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sábado, 25 de septiembre de 2010

DE LA LIBERTAD DE ELECCIÓN Y DE LOS ESTUDIANTES SECUNDARIOS

El lunes pasado fuí testigo de una escena singular, muy significativa desde el punto de vista sociológico. Promediaba la tarde y me hallaba en un café, preparando unas notas para la clase que tenía que dar. Frente a mí se encontraba un señor de unos 60 años, que miraba televisión. Era la hora de las noticias y estaban pasando la cobertura de la asamblea de estudiantes secundarios en la que se decidía la suerte del plan de lucha. El señor, un hombre de clase media al viejo estilo (traje, una pulcritud gris y monótona, buenos modales con el mozo del café) lanzaba una sonora puteada o algún "¡vayan a trabajar!" cada vez que hablaba alguno de los estudiantes. La escena era un tanto grotesca, pues el bar se hallaba en silencio, había pocos parroquianos y sólo se escuchaban los insultos de nuestro personaje.

Como dije al principio, la anécdota es significativa. Por un lado porque la figura del hombrecito atildado y solitario, bebiendo su café e insultando a los estudiantes, podía leerse como una metáfora del odio visceral de nuestras clases medias hacia todo lo que excede los límites de su horizonte intelectual. Pero, además, porque la imagen concentraba todo el miedo y el desprecio que esos sectores sienten hacia la política.

¿Cuál es el pecado original de los estudiantes según el dogma de nuestras clases medias? El haber tomado en sus propias manos la resolución de un problema que los afecta cotidianamente. NADA MÁS Y NADA MENOS QUE ESO. No se trata, en el fondo, ni de odio hacia las banderas rojas de algunos estudiantes, ni hacia las asambleas o los cortes de calles. Tampoco es aversión desmedida hacia las manifestaciones y las tomas de escuelas. Todo ello no está alejado de los recursos políticos considerados legítimos por nuestras clases medias, claro está que siempre y cuando los utilicen los poderosos. Hay que tener en cuenta que muchos miembros de estas clases medias apoyaron los cortes de rutas y el desabastecimiento de alimentos a las ciudades por los dueños de los campos y de la soja en 2008. El pecado de estos jóvenes es mucho más grave. Los estudiantes secundarios han desafiado con su lucha el lugar que las clases dominantes le asignan a la juventud en la sociedad argentina. Los jóvenes tienen que trabajar y comprar, y punto. Si pretenden algo más, para eso están el alcohol y las drogas sociales que, además, llenan los bolsillos de tantos empresarios, funcionarios y políticos a los que "les interesa el país".

Nuestras clases medias, con su admirable perseverancia en el arte de no pensar por sí mismas, tienden a percibir a los jóvenes según la óptica de las clases dominantes. Esto explica en parte lo hipócrita de su proceder. Así, los jóvenes son "el futuro", pero se los margina sistemáticamente de la toma de decisiones sobre ese futuro. Así, los jóvenes necesitan "educación", pero las escuelas públicas son destruídas sistemáticamente por los vándalos que ocupan los cargos gubernamentales. Así, el trabajo "dignifica y mejora" a los jóvenes, pero apoyan las medidas para flexibilizar las relaciones laborales y aumentar las ganancias empresarias. Así, se "horrorizan" por los efectos de la droga y del alcohol, pero promueven el consumo de drogas que potencien el rendimiento laboral, así como también apoyan la cultura del "descontrol controlado", es decir, de la joda que no pone en riesgo ni por un momento el orden existente y que brinda grandes ganancias a los empresarios. Así, piden pena de muerte para los "pibes chorros", pero promueven la reconciliación y el perdón para los militares que secuestraron, torturaron, asesinaron y escondieron los cadáveres de miles de compatriotas.

En esta exuberante hipocresía se encuentran las bases del odio en solitario del personaje con que comenzamos esta nota. Hipocresía que puede resumirse en pocas palabras: sumisión antes los poderosos y soberbia frente a los débiles. Como la norma de su vida es el respeto a quienes tienen el poder (1), cualquier manifestación de autonomía es vista como una falta imperdonable. Es por esto que la toma de los colegios por los estudiantes genera tanta oposición. Hay que decir para completar el cuadro, que nuestros sectores medios poco les importa la educación pública. Por lo general, sus hijos van a una escuela privada, y a ella sólo se le pide, por lo general, que sea una guardería confortable. Nuestro espécimen promedio de clase media suele sopesar más las razones para elegir un 0 km que las condiciones de educación de sus hijos.

El pecado original de los secundarios tiene un doble carácter. Por un lado, se han organizado para defender sus derechos, cosa mal vista en la Argentina post 1976. Por otro lado, han expresado preocupación por las condiciones de la educación pública, cosa que no preocupa casi a nadie en una Argentina respetable que sigue a Tinelli y que procura ganar dinero por todos los medios posibles.

Pero, además de todo lo anterior, los estudiantes han cuestionado el universo ideológico de las clases medias en un sentido más profundo. Al reclamar por las condiciones ruinosas de los edificios en los que estudian, los jóvenes han tomado la decisión de ser artífices de su propio destino, aunque sea en este punto limitado de sus vidas. Esto es lo inaudito. Nuestra sociedad se apoya en dos pilares fundamentales. Uno. La propiedad privada de los medios de producción. Dos. La supresión sistemática de la capacidad de elegir el propio destino. Ahora bien, la lucha estudiantil ha puesto en entredicho este segundo pilar, con el agravante de que el cuestionamiento proviene de un sector que es considerado como minusválido por los sectores dominantes.

En nuestro país, los jóvenes pueden elegir qué clase de mercancía van a comprar, por supuesto siempre y cuando tengan dinero (pero el que no tiene dinero no existe). Sin embargo, no pueden elegir las condiciones edilicias en las que van a estudiar. Se comprende así el porqué nuestro personaje del principio tenía razones para insultar visceralmente a los estudiantes...

Buenos Aires, sábado 25 de septiembre de 2010

NOTAS:
(1) No es respeto por la ley (entendida esta en el sentido liberal). De ahí que nuestras clases medias suelan ser liberales en lo económico pero no en lo político.

sábado, 18 de septiembre de 2010

DEL AMOR A LAS CÁMARAS DE TELEVISIÓN Y OTRAS CUESTIONES DE LA MILITANCIA POLÍTICA

El 16 de septiembre, durante la manifestación en conmemoración de la Noche de los Lápices, escuché a dos turista españoles hacer comentarios sobre la convocatoria. Uno de ellos, el que llevaba la voz cantante, afirmaba que la manifestación era una forma de protesta ineficaz, pues no contenía nada novedoso en sí y se confundía con otras manifestaciones convocadas por motivos diferentes. En otras palabras, para el ciudadano común, todas las manifestaciones eran iguales. El español razonaba que si esto era así, la manifestación perdía toda eficacia como hecho político, pues volvía invisible justamente lo que pretendía mostrar: la causa que convocaba a los manifestantes. Para evitar esto, los defensores de cada causa tendrían que buscar formas novedosas de protesta, capaces de atraer la atención de la mayoría de los ciudadanos.

La opinión expuesta por nuestro anónimo comentarista español no es única, sino que forma parte de una actitud generalizada entre muchos militantes políticos y de organizaciones populares, que se encuentran literalmente obsesionados por "generar un hecho político", esto es, por lograr atraer la atención de los medios de comunicación hacia sus acciones. Si bien esta actitud no es exclusiva de los militantes de izquierda, nos parece más interesante concentrarnos en ellos en estas reflexiones, tanto por nuestro interés político directo como por el hecho innegable de que es la izquierda la que se encuentra habitualmente huérfana de acceso a los medios.

La tesis del "hecho político" parte del supuesto de que las acciones políticas carecen de efectos concretos si no consiguen llamar la atención de los medios. Sólo si el acto político aparece reflejado en los medios (y la televisión es, al respecto, el medio supremo), puede considerarse como plenamente realizado. Esta tesis, que expresa la necesidad genuina de difundir las propias acciones al conjunto de la población, termina por derivar en una verdadera hegemonía de lo mediático sobre lo político o, dicho de modo más preciso, por la elección de una política mediática como forma de hacer política.

La política mediática significa que los militantes tienen que dedicar buena parte de sus energías a buscar los caminos para que los periodistas y las cámaras de televisión acudan a ellos. La política termina por derivar hacia un ejercicio de atracción de los periodistas. Esto lleva a que las organizaciones populares comiencen a competir entre sí por lograr acaparar la atención de los medios. En este terreno, la competencia termina por exigir la intervención de publicistas y especialistas en marketing, quienes son, en definitiva, los que tienen el conocimiento de cómo lograr llamar la atención. En el límite, las agencias de publicidad reemplazan a los partidos políticos, y la política se transforma en una rama más de la publicidad, esto es, se convierte en una actividad cuyos objetivo principal es vender productos (candidatos, causas, etc.).

Por supuesto que lo dicho en el párrafo anterior constituye una evidente exageración respecto a la acción de las organizaciones populares de nuestro país. En el caso de ellas, los medios son generalmente muy primitivos, y apenas si han conseguido asimilar los rudimentos de las técnicas publicitarias.Pero ya han incorporado, en muchos casos, la lógica de la política mediática.

Un ejemplo de lo expresado en los párrafos anteriores. Durante la lucha por mejorar la situación edilicia de la educación pública en la ciudad de Buenos Aires, se produjo un episodio significativo. Los estudiantes y algunos docentes del profesorado Alicia Moreau de Justo, cortaron la avenida Córdoba en su intersección con Ayacucho. Cuando el corte estaba terminando, realizaron una asamblea sobre la calle Córdoba para decidir los pasos a seguir. En ese momento intervinieron algunos militantes políticos para convencerlos de que deberían dejar el lugar y marchar hacia la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA pues allí se realizaba la asamblea de todos los colegios tomados y, por ende, "estaban todos los medios". En cambio, a la esquina de Córdoba y Ayacucho no había acudido ni un mísero movilero de a pie. De manera que, implícitamente, cortar la avenida Córdoba en las horas pico y poner en movimiento a un profesorado que hasta ese momento no estaba tomado, no representaba un "hecho político". ¿Por qué? Porque estaban ausentes los medios.

La política mediática supone poner la búsqueda de la aparición de los medios de comunicación como el objetivo primordial de las organizaciones políticas. En sus estadios superiores implica la transformación de la política en un espectáculo más. Esto no es novedoso, y se viene teorizando desde hace bastante tiempo. Pero sí resulta significativo que la tesis del "hecho político" haya sido incorporada por las organizaciones populares que tienen que enfrentar, justamente, las prácticas y los efectos de la política mediática.

De ningún modo pretendemos negar la importancia de los medios de comunicación para el desarrollo de una política contrahegemónica o anticapitalista. En sociedades complejas como la nuestra, ignorar a los medios puede resultar suicida. Pero, la política tiene que marcar las líneas de acercamiento a los medios y no a la inversa.

El "hecho político" no consiste en que una cámara filme a un grupo de manifestantes. Dicha filmación, si llega a la televisión, terminará diluyéndose en la catarata de informaciones cotidianas. El verdadero "hecho político" consiste, en cambio, en la organización de los sectores populares. El mero hecho de juntarse para discutir sobre la propia situación y buscar las vías colectivas para superarla constituye el hecho político fundamental para los sectores populares. Hacer política anticapitalista es, ante todo, realizar acciones para superar la fragmentación cotidiana. Juntarse, debatir, organizarse, actuar colectivamente: he aquí los verdaderos hechos políticos. Llamar a los medios sin haber realizado estos hechos políticos equivales a caer en el vacío. Y la política de los trabajadores y demás sectores populares debe tenerle horror al vacío y al aislamiento.

En síntesis, generar un "hecho político" en el sentido mediático no es difícil. Alcanza con una ayuda de contactos entre los medios de comunicación y un teléfono celular. Pero hacer política en el sentido de agrupar y organizar a los sectores populares es otra cuestión, para la cual no bastan las cámaras.

Buenos Aires, sábado 18 de septiembre de 2010

viernes, 17 de septiembre de 2010

DEL DELICIOSO ARTE DE ARRUINAR EDIFICIOS PÚBLICOS

En el día de ayer una multitudinaria manifestación recorrió el centro de la Ciudad de Buenos Aires en conmemoración de un nuevo aniversario de la Noche de los Lápices y en apoyo a la prolongada lucha que mantienen los estudiantes secundarios por la mejora de los edificios en los que se dicta la educación pública. En la marcha participaron no sólo estudiantes secundarios, sino también docentes, padres, algunos sindicatos y mucha gente que fue a apoyar la educación pública. La manifestación fue, probablemente, la más numerosa del movimiento estudiantil secundario desde el regreso de la democracia en 1983 y, en tanto punto culminante de la lucha iniciada con las tomas de los colegios, marca a nuestro juicio una recuperación de la organización de los estudiantes secundarios, la cual no se había logrado durante todo el período democrático. Es de destacar, además, para tanto oyente de radios sabihondas y tanto conductor televisivo erudito en los misterios de la educación, que la concentración, la marcha y la desconcentración se llevaron a cabo sin que se registraran ningún tipo de incidentes violentos, cosa que debe haber extrañado mucho a la gente que opinaba que se trataba de una concentración de vándalos, de delincuentes juveniles o vaya a saber qué otro tipo de engendro mutante.

Lo dicho en el párrafo anterior es de público conocimiento y consta en la cobertura que hicieron los diarios. Sin embargo, en la mañana del 17/09, muy temprano, en varios programas radiales (cito: el programa de Magdalena Ruiz Guiñazú) se informó que los estudiantes habían cubierto de pintadas e insultos varios edificios públicos (sobre todo, el edificio donde funciona la Jefatura de Gobierno de la Ciudad). Ante estos hechos (no vamos a negar la veracidad de los mismos) empezó a generarse una catarata de acusaciones contra los estudiantes que habían hecho las pintadas: "daños a los edificios públicos", "falta de educación", "política", etc. etc. En pocas palabras, los estudiantes en particular, y los participantes de la manifestación de ayer en general, éramos responsables de un insoportable atentado contra los bienes públicos, con el agravante de que los daños iban a tener que ser cubiertos por toda la ciudadanía.

Si un observador medianamente desinteresado compara el primero y el segundo párrafos de esta nota, podrá percibir cierta desmesura en el discurso propalado por algunos periodistas en la mañana del 17/09. Para ponerlo en claro, los estudiantes, que estudian y pasan una parte importante de sus vidas en edificios (escuelas) que se encuentran en condiciones ruinosas, pasan a ser culpables de arruinar la propiedad pública. Si uno tuviera el talento de un Swift o de un Voltaire (escritores que, por cierto, probablemente no conozcan nuestros periodistas defensores de la propiedad pública), podría decir muchas cosas interesantes al respecto. Pero, como carezco de esas condiciones me voy a limitar a decir dos palabras sobre el significado del argumento de los señores periodistas.

Hasta donde sabemos, las escuelas que dependen de la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad, y los edificios donde mora el Gobierno de la Ciudad son de propiedad pública (aquí no entramos a inquirir sobre situaciones de alquiler). En otras palabras, ambos son PROPIEDAD PUBLICA. También, y hasta donde sabemos, los edificios en los que funcionan muchas escuelas públicas de la ciudad de Buenos Aires se encuentran en pésimas condiciones y exigen urgentes reparaciones. Además, y hasta donde sabemos, las escuelas siguen sin ser reparadas y hasta ahora sólo existen promesas del señor ministro de Educación don Esteban Bullrich y unas pocas cuadrillas que han comenzado a trabajar. En resumen, en la situación de las escuelas sigue el deterioro de la propiedad pública. A todo lo anterior hay que agregar que, hasta donde sabemos, las cuadrillas del Gobierno de la Ciudad trabajarán con celeridad para reparar los daños (pintadas) a la fachada de la sede del gobierno. Es decir, los daños causados por los "vándalos" (atención, reconocemos que se trata de daños) serán subsanados en poco tiempo.

Como puede verse, existe una notable disparidad en el tratamiento brindado a uno y otro tipo de edificio público. ¿A qué responde esta diferencia? Resultaría muy fácil atribuirla a los intereses políticos de los señores periodistas, que desearían ver encumbrado a don Mauricio Macri en la presidencia de la Nación. Descartamos esta vía porque sabemos de buena fuente que los periodistas son absolutamente incorruptibles. Entonces, preferimos apuntar a una cuestión interesante. Las escuelas, que son edificios públicos, son también lugares donde se imparten conocimientos y en las que estudian (dada la naturaleza de clase de nuestro sistema educativo, donde las escuelas públicas son para los pobres y las escuelas privadas para las clases media y alta) los pobres de nuestra sociedad. Los edificios donde funciona el gobierno son...edificios gubernamentales. Cuando se pone el grito en el cielo por las pintadas a las fachadas y cuando las cuadrillas corren presurosas a pintar las fachadas de esos edificios, se está realizando un acto político. Las escuelas, donde estudia la chusma, pueden esperar. En la escala de valores de nuestros gobernantes (y algunos periodistas pertenecen por cierto a la clase que gobierna) los edificios que sirven a las personas (escuelas, hospitales, etc.) pueden deteriorarse... total, a esos lugares concurren los pobres. En cambio, una pintada a una fachada constituye un delito de lesa humanidad.

Corolario: para nuestros gobernantes, las clases que concurren a las escuelas públicas tienen que conformarse con lo que les ha tocado. Si intentan organizarse para pelear por el derecho a estudiar en un colegio que no esté en ruinas, se transforman automáticamente en delincuentes que destruyen propiedades públicas. El mundo del revés. Pero, de eso se trata en el capitalismo¿no?... un mundo en el que las cosas dominan a las personas.

Buenos Aires, viernes 17 de septiembre de 2010

domingo, 12 de septiembre de 2010

PAPEL PRENSA, FIBERTEL Y LA CUESTIÓN DE LA PROPIEDAD (II)

(Segunda entrega de las notas preparadas para una conferencia en el Centro Cultural Tinku, sábado 4 de septiembre de 2010.)

Luego de las consideraciones hechas en la nota anterior, cabe decir que la discusión en torno a Papel Prensa y Fibertel carece de verdadero sentido político si no se aborda la problemática de la relación entre los medios de comunicación y la dominación capitalista. Aquí sólo puedo hacer algunas consideraciones preliminares que exigen la realización de estudios posteriores para poder ser verificadas. La articulación entre la lógica del capital y los medios de comunicación se da en torno a dos dimensiones principales:

a) el espacio de legitimación de la hegemonía política de la clase capitalista. En este sentido, los medios actúan como intelectuales orgánicos de los empresarios, no tanto por su capacidad para organizar a la propia clase dominante, sino a través de su trabajo constante para lograr la fragmentación y dispersión de los sectores populares. Su tarea es, en este aspecto, mucho más negativa que positiva.

Los medios marcan la agenda de los temas que son percibidos como normales y posibles, y los separan rigurosamente del terreno de los «sueños»y de los «disparates». Así, por ejemplo, los medios ponen en el escenario la discusión sobre el 82% móvil, pero dejan de lado el debate en torno al porqué las personas que construyeron la riqueza del país están condenadas a sobrevivir con una jubilación, en tanto que los empresarios que alcanzaron la tercera edad pueden seguir disfrutando de los mismos placeres que durante su vida "activa".

b) el espacio de legitimación de la hegemonía social de la clase capitalista. Aquí su papel es todavía más importante que el que juegan en la dimensión de la hegemonía política. Para entender esto hay que volver otra vez al hecho del carácter capitalista del sistema productivo argentino. En una economía capitalista la productividad del trabajo es muy superior a las necesidades de los seres humanos. En otras palabras, se produce mucho más de lo necesario para satisfacer las necesidades básicas de las personas. Ahora bien, en una economía capitalista los empresarios sólo pueden apropiarse de la ganancia una vez que han logrado vender sus mercancías. Sin ventas no hay ganancias. De este modo, el capitalista se ve obligado a controlar tanto lo que pasa en la fábrica (dictadura fabril) como lo que sucede en el mercado (marketing). Es más, está obligado a arbitrar los medios para que las personas dediquen porciones cada vez más grandes de su "tiempo libre" a la compra de mercancías. (1) . Le guste o no, debe avanzar más allá de la jornada laboral e intentar abarcar todos los momentos de la vida de las personas. La existencia humana en su conjunto pasa a estar sometida a las necesidades de realización (venta) de la mercancía. Si algo no puede comprarse o venderse pasa a ser "sospechoso", "raro", "especial".

En este contexto se comprende la función de hegemonía social que desempeñan los medios de comunicación en una sociedad capitalista como la argentina. Su tarea primordial consiste en instalar la idea de que la vida humana tiene que girar en torno a la compra de mercancías. Esto es mucho más que la publicidad de todo tipo de mercancías, sin negar por cierto la importancia de esta "noble" actividad. Es la creación de la propensión a comprar, la construcción de los límites de la propia experiencia vital en torno al espacio de la mercancía. Los temas, los modelos, el lenguaje, pasan a ser los del individuo comprador. En este sentido, las secciones de los diarios y de los programas de televisión aparentemente más alejadas de la política son, al contrario, las más profundamente políticas.

Establecidas las funciones de hegemonía política y social que desempeñan los medios de comunicación de masas en una sociedad capitalista moderna, puedo abordar la cuestión de la pelea en torno a Papel Prensa y Fibertel. En primer lugar, hay que decir que está en discusión algo mucho más profundo que el monopolio del Grupo Clarín o la estabilidad del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner. Quedarnos en este nivel de análisis supondría aceptar pasivamente los límites de la discusión política tal como la plantean los sectores dominantes. En el marco de una lucha política entre el Grupo Clarín y el Gobierno Nacional se ha puesto en el centro del debate, sin que esto sea una intención querida por los principales actores en conflicto, la cuestión de la propiedad de los medios de comunicación. En este sentido, puede decirse que el debate en torno a Papel Prensa adquiere una relevancia política fundamental. Veamos esto con atención.

La transferencia de la parte principal de la propiedad de Papel Prensa a Clarín y La Nación en el año 1977 no puede considerarse de ningún modo como un hecho casual. En este punto, que la transferencia de las acciones de la familia Graiver a Clarín y La Nación haya sido facilitada y acelerada por medio de la aplicación de torturas a cargo de los grupos de tareas de la dictadura o que haya sido el producto de una transacción comercial normal, no tiene tanta importancia como el hecho de que, en el marco de un gobierno dictatorial que estaba interesada en controlar todas las formas de expresión de ideas, la proyectada principal fuente productora de papel nacional para periódicos y libros, haya quedado en manos de tres periódicos como Clarín, La Nación y La Razón. Basta revisar los titulares y los editoriales de estos diarios durante toda la época de la dictadura para comprobar que actuaron en todo momento como cómplices e impulsores del proyecto de país implementado por la dictadura militar. Esto es un hecho político fundamental, y frente a él poco pueden decir los periodistas a sueldo de los grupos Clarín y La Nación. En este sentido, la "aceptación" del traspaso de acciones por la dictadura es consecuente con la política del gobierno militar, tendiente a asegurar todos los procesos del poder político, económico y social en la Argentina. De hecho, el mayor mérito de la acción del gobierno de Cristina Fernández consiste en haber puesto en el centro de la escena la cuestión misma del traspaso y del momento en que se efectuó.

Hay que volver a insistir en el argumento desarrollado en los párrafos anteriores. Los medios de comunicación en una sociedad capitalista se han transformado en una de las fuentes principales de hegemonía política y social. Es por esto que la dictadura militar, embarcada en un proceso de reestructuración brutal de las relaciones entre las clases sociales en la Argentina (cuyo objetivo principal era la eliminación de las bases objetivas para cualquier proyecto político que tuviera intenciones de llevar adelante algún proceso de redistribución de ingresos). Ahora bien, lo interesante es que los gobiernos democráticos que sucedieron a la dictadura no tocaron las bases de la concentración de los medios de comunicación. Al contrario (y esto especialmente en la década de 1990), tendieron a promoverla dando el visto bueno a la conformación de grupos multimedios, de los cuales el Grupo Clarín es el ejemplo más destacado. Si se está de acuerdo con este argumento, se comprende el porqué no puede presentarse la acción actual del Gobierno Nacional como una arremetida contra la libertad de prensa o la libertad de expresión. En verdad, en ningún momento los grupos monopólicos en los medios de comunicación han favorecido la concreción real del derecho a la libre expresión. Afirmar la contrario implica desconocer el papel que han cumplido los grupos multimedios en la consolidación de todos los proyectos económico-sociales favorables a la hegemonía del capital concentrado.

Buenos Aires, domingo 12 de septiembre de 2010

[Continuará]


NOTAS:

(1) Es por esto que constituye un error caracterizar a la sociedad capitalista como una "sociedad de consumo". En el límite, al capitalista le importa poco que los compradores consuman lo que compran; lo que le interesa primordialmente es que compren...

martes, 7 de septiembre de 2010

PAPEL PRENSA, FIBERTEL Y LA CUESTIÓN DE LA PROPIEDAD

(Primera entrega de las notas preparadas para una conferencia en el Centro Cultural Tinku, sábado 4 de septiembre de 2010.)

Para empezar, quiero expresar mi intención de correrme del eje jurídico de la discusión en torno a las decisión del Gobierno Nacional sobre la licencia de Fibertel para operar en el mercado de servicios de Internet, y sobre la medida de llevar ante la Justicia la investigación sobre la venta de una parte de las acciones de Papel Prensa a Clarín y La Nación. Dos razones me mueven a ello. Primero, carezco de conocimientos necesarios para decir algo satisfactorio en términos jurídicos. Segundo, y esto es mucho más relevante que lo anterior, la cuestión de Papel Prensa y de Fibertel es principalmente política, en el sentido pleno del término. De hecho, el debate en estas últimas dos semanas ha girado en torno a la política y no al derecho.

Ahora bien, para entender en profundidad el significado político de la lucha en torno a Papel Prensa (desde ya tengo que decir que considero que el caso Fibertel es secundario, y que la trascendencia que le han dado los Grupos Clarín y La Nación se deriva, en buena medida, de la elevada conciencia de clase que poseen sus directivos) hay que comenzar haciendo algunas aclaraciones, lo que nos llevará, en apariencia, bastante lejos del tema principal. Desde ya pido disculpas si me extiendo en demasía.

En primer lugar, hay que partir de la constatación de un hecho que ha quedado en buena medida oculto en el debate. Argentina es una sociedad capitalista, lo cual implica que un sector de la población concentra la propiedad de los medios de producción, en tanto que la mayoría de las personas carecen de dicha propiedad. Del carácter capitalista de la sociedad argentina se derivan una serie de consecuencias interesantes desde el punto de vista político. Ante todo, la diferencia en cuanto a la propiedad de los medios de producción genera una diferencia fundamental de poder al interior de la sociedad. Así, quienes cuentan con los medios de producción pueden tomar decisiones sobre aspectos fundamentales de la vida de las personas; así, los empresarios deciden qué se va a producir en las empresas, cómo y en qué cantidad, sin necesidad de consultar a los trabajadores, valiéndose para ello de su derecho de propiedad. Por otro lado, los desposeídos de medios de producción se ven obligados a vender su fuerza de trabajo en el mercado para así ganar un salario y poder comprar las mercancías con las que satisfacer sus necesidades. Esto ocurre así porque los medios de producción permiten controlar las condiciones de producción de la existencia de las personas. Sin ellos, el ser humano es incapaz de reproducir su vida. De ahí que la no propiedad de los medios de producción coloca a las personas en una situación de carencia plena, y las vuelve permeables a todas las formas de dependencia. De este modo, y a diferencia de otras formas de sociedad, en el capitalismo opera la coerción económica, es decir, la falta de propiedad de los medios de producción obliga a las personas a aceptar las condiciones que dictan los empresarios so pena de caer en la indigencia. Solo esta situación permite explicar que las mayoría de las personas pasen la mayor parte de sus vidas en el trabajo, haciendo cosas que no quieren y sintiéndose profundamente ajenas al mismo.

En segundo lugar, las diferencias en cuanto a la propiedad de los medios de producción se traducen en diferencias importantes en la estructura política de la sociedad. Para expresarlo de manera esquemática, nuestra sociedad se halla dividida en dos grandes compartimentos estancos, profundamente separados entre sí en apariencia. De un lado, está la producción tal como se verifica en las fábricas, oficinas, etc.; en ella impera la dictadura del empresario, quien dice a los trabajadores qué, cómo y cuánto producir sin hacer ni una votación ni una consulta. De otro lado, se encuentra el mercado, al que definiré como el lugar en el que se encuentran los compradores y vendedores de todo tipo de mercancías (incluidas las personas mismas en tanto mercancías). A diferencia de lo que ocurre en la fábrica, en el mercado las personas son libres e iguales en términos jurídicos; en el mercado laboral, en el que los trajadores ofrecen su capacidad y habilidad para trabajar, y los empresarios acuden para comprar el derecho a usar de esa capacidad durante un tiempo determinado, ambos actores sociales se encuentran en condiciones de iguadad jurídica. Un trabajador, por ejemplo, puede demandar al empresario por incumplimiento de contrato, justamente porque el trabajador es un sujeto jurídico pleno, cuyo estatus es muy diferente al del esclavo, quien no se pertenece a sí mismo. La dualidad entre la dictadura a nivel fábrica, y la libertad jurídica a nivel mercado es una de las características distintivas del capitalismo, y tiene consecuencias politicas significativas.

En tercer lugar, la acción omnipresente de la coerción económica (que se manifiesta no sólo entre los trabajadores, sino también entre los capitalistas -vía competencia -.) y la existencia del mercado como instancia social en la que todas las mercancías (incluidas las personas) son iguales (es decir, todas ellas son iguales en el sentido de que una cantidad de valor se cambia por otra cantidad igual de valor de cambio, haciendo abstracción de las diferencias existentes entre la mercancía en tanto valor de uso), genera la posibilidad misma de la dualidad entre el nivel de la economía y el nivel de la política. En el capitalismo, poder económico y poder político pueden estar formalmente escindidos. Así, los empresarios dictan sus leyes al interior de la fábrica y de la oficina, en tanto que el Estado formula las leyes que rigen todos los demás aspectos de la sociedad. Aquí hay que insistir en el hecho de que es la coerción económica la que permite a los empresarios independizarse hasta cierto punto del Estado, pues los trabajadores, desposeídos de medios de producción van a trabajar coaccionados por la necesidad de obtener un salario para vivir. En condiciones normales, los capitalistas no precisan de la violencia para obligar a trabajar a los trabajadores. En este sentido, y sin desmerecer las luchas por las libertades y los derechos, puede decirse que fueron los empresarios quienes se "independizaron" del poder político y no a la inversa.

En cuarto lugar, en una sociedad capitalista el Estado no puede se otra cosa que un Estado capitalista. Como esto se presta a malentendidos, es necesario explicar en detalle este punto. El capitalismo se basa en la propiedad privada de los medios de producción; por tanto, cualquier forma de organización política que se dé en los marcos de una sociedad capitalista, está obligada a respetar la propiedad privada de los medios de producción. Este es el límite último del sistema, y no puede ser traspasado a menos que se produzca una transformación radical de la sociedad. Esta verdad elemental está ausente, generalmente, en los debates sobre la política capitalista, y su olvido puede llevar a pensar que en un régimen democrático todo es posible. En un sentido opuesto, la insistencia en el carácter capitalista del Estado puede derivar en visiones instrumentalistas, que hacen del Estado una mera herramienta de los distintos bandos capitalistas. Ambas concepciones, aparentemente antagónicas, expresan una misma manera de ver la realidad y se complementan. En el punto siguiente examino esta cuestión.

En quinto lugar, la separación relativa entre economía y política genera el espacio de posibilidad para la emergencia de la democracia como forma de gobierno. Como dije anteriormente, la gestión de la fuerza de trabajo es muy diferente en el capitalismo que en las sociedades anteriores. La igualdad jurídica entre empresarios y trabajadores se manifiesta en la figura del trabajador formalmente libre, que posee la condición de ciudadano que elige a sus gobernantes. En un sentido, pude decirse que el proceso de constitución del trabajador libre y ciudadano, que atraviesa los siglos XIX y XX, fue funcional a las necesidades de la reproducción del capital, pues la preocupación por comprar barato los insumos del proceso productivo y por evitar el desperdicio de los mismos durante el proceso de trabajo, se ve satisfecha con trabajadores libres (por tanto, responsables). Sin embargo, y con ser correcta de modo parcial, esta concepción olvida que la libertad y la ciudadanía de los trabajadores fueron el resultado de duras luchas sociales y no de un efecto de la benevolencia o el interés de los empresarios. En el capitalismo, como en toda sociedad de clase, los trabajadores no aceptan resignadamente su condición. No existe ningún estado natural de sumisión. Por el contrario, la historia muestra que tanto la libertad como el sometimiento deben ser conquistados por las clases interesadas. En este sentido, la implementación de la coerción económica como la principal herramienta del poder de los empresarios constituye un logro significativo en el desarrollo de las técnicas de sometimiento, pues promueve tanto la internalización de la dominación como la sensación de impersonalidad d ela misma dominación. Pero, al mismo tiempo, conlleva problemas inéditos para la burguesía, pues los trabajadores pueden, en teoría, ocupar los cargos de gobierno en tanto ciudadanos. Como quiera que sea, la relación entre capitalismo y democracia es mucho más frágil que la que surge de las apariencias. Ahora bien, es esta situación la que no puede ser percibida por los argumentos mencionados en el cuarto punto de esta enumeración.

Finalmente, y esto se desprende de todo el argumento que desarrollé hasta aquí, el Estado capitalista y la forma democrática de gobierno no son un mero instrumento que cumple las demandas de la clase empresaria. Constituyen un espacio de lucha de clases, en el que se dirime la confrontación entre la hegemonía de los grupos dominantes y las tentativas contrahegemónicas de los trabajadores. Esto no significa que la instancia democrática suprima el carácter capitalista del Estado, sino que lo obliga a volver más complejas las formas por las que se asegura la puesta en práctica de la hegemonía empresaria. De todos modos, y esto no debe perderse de vista, el mecanismo fundamental de la dominación capitalista radica en la coerción económica y en la internalización de las disposiciones a la sumisión de los trabajadores.

[Continuará]

Buenos Aires, 7 de septiembre de 2010

jueves, 2 de septiembre de 2010

CÓMO DECÍAMOS AYER... APUNTES SOBRE EL MANIFIESTO COMUNISTA (II)

Sigue la saga del Manifiesto, iniciada el 29 de agosto.

2. EL ASCENSO DE LAS LUCHAS OBRERAS EN LA DÉCADA DE 1840.

La Revolución Industrial había comenzado en el último tercio del siglo XVIII en Inglaterra. Dejando de lado el incremento de la riqueza y las transformaciones tecnológicas, sus efectos sociales más importantes fueron el fortalecimiento de la posición social de la burguesía y la aparición del proletariado moderno. Esta nueva clase trabajadora, surgida de las masas de campesinos que fluían a las ciudades, de la desintegración de los gremios de artesanos, de la pauperización de los trabajadores independientes frente a la competencia de las máquinas y de la disciplina draconiana impuesta por los capitalistas, comenzó a luchar por mejorar sus condiciones de vida.

No es este el lugar para describir el proceso de las luchas de los trabajadores. Basta decir que ya en la década de 1830 hubo intentos de crear una organización sindical que agrupara a todos los obreros de Gran Bretaña. La Reforma Electoral de 1832 amplió la participación de la burguesía en las elecciones, pero dejó afuera a varios sectores de la misma burguesía y a la clase obrera. El movimiento cartista fue una expresión política propia del proletariado, surgida a fines de la década de 1830, cuyo objetivo fundamental era obtener el derecho de voto para los trabajadores. Su capacidad para movilizar a las masas obreras detrás de sus consignas fue impresionante, a pesar de su inoperancia para lograr resultados concretos en el plano de la legislación electoral. Por otra parte, entre las décadas de 1820 y 1830, algunos economistas radicales desarrollaron en un sentido socialista la teoría del valor trabajo del economista clásico David Ricardo (1772-1823), denunciando que la fuente del poder de la burguesía radicaba en el trabajo no pagado al proletariado, que era apropiado por los capitalistas. Además, industriales pro-obreros como Robert Owen (1771-1858) se preocupaban por encontrar formas alternativas (cooperativismo) al sistema capitalista.

Todas estas experiencias, en algunos casos opuestas entre sí, expresaban la búsqueda de respuestas a la miseria y a la desigualdad engendradas por la expansión de las relaciones sociales capitalistas. La nueva pobreza resultaba particularmente indignante, porque se daba en medio de la multiplicación de la riqueza, en proporciones nunca vistas en la historia. La prédica de los economistas liberales o la fraseología tipo Guizot ("¡Enriqueos!") ya no resultaba tan convincente como en las primeras décadas del siglo XX, en parte porque las masas trabajadoras quedaban fuera de las nuevas riquezas generadas por la expansión industrial, así como también porque la sucesión de crisis periódicas sumía a muchos miembros de la pequeña burguesía en la incertidumbre y, en numerosos casos, los hundía en las filas de los trabajadores. En este marco, la burguesía mostraba una menor capacidad para encuadrar ideológicamente a las masas trabajadoras. La clase obrera disponía de muchos más recursos para construir una contrahegemonía capaz de disputar el poder a los capitalistas.

En la década de 1830 los efectos de la Revolución de Julio de 1830 en Francia se empezaron a sentir en el continente europeo. Sin entrar en detalles, la situación fue más grave porque el continente estaba dominado por regímenes que no concedían ningún derecho de protesta a los trabajadores. De este modo, la incipiente lucha de los trabajadores contra la burguesía se enredaba con su confrontación contra los resabios del absolutismo y del feudalismo. Francia, con su tradición revolucionaria jacobina, es el ejemplo clásico de esta situación. Salvo el caso de la insurrección parisina de junio de 1848, todas las rebeliones en que participaron los trabajadores estuvieron signadas por la utilización de consignas republicanas.

Alemania presenta características peculiares respecto a lo dicho en el párrafo anterior. El desarrollo industrial de este país era escaso y no existía el movimiento obrero como tal. Sin embargo, la insurrección de los tejedores de Silesia (1844) marcó el comienzo de una nueva etapa de la lucha de clases. Por otra parte, los artesanos y trabajadores alemanes residentes en Francia, Inglaterra y Suiza, cuya ideología combinaba el republicanismo con distintas variantes de socialismo, constituyeron el caldo de cultivo del que surgió la primera organización internacional de los trabajadores, la Liga de los Comunistas. Cabe decir que el Manifiesto fue justamente el documento programático de la nueva organización, y fue publicado poco antes del estallido de la Revolución de Febrero de 1848.

3. LA INCORPORACIÓN DE MARX Y ENGELS AL MOVIMIENTO SOCIALISTA.

Como se indicó en el punto anterior, a partir de la Revolución de 1830 en Francia se verificó un ascenso del movimiento socialista y de las ideas socialista en varios países europeos. Sin entrar en detalles, puede afirmarse que la década de 1840 significó el momento del despegue del socialismo, que coexistía con el liberalismo y el republicanismo pequeñoburgués. (1) La lucha contra el absolutismo monárquico y el feudalismo eran los elementos que unificaban, en forma contradictoria e inestable, a la burguesía y a las masas de trabajadores de la ciudad y del campo. (2) Sólo a partir de las derrotas de las Revoluciones de 1848-1849 comenzaron a delimitarse los campos de los partidos burgueses y los partidos socialistas (y esto, por cierto, de un modo sumamente complejo que se resiste a todo esquematismo). Puede decirse que, a mediados de la década de 1840, el socialismo era una especie de "moda intelectual", que había logrado traspasar los límites de sus orígenes obreros y había sido adoptado por muchos intelectuales de la clase media. De ahí la frase inicial del Manifiesto: "Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo" (p. 33).

El socialismo existía, por tanto, con anterioridad a la publicación del Manifiesto Comunista. Es por esto que corresponde decir que Marx y Engels se incorporaron a un movimiento ya existente, que presentaba una gran variedad de tendencias en su seno. Pero esto nos obliga a plantearnos la cuestión de cuál fue la contribución específica de Marx y Engels a la teoría y práctica socialistas. En otros términos, ¿porqué puede decirse que el marxismo significó un antes y un después en la historia del socialismo? La formulación de una respuesta a esta pregunta nos lleva directamente al examen del Manifiesto Comunista.

Buenos Aires, 2 de septiembre de 2010


NOTAS:

Todas las referencias al Manifiesto corresponden a la siguiente edición: Marx, Karl y Engels, Friedrich. [1848]. (1986). Manifiesto del Partido Comunista. Buenos Aires: Anteo. Forma parte de la colección "Pequeña Biblioteca Marxista Leninista". Como solía sucede con las ediciones de los clásicos realizadas por el viejo PC, no está indicado el traductor.
(1) En este trabajo entendemos por liberalismo a la ideología política propia de la burguesía, cuyos pilares son la defensa de la propiedad privada y de los derechos individuales. El republicanismo, en cambio, expresa las aspiraciones de la pequeña burguesía. Sostiene los mismos principios que el liberalismo, pero le agrega una preocupación por la desigualdad en las fortunas. Su exponente más claro fueron los jacobinos de 1793-1794.
(2) Esta afirmación no es válida para el caso de Gran Bretaña, donde la Reforma Electoral de 1832 había completado el ascenso de la burguesía al poder político.