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miércoles, 18 de julio de 2018

FICHA: KATZ, RICHARD S. Y MAIR, PETER. “EL PARTIDO CARTEL: LA TRANSFORMACIÓN DE LOS MODELOS DE PARTIDOS Y DE LA DEMOCRACIA DE PARTIDOS” (1995)


Richard S. Katz (n. 1947) es un politólogo estadounidense. Peter Mair (1951-2011) fue un cientista político irlandés, profesor de Política Comparada en el Instituto Universitario Europeo de Florencia (Italia). Ambos se especializaron en el estudio de los partidos políticos. En el artículo “Changing Models of Party Organization and Party Democracy. The Emergence of the Cartel Party”, publicado por primera vez en PARTY POLITICS, 1, 1995: 5-27, desarrollaron la tesis del surgimiento de un nuevo tipo de partido político, el partido cartel.

Para la redacción de esta ficha trabajé con la traducción española de María Jiménez Buedo: “El partido cartel. La transformación de los modelos de partidos y de la democracia de partidos”, publicada en la revista ZONA ABIERTA, núms. 108-109, pp. 9-39.

Introducción (pp. 9-10)

Desde los tiempos de Moisey Ostrogorsky (1854-1921), la literatura sobre los partidos políticos (PP a partir de aquí) está marcada por la tendencia a clasificar a los PP en base a su relación con la sociedad civil. Esto tuvo dos consecuencias: a) el partido de masas (PM a partir de aquí; también llamado modelo de partido socialista) aparece como el modelo estándar; b) se subestima la influencia que puede ejercer en los PP su relación con el Estado.

Los autores sostienen que ambas consecuencias son erróneas, pues el PM está vinculada a una concepción de la democracia y a una visión de la estructura social, ambas caducas en las sociedades post-industriales. Además, hay una concepción del proceso lineal del desarrollo de los PP, que lleva a pensar que el PM está condenado a la estabilidad o el declive.

Katz y Mair elaboran su trabajo en base a dos supuestos: a) la evolución de los PP en las democracias occidentales refleja un proceso dialéctico en el que cada nuevo tipo de partido genera una reacción que produce un nuevo desarrollo, y que lleva a su vez a otro nuevo tipo de partido; b) esta dialéctica surge tanto a partir de los cambios en la sociedad civil como de las transformaciones en las relaciones entre los PP y el Estado. (p. 10).

A partir de la simbiosis cada vez más estrecha entre los PP y el Estado surgió un nuevo tipo de partido: el partido cartel (PC a partir de aquí), que implica una concepción particular de la democracia.

El partido de masas y el partido catch-all (pp. 11-14)

El PM [1] se basa en dos supuestos:

1)    “Las unidades fundamentales de la vida política están constituidas por grupos sociales predefinidos de contornos precisos, y la pertenencia a éstos afecta a todos los aspectos de la vida del individuo. (…) La política está fundamentalmente basada en la competición, el conflicto y la cooperación de estos grupos, y los PP son los agentes mediante los cuales estos grupos, y por lo tanto, sus miembros, participan en la política, formulan sus demandas al Estado y, en última instancia, intentan controlar el Estado mediante la colocación de sus representantes en puestos clave. Cada uno de estos grupos tiene un interés, que se articula en el programa de «su» partido. (…) este programa no es un mero conjunto de políticas, sino un todo coherente y lógicamente conectado. De esta manera, la unidad y disciplina del partido no sólo son ventajosas desde una perspectiva pragmática, sino también normativamente legítimas. Esta legitimidad depende, a su vez, de la implicación popular en la formulación del programa del partido y, desde una perspectiva organizativa, esto conlleva  la necesidad de una estructura de agrupaciones locales o células que canalicen el input de las masas hasta el seno del partido en los procesos de formulación de las políticas. La implicación popular (…) conlleva la necesidad de la supremacía de la dimensión extra-parlamentaria del partido, tal y como se articula en los congresos de los partidos.” (p. 11).

2)    Permite el control popular prospectivo de las políticas, pues los votantes apoyan a uno u otro partido en función de un programa preciso y el partido que obtiene mayoría de votos accede al gobierno. Los PP son “el vínculo esencial entre los ciudadanos y el Estado” (p. 12). La competencia electoral está basada en la movilización y no en la conversión; por ello, el requisito clave para el éxito de un partido “es el de aumentar el nivel de compromiso de aquellos que ya están dispuestos a ofrecer su apoyo – o sea, los miembros de su electorado «natural».” (p. 12). Muchos analistas pensaron que se generaría un efecto contagio entre los PP representantes de otros intereses, y que el PM terminaría por ser el partido del futuro.

Otto Kirchheimer (1905-1965) estudió un nuevo tipo de organización política, el “partido catch-all” [2], que puso en cuestión la concepción del partido = representante de sectores sociales predefinidos. Katz y Mair consideran que este nuevo modelo fue la consecuencia de tres causas: a) la dificultad para identificar grupos diferenciados dentro del electorado con intereses comunes a largo plazo, a raíz del desdibujamiento paulatino de las líneas de división sociales en las décadas de 1950 y 1960 [3]; b) los programas electorales se proclamaron al servicio de todos o casi todos [4], a partir del crecimiento económico y del fortalecimiento del Estado de Bienestar; c) los políticos pudieron hacer llamamientos al conjunto del electorado, dado el desarrollo de los medios de comunicación, y el electorado pasó a comportarse más como consumidor que como participante activo. Este nuevo modelo generó una nueva concepción de la democracia, según la cual “pasó a considerarse que las elecciones se reducían fundamentalmente a optar entre líderes y no entre políticas o programas, mientras que la formulación de esas mismas políticas pasó a ser la prerrogativa de las elites más que de los militantes. El control popular y su capacidad para pedir cuentas a los políticos dejaron de asegurarse prospectivamente sobre la base de alternativas claramente definidas, para pasar a ser retrospectivas, basadas en la experiencia y el historial.” (p. 13). El comportamiento electoral pasó a ser concebido como producto de una elección. Se dejó de lado el énfasis en la movilización y en la conversión de los votantes, quienes pasaron a ser pensados como flotantes, carentes de compromisos, susceptibles de ser captados por cualquiera de los partidos en competición. Como los PP seguían siendo analizados a partir de su vínculo con la sociedad civil, y este vínculo se estaba debilitando, se produjo la eclosión de toda una literatura sobre el “declive de los partidos”.

Las fases del desarrollo de los partidos (p. 14-24)

El PM y el partido catch-all son modelos que tienen como punto de partida la concepción del Estado “como una arena neutral, no partidista” (p. 14).

Katz y Mair proponen estudiar las relaciones entre los PP, el Estado y la Sociedad Civil en su proceso evolutivo desde mediados del siglo XIX. Distinguen cuatro estadios:

v  Régimen censitario liberal (finales del siglo XIX y principios del XX). Sufragio de requisitos restrictivos. Limitación de la actividad política de los no propietarios. La distinción entre Sociedad Civil y Estado se hallaba difuminada, pues los segmentos políticamente relevantes de la primera y la población que ocupaba posiciones de poder en el Estado se hallaban íntimamente relacionados. La concepción de la política se basaba en la existencia de un único interés nacional [El interés de la clase dominante – AM]. Los PP eran grupos de hombres (de cuadros o de notables) que postulaban sus intereses privados como el interés público. No era necesaria una organización formal o muy estructurada. Los recursos para las campañas electorales se recaudaban a nivel local. Los que estaban en posición de elevar sus demandas al Estado no precisaban intermediario alguno.

v  Régimen de partidos de masas. La combinación de industrialización, urbanización y organización de la clase obrera condujeron a una mayor separación entre el Estado y la Sociedad Civil políticamente relevante (mucho más grande que el estadio anterior). Para un número creciente de individuos, que no tenía conexiones con quienes controlaban el Estado, éste último pasó a ser entendido en términos de “ellos”, no de “nosotros”. Surgió el PM, entre los elementos de la Sociedad Civil recién activados y, generalmente, desposeídos del derecho al voto. Obtuvo su fuerza de la cantidad de afiliados, compensando la falta de financiación individual a gran escala con una suma de pequeños aportes, la falta de individuos influyentes con la acción colectiva y organizada, y la falta de acceso a la prensa comercial con una prensa partidaria. Sus dirigentes tenían su principal base de apoyo y no fuera de él. Se trató de PP que explícitamente se atribuyeron la representación de un sector específico de la sociedad. Eran PP con fuerte cohesión partidaria y disciplina. Era “el foro en el que se articulaba el interés político del grupo social al que representaba.” (p. 17). Cambió la definición de lo políticamente apropiado; se modificó la relación entre los ciudadanos/votantes y el Estado. “Las elecciones se transformaron para acabar siendo una selección de «delegados» más que de tutores, y por lo tanto, dejaron de ser meros vehículos mediante los cuales el electorado consentía en ser gobernado por los políticos electos para pasar a ser el instrumento mediante el cual podía exigírsele al gobierno que rindiera cuentas ante el pueblo.” (p. 18). Estado y Sociedad Civil quedaron claramente separados; el PP fue el vínculo entre ellos. El desarrollo de los PM provocó una grave crisis en los partidos de notables, que debieron transformarse para sobrevivir. Como resultado: los partidos tradicionales se convirtieron en organizaciones formalmente parecidas a los PM, pero continuaron haciendo hincapié en la independencia de las actividades parlamentarias del partido; la organización de masas sirvió de apoyo del partido en el Parlamento. Procuraron obtener militantes de todas las clases sociales; esto les sirvió para mantener la idea de que defendían un único interés nacional. Esta fue la base del partido catch-all. Por otra parte, el propio éxito de los PM fue causa de su decadencia. Sus líderes comenzaron a desarrollar las estructuras partidarias en el sentido de partidos catch-all.

v  Régimen de partido catch-all. Tanto los partidos de derecha como de izquierda adoptan este modelo de partido. Militar en un partido pasa a ser una de las muchas causas independientes entre sí a las que puede decidir adherir un individuo. El PP incorpora militantes de todos los sectores sociales y recluta afiliados en función de la afinidad programática y no de la identidad social. En las campañas electorales, en vez de movilizar una base electoral fija, desarrollan una estrategia ofensiva, dirigida a captar a un electorado más amplio. Aquí, el desarrollo de la televisión, por ejemplo, obliga “a los partidos a dirigirse directamente a los votantes mediante llamamientos universalistas, en lugar de comunicarse con ellos a través de sus apoyos electorales de base.” (p. 21). “En este modelo, los partidos dejan de ser los agentes de la sociedad civil que penetran el Estado y actúan sobre él, para pasar a ser más los intermediarios entre la sociedad civil y el Estado, con el partido en el gobierno llevando una existencia desdoblada. Por un lado, los partidos agregan las demandas de la sociedad civil y las presentan ante la burocracia estatal, mientras que, por otro, constituyen los agentes de esa burocracia en su defensa de las políticas ante el público.” (p. 21). La mayoría de los grupos de la Sociedad Civil esperan que sea posible colaborar con cualquiera que sea el partido en el gobierno. Esta concepción de los partidos como intermediarios coincidió con la concepción pluralista de la democracia, desarrollada entre otros por R. A. Dahl (1915-2014): “desde esta perspectiva, la democracia se basa fundamentalmente en las negociaciones y el encaje de intereses independientemente organizados. Los partidos construyen con estos intereses coaliciones en continua mutación, y es vital que cada uno de los partidos esté abierto a diversos intereses para poder cumplir su función como facilitadores de pactos y garantes que impidan la explotación abusiva de unos grupos sobre otros. Los procesos electorales consisten en la elección de un equipo de líderes más que el concurso entre grupos sociales cerrados o ideologías fijas.” (p. 22). La concepción de los PP como intermediarios tiene las siguientes implicaciones: a) los PP pueden tener intereses distintos de los de sus clientes de ambos lados; b) los PP pueden obtener una comisión por sus servicios; c) la capacidad del PP para desempeñarse como intermediario requiere de “habilidad para manipular el Estado en interés propio” (p. 23).

v  Régimen de partido cartel. Producto del paulatino acercamiento de los PP al Estado, que termina en la transformación de éstos en parte del aparato mismo del Estado. Esta es la dirección en la que se encaminan los PP de las democracias modernas desde mediados de la década de 1970: tesis Katz-Mair.

Los partidos y el Estado (pp. 24-26)

El anclaje de los partidos dentro del Estado obedece a varias causas. Hay un declive de la participación en la actividad partidista; las personas prefieren invertir sus esfuerzos en otros grupos, en los que pueden desempeñar un rol más activo. Se desarrollan los single-issues groups, grupos centrados en un único tema de movilización. Además, los PP se han visto obligados a buscar recursos en otra parte; en este sentido, el Estado aparece como la mejor fuente de financiamiento.

“En resumen, el Estado, invadido por los partidos, con las reglas que lo rigen, determinadas por los partidos, deviene una fuente de recursos mediante la cual estos partidos no sólo pueden asegurar su propia supervivencia, sino que también es un instrumento mediante el cual pueden reforzar su capacidad de resistencia ante los retos que surgen de alternativas de movilización reciente. En este sentido, el Estado se convierte en una estructura institucionalizada de apoyo, respaldando a los insiders y excluyendo a los outsiders. Los partidos pasan a ser absorbidos por el Estado, dejando de ser meros intermediarios entre la sociedad civil y el Estado. Habiendo anteriormente asumido el papel de tutores, más tarde de delegados, y después, en el apogeo del partido catch-all, de empresarios, los partidos se han convertido en agencias semi-estatales.” (p. 25).

En base a lo anterior, se comprende que los resultados electorales pasan a ser determinantes para la sobrevivencia de los PP, dado que ese resultado es central al momento de establecer su acceso a los recursos del Estado. Pero puede ocurrir que, en vez de competir por los recursos estatales, se forma un cartel, “cuando todos los partidos comparten recursos y todos ellos subsisten.” (p. 26).

El surgimiento de los partidos cartel (pp. 26-28)

Katz y Mair apuntan que las diferencias en la posición material entre partidos ganadores y perdedores “se han reducido dramáticamente” (p. 26). En muchos casos, el acceso a los recursos no está determinado por el acceso al gobierno, pues diversos regímenes constitucionales favorecen con más medios económicos a los PP que se encuentran en la oposición.

El PC está “caracterizado por la interpenetración entre el partido y el Estado, y por un patrón de colusión inter-partidista.” (p. 27). Para funcionar, el sistema requiere de acuerdos de casi todos los participantes relevantes. Los autores señalan que el proceso se halla recién en sus inicios.

Las características del Partido Cartel (p. 28-34)

El criterio más eficaz para distinguir entre los distintos tipos de PP es el contexto social y político concreto en que se desarrolló cada modelo. Hay que tener en cuenta, además, que cada modelo no desaparece cuando emerge el siguiente; así, por ejemplo, en la actualidad subsisten partidos catch-all junto a PC.

Algunas características clave han ido variando con el tiempo. Es el caso de los fines de la política y la base de la competición partidista: “con el surgimiento de los partidos cartel, se inicia un período en el que los fines de la política, al menos por ahora, se hacen más auto-referenciales, y la política deviene una profesión en sí misma – una profesión cualificada, claro está, y en la que la competición partidista limitada que se produce se basa en la lucha por convencer al electorado de que el partido en cuestión es la opción que garantiza mejor una gestión más efectiva y eficiente.” (p. 29). En lo referente a la competencia electoral, “con el surgimiento del partido cartel, la competición queda una vez más contenida y manejada. (…) los partidos siguen compitiendo, pero lo hacen a sabiendas de que comparten con sus contendientes el interés común de la supervivencia organizativa colectiva, y en algunos casos, incluso el incentivo positivo ligado a la no competición.” (p. 32).´

La democracia y los partidos cartel (pp. 34-36)

El PC está asociado a una revisión del modelo normativo de democracia: “En este modelo revisado, la esencia de la democracia yace en la posibilidad de que los votantes puedan elegir entre un menú fijo de partidos políticos. Los partidos son grupos de líderes que compiten por la posibilidad de ocupar cargos gubernamentales y por ser, en las siguientes elecciones, responsables de la actuación del gobierno. (…) La democracia reside en que las elites satisfagan las preferencias del público, y no en la implicación pública en el proceso de formulación de las políticas. Los votantes deben interesarse por los resultados más que por las políticas, que son del dominio de los profesionales. Los partidos son asociaciones de profesionales y no asociaciones de, o para, los votantes.” (p. 35).

Con el desarrollo del PC, desaparece la frontera entre quienes están “dentro” del gobierno y quienes están “fuera”. En rigor, ningún PP está “fuera”. De este modo, las elecciones dejan de ser un mecanismo de control sobre los gobernantes (que temen al “voto castigo” de los votantes) y pasan a ser “el procedimiento por el cual los gobernantes controlan a los gobernados, y no al contrario.” (p. 35).

“Las democracia se convierte en una manera de alcanzar la estabilidad social y no tanto el cambio social, y las elecciones se convierten en «solemnes» procedimientos constitucionales. (…) la democracia deja de ser vista como un proceso por el cual la sociedad civil impone límites o controles al Estado, y pasa a ser un servicio que el Estado proporciona a la sociedad civil.” (35).

Katz y Mair sintetizan el significado de las elecciones en el estadio del PC: “Los gobernantes, para poder actuar de manera satisfactoria para la mayoría, necesitan información por parte de los gobernados, y las elecciones competitivas, que indican satisfacción (o insatisfacción) con las políticas y los resultados, proporcionan esta información. Por eso el Estado organiza elecciones competitivas. Y dado que las elecciones democráticas (…) requieren partidos políticos, el Estado también proporciona (o garantiza la existencia) de partidos políticos. Al final, claro está, son los partidos en el poder los que conforman el Estado y dan este servicio, y por tanto es su propia existencia la que se está garantizando.” (p. 36). A esto hay que agregarle, que la competencia entre PP es limitada mediante subvenciones y ayudas a todos. La política deja de ser una vocación y se convierte en una carrera profesional. (p. 36).

Los desafíos al partido cartel (pp. 36-39).

Los autores señalan dos dificultades para los PC: a) la aparición del “neocorporativismo”, es decir, la canalización de demandas a través de sindicatos y de cámaras empresarias; b) el surgimiento de partidos de ultra derecha que se proclaman enemigos del régimen de “amigos” conformado por los PC.

Por último, Katz y Mair se resisten a hablar de “declive” de los PP. Reconocen que las lealtades partidistas son menos intensas, que los porcentajes de simpatizantes son menores, que las identidades políticas se encuentran menos diferenciadas. De hecho, cabe hablar de crisis si nos referimos al PM. Sin embargo, si tomamos en cuenta el PC, éste se halla fortalecido por la relación con el Estado.


Villa del Parque, miércoles 18 de julio de 2018



NOTAS:

[1] El PM es definido como “un partido de la sociedad civil, que emana de alguno de los sectores del electorado, y que pretende penetrar el Estado y modificar las políticas públicas en el interés a largo plazo de aquellos sectores del electorado ante los que ha de rendir cuentas.” (p. 14).
[2] Es caracterizado así: “al no nacer como un partido de la sociedad civil, sino como uno que se sitúa entre la sociedad civil y el Estado, también pretende influir sobre el Estado desde fuera, mediante el control temporal de las políticas públicas con el fin de satisfacer, a corto plazo, las demandas de sus pragmáticos consumidores.” (p. 14).
[3] Cabe recordar que la primera oleada de entusiasmo académico por el “fin de las ideologías” se produjo en la década de 1950, al calor de la supremacía económica y militar de los EE. UU. Desde un punto de vista marxista, el “desdibujamiento” de las barreras de clase es insostenible, puesto que sigue imperando el capitalismo y la relación capital – trabajo es primordial. En todo caso, la tesis del “desdibujamiento” toma ciertos elementos (el crecimiento de las nuevas clases medias, el mejoramiento de las condiciones de vida de ciertos estratos de la clase trabajadora) y los convierte en base de la apología de una supuesta “sociedad post-industrial”, que no es otra cosa que una defensa rabiosa del capitalismo. Eso no quita, por supuesto, la necesidad de estudiar todos estos fenómenos. Mirar para otro lado es una actitud que carece de utilidad teórica y política.
[4] A esta altura del partido, resulta hasta candoroso que los autores no pongan siquiera comillas en la expresión los programas electorales se proclamaron “al servicio de todos”. Es más realista indicar que se trata de una estrategia para ganar votantes en el marco de un sistema que es competitivo en la medida en que ninguno de los participantes cuestione las bases del sistema capitalista. En este sentido, en el artículo casi no se examina la cuestión fundamental de las transformaciones económicas experimentadas por el capitalismo a partir de 1945.

miércoles, 11 de julio de 2018

FICHA: BOBBIO, NORBERTO. “EL FUTURO DE LA DEMOCRACIA” (1983)


Se trata de un texto basado en la conferencia pronunciada por Norberto Bobbio (1909-2004) en el Palacio de las Cortes de Madrid, en noviembre de 1983. Luego, corregida y aumentada, sirvió para la disertación introductoria presentada por el politólogo italiano en el Congreso Internacional “Ya empezó el futuro”, celebrado en Locarno en mayo de 1984.

A continuación presento al lector mi ficha de lectura, basada en la siguiente edición: Bobbio, Norberto. (1986). El futuro de la democracia. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. (pp. 13-31). Traducción española de José F. Fernández Santillán.

[Antes de comenzar la ficha propiamente dicha, considero necesario escribir unas palabras sobre el punto de vista adoptado por Bobbio para estudiar la democracia. En este sentido, es característica la escisión entre “lo político” y “lo económico”. Bobbio considera que la democracia moderna tiene origen en las mentes de algunos filósofos políticos y que su éxito o fracaso debe medirse en función de esas ideas. No explora, en cambio, la relación entre el desarrollo del modo de producción capitalista y la expansión de la democracia. Al respecto, considero mucho más fructífero el camino esbozado por Marx, a partir de la constatación de que en el capitalismo la dominación está basada en la coerción económica y tiene un carácter impersonal. Bobbio, al escindir lo económico y lo político, hace suya la distinción entre Sociedad Civil y Sociedad Política, cuyo análisis fue realizado por Marx en su célebre artículo “Sobre la cuestión judía” (1844). Si se considera a lo político y a lo económico como aspectos de una misma totalidad, estamos obligados a reformular la evaluación de Bobbio acerca de los “fracasos” de la democracia.]


Bobbio comienza su discurso afirmando que no sabe cuál puede ser el futuro de la democracia. Su objetivo es otro: “En esta disertación mi intención es pura y simplemente la de hacer alguna observación sobre el estado actual de los regímenes democráticos (…) Tanto mejor si de estas observaciones se pueda extrapolar una tendencia en el desarrollo (o involución) de estos regímenes, y por tanto intentar algún pronóstico cauteloso sobre su futuro.” (p. 13).

Para llevar adelante su cometido, el autor se ve obligado a establecer una definición mínima de la democracia. Comienza por lo básico: “Todo grupo social tiene necesidad de tomar decisiones obligatorias para todos los miembros del grupo con el objeto de mirar por la propia sobrevivencia, tanto en el interior como en el exterior.” (p. 14). Ahora bien, esta toma de decisiones se realiza en forma democrática cuando está “caracterizada por un conjunto de reglas (primarias o fundamentales) que establecen quién está autorizado para tomar las decisiones colectivas y bajo qué procedimientos.” (p. 14). Precisamente la existencia de este conjunto de reglas separa a las formas democráticas de las formas autocráticas de toma de decisiones. Bobbio fundamenta la importancia de las reglas argumentando que las decisiones siempre son tomadas por individuos, nunca por el colectivo en su conjunto.

La definición mínima de democracia incluye tres elementos:

1)    En cuanto a los sujetos que toman las decisiones colectivas, un régimen democrático se caracteriza porque el número elevado de personas que tienen esa atribución. Nunca son todos (por ejemplo, no votan los menores de edad).

2)    En cuanto a la modalidad de la decisión, “la regla fundamental de la democracia es la regla de la mayoría, o sea, la regla con base en la cual se consideran decisiones colectivas y, por tanto, obligatorias para todo el grupo, las decisiones aprobadas al menos por la mayoría de quienes deben de tomar la decisión.” (p. 14).

3)    Existencia de alternativas reales (y la posibilidad efectiva de seleccionar una u otra) para quienes estén llamados a decidir o a elegir a quiénes deberán decidir. Para que esto sea posible es preciso que existe un Estado de Derecho, cuya base con los derechos de libertad de opinión, de expresión de la propia opinión, de reunión, de asociación, etc. “Las normas constitucionales que atribuyen estos derechos no son propiamente reglas del juego: son reglas preliminares que permiten el desarrollo del juego.” (p. 15). Estos derechos son la base del Estado liberal. [Esta forma de Estado se caracteriza por la existencia de esos derechos fundamentales.]

Bobbio plante así la relación entre democracia y liberalismo: “El Estado liberal y el Estado democrático son interdependientes en dos formas: 1) en la línea que va del liberalismo a la democracia, en el sentido de que son necesarias ciertas libertades para el correcto ejercicio del poder democrático; 2) en la línea opuesta, la que va de la democracia al liberalismo, en el sentido de que es indispensable el poder democrático para garantizar la existencia y la persistencia de las libertades fundamentales.” (p. 15). Sostiene que Estado liberal y Estado democrático cuando caen, caen juntos. (p. 16).

A continuación, pasa a ocuparse de la democracia actual. Para hacerlo, elige el camino de confrontar una lista de seis “falsas promesas” del pensamiento democrático y liberal (aquello que nació con fines “nobles y elevados”) con la “cruda realidad”.

I] El nacimiento de una sociedad pluralista (p. 17-18)

Este punto se refiere a la distribución del poder.

La democracia moderna tiene origen en una concepción individualista de la sociedad, que reemplazó a la concepción orgánica dominante en la Antigüedad y en la Edad Media. Esta concepción individualista se formó a partir de tres aportes: a) contractualismo de los siglos XVII y XVIII; b) el nacimiento de la economía política (Adam Smith); c) la filosofía utilitarista (Bentham, Mill).

A partir de la hipótesis del individuo soberano, “la doctrina democrática había ideado un Estado sin cuerpos intermedios, característicos de la sociedad corporativa de las ciudades medievales y del Estado estamental o de órdenes anteriores a la afirmación de las monarquías absolutas, una sociedad política en la que, entre el pueblo soberano, compuesto por muchos individuos (un voto por cabeza) y sus representantes, no existiesen las sociedades particulares criticadas por Rousseau y privadas de autoridad por la Ley Le Chapelier (abrogada en Francia solamente en 1887).” [1]

La democracia actual, por el contrario, se centra en las grandes organizaciones, no en los individuos. “No son los individuos sino los grupos los protagonistas de la vida política en una sociedad democrática, en la que ya no hay un solo soberano, ni el pueblo o la nación, compuesto por individuos que adquirieron el Derecho de participar directa o indirectamente en el gobierno, el pueblo como unidad ideal (o mística), sino el pueblo dividido objetivamente en grupos contrapuestos, en competencia entre ellos, con su autonomía relativa con respecto al gobierno central (autonomía que los individuos específicos perdieron y que jamás han recuperado más que en un modelo ideal de gobierno democrático que siempre ha sido refutado por los hechos).” (p. 18). El modelo de sociedad democrática era una sociedad monista, con un solo centro de poder. La sociedad democrática actual tiene varios centros de poder [la poliarquía de Dahl], es pluralista. (p. 18).

II] La reivindicación de los intereses (p. 18-20)

Este punto se refiere a la representación.

El ideal de la democracia moderna está “caracterizada por la representación política, es decir, por una forma de representación en la que el representante, al haber sido llamado a velar por los intereses de la nación, no puede ser sometido a un mandato obligatorio. El principio en el que se basa la representación política es exactamente la antítesis de aquél en el que se fundamenta la representación de los intereses, en la que el representante, al tener que velar por los intereses particulares del representado, está sometido a un mandato obligatorio (precisamente el del contrato del Derecho privado que prevé, la revocación por exceso de mandato).” (p. 18). En síntesis, mandato libre del representante, prohibición del mandato imperativo.

Ahora bien, en la democracia actual no se respetan ni el mandato libre ni la representación política. Esto se debe a la estructura pluralista del poder mencionada en el punto anterior. Bobbio es claro: “Quien representa intereses particulares tiene siempre un mandato imperativo.” (p. 19). Ejemplo: régimen neocorporativo en la mayoría de las democracias europeas (Estado garante de acuerdos entre las partes de la sociedad – cámaras empresarias y sindicatos -).

III] Persistencia de las oligarquías (p. 20-21)

La tercera promesa era la derrota del poder oligárquico. En otras palabras, se buscaba la libertad como autonomía = desaparición de la distinción entre quien gobierna y quien es gobernado. La democracia actual muestra un camino completamente diferente. “La democracia representativa, que es la única forma de democracia existente y practicable, es en sí misma la renuncia al principio de la libertad como autonomía.” (p. 20). Joseph Schumpeter (1883-1950) vio esto con claridad: “la característica de un gobierno democrático no es la ausencia de élites sino la presencia de muchas élites que compiten entre ellas por la conquista del "'voto popular.” (p. 21).

IV] El espacio limitado (p. 21-22)

Bobbio aborda la cuestión de la multitud de espacios significativos que permanecen ajenos a la forma democrática de gobierno. Se trata de “espacios en los que se ejerce un poder que toma decisiones obligatorias para un completo grupo social.” (21). Ejemplo: los dos grandes bloques de poder que existen en lo alto de las sociedades avanzadas, la empresa y el aparato administrativo.

La democracia moderna “nació como método de legitimación y de control de las decisiones políticas en sentido estricto, o de «gobierno» propiamente dicho, tanto nacional como local, donde el individuo es tomado en consideración en su papel general de ciudadano y no en la multiplicidad de sus papeles específicos de feligrés de una iglesia, de trabajador, de estudiante, de soldado, de consumidor, de enfermo, etc. Después de la conquista del sufragio universal, si todavía se puede hablar de una ampliación del proceso de democratización, dicha ampliación se debería manifestar, no tanto en el paso de la democracia representativa a la democracia directa, como se suele considerar, cuanto en el paso de la democracia política a la democracia social, no tanto en la respuesta a la pregunta ¿quién vota? como en la contestación a la interrogante ¿dónde vota?” (p. 21). [Marx trabajó esta cuestión en su artículo “La cuestión judía”. Es importante volver a ese trabajo para comprender las bases de la distinción entre Sociedad Civil y Sociedad Política, entre espacio privado y espacio público, que constituye una de las bases de la dominación de la burguesía. Hay que tener presente que la dominación de la burguesía se sustenta en relaciones impersonales – la coerción económica – y que esa dominación requiere del reconocimiento del ámbito de las relaciones económicas como un ámbito privado.]

V] El poder invisible (p. 22-24)

La democracia moderna nació con el objetivo de eliminar el “poder invisible” (Bobbio remite al caso italiano de la mafia), es decir, toda forma de poder realizada a espaldas de la publicidad. En este punto, el fracaso de las democracias reales es tan ostensible como en el caso de la promesa de la eliminación del poder oligárquico. “Más que de una falsa promesa en este caso se trataría de una tendencia contraria a las premisas: la tendencia ya no hacia el máximo control del poder por parte de los ciudadanos, sino, por el contrario, hacia el máximo control de los súbditos por parte del poder.” (p. 24).

VI] El ciudadano no educado (p. 24-26)

La democracia moderna se construyó bajo el supuesto de que la práctica democrática es la mejor escuela para educar a los ciudadanos. John Stuart Mill (1806-1873) planteó que la democracia requiere ciudadanos activos, no pasivos. “Esto lo llevaba a proponer la ampliación del sufragio a las clases populares con base en el argumento de que uno de los remedios contra la tiranía de la mayoría está precisamente en el hacer partícipes en las elecciones — además de a las clases pudientes que siempre constituyen una minoría de la población y tienden por naturaleza a mirar por sus propios intereses— a las clases populares. Decía: la participación en el voto tiene un gran valor educativo; mediante la discusión política el obrero, cuyo trabajo es repetitivo en el estrecho horizonte de la fábrica, logra comprender la relación entre los acontecimientos lejanos y su interés personal, y establecer vínculos con ciudadanos diferentes de aquellos con los que trata cotidianamente y volverse un miembro consciente de una comunidad.” (p. 25). En el debate sobre elitismo y pluralismo, desarrollado en la Ciencia Política estadounidense en las décadas de 1950 y 1960, se desarrolló la distinción entre la cultura de los súbditos, orientada hacia los output del sistema (los beneficios que los electores esperan obtener del sistema político), y la cultura participante, centrada en los input (propio de los electores que se identifican con la articulación de las demandas y la formación de las decisiones).

En la realidad, prima la apatía hacia la política. Bobbio sugiere que cada vez más ciudadanos se guían por los output (los favores que esperan conseguir a cambio de sus votos).



Bobbio se dedica a examinar los motivos por los que las promesas de la democracia no pudieron ser cumplidas. Llegado a este punto, sugiere que la sociedad actual es más compleja que la que dio origen a la democracia clásica. “Las promesas no fueron cumplidas debido a los obstáculos que no fueron previstos o que sobrevinieron luego de las «transformaciones» (…) de la sociedad civil.” (p. 26).

Analiza tres transformaciones:

1] El gobierno de los técnicos (p. 26-27)

La cuestión es la siguiente: “conforme las sociedades pasaron de una economía familiar a una economía de mercado, y de una economía de mercado a una economía protegida, regulada, planificada, aumentaron los problemas políticos que requirieron capacidad técnica. Los problemas técnicos necesitan de expertos, de un conjunto cada vez más grande de personal especializado.” (p. 26).  Bobbio plantea el problema con precisión: “La tecnocracia y la democracia son antitéticas: si el protagonista de la sociedad industrial es el experto, entonces quien lleva el papel principal en dicha sociedad no puede ser el ciudadano común y corriente. La democracia se basa en la hipótesis de que todos pueden tomar decisiones sobre todo; por el contrario, la tecnocracia pretende que los que tomen las decisiones sean los pocos que entienden de tales asuntos.” (p. 26-27)


2] El aumento del aparato (p. 27-28)

El aumento de la capacidad de control del Estado sobre la sociedad conllevó “el crecimiento continuo del aparato burocrático, de un aparato de poder ordenado jerárquicamente, del vértice a la base, y en consecuencia diametralmente opuesto al sistema de poder democrático. Si consideramos el sistema político como una pirámide bajo el supuesto de que en una sociedad existan diversos grados de poder, en la sociedad democrática el poder fluye de la base al vértice; en una sociedad burocrática, por el contrario, se mueve del vértice a la base.” (p. 27). Ahora bien, Bobbio apunta que la relación entre Estado democrático y Estado burocrático es estrecha; a medida que se amplió la base del primero y el voto se extendió a los trabajadores, éstos comenzaron a reclamar más derechos, y la satisfacción de los mismos requirió de la expansión de una burocracia encargada de la gestión. Por eso, la exigencia actual de limitación del aparato burocrático del Estado [neoliberalismo], esconde la intención de terminar con el Estado Benefactor.

3] El escaso rendimiento (p. 28).

La cuestión es la siguiente: “primero el Estado liberal y después su ampliación, el Estado democrático, han contribuido a emancipar la sociedad civil del sistema político. Este proceso de emancipación ha hecho que la sociedad civil se haya vuelto cada vez más una fuente inagotable de demandas al gobierno, el cual para cumplir correctamente sus funciones debe responder adecuadamente pero, ¿cómo puede el gobierno responder si las peticiones que provienen de una sociedad libre y emancipada cada vez son más numerosas, cada vez más inalcanzables, cada vez más costosas?” (p. 28). En un régimen autocrático, el Estado restringe la demanda de exigencias de la sociedad civil; en cambio, en democracia las demandas son numerosas y continuas, en tanto que la respuesta a éstas es difícil.



Bobbio termina la disertación afirmando que, a pesar de las promesas incumplidas y de los obstáculos imprevistos, el régimen democrático no fue reemplazado por el autocrático, y que las democracias se fortalecieron luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial (1945). El autor se refiere al contenido mínimo de la democracia, desarrollado al principio de la disertación. También hace la constatación de que no hubo guerras entre Estados democráticos en el período posterior a 1945.

Por último, Bobbio enumera los ideales de la democracia: 1) ideal de la tolerancia; 2) ideal de la no violencia; 3) ideal de la gradual renovación de la sociedad mediante el libre debate de ideas (ejemplo: “únicamente la democracia permite la formación y la expansión de las revoluciones silenciosas, como ha sido en estas últimas décadas la transformación de la relación entre los sexos, que es quizá la mayor revolución de nuestro tiempo.” – p. 31-); 4) ideal de la fraternidad.



Villa del Parque, miércoles 11 de julio de 2018



NOTAS:

[1] Bobbio pasa por alto un hecho significativo. La Ley Le Chapelier, sancionada en 1791 (plena Revolución Francesa), instauraba la libertad de empresa y prohibía todo tipo de asociaciones sindicales. Lejos de ser expresión de una teoría abstracta, constituía una herramienta concreta de la burguesía francesa en su lucha contra los trabajadores.




domingo, 24 de junio de 2018

FICHA: BACHRACH, PETER. CRÍTICA DE LA TEORÍA ELITISTA DE LA DEMOCRACIA (1967)


Peter Bachrach (1918-2007), cientista político, participó activamente en el debate que sacudió a la Ciencia Política estadounidense en las décadas del ’50 y ’60 del siglo pasado. El debate giró en torno a la tesis de la élite dominante (desarrollada por el sociólogo Charles Wright Mills, 1916-1962) y a la crítica de la misma por un grupo de profesores de la Universidad de Yale, cuyo principal representante fue Robert Dahl (1915-2014).

The Theory of Democratic Elitism: A Critique (Boston, Little, Brown and Company, 1967) puede ser considerada la principal contribución de Bachrach al debate. En esta obra, somete a crítica la teoría elitista de la democracia, defendida por Dahl, y propone una teoría alternativa, cuyo objetivo es contribuir al desarrollo de la democracia. Esta última teoría es desarrollada en el capítulo 7 de la obra. Va a continuación una ficha de lectura sobre el mismo, a partir de la traducción española de Leandro Wolfson: Crítica de la teoría elitista de la democracia, Buenos Aires, Amorrortu, 1973.

Cap. 7: Un enfoque alternativo (pp. 146-155)

Bachrach describe en este capítulo los rasgos fundamentales de las distintas teorías de la democracia. En este sentido, puede ser considerado como un resumen de las principales posiciones enfrentadas en el debate mencionada en la introducción de esta ficha de lectura.

A] Teoría del elitismo democrático.

Se trata de una teoría explicativa, que pretende dar cuenta del funcionamiento de las democracias modernas en los países desarrollados (v. gr., el caso de EE.UU.), y no de una teoría normativa, que sugiere como “deberían operar” los sistemas democráticos (p. 146).

“Esta teoría general pretende estar por encima de la ideología pero está, en verdad, profundamente enraizada en una ideología, que se funda a su vez en un hondo recelo hacia la mayoría de los hombres y mujeres corrientes y en la confiada creencia de que las élites establecidas preservarán los valores de la civilidad y las «reglas del juego» democrático.” (p. 146).

Adhiere a las ideas liberales: 1) imperio de la ley; 2) derecho individual a la libertad de conciencia y de expresión y a la vida privada. Rechaza “el principio fundamental” de la teoría democrática clásica: “la confianza y la fe en el pueblo” (p. 147). Su principio normativo puede sintetizarse así: “la intolerancia de las masas es la amenaza suprema a la sociedad libre, la cual, en caso de sobrevivir, lo hará gracias a la sabiduría y coraje de las élites establecidas.” (p. 153).

Liberalismo y teoría democrática clásica son incompatibles. Esto se manifiesta en los principios explicativos básicos de la teoría del elitismo democrático, a saber:

I] Democracia concebida exclusivamente como método político. “la democracia debe auto perpetuarse como método, y asegurar por ende que la sociedad siga abierta a lo largo del tiempo.” (p. 147). Desde este punto de vista, puede afirmarse que la democracia goza de buena salud, en tanto se mantiene la apertura de la sociedad y, a la vez, reconocer que hay un gran número de personas alienadas de la vida social y política que las rodea. Sirve como argumento defensivo para las elites, pues no es necesario discutir la centralización o la delegación en la toma de decisiones, sino “el grado en que se ajusta el sistema a los principios básicos del método democrático: igualdad política (sufragio universal), libertad de palabra, gobierno de la mayoría, elecciones periódicas libres.” (p. 148).

II] Concepción unidimensional del interés político: “el valor del sistema democrático para los individuos corrientes debe medirse por el grado en que se ven beneficiados por los «productos» del sistema, en la forma de seguridad, servicios sociales y apoyo material (…) cuanto menos deba el individuo participar políticamente en sector de «insumos» y de demandas del sistema para percibir intereses en el sector de productos, mejor será su situación. (…) existen élites suficientes para representar sus intereses en el proceso de toma de decisiones, relegándolo a la tarea, comparativamente mucho menos penosa, de pagar pequeños impuestos, asistir de vez en cuando a algún mitin y echar una papeleta en la urna.” (p. 148). [1]

III] Concepción restringida e institucional de “lo político”: “Si «lo político» se limita a las decisiones gubernamentales y todo lo que con ellas se vincula, las instituciones claramente no gubernamentales son no políticas, con independencia del poder que tengan y de la influencia que surtan sus decisiones en la sociedad. Y al ser no políticas, la democratización no las alcanza por lo que incumbe a la teoría democrática.” (p. 150). [Bachrach aborda aquí un problema fundamental como es la distinción entre lo público (lo político) y lo privado. Según la teoría del elitismo democrático, la gran empresa y la economía en general, están fuera de la política. De ese modo, “la democracia es un método político, que no tiene por intención ni por designio operar más allá del ámbito político. En segundo lugar, ese estrecho concepto legitima el proceso decisional de la élite dentro de las grandes empresas y otras importantes instituciones privadas.” (p. 151).]

IV] El principio de igualdad de poder deja lugar al principio de igualdad de oportunidades: “el primero sólo tiene sentido como ideal por el cual esforzarse en una sociedad en la que hay esperanzas de lograr una base más igualitaria para la toma de decisiones, en tanto que el segundo se ajusta a un sistema político en el que el poder está sumamente estratificado” (p. 152).

B] Teoría clásica de la democracia.

La teoría clásica se sustenta en el siguiente principio básico: “la suposición de que la dignidad del hombre, y en verdad su crecimiento y desarrollo como ente actuante y responsivo en una sociedad libre, depende de su posibilidad de participar en forma activa en las decisiones que gravitan significativamente sobre él.” (p. 153).

Bachrach pasa inmediatamente a la crítica de la teoría clásica, “no llega a constituirse en una teoría política viable para la sociedad moderna, ya que si bien subraya la importancia de una amplia participación en la toma de decisiones políticas, no ofrece pautas realistas en cuanto a la manera de cumplir con sus preceptos en las grandes sociedades urbanas no llega a constituirse en una teoría política viable para la sociedad moderna, ya que si bien subraya .la importancia de una amplia participación en la toma de decisiones políticas, no ofrece pautas realistas en cuanto a la manera de cumplir con sus preceptos en las grandes sociedades urbanas.” (p. 154).

C] Teoría de la democracia del autodesarrollo.

Bachrach la propone como alternativa tanto a la teoría clásica como a la del elitismo democrático. Sostiene que el teórico de la democracia debe abandonar el método explicativo para aproximarse a su objeto de estudio: “Si se despoja a la teoría política -inclusive a la democrática- de fines normativos, no podrá cumplir con su función crucial de orientar las acciones humanas.” (p. 156).

La cuestión central a resolver es la siguiente: “el problema fundamental no es si la democracia debería o no tener un objetivo general, sino más bien si su objetivo debiera estar consagrado tácitamente a la viabilidad de un sistema democrático elitista, o apuntar explícitamente al autodesarrollo del individuo.” (p. 156-157).

Si el objetivo es el autodesarrollo del individuo, hay que tener presente que esto se logra participando en forma más activa en las decisiones significativas de la comunidad. La propuesta de Bachrach consiste en desarrollar esta participación incorporando los métodos democráticos de decisión a la gran empresa: “Para muchos, los problemas políticos y las elecciones son cuestiones triviales, o bien demasiado remotas y ajenas a su influencia; no tienen el mismo carácter los problemas que los afligen directamente en sus lugares de trabajo; estos últimos pueden ser comparativamente nimios, pero están cargados de las tensiones y emociones que suelen enfurecer a los hombres y poner a prueba su espíritu. Es allí donde se revela plenamente -a despecho de los efectos legitimadores de las formas burocráticas-, en todo su horror, la dominación del hombre por el hombre, es allí, en consecuencia, donde debe establecerse y llevarse a la práctica la democracia.” (p. 160; el resaltado es mío – AM-).

En definitiva, “la educación política resulta más eficaz en el plano en que desafía al individuo a cooperar en la solución de los problemas concretos que lo afectan a él y a su comunidad inmediata.” (p. 161).

Bachrach termina así el capítulo: “Si ya ha llegado la hora de abandonar el mito la adhesión del hombre común a la democracia también ha llegado la hora de que las élites en general y los politico!ogos en particular reconozcan que, sin el apoyo activo del hombre común la libertad no puede, a la larga, preservarse.” (p. 164-165).


Villa del Parque, domingo 24 de junio de 2018


NOTAS:

[1] Se opone a la concepción bidimensional del interés político, propia de la teoría clásica de la democracia, que concibe al interés como resultado final y en el proceso de participación: “Al concebir aquel exclusivamente en función de lo que el hombre recibe del gobierno, rechaza de manera tácita la afirmación de los teóricos clásicos en el sentido de que los intereses del ser humano incluyen también la oportunidad para su desarrollo que le proporciona la participación en decisiones políticas significativas.” (p. 149).