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domingo, 9 de febrero de 2014

LA SOCIOLOGÍA COMO CIENCIA CONSERVADORA

“La revolución proletaria arrojó diferentes sombras
sobre los diferentes sociólogos y sociologías,
 pero cuando la suerte estuvo echada todos los sociólogos
supieron en qué lado de la barricada estaban.”
Göran Therborn

Un estudiante envía por correo electrónico la pregunta (tantas veces formulada):

¿Por qué se dice que la sociología nace como una ciencia conservadora?

A continuación esbozo una respuesta, muy semejante a la que brindé al estudiante en cuestión. Estoy disconforme con el tono académico, pesado, de la redacción. Pero no se me ocurre nada mejor en este momento.

La imagen cuasi romántica del sociólogo como revolucionario y enemigo del capitalismo, bastante difundida en las décadas del ’60 y ’70 del siglo pasado, sigue conservando cierta vigencia, más allá de que el panorama académico actual esté a años luz tanto del romanticismo como de las revoluciones. Pero dicha imagen no remite solamente al siglo pasado, sino que tiene sus orígenes en una confusión anterior.

En el siglo XIX surgió el marxismo, como alternativa al proyecto teórico y político de la burguesía (proyecto encarnado, sobre todo, en la economía política). Sin entrar en la discusión acerca de sus méritos y deméritos, es innegable que Marx formuló una teoría de la totalidad social, muy diferente a la filosofía política o al individualismo metodológico de los economistas del siglo XIX. Es por ello que varios historiadores de la teoría sociológica incluyen a Marx en el campo de la sociología, ya sea entre los sociólogos clásicos o los sociólogos a secas. Esta inclusión fue, más que cualquier otra cosa, la causa, que fomentó la imagen “revolucionaria” de la ciencia sociológica.

Sin embargo, la sociología se caracterizó desde sus orígenes por la preocupación respecto a la estabilización y consolidación de la sociedad capitalista. Esta afirmación es válida tanto para los precursores y primeros sociólogos (Saint-Simon, Comte, Spencer), como para la denominada sociología clásica (Durkheim, Weber). Lejos de ser una ciencia “revolucionaria”, la sociología fue desde el principio una ciencia “conservadora”

Para comprender mejor la afirmación del párrafo anterior hay que tener presente el contexto histórico en que surge el pensamiento sociológico moderno. El final del siglo XVIII estuvo marcado por el impacto de la “doble revolución” (expresión acuñada por el historiador británico Eric Hobsbawm): la Revolución Industrial en Inglaterra y la Revolución Francesa. Ambos procesos socavaron definitivamente las estructuras del feudalismo y del absolutismo, y aceleraron el ritmo de una serie de cambios que venían siendo experimentados desde el siglo XVI en Europa Occidental.

La Revolución Industrial, cuyo núcleo fue la industria textil, permitió incrementar de manera exponencial la productividad, asestando un golpe mortal a la producción artesanal, base de los viejos gremios medievales. A partir de allí (y se trató de un proceso largo, que culminó recién a mediados del siglo XIX) la incorporación de la maquinaria  y de nuevas fuentes de energía, permitieron que el empresario capitalista obtuviera una ventaja decisiva respecto a otras formas de producción, mucho menos productiva. En este sentido, la Revolución Industrial significó el paso fundamental en la expansión del capitalismo a nivel mundial. La producción de mercancías, el trabajo asalariado y la orientación del proceso económico en torno a la ganancia capitalista se convirtieron en los ejes centrales del proceso económico. Estos cambios consolidaron la posición dominante de la burguesía en la sociedad, pero también dieron origen a una nueva forma de conflicto social: la lucha entre capital y trabajo.

La Revolución Francesa se caracterizó, en esencia, por la transferencia del poder político desde la monarquía, la nobleza y el clero (estamentos privilegiados en el sistema político que dio en llamarse Ancient Regime – Antiguo Régimen -) hacia la burguesía, representó el quiebre definitivo de las viejas formas de dominación política. Así, mientras que el feudalismo se caracterizó por el sometimiento jurídico de los productores a los estamentos dominantes (los trabajadores eran esclavos, siervos, etc.), la Revolución Francesa vino a encarnar el triunfo de la idea de igualdad. A partir de 1789 (y el proceso se desarrolló de un modo no lineal, con avances y retrocesos), las sociedades se caracterizaron por la igualdad jurídica entre sus miembros. Esto implicó el abandono de todas las antiguas formas de justificación de la legitimidad política (por ejemplo, el derecho divino, es decir, la creencia en que Dios había dado a los reyes el derecho a gobernar). Ahora bien, el éxito de la Revolución Francesa en socavar las bases de las formas tradicionales de autoridad (religión, costumbre, etc.) no tuvo su correlato en la instauración de nuevas formas sólidas de autoridad. Por el contrario, la Revolución inauguró un proceso de nuevas luchas, en las que burgueses y trabajadores pugnaron por imponer formas políticas diferentes. Mientras que para los trabajadores la Revolución fue vista como un paso incompleto hacia la concreción de una igualdad que trascendiera el ámbito jurídico y se transformara en igualdad en el plano de los bienes materiales, la burguesía y los sectores conservadores de la sociedad (aquellos asociados a las supervivencias del Ancient Regime) manifestaron desde muy temprano una profunda preocupación por las consecuencias de la Revolución Francesa.

La Revolución industrial y la Revolución Francesa se hallan, pues, en los orígenes de la sociología. Ambos procesos, al erosionar las antiguas formas de producir y de hacer política (y de pensar la producción y la política), generaron un ambiente propicio para el desarrollo de nuevas formas de pensar los procesos sociales. Las viejas respuestas dejaron de ser válidas. En un primer momento, la economía política apareció como la ciencia del “nuevo mundo” capitalista. Pero, si bien los economistas contribuyeron a la comprensión del funcionamiento del mercado y de las formas modernas de producción de mercancías, sus recomendaciones de política económica (el liberalismo del libre cambio) condujeron a un agravamiento del conflicto social, pues los trabajadores se empobrecían en tanto los empresarios acumulaban riquezas. Además, las recurrentes crisis económicas empujaban a sectores de la burguesía y de la pequeña burguesía a las filas del proletariado. El capitalismo triunfante fue acompañado por un fenómeno desconocido hasta ese momento: el agravamiento de la pobreza en condiciones de aumento general de la riqueza social. Todo esto determinó que una parte de los intelectuales europeos buscara una forma diferente de pensar la sociedad, que fuera más allá de los límites de la economía política.

El surgimiento de la sociología obedeció no sólo a la preocupación por las consecuencias económicas y sociales de la expansión del capitalismo; la cuestión del afianzamiento de un nuevo orden político y de nuevas formas de legitimidad fue otra preocupación fundamental a lo largo del siglo XIX. En este punto se produjo una confluencia del pensamiento conservador asociado al Ancient Regime (sobre todo el pensamiento católico, que veía con horror la secularización de la vida social promovida por la Revolución Francesa y que sentía nostalgia por el feudalismo), y del pensamiento burgués, que observaba con malos ojos la recepción favorable de las ideas socialistas entre los trabajadores. Si bien conservadores y burgueses partían de lugares teóricos diferentes, ambos coincidían en la necesidad de encontrar otras maneras de legitimar el orden social y político, pues, de lo contrario, existía el peligro de que una nueva Revolución pudiera llegar a imponer la abolición de la propiedad privada.

Como quiera que sea, para conjurar el peligro desatado por la Revolución Francesa era necesario ponerse a estudiar las instituciones sociales surgidas de la Revolución Industrial y de la Revolución Francesa. Ese fue el camino recorrido por los primero sociólogos.

La sociología tuvo, por lo tanto, un doble origen. Mejor dicho, en sus comienzos podemos encontrar dos modos diferentes de concebir a la sociedad.

Por un lado, el pensamiento conservador de matriz católica, cuyos exponentes más destacados fueron Louis de Bonald (1754-1850) y Joseph de Maistre (1754-1821):

“El desorden, la anarquía y los cambios radicales que estos pensadores observaron después de la Revolución [Francesa], los llevaron a elaborar en su filosofía conceptos que se relacionaban con el orden y la estabilidad: la tradición, la autoridad, el status, la cohesión, el ajuste, la función, la norma, el símbolo, el ritual, etcétera. En comparación con el siglo XVIII, esto constituía un definido cambio de interés, que se desplazaba del individuo al grupo, de la actitud crítica frente al orden existente a su defensa, y del cambio a la estabilidad social.” (p. 67). (1).

La filosofía conservadora, obligada a refutar al Iluminismo (al que consideraba como causa principal de la Revolución), emprendió una crítica de los principios individualista, reafirmando la primacía de la sociedad sobre el individuo. De este modo, y sin quererlo, dicha filosofía contribuyó al desarrollo de la ciencia moderna de la sociedad. Bonald y de Maistre, al querer revivir el feudalismo, no hicieron otra cosa que aportar un grano de arena a la comprensión de los procesos sociales en un mundo secularizado, dominado por la producción de mercancías.
Por otro lado, autores como Saint-Simon (1760-1825) y Comte (1798-1857), principales figuras de una corriente de pensamiento que consideraba que la Revolución no sólo era irreversible, sino que también había proporcionado las bases materiales para la construcción de un mundo más justo y racional. Saint- Simon y Comte, más allá de las diferencias entre ambos, sostenían que el progreso de la sociedad estaba asociado de modo indisoluble al desarrollo de la ciencia y la tecnología. La industria moderna era la encarnación de ese progreso. Pretender volver al pasado medieval, bajo el pretexto de recuperar el orden perdido a causa de la Revolución, no sólo era imposible sino que significaba clausurar toda posibilidad de mejoramiento de la humanidad.

Saint-Simon y Comte pensaban que la Revolución Francesa rompió las trabas del progreso económico, pero había demostrado ser impotente para garantizar el orden social y político. Era, pues, preciso encontrar una fórmula social capaz de unir orden y progreso. En este punto, el reconocimiento de la necesidad de garantizar el progreso, Saint-Simon y Comte diferían del pensamiento conservador. La investigación sociológica debería tener por objetivo la consolidación de un orden social (el capitalista) que requería de un progreso constante de los medios de producción (ciencia y tecnología).

La tradición de Saint-Simon y Comte fue continuada por los autores de la sociología clásica (Durkheim y Weber). Está claro que hay enormes diferencias entre todos ellos. No obstante, existe una coincidencia fundamental: la sociedad moderna (capitalista) es la mejor forma de organización social, y por tanto tiene que ser preservada frente a los proyectos teóricos y políticos (el socialismo) que se presentan como alternativa a la misma.

Es por todo ello que cabe decir que la sociología nace como una ciencia conservadora. También es una “ciencia de la crisis”. Pero el tratamiento de esta cuestión excede los límites de este trabajo.


Villa del Parque, domingo 9 de febrero de 2014


NOTAS:

(1) Zeitlin, Irving. [1° edición: 1968]. (1997). Ideología y teoría sociológica. Buenos Aires: Amorrortu.

OTRAS LECTURAS:

Gouldner, Alvin. [1° edición: 1971]. (1973). La crisis de la sociología occidental. Buenos Aires: Amorrortu. Desarrolló la tesis sobre la cercanía entre los orígenes de la sociología y el socialismo.

Nisbet, Robert. [1° edición: 1967]. (1977). La formación del pensamiento sociológico. Buenos Aires: Amorrortu. Aquí se encuentra la formulación clásica sobre el origen conservador de la sociología.


Therborn, Göran. [1° edición: 1976]. (1980). Ciencia, clase y sociedad: Sobre la formación de la sociología y del materialismo histórico. Madrid: Siglo XXI. Es recomendable, sobre todo, la lectura del capítulo 3 (La era de la sociología: Entre una revolución y la otra), pues allí es sometida a discusión la tesis del origen conservador de la sociología, enunciada por Robert Nisbet. Therborn desarrolla la tesis siguiente: “La era de la sociología es la era situada entre las revoluciones burguesa y proletaria.” (p. 141). Más preciso: “La sociología apareció como un nuevo enfoque de la política después de las convulsiones de la revolución francesa, y se desarrolló y estableció definitivamente como un intento de enfrentarse a los problemas sociales, morales y culturales del orden económico capitalista, bajo la sombra de un movimiento obrero militante y de una amenaza más o menos inmediata de socialismo revolucionario.” (p. 140-141).