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miércoles, 11 de julio de 2018

FICHA: BOBBIO, NORBERTO. “EL FUTURO DE LA DEMOCRACIA” (1983)


Se trata de un texto basado en la conferencia pronunciada por Norberto Bobbio (1909-2004) en el Palacio de las Cortes de Madrid, en noviembre de 1983. Luego, corregida y aumentada, sirvió para la disertación introductoria presentada por el politólogo italiano en el Congreso Internacional “Ya empezó el futuro”, celebrado en Locarno en mayo de 1984.

A continuación presento al lector mi ficha de lectura, basada en la siguiente edición: Bobbio, Norberto. (1986). El futuro de la democracia. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. (pp. 13-31). Traducción española de José F. Fernández Santillán.

[Antes de comenzar la ficha propiamente dicha, considero necesario escribir unas palabras sobre el punto de vista adoptado por Bobbio para estudiar la democracia. En este sentido, es característica la escisión entre “lo político” y “lo económico”. Bobbio considera que la democracia moderna tiene origen en las mentes de algunos filósofos políticos y que su éxito o fracaso debe medirse en función de esas ideas. No explora, en cambio, la relación entre el desarrollo del modo de producción capitalista y la expansión de la democracia. Al respecto, considero mucho más fructífero el camino esbozado por Marx, a partir de la constatación de que en el capitalismo la dominación está basada en la coerción económica y tiene un carácter impersonal. Bobbio, al escindir lo económico y lo político, hace suya la distinción entre Sociedad Civil y Sociedad Política, cuyo análisis fue realizado por Marx en su célebre artículo “Sobre la cuestión judía” (1844). Si se considera a lo político y a lo económico como aspectos de una misma totalidad, estamos obligados a reformular la evaluación de Bobbio acerca de los “fracasos” de la democracia.]


Bobbio comienza su discurso afirmando que no sabe cuál puede ser el futuro de la democracia. Su objetivo es otro: “En esta disertación mi intención es pura y simplemente la de hacer alguna observación sobre el estado actual de los regímenes democráticos (…) Tanto mejor si de estas observaciones se pueda extrapolar una tendencia en el desarrollo (o involución) de estos regímenes, y por tanto intentar algún pronóstico cauteloso sobre su futuro.” (p. 13).

Para llevar adelante su cometido, el autor se ve obligado a establecer una definición mínima de la democracia. Comienza por lo básico: “Todo grupo social tiene necesidad de tomar decisiones obligatorias para todos los miembros del grupo con el objeto de mirar por la propia sobrevivencia, tanto en el interior como en el exterior.” (p. 14). Ahora bien, esta toma de decisiones se realiza en forma democrática cuando está “caracterizada por un conjunto de reglas (primarias o fundamentales) que establecen quién está autorizado para tomar las decisiones colectivas y bajo qué procedimientos.” (p. 14). Precisamente la existencia de este conjunto de reglas separa a las formas democráticas de las formas autocráticas de toma de decisiones. Bobbio fundamenta la importancia de las reglas argumentando que las decisiones siempre son tomadas por individuos, nunca por el colectivo en su conjunto.

La definición mínima de democracia incluye tres elementos:

1)    En cuanto a los sujetos que toman las decisiones colectivas, un régimen democrático se caracteriza porque el número elevado de personas que tienen esa atribución. Nunca son todos (por ejemplo, no votan los menores de edad).

2)    En cuanto a la modalidad de la decisión, “la regla fundamental de la democracia es la regla de la mayoría, o sea, la regla con base en la cual se consideran decisiones colectivas y, por tanto, obligatorias para todo el grupo, las decisiones aprobadas al menos por la mayoría de quienes deben de tomar la decisión.” (p. 14).

3)    Existencia de alternativas reales (y la posibilidad efectiva de seleccionar una u otra) para quienes estén llamados a decidir o a elegir a quiénes deberán decidir. Para que esto sea posible es preciso que existe un Estado de Derecho, cuya base con los derechos de libertad de opinión, de expresión de la propia opinión, de reunión, de asociación, etc. “Las normas constitucionales que atribuyen estos derechos no son propiamente reglas del juego: son reglas preliminares que permiten el desarrollo del juego.” (p. 15). Estos derechos son la base del Estado liberal. [Esta forma de Estado se caracteriza por la existencia de esos derechos fundamentales.]

Bobbio plante así la relación entre democracia y liberalismo: “El Estado liberal y el Estado democrático son interdependientes en dos formas: 1) en la línea que va del liberalismo a la democracia, en el sentido de que son necesarias ciertas libertades para el correcto ejercicio del poder democrático; 2) en la línea opuesta, la que va de la democracia al liberalismo, en el sentido de que es indispensable el poder democrático para garantizar la existencia y la persistencia de las libertades fundamentales.” (p. 15). Sostiene que Estado liberal y Estado democrático cuando caen, caen juntos. (p. 16).

A continuación, pasa a ocuparse de la democracia actual. Para hacerlo, elige el camino de confrontar una lista de seis “falsas promesas” del pensamiento democrático y liberal (aquello que nació con fines “nobles y elevados”) con la “cruda realidad”.

I] El nacimiento de una sociedad pluralista (p. 17-18)

Este punto se refiere a la distribución del poder.

La democracia moderna tiene origen en una concepción individualista de la sociedad, que reemplazó a la concepción orgánica dominante en la Antigüedad y en la Edad Media. Esta concepción individualista se formó a partir de tres aportes: a) contractualismo de los siglos XVII y XVIII; b) el nacimiento de la economía política (Adam Smith); c) la filosofía utilitarista (Bentham, Mill).

A partir de la hipótesis del individuo soberano, “la doctrina democrática había ideado un Estado sin cuerpos intermedios, característicos de la sociedad corporativa de las ciudades medievales y del Estado estamental o de órdenes anteriores a la afirmación de las monarquías absolutas, una sociedad política en la que, entre el pueblo soberano, compuesto por muchos individuos (un voto por cabeza) y sus representantes, no existiesen las sociedades particulares criticadas por Rousseau y privadas de autoridad por la Ley Le Chapelier (abrogada en Francia solamente en 1887).” [1]

La democracia actual, por el contrario, se centra en las grandes organizaciones, no en los individuos. “No son los individuos sino los grupos los protagonistas de la vida política en una sociedad democrática, en la que ya no hay un solo soberano, ni el pueblo o la nación, compuesto por individuos que adquirieron el Derecho de participar directa o indirectamente en el gobierno, el pueblo como unidad ideal (o mística), sino el pueblo dividido objetivamente en grupos contrapuestos, en competencia entre ellos, con su autonomía relativa con respecto al gobierno central (autonomía que los individuos específicos perdieron y que jamás han recuperado más que en un modelo ideal de gobierno democrático que siempre ha sido refutado por los hechos).” (p. 18). El modelo de sociedad democrática era una sociedad monista, con un solo centro de poder. La sociedad democrática actual tiene varios centros de poder [la poliarquía de Dahl], es pluralista. (p. 18).

II] La reivindicación de los intereses (p. 18-20)

Este punto se refiere a la representación.

El ideal de la democracia moderna está “caracterizada por la representación política, es decir, por una forma de representación en la que el representante, al haber sido llamado a velar por los intereses de la nación, no puede ser sometido a un mandato obligatorio. El principio en el que se basa la representación política es exactamente la antítesis de aquél en el que se fundamenta la representación de los intereses, en la que el representante, al tener que velar por los intereses particulares del representado, está sometido a un mandato obligatorio (precisamente el del contrato del Derecho privado que prevé, la revocación por exceso de mandato).” (p. 18). En síntesis, mandato libre del representante, prohibición del mandato imperativo.

Ahora bien, en la democracia actual no se respetan ni el mandato libre ni la representación política. Esto se debe a la estructura pluralista del poder mencionada en el punto anterior. Bobbio es claro: “Quien representa intereses particulares tiene siempre un mandato imperativo.” (p. 19). Ejemplo: régimen neocorporativo en la mayoría de las democracias europeas (Estado garante de acuerdos entre las partes de la sociedad – cámaras empresarias y sindicatos -).

III] Persistencia de las oligarquías (p. 20-21)

La tercera promesa era la derrota del poder oligárquico. En otras palabras, se buscaba la libertad como autonomía = desaparición de la distinción entre quien gobierna y quien es gobernado. La democracia actual muestra un camino completamente diferente. “La democracia representativa, que es la única forma de democracia existente y practicable, es en sí misma la renuncia al principio de la libertad como autonomía.” (p. 20). Joseph Schumpeter (1883-1950) vio esto con claridad: “la característica de un gobierno democrático no es la ausencia de élites sino la presencia de muchas élites que compiten entre ellas por la conquista del "'voto popular.” (p. 21).

IV] El espacio limitado (p. 21-22)

Bobbio aborda la cuestión de la multitud de espacios significativos que permanecen ajenos a la forma democrática de gobierno. Se trata de “espacios en los que se ejerce un poder que toma decisiones obligatorias para un completo grupo social.” (21). Ejemplo: los dos grandes bloques de poder que existen en lo alto de las sociedades avanzadas, la empresa y el aparato administrativo.

La democracia moderna “nació como método de legitimación y de control de las decisiones políticas en sentido estricto, o de «gobierno» propiamente dicho, tanto nacional como local, donde el individuo es tomado en consideración en su papel general de ciudadano y no en la multiplicidad de sus papeles específicos de feligrés de una iglesia, de trabajador, de estudiante, de soldado, de consumidor, de enfermo, etc. Después de la conquista del sufragio universal, si todavía se puede hablar de una ampliación del proceso de democratización, dicha ampliación se debería manifestar, no tanto en el paso de la democracia representativa a la democracia directa, como se suele considerar, cuanto en el paso de la democracia política a la democracia social, no tanto en la respuesta a la pregunta ¿quién vota? como en la contestación a la interrogante ¿dónde vota?” (p. 21). [Marx trabajó esta cuestión en su artículo “La cuestión judía”. Es importante volver a ese trabajo para comprender las bases de la distinción entre Sociedad Civil y Sociedad Política, entre espacio privado y espacio público, que constituye una de las bases de la dominación de la burguesía. Hay que tener presente que la dominación de la burguesía se sustenta en relaciones impersonales – la coerción económica – y que esa dominación requiere del reconocimiento del ámbito de las relaciones económicas como un ámbito privado.]

V] El poder invisible (p. 22-24)

La democracia moderna nació con el objetivo de eliminar el “poder invisible” (Bobbio remite al caso italiano de la mafia), es decir, toda forma de poder realizada a espaldas de la publicidad. En este punto, el fracaso de las democracias reales es tan ostensible como en el caso de la promesa de la eliminación del poder oligárquico. “Más que de una falsa promesa en este caso se trataría de una tendencia contraria a las premisas: la tendencia ya no hacia el máximo control del poder por parte de los ciudadanos, sino, por el contrario, hacia el máximo control de los súbditos por parte del poder.” (p. 24).

VI] El ciudadano no educado (p. 24-26)

La democracia moderna se construyó bajo el supuesto de que la práctica democrática es la mejor escuela para educar a los ciudadanos. John Stuart Mill (1806-1873) planteó que la democracia requiere ciudadanos activos, no pasivos. “Esto lo llevaba a proponer la ampliación del sufragio a las clases populares con base en el argumento de que uno de los remedios contra la tiranía de la mayoría está precisamente en el hacer partícipes en las elecciones — además de a las clases pudientes que siempre constituyen una minoría de la población y tienden por naturaleza a mirar por sus propios intereses— a las clases populares. Decía: la participación en el voto tiene un gran valor educativo; mediante la discusión política el obrero, cuyo trabajo es repetitivo en el estrecho horizonte de la fábrica, logra comprender la relación entre los acontecimientos lejanos y su interés personal, y establecer vínculos con ciudadanos diferentes de aquellos con los que trata cotidianamente y volverse un miembro consciente de una comunidad.” (p. 25). En el debate sobre elitismo y pluralismo, desarrollado en la Ciencia Política estadounidense en las décadas de 1950 y 1960, se desarrolló la distinción entre la cultura de los súbditos, orientada hacia los output del sistema (los beneficios que los electores esperan obtener del sistema político), y la cultura participante, centrada en los input (propio de los electores que se identifican con la articulación de las demandas y la formación de las decisiones).

En la realidad, prima la apatía hacia la política. Bobbio sugiere que cada vez más ciudadanos se guían por los output (los favores que esperan conseguir a cambio de sus votos).



Bobbio se dedica a examinar los motivos por los que las promesas de la democracia no pudieron ser cumplidas. Llegado a este punto, sugiere que la sociedad actual es más compleja que la que dio origen a la democracia clásica. “Las promesas no fueron cumplidas debido a los obstáculos que no fueron previstos o que sobrevinieron luego de las «transformaciones» (…) de la sociedad civil.” (p. 26).

Analiza tres transformaciones:

1] El gobierno de los técnicos (p. 26-27)

La cuestión es la siguiente: “conforme las sociedades pasaron de una economía familiar a una economía de mercado, y de una economía de mercado a una economía protegida, regulada, planificada, aumentaron los problemas políticos que requirieron capacidad técnica. Los problemas técnicos necesitan de expertos, de un conjunto cada vez más grande de personal especializado.” (p. 26).  Bobbio plantea el problema con precisión: “La tecnocracia y la democracia son antitéticas: si el protagonista de la sociedad industrial es el experto, entonces quien lleva el papel principal en dicha sociedad no puede ser el ciudadano común y corriente. La democracia se basa en la hipótesis de que todos pueden tomar decisiones sobre todo; por el contrario, la tecnocracia pretende que los que tomen las decisiones sean los pocos que entienden de tales asuntos.” (p. 26-27)


2] El aumento del aparato (p. 27-28)

El aumento de la capacidad de control del Estado sobre la sociedad conllevó “el crecimiento continuo del aparato burocrático, de un aparato de poder ordenado jerárquicamente, del vértice a la base, y en consecuencia diametralmente opuesto al sistema de poder democrático. Si consideramos el sistema político como una pirámide bajo el supuesto de que en una sociedad existan diversos grados de poder, en la sociedad democrática el poder fluye de la base al vértice; en una sociedad burocrática, por el contrario, se mueve del vértice a la base.” (p. 27). Ahora bien, Bobbio apunta que la relación entre Estado democrático y Estado burocrático es estrecha; a medida que se amplió la base del primero y el voto se extendió a los trabajadores, éstos comenzaron a reclamar más derechos, y la satisfacción de los mismos requirió de la expansión de una burocracia encargada de la gestión. Por eso, la exigencia actual de limitación del aparato burocrático del Estado [neoliberalismo], esconde la intención de terminar con el Estado Benefactor.

3] El escaso rendimiento (p. 28).

La cuestión es la siguiente: “primero el Estado liberal y después su ampliación, el Estado democrático, han contribuido a emancipar la sociedad civil del sistema político. Este proceso de emancipación ha hecho que la sociedad civil se haya vuelto cada vez más una fuente inagotable de demandas al gobierno, el cual para cumplir correctamente sus funciones debe responder adecuadamente pero, ¿cómo puede el gobierno responder si las peticiones que provienen de una sociedad libre y emancipada cada vez son más numerosas, cada vez más inalcanzables, cada vez más costosas?” (p. 28). En un régimen autocrático, el Estado restringe la demanda de exigencias de la sociedad civil; en cambio, en democracia las demandas son numerosas y continuas, en tanto que la respuesta a éstas es difícil.



Bobbio termina la disertación afirmando que, a pesar de las promesas incumplidas y de los obstáculos imprevistos, el régimen democrático no fue reemplazado por el autocrático, y que las democracias se fortalecieron luego de la finalización de la Segunda Guerra Mundial (1945). El autor se refiere al contenido mínimo de la democracia, desarrollado al principio de la disertación. También hace la constatación de que no hubo guerras entre Estados democráticos en el período posterior a 1945.

Por último, Bobbio enumera los ideales de la democracia: 1) ideal de la tolerancia; 2) ideal de la no violencia; 3) ideal de la gradual renovación de la sociedad mediante el libre debate de ideas (ejemplo: “únicamente la democracia permite la formación y la expansión de las revoluciones silenciosas, como ha sido en estas últimas décadas la transformación de la relación entre los sexos, que es quizá la mayor revolución de nuestro tiempo.” – p. 31-); 4) ideal de la fraternidad.



Villa del Parque, miércoles 11 de julio de 2018



NOTAS:

[1] Bobbio pasa por alto un hecho significativo. La Ley Le Chapelier, sancionada en 1791 (plena Revolución Francesa), instauraba la libertad de empresa y prohibía todo tipo de asociaciones sindicales. Lejos de ser expresión de una teoría abstracta, constituía una herramienta concreta de la burguesía francesa en su lucha contra los trabajadores.




domingo, 24 de junio de 2018

FICHA: BACHRACH, PETER. CRÍTICA DE LA TEORÍA ELITISTA DE LA DEMOCRACIA (1967)


Peter Bachrach (1918-2007), cientista político, participó activamente en el debate que sacudió a la Ciencia Política estadounidense en las décadas del ’50 y ’60 del siglo pasado. El debate giró en torno a la tesis de la élite dominante (desarrollada por el sociólogo Charles Wright Mills, 1916-1962) y a la crítica de la misma por un grupo de profesores de la Universidad de Yale, cuyo principal representante fue Robert Dahl (1915-2014).

The Theory of Democratic Elitism: A Critique (Boston, Little, Brown and Company, 1967) puede ser considerada la principal contribución de Bachrach al debate. En esta obra, somete a crítica la teoría elitista de la democracia, defendida por Dahl, y propone una teoría alternativa, cuyo objetivo es contribuir al desarrollo de la democracia. Esta última teoría es desarrollada en el capítulo 7 de la obra. Va a continuación una ficha de lectura sobre el mismo, a partir de la traducción española de Leandro Wolfson: Crítica de la teoría elitista de la democracia, Buenos Aires, Amorrortu, 1973.

Cap. 7: Un enfoque alternativo (pp. 146-155)

Bachrach describe en este capítulo los rasgos fundamentales de las distintas teorías de la democracia. En este sentido, puede ser considerado como un resumen de las principales posiciones enfrentadas en el debate mencionada en la introducción de esta ficha de lectura.

A] Teoría del elitismo democrático.

Se trata de una teoría explicativa, que pretende dar cuenta del funcionamiento de las democracias modernas en los países desarrollados (v. gr., el caso de EE.UU.), y no de una teoría normativa, que sugiere como “deberían operar” los sistemas democráticos (p. 146).

“Esta teoría general pretende estar por encima de la ideología pero está, en verdad, profundamente enraizada en una ideología, que se funda a su vez en un hondo recelo hacia la mayoría de los hombres y mujeres corrientes y en la confiada creencia de que las élites establecidas preservarán los valores de la civilidad y las «reglas del juego» democrático.” (p. 146).

Adhiere a las ideas liberales: 1) imperio de la ley; 2) derecho individual a la libertad de conciencia y de expresión y a la vida privada. Rechaza “el principio fundamental” de la teoría democrática clásica: “la confianza y la fe en el pueblo” (p. 147). Su principio normativo puede sintetizarse así: “la intolerancia de las masas es la amenaza suprema a la sociedad libre, la cual, en caso de sobrevivir, lo hará gracias a la sabiduría y coraje de las élites establecidas.” (p. 153).

Liberalismo y teoría democrática clásica son incompatibles. Esto se manifiesta en los principios explicativos básicos de la teoría del elitismo democrático, a saber:

I] Democracia concebida exclusivamente como método político. “la democracia debe auto perpetuarse como método, y asegurar por ende que la sociedad siga abierta a lo largo del tiempo.” (p. 147). Desde este punto de vista, puede afirmarse que la democracia goza de buena salud, en tanto se mantiene la apertura de la sociedad y, a la vez, reconocer que hay un gran número de personas alienadas de la vida social y política que las rodea. Sirve como argumento defensivo para las elites, pues no es necesario discutir la centralización o la delegación en la toma de decisiones, sino “el grado en que se ajusta el sistema a los principios básicos del método democrático: igualdad política (sufragio universal), libertad de palabra, gobierno de la mayoría, elecciones periódicas libres.” (p. 148).

II] Concepción unidimensional del interés político: “el valor del sistema democrático para los individuos corrientes debe medirse por el grado en que se ven beneficiados por los «productos» del sistema, en la forma de seguridad, servicios sociales y apoyo material (…) cuanto menos deba el individuo participar políticamente en sector de «insumos» y de demandas del sistema para percibir intereses en el sector de productos, mejor será su situación. (…) existen élites suficientes para representar sus intereses en el proceso de toma de decisiones, relegándolo a la tarea, comparativamente mucho menos penosa, de pagar pequeños impuestos, asistir de vez en cuando a algún mitin y echar una papeleta en la urna.” (p. 148). [1]

III] Concepción restringida e institucional de “lo político”: “Si «lo político» se limita a las decisiones gubernamentales y todo lo que con ellas se vincula, las instituciones claramente no gubernamentales son no políticas, con independencia del poder que tengan y de la influencia que surtan sus decisiones en la sociedad. Y al ser no políticas, la democratización no las alcanza por lo que incumbe a la teoría democrática.” (p. 150). [Bachrach aborda aquí un problema fundamental como es la distinción entre lo público (lo político) y lo privado. Según la teoría del elitismo democrático, la gran empresa y la economía en general, están fuera de la política. De ese modo, “la democracia es un método político, que no tiene por intención ni por designio operar más allá del ámbito político. En segundo lugar, ese estrecho concepto legitima el proceso decisional de la élite dentro de las grandes empresas y otras importantes instituciones privadas.” (p. 151).]

IV] El principio de igualdad de poder deja lugar al principio de igualdad de oportunidades: “el primero sólo tiene sentido como ideal por el cual esforzarse en una sociedad en la que hay esperanzas de lograr una base más igualitaria para la toma de decisiones, en tanto que el segundo se ajusta a un sistema político en el que el poder está sumamente estratificado” (p. 152).

B] Teoría clásica de la democracia.

La teoría clásica se sustenta en el siguiente principio básico: “la suposición de que la dignidad del hombre, y en verdad su crecimiento y desarrollo como ente actuante y responsivo en una sociedad libre, depende de su posibilidad de participar en forma activa en las decisiones que gravitan significativamente sobre él.” (p. 153).

Bachrach pasa inmediatamente a la crítica de la teoría clásica, “no llega a constituirse en una teoría política viable para la sociedad moderna, ya que si bien subraya la importancia de una amplia participación en la toma de decisiones políticas, no ofrece pautas realistas en cuanto a la manera de cumplir con sus preceptos en las grandes sociedades urbanas no llega a constituirse en una teoría política viable para la sociedad moderna, ya que si bien subraya .la importancia de una amplia participación en la toma de decisiones políticas, no ofrece pautas realistas en cuanto a la manera de cumplir con sus preceptos en las grandes sociedades urbanas.” (p. 154).

C] Teoría de la democracia del autodesarrollo.

Bachrach la propone como alternativa tanto a la teoría clásica como a la del elitismo democrático. Sostiene que el teórico de la democracia debe abandonar el método explicativo para aproximarse a su objeto de estudio: “Si se despoja a la teoría política -inclusive a la democrática- de fines normativos, no podrá cumplir con su función crucial de orientar las acciones humanas.” (p. 156).

La cuestión central a resolver es la siguiente: “el problema fundamental no es si la democracia debería o no tener un objetivo general, sino más bien si su objetivo debiera estar consagrado tácitamente a la viabilidad de un sistema democrático elitista, o apuntar explícitamente al autodesarrollo del individuo.” (p. 156-157).

Si el objetivo es el autodesarrollo del individuo, hay que tener presente que esto se logra participando en forma más activa en las decisiones significativas de la comunidad. La propuesta de Bachrach consiste en desarrollar esta participación incorporando los métodos democráticos de decisión a la gran empresa: “Para muchos, los problemas políticos y las elecciones son cuestiones triviales, o bien demasiado remotas y ajenas a su influencia; no tienen el mismo carácter los problemas que los afligen directamente en sus lugares de trabajo; estos últimos pueden ser comparativamente nimios, pero están cargados de las tensiones y emociones que suelen enfurecer a los hombres y poner a prueba su espíritu. Es allí donde se revela plenamente -a despecho de los efectos legitimadores de las formas burocráticas-, en todo su horror, la dominación del hombre por el hombre, es allí, en consecuencia, donde debe establecerse y llevarse a la práctica la democracia.” (p. 160; el resaltado es mío – AM-).

En definitiva, “la educación política resulta más eficaz en el plano en que desafía al individuo a cooperar en la solución de los problemas concretos que lo afectan a él y a su comunidad inmediata.” (p. 161).

Bachrach termina así el capítulo: “Si ya ha llegado la hora de abandonar el mito la adhesión del hombre común a la democracia también ha llegado la hora de que las élites en general y los politico!ogos en particular reconozcan que, sin el apoyo activo del hombre común la libertad no puede, a la larga, preservarse.” (p. 164-165).


Villa del Parque, domingo 24 de junio de 2018


NOTAS:

[1] Se opone a la concepción bidimensional del interés político, propia de la teoría clásica de la democracia, que concibe al interés como resultado final y en el proceso de participación: “Al concebir aquel exclusivamente en función de lo que el hombre recibe del gobierno, rechaza de manera tácita la afirmación de los teóricos clásicos en el sentido de que los intereses del ser humano incluyen también la oportunidad para su desarrollo que le proporciona la participación en decisiones políticas significativas.” (p. 149).

viernes, 8 de junio de 2018

FICHA: O’DONNELL, GUILLERMO, “ESTADO Y ALIANZAS EN ARGENTINA, 1956-1976”


La presente ficha de lectura está dedicada a un texto clásico de las ciencias sociales argentinas, el artículo de Guillermo O’Donnell (1936-2011), “Estado y alianzas en Argentina, 1956-1977” [1]. Como casi siempre, dispongo de muy poco tiempo para escribir, así que los comentarios a las citas textuales son mínimos. Me dediqué, sobre todo, a destacar aquellos temas y pasajes que considero fundamentales. Nada más ni nada menos. El contexto actual, marcado por una nueva crisis económica, social y política en Argentina, vuelve actuales las reflexiones del autor; su conocimiento es imprescindible para los militantes revolucionarios interesados en la comprensión de la realidad. Por último, quiero dejar expresamente asentado que la obra de O’Donnell merece un tratamiento mucho más cuidadoso que el realizado aquí.

El artículo prolonga la perspectiva histórica adoptada por el autor en su libro sobre el Estado burocrático autoritario. (p. 1). [2]

Problema: “en las últimas décadas han fracasado una y otra vez los intentos de establecer cualquier tipo de dominación política (o, lo que es lo mismo, cualquier tipo de Estado) en la Argentina.” (p. 1).

Método adoptado: no se explican coyunturas / sí análisis “tendencias de largo plazo que enmarcan a dichas coyunturas y, a la vez, permiten ligarlas con el proceso histórico en el que han emergido y se han disuelto.” (p. 2).

El BA [Burocrático-Autoritario] en Argentina presenta 7 características diferentes respecto a otras dictaduras latinoamericanas. Exigen ser explicadas y esto remite al estudio de un período histórico más amplio [1955-1976] (p. 3)

1] El menor nivel de “amenaza” [3] respecto a los otros países latinoamericanos;

2] Los menores controles aplicados al sector popular [4] y a sus aliados políticos;

3] El mayor nivel de autonomía del sector popular y de los sindicatos frente al Estado y a las clases dominantes;

4] Moderada pérdida del salario obrero frente a la caída abrupta de los ingresos de los sectores medios empleados;

5] La rápida alianza que se forjó entre el sector popular y los sindicatos, por una parte, y buena parte de la burguesía doméstica [5], por el otro, contra el nuevo Estado y sus políticas económicas;

6] El agudo conflicto que enfrentó rápidamente al gobierno (y, por ende, la burguesía industrial) contra la burguesía pampeana;

7] El decisivo papel del peronismocomo canal de expresión y movilización de una heterogénea constelación de fuerzas.” (p. 3).

Antecedentes históricos:

Respecto al resto de AL, Argentina presenta desde el siglo XIX diferencias significativas en: las características del capitalismo; la estructura de clases; los recursos del poder y las alianzas políticas posibles. (p. 4).

O’Donnell señala tres diferencias fundamentales:

(1)  El capitalismo argentino se expandió por medio de su incorporación como exportador de productos primarios al mercado mundial, mediante el sistema de la estancia. Otras regiones de AL no se incorporaron directamente a dicho mercado. La estancia fue menos intensiva en capital y tecnología que la plantación y el enclave, de ahí que el principal recurso productivo, la tierra, quedó en manos de una temprana burguesía agraria local; eso, sumado a una alta tasa de renta diferencial, dio a esa burguesía una base propia de acumulación de capital. Por eso emergió un sector urbano, comercial e incipientemente industrial. (p. 4).

(2)  La economía exportadora argentina (lana, cereales, carne) cubrió una parte proporcionalmente mayor del territorio nacional que otros países de AL. Una cantidad proporcionalmente mayor de la población se incorporó al mercado mundial. Escaso desarrollo del campesinado. Desde fines del siglo XIX, Argentina fue un caso de homogeneidad internacional que persiste hasta el momento de escribirse el artículo. (p. 5).

(3)  Las características de la acumulación local (sobre todo, de la región pampeana, con alta productividad internacional y explotación extensiva) hicieron que la estructura de la mencionada región fuera internamente más diversificada y próspera que las de otras zonas de AL. (p. 6). Esto derivó en: (3.1) comienzo de industrialización, ya a finales del siglo XIX, gracias a la existencia de un importante mercado urbano; (3.2) en paralelo, temprano desarrollo de la clase obrera, que construyó patrones de organización autónoma frente al Estado; (3.3) la economía creció al impulso de su propia sociedad civil  y de su engarce con la internacional, “el impulso dinamizador de este sistema pasaba relativamente poco por el Estado” (p. 8).

Estado argentino 1870-1930:

Se pareció al Estado liberal de los grandes centros mundiales. Era un sistema de democracia representativa, que incluía el fraude en las elecciones [hasta 1916], con una participación electoral no inferior al de aquéllos. Ese Estado fue creación de la burguesía pampeana y de sus prolongaciones financieras y comerciales en el sector urbano, que se engarzaron constituyendo un Estado nacional, no un Estado regional (como en otros lugares de AL), que controló el conjunto del territorio argentino. Arrasó rápidamente con las autonomías provinciales, dada la centralidad política de la burguesía pampean y el menor contrapeso de las clases dominantes regionales. (p. 8-9).

A la vez, la inserción temprana en el mercado mundial produjo una internacionalización de la sociedad y de la economía, uno de cuyos ejemplos fue el carácter liberal del Estado argentino. (p. 10).

O’Donnell presenta la siguiente síntesis: “en la Argentina la existencia de esa burguesía como parte de su propia modalidad de incorporación al mercado mundial generó una situación en la que los Estados regionales pesaron poco y en la que el Estado nacional fue uno de los ámbitos cruciales de la alta y temprana internacionalización de un conjunto en el que la economía pampeana abarcó mucho más que las otras economías latinoamericanas de exportación. Por eso -no a pesar, sino como condición misma de su centralidad «interna»- la relación de la burguesía pampeana con el Estado no tuvo la diafanidad a inmediatez que, cada uno a su manera, impusieron las oligarquías regionales y el capital internacional en buena parte de América Latina. Esto es una manera de reexpresar lo dicho antes acerca del alto grado de diferenciación y de autonomía propia (económica y, empezamos a verlo, también política) de la sociedad civil que se fue plasmando al compás de esto.” (p. 10).

El Estado liberal argentino caducó con la crisis del ’30, pero los elementos destacados aquí le permitieron recuperarse de la crisis más rápido que el resto de AL. Desarrollo de industrialización por sustitución de importaciones (ISI) e incorporación de gran parte de la fuerza de trabajo de las provincias del interior a las regiones industrializadas, como Buenos Aires y Gran Buenos Aires.

Dilemas a partir de 1930:

Para comenzar el análisis, hay que tener en cuenta dos puntos, cuya interacción es fundamental:

a)    Existencia de un sector popular en el que el mayor peso lo tiene la clase trabajadora, dotada de recursos económicos y organizativos mucho mayores que los del resto de AL. Inexistencia de un campesinado numéricamente importante, del que se podía extraer un excedente en situaciones de crisis. (p. 11).

b)    Particularidad de la economía argentina: los principales productos de exportación eran bienes-salario del sector popular, es decir, carne y cereales. [Cualquier plan de ajuste que implicara aumentar las exportaciones para obtener mayores divisas – dólares – conducía al choque con la clase trabajadora, que veía disminuidos sus salarios.]

La crisis del ’30 deprimió los precios de los bienes pampeanos. El peronismo en 1946-1950 controló la exportación de cereales y carne para mantener deprimidos los precios y beneficiar el consumo popular; se amplió la demanda efectiva de otros bienes, sobre todo los industriales. Consecuencia: problemas de balanza de pagos, por caída de la producción pampeana (los precios bajos no incentivaban una mayor producción) y aumento del consumo interno de bienes exportables. En 1952-1955 mejoraron los precios pampeanos, con protestas de la clase trabajadora, por la redistribución negativa, y de la burguesía industrial, por disminución del mercado interno. A partir de 1960 se produjo un aumento de la inversión extranjera directa en industria y servicios; ello se tradujo en aumento de las importaciones (mayor que la tasa de crecimiento de la producción y las exportaciones pampeanas) y el consiguiente deterioro de la balanza de pagos.

“Ante esto la solución económicamente "evidente" -y reiteradamente propuesta como tal radicaba en un fuerte aumento de las exportaciones que, al levantar el techo de la balanza de pagos, hubiera permitido proveer a esa estructura productiva urbana de las importaciones necesarias para un "desarrollo sostenido". Supuestos los parámetros capitalistas de la situación, esa solución implicaba, fundamentalmente, encontrar medios para aumentar la producción (y la productividad) pampeana y/o para reducir el nivel de ingreso del sector popular en forma de que, por media de la reducción del consumo interno de alimentos, quedaran "liberados" mayores excedentes exportables.” (p. 13).


Sistemas de alianzas a partir de 1955:

La situación económica desarrollada más arriba tuvo varias consecuencias políticas:

(1)  Repetidas alianzas entre buena parte de las fracciones débiles de la burguesía urbana y el sector popular [sobre todo la clase trabajadora], con el objetivo de la defensa del mercado interno contra los efectos recesivos de toda alza importante del precio de los productos exportables pampeanos. (p. 14).

(2)  Las movilizaciones del sector popular en defensa del nivel de ingresos y consumo internos llevaron al aumento de su capacidad de organización y de acción política. Victorias parciales de los sectores populares. (p. 14)

(3)  Profundo corte al interior de la burguesía urbana, entre sus fracciones oligopólicas y sus fracciones más débiles (que se apoyaban en el sector popular) (p. 14).

(4)  Corte entre los intereses económicos y las metas políticas de corto plazo de la burguesía urbana y la burguesía pampeana. (p. 14).

Como resultado de lo expuesto, se daban alianzas cambiantes que no terminaban de consolidarse. (p. 14). O’Donnell analiza las dificultades para constituir una alianza de largo plazo entre la burguesía urbana y la burguesía pampeana, basada en el aumento de la productividad de la producción agraria. (p. 15-18). Durante el período iniciado en 1956, cayó la producción de la región pampeana; dado que este sector era el principal productor de divisas, se volvía necesario un aumento de esa producción (y de las exportaciones). Ello no ocurrió. O’Donnell expone el problema en estos términos: “La conversión de la estancia pampeana en un agribusiness intensivo en capital y tecnología entraña decisiones de inversión referidas a un horizonte de tiempo bastante prolongado. La inestabilidad de los precios relativos pampeanos, la memoria histórica de esa inestabilidad y -sobre todo- la acertada predicción de la futura continuidad de la inestabilidad de esos precios, han impedido la toma de esas decisiones. Lo cual a su vez ha determinado que la burguesía pampeana, que fuera inicialmente la vanguardia dinámica y altamente productiva (en términos relativos internacionales durante el período previo a 1930), haya quedado cada vez más lejos de serlo a medida que nos aproximamos a la época actual. Y esto, fundamentalmente, porque dada la mencionada situación de precios relativos fue microeconómicamente racional mantener la modalidad «extensiva» de explotación de esa tierra.” (p. 16).

El aumento de los precios de los bienes exportables podría haber sido la base de una alianza entre la burguesía pampeana y la gran burguesía urbana. Sin embargo, las cosas no siguieron a la “lógica económica”. O’Donnell escribe: Esto da base objetiva para una alianza de largo plazo entre la gran burguesía urbana y la burguesía pampeana, que podría emprender la «modernización» del capitalismo argentino por la vía simultánea del aumento de la concentración del capital en el sector urbano y de la conversión de la última hacia un agribusiness. Sin embargo, al menos hasta 1976, esa alianza sólo se forjó por lapsos cortos, para disolverse rápidamente en situaciones que colocaron a estas dos fracciones «superiores» de la burguesía argentina en campos políticamente diferentes.” (p. 19).

La alianza mencionada en el párrafo anterior no fue posible “porque esa alianza ha sido enfrentada una y otra vez por otra -constituida básicamente por el sector popular y por las fracciones débiles de la burguesía urbana- que, a pesar de su subordinación económica, ha podido imponer políticamente condiciones suficientes como para que aquella alianza no pudiera sostenerse más allá del corto plazo. En el contexto latinoamericano esta ha sido una de las originalidades de la Argentina (y, con sus características propias, del Uruguay), la que sólo puede ser entendida a partir de la perspectiva histórica.” (p. 18).

El proceso de Stop and Go dominó la economía argentina entre 1955-1976: “Los períodos de bajos precios internos de los alimentos y de tasa de cambio estable han sido, no casualmente, los de mayor tasa de crecimiento del producto nacional, de distribución más igualitaria del ingreso y -hasta aproximarse al final del ciclo- de menor tasa de crecimiento de la inflación. Pero también han conducido a una crisis de balanza de pagos que, a medida que se avecinaba, generaba la implantación de una serie de «controles» (sobre todo de precios internos y cambiarios) que, sin embargo, no logró impedirla. Desencadenada esa crisis, se la trató con una abrupta devaluación que […] implicó un correlativo aumento del precio interno de los exportables. Estas devaluaciones fueron parte de «programas de estabilización», que profundizaron los efectos recesivos y redistributivos de la devaluación mediante otras medidas (fuerte iliquidez, reducción del déficit fiscal, congelamiento de salarios y aumento de la tasa real de interés) tendientes, por una parte, a consolidar la transferencia de ingresos al sector exportador y, por la otra, a ajustar el nivel interno de actividad económica a la exigua situación de balanza de pagos. Los impactos no sólo fueron recesivos y distributivos sino también inflacionarios (la stagflation no es ninguna novedad en la Argentina), sobre todo a través del alza exportación, del alza del precio de los bienes importados y del aumento de la tasa real de interés -en momentos en que, por el otro lado, se trataba de mantener congelados, o sistemáticamente rezagados, los salarios y la recesión aumentaba la desocupación-. En el corto plazo (y, como veremos, en estos procesos nunca hubo más que el corto plazo) la transferencia de ingresos hacia el sector exportador no indujo un aumento de la producción pampeana; pero los «programas de estabilización», a pesar de producir los efectos exactamente inversos respecto de la inflación, tuvieron éxito en aliviar la crisis de balanza de pagos. Claro que ese éxito ocurrió por una vía muy diferente a la que se anunciaba en los discursos oficiales, en las «recomendaciones» del Fondo Monetario Internacional y en las declaraciones de las organizaciones de la burguesía pampeana: esto es, no por un aumento de la producción exportable, sino como consecuencia de la recesión, que disminuía la demanda de importaciones al mismo tiempo que aumentaba los excedentes (sobre todo de alimentos) exportables. Pero todo esto generaba resistencia entre los muchos castigados por estas políticas, al tiempo que el relativo desahogo de balanza de pagos resultante generaba presiones para que se adoptaran políticas de reactivación económica. Consiguientemente, el aumento de la liquidez, el relajamiento de los controles sobre el déficit fiscal, la disponibilidad de divisas, el crecimiento de la ocupación y los aumentos salariales terminaban la fase descendente del ciclo a inauguraban una fase ascendente. Pero esta se precipitaba hacia una nueva crisis de balanza de pagos, a partir de la cual otra devaluación, y el consiguiente «programa de estabilización», inauguraban otra fase descendente...” (p. 19-21).

Péndulos:

En todas las fases del ciclo, la gran burguesía urbana [6] jugó a ganador. Realizó movimientos pendulares. Estos movimientos “fracturaron esa cohesión entre las dos fracciones «superiores» de esa burguesía (la oligopólica urbana y la pampeana), dotadas de importantes bases de acumulación propias y capaces de «modernizar» el capitalismo argentino.” (p. 21-23).

Cuando se producía el estrangulamiento de la balanza de pagos, la gran burguesía urbana se aliaba a la burguesía pampeana. Sin embargo, los “planes de estabilización” provocaban la reacción de las fracciones más débiles de la burguesía y del sector popular. Frente a ello, “la gran burguesía urbana hizo una y otra vez lo que toda burguesía hace sin la tutela de un Estado que le induzca otros comportamientos: atendió a sus intereses económicos de corto plazo, se montó en la cresta de la ola de la reactivación económica -de la que cabe suponer su posición le permitía beneficiarse privilegiadamente- y «dejó hacer» las políticas de reactivación. Con lo cual esa fracción recorría un arco completo del péndulo, sumándose al conjunto del sector urbano y abandonando a la burguesía pampeana a un solitario lamento por el rápido deterioro de sus precios relativos.” (p. 23).

Problema: “La alianza de las fracciones ‘superiores’ de la burguesía sólo podría haber rendido fruto en caso de haber perdurado por el tiempo suficiente como para que hubiera avances significativos en la productividad pampeana y, de paso, para que hubiera avanzado aún más la concentración del capital urbano en beneficio de la gran burguesía.” (p. 24).  Esto se hizo imposible en el período estudiado.

La conducta de la burguesía pampeana es explicada así: “…aunque hace ya bastante tiempo que perdió su perdió su condición de vanguardia dinámica del capitalismo argentino, la burguesía pampeana conservó un grado comparativamente inusitado de centralidad económica y política. Ese grado fue suficiente – en la defensiva – para bloquear todo intento de ‘reestructurarla’ y – ofensivamente – para montarse en la crisis de balanza de pagos para lograr, periódicamente, masivas transferencias de ingreso en su beneficio.” (p. 26). [7]

O’Donnell señala la especificidad de la política del ministro de Economía Adalbert Krieger Vasena (1967-1969), quien desarrolló la primera devaluación que no benefició a la burguesía pampeana. (p. 26).

La alianza defensiva:

Las fracciones más débiles de la burguesía urbana se encontraban en situación de mayor indefensión política frente a los avances de la gran burguesía. (p. 30). La base de la alianza defensiva entre los sectores populares y las fracciones débiles de la burguesía radicaba en el aumento y estabilización del precio relativo de los principales alimentos internos. (p. 30). La alianza defensiva se forjó en torno a la CGE, la CGT y la conducción nacional de los principales sindicatos. “Su primera, principal y tal vez última expresión ha sido el peronismo.” (p. 31).

“La razón de la comparativamente mayor capacidad política de la burguesía local en la Argentina no se halla tanto en ella misma como en las características del sector popular y -un aspecto de lo mismo- en el mayor grado de homogeneidad nacional del caso argentino respecto de los restantes latinoamericanos.” (p. 30).

Las fracciones débiles de la burguesía local tienen las siguientes características: “Estas fracciones suelen ser duramente castigadas por las recesiones subsiguientes a las devaluaciones y a los «programas de estabilización». Supuesto un alivio de la balanza de pagos, su interés inmediato consiste en un nuevo impulso de reactivación económica, que resulta de políticas que aumentan la ocupación, la liquidez, la disponibilidad de créditos, y que -en general- vuelven a hacer cumplir un papel expansivo a las actividades del Estado. Ese efecto también resulta directamente de los aumentos de salarios; no es sorprendente que esta  burguesía trabajo-intensiva apoye esos aumentos si se consideran los costos aún mayores que le implica la recesión. La concurrencia con los sindicatos en el  reclamo de aumento de salarios es, además, la prenda que esta burguesía entrega al sector popular para forjar la alianza. Esta burguesía -más o menos débil y más o menos castigada por la expansión del capital oligopólico a internacionalizado- existe en los otros países latinoamericanos, pero sólo en la Argentina encontró un aliado popular dotado de capacidad propia de acción y de intereses inmediatos altamente compatibles con los de aquélla.” (p. 31).

Las principales características de la alianza eran:

1] Fue esporádica pero recurrente. Se dio en las fases descendentes del ciclo y con alta coordinación táctica. Cuando se obtenía un aumento salarial y aumentaba el consumo interno, la alianza se disolvía. (p. 32).

2] La alianza fue defensiva. “Surgió contra las ofensivas de las fracciones superiores de la burguesía, postulando una vía «nacionalista» y «socialmente justa» de desarrollo que implicaba pasar por alto lo que era incapaz de problematizar como meta de su acción: la condición ya profundamente oligopólica e internacionalizada del capitalismo del que eran sus componentes económicamente más débiles. Fue defensiva, porque el triunfo de esta alianza se agotaba en sí mismo sin llegar a un sistema alternativo de acumulación; todo lo que lograba era sacar al ciclo de su fase descendente y lanzarlo a su fase ascendente, en condiciones que provocaban ineludiblemente su reiteración.” (p. 32).

3] Fue exitosa, a partir de los límites señalados en los dos puntos anteriores. “Su historia es la de repetidas victorias de anulación de los «programas de estabilización», de acotamiento de la expansión interna del capital internacional, de lanzamiento de nuevas fases de reactivación  económica y de nuevos «desalientos» de la burguesía pampeana ante la caída de sus precios.” (p. 33).

4] Fue policlasista. Incluía tanto al sector popular como a un componente burgués; “esto determinó que su orientación fuera nacionalista y capitalista. Su carácter policlasista, tejido alrededor de una coincidencia táctica para el logro de metas tan precisas como las ya comentadas, tuvo consecuencias fundamentales. Entre ellas, dio base popular a las demandas de la burguesía débil. Esta, con sus reclamos de aumentos salariales y sus públicos acuerdos con los sindicatos, apareció como una fracción «progresista» que, en contraste con las orientaciones «eficientistas» de la gran burguesía y con el arcaísmo de la «oligarquía terrateniente», parecía encarnar la posibilidad de un «desarrollo socialmente justo». En cuanto al sector popular (especialmente, los sindicatos y la clase obrera), la condición policlasista de la alianza le dio acceso a recursos y a medios de difusión con los que de otra manera difícilmente hubiera contado.” (p. 34).

5] Quedó encerrado dentro de parámetros capitalistas, por su carácter policlasista. “Esto ayuda a entender por qué el principal canal político de esa alianza, el peronismo, tampoco transpusiera esos límites. Pero esto también resultó de la experiencia reiterada de la victoria y de las subsiguientes derrotas. La activación política del sector popular atrás de las metas de la alianza defensiva, la protección que le acordaba su componente burgués y los cambios de políticas estatales que logró implicaron por un lado un aprendizaje realimentante de esa activación y, por el otro, la solidificación de las bases organizacionales -sobre todo los sindicatos- desde las que se articulaba.” (p. 35).

6] O’Donnell describe así el aprendizaje mencionado en el punto anterior: “En cuanto al aprendizaje, éste fue función de la fresca memoria de anteriores movilizaciones que lograron revertir la situación salarial y el nivel general de actividad de la economía. Y esta memoria tuvo repetidas ocasiones de actualizarse cada vez que se producía un nuevo giro descendente del ciclo. Esa memoria era, también, la del bajo poder disuasivo de controles que se quebraban en el momento en que el Estado, indicando un desplazamiento de las alianzas gobernantes, lanzaba las políticas de reactivación. Todo esto realimentaba la capacidad y la disposición de activación política del sector popular pero también llevaba a una no menos repetida experiencia de derrota: los períodos de baja de salarios, de aumento de la desocupación y de expulsión de los voceros de la alianza defensiva de la alianza gobernante. Pero -en contraste con el diáfano estímulo implicado por el alza del precio de los alimentos y la caída del salario real-, aquel momento de reversión ocurría por problemas (como la crisis de balanza de pagos) y a través de mecanismos (como la devaluación y la restricción de la liquidez de la economía) mucho más difíciles de captar en su funcionamiento e impactos. El beneficio que derivaba de ellos para la burguesía pampeana y para el sector exportador, así como el ostensible apoyo inicial que prestaba la gran burguesía a cada reversión del ciclo hacia su fase descendente, fomentaba la hostilidad del conjunto del sector popular contra aquellos y contra lo que implicaban de internacionalizado y de big business. A la vez, y por las razones que espero ya sean claras, la alianza no salía de los parámetros ya mencionados. Con ello la explicación de la necesidad de triunfar una y otra vez para volver a ser derrotados tendía a una visión mítica de «grandes intereses» que tenían una mágica capacidad para derrotar al «pueblo» y trabar el «desarrollo». La tensión implícita en todo esto tendía a dispararse en unos en dirección a una fuerte radicalización hacia la derecha y en otros hacia un cuestionamiento de los parámetros mismos de la situación. Pero contra estas tendencias operó una gran fuerza centrípeta: el velo que cubría las reales articulaciones del problema era que -como la CGT, la GCE y el peronismo no se cansaron de repetirlo- desde 1955 se había impedido que entre ellos realizaran la versión de desarrollo que, «puesta del lado del pueblo» y ejerciendo un amplio control del Estado, parecía ofrecer la burguesía local. La esperanza de armonización de lo «popular y nacional» contra la «oligarquía terrateniente» y los «monopolios internacionales», que parecía demostrada por las coincidencias de corto plazo de la alianza defensiva, se expresó en la inusitada vigencia histórica del peronismo y formó la gran ola que en 1973 lo devolvió al gobierno.” (p. 35-36).

7] El período 1955-1976 constituye una espiral de conflicto creciente entre clases, fracciones y organizaciones que no lograban más que victorias provisorias. “De lo que hemos hablado aquí es, desde este ángulo, de la constitución política, organizativa e ideológica de las clases y fracciones en juego -ellas se fueron haciendo y transformando, durante y en medio de este patrón de alianzas y oposiciones-. En particular, el sector popular y la clase obrera encontraron en los sindicatos [8] y -políticamente- en el peronismo, modalidades de constitución organizativa, ideológica y política que correspondían cercanamente a los vaivenes y a los límites de la situación. La movilización atrás de las demandas de la alianza defensiva, con sus metas precisas y su marco policlasista, obtuvo muchas veces un triunfo espectacular. Esto permite entender la particular combinación de una impresionante movilización popular con un economicismo de demandas que incluso recalcó -en prenda de alianza con la burguesía local- su rechazo a todo camino que pudiera implicar un salto de afuera del capitalismo. Fue, precisamente, ese militante economicismo el que, al entrar en fusión con las fracciones débiles de la burguesía, permitió las reiteradas victorias defensivas.” (p. 37).

[8] La gran burguesía integró todas las alianzas gobernantes, ya fuera las lideradas por la burguesía pampeana, como las coaliciones del sector popular. “No dejó de ser la fracción dominante, pero las particulares condiciones que hemos reseñado implicaron que su dominación se desplazara continuamente en ese movimiento pendular. Al mismo tiempo, y por las mismas razones, los canales de acumulación entraban en repetidos corto circuitos. En estas condiciones, el capitalismo argentino tenía que girar mordiéndose la cola en espirales cada vez más violentas. Estas claves permiten entender a la Argentina como algo menos surrealista -aunque posiblemente más complicado- que lo que aparece en la superficie de su «inestabilidad política» y de su errático «desarrollo».” (p. 37-38).


Estado: [9]

“Los penduleos de la gran burguesía y sus dificultades para subordinar al conjunto de la sociedad civil son indicación palpable de una continuada crisis de dominación política. También lo es su contrafaz, las recurrentes y parcialmente victoriosas fusiones de la alianza defensiva. De esto nació una democratización por defecto, que resultaba de las dificultades para imponer la «solución» autoritaria que siguió siendo buscada afanosamente, porque en ella parecía radicar la posibilidad de sacar al capitalismo argentino de sus espirales y de «poner en su lugar» a las clases subordinadas.” (p. 38).

Bajo el término alianza gobernante, el autor alude “a la que impone, a través del sistema institucional del Estado, políticas conformes a las orientaciones y demandas de sus componentes.” (p. 38).

El movimiento pendular (y en espiral), descripto en los apartados anteriores, permite describir la debilidad de las políticas estatales durante el período, a punto tal que nunca llegaban a implementarse efectivamente, “porque no tardaban en ser revertidas por la dinámica de una sociedad civil que marcaba el ritmo que el estado bailaba.” (p. 39).

El Estado del período analizado fue “extensamente colonizado por la sociedad civil” (p. 39). “De esto resultó un aparato estatal extensamente colonizado por la sociedad civil. En él no sólo se aferraban las fracciones superiores de la burguesía sino también sus fracciones más débiles y parte de las clases subalternas -otra fundamental diferencia respecto del resto de los casos latinoamericanos, que solo puede entenderse como consecuencia de las que hemos ido señalando en las páginas anteriores-. Las luchas de la sociedad civil se interiorizaban en el sistema institucional del Estado en un grado que expresaba no sólo el peso de las fracciones superiores de la burguesía sino también las particulares circunstancias que daban gran capacidad de resistencia y de victoria parcial a la alianza defensiva. Como consecuencia de esto, ese Estado colonizado fue también un Estado extraordinariamente fraccionado, que reproducía al interior de sus instituciones la democratización por defecto de una sociedad civil que encontraba allí palancas para seguir empujando sus espirales.” (p. 39).

La debilidad estatal impidió una salida posible al espiral mencionado: el Capitalismo de Estado. Nunca existió un aparato burocrático estable y consolidado. (p. 40).

1973 = victoria de la alianza defensiva, con exclusión de la gran burguesía.

El autor describe así la experiencia 1973-1976: “La muerte de Perón, una particular irracionalidad palaciega y una violencia que se realimentaba velozmente, contribuyeron a sacudir hasta sus cimientos a una sociedad que aceleraba las espirales de su crisis; lo mismo hicieron con un Estado que fracasaba ostensiblemente en garantizar la reproducción de ese capitalismo. Pero a aquellos factores subyacía el hecho de que cuando la alianza defensiva logró, por fin, ser por sí sola la alianza gobernante, tropezó con sus propios límites; las mismas razones que la habían llevado a ese extraordinario triunfo precipitaron una inmensa catástrofe. Junto con esto, la gran promesa pendiente de la vía «nacionalista» y «socialmente justa» de desarrollo fue, finalmente, sometida a prueba por la positiva -y, por su parte, muchas de las tensiones centrífugas de la alianza defensiva se dispararon violentamente en opuestas direcciones. El gran triunfo de la alianza defensiva condujo, en síntesis, al paroxismo de la crisis política y económica, al reflujo de la ideología nacionalista, a la implantación de un nuevo Estado y a la disolución o intervención de las principales organizaciones del sector popular y de la burguesía local. Con todo lo cual, y por primera vez, los sustentos políticos, ideológicos y organizacionales de la alianza defensiva han sido puestos entre paréntesis. Esto ha hecho posible que actualmente las fracciones superiores de la burguesía tanteen una reacomodación a largo plazo sobre bases que presuponen una relación más igualitaria -entre ellas- que las de 1968-1969; el reverso de la moneda -y su requisito- es, precisamente, la dispersión de la alianza defensiva. Esto no implica que no pueda reforjarse esta alianza ni que la Argentina ya no retornará a las espirales que hemos estudiado.

Pero para que ello ocurra la burguesía local tendría que emprender un azaroso camino de Damasco hacia el sector popular, y no es seguro que para entonces éste siga enmarcado por las coordenadas ideológicas y políticas que cimentaron a la alianza defensiva antes de su grande y catastrófica victoria. El actual gobierno de las Fuerzas Armadas se ha inaugurado anunciando la terminación del período iniciado en la década de 1950. Esto lo han dicho todos los gobiernos, pero es la primera vez que es posible que así sea. En ese caso la historia no se habrá detenido, pero los conflictos que la tejen ya no serían los que hemos analizado aquí.” (p. 42-43).


Villa del Parque, viernes 8 de junio de 2018


NOTAS:
[1] Artículo presentado en el Simposio sobre Estado y Desarrollo en América Latina, Universidad de Cambridge, 12-16 de diciembre de 1976. Publicado por primera vez en la revista DESARROLLO ECONÓMICO, Buenos Aires, Vol. XVI Nº 64, 1977.

[2] O’Donnell, Guillermo. [1° edición: 1982]. (2009). El Estado burocrático autoritario, 1966-1973. Buenos Aires: Prometeo.

[3] O’Donnell entiende por amenaza “al grado en que las clases y actores dominantes internos y externos consideraron que era inminente, y voluntariamente
buscada por los liderazgos políticos del sector popular, la ruptura de los parámetros capitalistas y de las afiliaciones internacionales de nuestros países.” (p. 2).

[4] O’Donnell sostiene que el sector popular está integrado por la “clase obrera y las capas empleadas y sindicalizadas de los sectores medios”. (p. 3).

[5] “Defino como «burguesía doméstica» al conjunto de fracciones de la burguesía urbana que controla empresas de propiedad total o mayoritariamente nacional. La definición excluye, por lo tanto, a las subsidiarias de empresas transnacionales radicadas localmente y a la burguesía agraria (dentro de la cual nos ocuparemos de la burguesía pampeana). La burguesía doméstica debe a su vez ser desagregada ya que incluye desde las capas más débiles y plenamente nacionales de la burguesía urbana hasta empresas oligopólicas a íntimamente conectadas -por diversos mecanismos que no es necesario analizar aquí- con el capital internacional. Cortando analíticamente de manera diferente, más adelante hablaremos de «gran burguesía» (urbana), refiriéndonos al conjunto formado por las filiales de empresas transnacionales y por esa «capa superior» de la burguesía doméstica. «Abajo» de la gran burguesía queda entonces lo que llamaremos la «burguesía local» o simplemente «débil», formada por capitalistas que controlan empresas no oligopólicas, de menor tamaño y (casi siempre) de menor densidad de capital que la de la gran burguesía y que, además, no suelen tener conexiones directas con el capital internacional -que las fracciones más débiles dé la burguesía sean también las más auténticamente «nacionales» es una de las características centrales del «desarrollo asociado»". (p. 2-3).

[6] O´Donnell explica así la conducta de esta fracción: a la gran burguesía urbana “no la perjudican devaluación y los «programas de estabilización» a la vez que, como apéndice directo o íntimamente vinculado al capital internacional, esa fracción es la que mejor percibe los costos y más teme la posibilidad de una cesación internacional de pagos. Además, esa fracción es la más directamente interesada en que se alivie la crisis de balanza de pagos, al tiempo que la libre transferibilidad internacional de capitales (que ese alivio permite y que los programas de estabilización ortodoxamente anticipan) aumentan aún más sus ventajas de acceso a un crédito internamente nunca tan escaso, y reabre los canales «normales» de transferencia de la acumulación hacia el centro del sistema del que -como fracción que es internamente dominante porque es la más internacionalizada- es más intrínsecamente parte que cualquier otra. En el tramo final de la fase ascendente del ciclo estos factores convierten a esa gran burguesía en aliada de la burguesía pampeana (y del conjunto del sector exportador) en su reclamo de las medidas que originan la fase descendente.” (p. 21-22).

[7] O’Donnell amplía la explicación: “El caso de la burguesía pampeana ha sido diferente. Ya he señalado su temprana condición de clase propiamente nacional, incluso en lo que hace a su directa vinculación -que los constituyó como tales- con el Estado nacional; esto significó que las luchas interburguesas no tuvieron su ámbito principal entre un Estado nacional y Estados regionales que perdían rápidamente su peso relativo frente al primero, sino en el interior mismo de un Estado nacional que se fracturaba continuamente por imposición de esas luchas. Además, la decisiva importancia de la producción pampeana para el conjunto de la economía y de las exportaciones -un aspecto del escaso peso de otras regiones en la Argentina- determinó que su «desaliento» ante la caída de sus precios y los intentos de «reestructurarla» por mecanismos impositivos repercutieran de inmediato sobre la balanza de pagos –a la vez que la consecuencia de otra especificidad argentina, el paralelo aumento del consumo interno de los exportables, disminuía aún más las exportaciones potencialmente disponibles en el corto plazo, antes de que por cualquier vía hubiera aumentado la producción pampeana-. Con lo cual llegaba la crisis de balanza de pagos, cuyo alivio por medio de las devaluaciones implicaba no sólo revertir los precios relativos sino también expulsar de la alianza gobernante a los sectores que habían impulsado la reactivación del ciclo. Lo cual implicaba que a partir de ese momento -mientras duraran los «programas de estabilización»- pesaban fuertemente al interior del Estado los intereses inmediatos de la burguesía pampeana. Y ésta, por supuesto, aventaba toda posibilidad de "reestructurarla", centraba la cuestión alrededor del aumento de sus precios, y con eso sembraba las condiciones que llevarían algo después a una nueva reversión del ciclo...” (p. 25-26).

[8] O’Donnell describe así la posición de los sindicatos: “los sindicatos no fueron excepción a esto; la historia de la alianza defensiva es también la de la extracción al Estado de importantes ventajas institucionales por parte de aquellos. Estas, a su vez, reforzaban la posibilidad de volver a movilizar al sector popular. Ellas también permitían que los sindicatos abarcaran a la clase de una densa red organizacional y la canalizaran una y otra vez hacia un militante economicismo, hacia la alianza policlasista y hacia la esperanza pendiente de la otra vía capitalista que anunciaba -en un plano político que se ligaba íntimamente con éste- el peronismo.” (p. 37).

[9] El autor lo define así: “por «Estado» entiendo no sólo un conjunto de instituciones (o «aparatos»). Incluyo también -y más fundamentalmente- el entramado de relaciones de dominación «política» (en tanto actuado y respaldado por esas instituciones en una sociedad territorialmente delimitada), que sostiene y contribuye a reproducir la «organización»  clases de una sociedad.” (p. 38).