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jueves, 31 de julio de 2014

MARX Y EL ESTADO: APUNTES SOBRE EL PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1872 DEL MANIFIESTO COMUNISTA

“No se puede pinchar con alfileres
lo que debería destruirse a mazazos.”
(Karl Marx, 25 de enero de 1843)

Es imposible comprender el marxismo sin tomar en cuenta la experiencia de lucha del movimiento obrero. Hablar de marxismo académico es, por ello, un oxímoron. La obra de Marx, lejos de ser una producción meramente intelectual, signada por las lecturas de otros autores y por la interpretación marxiana de esas lecturas, está ligada a la militancia política de su autor y a la necesidad de dar una respuesta adecuada a las luchas obreras. La complejidad de los problemas tratados, la enormidad de la producción teórica de Marx, obedecen a la ligazón entre dicha producción y el movimiento obrero.

La Comuna de París (1871), el primer gobierno obrero de la historia, representó un hito en el pensamiento de Marx. Sobre todo, significó una modificación sustancial su teoría del Estado. Hasta 1871, Marx pensaba que los revolucionarios tenían que apoderarse del Estado y utilizarlo para la transformación socialista de la sociedad. Ahora bien, la Comuna dio por tierra con esta concepción. En un contexto muy particular (Francia había sufrido una derrota completa frente al ejército prusiano y París se encontraba rodeada por los alemanes), los comuneros destruyeron el aparato represivo del Estado burgués mediante la supresión del ejército y la policía, y lo reemplazaron por el armamento general del pueblo. Además, al establecer el principio del carácter revocable de los mandatos de los funcionarios y al asignarles a éstos salarios de obreros, la Comuna dio un duro golpe al aparato burocrático, que había funcionado hasta ese momento como herramienta de la dominación de clase de la burguesía, pero también como un instrumento dotado de intereses propios, que sojuzgaba al conjunto de la nación. En otras palabras, la Comuna mostró de manera práctica que el Estado burgués es burgués no solamente porque defiende los intereses generales de la burguesía, sino porque sus instituciones están modeladas a imagen y semejanza de la burguesía. Marx tomó nota de esto y desarrolló la tesis de que la revolución socialista requería transformar radicalmente el Estado para poder llevarse a cabo. Ya no bastaba con apoderarse del aparato estatal; había que convertirlo en algo totalmente diferente, y para ello había que empezar por destruir los organismos especializados en la represión (el ejército y la policía).

Marx desarrolló esta nueva concepción del Estado en su obra La guerra civil en Francia (1871), título que recibió el documento de la Asociación Internacional de Trabajadores referido a los sucesos de la Comuna. Pero también se encuentra presente en otros textos del período. En 1872 apareció una nueva edición alemana del Manifiesto Comunista. El prefacio fue redactado por Marx y Engels. El momento en que aparece esta edición es importante. Por un lado, la experiencia de la Comuna estaba a la vuelta de la esquina, pues hacía apenas un año que esta había sido aplastada por el ejército francés; referirse a la Comuna era una manera de reivindicar la toma del poder por la clase obrera, enfatizando así el carácter revolucionario del socialismo. Por otro lado, esta edición marca el comienzo de una serie de reediciones del Manifiesto, que acompañaron el crecimiento del movimiento socialista en las décadas del ’70 y del ’80 del siglo XIX.

En el prefacio mencionado, Marx y Engels señalaron la vigencia de las tesis del Manifiesto:

“Aunque las condiciones hayan cambiado mucho en los últimos veinticinco años, los principios generales expuestos en este «Manifiesto» siguen siendo hoy, en su conjunto, enteramente acertados. Algunos puntos deberían ser retocados. El mismo «Manifiesto» explica que la aplicación práctica de estos principios dependerá siempre, y en todas partes, de las circunstancias históricas existentes.” (p. 8).

En otras palabras, las afirmaciones teóricas contenidas en el Manifiesto seguían siendo consideradas correctas por sus autores en 1872. Estaban envejecidas, en cambio, las partes “prácticas” del texto. Marx y Engels hacen referencia, en especial, a las diez medidas de gobierno incluidas en el final del capítulo II (pp. 62-63) (1). Es interesante remarcar la razón del envejecimiento de estas medidas: los autores consideran que las políticas concretas dependen siempre de las “circunstancias históricas existentes”. Esto muestra, una vez más, la falsedad de la concepción que considera que el marxismo es dogmático.

En el Manifiesto, los revolucionarios tenían que apoderarse del Estado para poner en marcha la transformación de la sociedad:

“El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás proletarios: constitución de los proletarios en clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del Poder político por el proletariado.” (p. 52; el resaltado es mío).

A partir de la conquista del Estado,

“El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas.” (p. 62).

Así, todas las medidas revolucionarias formuladas en el Manifiesto giran en torno al Estado, claro que con la salvedad de que ese Estado es concebido como expresión del proletariado “organizado en clase dominante”. En 1848 Marx y Engels no decían nada acerca de la transformación de la forma de las instituciones estatales. El hecho mismo de la revolución, el cambio en el contenido de clase del Estado (el pasaje del poder de manos de la burguesía al proletariado), parece resolver todos los problemas políticos de la revolución.

En 1872, el Estado burgués, su forma y no sólo su contenido de clase, es el problema fundamental de la revolución una vez conquistado el poder. Marx y Engels vuelven aquí a la tesis desarrollada en La guerra civil en Francia:

“La Comuna ha demostrado, sobre todo, que «la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines»” (p. 8) (2).

A despecho de tantos “progresistas” actuales, que sostienen que el Estado es la solución para todos los males de la sociedad, Marx y Engels veían en el Estado un problema antes que un remedio. Es por esto que no basta con la conquista del poder político, sino que es precisa la transformación misma de la forma de ese poder, comenzando por la eliminación de su aparato represivo. Este punto es central si se quiere comprender la noción de dictadura del proletariado, que posee tan mala prensa en nuestros días. (3) Para Marx y Engels, esta dictadura no es otra cosa que la dominación de la clase obrera organizada como clase autónoma, independiente de la burguesía. La dictadura implica, por un lado, la profundización de la democracia, eliminando en la mayor medida posible a la burocracia mediante el imperio de la revocabilidad del mandato de los funcionarios públicos; por otro, la anulación de la represión a cargo de aparatos específicos (supresión de la policía y del ejército), para evitar que esa dictadura se convierta en el gobierno de una casta de funcionarios o del partido mismo en contra de la clase trabajadora.

El prefacio de 1872 es importante, pues, porque Marx y Engels marcan expresamente que las tesis políticas del Manifiesto tienen que ser corregidas en base a la experiencia de la Comuna de París. Y señalan explícitamente que esa corrección debe darse en lo que hace al Estado y a su transformación en la revolución socialista. Aquí, como en tantas otras partes, los clásicos se muestran infinitamente más actuales que muchos “izquierdistas” contemporáneos, que creen que el Estado es la piedra filosofal.


Villa del Parque, jueves 31 de julio de 2014


NOTA BIBLIOGRÁFICA:


Las citas del Manifiesto Comunista han sido tomadas de la siguiente edición: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1986). [1° edición: 1848]. Manifiesto del Partido Comunista. Buenos Aires: Anteo.


NOTAS:

(1)  “Este pasaje tendría que ser redactado hoy de muy distinta manera, en más de un aspecto. Dado el desarrollo colosal de la gran industria en los últimos veinticinco años, y con éste, el de la organización del partido de la clase obrera, dadas las experiencias, primero, de la Revolución de Febrero [de 1848], y después, en mayor grado aún, de la Comuna de París que eleva por primera vez al proletariado, durante dos meses, al Poder político, este programa ha envejecido en algunos de sus puntos.” (p. 8).

(2)  El profesor José Castillo escribe al respecto: “Sabemos (…) que Marx en la edición de 1872 va a hacer la acotación de que el proletariado no puede simplemente tomar la máquina del poder estatal y ponerla a funcionar para su propio beneficio, sino que debe destruirla y reemplazarla por otro aparato de dominación.” (Castillo, José Ernesto, “La genealogía del Estado en Marx”, en Thwaites Rey, Mabel Cristina. (2007). Estado y marxismo: Un siglo y medio de debates. Buenos Aires: Prometeo Libros, p. 50.).

(3)  Respecto a la cuestión de la dictadura, es conveniente indicar que el concepto no era concebido en el siglo XIX como en el siglo XX: “En el siglo XIX, la palabra «dictadura» evoca la institución romana de un poder de excepción, debidamente mandatado y limitado en el tiempo para enfrentar una situación de urgencia. Se opone a la «tiranía» en cuanto ésta tienen de arbitrario. Marx la utiliza en este sentido en La Guerra Civil en Francia.” (Bensaïd, Daniel. (2011). Marx ha vuelto. Buenos Aires: Edhasa, p. 83). Resulta cuanto menos “curioso” que muchos de los críticos del Marx “autoritario” dejen de lado el análisis del significado del concepto de dictadura.


domingo, 27 de julio de 2014

SOBRE EL ABUSO DEL CONCEPTO DE NEOLIBERALISMO: ARTEMIO LÓPEZ Y SU INTERPRETACIÓN DE LAS RECIENTES LUCHAS OBRERAS

El sociólogo Artemio López publicó un breve artículo dedicado al análisis de los conflictos obreros del primer semestre de este año. Los puntos de vista expuestos por López son lo suficientemente característicos como para merecer un comentario. López adopta la postura oficial (del kirchnerismo) frente a las luchas de los trabajadores, claro que dándole un barniz sofisticado y sustentado en material estadístico.

El argumento de López puede resumirse así. Los partidos trotskistas (en todo el artículo no menciona a ningún partido en particular, ni tampoco al FIT – Frente de Izquierda y los Trabajadores -) se montan sobre los conflictos obreros con el objetivo de desestabilizar al gobierno y obtener rédito en vista a las elecciones de 2015. En esta tarea, el trotskismo cuenta con el apoyo de los medios de comunicación concentrados, quienes aprovechan la volada para generar un clima de desorden social. López califica de “neoliberalismo trotskista” a esta política y refuta la existencia de una verdadera conflictividad social a partir de los datos estadísticos proporcionados por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social: “Comparado con mayo de este año y en la comparación interanual respecto a junio de 2013, en junio de 2014 se observó el 18% y el 7% menos de conflictos laborales respectivamente y con menor involucramiento de trabajadores en huelga en el ámbito privado (-29%) y mayor participación en el ámbito estatal (128%) por motivos muy puntuales que se señalarán a continuación.” López atribuye la disminución relativa de los conflictos laborales a la paulatina resolución de las convenciones colectivas de trabajo. Esta es, según López, la gran diferencia respecto a los primeros meses del año, donde la conflictividad era mayor.

En síntesis, “los datos y no las opiniones (todas muy respetables, desde ya) permiten entonces sostener una desmentida más al sistema de medios opositores en general y a la oposición política apocalíptica en particular, y muy especialmente al neoliberalismo trotskista, siempre dispuesto a la utilización abyecta de las necesidades reales de los trabajadores para ganar visibilidad mediática y luego pasar la gorra electoral mendigando votos mientras advierten que, como todos somos testigos privilegiados, nos encaminamos aceleradamente al socialismo a partir del año 2015.

La refutación completa del argumento de López exige una revisión de las estadísticas del Ministerio de Trabajo. Como carezco de tiempo y espacio para emprender aquí esta tarea, me concentraré en la crítica de un par de falencias del artículo de Artemio, pues a mi juicio son suficientes para descartar la argumentación general. Dejaré de lado, además, el planteo de la conexión entre su argumento y la política del kirchnerismo para el movimiento obrero. Quien desee conocer mi opinión sobre la misma puede revisar alguno de los artículos publicados recientemente en este blog.

López hace un uso abusivo del término “neoliberalismo”. Dicho uso se entronca con una confusión habitual acerca del significado del neoliberalismo en tanto etapa del desarrollo del capitalismo. Sin pretender abordar en toda su complejidad la cuestión, el neoliberalismo surgió a mediados de los años ’70 y fue una respuesta integral (política, económica e ideológica) a la crisis experimentada por el capitalismo desde finales de los años ’60. La condición de posibilidad del neoliberalismo fue la derrota del movimiento obrero. En este sentido, el neoliberalismo es sinónimo de derrota de los trabajadores y de ofensiva del capital. Esta cuestión es omitida por el “progresismo”, que suele asociar el neoliberalismo a la reducción de la intervención estatal en la economía, omitiendo toda referencia a la derrota del movimiento obrero. De este modo, los “progresistas” pueden afirmar que el neoliberalismo ha sido superado toda vez que aumenta la injerencia estatal en el proceso económico, sin necesidad de modificar la legislación laboral (la “flexibilización”) aprobada durante la etapa neoliberal.

Si se deja de lado la interpretación “progresista” y se asume que existe una conexión indisoluble entre neoliberalismo y derrota de los trabajadores, la tesis del “neoliberalismo trotskista” postulada por López resulta inadmisible. Sea como sea que se caractericen las recientes luchas obreras (sobre todo las llevadas a cabo en la industria automotriz), todas ellas forman parte de un proceso de resistencia del trabajo frente a las exigencias del capital. Lejos de ser una manifestación de “neoliberalismo”, intentan poner un límite a la capacidad de maniobra del capital al interior del proceso de producción, limitando, por ejemplo, la potestad de éste para fijar despidos y suspensiones de trabajadores. Por el contrario, el neoliberalismo implicó un fortalecimiento fenomenal de dicha capacidad de maniobra. Al hablar de “neoliberalismo trotskista”, López no aporta nada nuevo al conocimiento del neoliberalismo y produce, en cambio, una mayor confusión tanto sobre el sentido del neoliberalismo como sobre el contenido de las recientes luchas obreras.

Pero el argumento de López adolece de otra falencia, producto, a mi juicio, de su interés por descalificar la acción de la izquierda en el movimiento obrero. Artemio toma nota de la “situación crítica que afecta a la industria automotriz”, cuyos indicadores son los despidos y suspensiones de público conocimiento. Sin embargo, ignora prolijamente el significado de los despidos y suspensiones en un contexto signado por la inflación. Para un trabajador asalariado, ser despedido o suspendido marca la diferencia entre ser y no ser. Sin salario no puede mantenerse una familia, de ahí la tremenda importancia que asume la pérdida del mismo, ya sea por despido (caso más terrible) o por suspensión; de ahí la resistencia de los trabajadores frente a esas medidas. Esto, que es una obviedad, resulta ininteligible para Artemio, quien prefiere atribuir todo el problema a la acción de pinzas entre el activismo obrero (el “neoliberalismo trotskista”) y los medios de comunicación concentrados. En este punto, todo el análisis de López se transforma en una chicana contra las luchas obreras, perdiendo todo carácter científico.

El artículo de López deja de lado, tal vez por exigencias de espacio, dos hechos particularmente importantes. Por un lado, el paro nacional del 10 de abril, que mostró tanto el descontento con el deterioro del salario real como la capacidad del movimiento obrero para paralizar la actividad económica. Por otro lado, las huelgas nacionales de los bancarios, cuya extensión fue muy superior a las medidas de años anteriores. En ambos casos no puede hablarse de “neoliberalismo trotskista”, y sí de una conjunción de factores entre los cuales el más significativo es el peso de la inflación sobre el salario real.

El término “neoliberalismo trotskista” puede ser útil como chicana fácil, pero dice poco y nada acerca de la situación de los trabajadores argentinos en 2014. Gracias al uso de ese concepto, López puede dejar de lado cuestiones tales como la ofensiva del sindicalismo peronista (kirchnerista), en estrecha alianza con las patronales, para eliminar a los militantes combativos. En este sentido, el secretario general del SMATA (el sindicato de los trabajadores de la rama automotriz), Ricardo Pignanelli fue claro, al jactarse de que ya no existían delegados izquierdistas en el sindicato. Al poner el acento en el “trotskismo”, López aporta su granito de arena a la campaña contra la militancia de base en el movimiento obrero. Una vez más, en una situación de crisis, el “progresismo” se da la mano con la patronal y con los exponentes más reaccionarios del movimiento obrero.

Villa del Parque, domingo 27 de julio de 2014


sábado, 26 de julio de 2014

EL PADRE MUGICA Y EL PERONISMO: COMENTARIOS SOBRE UNA ENTREVISTA

NOTA ACLARATORIA:

Publico a continuación un pequeño texto escrito hace varios años atrás. En su origen, se trataba de unos apuntes sobre una entrevista al sacerdote Carlos Mugica. La entrevista databa de 1972, año clave en el período de crisis política abierto por el Cordobazo en 1969.

Este año se celebró, con pompa y circunstancia en la televisión pública, el 40° aniversario del asesinato de Mugica. No podía ser de otra manera. Sin pretender formular un juicio definitivo (no soy quien para hacerlo), considero que la figura de Mugica es políticamente correcta: perteneciente a una familia acomodada, abrazó la causa de los pobres, pero no la de la clase obrera clasista (valga la redundancia); simpatizante del peronismo sin ser peronista; vocación de mártir de la causa de los oprimidos, a la vez que enemigo de la violencia. Estas y otras razones hacen de Mugica una personalidad simpática, digerible, capaz de formar parte de una historia acomodada al paladar de nuestras clases medias.

La entrevista analizada muestra tanto los límites políticos de Mugica (su énfasis en las categorías de “pobres” y “oprimidos”, su alejamiento relativo de la clase trabajadora, el actor popular más importante en la Argentina del período 1969-1976 – para no extendernos al período anterior -, su seguidismo de la figura de Perón) como los de los sectores eclesiásticos radicalizados. Vaya pues, sin más preámbulo, el texto prometido.



El presente trabajo está basado en un reportaje que le fuera realizado al padre Carlos Mugica (1930-1974) por un periodista de la revista EXTRA[1], en noviembre de 1972, luego del viaje de Mugica con la comitiva que acompañó al general Juan Domingo Perón (1895-1974) al regresar éste a la Argentina.

En el reportaje a Mugica aparecen tres cuestiones fundamentales: a) el papel jugado por los curas de izquierda en la Iglesia argentina de fines de los ’60 y comienzos de los ’70; b) el progresivo acercamiento al peronismo de vastos sectores de las capas medias, que habían sido furiosamente antiperonistas en el período 1945-55; c) la enorme importancia política adquirida por la figura de Perón, capaz de aglutinar detrás de sí a sectores con intereses disímiles. A continuación se examinará cada una de estas cuestiones.

La Iglesia argentina fue a lo largo de su historia una institución profundamente conservadora, aún tomando como criterio a sus pares de otros países latinoamericanos. A principios de la década del ’60 hubiera sido muy difícil predecir que esta institución sufriría un proceso de radicalización que llevaría a que una parte de sus integrantes asumieran posiciones ligadas a la defensa de los explotados y a favor de la transformación social.

En este proceso hay que distinguir dos momentos, que confluyeron hacia finales de los ’60, dando origen al MSTM (Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo), la expresión más consecuente de las tendencias radicales en el seno de la Iglesia católica argentina[2]. Por un lado, la Iglesia se vio sacudida por los profundos cambios sociales experimentados por el mundo capitalista entre las décadas del ’50 y del ’60, y por el avance de los movimientos de liberación nacional y las organizaciones socialistas. El mundo parecía estar virando hacia la izquierda y la Iglesia estaba quedando retrasada, experimentando tanto una sangría de fieles como una pérdida de credibilidad y de influencia. En América Latina, el influjo de la Revolución Cubana (1959) y el consiguiente auge de los movimientos revolucionarios, pusieron en discusión el statu quo, del cual la Iglesia era garante privilegiado. Frente a esta situación, una parte de la jerarquía eclesiástica asumió que eran necesarias reformas, so pena de perder su influencia social. La década del ’60 fue, entonces, la década del reformismo al interior de la Iglesia, encarnado sobre todo en el Concilio Vaticano II (1962-65), en el que jugó un papel clave el papa Pablo VI (1897-1978; papa entre 1963 y 1968). En el contexto latinoamericano, el reformismo tuvo su expresión en los documentos de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (1968, Medellín).

Por otra parte, la radicalización de la Iglesia, en el caso argentino, tiene que enmarcarse en un proceso más general dado por el paulatino acercamiento de las clases medias al peronismo. El golpe de 1955 derrocó a Perón e instauró un régimen político en el que el peronismo estaba proscripto, impidiéndosele su misma existencia como partido político. Esta situación de proscripción no fue levantada por los sucesivos gobiernos civiles que sucedieron a la autodenominada “Revolución Libertadora”, quienes sistemáticamente organizaron elecciones en las que la mayoría de la población quedaba excluida de votar a sus candidatos. La proscripción del peronismo en el período 1955-73 generó una situación cada vez más explosiva, puesto que limitaba enormemente la legitimidad del sistema político y, a la vez, empujaba al peronismo hacia una radicalización potencialmente muy peligrosa, dado que continuaba siendo la fuerza hegemónica en el movimiento obrero organizado. En este sentido, la dictadura instaurada por el general Juan Carlos Onganía (1914-1995) en 1966, al suprimir todos los partidos y organizaciones políticas, llevó al paroxismo los efectos de la proscripción del peronismo, dejando a los sectores populares sólo la insurrección y la lucha armada como únicas herramientas posibles de lucha política (al obturar todos los otros canales de participación política). Hay que tener en cuenta que este proceso de acercamiento al peronismo fue acelerado, también, por el impacto del programa económico del ministro de Onganía, Adalbert Krieger Vasena (1920-2000), quien impulsó una reestructuración de la economía argentina en beneficio de los sectores del capital transnacional. Esta política, llevada adelante entre 1967 y 1969, contribuyó, independientemente de sus logros en términos de indicadores macroeconómicos, a aumentar el aislamiento de la dictadura, pues afectó a los sectores de las clases medias, a la burguesía agraria, a los pequeños y medianos industriales. En este contexto, el peronismo proscripto comenzó a aparecer cada vez más como la alternativa nacional frente al programa “entreguista” de la dictadura. Perón vio aumentada su influencia política.

El Cordobazo (mayo de 1969) marcó el comienzo del fin para Onganía y abrió un período marcado por el auge de los movimientos populares y por surgimiento de una corriente clasista en el movimiento obrero y por la aparición y desarrollo de las organizaciones guerrilleras. El general Alejandro Agustín Lanusse (1918-1996) asumió la presidencia en 1971 e inició una política dirigida a legalizar la actividad política para neutralizar a los grupos revolucionarios. En este punto, se planteó nuevamente la cuestión de la proscripción del peronismo. Lanusse, a pesar de su visceral antiperonismo, comprendió que era imposible seguir manteniendo dicha proscripción, bajo el riesgo de que la crisis política terminara en una situación revolucionaria que pusiera en riesgo al mismo sistema capitalista. De ahí que comenzara una larga negociación con Perón, tendiente tanto a la inclusión del movimiento peronista en el sistema político como al establecimiento de límites para un peronismo gobernante. Perón manejó con maestría la negociación, utilizando a las organizaciones armadas peronistas como elemento de presión en la negociación. En noviembre de 1972 Perón viajó a la Argentina, acompañado por dirigentes políticos, sindicales y económicos, y por figuras de la cultura, con el objetivo de mostrarle a Lanusse que estaba en condiciones de regresar al país y asumir las riendas del gobierno.

En este marco tiene que ser analizada el reportaje a Carlos Mugica. Hay que tener presente que Mugica expresaba en su acción la confluencia de las dos tendencias mencionadas arriba. Proveniente de una familia acomodada y de actitud vagamente antiperonista en la primera mitad de los ’50, Mugica, a partir de su acción en la villa miseria de Retiro, se fue acercando tanto a los pobres como al peronismo. En su concepción, marcada por el compromiso hacia los que menos tienen (tal como era concebido por el radicalismo eclesiástico de la década del ’60), el peronismo aparecía como la expresión política de los sectores populares, y por lo tanto debía ser acompañada si se quería continuar junto a los pobres. Así, en un pasaje del reportaje, Mugica dice:

“Nosotros hemos estado presentes [En el avión que trajo de regreso a Perón] no porque seamos peronistas, sino porque somos sacerdotes, porque entendemos perfectamente que como sacerdotes, siempre los pobres deben encontrar en nosotros una solidaridad definitiva.”

En otras palabras, Mugica apoya al peronismo porque lo identifica con los pobres. En su concepción, la Iglesia argentina había cometido el error de apoyar el derrocamiento de Perón en 1955, alejándose de los pobres. Mediante su compromiso procuraba, por tanto, reparar ese error histórico. Adhiriendo a las concepciones del MSTM, Mugica afirma que sólo mediante la cercanía a los pobres es posible cumplir el mandato evangélico:

“Jesucristo nuestro señor fue pobre y vivió siempre junto a los pobres, aunque luchó por la liberación de todos, pero desde los pobres; y pienso que la perspectiva de un sacerdote —hoy— debe ser desde los pobres. A partir de los pobres debe amar a todos.”

Esta posición abría un abismo entre Mugica (y los sacerdotes del MSTM) y la jerarquía eclesiástica. El compromiso con los pobres acercó a Mugica a los jóvenes que comenzaban a buscar respuestas por fuera de las formas de acción política tradicionales, y que planteaban la necesidad de la lucha armada a partir del ejemplo de la Revolución Cubana y la clausura de todos los canales de participación por la dictadura de Onganía. Aunque Mugica no militó en Montoneros ni en ninguna de las organizaciones armadas peronistas, su influencia fue fuerte en las mismas, al resaltar la necesidad del compromiso con los sectores populares y los desposeídos.

Mugica, quien como él mismo expresó, no era peronista, estaba profundamente convencido a finales de 1972 de que Perón debía ser presidente, porque esta era la voluntad de los sectores populares:

“Pienso que el regreso del general Perón puede ser prenda de paz porque el justicialismo y el peronismo son ansia profunda de justicia; y lo que más me impresionó, no sólo en el avión sino también en los hermanos de la villa, es que en este momento no hay el menor ánimo de revancha. (…) Me preguntaban si yo sabia cuánto tiempo se iba a quedar Perón. La gente quiere que se quede... la gente quiere que Perón sea presidente.”

En este pasaje queda claro la enorme influencia alcanza por Perón. Hay que recordar que el peronismo había sido un movimiento proscripto desde 1955 y que a principios de la década del ’60 su influencia había quedado reducida al movimiento obrero. En cambio, a finales de 1972 la mayoría de la sociedad argentina apoyaba el retorno de Perón a la presidencia, ya sea porque pensaban que encarnaba el proyecto revolucionaria y transformador, ya sea porque lo consideraban la expresión del nacionalismo, ya fuera porque creían que se trataba de la única garantía de orden en el contexto del crecimiento de las organizaciones revolucionarias. Esta transformación sólo puede entenderse como consecuencia de los efectos no queridos de la proscripción del peronismo, y como el efecto de las políticas económicas de Onganía y la habilidad táctica de Perón en la negociación con Lanusse. Sin embargo, y esto se vio claramente a partir de la asunción de Perón como presidente en 1973, este consenso en torno a su figura era sumamente débil y estaba limitado a las peculiares condiciones del período 1966-73.

La “esperanza” en Perón, a la que alude Mugica en el reportaje, terminó por eclipsarse lentamente a medida que Perón arremetía contra la izquierda de su movimiento, y la política económica de José Ber Gelbard (1917-1977) demostraba impotencia para hacer frente a la crisis internacional. En definitiva, la ilusiones de un retorno a la época dorada de 1946 se dieron de bruces contra una realidad muy diferente.


Villa del Parque, sábado 26 de julio de 2014


Fuente consultada:

Mugica, Carlos. (1972). “Fui porque soy cura”. Reportaje concedido a la revista Extra. Disponible en: www.magicasruinas.com.ar/revdesto053.htm

Bibliografía consultada:

Bresci, Domingo, comp. (1994). Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Buenos Aires: Centro de Estudios San Juan Bosco, Centro Nazaret y CEHILA.
Cavarozzi, Marcelo. (1984). Democracia y autoritarismo: 1955-1983.  Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.
Dri, Rubén. (1987). La Iglesia que nace del pueblo. Buenos Aires: Nueva América.
Lanusse, Alejandro. (1977). Mi testimonio. Buenos Aires: Lasserre Editores.
Lanusse, Lucas. (2006). Montoneros: El mito de sus doce fundadores. Buenos Aires: Vergara.
O’Donnell, Guillermo. (1982). 1966-1973. El estado burocrático autoritario. Buenos Aires: Editorial de Belgrano.
Pontoriero, Gustavo. (1991). Sacerdotes para el Tercer Mundo. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.
Seisdedos, Gabriel. (1999). Hasta los oídos de Dios. La historia de los sacerdotes para el Tercer Mundo. Buenos Aires: San Pablo.



NOTAS: 
[1] Revista política editada en Buenos Aires. Su director fue Bernardo Neustadt (1925-2008). Se publicó desde julio de 1965 hasta mayo de 1989.
[2] Para el MSTM, consultar Dri (1987), Bresci (1994), Pontoriero (1991)  y Seisdedos (1999).

lunes, 21 de julio de 2014

LA LARGA MARCHA DESDE JAURETCHE AL MODELO AGROEXPORTADOR: EL KIRCHNERISMO Y EL ACUERDO COMERCIAL CON CHINA

Los intelectuales “progresistas” que acompañan al kirchnerismo utilizaron la expresión “batalla cultural” (o “revolución cultural”) para designar al proceso por medio del cual se avanzaría hacia la “emancipación nacional y social”. Según estos intelectuales, muchos de ellos provenientes del viejo PC (Partido Comunista) argentino, la correlación de fuerzas era desfavorable para los sectores populares, de modo que resultaba imposible confrontar en el plano político o económico con las “corporaciones”. La única lucha posible era la “cultural”. A partir de una interpretación de la obra de Gramsci, en la que dejaban de lado la cuestión del poder en el lugar de producción, consideraban que era posible y necesario comenzar pugnando por la “hegemonía cultural”, pues era el único terreno en donde era posible enfrentar a las corporaciones sin poner en peligro la estabilidad democrática. Por último, estos “progresistas” concebían al kirchnerismo como un movimiento nacional y popular, ya sea como una continuación del viejo peronismo o como un nuevo movimiento histórico.

Ahora bien, hablar de “batalla cultural” era rentable, pues permitía acceder a cargos en el aparato estatal y/o en los medios oficialistas, sin afrontar ninguno de los rigores de la lucha política (cabe recordar que el kirchnerismo, a diferencia del peronismo del período 1955-1973, tenía el control del aparato estatal) y sin exigir demasiado a las neuronas, pues la batalla por la “hegemonía” podía librarse en los ámbitos más inofensivos, sin perturbar las ganancias de los empresarios durante la “década ganada”. La cuestión se complicaba, en cambio, cuando estos intelectuales tenían que adoptar definiciones en el terreno económico. El kirchnerismo representó la salida capitalista a la crisis de 2001 y se apoyó tanto en la devaluación emprendida por el duhaldismo como en la legislación laboral sancionada por el menemismo. Las ganancias empresariales a lo largo del período 2003-2014, acompañadas por la persistencia de la precarización laboral y la profundización de la desigualdad social, impedían hablar abiertamente de una economía orientada hacia la “emancipación nacional y social”. Pero los intelectuales “progresistas” y los peronistas recurrieron a un viejo comodín para evitar referirse a los aspectos desagradables del modelo. El crecimiento económico promovido por el kirchnerismo estaba dirigido a fortalecer a la “burguesía nacional”, paso imprescindible para poder avanzar hacia la “liberación nacional”. Las ganancias empresarias eran justificadas en función del desarrollo de dicha burguesía. Que se tratara de un “capitalismo de amigos” (la expresión es de los mismos kirchneristas), dedicados a enriquecerse a como diera lugar, carecía de importancia para los intelectuales “progresistas”, fascinados con supuesto renacimiento del movimiento nacional y popular.

Muy pronto la “burguesía nacional” demostró ser muy poco nacional. Como sucedió otras veces en la historia, la burguesía argentina se dedicó a los negocios con ganancias rápidas, a fugar capitales y a vivir a costa de los subsidios estatales. El crecimiento sostenido se terminó transformando en un estancamiento sostenido y la tasa de inversión disminuyó en vez de incrementarse.

El capitalismo argentino se ve obligado a una nueva reestructuración para salir de la crisis. Para los intelectuales la cuestión era peliaguda, porque la “burguesía nacional” se había diluido en la nada y el Estado nacional carecía de recursos para impulsar un proceso de inversión de la magnitud necesaria para la reconversión del modelo de acumulación. ¿Qué hacer? El camino obvio para los kirchneristas era recurrir a la inversión extranjera. Pero esto no era tan fácil de digerir para los intelectuales que se habían cansado de pregonar la “liberación nacional y social”.

Hernán Brienza, quien siempre se ha distinguido por su falta de escrúpulos y por su obediencia a los mandatos de la “Jefa” (Cristina Fernández), aporta la solución en un artículo publicado en la edición dominical del diario kirchnerista Tiempo Argentino (20/07/2014). Dicho de modo sintético, Brienza propone volver al modelo agroexportador, cambiando en este caso a Inglaterra por China en el rol de país que compra los alimentos producidos por Argentina y quien provee a este país de los bienes manufacturados. Con esta sola propuesta cancela definitivamente a la “burguesía nacional” y a la idea misma de una política medianamente autónoma en el plano internacional.

Démosle la palabra al amigo Brienza:

La tesis de Tulio Halperín Donghi sobre la inviabilidad de Argentina tras el derrumbe del Imperio Británico en el período de entreguerras tiene cierto fundamento. Si bien Mario Rappoport demostró que la economía argentina creció mucho más entre 1930 y 1980 que en los períodos sumados del modelo agroexportador (1860-1930) y el neoliberal (1980-2002), la inserción en el comercio internacional siempre fue dificultosa tras el derrumbe de Inglaterra. La razón es sencilla: Gran Bretaña, como Imperio, tenía una economía complementaria con Argentina; Estados Unidos, competitiva.
Hoy, después de muchas décadas, nuestro país tiene una oportunidad única. La potencia que va en camino a convertirse en la principal economía del mundo es complementaria a la nuestra. China necesita para alimentar a sus 1400 millones de habitantes, los productos que Argentina exporta con ventajas relativas: proteínas.

O sea, la “década ganada” volvió a parir el modelo agroexportador. Para quienes no lo recuerden, conviene decir que este modelo designa la relación entre Argentina y el Imperio Británico entre 1880 y 1930. En este período, nuestro país exportó trigo y carne a Inglaterra; a cambio, recibíamos productos manufacturados británicos. Es claro que la posición de Argentina en este proceso era dependiente. Nuestra burguesía se fortaleció al calor de esta relación, sin que en ningún momento se propusiera desafiar a los intereses ingleses. El período agroexportador demuestra con toda crudeza que la burguesía no tiene patria o, mejor dicho, que su lealtad a la patria está condicionada por la búsqueda de mejores ganancias. Este periodo también se caracterizó por la violencia con que fueron reprimidas las protestas obreras. Este hermoso modelo (al día de hoy reivindicado en medios tradicionales de la burguesía argentina como es el diario La Nación), es el que viene a proponernos ahora el amigo Brienza. Nuestro periodista podrá ser muchas cosas, pero es sobre todo un auténtico caradura. Sólo así puede entenderse el salto dialéctico que realiza al reclamar la vuelta al modelo agroexportador, después de haber llenado páginas y páginas de loas al pensamiento “nacional”.

La desfachatez de Brienza llega al extremo de apoyarse en palabras del empresario Franco Macri para justificar su opinión sobre el modelo agroexportador:

En este punto, sólo cabría agregar una oportuna declaración del empresario Franco Macri, quien sostuvo con precisión: "Nosotros hemos sido casi siempre súbditos y no aliados de Estados Unidos y de Inglaterra. De China somos aliados, y algunos no lo pueden entender. Nosotros con la infraestructura hemos perdido –de Frondizi hasta acá– el tren todo el tiempo, y necesitamos hacer de todo. No venimos atrasados del actual gobierno. El actual gobierno ha continuado y Néstor Kirchner ha tenido una visión muy importante de todo esto. Pero estamos años atrasados." 

Que Brienza tenga que recurrir al testimonio de Franco Macri, un empresario enriquecido gracias a los subsidios estatales, para abrochar su argumento, es un indicador de la crisis del pensamiento “nacional y popular”. Que acepte este testimonio en el sentido de que la relación entre Argentina y China será de alianza y no de subordinación es un chiste de mal gusto. Pero Brienza persevera y comenta así lo dicho por Macri:

“La cuestión que plantea Macri es más que interesante. La relación económica de complementariedad entre China y Argentina puede reconstituir un círculo de exportación virtuoso para nuestro país. Incluso una gran oportunidad para incorporar trabajo y valor a los productos de exportación primarios. Pero la pregunta que queda flotando es la siguiente: ¿tiene la industria argentina la capacidad para responder a la demanda del mercado chino?”

Es decir, Argentina exportará productos primarios a China. Volvemos otra vez a 1880, cambiando únicamente el destino de nuestra producción. Y pensar que el amigo Brienza mentaba hace unos años a Don Arturo Jauretche… Claro que piensa un margen de autonomía para Argentina: adecuarnos a las necesidades de la economía china…

El editorial de Brienza es de interés porque expresa la completa capitulación de la intelectualidad “progresista” frente a la lógica del capital. Que se entienda. Brienza es, por sobre todas las cosas, un mercenario al servicio de las necesidades diarias del kirchnerismo. En sus artículos aparecen todas las bajadas de líneas de Cristina hacia los intelectuales y los militantes. Es un pionero y un devoto de la práctica de “tragar sapos”. Pero por esto mismo expresa con toda claridad el “clima” de la época. El resto de la intelectualidad “progresista” se diferencia de Brienza en la mayor presencia de reparos para adaptarse a las demandas de momento de la “Jefa”. Pero todos ellos viven de los fondos públicos y no tienen grandes márgenes para sacar los pies del plato. Brienza expresa con franqueza y poca elaboración una tesis que es defendida con mayor pulcritud por otros intelectuales “kirchneristas”. Muerto el fantasma de la “burguesía nacional”, queda el recurso al fantasma del “modelo agroexportador”, aprovechando las “ventajas comparativas” de Argentina, ya sea en producción de alimentos, ya sea en la producción de combustibles (Vaca Muerta).

Brienza siempre se ha declarado peronista. Es curioso que un movimiento que comenzó con una gigantesca movilización obrera y que ganó su primera elección presidencial arremetiendo contra los EE.UU. (la consigna Braden o Perón), termine pidiendo a gritos un socio para reimplantar una versión moderna del modelo agroexportador. Por supuesto, la “curiosidad” se esfuma cuando se deja de ver la historia en términos de “nacional-populares” y se pasa a una concepción de la misma centrada en la lucha de clases.

Es sintomático que Brienza omita toda referencia a la clase obrera. En este punto también es sincero. El modelo agroexportador, en versión antigua o en versión moderna, implica un aumento de la explotación de los trabajadores. Pero esto queda fuera del horizonte de las “batallas culturales” de nuestros intelectuales “progresistas”.

En este artículo omití deliberadamente todo comentario respecto a la viabilidad del acuerdo entre Argentina y China. Es muy probable que en toda la difusión que se le ha dado al asunto haya mucho más de desesperación gubernamental por obtener dólares rápidamente, que de realidades concretas. Pero esta cuestión, con toda su importancia, es secundaria en relación con el tema central de este artículo. Frente a la crisis del modelo de acumulación de capital promovido por el kirchnerismo, nuestra burguesía responde planteando la necesidad perentoria de reinstaurar un modelo agroexportador. Esta es la cuestión de fondo. Todo lo demás son zonceras.



Villa Jardín, lunes 21 de julio de 2014

sábado, 12 de julio de 2014

LUCHADORES CLASISTAS: JOSÉ LUIS ESPERT Y LA NEGOCIACIÓN CON LOS FONDOS BUITRES

Unas pocas palabras a modo de introducción a esta nueva sección del blog. La burguesía es el actor social con mayor conciencia de clase en la Argentina. Esta conciencia se despliega a través de una multitud de acciones tendientes a asegurar los privilegios derivados de la propiedad de los medios de producción. Estas acciones son llevadas a cabo por empresarios, políticos e intelectuales. Además, para fijar una fecha arbitraria, desde la mal llamada Conquista del “Desierto” (1879) hasta la actualidad, nuestra burguesía ha dado muestras de una ferocidad inusitada en la defensa de su propiedad. Sus intelectuales han tenido siempre entre las tareas a cumplir el ocuparse de borrar las huellas de las atrocidades cometidas por la clase a que pertenecen, por nacimiento o por elección. Es por ello que hemos resuelto dedicar una serie de artículos a los representantes de la clase dominante argentina. El título de la sección responde a que es habitual adjudicar el adjetivo “clasista” a los militantes obreros de base o a la izquierda; sin discutir la pertinencia de esta caracterización, hay que decir que los personajes de los que nos ocuparemos en esta sección merecen largamente la calificación de “luchadores clasistas”, porque se desviven diariamente por asegurar la perpetuación de la explotación capitalista en Argentina. Claro está que su “modestia” les impide aceptar este calificativo.



José Luis Espert es un economista formado en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA y en el CEMA. Adscribe al más rancio liberalismo económico. Colabora regularmente en La Nación, esa “tribuna de doctrina” de la burguesía argentina.

En el artículo “Psicología del desacato” (La Nación, 10 de julio de 2014), Espert expone su opinión sobre la negociación entre el gobierno argentino y los denominados “fondos buitres”. Antes de leer el artículo es conveniente tener en cuenta: a) Espert considera que el capitalismo “es el mejor de los mundos posibles” y, por tanto, cualquier crítica a esta forma de organización social equivale a una expresión de irracionalidad; b) Espert es un férreo opositor al kirchnerismo, del que lo separan el universo discursivo y la tendencia a maquillar el carácter de clase del Estado. Espert prefiere la franqueza, el llamar al pan pan y al vino vino. El Estado capitalista tiene que impulsar por todos los medios la acumulación de capital y dejarse de embromar con subsidios para los trabajadores (salvo en caso que las papas quemen  - léase desafío de los trabajadores a las relaciones capitalistas - y haya que asegurar la estabilidad del sistema).

Vamos al artículo de nuestro luchador. El gobierno kirchnerista (Néstor y Cristina) se caracterizó por pagar a rajatabla los intereses de la deuda a los acreedores externos. Lejos de la confrontación y más allá del discurso, el kirchnerismo abonó 173 mil millones de dólares al tan aborrecido (en el discurso) capital financiero internacional. Sin embargo, Espert no estaba conforme. La negociación pendiente con Repsol por la expropiación de YPF, las demandas pendientes en el Ciadi, la deuda con el Club de París, la deuda impaga a los “fondos buitres”, eran banderas de batalla de un militante de la burguesía como Espert. Había que pagar o pagar el 100 % de la deuda y punto.

Este año las cosas cambiaron. Urgido por la crisis de su política económica, el kirchnerismo dejó de lado las reticencias discursivas y entregó todo lo que había que entregar a los acreedores externos. Indemnización a Repsol, acuerdo con el Club de París, fueron los jalones centrales de este proceso. Axel Kicillof, ministro de Economía con fama de “heterodoxo” (quienes lo consideran “marxista” demuestran un agudo sentido del humor), fue el personaje ideal para llevar adelante las genuflexiones de rigor ante el capital financiero. Kicillof, como negociador, tiene la virtud de matizar la entrega más escandalosa con los gestos más ampulosos e inofensivos de desafío. Todo ello dejó a Espert sin libreto y obligado a reformatear su discurso. Pero un luchador consecuente siempre sabe acomodarse a nuevas circunstancias teniendo en cuenta su objetivo esencial: la defensa de los intereses del capital.
Como sabemos, el kirchnerismo aceptó negociar con los “fondos buitres”, a quienes atacó discursivamente durante años. De hecho, que se el juez Griesa quien decida los destinos de la economía argentina no es casualidad, sino que obedece a la decisión del patriota Néstor Kirchner de aceptar la jurisdicción de la justicia del Estado de New York para decidir los litigios con los bonistas. Es claro, también, que el kirchnerismo no rechazó el fallo de Griesa sino que está negociando qué porcentaje se les va a pagar en efectivo a los “buitres” y qué porcentaje en bonos. Esta es la esencia del asunto. Sin acuerdo con los acreedores externos, no hay inversión en Argentina y sin inversión no hay acumulación de capital.

En este contexto hay que enmarcar la intervención de Espert. Sin medias tintas, afirma que el gobierno tiene que acatar plenamente la sentencia de Griesa y pagarle el 100 % a los “buitres”. En esto, Espert muestra cómo la burguesía argentina es muchísimo más internacionalista que nuestra clase obrera. Espert comprende la ligazón indisoluble entre nuestra burguesía (el adjetivo “nacional” es casi una muestra de humor inglés) y el capital internacional.

Espert toma revancha del silencio a que lo relegó la política kirchnerista de los últimos tiempos y muestras las inconsecuencias del kirchnerismo en su negociación con los acreedores externos:

Al quedar descartada la opción de pagar cash la sentencia, automáticamente entró la opción de, al menos una parte, pagarla con bonos de la deuda pública. Y ahí comienza la negociación ¿Cuánto de cash y cuánto de deuda? Pero al dispararse la negociación, la RUFO (1) deja de tener 0% de probabilidad de ocurrencia versus si se tratara de un solo pago cash (un bonista al ver al gobierno "negociando" una mejora, aún dentro del juicio perdido, podría demandarle esa mejora al gobierno argentino). Luego, al aparecer la RUFO, aparece también el terror oficial de que un problema de una sentencia perdida de nada más que u$s1.500M terminara siendo, en el peor de los casos, de casi 100% del PBI y en una situación intermedia de u$s150.000M.

Espert razona del siguiente modo: Si vamos a pagar, si vamos a conceder todo a los acreedores externos, ¿por qué no entregar todo de una vez, habida cuenta que eso fue lo que se hizo, por ejemplo, en las negociaciones con el Club de París? La impaciencia militante consume a nuestro militante de la burguesía. Espert tiene en claro que el capitalismo es un sistema donde la explotación forma parte indisociable de las reglas de juego y que cualquier invocación a la justicia está de más en una negociación con el capital. Es claro que puede decir esto porque, a diferencia del kirchnerismo, Espert no tiene el problema de ganar elecciones. Por eso atribuye las vacilaciones del gobierno a cuestiones psicológicas. Llevado por su entusiasmo casi adolescente en defender al capital, no comprende que la sinceridad no vende en política.

Espert termina por proponer una salida que incluye en la negociación con los “buitres” a los bonistas que participaron en los canjes de 2005 y 2010:

“…hay quienes piensan, desde el punto de vista jurídico, que a Cristina Kirchner, si no quiere entrar en default, no le queda otra que incluir en la negociación a todos los demás holdouts y a todos los bonistas que aceptaron los canjes de deuda 2005-2010 de manera urgente, para que los holdouts le pidan a Griesa reponer el stay= "no innovar" (sobre las cautelares que la justicia americana dictó en su favor en los últimos 2 años), y una vez reinstalado, negociar con ellos (los holdouts) cómo pagarles el 100% de sus acreencias y lograr la anuencia (con firma de por medio dentro del juzgado de Griesa) de los bonistas de esa negociación para que éstos no litiguen también contra la Argentina.

El artículo concluye con una reflexión paradójica:

Así que de la misma manera que no hay buitres sin deuda, no hay deuda sin déficit, no hay déficit sin políticos gastomaníacos y no hay políticos gastomaníacos sin una sociedad indigna.

Alguien debiera advertirle a Espert que el exceso de sinceridad es peligroso. Sólo alguien que considera al capitalismo como la única forma posible de organización social puede escribir alegremente un párrafo como el precedente. Ahora bien, si se deja de lado esta visión, se puede llegar a pensar que la “indignidad” de la sociedad argentina radica en la profunda desigualdad social, que permite, por ejemplo, que la burguesía viva en barrios privados y que la clase trabajadora viva, en muchos casos, en barrios privados de cloacas, de agua corriente, de servicios de salud. En síntesis, que la “indignidad” es consecuencia lógica de la explotación capitalista, aunque esto sea imposible de imaginar en el horizonte mental de un Espert.

Villa del Parque, sábado 12 de julio de 2014

NOTAS:


(1)  Rights Upon Future Offers. Cláusula introducida en los canjes de la deuda en 2005 y 2010. Establece que Argentina se compromete a ofrecer a los bonistas que participaron de esos canjes las mismas condiciones que se acuerden en reestructuraciones posteriores de la deuda, siempre y cuando sean mejores que las ofrecidas en los canjes mencionados. Su vigencia vence el 31 de diciembre de 2014.