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sábado, 14 de marzo de 2015

PROGRESISMO, ESTADO Y DEMOCRACIA: UNA CRÍTICA A HOROWICZ

A Leonardo Norniella

La muerte del fiscal Alberto Nisman puso en el centro del debate político la cuestión de la función de los Servicios de Inteligencia (SI a partir de aquí) y, en un plano más general, el tema del Estado y la democracia. Sin embargo, la ya crónica pobreza de las discusiones políticas en nuestro país hizo que la mayoría de las intervenciones sobre el caso fueran irremediablemente superficiales. Alejandro Horowicz es una de las excepciones a la regla.

Horowicz es autor del artículo “Repensar la inteligencia del Estado”. Allí expone el punto de vista del progresismo sobre la relación entre los SI, el Estado y la democracia. El progresismo, con sus matices, dominó el panorama ideológico argentino posterior a la crisis de 2001; de ahí la importancia de la opinión de Horowicz.

El progresismo es una corriente ideológica que parte de considerar  al capitalismo como la forma más eficiente de organización social (o, si se prefiere, la única forma posible de organizar una sociedad moderna): para los progresistas, el marxismo es anacrónico y/o utópico. Sin embargo, a diferencia de los liberales, quienes aceptan alegremente las reglas de juego del capital, los progresistas ven con disgusto las diferencias sociales que engendra el sistema capitalista. Es por eso que critican el incremento de la desigualdad social y las formas extremas de explotación (por ejemplo, el trabajo “esclavo” en los talleres clandestinos); no obstante, el rechazo de la lucha de clases y aún de la existencia misma de la clase trabajadora, pone a los progresistas en una situación difícil. ¿En qué actor social apoyarse para reformar los aspectos más repugnantes de la sociedad en que vivimos? La respuesta no es novedosa: corresponde al Estado encargarse de resolver los problemas sociales, en tanto representación de los intereses de toda la sociedad. Para que esta solución sea viable es preciso rechazar el concepto clasista del Estado, pues si los organismos estatales defienden los intereses de una clase social particular, resulta imposible que expresen el interés general. De ahí la preferencia de los progresistas por los conceptos de democracia y ciudadanía.  A diferencia del viejo reformismo, que tenía por meta alguna variante de socialismo, el progresismo considera que el capitalismo es el límite último del progreso social. El progresismo es el producto de las fenomenales derrotas del movimiento obrero en las décadas del ’70 y ’80 del siglo pasado, y de la consiguiente reestructuración capitalista.

Horowicz aplica los principios generales del progresismo al análisis de la crisis Nisman. Parte de una pregunta absolutamente pertinente: “¿Por qué todos los Estados mantienen costosos e ineficientes sistemas, que suelen violar las leyes que esos mismos Estados dicen respetar?" Horowicz responde que lo hacen para “evitar la victoria del enemigo”. Nuestro desacuerdo con el autor comienza cuando éste intenta definir el concepto de “enemigo”.

Horowicz sostiene que evitar la victoria del enemigo es equivalente a “conservar el poder”. No se trata, por cierto, del poder de la burguesía, de los empresarios. Reconocer esto implicaría aceptar los presupuestos del análisis marxista, y esto se encuentra vedado a los progresistas, en tanto trasciende su horizonte intelectual. ¿Quiénes son, entonces, los que conservan el poder? Los gobernantes de turno, ni más ni menos. Claro que Horowicz es demasiado inteligente como para presentar las cosas de un modo tan burdo. Su argumento es más complejo.

Horowicz plantea con tino que la calidad del sistema depende del tipo de respuesta que se dé a la definición del “enemigo”. Según él, para encarar esta tarea existen dos programas opuestos de construcción de hipótesis de conflicto: uno, sostiene que la elaboración debe ser pública y, por tanto, quedar sometida a la regulación de la política; otro, plantea que debe basarse en las teorías conspirativas de la historia y, por eso, prefiere el secreto. Este último camino termina por erosionar la calidad de las instituciones y desemboca en una crisis profunda: “Toda la información resulta relevante. Espiar a todos arroja una masa de "información" delicada. Este abordaje impone que la actividad tenga que ser completamente secreta, y por tanto incontrolable. El uso de esa información termina siendo una mercancía. Esto es lo que terminó pasando (…) Bajo un régimen democrático, estas decisiones contienen el núcleo duro de la política y delegarlas sin control equivale a admitir una zona gris fuera del Estado de derecho. Como el "enemigo", como su victoria, debe ser evitado, no importa si se viola el Estado de derecho.”

O sea, el problema no radica en el capitalismo ni en la forma capitalista de nuestra democracia, que permite, por ejemplo, la coexistencia de barrios privados y villas miserias. Nada de eso. Se trata de la elección del programa erróneo de construcción de hipótesis de conflicto. Esta elección es producto de la “democracia de la derrota”, imperante en nuestro país desde 1983, definida por Horowicz como “un sistema donde los mismos hacen lo mismo, se vote a quién se vote”. Frente a este estado de cosas, nuestro autor propone “reconstruir de arriba abajo las FF AA y las policías, siendo orientados ambos cuerpos por un servicio de inteligencia que responda a una agenda política pública, bajo estricto control parlamentario. La privatización de la seguridad parte de aceptar el fracaso de la seguridad pública. Y una sociedad que ni siquiera puede imaginar garantías colectivas ha renunciado al fundamento democrático de su existencia.”

Como buen progresista, Horowicz considera que los Servicios de Inteligencia, las Fuerzas Armadas y la policía son instituciones naturales de la sociedad. No se puede vivir sin ellas y quien piense lo contrario es un utopista que debería dedicarse a tocar la guitarra en una plaza. Como funcionan mal, hay que reformarlas. Ahora bien, ¿quién se encargará de esta “reconstrucción” de los organismos de seguridad? La “sociedad”, quien debe “imaginar garantías colectivas”. Pero esta “sociedad” es un ente abstracto, que carece de sustancia para poner en caja a la policía, el ejército y los SI. Cuando pasamos de la abstracción a lo concreto, la sociedad argentina se caracteriza por una profunda desigualdad entre las clases que la componen. Dicho de modo burdo y a modo de ejemplo, el 35 % de trabajadores se encuentran no registrados, esto es, sus patrones no hacen siquiera los aportes al sistema de seguridad social; como es de esperarse, estos trabajadores tienen muy poco peso a la hora de fijar las políticas públicas, por más que posean el derecho de voto. Y así podríamos multiplicar los ejemplos al infinito. Pretender que esta sociedad concreta se encargue de fijar una agenda pública para los SI implica, en los hechos, dejar las manos libres a la burguesía (aunque este término le suene anacrónico a más no poder a la mentalidad progresista) para fijar dicha agenda. Si en vez de hablar de “sociedad” trasladamos la resolución del problema al Estado, las cosas no cambian en absoluto. El Estado argentino es un Estado de clase, representa los intereses de las clases dominantes. Basta observar el hecho de que dicho Estado no cobra impuestos a las transacciones financieras, mientras cae sobre los trabajadores en forma de impuesto a las ganancias, para comprender su carácter de clase. Sólo un utopista irremediable (y el progresismo retiene para sí lo peor del utopismo) puede pensar que dicho Estado tiene interés en reformar los SI en un sentido democrático.

Llegados a este punto corresponde decir unas palabras sobre la democracia. Desde 1983 en adelante, sin excepción de ningún gobierno, la democracia argentina funcionó como un mecanismo dirigido a fortalecer la dominación de la burguesía. De ahí su incapacidad para modificar en algo el sistema de poder social legado por la dictadura militar. Como es sabido, la dictadura representó una derrota fenomenal para el movimiento obrero. Sobre estas bases se edificó el régimen democrático a partir de 1983. La pervivencia de los mismos personajes al frente de los SI (Stiuso es el caso más emblemático) refleja los límites del régimen, al que Horowicz denomina “democracia de la derrota”. Nuestro Autor propone como solución que el Estado se reforme a sí mismo. Pero la sociedad argentina requiere de SI y demás organismos represivos porque es, en general, una sociedad capitalista, y porque, en particular, es una sociedad parida por la derrota del movimiento obrero y demás sectores populares en 1976.

La única respuesta adecuada para terminar con la “democracia de la derrota” es la remoción de las condiciones que permiten su existencia. En otras palabras, la supresión de las bases del poder de la burguesía argentina. Desde este punto de vista, todo el planteo de Horowicz acerca de la necesidad de una “reforma democrática” de los organismos de seguridad carece de sentido. Estos organismos no tienen que ser reformados, hay que eliminarlos. Su existencia misma impide cualquier reforma de las condiciones en que viven los millones de trabajadores argentinos.



Villa del Parque, sábado 14 de marzo de 2015

lunes, 9 de marzo de 2015

NEOLIBERALISMO Y PROGRESISMO: UNA CRÍTICA A SADER

La reestructuración de los capitalismos latinoamericanos, acaecida en los últimos quince años, puso en el centro del debate ideológico la cuestión del neoliberalismo. Las políticas de libre mercado, de privatizaciones de empresas estatales y de flexibilización de la legislación laboral, se tradujeron en un aumento de la desigualdad social y en crisis políticas, cuyos exponentes más extremos fueron el Caracazo (1989) y los sucesos de diciembre de 2001 en Argentina. Entre finales de la década del ’90 y los primeros años del siglo XXI, se hizo evidente que el modelo de acumulación imperante se hallaba agotado. Con diferencias según cada país, comenzó un proceso de reestructuración que fue calificado de “izquierdista” o “populista” por numerosos intelectuales, quienes contribuyeron en no poca medida a legitimar dicho proceso. Emir Sader es un ejemplo de esta tendencia.

Sader es autor de un artículo, “La batalla de las ideas”, publicado en la edición del sábado 7 de marzo del periódico argentino PÁGINA/12. En él presenta de modo conciso varias ideas características de la corriente intelectual que apoya, desde el progresismo, la reestructuración capitalista. Si bien ninguna de ellas es original, corresponde someterlas a crítica dada la influencia que alcanzaron.

En primer término, conviene hacer un par de aclaraciones. Sader tiene por objetivo hacer pasar un proceso que fortalece el dominio del capital sobre la sociedad como si se tratara de una revolución sui generis, dirigida a repartir la riqueza de modo más igualitario. Para ello tiene que construir un enemigo que sirva de justificación a las tareas emprendidas por los gobiernos latinoamericanos: el neoliberalismo. Ahora bien, y puesto que el proceso latinoamericano está dirigido a satisfacer las necesidades del capital, Sader se encuentra obligado a romper toda conexión entre el neoliberalismo y la lucha de clases entre capital y trabajo. Sólo así es posible afirmar que se encuentra en marcha “la liberación latinoamericana de los poderes centrales”, “la construcción de la Patria Grande” y otros lemas grandilocuentes proclamados en la última década. Como el proceso latinoamericano fue dirigido desde arriba, Sader también está obligado a ignorar el carácter de clase del Estado, en tanto garante del orden social capitalista. Ambas tareas son realizadas en su noción de neoliberalismo, que transcribo a continuación:

“El neoliberalismo buscaba destruir la imagen del Estado –especialmente en sus aspectos reguladores de la actividad económica, de propietario de empresas, de garante de derechos sociales, entre otros—, para reducirlo a un mínimo, colocando en su lugar la centralidad del mercado. Fue la nueva versión de la concepción liberal, de polarización entre la sociedad civil –compuesta por individuos– y el Estado.”

El artículo de Sader es importante por lo que omite antes que por lo que afirma. En dichas omisiones se encuentra el núcleo de la concepción progresista de la sociedad, que poco o nada tiene que ver con el intento de transformarla a favor de los trabajadores. Sader nos quiere hacer creer que el neoliberalismo es una alternativa dentro del capitalismo (podríamos llamarla “el mal capitalismo”), dirigida a destruir la capacidad regulatoria del Estado, en perjuicio de los trabajadores y demás sectores populares. O sea, el Estado es el bien a preservar en contra del embate neoliberal.

“Construir alternativa al modelo neoliberal supone la reconstrucción del Estado alrededor de su esfera pública, rescatando los derechos sociales, el rol de inducción del crecimiento económico, la función de los bancos públicos. Haciendo del Estado un instrumento de universalización de los derechos, de construcción de ciudadanía, de hegemonía de los intereses públicos sobre los mercantiles.”

El Estado deja de ser un órgano de opresión de clase. La sociedad deja de estar dividida en clases enfrentadas entre sí. Por obra de la palabra de Sader, el Estado pasa a ser un instrumento en disputa que puede ser usado para cualquier cosa, inclusive para favorecer a los oprimidos y demases. Sólo así puede entenderse esta perorata que combina derechos sociales, crecimiento económico y bancos públicos. Pero la realidad manda. Desde que el capitalismo es capitalismo (y, a pesar de sus omisiones, no dudo que Sader esté de acuerdo con que vivimos en una sociedad capitalista), el aumento de las ganancias del capital requiere de un incremento de la explotación de los trabajadores. Dicha explotación es sostenida de múltiples maneras por el Estado, el cual se encuentra conectado por innumerables vínculos con el capital (que van, desde el financiamiento mismo del Estado hasta la forma en que éste gestiona los conflictos sociales).

Afirmar que el enemigo es el neoliberalismo y no el capital implica tomar partido por el capitalismo. Sostener que el Estado (capitalista) puede ser instrumento de liberación supone aceptar las reglas de juego del Estado, que son, precisamente, las reglas de juego del capitalismo. Así, en vez de apostar por la organización de los trabajadores como herramienta para combatir al capital (única opción posible si el objetivo es luchar contra el capitalismo), Sader prefiere recostarse en el Estado, que todo lo puede y todo lo soluciona. Además, y esto no es menos importante para intelectuales como Sader, el Estado es fuente de puestos bien remunerados por tareas casi inexistentes.

Del planteo de Sader se desprende que la contradicción de nuestras sociedades no es la existente entre Capital y Trabajo. ¡Dios nos libre y guarde caer en semejante anacronismo! Para nuestro autor, la cosa es mucho más relajada:

“Pasaron a proponer como campo teórico de enfrentamiento la polarización entre estatal y privado, escondiendo lo público, buscando confundirlo con lo estatal. Mientras que el campo teórico central de la era neoliberal tiene como eje la polarización entre lo público y lo mercantil. Democratizar es desmercantilizar, es consolidar y expandir la esfera pública, articulada alrededor de los derechos de todos y compuesta por los ciudadanos como sujetos de derechos. La esfera mercantil, a su vez, se articula alrededor del poder de compra de los consumidores, del mercado.”

El conflicto primordial se da, pues, entre lo público y lo mercantil. Sader aclara que ni lo público es lo estatal, ni lo mercantil es lo capitalista. Ahora bien, por más que le demos vueltas a la cosa, invocando al “giro lingüístico”, las palabras no cambian la dura realidad. Sin recursos materiales, lo público gira en el vacío. En cambio, lo mercantil se apoya en algo mucho más firme que las palabras de Sader: la propiedad privada. Claro está que hablar de lo público y lo mercantil suena más agradable que los viejos términos capitalismo y Estado, pero ¿cómo democratizar sin recortar el poder del capital?, ¿cómo construir ciudadanos sujetos de derechos cuando en nuestros países conviven chozas – muchas – y palacios – pocos-? Por supuesto, estas preguntas carecen de sentido en el esquema mental de Sader.

A esta altura es conveniente hacer notar un comportamiento curioso: a mayor profundización de la desigualdad social, mayor desprecio de los intelectuales onda Sader hacia las teorías y los conceptos que aluden al capitalismo como sistema basado en la explotación, a la lucha de clases, al Estado como órgano de dominación. No es, por cierto, una opción científica, desinteresada. Adoptar el punto de vista de la lucha de clases desde los trabajadores (Sader no tiene ningún problema – salvo el de mencionarlo – en adoptar el punto de vista de la clase dominante) implica dejar de lado las ventajas materiales que ofrece el sistema a los intelectuales. Evidentemente, Sader no está para esas patriadas.
Sader se define a sí mismo como “de izquierda”. Es una izquierda modesta, por cierto, que propone cosas como ésta:
“la izquierda tiene que construir sus gobiernos y su hegemonía. El Estado, refundado o reorganizado alrededor de la esfera pública, es un agente indispensable para la superación de los procesos de mercantilización diseminados por la sociedad. (/) Una de las condiciones del rescate de la capacidad de acción del Estado es recuperar su capacidad de tributación, para dotarlo de los recursos que tantas políticas nuevas requieren.”
Para Sader, la izquierda tiene que ser la cobertura ideológica del Estado capitalista. Ni más ni menos. Así, la épica de la lucha contra el neoliberalismo gira en torno a…la reforma tributaria. Pero la realidad es un poco más compleja que estas ilusiones. En Argentina, por ejemplo, donde uno de cada tres trabajadores padece el trabajo en negro, donde la precarización laboral garantiza niveles de superexplotación capitalista, donde el “gatillo fácil” (asesinato sumario) de la policía contra los jóvenes trabajadores es moneda corriente, las palabras de Sader suenan a falsedad vieja.

Villa del Parque, lunes 9 de marzo de 2015

domingo, 1 de marzo de 2015

MARX Y LA PRIMERA INTERNACIONAL: LA ENTREVISTA CONCEDIDA A “THE WORLD” (1871)

La derrota de la Comuna de París (28 de mayo de 1871) trajo como consecuencia inmediata el inicio de una persecución de los gobiernos europeos contra la AIT (Asociación Internacional de Trabajadores, más conocida como 1° Internacional -). Si bien la AIT estuvo muy lejos de ejercer la dirección del movimiento de los comuneros franceses, la burguesía europea comprendió que su dominación política se encontraba amenazada por la existencia de una asociación que procuraba la organización política de los trabajadores, con independencia de esa misma burguesía.

La mayoría de los gobiernos consideraron a la AIT como responsable de la Comuna y, al pasar, de cuanto hecho de violencia se registrara en el mundo capitalista. Esto despertó el interés del periodismo por la actividad de la AIT. En este marco, el periodista R. Landor entrevistó a Karl Marx, a la sazón uno de los principales dirigentes de la Internacional.

En este artículo utilicé la siguiente traducción: Marx, Karl. (1871). "Entrevista concedida por Marx a THE WORLD", incluida en: Arru, Angiolina. (1974). [1° edición: 1972]. Clase y partido en la Primera Internacional: El debate sobre la organización entre Marx, Bakunin y Blanqui (1871-1872). Madrid: Alberto Corazón Editor. (pp. 139-145). La traducción española corresponde a Joaquín Sanz Guijarro.

A lo largo de la entrevista, Landor planteó la cuestión de la existencia de actividades clandestinas de la AIT, entre las que se destacaba la dirección del movimiento de la Comuna. Marx desmintió categóricamente estos planteos, aclarando en qué consistían las actividades de la AIT:

“No hay misterio alguno que aclarar, querido señor, salvo tal vez el misterio de la necedad humana en quienes insisten en no tener en cuenta el hecho de que nuestra Asociación es pública y de que sus discusiones son conocidas hasta en sus pormenores y de que cualquiera puede leer sus actas.” (p. 139).

En las acusaciones contra la Internacional se conjugaban tanto la necesidad política de los gobiernos europeos como el prejuicio de clase de la burguesía, que afirmaba que la clase obrera no podía organizarse por sí misma y, por tanto, podía ser conducida de la nariz por un grupo de conspiradores sin escrúpulos. Según este punto de vista, los obreros eran una masa amorfa a disposición del primer aventurero que pasara. En la imaginación de la clase capitalista, la AIT cumplía precisamente ese rol. De ahí la necesidad de extirparla.

Como indicamos, Marx rechazó estas acusaciones. En las respuestas a las preguntas de Landor, abordó la cuestión de la relación entre la Internacional y la Comuna de París:

“Desearía, ante todo, que se me probara que ha existido un complot, que se ha realizado algo que fuese una consecuencia determinada por las circunstancias presentes. O bien, aun suponiendo que haya habido un complot, pido que se me den las pruebas de una participación de la Asociación Internacional.” (p. 140).

Marx procura sacar la cuestión de la Comuna del terreno de los prejuicios burgueses, mostrando la capacidad de acción autónoma de la clase obrera:

“La sublevación de París fue obra de los trabajadores parisinos, los más capaces entre éstos fueron necesariamente los jefes y los elementos más activos del movimiento; pero se da el caso, asimismo, de que los más capaces de entre éstos son al mismo tiempo miembros de la Asociación Internacional.” (p. 141).

Lejos de ser producto de una conspiración, la Comuna fue obra de la clase. En este punto, Marx critica implícitamente a los socialistas (blanquistas) que pensaban que un golpe de mano organizado por un grupo selecto de revolucionarios bastaba para derrocar al capitalismo. El camino elegido por Marx es bien distinto, y pasa por la organización autónoma de la clase. Esto se refleja en su concepción de la AIT, en tanto organización:

“Sería (...) desconocer completamente la naturaleza de la Internacional hablar de instrucciones secretas provenientes de Londres [en esta ciudad funcionaba el Consejo General, órgano directivo de la AIT], como si se tratara de decretos en materia de fe y de moral que emanen de un centro pontifical de dominación y de intrigas. Esto comportaría una forma centralizada de gobierno para la Internacional, mientras que su verdadera forma es la que deja el más amplio campo de acción y la más amplia independencia en la actividad local. .De hecho, la Internacional no es en modo alguno el gobierno de la clase obrera, es un órgano de unión, más bien que un órgano ejecutivo.” (p. 141).

El párrafo precedente no debe interpretarse únicamente como una defensa frente a quienes afirmaban que detrás de la AIT se escondía una sociedad secreta cuyo objetivo era destruir la civilización burguesa. Aún en sus escritos más coyunturales, Marx no puede con su genio y aborda la cuestión desde el plano más general posible. Es el caso de la entrevista que estamos comentando, donde se encuentra una reflexión profunda sobre el carácter organizativo y los fines de la AIT. Tampoco debe caerse en el vicio opuesto, es decir, analizar el texto de Marx como si se tratara de una teoría general de las organizaciones obreras, válida para todo tiempo y lugar. La entrevista realizada por Landor se da en un marco concreto, marcado por un determinado nivel de desarrollo de las organizaciones obreras nacionales, en las que coexistían distintas corrientes ideológicas, sin que ninguna de ellas pudiera arrogarse la hegemonía sobre el conjunto del movimiento obrero. De hecho, los marxistas eran una minoría dentro de la AIT, en la que convivían con anarquistas, blanquistas, sindicalistas abocados exclusivamente a las luchas económicas, etc. Lejos de ser una organización monolítica, la AIT intentaba expresar la diversidad de opiniones existente al interior del movimiento obrero. Marx sostenía que existían una serie de objetivos comunes, cuya defensa evitaba la fragmentación de la AIT. Estos objetivos eran los siguientes:

“La emancipación económica de la clase obrera mediante la conquista del poder político. La utilización de este poder político para la realización de fines sociales. Nuestros objetivos deben necesariamente ser tan amplios que abracen todas las formas de actividad de la clase obrera. Dar a estos objetivos un carácter particular habría significado adaptarlos a las necesidades de una sola sección [se llamaba sección a cada una de las organizaciones nacionales de la AIT; por ejemplo, la Sección Francesa.] Pero, ¿cómo era posible inducir a todos a unirse para alcanzar los fines de algunos? Si nuestra Asociación actuase así, no tendría ya el derecho de llamarse internacional. La Asociación no impone forma fija alguna al movimiento político; ella exige solamente que este movimiento se oriente hacia un mismo objetivo. Incluye una red de sociedades afiliadas que abraza todo el mundo del trabajo. En cada parte del mundo se presentan aspectos particulares del problema (del trabajo) y los obreros se dan cuenta de ello y tratan de resolverlos a su manera.” (p. 141-142).

La imagen que brinda Marx de la AIT es muy distinta de la sociedad secreta de conspiradores imaginada por los voceros de la burguesía. Permite comprender mejor las limitaciones de la Internacional, las cuales se derivaban de la situación del proletariado europeo en las décadas de 1860 y 1870. Marx y Engels, desde la década de 1840, estaban convencidos de la necesidad de una acción internacional de la clase obrera para derrotar al capital. Dicha acción exigía la organización autónoma de los trabajadores respecto a los partidos políticos burgueses. Sin embargo, el movimiento obrero estaba mucho más avanzado en el plano de la lucha económica (creación y desarrollo de sindicatos) que en el de la lucha política. La rápida expansión del capitalismo incrementó el número de los trabajadores y multiplicó las luchas sociales en el continente europeo. Pero la clase obrera estaba muy lejos de hallarse unificada ideológicamente; distintas ideologías se disputaban el control del movimiento obrero, situación que se potenciaba por las diferencias en el nivel de desarrollo del capitalismo en los países europeos. De ahí que la AIT se caracterizara por el carácter flexible de su organización; cualquier exigencia de centralización terminaría inevitablemente en su fractura.

“La Internacional no tiene la pretensión de imponer su voluntad; o incluso de dar consejos. Pero ofrece su simpatía y su ayuda a todo movimiento, dentro de los límites fijados por sus Estatutos. (…) La tarea de la Asociación Internacional es establecer una verdadera y genuina solidaridad entre esas organizaciones. [Las distintas organizaciones de los trabajadores].” (p. 142, 143-144).

Marx concebía a la AIT más como un centro de propaganda y de lucha ideológica que como una organización capaz de conducir efectivamente las luchas obreras. En esto tenía en cuenta la situación del movimiento obrero de la época que hemos señalado más arriba. En particular, las trade unions inglesas, los sindicatos más poderosos de la época, tenían una orientación económica antes que política. Por tanto, la tarea de los marxistas en la AIT consistía en la consecución de los siguientes objetivos: a) una política de independencia de clase respecto a la burguesía; b) la construcción de partidos obreros, autónomos de la política burguesa; c) la conquista del poder político como fin de dichos partidos. Es por esto que, a lo largo de todo el reportaje, Marx vuelve una y otra vez sobre el tema de la independencia política de la clase obrera. Así, al responder a una pregunta sobre la relación entre la Internacional y el demócrata italiano Mazzini, Marx sostiene:

“La suya [la de Mazzini] no es más que la vieja idea de una república burguesa. Pero nosotros no queremos tener nada que ver con la burguesía. Él se ha quedado atrás respecto del movimiento moderno” (p. 144).

Desde la perspectiva marxista, la Internacional era un instrumento para la unificación ideológica de los trabajadores. El momento teórico, inescindible de la política práctica, juega un papel central en esta etapa de la construcción de una política obrera. Por ejemplo, cuando Landor le pregunta si la AIT “ha elaborado también su propia filosofía”, Marx responde:

“no nos sería posible ganar nuestra guerra contra el capital si derivásemos nuestra táctica, digamos, de la economía política de un Mill. Este ha descrito una forma de relaciones entre el trabajo y el capital. Nosotros esperamos demostrar que es posible establecer otra forma de relaciones.” (p. 145).

Sin una teoría del capitalismo, es imposible el derrocamiento del mismo. Marx enfatiza que la economía política, ciencia elaborada por la burguesía, no puede ser la teoría que precisa la clase obrera para llevar adelante la revolución socialista. De ahí que la teoría sea concebida como una actividad inseparable de la práctica revolucionaria.

Marx formula otra indicación preciosa en el reportaje, ligada estrechamente a lo anterior. Landor pregunta sobre el peso de los positivistas en la Internacional. Marx responde lo siguiente:

“Hay entre nosotros positivistas, y hay positivistas que no pertenecen a nuestra organización, pero que son igualmente políticamente activos. Pero esto no es una consecuencia de su filosofía, que no quiere oír nada del poder popular, como lo entendemos nosotros; su filosofía sólo quiere sustituir la vieja jerarquía con otra nueva.” (p. 144).

Como en el caso de la economía política, Marx sostiene que la filosofía positivista no puede servir de ideología de un movimiento revolucionario. Pero, al pasar, agrega algo más: el objetivo del socialismo no es reemplazar la jerarquía burguesa por una jerarquía socialista. Traducido al ámbito de la organización: si bien la política requiere de dirigentes y la estrategia y la táctica se elaboran de arriba hacia abajo, la política socialista tiene el plus de que requiere la elevación del nivel teórico de los militantes. El socialismo es imposible si se basa en dirigentes sabelotodos y en militantes robots, que cumplen sin pensar las órdenes provenientes de la dirigencia. El rechazo a la noción de jerarquía apunta en esa dirección.

Por último, Marx remarca los límites de la lucha económica (en este caso, las huelgas) y sostiene que sólo la lucha política (la conquista del poder) podrá conducir a la liberación de la clase obrera.

“Pero la Asociación no tiene ningún interés en las huelgas, aun sosteniéndolas en algunas condiciones. Desde el punto de vista financiero, no se puede sacar provecho alguno de las mismas y, en cambio, puede perderse con ellas. Resumamos todo esto en una palabra: la clase obrera permanece pobre en medio de un bienestar siempre creciente. Las privaciones materiales reducen moral y físicamente a los obreros. Imposible contar con la ayuda exterior: por eso se ha hecho absolutamente necesario para ellos tomar en las manos su propio destino. Deben cambiar las relaciones con los capitalistas y los propietarios terratenientes y esto quiere decir que deben transformar la sociedad.” (p. 143).

La suerte de la clase obrera se resuelve en la política, es decir, en la conquista del poder político. Toda la propuesta organizativa de Marx tiene este objetivo. Es importante enfatizar que Marx plantea la necesidad de conquistar el poder político, no de compartirlo con la burguesía. El Estado es definido como Estado de clase, no un instrumento al servicio de la sociedad. Esto explica aquello que remarcamos en este artículo, la centralidad de la construcción de una política obrera autónoma de la burguesía.



Villa del Parque, domingo 1 de marzo de 2015