teóricos de Marx puede entenderse desligado de su acción revolucionaria en las filas del movimiento obrero del siglo XIX. La magnitud de sus contribuciones a la teoría social es el resultado de su involucramiento con la causa del socialismo y del proletariado revolucionario. En tiempos en los que el máximo dirigente de la principal central sindical argentina defiende la identidad de intereses entre los empresarios y los trabajadores, es importante recordar que esta posición dista mucho de ser la única presente en la historia del movimiento obrero. En líneas generales, cabe decir que existen dos corrientes en el seno del movimiento obrero. De un lado está aquella que plantea que el papel de los trabajadores en una sociedad capitalista consiste en discutir el precio y las condiciones de la venta de la fuerza de trabajo (uno de los representantes actuales de esta corriente es el señor Moyano). De otro lado, están aquellos que sostienen que el movimiento obrero tiene que dedicarse a discutir políticamente la relación salarial misma, esto es, luchar por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Esta última corriente de pensamiento y de acción no hubiera sido lo que fue de no haber existido Marx. No se trata, por cierto, de dejar de lado los aportes de las otras vertientes del socialismo. Pero Marx proporcionó a través de su teoría los elementos necesarios para llevar adelante una impugnación en bloque del capitalismo. Así, por ejemplo, la teoría del plusvalor no es una mera teoría económica, sino que constituye la llave para comprender el carácter del capitalismo y otorga al concepto de explotación un carácter científico, volviéndolo así mucho más peligroso para la clase dominante que su simple connotación moral. Asimismo, la demostración de que las leyes de la circulación mercantil (según las cuales en el mercado se cambian valores iguales y todos salen contentos) se transforman indefectiblemente en leyes de la apropiación capitalista (que suponen, y engendran, la desigualdad entre los capitalistas y los trabajadores) representa la refutación más profunda de las tesis reformistas, que sostienen que existe la posibilidad de conformar un capitalismo “bueno” en el que las clases sociales convivan en armonía.

La acción política de Marx es, por tanto, indisoluble de su crítica teórica de las bases ideológicas del capitalismo. Sus objetivos primordiales fueron la revolución en el plano de la teoría y la revolución en la política, y separar uno de otro equivale a deformar a Marx. Aquí se encuentra el secreto del carácter revulsivo que sigue teniendo su teoría social. El capitalismo, guste o no, continúa siendo la forma dominante de organización social, y la teoría de Marx representa todavía la crítica más incisiva e inconformista del mismo.

Marx comenzó su carrera política en las filas del liberalismo. Sus ideales iniciales fueron los del liberalismo; por cierto, un liberalismo que estaba muy distante de muchos monigotes actuales, que dicen llamarse liberales y que abogan por la prohibición de toda forma de disidencia intelectual (basta recordar los tiempos de auge del “pensamiento único” en los años ´90). El liberalismo de Marx está imbuido de la convicción de que la verdadera emancipación de los seres humanos implica la concreción de la efectiva autonomía de los mismos, de que las personas se conviertan en dueños de sus destinos, de que puedan tomar libremente las decisiones respecto a cómo quieren vivir. Pero la derrota del liberalismo alemán en la primera mitad de la década de 1840 le mostró con claridad cuáles eran los límites de la política del liberalismo. Su estudio exhaustivo de la Revolución Francesa reforzó la conciencia de esos límites, y Marx llegó pronto a la conclusión de que una verdadera revolución debía ir mucho más allá que la simple instauración de un nuevo ordenamiento político. En otras palabras, los Derechos del Hombre y del Ciudadano eran sólo los derechos de la burguesía, pues el ámbito de la igualdad jurídica coexistía con la dominación indiscutida de los capitalistas en la fábrica. Esta constatación acercó progresivamente a Marx a las filas del socialismo, pero sólo cuando entró en contacto con el incipiente movimiento obrero (en su exilio en Paris) adoptó una militancia revolucionaria. El comienzo de su crítica de la economía política, iniciada en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, va de la mano con su acercamiento a las filas de los trabajadores. Era imprescindible dotar al flamante movimiento obrero de una herramienta teórica para discutir los argumentos económicos de los capitalistas, su pretensión a dirigir el proceso productivo, y la teoría de Marx proporcionó dichos argumentos, pero en el marco de una concepción de la totalidad social que estaba a años luz de la mayoría de las teorías socialistas imperantes en ese momento. La combinación de radicalismo político, filosofía hegeliana, crítica de la economía política y socialismo resultó extraordinariamente subversiva y le permitió a Marx construir una teoría social que diera cuenta tanto de las bases de la organización capitalista como de los procesos de cambio y transformación de la misma.

No es este el lugar para hacer una reseña de la carrera intelectual y política de Marx, pero sí es conveniente destacar algunos momentos, pues ellos contribuyen a explicar el carácter de la posición política y teórica de Marx. A principios de 1848 se publicó la primera edición del Manifiesto del Partido Comunista, obra en la que Marx y Engels combinan un análisis extraordinariamente lúcido de las características de la sociedad capitalista (hay allí una de las mejores descripciones del fenómeno conocido mucho tiempo después como “globalización”), con una propuesta de organización política autónoma de los trabajadores. Para Marx y Engels, sólo la organización política de los trabajadores, construida a distancia de las distintas propuestas políticas de la burguesía, es capaz de garantizar la emancipación efectiva de los trabajadores y de los sectores populares. Al mismo tiempo, y esto ya permite poner en discusión el argumento tan repetido acerca del “determinismo” de Marx, el énfasis en la organización política, en la necesidad de que los trabajadores se den su propio partido político muestra a las claras que Marx no creía en que la revolución se iba a dar por la simple acción de las fuerzas económicas. Si esto último fuera cierto, no se entiende el porqué Marx luchó toda su vida para que los trabajadores se organizaran políticamente (en ningún momento Marx pensó que bastaba la sola organización sindical para lograr la liberación de los trabajadores). En verdad, las acusaciones de determinismo, más allá de que pueden apoyarse efectivamente en varios textos de Marx, constituyen una forma cómoda de omitir la acción política revolucionaria de Marx. La unidad de teoría y práctica resulta especialmente revulsiva para las ciencias sociales modernas, toda vez que los cientistas sociales tienden a dedicarse a estudiar los procesos sociales, dejando en manos de los políticos y de los empresarios la formulación de las medidas “necesarias” para resolverlos. En esta división del trabajo (tan detestada por Marx), los científicos investigan y los empresarios actúan. El saber se encuentra subordinado al capital, y allí se acabó la historia.

Marx dedico más de veinte años de su vida a la preparación de su obra monumental, El Capital. Las condiciones materiales en las que Marx estudió la economía política tienen muy poco que ver con las condiciones en que estudian los académicos actuales. Sin embargo, y a pesar de tratarse de la obra de su vida (y él era perfectamente conciente de ello), Marx dedicó buena parte de su tiempo durante la etapa final de elaboración y redacción del Libro Primero de El Capital a la actuación en la organización y consolidación de la Asociación Internacional de Trabajadores (más conocida como 1° Internacional), constituida en 1864. En nuestra opinión, las tesis presentadas en El Capital tienen que estudiarse en conexión directa con los planteos de Marx en la Internacional. La frase que cierra el Manifiesto Inaugural de dicha organización, “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos” cobra un sentido todavía más profundo si se la lee en relación con lo expuesto en el final del capítulo 4 del Libro Primero de El Capital, cuando Marx remarca la diferencia entre el ámbito del mercado, en el que las personas son libres, y el ámbito de la producción, en el que los trabajadores aparecen sometidos a los capitalistas. La combinación de libertad y despotismo, tan propia de la esencia del capitalismo, sólo puede ser desbaratada en la medida en que los trabajadores tomen conciencia de su situación y sean capaces de organizarse para derrocar la dominación capitalista. Si no lo hacen, si continúan yendo a la cola de las organizaciones políticas, se mantendrán en el plano de la “libertad” jurídica del mercado y no podrán quebrar la dictadura de los capitalistas en la fábrica. Sólo así podrán avanzar en la profundización de la democracia.

Lo expuesto en el párrafo anterior sirve para plantear una impugnación a la tesis tan repetida acerca de la existencia de una ruptura entre el Joven Marx y el Marx maduro. Las posiciones políticas defendidas por Marx en el "Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores" son las mismas que aparecen en un escrito temprano, la “Introducción a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel” (1844). No hay aquí ninguna virtud sobrenatural, sino que la coherencia de Marx es el resultado de su participación en las luchas de los trabajadores. Si es correcto afirmar que Marx pudo avanzar en su crítica de la economía política gracias a su contacto con los obreros franceses en 1844, también es verdad que en un sentido fuerte fue el movimiento obrero el que “hizo” a Marx. La grandeza de la teoría de Marx, su carácter de clásico ineludible para las ciencias sociales es producto de su unión indisoluble con las luchas obreras.

San Martín, sábado 30 de abril de 2011

lunes, 25 de abril de 2011

FICHA: DURKHEIM, "LA EDUCACIÓN, SU NATURALEZA Y SU PAPEL" (1911)

El artículo de Emile Durkheim (1858-1917), "La educación, su naturaleza y su papel", fue publicado inicialmente como la voz EDUCACIÓN en Buisson, F., dir. (1911). Nuevo diccionario de pedagogía e instrucción primaria. París: Hachette.

En la elaboración de esta ficha utilicé la traducción de Janine Muls de Liarás, incluida en Durkheim, Emile. (1996). Educación y pedagogía. Barcelona: Península. (pp. 43-72).


El texto tiene la forma de un artículo para una enciclopedia. De ahí que resulte especialmente didáctico para conocer la concepción que tenía Durkheim de la educación.

La estructura del artículo es la siguiente:
1. Las definiciones de la educación. Examen crítico. (pp. 43- 49).
2. Definición de educación (pp. 49-53).
3. Consecuencia de la definición anterior: Carácter social de la educación (pp. 53-60).
4. El papel del Estado en materia educacional (pp. 61-63).
5. Poder de la educación. Los medios de acción (pp. 64-72).

Durkheim formula la siguiente definición de la e.: “La educación es la acción ejercida por las generaciones adultas sobre aquéllas que no han alcanzado todavía el grado de madurez necesario para la vida social. Tiene por objeto el suscitar y desarrollar en el niño un cierto número de estados físicos, intelectuales y morales que exigen de él tanto la sociedad política en su conjunto como el medio ambiente específico al que está especialmente destinado.” (p. 53).

La educación es, por tanto, un proceso de transmisión de conocimientos e ideología que se da principalmente entre generaciones ; se trata, de un proceso esencialmente social. Esta afirmación del carácter social de la educación se asienta en su crítica del individualismo metodológico (IM a partir de aquí) .

El ser humano, desprovisto de educación, no es nada: “…si se hace abstracción de las vagas e inciertas tendencias que pueden ser atribuidas a la herencia, el niño, al integrarse a la vida, no aporta a ésta más que naturaleza de individuo. (…) Es necesario que, por las vías más rápidas, al ser egoísta y asocial que acaba de nacer, superponga ella otro, capaz de llevar una vida moral y social. Ésta es en esencia la labor de la educación, y nos percatamos de inmediato de toda su grandeza.” (p. 54). En otras palabras, el ser humano tal como lo conocemos es producto de la educación, es decir, de un conjunto de órganos especializados de la sociedad. No existe, por tanto, ningún estado de naturaleza ni nada que se le parezca; tampoco puede hablarse de la existencia de una esencia humana inmutable desde el principio de los tiempos . Como la socialización del individuo, es decir, la incorporación de las habilidades y valores necesarios para la vida en una sociedad determinada se da por medio de la educación, corresponde decir que esta última es uno de los pilares en el proceso de creación de los individuos humanos. Esto es así porque los seres humanos existen como tales en sociedad: si al hombre se le “retirase todo cuanto debe a la sociedad: retrocedería a la condición animal.” (p. 59).

La educación constituye, en rigor, dos tipos de seres humanos en el mismo individuo. [Hay aquí un resabio de la distinción hegeliana entre Estado y Sociedad Civil]. Durkheim expresa esto diciendo que el sistema educacional presenta “un doble aspecto: es a la vez, único y múltiple.” (p. 49).


¿Qué significa que el sistema educacional es “múltiple”?
“Es múltiple. En efecto, y en cierto sentido, se puede decir que hay tantos tipos diferentes de educación como capas sociales diferentes hay en dicha sociedad.” (p. 49. El resaltado es mío.). [Esta proposición es una muestra acabada de la agudeza con que Durkheim analiza el proceso educativo. Hay en ella un reconocimiento implícito de la centralidad de las clases sociales para comprender la organización y el carácter de la sociedad. Puesto que somos una sociedad dividida en clases sociales con intereses antagónicos, forzosamente tienen que existir distintos tipos de educación, pues la educación del empresario no puede ser la misma que la del obrero, so pena de afectar sensiblemente la reproducción de las relaciones sociales capitalistas.]. “¿Acaso se argüirá que esta organización no es moralmente justificable y que no se puede ver en ella más que una perduración condenada a desaparecer? No resulta difícil defender dicha tesis. Es evidente que la educación de nuestros hijos no debería depender del azar que les ha hecho nacer aquí o allá, de tales padres y no de tales otros. Pero, aun cuando l a conciencia moral de nuestro tiempo hubiese obtenido la satisfacción a la que aspira, no por esto la educación se tornaría más uniforme. Aun cuando la carrera escogida para cada niño no seria ya, en gran parte, predeterminada por una obcecada herencia social, la diversidad moral de las profesiones no dejaría de arrastrar en pos suya una gran diversidad pedagógica. En efecto, cada profesión constituye un ámbito sui generis que recaba aptitudes concretas y conocimientos especiales, en los que imperan determinadas ideas, determinadas costumbres, determinadas maneras de contemplar las cosas; y dado que el niño debe estar preparado con vistas a la función que está llamado a desempeñar el día de mañana, la educación a partir de una cierta edad, no puede ser la misma para todos los sujetos a los que se aplica. Este es el motivo por el cual vemos que en todos los países civilizados, la educación tiende a diversificarse cada vez más y a especializarse; y esta especialización empieza cada día más pronto. La heterogeneidad que se produce de esta suerte no se basa, como aquella de la que habláramos anteriormente, sobre desigualdades injustas a todas luces; a pesar de ello, no es por esto menor.” (p. 50).
[Estamos en presencia del mejor Durkheim. Dicho de manera clara, en una sociedad capitalista (y de ella está hablando todo el tiempo, aunque no use el término) la educación no puede ser igual para todos. Esto es así porque dicha forma de organización social está basada en la existencia de clases sociales cuyos intereses son antagónicos, y la educación está obligada a reproducir dicha estructura de clases sociales, le guste o no a los educadores. Durkheim tiende a oscurecer la cuestión planteando implícitamente que dicha diversificación de los grupos sociales obedece a motivos técnicos, es decir, a una extensión de la división del trabajo. Pero hay que tener siempre en cuenta que la base de la división del trabajo es la separación entre los productores directos y los medios de producción. Las relaciones de propiedad son el fundamento, la condición de posibilidad, para el desarrollo de la división del trabajo social en el capitalismo. Dicha división requiere, por ejemplo, el mantenimiento de la separación entre el trabajo intelectual y el trabajo manual, entre la concepción y la ejecución. El truco consiste en presentar dicha división como el producto de una necesidad meramente técnica y que, por tanto, no puede ser discutida so pena de perder las ingentes fuerzas productivas que genera su existencia.]

¿Qué significa que el sistema educacional es “único”?
Quiere decir que si bien la educación se halla dividida en distintos trayectos, cada uno de los cuales corresponde a una determinada posición social, es preciso educar a todos los individuos de esa sociedad en “una base común”. En las sociedades “menos evolucionadas” [precapitalistas], esa base común está constituida por las creencias religiosas, dioses comunes, etc., cada una de las cuales exige pautas comunes de conducta. En la sociedad moderna [capitalista], y como consecuencia de la historia, “se ha ido constituyendo todo un conjunto de ideas sobre la naturaleza humana, sobre la importancia respectiva de nuestras diversas facultades, sobre el derecho y sobre el deber, sobre la sociedad, sobre el individuo, sobre el progreso, sobre la ciencia, sobre el arte, etc., que constituyen la base misma de nuestro espíritu nacional; toda educación, tanto la que lleva a las carreras liberales como la que prepara a cargos industriales, tiene por objeto el de grabarlos en las conciencias.” (p. 52). En definitiva, cada sociedad labra “un cierto ideal del hombre, de lo que debe ser éste tanto al punto de vista intelectual como físico y moral (…) ese ideal es, en cierta medida, el mismo para todos los ciudadanos de un país…” (p. 52). [Esto no es otra cosa que la ideología de la clase dominante – o del bloque hegemónico – en esa sociedad. Pero en Durkheim es presentada como la ideología de TODA la sociedad. Aquí entra a jugar con toda su fuerza el peso de la metáfora organicista en la construcción de la sociología de Durkheim. En un organismo no puede haber clases antagónicas; en cambio, si deben existir funciones que se complementan para lograr el estado de salud del organismo. Pero, a pesar de esta posición, la manera en que Durkheim analiza la dualidad del funcionamiento del sistema educativo es irreprochable.]

Durkheim sintetiza la dualidad de objetivos de la educación (los cuales se reflejan también en la estructura misma del sistema educativo) del siguiente modo: La educación tiene “por misión la de suscitar en el niño: 1. Un cierto número de estados físicos y mentales que la sociedad a la que pertenece considera como debiendo florecer en cada uno de sus miembros. 2. Ciertos estados físicos y mentales que el grupo social específico (casta, clase, familia, profesión) considera asimismo como debiendo existir en todos aquéllos que lo constituyen. Por consiguiente, es la sociedad, en su conjunto, y cada ámbito social específico, los que determinan ese ideal que la educación realiza. La sociedad no puede subsistir más que si existe entre sus miembros una homogeneidad suficiente: la educación perpetúa y refuerza dicha homogeneidad, fijando por adelantado en el alma del niño las similitudes esenciales que requiere la vida colectiva. Sin embargo, por otra parte, sin una cierta diversidad toda cooperación resultaría imposible: la educación asegura la persistencia de dicha diversidad necesaria, diversificándose por sí mismo y especializándose.” (p. 52).
[En el caso de la sociedad capitalista la necesidad de una educación que desarrolle una mentalidad común – difusión de la ideología dominante en esa sociedad -, es especialmente aguda, porque en esta forma de organización social los individuos son “recíprocamente indiferentes” y, por tanto, predomina la división atomística entre ellos. Las relaciones entre los individuos, basadas en el egoísmo, asumen la forma de lucha de todos contra todos. Desde este punto de vista, el Estado es el encargado de constituir el interés general, mejor dicho, el interés general de la clase capitalista en su conjunto. Eso es lo que hace la educación, impidiendo que la sociedad capitalista sucumba en la lucha competitiva. Es importante puntualizar esto, porque no solamente se trata de que la educación asegure la subordinación de las clases dominadas, sino también de que permita la conformación de una clase dominante acostumbrada a dominar la sociedad. Esnotable consiste en que dicha difusión es llevada a cabo por individuos (los maestros) que en su mayoría no pertenecen a la clase dominante.]

La concepción durkheimiana de la educación se encuentra enfrentada a la de los autores que estudian la educación partiendo de una determinada concepción ideal. Este es el caso de Kant (1724-1804), James Mill, John Stuart Mill o Spencer. Todas ellas tienen en común el partir de “este postulado que asegura la existencia de una educación ideal, perfecta, válida para todos los hombre indistintamente; y es esa educación universal y única que el teórico se afana en definir.” (p. 45). Durkheim rechaza de plano la existencia de un concepto ideal de educación, pues “la educación ha variado muchísimo a través de los tiempos y según los países.” (p. 45). Durkheim sostiene que “Si empieza uno por preguntarse cuál debe ser la educación ideal, haciendo caso omiso de toda condición de tiempo y lugar, es que, implícitamente, se admite que un sistema educacional no tiene nada de real por sí mismo. No se halla en él un conjunto de prácticas y de instituciones que se han ido organizando paulatinamente con el paso del tiempo, que son solidarias de todas las demás instituciones sociales y que las expresan, que, por consiguiente, no pueden ser cambiadas a capricho como tampoco lo puede ser la estructura misma de la sociedad.” (p. 46). Esta reticencia a ver a un sistema educativo determinado como una respuesta específica a determinadas necesidades sociales supone asumir un punto de vista idealista en educación, y conduce a un callejón sin salida en el que a unos ideales se opone otros ideales. Nada positivo se obtiene de este modo. Si se quiere avanzar en la teoría de la educación hay que partir del hecho de que “la educación no es, pues, para ella [para la sociedad] más que el medio a través del cual se prepara en el espíritu de los niños las condiciones esenciales de su propia existencia.” (p. 53; el resaltado es mío). [Indagar sobre la educación implica, entonces, indagar sobre la sociedad en la que se desarrolla esa educación.]

En el apartado 4 Durkheim analiza el papel del Estado en materia de educación. Allí, en medio de la confrontación entre el Estado y la Iglesia por el control de la Educación, plantea que es el Estado quien debe hacerse cargo de la educación de las jóvenes generaciones. Para ello se basa en que “la educación es una función esencialmente social [de ahí que el Estado] no puede desinteresarse de ella. Muy al contrario, todo cuanto es educación debe quedar, en cierta medida, supeditado a su influencia. (…) No es ni siquiera admisible que la función de educador pueda ser desempeñada por alguien que no ofrezca las garantías especiales de las que el Estado puede ser el único juez. (…) Ni por asomo cabe admitir la existencia de una escuela que reivindique el derecho de impartir, con toda libertad de acción, una educación antisocial.” (p. 62-63). Pero después entra en una serie de vacilaciones acerca de cuál debe ser el papel político efectivo del maestro en el aula; surge el argumento repetido de que el docente no debe hacer política en el aula, etc.

En el apartado 5 hay que destacar la crítica implícita a Lombroso: “A pesar de todo cuanto se haya podido decir no se nace criminal, y aún menos se está predestinado desde el nacimiento a cometer tal o tal tipo de crimen; la paradoja de los criminalistas italianos no cuenta ya, hoy en día, más que con escasos defensores. Lo que sí se hereda es un cierto desequilibrio mental que torna al individuo más refractario a una conducta ordenada y disciplinada. Sin embargo, semejante temperamento no predispone más a un hombre a ser un criminal que a ser un explorador ávido de aventuras, un profeta, un novador político, un inventor, etc. Y lo mismo reza para todas las actividades profesionales.” (p. 65-66).

El artículo finaliza con una larga disquisición sobre los medios con que cuenta el educador para cumplir su función social. Basándose en su concepción de la educación moral, Durkheim sostiene que no existe una contraposición entre la libertad y la autoridad, sino que la primera sólo puede lograrse gracias al respecto a la autoridad y a la disciplina.

Por último, hay una caracterización verdaderamente antológica del educador: “No es del exterior que el maestro debe esperar que proceda su autoridad, es de sí mismo, tan sólo se la proporcionará un íntimo convencimiento. Ha de creer, no en sí, desde luego, ni en las cualidades superiores de su inteligencia o de corazón, sino en su labor y en lo trascendental de su cometido. (…) El educador laico puede y debe experimentar un sentimiento parecido a éste [al del sacerdote]. Él también es órgano de una insigne persona moral que le es superior: la sociedad. De igual forma que el sacerdote es el intérprete de su dios, él es el intérprete de las grandes ideas morales de su época y de su país.” (p. 71). Esta es, según Durkheim, la fuente del respeto que recibe el maestro. En definitiva, al sacerdote “religioso” le opone una especie de “sacerdote laico”.




Buenos Aires, lunes 25 de abril de 2011

domingo, 24 de abril de 2011

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (12): LA CRÍTICA DE SISMONDI A LA ECONOMÍA CLÁSICA


Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo indicación en contrario, de: Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista. I: Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.

16. La crítica de Sismondi (1773-1842) a la economía clásica. (1)

Cole sostiene que no puede afirmarse que Sismondi fuera socialista, salvo en el sentido muy general de ser partidario de la intervención del Estado para paliar la cuestión social. Tampoco era anticapitalista ni se oponía a la propiedad privada de los medios de producción. Ahora bien, Sismondi si se oponía al nuevo industrialismo basado en las máquinas y en el sistema de las fábricas. "Su ideal era una población estable de aldeanos que cultivase la tierra con cultivos intensivos, sirviendo a un número suficiente de artesanos y comerciantes urbanos y siendo servido por ellos, y gobernada políticamente por una clase culta de comerciantes, administradores e intelectuales burgueses que identificase su propio interés con el de los pobres y tratase de mantener un orden económico que a la vez fuese técnicamente progresivo dentro de sus límites e interviniese de acuerdo con las tradiciones nacionales y con las exigencias de la felicidad humana." (I: 92).

Sismondi es autor de muchas obras, tanto en el campo de la economía como en el de la historia y en el de la crítica literaria. Desde el punto de vista del socialismo, la más significativa es Nuevos principios de economía política (1819) (2), en la que sometió a crítica a la economía clásica (básicamente a las teorías de Smith y Ricardo). En esta obra se nota la influencia de Malthus (I: 89).Aunque defendió la libertad de comercio internacional, sostuvo "que la iniciativa capitalista ilimitada, lejos de producir los resultados que de ella habían esperado Adam Smith y su intérprete francés Jean-Baptiste Say, conduciría a la falta de trabajo y a la miseria." (I: 88).

"Negó que el fin que postulaban los economistas, el máximo posible de producción acumulada, coincidiese necesariamente con el fin al cual debe dirigirse toda actividad económica y social, la mayor felicidad posible del pueblo. Una cantidad menor de productos, mejor distribuida, podría causar mayor felicidad y bienestar. Por consiguiente, al Estado le correspondía, en lugar de abandonar la distribución de la riqueza a las fluctuaciones del mercado, implantar leyes que regulasen esta distribución con arreglo al interés general (...) debía preferirse una amplia difusión de la propiedad de los medios de producción entre quienes fuesen capaces de emplearlos personalmente para un buen fin." (I: 88). ·"A quien defendía de una manera absoluta era al pequeño agricultor, capaz de labrar la tierra con arreglo a sus propias ideas y de recoger con seguridad los beneficios de su trabajo e inteligencia." (I: 89).

Sismondi formuló claramente la teoría del subconsumo. La cantidad de poder adquisitivo de una sociedad es igual al fondo de salarios. El descenso de los salarios al nivel de subsistencia (admitido por los economistas clásicos), reducía la demanda, y aumentaba el capital empleado en máquinas. Esto generaba un proceso en el que la superproducción llevaba a la crisis, ésta a la destrucción de las mercancías excedentes y esto, a su vez, al aumento de la miseria del pueblo. (I: 90).

En Estudios acerca de la constitución de los pueblos libres (1839) se declaró contrario al sufragio universal y a la democracia completa, pues consideraba que ni los trabajadores ni la clase media inferior estaban preparados para hacer uso del voto. Pensaba que el gobierno debía estar en manos de los intelectuales y de la clase media de las ciudades. (I: 91).

Mataderos, domingo 24 de abril de 2011

NOTAS:

(1) Cole analiza la obra de Sismondi en I: 87-92.

(2) La segunda edición (París, 1827) se encuentra disponible en: http://www.archive.org/stream/nouveauxprincip01sismgoog#page/n8/mode/2up

miércoles, 20 de abril de 2011

TALLER DE LECTURA Y REFLEXIÓN SOBRE LA OBRA DE KARL MARX

Universidad Nacional de San Martín
Escuela de Política y Gobierno

Modalidad: Encuentros quincenales
Horario: Sábados de 10 a 12 hs.
Aula: 6.8 Campus Miguelete
Duración: del 30/04 al 19/11






Coordinadores de los encuentros:
• Prof. Ariel Mayo
• Prof. Paola Franchini
• Prof. Myriam Ford

Objetivo

Lo que hace a un pensamiento clásico es su vigencia a través del tiempo; en este sentido, consideramos que la obra de Karl Marx sigue siendo una herramienta importante para comprender la sociedad capitalista actual.
Sus desarrollos posteriores hicieron del marxismo un corpus teórico tan complejo y contradictorio como el sistema social en cuya crítica se inspiró originalmente. Por este motivo consideramos necesario que un taller que pretende introducir al estudio de esta tradición teórico-práctica se centre en la lectura de la obra del propio Marx. Proponemos desarrollar la misma a partir de ejes temáticos y analizando en cada caso el contexto histórico y el sentido práctico de sus diferentes escritos. Se buscará fomentar la discusión sobre la actualidad de las categorías analíticas y sus posibles resignificaciones para el análisis de los procesos actuales.
Las relaciones sociales capitalistas se han desplegado a escala mundial profundizando la contradicción entre producción social y apropiación privada. La creciente subsunción real del trabajo al capital y de la coerción de la competencia entre capitales ha ido acrecentando la polarización entre acumulación de riqueza de un lado y pobreza relativa o absoluta del otro.
En relación a estos problemas, creemos relevante releer los escritos de este pensador como un marco analítico que nos permite interrogar críticamente el capitalismo contemporáneo en la búsqueda de respuestas tanto teóricas como prácticas que allanen el camino hacia la emancipación social.

Programa analítico





1º Encuentro: 30 de abril de 2011 (1)


¿Quién fue Karl Marx? Introducción biográfica y bibliográfica. Un recorrido por su vida y su obra. ¿Por qué un taller sobre Marx no es lo mismo que un taller de marxismo?
Bibliografía:
Marx, Karl. [1859]. (2000). Contribución a la crítica de la economía política. México D. F.: Siglo XXI. (Prólogo).
Rubel, Maximilien. (1970). Karl Marx: Ensayo de biografía intelectual. Buenos Aires: Paidós.

2º Encuentro: 14 de mayo de 2011 (2)


¿Cuál es el problema fundamental que da sentido al conjunto de la obra de Marx? La crítica al liberalismo y al modelo político encarnado en la Revolución Francesa. Los límites de la emancipación política y el avance hacia una concepción de la emancipación social. La revolución socialista como modelo contrapuesto a la revolución burguesa.
Bibliografía:
Marx, Karl. [1843]. “Sobre la cuestión judía”. EN: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1986). La Sagrada Familia y otros textos filosóficos de la primera época. México D. F.: Grijalvo. (pp. 16-44).

3º Encuentro: 28 de mayo de 2011


La concepción epistemológica: el materialismo histórico. El proceso de trabajo como punto de partida del análisis social. Superación de la concepción reduccionista economicista del proceso de producción. La primacía de las relaciones sociales.
Bibliografía:
Marx, Karl y Engels, Friedrich. [1845-1846; 1932]. (1986). La ideología alemana: Crítica de la novísima filosofía alemana en las personas de sus representantes Feuerbach, B.Bauer y Stirner, y del socialismo alemán en las de sus diferentes profetas. Buenos Aires: Ediciones Pueblos Unidos y Cartago. (Capítulo 1).

4º Encuentro: 11 de junio de 2011


La lógica de la mercancía. Determinación estructural: los individuos como portadores de las relaciones sociales. Rechazo del individualismo metodológico y del voluntarismo.
Bibliografía:
Marx, Karl. [1867]. (1996). El capital. Crítica de la economía política: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (Capítulo 1, “La mercancía”, pp. 43-86).

5º Encuentro: 25 de junio de 2011


La ideología. El desarrollo de la concepción de Marx: de la Ideología alemana al fetichismo de la mercancía. La ideología como falsa conciencia. La ideología como expresión de las relaciones sociales existencias. Ideología dominante e ideología de las clases subordinadas.
Bibliografía:
Marx, Karl. [1867]. (1996). El capital. Crítica de la economía política: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (Capítulo 1, “La mercancía”, apartado 4, “El carácter fetichista de la mercancía y su secreto”: pp. 87-102).

6º Encuentro: 13 de agosto de 2011


Introducción a la concepción de la lucha de clases en Marx. Lucha de clases y determinación estructural. Superación de la contraposición entre la clase-en-sí y la clase-para-sí. Esquema dualista de las clases sociales en el capitalismo (burguesía vs. Proletariado). Superación del esquema dualista en la coyuntura. Clases, fracciones de clase, grupos sociales.
Bibliografía:
Marx, Karl. [1852]. (1975). El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Buenos Aires: Anteo.

7º Encuentro: 3 de septiembre de 2011


Sindicalismo, contradicciones económicas y lucha de clases. El proceso de trabajo como lugar político. La separación entre lo económico y lo político en el capitalismo. Las diferencias salariales y de jornada de trabajo como expresiones de las diferencias de organización política entre los trabajadores. Necesidad de la organización política autónoma de los trabajadores.
Bibliografía:
Marx, Karl y Engels, Friedrich. [1848]. (1986). Manifiesto del Partido Comunista. Buenos Aires: Anteo. (Primera parte).
Marx, Karl. [1867]. (1996). El capital. Crítica de la economía política: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (Capítulo 4, “Transformación del dinero en capital”, pp. 179-214; Capítulo 8, “La jornada laboral”, pp. 277-359).

8º Encuentro: 17 de septiembre de 2011


Los cambios en el proceso de trabajo como base material de la lucha de clases: Cooperación, manufactura y gran industria. Desarrollo de las fuerzas productivas, cambios en la organización del proceso de trabajo y diferenciaciones internas de las clases sociales.
Bibliografía:
Marx, Karl. [1867]. (1996). El capital. Crítica de la economía política: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (Capítulos 11, “Cooperación”; 12, “División del trabajo y manufactura”; 13, “Maquinaria y gran industria”; pp. 391-613).

9º Encuentro: 1 de octubre de 2011


Estado y construcción de hegemonía. El papel de la lucha de clases. La clase trabajadora y la toma del poder político. El aparato del Estado.
Bibliografía:
Marx, Karl. [1852]. (1975). El dieciocho brumario de Luis Bonaparte. Buenos Aires: Anteo.
Marx, Karl. [1871]. (1981). La guerra civil en Francia. Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras.

10º Encuentro: 22 de octubre de 2011


La competencia internacional entre capitalistas: Mercado mundial e imperialismo. Composición del capital y tasa de ganancia. La ideología de la globalización.
Bibliografía:
Marx, Karl. [1867]. (1996). El capital. Crítica de la economía política: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (Capítulo 21, “Reproducción simple”; Capítulo 22, “Transformación del plusvalor en capital; capítulo 23, “La ley general de la acumulación capitalista”; pp. 695- 890).

11º Encuentro: 5 de noviembre de 2011


El reformismo. Trastrocamiento de las leyes de propiedad correspondientes a la producción de mercancías en leyes de apropiación capitalista. Límites del reformismo.
Bibliografía:
Marx, Karl. [1867]. (1996). El capital. Crítica de la economía política: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (Capítulo 22, “Transformación del plusvalor en capital”, apartado 1, “Proceso de producción capitalista en una escala ampliada. Trastrocamiento de las leyes de propiedad correspondientes a la producción de mercancías en leyes de la apropiación capitalista”, pp. 713-725).

12º Encuentro: 19 de noviembre de 2011


Formas y métodos del cambio social. El problema de la violencia. La acumulación originaria. Discusiones teóricas e históricas.
Bibliografía:
Marx, Karl. [1867]. (1996). El capital. Crítica de la economía política: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (Capítulo 24, “La llamada acumulación originaria”, pp. 891-954).






Metodología de desarrollo de los encuentros

A partir de la lectura de los textos propuestos para cada encuentro de discutirá sobre los ejes del programa pretendiendo vincular los desarrollos teóricos de Marx con las problemáticas sociales actuales.
Las lecturas pueden complementarse de acuerdo al desarrollo del taller u otros textos o temáticas que se consideren relevantes.



Buenos Aires, miércoles 20 de abril de 2011


NOTAS:



(1) El texto de mis reflexiones sobre las relaciones entre las ciencias sociales y Marx, presentado en la primera reunión, se encuentra disponible en: http://miseriadelasociologia.blogspot.com/2011/04/resulta-paradojico-iniciar-un-taller-de.html



(2) Mis notas para la 2° reunión del Taller están disponibles en: http://miseriadelasociologia.blogspot.com/2011/05/marx-y-la-critica-de-la-revolucion.html

domingo, 17 de abril de 2011

LA PROPIEDAD PRIVADA DE LOS MEDIOS DE PRODUCCIÓN Y EL REALISMO EN POLÍTICA: UN COMENTARIO A UNA NOTA DE HERNÁN BRIENZA

Hernán Brienza, editorialista político del diario TIEMPO ARGENTINO y viejo conocido de este blog, dedicó su nota editorial del día de la fecha al análisis de las repercusiones de la decisión de la ANSES de hacer efectiva su participación en el directorio de las compañías de las que posee una parte del paquete accionario (1). Mi intención no es discutir la cuestión tal como ha sido planteada, y remito al lector a la cantidad de notas periodísticas que han aparecido en estos días referidas al nuevo papel de la ANSES. Demás está decir que resultan divertidas las quejas de los empresarios contra el intervencionismo estatal, habida cuenta de que vastos sectores de la economía argentina (en los que predominan, hasta donde sabemos, los intrépidos empresarios privados) funcionan con un importantísimo componente de subsidios estatales (directos o indirectos). Hasta ahora no tenemos noticias de que esos subsidios hayan sido devueltos por los adalides del empresariado competitivo y emprendedor. Hablando en criollo, el motor de los empresarios es la ganancia, y no tiene importancia si la misma se ve apuntalada por el Estado o es fruto de la "dedicación" del empresario. Billetes son billetes, dice nuestro simpático empresariado.


Prefiero dedicar estas líneas al comentario de un tema que plantea el señor Brienza en su artículo. Con la sinceridad que lo caracteriza (y que volvemos a elogiar aquí), plantea la que a nuestro juicio es la cuestión fundamental en discusión: la propiedad privada de los medios de producción. Cito a Brienza: "la cuestión de fondo es descubrir y debatir la naturaleza y el rol de las propias empresas (...) uno de los listones más altos en la batalla cultural e ideológica que deben dar aquellos militantes, cuadros y teóricos del movimiento nacional es cuestionar, justamente, la concepción del corazón del sistema capitalista: la propiedad privada de los medios de producción." (El resaltado es mío). Brienza plantea el problema de manera irreprochable. Las empresas no son un mero emprendimiento individual o una organización técnica de la producción; por el contrario, constituyen el eje de la sociedad capitalista, en tanto y en cuanto el proceso de producción genera los bienes y servicios que permiten la reproducción de la sociedad. Sin producción no dispondríamos de tiempo para dedicarnos a la militancia nacional y popular o para mirar los partidos del domingo. Es, por tanto, un hecho central y la propiedad privada constituye el núcleo de dicho hecho, pues quienes poseen la propiedad de los medios de producción tienen el poder para decidir qué, cómo, quién y en qué cantidad se va a producir. En otras palabras, quien tiene la propiedad decide las cuestiones primordiales para la reproducción de la sociedad.


Brienza, con realismo, entiende que "la batalla cultural e ideológica" a la que tantas veces hacen referencia los "kirchneristas" tiene sentido (o llega a su conclusión lógica) en la medida en que pueda llegar a cuestionar la propiedad de los medios de producción. En este sentido, cabe decir que se mueve en un terreno común a los movimientos revolucionarios de los siglos XIX y XX, que comprendieron que la sociedad sólo podía ser modificada radicalmente si se tocaban las bases del poder capitalista (la propiedad de los señores empresarios). En este punto coincidimos con Brienza en que este tiene que ser el eje de la discusión fundamental, y que uno no puede hacerse el distraido en este tema, pues la propiedad de los señores empresarios es el elemento principal para explicar de qué manera viven los trabajadores y los demás sectores populares. En otros términos, si decimos propiedad privada decimos shoppings elegantes y escuelas derruídas, si decimos propiedad privada decimos barrios privados y villas miserias, si decimos propiedad privada decimos sanatorios de lujo y hospitales públicos miserables. La propiedad privada de los medios de producción no es un tema académico, sino que hace a la vida cotidiana de las personas que habitan este bendito país y que han tenido la desgracia de no integrar el grupo selecto de los señores empresarios.


Pero el amigo Brienza nos deja con las ganas. Luego de afirmar que la propiedad privada de los medios de producción es uno de los "listones más altos" de la batalla ideológica y cultural emprendida por el "kirchnerismo, retrocede, admitiendo explícitamente que la propiedad sigue siendo una cuestión imposible de cuestionar para lo que ha dado en llamarse pensamiento "nacional y popular". En sus palabras, "Quizás ya no sean estos los tiempos del marxismo que siempre bregó por la apropiación por parte del proletariado de esos medios." El "quizás" de Brienza no tiene desperdicio. Hay que insistir que fue él (y no los marxistas paleolíticos) quien reconoció unas líneas atrás la importancia fundamental de la propiedad privada de los medios de producción. Para sacarse de encima una carga pesada, opta por ese "quizás" para salir del paso. En rigor, no se trata de que haya sido refutada la idea de que la propiedad privada de los medios de producción sea un tema central en la determinación del carácter que asume la sociedad capitalista. Si alguien piensa esto, lo invitamos a que intente convencer a los señores empresarios de ceder su propiedad en beneficio de la comunidad. Estos señores nos contestarán cortandonos el brazo con un instrumento filoso. El "quizás" esconde las terribles derrotas sufridas por el movimiento obrero en el mundo en general y en Argentina en particular desde los años '70. Brienza tendría que haber sido consecuente en su sinceridad y decir: "No podemos cuestionar la propiedad privada de los medios de producción porque seremos derrotados por los capitalistas. La propiedad privada es intocable." Este es el pensamiento que se esconde detrás de su curiosa frase, y sería deseable que fuera explicitado, en vez de jugar a la escondida detrás de la "revolución cultural". Para completar su retroceso, nuestro autor recurre a un viejo caballito de batalla del peronismo: "Pero sí es tiempo de poder discutir los usos sociales de la propiedad privada. Y, sobre todo, la posibilidad de traccionar políticamente para que el capitalismo tenga un mayor contenido social." (El resaltado es mío). Luego de empezar planteando la cuestión con realismo, Brienza desbarranca en la vieja (como la injusticia) utopía del "carácter social del capitalismo". Para decirlo de manera directa: el capitalismo YA tiene contenido social. TODA NUESTRA ORGANIZACIÓN SOCIAL ES CAPITALISTA. LOS EMPRESARIOS SE MUEVEN BUSCANDO INCREMENTAR SUS GANANCIAS Y LES IMPORTA UN BLEDO LA COMUNIDAD, SALVO EN LA MEDIDA EN QUE LA MISMA ACTÚE COMO COMPRADORA DE SUS MERCANCÍAS. Esto es así en la realidad, nos guste o no. Lo sabe cualquier trabajador que se encontró en trance de pedirle un aumento al patrón. ¿Por qué seguir insistiendo con viejas utopías y no abocarse a lo real para transformarlo? La respuesta es sencilla, Brienza se parece aun equipo que entra a la cancha sabiéndose derrotado y, como consecuencia, se lleva a la casa una goleada histórica.


En política hay que saber construir un equilibrio entre los deseos y la realidad. Si uno se recuesta en los deseos, se corre el riesgo de llegar a pensar que los señores empresarios, guiados por un Estado sensible a las necesidades populares, van a dejar de lado su afán de ganancias y que van a a contribuir generosamente al bienestar común. Esto es una utopía de la peor especie. Tan sólo imaginemos a Franco Macri puesto en esta situación. El capitalismo, y esto se demuestra todos los días en la calle, engendra explotación y desigualdad, nos guste o no. Todos los intentos por regularlo, por "humanizarlo", han terminado por engendrar más desigualdad y más explotación. A los amigos del pensamiento "nacional y popular" les vendría bien refrescar el recuerdo de las experiencias de Perón en 1946-1955 y del mismo Perón en 1973-1974. Los trabajadores y los sectores populares necesitan del realismo en política, para entonces poder pedir "lo imposible". Para utopías al estilo Brienza, tenemos la televisión.


Buenos Aires, domingo 17 de abril de 2011



NOTAS:


(1) La nota se titula "Techint y la pregunta de los millones" y fue publicada en TIEMPO ARGENTINO, 17 de abril de 2011. Disponible en formato electrónico en: http://tiempo.elargentino.com/notas/techint-y-pregunta-de-los-millones

martes, 12 de abril de 2011

EVOLUCIÓN DEL PENSAMIENTO NACIONAL Y POPULAR: DE LA CONSIGNA "LIBERACIÓN O DEPENDENCIA" AL LEMA "INCLUSIÓN O EXCLUSIÓN"

Eduardo Anguita dedica su artículo "Alpargatas sí, libros sí", publicado en el diario EL ARGENTINO en la edición del martes 12 de abril de 2011 (1), a presentar de manera elogiosa la política para la educación universitaria del gobierno nacional. Anguita hace referencia a los dichos del Rector de la flamante Universidad Nacional de Florencio Varela, Ernesto Villanueva, quien señaló que la mayoría de los estudiantes de esa Universidad (9 de cada 10) son primera generación de universitarios. Villanueva dijo también que la Universidad ha implementado un sistema de becas y ha dispuesto proporcionar de manera gratuita los libros de texto obligatorios en forma gratuita, para garantizar de manera efectiva la gratuidad de la enseñanza. Anguita menciona, además, el caso de la recién creada Universidad Nacional de Avellaneda, y termina alabando la política de Cristina Fernández en materia de educación universitaria. Las consideraciones de Anguita están dirigidos a mostrar que dicha polìtica es un eslabón necesario en la "transformación del país". En palabras de Anguita, "la Presidenta hizo suyo el desafío de que los desaparecidos sociales de los '90 puedan hoy tener un trabajo registrado y, también, la esperanza de aquel símbolo de movilidad social argentina consistente en que los padres inmigrantes argentinizaban a sus hijos con un título universitario (...) la Argentina empieza a tener herramientas de inclusión para revertir la movilidad social descendente como castigo y el sueño de la universidad norteamericana como premio de la clase media." En otros términos, Anguita propone la educación universitaria como herramienta para lograr la tan declamada "inclusión social".

Comencemos por el principio. No es nuestra intención cuestionar las medidas tendientes a garantizar la igualdad de oportunidades, ni en la Universidad ni en ningún otro campo de la vida social. En una sociedad capitalista como la nuestra, los pobres y los trabajadores viajan en tren y en colectivo, y los empresarios en autos importados. De modo que las medidas que favorezcan el acceso de los trabajadores y de los pobres a la educación son bienvenidas. Esto está claro. Ahora bien, el problema con la posición de Anguita radica en que habla de "exclusión" pero no dice una palabra sobre los mecanismos que hoy siguen fabricando pobres y "excluidos". Como diría el viejo Moro, nuestra sociedad produce "excluidos" para luego "incluirlos". Anguita no hace ninguna referencia al carácter capitalista de la sociedad argentina. En criollo, a Anguita le parece natural que haya empresarios que viajan en autos importados, y que los trabajadores y los pobres se transporten en trenes y bondis. Esa desigualdad no puede ser discutida, y por eso de ella no se habla.

Suele decirse que el "kirchnerismo" ha retomado las banderas de la militancia revolucionaria de los '70. Sin embargo, hay que apuntar que en los '70 la consigna predominante era "Liberación o Dependencia", en tanto que en la actualidad la consigna parece ser "Inclusión o Exclusión". La diferencia no es un tema menor. El pasaje de una consigna a otra expresa la profunda diferencia entre la militancia de los '70 y la militancia actual (para evitar malentendidos, pues la gente es mala y comenta, quiero aclarar que aquí me refiero exclusivamente al "kirchnerismo"). Esta diferencia pasa por los límites de la política para una y otra militancia. En los '70 el límite era elsocialismo, entendido, por supuesto, de diversas maneras, pero relacionado en todo caso con la lucha contra el imperialismo y por la discusión de la propiedad privada de los medios de producción. En el 2011 el límite es la "inclusión", es decir, el capitalismo. La inclusión no es otra cosa que la incorporación de los "marginales" a una economía capitalista en expansión desde el 2003, que requiere cantidades crecientes de trabajadores para producir cada vez más mercancías, y de compradores que compren esa producción siempre creciente. Nadie piense que pretendo negar que es preferible cobrar un salario estable y en blanco a vivir de changas y en un marco de precariedad permanente. Nada de esto. Sólo quiero indicar que la "inclusión" esinclusión en el capitalismo. Hasta no hace tanto tiempo se pensaba (Anguita incluido), que el capitalismo era sinónimo de explotación del hombre por el hombre y por el despilfarro de los recursos naturales, y que si un movimiento popular decidido a cambiar las cosas de raíz se veía obligado a tolerarlo era sólo porque la correlación de fuerzas no le daba como para reemplazarlo por otra forma de organización social. El capitalismo es explotación, y esta verdad sencilla puede ser constatada simplemente comparando dónde viven los empresarios y dónde viven los trabajadores. Pero los partidarios de la "inclusión" se han propuesto negar el carácter negativo y opresivo del capitalismo. Anguita lo hace implícitamente cuando compara la "pelea" de los intendentes del Conurbano bonaerense para abrir Universidades con la lucha de los mismos prohombres por "abrir fábricas". De este modo, los "herederos del setentismo" consideran que la tarea del momento pasa por abrir fábricas. La explotación, la desigualdad en el poder, el autoritarismo de los patrones son inventos de la izquierda "paleolítica".

La posición frente al capitalismo sigue siendo la divisoria de aguas entre la corriente de pensamiento "nacional y popular" y la izquierda. Nadie va a negar los logros del "kirchnerismo" en distintas áreas. No se trata de criticar al gobierno desde un purismo alejado de la realidad. Por el contrario, la izquierda está obligada a ser realista y a partir siempre de lo existente. Por eso mismo hay que enfatizar que lo existente es una reestructuración capitalista, que ha permitido a los empresarios hacer grandes ganancias desde el 2003 y que se ha apoyado en el mantenimiento de fuertes desigualdades al interior de los trabajadores (sectores en blanco y con convenios colectivos, trabajadores "en negro", trabajadores tercerizados, trabajo "esclavo", etc.). Afirmar logros tales como la Asignación Universal por Hijo y dejar de lado el carácter capitalista del modelo equivale a adoptar una visión sesgada de la realidad. Y la izquierda no puede darse ese lujo si pretende, alguna vez, convertirse en una real alternativa de poder.

Mataderos, martes 12 de abril de 2011


NOTAS:

(1) La nota de Anguita se encuentra disponible en formato digital en: http://www.elargentino.com/Content.aspx?Id=133840

domingo, 3 de abril de 2011

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (11): LOS CONTINUADORES DE FOURIER. ETIENNE CABET (1788-1856)


Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo indicación en contrario, de: Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista. I: Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.

14. Los discípulos de Fourier.

En la década de 1820 un pequeño grupo de discípulos se congregó en torno a Fourier. Sostuvieron fuertes disputas con los sansimonistas, a los que Fourier acusaba de haber copiado sus ideas sin reconocerlo. Luego de la Revolución de 1830 creció el influjo del furierismo, y comenzó a extenderse fuera de las fronteras de Francia. (I: 78).

En Francia, su el discípulo más destacado de Fourier, fue Victor-Prosper Considerant (1808-1893) (1). Inicialmente defendió una abstención completa de la política. Luego empezó a pedir a los demócratas que adoptaran un punto de vista "social". En 1848 formó parte de la Comisión del Trabajo del Luxemburgo, presidida por Louis Blanc (1811-1882). Luego de la derrota de la Revolución, viajó a EE.UU., invitado por Albert Brisbane (1809-1890), y trató de fundar una colonia falansteriana en Texas (que fracasó en 1854). Posteriormente, intentó conciliar el furierismo con el desarrollo del conocimiento científico. (I: 80).

En Gran Bretaña, las ideas de Fourier fueron defendidas por Hugh Doherty, quien en 1840 publicó el periódico furierista THE MORNING STAR. Doherty también tradujo una parte de la obra principal de Fourier, The Passions of the Human Soul (1851) (2). Los furieristas ingleses polemizaron con los owenianos. Los primeros querían establecer un medio social adecuado a la naturaleza humana (a la que concebían como inmutable); los segundos querían crear un medio conveniente para poder modificar profundamente dicha naturaleza humana. (I: 78-79).

En EE.UU. la teoría de Fourier tuvo gran arraigo. Albert Brisbane la introdujo en este país luego de la depresión de 1837. Su Social Destiny of Man (3) fue publicada en 1840. Horace Greeley (1811-1872), periodista a cargo del NEW YORK TRIBUNE, apoyó a Brisbane, y en la década de 1840 se fundaron alrededor de 29 colonias; sin embargo, y a pesar del entusiasmo inicial, todas ellas fracasaron. Brisbane influyó sobre Charles Anderson Dana (1819-1892), Margaret Fuller (1810-1850), Nathaniel Hawthorne (1804-1864) y Ralph Waldo Emerson (1803-1882). El movimiento furierista se disolvió en 1856. (I: 79-80).

Fourier y sus discípulos, aunque formaron parte de lo posteriormente se denominó - sobre todo gracias a la influencia de los marxistas - socialismo utópico, y a pesar de que rechazaron toda apelación a la organización autónoma de los trabajadores, emprendieron a su manera la construcción de la nueva sociedad. No se trató de una corriente exclusivamente teórica (aún aceptando el dudoso supuesto de que puedan existir corrientes "exclusivamente teóricas"). Aquí hay que establecer una diferencia importante con el sansimonismo, pues en la medida en que este último pasó a la práctica, se comportó de una manera netamente burguesa.

Los falansterios se crearon en varios países. Sin embargo, todos ellos fracasaron y no dejaron mayores huellas en el movimiento obrero. ¿Por qué? En mi opinión, debido a dos razones principales: a) la negación de la lucha de clases, expresada a través de la apelación a los reyes, a los capitalistas, etc, para poder llevar adelante sus planes de transformación social, y que se manifestó también en la desconfianza hacia la acción de los trabajadores. De este modo, la práctica quedaba en manos de intelectuales y/o de elementos pequeñoburgueses, tironeados entre burgueses y trabajadores; b) la negación del problema del Estado. La ilusión de construir una sociedad diferente sin quebrar el dominio político de los capitalistas; en definitiva, la negación de la cuestión de la revolución y de la toma del poder. Posteriormente, esta conducta de los furieristas se repitió en el comportamiento del movimiento cooperativista.

15. Étienne Cabet (1788-1856) (4)

Fue un abogado que comenzó su actividad política en el movimiento carbonario. Participó en la Revolución de 1830 y fue nombrado procurador general de Córcega; fue destituido por sus ataques contra la monarquía burguesa de Luis Felipe. En 1831 resultó elegido diputado. Fundó el periódico LE POPULAIRE, desde el que hizo un llamamiento a las clases trabajadoras. El periódico fue suprimido por sus ataques al gobierno. Cabet se exilió en Gran Bretaña, donde conoció las ideas de Robert Owen. Volvió a Paris siendo partidario de la socialización completa de los medios de producción. Sus ideas estuvieron muy influidas por la Utopía de Thomas More (1478-1535) (5). En 1840 apareció la 1º edición de su obra fundamental, Voyage en Icarie (6).

Cabet pensó llevar a la práctica sus ideas en EE.UU. En 1848 un grupo de sus partidarios partió hacia ese país para tratar de fundar "Icaria" en Texas. En 1849 viajó el mismo Cabet y la colonia fue fundada en Nauvoo (Illinois), con 1500 colonos. Allí se fueron combinados la propiedad individual con elementos de vida en común y disciplina colectiva. Cabet se separó de ella en 1856. La colonia, denominada Nueva Icaria, perduró hasta 1895. (I: 83).

En su obra Voyage en Icarie, Cabet esbozó una sociedad completamente comunista, donde la dirección de todas las actividades estaría a cargo del Estado. Los rasgos principales de esta sociedad son:

a) Inexistencia de toda forma de propiedad privada. Todos los ciudadanos serían estrictamente iguales y darían su trabajo a la comunidad en las mismas condiciones.

b) Uniformidad de la vestimenta.

c) Igualdad casi completa de sexos, salvo la persistencia de la familia, donde el padre sería el jefe.

d) Todos los funcionarios y magistrados serían electos por el voto popular, y todo el tiempo estarían sujetos a revocación por voto popular.

e) Empleo colectivo de los medios de producción. Cada año, la comunidad trazaría un plan de producción; para su implementación, se elegiría a grupos de ciudadanos, que tendrían a su disposición el equipo necesario y los materiales requeridos.

f) Los productos serían depositados en los almacenes públicos, de los que cada ciudadano retiraría con absoluta libertad lo que necesitase.

g) Combinaría el desarrollo industrial con el cultivo moderno de la tierra.

h) La asamblea de delegados estaría encargada de asignar las tareas correspondientes a cada grupo funcional descentralizado. Dichos grupos estarían encargados de las distintas ramas de la producción y de los servicios públicos.

A la pregunta de cómo llevar a la realidad la organización social propuesta en su libro, Cabet respondía que tenían que combinarse la acción del Estado con el esfuerzo voluntario. El Estado iría acabando con la producción capitalista, fijando y elevando los salarios mínimos (de este modo, serían suprimidas gradualmente las ganancias). Esta medida sería complementada con impuestos progresivos sobre el capital y la herencia y con la abolición del ejército. Mediante los fondos obtenidos se financiarían las comunidades icarianas.

Cabet fue enemigo de la revolución: "La nueva sociedad (...) tiene que producirse mediante el razonamiento y la convicción, no por la fuerza." (I: 85).

En su libro Le Vrai Christianisme (1846) sostuvo que las iglesias debían seguir el ejemplo de Jesucristo y practicar el "comunismo" de los primeros cristianos. Cabet creía en dios y recibió la influencia de Lamennais (1782-1854) (I: 85).

Mataderos, domingo 3 de abril de 2011

NOTAS:

(1) Las obras principales de Considerant son: La Destinée Sociale (1834); Manifeste de la École Societaire (1841); Le Socialisme devant le Vieux Monde (1848). También fue el editor de los periódicos LA PHALANSTÈRE y LA PHALANGE. (I: 80).

(2) Esta edición se encuentra disponible en:

(3) La 1º edición de esta obra es reproducida en:

(4) Cole dedica el capítulo 7 del primer volumen de su obra (Cabet y los comunistas icarianos) al análisis de las concepciones de este autor. (I: 82-86). Cole afirma que hablar de comunismo a fines de la década de 1830 y principios de la de 1840 implicaba necesariamente hablar de Cabet. (I: 82).

(5) También estuvo muy influido por los utopistas franceses del siglo XVIII (por ejemplo, Mably).

(6) La edición parisina de 1848 se encuentra reproducida en: