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sábado, 18 de mayo de 2019

MAX WEBER Y LOS TIPOS DE DOMINACIÓN: LAS FORMAS DE LEGITIMIDAD

“Con frecuencia no es posible en la realidad una separación rigurosa,
pero por eso mismo es más imperiosa la necesidad de conceptos claros.
Max Weber, Economía y sociedad

La lectura de las obras de Max Weber (1864-1920) exige, ante todo, la paciencia para superar su estilo de jurista (la acumulación de definiciones de conceptos resulta intolerable aun para el lector más aplicado) y sus frases largas al estilo de su país. Una vez sorteados estos obstáculos, el estudiante encuentra un océano de ideas y fructíferas sugerencias, algo que no abunda en la literatura sociológica de nuestros días. Leer un clásico siempre es provechoso, pues aunque se esté completamente en desacuerdo con él, no es lo mismo debatir con un individuo mediocre que con un pensador que ha trascendido los límites de su tiempo. Y Weber es uno de estos pensadores.
Inauguro una seguidilla de fichas de lectura sobre Economía y sociedad con el análisis del famoso capítulo III de la Primera Parte, dedicado a “Los tipos de dominación”. Dada mi escasez de tiempo, iré exponiendo el capítulo apartado por apartado. Hoy le toca al turno al apartado 1: “Las formas de legitimidad” (pp. 170-173).
Trabajo con la traducción española de José Medina Echavarría, Juan Roura Parella, Eugenio Ímaz, Eduardo García Máynez y José Ferrater Mora: Weber, M. (1996). Economía y sociedad: Esbozo de sociología comprensiva. México: Fondo de Cultura Económica.  

Fiel a su estilo, Weber aborda el estudio de los tipos de dominación precisando que entiende por ésta. Dominación es “la probabilidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado para mandatos específicos (o para toda clase de mandatos).” (p. 170). [1]
La dominación (también utiliza el término autoridad) puede descansar en motivos muy diversos de sumisión. Pero toda relación auténtica de autoridad requiere siempre “un determinado mínimo de voluntad de obediencia, o sea de interés (externo o interno) en obedecer” (p. 170). [2] Al componente de la voluntad hay que agregarle otro elemento indispensable: la existencia de un cuadro administrativo. [3]. Este genera la probabilidad de “que se dará una actividad dirigida a la ejecución de sus ordenaciones generales y mandatos concretos, por parte de un grupo de personas cuya obediencia se espera.” (p. 170). Los motivos por los cuales el cuadro administrativo obedece a su señor, cualquiera sea éste, son diversos: en lo cotidiano domina la costumbre y con ella los intereses materiales, utilitarios; en casos extraordinarios, motivos afectivos y racionales con arreglo a valores pueden ser decisivos. Pero la dominación requiere de otra base (además del interés y del cuadro administrativo: la creencia en la legitimidad. [4]
La experiencia muestra que una dominación no puede sostenerse basándose en motivos puramente materiales, afectivos o racionales con arreglo a valores. Es por eso que toda dominación procura difundir la creencia en su legitimidad.  La clase de legitimidad pretendida determina diferentes tipos de obediencia, de cuadro administrativo y de ejercicio de la dominación. Es por ello que Weber, aplicando una vez más la herramienta de los tipos ideales, se dedica a “distinguir las clases de dominación según sus pretensiones típicas de legitimidad” (p. 170). [5]

Ahora bien, antes de presentar los tres tipos puros de dominación legítima, se dedica a exponer algunas de las características de la dominación.
§  En primer lugar, una observación fundamental: “La legitimidad de una dominación tiene una importancia que no es puramente «ideal» – aunque no sea más que por el hecho de que mantiene relaciones muy determinadas con la legitimidad de la «propiedad».” (p. 171).
Weber no desarrolla en qué consisten estas “relaciones muy determinadas”, pues ello probablemente perjudicaría la argumentación de toda la obra, cuyo propósito es refutar las tesis del materialismo histórico. Pero parece claro que puede establecerse una relación estrecha entre dominación (sobre todo la que se ejerce por medio del poder político) y la propiedad. Los marxistas, que andamos con menos vueltas, diremos que la dominación política tiene por función primordial asegurar la propiedad privada, o, dicho de otro modo, perpetuar la base de la dominación de la clase dominante.

§  En segundo lugar, “no toda «pretensión» [de encontrar obediencia] convencional o jurídicamente garantizada debe llamarse «relación de dominación».” (p. 171).
La relación de dominación admite diversas situaciones fluidas, que van desde la libertad en la aceptación de la dominación hasta la aceptación obligación de la misma. Tampoco puede considerarse como dominación la posición monopólica que ocupa una empresa en una rama de la producción; en este último caso cabe hablar de “influencia”, pues la empresa dominante no ejerce una relación de obediencia inmediata sobre aquellas sometidas a su influencia.

§  En tercer lugar, “la «legitimidad» de una dominación debe considerarse sólo como una «probabilidad», la de ser tratada prácticamente como tal y mantenida en una proporción importante. Ni con mucho ocurre que la obediencia a una dominación esté orientada primariamente (ni siquiera siempre) por la creencia en su legitimidad.” (p. 171).
Aquí aparece en toda su expresión el realismo político weberiano, que desdeña los argumentos idealistas. Afirmar que la legitimidad es el factor primordial de la dominación equivale a pensar que las ideas gobiernan al mundo. La dominación puede ser aceptada por muchos motivos diferentes a la legitimidad. Sin embargo, esto no quita que el carácter, la forma específica de la propia pretensión legitimidad, formulada por la clase dominante, “consolida su existencia y codetermina la naturaleza del medio de dominación.” (p. 171).

§  En cuarto lugar, la obediencia “significa que la acción del que obedece transcurre como si el contenido del mandato se hubiera convertido, por sí mismo, en máxima de su conducta; y eso únicamente en méritos de la relación formal de obediencia, sin tener en cuenta la propia opinión sobre el valor o desvalor del mandato como tal.” (p. 172).
La consolidación de la dominación exige que sea internalizada por los dominados, que ella forme parte de su sentido común, del “orden natural” de las cosas. Si la dominación se sostiene únicamente en la violencia física, resulta inviable en el mediano plazo.

§  En quinto lugar, advierte sobre el riesgo de tomar al pie de la letra la idea de que el dirigente y el cuadro administrativo son “servidores” de los dominados. Esta noción se halla especialmente difundida en las democracias. Weber deja en claro que hay que atribuirles siempre al dirigente y al cuadro administrativo, “un mínimo de poder decisivo de mando, y en consecuencia de «dominación»”. La dominación jamás es horizontal.

§  Por último, una referencia a la escuela. “El ámbito de la influencia autoritaria de las relaciones sociales y de los fenómenos culturales es mucho mayor de lo que a primera vista parece. Valga como ejemplo la suerte de dominación que se ejerce en la escuela, mediante la cual se imponen las formas de lenguaje oral y escrito que valen como ortodoxas. (…) La autoridad de los padres y de la escuela llevan su influencia mucho más allá de aquellos bienes culturales de carácter (aparentemente) formal, pues conforma a la juventud y de esa manera a los seres humanos.” (p. 172).
La escuela es mucho más que el lugar social donde se realiza el proceso técnico de transmisión intergeneracional de conocimientos. Es un ámbito de dominación, donde se forma a los estudiantes para dominar y/o ser dominados.

Distingue tres tipos puros de dominación legítima.
Autoridad legal. “De carácter racional: que descansa en la creencia en la legalidad de ordenaciones estatuidas y de los derechos de mando de los llamados por esas ordenaciones a ejercer la autoridad.” (p. 172).
La obediencia es a “las ordenaciones impersonales y objetivas legamente estatuidas y a las personas por ellas designadas, en méritos éstas de la legalidad formal de sus disposiciones dentro del circulo de su competencia.” (p. 172).
Autoridad tradicional. “De carácter tradicional: que descansa en la creencia cotidiana en la santidad de las tradiciones que rigieron desde lejanos tiempos y en la legitimidad de los señalados por esa tradición para ejercer la autoridad.” (p. 172).
La obediencia es “a la persona del señor llamado por la tradición y vinculada por ella (en su ámbito) por motivos de piedad (pietas), en el círculo de lo que es consuetudinario.” (p. 172-173).
Autoridad carismática. “De carácter carismático: que descansa en la entrega extracotidiana a la santidad, heroísmo o ejemplaridad de una persona y a las ordenaciones por ella creadas o reveladas (llamada).” (p. 172).
La obediencia es “al caudillo carismáticamente calificado por razones de confianza personal en la revelación, heroicidad o ejemplaridad, dentro del círculo en que la fe en su carisma tiene validez.” (p. 173).
Los amigos historiadores suelen ver con malos ojos las tipologías weberianas, a las que consideran una especie de imposición arbitraria y externa sobre la realidad histórica. Sin pretender de ningún modo zanjar la cuestión (estoy más cerca de los historiadores que de los sociólogos en este punto), corresponde precisar los alcances de las tipologías en palabras del propio Weber:
“El que ninguno de los tres tipos ideales [de dominación] (…) acostumbre a darse «puro» en la realidad histórica, no debe impedir aquí, como en parte alguna, la fijación conceptual en la forma más pura posible de su construcción. (…) la tipología sociológica ofrece al trabajo histórico concreto por lo menos la ventaja, con frecuencia nada despreciable, de poder decir en el caso particular de una forma de dominación lo que en ella hay de [cada tipo específico de dominación] (…), o bien en lo que se aproxima a uno de estos tipos; y asimismo la ventaja de trabajar con conceptos pasablemente unívocos. Pero con todo, estamos muy lejos de creer que la realidad histórica total se deje «apresar» en el esquema de conceptos que vamos a desarrollar.” (p. 173).
Los esquemas son útiles para introducir un tema, es decir, como vía de entrada al conocimiento. En este sentido, el mejor indicador de su utilidad consiste, paradójicamente, en que el estudiante termina por tirarlos a la basura, porque comprende la complejidad de eso que llamamos realidad.

Villa del Parque, sábado 18 de mayo de 2019

NOTAS:
[1] Reproduce casi literalmente la definición de dominación formulada en el capítulo 1, § 16, p. 43, de la obra que estamos comentando.
[2] Ya se había referido a la autoridad legítima en el capítulo 1, § 7, p. 30.
[3] En el capítulo 1, § 12, afirma que entiende por asociación “una relación social con una regulación limitadora hacia fuera cuando el mantenimiento de su orden está garantizado por la conducta de determinadas personas destinada en especial a ese propósito: un dirigente y, eventualmente, un cuadro administrativo que, llegado el caso, tienen también de modo normal el poder representativo.” (p. 39).
[4] Ya había dedicado atención a la cuestión de la legitimidad en el capítulo 1. Así, por ejemplo, “la disposición a avenirse con las ordenaciones «otorgadas», sea por una persona o por varias, supone siempre que predominan ideas de legitimidad y – en la medida en que no sean decisivos el simple temor o motivos de cálculo egoísta – la creencia en la autoridad legítima, en uno u otro sentido de quien impone ese orden.” (p. 30).
[5] Weber dedicó varios pasajes del capítulo 1 a desarrollar su concepción metodológica de los tipos ideales. Por ejemplo: “El método científico consistente en la construcción de tipos investiga y expone todas las conexiones de sentido irracionales, afectivamente condicionadas, del comportamiento que influyen en la acción, como «desviaciones» de un desarrollo de la misma «construido» como puramente racional con arreglo a fines. (…) La construcción de una acción rigurosamente racional con arreglo a fines sirve en estos casos a la sociología – en méritos de su evidente inteligibilidad y, en cuanto racional, de su univocidad – como un tipo (tipo ideal), mediante el cual comprender la acción real, influida por irracionalidades de toda especie (afectos, errores), como una desviación del desarrollo esperado de la acción racional.” (p. 7).  ¿Cómo calibrar el valor de una tipología? Weber contesta “la utilidad de esta división sólo puede mostrarla el rendimiento sistemático que con ella se busca.” (p. 173).

domingo, 12 de mayo de 2019

E. P. THOMPSON Y EL ESTUDIO DE LA CULTURA POPULAR


El historiador marxista inglés, Edward Palmer Thompson (1924-1993) es una referencia fundamental en el campo de la historia de la clase trabajadora como en el de la conformación de la cultura popular. En este último terreno se destaca la obra Costumbres en común, una colección de estudios publicada por primera vez en Londres, Merlin Press, 1991, bajo el título Customs in Common. Está dedicado al tema de “la costumbre tal como se expresaba en la cultura de los trabajadores del siglo XVIII y bien entrado el XIX.”(p. 13). En especial, Thompson afirma que tiene el propósito de iluminar “en qué modo se forma la costumbre y qué complejo es su funcionamiento” (p. 28).
La presente ficha está dedicada a la Introducción de la obra, en la que el autor esboza los objetivos de la obra y las dificultades implicadas en la delimitación de un objeto de estudio tan elusivo como es la cultura popular. La ficha no tiene otro objetivo que presentar la posición de Thompson mediante extractos de la obra.
Trabajo con la traducción española de Jordi Beltrán y Eva Rodríguez: Costumbres en común. Barcelona, Crítica, 1995.


La obra se inicia con la Introducción: Costumbre y cultura (pp. 13-28).
Thompson plantea su tesis: “La conciencia de la costumbre y los usos consuetudinarios eran especialmente fuertes en el siglo XVIII: de hecho, algunas «costumbres» eran inventos recientes y, en realidad, constituían la reivindicación de nuevos «derechos».” (p. 13).
Thompson se opone a los historiadores que sostienen que los usos consuetudinarios estaban en decadencia en el siglo XVIII, como producto de la presión estatal por “reformar” al pueblo y la difusión de conocimiento de las letras. Esa presión “reformista” encontró fuerte resistencia. Se creó en el siglo XVIII y comienzos del XIX una “profunda alienación entre la cultura de los patricios y la de los plebeyos” (p. 13). [1]
El estudio de las costumbres populares por el folklore generó un problema: “lo que se perdió, al considerar las costumbres (plurales) como reliquias distintas, fue todo sentido claro de la costumbre en singular (…), la costumbre, no como algo post-algo, sino como sui generis, como ambiente, mentalité, y como vocabulario completo de discurso, de legitimación y de expectación.” (14-15). También perdía de vista “las funciones racionales de muchas costumbres dentro de las actividades del trabajo diario y semanal.” (p. 16).


¿Qué se entendía por costumbre en el siglo XVIII?
La costumbre era, ante todo, un ambiente, una mentalité, no una porción de tradiciones desgajadas de la totalidad que les daba sentido. Muchas de ellas no podían asimilarse a la tradición; eran recientes y habían sido obtenidas por la presión y la protesta populares. Constituía una palabra buena, sin carga negativa. Tenía muchas afinidades con el common law, derecho que “se derivaba de las costumbres, o los usos habituales, del país: usos que podían deducirse a reglas y precedentes, que en algunas circunstancias eran codificados y podían hacerse cumplir de derecho.” (16). [2]
La fuerza jurídica de las costumbres puede constarse en el hecho de que muchas de las luchas de los trabajadores a comienzos de la Revolución Industrial tuvieron por motivo la defensa de las mismas frente a la presión de los capitalistas. Ahora bien, la creciente opacidad de la cultura plebeya en el siglo XVIII hizo menos visibles a la mayoría de las costumbres.
Thompson señala las diferencias entre los conceptos de costumbre y cultura popular. El segundo tiene una carga consensual, que remite a la existencia de coincidencias entre los miembros de una sociedad; en cambio, “una cultura también es un fondo de recursos diversos, en el cual el tráfico tiene lugar entre lo escrito y lo oral, lo superior y lo subordinado, que requiere un poco de presión – como, por ejemplo, el nacionalismo o la ortodoxia religiosa predominante o la conciencia de clase – para cobrar la forma de «sistema». Y, a decir verdad, el mismo término «cultura», con su agradable invocación de consenso, puede servir para distraer la atención de las contradicciones sociales y culturales, de las fracturas y las oposiciones dentro del conjunto.” (p. 19). En cambio, la costumbre “era [en el siglo XVIII] la retórica de legitimación para casi cualquier uso, práctica o derecho exigido. De ahí que el uso no codificado – e incluso codificado – estuviera en constante flujo. Lejos de tener la permanencia fija que sugiere la palabra «tradición», la costumbre era un campo de cambio y de contienda, una palestra en la que intereses opuestos hacían reclamaciones contrarias.” (p. 18-19).
De ahí que Thompson advierta que la cultura popular requiere ser tratada dentro de contextos históricos específicos, dejando de lado las generalizaciones sobre los universales. La cultura plebeya inglesa tratada en la obra se construyó en lucha defensiva contra las constricciones que le imponía el creciente control estatal. El propósito de Thompson es convertir la cultura plebeya “en un concepto más concreto y utilizable, que ya no esté situado en el ámbito insubstancial de los significados de los «significados, las actitudes y los valores», sino que se encuentre dentro de un equilibrio determinado de relaciones sociales, un entorno laboral de explotación y resistencia a la explotación, de relaciones de poder que se oculten detrás de los rituales del paternalismo y la deferencia. De esta manera (espero) la «cultura popular» se sitúa dentro de la morada material que le corresponde.” (p. 19-20).


¿Cuáles eran las características de la cultura plebeya del siglo XVIII?
·         La costumbre impone restricciones a las expectativas materiales de los jóvenes. Los horizontes de la nueva generación siguen siendo los de la anterior. El aprendizaje, entendido como “iniciación en las habilidades adultas, no se halla limitado a su expresión industrial formal” (p. 20).
·         Prácticas y normas se reproducen a lo largo de las generaciones por medio de la tradición oral y, de modo creciente, por los productos impresos de mayor circulación.
·         Se trata de una cultura que transmite vigorosamente representaciones rituales o estilizadas, sea bajo la forma de diversiones o de protestas.
·         Es conservadora en sus formas, que apela a usos tradicionales y procura reforzarlos. No apela a la razón, sino que se impone por las sanciones de la fuerza, el ridículo, la vergüenza y la intimidación. Pero no es conservadora en su contenido, pues el trabajo va “liberándose” de los controles señoriales, parroquiales, corporativos y paternales, y va distanciándose de la dependencia directa respecto del gentry. Es “una cultura consuetudinaria que en sus operaciones cotidianas no se halla sujeta a la dominación ideológica de los gobernantes. La hegemonía subordinante de la gentry puede definir los límites dentro de los cultura plebeya es libre de actuar y crecer, pero, dado que dicha hegemonía es secular en vez de religiosa o mágica, podo puede hacer por determinar el carácter de esta cultura plebeya. Los instrumentos de control y las imágenes de hegemonía son los de la ley y no los de la Iglesia o del carisma monárquico. (…). La ley puede puntuar los límites que los gobernantes toleran; pero en la Inglaterra del siglo XVIII no entra en las casas de los campesinos, no se menciona en las plegarias de la viuda, no adorna las paredes con íconos ni informa una visión de la vida.” (p. 21-22).
·         Tenemos una cultura tradicional rebelde.” (p. 22; el resaltado es mío – AM-). Su rebeldía es la defensa de la costumbre. “Cuando el pueblo busca legitimaciones para la protesta, a menudo recurre de nuevo a las reglas paternalistas de una sociedad más autoritaria y entre ellas escoge las más adecuadas para defender sus intereses presentes” (p. 22). Esta paradoja de la combinación de lo tradicional y lo rebelde se verifica también a nivel individual. Así, se detecta con frecuencia en cada trabajador la coexistencia de una identidad deferente y otra rebelde. [3]
·         La prioridad que en ciertos campos se da a las sanciones, intercambios y motivaciones “no económicas” frente a las directas y monetarias. El desarrollo de la economía capitalista presiona de manera creciente sobre los trabajadores, que siguen pautas de comportamiento propias de los siglos anteriores. Se produce el choque entre la economía de mercado, que promueve innovaciones técnicas y la racionalización del trabajo, y la tradicional economía moral de la plebe.
En síntesis, sostiene que “la cultura plebeya es la propia del pueblo: es una defensa contra las intrusiones de la gentry o del clero; consolida las costumbres que sirven a los intereses del propio pueblo; las tabernas son suyas, las ferias son suyas (…). No se trata de ninguna cultura «tradicional», sino de una cultura peculiar.” (p. 25).


Cultura plebeya vs. Cultura capitalista en el siglo XVIII: una visión en perspectiva
Thompson retoma el concepto de cultura. Luego de haber rechazado las concepciones consensuales y holísticas del término, afirma que su uso en el caso de la “cultura plebeya” tiene carácter “vagamente descriptivo”. Pero persiste en insistir que la palabra cultura tiende a aglutinar elementos diferentes, y que es preciso analizar cada uno de ellos. En otras palabras, propone examinar con atención “los ritos, las formas simbólicas, los atributos culturales de la hegemonía, la transmisión intergeneracional de la costumbre y la evolución de la costumbre dentro de formas históricamente específicas de relaciones de trabajo y sociales.” (p. 26).
Los componentes de la cultura que requieren mayor atención son las “necesidades” y las “expectativas”.
“La Revolución Industrial y la consiguiente revolución demográfica fueron el trasfondo de la mayor transformación de la historia, al revolucionar las «necesidades» y al destruir la autoridad de las expectativas consuetudinarias. Esto es lo que más demarca el mundo preindustrial o tradicional del mundo moderno. Las generaciones sucesivas ya no se encuentran en una relación de aprendices unas de otras. (…) esta remodelación de la «necesidad» y esta elevación del umbral de expectativas materiales (junto con la devaluación de las satisfacciones culturales tradicionales), continúa con presión irreversible hoy, acelerada en todas partes por medios de comunicación que están al alcance de todo el mundo. Estas presiones se sienten ahora entre mil millones de chinos, así como en incontables millones en los poblados asiáticos y africanos.” (p, 27).
Este proceso conlleva dificultades crecientes: “la disposición de la especie humana a definir sus necesidades y sus satisfacciones en términos materiales del mercado – y a lanzar todos los recursos del globo al mercado – puede amenazar a la especie misma (tanto al Sur como al Norte) con una catástrofe ecológica. El artífice de esta catástrofe será el hombre económico, ya sea bajo la forma del capitalista clásico avaricioso o bajo la del hombre económico rebelde de la tradición marxista ortodoxa.” (p. 27-28).
Thompson conjetura sobre la posibilidad del advenimiento de una época “en que las necesidades y las expectativas del Estado, tanto capitalista como comunista se descompongan y la naturaleza humana se rehaga bajo una forma nueva”. En ese caso es posible que aparezca “una nueva clase de conciencia consuetudinaria, en la cual, una vez más, sucesivas generaciones se encuentren en relación de aprendizaje unas con otras, en la cual las satisfacciones materiales permanezcan estables (aunque distribuidas con más igualdad) y sólo las satisfacciones culturales aumenten, y en la cual las expectativas se nivelen y formen un estado de costumbre estable.” (p. 28).

Villa del Parque, domingo 12 de mayo de 2019


NOTAS:
[1] El historiador inglés Peter Burke (n. 1937,) en Cultura popular en la Europa moderna (1978), afirma que dicha alienación fue un fenómeno a escala europea y que la aparición del folklore puede ser considerada como consecuencia de la escisión entre la cultura “oficial” y la cultura de los de abajo (como un intento de parte de las clases dominantes de recopilar las prácticas y rituales de quienes eran considerados inferiores).
[2] Thompson da el ejemplo de la lex loci, “las costumbres locales del manor. Estas costumbres, de las que a veces sólo quedaba constancia en los recuerdos de los ancianos, tenían efectos jurídicos, a menos que fueran invalidadas de forma directa por el derecho estatuido.” (p. 16). Lo mismo ocurría con algunos grupos industriales. “Frecuentemente, la invocación de la «costumbre» de un oficio o una ocupación indicaba un uso ejercido durante tanto tiempo que había adquirido visos de privilegio o derecho.” (p. 17).
[3] Menciona a Antonio Gramsci (1891-1937), quien en los Cuadernos de la cárcel había llamado la atención sobre el contraste entre la “moralidad popular” de la tradición folclórica y la “moralidad oficial”. El “hombre de la masa” podía tener “dos conciencias teóricas”: una de praxis y otra “heredada del pasado y absorbida sin conciencia crítica”. Thompson enfatiza que la “filosofía espontánea” de la masa deriva de experiencias colectivas, adquiridas, por ejemplo, en el lugar de trabajo. Las “dos conciencias teóricas” “pueden verse como dos aspectos de la misma realidad: por un lado, la necesaria conformidad con el statu quo si uno quiere sobrevivir, la necesidad de arreglárselas en el mundo tal como, de hecho, está mandado, y de jugar de acuerdo con las reglas que imponen los patronos (…); por otro, el «sentido común» que se deriva de la experiencia compartida con los compañeros de trabajo y con los vecinos de explotación, estrechez y represión, que expone continuamente el texto del teatro paternalista a la crítica irónica y (con menos frecuencia) a la revuelta.” (p. 24).