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jueves, 17 de septiembre de 2020

INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA CURSO 2020 – CLASE N° 11: MARX

“No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino,

por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia.

Karl Marx (1818-1883)

 



Bienvenidas y bienvenidos a la undécima clase del curso.

Hoy nos corresponder culminar nuestra brevísima revisión del marxismo. Para ello utilizaremos el Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política, uno de los textos más conocidos de Karl Marx (1818-1883). [1] Redactado en Londres en enero de 1859, constituye la primera exposición pública de los principios fundamentales del materialismo histórico, luego de Miseria de la Filosofía (1847) y del Manifiesto Comunista (1848). [2]

Por su corta extensión, el Prólogo ha sido empleado muchas veces como introducción al pensamiento de Marx, sin tener en cuenta las dificultades que presenta su lectura (dificultades que, a nuestro juicio, obedecen principalmente al carácter esquemático del texto, consecuencia de la mencionada brevedad). Antes de pasar al análisis del texto, conviene adelantar que su contenido esencial radica en la tesis que afirma que las ideas no son el motor de la historia sino que, por el contrario, se encuentran condicionadas por las relaciones que entablan los seres humanos al encarar la reproducción de sus condiciones de existencia en el proceso de trabajo. La crítica (necesaria) de las ambigüedades y problemas del Prólogo no debe ocultar, sin embargo, la importancia primordial del contenido de la tesis mencionada. Sin el reconocimiento del carácter condicionado (no absoluto) de las ideas es imposible formular una verdadera ciencia de la sociedad. En este sentido, la tesis marxiana puede utilizarse contra las interpretaciones posmodernas de las ciencias sociales, las cuales equiparan la ciencia a un relato, como si la ciencia se encontrara al mismo nivel que la literatura.

Sin más, pasemos a la clase.


El lector del Prólogo encontrará en el texto las siguientes cuestiones:

1.   Una autobiografía intelectual. Luego de presentar el plan general de su crítica de la economía política, Marx explica su camino desde la filosofía hasta la economía. No considero necesario ahondar en esta parte del Prólogo, pues quien esté interesado sacará mayor provecho de la lectura directa del texto que de un comentario. No obstante, merecen mencionarse algunos temas.

Es habitual referirse al Marx de juventud como alguien concentrado en la filosofía. Pero al momento de confeccionar su autobiografía, prefirió destacar su paso por el Derecho:

“Mi carrera profesional ha sido la jurisprudencia, aunque sólo la he ejercido como disciplina subordinada, junto a la filosofía y a la historia.” (p. 3).

La afirmación es curiosa. Marx efectivamente inició estudios universitarios de Derecho. Ésta fue la carrera que eligió luego de egresar del Gymnasium [3]. Pero pronto dejó los estudios jurídicos, para abocarse a la Filosofía, graduándose finalmente de Doctor en dicha materia. Hasta donde sé, Marx jamás ejerció la Jurisprudencia como profesión.

La autobiografía es “intelectual” de un modo unilateral. Marx no menciona en ningún lugar la influencia que ejerció el movimiento obrero (en especial el francés) sobre el desarrollo de sus ideas. En el período de pasaje de la democracia radical al socialismo, el influjo de la rebelión de los tejedores de Silesia (1844), el contacto con los obreros franceses en París y las referencias al cartismo inglés brindadas por Friedrich Engels (1820-1895), fueron factores decisivos. En el Prólogo Marx presenta las cosas como si el materialismo histórico hubiera brotado exclusivamente del gabinete de estudio.

Por último, así como deja en la oscuridad la cuestión de sus relaciones con el movimiento obrero, Marx enfatiza su trabajo como periodista, cuestión que suele ser dejada de lado por los comentaristas de su obra. Dos ejemplos tomados del texto:

“Durante los años 1842-1843, en mi carácter de director de la Neue Rheinische Zeitung, me vi por vez primera en el compromiso de tener que opinar acerca de lo que han dado en llamarse intereses materiales.” (p. 3).

“Mi colaboración, que ya lleva ocho años, con el primer periódico anglo-americano, el New York Tribune, tornó necesaria una extraordinaria fragmentación de los estudios, puesto que sólo por excepción me ocupo de correspondencia periodística propiamente dicha. Sin embargo, artículos relativos a notables acontecimientos económicos en Inglaterra y en el continente constituían una parte tan significativa de mis contribuciones que me vi forzado a familiarizarme con detalles prácticos situados fuera del ámbito de la ciencia de la economía política propiamente dicha.” (p. 7).

De los pasajes citados se desprende que Marx atribuía gran importancia a su labor periodística. Esto es de utilidad al momento de evaluar el lugar que ocupan en la producción marxiana los numerosos textos periodísticos.

A continuación, Marx presenta una versión resumida de su teoría de la sociedad:

2.   El Derecho y las formas políticas (como, por ejemplo, la organización constitucional de un Estado) no son autónomos, no surgen a partir de principios propios o de normas trascendentes a la sociedad. Su naturaleza y forma dependen de las relaciones sociales que entablan los seres humanos en el proceso de producción. Al respecto, el pasaje clave es el siguiente:

“Mi investigación desembocó en el resultado de que tanto las condiciones jurídicas como las formas políticas no podían comprenderse por sí mismas ni a partir de lo que ha dado en llamarse el desarrollo general del espíritu humano, sino que, por el contrario, radican en las condiciones materiales de vida” (p. 4).

Este es el punto de partida de Marx. El énfasis en el estudio del proceso de producción se comprende desde la certeza de que los SH son lo que hacen y no lo que dicen de sí mismos. Esto, y no otra cosa, es el materialismo de Marx. Dicho en otros términos, el marxismo sólo puede comprenderse a partir del reconocimiento de que es imposible una filosofía autónoma, es decir, una filosofía independiente de las condiciones materiales de vida de los individuos. Por eso, antes de entrar en el debate acerca de si Marx era determinista económico, si era partidario de una teleología economicista, etc., etc., hay que tener presente que su materialismo no es nada más (pero tampoco nada menos) que el reconocimiento de que los SH son en la medida en que hacen. La centralidad de la producción se fundamenta en que es el proceso de trabajo el que permite la reproducción de la sociedad en su conjunto.

3.   En el proceso de producción de su existencia, los SH establecen relaciones sociales independientes de su voluntad. Es en este sentido que cabe decir que las relaciones sociales son “independientes” de las personas. Desde que nacemos todos nos enfrentamos a una realidad que no hemos creado, y que se nos impone a través de una infinidad de mecanismos que se encuentran más allá de nuestro control. El sociólogo francés Emile Durkheim (1858-1917) vio esto cuando sostuvo que la necesidad se manifiesta como coerción, como resistencia a nuestra voluntad. Esta independencia de las relaciones sociales respecto a los individuos es la base de las regularidades verificables de los hechos sociales y, por tanto, contiene en sí la posibilidad misma de las ciencias sociales. Aquí el pasaje fundamental es el siguiente:

“En la producción social de su existencia, los SH establecen determinadas relaciones, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un determinado estadio evolutivo de sus fuerzas productivas materiales.” (p. 4).

La primera parte de este pasaje no admite mayor discusión si se acepta el punto de partida esbozado en el punto anterior. Puesto que las ideas son inseparables de las condiciones materiales de vida, es claro que la voluntad humana no puede crear de la nada las relaciones sociales. Afirmar lo contrario haría imposible toda forma de análisis científico de los procesos sociales, pues implicaría postular que todo es posible en todo momento. Ahora bien, la segunda parte de este pasaje, la referida a la existencia de una correlación entre relaciones de producción y “estadio evolutivo” de las fuerzas productivas, presenta dificultades que son examinadas en el punto siguiente.

4.   Las relaciones sociales que se establecen en el proceso de trabajo son también “necesarias”, es decir, mantienen una correspondencia con el nivel de desarrollo de las fuerzas productivas. Marx establece un matiz diferente a la noción de “independencia” desarrollada en los puntos 2 y 3, pues aquí no se trata de que las relaciones sociales existan independientemente de la voluntad de los individuos (por lo menos de la voluntad individual, no organizada políticamente), sino de que las relaciones sociales están determinadas exclusivamente por factores materiales (no humanas). Marx promueve esta interpretación al agregar que se refiere aquí a las “fuerzas productivas materiales”. Si esto es así, poco o nada es lo que pueden hacer los revolucionarios para transformar la realidad. En definitiva, sólo los ingenieros y los tecnólogos tendrían esta potestad, pues serían los únicos facultados para crear nuevas fuerzas productivas.

Este determinismo por las fuerzas productivas predomina en el Prólogo de 1859 y es fuente permanente de malentendidos acerca del carácter de la teoría de Marx. Aquí no podemos profundizar en la discusión pertinente, pero sí cabe indicar que en ninguna parte del Prólogo define concretamente que entiende por fuerzas productivas. La cuestión se vuelve aún más interesante si se tiene en cuenta que en Miseria de la Filosofía Marx había afirmado que los seres humanos eran la principal fuerza productiva. [4] En el texto que estamos analizando, remarca en todo momento que se trata de “fuerzas productivas materiales”.

 

5.   Derivado del punto anterior, está la concepción de la revolución social que aparecen en el Prólogo (en verdad, puede decirse que se trata de toda una concepción de la política), que es pensada como un producto de la relación entre fuerzas productivas y relaciones de producción.

“En un estadio determinado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o – lo cual sólo constituye una expresión jurídica de lo mismo – con las relaciones de producción dentro de las cuales se había estado moviendo hasta ese momento. Esas relaciones se transforman de formas de desarrollo de las fuerzas productivas en ataduras de las mismas. Se inicia entonces una época de revolución social. Con la modificación del fundamento económico, todo ese edificio descomunal se trastoca con mayor o menor rapidez. Al considerar esta clase de trastrocamiento material de las condiciones económicas de producción, fielmente comprobables desde el punto de vista de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en suma ideológicas, dentro de las cuales los hombres cobran conciencia de este conflicto y lo dirimen.” (p. 5).

Así planteadas las cosas, da la impresión de que existe una conexión automática entre desarrollo de las fuerzas productivas materiales y relaciones de producción. Esta relación no aparece expresada en términos dialécticos, sino que hay un único factor dinámico, las fuerzas productivas. Las relaciones sociales de producción acompañan los cambios en las fuerzas productivas. Es cierto que Marx contempla la existencia de un proceso por el cual las relaciones sociales pasan de ser un factor de desarrollo de las fuerzas productivas a convertirse en ataduras para las mismas. Pero la relación sigue siendo concebida en términos de primacía de las fuerzas productivas.

El automatismo de la relación fuerzas productivas – relaciones de producción se ve complicado por el último pasaje del texto citado. Allí Marx dice expresamente que la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción se resuelve en el nivel de las formas ideológicas (entre las que incluye a las formas políticas). Es más, afirma que las personas toman conciencia en este nivel de la contradicción mencionada. O sea que el conflicto fuerzas productivas – relaciones de producción sólo encuentra solución en el nivel de la política (hago abstracción de las otras formas ideológicas dado que este nivel remite directamente al Estado). Si bien son las fuerzas productivas las que marcan la dinámica del desarrollo, este pasaje demuestra que Marx considera que las primeras sólo pueden imponerse a las relaciones de producción a través de la mediación de la política.

Con todo, la riqueza de posibilidades que abre el pasaje comentado en el párrafo anterior no da el tono general del Prólogo. Imbuido en la necesidad de hacer un resumen de su concepción de la sociedad, Marx opta por un esquema que recarga el peso de la explicación en la dinámica de las fuerzas productivas. El camino elegido tiene inconvenientes más graves que el mero esquematismo, pues puede llevar a pensar que las fuerzas productivas tienen vida propia, es decir, que son autónomas respecto al conjunto del proceso social. De este modo, las fuerzas productivas vendrían a ocupar el lugar de Dios para los teólogos o del Espíritu Absoluto para los hegelianos [5]        

6.   Derivado de los puntos 3 y 4: la cuestión de la metáfora del edificio, recurso empleado por Marx para graficar las relaciones entre fuerzas productivas y relaciones sociales de producción. Me limitaré a indicar que el principal defecto de ella radica en que presenta dicha relación en términos no dialécticos, deslizándose hacia la postulación de una causalidad lineal (causa – efecto), donde el factor dinámico es, como ya hemos mencionado, el desarrollo de las fuerzas productivas. Sin embargo, frases como “el modo de producción de la vida material determina el proceso social, político e intelectual de la vida en general” (p. 4-5), expresan las ambigüedades existentes en el Prólogo, pues el modo de producción es la combinación de fuerzas productivas y relaciones de producción, de manera que cabría decir que no sólo las fuerzas productivas determinan la marcha del proceso social.

Un buen ejemplo de las dificultades de la metáfora se encuentra en el pasaje que cito a continuación:

“Una formación social jamás perece hasta tanto no se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas para las cuales resulta ampliamente suficiente, y jamás ocupan su lugar relaciones de producción nuevas y superiores antes de que las condiciones de existencia de las mismas no hayan sido incubadas en el seno de la propia antigua sociedad.” (p. 5).

En otras palabras, es el desarrollo de las fuerzas productivas quien marca el paso al cambio social. Si esto es aceptado al pie de la letra, es claro que la tarea de quienes pretenden transformar revolucionariamente la sociedad queda subordinada al dinamismo de las fuerzas productivas. Ahora bien, la práctica política de Marx (en la Liga de los Comunistas, en la I Internacional, en la socialdemocracia alemana) muestra una preocupación constante por la construcción de una organización política de los trabajadores, autónoma de la burguesía. De ninguna manera se corresponde con el automatismo fuerzas productivas – relaciones de producción que se desprende del pasaje citado.

El énfasis (necesario) en el reconocimiento de que los seres humanos se hallan condicionados por las condiciones materiales que ellos mismos construyen [6], desdibuja en este Prólogo uno de los mayores logros del pensamiento de Marx, que es precisamente la superación tanto del viejo materialista mecanicista como del viejo idealismo descolgado de la realidad material. Al respecto, conviene recordar que en las Tesis sobre Feuerbach, había planteado que:

“La falla fundamental de todo el materialismo precedente (incluyendo el de Feuerbach), reside en que sólo capta la cosa, la realidad, lo sensible, bajo la forma del objeto o de la contemplación, no como actividad humana sensorial, como práctica; no de un modo subjetivo. De ahí que el lado activo fuese desarrollado de un modo abstracto, en contraposición al materialismo, por el idealismo, el cual, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, en cuanto tal.” (p. 665, tesis n° 1). [7]

En síntesis, y a pesar de todos los problemas mencionados (o, tal vez, gracias también a ellos mismos), el Prólogo de 1859 constituye uno de los textos más ricos en sugerencias de la obra de Marx. Su lectura atenta, crítica, sirve, entre otras cosas, para perderle el respeto a Marx sin dejar de respetarlo. Es decir, el mejor estado para leer a los clásicos.

En la próxima clase estudiaremos la obra del sociólogo y filósofo francés Auguste Comte (1798-1857). Les enviaré el material por correo electrónico.

Muchas gracias por su paciencia.

 

Villa del Parque, jueves 17 de septiembre de 2020


ABREVIATURAS:

SH = Ser humano (o seres humanos)


NOTAS:

[1] Todas las citas del Prólogo han sido tomadas de la siguiente edición: Marx, K. (2000). Contribución a la crítica de la economía política. México D. F.: Siglo XXI. (pp. 3- 7). Traducción española de León Mamés.

Zur Kritik der politischen Ökonomie (tal es el título del original alemán) fue publicada por primera en Berlín en 1859. Marx, en el plan de trabajo incluido al comienzo del Prólogo, indica que se trata del primer fascículo de su crítica de la economía política (El Capital): “Consideraré el sistema de la economía burguesa en la siguiente secuencia: el capitalla propiedad de la tierrael trabajo asalariadoel estadoel comercio exteriorel mercado mundial. Bajo los tres primeros investigaré las condiciones económicas de vida de las tres grandes clases en las que se divide la sociedad burguesa moderna; la relación entre los otros tres rubros salta a la vista. La primera sección del primer libro, que trata del capital, consta de los siguientes capítulos: 1] la mercancía; 2] el dinero o la circulación simple; 3] el capital en general. Los dos primeros capítulos constituyen el contenido del presente fascículo.” (p. 3).

Respecto al Prólogo en sí, Marx señala que fue la segunda opción, luego de la supresión de una Introducción: “He suprimido una introducción general que había esbozado, puesto que, ante una reflexión más profunda, me ha parecido que toda anticipación de los resultados que aún quedarían por demostrarse sería perturbadora, y el lector que esté dispuesto a seguirme tendrá que decidirse a remontarse desde lo particular hacia lo general.” (p. 3).

[2]  Miseria de la Filosofía constituye una respuesta a un escrito de Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) y, por tanto, posee un carácter marcadamente polémico. Si bien en ella se encuentran pasajes fundamentales para la comprensión de la teoría marxista, éstos deben entresacarse de párrafos enteros dedicados al debate con el teórico anarquista francés. Además, la obra tuvo escasa difusión. En cuanto al Manifiesto, en 1859 su circulación era todavía pequeña. Sólo a partir de las décadas de 1870 y 1880 se multiplicaron las ediciones, convirtiéndose en la obra más conocida del socialismo marxista. Por ello puede afirmarse que el Prólogo vino a llenar un vacío en la literatura socialista, al presentar en pocas líneas la teoría marxista de la sociedad.

[3] Institución de educación secundaria propia del sistema educativo alemán.

[4] Transcribo el pasaje completo: “La existencia de una clase oprimida es la condición vital de toda sociedad fundada en el antagonismo de clases. La emancipación de la clase oprimida implica, pues, necesariamente la creación de una sociedad nueva. Para que la clase oprimida pueda liberarse, es preciso que las fuerzas productivas ya adquiridas y las relaciones sociales vigentes no puedan seguir existiendo unas al lado de otras. De todos los instrumentos de producción, la fuerza productiva más grande es la propia clase revolucionaria. La organización de los elementos revolucionarios como clase supone la existencia de todas las fuerzas productivas que podían engendrarse en el seno de la vieja sociedad.” (Marx, Karl, Miseria de la Filosofía, Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1981, p. 142; el resaltado es mío). A diferencia del Prólogo, aquí la mediación política entre fuerzas productivas y relaciones de producción es mucho más fuerte, a punto tal que Marx incluye a la clase revolucionaria entre las fuerzas productivas. Si nos ceñimos a la letra del Prólogo, las fuerzas productivas materiales están constituidas por la tecnología (por ejemplo, los instrumentos de producción). En el Prólogo, la mediación política opera en un marco ya prefigurado por la tecnología; es decir, la política interviene una vez que la tecnología ha llegado a un límite tal que no puede seguir avanzando si no son reemplazadas las viejas relaciones de producción. En Miseria se enfatiza el papel de la iniciativa de la clase revolucionaria. La dinámica histórica deja de concentrarse en el nivel de la tecnología.

[5] Los discípulos del filósofo alemán G. W. Hegel (1770-1831).

[6] Plasmado en pasajes clásicos como el que sigue: “Así como no se juzga a un individuo de acuerdo a lo que éste cree ser, tampoco es posible juzgar una época semejante de revolución a partir de su propia conciencia, sino que, por el contrario, se debe explicar esta conciencia a partir de las contradicciones de la vida material, a partir del conflicto existente entre fuerzas sociales productivas y relaciones de producción.” (p. 5).

[7] Traducción española de Wenceslao Roces, incluida en: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1985). La ideología alemana. Buenos Aires: Ediciones Pueblos Unidos y Cartago. 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

CIENCIA POLÍTICA CURSO 2020 – CLASE N° 7: LOCKE

 


“Es evidente que la riqueza no es bien que buscamos,

pues es útil en orden a otro.”

Aristóteles (384-322 a. C.), filósofo griego.

 

Bienvenidas y bienvenidos a la séptima clase del curso.

John Locke (1632-1704), filósofo inglés, es uno de los fundadores del liberalismo político. Su obra Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1690) [1] es, a la vez, una justificación de la “Revolución Gloriosa” de 1688 [2] y una defensa de los principios fundamentales del liberalismo. En este curso nos corresponde trabajar varios capítulos de dicha obra. Como hicimos en su momento con el Príncipe de Maquiavelo (1469-1527), voy a proponerles un orden de lectura que no corresponde con el que figura en el cronograma. Comenzaremos con el capítulo 5 de la obra, dedicado a la propiedad. Éste constituye una pieza central en el armado de la concepción política del liberalismo, al considerar a la propiedad como un derecho natural, anterior a la sociedad política. Para justificar la existencia de la propiedad, sostiene que la misma tiene origen en el trabajo. Como el trabajo es imprescindible para la existencia humana, la propiedad es natural a la existencia de los individuos mismos. Además, Locke procura explicar la existencia de riqueza en manos de algunos individuos, recurriendo para ello a la asignación convencional de un valor a los metales preciosos. De ese modo, quienes esos metales pueden adquirir cosas en una cantidad mayor de la que precisan para vivir.

Empecemos, pues, la clase.


El trabajo como origen y fuente de la propiedad privada:

Expondremos, de manera somera, el argumento de Locke. En el origen de los tiempos, la propiedad común:

“Dios, que ha dado en común el mundo a los hombres, también les ha dado la razón, a fin de que hagan uso de ella para conseguir mayor beneficio de la vida, y mayores ventajas. La tierra y todo lo que hay en ella le fueron dados al hombre para soporte y comodidad de su existencia. (…) todos los frutos que la tierra produce naturalmente, así como las bestias que de ellos se alimentan, pertenecen a la humanidad comunitariamente, al ser productos espontáneos de la naturaleza”. (p. 56).

La propiedad común es, sin embargo, una propiedad abstracta, pues la naturaleza no se deja apropiar sin ejercer alguna acción sobre ella. En otras palabras, los frutos que la tierra produce naturalmente y los animales que se alimentan de ellos sólo pueden ser apropiados por los seres humanos si interviene una actividad que opera como mediadora entre ellos y la naturaleza. Locke lo plantea así:

“Aunque nadie tiene originalmente un exclusivo dominio privado sobre ninguna de estas cosas [los frutos y los animales] tal y como son dadas en el estado natural, ocurre, sin embargo, que, como dichos bienes están ahí para uso de los hombres, tiene que haber necesariamente algún medio de apropiárselos antes de que puedan ser utilizados de algún modo o resulten beneficiosos para algún hombre en particular. El fruto o la carne de venado que alimentan al indio salvaje, el cual no ha oído hablar de cotos de caza y es todavía un usuario de la tierra en común con los demás, tienen que ser suyos; y tan suyos, es decir, tan parte de sí mismo, que ningún otro podrá tener derecho a ellos antes de que su propietario haya derivado de ellos algún beneficio que dé sustento a su vida.” (p. 56).

La actividad que vuelve concreta a la propiedad común, y la convierte al mismo tiempo en propiedad privada, es el trabajo. El párrafo claro es el siguiente:

“Aunque la tierra y todas las criaturas inferiores pertenecen en común a todos los hombres, cada hombre tiene, sin embargo, una propiedad que pertenece a su propia persona; y a esa propiedad nadie tiene derecho, excepto él mismo. El trabajo de su cuerpo y la labor producida por sus manos podemos decir que son suyos. Cualquier cosa que él saca del estado en que la naturaleza la produjo y la dejó, y la modifica con su labor y añade a ella algo que es de sí mismo, es, por consiguiente, propiedad suya. Pues al sacarla del estado común en el que la naturaleza la había puesto, agrega a ella algo con su trabajo, y ello hace que no tengan ya derecho a ella los demás hombres.” (p. 56-57).

Sin la intervención del trabajo, así más no sea el ejercicio de la fuerza necesaria para arrancar una manzana del árbol, es imposible obtener nada de la naturaleza, aunque ella haya sido otorgada en propiedad común a los hombres. Como las personas requieren de la naturaleza para satisfacer sus necesidades, el trabajo es condición ineludible de la existencia humana. En este punto, cobra fuerza el argumento lockeano, pues al sostener que la propiedad privada tiene su origen en el trabajo, se concluye que la propiedad también es una condición permanente de la existencia humana.

El trabajo es el creador de la propiedad. Por tanto, el trabajador es el primer propietario privado de la historia:

“El trabajo, al ser indudablemente propiedad del trabajador, da como resultado que ningún hombre, excepto él, tenga derecho a lo que ha sido añadido a la cosa en cuestión, al menos cuando queden todavía suficientes bienes comunes para los demás.” (p. 57).

Locke introduce una restricción para la propiedad surgida del trabajo. El trabajador sólo puede apropiarse aquello que efectivamente pueda consumir. Si excede dicho límite, desperdicia los frutos de la tierra, pues éstos se echan a perder, y perjudica así a sus congéneres, que no pueden disfrutarlos.

“La misma ley de la naturaleza que mediante este procedimiento nos da la propiedad, también pone límites a esa propiedad. (…) Todo lo que uno pueda usar para ventaja de su vida antes de que se eche a perder será aquello de lo que esté permitido apropiarse mediantes su trabajo. Mas todo aquello que excede lo utilizable será de otros. Dios no creó ninguna cosa para que el hombre la dejara echarse a perder o para destruirla.” (p. 59).

La propiedad de la tierra se adquiere también por medio del trabajo.

“Toda porción de tierra que un hombre labre, plante, mejore, cultive y haga que produzca frutos para su uso será propiedad suya. (…) Este derecho suyo no quedará invalidado diciendo que todos los demás tienen también un derecho igual a la tierra en cuestión y que, por lo tanto, él no puede apropiársela, no puede cercarla sin el consentimiento de todos los demás comuneros, es decir, del resto de la humanidad. Dios, cuando dio el mundo comunitariamente a todo el género humano, también le dio al hombre el mandato de trabajar; y la penuria de su condición requería esto de él. Dios, y su propia razón, ordenaron al hombre que sometiera la tierra, esto es, que la mejorara para beneficio de su vida, agregándole algo que fuese suyo, es decir, su trabajo. Por lo tanto, aquel que obedeciendo el mandato de Dios sometió, labró y sembró una parcela de la tierra añadió a ella algo que era de su propiedad y a lo que ningún otro tenía derecho ni podía arrebatar sin cometer injuria.” (p. 60).

Locke responde así a una cuestión de política práctica: durante la Revolución Inglesa de la década de 1640, los diggers [Cavadores] [3] defendieron la propiedad común de la tierra y fueron duramente reprimidos. La Revolución Gloriosa consolidó el poder político de la burguesía, y la base de este poder era la propiedad privada, siendo la propiedad de la tierra el núcleo de toda propiedad. Es por ello que Locke dedica tanta atención al problema de justificar la propiedad privada de la tierra. En un país en el que abundaba la gran propiedad en manos de parásitos (me refiero aquí a los lores), es irónico que Locke afirme que la apropiación privada de la tierra tiene origen en el trabajo del productor directo. Pero el argumento tiene sentido si se tiene presente que, al principio del capítulo que estamos analizando, había postulado la propiedad en común de la tierra y de los frutos y animales que ella produce. Era preciso encontrar un medio para justificar la apropiación privada de aquello que era originalmente de propiedad común, y ese medio es el trabajo. Ahora bien, también la propiedad privada de la tierra está sometida a la condición que rige para sus frutos y para los animales que se nutren de éstos: nadie puede apropiarse de más tierra de la que precisa para satisfacer sus necesidades.

“Esta apropiación de alguna parcela de tierra, lograda mediante el trabajo empleado en mejorarla, no implicó prejuicio alguno contra los demás hombres. Pues todavía quedaban muchas y buenas tierras, en cantidad mayor de la que los que aún no poseían terrenos podían usar. De manera que, efectivamente, el que se apropiaba una parcela de tierra no les estaba dejando menos a los otros; pues quien deja al otro tanto como a éste le es posible usar, es lo mismo que si no le estuviera quitando nada en absoluto.” (p. 61).

La propiedad privada es aceptada en la medida en que no afecta la posibilidad del prójimo de hacerse también de tierra en propiedad. Y todo esto es legitimado por el trabajo sobre la tierra, que crea la propiedad para el trabajador. El problema, y Locke lo abordará más adelante, consiste en explicar: a) cómo surgió la propiedad privada de los terratenientes ingleses, que poseen muchas más tierras que las que pueden adquirir mediante su trabajo; b) cómo se justifica la apropiación privada de todas las tierras en Gran Bretaña, pues la misma deja afuera de la propiedad a muchos nativos de las islas británicas.

Pero el trabajo no sólo es creador de propiedad privada. También es creador del valor. Mucho antes que los fisiócratas [4] y que Adam Smith (1723-1790), Locke afirma el hecho fundamental de la ciencia económica: 

“Es el trabajo lo que introduce la diferencia de valor en todas las cosas. Que cada uno considere la diferencia que hay entre un acre de tierra en el que se ha plantado tabaco o azúcar, trigo o cebada y otro acre de esa misma tierra dejado como terreno comunal, sin labranza alguna; veremos, entonces, que la mejora introducida por el trabajo es lo que añade a la tierra cultivada la mayor parte de su valor.” (p. 67).

Locke aplica esta noción a la tierra misma:

“Es (…) el trabajo lo que pone en la tierra la gran parte de su valor; sin trabajo, la tierra apenas vale nada. Y es también al trabajo a lo que debemos la mayor parte de los productos de la tierra que nos son útiles. Pues lo que hace que la paja, el grano y el pan producidos por aquel acre de trigo [se refiere a un acre de trigo cultivado en Inglaterra, en contraposición a un mismo acre en territorio indígena en América] sean más valiosos que lo que pueda producir naturalmente un acre de tierra sin cultivar es enteramente un efecto del trabajo.” (p. 69).

Es el trabajo y no la tierra la que genera valor. Esto es así porque el trabajo constituye el mediador eterno entre nosotros y la naturaleza. Locke rompe así con el pensamiento feudal, que consideraba a la tierra como lo más valioso. 

Además de tomar nota de la centralidad del trabajo en la generación del valor, Locke también percibe la importancia de la división del trabajo. El párrafo que sigue puede considerarse como clásico:

“Porque no son sólo el esfuerzo de quien empuñó el arado, ni el trabajo de quien trilló y cosechó el trigo, ni el sudor del panadero las únicas cosas que hemos de tener en cuenta al valorar el pan que nos comemos, sino que también debemos incluir el trabajo de quienes domesticaron a los bueyes que sacaron y transportaron el hierro y las piedras; el de quienes fabricaron la reja del arado y dieron forma a la rueda del molino y el de quienes construyeron el horno o cualquiera de los utensilios, que son numerosísimos, empleados desde el momento en que fue sembrada la semilla hasta que el pan fue hecho. Todo debe añadirse a la cuenta del trabajo y ha de considerarse como efecto suyo.” (p. 69-70).

La valoración positiva del trabajo se contrapone al desdén de la concepción clásica (por ejemplo, Platón) hacia el mismo. Locke realiza en el plano de la filosofía política una ruptura semejante a la llevada a cabo por la física de los siglos XVI y XVII. La relevancia que le atribuye al trabajo es análoga al papel que juega el experimento en la nueva física. 

Menciona al pasar algunas consecuencias del papel que atribuye al trabajo en la sociedad moderna.

En primer lugar, la razón es concebida en términos instrumentales: 

“Dios, que ha dado en común el mundo a los hombres, también les ha dado la razón, a fin de que hagan uso de ella para conseguir mayor beneficio de la vida, y mayores ventajas.” (p. 56).

En segundo lugar, el hombre pasa a ser el homo oeconomicus, concentrado en adquirir una propiedad y en maximizar sus ganancias.

“Dios (…) ha dado el mundo para que el hombre trabajador y racional lo use; y es el trabajo lo que da derecho a la propiedad, y no los delirios y la avaricia de los revoltosos y los pendencieros.” (p. 61).

En tercer lugar, el Estado debe dedicarse al crecimiento de la riqueza, mediante el desarrollo de la capacidad productiva del trabajo:

“[Es] preferible tener muchos hombres a tener vastos dominios; el aumento de tierras y el derecho de emplearlas es el gran arte del príncipe; (…) un príncipe que sea prudente y que, mediante leyes que garanticen la libertad, proteja el trabajo honesto de la humanidad y dé a los súbditos incentivo para ello, oponiéndose al poder opresivo y a las limitaciones de partido, pronto se convertirá en alguien demasiado fuerte como para que sus vecinos puedan competir con él.” (p. 69).


El dinero y la acumulación desigual de riqueza

Pero Locke no se limita a sostener que el trabajo genera la propiedad privada. Si sólo hiciera esto, su defensa del orden burgués quedaría trunca, pues el desarrollo de la economía mercantil implica la acumulación diferencial de riqueza o, dicho en otros términos, la diferencia creciente de riqueza entre las distintas clases sociales. En este caso, su problema consiste en encontrar un elemento, diferente del trabajo, que permita acumular tierra y otras cosas en grandes cantidades, independizándose así de los límites de la acumulación por el propio trabajo.

El dinero es la respuesta propuesta por Locke a la acumulación desigual de riqueza en la sociedad.

“El oro, la plata y los diamantes son cosas que han recibido su valor del mero capricho o de un acuerdo mutuo; pero son de menos utilidad para las verdaderas necesidades de la vida. (…) de estos objetos durables [los metales preciosos] podía acumular tantos como quisiese, pues lo que rebasaba los límites de su justa propiedad no consistía en la cantidad de cosas poseídas, sino en dejar que se echaran a perder, sin usarlas, las que estaban en su poder. (…) Así fue como se introdujo el uso del dinero: una cosa que los hombres podían conservar sin que se pudriera, y que, por mutuo consentimiento, podían cambiar por productos verdaderamente útiles para la vida, pero de naturaleza corruptible. (…) Y así como los diferentes grados de laboriosidad permitían que los hombres adquiriesen posesiones en proporciones diferentes, así también la invención del dinero les dio la oportunidad de seguir conservando dichas posesiones y de aumentarlas.” (p. 72-73).

El trabajo es el creador de propiedad privada, pero pone severas limitaciones a la misma. No se puede apropiar aquello que no puede ser consumido por el apropiador. Está claro que la burguesía no puede surgir de este modo. Locke introduce pues la cuestión de los metales preciosos, cuyo valor es establecido por convención y que, justamente por ser “inútiles” para el sostenimiento de la propia existencia, pueden ser acumulados sin perjudicar la propiedad comunal de los demás. Pero nos pide, a la vez, que aceptemos que esos bienes especiales sirven para acumular bienes perecederos y tierras. En otras palabras, es la propia voluntad de las personas la que crea tanto la riqueza como la riqueza.

“Ahora bien, como el oro y la plata, al ser poco útiles para la vida de un hombre en comparación con la utilidad del alimento, del vestido y de los medios de transporte, adquieren su valor, únicamente, por el consentimiento de los hombres, siendo el trabajo lo que, en gran parte, constituye la medida de dicho valor, es claro que los hombres han acordado que la posesión de la tierra sea desproporcionada y desigual. Pues mediante tácito y voluntario consentimiento, han descubierto el modo en que un hombre puede poseer más tierra de la que es capaz de usar, recibiendo oro y plata a cambio de la tierra sobrante; oro y plata pueden ser acumulados sin causar daño a nadie (…) Esta distribución desigual de las cosas según la cual las posesiones privadas son desiguales ha sido posible al margen de las reglas de la sociedad y sin contrato alguno; y ello se ha logrado, simplemente, asignando un valor al oro y a la plata, y acordando tácitamente la puesta en uso del dinero”. (p. 74).

La propiedad privada y su distribución desigual se originan en el estado de naturaleza. Son anteriores a la sociedad y al Estado. Ningún elemento de violencia entra en constitución. En este sentido, Locke formula la versión burguesa del origen del capital. Mucho tiempo después, en 1867, Karl Marx (1818-1883) sometería a una crítica implacable a dicha versión en El Capital (1867).

Ya sabemos cómo concibe Locke el origen de la propiedad privada. Ahora bien, ¿qué ocurre con el Estado? Para saber la respuesta es preciso pasar a los capítulos 8 y 9 del Tratado.


El Estado según Locke

La concepción del Estado desarrollada por Locke en el Segundo Tratado cobra sentido si se tienen en cuenta dos cuestiones: a) la obra es un libro de combate, escrito para justificar el orden político emanado de la Revolución Gloriosa de 1688, que consolidó la dominación de la aristocracia burguesa y de la burguesía aristocrática en Inglaterra; b) el punto de vista individualista metodológico del autor, según el cual el individuo es la clave para explicar la sociedad.

En el Segundo Tratado confluyen la defensa de la Revolución Burguesa y el desarrollo del individualismo como fundamento de la ideología política de la clase burguesa. 

Parafraseando a la Biblia, en el principio era el estado de Naturaleza. Se trata de un estado anterior a la sociedad, en el que los individuos viven libres de toda sujeción social o estatal. Tal como plantea en el capítulo 5, la propiedad surge en el EN a partir del trabajo. Los individuos que viven en estado de naturaleza son libres, iguales e independientes. 

No corresponde discutir aquí la cuestión de la historicidad del EN. Basta decir que adoptamos la tesis de que se trata de una ficción dirigida a exponer con mayor claridad el punto de vista individualista acerca de la sociedad, pues a partir de postular la existencia de dicho estado es posible aislar las características de la NH y plantear la manera en que ellas influyen en el surgimiento y las características de la sociedad. 

El tratamiento del EN por Locke difiere del llevado a cabo por Thomas Hobbes (1588-1679) en el Leviatán. Mientras que para el segundo se trata de un estado de guerra de todos contra todos, en el que es imposible la existencia de la propiedad, para Locke se trata de un estado de libertad e igualdad, donde florece la propiedad a partir del trabajo. El EN según Locke es una especie de paraíso de la burguesía. Sin embargo, el EN es inestable y más tarde o más temprano obliga a la constitución de una sociedad política.

“Así, la humanidad, a pesar de todos los privilegios que conlleva el estado de naturaleza, padece una condición de enfermedad mientras se encuentra en tal estado; y por eso se inclina a entrar en sociedad cuanto antes. Por eso sucede que son muy pocas las veces que encontramos grupos de hombres que viven continuamente en estado semejante.” (p. 136).

¿Cuáles son las causas que impiden la continuidad del EN?

Locke responde a esta pregunta en el capítulo 9 de la obra. En primer lugar, esboza una respuesta general a la cuestión:

“…aunque en el estado de naturaleza tiene el hombre todos esos derechos, está, sin embargo, expuesto constantemente a la incertidumbre y a la amenaza de ser invadido por otros. Pues como en el estado de naturaleza todos son reyes lo mismo que él, cada hombre es igual a los demás; y como la mayor parte de ellos no observa estrictamente la equidad y la justicia, el disfrute de la propiedad que un hombre tiene en un estado así es sumamente peligroso. Esto lo lleva a querer abandonar una condición en la que, aunque él es libre, tienen lugar miedos y peligros constantes…” (p. 134).

El buen burgués que vive en EN, “el hombre trabajador y racional” que construye su propiedad con su propio trabajo, siente que el piso se mueve bajo sus pies. La libertad y la igualdad de que disfruta en el EN se muestran demasiado frágiles, su independencia se viste de precariedad. Todo ello porque los individuos no observan ni la equidad ni la justicia. Nuestro individualista metodológico descubre bien pronto que el individuo separado de la sociedad es muy difícil de manejar y que es preciso situarlo cuanto antes en un contexto social. 

Locke menciona, además, tres problemas específicos del EN: a) la ausencia de “una ley establecida, fija y conocida” (p. 135); b) la inexistencia de “un juez público e imparcial, con autoridad para resolver los pleitos que surjan entre los hombres, según la ley establecida” (p. 135); c) la falta de un “poder que respalde y dé fuerza a la sentencia cuando ésta es justa, a fin de que se ejecute debidamente”. (p. 135).

Todos los problemas mentados en el párrafo precedente remiten a la propiedad privada, el tema que provoca los desvelos de Locke. La propiedad privada, originada en el propio trabajo, se vuelve una pesadilla en el EN, pues no existe un Estado capaz de defenderla frente a “los delirios y la avaricia de los revoltosos y los pendencieros” (p. 61). La tan alabada independencia y libertad del EN es dejada de lado porque hay que asegurar como sea el propio patrimonio. El liberalismo se muestra, en sus mismos orígenes, como lo que es: una ideología de la clase propietaria en la sociedad capitalista.

 

Locke concibe a la propiedad como algo que va mucho más allá de la mera posesión de cosas. Aclara expresamente que da el nombre de propiedad a las vidas, libertades y posesiones de las personas. La vida y la libertad son inseparables de la propiedad. Locke formula aquí la esencia de la sociedad capitalista: la propiedad es la llave para gozar de los frutos del trabajo social; el no propietario se encuentra fuera de la sociedad y su vida y su libertad son abstractas, carecen de concreción, en la medida en que no se apoyen en la propiedad.

El Estado (la sociedad política) viene a calmar la ansiedad del buen burgués que vive en EN. Huelga decir que el Estado tiene por objetivo fundamental la protección de la propiedad privada:

“…el grande y principal fin que lleva a los hombres a unirse en Estados y ponerse bajo un gobierno es la preservación de su propiedad, cosa que no podían hacer en el estado de naturaleza…” (p. 135).

Pero el burgués desconfía también del Estado. Al fin y al cabo, la experiencia política inglesa le había mostrado que los reyes eran propensos a meter mano en la propiedad privada a través, por ejemplo, de los impuestos. El escenario político posterior a la Revolución Gloriosa exigía limitar la potestad del Estado sobre la propiedad privada. En este sentido, Locke está obligado a construir una argumentación diferente a la de Hobbes, para quien es el Estado quien crea a la propiedad.

Aquí es donde entra a jugar, nuevamente, el individualismo metodológico de Locke. Ya indicamos que los individuos son libres e iguales en el EN. Por tanto, sólo pueden salir de este estado mediante su consentimiento:

“Al ser los hombres (…) todos libres por naturaleza, iguales e independientes, ninguno puede ser sacado de esa condición y puesto bajo el poder político de otro sin su propio consentimiento.” (p. 111).

Así como en el capítulo 5 de la obra la desigualdad en la propiedad no obedece a la violencia sino al consentimiento de las personas, que resuelven darle un valor determinado al oro y la plata, también la creación del Estado está desprovista de violencia. Son las personas, en pleno ejercicio de su libertad e igualdad, que resuelven erigir un Estado, una sociedad política:

“El único modo en que alguien se priva a sí mismo de su libertad natural y se somete a las ataduras de la sociedad civil  es mediante un acuerdo con otros hombres, según el cual todos se unen formando una comunidad, a fin de convivir los unos con los otros de una manera confortable, segura y pacífica, disfrutando sin riesgo de sus propiedades respectivas y mejor protegidos frente a quienes no forman parte de dicha comunidad.” (p. 111).

Cabe comentar que el EN, presentado inicialmente como una apoteosis de la libertad y la igualdad, se muestra muy mezquino en sus resultados, pues el buen burgués se pecha por dar el consentimiento a la constitución de un Estado. Pero nuestro burgués está en sus cabales. A su naturaleza egoísta sólo le interesa la propiedad. Él sabe de sobra que, sin propiedad, la vida es puro cuento. De la argumentación de Locke se desprende con claridad que la comunidad que se constituye mediante el contrato es la comunidad de los propietarios; los no propietarios, mal que les pese a los filántropos, quedan fuera del ordenamiento social racional. 

El contrato, una institución central en la circulación de las mercancías, se convierte en factor decisivo para la constitución de la sociedad política:

“En rigor, nada puede hacer de un hombre un súbdito, excepto una positiva declaración, y una promesa y acuerdo expresos. Esto es lo que pienso acerca del origen de las sociedades políticas y del consentimiento que hace a una persona miembro de un Estado.” (p. 133).

La entronización del contrato como factor primordial en el surgimiento del orden político cristaliza la ruptura con la filosofía política clásica. La sociedad deja de ser la forma de vida natural de los seres humanos y se transforma en un ente artificial, creado por la voluntad de los individuos expresada en el contrato.

“…el comienzo de la sociedad política depende del consentimiento de los individuos, los cuales se juntan y acuerdan formar una sociedad; (…) cuando están así incorporados, establecen el tipo de gobierno que les parece más adecuado.” (p. 119).

Como era de esperarse, los individuos que acuerdan formar una sociedad política tienen como principal objetivo la defensa de la propiedad. 

Transformada la sociedad en una construcción artificial, desgajado el individuo del marco social en el que se constituye como persona, santificada la indiferencia recíproca de las personas como un valor en sí mismo, reemplazada la violencia por el consentimiento, todo queda despejado para la marcha sin tropiezos del orden burgués.

En la próxima clase terminaremos el análisis del Segundo Tratado.

Muchas gracias por la paciencia.

 

Villa del Parque,  miércoles 16 de septiembre de 2020


ABREVIATURAS:

EN = Estado de naturaleza / NH = Naturaleza humana / SH = Ser humano (o seres humanos)


NOTAS:

[1] Todas las citas de la obra han sido tomadas de la traducción de Carlos Mellizo: Locke, J. (2000). Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil: Un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin del Gobierno Civil. Madrid: Alianza.

[2] Se denomina así a un episodio de la historia inglesa, que representó la consumación de las revolución burguesa en ese país. El derrocamiento del monarca Jacobo II (1633-1701) y la asunción al trono de Guillermo de Orange (1650-1702) terminó con la monarquía absoluta y consolidó el régimen parlamentario. La burguesía se aseguró así el control del poder político.