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jueves, 22 de mayo de 2014

DE CÓMO APRENDIMOS A AMAR A LA TRIPLE A: LA OFENSIVA DE PERÓN CONTRA LA IZQUIERDA EN 1974

Para Pez López

La clase dominante construye la historia a su imagen y semejanza, según sus necesidades políticas en cada período determinado. La figura de Juan Domingo Perón no escapa a esta regla. Nada mejor para demostrar la validez de esta afirmación que recurrir al kirchnerismo.

La crisis argentina de 2001 puso en cuestión la identidad y la existencia misma de los partidos políticos que servían a los intereses de las distintas fracciones de la burguesía argentina. El “que se vayan todos” coreado en la calles expresaba el agotamiento del modelo político imperante en la década del ’90. En 2003 Néstor Kirchner tuvo que afrontar dos tareas: a) consolidar el modelo de acumulación de capital esbozado durante la gestión Duhalde-Lavagna; b) constituir una fuerza política propia.

La construcción del kirchnerismo fue fundamental para asegurar la acumulación de capital en la Argentina post 2001. Dicha construcción implicó, en el plano ideológico, la revisión de la experiencia peronista, en especial de la la década del ’70. Kirchner requería de una base de apoyo popular para llevar adelante su proyecto. La reivindicación de los derechos humanos (asociados exclusivamente al juzgamiento de los militares responsables de las atrocidades de la dictadura) fue una pieza maestra para ganar a las capas medias “progresistas”. Pero apropiarse la causa de los derechos humanos (aún en el sentido restringido planteado arriba), exigía reelaborar la valoración de la actuación de Perón en 1973-1974. En esa época, Perón promovió la creación de la organización parapolicial Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), cuyo objetivo era asesinar a los militantes de la izquierda peronista en particular y de la izquierda en general. Como es lógico, el progresismo kirchnerista no podía aceptar la existencia de una conexión estrecha entre Perón, el terrorismo de la Triple A y el terrorismo de Estado. El kirchnerismo requería un Perón progresista, un luchador por la unidad latinoamericana y por la “justicia social”.

La versión de la historia del peronismo 1973-1976, elaborada por el kirchnerismo, se disuelve ni bien se examinan los documentos de la época. No obstante, la eficacia persuasiva de esta versión hace necesario emprender una vez más su refutación. Como en los demás artículos de esta serie, el recurso elegido son las palabras del mismo Perón.

En enero de 1974, el ataque del PRT- ERP al cuartel del Ejército en la ciudad de Azul (Provincia de Buenos Aires) sirvió de excusa perfecta para que Perón redefiniera a los enemigos del peronismo y pusiera en marcha la ofensiva contra la izquierda peronista y contra el clasismo y la izquierda en general. Desde el principio, el objetivo de dicha campaña fue el exterminio de los adversarios; de ahí que la Triple A fuera la fuerza principal de Perón en su campaña contra la izquierda. En las condiciones de intensa movilización popular de 1974, el retorno a la vieja consigna peronista “De la casa al trabajo y del trabajo a la casa” exigía de algo más contundente que la oratoria del líder.

Los discursos de Perón del período inmediatamente posterior al episodio de Azul expresan la línea política elegida por el general para clausurar la etapa de movilización popular. Hay que insistir una y otra vez que esa línea política estaba fijada con anterioridad al asalto al cuartel de Azul, y que la acción del ERP fue solamente una excusa. La presencia de José López Rega en el gabinete de ministros de Cámpora y de Perón, la entronización de la burocracia sindical, la masacre de Ezeiza, son todos indicadores claros del carácter de la política de Perón.

Casi a continuación de Azul, Perón envió al Congreso un proyecto de ley aumentando las penas para los delitos políticos y sociales; en especial, la figura de la “asociación ilícita” estaba pensada como herramienta para perseguir a las organizaciones populares. Este proyecto, junto la nueva ley de Asociaciones Profesionales (sancionada a fines de 1973), era una pieza clave en la política de Perón contra la izquierda.

Como era de esperarse, la JP (Juventud Peronista) se opuso al proyecto. Claro que, como el proyecto era propuesto por el mismo Perón, lo hizo de manera tibia. Así  las cosas, los diputados peronistas pidieron una reunión con Perón, que se celebró el día 22 de enero de 1974 (1).

Perón rechazó sistemáticamente los reparos de la JP al proyecto de ley. Lejos de atender a los reclamos de los diputados de la JP, les recomendó obedecer las decisiones del bloque de diputados peronistas (controlado por la derecha peronista) o irse del movimiento.

“Para eso se hacen los bloques: para que sea la mayoría la que decida. Y si la mayoría lo dispone, hay que aceptar o irse. No hay otro término medio. O se acepta lo que dice el bloque o se lo abandona. (…) El que no está de acuerdo, se va. Por perder un voto no nos vamos a poner tristes. Pero aquí debe haber una disciplina. Y si esta se pierde, estamos perdidos.” (p. 53).

Por enésima vez desde su retorno al país, Perón le planteó a la JP la obligación de subordinarse completamente a su política; esa es la condición para que la JP pueda permanecer dentro del movimiento. En otras palabras, Perón aceptaba a la izquierda peronista…siempre y cuando esta dejara de ser izquierda.

Pero no se trataba sólo de diferencias políticas. En una conferencia de prensa (8 de febrero de 1974) (2), Perón sostiene la existencia de “infiltrados” en el peronismo:

“…que existen infiltrados, eso lo sabe todo el mundo. No creo que sea un secreto para ningún argentino que se está tratando, o se ha tratado, de infiltrarse dentro de nuestro movimiento. Hay algunos elementos de la ultraizquierda como de la ultraderecha, como se los llama ahora.” (p 99).

La referencia a la ultraderecha es un mero adorno. La aceptación por Perón del “Navarrazo” (el golpe policial que destituyó al gobernador peronista de Córdoba, Obregón Cano, cercano a la JP) demuestra que su preocupación (por lo menos la principal) eran los “infiltrados” de izquierda. Lo de “ultras” es otro adorno, pues los dichos de Perón en su reunión con los diputados muestras que sólo aceptaba la disidencia en la medida en que esta dejaba de ser disidencia. Sin entrar a examinar el período anterior, en 1973-1974 Perón consideraba que la izquierda era no podía seguir formando parte del movimiento.

Para consumar el proceso de expulsión de la izquierda era preciso llevar adelante algunos pasos previos, tanto en el terreno de lo discursivo como en el plano de la política concreta. Desde lo discursivo, había que caracterizarlos como elementos externos al peronismo. De ahí el recurso frecuente al término “infiltrados”. En un segundo momento, se los calificará de “extranjeros” (o de dirigidos desde y por extranjeros), expulsándolos no sólo del peronismo sino del campo mismo de la “argentinidad”. Perón dio el paso más concreto en esa dirección cuando calificó a los Montoneros de “infiltrados” y de “mercenarios” al servicio del capital extranjero” (1° de mayo de 1974) (3)

La política de Perón para la izquierda peronista se halla prefigurada en la forma en que se refiere al PRT. En este sentido, los calificativos que dirige a la guerrilla no peronista son una anticipación de lo que vendría para la izquierda peronista. Forman parte de una política coherente, anclada en la perspectiva de la lucha de clases y dirigida a concretar el objetivo principal de la burguesía argentina en el período 1973-1976: neutralizar la movilización popular iniciada en 1969.

En la mencionada reunión con los diputados peronistas , Perón dice lo siguiente del PRT-ERP:

“Ese movimiento [PRT] se dirige desde Francia (…) desde París, y la persona que lo gobierna se llama Posadas, de seudónimo. El nombre verdadero es italiano. (…) la cabeza de este movimiento está en París. (…) es un movimiento organizado en todo el mundo. Está en todas partes: en Uruguay, en Bolivia, en Chile, con distintos nombres. Y ellos son los culpables de lo que ha pasado con Allende. (…) ésta es una Cuarta Internacional. (…) Aquí no hay nada de comunismo: es un movimiento marxista deformado, que pretende imponerse en todas partes por la lucha.” (p. 55-56).

El párrafo citado no tiene desperdicio. Más allá de los evidentes disparates que contiene, su carácter es perfectamente coherente con la política de Perón: el PRT deja de ser una fuerza política surgida en nuestro país a partir de las condiciones de la política argentina y es convertido en la oratoria del líder en parte de una gran conspiración internacional. El Perón que coqueteaba con el “socialismo nacional” deja paso al Perón de gobierno, que habla el lenguaje de los servicios de inteligencia. El amontonamiento de falsedades acerca del PRT carece de importancia al lado de la función política del discurso de Perón. Para aislar a la guerrilla, el primer paso es colocarla, desde lo discursivo, fuera del ámbito nacional, transformándola en “infiltrados”, “agentes foráneos”, “delincuentes terroristas”. La JP y Montoneros deberían haber tomado nota de esto, pues ellos eran el siguiente blanco de la ofensiva de Perón contra la izquierda.

Perón no se contenta con expulsar al PRT de la comunidad política nacional. También indica, entre líneas, el método a seguir para terminar con el problema:

“A la lucha – y yo soy técnico en eso- no hay que hacerle más que enfrentarla con la lucha. (…) nosotros desgraciadamente tenemos que actuar dentro de la ley; si no, ya habríamos terminado en una semana. Fuera de la ley, la ventaja que ellos tienen es precisamente, ésa: los que tienen que someterse a la ley somos nosotros; ellos buscan los vericuetos para actuar fuera de la ley (…) porque nosotros estamos con las manos atadas dentro de ella. Y si, además, estamos atados por la debilidad de nuestras leyes, entonces ya sabemos cuál va a ser el final y el resultado de eso.” (p. 56; el resaltado es mío).

En criollo: el PRT surgió de una conspiración internacional y se instaló en Argentina, creciendo a partir de la debilidad de nuestras leyes. Es un injerto extraño en una comunidad tranquila y pacífica. Perón razona así como servicio de inteligencia y se encuentra a años luz del “patriota latinoamericano”  de la versión kirchnerista de la historia.

Además de plantear la necesidad de endurecer las leyes, Perón indica, como adelantamos, el procedimiento definitivo frente al PRT:

Si nosotros no tenemos en cuenta a la  ley, en una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato, que es lo que hacen ellos. No actúan dentro de la ley.” (p. 56; el resaltado es mío).

Perón revela en este párrafo el secreto de la guerra de exterminio emprendida contra la izquierda, cuyo paroxismo se alcanzó a partir del golpe militar de 1976. El Perón “respetuoso de la ley” se da el lujo de mentar en público el método empleado por la Triple A (luego aumentado hasta límites inimaginables por la dictadura). Lejos de ser una anomalía, la Triple A era la expresión de la política de Perón para la izquierda.

A lo largo de toda su vida política, Perón siempre tuvo claro el límite del peronismo: nadie podía sacar los pies del plato de la defensa del capitalismo. Sólo en períodos excepcionales y por necesidades tácticas podía permitirse el coqueteo con la izquierda. Pero en el peronismo en el gobierno no había ningún espacio para una izquierda clasista ni para ninguna otra expresión que cuestionara su liderazgo.

En vista de todo lo anterior, el Perón del kirchnerismo es una caricatura grotesca, que sirve para cortar todo rastro de continuidad entre el peronismo de 1973-1976 y la dictadura militar.

Los discursos de Perón del período que va de enero a junio de 1974 muestran que el proyecto político del general coincidía en sus líneas principales con el proyecto de la burguesía argentina. La ofensiva contra la izquierda no fue el producto de los delirios de López Rega, sino que constituyó la pieza fundamental de la política de la burguesía.

Como tantas otras veces en la historia, la crueldad más irracional tiene sus orígenes y sirve a la lógica más racional de la historia, la lógica de acumulación del capital.


Villa del Parque, jueves 22 de mayo

NOTAS:

(1)  Las citas de las intervenciones de Perón y de los diputados en la reunión del 22 de enero de 1974 están tomadas de: Perón, Juan Domingo. (1987). Obras completas: Volumen XXVII. Buenos Aires: Editorial Docencia. (“El imperativo nacional: actuar dentro de la ley”; pp. 49-59).

(2)  Perón, Juan Domingo. (1987). Obras completas: Volumen XXVII. Buenos Aires: Editorial Docencia. (“Perón habla a los periodistas: segunda conferencia”; pp. 97-107).

(3)  Perón, Juan Domingo. (1987). Obras completas: Volumen XXVII. Buenos Aires: Editorial Docencia. (“”Fiesta del trabajo y la unidad nacional”; pp. 223-224).

jueves, 15 de mayo de 2014

PERÓN Y LOS LÍMITES DEL PERONISMO: LA DEFINICIÓN DEL ENEMIGO EN EL DISCURSO DEL 20 DE ENERO DE 1974

La identificación del enemigo es crucial en la construcción de la identidad de una fuerza política. Más claro, un proyecto político se define a partir del establecimiento de cuáles son sus enemigos.

El peronismo no escapa a la regla enunciada en el párrafo precedente. Así, puede ser caracterizado tomando en cuenta la definición de sus enemigos, tal como fuera enunciada por su líder, Juan Domingo Perón. Es cierto que esta caracterización es incompleta, en parte porque un líder no decide a voluntad, sino que se encuentra siempre tironeado por el resultado de la lucha de clases en un momento determinado; en parte también porque la definición de los enemigos siempre es dinámica y se modifica a partir de los resultados de los conflictos entre las clases sociales. Hechas estas salvedades, este artículo tiene por objetivo establecer los límites políticos del peronismo a partir de la definición de sus enemigos por Perón a comienzos de 1974.

El discurso del 20 de enero de 1974 (1) representa un hito en la definición de los enemigos del peronismo. El PRT-ERP había atacado el cuartel del Ejército ubicado en la ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires. Cabe aclarar que el PRT-ERP se adjudicó la acción, así que no existían dudas sobre la autoría de los atacantes. En su discurso, y como es obvio, Perón se refiere con dureza a los asaltantes (aunque sin nombrar explícitamente al ERP, recurso que, como se verá más adelante, va en la línea de la política de aniquilamiento del PRT impulsada por el gobierno peronista). Pero, y esto es el contenido fundamental del discurso, Perón concentra sus ataques sobre la JP y sobre el clasismo en el movimiento obrero.

Perón equipara en su condena a los atacantes del cuartel y a los sectores políticos que no participaron en el ataque. Explicar esta aparente paradoja, a partir de los límites de la política del movimiento peronista, constituye el contenido principal del presente artículo.

¿Qué dice Perón acerca del PRT-ERP?

Los adjetivos empleados por el líder del peronismo muestran desde el vamos que el PRT-ERP es puesto fuera de la comunidad política: “asaltantes terroristas”, “verdaderos enemigos de la Patria”. Al separarlo de la comunidad política (no es este el lugar para juzgar la responsabilidad del PRT en este proceso), el PRT-ERP es convertido en sujeto de aniquilamiento.

Perón resume así su caracterización del PRT-ERP:

“una organización que actuando con objetivos y dirección foráneos, ataca al Estado y a sus instituciones como medio de quebrantar la unidad del pueblo argentino y provocar un caos que impide la Reconstrucción y la Liberación en que estamos empeñados. Es la delincuencia asociada a un grupo de mercenarios que actúan mediante la simulación de móviles políticos tan inconfesables como inexplicables.” (p. 45-46; el resaltado es mío).

El PRT-ERP es privado de toda entidad política y reducido a la condición de banda de delincuentes orientada hacia la destrucción de la Nación. Ni siquiera le reconoce autonomía, pues sostiene que actúa en base a “objetivos y dirección foráneos”. Al proponer esta caracterización, cierra el camino para cualquier forma de negociación; frente al PRT-ERP, caracterizado como verdaderos “enemigos del pueblo”, no queda otra alternativa que la guerra y el aniquilamiento. Para Perón, el PRT-ERP no forma parte del pueblo y, por tanto, puede ser tratado en consecuencia. En este punto, no hay una diferencia sustancial entre la caracterización de Perón y la formulada posteriormente por la dictadura. Al transformarlos en “delincuentes terroristas” y no en “militantes políticos”, Perón abre la puerta para que no se respeten las vidas de los prisioneros del PRT-ERP, por ejemplo.

Como indicamos, los ataques de Perón no van dirigidos exclusivamente contra el PRT-ERP. Perón apunta, sobre todo, a los supuestos cómplices de los guerrilleros.

¿Quiénes son los cómplices de la guerrilla del ERP?

En enero de 1974, Oscar Bidegain era el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Bidegain contaba con el apoyo de la JP (la izquierda peronista), aunque no era un cuadro de esta. Además, la JP y el PRT tenían enormes diferencias políticas, ahondadas, si cabe, por la decisión del PRT de continuar la lucha armada bajo el gobierno peronista.

En el discurso, Perón pasa por alto las consideraciones hechas en el párrafo anterior, y achaca al gobierno de Bidegain una gran responsabilidad por el ataque:

“No es por casualidad que estas acciones se produzcan en determinadas jurisdicciones. Es indudable que ello obedece a una impunidad que la desaprensión y la incapacidad hacen posible, o lo que sería aún peor, si mediara, como se sospecha, una tolerancia culposa.” (p. 46; el resaltado es mío).

Como se desprende del pasaje citado, Bidegain es acusado (y, por ende, es acusada la JP) de “desaprensión”, “incapacidad”, “tolerancia culposa”. Dada la caracterización que hace Perón del PRT-ERP en este mismo discurso, es claro que Perón estaba acusando a la JP de complicidad con el terrorismo. De ahí a iniciar una ofensiva general contra la JP y las demás corrientes de la izquierda peronista había un paso.

Perón aprovechó la acción del PRT-ERP para ajustar cuentas con la izquierda peronista (ajuste que había comenzado el año anterior con los sucesos de Ezeiza). El reemplazo de Bidegain por el sindicalista Calabró (conspicuo representante de la derecha peronista) y el “Navarrazo” de marzo de 1974, golpe policial que destituyó al gobernador peronista de Córdoba, Ricardo Obregón Cano, simpatizante de la JP, fueron los primeros pasos de esta ofensiva contra la izquierda peronista. Más allá de lo que pueda decirse acerca de la política seguida por el PRT, es indudable que Perón había tomado la decisión de arremeter contra la izquierda de su movimiento antes del ataque al cuartel de Azul.

Para estabilizar al capitalismo argentino era preciso cerrar el proceso de movilización popular iniciado con el Cordobazo (1969). Para lograr este objetivo, Perón debía neutralizar a tres actores políticos: a) la guerrilla no peronista; b) la JP y la izquierda peronista en general; c) el clasismo obrero. Respecto al PRT-ERP, el camino elegido era el “aniquilamiento” (como indicamos, separarlos de la comunidad política era el primer paso en esa dirección). En cuanto a la JP, el comienzo del fin (octubre de 1973) consistió en su desplazamiento de los cargos políticos de importancia, reemplazándolos por miembros de la derecha peronista.

¿Y el clasismo obrero?

Al final del discurso, Perón mete un pasaje antológico:

Pido igualmente a los compañeros trabajadores una participación activa en la labor defensiva de sus organizaciones (…) Esas organizaciones son también objeto de la mirada codiciosa de estos elementos [los que practican “la acción disolvente y criminal”, que atenta contra la Patria], muchas veces disfrazados de dirigentes.” (p. 46).

Perón iguala a los dirigentes y militantes clasistas con el “terrorismo”. Como la amenaza proviene de afuera de las organizaciones sindicales, se trata de “infiltrados”. Dicho más claro, no hay espacio para el clasismo (ni para el clasismo) en los sindicatos. La sanción de la ley de Asociaciones Profesionales, a fines de 1973, fue un hito central en la política de Perón dirigida a expulsar al clasismo del movimiento obrero.

La Triple A y las bandas parapoliciales de los sindicatos constituyeron la segunda fase de la ofensiva de Perón contra la izquierda peronista y el clasismo.

En este marco, no es casualidad que el discurso de Perón contenga una defensa del Ejército:

Nuestro Ejército, como el resto de las Fuerzas Armadas (…) no merecen s     ino el agradecimiento del pueblo argentino.” (p. 45; el resaltado es mío).

Nótese que se trata de las mismas Fuerzas Armadas que habían protagonizado el golpe de Estado de 1966, suprimiendo toda forma de expresión política e implementando la tortura de los enemigos políticos como práctica sistemática, además de llevar a cabo acciones como la masacre de Trelew.

La decisión de aniquilar a la guerrilla no peronista y la de neutralizar a la JP y al clasismo obrero requerían, para ser completadas, la acción de las Fuerzas Armadas. Perón necesitaba del Ejército no sólo para estabilizar a su gobierno, sino también para liquidar la situación de movilización de masas abierta en 1969. La democracia integrada propuesta por Perón en 1973 exigía, como paso previo,  una depuración de la comunidad política vía una guerra de aniquilamiento.

Ya no se trata de contiendas políticas parciales, sino de poner coto a la acción disolvente y criminal que atenta contra la existencia misma de la Patria y sus instituciones.” (p. 46).

Por último, es claro que la guerra desatada al interior del peronismo no fue consecuencia de la muerte de Perón (julio de 1974). La ofensiva contra la izquierda estaba contenida en germen en la definición de los enemigos formulada en el discurso del 20 de enero de 1974, y ya había sido iniciada por Perón antes de su fallecimiento. Si queda alguna duda acerca de esto, basta recordar la experiencia del “Navarrazo”, ya mencionada en este artículo.

El Perón de 1974 no era, por cierto, un “león herbívoro”.

Villa del Parque, jueves 15 de mayo de 2014

NOTAS:


(1)  Las citas del discurso del 20 de enero de 1974 están tomadas de: Perón, Juan Domingo. (1987). Obras completas: Volumen XXVII. Buenos Aires: Editorial Docencia. (Discurso titulado “Ha pasado la hora de gritar ‘Perón’, ha llegado la de defenderlo; pp. 45-47).

domingo, 11 de mayo de 2014

DE BOMBITA RODRÍGUEZ A LÓPEZ REGA: PERÓN, LA IZQUIERDA PERONISTA Y EL KIRCHNERISMO. EL DISCURSO DEL 1° DE MAYO DE 1974.

En la década de 1970, Montoneros (y el resto de las organizaciones y figuras de la llamada “izquierda peronista”) transformó a Juan Domingo Perón en un líder “revolucionario” y “antiimperialista”. La acción de la Triple A y de las bandas parapoliciales de la burocracia sindical, avaladas por Perón, mostró el disparate de tal caracterización. Durante su década en el gobierno, el kirchnerismo retomó esa caracterización, aunque en clave que podríamos denominar “progresista”: se mellaron las aristas “socialistas” (que, aclaremos, en el Perón de la primera mitad de los ’70 eran meramente declarativas) y quedó un vago antiimperialismo, mezclado con referencias a la “inclusión social”. Perón dejó de ser un “revolucionario”, para convertirse en un “patriota latinoamericano”, denominación que en el imaginario progresista significa algo así como la nada misma.

El Perón del kirchnerismo se parece asombrosamente al Perón de “Bombita Rodríguez”, el personaje de Capusotto. El grotesco es un excelente recurso humorístico, pero no siempre es una buena elección al momento de analizar hechos históricos. Y tomar como lo genuino (no en el sentido de la sátira, sino como lo genuino, lo real) un grotesco da la pauta del carácter del movimiento político que recurre a él. El Perón de Bombita se ha transformado en el Perón real.
El propósito de estas notas es “volver al Perón real”, utilizando como instrumento las propias palabras del general. Desde el vamos aclaro que el autor de estas líneas no es peronista y que no está proponiendo un retorno a la política de Perón, ya sea ésta la de 1943-1955 o la de 1973-1974. La construcción de una alternativa política de la clase obrera requiere la crítica de los mamarrachos pergeñados por el progresismo kirchnerista; dicha crítica exige, para ser sistemática, la confrontación con el pensamiento de Perón, en la medida en que este construyó un imaginario retomado luego, aunque de manera parcial y distorsionada, por sus epígonos kirchneristas.

Para empezar esta serie, nada mejor que el discurso que marcó la ruptura entre Perón y Montoneros. Cabe decir que las palabras de Perón el 1° de mayo de 1974 (1) generaron en estos días un pequeño debate, a partir de un artículo de Horacio Verbitsky (2), donde este carga a la cuenta de los dirigentes montoneros la responsabilidad de la ruptura. Verbitsky deforma de un modo tan burdo la historia que casi no vale la pena emprender la refutación de sus afirmaciones. Sin embargo, es tan grande el grotesco que se ha edificado en torno a la historia argentina reciente, que es preciso volver a repetir cosas dichas hace ya largo tiempo.
El Perón que aparece en el discurso es diferente al Perón de Bombita Rodríguez o al de Verbitsky. Para comprender la diferencia basta con reproducir los pasajes fundamentales del discurso, con unas pocas notas aclaratorias.

Respecto al contexto histórico del discurso cabe decir lo siguiente. El Cordobazo (1969) marcó el inicio de un período en que se agudizó la lucha de clases entre Capital y Trabajo en Argentina. En paralelo (y potenciado) con la lucha contra la dictadura, surgió un nuevo activismo obrero, con fuerte presencia en el nivel de la fábrica. Este activismo desarrolló concepciones clasistas y, aunque estuvo muy lejos de quebrar la hegemonía peronista en el movimiento obrero, logró conquistar espacios y preocupar a la burguesía argentina. Vistas las cosas en perspectiva, la emergencia del clasismo obrero fue el fenómeno más significativo del período 1969-1976.

Desde el punto de vista de la clase dominante, la salida electoral de 1973 y el retorno de Perón fueron jugadas dirigidas a neutralizar el peligro generado por la movilización popular y el clasismo. Durante la última etapa de su exilio, Perón utilizó a la izquierda peronista como elemento de presión sobre los militares. Pero su proyecto político y económico estaba a años luz de cualquier salida socialista. Capitalismo nacional y comunidad organizada: Perón no ofrecía nada menos ni nada más que esto. Su alianza con la “burguesía nacional” era uno de los puntales de este proyecto. Y dicha burguesía (como cualquier fracción burguesa) requería del “orden” para obtener y asegurar sus ganancias. En las condiciones de 1973, “orden” era sinónimo de supresión del clasismo. En este punto, Perón coincidía con los militares y con el conjunto de las fracciones de la burguesía.

Luego del brevísimo gobierno de Cámpora, Perón encabezó la lucha contra la izquierda peronista, contra la izquierda en general y contra el clasismo. López Rega y la Triple A no fueron el producto de la “locura” o la iniciativa individual de algunos anticomunistas fanáticos, sino que formaron parte integral del proyecto político de Perón. Las condiciones de 1973 no eran las mismas de 1943; domesticar a la clase obrera exigía el terrorismo de las bandas parapoliciales. En este sentido, López Rega era la otra cara del proyecto de Perón (cuya cara “amable” era el Pacto Social).

La burocracia sindical se alió a Perón en la ofensiva contra la izquierda peronista. Para la dirigencia sindical era fundamental quebrar a la izquierda, en tanto paso necesario en la ofensiva general contra el clasismo. Hay que destacar que los matones de los sindicatos actuaron en un todo de acuerdo con la Triple A.

El discurso de Perón del 1° de mayo de 1974 está en línea con el proyecto político descripto más arriba. Perón no vaciló en ningún momento al identificar a su enemigo dentro de movimiento. Perón había retornado al país para estabilizar al capitalismo argentino, no para hacer la Revolución Socialista (aún entendiendo por socialismo al llamado “socialismo nacional”). Nada hay de sorprendente, pues, en los insultos de Perón hacia la izquierda peronista. En todo caso, la sorpresa de esa izquierda ante los dichos de Perón muestra a las claras las limitaciones de la política de ésta.

Los ejes del discurso del 1° de mayo de 1974 son los siguientes:

a)    Reivindicación de la burocracia sindical peronista (la derecha del movimiento). Identificación de los “trabajadores” con sus “organizaciones”.

“…a través de estos veinte años, las organizaciones sindicales se han mantenido inconmovibles” (p. 223).

“…quiero que esta primera reunión del día del Trabajador sea para rendir homenaje a esas organizaciones y a esos dirigentes sabios y prudentes que han mantenido su fuerza orgánica y han visto caer a sus dirigentes asesinados” (p. 223).

Al hacer el elogio de la dirigencia sindical (con la que había mantenido ásperos conflictos durante su exilio), Perón toma partido (una vez más) por la derecha de su movimiento frente a la izquierda que se hallaba movilizada en la Plaza. Calificar de “sabios y prudentes” a dirigentes que habían hecho una rutina de la persecución a toda disidencia en sus gremios es una afirmación grotesca, que esconde la concesión de carta blanca para la represión a la izquierda peronista. Aquí la hipocresía de Perón va de la mano con su clara visión de las tareas necesarias para la concreción de su proyecto político.

Por otra parte, al identificar a los “trabajadores” con sus “organizaciones” y a éstas con sus dirigentes, abre la puerta para calificar de “infiltrados” a los militantes obreros opuestos a la burocracia.

b)    Ataques a la Juventud Peronista (la izquierda del movimiento).

Perón, con lenguaje “sabio y prudente” califica a los militantes de la JP como “estúpidos que gritan”, “algunos imberbes que pretenden tener más méritos que los que lucharon durante veinte años”, “hay algunos que todavía no están conformes con todo lo que hemos hecho”.

En un político tan inteligente como Perón la cuestión de los insultos no pasa por un tema emocional. Perón tenía muy en claro cuáles eran los enemigos de su proyecto político y cuál era el grado de violencia que había que aplicarles. En las condiciones de 1974, Perón entendía que la Triple A era la solución al problema planteado por el clasismo y por la izquierda.

c) Toma de partido por la derecha contra los “infiltrados” (la izquierda).

“La clase trabajadora argentina, como columna vertebral de nuestro movimiento, es la que ha de llevar adelante los estandartes de nuestra lucha.”

Como señalamos arriba (y esto está en línea con el pensamiento de Perón a lo largo de toda su carrera política), Perón sostiene la identificación de los trabajadores con sus organizaciones, y la de éstas con la dirigencia sindical. De modo que son los burócratas sindicales quienes estaban encargados de llevar adelante la lucha contra el enemigo. ¿Quién era este enemigo en 1974? Perón aclara la cuestión en un pasaje verdaderamente antológico:

“[Los días venideros] serán también para la liberación, no solamente del colonialismo que viene azotando a la República a través de tantos años, sino también de estos infiltrados que trabajan adentro y que, traidoramente, son más peligrosos que los que trabajan desde afuera, sin contar con que la mayoría de ellos son mercenarios al servicio del dinero extranjero.” (p. 224).

Más allá del imaginario a lo Bombita Rodríguez, Perón considera a la izquierda como el enemigo, como los “infiltrados” en el movimiento. Así, deja en claro que no hay espacio para la negociación y sí para el uso de la violencia para suprimir a la izquierda. En otras palabras, en 1974 la izquierda peronista no formaba parte del proyecto político de Perón. En esto no hay ninguna sorpresa, pues la concepción de la comunidad organizada dejaba afuera la lucha de clases.

d) Defensa del Pacto Social.

Perón ratifica que el eje de su proyecto es la conciliación entre Capital y Trabajo, expresada a través del Pacto Social refrendado en 1973.

“Deseo que, antes de terminar estas palabras, lleven a toda la clase trabajadora argentina el agradecimiento del Gobierno por haber sostenido un pacto social que será salvador para la República.” (p. 224).

e) Lucha contra la izquierda.

Perón hace dos referencias respecto a la lucha contra la izquierda peronista. Con hipocresía, el general afirma que esa lucha todavía no ha comenzado, cuando la realidad era que la Triple A y las bandas parapoliciales de los sindicatos estaban aplicando ya la “sabiduría y la prudencia” a los militantes obreros e izquierdistas.

“…esas organizaciones y a esos dirigentes sabios y prudentes (…) que han visto caer a sus dirigentes asesinados, sin que todavía haya tronado el escarmiento.” (p. 223).

“…esta reunión, en esta plaza, como en los buenos tiempos, debe afirmar la decisión absoluta para que en el futuro cada uno ocupe el lugar que le corresponde en la lucha, que si los malvados no cejan, hemos de iniciar.” (p. 223).

El discurso de 1° de mayo de 1974 marca a las claras como el Perón del kirchnerismo es una ficción grotesca. Perón, más allá de las necesidades tácticas de un momento determinado, siempre jugó a favor de la consolidación del capitalismo en Argentina.

Villa del Parque, domingo 11 de mayo de 2014

NOTAS:

(1)  Las citas del discurso del 1°de mayo de 1974 están tomadas de: Perón, Juan Domingo. (1987). Obras completas: Volumen XXVII. Buenos Aires: Editorial Docencia. (Fiesta del Trabajo y la Unidad Nacional, 1 de mayo de 1974; pp. 223-224).


(2)  Verbitsky, Horacio: “Lo que no pudo ser”, Página/12, domingo 27 de abril de 2004.

sábado, 3 de mayo de 2014

“PORTARSE BIEN O PORTARSE MAL”: LOS TRABAJADORES SEGÚN CRISTINA FERNÁNDEZ DE KIRCHNER



La Presidenta Cristina Fernández inauguró la planta de la empresa Siam en Avellaneda. Cristina se caracteriza, en tiempos normales, por una actividad frenética, reflejada en discursos, videoconferencias y otras intervenciones en los medios y en las redes sociales. Sin embargo, son escasas las veces en las que se refiere explícitamente a los trabajadores. En esta ocasión, en vísperas del 1° de Mayo, hizo una excepción y planteó francamente su punto de visto sobre la política que deben seguir los trabajadores frente a la crisis económica en curso.

Un poco de historia. El peronismo, por lo menos hasta 1976, planteó que el movimiento obrero era la “columna vertebral del movimiento”. La dictadura militar de 1976-1983 quebró esa “columna vertebral” y, a partir de la instauración del régimen democrático en 1983, los sindicatos pasaron a jugar un papel cada vez más secundario en el peronismo. Sin embargo, y aún en los tiempos del menemismo, se mantuvo una retórica que presentaba a los trabajadores como una parte importante del movimiento peronista. Con el advenimiento de los Kirchner, en 2003, la retórica se evaporó y fue reemplazada por una concepción a la que podríamos llamar bienuda (otros preferirían decir “gorila”) respecto a los trabajadores y su rol en la sociedad. ¿Qué es ser bienudo? Significa ver el mundo con ojos de un vecino del Barrio Norte de la ciudad de Buenos Aires, alguien que en muchos casos vive del trabajo de los otros, ya sea porque es empresario, accionista, propietario de campos, etc., o, en su defecto, sueña con vivir del trabajo de otros. En otras palabras y usando un lenguaje arcaico para estos tiempos, significa ver el mundo con ojos de burgués o aspirante a serlo. Desde esta óptica, los trabajadores son “buenos” en la medida en que trabajen “responsablemente”, esto es, sin protestar ni reclamar.

En sus intervenciones referidas a los trabajadores, Cristina Fernández suele adoptar el punto de vista de una bienuda. Esta actitud se muestra claramente en su discurso de Siam, en especial en el siguiente pasaje: 

“Hoy estaba leyendo un artículo en el diario Crónica, que es un diario que defiende permanentemente los intereses de los trabajadores, y estaban las declaraciones del compañero Pignanelli, secretario general del SMATA, donde hoy tenemos un problema en el sector automotriz, pero no por un problema estructural de la Argentina sino por un problema con Brasil, que fue por lo que indiqué ayer que el ministro de Economía Axel Kicillof viajara, porque ha bajado la exportación a Brasil y este es el principal problema que hoy tiene el sector automotriz argentino, y también la baja que hubo en la producción industrial argentina. Les contaba que hoy leía las palabras de Pignanelli y decía que era una paradoja, pero que pese a las suspensiones que se habían efectivizado en el sector automotriz, no convenía hacer una huelga, porque si no para los empresarios podía ser motivo de despido. Yo no diría que es una paradoja, yo diría que es una parábola. La parábola es una figura que se utiliza en el Evangelio para poder extraer enseñanzas y aprendizajes. ¿Cuál es la parábola? Que cuando los trabajadores están bien deben tender a tener comportamientos, conductas y demandas que permitan sostener y darle sustentabilidad a este presente. Porque muchas veces, con reclamos justos y con derechos legítimos, terminamos provocando, por diferentes situaciones, cosas que no queremos. Fíjense, se hace huelga cuando se está prácticamente con plena ocupación y no se hace huelga cuando tenés un problema de suspensión o desocupación. ¿Cuál es la parábola entonces? Debería ser que cuanto mejor estás peor te comportás y cuando mal estás mejor te comportás. Esto lo tenemos que modificar si queremos tener un país diferente, una Argentina diferente y fundamentalmente una clase trabajadora diferente. Yo quiero en esto ayudar a mis compañeros, ayudarlos a pensar bien, a decidir bien, a no equivocarse, por eso Rubén apelaba a esa concordancia entre capital y trabajo.”

Sólo alguien completamente alejado de la problemática de los trabajadores, alguien que razona con mentalidad de bienudo, puede ver una parábola en lo que es simplemente un hecho de la dura realidad del asalariado en nuestro país. Cristina, quien posiblemente haya recobrado la fe al producirse la entronización del cardenal Bergoglio como papa, maquilla su bienudismo con lenguaje bíblico y cree ver una parábola donde hay, por un lado, una muestra del comportamiento patronal de muchos dirigentes sindicales, y, por otro, una expresión de la desigualdad propia de una economía capitalista.

Empecemos por el final. Cualquier argentino que vive de un salario sabe que su posición no es igual de la del patrón (o la del empresario, o la del emprendedor, si el lector prefiere términos más modernos). Al momento de negociar no tiene otra cosa para ofrecer que su fuerza de trabajo (fuerza física, habilidades, conocimientos); el empresario, en cambio, es dueño de los bienes necesarios para producir. En este sentido, la igualdad jurídica es una máscara que oculta la desigualdad esencial imperante en el proceso de trabajo. Así, las decisiones respecto a qué producir, cómo producirlo, qué cantidad producir, para quién producir, son tomadas por el empresario sin consultar al trabajador. En otras palabras, donde manda capitán no manda marinero… Esta situación de desigualdad se manifiesta también al reclamar un aumento de salarios. En épocas de crisis, cuando aumenta la desocupación, el trabajador tiene que cuidar su trabajo y agachar la cabeza, porque sabe que hay muchos otros compañeros que están esperando ocupar su lugar si es despedido. En épocas de auge económico, cuando la ocupación aumenta, tiene la posibilidad de hacer sentir su reclamo, pues el empresario encuentra más dificultades para despedirlo. 

En síntesis, las épocas de crisis empeoran la desigualdad esencial entre empresarios y trabajadores; en épocas de aumento de la actividad económica, los trabajadores se encuentran en mejor situación para reclamar mejoras. Esto es así desde el principio de los tiempos o, por lo menos, desde que existe la empresa capitalista. 

Cristina Fernández pasa por alto estas verdades sencillas y prefiere volver a descubrir la pólvora. Para ella es extraño que los trabajadores hagan huelga cuando están en condiciones de plena ocupación, y, en cambio, no vayan al paro cuando hay suspensiones o despidos. Así, no sale del “asombro” al referir una experiencia del clasismo obrero de los años ’70:

“Ayer recordábamos junto a Carlos Zannini, también como una parábola, lo que pasó una vez en Córdoba, con el gremio Sitrac – Sitram, tal vez no se acuerden quien fue el gremio Sitrac- Sitram, era un gremio muy combativo allá por los años 70. Estaban comiendo en el comedor, en plena ocupación, los horarios más altos de América latina, los mejores salarios, e hicieron una huelga porque en el comedor les sirvieron tres veces seguidas congrio, que es uno de los pescados más ricos.”

Es extraño que un gobierno que hace un culto de la memoria se permita reducir las causas de la lucha entre capital y trabajo en la década del ’70 a un problema de menú. Pero así funciona la mentalidad del bienudo, para quien es imposible que exista un conflicto entre empresarios y trabajadores, dado que son los primeros, con su “inteligencia” (o sus “neuronas”, diría Cristina, como veremos más adelante), quienes pueden poner en marcha el proceso productivo. ¿Los trabajadores?...Bien, gracias, que se ocupen de laburar y punto.

Para Cristina, la enseñanza que deja la “parábola” consiste en que los trabajadores deben comportarse “bien” cuando su situación económica es buena, pues tienen la responsabilidad de cuidar las condiciones de su “bienestar”. En criollo: los trabajadores deben ser mansos y aceptar la autoridad de los empresarios en estos momentos de crisis, para lograr mantener así el “pleno empleo”. A esto, y a pregonar “la concordia entre capital y trabajo” se reduce el contenido del discurso de Cristina. 

Pero eso no es todo. Cristina elogia repetidas veces a los empresarios en la figura de la familia Di Tella. Para ella, estos empresarios no sólo innovaron en el plano empresarial y tecnológico, sino que también lo hicieron en el plano de la cultura (a través del Instituto Torcuato Di Tella). Aquí, la mentalidad bienuda se eleva a niveles inesperados: 

“El Instituto Di Tella marcó a toda una generación en innovación intelectual, de la misma manera que sus padres, sus abuelos habían marcado en materia de innovación tecnológica e industrial. ¿Saben qué pasa? Que cuando hay neuronas en una cabeza, y las neuronas funcionan adecuadamente, pueden funcionar para el arte, para la cultura, para la industria, porque todo hace a la calidad de vida de los argentinos.”

O sea, la principal dirigente del partido que alguna vez consideró que “el movimiento obrero era su columna vertebral” sostiene que los logros de la familia Di Tella son producto de las “neuronas que funcionan adecuadamente”. ¿Los empresarios son empresarios como producto de una actividad neuronal que funciona de manera “adecuada”? ¿Los trabajadores son trabajadores y no empresarios como producto de algún “desorden neuronal”? Misterio. 

Lo concreto es que Cristina retoma la vieja idea de la armonía entre capital y trabajo, pero le da un toque característico. Ya no se trata de que intereses, sino de “neuronas que funcionan adecuadamente” (del lado empresario) y de “portarse bien o portarse mal” (del lado de los trabajadores). 

En las condiciones actuales, “portarse bien” significa, siempre según Cristina: 

“…digo que tengamos todos la fortaleza, empresarios, trabajadores, funcionarios provinciales, municipales, la fuerza, la entereza, la inteligencia de poder sostener este modelo industrialista fundamentalmente, que aumentó exponencialmente y fue el de mayor aumento en el producto bruto industrial en toda América latina en la última década y es el que mayor participación tiene, el producto bruto industrial, en el PBI general.”

Que este modelo “industrialista” tengo como algunos de sus pilares el trabajo no registrado de un tercio de los trabajadores, los bajos salarios de los trabajadores en general y el deterioro de los ingresos de los asalariados vía devaluación no tiene la menor importancia. Que el modelo “industrialista” sea tan industrialista que se basa en el ensamblado de piezas importadas de otros países, tampoco. Importa, eso sí, que los trabajadores se “porten bien”. 

A la luz de lo anterior, cabe decir que pocas veces Cristina se mostró tan bienuda en su visión de los trabajadores como en este discurso. No es, por cierto, una cuestión de estilo, sino que es un reflejo de la crisis de un modelo de relación entre el Estado y el movimiento obrero. 

Villa del Parque, sábado 3 de mayo de 2014