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domingo, 29 de septiembre de 2013

ESTADO, DEMOCRACIA Y DICTADURA DEL PROLETARIADO EN LA GUERRA CIVIL EN FRANCIA, DE KARL MARX

“La dominación política de los productores es incompatible
con la perpetuación de su esclavitud social. “
Karl Marx

“Juré que la Revolución no sería un té servido
 a las cinco de la tarde.
Andrés Rivera, La revolución es un sueño eterno

La guerra civil en Francia fue escrita por Karl Marx (1818-1883) mientras se desarrollaba el primer gobierno obrero de la historia, la denominada Comuna de París (18 de marzo – 28 de mayo de 1871) (1). La obra fue publicada como manifiesto de la Asociación Internacional de Trabajadores (1° Internacional) y expresa la posición de dicha organización sobre la experiencia de la Comuna. Se trata de una obra que posee un gran interés histórico, debido a que la Comuna fue el punto más alto de la experiencia política de la clase obrera en el siglo XIX.

Pero La guerra civil en Francia posee un interés que va más allá de lo histórico. Constituye la obra política más importante de Marx, pues en ella vislumbra y plantea con claridad los problemas políticos de la revolución socialista. Más claro, en la obra mencionada, Marx aborda de lleno la problemática del Estado. Hasta ese momento, muchos socialistas pensaban que había que apoderarse de la maquinaria estatal y servirse de ella para instaurar el socialismo. (2) La experiencia de la Comuna, en la que los obreros por primera vez tuvieron que hacerse cargo del poder, fue la piedra de toque que permitió a Marx desarrollar su concepción del Estado. Aquí, como tantas otras veces, la teoría marxista siguió los pasos de las experiencias del movimiento obrero.

La estructura de la obra es sencilla. Marx dedica tres apartados del texto a la historia de la Comuna (los apartados I, II y IV). El apartado III, en cambio, está dedicado al aporte de la Comuna en el campo de la teoría del Estado. En nuestro comentario nos concentraremos en este último apartado.

La Comuna fue la respuesta de la revolución obrera al problema del Estado. En este sentido, el pasaje central del texto es el siguiente: 

“La clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines.” (p. 295).

Antes de pasar a comentar el pasaje transcripto, es preciso decir unas palabras sobre la cuestión del Estado. Desde que existen las sociedades divididas en clases antagónicas existió el Estado, y éste fue desde el principio un instrumento de opresión. Más concretamente, el Estado sirvió en todas las sociedades para mantener la dominación de los explotadores sobre los explotados. ¿Qué esta es una concepción esquemática? Por supuesto, pero es un buen comienzo para abordar la problemática del Estado. Si se deja de lado el carácter opresor del aparato estatal se corre el riesgo de pensar que el Estado flota sobre la sociedad y/o que puede encarnar los intereses de todos.

A continuación del párrafo comentado, Marx describe el desarrollo del “poder estatal centralizado” en Francia (p. 295-297). Dicho poder consta de los siguientes elementos: ejército permanente, policía, burocracia, clero, magistratura. Todo ello con arreglo a un “plan de división sistemática y jerárquica del trabajo” (p. 295). Este aparato de dominación fue creado por la “monarquía absoluta” y “sirvió a la naciente sociedad burguesa como un arma poderosa en sus luchas contra el feudalismo” (p. 295). En otras palabras, la burguesía utilizó al Estado para consolidar y mantener su poder en la sociedad. De ahí la concepción instrumentalista del Estado, que sostiene que este último es un instrumento que sirve a cualquier dominación, sea cual sea la clase social que la ejerza. 

En nuestros días, la concepción instrumentalista del Estado ha sido retomada parcialmente por el progresismo latinoamericano, quien considera que el Estado es el arma de los “sectores populares” contra el neoliberalismo y sus políticas de mercado. Por supuesto, en el caso de nuestros progresistas, el Estado es también concebido como “la expresión de la voluntad popular” y/o de la “voluntad de todos”. Dicho de otro modo, el Estado pasa de ser una herramienta de opresión a un instrumento de liberación. De esta manera, el progresismo deja de lado: a) que el Estado es siempre una herramienta para el sometimiento; b) que el Estado actual posee un carácter burgués.

En La guerra civil en Francia, Marx acentúa el papel represivo del aparato estatal:

“Su carácter político [se refiere al Estado] cambiaba simultáneamente con los cambios económicos operados en la sociedad. Al paso que los progresos de la moderna industria desarrollaban, ensanchaban y profundizaban el antagonismo de clase entre el capital y el trabajo, el poder del Estado fue adquiriendo cada vez más el carácter de poder nacional del capital sobre el trabajo, de fuerza pública organizada para la esclavización social, de máquina del despotismo de clase. Después de cada revolución, que marca un paso adelante en la lucha de clases se acusa con rasgos cada vez más destacados el carácter puramente represivo del poder del Estado.” (p. 296).

En general, pues, el Estado es una maquinaria de opresión; en particular, el Estado capitalista es una maquinaria de opresión de la clase trabajadora y su función es asegurar la explotación de esta por los capitalistas. Es verdad que esto suena raro en estos tiempos, en los que la dominación capitalista se ha vuelto tan natural que parece invisible; pero hay que recordar que dicha “naturalidad” del capitalismo fue impuesta a sangre y fuego. En nuestro país basta con mentar el golpe del 24 de marzo de 1976 para recuperar la conciencia del carácter opresivo del aparato estatal. 

Ahora bien, las cosas son más complejas que este esquema básico. En primer lugar, porque el Estado capitalista actúa como administrador de los intereses comunes de la burguesía en su conjunto (3); sin embargo, esta tarea no es sencilla, pues en el capitalismo impera la competencia entre empresarios, de ahí la existencia de fracciones de clase y la necesidad de contemporizar intereses diversos. En segundo lugar, porque en el capitalismo los trabajadores son libres, es decir, que no se encuentran en situación de dependencia personal como sucedía en la esclavitud o en la servidumbre (4); la explotación de los trabajadores no puede realizarse mediante el empleo directo del poder estatal y, además, la libertad jurídica tiene como consecuencia la participación de los trabajadores en los asuntos estatales, vía sufragio universal.

El énfasis (correcto) puesto por Marx en la naturaleza represiva del Estado tiene que ser complementado con el análisis de los mecanismos “pacíficos” (ideológicos) de dominación.
Volviendo al tema que estamos comentando. El movimiento obrero del siglo XIX debió enfrentar la cuestión del papel del Estado en la revolución socialista. ¿Había que conquistar el poder estatal y emplearlo para establecer el socialismo? O, por el contrario, ¿había que destruir el Estado para poder construir el socialismo? Los blanquistas y los anarquistas fueron los portavoces, respectivamente, de estas posiciones. Los obreros parisinos descubrieron que un instrumento de opresión no podía convertirse en herramienta de liberación. El Estado capitalista no puede conducir al socialismo. 

“He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un Gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo.” (p. 301).

La Comuna era una forma política diferente al Estado capitalista. La conquista del poder por los trabajadores no es concebida como el mero acto de apoderarse del Estado y utilizarlo para otros fines. Hay aquí un rechazo completo de las teorías que postulan la autonomía del Estado; el progresismo, en cambio, sostiene que el Estado (que supuestamente puede ser independiente de la burguesía en tanto Estado “popular”) es el medio primordial para lograr la “justicia social” y la “liberación nacional y social”. Pensar al Estado capitalista como instrumento de liberación implica negar su carácter de clase y, por extensión, rechazar la existencia de la explotación bajo el capitalismo.

En el capítulo 3 de La guerra civil en Francia Marx describe las medidas por medio de las cuales la Comuna desarticuló y transformó la maquinaria estatal heredada de la burguesía. Entre ellas, destaca la supresión del ejército permanente y la policía, la elección por sufragio universal de todos los funcionarios públicos (y el carácter revocable de los mismos), la separación de la Iglesia y el Estado. 

A lo largo del texto, Marx no menciona una sola vez a la dictadura del proletariado. Pero Engels, en su Introducción a la obra (1891) toca expresamente el tema: 

“Últimamente, las palabras «dictadura del proletariado» han vuelto a sumir en santo horror al filisteo socialdemócrata. Pues bien, caballeros, ¿queréis saber qué faz presenta esta dictadura? Mirad a la Comuna de París: ¡he ahí la dictadura del proletariado!” (p. 267). (5)

Como tantas otras cosas, las derrotas del movimiento obrero en las décadas de los ’70, ’80 y ’90 del siglo pasado provocaron que la noción de dictadura del proletariado fuese enviada al museo de la historia. En el mundo actual, marcado por el dominio del capitalismo en todo el planeta, es conveniente revisar algunos “viejos” conceptos y considerar si son de utilidad para analizar y transformar nuestra realidad. Es curioso que en un mundo marcado por la dictadura del capital resulte “anacrónico” mentar a la dictadura del proletariado. En La guerra civil en Francia la dictadura no alude simplemente a la dominación de los trabajadores sobre la burguesía, sino también a que esa dictadura se ejerce a través de un Estado que ya no es un instrumento de dominación, que se encuentra mutando hacia otra cosa. Si la clase obrera toma el Estado tal como está, la dictadura del proletariado sería dictadura y nada más; se mudaría de tirano sin cambiar de tiranía. No es un problema de sentimientos o de justicia. Si la clase obrera conquista el Estado y simplemente lo utiliza, tarde o temprano una parte de la sociedad gozará de privilegios y explotará al resto. 

Esta transformación de la forma y el contenido del Estado va de la mano con la ofensiva sobre la propiedad privada de los medios de producción. A diferencia del progresismo, Marx tiene claro que la libertad política termina en esclavitud si no se elimina la fuente de la explotación, que es justamente la propiedad privada. 

“Sin esta última condición, el régimen de la Comuna habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase. Emancipado el trabajo, todo hombre se convierte en trabajador, y el trabajo productivo deja de ser un atributo de una clase.” (p. 301).

Si la clase obrera no toca la propiedad privada, la revolución no implica superación del capitalismo. Aún dominando el Estado, la clase trabajadora volverá a la esclavitud si no suprime la fuente de la explotación. La democracia, aún la más amplia, es esclavitud en el capitalismo, pues la persistencia de la propiedad privada asegura la perpetuación de la dominación capitalista.

En el capitalismo, dada la liberación de los trabajadores respecto a toda forma de dependencia personal, existen dos ámbitos políticos: por un lado, el ámbito de la ciudadanía, de los derechos, de la igualdad jurídica; por otro, el ámbito del trabajo, donde los capitalistas  deciden qué, cuánto y cómo producir sin ningún tipo de consulta a los trabajadores. De un lado, democracia en la forma; del otro, dictadura, basada en la propiedad privada. La paradoja del capitalismo consiste en que es justamente esta dictadura la que asegura la persistencia de la democracia.

Al apuntar sobre la necesidad de la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción, Marx indica el camino para terminar con la escisión de la política propia del capitalismo. Ese camino consiste en la combinación de la transformación de la forma y el contenido del Estado con la propiedad colectiva de los medios de producción.

Villa del Parque, domingo 29 de septiembre de 2013

NOTAS:

(1) Utilizo la siguiente traducción española incluida en: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1983). Obras escogidas. Moscú: Progreso. (pp. 280-322).

(2) Así, en el Manifiesto Comunista, Marx y Engels se refieren a la conquista del poder político por la clase obrera: “el primer paso de la revolución obrera es la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia. El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.” (Marx, Karl y Engels, Friedrich, Obras escogidas, Moscú, Progreso, 1983, p. 49). Pero no dicen nada acerca de la transformación de la maquinaria estatal desarrollada por el capitalismo.

(3) “El Gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.” (Marx, Karl y Engels, Friedrich, Manifiesto del Partido Comunista, en Obras escogidas, Moscú, Progreso, 1983, p. 34-35).

(4) “Trabajadores libres en el doble sentido de que ni están incluidos directamente entre los medios de producción – como sí lo están los esclavos, siervos de la gleba, etc. -, ni tampoco les pertenecen a ellos los medios de producción – a la inversa de lo que ocurre con el campesino que trabaja la propia tierra, etc. -, hallándose por el contrario, libres y desembarazados de esos medios de producción.” (Marx, Karl, El capital: Crítica de la economía política, México D. F.; Siglo XXI, 1998, Tomo I, volumen 3, p. 892-893).

(5) Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1983). Obras escogidas. Moscú: Progreso.


martes, 24 de septiembre de 2013

DEMOCRACIA, SUFRAGIO UNIVERSAL Y SOCIALISMO EN EL TESTAMENTO POLÍTICO DE ENGELS



Para mi hijo Nicolás.

Este texto continúa el artículo publicado aquí el jueves 19 de septiembre. Prosigo el comentario de la “Introducción” de Friedrich Engels a Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850”, de Karl Marx (1).

Luego de lo expuesto en los artículos anteriores, podemos pasar a la evaluación engelsiana del uso del sufragio universal masculino por los socialistas alemanes. Engels comienza indicando que los socialistas europeos habían adoptado, inicialmente, una actitud de desconfianza hacia la extensión del sufragio. Así, por ejemplo: 

“Los obreros revolucionarios de los países latinos se habían acostumbrado a ver en el derecho de sufragio una añagaza, un instrumento de engaño en manos del gobierno.” (p. 25).

Es verdad que en el Manifiesto Comunista se afirmaba la necesidad de luchar por la democracia y, por ende, por la extensión del derecho de voto, “como una de las primeras y más importantes tareas del proletariado militante.” (p. 25). Pero sólo en la década de 1860 los socialistas alemanes emprendieron en serio la lucha electoral. El éxito de su acción, medido por el crecimiento de los votos del partido (la socialdemocracia alemana pasó de 102.000 votos en 1871 a 1.787.000 votos a principios de la década de 1890) es considerado por Engels como uno de los méritos del partido alemán.

“El primer gran servicio que los obreros alemanes prestaron a su causa fue  mero hecho de su existencia como Partido Socialista (…) Pero además prestaron otro: suministraron a sus camaradas de todos los países un arma nueva, muy afilada, al enseñarles a utilizar el sufragio universal.” (p. 24).

¿Cuáles son, según Engels, las propiedades de esta “arma nueva”?

Tres son las virtudes del sufragio:

a) Permite realizar un recuento periódico de las fuerzas del proletariado, contribuyendo así a evitar las acciones a destiempo;

b) Extiende la propaganda socialista a lugares donde sería muy difícil llegar de otro modo;

c) crea una tribuna (el Parlamento) en la que los dirigentes socialistas están a salvo de persecuciones.

Como puede verse, las virtudes del sufragio se concentran en la propaganda. No obstante, va más allá y parece vislumbrar en el sufragio un medio de transformación social. Engels retoma la tesis del Partido Socialista francés y afirma que el sufragio, tal como lo emplearon los socialistas, dejó de ser un medio de engaño y se convirtió en “instrumento de emancipación” (p. 25).

La experiencia histórica muestra que la “emancipación” por medio del sufragio universal tiene límites muy precisos, que son los de la misma sociedad burguesa. Y, si se entiende por emancipación (o por condición imprescindible para lograr dicha emancipación) la abolición de la propiedad privada de los medios de producción, es claro que el sufragio no lleva en esa dirección. El Estado capitalista es, nos guste o no, capitalista; como Estado en general es, además, un instrumento de opresión. 

Las afirmaciones anteriores no implican, por cierto, desconocer la importancia de las libertades democráticas para los trabajadores y demás sectores populares. Significan, en cambio, tener conciencia de los límites de ese camino.

En el caso de Engels, la lectura de la experiencia alemana con el sufragio le hace pensar que por esa vía es posible traspasar las condiciones políticas existentes y avanzar hacia la revolución: 

“Hoy podemos contar ya con dos millones y cuarto de electores. Si este avance continúa, antes de terminar el siglo habremos conquistado la mayor parte de las capas medias de la sociedad, tanto los pequeños burgueses como los pequeños campesinos y nos habremos convertido en la potencia decisiva del país, ante la que tendrán que inclinarse, quiéranlo o no, todas las demás potencias.” (p. 34).

El pasaje que hemos citado tiene una importancia fundamental en el texto, en la medida en que plantea de modo preciso la concepción de Engels acerca de los cambios acaecidos en las condiciones de la lucha revolucionaria en el período posterior a 1848.

Antes de comenzar a examinar la concepción engelsiana, corresponde formular una observación. En 1895 Alemania no era una república democrática, sino una monarquía constitucional. De ahí que los avances electorales de la democracia no se tradujeron en modificaciones sustanciales del sistema político alemán. La dominación de la burguesía y de los junkers no corría ningún riesgo. No había ninguna situación revolucionaria a la vista. De modo que la afirmación acerca de que la socialdemocracia podía convertirse en la “potencia decisiva” tiene que ser considerada dentro de márgenes muy estrechos. En el mejor de los casos, los socialistas podían convertirse en la “potencia decisiva” en el Parlamento (y esto en el sentido de alcanzar la mayoría parlamentaria). El avance electoral no era, por tanto, el camino para la conquista del poder en las condiciones de Alemania.

En el pasaje que estamos comentando, Engels afirma que antes de terminar el siglo XIX “habremos conquistado” a la mayor parte de las capas medias de la sociedad. En 1895 (como también, por ejemplo, en 1900) no existía una crisis revolucionaria. La dominación de la burguesía no estaba puesta en discusión. La “conquista” de las capas medias se llevaba a cabo, pues, en condiciones de hegemonía burguesa. Y la hegemonía burguesa supone, precisamente, la aceptación de las reglas de juego impuestas por la burguesía. La participación en las elecciones significaba la renuncia momentánea (o definitiva, según el caso) a la vía revolucionaria para la conquista del poder. La historia de Alemania entre 1895 y 1914 muestra que la dirigencia de la socialdemocracia consideraba a la revolución, a lo sumo, como un ideal.

En un terreno más práctico, la participación (exitosa, por cierto) en las elecciones abría una variedad de posibilidades de ascenso social a los dirigentes revolucionarios. Además, la exigencia de mantener en pie una maquinaria electoral eficiente se traducía en el desarrollo de un aparato partidario cada vez más vasto. Este aparato, que ofrecía oportunidades de vida a un importante número de dirigentes y militantes, pasaba a ser un fin en sí mismo. Algo de esto aparece reflejado en el texto:

“Al comprobarse que las instituciones estatales en las que se organiza la dominación de la burguesía ofrecen nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones, se tomó parte en las elecciones a las dietas provinciales, a los organismos municipales, a los tribunales industriales, se le disputó a la burguesía cada puesto, en cuya provisión mezclaba a su vez una parte suficiente del proletariado.” (p. 26). 

La participación en las elecciones para una multiplicidad de organismos obligaba, como es de esperarse, a destinar una parte cada vez mayor de los recursos del partido a esas actividades. El crecimiento de la estructura partidaria era una consecuencia de ello. La lógica de la organización devora a la lógica revolucionaria.

Pero, además, la “conquista” de las capas medias en el marco de una situación no revolucionaria tiene impacto sobre la ideología del partido socialista. Tanto los pequeños burgueses como los pequeños campesinos (en general, todas las “capas medias”) respetan la propiedad. En todo caso, su radicalismo consiste en proponer medidas que defiendan la pequeña propiedad y fijen limitaciones a la gran propiedad. Esto tiene poco que ver, por cierto, con la reivindicación socialista de la propiedad colectiva de los medios de producción. El hecho de que las capas medias voten al partido socialista no significa que hayan adherido a la ideología socialista. La conquista (sin comillas) de las capas medias es un proceso complejo, que sólo puede concretarse plenamente en el marco de una situación de crisis revolucionaria, donde los pequeños burgueses vacilan en su convicción sobre el carácter “natural” del capitalismo. 

La afirmación engelsiana del sufragio no tiene, pues, validez universal. Su sentido debe buscarse en las condiciones concretas del movimiento europeo de fines del siglo XIX. Aquí el hito fundamental es la Comuna de París (1871). Engels atribuye la derrota al aislamiento político de los obreros parisinos, que no pudieron o no supieron armar una alianza con otras clases y sectores sociales. La caída de la Comuna marcó el final de una etapa del movimiento obrero europeo.

“La rebelión al viejo estilo, la lucha de clases con barricadas, que hasta 1848 había sido decisiva en todas partes, estaba considerablemente anticuada.” (p. 27). 

Después de la Comuna, el centro del movimiento obrero se desplazó desde Francia hacia Alemania. En este marco, la preocupación de Engels pasaba por evitar que la burguesía forzara a los trabajadores a una insurrección aislada de los otros sectores populares. Engels tiene presente en todo momento la derrota de los obreros franceses. Evitar el aislamiento político, impedir que una insurrección apresurada desangrara a la clase obrera: he aquí los ejes de la reflexión engelsiana. 

“En Francia, los socialistas van dándose cada vez más cuenta de que no hay para ellos victoria duradera posible a menos que ganen de antemano a la gran masa del pueblo, lo que aquí equivale a decir a los campesinos.” (p. 32).

La lucha electoral, al permitir la difusión de las ideas socialistas entre el conjunto de los sectores populares, contribuía a evitar el aislamiento político de la clase trabajadora. La insurrección aislada era la pesadilla de Engels, quien pensaba que esta podía provocar una sangría entre el proletariado y retrasar la victoria de este por décadas. La valoración positiva del sufragio va de la mano, entonces, con la preocupación por evitar que la burguesía llevara al proletariado hacia acciones inútiles.

Villa del Parque, martes 24 de septiembre de 2013   

NOTAS:

(1) Para la redacción de este trabajo utilicé la traducción española de la “Introducción” de Engels, incluida en la siguiente edición: Marx, Karl. (1973). Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850. Buenos Aires: Anteo. (pp. 9-38).