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martes, 26 de febrero de 2019

LA ECONOMÍA MACRISTA EN 2018: LÍMITES ESTRUCTURALES, PROBLEMAS COYUNTURALES Y RESISTENCIA POPULAR AL AJUSTE

Colectivo de Propaganda Marxista


Hablar de crisis en Argentina no resulta novedoso. Todo lo contrario. La crisis resulta un estado “natural” para los habitantes de este país quienes, desde hace varias décadas, están acostumbrados a la inestabilidad económica y a debacles similares a las de 1989 y 2001. Frente a esta situación, existe una enorme confusión acerca de las causas y los responsables de la crisis.

Este documento tiene por objetivo avanzar en la explicación de la última de las crisis, la cual se halla en pleno desarrollo mientras escribimos estas líneas. Es un trabajo colectivo, realizado por un grupo de marxistas que considera imprescindible la tarea de estudiar la realidad argentina, partiendo de dos supuestos: a) el marxismo nos proporciona una serie de herramientas teóricas imprescindibles para comprender toda sociedad capitalista; b) la formulación de un diagnóstico correcto es imprescindible para la elaboración de una estrategia política socialista. Por razones de extensión, en esta oportunidad, privilegiamos el análisis de los aspectos económicos del tercer año de gestión de Macri, concentrándonos en la evolución de la crisis, cuyo aspecto más notorio fue la brutal devaluación del peso.

La economía argentina se estancó en 2011. A partir de esa fecha no hubo dos años seguidos de crecimiento. En 2018, la economía entró en recesión, es decir, comenzó a achicarse. Una economía en recesión elimina puestos de trabajo y reduce los salarios. Aumentan la inflación, la desocupación, la precarización laboral, las penurias y la desesperación de trabajadores y jubilados. Tales son los trazos gruesos de la realidad que enfrentamos a comienzos de 2019.

Para comprender las causas de la crisis económica actual es conveniente ir de lo general (los rasgos básicos de toda economía capitalista), a lo particular (las características de la estructura económica argentina). Esto se debe a que el análisis de la crisis argentina presenta gran complejidad puesto que en ella se manifiestan simultáneamente: a) las contradicciones propias de toda economía capitalista; b) los problemas estructurales de larga data del capitalismo argentino; c) la forma específica de vinculación con el mercado mundial; d) el balance de fuerzas entre capitalistas y trabajadores; e) las limitaciones de las políticas del macrismo.

En síntesis, la causa primordial de la crisis no es la influencia de factores exteriores (el imperialismo) ni ideológicos (la adhesión del macrismo al “neoliberalismo”; del kirchnerismo al “populismo”, etc.); sus raíces se encuentran en las características estructurales del capitalismo argentino y la relación de fuerzas entre las clases.

Inversión y tasa de ganancia

El motor del capitalismo es la inversión, esto es, la aplicación de más capital en el proceso productivo en pos del crecimiento de la economía. Sin inversión es imposible el crecimiento. El capital a invertir está en manos de los empresarios, dueños de los medios de producción y de cambio. A ellos pertenecen los campos, las fábricas, los bancos, los comercios, los medios de transporte y de comunicación. Así, el poder para que la economía arranque está en manos de los capitalistas.

Los empresarios invierten si tienen perspectivas de ganancia. La relación con los trabajadores es fundamental a la hora de invertir puesto que la ganancia de los capitalistas surge de la apropiación gratuita de una parte de la jornada laboral. Lxs marxistas llamamos a este trabajo no retribuido, plusvalía.

Pero además, los empresarios invierten solo si tienen probabilidades razonables de que esas ganancias se mantengan en el mediano plazo. Si los sindicatos y/o las organizaciones populares tienen la capacidad de obtener aumentos salariales y mejores condiciones laborales, las ganancias se reducen y ya no resulta rentable invertir. Si los capitalistas pueden poner su capital en otro país que ofrezca una mejor tasa de ganancia, irán a ese país y se acabó la historia. El capital se mueve al compás de la tasa de ganancia, no del patriotismo.

Ahora bien, si cae la tasa de ganancia, tarde o temprano, los capitalistas dejan de invertir, la economía se detiene y se produce la crisis. En el capitalismo las crisis se resuelven aumentando la explotación del trabajo por el capital. El incremento de la plusvalía apropiada por los capitalistas y el consiguiente aumento de la tasa de ganancia funcionan como incentivos para que los mismos inviertan. Si bien son necesarias otras condiciones para conseguir un aumento de la inversión, lo cierto es que este incremento es imposible sin el mencionado aumento de la explotación. No existen salidas progresistas a las crisis bajo el capitalismo. Bajo este régimen social, jamás los capitalistas pagan las consecuencias de las crisis, siempre recaen sobre los hombros de la clase trabajadora.

Por ello, la caída de la actividad económica, la reducción del salario real, el aumento de la desocupación y de la precarización laboral, el cierre de empresas, son cuestiones que, si bien resultan catastróficas para los trabajadores, suponen desde el punto de vista del capital la creación de condiciones objetivas para salir de la crisis. Cabe recordar que, salvo la alternativa de la revolución socialista (en la que los trabajadores se apropian de los medios de producción), la crisis forma parte del funcionamiento normal de una economía capitalista, que no puede crecer sin destruir periódicamente los capitales menos competitivos.

En consecuencia, las cuestiones enumeradas en el párrafo anterior debilitan la posición del trabajo frente al capital. No solucionan la crisis pero crean las condiciones para resolverla, pues posibilitan el aumento de la tasa de ganancia que es, como ya dijimos, el principal incentivo para que los capitalistas inviertan. El miedo al despido, el terror de no llegar a fin de mes, la angustia de no poder pagar el alquiler debilita nuestra resistencia como trabajadores. La suma de todos estos miedos tiende a fragmentar las luchas, promoviendo el tan conocido «sálvese quien pueda». Los capitalistas viven de explotar trabajo ajeno. Por eso, cuando las papas queman y tienen que aumentar sus ganancias (de eso se trata la crisis para ellos) necesitan trabajadores sometidos, que acepten peores condiciones laborales.

La larga crisis de la economía argentina

La disparada del dólar expresa la imposibilidad de resolver las dificultades que experimenta el capitalismo argentino desde 2011. Éstas guardan estrecha relación, a su vez, con cuestiones estructurales que se remontan a un período muy anterior. La economía argentina, simplificando, genera menos dólares de los que requiere para su funcionamiento.
Esto se refleja en el déficit de la balanza comercial (el saldo entre exportaciones e importaciones) y en el crecimiento de la deuda externa, cuyos intereses abultan el déficit de cuenta corriente (el saldo entre los dólares que egresan y los que ingresan al país). Ambos déficits constituyen la causa del déficit fiscal (el Estado gasta más de lo que percibe).

La causa de fondo de los problemas enunciados en el párrafo anterior radica en la baja productividad de la economía argentina, que la hace poco competitiva a nivel del mercado mundial. Salvo la agricultura, el complejo agroindustrial y algunos otros nichos de producción, la mayoría de las actividades productivas no resiste la competencia internacional o tienen serias dificultades para afrontarla. Este problema se originó varias décadas atrás y la burguesía procuró resolverlo ensayando diversos ajustes (por ejemplo, la Convertibilidad de la década del ’90). Todos ellos fracasaron en su objetivo primordial (volver competitiva a la economía argentina, asegurando un ciclo sostenido de acumulación de capital), porque no pudieron quebrar la resistencia de los trabajadores, a pesar de las durísimas derrotas sufridas por éstos en 1976 y 1989-90.

Como ya indicamos, la economía argentina se estancó en 2011. Desde ese momento, la burguesía comenzó a forjar un programa de salida de la crisis cuyos puntos centrales eran la baja de los salarios y la precarización de las condiciones laborales. Estas medidas aparecían a los ojos del conjunto de las fracciones de la burguesía como las llaves para lograr un aumento de las inversiones y, por ende, el inicio de una fase de “crecimiento sustentable”. De ahí que las propuestas económicas de los principales candidatos en las elecciones presidenciales de 2015 (Macri, Scioli, Massa) no presentaran diferencias sustanciales entre sí.

Crecimiento económico y triunfo electoral

Mauricio Macri llegó al gobierno en 2015 con la promesa de llevar adelante las reformas estructurales reclamadas por el conjunto de la burguesía. Éstas son bien conocidas: “El conjunto de la burguesía promueve el ajuste, entendido como 3R: reducción de salarios, reducción del déficit fiscal, reducción de impuestos (a la burguesía). Nadie cuestiona seriamente el ajuste, sí se discute su ritmo”. (RPM Buenos Aires / Agrupación El Túnel, “Lucha de clases bajo el macrismo”, 18/01/2018). Sin embargo, su debilidad parlamentaria, la necesidad de consolidarse como fuerza política de cara al 2019 y la resistencia de los trabajadores, hicieron que optara por el “gradualismo” (una manera de reconocer que la clase trabajadora no estaba derrotada, como luego de 1976 y 1989-90, en el periodo precedente al ascenso del macrismo al poder). Por eso optó por el endeudamiento externo como medio para dosificar el ajuste y consolidarse políticamente, a la espera del aumento de las inversiones.

En el primer año de gobierno de Cambiemos, la economía cayó un 1,8%. En el 2017 se recuperó, el PBI registró un crecimiento de 2,9%. La industria también se expandió (1,8%) y lo mismo sucedió con la construcción (13,6%). En esos momentos, la economía argentina atravesaba su mejor momento desde diciembre de 2015. Así lo reflejaban los principales indicadores económicos: luego de tocar su punto más bajo en junio de 2016 (-4,9%), la actividad económica inició un lento pero persistente proceso de recuperación, llegando a su pico máximo en octubre de 2017 (5,2%); por su parte, la inversión productiva, en descenso desde 2011, interrumpió su caída y creció un 1,5% en relación al PBI durante 2017. El 23 de octubre de 2017, un día después de las elecciones, el riesgo país alcanzaba su cota más baja en toda la era Macri (342 puntos básicos). Sin embargo, este crecimiento tenía bases muy endebles. Como es característico de la estructura económica argentina, el talón de Aquiles estuvo, una vez más, en su sector externo. Ese año, la balanza comercial arrojó un déficit histórico (1,5% del PBI), el más abultado desde 1998 (El Cronista, 23/1/2018). Asimismo, se duplicó el déficit de cuenta corriente, llegando al 4,8% del PBI, siendo el más alto en 19 años (BAE, 22/3/2018).

En octubre de 2017, después de dos años de gobierno, el oficialismo ganó cómodamente las elecciones legislativas, imponiéndose en 13 de los 24 distritos electorales. En la ciudad de Buenos Aires, la candidata de Cambiemos (Elisa Carrió) obtuvo el 51% de los votos, superando por casi 30 puntos a la segunda fuerza, animada por el kirchnerismo. En la provincia de Buenos Aires, Cristina Fernández perdió a manos del desabrido candidato gubernamental Esteban Bullrich, quien obtuvo más de 5 puntos de ventaja sobre la ex presidenta. En Santa Cruz, la provincia emblemática del kirchnerismo, Cambiemos alcanzó el 44% de los sufragios, relegando al FPV a un distante segundo lugar, aventajándolo por más de 10 puntos de distancia.

La recuperación económica y el triunfo electoral generaron esperanzas en el gobierno y el conjunto del empresariado. Los analistas políticos daban por descontada la reelección de Macri para el 2019. El optimismo de los empresarios se expresó en el coloquio de IDEA (Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina, que reúne a la cúpula del empresariado), realizado en octubre de 2017, días antes de las elecciones. El economista Martín Tetaz, en declaración al diario La Nación, afirmaba: “Si respirás 15 minutos el aire que se respira acá en IDEA salís pensando que vamos a ser Australia”. El mismo diario, a modo de balance, sintetizaba: “El Coloquio de IDEA reflejó optimismo empresario, y el pedido para que avancen la reforma laboral y tributaria. En la tradicional encuesta de expectativas, 86% de los ejecutivos consultados consideró que la economía mejorará en lo que queda del año: un número récord en dos décadas.” (La Nación, 15/10/2017).

La economía se encontraba en un franco proceso de recuperación, crecía el PBI, la inversión, la construcción y la industria. El empleo registrado también aumentaba a ritmo sostenido (aunque es preciso señalar que la mayoría de los nuevos empleos correspondían a trabajo precario). En las elecciones, y a pesar del duro plan de ajuste del gobierno, la gran mayoría de la población había renovado su apoyo al oficialismo. El futuro parecía promisorio para el macrismo y la burguesía.

Sin embargo, pasaron cosas…

La economía cambia de rumbo, el gobierno pierde apoyo

El triunfo electoral representó un dolor de cabeza para el macrismo. La burguesía le exigió que dejara de lado el gradualismo y comenzara a implementar las postergadas reformas estructurales.

La situación podía resumirse en estos términos: “El triunfo de Cambiemos en las elecciones legislativas de octubre representó, paradójicamente, un problema para el macrismo. Entre diciembre de 2015 y octubre de 2017, Macri se encargó de administrar la crisis y de aplicar un ajuste gradual. En la coalición gobernante primó un criterio político antes que económico: era preciso consolidar a Cambiemos e incrementar su representación parlamentaria, antes que avanzar en el ajuste. Mientras tanto, se recurrió al endeudamiento externo para cubrir el déficit fiscal. El debate entre «gradualistas» y partidarios del shock expresó la impaciencia de los economistas burgueses para avanzar en el ajuste (y en la reestructuración capitalista). El triunfo electoral impidió mantener el impasse. Es cierto que la victoria de Cambiemos no fue abrumadora, y que la coalición está obligada a construir mayoría en el Congreso con el PJ (y a llegar acuerdos con los gobernadores de ese partido). Pero nada de esto convence a los empresarios. Macri tiene que empezar a cumplir con el mandato recibido de la burguesía en 2015: terminar con el estancamiento económico y restablecer la acumulación de capital. En cierto sentido, el triunfo electoral puso al presidente entre la espada y la pared: o lleva el ajuste a fondo o pierde la confianza de los empresarios.” (RPM Buenos Aires/Agrupación El Túnel, “Lucha de clases bajo el macrismo”, 18/01/2018).

Aprovechando el capital político acumulado gracias al reciente triunfo electoral, el presidente Macri se dispuso –finalmente- a encarar las transformaciones de fondo que exigía la burguesía. Inmediatamente después de las elecciones, el Poder Ejecutivo presentó en el Congreso los proyectos de ley que contenían tres importantes reformas: previsional, impositiva y laboral. El gobierno consiguió aprobar las dos primeras. Sin embargo, la respuesta popular fue contundente. Los días 14 y 18 de diciembre, durante el tratamiento de la reforma previsional, se realizaron sendas movilizaciones multitudinarias frente al Congreso, que enfrentaron durante horas una dura represión. El 18 los manifestantes arrojaron más de 15 toneladas de piedras sobre las fuerzas de seguridad. Por la noche, se escucharon cacerolazos en diversos barrios de la Capital Federal, en apoyo a los manifestantes y en contra del proyecto del gobierno. El oficialismo sintió el impacto y quitó momentáneamente de la agenda la proyectada reforma laboral (Clarín, 9/1/2018).

Las jornadas de diciembre de 2017, cuyo eje fue la lucha contra la reforma previsional, marcaron un antes y un después en el consenso popular obtenido por el macrismo. “La lucha contra la Reforma Previsional logró, por primera vez, unificar a la clase trabajadora con las capas medias. La lucha por «los abuelos» fue apoyada por un marco de fuerzas políticas y sociales mucho más grande que las luchas anteriores, que incluyó al kirchnerismo, a la izquierda y a diversas organizaciones del movimiento obrero. Por primera vez desde la llegada del macrismo a la presidencia, las movilizaciones de masas representaron la cabeza de un movimiento más amplio, que se expresó a través de un rechazo generalizado a la Reforma Previsional (que incluyó a personajes como Susana Giménez y Eduardo Feinmann). Como consecuencia, el macrismo quedó, por primera vez, a la defensiva.” (RPM Buenos Aires / Agrupación El Túnel, “Lucha de clases bajo el macrismo”, 18/01/2018).

El gobierno ganó la partida, pero perdió consenso popular y credibilidad entre la propia burguesía, pues a dos meses de ganar las elecciones, mostró fragilidad al tener que recurrir a una violencia desmesurada para lograr la sanción de la ley de reforma previsional.
El año terminaba con un sabor agridulce para el gobierno. Había ganado las elecciones, pero las protestas en contra de la reforma previsional significaron una dura advertencia: no iba a ser tan sencillo avanzar con el ajuste que se había propuesto. Para la clase trabajadora y demás sectores explotados las Jornadas de Diciembre también fueron un llamado de atención, pues el gobierno ratificó su escalada represiva, cuyos hitos durante el año fueron los asesinatos de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel a manos de las fuerzas represivas.

En síntesis, la burguesía y el gobierno vieron como su optimismo se estrellaba contra la dura realidad. La concreción de las reformas estructurales de la economía argentina exigía y exige el disciplinamiento de lxs trabajadores. El macrismo constató que su triunfo electoral no alcanzaba para despejar el camino de las reformas. Lxs trabajadores y los sectores populares contaban con una importante capacidad de resistencia. Paradójicamente, la demostración de fuerza realizada por el gobierno al reprimir a lxs manifestantes durante las jornadas de diciembre fue una expresión de debilidad: a mes y medio de ganar las elecciones, el principal recurso para imponer la reforma previsional eran los palos y los gases lacrimógenos de las fuerzas represivas. La burguesía tomó nota de esta situación.

Por lo pronto, en los primeros meses de 2018 la economía mantuvo índices positivos de crecimiento. El primer trimestre cerró con un prometedor 3,9% y el mes de febrero fue el de mayor expansión en la era Macri (5,3%). Sin embargo, desde marzo la actividad económica comenzó a desacelerarse y en los meses siguientes directamente se desplomó. En junio alcanzó su momento más crítico, la caída fue de casi 7%. En el tercer trimestre la actividad económica cayó 3,5%, ingresando oficialmente en recesión. La inversión cayó nuevamente luego del crecimiento experimentado en 2017, acercándose a los pálidos valores de 2016.

¿Qué sucedió?

Como señalamos más arriba, la economía argentina arrastra problemas estructurales de larga data. Los dólares generados por el sector que produce bienes transables (esto es, mercancías exportables, producidas por el agro y algunos nichos manufactureros de bajo valor agregado) son insuficientes para cubrir la demanda del conjunto de las actividades productivas. Como ya se indicó: la economía argentina genera menos dólares de los que requiere para funcionar. Esta es la razón de las recurrentes crisis del sector externo. El déficit estructural de divisas obliga a los diferentes gobiernos a endeudarse. En 2017, la deuda pública se incrementó en 51.782 millones de dólares, totalizando 232.952 millones. En consecuencia, ese mismo año se duplicó el déficit de cuenta corriente, poniendo en duda la capacidad del país de pagar su creciente deuda externa. La balanza comercial, superavitaria en 2016, se tornó deficitaria en 2017 debido al fuerte incremento de las importaciones.

En 2018 empeoraron las condiciones de la economía mundial: cayeron las bolsas emergentes, subió la tasa de interés de los bonos del Tesoro a 3% anual y se fortaleció el dólar. El deterioro de las condiciones internacionales se sumó a la creciente restricción externa, producto de la estructura económica argentina. Las principales variables de la economía argentina comenzaron a mostrar signos de desaceleración, preanunciando la tormenta que se avecinaba.

El riesgo país (que indica la capacidad de repago de la deuda de un Estado) comenzó a crecer sostenidamente, aumentando 61 puntos básicos en el primer trimestre del año. La inversión productiva revirtió su tendencia ascendente e inició un descenso sostenido también en el primer trimestre. El empleo registrado retrocedió desde los primeros meses del año, acompañando la caída de la inversión. El dólar comenzó a mostrar tendencias al alza desde enero (el gobierno quiso bajar las tasas de interés con el propósito de mantener el crecimiento de la economía, pero desistió para evitar una suba mayor de la moneda norteamericana). A inicios de febrero la devaluación del peso alcanzó el 7%, empujando los precios hacia arriba. Ya en esos momentos se estimaba que la meta de inflación del 15% no se iba a poder cumplir, pronosticando un 20% anual (Clarín, 20/2/2018). A los problemas estructurales y al empeoramiento del mercado mundial, se sumó un problema climático de enormes consecuencias. Las tierras más productivas, ubicadas en la Pampa húmeda, sufrieron una sequía que se extendió por varios meses, ocasionando pérdidas millonarias. El gobierno había estimado para el 2018 un crecimiento del PBI del 3,5%, sin embargo, a fines de febrero las principales consultoras proyectaban una caída del 0,5 al 1%. Ese mes se perdieron más de 15 mil empleos en blanco.

El 1º de marzo, en la inauguración del año legislativo, Macri pronosticó una baja de la inflación, habló del “crecimiento invisible” y dijo, refiriéndose a la marcha de la economía: “lo peor ya pasó”. Mientras tanto, seguían las malas noticias. En los primeros tres meses del año la inflación acumuló la mitad de lo previsto para todo el año. Llegado el mes de abril ya era evidente que la economía había ingresado en una fase descendente. Las expectativas favorables se derrumbaron, el optimismo de pocos meses antes se trocó en un extendido pesimismo. En abril la actividad económica cayó 0,3%, interrumpiendo 13 meses consecutivos de crecimiento.

Lo peor estaba por venir…

La crisis cambiaria y el primer acuerdo con el Fondo

A fines de abril el dólar inició su disparada. El gobierno respondió vendiendo millones de dólares de las reservas del BCRA y elevando las tasas de interés. También anunció una reducción mayor del gasto público y recortes en la obra financiadas por el Estado. Sin embargo, el dólar mantuvo su tendencia alcista. La modificación de las condiciones económicas internacionales y la desconfianza de la burguesía en la capacidad del gobierno para implementar reformas estructurales impulsaron la corrida cambiaria. El empresariado exigía sepultar de una vez por todas el “gradualismo” e ir a fondo. La devaluación fue llevada adelante por el “mercado”, no por el gobierno. Quedó demostrado una vez más que los capitalistas tienen el control de las llaves maestras de la economía y que las utilizan a su favor. A diferencia de lxs trabajadorxs, condenadxs a votar cada dos años, los empresarios votan todos los días, a través de herramientas contundentes, como la decisión de invertir o no, la presión sobre el dólar, etc.

En ese contexto, el presidente anunció el 8 de mayo que había solicitado un crédito al FMI para asegurar el financiamiento hasta 2019. Un mes después, el 7 de junio, el gobierno informó que el desembolso del organismo ascendía a la histórica cifra de 50.000 millones de dólares. En julio el dólar retrocedía 3,5%.

El acuerdo con el Fondo fue interpretado por el kirchnerismo y buena parte de la izquierda como un acto de “colonialismo”. Juan Grabois, principal dirigente de la CTEP, declaró: “Macri es un comunicador del FMI” (C5N, 12/09/2018). Mariano Kestelboim, economista kirchnerista: “Perder la soberanía monetaria es condenarse a ser colonia. (…) El FMI está dirigiendo la economía argentina” (C5N, 12/09/2018). La izquierda sostuvo una y otra vez que el plan de ajuste había sido dictado por el FMI. Sin embargo, estas afirmaciones presentan tres problemas:

a) las reformas estructurales de la economía argentina y el ajuste son demandas de los capitalistas argentinos desde 2011, año en que la economía se estancó. Para esa fecha el Fondo no tenía mayor injerencia en las políticas gubernamentales;

b) la causa del ajuste es la búsqueda de la recuperación de la tasa de ganancia. Es un imperativo de toda economía capitalista. Poniendo el acento en el Fondo como responsable del ajuste se sostiene la ilusión de que existen formas “buenas” de capitalismo y que las formas “malas” son encarnadas por los organismos financieros internacionales;

c) exculpan a la burguesía argentina de la responsabilidad del ajuste, atribuyendo la autoría de éste al FMI.

La realidad es diferente. El FMI exigió al gobierno argentino mayor firmeza en la reducción del gasto público y avances en las reformas estructurales de la economía. Las demandas del Fondo difícilmente se puedan entender como una imposición extranjera sobre el país, porque las metas propuestas por el FMI coinciden plenamente con los objetivos del gobierno y el conjunto de la burguesía argentina. Por ese motivo, quienes hablan de «sometimiento» al Fondo encubren las responsabilidades de la clase dominante argentina en el brutal ajuste que se está descargando sobre el pueblo trabajador. A partir del acuerdo, los planes de reestructuración económica del empresariado nativo pasaron a ser respaldados por el organismo multilateral de crédito. Los intereses del gobierno y del FMI no son divergentes sino coincidentes. La lucha de la clase obrera es la misma de siempre, contra los empresarios residentes en la Argentina, respaldados por la burguesía internacional.

Mientras tanto, y en forma paralela al declive de la economía, la imagen del gobierno –fortalecida apenas unos meses antes por las elecciones- se deterioró rápidamente. La reelección de Macri, que poco tiempo atrás se daba por descontada, pasó a ser puesta en duda.

Nueva corrida y segundo acuerdo con el FMI

En los primeros siete meses del año 2018 la devaluación fue del 50%. El acuerdo con el FMI logró frenar momentáneamente la escalada del dólar. Desde mediados de junio hasta comienzos de agosto la moneda norteamericana se estabilizó en valores cercanos a los $28. Sin embargo, a partir del 10 de agosto reinició su tendencia alcista. En septiembre alcanzó los $40, cerrando el mes próximo a los $42. En forma paralela, el riesgo país se disparó, llegando a 783 puntos básicos en los primeros días de septiembre, subiendo más de 37% en un mes.

Ante la gravedad de la situación, Macri decidió viajar él mismo a EE.UU. para reunirse personalmente con Trump y Lagarde. El 23 de septiembre arribó a Nueva York. Dos días más tarde, en mitad de las negociaciones con el FMI, renunció inesperadamente Caputo a la presidencia del Banco Central. Al día siguiente, el ministro Dujovne y la directora del FMI anunciaron el nuevo acuerdo. El Fondo decidió aumentar el préstamo y adelantar los desembolsos; de esta forma, el gobierno se aseguraba el financiamiento necesario hasta el final de su mandato. Por su parte, las autoridades argentinas se comprometieron a no emitir y a lograr el déficit cero para 2019. Además, Sandleris, el nuevo presidente del Banco Central, anunció la política de «bandas de flotación» para contener al dólar.

El “mercado” (la gran burguesía argentina, no el FMI) obtuvo una victoria en toda la línea. La devaluación pulverizó el salario real, que cayó cerca de 20 puntos) y sepultó el “gradualismo” de Cambiemos. Los capitalistas demostraron otra vez su poder de fuego. El macrismo, triunfante en las urnas, resignó el “gradualismo” (poniendo en riesgo sus posibilidades de reelección en 2019). Simplificando las cosas, la devaluación impulsada por el “mercado” fue la respuesta a las luchas de las jornadas de diciembre. Quedó ratificado que el poder de veto de la burguesía era muy superior al poder del voto, aún tratándose del “gobierno de los CEO”.

La decisión del FMI significó un gran espaldarazo en lo político y económico para el gobierno de Cambiemos. A su vez, la política de déficit cero expresa la voluntad de las autoridades argentinas de redoblar el ajuste sobre el pueblo trabajador. La combinación del respaldo internacional, la severidad de la política monetaria y la dureza del ajuste anunciado, trajeron estabilidad en el mercado financiero. El dólar retrocedió más de 9% en el mes de octubre.

Estabilidad cambiaria y caída de la economía

La calma en el mercado cambiario no resuelve los problemas estructurales. La economía argentina sigue sin repuntar. En octubre retrocedió otro 4%, registrándose siete meses consecutivos de caída, la actividad industrial se derrumbó, cayendo 13,3% en noviembre, el desplome en la construcción fue más pronunciado aún, 15,9% y la inflación anual fue del 47,6%, siendo el valor más alto desde 1991. Las consecuencias sociales son catastróficas. Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica, hay dos millones más de pobres, contabilizando así 13.600.000 trabajadores que se encuentran en esa situación. La desocupación creció del 8,3% al 9%. La suba fue morigerada por las nuevas modalidades de empleo precarizado (Uber, entregas a domicilio y changas). Quedaron muy lejanas las promesas de Macri de generar “trabajos de calidad” y de “pobreza cero” …

Luego de tres años, el gobierno de Cambiemos no ha conseguido resolver ninguno de los problemas de fondo de la economía argentina. Si bien tuvo éxito en bajar el salario real, incrementando de este modo la tasa de explotación, no pudo avanzar en los cambios estructurales que le exige el conjunto de la burguesía. La irresolución de la crisis tiene su expresión política en el hecho de que Macri y Cristina Fernández sean los principales candidatos presidenciales para 2019. La situación parece haber quedado congelada en los términos de 2015.

La devaluación por el “mercado” es un indicador de que la burguesía no está conforme con las fuerzas políticas que gestionan el ajuste. El periodista Antonio Laje sintetizó el estado de ánimo de la burguesía: “A la herencia recibida hay que agregarle tres o cuatro años más de herencia (…) si clavás un 50 % de inflación ya no hay herencia. Hay que empezar a hablar del desastre del gobierno macrista.” (A24, 28/12/2018).

Conclusiones

El desarrollo de la crisis de 2018 puede resumirse así: los desequilibrios en el sector externo fueron acumulando tensiones crecientes. En los primeros meses del año comenzaron a manifestarse los primeros síntomas. En el primer trimestre se redujo la inversión, creció el riesgo país y el dólar comenzó a mostrar tendencias al alza, apreciándose un 9,1%. La falta de confianza en la capacidad del gobierno para llevar adelante las reformas hizo que los capitalistas abandonaran sus posiciones en pesos y se pasaran al dólar. La crisis estalló en forma de devaluación y tuvo dos momentos centrales, el primero en mayo y el segundo en agosto. Para frenar ambas corridas, el gobierno firmó sendos acuerdos con el FMI, recibiendo el respaldo del organismo multilateral para profundizar el ajuste y avanzar en la restructuración del capitalismo argentino. En otras palabras, la crisis no fue generada por la suba del dólar; al contrario, la corrida cambiaria fue el indicador de la crisis y a su vez la potenció.

Los acuerdos con el FMI frenaron las corridas, pero no resolvieron los problemas estructurales. La actividad económica, la industria y la construcción caen en picada. La inversión mantiene su tendencia a la baja. El único dato positivo que puede exhibir el gobierno es el superávit de balanza comercial de los últimos tres meses, pero se asienta en el derrumbe de la economía. La cuenta corriente sigue siendo deficitaria, indicando la persistencia de los problemas estructurales que corroen a la economía argentina.

En síntesis, ¿qué razones explican la crisis?

Hay cuatro motivos principales:

1) la baja productividad de la industria, problema estructural de la economía argentina, genera restricciones permanentes en el sector externo, que se expresan en déficits recurrentes de balanza de pagos;

2) la escasez endémica de dólares se suple con préstamos en el exterior, pero desde finales de 2017 el clima internacional de negocios empeoró, incrementando la fuga de capitales;
3) la sequía tuvo efectos devastadores sobre la producción agropecuaria, empeorando aún más las dificultades del sector externo;

4) la resistencia popular a la reforma previsional puso en duda la capacidad del gobierno para aplicar el ajuste. A días de las jornadas de diciembre el gobierno decidió archivar la proyectada reforma laboral, generando incertidumbre entre la clase dominante.

El conjunto de estos factores derivó en la crisis cambiaria, que expresó y fomentó las crecientes tensiones que atravesaban a la economía argentina.

La devaluación le permitió al gobierno avanzar en uno de sus objetivos estratégicos, bajar el salario real de la clase trabajadora; se estima una pérdida de cerca de 20 puntos en el 2018. Sin embargo, todavía siguen pendientes los cambios estructurales que le exige la burguesía para reiniciar un nuevo ciclo de acumulación. La clase dominante no se conforma con el aumento de la tasa de ganancia, le exige al gobierno que garantice condiciones de explotación estables en el mediano plazo. La debilidad política del gobierno pone en entredicho sus capacidades para poner en práctica los requerimientos de la burguesía.

Como siempre, la lucha de clases tendrá la última palabra.

25/02/2019

jueves, 3 de enero de 2019

EL AJUSTE, CAUSAS Y EXPLICACIONES


Por Jorge Saavedra (RPM)

Hay un lugar común en el que coinciden las más diversas fuerzas políticas, desde la derecha hasta la izquierda, todos reconocen que el gobierno está aplicando un durísimo ajuste económico. Todos admiten que las medidas adoptadas perjudicaron a gran parte de la población, especialmente a los más humildes. Sin embargo, cada sector político sostiene una explicación diferente sobre las razones del ajuste. En este artículo nos proponemos examinar los argumentos del macrismo y el kirchnerismo; finalmente, presentamos una explicación alternativa.
El gobierno y la tesis del dolor necesario
El macrismo sostiene la tesis del “dolor necesario” (Letra P, 2/8/2016). El presidente reconoció que muchas de las decisiones que tomó “fueron duras, difíciles, dolieron y siguen doliendo” (La Capital, 10/7/2016). Sostiene que fueron necesarias por culpa de la pésima gestión anterior, que dejó el país al borde del abismo. El denominado “sinceramiento” de la economía era un paso doloroso pero necesario para ingresar en la senda del crecimiento. “Me duele tomar algunas decisiones, lo que generan, pero es el camino de la verdad” (La Nación, 7/4/2016). El consultor ecuatoriano Durán Barba, aceptó que Macri “ha tenido que tomar las medidas más duras” (Telam, 4/12/2016).
Según el gobierno, el crecimiento de la economía durante el kirchnerismo estuvo basado en una ficción, fue sustentado por el incremento artificial y desmedido del consumo. El empleo también fue sostenido de manera artificial, gracias al incremento innecesario de trabajadores estatales. Este modelo requería de la emisión monetaria permanente y el crecimiento ilimitado del gasto público, que generaban inflación y hacían inviable al “modelo kirchnerista” en el largo plazo, conduciéndolo inexorablemente a una catástrofe (son abundantes las comparaciones con Venezuela). En su lugar, el gobierno se propone recortar el gasto público y reducir la emisión monetaria. Dice que apuesta a seducir a los capitales extranjeros para que realicen inversiones genuinas que generen «empleo de calidad».
En definitiva, el gobierno afirma que es imprescindible “reorientar la economía hacia la inversión y las exportaciones” porque considera que “el modelo de crecimiento basado en el consumo interno está agotado” (Telam, 10/12/2016). Esta transición, entre un modelo basado en el consumo a otro sostenido en la inversión, sostienen, resulta inevitable y dolorosa. Pero sería la única forma de promover un crecimiento sostenible y crear empleo de calidad.
El kirchnerismo y la salida progresista de las crisis
Los defensores de la gestión anterior dicen que el gobierno de Macri está llevando adelante una política económica típicamente neoliberal. El kirchnerismo sostiene que la crisis fue generada por el mismo gobierno, porque alentó una distribución regresiva del ingreso y realizó una apertura indiscriminada de las importaciones. La pérdida del poder adquisitivo y el ingreso de productos extranjeros, perjudicaron a los trabajadores y a las pymes, destruyendo el mercado interno.
Para salir de la crisis, argumentan, hay que recomponer el poder de compra de los salarios y frenar el ingreso indiscriminado de productos importados, para insuflarle vida nuevamente al alicaído mercado interno, fuente de toda riqueza. Si aumentan los salarios, aumenta la demanda interna y por ende aumenta la producción nacional, entrando nuevamente la economía en un círculo virtuoso, circuito que el gobierno desarticuló, ocasionando el quiebre de empresas y comercios, generando hambre y desocupación. El gobierno destruye cualquier “brote verde que pudiera surgir por el lado del consumo y la producción nacional” (Página 12, 4/2/2017).
Entonces, para el kirchnerismo, la crisis es responsabilidad del gobierno de Macri y proponen una salida progresista, el aumento de salarios sería una de las claves para retornar al círculo virtuoso de la economía. La rebaja de las tarifas aliviaría la situación de las pymes y de la población en general. La recomposición del mercado interno, beneficiando a los más necesitados, sería la clave para salir de la crisis.
Una explicación desde la lógica del capital
Las crisis económicas se originan cuando los capitalistas dejan de invertir. Entonces, la economía se detiene. ¿Por qué los empresarios toman esa decisión? Porque las ganancias descienden por debajo del mínimo que consideran deseable. ¿Cómo se sale de la crisis? Incrementando nuevamente el margen de ganancias. En ese caso, los capitalistas encuentran apetecible volver a invertir, así vuelve a girar la rueda de la economía.
Entonces, los capitalistas sólo invierten cuando consideran que la tasa de rentabilidad es “razonable”, de lo contrario no lo hacen y se ingresa en un ciclo recesivo, donde disminuye la producción y se despide personal.
Desde hace 5 años, por diversos motivos, las ganancias capitalistas se fueron erosionando, en consecuencia, la inversión fue cayendo. ¿Cómo se recupera la rentabilidad? Reduciendo el costo de la mano de obra, es decir, bajando los salarios reales.
Más allá de cierta pirotecnia verbal, todas las fracciones de la burguesía coinciden en este diagnóstico. Este es el motivo, por el cual, las medidas económicas que proponían los principales candidatos burgueses eran muy similares, esto también explica el transfuguismo.
Al contrario de lo que piensa la progresía y sectores de la izquierda, no existen salidas progresistas a las crisis capitalistas. Es decir, la economía no puede volver a crecer aumentando los salarios o, como plantean algunos, estatizando los resortes fundamentales de la economía, o mejorando las condiciones de vida de las masas. En otras palabras, en el capitalismo, las crisis siempre las pagamos los trabajadores.
Para relanzar el ciclo de la acumulación capitalista, se deben generar las condiciones para recuperar la tasa de rentabilidad, sólo entonces, el capital vuelve a invertir y se reinicia el ciclo de crecimiento económico.
El ajuste que está llevando adelante el gobierno actual, responde a necesidades profundas del capital, no se debe a sus ideas neoliberales, ni a al origen gerencial de sus ministros, ni a su educación en escuelas privadas, ni por mera maldad. Las medidas gubernamentales tienen como objetivo recomponer la tasa de ganancias de los empresarios. Su contraparte inevitable es el deterioro de las condiciones de vida de las masas.
La quita de las retenciones, la devaluación del peso, el aumento de los servicios públicos, los estrictos topes salariales, las cláusulas de productividad, las buenas relaciones con las potencias imperialistas, el disciplinamiento del movimiento obrero, estos elementos tienen por objetivo incrementar las ganancias capitalistas y generar un clima confiable de negocios, para incentivar la inversión capitalista y reiniciar un nuevo ciclo de acumulación. Las denuncias de corrupción, verdaderas o falsas, apenas encubren estos objetivos de fondo.
La única solución definitiva en favor de los trabajadores consiste en terminar con el trabajo asalariado, expropiar a los empresarios y socializar los medios de producción. En caso contrario, el capital siempre encontrará la forma de recuperarse, disminuyendo el salario de los trabajadores, recomponiendo sus ganancias y reiniciado un nuevo ciclo de acumulación.
Sin embargo, los trabajadores no deben contemplar pasivamente el ataque a sus condiciones de vida, resulta imprescindible organizar la resistencia al ajuste, defendiendo los salarios, los puestos y las condiciones de trabajo, fortaleciendo la organización en los lugares de trabajo, practicando la democracia sindical, explicando pacientemente la necesidad de la lucha colectiva y la solidaridad de clase, frente al discurso gubernamental que promueve el individualismo y el sálvese quien pueda. Los períodos recesivos son momentos en que se pierden ingreso y conquistas. Pero si la clase obrera no resiste, las pérdidas serán mucho mayores y las posibilidades de mejorar la relación de fuerzas serán escasas.
Crisis económica y democracia capitalista
La crisis económica deja en evidencia una característica central del régimen capitalista. La decisión de invertir se encuentra en manos de privados, es decir, está reservada a una pequeña porción de la sociedad. El conjunto de la población está pendiente y sometida a las decisiones que adopte este sector diminuto, al cual se nos invita a complacerlo para que no se disguste, para que invierta y genere trabajo.
Los empresarios son los únicos que resuelven si se produce, qué se produce y cómo se produce. Son ellos los que verdaderamente votan todos los días y no cada dos años, decidiendo la suerte de millones de seres humanos. Son sus pareceres los que determinan la vida de la inmensa mayoría de la población.
Ese gigantesco poder de decisión está vedado a las grandes mayorías populares, lo ejerce una pequeña minoría de la sociedad. Los socialistas proponemos que ese poder debe pasar a manos del pueblo trabajador, socializando los medios de producción, única manera de construir una sociedad verdaderamente democrática, terminando con la dictadura del capital.
Las elecciones que se avecinan, cualquiera sea su resultado, no torcerán la lógica implacable del capital, la crisis seguirá su curso, sin que pueda ser resuelta en favor de la clase obrera, dentro de los límites de este sistema.
Palabras finales
Tanto el macrismo como el kirchnerismo han generado cierto sentido común entre sus seguidores y franjas importantes de trabajadores. Por ese motivo, resulta fundamental analizar los sistemas de ideas que defienden estas corrientes políticas burguesas, porque sus explicaciones se han hecho carne en amplios sectores de la población. Las experiencias cotidianas de millones de personas son procesadas por el tamiz de estas interpretaciones de la realidad.
En definitiva, es fundamental comprender sus argumentaciones, analizarlas seriamente y desmontar sus supuestos, sembrando el terreno para una interpretación alternativa, una explicación socialista del mundo. La batalla ideológica es tan importante como la política y la sindical. En estos momentos, quizás como nunca antes en la historia, es imprescindible reconstruir el ideario socialista entre las más amplias masas de trabajadores, que dispute el sentido burgués del mundo. Explicar pacientemente la lógica del capital, es parte de esa inmensa tarea.
(Publicado originalmente en el blog de la Revista Propuesta Marxista, 20 de junio de 2017)

viernes, 21 de diciembre de 2018

EL ILUMINISMO Y LA TEORÍA SOCIAL: A PROPÓSITO DE LA LECTURA DE ZEITLIN

“Puesto que ningún ser humano tiene una autoridad natural sobre su
semejante, y puesto que la fuerza no produce ningún derecho, quedan (…)
las convenciones como base de toda autoridad legítima entre las personas.”
Jean-Jacques Rousseau, Del Contrato Social (1762)

En una nota anterior me referí a la importancia de las dos Revoluciones (la Revolución Industrial inglesa de fines del siglo XVIII y la Revolución Francesa de 1789-1794) en la conformación del capitalismo moderno. Su impacto fue especialmente importante en la constitución tanto de las ciencias sociales como del marxismo, rival teórico y político de las primeras.
La Revolución Francesa es, después de la Revolución Rusa de 1917, el acontecimiento político más significativo de la Modernidad. Forma parte del ciclo de las revoluciones burguesas, iniciado en el siglo XVI con el levantamiento de los Países Bajos contra la dominación española. Su influencia es resultado de la gigantesca movilización de masas producida durante su desarrollo; esa movilización fue el rasgo más notable de la revolución iniciada en 1789.
La Revolución Francesa llegó a ser el modelo de revolución burguesa (o, mejor dicho, de revolución en general). En un notable artículo, “Sobre la cuestión judía”,  un joven Karl Marx (1818-1883) la tomó como ejemplo paradigmático de la emancipación política:
“Los derechos del hombre, los derechos humanos, se distinguen como tales de los derechos del ciudadano, de los derechos cívicos. ¿Cuál es el hombre a quien aquí se distingue del ciudadano? Sencillamente, el miembro de la sociedad burguesa. ¿Y por qué se llama al miembro de la sociedad burguesa «hombre», el hombre por antonomasia, y se da a sus derechos el nombre de derechos humanos? ¿Cómo explicar este hecho? Por las relaciones entre el Estado político y la sociedad burguesa, por la esencia de la emancipación política.” (p. 196).
Como todo acontecimiento social, la Revolución Francesa no puede explicarse en base a la acción de un único factor; fue el producto de la confluencia de múltiples causalidades y casualidades. Entre ellas, está la filosofía de la Ilustración. En esta cuestión está presente la eterna tentación de explicar los hechos en base a las ideas. Como pocas veces, la tentación parece justificada: tal es el peso de autores como Rousseau (1712-1778). No obstante, las ideas sólo pueden florecer en un ambiente apropiado. La lenta desintegración del feudalismo, a la que también contribuyeron las ideas de la Ilustración, proporcionó ese ambiente.
Hechas las salvedades del caso, es posible ocuparse de los rasgos principales del la filosofía de la Ilustración. Para ello tomé el primer capítulo de la obra de Zeitlin, Ideología y teoría sociológica (Zeitlin, 1997: 13-20).

Ante todo, la Ilustración fue un nuevo modo de pensar la función política de la filosofía y, por extensión, de la teoría social:
“La filosofía ya no es una mera cuestión de pensamiento abstracto, sino que adquiere la función práctica de criticar las instituciones existentes para demostrar que son irrazonables e innaturales. El Iluminismo exige el reemplazo de estas instituciones y de todo orden anterior por otro nuevo, más razonable, natural y, por ende, necesario. La realización del nuevo orden es la demostración de su verdad. El pensamiento del Iluminismo tiene, pues, tanto un aspecto negativo y crítico como un aspecto positivo. Lo que de la una cualidad nueva y original no es tanto la peculiaridad de sus doctrinas, axiomas y teoremas, sino el proceso de criticar, dudar y demoler, así como el de construir.” (pp. 14-15).
La filosofía era revolucionaria porque se apoyaba en la razón, es decir, en la capacidad de los seres humanos de explicar el universo por medio del pensamiento racional, de los argumentos basados en pruebas sometidas a la consideración de todos (más abajo precisaré la concepción iluminista de la razón). Las explicaciones religiosas eran rechazadas por irracionales, los milagros eran reemplazados por el análisis de las causas y efectos.
Zeitlin muestra la mutua implicación entre estudio científico de la naturaleza y crítica de la sociedad:
“Más que los pensadores de cualquier época anterior, los Iluministas adherían firmemente a la convicción de que la mente puede aprehender el universo y subordinarlo a las necesidades humanas. La razón se convirtió en el dios de estos filósofos, quienes se inspiraron principalmente en los avances científicos de los siglos precedentes. Tales avances los llevaron a una nueva concepción del universo basada en la aplicabilidad universal de las leyes naturales. Utilizando los conceptos y las técnicas de las ciencias físicas emprendieron la tarea de crear un mundo nuevo basado en la razón y la verdad. (…) no la verdad basada en la revelación o la autoridad, sino aquella cuyos pilares gemelos serían la razón y la observación.” (p. 13).
Los filósofos de la Ilustración tenían claro que las instituciones políticas y sociales eran el principal obstáculo para la creación de una sociedad más justa e igualitaria:
“Los philosophes investigaron todos los aspectos de la vida social; estudiaron y analizaron las instituciones políticas, religiosas, sociales y morales, las sometieron a una crítica implacable desde el punto de vista de la razón y reclamaron un cambio en aquellas que la contrariaban. Por lo general, descubrían que los valores e instituciones tradicionales eran irracionales. Esto solo era otra manera de decir que las instituciones vigentes eran contrarias a la naturaleza del ser humano, y por lo tanto, inhibían su crecimiento y su desarrollo: las instituciones irrazonables  impedían a las personas realizar sus potencialidades.” (p. 13).
Los filósofos no contaban con un partido político o un movimiento que combatiera al feudalismo. Esto explica que su principal herramienta de acción fuera la crítica. En este sentido, se parecen a los jóvenes hegelianos, que en los años ‘40 del siglo XIX emprendieron la crítica del absolutismo prusiano.
Los Iluministas compensaron la ausencia de expresión política propia con una filosofía crítica: “todos los aspectos de la vida y la obra del ser humano estaban sujetos a examen crítico” (p. 15). Según ellos, esa combinación de razón y crítica era el camino que conducía al “progreso general del ser humano” (p. 15).
Zeitlin destaca la influencia del físico inglés Isaac Newton (1643-1727) sobre los filósofos de la Ilustración:
“A diferencia de los pensadores del siglo XVII, para quienes la explicación debía partir de la deducción estricta y sistemática, los philosophes construyeron su ideal de explicación y comprensión según el modelo de las ciencias naturales contemporáneas. No se inspiraban en Descartes, sino principalmente en Newton, cuyo método no era la deducción pura, sino el análisis. Newton estaba interesado en los «hechos», en los datos de la experiencia; sus principios y el objetivo de sus investigaciones descansaban, sobre todo, en la experiencia y la observación; para resumir, tenía una base empírica. El fundamento de sus indagaciones era la suposición de que en el mundo material rigen el orden y la ley universales. (…) El orden es inmanente al universo, creía Newton, y no se lo descubre mediante principios abstractos, sino mediante la observación y la acumulación de datos. Esta es la metodología que caracteriza al siglo XVIII, y su enfoque peculiar la distingue de la que adoptaron los filósofos continentales del siglo XVII.” (p. 15). [1]
Para los filósofos de la Ilustración, Newton había demostrado la posibilidad real de realizar la síntesis entre lo “positivo” (lo científico) y lo racional. El éxito de las ciencias de la naturaleza (básicamente de la física) era el ejemplo práctico de esa síntesis.
“En el transcurso de un siglo y medio la ciencia había realizado un paso hacia delante de carácter verdaderamente cualitativo: la compleja multiciplicidad de los fenómenos naturales fue reducida a una única ley universal y comprendida como tal. Se trataba de una victoria impresionante del nuevo método. (…) El universo finito se había convertido en una máquina infinita, eternamente en movimiento, gracias a su energía y mecanismos propios. La causalidad externa explicaba su funcionamiento desprovisto en apariencia de propósito o significado. El espacio, el tiempo, la masa, el movimiento y la fuerza, eran los elementos esenciales de este universo mecánico, que podía captarse en su totalidad aplicando las leyes de la ciencia empírica y de la matemática. Esta concepción ejerció una influencia incalculable sobre los intelectuales del Iluminismo. Era para ellos un magnífico triunfo de la razón y la observación, del nuevo método que tomaba los hechos observados y ofrecía una interpretación para explicar lo observado, de modo que si esta era correcta podía guiar a los observadores en su búsqueda de nuevos hechos.” (p. 16-17).
Los iluministas dieron un paso: consideraron que era posible aplicar el método de la física a todos los fenómenos. La filosofía política de la segunda mitad del siglo XVIII comenzó a aplicarlo al estudio de la sociedad. Ese es el contexto en el que, por ejemplo, surgió la economía política moderna, cuya expresión clásica es La riqueza de las naciones (1776), de Adam Smith (1723-1790). Es imposible comprender el surgimiento de las ciencias sociales sin tomar en cuenta la adopción del método de las ciencias naturales por los filósofos de la Ilustración.
Frente a los filósofos del siglo XVII, con su racionalismo alejado de los hechos empíricos, los iluministas presentaron un nuevo método, que combinaba ciencia y razón, lo empírico y lo racional. El filósofo alemán Ernst Cassirer (1874-1945) señaló que la lógica de este método era nueva, pues no era “la lógica de la escolástica ni la del concepto puramente matemático; es, más bien, la «lógica» de los hechos”. (Cassirer, 1950: 9).
Los Iluministas tenían una concepción de la razón que difería sustancialmente de la de los filósofos del siglo XVIII. Para Descartes (1596-1650), Spinoza (1632-1677) y Leibniz (1646-1716), la razón era el dominio de las “verdades eternas”, tanto para los seres humanos como para dios. Los filósofos de la Ilustración pensaban de modo diferente:
“Tomaban la razón en un sentido diferente y más modesto. Ya no es la suma total de las «ideas innatas» anteriores a toda experiencia y reveladoras de la esencia absoluta de las cosas. Ahora se la considera más como una adquisición que como una herencia. No es el cofre de la mente en el que se halla atesorada la verdad, como una moneda; es más bien una fuerza intelectual original que guía el descubrimiento y la determinación de la verdad. (…) Todo el siglo XVIII entiende la razón en este sentido; no como un sólido conjunto de conocimientos, principios y verdades, sino como una especie de energía, una fuerza que solo es totalmente comprensible en su acción y en sus efectos.” (Cassirer, 1950: 13).
La razón y la observación pasaron a ser los instrumentos para alcanzar la verdad. En este sentido, los philosophes realizaron un esfuerzo enorme para construir una metodología unificada. Ella debía reunir los aportes de las dos corrientes filosóficas más influyentes de la primera Modernidad: el empirismo y el racionalismo. Zeitlin destaca en especial el influjo de la obra de John Locke (1632-1704) sobre los ilustrados:
“Locke sostenía, en oposición a algunos de sus contemporáneos, que las ideas no son innatas en la mente humana. Por el contrario, al nacer, la mente es una tabula rasa, eso es, se halla en blanco y vacía; solo a través de la experiencia penetran en ella las ideas. La función de la mente es reunir las impresiones y los materiales que suministran los sentidos. Según esta concepción, el papel de la mente es esencialmente pasivo, con poca o ninguna función creadora u organizadora, y es evidente que tal punto de vista había de prestar gran apoyo a los métodos empíricos y experimentales: solo podía aumentarse el conocimiento ampliando las experiencias de los sentidos.” (p. 18).
Los filósofos franceses adoptaron las ideas de Locke a sus propios fines. Las utilizaron para desarrollar el materialismo científico, “un arma ideológica efectiva contra el dogma de la Iglesia” (p. 19). Entre los representantes más destacados de ese materialismo se encontraron autores como Helvétius (1715-1771), Holbach (1723-1789) y La Mettrie (1709-1751). Por ejemplo, Holbach “rechazaba toda causa espiritual y reducía la conciencia y el pensamiento al movimiento de moléculas en el cuerpo material.” (p. 19).
Condillac, por su parte, desarrolló una versión más creativa del empirismo lockeano:
“Atribuye (…) un cierto papel creador y activo a la mente; el conocimiento se obtiene de alguna manera por medio de la mente y su capacidad de razonamiento. Mientras que la teoría de Locke atribuía un papel pasivo al observador – este era un mero receptor de impresiones sensoriales y su mente no desempeñaba un papel activo en la organización de las mismas -, Condillac sostiene que, una vez que se despierta en el ser humano la facultad de pensamiento y de razonamiento, deja de ser pasivo y de adaptarse simplemente al orden existente. Ahora el pensamiento puede avanzar e incluso levantarse contra la realidad social.” (p. 19; el resaltado es mío – AM-).
Zeitlin destaca la obra de Condillac porque éste planteó explícitamente la cuestión de la teoría social. La sociedad es un cuerpo artificial, compuesto de partes que ejercen una influencia recíproca. En esto sigue a los contractualistas, quienes había roto con la tradición clásica, para quienes el ser humano era un ser social. Los contractualistas, en cambio, sostenían que la sociedad era algo artificial, producto del pacto entre los individuos.
Zeitlin resume el aporte del Iluminismo: “El conocimiento de la realidad natural o social depende de la unidad de la razón y la observación en el método científico.” (p. 20). A esto hay que agregarle el carácter negativo (crítico) de la filosofía de la Ilustración: “mantenían siempre una actitud crítica frente al orden existente, el cual, según opinaban, ahogaba las potencialidades del ser humano y no permitía que lo posible emergiera del «es». Estudiaban científicamente el orden fáctico existente para aprender a trascenderlo.” (p. 20).
La filosofía concebida como arma contra un orden político y social considerado irracional; la filosofía como pensamiento subversivo, revolucionario: he aquí el aporte más notable de los filósofos iluministas.

Villa del Parque, viernes 21 de diciembre de 2018

Bibliografía:
Cassirer, E. (1950). Filosofía del Iluminismo. México D. F.: Fondo de Cultura Económica.
Marx, K. (2012) [1° edición: 1844]. “Sobre la cuestión judía”. En: Bauer, B. (2012). Sobre la liberación humana. Buenos Aires: RyR. (pp. 173-213).
Zeitlin, I. (1997). Ideología y teoría sociológica. Buenos Aires: Amorrortu.
Notas:
[1] El filósofo francés Étienne Bonnot de Condillac (1714-1780) justificó la metodología de los Iluministas en su obra Traité des Systèmes (Tratado de los sistemas, 1749). Propuso un nuevo método que uniera lo científico con lo racional. “Es necesario estudiar los fenómenos mismos para conocer sus formas y conexiones inmanentes.” (Condillac, citado por Cassirer, 1950: 16).

miércoles, 12 de diciembre de 2018

LAS DOS REVOLUCIONES Y EL SURGIMIENTO DE LA SOCIOLOGÍA

En los años ‘60 del siglo pasado se publicaron una serie de importantes trabajos sobre la historia de la sociología en particular, y sobre la historia de la teoría social en general. Entre ellos se encuentra The sociological Tradition (1966), del sociólogo norteamericano Robert Nisbet (1913-1996).
El presente trabajo es la segunda de una serie de fichas de lectura dedicadas a comentar la obra de Nisbet. Dicha serie será continuada por otras series, una dedicada a Ideología y teoría sociológica, de Irving Zeitlin (n. 1928), y otra a La crisis de la sociología occidental, de Alvin Gouldner (1920-1980).
Para la redacción de la ficha utilicé la traducción española de Enrique Molina de Vedia: Nisbet, R. (2001). La formación del pensamiento sociológico. Buenos Aires: Amorrortu.
La edición española de la obra consta de dos volúmenes y se encuentra dividida en partes. La 1° Parte se titula “Ideas y contextos” (vol. 1, pp. 13-67); la 2° Parte, “Las ideas elementos de la sociología” (v. 1, pp. 69-230, y v. 2, pp. 7-179); la 3° Parte, “Epílogo” (v. 2, pp. 181-188).


La 1° Parte de la obra continua con un segundo capítulo titulado, “Las dos revoluciones” (pp. 37-67).
Nisbet plantea la siguiente tesis:
“Las ideas fundamentales de la sociología europea se comprenden mejor si se las encara como respuesta al derrumbe del viejo régimen, bajo los golpes del industrialismo y la democracia revolucionaria, a comienzos del siglo XIX, y los problemas de orden que éste creara.” (p. 37). [1]
En línea con el método propuesto en el capítulo anterior, afirma: “Nuestro interés se centrará sobre las ideas, y el vínculo entre acontecimientos e ideas nunca es directo; siempre están de por medio las concepciones existentes sobre aquéllos.” (p. 38).
El impacto de la Revolución Industrial sobre la teoría social fue fundamental:
“Los dos aspectos que más influyeron en el pensamiento sociológico fueron: la situación de la clase trabajadora, la transformación de la propiedad, la ciudad industrial, la tecnología y el sistema fabril. Gran parte de la sociología es en rigor una respuesta al reto representado por estas nuevas situaciones, y sus conceptos los sutiles efectos que ellas ejercieron sobre la mente de hombres tales como Tocqueville, Marx y Weber.” (p. 40).
En las formas de organización social anteriores, las crisis estaban relacionadas con cuestiones naturales, como la sequía, las plagas, etc. El hambre era producto de escasa productividad de la agricultura. A partir de la Revolución Industrial, las crisis económicas se dieron en el marco de la expansión de las fuerzas productivas y de la riqueza:
“Tanto para los radicales como para los conservadores, la indudable degradación de los trabajadores, al privarlos de las estructuras protectoras del gremio, la aldea y la familia, fue la característica fundamental y más espantosa del nuevo orden.” (p. 41).
En este punto, Nisbet formula dos observaciones respecto a Karl Marx (1818-1883):
1 – La referencia del Manifiesto [Comunista, 1848] al «nexo del dinero» “debe más a Carlyle – cuyo Signs of the Times, escrito en 1829, exponía con elocuencia y pasión la atrofia de la cultura europea por el comercialismo – que a los radicales o liberales.” (p. 43).
2 – “El carácter esencialmente «urbano» del pensamiento radical moderno (y su falta consiguiente de preparación teórica y táctica con respecto al rol de las poblaciones campesinas en el siglo XX) procede en gran medida de Marx y de una concepción que relegó al ruralismo a la condición de un factor retrógrado.” (p. 47).
Por supuesto, el flamante capitalismo tuvo sus entusiastas. Por ejemplo, el filosofo Jeremy Bentham (1748-1832) consideraba que la fábrica era “el modelo perfecto de lo que debieran ser todas las relaciones humanas” (p. 49).
En cuanto a la Revolución Francesa, “fue la primera revolución profundamente ideológica.” (p. 52). [2] ¿Cómo debe interpretarse esta afirmación? En primer lugar, hay que decir que Nisbet reconoce el papel jugado por el factor económico (y por los hombres de negocios y los funcionarios públicos) en el desarrollo de la Revolución. Pero, en segundo lugar (y esto es lo central para nuestro autor),
basta con que examinemos los preámbulos de las leyes que comenzaron a aparecer hacia 1790, los debates que se desarrollaron en la Asamblea y la Convención, los libelos y panfletos que circularon por toda Francia, para poner en evidencia que cualesquiera fueran las fuerzas subyacentes al comienzo, el poder de la prédica moral, de la filiación ideológica, de la creencia política guiada puramente por la pasión, alcanzó un punto casi sin precedentes en la historia, salvo tal vez en las guerras o rebeliones religiosas.” (p. 53). [3]
Dos observaciones importantes sobre el tema de la Revolución Francesa. En primer término, señala el carácter cuasi religioso del fervor revolucionario de los franceses. [4] En segundo lugar, Nisbet destaca que “las connotaciones peculiarmente modernas de la traición y la subversión” surgieron en el contexto del Terror (1793-1794). [5]
El profesor Nisbet distingue tres procesos en común en las dos Revoluciones:
Individualización = “separación de los individuos de las estructuras comunales y corporativas (…) de los lazos patriarcales en general. (…) No el grupo sino el individuo era el heredero del desarrollo histórico; no el gremio, sino el empresario; no la clase o el estado, sino el ciudadano; no la tradición litúrgica o corporativa, sino la razón individual. Cada vez más, podemos ver a la sociedad como un agregado impersonal, casi mecánico, de votantes, comerciantes, vendedores, compradores, obreros y fieles: en resumen, como unidades separadas de una población más que como partes de un sistema orgánico.” (pp. 64-65).
Abstracción = “atañe en primer lugar a los valores morales (…) la tendencia de los valores históricos a hacerse cada vez más seculares, cada vez más utilitarios, sino también por su separación cada vez mayor de las raíces concretas y particulares que les habían otorgado, durante muchos siglos, su distintividad simbólica y un medio para su realización.” (p. 65). “Ahora, un sistema tecnológico de pensamiento y conducta comenzaba a interponerse entre el ser humano y el hábitat natural directo.” (p. 65). En este punto resulta llamativa la omisión por Nisbet de toda referencia al desarrollo de la economía mercantil, con la consiguiente generalización social de la ley del valor. Hablar de “tecnología” oculta lo esencial: la expansión de las relaciones sociales capitalista.
Generalización = “La nación, y aun el ámbito internacional, han llegado a ser considerados en forma creciente como campos esenciales para el ejercicio del pensamiento y la lealtad humanos.” (p. 66). “Los seres humanos ya no ven en sus congéneres meros individuos particulares, sino más bien miembros de un agregado general, o clase.” (p. 66).
En resumidas cuentas, el profesor Nisbet sostiene que la sociología fue una respuesta al impacto de la Revolución Industrial y de la Revolución Francesa sobre las sociedades europeas. Fueron los desequilibrios provocados por ambas revoluciones, las características de la nueva estructura social, y el novedoso ámbito de desarrollo de los conflictos sociales (la ciudad), los factores que incidieron  el pensamiento de las primeras generaciones de sociólogos. Sin embargo, esta concepción omite algunos puntos fundamentales, sin los cuales la historia narrada en la obra queda notablemente incompleta. Aquí sólo puedo mencionar el más importante de éstos: el ascenso del movimiento obrero, capaz de desarrollar una teoría (el socialismo) sobre su situación en la sociedad.
La siguiente nota de esta serie estará dedicada al capítulo 3 de la obra, “Comunidad” (pp. 71-145).

Villa del Parque, miércoles 12 de diciembre de 2018


Bibliografía:
Hobsbawm, E. (2009). La era de la revolución: 1789-1848. Buenos Aires: Crítica.
Therborn, G. (1980). Ciencia, clase y sociedad: Sobre la formación de la sociología y del materialismo histórico. Madrid: Siglo XXI de España.
Notas:
[1] Nisbet sigue en este punto al historiador inglés Eric Hobsbawm (1917-2012), quien estudió el impacto de las dos revoluciones (Industrial y Francesa) en la conformación del capitalismo moderno (Hobsbawm, 2009). Frente a quienes argumentan que las Revoluciones no representaron una ruptura, sino que se trató más bien de una aceleración de tendencias ya existentes, Nisbet formula una aguda observación: “Hoy resulta harto sencillo sumergir cada revolución, con sus rasgos distintivos, en procesos de cambio de largo plazo; tendemos a subrayar la continuidad más que la discontinuidad, la evolución más que la revolución. Pero para los intelectuales de esa época, tanto radicales como conservadores, los cambios fueron tan abruptos como si hubiera llegado el fin del mundo. El contraste entre lo presente y lo pasado parecía total -terrorífico o embriagador, según cual fuera la relación del sujeto con el viejo orden y con las fuerzas en él actuantes.” (p. 38).
[2] La Revolución Norteamericana influyó poderosamente en Europa con su Declaración de Independencia. Pero, “perseguía objetivos limitados casi exclusivamente a la independencia de Inglaterra; ninguno de sus líderes ~ni siquiera Tom Paine- sugirió que fuera el medio para una reconstrucción social y moral, que abarcara a la iglesia, la familia, la propiedad y otras instituciones.” (p. 52).
[3] Nisbet señala la ironía consistente en que el conservador Edmund Burke (1729-1797), enemigo acérrimo de la Revolución Francesa, comprendió mejor que sus contemporáneos liberales el carácter ideológico de ésta: “él veía en la Revolución Francesa una fuerza compuesta de poder político, racionalismo secular e ideología moralista, que era, a su juicio, única. Y en esto tenía razón.” (p. 53).
[4] Ejemplifica este punto por medio de la comparación de las opiniones del liberal Richard Price (1723-1791) y el conservador Burke: “Pues mientras Price no veía más allá de los objetivos políticos proclamados por la Revolución, Burke advirtió la subyacente intensidad oral, cuasi-religiosa, del  contexto de racionalismo político dentro del cual estos últimos tomaron forma. Aquello que los filósofos del racionalismo descartaron del aborrecido cristianismo durante la Revolución, lo invistieron con verdadero celo de misioneros en la obra revolucionaria.” (p. 54).
[5] En línea con las analogías religiosas, nuestro autor afirma que los revolucionarios franceses se inspiraban en los inquisidores medievales: “Para un Saint-Just, inspirado por la ferocidad disciplinada y espiritualizada de un inquisidor medieval, el terror podía tener las propiedades de un agente cauterizador: aunque penoso, indispensable para exterminar la infección política. Fue en estos términos que revolucionarios del siglo XIX, como Bakunin, pudieron justificar el uso del terror. Justificación que continúa en el siglo XX: en las obras de Lenin y Trotsky, de Stalin, Hitler y Mao. Hay, sin duda, una gran diferencia entre la realidad de la Revolución Francesa y la realidad del totalitarismo del siglo XX, pero no es menos cierto que existe una continuidad vital, como lo han señalado varios estudiosos actuales (entre otros J. L. Talmon y Hannah Arendt), siguiendo conceptos de Tocqueville, Burckhardt y Taine.” (p. 64).