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viernes, 7 de agosto de 2020

INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA CURSO 2020 – CLASE N° 8

 “Cada persona (…) se recomienda primera y principalmente a su

propio cuidado; y cada persona es, ciertamente, en cualquier aspecto,

más adecuada y más capaz para cuidar de sí mismo que de cualquier otra persona.”

Adam Smith (1723-1790), filósofo economista escocés.

 

Bienvenidas y bienvenidos a la octava clase del curso.

Retomamos las actividades, luego de las vacaciones de invierno. Seguimos la cursada en condiciones atípicas y me vuelvo obligado a volver a pedirles que se comuniquen conmigo por consultas, sugerencias y demases. El aporte de ustedes es invalorable en estas circunstancias.

Recién caigo en cuenta que no les envié el programa de la materia. Utilizaré el correo electrónico para hacerlo. También, y luego de un par de clases más (no tengo apuro), les mandaré las consignas de un trabajo práctico sobre las lecturas que vimos hasta ahora. A no preocuparse, se trata de poder organizar lo trabajado hasta ahora.

Pasemos pues a la clase propiamente dicha.


En nuestra última clase trabajamos algunos aspectos de la obra de John Locke (1632-1704), a quien se suele considerar como el fundador del liberalismo político. En el encuentro de hoy nos ocuparemos de Adam Smith (1723-1790), filósofo y economista inglés, considerado el fundador del liberalismo económico.

El surgimiento de las ciencias sociales modernas fue un proceso trabajoso, desarrollado entre los siglos XVI y XIX. A grandes rasgos, podemos decir que la expansión de la economía mercantil y, posteriormente, de la economía capitalista, originaron la necesidad de elaborar nuevas teorías y nuevos métodos para estudiar la sociedad. La filosofía política, que desde la Antigüedad clásica se había ocupado de ese estudio, se fue transformando a la par de las nuevas necesidades. No fue un proceso lineal, sino todo lo contrario. No corresponde seguir aquí sus pormenores. Basta con señalar que para el siglo XVIII se había plasmado una nueva manera de comprender los fenómenos sociales. Locke y Smith expresan cabalmente ese desarrollo.

En este curso no podemos describir, siquiera someramente, la teoría económica de Smith. Pero, dado que la economía política se convirtió en la ciencia social más influyente bajo el capitalismo, corresponde dedicar algo de tiempo a la comprensión de los fundamentos de esta teoría. Smith era filósofo y expresó como pocos la nueva forma de pensar la sociedad y las relaciones entre las personas. Esa forma de pensar no era otra cosa que la ideología del capitalismo en pleno proceso de expansión.

Smith da cuenta en los primeros dos capítulos del Libro I de La riqueza de las naciones (1776) de los fundamentos filosóficos de su teoría económica. Como la crítica de cualquier teoría social implica necesariamente el examen de sus supuestos filosóficos, la discusión de los mencionados capítulos es de vital importancia al momento de llevar a cabo la crítica de la economía dominante en la sociedad capitalista. Hagamos, pues, un breve resumen de la concepción filosófica de Smith.

Smith comienza la obra con una constatación: la riqueza de una nación es generada por el trabajo

“El trabajo anual de cada nación es el fondo que en principio la provee de todas las cosas necesarias y convenientes para la vida, y que anualmente consume el país. Dicho fondo se integra siempre, o con el producto inmediato del trabajo, o con lo que mediante dicho producto se compra de otras naciones.” (p. 3).

Al hacer esta afirmación, Smith realiza un corte radical respecto a la tradición clásica en filosofía, que tendía a ignorar al trabajo. Para la filosofía clásica, el trabajo carecía de relevancia intelectual porque era una actividad realizada por las clases subordinadas, por aquellos que jamás iban a hacer filosofía. Un ejemplo es la actitud de desdén, hacia el empirismo en general y hacia el experimento en particular, demostrado por la filosofía anterior a la Modernidad. Es verdad que Smith no fue el primero en prestar atención al trabajo como un elemento fundamental para la filosofía política (véase el papel que le otorga Locke en el surgimiento de la propiedad privada en su Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil). [2] Pero Smith fue el primero en desarrollar toda una reflexión acerca de la sociedad apoyándose en la noción de trabajo. No es casual que dicha reflexión se haya aplicado al terreno de la economía, pues en él resulta imposible soslayar al proceso de producción.

Smith empieza su investigación constatando la diferencia entre “las naciones salvajes de cazadores y pescadores” y las “naciones civilizadas y emprendedoras”. Así, mientras que en las primeras reina la miseria, en las segundas, 

“aunque un gran número de personas no trabaje absolutamente nada, y muchas de ellas consuman diez o, frecuentemente cien veces más el producto del trabajo que quienes laboran, el producto del trabajo entero de la sociedad es tan grande que todos se hallan abundantemente provistos, y un trabajador por pobre y modesto que sea, si es frugal y laborioso, puede disfrutar una parte mayor de las cosas necesarias y convenientes para la vida que aquellas de que puede disponer un salvaje.” (p. 4).

Dejemos de lado que Smith no dice nada de la tremenda desigualdad de riqueza que existe al interior de las naciones “civilizadas”, expresada a través de la diferencia de consumo. En este momento, interesa más la  solución que propone Smith al problema de cómo explicar la diferencia de riqueza entre las naciones “civilizadas” y las naciones “salvajes”. En el fondo, toda su investigación gira en torno a la explicación de la mencionada diferencia. Veamos cómo Smith elabora su respuesta al problema.

Ante todo, la diferencia entre naciones ricas y naciones pobres se explica a partir del “progreso en las facultades productivas del trabajo” (p. 4). Al proponer este criterio, Smith establece un parámetro objetivo para medir el progreso de la humanidad: la productividad del trabajo. Que se entienda bien. No se trata de un criterio absoluto. A mayor desarrollo de las “facultades productivas del trabajo”, mayor control sobre la naturaleza.

Smith va más allá del reconocimiento del trabajo como fuente de la riqueza. El núcleo principal de los dos primeros capítulos de RN es el descubrimiento del papel de la división del trabajo.

“El progreso más importante en las facultades productivas del trabajo, y gran parte de la aptitud, destreza y sensatez con que éste se aplica o dirige, por doquier, parecen ser consecuencia de la división del trabajo.” (p. 7).

En una sociedad en la que prima la producción de mercancías, es lógico que la división del trabajo se acentúe y profundice. Smith toma nota de este proceso y lo ilustra por medio de lo que sucedía en las manufacturas. En el capítulo 1 da el ejemplo clásico de la fabricación de alfileres (págs. 8-9). Mientras que un obrero, ejecutando todas las operaciones que requiere la producción de un alfiler, no puede hacer más de unos 20 alfileres diarios, varios operarios, realizando cada uno de ellos una operación, pueden fabricar decenas de alfileres diarios. La DT multiplica la producción, pero también engendra nuevos oficios y nueva maquinaria.

Smith expresa del siguiente modo las consecuencias de la DT: 

“Este aumento considerable en la cantidad de personas que un mismo número de personas puede confeccionar, como consecuencia de la división del trabajo, procede de tres circunstancias distintas: primero, de la mayor destreza de cada obrero en particular; segunda, del ahorro de tiempo que comúnmente se pierde al pasar de una ocupación a otra, y por último, de la invención de un gran número de máquinas, que facilitan y abrevian el trabajo, capacitando a un hombre para hacer la labor de muchos.” (p. 11).

El aumento de productividad derivado de la extensión de la DT hace que un campesino europeo, que vive en el marco de una sociedad donde la DT se ha incrementado poderosamente, disfrute de mayores comodidades que las de los reyes de los países africanos (p. 15).

La profundización de la DT permite distribuir mejor la riqueza en la sociedad:

“La gran multiplicación de producciones en todas las artes, originadas en la división del trabajo, da lugar, en una sociedad bien gobernada, a esa opulencia universal que se derrama hasta las clases inferiores del pueblo. Todo obrero dispone de una cantidad mayor de su propia obra, en exceso de sus necesidades, y como cualesquiera otro artesano, se halla en la misma situación, se encuentra en condiciones de cambiar una gran cantidad de sus propios bienes por una gran cantidad de los creados por los otros; o lo que es lo mismo, por el precio de una gran cantidad de los suyos. El uno provee al otro de lo que necesita, y recíprocamente, con lo cual se difunde una general abundancia en todos los rangos de la sociedad.” (p. 14).

De modo que la DT no sólo engendra la multiplicación de la riqueza social, sino también una mejor distribución de la misma. Smith anticipa aquí la célebre teoría del “derrame”, tan de moda durante el período neoliberal. Ahora bien, es interesante indicar cuál es el supuesto que se encuentra detrás de la tesis del enriquecimiento general de la sociedad. En el párrafo anterior se ve con claridad que Smith tiene en mente una sociedad de pequeños propietarios privados, cada uno de los cuales lleva la mercancía producto de su trabajo al mercado. No hay indicios de la concentración del capital que caracteriza a la versión capitalista de la producción mercantil. Cuando esta última se transforma en producción capitalista, los frutos de la producción de mercancías (el plusvalor) son apropiados por el capitalista y no por el trabajador. 

Smith no se queda en el mero registro de los efectos y consecuencias de la DT. Procura establece cuál es el motivo que hace que la DT se extienda. Al dar respuesta a este problema, Smith sale del terreno de la teoría económica y se adentra en la filosofía:

“Esta división del trabajo, que tantas ventajas reporta, no es en su origen efecto de la sabiduría humana, que prevé y se propone alcanzar aquella general opulencia que de él se deriva. Es la consecuencia gradual, necesaria aunque lenta, de una cierta propensión de la naturaleza humana que no aspira a una utilidad tan grande: la propensión a permutar, cambiar y negociar una cosa por otra.” (p. 16).

La DT, fuente de la opulencia de la sociedad moderna, es el resultado de la naturaleza humana. Es nuestra naturaleza la que determina que nos inclinemos hacia el comercio. Es nuestra naturaleza la que hace que nos inclinemos hacia aquello que hacemos mejor, hacia aquello para lo que estamos mejor dotados. La producción mercantil (y, más adelante, la producción capitalista) no es otra cosa que el desarrollo de nuestra propia esencia. Según Smith poseemos una esencia mercantil y egoísta (dicho esto último en sentido no peyorativo).

“…el hombre reclama en la mayor parte de las circunstancias la ayuda de sus semejantes y en vano puede esperarla sólo de su benevolencia. La conseguirá con mayor seguridad interesando en su favor el egoísmo de los otros y haciéndoles ver que es ventajoso para ellos hacer lo que les pide. Quien propone a otro un trato le está haciendo una de esas proposiciones. Dame lo que necesito y tendrás lo que deseas, es el sentido de cualquier clase de oferta, y así obtenemos de los demás la mayor parte de los servicios que necesitamos. No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni les hablamos de nuestras necesidades, sino de sus ventajas.” (p. 17).

La combinación de propensión al comercio y de egoísmo constituye el fundamento de la riqueza y de la civilización. En otras palabras, riqueza y civilización son producto de la naturaleza humana. Smith, que escribe en un siglo dominado por la creencia en la omnipotencia de la razón, concede a este un papel subordinado. Si “la sabiduría humana” procura promover la riqueza de un país, debe limitarse a dejar actuar a las tendencias presentes en nuestra naturaleza. Cualquier otro comportamiento resultaría antinatural y terminaría en fracaso. La razón, en todo caso, tiene que limitar su cometido a mejorar el conocimiento de nuestra naturaleza o a profundizar el conocimiento de la naturaleza. Reformar la sociedad, proponer planes para distribuir la riqueza, son albures que chocarían inevitablemente contra nuestra esencia.

Smith no se contenta con describir la importancia de la DT en el aumento de la productividad de la riqueza material. También propone aplicar el principio de la DT a la teoría social:

 

“Con el progreso de la sociedad, la Filosofía y la especulación se convierten, como cualquier otro ministerio, en el afán y la profesión de ciertos grupos de ciudadanos. Como cualquier otro empleo, también ése se subdivide en un gran número de ramos diferentes, cada uno de los cuales ofrece cierta ocupación especial a cada grupo o categoría de filósofos. Tal subdivisión de empleos en la Filosofía, al igual de lo que ocurre en otras profesiones, imparte destreza y ahorra mucho tiempo. Cada uno de los individuos se hace más experto en su ramo, se produce más en total y la cantidad de ciencia se acrecienta considerablemente.” (págs. 13-14).

En el párrafo precedente, Smith está planteando las líneas generales del proyecto de ciencias sociales desarrollado por la burguesía en los siglos XIX y XX: dividir el objeto de estudio (la sociedad) en una serie de parcelas (cada una de las ciencias sociales); separar al investigador de la sociedad (de la que forma parte de manera indisoluble); adoptar una postura neutral (buscar el conocimiento “para toda la sociedad”) y evitar toda referencia a la lucha de clases. Si se siguen estos pasos, queda garantizado el aumento del conocimiento del conjunto. Sin embargo, y como ocurre en el caso de la riqueza material, Smith pasa por alto el hecho de que en una sociedad dividida en clases, el conocimiento pasa a ser apropiado y utilizado por la minoría que controla los medios de producción.

La relación del descubrimiento del papel de la DT en la economía moderna queda incompleta si se deja de lado que Smith remarca que la DT fortalece el carácter social del trabajo. El énfasis puesto en el papel del egoísmo oscurece el hecho fundamental de que Smith tiene plena conciencia de que la DT refuerza la dependencia entre los individuos.

“Si observamos las comodidades de que disfruta cualquier artesano o jornalero, en un país civilizado y laborioso, veremos cómo excede a todo cálculo el número de personas que concurren a procurarle aquellas satisfacciones, aunque cada uno de ellos sólo contribuya con una pequeña parte de su actividad. Por basta que sea, la chamarra de lana, pongamos por caso, que lleva el jornalero, es producto de la labor conjunta de muchísimos operarios. El pastor, el que clasifica la lana, el cardador, el amanuense, el tintorero, el hilandero, el tejedor, el batanero, el sastre, y otros muchos, tuvieron que conjugar sus diferentes oficios para completar una producción tan vulgar. Además de esto, ¡cuántos tratantes y arrieros no hubo que emplear para transportar los materiales de unos a otros de estos mismos artesanos, que a veces viven en regiones apartadas del país! ¡Cuánto comercio y navegación, constructores de barcos, marineros, fabricantes de velas y jarcias no hubo que utilizar para conseguir los colorantes usados por el tintorero y que, a menudo, proceden de los lugares más remotos del mundo! ¡Y qué variedad de trabajo se necesita para producir las herramientas del más modesto de estos operarios!” (p. 14).

El párrafo precedente muestra que Smith veía con claridad que la DT reforzaba los lazos entre los individuos. El egoísmo de la naturaleza humana es contrarrestado por la dependencia general en que la DT pone a los individuos en la economía mercantil. Es cierto que Smith considera que esta dependencia es producto de la acción inconsciente de los individuos (que siguen a su naturaleza) y no de medidas conscientes. Pero el énfasis en el carácter social del trabajo fue retomado posteriormente por autores como Karl Marx (1818-1883) y Emile Durkheim (1858-1917), permitiéndoles formular una concepción muy diferente de la sociedad. Claro que eso ya es otra historia.

En estas dos últimas clases hemos revisado algunas de las características de la ideología burguesa. En nuestro próximo encuentro comenzaremos la tercera unidad del programa, dedicada al examen del marxismo. El texto a trabajar será el Manifiesto comunista, de Marx y Engels (1820-1895). Enviaré una copia por correo electrónico.

Muchas gracias por su atención.

 

Villa del Parque, viernes 7 de agosto de 2020


ABREVIATURAS:

DT = División del trabajo / RN = Riqueza de las naciones.


NOTAS:

[1] Smith, Adam. (1958). Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. (Traducción española de Gabriel Franco).

[2] En la clase anterior ya hemos visto que Locke consideraba que el trabajo era la fuente de la propiedad privada. El ascenso de la burguesía aparece, pues, como una afirmación del papel del trabajo en la sociedad.

viernes, 17 de julio de 2020

INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA CURSO 2020 – CLASE N° 7

“José Montiel no era tan rico como parecía, pero
había sido capaz de todo para llegar a serlo.”
Gabriel García Márquez (1927-2014), escritor colombiano.

Bienvenidas y bienvenidos a la séptima clase del curso.
Luego de un recorrido inicial por las características principales de nuestra forma de organización social, el capitalismo, y de una brevísima descripción de sus orígenes (el proceso de acumulación originaria), llegó el momento de adentrarnos en el estudio de la teoría social moderna, que no es otra cosa que la teoría del capitalismo. A ella dedicaremos el resto de la materia. Pero aquí también corresponde comenzar con los orígenes, para llegar desde allí al presente.
La teoría social moderna tiene un antecedente fundamental: la filosofía política. Ésta fue la forma que asumió la reflexión sobre los problemas de la sociedad y del Estado desde el surgimiento mismo de las sociedades divididas en clases sociales (por ejemplo, nobleza terrateniente y campesinado). Algunos de los exponentes más destacados de la filosofía política fueron Platón (427-347 a. C.) y Aristóteles (384-322 a. C.). No vamos a hablar de ellos en este curso, pues su producción teórica gira en torno a las sociedades precapitalistas. De ahí que pasemos directamente a los filósofos políticos de la Modernidad, entendiendo por ésta al período iniciado alrededor del siglo XVI y cuya característica fundamental es el desarrollo gradual de la economía capitalista.
No disponemos del tiempo necesario para realizar una revisión pormenorizada de la filosofía política de la Modernidad. [2] Nos limitaremos, pues, a un ejemplo: el filósofo John Locke (1632-1704), considerado el fundador del liberalismo político. Posteriormente, revisaremos la obra de Adam Smith (1723-1790), el fundador de la economía política moderna.
Como digo siempre, son bienvenidas todas las consultas, sugerencias, quejas y demases.
Pasemos pues a la clase propiamente dicha.

Como afirmamos recién, John Locke es uno de los fundadores del liberalismo político. Pero esto nos dice demasiado poco. Es preciso ubicar a Locke en el contexto de su época, así como también precisar su ubicación en el campo de la filosofía política.
Tal como hemos visto en clases anteriores, Inglaterra experimentó profundos cambios sociales en el siglo XVI. Una parte de la nobleza comenzó adoptó comportamientos mercantiles y desplazó a los campesinos de las tierras, reemplazándolos por ovejas, cuya lana se exportaba a Flandes. Thomas More (1478-1535) describió este proceso en su obra Utopía. Karl Marx (1818-1883), por su parte, denominó acumulación originaria a la separación entre los productores directos (los campesinos) y los medios de producción (la tierra). De un modo paulatino, fue surgiendo una clase de personas, la burguesía, que acaparó la propiedad de los medios de producción, en tanto que otra clase de personas, el proletariado o clase trabajadora, fue despojada de dichos medios y obligada, por tanto, a vender su fuerza de trabajo en el mercado. Para mediados del siglo XVII la burguesía acumuló el suficiente poder como para enfrentarse victoriosamente al rey, en la revolución inglesa de la década de 1640, liderada por Oliver Cromwell (1599-1658). Se trató de una revolución burguesa, es decir, un tipo de revolución en la que la burguesía conquistó el poder político, desplazando del mismo a la nobleza y/o a la monarquía.
A su vez, el siglo XVII estuvo marcado por la aparición de una nueva corriente en filosofía política, conocida como contractualismo. Los filósofos contractualistas sostenían que la sociedad era una creación artificial, y que existía una etapa previa a la vida en sociedad, a la que denominaban estado de naturaleza. Los seres humanos salían de dicho estado por medio de un pacto o contrato, que establecía la sociedad política (el Estado). El contractualismo, al destacar el carácter artificial (en el sentido de no natural) de las instituciones sociales y políticas, contradecía la noción del carácter eminentemente social de los seres humanos, enunciada por primera vez por Aristóteles.
Locke expresa las ideas de la burguesía inglesa de fines del siglo XVII, que debió realizar una segunda revolución (conocida como la “Revolución Gloriosa” de 1688), que consistió en un golpe de mano contra el monarca reinante y su reemplazo por una nuevo, más proclive a reconocer el poder político de la burguesía.
Su obra Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1690) [3] es, a la vez, una justificación de la “Revolución Gloriosa” de 1688 y una defensa de los principios fundamentales del liberalismo. Pero hay algo más, que resulta fundamental para nuestro curso. El capítulo 5 de la obra, dedicado a la propiedad, constituye una pieza central en el armado de la concepción política del liberalismo, al considerar a la propiedad como un derecho natural, anterior a la sociedad política. No hay que olvidar que la sociedad capitalista gira en torno a la propiedad privada de los medios de producción. Locke  está justificando, pues, el pilar fundamental de la sociedad moderna.
Para justificar la existencia de la propiedad, sostiene que la misma tiene origen en el trabajo. Como el trabajo es imprescindible para la existencia humana, la propiedad es natural a la existencia de los individuos mismos. Además, Locke procura explicar la existencia de riqueza en manos de algunos individuos, recurriendo para ello a la asignación convencional de un valor a los metales preciosos. De ese modo, quienes posean a aquellos pueden adquirir cosas en una cantidad mayor de la que precisan para vivir.
El argumento de Locke puede exponerse así. En el origen de los tiempos, existía la propiedad común:
“Dios, que ha dado en común el mundo a los hombres, también les ha dado la razón, a fin de que hagan uso de ella para conseguir mayor beneficio de la vida, y mayores ventajas. La tierra y todo lo que hay en ella le fueron dados al hombre para soporte y comodidad de su existencia. (…) todos los frutos que la tierra produce naturalmente, así como las bestias que de ellos se alimentan, pertenecen a la humanidad comunitariamente, al ser productos espontáneos de la naturaleza”. (p. 56).
La propiedad común es, sin embargo, una propiedad abstracta, pues la naturaleza no se deja apropiar sin ejercer alguna acción sobre ella. En otras palabras, los frutos que la tierra produce naturalmente y los animales que se alimentan de ellos sólo pueden ser apropiados por los seres humanos si interviene una actividad que opera como mediadora entre ellos y la naturaleza. Locke plantea así la cuestión:
“Aunque nadie tiene originalmente un exclusivo dominio privado sobre ninguna de estas cosas [los frutos y los animales] tal y como son dadas en el estado natural, ocurre, sin embargo, que, como dichos bienes están ahí para uso de los hombres, tiene que haber necesariamente algún medio de apropiárselos antes de que puedan ser utilizados de algún modo o resulten beneficiosos para algún hombre en particular. El fruto o la carne de venado que alimentan al indio salvaje, el cual no ha oído hablar de cotos de caza y es todavía un usuario de la tierra en común con los demás, tienen que ser suyos; y tan suyos, es decir, tan parte de sí mismo, que ningún otro podrá tener derecho a ellos antes de que su propietario haya derivado de ellos algún beneficio que dé sustento a su vida.” (p. 56).
La actividad que vuelve concreta a la propiedad común, y la convierte al mismo tiempo en propiedad privada, es el trabajo. El párrafo claro es el siguiente:
“Aunque la tierra y todas las criaturas inferiores pertenecen en común a todos los hombres, cada hombre tiene, sin embargo, una propiedad que pertenece a su propia persona; y a esa propiedad nadie tiene derecho, excepto él mismo. El trabajo de su cuerpo y la labor producida por sus manos podemos decir que son suyos. Cualquier cosa que él saca del estado en que la naturaleza la produjo y la dejó, y la modifica con su labor y añade a ella algo que es de sí mismo, es, por consiguiente, propiedad suya. Pues al sacarla del estado común en el que la naturaleza la había puesto, agrega a ella algo con su trabajo, y ello hace que no tengan ya derecho a ella los demás hombres.” (p. 56-57).
Sin la intervención del trabajo, así más no sea éste el ejercicio de la fuerza necesaria para arrancar una manzana del árbol, es imposible obtener nada de la naturaleza, por más que ella haya sido otorgada en propiedad común a los hombres. Como las personas requieren de la naturaleza para satisfacer sus necesidades, el trabajo es condición ineludible de la existencia humana. En este punto, cobra fuerza el argumento lockeano, pues al sostener que la propiedad privada tiene su origen en el trabajo, se concluye que la propiedad también es una condición permanente de la existencia humana.
El trabajo es el creador de la propiedad. Por tanto, el trabajador es el primer propietario privado de la historia:
“El trabajo, al ser indudablemente propiedad del trabajador, da como resultado que ningún hombre, excepto él, tenga derecho a lo que ha sido añadido a la cosa en cuestión, al menos cuando queden todavía suficientes bienes comunes para los demás.” (p. 57).
Locke introduce una restricción para la propiedad surgida del trabajo. El trabajador sólo puede apropiarse aquello que efectivamente pueda consumir. Si excede dicho límite, desperdicia los frutos de la tierra, pues éstos se echan a perder, y perjudica así a sus congéneres, que no pueden disfrutarlos.
“La misma ley de la naturaleza que mediante este procedimiento nos da la propiedad, también pone límites a esa propiedad. (…) Todo lo que uno pueda usar para ventaja de su vida antes de que se eche a perder será aquello de lo que esté permitido apropiarse mediantes su trabajo. Mas todo aquello que excede lo utilizable será de otros. Dios no creó ninguna cosa para que el hombre la dejara echarse a perder o para destruirla.” (p. 59).
La propiedad de la tierra se adquiere también por medio del trabajo.
“Toda porción de tierra que un hombre labre, plante, mejore, cultive y haga que produzca frutos para su uso será propiedad suya. (…) Este derecho suyo no quedará invalidado diciendo que todos los demás tienen también un derecho igual a la tierra en cuestión y que, por lo tanto, él no puede apropiársela, no puede cercarla sin el consentimiento de todos los demás comuneros, es decir, del resto de la humanidad. Dios, cuando dio el mundo comunitariamente a todo el género humano, también le dio al hombre el mandato de trabajar; y la penuria de su condición requería esto de él. Dios, y su propia razón, ordenaron al hombre que sometiera la tierra, esto es, que la mejorara para beneficio de su vida, agregándole algo que fuese suyo, es decir, su trabajo. Por lo tanto, aquel que obedeciendo el mandato de Dios sometió, labró y sembró una parcela de la tierra añadió a ella algo que era de su propiedad y a lo que ningún otro tenía derecho ni podía arrebatar sin cometer injuria.” (p. 60).
Locke responde así a una cuestión de política práctica: durante la Revolución Inglesa de la década de 1640, los diggers defendieron la propiedad común de la tierra y fueron duramente reprimidos. La Revolución Gloriosa consolidó el poder político de la burguesía, y la base de este poder era la propiedad privada, siendo la propiedad de la tierra el núcleo de toda propiedad. Es por ello que Locke dedica tanta atención al problema de justificar la propiedad privada de la tierra. En un país en el que abundaba la gran propiedad en manos de parásitos (me refiero aquí a los lores), es irónico que Locke afirme que la apropiación privada de la tierra tiene origen en el trabajo del productor directo. Pero el argumento tiene sentido si se tiene presente que, al principio del libro que estamos analizando, había postulado la propiedad en común de la tierra y de los frutos y animales que ella produce. Era preciso encontrar un medio para justificar la apropiación privada de aquello que era originalmente de propiedad común, y ese medio es el trabajo.
Ahora bien, también la propiedad privada de la tierra está sometida a la condición que rige para sus frutos y para los animales que se nutren de éstos: nadie puede apropiarse de más tierra de la que precisa para satisfacer sus necesidades.
“Esta apropiación de alguna parcela de tierra, lograda mediante el trabajo empleado en mejorarla, no implicó prejuicio alguno contra los demás hombres. Pues todavía quedaban muchas y buenas tierras, en cantidad mayor de la que los que aún no poseían terrenos podían usar. De manera que, efectivamente, el que se apropiaba una parcela de tierra no les estaba dejando menos a los otros; pues quien deja al otro tanto como a éste le es posible usar, es lo mismo que si no le estuviera quitando nada en absoluto.” (p. 61).
O sea, la propiedad privada de la tierra es aceptada en la medida en que no afecta la posibilidad del prójimo de hacerse también de tierra en propiedad. Y todo esto es legitimado por el trabajo sobre la tierra, que crea la propiedad para el trabajador. El problema, y Locke lo abordará más adelante, consiste en explicar: a) cómo surgió la propiedad privada de los terratenientes ingleses, que poseen muchas más tierras que las que pueden adquirir mediante su trabajo; b) cómo se justifica la apropiación privada de todas las tierras en Gran Bretaña, pues la misma deja afuera de la propiedad a muchos nativos de las islas británicas.
Pero el trabajo no sólo es creador de propiedad privada. También es creador del valor. Mucho antes que los fisiócratas y que Adam Smith, Locke afirma el hecho fundamental de la ciencia económica: 
“Es el trabajo lo que introduce la diferencia de valor en todas las cosas. Que cada uno considere la diferencia que hay entre un acre de tierra en el que se ha plantado tabaco o azúcar, trigo o cebada y otro acre de esa misma tierra dejado como terreno comunal, sin labranza alguna; veremos, entonces, que la mejora introducida por el trabajo es lo que añade a la tierra cultivada la mayor parte de su valor.” (p. 67).
Locke aplica esta noción a la tierra misma:
“Es (…) el trabajo lo que pone en la tierra la gran parte de su valor; sin trabajo, la tierra apenas vale nada. Y es también al trabajo a lo que debemos la mayor parte de los productos de la tierra que nos son útiles. Pues lo que hace que la paja, el grano y el pan producidos por aquel acre de trigo [se refiere a un acre de trigo cultivado en Inglaterra, en contraposición a un mismo acre en territorio indígena en América] sean más valiosos que lo que pueda producir naturalmente un acre de tierra sin cultivar es enteramente un efecto del trabajo.” (p. 69).
Es el trabajo y no la tierra la que genera valor. Esto es así porque el trabajo constituye el mediador eterno entre nosotros y la naturaleza. Locke rompe así con el pensamiento feudal, que consideraba a la tierra como lo más valioso. 
Además de tomar nota de la centralidad del trabajo en la generación del valor, Locke también percibe la importancia de la división del trabajo. El párrafo que sigue puede considerarse como clásico:
“Porque no son sólo el esfuerzo de quien empuñó el arado, ni el trabajo de quien trilló y cosechó el trigo, ni el sudor del panadero las únicas cosas que hemos de tener en cuenta al valorar el pan que nos comemos, sino que también debemos incluir el trabajo de quienes domesticaron a los bueyes que sacaron y transportaron el hierro y las piedras; el de quienes fabricaron la reja del arado y dieron forma a la rueda del molino y el de quienes construyeron el horno o cualquiera de los utensilios, que son numerosísimos, empleados desde el momento en que fue sembrada la semilla hasta que el pan fue hecho. Todo debe añadirse a la cuenta del trabajo y ha de considerarse como efecto suyo.” (p. 69-70).
La valoración positiva del trabajo se contrapone al desdén de la concepción clásica (por ejemplo, Platón) hacia el mismo. Locke realiza en el plano de la filosofía política una ruptura semejante a la llevada a cabo por la física de los siglos XVI y XVII. La relevancia que le atribuye al trabajo es análoga al papel que juega el experimento en la nueva física. 
Menciona al pasar algunas consecuencias del papel que atribuye al trabajo en la sociedad moderna.
En primer lugar, la razón es concebida en términos instrumentales: 
“Dios, que ha dado en común el mundo a los hombres, también les ha dado la razón, a fin de que hagan uso de ella para conseguir mayor beneficio de la vida, y mayores ventajas.” (p. 56).
En segundo lugar, el hombre pasa a ser el homo oeconomicus, concentrado en adquirir una propiedad y en maximizar sus ganancias.
“Dios (…) ha dado el mundo para que el hombre trabajador y racional lo use; y es el trabajo lo que da derecho a la propiedad, y no los delirios y la avaricia de los revoltosos y los pendencieros.” (p. 61).
En tercer lugar, el Estado debe dedicarse al crecimiento de la riqueza, mediante el desarrollo de la capacidad productiva del trabajo:
“[Es] preferible tener muchos hombres a tener vastos dominios; el aumento de tierras y el derecho de emplearlas es el gran arte del príncipe; (…) un príncipe que sea prudente y que, mediante leyes que garanticen la libertad, proteja el trabajo honesto de la humanidad y dé a los súbditos incentivo para ello, oponiéndose al poder opresivo y a las limitaciones de partido, pronto se convertirá en alguien demasiado fuerte como para que sus vecinos puedan competir con él.” (p. 69).
Pero Locke no se limita a sostener que el trabajo genera la propiedad privada. Si sólo hiciera esto, su defensa del orden burgués quedaría trunca, pues el desarrollo de la economía mercantil implica la acumulación diferencial de riqueza o, dicho en otros términos, la diferencia creciente de riqueza entre las distintas clases sociales. En este caso, su problema consiste en encontrar un elemento, diferente del trabajo, que permita acumular tierra y otras cosas en grandes cantidades, independizándose así de los límites de la acumulación por el propio trabajo.
El dinero es la respuesta propuesta por Locke a la acumulación desigual de riqueza en la sociedad.
“El oro, la plata y los diamantes son cosas que han recibido su valor del mero capricho o de un acuerdo mutuo; pero son de menos utilidad para las verdaderas necesidades de la vida. (…) de estos objetos durables [los metales preciosos] podía acumular tantos como quisiese, pues lo que rebasaba los límites de su justa propiedad no consistía en la cantidad de cosas poseídas, sino en dejar que se echaran a perder, sin usarlas, las que estaban en su poder. (…) Así fue como se introdujo el uso del dinero: una cosa que los hombres podían conservar sin que se pudriera, y que, por mutuo consentimiento, podían cambiar por productos verdaderamente útiles para la vida, pero de naturaleza corruptible. (…) Y así como los diferentes grados de laboriosidad permitían que los hombres adquiriesen posesiones en proporciones diferentes, así también la invención del dinero les dio la oportunidad de seguir conservando dichas posesiones y de aumentarlas.” (p. 72-73).
El trabajo es el creador de propiedad privada, pero pone severas limitaciones a la misma. No se puede apropiar aquello que no puede ser consumido por el apropiador. Está claro que la burguesía no puede surgir de este modo. Locke introduce pues la cuestión de los metales preciosos, cuyo valor es establecido por convención y que, justamente por ser “inútiles” para el sostenimiento de la propia existencia, pueden ser acumulados sin perjudicar la propiedad comunal de los demás. Pero nos pide, a la vez, que aceptemos que esos bienes especiales sirven para acumular bienes perecederos y tierras. En otras palabras, es la propia voluntad de las personas la que crea tanto la riqueza como la riqueza.

“Ahora bien, como el oro y la plata, al ser poco útiles para la vida de un hombre en comparación con la utilidad del alimento, del vestido y de los medios de transporte, adquieren su valor, únicamente, por el consentimiento de los hombres, siendo el trabajo lo que, en gran parte, constituye la medida de dicho valor, es claro que los hombres han acordado que la posesión de la tierra sea desproporcionada y desigual. Pues mediante tácito y voluntario consentimiento, han descubierto el modo en que un hombre puede poseer más tierra de la que es capaz de usar, recibiendo oro y plata a cambio de la tierra sobrante; oro y plata pueden ser acumulados sin causar daño a nadie (…) Esta distribución desigual de las cosas según la cual las posesiones privadas son desiguales ha sido posible al margen de las reglas de la sociedad y sin contrato alguno; y ello se ha logrado, simplemente, asignando un valor al oro y a la plata, y acordando tácitamente la puesta en uso del dinero”. (p. 74).
La propiedad privada y su distribución desigual se originan en el estado de naturaleza. Son anteriores a la sociedad y al Estado. Ningún elemento de violencia entra en constitución. En este sentido, Locke formula la versión burguesa del origen del capital. Mucho tiempo después, en 1867, Marx sometería a una crítica implacable a dicha versión en El Capital, en el capítulo 24 del Libro Primero (la acumulación originaria).
En la próxima clase expondremos los principios sobre los que se fundamenta la obra de Adam Smith. Les envié el materia por correo electrónico.
Muchas gracias por su atención.

Villa del Parque, viernes 17 de julio de 2020

NOTAS:
[1] Los interesados en un panorama sintético de la filosofía política pueden consultar: Mayo, A. (2005). La Ideología del conocimiento. Buenos Aires, Argentina: Jorge Baudino. (Cap. 1).
[2] En este punto, pido paciencia a quienes quieran profundizar en el conocimiento de la filosofía política. Si logramos pasar este año tan excepcional, el año próximo haremos una revisión general de la filosofía política en el curso Derechos Humanos, Sociedad y Estado, materia del 2° año de la carrera.
[3] Todas las citas de la obra han sido tomadas de la traducción de Carlos Mellizo: Locke, J. (2000). Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil: Un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin del Gobierno Civil. Madrid: Alianza.

lunes, 13 de julio de 2020

INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA CURSO 2020 – CLASE N° 6


“El capital no consiste en que el trabajo acumulado
sirva al trabajo vivo como medio para una nueva
producción. Consiste en que el trabajo vivo sirva al
trabajo acumulado como medio para conservar y
aumentar su valor de cambio.”
Karl Marx (1818-1883), revolucionario alemán.

Bienvenidas y bienvenidos a la sexta clase del curso.
Hoy nos toca terminar el análisis preliminar del modo de producción capitalista. Para ello utilizaremos el libro La ideología del conocimiento. [1] Con esto terminamos la primera unidad del programa de la materia y cerramos la descripción de los rasgos principales de la sociedad capitalista. Como habrán observado, se trata de una presentación esquemática, que deja de lado la complejidad de la realidad. Sin embargo, no hay otro modo de iniciar el estudio de una disciplina científica; es necesario recurrir a esquemas para incorporar las primeras nociones de esa disciplina. No es grave, pues con esfuerzo y dedicación (para usar una expresión trillada) se avanza en el conocimiento y los esquemas se tiran a la basura.
Pasemos pues a la clase propiamente dicha.

En nuestro último encuentro dejamos al empresario y al trabajador a punto de entrar al lugar de trabajo, luego de acordar las condiciones del contrato laboral.
El empresario compró materias primas y herramientas, alquiló (o compró) un lugar para producir y contrató trabajadores. En todas estas operaciones gastó una suma de dinero. Digamos, a modo de ejemplo, que gastó 1000 pesos en esas operaciones. A partir del momento en que tiene reunidos en el lugar de trabajo todos los elementos mencionados, puede comenzar a producir. Entramos, pues, en el ámbito de la producción.
En esta instancia del análisis hay que señalar que el capitalista decide qué producir, cómo producirlo, en qué cantidad y para quién, en virtud de su propiedad de los medios de producción. Esto es muy diferente a lo que ocurría en el ámbito del mercado, donde empresario y trabajador se enfrentaban como sujetos jurídicos libres e iguales. En el ámbito de la producción, en cambio, el empresario obra como dictador, mientras que el trabajador no participa de la toma de decisiones.
El capitalista produce mercancías, ya sea en forma de bienes (cosas materiales, por ejemplo: un kilo de yerba mate) o servicios (cosas inmateriales, por ejemplo: un viaje en colectivo). Una mercancía es algo que se produce para ser vendido en el mercado.
El capitalista produce para obtener una ganancia, es decir, para obtener luego de la venta de la mercancía una cantidad de dinero mayor que la invertida en compra de los elementos necesarios para producir esa mercancía. En nuestro ejemplo, el capitalista vende a 1100 pesos las mercancías producidas. Es decir, obtiene una ganancia de 100 pesos.
Si el capitalista no logra obtener ganancia del proceso productivo, abandona éste y se dedica a una actividad redituable. La ganancia es, pues, el motor del proceso de producción en el capitalismo.
Ahora bien, ¿de dónde viene esa ganancia? Durante mucho tiempo se pensó que provenía de la circulación, es decir, de la venta de la mercancía en el mercado a un precio mayor del costo de las mercancías consumidas en el proceso de producción (materias primas, herramientas de trabajo, salarios, etc.). En otras palabras, el capitalista compraba barato (las mercancías consumidas) y vendía más caro (las mercancías producidas). Esto resulta razonable si tomamos en cuenta a un capitalista individual; pero resulta erróneo cuando analizamos a la clase capitalista en su conjunto.
Supongamos que nuestro capitalista produce yerba mate y gasta 1000 pesos en la producción de un kilo de yerba. La vende en el mercado a 1100 pesos para obtener una ganancia de 100 pesos. Otro capitalista, amante del mate y productor de azúcar, compra ese paquete de yerba y paga la ganancia del primer capitalista. Pero nuestro productor de azúcar no puede quedar atrás: tiene que recuperar esos 100 pesos pagados al productor de yerba. Supongamos, para simplificar, que la producción de un kilo de azúcar demanda mercancías por 1000 pesos; el capitalista vende el paquete de un kilo de azúcar a 1100 pesos. Nuestro productor de mate paga en el mercado el kilo de azúcar a su precio, y con ello abona la ganancia del productor de azúcar. Las ganancias de ambos productores se anulan. La clase capitalista en su conjunto (en nuestro caso, los productores de azúcar y de yerba mate) no obtuvo nada del proceso de producción. Si esto es así, la producción cesaría, pues, como dijimos al comienzo, el objetivo de la producción capitalista es la obtención de ganancia.
Marx describe así lo que acabamos de decir:
“La formación de plusvalor [ya explicaremos este concepto, por ahora les pido que lo tomen como sinónimo de ganancia] y, por consiguiente, la transformación del dinero en capital, no pueden explicarse ni porque los vendedores enajenan [venden] las mercancías por encima de su valor, ni porque los compradores los adquieren por debajo de su valor. (…) En la circulación los productores y consumidores sólo se enfrentan en cuanto vendedores y compradores. Si afirmamos que para  los productores el plusvalor surge de que los consumidores pagan la mercancía por encima del valor, ello equivale a enmascarar la simple tesis de que el poseedor de mercancías posee, en cuanto vendedor, el privilegio de vender demasiado caro. El vendedor ha producido él mismo la mercancía o representa a sus productores, pero el comprador, a igual título, ha producido la mercancía simbolizada en su dinero o representa a sus productores. El productor, pues, se enfrenta al productor. Lo que los distingue es que uno compra y el otro vende. No nos hace avanzar un solo paso el decir que el poseedor de mercancías, bajo el nombre de productor, vende por encima de su valor y, bajo el nombre de consumidor, la paga demasiado cara. Los representantes consecuentes de la ilusión según la cual el plusvalor deriva de un recargo nominal de precios, o del privilegio que tendría el vendedor de vender demasiado cara la mercancía, suponen por consiguiente la existencia de una clase que sólo compra, sin vender, y por tanto sólo consume, sin producir.” [3]
¿De dónde sale entonces la ganancia?
Antes de responder la pregunta es preciso aclarar otra cuestión. Al comprar la fuerza de trabajo, es decir, al contratar trabajadores asalariados, el empresario paga el valor de la fuerza de trabajo. Su ganancia no sale, por ende, de pagar un salario inferior al promedio.
En este punto parece que estamos en vía muerta. La ganancia de la clase capitalista no puede salir de la venta de las mercancías en el mercado, aunque ésta sea la opinión más común.
Repasemos lo aprendido, utilizando para ello las palabras de Marx:
“La forma directa de la circulación mercantil es M-D-M, conversión de la mercancía en dinero y reconversión de éste en aquélla, vender para comprar. Paralelamente a esta forma nos encontramos, empero, con una segunda, específicamente distinta de ella: la forma D-M-D, conversión de dinero en mercancía y reconversión de mercancía en dinero, comprar para vender. El dinero que en su movimiento se ajusta ese último tipo de circulación, se transformar en capital, deviene capital y es ya, conforme a su determinación, capital.” [4]
Marx analiza a continuación ambas formas de circulación mercantil.
“El ciclo M-D-M parte de un extremo constituido por una mercancía y concluye en el extremo configurado por otra, la cual egresa de la circulación y cae en la órbita del consumo. Por ende, el consumo, la satisfacción de necesidades o, en una palabra, el valor de uso, es su objetivo final. El ciclo D-M-D, en cambio parte del extremo constituido por el dinero y retorna finalmente a ese mismo extremo. Su motivo impulsor y su objetivo determinante es, por lo tanto, el valor de cambio mismo.” [5]
Si bien la inclusión de letras para denominar a las mercancías y al dinero parece volver más compleja la formulación del proceso, en los hechos se trata de expresar una distinción importante. Hay formas de proceso de trabajo cuya finalidad es la satisfacción de las necesidades de las personas sin pasar por el mercado. Por ejemplo, en las sociedades precapitalistas las comunidades campesinas producen casi todo lo que necesitan para vivir sin recurrir al comercio. No obstante, a veces les era preciso obtener materiales que no se encontraban en su región de residencia. Una comunidad podía requerir sal para conservar los alimentos y no tener acceso ningún salar en su territorio. En ese caso se veía obligada a realizar un trueque con otra comunidad que poseyera sal. La comunidad original cambiaba madera por sal, o sea, M-M. La primera comunidad cambiaba un valor de uso, la madera, por otro valor de uso, la sal. La sal servía para satisfacer una necesidad (conservar y condimentar los alimentos), así como la madera servía a la segunda comunidad (leña para hacer el fuego). Ambas comunidades realizaban el trueque para satisfacer sus necesidades. El motor del proceso era, pues, el valor de uso.
Esto nos lleva a otra pregunta, ¿qué es el valor de uso? Dicho de manera muy simple, se trata de la propiedad que tiene un bien o servicio de satisfacer necesidades humanas. Por su parte, el valor de cambio es la propiedad que tienen las mercancías de ser cambiadas por otras. El valor de uso existe en todas las sociedades; el valor de cambio existe sólo en aquellas sociedades donde hay economía mercantil (producción de mercancías).
Ahora, incorporados estos conceptos, podemos pasar adelante en el análisis. En una primera etapa, los contactos entre comunidades adoptaban la forma del trueque (M-M). Pero el trueque presenta inconvenientes, entre ellos el principal consiste en que la comunidad que precisa un bien (en nuestro ejemplo la sal), no siempre encuentra otra que desee cambiar dicho bien por el que produce la primara (la madera en nuestro ejemplo). El trueque es algo que se hace de manera ocasional y no llega a constituir una rutina.
En una etapa posterior los intercambios entre comunidades se vuelven más frecuentes, hasta volverse rutinarios. En esos casos, cada comunidad empieza a producir mercancías para vender a otras comunidades. Surge, además, el dinero, que conserva el valor obtenido en un cambio y permite volver a compra en el futuro. Por ejemplo: una comunidad produce vestidos de seda para vender. Una vez realizada la venta, obtiene dinero. Puede conservar éste y comprar, tiempo después, zapatos. El dinero conserva el valor. Durante la mayor parte de la historia fueron el oro y la plata quienes funcionaron como dinero. En esta etapa cabe hablar de la circulación M-D-M.
La aparición del dinero introduce nuevos cambios en el comercio. Éste se desarrolla tanto al exterior como al interior de las comunidades. Surge la clase de los comerciantes, cuya actividad puede resumirse en la fórmula D-M-D’ [6], comprar barato para vender más caro. Los comerciantes obtienen ganancias de comprar barato para vender caro. Pero, tal como indicamos más arriba, la circulación (el mercado) no puede ser la fuente de la plusvalor. ¿Qué hacer entonces?
La solución a nuestro problema pasa por comprender que el empresario también efectúa un proceso que se expresa por medio de la fórmula D-M-D’. Como dijimos anteriormente, el objetivo del empresario es obtener una ganancia. Por eso D’ tiene que ser mayor que D. De no ser así, el proceso carecería de sentido desde el punto de vista del capitalista.
El empresario compra materias primas, herramientas y fuerza de trabajo para poner en marcha el proceso de trabajo. Estas compras constituyen el primer paso de nuestra fórmula (D-M). Damos por supuesto que paga las mercancías (materias primas, herramientas y fuerza de trabajo) por su valor en el mercado.
El proceso de trabajo se pone en marcha. Las herramientas y las materias primas transfieren su valor a la mercancía producida. En nuestro ejemplo, si en la producción de 1 kg de yerba mate se consumen 500 pesos de yerba y las máquinas pierden 100 pesos de su valor [7], esos 600 pesos reaparecen en el precio final del paquete de yerba (que cuesta 1000 pesos en nuestro ejemplo). Las herramientas y materias primas transfieren valor, pero no crean nuevo valor.
Veamos ahora que ocurre con los salarios pagados. En nuestro ejemplo, los salarios de los trabajadores insumen 400 pesos, suma que debe ser cargada al precio del kilo de yerba. Si el empresario no hace esto, pierde dinero en el proceso productivo.
Llegamos al punto en que ya sabemos cómo está compuesto el precio de un kilo de yerba. Esos 100 pesos se descomponen en 600 pesos de materias primas y desgaste de las herramientas, y 400 pesos de salarios. Queda por determinar de dónde salen los 100 pesos de ganancia del empresario (recordar que en el ejemplo que estamos utilizando, el precio del kilo de yerba es de 1100 pesos).
Parece que estuviéramos dando vueltas en círculo. Pero aquí podemos destrabar la cuestión examinando una particularidad de la mercancía fuerza de trabajo.
Tal como dijimos antes, el empresario paga la mercancía fuerza de trabajo por su valor. Dicho de otro modo, el empresario paga al trabajador el salario legal en la rama de producción en la que éste trabaja. Pero una vez puesto en marcha el proceso de trabajo, la fuerza de trabajo no se limita a transferir su valor a la mercancía producida:
La fuerza de trabajo tiene la propiedad de crear nuevo valor.
Todo el problema de la ganancia del empresario se resuelve si se tiene en cuenta dicha propiedad de la fuerza de trabajo. Mientras que las materias primas y las herramientas se limitan a transferir su valor (lo mismo hacen los salarios), la utilización de la fuerza de trabajo, su intervención en el proceso productivo, crea nuevo valor: el plusvalor, esto es, el valor que excede la suma consumida en materias primas, herramientas y salarios.
Ahora ya podemos modificar nuestra afirmación inicial:
El objetivo de la producción capitalista es la producción de plusvalor.
¿Cómo se produce el plusvalor?
Por ahora sólo podemos dar una respuesta esquemática, para no extender excesivamente esta clase. El capitalista, en tanto propietario de los medios de producción, fija la extensión de la jornada laboral. Así, si la reproducción del valor gastado en salarios requiere 4 horas de trabajo, la jornada laboral se extiende 4 horas más (jornada de 8 horas). En estas 4 horas de plustrabajo [8] es producido el plusvalor, que es apropiado por el empresario.
La ganancia del capitalista está constituida por una parte del plusvalor. Otra parte de éste fluye hacia el Estado en forma de impuestos; otra, va a parar a manos de los bancos, en concepto de pagos de préstamos tomados por los empresarios. El plusvalor permite la expansión de la producción y es fundamental para el desarrollo de una sociedad (no sólo la capitalista).
Pero por el momento (recuerden que esto es una descripción preliminar de cómo funciona el capitalismo) vamos a concentrarnos en el hecho de que la clase capitalista está interesada en producir plusvalor, es decir, en hacer rendir lo máximo posible a la mercancía fuerza de trabajo. Ésta es la base del incentivo al desarrollo tecnológico, propia del capitalismo.
Nos vamos a detener aquí. Ya es mucho lo que hemos avanzado y no es mi intención marearlos. Quedo a su disposición para todas las consultas y preguntas que deseen formular. En la próxima clase comenzaremos una breve revisión del ancestro inmediato de la sociología, la filosofía política. Utilizaremos un texto del filósofo y economista inglés John Locke (1632-1704), el Segundo tratado sobre el gobierno civil, del que trabajaremos el capítulo 5. Enviaré el texto por correo electrónico.
Gracias por su atención. Hasta la próxima clase.


Villa del Parque, lunes 13 de julio de 2020

ABREVIATURAS:
AO = Acumulación originaria /  D = Dinero / M = Mercancía / RS = Relaciones sociales / SH = Seres humanos

NOTAS:
[1] Mayo, A. (2005). La ideología del conocimiento. Buenos Aires: Jorge Baudino. (Cap. 1).
[2] El análisis clásico del proceso de producción capitalista se encuentre en: Marx, K. (1996). El capital. Crítica de la economía política: Libro primero. El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (Cap. 4: Transformación de dinero en capital).
[3] Marx, K., op. cit., p. 196-197.
[4] Marx, K., op. cit., p. 180.
[5] Marx, K., op. cit., p. 183.
[6] La diferencia entre D y D’ consiste en que D’ representa una cantidad mayor que D. En otras palabras, el resultado del ciclo D-M-D’ es un incremento en la cantidad de dinero invertida inicialmente.
[7] Una máquina (o, más en general, una herramienta) no se desgasta en un solo proceso productivo, sino que se utiliza en un número determinado de procesos de trabajo. Un ejemplo. Un horno industrial para producir pan se compra a 100000 pesos y se desgasta completamente (tiene que ser reemplazado por uno nuevo) luego de 1000 horneadas. Esto significa que en cada horneada transfiere 10 pesos de su valor. Esos 10 pesos tienen que estar presentes en el precio del pan; de lo contrario, el empresario panadero perdería el dinero invertido en la compra del horno.
[8] El plustrabajo es el trabajo que excede el trabajo necesario, es decir, aquella porción de la jornada laboral destinada a reponer el desgaste de la fuerza de trabajo (los salarios).