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domingo, 30 de septiembre de 2018

TORRE, JUAN CARLOS LOS SINDICATOS EN EL GOBIERNO 1973-1976 (1983): CAP. 3

Juan Carlos Torre (n. 1940), sociólogo e historiador argentino, es autor de varios trabajos fundamentales sobre la historia del peronismo y el movimiento obrero argentino. Entre ellos se destacan Los sindicatos en el gobierno 1973-1976 (1983) y La vieja guardia sindical y Perón: Sobre los orígenes del peronismo (1988).  Esta ficha es la segunda de una serie dedicada a presentar extractos y notas de lectura de la primera de dichas obras. En épocas de crisis es imprescindible pensar la realidad como un proceso, cuyas raíces se encuentran en la historia. Por cierto, esta afirmación no tiene nada de novedoso, pero conviene recordarla, sobre todo cuando se milita en organizaciones que intentan ser revolucionarias.
La ficha está dedicada al capítulo 2 de la obra, titulado “Los sindicatos ante el gobierno peronista: Mayo 1973 – Septiembre 1973” (pp.41-66). El núcleo del capítulo aborda la cuestión de los cambios ocurridos en el movimiento obrero a partir de la radicación del capital transnacional en la industria y su relación con el ascenso de las luchas obreras en 1969-1973. Resulta especialmente recomendable el tercer apartado, donde Torre analiza la rebeldía obrera en el periodo subsiguiente al Cordobazo (1969).

Por último, trabajé con la siguiente edición de la obra: Torre, Juan Carlos. (1989). Los sindicatos en el gobierno 1973-1976. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina. Las secciones en que se divide la ficha corresponden a los distintos apartados del texto.

1.    El reencuentro de Perón y los jefes sindicales (pp. 67-104)

13 junio 1973 = Héctor Cámpora (1909-1980) renuncia a la presidencia. Perón (1895-1974) le bajó el pulgar, pues estaba decidido a retomar el poder, terminando con las restricciones que le había impuesto para llegar a la presidencia la dictadura de Lanusse (1918-1996). Cámpora confundió la táctica del viejo caudillo, que se sirvió de las movilizaciones juveniles y populares para derrotar a los militares, con un aggiornamento del movimiento peronista. Los actores que se beneficiaron con la caída de Cámpora fueron la dirigencia sindical y el círculo íntimo del líder peronista.

23 septiembre 1973 = Victoria de la fórmula Juan Domingo PerónIsabel Martínez de Perón (n. 1931) en las elecciones presidenciales. Obtienen el 62% de los votos. La campaña electoral contó con la participación principal de las organizaciones sindicales, cuyo principal exponente era Lorenzo Miguel (1927-2002), secretario general de la UOM. Hubo aquí una diferencia notable con la anterior campaña electoral, que había llevado a Cámpora al triunfo.

25 septiembre 1973 = Asesinato de José Rucci (1924-1973), secretario general de la CGT desde 1970. Rucci, originalmente secretario de la Seccional San Nicolás de la UOM, llegó a la dirección de la central obrera debido a que ninguno de los poderosos líderes sindicales contaba con los votos suficientes. Carente de fuerza real, Rucci se alió con Perón y fue su “soldado en la CGT”. El líder peronista encontró en Rucci el aliado para controlar a la dirigencia sindical.
2 octubre 1973 = Perón concurre al edificio de la CGT: “el movimiento sindical es la columna vertebral del peronismo” [El resaltado es mío – AM-]. Concluye su discurso con una exhortación a combatir la infiltración marxista en el movimiento obrero.

2.    Perón reafirma el Pacto Social (pp. 71-75)

La dirigencia sindical, acompañada por el frondizismo que había apoyado la llegada de Perón a la presidencia, promovió la supresión del Pacto Social, firmado el 8 de junio, y una política dirigida a un incremento de salarios por encima de lo establecido por dicho acuerdo. Perón ratificó el Pacto.

Noviembre de 1973 = Reformas a la Ley 14.455 (Asociaciones Profesionales). Esta ley había sido sancionada por Frondizi (1908-1995), como parte del acuerdo con el peronismo que lo llevó a la presidencia. Las reformas a la ley fueron redactadas por el ministro de Trabajo, Ricardo Otero (1922-1992), y tenían el objetivo de asegurar el apoyo de los sindicatos a la nueva presidencia de Perón.

Los objetivos de las reformas eran incrementar la centralización de las organizaciones sindicales y blindar la fortaleza jurídica que protegía a sus dirigentes:

“Entre las innovaciones más significativas se contaban, por un lado, aquéllas que perseguían la centralización sindical disponiendo que no podía existir más de un sindicato por rama de actividad o ilegalizando los sindicatos de empresa, facultando a las entidades de nivel superior a intervenir sumariamente a sus filiales y otorgando al sindicato la capacidad de poner fin al mandato de los delegados de fábrica. Por otro lado, las jerarquías sindicales eran beneficiadas mediante la ampliación de su mandato de 2 a 4 años, extendiendo el plazo para la convocatoria de las asambleas de rendición de cuentas de 1 a 2 años y equiparando sus fueros sindicales a las inmunidades garantidas a los parlamentarios.” (p. 74-75).

[De este modo, la dirigencia sindical se cobraba el apoyo a Perón durante la campaña electoral y el apoyo al Pacto Social. Quedaba habilitada para avanzar sobre las rebeldías obreras a nivel fábrica y sobre las seccionales de sindicatos que se mostraban díscolas con la dirección central de los sindicatos. Perón, por su parte, articulaba ese apoyo a la burocracia sindical con su política de suprimir al ala izquierda del movimiento peronista. No se trataba sólo de las “formaciones especiales” (v gr., Montoneros); el líder del peronismo necesitaba liquidar en el sentido literal a todos aquellos que impulsaban una “Argentina Socialista”. Perón, como en 1945, seguía siendo un enemigo acérrimo del socialismo y la revolución.]

3.    El Pacto Social puesto a prueba (pp. 75-83)

Los primeros seis meses de gobierno peronista presentaron indicadores económicos alentadores. Algunos datos de 1973: las exportaciones fueron de 3260 millones de U$S; el superávit comercial fue de 704 millones de U$S; el PBI creció 6,1%; el costo de vida aumentó un 37% entre enero y mayo, un 2,8% en junio; 4% entre julio y diciembre. El éxito en el control de la inflación hizo que Gelbard (1917-1977) lanzara la meta de “inflación cero” para 1974, justo en vísperas de la crisis mundial desatada por el aumento de los precios del petróleo.

El impacto de la crisis desatada por las medidas de la OPEP se hizo sentir en el último trimestre de 1973: durante ese período, los términos del intercambio comercial cayeron un 20%; el valor de los insumos importados era en diciembre de ese año un 25% más alto que en junio del mismo año. Las empresas con alto componente importado en su producción vieron reducidas sus ganancias.

Octubre 1973 = Convocada por el ministro Gelbard, comienza a reunirse la Comisión de Precios, Salarios y Nivel de Vida, integrada por las tres partes que habían firmado el 8 de junio el Pacto Social. Los funcionarios estatales comenzaron a recopilar información de las empresas sobre los mayores costos productivos, el nivel aspirado de ganancias, los incrementos de precios solicitados. Pero muchas de estas empresas comenzaron a violar los controles de precios, vendiendo con un sobreprecio recolectado en moneda negra. Los dirigentes sindicales interpretaron que el objetivo de los empresarios era mantener su tasa de ganancia. Esto complicaba la posición de estos dirigentes en sus sindicatos, pues el aumento salarial de junio había sido muy inferior a las expectativas obreras: “Los compromisos adquiridos con la política de ingresos los habían privado de la posibilidad de «monetarizar» el descontento popular y de reconquistar, de este modo, cierta credibilidad frente a sus bases. Por consiguiente, cualquier actitud que asociara a la CGT con una decisión unilateralmente favorable a las demandas empresarias no haría más que ampliar el espacio en el que crecía, sin cesar el movimiento de contestación anti-burocrático.” (p. 78).

30 noviembre 1973 = Reunión de la Comisión de Precios, Salarios y Nivel de Vida. Se decide que los empresarios remitan sus balances a la CGT, para que ésta evaluara si los aumentos de los insumos importados podían ser absorbidos o no por las empresas. La CGT triunfaba donde habían fracasado el movimiento europeo de los países europeos. Torre señala que la central obrera carecía de un cuerpo estable de asesores económicos capaz de analizar la evolución económica y de producir la información necesaria para la discusión de las políticas gubernamentales. Torre explica así la mencionada carencia: 

“Los dirigentes de la CGT se reclutaban entre cuadros sindicales formados  la tradición reivindicacionista del sindicalismo argentino, una tradición centrada en la defensa del nivel de vida obrero y extraña a toda tentativa más global de intervención sobre las modalidades del desarrollo económico. (…) los sindicatos llevaban a cabo sus luchas con independencia de sus eventuales consecuencias sobre la marcha de la economía, atrincherados en la contestación de las políticas gubernamentales pero sin avanzar, paralelamente, una política alternativa de consumos e inversiones. Para una retórica reivindicativa que, generalmente, no iba más allá de oponer las condiciones de vida de los trabajadores a la fortuna de los patrones, contar con una plataforma sindical elaborada y con los recursos técnicos que ayudaran a fundamentarla nunca había sido una exigencia prioritaria.” (p. 80).

La CGT quedó facultada para revisar los balances de las empresas, pero nunca llegó a implementarse en la práctica.

En este punto, Torre hace una observación válida para todas las políticas de concertación social:

“Si se analiza la lógica de la política concertada se advierte que, una vez debatidos y firmados los acuerdos, los sindicatos habían comprometido todo su poder institucional, mientras que los empresarios sólo habían condicionado parcialmente su gestión económica. Al acordar la suspensión de las negociaciones colectivas por dos años, la CGT había obligado a los sindicatos a congelar, por igual lapso, el uso del único poder de control económico que institucionalmente les era reconocido, el de afectar el comportamiento de los salarios. Los empresarios, por su parte, no habían resignado, sin embargo, el control sobre una serie de variables económicas cruciales para el desenvolvimiento del plan económico. Ellos contaban con la posibilidad de decidir si habrían de invertir o no, si habrían de interrumpir o incrementar la producción, esto es, contaban con una capacidad de maniobra frente a las disposiciones de la política de ingresos muy superior a la que tenían los sindicatos.” (p. 81; el resaltado es mío – AM-).

La burguesía recibió con cautela el programa económico peronista. Esta actitud se tradujo en una retracción de la inversión privada. No obstante, la política económica fuertemente expansiva del gobierno ocultó la debilidad de la inversión. [Se estaba armando la crisis que estalló en 1974.]

“El formidable impulso que (…) recibía la demanda interna no podía sino amenazar el balance económico, dada la creciente rigidez de la oferta de bienes provocada por el acercamiento de la economía al pleno empleo. El momento crítico llegó, sin embargo, anticipadamente, por las consecuencias de los mayores costos de los insumos importados.” (p. 82).

Los empresarios respondieron a la caída de sus ganancias disminuyendo la oferta (reducción de la producción y/o derivación de las mercancías al mercado negro). El gobierno autorizó trasladar a los precios los mayores costos de los insumos importados; la CGT se opuso y Gelbard debió adoptar otra solución: el gobierno absorbió el aumento de los insumos importados aplicando un tipo de cambio preferencial para los importadores, financiado con las reservas de divisas acumuladas en 1973.

Torre concluye:

“Los tres meses de debates [de la Comisión de Precios, Salarios y Nivel de Vida] sirvieron para poner de manifiesto que, si bien por falta de competencia técnica la CGT no tenía capacidad de iniciativa en las decisiones, contaba, en cambio, con el poder de presión política suficiente como para afectar, en una fase posterior, el proceso decisorio.” (p. 83; el resaltado es mío – AM-).

[El problema no es la carencia de capacidad técnica, sino la ausencia de una política autónoma de la burguesía. En un contexto de crisis, los sindicatos no pueden hacer otra cosa que defender sus posiciones y minimizar los daños. Por supuesto, esto en la medida en que consideren que su rol bajo el capitalismo consiste en la defensa del precio de venta de la fuerza de trabajo. Para hacer otra cosa es preciso cuestionar la relación asalariada misma, esto es, la propiedad privada de los medios de producción. Dicho sea de paso, la propiedad privada es la base del poder de los capitalistas expresado en la potestad de invertir.]

4.    Sobre la dinámica de los conflictos laborales (pp. 83-95)

Entre octubre de 1973 y febrero de 1974 continuaron los conflictos laborales. Los motivos más frecuentes fueron: las condiciones de trabajo y la reincorporación de los activistas cesantes. Torre describe algunos de los conflictos, con el objetivo de mostrar su dinámica:

a)  Philips (empresa de artefactos eléctricos, Buenos Aires, noviembre de 1973). Los trabajadores reclaman reducción de la jornada de trabajo, elevación del premio de producción y solución a los problemas de salubridad. La comisión interna desoyó los reclamos y los trabajadores eligieron una nueva comisión interna provisoria, compuestas por dos delegados por sección.
b)    General Motors (fábrica de automotores, Barracas, Buenos Aires, sector de montaje de vehículos especiales – camiones-, junio-noviembre de 1973). La gerencia anunció en junio su decisión de pasar a un nuevo y mayor nivel de producción (de 71 vehículos por turno a 80). Los trabajadores se niegan, no cumplen los nuevos ritmos de producción. Escalada: colaboración de tareas, no hacen horas extras, paros parciales en forma intermitente. La rebelión se traslada al control de los niveles de producción. Fijación por los trabajadores de nuevos topes máximos. Despidos. El Ministerio de Trabajo dictó la conciliación obligatoria. Se comprueba que el nuevo ritmo de producción no es posible de aplicar. Victoria obrera después de las derrotas de 1962, 1964, 1966, 1969 y 1971.
c)  Terrabusi (fábrica de galletitas y productos alimenticios, noviembre de 1973). Una asamblea de trabajadores presentó un petitorio demandando: a) aumento salarial del 30%; b) confirmación del personal obrero en situación inestable; c) presencia de un médico durante los tres turnos de trabajo; d) trato más humano de parte de los capataces. La gerencia respondió con 30 despidos. Los obreros ocuparon la planta. Los trabajadores acusan a la dirigencia del Sindicato de la Alimentación de connivencia con la gerencia. El Ministerio dicta la conciliación obligatoria: fin de la ocupación de la planta.
d)    Molinos Río de la Plata (empresa de productos alimenticios del Grupo Bunge y Born, Avellaneda, Gran Buenos Aires, junio-agosto de 1973). El 15 de junio los trabajadores, al margen de los delegados y del sindicato aceitero, presentan a la empresa un pliego de reivindicaciones: a) mejoramiento de las medidas de seguridad en el trabajo; b) reconocimiento de la insalubridad en ciertas tareas; c) instalación de un comedor; d) apertura de un consultorio médico en la planta. Ocupan la planta, realizan una asamblea y obligan a renunciar a los delegados sindicales. En agosto nueva ocupación de la planta, al no haberse cumplido las reivindicaciones exigidas. Interviene el Ministerio de Trabajo, que ordena a la planta atender los reclamos obreros. En enero de 1974, nueva ocupación exigiendo poner en marcha los reclamos.
e)    Astarsa (astillero más importante de zona norte de Gran Buenos Aires, junio-julio de 1973). A raíz de un accidente laboral que se cobró la vida de un operario, los trabajadores, autoconvocados en asamblea, exigen la renuncia del equipo de seguridad laboral. También procuran unificar la representación sindical en la empresa, dividida entre el Sindicato de Obreros de Industria Naval y la UOM. La planta es ocupada con retención de los directivos como rehenes. La situación dura varios días, los trabajadores triunfan y renuncia el equipo de seguridad de la empresa, responsable de la muerte de un trabajador en un accidente laboral.
f)   Acindar (empresa líder en la producción siderúrgica, Villa Constitución, marzo de 1974).Despido de 4 miembros de la comisión interna y 7 delegados a raíz de un conflicto por las condiciones de trabajo. Una asamblea obrera resuelve la ocupación de la planta. Reclaman: reincorporación de despedidos, normalización de la seccional local de la UOM, mejoramiento de las condiciones de salubridad y seguridad en el trabajo. Frente al intento de la UOM de avanzar sobre la comisión interna, prácticamente todos los trabajadores iniciaron una huelga en solidaridad con los laburantes de Acindar. Luego de 9 días de ocupación de la planta, la empresa dejó de lado los despidos, la UOM llamó a elecciones y los nuevos dirigentes de Villa Constitución y Acindar asumieron la dirección de la seccional.

A través del estudio de la dinámica de los conflictos en el período analizado, Torre concluye que los rasgos dominantes de la movilización obrera en 1969-1973 se propagaron a Buenos Aires y GBA: “el cuestionamiento de las prerrogativas de la gerencia, el recurso a la acción directa, la formación de liderazgos alternativos al sindicato oficial.” (p. 89).

Torre examina las características de estos conflictos. En primer lugar, “las demandas obreras referidas al ambiente y las normas de trabajo en la empresa no tenían (…) un carácter novedoso. (…) entre 1946 y 1955, y paralelamente a la redistribución del ingreso y al reforzamiento de los órganos contractuales en el mercado de trabajo, los obreros obtuvieron bajo el peronismo una gravitación inédita de las comisiones internas a lo largo de la industria y la reglamentación de las condiciones de trabajo por convenio. Se dio así la experiencia, históricamente infrecuente, de una clase trabajadora joven todavía en formación, como era aquella que afluía a las fábricas y talleres en los años cuarenta, que llegaba a ocupar posiciones de control sobre el lugar de trabajo realmente excepcionales. De hecho, la vitalidad del movimiento laboral durante aquellos años reposó centralmente sobre las instituciones de control obrero existentes a nivel de las empresas. Los sindicatos y la CGT no siempre lograron sustraerse a las imposiciones de la política gubernamental, pero las comisiones internas garantizaron a las bases obreras una presencia permanente en el ámbito de trabajo y condicionaron severamente el ejercicio de funciones de la gerencia.” (p. 89-90; el resaltado es mío – AM-). Hacia las postrimerías del gobierno de Perón, los empresarios intentaron recortar el poder de las comisiones internas. El tema se debatió en el Congreso de la Productividad (1954), no se llegó a ningún resultado. Tanto la dictadura de Aramburu como el gobierno de Frondizi avanzaron sobre las comisiones internas, que entraron desde 1958 en “una fase de lenta e irreversible decadencia.” (p. 91).

El debilitamiento de las comisiones internas, el papel protagónico de los sindicatos hasta 1966, confluyeron en que al momento de producirse el nuevo ascenso obrero en 1969, las estructuras sindicales a nivel empresa no estuvieran preparadas para canalizar las luchas:

“Carecían [las comisiones internas] de los reflejos apropiados para ponerse al frente de una movilización que rebasaba la orientación clientelística que caracterizara su gestión hasta entonces. La pérdida del poder de control había, en efecto, confinado a los delegados obreros a la atención de reclamos individuales, a conseguir favores menudos a través de contactos informales con la gerencia. Cuando la dinámica de la acción obrera se desplace a la empresa, su capacidad para reacomodarse  y excluirse de esa trama de compromisos y sobornos, para percibir lo que estaba ocurriendo y articular las demandas de sus bases será, generalmente, nula y terminará, ellos también, cuestionados. El recurso a formas de acción directa por parte de los trabajadores, como las ocupaciones de planta, no fue (…) la expresión de una falta de tradición industrial y sindical. Tradujo, más bien, la brecha de credibilidad abierta entre los trabajadores y representantes a lo largo de un período en el que las prácticas regulares de negociación habían desaparecido de la empresa.” (p. 91-92).

Torre enfatiza la importancia de la movilización obrera como fuente adicional de radicalización de los conflictos. Muchas luchas se produjeron en fábricas que habían permanecido “en calma” durante varios años. Los conflictos analizados muestran

“que las demandas explícitas avanzadas por los trabajadores eran, generalmente, el vehículo de un descontento que iba más allá de las razones circunstanciales invocadas en un caso y otro, para recibir su fuerza del malestar, al mismo tiempo, indefinido y profundo, que había ido acumulándose en los lugares de trabajo. De allí la facilidad con que los trabajadores pasaban de reivindicar en el plano de las condiciones de trabajo a cuestionar las relaciones de autoridad en las empresas. No forzaríamos la realidad si afirmáramos que las fábricas vivieron durante estos años en estado de rebeldía.” (p. 92-93; el resaltado es mío – AM-).

El estado de rebeldía obrero es descripto así:

“Las sanciones decididas por la gerencia, que en el pasado habían servido para aislar a los activistas y desarticular los movimientos reivindicativos, ahora galvanizaban la ofensiva obrera y aceleraban la agudización de los conflictos. Si antes los portavoces de los trabajadores que surgían en las huelgas de fábrica terminaban, a menudo, aceptando los despidos, cobrando la indemnización y abandonando la lucha, en esta nueva coyuntura eran rodeados por la solidaridad del colectivo obrero y resistían la dimisión. En las disputas concernientes a las normas de trabajo fue común que los trabajadores decidieran poner en práctica por su cuenta sus propios criterios sobre las tareas en litigio, colocando a la gerencia ante el hecho consumado. El retiro de colaboración y la insubordinación a los supervisores devinieron prácticas corrientes, mientras la producción se desenvolvía bajo la amenaza permanente de ser paralizada frente a cualquier incidente. El monto de protesta no negociable que se había ido formando en las empresas convirtió a los compromisos en armisticios siempre precarios, prontos a quebrarse y a reabrir la vía nuevamente a una escalada de medidas de fuerza. La tendencia de los conflictos fue, así, a durar, realimentados por el contrapunto entre la intransigencia de los trabajadores y las respuestas autoritarias a las que apelaban los empresarios en defensa de sus prerrogativas.” (p. 93).

Respecto a la relación entre el conflicto obrero y la izquierda en este período:

“La ola de huelgas tuvo una magnitud muy superior a la gravitación que estaban en condiciones de ejercer las corrientes políticas radicalizadas, tanto del peronismo como las constituidas por grupos de inspiración socialista. En realidad, la convergencia entre la movilización obrera y los núcleos políticos de izquierda, cuando se dio, no fue inmediata. El proceso de acercamiento siguió dos etapas bien diferenciadas. En la primera, la propia dinámica de los conflictos generaba activistas y líderes de base que se destacaban de la masa obrera y encabezaban la confrontación con la gerencia y, en general, también con la comisión interna y el sindicato. En la segunda, los nuevos líderes, una vez establecidos, procuraban alguna forma de inserción política.” (p. 93-94). “Las relaciones entre la movilización obrera y los núcleos políticos de la izquierda durante 1973 y mediados de 1974 descansaron, básicamente, sobre dos planos principales. En primer lugar, los grupos de izquierda contribuyeron a llamar la atención de la opinión pública sobre las demandas obreras a través de una intensa agitación propagandística. En segundo lugar, proveyeron a muchos de los nuevos líderes de base una identificación política más amplia y bajo su inspiración comenzaron a proliferar nuevas agrupaciones sindicales en las empresas. Lo importante a destacar es que tales relaciones no tuvieron efectos sobre la dinámica interna de los conflictos. En otras palabras, durante este período, los trabajadores a través de la asamblea general de empresa, tuvieron en sus manos el control sobre el desarrollo de los conflictos.” (p. 94-95).

Por ende, los conflictos comenzaron sin apoyo externo. En muchos casos tenían por objetivo revitalizar los órganos de representación de base.
“Mientras que la lucha por el reconocimiento [de los nuevos órganos y/o dirigentes de base] estuvo empeñada, la asamblea general  de empresa actuó como una estructura sindical paralela encargada de formular las reivindicaciones y de adoptar las medidas de fuerza.” (p. 94).

5.    La renegociación del Pacto Social (pp. 95-100)

El Pacto Social firmado en junio de 1973 estableció que al cabo de un año de vigencia se realizarían estudios para establecer si se había producido una pérdida del poder adquisitivo del salario. Los dirigentes sindicales, presionados por los bases que conseguían aumentos salariales a través de artificios tales como la reclasificación de tareas o el aumento de los premios de producción, no podían esperar tanto.

20 febrero 1974 = Perón anunció la decisión oficial de convocar a la CGT y a la CGE para que, junto con el Ministerio de Economía, comenzaran a estudiar los reajustes al Pacto Social. Desde junio de 1973 y hasta febrero de 1974, los salarios reales habían caído un 7%. Sin embargo, eran un 18% más altos que en mayo de 1973. Para marzo, estaba clara la necesidad de una renegociación anticipada del Pacto Social.

21 febrero 1974 = Comienzan las negociaciones entre la CGT, la CGE y el Ministerio de Trabajo.

26 marzo 1974 = Gelbard y Adelino Romero (m. 1974), secretario de la CGT, reconocieron ante los periodistas que las negociaciones estaban estancadas. Los sindicatos presentaron dos exigencias: a) la restitución del valor perdido por el salario; b) el avance de los asalariados en el ingreso nacional. Para el gobierno, el problema consistía en cómo conciliar ambas demandas con el mantenimiento de una tasa aceptable de rentabilidad para las empresas.

27 marzo 1974 = Se oficializan los nuevos acuerdos, producto del arbitraje de Perón en el conflicto entre Capital y Trabajo. El sector laboral recibió un aumento salarial del 13% a partir del 1 de abril, compuesto por un 9% para mantener el poder adquisitivo; 2,5% en concepto de retribución por el incremento de la productividad media; 1,5% para cumplir con el objetivo de una distribución más igualitaria del ingreso. De los tres ítems, sólo el primero podía ser trasladado a los precios. Los empresarios eran autorizados a aumentar los precios, en un monto a establecer por el Ministerio de Economía de acuerdo a sus estudios sobre la estructura de costos y la rentabilidad de las empresas; también tendrían acceso a un crédito más barato por la rebaja de las tasas de interés. El Estado resolvió dejar de subsidiar la compra de insumos importados; aumentó las tarifas de los servicios públicos y el precio del combustible. EL CRONISTA COMERCIAL publicó un cálculo que establecía la recuperación neta de los ingresos del trabajo entre un 5 y un 6% (p. 99-100). Es decir, en el corto plazo el ajuste salarial mejoraba los ingresos de los trabajadores y producía una nueva caída en la rentabilidad de las empresas. Esto, más los nuevos niveles de precios aprobados a fines de abril, que asignaban a las empresas un margen de beneficios por debajo del reclamado por los empresarios. Vía libre a la sistemática transgresión por éstos del Pacto Social.

6.    La soledad de Perón (pp. 100-104)

Desde principios de 1974, Perón había optado por lanzar una ofensiva contra el ala izquierdista del peronismo: 20 de enero, remoción del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Bidegain (1905-1994); 22 de febrero, allanamiento de las oficinas de la Juventud Peronista; 28 de febrero, destitución por la fuerza del gobernador de la provincia de Córdoba, Obregón Cano (1917-2016).

Marzo y junio 1974 = Promedio mensual de conflictos más altos de los tres años de gobierno peronista. De ellos, el porcentaje más alto correspondía a los que exigían mejoras salariales. La mayoría de ellos obtuvieron aumentos superiores a los pactados por la CGT; todos ellos eran ilegales, en la medida en que iban contra el Pacto Social. Los empresarios preferían conceder esos aumentos y luego trasladarlos a precios. Así, el costo de vida, que entre enero-marzo creció un 2,8%, se elevó entre abril y mayo un 7,7%. En los primeros días de junio, una delegación sindical visitó a Perón para reclamar una reacción presidencial frente al creciente descalabro económico.

12 junio 1974 = Discurso de Perón. Amaga con renunciar si no se cumple el Pacto Social.

1 julio 1974 = Muerte de Perón. Una de sus últimas medidas fue adelantar el pago del aguinaldo. La medida no tuvo efecto en revertir la paulatina caída del salario real.


Villa del Parque, domingo 30 de septiembre de 2018

sábado, 15 de septiembre de 2018

FICHA: TORRE, JUAN CARLOS LOS SINDICATOS EN EL GOBIERNO 1973-1976 (1983): CAP. 2


Juan Carlos Torre (n. 1940), sociólogo e historiador argentino, es autor de varios trabajos fundamentales sobre la historia del peronismo y el movimiento obrero argentino. Entre ellos se destacan Los sindicatos en el gobierno 1973-1976 (1983) y La vieja guardia sindical y Perón: Sobre los orígenes del peronismo (1988).  Esta ficha es la segunda de una serie dedicada a presentar extractos y notas de lectura de la primera de dichas obras. En épocas de crisis es imprescindible pensar la realidad como un proceso, cuyas raíces se encuentran en la historia. Por cierto, esta afirmación no tiene nada de novedoso, pero conviene recordarla, sobre todo cuando se milita en organizaciones que intentan ser revolucionarias.

La ficha está dedicada al capítulo 2 de la obra, titulado “Los sindicatos ante el gobierno peronista: Mayo 1973 – Septiembre 1973” (pp.41-66). El núcleo del capítulo aborda la cuestión de los cambios ocurridos en el movimiento obrero a partir de la radicación del capital transnacional en la industria y su relación con el ascenso de las luchas obreras en 1969-1973.

Por último, trabajé con la siguiente edición de la obra: Torre, Juan Carlos. (1989). Los sindicatos en el gobierno 1973-1976. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina. Las secciones en que se divide la ficha corresponden a los distintos apartados del texto.

1.    Los líderes sindicales y Perón (pp. 41-48)

El Plan de Juan Domingo Perón (1895-1974) al regresar al poder en 1973 consistía en “construir un orden político capaz de poner bajo control las expectativas y las pasiones desatadas por casi dos décadas de frustración y discordia.” Para ello propuso un acuerdo político entre el PJ y la UCR; por otro, un Pacto Social entre los empresarios y los sindicatos. (p. 41).

El primer obstáculo en el plan de Perón era su propio movimiento. El ala política estaba acostumbrada a la proscripción, de ahí que le importaba poco la institucionalidad; el ala sindical buscaba recuperar terreno en la distribución del ingreso; las “formaciones armadas” (guerrilleros) no aceptaban fácilmente renunciar a la violencia. El segundo obstáculo era el carácter maltrecho de los partidos políticos y las asociaciones profesionales, con su representatividad cuestionada.

25/05/1973 = Héctor José Cámpora (1909-1980) asume la presidencia. Los sindicalistas veían al nuevo gobierno con desconfianza. El motivo principal era la actitud de Perón durante la campaña electoral: “En lugar de montar el que sería su retorno al poder sobre el movimiento obrero organizado, Perón había preferido hacerlo sobre los viejos cuadros políticos y los nuevos contingentes juveniles del peronismo.” (p. 43). Perón, gran táctico de la política, optó por alentar a la juventud para derrotar a su rival en 1972-1973, el general Alejandro A. Lanusse (1918-1996), el último presidente de facto de la dictadura iniciada en 1966.[i]

La relación de Perón con los sindicalistas en 1955-1973 combinó necesidad mutua y desavenencias. Los sindicatos, que ganaron gran poder en 1946-1955, se vieron descabezados y derrotados en 1955. Luego de un combate duro contra la dictadura, recuperaron posiciones con la presidencia de Arturo Frondizi (1908-1995), quien llegó al poder en 1958 con el voto peronista. Los sindicatos, proscripto el partido peronista, acapararon la representación política de las masas peronistas. A su función económica añadieron la función política. Una vez que recuperaron los sindicatos y la CGT, los dirigentes gremiales desarrollaron una política dirigida a conservar sus posiciones. Eso los llevó a rehuir los enfrentamientos con los gobiernos de turno y a preferir la negociación.

“Con ese pragmatismo, los dirigentes sindicales no hacían más que desarrollar la lógica de unas instituciones que sólo podían prosperar a favor de la benevolencia de los centros de poder.” (p. 46).

Perón, en cambio, durante 1955-1973 se dedicó a desestabilizar a todos los gobiernos de turno. Ésta fue la fuente principal de sus enfrentamientos con los dirigentes sindicales.

Los dirigentes sindicales se opusieron a la candidatura de Cámpora. Apenas éste asumió la presidencia, se dedicaron a salir del aislamiento político en que se encontraban. Se apoyaron en el círculo íntimo que rodeaba a Perón.

2.    La CGT y la política de ingresos (pp. 48-53)

La expectativa sindical al producirse la asunción de Cámpora era la de un aumento salarial cercano al 100%. Lejos de ello, Perón los forzó a aceptar el Pacto Social, pergeñado por el ministro de Economía, Gelbard (1917-1977). El Pacto consistía en una política de ingresos concertada entre los sindicatos, los empresarios y el Estado.

“La política de ingresos adoptada por el ministro Gelbard en la emergencia se propuso (…) el doble objetivo de contener las expectativas inflacionarias y colocar bajo control las pujas intersectoriales por la distribución de ingreso. Para lo cual aumentó los salarios en un 20%, muy por debajo de las demandas sindicales, suspendió las negociaciones colectivas por dos años, congeló el valor todos los artículos y creó un rígido sistema de fiscalización de precios. Todas estas medidas fueron implementadas mediante la firma de un acta de compromiso entre el gobierno, (…) CGT y CGE, y la constitución por estas entidades de órganos de consulta y vigilancia encargados de seguir la evolución de los acuerdos.” (p. 50).

El Pacto Social fue elaborado tomando como inspiración varias experiencias de concertación realizadas en Europa desde la década del ’50. Dada la tradición de lucha reivindicativa del sindicalismo en el período 1955-1973[ii], el Pacto Social representaba una gran concesión al gobierno peronista. Perón utilizó todo su capital político para convencer a los dirigentes sindicales de firmar el Pacto. Para la cúpula sindical, conducida por el secretario general de la CGT, José Rucci (1924-1973), la firma del acuerdo representó el regreso a la ortodoxia peronista y, por ende, la posibilidad de recuperar las posiciones perdidas en el período previo a la asunción de Cámpora.

A la pasada, Torre hace aquí un comentario agudo sobre el sentido de las políticas de concertación social:

“En los hechos, es el Estado el que ha procurado neutralizar la resistencia de organizaciones que pueden ejercer un poder de veto mediante el expediente de implicarlas en su gestión. El ejemplo más conocido son las políticas de ingresos, tendientes a racionalizar con la intervención de las asociaciones de interés sectorial, la dinámica de precios y salarios. Concebidos para el desempeño de una función estabilizadora, las políticas de ingresos apuntan a la regulación de variables económicas claves, como las indicadas, pero excluyen de su dominio decisiones cruciales que hacen al gobierno de la economía, por ejemplo, las decisiones de inversión. De tal forma que la participación que se les abre a los sindicatos es una participación subordinada, en la que se comprometen a moderar las reivindicaciones actuales a los efectos del logro de beneficios en el futuro – reducción de la inflación, creación de empleos – sobre los que su control es limitado.” (p. 50-51).

Torre afirma que “la firma del pacto social fue, por consiguiente, también una inversión táctica de la CGT, cuyos frutos los dirigentes sindicales comenzarían a obtener progresivamente, sobre todo a partir del momento en que Perón rompa con Cámpora y los sectores juveniles para tomar en sus manos el gobierno.” (p. 53).

3.    La generalización de los conflictos laborales (pp. 53-62)

Mayo de 1973 marcó un ascenso de las protestas populares. Se expresó, entre otras cosas, en una generalización de los conflictos laborales. Esta nueva ola de luchas presentó una diferencia sustancial con el período anterior, pues se dio en la provincia de Buenos Aires y no en el Interior. Para explicar ese desplazamiento geográfico, Torre dedica la mayor parte de este apartado a examinar las características de la lucha del movimiento obrero en 1969-1973.

1969-1973 = Las principales zonas de conflictividad obrera fueron Córdoba y la franja interior del río Paraná, entre Rosario y Buenos Aires. “Eran el asiento de áreas de nueva industrialización, organizadas en torno a las empresas metalúrgicas, siderúrgicas y petroquímicas levantadas por las compañías multinacionales a finales del cincuenta. Produciendo en condiciones oligopólicas y de tecnología moderna para un mercado crecientemente expansivo, estos núcleos industriales del interior contaban con los lucros extraordinarios para asegurarse, mediante mejores retribuciones, la captación y la formación de una mano de obra competente.” (p. 54).

Torre sostiene que la conflictividad obrera en el Interior se explica por dos factores: las características del clima laboral y el grado de control de los aparatos sindicales.

·    En Córdoba, la industrialización marcó el ritmo de vida de la ciudad. Así, “los clivajes sociales que se forman en la vida de la fábrica tienden a prolongarse y, en consecuencia, a volverse más transparentes en la experiencia extra-laboral, a través de múltiples formas de segregación física y social.” (p. 55). Esta situación de polarización social se amplificó en las áreas industriales alineadas en las márgenes del Paraná: Villa Constitución, San Nicolás, Zárate y Campana, “son una suerte de company towns, en las que la visibilidad de las relaciones de autoridad y las diferencias sociales que oponen los trabajadores en la gerencia en la experiencia diaria de la fábrica es acentuada por su relativo aislamiento con respecto a la trama social más compleja de las grandes ciudades.” (p. 55-56).

·    En síntesis, “un clima laboral (…) marcado por la transparencia de las oposiciones sociales y el espesor de los vínculos, dentro y fuera del trabajo, que refuerzan la solidaridad interna de la comunidad obrera, es un clima laboral altamente propicio para la rápida articulación del descontento.” (p. 56).

·     La situación es muy diferente en la ciudad de Buenos Aires, zona de industrialización más antigua: “Diluida dentro de un escenarios social (…) fuertemente diferenciado, que amortigua por un lado, los contrastes sociales y, por otro, que gravita en torno a actividades e intereses que son, en gran medida, independientes de ella, la fábrica no tiene aquí la misma capacidad de suscitar amplios movimientos colectivos que tiene en los núcleos industriales del interior. En primer lugar, la existencia de un medio urbano más diversificado, que está lejos de ser la proyección de los clivajes sociales que se forman en la experiencia de trabajo, limita severamente el monto de solidaridad externa con el que pueden contar las movilizaciones obreras. Mientras que en Córdoba o Villa Constitución, la protesta obrera alcanza muy rápidamente un carácter comunitario, con los barrios, las escuelas, los comerciantes locales convergiendo alrededor de la movilización que parte de la fábrica, en Buenos Aires, aquélla no tiene un poder de irradiación social semejante y queda confinada generalmente, al abandono del trabajo por los trabajadores en conflicto. En  segundo lugar, las distancias que separan el lugar de trabajo del lugar de residencia, la dispersión de los trabajadores en el heterogéneo cinturón industrial, constituyen factores que normalmente traban las posibilidades de comunicación y apoyo mutuo dentro de las propias filas. Así, la perspectiva de huelgas aisladas y, en consecuencia, fácilmente reprimibles, puede llevar – en condiciones políticas adversas para los trabajadores – a inhibir la expresión abierta de protesta.” (p. 56-57).

Sin embargo, las condiciones del clima laboral no explican por sí solas la conflictividad obrera. “Sólo pueden ser pensadas como favorables o desfavorables en situaciones en las que los trabajadores se movilizan colectivamente por sus demandas. La interacción entre la disposición y la acción y las circunstancias externas que se opera en estas situaciones es la que da sentido concreto a las posibilidades y limitaciones emergentes del clima laboral.” (p.57).

Respecto al control ejercido por los aparatos sindicales, la eclosión de la protesta obrera en el Interior se vio facilitada por la menor capacidad de control de la burocracia sindical, que permitió que la fábrica fuera el centro de la organización obrera. Torre dice que eso se explica a partir de los cambios ocurridos en la estructura sindical argentina en la década del ’60.

Estructura de los sindicatos industriales:

·   La mayoría de los sindicatos están organizados por rama. Comprenden a los trabajadores ocupados en las distintas empresas que realizan actividades similares o afines.

·         Dentro de los sindicatos por industria hay dos modelos predominantes de organización interna: la federación sindical, cuenta con representaciones sindicales reconocidas a nivel local o regional; la unión sindical, sólo está reconocida a nivel nacional, a nivel local o regional está presente a través de las seccionales que, en su gobierno interno y a los fines de la negociación colectiva, son orgánicamente dependientes de la entidad central. La unión sindical implica un funcionamiento más centralizado y asegura a las direcciones sindicales un mayor control sobre las bases.

·    El modelo de unión sindical se desarrolló al calor de la sindicalización de los trabajadores en la década del ’40. Sindicatos como la UOM o la AOT se construyeron sobre este modelo, facilitado por la relativa homogeneidad de los problemas laborales existentes en las ramas industriales de la época. El convenio colectivo de alcance nacional y los paros generales por sector fueron sus instrumentos típicos.
·  El modelo de federación sindical se desarrolló en sectores caracterizados por la existencia de pocas y dispersas grandes empresas. Ejemplos: energía, petróleo, frigoríficos.
·      La estructura sindical se modificó en la década del ’60, con la radicación de empresas transnacionales que coparon las ramas más dinámicas de la economía. Pasaron a operar dos fuerzas centrífugas: en primer lugar, las promovidas por la política laboral de las grandes empresas modernas, que “procuraron sustraerse a las condiciones generales del mercado de trabajo nacional ofreciendo, mediante la concertación de convenios por empresa, salarios más altos y mayores beneficios sociales.” (p. 59). SMATA y AOT se adaptaron a estos cambios: firmaron un convenio nacional y, además, rubricaron convenios a nivel empresa. La UOM permaneció firme en la defensa del convenio nacional. La política empresaria de negociación a nivel empresa tuvo su ejemplo extremo en la conformación de sindicatos de empresa, SITRAC-SITRAM, en las fábricas de autos y material ferroviario instaladas por la Fiat en Córdoba.
·    La segunda fuerza centrífuga consistió en la política impulsada por el presidente Illia, quien procuró controlar a las organizaciones sindicales promoviendo la democracia interna, la concertación de convenios por empresa y el otorgamiento de personerías gremiales. Esto debilitó la capacidad de control de la Burocracia, sobre todo en las ciudades del Interior.

En 1967, la dictadura de Onganía suspendió las negociaciones colectivas. La resistencia obrera se inició en los núcleos industriales del Interior. “Los conflictos comenzaban generalmente con el cuestionamiento de las atribuciones de la gerencia para fijar, en forma unilateral, las condiciones de trabajo. Enseguida el objetivo se ampliaba y la lucha cobraba nuevas dimensiones con la impugnación a las comisiones internas y los representantes sindicales locales que se habían mostrado flexibles a las directivas de la empresa.” (p. 61). El clasismo se expandió desde la experiencia original de SITRAC-SITRAM (1970) y el movimiento se convirtió en una impugnación de la Burocracia Sindical.

4.    La temática reivindicativa (pp. 62-66)

Junio – Septiembre 1973 = Creció la conflictividad obrera, sobre todo en el área metropolitana de Buenos Aires. Las demandas de los trabajadores no se concentraron en la cuestión salarial, dada la vigencia del Pacto Social, sino en la reinterpretación de los convenios laborales, para lograr así una mejora indirecta de los salarios. También se dieron luchas por la incorporación de trabajadores despedidos. En una veintena de casos, los trabajadores se enfrentaron a las direcciones sindicales. Ricardo Otero (1922-1992), ministro de Trabajo y dirigente de la UOM, mantuvo una postura ambigua, recibiendo a los trabajadores en rebelión contra sus direcciones. Esta actitud se explica por el grado de movilización popular de la etapa.



Villa del Parque, sábado 15 de septiembre de 2018


NOTAS:

[i] “Al darles a los jóvenes el lugar de preeminencia que rápidamente ganaron en las filas de su movimiento y relegar, en cambio, a los dirigentes gremiales, Perón creyó reflejar mejor el espíritu de la movilización popular que lo devolvía al gobierno.” (p. 44).
[ii] Los sindicatos habían defendido siempre las ventajas de la negociación colectiva. De hecho, durante los gobiernos militares reclamaron continuamente la vigencia de la ley 14.250 de negociaciones colectivas.