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miércoles, 26 de diciembre de 2012

APUNTES SOBRE LA ECONOMÍA POLÍTICA DEL PROGRESISMO ARGENTINO


“Cuando rajés los tamangos
buscando ese mango
que te haga morfar...
la indiferencia del mundo
-que es sordo y es mudo-
recién sentirás.”
Enrique Santos Discépolo

En otras oportunidades dediqué entradas de este blog a comentar artículos del economista y periodista Alfredo Zaiat. Más allá de que Zaiat es una rara avis del periodismo económico, pues suele abordar problemas fundamentales recurriendo (y citando) a la bibliografía especializada, y porque procura debatir la argumentación del adversario, sus artículos presentan un interés adicional, pues exponen de manera “popular” los lineamientos principales de la política económica del “kirchnerismo”.

Zaiat puede ser considerado como un exponente del progresismo en economía. El progresismo es aquella corriente política e ideológica que acepta al capitalismo como su horizonte intelectual, pero que se propone “organizarlo” y/o “humanizarlo”. Cuando se produjo el agotamiento del régimen de acumulación de capital conocido como “neoliberalismo” (agotamiento que en la Argentina se experimentó de manera particularmente aguda en 2001-2002), el progresismo tomó la posta y fue creando las condiciones para el surgimiento de un nuevo régimen de acumulación, que se apoyaba en los “logros” de la década menemista (flexibilización laboral, concentración de la producción, privatizaciones), pero adaptándolos a las nuevas realidades del mercado mundial y a los límites impuestos por la rebelión popular de 2001.

Como es lógico, Zaiat defiende con tesón las políticas económicas del “kirchnerismo”. En su artículo “Inflación y empleo”, publicado en la edición del 9 de diciembre de 2012 de PÁGINA/12, se dedica a plantear la cuestión de cuál es el principal problema de la economía argentina. Su argumento gira en torno a la inflación y el empleo, y termina concluyendo que la temática del empleo constituye el problema principal de la economía. 

No es mi objetivo realizar una discusión económica del argumento de Zaiat. Considero más interesante discutir los supuestos políticos de su propuesta de política económica, pues estos supuestos expresan cabalmente los rasgos principales del progresismo en economía.

Para empezar, corresponde situar la argumentación de Zaiat en su contexto concreto. Para ello, nada mejor que sus propias palabras. Según nuestro autor, la inflación representa un problema más (no el más importante) “para quienes no se incorporaron al mercado laboral, que aún sigue fragmentado, por la existencia de una tasa de desocupación del 7,6 por ciento, de subocupación del 8,9 por ciento y de empleo informal de 33,8 por ciento”. 

La primera herramienta para comenzar a comprender la economía es saber sumar y restar. Siguiendo a Zaiat, resulta que el 50,3% de los trabajadores argentinos padece importantes problemas con el empleo. En otras palabras, luego de casi una década de crecimiento económico ininterrumpido, la mitad de los trabajadores tienen una relación precaria o muy precaria con el empleo. Esta constatación dice mucho acerca del poder de los distintos actores sociales en la Argentina, pero nuestro autor omite cualquier referencia al balance del poder político de las distintas clases sociales en nuestro país. Esta omisión sirve de pilar y/o refuerza la idea implícita de que el Estado representa el interés general y de que su objetivo es preservar “la paz social”.

Zaiat utiliza los datos de precariedad laboral para afirmar que la política centrada en la generación de empleo es más importante que aquella tendiente a contener la inflación. Si la mitad de los trabajadores argentinos sufren de precarización, subocupación y/o desocupación, esto significa que para ellos se vuelve más acuciante la cuestión de tener un empleo estable que la cuestión del aumento de los precios. Zaiat, quien probablemente hace tres comidas al día y no tiene problemas de empleo, deja de lado el hecho de que los precarizados, subocupados y/o desocupados también precisan comer (aunque difícilmente hagan las tres comidas al día de Zaiat), y que esto se les dificulta cada vez más en la medida en que siguen subiendo los precios de los alimentos. Nuestro economista prefiere pasar de largo, en buena medida porque el progresismo ha naturalizado (es verdad que en varios casos a regañadientes) la desigual distribución del ingreso en nuestra sociedad, y el hecho de que los “pobres” coman menos, se vistan peor y no puedan acceder a cuestiones elementales de higiene, pasa a formar parte del paisaje para nuestros progresistas. Para el progresismo es fácil mentar la necesidad de una mejor distribución del ingreso, pero tiende a volverse oscuro como la suerte del pobre al momento de plantear medidas concretas para modificar dicha distribución en términos reales.

La economía política progresista ha descartado la posibilidad de construir una forma de organización social distinta del capitalismo. Esta posibilidad ni siquiera es contemplada como utopía; de hecho, para la economía progresista la utopía es alguna forma de capitalismo “organizado” y no el socialismo. En esto hay una aceptación acrítica del balance de fuerzas resultante de las derrotas experimentadas por la clase trabajadora a nivel mundial en las décadas del ’70 al ’90. Si se tiene en cuenta esto, se comprende que para el progresista sólo existe el capitalismo, y que la explotación de los trabajadores es una característica natural del proceso económico. Sin explotación no habría “eficiencia”. Claro que los progresistas ni siquiera mencionan la palabra explotación, pues ella les trae problemas de conciencia. En todo caso, prefieren hablar de “injusticia” o de “desorganización” y/o “anarquía” del capitalismo. Pero, y por más que se adorne la cuestión, el progresismo se ve obligado a girar en torno a qué grado de explotación del hombre por el hombre es aceptable. Este es el corolario necesario de aceptar al capitalismo como el horizonte intelectual. 

Los progresistas toman nota de las derrotas y convierten aquello que es el resultado de la lucha de clases (siempre incierta, siempre indeterminada) en un resultado natural (en el único resultado posible: la victoria del capital). Ellos leen el proceso histórico que pasa por la dictadura militar de 1976, el alfonsinismo y su reconocimiento de la irreversibilidad de los cambios sociales y económicos promovidos por la dictadura, el menemismo y su exaltación del individualismo y del dinero, y dicen: “- Cambiar el mundo es imposible, pues todos los intentos por hacerlo llevan a la derrota. Hay que ser realista y entender que el capitalismo vino para quedarse. Hasta ahora todos los revolucionarios han procurado transformar al capitalismo, pero de lo que se trata es de aceptarlo y, a lo sumo, de organizarlo.” Claro que no es bueno andar por ahí proclamando verdades. Estamos en la época de lo “políticamente correcto” y nuestros progresistas prefieren disfrazar su negación a pensar algo distinto bajo las vestiduras de la “emancipación nacional y social”.

Zaiat expresa con claridad la tendencia esbozada en el párrafo anterior. Luego de reconocer la enormidad de que la mitad de la fuerza de trabajo en Argentina padece serios o muy serios problemas de empleo, plantea la cuestión en términos economicistas, dejando de lado el aspecto político de la cuestión: “Cuando la estrategia económica oficial ubica a la generación de empleo como primordial, para cumplir con esa meta, instrumenta una serie de iniciativas que, en gran medida, son de base inflacionaria. El dilema se presenta de la siguiente manera: minimizar el crecimiento de la economía sin resolver el frente laboral para tener una baja inflación, o alentar un firme crecimiento de la economía para atender el tema empleo generando presión sobre los precios.” O sea, el Estado, supuesto garante de un supuesto “interés general” tiene que optar entre promover la generación de más empleo o bajar la tasa de inflación. Ante este dilema, Zaiat sostiene, como ya señalamos, que el empleo tiene que ser atendido como tema prioritario, pues garantiza un mayor grado de “bienestar emocional” de las personas. Mientras tanto, los trabajadores “en negro”, los desocupados y los subocupados siguen sufriendo bajos niveles de felicidad.

Ahora bien y puesto que la felicidad es algo esquiva en estos tiempos que corren o tiende a concretarse en una serie de mercancías que pueden comprarse en un shopping, prefiero hablar un poco de política, retomando las cifras que Zaiat analiza tan despreocupadamente.
Todo aquel que ha trabajado en “negro”, o ha padecido la desocupación, sabe que encontrarse en estas condiciones implica estar en una situación de extrema debilidad al momento de buscar trabajo o al momento de aceptar las condiciones que imponen los empresarios en el trabajo mismo. Cuando se tiene un trabajo precario, o se es desocupado o subocupado, no hay derecho al pataleo. Estas situaciones suponen una profunda desigualdad política entre el trabajador y el empresario. La precariedad en la situación laboral refuerza el poder político que poseen los empresarios a partir de su control sobre los medios de producción. La precariedad, la desocupación y la subocupación son, pues, fuentes de ganancias extraordinarias para el capital, pues debilitan profundamente la capacidad de resistencia de los trabajadores. Constituyen un problema político fundamental, en la medida en que se entiende por política a las relaciones entre las distintas clases sociales de una sociedad. Claro que esto es invisible para los progresistas, quienes aceptan al capitalismo como horizonte natural de su pensamiento.

Así, por ejemplo, Zaiat sostiene que la inflación, con todos los inconvenientes que origina, expresa la mejoría de la situación de los trabajadores bajo el “kirchnerismo”: “El desarrollo de esa puja distributiva más que un problema es la expresión de vitalidad de la economía, de la intervención activa de dos protagonistas centrales de la sociedad (capital y trabajo) y de las resistencias estructurales a una mejora en el reparto de la riqueza. La inflación es una manifestación de la puja distributiva.” Hay que tener en cuenta que, según nuestro autor, “el aspecto notable de este período inflacionario es que, a diferencia de episodios similares pasados, los trabajadores formalizados y los jubilados no fueron los perdedores por el alza de precios porque los salarios y haberes no retrocedieron en términos reales. Las negociaciones colectivas permitieron negociar aumentos salariales por arriba de cualquier índice de inflación considerado. La suba de salarios, las paritarias y la creación de una importante cantidad de puestos de trabajo, en el marco de un crecimiento sostenido, mejoraron la situación relativa de los trabajadores formales. También fortalecieron a los sindicatos.”

En el párrafo anterior, Zaiat habla de “trabajadores formales”. Pero deja de lado el dato (presentado por él mismo) de que la mitad de los trabajadores no pertenecen a esa condición. La situación del movimiento obrero en la Argentina actual no puede entenderse si ignora el hecho fundamental de que la mitad de los trabajadores se encuentran en una situación laboral precaria y carecen de margen para discutir condiciones laborales y/o salarios. El crecimiento económico experimentado bajo el “kirchnerismo” requirió, entre otras cosas, de la debilidad política de los trabajadores, expresada en los elevados niveles de precariedad (y en la existencia de una enorme heterogeneidad de situaciones entre los trabajadores del sector formal). Esa debilidad política se construyó a partir de la fenomenal derrota del movimiento obrero en 1976 y de las transformaciones en las relaciones laborales llevadas adelante por el peronismo menemista en la década de 1990. No se trata, por cierto, del único factor que explica dicho crecimiento, pero “curiosamente” es un factor ignorado prolijamente por nuestros progresistas. La razón de esta “ignorancia” es simple: si la mitad de los trabajadores tienen que agachar la cabeza y aceptar lo que venga, no es factible pensar en ninguna “emancipación nacional y social” ni en la “profundización de la democracia”. Ninguna autonomía puede construirse sobre la explotación del hombre por el hombre. Reconocer el carácter político de la precariedad laboral supone reconocer que, lejos de ser el estado natural del ser humano, algo huele a podrido en el capitalismo. Significa, en fin, darse la posibilidad de buscar otros horizontes intelectuales distintos al capitalismo.

Zaiat reconoce que el capital y el trabajo son “dos protagonistas centrales de la sociedad”. Pero, fiel a la idea de que el capitalismo es el horizonte de todo pensamiento, concibe a la relación entre ambos como una articulación funcional, como algo necesario para llevar adelante el proceso productivo, en tanto que el Estado opera como el garante de los intereses generales, suprimiendo los abusos que puedan darse en dicha relación. La declamada “emancipación nacional y social” del “kirchnerismo” es, en el mejor de los casos, el intento de “organizar el capitalismo”. 

¿Qué el capitalismo implica necesariamente la explotación del hombre por el hombre? “- Es posible, dirán nuestros progresistas, pero sin capitalismo la economía naufraga y los pobres están peor que bajo la explotación capitalista”. Claro que quienes resuelven cuánta explotación puede soportarse son aquellos que hacen tres comidas al día y no ven a la existencia como una pelea cotidiana por sobrevivir.

Villa del Parque, miércoles 26 de diciembre de 2012.
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domingo, 16 de diciembre de 2012

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (32): EL SOCIALISMO VERDADERO EN ALEMANIA: DE LOS JÓVENES HEGELIANOS Y BRUNO BAUER A MOSES HESS Y KARL GRÜN


Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo indicación en contrario, de: Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista. I: Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.


a) Corrientes del socialismo alemán en la década de 1840.

En los orígenes del socialismo alemán encontramos dos vertientes. De una parte, el socialismo surgido entre los artesanos y los obreros, principalmente emigrados, cuyo exponente más notable fue Wilhelm Weitling (1808-1871). De otra parte, el socialismo de matriz filosófica, desarrollado entre los Jóvenes Hegelianos. En esta nota voy a dedicarme al segundo, haciendo la salvedad de que no examinaré ni la filosofía hegeliana ni su crítica a Feuerbach, porque ambas exceden largamente el límite de estas notas. En cambio, me concentraré en el desarrollo de los elementos socialistas entre los Jóvenes Hegelianos, pues este proceso dio origen a la variante más exitosa del socialismo del siglo XX, esto es, el marxismo.

El punto de partida para el desarrollo del socialismo en el seno de la izquierda hegeliana fue la crítica de Ludwig Feuerbach (1804-1872) al idealismo hegeliano. El “grito de guerra” feuerbachiano puede resumirse en la frase “el ser precede a la conciencia”. A la distancia, es fácil perder de vista la significación que tuvo la obra de Feuerbach para los Jóvenes Hegelianos. Cabe decir que les abrió un mundo nuevo y sentó las bases para que algunos de ellos hicieran el pasaje de la crítica de la religión a la crítica de la política y de las instituciones sociales existentes.

Marx jugó un papel fundamental al marcar los límites de Feuerbach. Ha llegado hasta nosotros el núcleo de su crítica, un breve escrito al que se ha titulado Tesis sobre Feuerbach, redactado en 1845. “Marx completó la nueva doctrina [la de Feuerbach] introduciendo al hombre mismo como actor dentro de la esfera de la existencia material para considerarlo, no sólo como contemplador de la realidad, sino como agente activo, no fuera, sino dentro del mundo de la realidad material. La verdadera filosofía, decía, tiene que ocuparse no sólo de la mera contemplación, sino también de la unidad del pensamiento y de la acción. (…) Marx no trata de aceptar la opinión de que el hombre es mero resultado de las circunstancias externas: insistía en que el hombre mismo es parte de la naturaleza, a diferencia de la fuerza de la Idea de Hegel, en la formación de la historia humana. Esto lo lleva a afirmar la unión fundamental de pensamiento y acción.” (I: 236).

La reivindicación de la praxis permitía superar, en el sentido dialéctico, tanto el materialismo mecanicista como el idealismo que dejaba de lado las condiciones existentes. Así, mientras que la filosofía idealista alemana en todas sus vertientes (incluidos también los Jóvenes Hegelianos) desdeñaba la acción política y prefería concentrarse en la crítica de las ideas (sobre todo de las ideas religiosas) (1), Marx consideraba que esta acción era esencial para transformar el mundo. El énfasis en la transformación del mundo ya prefigura el interés posterior de Marx en el proceso de producción.

Marx no estuvo solo en el proceso que condujo a parte de la izquierda hegeliana hacia el socialismo. Varios Jóvenes Hegelianos siguieron en esa dirección, aunque la mayoría terminó por distanciarse más o menos pronto. Los más destacados fueron Bruno Bauer (1809-1882) (2), Moses Hess (1812-1875), Karl Grün (1813-1887) y Arnold Ruge (1802-1880). “Iniciado como crítico «realista» o «materialista» de la religión y de la establecida filosofía idealista alemana, este hegelianismo de «izquierda», bajo el influjo del cual se formó Marx, amplió su modo de pensar, bajo la influencia francesa, hasta internarse en el «socialismo científico».” (I: 237-238).

La evolución de Marx hacia el socialismo inicialmente estuvo marcada por la superación del idealismo. Cole distingue dos etapas:

a) la etapa signada por la influencia de Feuerbach y plasmada en La sagrada familia, un escrito redactado por Marx y Engels contra los hermanos Bruno y Edgard Bauer (1820-1886); 

b) la etapa de elaboración de una concepción propia, a partir de la superación de la filosofía de Feuerbach, expresada en el manuscrito La ideología alemana y en textos como Miseria de la filosofía (1847) y el Manifiesto comunista (1848).

Bruno Bauer fue, pues, una figura central en el pasaje de Marx desde el hegelianismo de izquierda hacia el socialismo. Cole expone del siguiente modo la concepción de los hermanos Bauer: “Habían recibido de Hegel la creencia en la fuerza dominadora de la pura razón; y no podían aceptar ningún intento de mejorar la situación recurriendo al interés egoísta de los hombres, o, incluso, poniéndose ellos mismos al lado de movimientos que estaban influidos por motivos interesados. Esto condujo a los Bauers, y a los que pensaban como ellos, a mantenerse alejados del movimiento obrero, en cuanto animados por esos motivos, y a desdeñar la democracia, al representar una fuerza guiada, no por la razón o una concepción filosófica, sino por divisas que ocultaban objetivos materialistas e intereses egoístas. De aquí se sigue que, en la medida en que eran socialistas, su concepción del avance hacia el socialismo implicaba una conversión de los hombres para buscarlo en un espíritu purgado de toda aspiración egoísta. Su llamamiento, en la medida en que tenía un lado práctico, iba dirigido por completo a los hombres de voluntad ilustrada y racional. Era parte de su credo el pensar que un obstáculo importante para esta ilustración lo constituía el poder de la religión sobre las mentes de los hombres. De acuerdo con esto, se dedicaron a interpretar la religión como una superchería clerical impuesta a los hombres con la ayuda de poder secular; pero, a diferencia de Feuerbach, no trataron de buscar las causas de la creencia religiosa en el medio ambiente material de los pueblos. Marx, por otra parte, halló en la teoría materialista de Feuerbach acerca de la religión a la vez un arma con que combatir a los idealistas y un punto de partida general para su concepción materialista de la historia.” (I: 239). 

b) Moses Hess.

Moses Hess ejerció una importante influencia en el desarrollo del socialismo entre la izquierda hegeliana. Cole sostiene que Hess fue el creador del “Verdadero Socialismo (corriente criticada por Marx y Engels en el Manifiesto comunista). “Su punto de vista fundamental era esencialmente ético. Hess era un pensador profundamente honesto, y un hombre incapaz de animosidad, que gozaba de simpatía y respeto universales, una especie de santo judío que había caído entre los revolucionarios.” (I: 240).

El socialismo de Hess fue originalmente filosófico (Hess era lector de las obras de Spinoza, Fichte, Hegel y Feuerbach), “sin reconocimiento alguno de los factores económicos y sin ningún conocimiento de la clase obrera.” (I: 240).

El socialismo de Hess experimentó un cambio radical cuando debió exiliarse en Francia. Allí se relacionó con los grupos de obreros alemanes que residían en París. (I: 240). Hess fue uno de los fundadores y directores, y luego corresponsal en París, de la RHEINISCHE ZEITUNG (1842-1843) (3). En este periódico aparecieron la mayor parte de sus escritos.

Hacia 1842 el socialismo de Hess tenía las siguientes características:

a) “se basaba en la concepción de la solidaridad humana como una gran fuerza natural, que no podía manifestarse en una estructura adecuada de las relaciones sociales a causa de las malas instituciones sociales.” (I: 240-241)

b) la competencia en todas sus formas (no sólo la competencia económica) era la raíz de todos los males de la sociedad, “porque favorece los impulsos egoístas de los hombres, y de este modo lo aparta de su fraternidad natural” (I: 241); 

c) una teoría ética elaborada en base a la influencia de Rousseau. Según esta teoría, en los seres humanos existían dos impulsos principales (egoísmo y amor fraternal), y era el amor quien representaba lo fundamental de la naturaleza humana; 

d) el amor fraternal no conseguía predominar en la sociedad porque la estructura social era inadecuada; 

e) el comunismo era la estructura social capaz de garantizar el predominio del amor fraternal en la sociedad.

Desde el principio existió una diferencia central entre el Hess y el grupo de Bruno Bauer: Hess “era esencialmente activista. No estaba dispuesto sólo a denunciar todas las instituciones sociales existentes sin intentar alterarlas; se daba cuenta de que no podían ser alteradas sino mediante la acción unida de todos los que creían en un orden social radicalmente nuevo, basado en la fraternidad y en la justicia” (I: 241). El activismo de Hess tenía, no obstante, un impedimento que obturaba sus posibilidades de desarrollo: rechazaba toda acción basada en motivos egoístas, la acción transformadora sólo debía fundarse en una moralidad más elevada. Esto le impedía acercarse tanto al movimiento obrero como a la burguesía liberal. (I: 241).

Hess se negó a apoyar las demandas liberales a favor de reformas constitucionales, pues pensaba que ellas tendrían por resultado el afianzamiento de la competencia y, por ende, del egoísmo. Entró en confrontación con Marx, quien lo acusó de “carecer de sentido de la realidad” (I: 242). Hess, tocado, se puso a estudiar el movimiento obrero. Finalmente, terminó por apoyar las demandas del proletariado, a pesar de los móviles egoístas que animaban a los proletarios. “Lo que no pudo hacer fue apoyar la opinión de Marx de que los socialistas debían ayudar a que la burguesía alemana llegase al poder y destronase a las antiguas clases gobernantes privilegiadas, porque seguía pensando en el afianzamiento de la competencia, que consideraba sería el resultado de una victoria burguesa, que reforzaría con seguridad el egoísmo en el alma tanto de los capitalistas como de los obreros, envenenando a la sociedad más aún.” (I: 242).

Hess nunca fue marxista, aunque aceptó la dirección de Marx durante la Revolución de 1848. En la década de 1850 colaboró con Lassalle. En la I Internacional volvió a chocar con Marx.

Las diferencias entre Hess y Marx expresan la distancia entre el llamado “Socialismo Verdadero” y el marxismo. Hess “sentía una repugnancia y desconfianza profundas por la violencia y sostenía que el empleo de la fuerza conduciría inevitablemente a pervertir el fin, por muy valioso y deseable que éste fuera.” (I: 242). En la posición frente a la cuestión del papel de la violencia en la transformación social se resume toda una tradición del movimiento socialista, que se remonta a Saint-Simon, Fourier y Owen. Esta corriente defendía la idea de que el socialismo debía imponerse por la persuasión y no por la violencia. Todos ellos descuidaban en papel del Estado y la acción política de la clase obrera. Esto supone ignorar el rol del Estado como instrumento de dominación de la burguesía. Implica adoptar, en el fondo, una concepción idealista de la historia. 

Hess postulaba que “los valores éticos son absolutos, y [temía] que la imposición del socialismo mediante la fuerza lo convertiría en un nuevo autoritarismo no menos opresor y egoísta que el antiguo.” (I: 243). Cole afirma que las líneas divisorias entre Marx y el “socialismo verdadero” se perpetuaron en la división “entre el comunismo y el socialismo democrático del Occidente” (I: 243).

Si bien Hess sostuvo posiciones internacionalistas, se encontró entre los precursores del sionismo. “Quería que el pueblo judío tuviese un lugar nacional, e hizo propuestas para la colonización de Palestina, con el propósito de establecer allí un centro de influjo judío que serviría no sólo como punto de unión para todo el mundo judío, sino que permitiría también al pueblo judío contribuir nacionalmente al desarrollo del socialismo.

Cole apunta que Hess “fue además el primer socialista que desarrolló una teoría clara de la importancia de la nacionalidad en el movimiento socialista mundial (…) Concebía la futura sociedad socialista como una federación de grupos nacionales que cooperan, elaborando cada uno su forma especial de socialismo de acuerdo con su tipo nacional de vida. En esta concepción acentuó sobre todo las diferencias culturales más bien que las económicas, aunque en sus últimos escritos dio a los factores económicos no poca importancia.” (I: 243).

c) Karl Grün.

El principal representante del “socialismo verdadero” era Karl Theodor Ferdinand Grün. Esta influido por la teoría feuerbachiana de la religión. “Decía que la propiedad es también algo que el hombre ha exteriorizado de la comunidad a la cual naturalmente pertenece. Esta exteriorización ha destruido la base de la fraternidad humana y de la comunidad; y la solución del problema social se hallará volviendo a la propiedad común.” (I: 244). 

“Grün, como Marx, aceptaba la naturaleza de la lucha de clases como la clave para comprender la historia humana, que él consideraba como una serie de luchas por la posesión de la propiedad privada. Aceptaba la necesidad del desarrollo industrial y de la producción en gran escala, que esperaba hiciese posible la abolición de la propiedad tan pronto como quedase bajo dominio y dirección comunes.” (I: 244).

En sus análisis del capitalismo fue seguidor de Proudhon. Pensaba, como Hess en sus comienzos, que el socialismo tendría que ser el resultado del convencimiento de las personas, y rechazaba la acción política. También estaba en contra de todo entendimiento con la burguesía liberal: “la tarea de los socialistas era educar al pueblo, sin mezclarse en la política del día, hasta que estuviese preparado para tomar el poder en sus manos.” (I: 245).


Villa del Parque, domingo 16 de diciembre de 2012


NOTAS: 

(1) Aquí dejo de lado, deliberadamente, toda referencia a la complejidad del pensamiento hegeliano sobre la polítca.

(2) Cabe decir que Marx y Bruno Bauer mantuvieron una estrecha amistad, que se quebró luego del fracaso del liberalismo alemán en obtener reformas constitucionales del rey de Prusia, Federico Guillermo IV.

(3) Marx fue jefe de Redacción de ese periódico de octubre de 1842 hasta marzo de 1843.