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domingo, 24 de septiembre de 2017

INTERACCIONISMO SIMBÓLICO: UNA INTRODUCCIÓN

El presente trabajo es la primera de una serie de fichas de lectura sobre el interaccionismo simbólico (IS a partir de aquí). Para su redacción tomé como base: Ritzer, George. (1997). Teoría sociológica contemporánea. México D. F.: McGraw-Hill.

No puede considerarse al IS como una corriente sociológica homogénea; por el contrario, se despliega en diversas teorías, que comparten cierta orientación general.

Su núcleo inicial estuvo constituido por la teoría de George Herbert Mead (1863-1931); en menor medida, por las concepciones de Charles Horton Cooley (1864-1929) y William J. Thomas (1863-1947) (1). El representante del IS “clásico” es Herbert Blumer (1900-1987). Posteriormente, surgieron otras perspectivas, como la de Manford Kuhn (1911-1963), Erving Goffman (1922-1982), y corrientes afines, como la etnometodología y la fenomenología.

Ritzer comienza su recorrido por el IS con un examen de las ideas de Mead. Éste fue profesor de Filosofía en la Universidad de Chicago en el período comprendido entre 1899 y 1931; muchos estudiantes de Sociología siguieron sus cursos y, posteriormente, elaboraron en base a sus apuntes de clase la obra Mind, Self and Society: From the Standpoint of a Social Behaviorist (1934) (2). Mead fue influido por el pragmatismo y del conductismo psicológico.


La influencia del pragmatismo sobre Mead

El pragmatismo constituye “una amplia perspectiva filosófica”. Mead mostró atención especial por cuatro aspectos del pragmatismo:

a) La verdadera realidad no existe “fuera” del mundo real;

b) Las personas recuerdan y basan su conocimiento del mundo sobre lo que se ha demostrado útil para ellos;

c) Las personas definen los “objetos” físicos y sociales con los que tienen relación en el mundo de acuerdo a su utilidad para ellas;

d) Si pretendemos entender a los actores, nuestra comprensión debe basarse en lo que hacen en el mundo.

De los cuatro puntos enumerados se desprenden tres aspectos centrales del IS: 1) análisis de la interacción entre el actor y el mundo; 2) concepción del actor y del mundo como procesos dinámicos, no como estructuras estáticas; 3) la importancia asignada a la capacidad del actor para interpretar el mundo social. (p. 215).

La obra del filósofo John Dewey (1859-1952) influyó sobre el IS. Dewey concebía la mente como un proceso de pensamiento compuesto por una serie de fases: i) definición de los objetos del mundo social; ii) determinación de los posibles modos de conducta; iii) anticipación de las consecuencias de cursos alternativos de acción; iv) eliminación de posibilidades improbables; v) elección del modo óptimo de acción.

También se hizo sentir el influjo de William James (1842-1910).

David Lewis y Richard Smith (3) identificaron dos corrientes filosóficas que incidieron en el IS. De un lado, el pragmatismo nominalista (Dewey y James), que reconoce la existencia de los macrofenómenos, pero sin que éstos tengan efectos determinantes sobre la conducta de los individuos: “actores existencialmente libres que aceptan, rechazan, modifican o, en cualquier caso, definen las normas, los roles, las creencias, etc., etc., de la comunidad de acuerdo con sus intereses personales y planes del momento” (Lewis y Smith, p. 24; citados por Ritzer, p. 215). Del otro lado, el realismo filosófico (Mead). Para esta corriente lo importante es la sociedad y como constituye y controla los procesos mentales de los individuos. El individuo no es libre, está controlado por el conjunto de la sociedad. (p. 215).

A partir de la distinción anterior, la obra de Mead se ubica en la perspectiva realista; no concuerda con el nominalismo adoptado por la corriente principal del IS. H. H. Blumer, si bien expresó reconocimiento por Mead, es un representante del nominalismo.

Lewis y Smith resumen así las diferencias entre Mead y Blumer: “Blumer (...) se orientó completamente hacia el interaccionismo psíquico (...) A diferencia del conductismo social meadiano, el interaccionismo psíquico mantiene que los significados de los símbolos no son universales y objetivos; antes bien, los significados son individuales y subjetivos en el sentido de que es el receptor el que ‘asigna’ a los símbolos de acuerdo con el modo en que los ‘interpreta’.” (4)


La influencia del conductismo en la obra de Mead (5)

La influencia del conductismo psicológico reforzó la orientación realista empírica de la obra de Mead.

Es preciso trazar la distinción entre el conductismo social (Mead) y el conductismo radical (6). Éste último estudió las conductas de los individuos y planteó que los estímulos provocan respuestas (conductas). No le concedió importancia a los procesos mentales encubiertos que ocurren en el tiempo transcurrido entre el estímulo y la respuesta. En este punto, cabe agregar que Watson creía que no existía diferencia entre los seres humanos y los demás animales; Mead, en cambio, sostenía que existía una diferencia cualitativa: el lenguaje. (p. 216-217).

Mead reconocía la importancia de la conducta observable, pero creía en la existencia de los aspectos encubiertos de la conducta. Pretendió estudiar empíricamente el espacio entre estímulo y conducta. La unidad de estudio era el acto, concebido como el conjunto de los aspectos encubiertos y los aspectos visibles de la acción humana. Incluía la atención, la percepción, la imaginación, el razonamiento, la emoción, etc. (p. 216).

Por su parte, Charles Morris (1901-1979), en su introducción a la primera edición de la obra de Mead, Mind, Self and Society (1934), enumeró tres diferencias entre Mead y Watson:

1) Mead creía que el enfoque de Watson era simplista pues excluía a la conducta de su contexto social. Para Mead, la conducta era parte del complejo mundo social;

2) Watson rechazó extender el conductismo a los procesos mentales. Mead, en cambio, estaba de acuerdo en realizar dicha extensión;

3) Mead consideraba que, al rechazar la mente, Watson tenía una concepción pasiva del actor. Mead pensaba que éste era activo y dinámico.

Ritzer señala una tercera influencia sobre los futuros interaccionistas simbólicos: la obra del sociólogo alemán Georg Simmel (1858-1918), cuyo interés por la acción y la interacción compatibilizaba con la teoría de Mead.

En síntesis, pragmatismo, conductismo y Simmel fueron las influencias recibidas por muchos estudiantes de la Universidad de Chicago en los años ‘20 del siglo pasado. (p. 217).



Villa del Parque, domingo 24 de septiembre de 2017



NOTAS:
(1) Para una buena presentación de las teorías de Cooley y Thomas, puede consultarse: Timasheff, Nicholas S. (1961). La teorías sociológica: Su naturaleza y desarrollo. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. (Capítulo 12).
(2) Los ex alumnos de Mead destacan la maestría de su maestro en la conversación y en la exposición de los temas en la clase. Según parece, Mead era un intelectual cuya influencia se ejercía a través de la oralidad y no tanto por la palabra escrita. El sociólogo Leonard Cottrel comenta lo siguiente: “Para mi, el curso del profesor Mead fue una experiencia única e inolvidable... el profesor Mead era un hombre alto y de aspecto amable que llevaba un fabuloso bigote y barba al estilo Vandyke. Le caracterizaba una sonrisa benévola, algo tímida y aderezada con un guiño de ojos, como si estuviera gastando una broma secreta a su audiencia (...) Cuando impartía clase -siempre sin notas- el profesor Mead manipulaba un trozo de tiza y la miraba fijamente (...) Cuando subrayaba alguna cuestión determinada durante la clase levantaba la mirada y nos echaba una sonrisa casi de disculpa sobre nuestras cabezas y jamás fijaba la mirada en ninguno de nosotros. Sus palabras fluían y enseguida nos dimos cuenta que no nos gustaban las preguntas o comentarios durante el transcurso de la ciase. En efecto, cuando alguien osaba hacer una pregunta se oía un murmullo de desaprobación entre los estudiantes. Protestaban por cualquier interrupción del brillante flujo de palabras.” (Citado por Ritzer, p. 220).
No hay que olvidar que la Universidad de Chicago, donde Mead daba sus clases, se convirtió en el centro de la sociología estadounidense.
(3) Lewis, David y Smith, Richard. (1980). American Sociology, and Pragmatism: Mead, Chicago Sociology, and Symbolic Interaction. Chicago: University of Chicago Press.
(4) Lewis y Smith, op. cit., p. 172. (Citado por Ritzer, p. 216).
(5) Ritzer, op. cit., p. 216-217.

(6) Ritzer se refiere a la teoría elaborada por el psicólogo John B. Watson (1878-1958), quien fue alumno de Mead.

domingo, 17 de septiembre de 2017

BOURDIEU Y LOS TRES ESTADOS DEL CAPITAL CULTURAL

El artículo “Les trois états du capital cultural” fue publicado originalmente en ACTES DE LA RECHERCHE EN SCIENCES SOCIALES, núm. 30, 1979, pp. 3-6. Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Alicia Beatriz Gutiérrez, “Los tres estados del capital cultural, incluida en: Bourdieu, Pierre. (2011). Las estrategias de la reproducción social. Buenos Aires: Siglo XXI. (pp. 213-220).

El presente trabajo es una ficha de lectura, cuyo objetivo consiste en presentar una síntesis de los puntos principales del texto. Como es sabido, Pierre Bourdieu (1930-2002) desarrolló una concepción del capital dirigida no restringir el concepto a la connotación económica.

Para Bourdieu, existen cuatro tipos de capital (1):

  • Capital económico: constituido por los diferentes factores de producción (tierras, fábricas, trabajo) y el conjunto de los bienes económicos (ingreso, patrimonio, bienes materiales).
  • Capital cultural: conformado por el conjunto de las calificaciones intelectuales, sean producidas por el sistema escolar o transmitidas por la familia.
  • Capital social: definido como el conjunto de las relaciones sociales de las que dispone un individuo o grupo.
  • Capital simbólico: formado por el conjunto de los rituales (como la etiqueta o el protocolo) ligados a honor y el reconocimiento.

En el artículo analizado, Bourdieu desarrolla de manera sintética los rasgos fundamentales del Capital Cultural (CC a partir de aquí). En especial, presenta las tres formas que puede asumir el CC.

Por último, una indicación de forma: entre corchetes figuran agregados y comentarios personales.




La noción de capital cultural surgió en el área de la sociología de la educación.

Formó parte de una hipótesis para explicar la desigualdad en el rendimiento escolar de niños pertenecientes a diferentes clases sociales. Dicha hipótesis relaciona el “éxito escolar” (2) “con la distribución del capital cultural entre las clases y fracciones de clase.” (p. 213).

La hipótesis mencionada implica una ruptura con la visión usual que considera el “éxito escolar” como un derivado de las “aptitudes” naturales. También representa un corte respecto a las teorías del capital humano. (3)

El CC tiene aparece bajo tres formas:

  • En estado incorporado: “como disposiciones durables del organismo” (p. 214).
  • En estado objetivado: “como bienes culturales, cuadros, libros, diccionarios, instrumentos, máquinas, que son la huella o la realización de teorías o de críticas de estas teorías, de problemáticas, etc.” (p. 214).
  • En estado institucionalizado: “forma de objetivación que debe considerarse por separado porque, según puede anotarse a propósito del título escolar, confiere propiedades totalmente originales al capital cultural que garantiza.” (p. 214).




El estado incorporado (pp. 215-217)

La mayor parte de las propiedades del CC se derivan del hecho de que, en su estado fundamental, “está ligado al cuerpo y supone la incorporación” (p. 215). (4).

La incorporación de CC al cuerpo supone un trabajo personal de asimilación, un costo de tiempo, que debe ser invertido personalmente por el inversor, un trabajo del sujeto sobre sí mismo. (p. 215).

No puede transmitirse instantáneamente por donación o transmisión hereditaria, compra o intercambio. Tampoco puede ser acumulado más allá de las capacidades de apropiación de un sujeto singular. (p. 215).

El esfuerzo realizado por el individuo para adquirirlo hace que el CC “llegue a acumular los prestigios de la propiedad innata y los méritos de la adquisición” (p. 216).

El esfuerzo mencionado en el párrafo anterior da por resultado que el CC presente “un mayor grado de disimulación que el capital económico y está por ello predispuesto a funcionar como capital simbólico; es decir, desconocido y reconocido, que ejerce un efecto de (des)conocimiento” (p. 216).

Hay toda una alquimia social “por cuyo intermedio el capital económico se transforma en capital simbólico, capital denegado o, más exactamente, desconocido” (p. 216). (5)

La eficacia ideológica del CC radica en la lógica misma de su transmisión:

a) La apropiación de capital cultural objetivado “depende principalmente del capital cultural incorporado en el conjunto de la familia” (p. 217);

b) La acumulación inicial del CC, “requisito de la acumulación rápida y fácil de todo tipo de CC útil, sólo comienza desde el origen, sin atraso, sin pérdida de tiempo, para los miembros de la familia munidos de un sólido capital cultural , ya que en ese caso el tiempo de acumulación engloba la totalidad del tiempo de socialización.” (p. 217).

En consecuencia, “la transmisión del CC [es] sin duda la forma mejor disimulada de transmisión hereditaria de capital y se le [otorga] una incidencia mayor en el sistema de las estrategias de reproducción en la medida en que las formas directas y visibles de transmisión tienden a estar más fuertemente censuradas y controladas.” (p. 217).




El estado objetivado (pp. 217-219)

Varias de sus propiedades se definen a partir de su relación con el estado incorporado. El capital cultural objetivado en soportes materiales (escritos, pinturas, esculturas, etc.) puede transmitirse en su materialidad, o sea, se transmite su propiedad jurídica. Pero “lo que constituye la condición de la apropiación específica (...) la posesión de los instrumentos que le permiten consumir un cuadro o utilizar una máquina y que, no siendo otra cosa que capital incorporado, están sometidos a las mismas leyes de transmisión.” (p. 218).

En síntesis, “los bienes culturales pueden se objeto de una apropiación material, que supone el capital económico, y de una apropiación simbólica, que supone el capital cultural.” (p. 218; el resaltado es mío - AM-).

A partir de lo anterior, Bourdieu plantea el problema del “estatus ambiguo” de los “cuadros ejecutivos”. Si se pone el acento en que no son poseedores de los instrumentos de producción que utilizan y de que sólo obtienen un beneficio de su CC incorporado vendiendo su [fuerza de trabajo], se los sitúa del lado de los dominados; si se enfatiza que ellos obtienen beneficios de la puesta en particular de capital, se los ubica del lado de los dominantes. (p. 218).

Si bien el CC en estado objetivado posee “todas las apariencias de un universo autónomo y coherente” y tiene leyes propias, eso no quita “que no existe y no subsiste como capital material y simbólicamente activo y actuante si no es objeto de apropiación por parte de los agentes, e involucrado como arma y como apuesta en las luchas que se producen en los campos de producción cultural (...) y, más allá, en el campo de las clases sociales, ocasiones en que los agentes obtienen beneficios proporcionales al dominio que tienen de ese capital objetivado, y por lo tanto acordes a la medida de su capital incorporado.” (p. 218-219).




El estado institucionalizado (pp. 219-220)

La objetivación del CC en la forma de título escolar (6) neutraliza propiedades de la incorporación de dicho capital en un individuo (por ejemplo, la muerte de su soporte).

El diploma escolar constituye “un reconocimiento institucional al capital cultural poseído por cierto agente” (p. 220).

Bourdieu considera que “la alquimia social produce una forma de capital cultural que tiene una autonomía relativa con relación a su portador e incluso con relación al capital cultural que efectivamente posee en un momento dado del tiempo: instituye el capital cultural, tal como, según Merleau-Ponty, los vivos instituyen a sus muertos mediante los ritos de duelo.” (p. 219).

Un ejemplo de la magia performativa del poder de instituir (7): el concurso. A partir de diferencias infinitesimales en los desempeños, produce discontinuidades durables y brutales, del todo o nada, como la que separa al último aceptado del primer rechazado. (p. 219).

En lo social, no hay frontera que no sea mágica, es decir, impuesta y sostenida por la creencia colectiva. Mediante este proceso, el grupo se conforma como realidad constante y diferente; todo ello por medio de la institución de una frontera jurídica, “que instituye los valores últimos del grupo, que tienen por principio la creencia del grupo en su propio valor y que se definen al oponerse a los demás.” (p. 220).


Villa del Parque, domingo 17 de septiembre de 2017




NOTAS:
(1) La caracterización de las cuatro formas de capital está tomada de Pierre Bonnewitz, La sociología de Pierre Bourdieu, Buenos Aires, Nueva Visión, 2003, p. 47).
(2) Éxito escolar = “los beneficios específicos que los niños de las diferentes clases y fracciones de clase pueden obtener en el mercado laboral” (p. 213).
(3) Bourdieu se refiere a la obra de Gary Stanley Becker, Human Capital, New York, Columbia University Press, 1964. Becker, representante del liberalismo económico, colaboró con Milton Friedman; obtuvo el Premio Nobel de Economía en 1992 por “ampliar el dominio del análisis microeconómico a un mayor rango de comportamientos humanos fuera del mercado”. Bourdieu critica la tesis del capital humano, defendida por Becker. El núcleo de su crítica consiste en que los economistas dejan de lado “lo más oculto y determinante, en términos sociales, de las inversiones educativas: la transmisión doméstica del capital cultural.” (p. 214). Los economistas se interrogan por la rentabilidad de los gastos en educación para la “sociedad” en conjunto; o sobre la contribución de la educación a la “productividad nacional”. Bourdieu considera que se trata de una definición funcionalista, “que ignora el aporte que el sistema de enseñanza realiza a la reproducción de la estructura social al sancionar la transmisión hereditaria del capital cultural (...) ignora (...) que el rendimiento escolar de la acción escolar depende del capital cultural previamente invertido por la familia, y que el rendimiento escolar depende del capital social, también heredado, que puede ser puesto a su servicio.” (p. 214).
(4) El CC “es un ser devenido ser, una propiedad hecha cuerpo, devenida parte integrante de la persona, un habitus.” (p. 215).
(5) Bourdieu enfatiza que “el lazo entre el capital económico y el capital cultural se establece por intermediación del tiempo necesario para la adquisición”. (p. 217).
(6) Título escolar = “acta de competencia cultural que confiere a su portador un valor convencional constante, y jurídicamente garantizado, respecto de la cultura.” (p. 219).

(7) Es decir, “el poder de hacer ver y de hacer creer o, en una palabra, de hacer reconocer.” (p. 220).

domingo, 3 de septiembre de 2017

ENGELS SOBRE LA POLÍTICA DE LA CLASE OBRERA

La compilación Acerca del anarquismo y el anarcosindicalismo, publicada en 1976 (Moscú: Editorial Progreso), incluye escritos de Marx, Engels y Lenin. Se trata, por lo menos en lo que hace a los trabajos de Marx y Engels, de una obra sesgada, que pone el acento en los ataques al anarquismo y deja de lado obras fundamentales, como La guerra civil en Francia. Más allá del sesgo, contiene una serie de valiosas indicaciones sobre la concepción marxiana de la política y del partido. Continuo aquí la publicación de notas de lectura sobre la obra.



En carta a Cafiero (1), fechada el 1-3 de marzo de 1871, Friedrich Engels (1820-1895) formula una fuerte crítica a la política seguida por los bakuninistas en la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT a partir de aquí). Prefiero dejar de lado esta cuestión, cuyo tratamiento requiere un profundo conocimiento de la historia de la Internacional, del que carezco. Prefiero concentrarme en la definición del tipo de organización y de la política propuesta para la AIT, pues ambos temas son de utilidad para la teoría del partido revolucionario.

Engels desarrolla su punto de vista en estos pasajes:

“...nuestra Asociación es un centro de convergencia y de correspondencia entre las sociedades obreras de los distintos países que aspiran a un mismo fin, a saber: la protección, el progreso y la completa emancipación de la clase obrera (art. 1 de los Estatutos de la Asociación). Si las teorías especiales de Bakunin y sus amigos se limitaran a estos objetivos, no habría objeciones para aceptarlos como miembros y permitirles hacer cuanto pudieran para propagar sus ideas por todos los medios adecuados. En nuestra Asociación tenemos hombres de todo género: comunistas, proudhonistas, unionistas, tradeunionistas, cooperadores, bakuninistas, etc., e incluso en nuestro Consejo General hay hombres de opiniones bastante diferentes.

En el momento en que la Asociación se convirtiera en una secta, estaría perdida. Nuestra fuerza reside en la amplitud con que interpretamos el art. 1 de los Estatutos, a saber: que son admitidos todos los hombres que aspiran a la emancipación completa de la clase obrera. Por desgracia, los bakuninistas, con la estrechez de espíritu común a todos los sectarios, no se han considerado satisfechos con eso. El CG, según ellos, estaba compuesto de reaccionarios y el programa de la Asociación era demasiado inconcreto.” (p. 28; el resaltado es mío - AM-).

Esta larga cita merece varios comentarios.

En primer lugar, la AIT no era un partido de la clase obrera, es decir, una organización cuyo objetivo principal es la toma del poder. Se trataba de algo más amplio, propio de una etapa diferente en el desarrollo de la conciencia de clase de los trabajadores. De ahí el énfasis por agrupar a todas las tendencias del movimiento obrero y socialista de la época, siempre y cuando tuvieran por objetivo la emancipación de la clase trabajadora (quedaban fuera, por supuesto, el socialismo burgués, el socialismo conservador, etc.). El marxismo era una tendencia más y, por cierto, minoritaria en la AIT.

Dado el nivel de desarrollo de la conciencia política del proletariado europeo de la época, los objetivos primordiales eran, según Engels, la organización económica de los trabajadores (sindicatos) y la discusión y educación políticas (tendiente a la conformación de movimientos y partidos de la clase). En un contexto signado por la subordinación a los partidos de la burguesía (por ejemplo, el caso de las trade-unions en Gran Bretaña) y/o la incomprensión de los mecanismos de dominación de los capitalistas, el eje de la acción política tenía que pasar por la organización y la separación respecto a la ideología burguesa. Que una de las tendencias de la AIT se arrogase la superioridad sobre las demás implicaría desbaratar los gérmenes de organización y de evolución independiente, porque alejaría del núcleo de “elegidos” a la masa de los trabajadores.

En las condiciones de las décadas de 1860 y 1870, un programa “perfectamente revolucionario” (el bakuninismo tenía esa pretensión) obraría como un agente disgregador en el movimiento obrero. En términos gramscianos, Marx y Engels estaban desarrollando una política de hegemonía, para la cual eran necesarias paciencia, debate y educación por la práctica. Se intentaba acercar a las masas trabajadoras a la organización, para que dejaran de ser átomos sometidos al Capital, y luego desarrollar en paralelo, en el seno de dicha organización, una continua discusión-educación tendiente a potencia, a elevar, la conciencia de clase. Se trataba de dar el paso de una visión particular (sindical) a una visión general (política) de la sociedad.

En segundo lugar, a partir de lo anterior se comprende el significado del término secta, aplicado por Engels al bakuninismo. En el terreno político, una secta se caracteriza por la incapacidad para trascender los límites corporativos y elaborar una política (una estrategia de largo plazo) para el conjunto de la clase obrera y los demás sectores populares.

En tercer lugar, la “pureza revolucionaria” del programa no garantiza nada. La fraseología de ningún modo puede reemplazar a la acción (a la praxis) revolucionaria. Punto delicado, pues se corre el riesgo de caer en el oportunismo (el seguidismo de la coyuntura). El programa tiene que subordinarse (debe ser una herramienta) a la construcción de la hegemonía de la clase trabajadora.

“...el resultado principal de la acción de los bakuninistas ha consistido en crear la división en nuestras filas. Nadie ha puesto obstáculos a sus dogmas especiales, pero no se han dado por satisfechos con eso y han querido mandar e imponer sus doctrinas a todos nuestros miembros. Hemos resistido, como era nuestro deber; sin embargo, si aceptan existir tranquilamente al lado de nuestros otros miembros, no tenemos el derecho ni el deseo de excluirlos.” (p. 30).

En julio de 1871 (2) la actitud de los marxistas hacia los bakuninistas eran mucho más conciliatoria que en el período posterior (cuando los bakuninistas desataron una ofensiva por el control de la AIT). Aquí pueden destacarse una serie de cuestiones:

1) en la AIT participaban tendencias diferentes del movimiento obrero, varias de ellas claramente antagónicas;

2) como ya indicamos, la AIT no era un partido político, sino que constituía una organización mucho más flexible, que le permitía contener en su seno a corrientes tan diversas;

3) la AIT, objetivamente, cumplió la función de dinamizador del movimiento obrero europeo (y de iniciador en el ámbito extraeuropeo), permitiéndole levantar cabeza después de las derrotas de 1848/1849;

4) en ese contexto de derrota, pero también de fuerte desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales capitalistas, era necesario, según Marx y Engels, agrupar a los distintos sectores del movimiento en torno a la lucha por la emancipación del proletariado;

5) en el seno de la AIT debía darse una lucha ideológica, política y organizativa para construir la organización autónoma de la clase obrera. Cualquier tendencia que procurase imponerse dictatorialmente a las demás, debilitaba a los elementos conscientes del proletariado y alejaba a la masa de los trabajadores.

Ahora bien, aceptado lo anterior, pasada la etapa de aglutinamiento de los trabajadores en torno a la AIT (algo que no se logró ni siquiera en Gran Bretaña), la coexistencia de tendencias se volvía más compleja. Desde la perspectiva de Marx y Engels, la dificultad principal consistía en cómo conciliar desarrollo teórico con mantenimiento de la unidad. Al hablar de desarrollo teórico nos referimos a discusión y organización. Una organización tan laxa, tan flexible, como la AIT, no podía sobrevivir a la consolidación teórica (entendida aquí como predominio del marxismo). El problema era, y es, como aunar desarrollo teórico con el crecimiento de la fuerza de masas de la organización. En este sentido, resulta especialmente útil revisar la experiencia de la AIT.


Villa del Parque, domingo 3 de septiembre de 2017




NOTAS:
(1) Transcribo los datos biográficos proporcionados por la editorial Progreso en la edición que estamos comentando: CAFIERO, Carlos. (1846-1892). Participante del movimiento obrero italiano y miembro de la AIT. En 1871 aplicó en Italia la política del Consejo General. Desde 1872 fue uno de los dirigentes de las organizaciones anarquistas italianas, pero a fines de los años ‘70 se apartó del anarquismo. En 1879 editó una adaptación del Libro Primero de El Capital, de Marx.

(2) A fines de mayo había sido aplastada la Comuna de París, primer gobierno de la clase trabajadora. El Estado francés, seguido posteriormente por los demás Estados europeos, responsabilizó a la AIT por la insurrección. A partir de allí se inició una persecución sistemática sobre la Asociación.