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miércoles, 29 de octubre de 2014

BERNI: DEL “PATRIA O BUITRES” AL “PATRIA O EXTRANJEROS QUE VIENEN A DELINQUIR”

“Si ellos son la patria, yo soy extranjero.”
Sui Generis, “Botas locas”

Sergio Berni, Secretario de Seguridad de la Nación, afirmó en el día de ayer que el país está “infectado” por “delincuentes extranjeros” que vienen a “delinquir”. No viene al caso discutir los fundamentos de esta afirmación, pues es errónea a la luz de los datos estadísticos disponibles. Resulta mucho más interesante analizar las razones políticas que llevan a Berni a formular semejantes declaraciones.

Ante todo, hay que tener en cuenta que si Berni dice lo que dice es porque la presidenta Cristina Fernández lo avala. En el gobierno kirchnerista, el margen de autonomía de los funcionarios es muy acotado, y resulta difícil pensar que un Secretario de Estado como es Berni salga a hacer declaraciones a la prensa sin haber consultado a Cristina. En otras palabras, es lícito suponer que Cristina habla por boca de Berni.

El discurso de Cristina – Berni llama la atención porque marca un quiebre respecto a los argumentos defendidos por el kirchnerismo durante su década de gobierno. Este quiebre no cae como rayo en cielo sereno, sino que se ha ido profundizando a lo largo de este año, al compás del desenvolvimiento de la crisis económica. Desde el 2003 el discurso kirchnerista tuvo como uno de sus ejes la idea de que el delito obedecía a causas sociales, y que había que intervenir sobre esas causas para prevenirlo y/o disminuir su incidencia. Es verdad que entre el discurso y la realidad hubo siempre una gran distancia (no podemos dejar de recordar que el “gatillo fácil” de las fuerzas de seguridad es una práctica habitual, así como también la tortura en comisarías y prisiones), pero el discurso servía para que el kirchnerismo se ubicara en el terreno del progresismo.

Cristina - Berni, con brutalidad calculada, corta todo contacto con el discurso mencionado en el párrafo anterior y pasa a considerar al delito como el producto de individuos inadaptados, que atacan a la sociedad. Como no podía ser de otro modo (Argentina “es un país de buena gente”, reza una propaganda oficial), la culpa del delito la tienen los extranjeros. No importa que esta afirmación contradiga los datos disponibles, lo importante para Cristina – Berni es cargar con la responsabilidad a los extranjeros (latinoamericanos).
Al responsabilizar a los extranjeros (latinoamericanos), Cristina – Berni efectúa una segunda ruptura con su discurso anterior. Hasta ahora, el kirchnerismo se reivindicaba a sí mismo como defensor de la Patria Grande latinoamericana. Al arremeter contra los extranjeros (latinoamericanos) como fuente del delito, Cristina – Berni destruye la noción misma de Patria Grande y de hermandad latinoamericana. A partir de ahora, tenemos que atrincherarnos contra la delincuencia proveniente de los países latinoamericanos. Es difícil exagerar la importancia de este quiebre, que aproxima al kirchnerismo a las capas medias que exigen seguridad a cualquier precio.

Pero Cristina – Berni efectúa otro quiebre, más sutil, en el universo discursivo del kirchnerismo. En los últimos meses, Cristina Fernández levantó la consigna de “Patria o Buitres”, como forma de expresar su negativa a negociar con los fondos buitres beneficiados con el fallo del juez Griesa. No es necesario aclarar que esta pelea era de cotillón, pues el kirchnerismo se ha definido a sí mismo como “pagador serial” de deuda externa. No obstante, la consigna tenía importancia para la militancia, en la medida en que fijaba un enemigo que podía ser entendido como tal por el progresismo. Ahora las cosas cambiaron abruptamente. Cristina – Berni deja de lado la consigna “Patria o Buitres” y nos propone “Patria o Extranjeros indeseables”. El enemigo ya no son los fondos buitres, son los latinoamericanos que vienen a delinquir.

Los cambios en el discurso kirchnerista obedecen a motivos más profundos que la personalidad de un funcionario como Berni. El modelo de acumulación implementado por el duhaldismo en 2002 y continuado por el kirchnerismo desde 2003 se encuentra agotado. Inflación, deterioro de los salarios, escalada del dólar, dificultades para hacer frente a los pagos de deuda externa y de las importaciones, son otros tantos indicadores de la bancarrota económica del gobierno. Como es lógico, la crisis genera conflicto social y limita la capacidad del gobierno para hacer concesiones que permitan desactivarlo y/o aislarlo.

La respuesta del kirchnerismo a la crisis pasa por el aumento de la represión al movimiento obrero (véase el caso de Lear la semana pasada) y por el ascenso del aparato de seguridad en el gobierno kirchnerista (los ejemplos más claros son Milani y Berni). Represión a las acciones organizadas del movimiento obrero y, a nivel individual, a los indeseables (sean estos jóvenes pobres, morochos, extranjeros, etc.).

Las crisis, al someter a prueba a un gobierno, dejan al descubierto su carácter de clase, pues éste se ve obligado a actuar sin poder maquillar su acción. En el caso del kirchnerismo, su declamado progresismo y su “revolución cultural” se han convertido en represión, xenofobia y apelación a los prejuicios más bajos.

“Pagadores seriales” frente al capital financiero internacional, los kirchneristas se muestran arrogantes al momento de cargar sobre los obreros, los pobres y los extranjeros. Como dice su slogan de campaña, “en la vida hay que elegir”. Queda claro qué eligió el kirchnerismo.




Villa del Parque, miércoles 29 de octubre de 2014

lunes, 27 de octubre de 2014

LA CLASE OBRERA EN MISERIA DE LA FILOSOFÍA DE MARX

Miseria de la filosofía (1847) (1) es una de las obras más importantes del período juvenil de Karl Marx (1818-1883). Representa, ante todo, una refutación minuciosa de las tesis defendidas por Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), quien gozaba de una enorme influencia entre los trabajadores franceses. Hice referencia en otro lugar a la crítica de las ideas de Proudhon por Marx. Aquí quiero concentrarme en el análisis marxista del desarrollo de la clase obrera, tal como aparece en el apartado V del capítulo segundo de la obra. (2) Cabe que indicar que se encuentran ideas semejantes en el primer apartado del Manifiesto Comunista.

Si dejamos de lado la crítica de las opiniones de Proudhon sobre los sindicatos (en el texto se habla siempre de “coaliciones”), el análisis de Marx gira en torno a dos ideas fundamentales.

La primera de ellas está formulada en el siguiente pasaje:

“La gran industria concentra en un mismo sitio a una masa de personas que se conocen entre sí. La competencia divide sus intereses. Pero la defensa del salario, este interés común a todos ellos frente a su patrono, los une en una idea común de resistencia: la coalición. Por tanto, la coalición persigue siempre una doble finalidad: acabar con la competencia entre los obreros para poder hacer una competencia general a los capitalistas. (…) Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí.” (p. 141; el resaltado es mio).

La acumulación originaria (descripta en el capítulo 24 del Libro Primero de El capital) supone la expropiación de los medios de producción de campesinos y artesanos a manos de los capitalistas. La clase capitalista concentra los medios de producción; en virtud de ello, los trabajadores se ven obligados a venderse como asalariados para poder acceder a los bienes (aquí estos bienes asumen la forma de mercancías y deben comprarse en el mercado) que satisfacen sus necesidades. La acumulación originaria es la condición material decisiva para la formación de la clase obrera moderna; no obstante, sólo a partir de la Revolución Industrial y la consiguiente concentración de los trabajadores en las fábricas, puede hablarse de un proletariado en el sentido moderno del término. Esto es así por la concentración de los obreros en las fábricas. Por medio de este proceso, los trabajadores comienzan a percibir que tienen intereses comunes frente a los empresarios. Pero esto no significa que la clase obrera se haya constituido como clase política, independiente de la burguesía. Es por ello que dice que no se trata todavía de una clase para sí. En esta etapa, y aunque no esté dicho expresamente en el texto, la clase obrera es una clase en sí, es decir, un conjunto de individuos que comparten condiciones de vida comunes frente a la clase capitalista y que luchan contra ésta en torno al salario.

En la etapa de clase en sí, los trabajadores poseen conciencia de tener intereses comunes frente a la burguesía, pero esa conciencia no va más allá de pugnar por obtener mejores condiciones de venta de la fuerza de trabajo. En el fondo, este estadio de la conciencia obrera es el que corresponde al sindicalismo en tanto aparato ideológico del Estado (para usar la denominación acuñada por Louis Althusser). Los sindicatos no cuestionan el régimen social capitalista, sino que quieren mejorar la posición de la clase obrera dentro de éste.

La segunda de las ideas centrales del texto es la siguiente:

“En la lucha (…) esta masa [de los trabajadores] se une, se constituye como clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política.” (p. 141; el resaltado es mío).

Marx afirma que la clase obrera completa su desarrollo en la medida en que concibe como lucha política a su enfrentamiento con la burguesía. En otras palabras, la clase obrera se constituye en clase para sí cuando adquiere conciencia de que la única forma de dar respuesta a sus problemas radica en desplazar a la burguesía como clase dominante en la sociedad. Los sindicatos, ya sean éstos por fábrica, por localidad, por rama de producción, las federaciones de sindicatos, las confederaciones nacionales, no superan el nivel de los intereses corporativos de la clase obrera. Los sindicatos, en la medida en que acepten su condición de organismos que procuran reducir la competencia al interior de la clase trabajadora, no representan ningún desafío para la dominación capitalista. Por el contrario, y como lo demuestra la experiencia histórica, pueden coexistir perfectamente con la burguesía y las relaciones sociales capitalistas.

La clase obrera sólo puede imponerse a la burguesía en la medida en que conciba sus relaciones con ésta en términos de lucha de clase contra clase, es decir, como lucha política de la clase obrera en contra de la clase capitalista. De este modo supera el aislamiento generado por las relaciones sociales capitalistas, que generan el efecto consistente en que los trabajadores conciben sus problemas como problemas aislados, propios del individuo como tal o de una empresa en particular.

La emancipación de la clase trabajadora es producto de la interacción entre los elementos estructurales (la conformación de la clase obrera en el marco de un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas) y la lucha de la clase obrera contra los capitalistas.

En el párrafo siguiente, Marx destaca el papel del desarrollo de las fuerzas productivas, es decir, el momento estructural:

“La existencia de una clase oprimida es la condición vital de toda sociedad fundada en el antagonismo de clases. La emancipación de la clase oprimida implica, pues, necesariamente la creación de una sociedad nueva. Para que la clase oprimida pueda liberarse, es preciso que las fuerzas productivas ya adquiridas y las relaciones sociales vigentes no puedan seguir existiendo unas al lado de otras. De todos los instrumentos de producción, la fuerza productiva más grande es la propia clase revolucionaria. La organización de los elementos revolucionarios como clase supone la existencia de todas las fuerzas productivas que podían engendrarse en el seno de la sociedad.” (p. 142; el resaltado es mío).

Este argumento reaparece en obras posteriores, como el “Prólogo” a la Contribución a la crítica de la economía política (1859). No debe interpretarse como si el desarrollo de las fuerzas productivas fuera del motor del proceso histórico, en tanto que la lucha de clases ocupa un lugar completamente subordinado. De ningún modo. La inclusión de la clase revolucionaria entre las fuerzas productivas muestra que Marx tiene presente una dialéctica entre fuerzas productivas y lucha de clases, una interacción permanente que no puede reducirse a una lógica polar (en la que uno de los polos de la relación ocupa el lugar determinante). Marx señala explícitamente la relación entre cambio tecnológico y lucha de clases:

“En Inglaterra, las huelgas han servido constantemente de motivo para inventar y aplicar nuevas máquinas. Las máquinas eran, por decirlo así, el arma que empleaban los capitalistas para sofocar la rebelión de los obreros calificados.” (p. 137).

Lejos de ser un terreno aséptico, la tecnología es parte de la lucha de clases entre capital y trabajo. En vez de un esquema en el que alguno de los dos polos (fuerzas productivas – lucha de clases) determina el desarrollo del otro, Marx nos propone centrarnos en la relación, pues es allí donde se constituyen los polos. Dicho de otro modo, la tecnología asume sus características a partir del estado de la lucha de clases, y esta última se encuentra condicionada por el nivel de desarrollo y por el carácter de la tecnología.

Para concluir, Marx concluye el apartado (y el libro) con la afirmación de que la clase obrera es la única clase revolucionaria en la sociedad capitalista. Esto significa que la clase trabajadora es el núcleo fundamental de todo proyecto político que se proponga reemplazar al capitalismo por el socialismo. No es una mera convicción o una expresión de deseos, sino que es una conclusión que se desprende de la posición que ocupa el proletariado en la sociedad capitalista. Esto remite, por supuesto, a la centralidad del proceso de producción como articulador de las relaciones sociales.

Villa del Parque, lunes 27 de octubre de 2014




NOTAS:

(1)  Las citas de la obra están tomadas de la traducción española realizada por los rusos de la Editorial Progreso: Marx, Karl. (1981). [1° edición: 1847]. Miseria de la Filosofia: Respuesta a la Filosofía de la Miseria del señor Proudhon. Moscú: Progreso.


(2)  El apartado se titula “Las huelgas y las coaliciones de los obreros”.

domingo, 26 de octubre de 2014

LA CLASE OBRERA EN EL MANIFIESTO COMUNISTA

La burguesía, la clase que controla los medios de producción en el capitalismo, tiende a pensar que toda la organización social gira en torno de sus decisiones. Si hay producción, intercambio, distribución, es gracias a los esfuerzos de los señores empresarios, quienes son capaces de manipular tanto a la materia inerte como a los trabajadores. Así, materias primas, herramientas y obreros se mueven al compás de las decisiones empresariales.

La visión que la burguesía desarrolla sobre sí misma tiene poco que ver con la realidad. La burguesía es en la medida en que existe la clase obrera. La relación entre ambas clases es la que determina los rasgos centrales del capitalismo. De ahí la importancia de una comprensión adecuada de la relación entre las dos clases principales de la sociedad moderna.

En la actualidad, los conceptos de clase y lucha de clases, así como también el de capitalismo, ocupan un lugar relativamente marginal en la enseñanza académica. En el momento en que existe la mayor cantidad de asalariados de la historia, resulta paradójico que el trabajo, la producción y la lucha de clases se vuelvan invisibles para el mundo académico (afirmación tajante que, por supuesto, admite excepciones).

De ahí la necesidad de volver una y otra vez a los clásicos, quienes nos hablan con un desparpajo del que carecen los autores de papers. El clásico de los clásicos para el examen de la relación capital – trabajo es, sin lugar a dudas, el Manifiesto Comunista, texto que tiene la enorme ventaja de no haber sido escrito para un público universitario sino para los trabajadores. (1)

En el Manifiesto, la relación entre burgueses y trabajadores es descripta, fundamentalmente, en el primer apartado, que lleva precisamente por título “Burgueses y proletarios”. Allí, luego de caracterizar a la historia humana como “historia de la lucha de clases” (p. 81), Marx y Engels se dedican a esbozar el desarrollo de la burguesía y su contribución a la expansión de las fuerzas productivas. No es este el lugar para referirse a dicho esbozo, basta con indicar que contiene uno de los mayores elogios jamás escritos del papel revolucionario de la burguesía.

En este artículo prefiero ocuparme del análisis de la constitución de la clase obrera, pues permite comprender mejor los límites de la dominación de la burguesía y emprender la tarea de desnaturalizar las relaciones sociales capitalistas.

Marx y Engels comienzan planteando que el desarrollo de la clase obrera no puede separarse del de la clase capitalista:

“En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, se desarrolla también el proletariado, esa clase obrera moderna que sólo puede vivir encontrando trabajo y que sólo encuentra trabajo en la medida en que éste alimenta e incrementa el capital.” (p. 89-90).

Esta afirmación es fundamental, pues implica que la clase obrera no es una esencia inalterable, un ente abstracto que permanece igual a sí mismo, sino que se constituye permanentemente al compás de su relación con la burguesía. Más claro, la clase obrera nunca permanece igual a sí misma, sino que se encuentra en estado de perpetua transformación, condicionado por su relación con la clase capitalista. En este punto, Marx y Engels aplican al terreno del estudio de la clase obrera el principio enunciado en las Tesis sobre Feuerbach, donde Marx sostuvo que “la esencia humana no es algo abstracto e inmanente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales.” (2) Por tanto, la clase obrera es el conjunto de sus relaciones sociales, lo cual significa, ante todo, de sus relaciones con la burguesía. El enfoque relacional de Marx resulta más adecuado para captar en toda su complejidad la cambiante realidad de las clases sociales. Además, este enfoque desafía a los planteos que postulan la aplicación de recetas políticas válidas para todos los tiempos y lugares.

Marx y Engels analizan en dos niveles el desarrollo de la clase obrera. Uno de ellos es el nivel que podemos denominar estructural, en el que estudian la situación de la clase a partir de las modificaciones de las fuerzas productivas. Este es el momento de la clase ensí, siguiendo la terminología empleada en Miseria de la Filosofía.

En el nivel estructural, la clase obrera posee las siguientes características:

a)    Es una mercancía: “el obrero, obligado a venderse a trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta, por tanto, a todos los cambios y modalidades de la concurrencia [competencia], a todas las fluctuaciones del mercado.” (p. 90).

b)    Está sujeto al ritmo de la maquinaria (que no es otra cosa que el ritmo de trabajo impuesto por la burguesía), es decir, que ve recortada constantemente su capacidad de controlar (aunque sea mínimamente) el proceso productivo: “La extensión de la maquinaria y la división del trabajo quitan a éste, en el régimen proletario actual, todo carácter autónomo, toda libre iniciativa y todo encanto para el obrero. El trabajador se convierte en un simple resorte de la máquina, del que sólo se exige una operación mecánica, monótona, de fácil aprendizaje.” (p. 90).

c)    Está sometido a una disciplina militar: “Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares. (…) No son solo siervos [los obreros] de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del industrial burgués dueño de la fábrica.” (p. 90-91). Califican de despotismo al régimen imperante en el proceso de producción capitalista.

d)    La búsqueda de ganancias por la burguesía, sumada a la creciente simplicidad de las tareas productivas, hacen que pasen a formar parte de la clase hombres y mujeres de todas las edades, incluidos niños. “Son todos, hombres, mujeres y niños, meros instrumentos de trabajo, entre los cuales no hay más diferencia que la del costo.” (p. 91).

e)    Las sucesivas crisis y los efectos de la competencia entre capitalistas determinan que la clase obrera se vea engrosada constantemente por elementos provenientes de otros grupos sociales. “Toda una serie de elementos modestos que venían perteneciendo a la clase media, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, artesanos y labriegos, son absorbidos por el proletariado; unos, porque su pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la gran industria y sucumben arrollados por la competencia de los capitales más fuertes, y otros porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los nuevos progresos de la producción.” (p. 91).

El segundo nivel de análisis es el político, es decir, la relación de lucha entre la clase trabajadora y la burguesía. Si más arriba hablamos de clase en sí, aquí corresponde hablar de clase para sí. Desde el vamos, queda claro que la clase obrera es un sujeto que jamás permanece quieto e inalterable:
“El proletariado recorre diversas etapas antes de fortificarse y consolidarse. Pero su lucha contra la burguesía data del instante mismo de su existencia.” (p. 91).

La lucha de los trabajadores contra los capitalistas comienza en el mismo origen de la clase obrera; consecuencia del carácter irreconciliable del antagonismo entre capital y trabajo. En principio es el trabajador aislado contra el empresario, pero la tendencia general es a la reunión de la clase obrera en masas cada vez más numerosas.

En este punto hay que referirse a una cuestión fundamental. Marx y Engels sostienen que, inicialmente, la clase obrera va a remolque de la burguesía, que la utiliza como una especie de masa de maniobra para alcanzar sus objetivos políticos:

“En esta primera etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país y desunida por la concurrencia. Las concentraciones de masas de obreros no son todavía fruto de la propia unión, sino fruto de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus fines políticos propios tiene que poner en movimiento – cosa que todavía logra – a todo el proletariado.” (p. 92).

Sólo a partir de la expansión de la gran industria, de las grandes fábricas, se desarrolla la conciencia política de los trabajadores y comienzan a actuar con independencia de la burguesía:

“El desarrollo de la industria no sólo nutre las filas del proletariado, sino que las aprieta y concentra; sus fuerzas crecen, y crece también la conciencia de ellas. Y al paso que la maquinaria va borrando las diferencias y categorías en el trabajo y reduciendo los salarios casi en todas partes a un nivel bajísimo y uniforme, van nivelándose también los intereses y las condiciones de vida dentro del proletariado.” (p. 92-93).

De los dos pasajes que acabamos de citar se desprende que la conciencia de la clase obrera depende de la mayor o menor concentración de trabajadores en las fábricas, es decir, es producto en última instancia del desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas. Esto puede llevar a creer que la conciencia de clase es algo que se genera automáticamente a partir de los vaivenes de la gran industria. Pero la conciencia de clase no es un mero residuo de la centralización del capital, sino algo mucho más complejo. En este sentido, cabe decir que el enfoque adoptado por Marx y Engels en estos pasajes resulta unilateral. La respuesta al problema está, sin embargo, en el texto mismo. La conciencia de clase es el resultado de un proceso complejo, que incluye tanto el nivel estructural como el político. En última instancia, la conciencia de clase tiene mucho más que ver con la relación de lucha entre capital y trabajo. Dicho más claro, a partir de una base estructural (de una estructura x de la industria), la conciencia de clase es el resultado de la lucha entre empresarios y trabajadores.

Lo anterior aparece expresado en el siguiente pasaje:

“Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera. Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran burguesía y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades. Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política.” (p. 93; el resaltado es mío).

La lucha de clases es una lucha política porque la clase trabajadora desafía la dominación de la burguesía. Esto no puede darse de manera exitosa en una empresa aislada, sino que debe abarcar la totalidad del país, dado que la burguesía controla el conjunto del aparato productivo y el Estado. Ahora bien, el trabajoso pasaje de las luchas aisladas a la lucha de una clase obrera unificada o es de ningún modo lineal y está sujeto a constantes retrocesos y derrotas.

Marx y Engels sostienen que la lucha de la clase obrera sólo puede ser exitosa en la medida en que se organice políticamente de manera autónoma.
“Esta organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político, se ve minada a cada momento por la concurrencia desatada entre los propios obreros.” (p. 93).

La organización política de los trabajadores, que los pone a resguardo de  ser tentados por la pequeña burguesía (por ejemplo, la propuesta de un capitalismo “ordenado” frente al capitalismo “salvaje”), es el bien más preciado con que puede contar la clase trabajadora. Pero esta autonomía no surge automáticamente de las condiciones de la producción capitalista, sino que requiere de una laboriosa construcción.

Marx y Engels rematan su análisis destacando que la clase obrera es la única clase revolucionaria de la sociedad capitalista:

“De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía no hay más que una verdaderamente revolucionaria: el proletariado.” (p. 95).

“Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de la inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa. El proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial.” (p. 96).

La afirmación de que los trabajadores son la única clase verdaderamente revolucionaria de la sociedad moderna no es una mera expresión de deseos; lo es en la medida en que genera la riqueza de esa sociedad y, por ende, el poder de los capitalistas. La rebelión de la clase trabadora, el negarse a seguir produciendo para el capital, es el desafío más potente al que se enfrenta la burguesía. Esa rebelión es la única que puede poner en cuestión los pilares de la dominación burguesa, en primer lugar, la propiedad privada de los medios de producción y el consiguiente control de las relaciones de producción.

Por último, y si bien la cuestión excede los límites de este artículo, la reafirmación de la clase trabajadora como la única clase que contiene en potencia la capacidad para transformar al capitalismo en otra forma de organización social, cobra una importancia primordial en estos días, cuando muchos intelectuales progresistas y nacionalistas de izquierda sostienen que la burguesía nacional y las masas populares son el sujeto capaz de cambiar las relaciones de poder existentes en la sociedad. Estos intelectuales, que reniegan de la revolución, del socialismo y de la lucha de clases, procuran demostrar que el capitalismo es la única forma posible de organización social, y que de lo que se trata es de mejorarlo, corregir los abusos. Para ello es preciso contar con el apoyo de la burguesía y de las clases medias. Por ello, poner en el centro de la discusión política el papel central de la producción, de los trabajadores y de la lucha de clases, permite refutar los argumentos de estos intelectuales.


Villa del Parque, domingo 26 de octubre de 2014

NOTAS:

(1)  Para las citas del Manifiesto utilizo la siguiente edición: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (2008). [1° edición: 1848]. El Manifiesto Comunista. Buenos Aires: Libertador.

(2)  Cito las Tesis en la edición incluida en: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1985). La ideología alemana. Buenos Aires: Pueblos Unidos y Cartago. (pp. 665-668). El texto transcripto forma parte de la tesis n° 6.

lunes, 20 de octubre de 2014

MARIANO FERREYRA

Escribí este artículo el 22 de octubre de 2010, dos días después del asesinato de Mariano Ferreyra. En esa época, estaba muy lejos del Partido Obrero (PO) y no tenía ningún tipo de militancia, ni orgánica ni inorgánica. El asesinato de Mariano me conmovió de un modo que no puedo expresar con palabras. El artículo mencionado fue un intento de poner por escrito mis ideas sobre la cuestión y de sacar afuera toda la bronca contenida. Hoy, siendo como soy un novel militante del PO, no encontré nada mejor que este texto para recordar el asesinato de Mariano, y dar cuenta de parte de las razones que con el tiempo me llevaron a ingresar al PO. El rol político de la tercerización y la precarización laboral y la necesidad de organización política autónoma de los trabajadores son los temas centrales del artículo. Cabe recordar que la precarización laboral se ha intensificado, a punto tal de provocar la denuncia de la OIT, y que la burocracia sindical ha incrementado sus esfuerzos para perseguir y expulsar de las fábricas a los delegados de la izquierda clasista.

Anteayer, Mariano Ferreyra, 23 años, estudiante, militante del PO, fue asesinado por una patota que responde a la dirección de la Unión Ferroviaria, sindicato liderado por José Pedraza. En el episodio, al que hay que calificar directamente de emboscada efectuada por hombres armados contra un grupo de manifestantes inermes, otras dos personas resultaron heridas de bala, una de ellas de gravedad. No es este el lugar para analizar la cuestión de los responsables directos, si hubo o no "zona liberada" de parte de la policía (tanto de la Bonaerense como de la Federal), etc., etc. y una larga fila de etcéteras. En cambio, creo que es más conveniente realizar algunas reflexiones tendientes a ubicar los hechos en el contexto general de la situación de los trabajadores en Argentina.

Mariano fue asesinado por su participación en una movilización de los trabajadores tercerizados del Ferrocarril Roca, que exigían su reincorporación a la empresa.

¿En qué consiste la tercerización?

En que una empresa deja de cubrir una parte del proceso productivo (o de los servicios que ofrece) con trabajadores "propios", y acuerda con otra empresa que esta última sea la que lleve adelante dichas tareas. Como es de público conocimiento, todo esta operación redunda en un achicamiento de los costos de las empresas y en un deterioro de las condiciones laborales de los trabajadores. En este sentido, la tercerización forma parte de la flexibilización laboral implantada durante la década de 1990. La condición del trabajador de las empresas que prestan los servicios tercerizados suele ser peor que la de los trabajadores de las empresas que requieren la tercerización de servicios. Toda la situación se resume en una sola palabra: MIEDO. La tercerización genera miedo al despido, miedo a la baja de los salarios, miedo a no tener obra social, miedo ante todo lo humano y lo divino. Es justamente en una sociedad capitalista en la que no debe subestimarse el papel que juega el miedo en el disciplinamiento y la domesticación de las personas.

La movilización de la que participó Ferreyra encarna el principal instrumento con el que los trabajadores han respondido históricamente al miedo: la ORGANIZACIÓN. Cuando los trabajadores dejan de mirar a sus compañeros como rivales en la cola para conseguir un puesto de trabajo y pasan a considerarlos como compañeros que padecen los mismos problemas, los empresarios sufren su primera derrota. Organizarse significa perder el miedo a los mecanismos impersonales del capital, y es por eso que nada preocupa tanto a los capitalistas como la organización de los trabajadores. De ahí su odio atávico hacia los sindicatos, más allá de que hagan buenos negocios con ellos y de que los utilicen para cerrarle el camino a los que quieren modificar de raíz el sistema capitalista. Los empresarios, cuyo instinto de clase está hiperdesarrollado, detestan todo aquello que huela a organización de los trabajadores.

La patota que asesinó a Mariano e hirió a sus compañeros sabía lo que hacía. No se trata de un acto de violencia irracional. Atacar a los trabajadores que se organizan, sembrar el miedo, es jugar para el lado de los que quieren que los obreros sean máquinas útiles para producir ganancias. En estos días, los grandes medios de comunicación hablaron de la burocracia sindical, de las patotas al servicio de los sindicatos, de los dirigentes que se enriquecen a costa de los trabajadores. Sin embargo, nada han dicho sobre la flexibilización laboral, sobre la tercerización como práctica común de los empleadores, sobre la precarización de las condiciones laborales, que son la fuente de las ganancias de los empresarios y las herramientas que crean un clima de "seguridad" para el capital. Frente a estos hechos, hasta CLARÍN, en plena guerra contra el gobierno, puede pretender sacar de "progresista" entrevistando a militantes del PO y criticando la falta de democracia en los sindicatos. Pero está condenado, por su posición de clase, a no decir una palabra sobre esas condiciones sociales que permiten (y precisan de) la existencia de patotas.

La reactivación económica argentina, desde 2002 en adelante, se ha llevado adelante sin modificar las relaciones de poder en el ámbito laboral. Luego de varios años de fuerte crecimiento, la legislación laboral sigue siendo la heredada de la flexibilización de los '90, una parte importante de los trabajadores están precarizados y/o realizan sus labores "en negro", y no se han registrado avances en la democratización de las organizaciones sindicales. Esta estructura de poder en la fábrica, en la oficina, en los comercios, en cada puesto de trabajo, es el núcleo duro de la desigualdad en Argentina y constituye la base de sustentación de los "monopolios". Más allá de lo discursivo, el gobierno de los Kirchner nunca ha dado un paso para modificar esta situación.

Los líderes de la oposición" no tienen, por su parte, ningún interés en modificar el núcleo duro del poder en la Argentina. Por el contrario, su discurso propone tanto la aplicación de la "mano dura" a las movilizaciones populares como el avance sobre los sindicatos, con el objetivo de recortarles cualquier atribución que entorpezca el libre funcionamiento del capital. Su política  coincide con la del kirchnerismo en que ambos promueven el aumento de la precarización, la tercerización y el trabajo "en negro". En pocas palabras, gobierno y "oposición" se apoya en el miedo como principal elemento de persuasión política.

El asesinato de Mariano  es un punto de inflexión en la política argentina. El gobierno de los Kirchner está obligado, así sea por consideraciones de sobrevivencia política, a impulsar la investigación de los hechos hasta sus últimas consecuencias. Su declamado progresismo está en juego en esta cuestión. Si la investigación se diluye y no se llega hasta los responsables de haber organizado la emboscada, la burocracia sindical y sus patotas se sentirán con pleno derecho para seguir asesinando a militantes de izquierda, en una reedición moderna de la vieja Triple A.

En política, y esto es todavía más válido cuando se trata de política hecha desde y en favor de los sectores populares, lo único que cuenta es la organización. Sólo por medio de la organización la lucha se vuelve efectiva y puede transformar esta realidad en que vivimos. Sólo por medio de la organización de los trabajadores es posible revertir la precarización, la tercerización y la flexibilización laboral. En el límite, la unión de los trabajadores es la que permite pensar en la posibilidad de una realidad diferente, en la que el poder deje de estar en manos de los empresarios. Para lograr esta unión es preciso vencer el miedo, trabajar con paciencia y tener en claro que las derechos son duraderos en la medida en que se conquistan por la propia lucha y no cuando se obtienen por una concesión graciosa del gobierno de turno. Sólo de este modo podremos estar a la altura de Mariano Ferreyra, que fue consecuente hasta el final con sus ideas.


Villa del Parque, lunes 20 de octubre de 2014

viernes, 17 de octubre de 2014

LUCIANO ARRUGA

En la Universidad se aprende a tomar distancia de los sufrimientos generados por la estructura social que nos ha tocado vivir. Este distanciamiento se manifiesta, entre otras cosas, en la utilización de un lenguaje aséptico, desprovisto de asperezas e ironías. Expresar sentimientos es el colmo de la herejía y es considerado como un indicador de la incapacidad de pensar científicamente. Los pobres son buenos en la medida en que sirvan de material de estudio para ganar becas y financiamiento para programas de investigación. Eso sí, tienen que estar en una “jaula” y a una prudente distancia del investigador.

El asesinato de Luciano Arruga no puede ser tratado siguiendo las reglas de juego académicas. Hacerlo implicaría una falta de respeto hacia Luciano, su familia y todos aquellos que lucharon en estos años por esclarecer su desaparición. Sería convalidar la gigantesca operación de encubrimiento en la que están involucrados la policía, la justicia y los políticos de la burguesía.

Luciano Arruga tenía dos defectos: ser joven y ser pobre. A los 16 años era hostigado por la policía de la Provincia de Buenos Aires con el objeto de que saliera a robar en beneficio de ella. Negarse a hacerlo le ocasionó detenciones y torturas. Finalmente fue secuestrado, torturado y asesinado por la policía. Hasta hoy, nada se sabía del destino de su cuerpo. Fue hallado en el Cementerio de Chacarita, donde estaba enterrado como NN.

La suerte de Luciano no es obra de la casualidad o el producto de la maldad de un grupo de policías perversos. Es expresión de la realidad cotidiana de los jóvenes trabajadores en nuestro país. Ser joven y pobre equivale a no concurrir a la universidad, a terminar a duras penas la escuela secundaria y a conseguir trabajos de baja calificación por salarios miserables (cuando no a ocuparse en los circuitos ilegales de la actividad económica). Los pobres están para ser usados por los poderosos, sean estos empresarios, policías, políticos o traficantes de drogas. Los pobres son cosas que sirven en la medida en que puede obtenerse de ellos algún beneficio. Para la policía, Luciano merecía vivir en la medida en que robara para ellos. Si no lo hacía, no tenía sentido que siguiera vivo. Así de simple.

Luciano, torturado y asesinado, muestra a las claras los límites de la política de Derechos Humanos del kirchnerismo. Dicha política está siempre dirigida al pasado, y nunca al presente. Luciano fue torturado y asesinado porque la tortura y el gatillo fácil son prácticas cotidianas del aparato represivo del Estado argentino. Pero estas prácticas son “invisibles” porque están dirigidas contra trabajadores, jóvenes y pobres, jamás contras las clases dominantes o las capas medias. Como todos sabemos, los pobres son “invisibles”; su suerte individual no le importa a la burguesía, porque el país está lleno de pobres. Sobran.

La democracia, la protección del derecho, no cuentan para los jóvenes como Luciano. Estos saben desde muy temprano que sólo cuentan con sí mismos y con sus amigos. Todas las políticas sociales desde 1983 hasta ahora tuvieron como objetivo principal mantener controlada a la pobreza, no disminuirla o suprimirla.
La democracia, entendida como participación efectiva en el gobierno, no incluye a los jóvenes como Luciano. Por el contrario, los expulsa y/o mantiene a raya, para lograr así que el gobierno sea ejercido exclusivamente por la burguesía y su troupe de políticos más o menos corruptos. El caso Luciano indica , a través de los mecanismos de protección judicial a los policías, de la connivencia de políticos, jueces y funcionarios de salud, cuál es el destino que nuestra democracia le reserva a los trabajadores.
Luciano muestra cuál es el papel de la policía y demás órganos de seguridad en nuestro país. Si en los boliches se vende droga, la policía lo sabe. Si la policía lo sabe y no hace nada, es porque obtiene algún beneficio. Si hay prostíbulos, la policía lo sabe. Si lo sabe y no hace nada es porque se beneficia con la existencia de prostíbulos. Dos más dos es cuatro. La policía no sólo se ocupa de mantener a raya a los indeseables, sino que también proporciona protección a todos los negocios ilegales de la burguesía. Cuando Luciano se negó a robar, pecó contra las leyes sacrosantas de nuestra burguesía, cuya búsqueda de ganancias sólo puede compararse a su carácter despiadado al momento de reprimir cualquier tentativa contra su dominación.

El cuerpo de Luciano fue encontrado gracias a la tenacidad de la lucha de sus familiares y de algunos organismos de derechos humanos. El Estado, tanto el nacional como el provincial, optó por mirar para otro lado. No hay casualidades. El Estado requiere de la existencia de la pobreza para poder justificar su existencia. Así puede desplegar su doble actividad de represión y asistencialismo.

Luciano, Melina Romero y tantos otros, son las víctimas de un sistema basado en la cosificación de las personas y en la utilización de las mismas para obtener ganancias. Como cosas, las personas pueden ser descartadas y tiradas a un arroyo o a un cementerio. El capitalismo no es nada más ni nada menos que esto. Lejos de ser producto de una perversión, la suerte de Luciano expresa de un modo concentrado  la normalidad del sistema social en que vivimos.

Policías, jueces, funcionarios de hospitales y de cementerios, políticos. Todos ellos intervinieron en el crimen de Luciano. Para evitar que haya otros Lucianos, los trabajadores sólo cuentan con ellos mismos. No se puede confiar en las instituciones que se nutren de la desigualdad.

Luciano murió a manos de una manga de hijos de puta. Pero esos hijos de puta expresan la normalidad del sistema capitalista. Sólo la lucha de los trabajadores puede quebrar esa normalidad.


Buenos Aires, viernes 17 de octubre de 2014

martes, 14 de octubre de 2014

LENIN, LAS HUELGAS Y LA FORMACIÓN DE LA CLASE TRABAJADORA

Lenin (1870-1924) es conocido como líder revolucionario y organizador. Su fama como dirigente del partido bolchevique eclipsó sus cualidades como como teórico social (me resisto a utilizar la palabra “sociólogo). Es claro que Lenin no era un sociólogo profesional y que, seguramente, habría rechazado esta caracterización. No obstante, fue un fino analista de la realidad social rusa en particular, y del capitalismo en general. El artículo “Sobre las huelgas” (1), escrito en 1899, sirve de ejemplo para exponer las virtudes del Lenin “sociólogo”. Además, este artículo es interesante porque propone una concepción del origen de la conciencia de clase del movimiento obrero un tanto diferente a la expuesta en su célebre obra ¿Qué hacer?

Lenin examina el significado de las huelgas para el movimiento obrero. Su descripción de las etapas de la lucha de los trabajadores contra el capital se asemeja a la formulada por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista (1848). Lenin sostiene que en las condiciones del capitalismo el antagonismo entre empresarios y trabajadores es inevitable:

“Entre patrones y trabajadores se libra una lucha constante por el salario (…) Que el obrero trabaje en el campo o en la ciudad, que sea contratado por un gran terrateniente, un campesino rico, un comerciante o en una fábrica, siempre está luchando contra él con respecto a su salario.” (p. 136).

Los trabajadores son impotentes frente al capital si lo enfrentan como individuos aislados. Es por ello que se organizan colectivamente, para contrapesar la dispersión y la competencia en la que se encuentran sumidos bajo el capitalismo.

“Si el salario del obrero se determina (…) por un contrato entre el patrón y el obrero, y si el obrero aislado es totalmente impotente, es evidente que los obreros deben necesariamente defender juntos sus reivindicaciones, deben necesariamente organizar huelgas para impedir que los patrones rebajen el salario o para lograr un salario más alto.” (p. 137).

La organización colectiva de los obreros aparece, pues, como una necesidad económica, como un medio para obtener mejores condiciones en la venta de la fuerza de trabajo. Pero Lenin va más allá de esto y pasa a examinar la cuestión de las huelgas desde el punto de vista de la constitución de los trabajadores como clase.

Las huelgas marcan el comienzo de la lucha de los trabajadores como clase, superando el estadio del individuo aislado. Ahora bien, es importante enfatizar que la clase se constituye en la lucha:

“Las huelgas, por dimanar de la propia naturaleza de la sociedad capitalista, significan el comienzo de la lucha de la clase obrera contra esta organización de la sociedad. (…) Cuando los obreros aislados se relacionan con los patrones, permanecen como verdaderos esclavos condenados a trabajar eternamente en beneficio de otro por un pedazo de pan, a permanecer enteramente como mercenarios sumisos y silenciosos. Pero cuando los obreros proclaman juntos sus reivindicaciones y se niegan a obedecer a los que tienen la bolsa de oro, entonces dejan de ser esclavos, se convierten en seres humanos y comienzan a exigir que su trabajo no sólo sirva para enriquecer a un puñado de parásitos, sino que permita a los trabajadores vivir como personas. Los esclavos comienzan a exigir transformarse en dueños: a trabajar y vivir no como quieren los grandes terratenientes y capitalistas, sino como quieran los propios trabajadores. Si las huelgas infunden siempre tal espanto a los capitalistas es porque comienzan a hacer vacilar su dominio.” (p. 138; el resaltado es mío).

Es la acción colectiva de la clase trabajadora, manifestada en la huelga, la que convierte a los obreros en una clase consciente de sus derechos. Lenin expresa esto al decir que los obreros dejan de ser esclavos y se convierten en personas. El esclavo es, por su condición, incapaz de llevar adelante una acción autónoma; para hacerlo, debe romper con la relación de esclavitud. El trabajador, al protestar colectivamente en la huelga contra los capitalistas, deja de ser esclavo y se convierte en persona, es decir, en alguien capaz de acciones autónomas. En Lenin esta transformación se verifica por medio de la participación en la acción colectiva.

Lenin examina los mecanismos por medio de los cuales la huelga incide sobre la conciencia de los trabajadores. En primer lugar, está la cuestión del reconocimiento del papel que juega la clase obrera en el proceso productivo:

“Cuando los obreros se niegan a trabajar, todo este mecanismo [la producción capitalista] amenaza con paralizarse. Cada huelga recuerda a los capitalistas que los verdaderos dueños no son ellos, sino los obreros, que proclaman cada vez más sus derechos con creciente fuerza. Cada huelga recuerda a los obreros que su situación no es desesperada, que no están solos.” (p. 139; el resaltado es mío).

Al paralizar la producción, los trabajadores toman conciencia de que son el motor del proceso productivo. Vacila la creencia de sentido común acerca del carácter imprescindible de los empresarios en la organización de la producción.

En segundo lugar (aunque no en orden de importancia), está la cuestión fundamental de que la huelga hace que los trabajadores se vean a sí mismos como colectivo, como clase.

“Durante una huelga el obrero proclama en voz alta sus reivindicaciones, recuerda a los patrones todos los atropellos de que ha sido víctima, proclama derechos, no piensa solo en sí mismo ni en su paga, sino también en todos sus camaradas, que han abandonado el trabajo junto con él y que defienden la causa obrera sin temer las privaciones.” (p. 139).

Para Lenin, la clase obrera no es una cosa preexistente a la lucha contra el capital. Sin acciones colectivas, los trabajadores existen como sujetos explotados, como un grupo de individuos que se encuentran en la misma situación respecto a los medios de producción. Pero son individuos aislados, que viven la explotación capitalista como un fenómeno natural. Es por ello que remarca que la huelga constituye una medida central en la constitución de la clase trabajadora, pues hace que cada trabajador vea al otro huelguista como su compañero, como alguien con quien comparte un destino común. El aislamiento de los trabajadores reproduce las condiciones necesarias para la naturalización de la explotación capitalista; la acción colectiva, en cambio, quiebra esa naturalización, pone las cosas del revés, poniendo en discusión aunque sea por un rato el dominio de los capitalistas sobre los trabajadores.

Por último, la huelga opera también desarrollando la conciencia política de los trabajadores, tanto al interior de la fábrica como hacia fuera de ella.

“La huelga enseña a los obreros a comprender dónde radica la fuerza de los patrones y dónde la de los obreros, enseña a pensar no sólo en su patrón ni en sus camaradas más cercanos, sino en todos los patrones, en toda la clase capitalista y en toda la clase obrera. (…) los obreros ven con claridad que la clase capitalista en su conjunto es enemiga de toda la clase obrera y que los obreros pueden confiar tan sólo en sí mismos y en su unión.” (p. 139-140).

En el interior de la fábrica (el ámbito de las relaciones políticas de la producción), los trabajadores dejan de verse a sí mismos como individuos aislados. Esto tiene su correlato en la percepción que tienen del empresario de la fábrica en que trabajan. Ya no lo ven como un propietario aislado, sino como un miembro de un colectivo, la burguesía, cuyos intereses chocan con los de los trabajadores.

Hacia el exterior de la fábrica, los trabajadores tropiezan con el carácter de clase del Estado:

“El obrero comienza a comprender que las leyes se dictan en beneficio exclusivo de los ricos, que también los funcionarios defienden los intereses de los ricos, que la clase obrera es silenciada y que no se le permite expresar sus necesidades (…) Cada huelga afirma y desarrolla en los obreros la conciencia de que el gobierno es su enemigo y de que la clase obrera debe prepararse para luchar contra él por los derechos del pueblo.” (p. 141).

Este avance en la concepción del Estado por los trabajadores, es otra muestra del papel que Lenin atribuye a la acción colectiva de los obreros en la constitución de la clase en tanto colectivo capaz de actuar de manera autónoma frente a la burguesía.


Villa del Parque, martes 14 de octubre de 2014


NOTAS:


(1)  Redactado a fines de 1899, mientras se encontraba confinado en Siberia por orden del gobierno zarista. Es contemporáneo de su obra El desarrollo del capitalismo en Rusia. “Sobre las huelgas” iba a estar dividido en tres partes, de las que sólo se ha conservado la primera, que ha llegado hasta nosotros gracias a la copia manuscrita de Nadezna Krupskaia. Fue publicado por primera vez en 1924, en la revista PROLETARSKAYA REVOLIÚTSIA, núms. 8 y 9. Utilizo la traducción española de Rossana Córtez y Alejandra Ríos, incluida en: Trotsky, León. (2010). Los sindicatos y las tareas de los revolucionarios. Buenos Aires: Ediciones IPS. (pp. 135-142). 

sábado, 11 de octubre de 2014

CARTA ABIERTA Y EL AGOTAMIENTO DEL PROGRESISMO (II): SERVILISMO INDIGNO Y VENTAJAS ECONÓMICAS


“Servilismo indigno que ninguna ventaja económica justifica.”
Carta Abierta


En el artículo anterior comenté la caracterización de la etapa actual del capitalismo, tal como la formulan en su último documento (la Carta n° 17) los intelectuales kirchneristas agrupados en torno a la agrupación Carta Abierta (CA). El capitalismo de la globalización, tal es el nombre de la criatura, no levanta vuelo, a pesar de la increíble cantidad de adjetivos empleados por CA para garantizar su construcción. Pero el esfuerzo de los intelectuales de CA no termina ahí. Como era de esperarse, la caracterización del capitalismo internacional no es otra cosa que el preludio para el análisis de la situación política nacional.

Resulta imposible esperar linealidad argumentativa en un documento de CA. Los intelectuales que conforman este agrupamiento se han vuelto especialistas en crear un lenguaje enredado, barroco y confuso, insoportable a la lectura y que oculta, detrás de la “complejidad formal”, la adscripción de los autores a formas más o menos vergonzantes del posmodernismo. Es por ello que opté por darle un mínimo de orden al argumento de CA, con el objeto de describir su diagnóstico de la situación argentina, así como también sus propuestas.

CA afirma que el capitalismo de la globalización, expresado entre otras cosas en el fallo del juez Griesa, tiene por objetivo una reformulación de la dependencia:

“La dependencia, como la articulación en una estructura única de países desarrollados y subdesarrollados, en virtud de la capacidad endógena o inducida de crecimiento, cuya ruptura sería posible a través de la participación política de grupos sociales antes marginados, ahora incluye mayores sumisiones superestructurales como la subsunción jurídica en una legalidad global manejada por los centros imperiales y la “integración financiera”.

La dependencia es despojada de toda connotación de clase, es decir, de toda referencia a la explotación de los trabajadores, y pasa a ser concebida como la subordinación de unos países a otros (los subdesarrollados se someten a los desarrollados). Al hacer esta operación, la burguesía de los países subdesarrollados queda incluida entre los grupos sociales que padecen la dependencia. CA parece considerar a la dependencia como algo que fluye desde el centro a la periferia, no como una relación propiamente dicha (en la que se entrecruzan los intereses de las burguesías del centro y las de la periferia, todo bajo el dominio de la lógica del capital). La referencia a la “subsunción jurídica” es curiosa. CA presenta la sumisión a los tribunales estadounidenses como un nuevo rasgo de la dependencia. Ahora bien, fueron justamente los gobiernos de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández, en los canjes de deuda de 2005 y 2010, quienes ratificaron la jurisdicción de los tribunales norteamericanos en las cuestiones relativas a la deuda externa argentina. Es decir, los líderes del “Proyecto Nacional y popular” defendido por uñas y dientes por CA.

La reformulación de la dependencia se expresa, en la coyuntura política de 2014, en el desarrollo de “nuevas y viejas derechas”, que pretenden “la sustitución abrupta de una épica por la desmovilización de los cuerpos y las ideas”. El lenguaje empalagoso de CA oculta que los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández han sido “pagadores seriales” de deuda externa, fortaleciendo así el poder del “capitalismo de la globalización”, fuente de todos los males para CA. La referencia a los “cuerpos” y a las “ideas” (¡como si cuerpo e idea pudieran estar separados!) oculta que toda coyuntura política expresa una lucha entre clases y grupos sociales, no una disputa de palabras entre intelectuales que viven de los fondos públicos.

CA describe así la situación actual:

“Hoy, luego de once años vivimos un momento de extremo riesgo. Por primera vez el bloque de los poderosos, de los que portan el poder económico y el proyecto de articularse con el capitalismo de la globalización, aunados con una oposición política, en la que la mayoría de sus referentes abrevan en ese viejo posibilismo acomodaticio desplazado –basta ver cómo sin ideas ni identidades mudaron del oficialismo a la oposición y navegaron sin destino fijo entre las distintas variantes de la misma– ha generado una colusión de intereses para derrotar al Proyecto nacional y popular, para ahogar la hora de las transformaciones y reinsertar al país en la “normalidad” del apoliticismo, la desabrida gestión de lo público como si se tratara de lo privado, y la resignación a la lógica de un país obediente del poder de las potencias. Servilismo indigno que ninguna ventaja económica justifica. Sentido “práctico” del consumidor pasivo, del hombre sumiso y la Nación humillada. Esta es la amenaza.” (El resaltado es mío.)

Empiezo por el final. Los muchachos de CA, ahogados en palabras, terminan por ser descuidados en sus documentos. Del texto de la Carta se desprende que el “servilismo indigno” puede ser aprobado en virtud de la obtención de ventajas económicas. Está todo dicho. A confesión de parte relevo de pruebas. Horacio González, Ricardo Forster y otros deberían renunciar a sus cargos y a las ventajas económicas, para terminar con su “servilismo indigno”. Esto no ocurrirá, por supuesto.

Sigamos. Los intelectuales de CA reconocen que la clase dominante busca articularse con el “capitalismo de la globalización”. Pero en vez de dar nombres, de caracterizar a dicha clase, prefieren hablar del “bloque de los poderosos”. De ese modo evitan confrontar con la burguesía vernácula, que queda disponible para el Proyecto Nacional que incluya burguesía y trabajadores (bajo el comando, por supuesto, de la burguesía).

CA reconoce que la burguesía argentina obtuvo ganancias fabulosas durante los gobiernos de Néstor y Cristina:

“La élite del gran empresariado que ha recolectado grandes ganancias durante una década de recuperación económica, crecimiento industrial, aumento de la productividad de los trabajadores, excelentes precios para la exportación de granos y una política que consiguió el predominio de la actividad productiva por sobre la lógica de la valorización financiera, resiste ahora una necesaria regulación que procura un reparto más justo de la riqueza y los ingresos.”

CA omite que el supuesto predominio de la “actividad productiva” fue de la mano con las enormes ganancias de los bancos, a punto tal que el sector financiero fue uno de los ganadores de la década kirchnerista. También deja de lado que la recuperación económica fue de la mano con el mantenimiento de bajos salarios, precarización laboral y vigencia de las leyes laborales heredadas de la época menemista. Todo ello aderezado con campo libre para los manejos de la burocracia sindical, dedicada a hacer negocios y a expulsar cualquier atisbo de militancia clasista.

Dado el contexto mencionado en el párrafo anterior, el llamado a la “necesaria regulación” gira en el vacío más absoluto. Es difícil de entender porqué aquello que no se hizo cuando Cristina tenía el 54 % de los votos puede llevarse adelante en las condiciones actuales.
CA es consciente de que no puede avanzar mucho más allá de las palabras en el terreno económico. Por eso prefiere refugiarse en el terreno que constituye, según ellos, el logro más importante de la década kirchnerista:

“Pero la política que las abrazó a todas e impregnó y organizó el sentido de la época fue la de Derechos Humanos, que constituyó un hecho literalmente revolucionario, no solamente en el país, sino a nivel continental y mundial con iniciativas, procedimientos y resultados que avanzaron en el objetivo del “nunca más” a través de un trípode que más que una consigna fue el eje de esa política: “Memoria, Verdad y Justicia”. De ella fluye el espíritu que impregnó el sentido enérgico e irreductible del kirchnerismo. Porque es la fuente del fuego que envolvió una experiencia política.”

Aclaremos los tantos. Al hablar de política de Derechos Humanos, CA se refiere al impulso dado a los juzgamientos de los militares responsables de secuestros, torturas y asesinatos durante de la dictadura de 1976-1983. En este punto, el kirchnerismo se arroga un mérito que lo excede largamente. Ni Néstor ni Cristina estuvieron a la cabeza de las luchas contra el indulto y por juzgamiento de los militares durante la década menemista. Tampoco lo hicieron bajo el alfonsinismo. Sólo en 2003, y como consecuencia de la debilidad política derivada de haber obtenido poco más del 20 % de los votos, el kirchnerismo abrazó la causa de los derechos humanos, como un instrumento de seducción hacia las capas medias progresistas. Pero esa política tuvo límites bien precisos. Ante todo, no afectó la acumulación capitalista, pues dejó de lado la legislación laboral, manteniendo las condiciones de explotación promovidas durante la década menemista. Tampoco incluyó a los otros derechos sociales, como, por ejemplo, la vivienda. Y, por último, dicha política no impidió que en las cárceles y comisarías la tortura sea una una práctica cotidiana, así como también el “gatillo fácil” de la policía contra los jóvenes pobres.

CA plantea la necesidad de la movilización popular para salvaguardar las “conquistas” logradas por el kirchnerismo. Sin embargo, esto se da de bruces con una concepción verticalista de la política, en la que el militante tiene que seguir a rajatabla los mandatos del líder (léase tragar todos los sapos que sea necesario):

“se reinstalaba la premisa de la creencia en el gobernante como sujeto de cambios, como portador de un programa, como militante de convicciones, como encarnador de la voluntad popular de cambio”. (El resaltado es mío).

Mucha cháchara sobre democratización. Pero, en definitiva, es el gobernante el sujeto de los cambios. Dicho en criollo, la concepción verticalista de la política. La inflación de palabras de CA es una consecuencia de su falta de autonomía respecto a quien le da de comer. Las palabras ocultan la sumisión completa de CA a las necesidades políticas de Cristina Fernández.

CA expresa la bancarrota de los intelectuales que niegan la lucha de clases y que piensan que es posible un mejor capitalismo, diferente al “capitalismo salvaje”. También expresa la ausencia de perspectivas del nacionalismo progresista (o de izquierda) en la Argentina actual. Esto no significa que la influencia de las ideas nacionalistas de izquierda esté en decadencia. Todo lo contrario. Es por ello que resulta de importancia emprender una crítica constante de todas las manifestaciones de esta corriente, cuyas ramificaciones van mucho más allá de CA.



Villa del Parque, sábado 11 de octubre de 2014