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sábado, 27 de diciembre de 2014

ESTADO Y PROCESO DE PRODUCCIÓN EN MARX

Toda vez que alguien pretende organizar un curso introductorio sobre Marx o el marxismo y se ve obligado a decir unas palabras sobre la teoría del Estado, suele recurrir al Manifiesto Comunista (1848) y/o al prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859). Es mucho menos frecuente recurrir a El capital; cuando es así, el capítulo 24 del Libro Primero (acumulación originaria) se lleva todos los favoritismos. El capital tiene fama de libro difícil y, por tanto, queda relegado a la lectura académica, es decir, a la peor de las lecturas posibles, porque separa al texto de su ineludible función política. Por ello me propuse redactar una serie de artículos sobre la teoría marxista del Estado y de la política tal como aparece en El capital. Desde ya aviso al lector que no debe esperar nada original; a lo sumo, una lectura ceñida al texto de Marx.

En el Libro Tercero de El capital (1894) (1), Marx formula una serie de indicaciones sobre la relación entre el proceso de producción y el Estado. Ellas constituyen la base para elaborar una teoría del Estado capitalista.

En el capítulo 47 (Génesis de la renta capitalista de la tierra) se encuentra el pasaje fundamental:

En todos los casos es la relación directa entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos – relación ésta cuya forma eventual siempre corresponde naturalmente a determinada fase de desarrollo del modo de trabajo y, por ende, a su fuerza productiva social – donde encontraremos el secreto más íntimo, el fundamento oculto de toda la estructura social, y por consiguiente también de la forma política que presenta la relación de soberanía y dependencia, en suma, de la forma específica del estado existente en cada caso.” (p. 1007; el resaltado es mío).

El punto de partida del estudio de la sociedad es el proceso de trabajo, entendido no como un mero proceso técnico (resultado de la combinación de los factores de producción –tierra, capital, trabajo), sino como un conjunto de relaciones sociales, la principal de las cuales es la que se establece entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos. Esta forma de concebir al proceso de producción permite pensarlo como un campo de lucha entre propietarios y no-propietarios. De ahí que Marx pueda pasar inmediatamente a sostener que dicha relación es la que devela el secreto que permite comprender la forma de Estado. Esto es así porque la relación entre propietarios de los medios de producción y los productores directos es, desde el vamos, una relación política, en el sentido de que los segundos se encuentran subordinados a los primeros en lo que hace a la toma de decisiones sobre el proceso de trabajo. Marx lo expresa así:

“La forma económica específica en la que se le extrae el plustrabajo impago al productor directo determina la relación de dominación y servidumbre, tal como ésta surge directamente de la propia producción y, a su vez, reacciona en forma determinante sobre ella.” (p. 1007).

En alguna otra parte, Marx escribe que toda lucha de clases se reduce a una pelea por el control del tiempo. En este sentido, la forma más elemental de dominación política es la que hace que los productores trabajen una parte de su tiempo de manera gratuita para los propietarios de los medios de producción. Marx dinamita así la separación entre economía y política, tan cara al capitalismo, que postula que la producción es el ámbito de lo privado, donde las decisiones son producto del acuerdo contractual entre los individuos. Para Marx, la forma en que se trabaja no es la expresión de la libre voluntad de los individuos manifestada en el contrato, sino una relación de sometimiento político a partir del hecho de la propiedad privada de los medios de producción. Quien controla las condiciones de trabajo controla el tiempo de los productores. Así de sencillo.

Pero la relación entre proceso de producción y política no es unilateral. No se trata de que la primera determina a la segunda y punto. A diferencia de quienes pretenden hacer de su teoría de la sociedad un esquema donde sólo existen el blanco y el negro, Marx presenta una visión compleja de la sociedad, donde la azar y la determinación van de la mano (2). Ante todo, al final del pasaje comentado, señala que “la relación de sometimiento y servidumbre” reacciona “en forma determinante” sobre la forma económica específica en que se extrae plustrabajo impago del productor directo. La forma económica de extraer trabajo gratuito (por ejemplo, el proceso de producción capitalista) determina una forma política de sometimiento (por ejemplo, el Estado capitalista), pero ésta determina, a su vez, a la forma económica. De ahí el planteo de que sólo en el análisis de las condiciones concretas es posible entender la manera en que se verifica la relación entre forma económica y forma política:

“Esto no impide que la misma base económica (…), en virtud de incontables diferentes circunstancias empíricas, condiciones naturales, relaciones raciales, influencias históricas operantes desde el exterior, etc., pueda presentar infinitas variaciones y matices en sus manifestaciones, las que sólo resultan comprensibles mediante el análisis de las circunstancias empíricamente dadas.” (p. 1007).

Lejos de formular un esquema blanco y negro aplicable a todas las situaciones, Marx plantea un verdadero programa de investigación, según el cual no sirve estudiar únicamente las variaciones de la base económica, sino que es imprescindible arrancar de la totalidad, entendida como el conjunto de esa base económica y las relaciones de sometimiento, y, además, examinar ese conjunto a la luz de cada situación concreta. No es ninguna novedad, pero es preciso repetirlo una y otra vez.

El marxismo es cualquier cosa menos una teoría acabada (en todo el sentido de la palabra) acerca de la sociedad; por el contrario, se trata de una ciencia que, para evitar convertirse en dogma, debe someterse en todo momento a la prueba de los hechos, esto es, a mostrar su eficacia para explicar correctamente cada situación concreta. Formular generalidades acerca de la determinación de la política por la economía es una caricatura del marxismo, que sirve en todo caso a la burguesía, la clase social interesada en perpetuar la extracción de trabajo gratuito de los productores directos. No hay que olvidar que el marxismo es una ciencia con objetivos políticos: una ciencia del capitalismo que se propone contribuir al derrocamiento del capitalismo y a su reemplazo por otra forma de organización social, el socialismo. De ahí que el análisis riguroso de cada situación concreta sea ineludible.

En el capítulo 51 (Relaciones de distribución y relaciones de producción) están formuladas una serie de precisiones sobre la política bajo el capitalismo. Este será el tema del próximo artículo.

Villa del Parque, sábado 27 de diciembre de 2014

NOTAS:

(1)  Marx, Karl. (2004). El capital: Crítica de la economía política. Libro tercero: El proceso global de la producción capitalista. México D. F.: Siglo XXI. (Traducción de León Mames).


(2)  Así formulada, esta proposición es una conclusión sin premisas, tal como gustaba decir el viejo Althusser. Sin perjuicio de tratar como se debe este tema en un escrito posterior, corresponde decir algunas palabras. La determinación está dada porque cada generación (y esto es válido, por supuesto, para cada individuo) se encuentra con condiciones de producción que no ha creado y que determinan su existencia. Dichas condiciones reducen el marco de acción de las clases y de los individuos; dicho de otro modo, acotan el menú de opciones disponibles. En un ejemplo simplote, en el marco del capitalismo no puede plantearse el regreso al feudalismo como opción viable, porque las condiciones de producción lo hacen imposible. En este sentido, hay determinación. Sin embargo, la forma de dominación política no está determinada del mismo modo, sino que depende del resultado de la lucha de clases, y ese resultado se encuentra indeterminado de antemano. Esto es el azar (el lector atento podrá decir que, más que azar, se trata de un proceso complejísimo de infinitas determinaciones).

viernes, 19 de diciembre de 2014

CUBA Y EL ACERCAMIENTO A EE. UU

Quien escribe esta nota lo hace con dolor. Mis abuelos maternos, mis padres, mis tíos, mis primos, fueron defensores de la Revolución Cubana; en el caso de mis abuelos, desde sus mismos comienzos, cuando Fidel, el Che y Camilo eran unos personajes semilegendarios que combatían en la mítica Sierra Maestra. De ahí que autor escriba estas líneas con rabia.
El acercamiento diplomático entre los EE. UU. y Cuba marca la clausura formal de la Revolución Cubana. Formal, porque la finalización real de la Revolución  se dio hace ya mucho tiempo. En este sentido, el acuerdo es un hito más en el proceso contrarrevolucionario que conduce con paso lento pero seguro a la restauración plena del capitalismo en la isla. Lejos de ser un triunfo del pueblo cubano, expresa de modo desembozado la capitulación de la burocracia gobernante frente al capitalismo.

Este artículo no pretende historiar el proceso mencionado en el párrafo anterior; por eso,  voy a limitarme a esbozar sus rasgos fundamentales, a sabiendas de que el cuadro es forzosamente incompleto. En principio, corresponde hacer una aclaración. Es habitual atribuir el fracaso y/o las taras de la Revolución Cubana a los efectos del embargo llevado adelante por EE. UU. Dicho de otro modo, fue el imperialismo yanqui quien puso en jaque a la Revolución. Sin negar la influencia del embargo (para nada es un tema menor), hay que señalar que se trata de una manera simplista de abordar la cuestión. Muchos capitalistas norteamericanos vienen afirmando que, lejos de debilitar al régimen cubano, el embargo lo fortalece y mejora la posición de las empresas de otros países que pugnan por apropiarse los diferentes mercados de la isla. Por otra parte, la presión constante de varios gobiernos estadounidenses sobre Cuba (sabotajes, propaganda anticubana, financiamiento a grupos opositores, etc.), reforzó al régimen, pues permitió a éste jugar a pleno la carta del nacionalismo. Atribuir la crisis o las crisis de la Revolución a la presión del imperialismo es una solución fácil que, como todas las soluciones fáciles, deja al margen lo principal.

Para explicar la clausura de la Revolución es preciso dar cuenta de los procesos internos que llevaron a esa situación. No basta mentar al imperialismo como un conejo que puede ser sacado todo el tiempo de la galera. La Revolución Cubana fue, entre otras cosas, una gigantesca movilización popular, en la que jugaron un papel fundamental los campesinos. La profundidad de la Reforma Agraria pagó con creces el apoyo de los campesinos a la Revolución y se convirtió en uno de los baluartes más sólidos del régimen. La derrota de la dictadura de Batista, por otra parte, se tradujo en una etapa de libertades democráticas como nunca había experimentado la isla. Reforma agraria más libertades democráticas, he aquí el programa inicial de la Revolución Cubana que, en estos términos, no puede considerarse de carácter socialista. El avance hacia el socialismo llegó después, como consecuencia de la acción de una parte de la dirigencia revolucionaria y de la necesidad objetiva de apoyo económico a partir de las presiones crecientes de los EE. UU. En este marco, la alianza con la U.R.S.S., producto de las necesidades de supervivencia de la Revolución, puso límites muy estrechos al avance de ésta. Al implantar métodos estalinistas de gestión económica, la política económica revolucionaria suprimió paulatinamente la posibilidad de que los trabajadores participaran en la toma de decisiones en la producción. Al reforzar el estatismo, fortaleció la posición rectora de la burocracia revolucionaria, que pasó a ser la clase dominante en la sociedad cubana. Es verdad que se trataba de un sector social que carecía de propiedad privada de los medios de producción (éstos pertenecían al Estado), pero su influencia sobre el proceso económico era inmensa.
El desarrollo de la burocracia se dio de la mano con otro proceso, mucho más lento y subterráneo, que fue horadando a la sociedad revolucionaria. En Cuba, la circulación mercantil jamás fue suprimida por completo. De hecho, a medida que se producía un deterioro en la capacidad económica de la isla (esto fue especialmente notorio a partir de la caída de la U.R.S.S.), el régimen cubano se vio obligado a recurrir a mecanismos de mercado para garantizar, por ejemplo, el abastecimiento de alimentos a las ciudades. Como es sabido, la producción mercantil no es gratis en término de sus efectos sociales. Su mera existencia posibilita el desarrollo de una acumulación desigual de riqueza, en beneficio de aquellos que tienen un mejor punto de arranque (por ejemplo, la diferencia entre un campesino que posee un buey para tirar del arado y otro que debe hacerlo con sus brazos). Esto, sumado a la existencia de la burocracia mencionada en el párrafo anterior, genera un sinfín de posibilidades de acumulación desigual de riqueza. Es verdad que esta acumulación tropieza con dificultades objetivas como, por ejemplo, un régimen jurídico que no contempla la propiedad privada de la tierra ni de los medios de producción; no obstante, estos límites tienden a ser eliminados por el régimen.

El mercado mundial fue otro factor central en la erosión paulatina de la Revolución. No es novedad que Cuba posee una economía que requiere de importaciones para poder subsistir. Ahora bien, el mercado mundial funciona siguiendo la ley del valor, esto es, los productos se cambian por sus equivalentes en valor. De ahí que exista una tendencia a uniformar las condiciones de producción en los distintos países. Si un país se decide a jugar en el mercado mundial (cosa inevitable, por cierto), debe aceptar las reglas de juego. Es verdad que en Cuba la inmensa mayoría de los trabajadores son empleados del Estado y que, en muchísimos casos, reciben una paga (exigua) por no hacer nada. Esta situación, lejos de ser un logro del socialismo, expresa el grado de descomposición de la economía cubana. Pero en los sectores donde se ha permitido la inversión extranjera (por ejemplo, la hotelería), las reglas de juego del capital han comenzado a implantarse, generando una fuerte presión para modificar la legislación laboral cubana. Además, la necesidad de obtener divisas para pagar las importaciones en el mercado mundial, ha hecho que el gobierno cubano sea especialmente permisivo con las actividades que generan dichas divisas (entre ellas, la prostitución – Cuba es probablemente uno de los prostíbulos a cielo abierto más grandes del mundo -).

El turismo internacional ha sido una de las puntas de lanza en la implantación de relaciones mercantiles en la isla. Quienes trabajan en el sector turístico, ya sea directamente o como proveedores de servicios para dicho sector, poseen un acceso privilegiado a las divisas, la mercancía más deseada por la sociedad cubana. En un país donde la libreta de abastecimiento garantiza el acceso a alimentos de pésima calidad, el poseer unos pocos dólares hace la diferencia. Es difícil exagerar los efectos disolventes de esta desigualdad en el acceso a las divisas. En Cuba se ven personas que juntas hasta la última moneda cubana para poder comprar algo en los desabastecidos mercados locales, en tanto que los que poseen divisas pueden acceder a los bienes que se venden en las tiendas para turistas. La corrupción, el delito, la pérdida de esperanzas en el futuro, prosperan en esta situación que favorece la acentuación de la desigualdad social.

Todos estos factores potencian el peso de la burocracia gobernante en la isla. Hace ya mucho tiempo que el PC cubano eliminó las manifestaciones de disidencia en sus filas. En este momento, el debate en su seno gira en torno a la vía elegida para retornar plenamente al capitalismo, no sobre un giro socialista o cosa por el estilo. En una economía devastada y en una sociedad donde cada vez más impera el sálvese quien pueda (o quien tenga divisas en el bolsillo), la burocracia constituye el único reaseguro de que las cosas funcionen mínimamente. Para ello recurre al control policíaco y a la persecución de toda actividad independiente de la población. El recurso al nacionalismo, al poner en la misma bolsa a quienes pretenden defender las libertades democráticas con aquellos que promueven una restauración capitalista, resulta especialmente efectivo.

En los párrafos anteriores intenté demostrar cómo el proceso revolucionario cubano colapsó mucho más por una combinación de factores internos y la acción del mercado mundial, que por la intervención del imperialismo yanqui. Esto es difícil de percibir porque, en nuestro país, como en tantos otros lugares, se ha forjado un mito de la Revolución Cubana. Dicha imagen heroica obtura cualquier posibilidad de análisis serio y, en los hechos, termina por ser un obstáculo a la comprensión de la Revolución y a la elaboración de una política revolucionaria. El mito deja de lado la cuestión de que el Estado y la burocracia ocuparon el lugar de los trabajadores en la dirección del proceso revolucionario. Embellecer la realidad no sirve a la causa revolucionaria.



Villa del Parque, viernes 19 de diciembre de 2014

jueves, 18 de diciembre de 2014

MARX Y EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO

Tradicionalmente, la filosofía de la ciencia se concentró en el campo de las ciencias naturales y descuidó a las ciencias sociales. Sin temor a equivocarse, puede afirmarse que las grandes filosofías de la ciencia del siglo XX (tanto el Círculo de Viena, el falsacionismo de Popper, la teoría de las revoluciones científicas de Kuhn, etc, etc.), dijeron poco y nada sobre las ciencias de la sociedad. No es este el lugar para dar cuenta de las razones del sesgo de la filosofía de la ciencia del siglo pasado. Creo preferible abordar otra cuestión, a mi juicio más importante: el tratamiento por los propios teóricos sociales del problema del conocimiento en ciencias sociales.

No constituye una novedad decir que todos los grandes exponentes de la teoría social moderna reflexionaron sobre el carácter y las condiciones del conocimiento de lo social. Si nos concentramos en los clásicos (entendiendo por tales a la Sociología Clásica y a Marx), observamos que, a la vez que construían los edificios contrapuestos de la sociología moderna y del marxismo, daban cuenta de los caminos para obtener conocimiento y de la validez del mismo. En otras palabras, la teoría social moderna se dio su propia “filosofía de la ciencia”. Sin entrar a discutir las razones de esto, es posible afirmar que, dado que las ciencias sociales se encontraron siempre en inferioridad de condiciones frente a las ciencias de la naturaleza, los teóricos sociales se vieron obligados a justificar a cada paso la validez de sus teorías de la sociedad, con el objeto de evitar que fueran consideradas meras opiniones (en el Río de la Plata diríamos “charlas de café”).

Dado que este blog mantiene una orientación marxista, dejaré por el momento de lado a los sociólogos clásicos (Comte, Spencer, Durkheim y Weber), y dedicaré este artículo a comentar brevemente la posición de Karl Marx respecto al problema del conocimiento. Para hacer esto recurriré al Libro Tercero de El Capital. Allí, casi al comienzo de la Sección Séptima (“Los réditos y sus fuentes”), encontramos la siguiente frase:

“…toda ciencia sería superflua si la forma de manifestación y la esencia de las cosas coincidiesen directamente” (p. 1041) (1)

En la expresión citada se encuentra contenida toda la riqueza del enfoque de Marx en el campo de la teoría del conocimiento de la sociedad. Para su plena comprensión es preciso efectuar algunas aclaraciones.

En primero lugar, el lenguaje marxista coquetea aquí con la filosofía hegeliana (la distinción entre forma y esencia, un tópico que arraiga en toda la tradición filosófica occidental). Ahora bien, no debe presuponerse la preeminencia de la esencia sobre la forma, es decir, que la esencia determina el contenido de algo y que la forma es simplemente una cáscara ocasional que contiene a esa esencia. Al contrario, el enfoque hegeliano supone que la forma tiene tanta importancia como la esencia o, mejor dicho, que ambas forman una totalidad inseparable (salvo para los fines analíticos). Dicho de otro modo, la esencia modifica a la forma, pero la segunda también lo propio con la primera. Por ejemplo, en la teoría marxista el Estado es concebido como un órgano de dominación al servicio de las clases que detentan el poder en cada sociedad. Esta es la esencia del Estado. En su forma capitalista, el Estado pone en un segundo plano la utilización de la violencia directa sobre las clases explotadas, y tiende a desarrollar regímenes democráticos. Si nos concentramos en la forma, da la impresión de que el Estado ha dejado de ser un órgano de dominación (y alguien puede llegar a marearse y pensar que se trata de un Estado que nos representa a todos); si nos concentramos en la esencia, se pierde lo específico del Estado capitalista, que es la construcción de un espacio de vigencia de las libertades formales y de la ciudadanía (espacio que garantiza mejor que una dictadura política la explotación capitalista). Es claro que si escindimos forma y esencia, o si postulamos la superioridad de un polo sobre otro, perdemos de vista lo específico del Estado capitalista.

En segundo lugar, el pasaje transcripto debe leerse en conexión con el tratamiento del fetichismo de la mercancía, elaborado en el capítulo 1 del Libro Primero de El Capital (2). Marx esboza allí su teoría de la cosificación de las relaciones sociales en el capitalismo. Según Marx, las categorías económicas (como el capital, el dinero, etc.), creación de los seres humanos en el curso de su actividad, se independizan de sus creadores y terminan por dominarlos. Así, las personas dejan de tener entidad propia y pasan a ser “portadoras” de las relaciones económicas. Por ejemplo, el empresario no es otra cosa que el portador individual de la lógica del capital. Estas relaciones cosificadas no son una ilusión que se disipa con la proclamación de la verdad por los filósofos o los militantes políticos, sino que constituyen la realidad misma del capitalismo; la ilusión, si se quiere seguir empleando el término, adquiere el carácter de realidad dura y concreta. Uno puede desgañitarse proclamando que el dinero es sólo un papel, pero la posesión o no de ese papel hace la diferencia entre comer o no comer. Según lo expuesto en la teoría del fetichismo de la mercancía, las relaciones sociales cosificadas funcionan como una apariencia real. Son apariencia y, a la vez, realidad. Pero se trata de una realidad aparente.

La ciencia no es nada más ni nada menos que la construcción del conocimiento de aquello que está detrás de esa realidad aparente. Si la realidad fuera evidente, si no existiera la distinción esbozada entre realidad aparente (apariencia) y realidad, la ciencia sería innecesaria. El capital constituye la tentativa más formidable jamás realizada para develar la realidad profunda que se encuentra detrás de las apariencias en la sociedad capitalista.  En este sentido, la insistencia de Marx acerca de la necesidad de seguir la “conexión interna” entre los fenómenos económicos no es otra cosa que la expresión de la insuficiencia del mundo de las apariencias (del mercado, del nivel de la circulación de mercancías) como elemento para comprender al capitalismo

La filosofía de la ciencia del siglo XX está llena de cuestionamientos al positivismo, entendido como un empirismo burdo que niega la existencia de un contexto teórico que modela nuestro conocimiento del mundo. Resulta cuanto menos “curioso” la poca importancia que dichos filósofos conceden a la crítica marxista del conocimiento, en la que se encuentran una serie de indicaciones brillantes para superar críticamente al empirismo o, expresado en términos afines a Marx, al viejo materialismo basado en los sentidos.

Villa del Parque, miércoles 17 de diciembre de 2014


NOTAS:

(1)  Marx, Karl. (2004). El capital. Libro tercero: El proceso global de la producción capitalista. México D. F.: Siglo XXI. (Traducción española de León Mames, con revisión y notas de Pedro Scaron).


(2)  Marx, Karl. (1996). El capital. Libro primero: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (Traducción española de Pedro Scaron).

sábado, 13 de diciembre de 2014

MARX Y LA CUESTIÓN DE LA ESENCIA HUMANA

La contribución de Karl Marx (1818-1883) a la teoría de la sociedad y a la elaboración de una política de la clase trabajadora es tan vasta, que resulta difícil sintetizarla en pocas líneas. Cualquier intento resulta incompleto y genera confusiones. Aclarado esto, y si se quiere avanzar en el tema, puede decirse que los logros fundamentales de la teoría marxista son los siguientes: a) la centralidad del proceso de trabajo para la determinación del carácter de una sociedad; b) las nociones de clase social (entendida como el producto de las relaciones de producción) y de lucha de clases; c) el carácter histórico del capitalismo; d) el reconocimiento de que la clase trabajadora es la única que puede enfrentar con éxito a la burguesía y lograr el pasaje del capitalismo al socialismo.

Los logros mencionados en el párrafo anterior se apoyan en una serie de premisas de carácter más general. En mi opinión, una de las más importantes es aquella que se refiere a la cuestión de la esencia humana. Durante milenios, la filosofía política afirmó que los seres humanos se caracterizaban por poseer ciertos rasgos que los definían, precisamente, como tales. En otras palabras, lo humano se hallaba concentrado en una esencia. Ahora bien, esta esencia no era igual en todas las personas. Los grupos dominantes en la sociedad poseían una esencia que era diferente a la de los grupos explotados. Aristóteles (384-322 a.c.), el filósofo más notable de la Antigüedad clásica, sostenía que el hombre libre y el esclavo poseían esencias diferentes, siendo estas esencias las que determinaban la posición que ocupa cada uno de ellos en la sociedad. Así, el esclavo tenía una esencia que le impedía valerse por sí mismo, quedando determinada así su dependencia respecto al hombre libre.

La definición filosófica de la esencia humana se caracterizaba por ser ahistórica e inmutable, es decir, que la esencia se hallaba fuera de la historia y que no experimentaba ningún cambio. Esto tiene una importancia capital, pues cuando se produjo el ascenso de la burguesía y la nueva filosofía política pasó a revisar la cuestión del carácter desigual de la naturaleza humana, proclamando que todos los seres humanos eran iguales, los filósofos de la burguesía estuvieron en condiciones de afirmar que la esencia humana poseía los atributos del empresario capitalista (egoísmo, búsqueda de maximizar los propios beneficios, afán competitivo, etc.). Como la esencia humana era histórica e inmutable, el capitalismo era un fenómeno natural y cualquier conducta anticapitalista era contraria a la naturaleza humana. ¿Por qué había desigualdad en el capitalismo? Justamente porque la competencia, derivada de la esencia humana, determinaba que las personas más emprendedoras ocuparan los puestos superiores en la sociedad, en tanto que los inferiores quedaban en manos de aquellos que no habían demostrado habilidad en la competencia.

La definición de esencia humana esbozada en el párrafo precedente, y el individualismo, constituyeron los dos pilares filosóficos del capitalismo. Todo lo que pueda decirse acerca de su función legitimante es poco. Debe tenerse en cuenta que la utilización de la teoría de la esencia humana como instrumento para legitimar la desigualdad social se encontraba respaldada por una práctica milenaria. Este es el contexto en el que irrumpe Marx.

Sin vueltas. Marx revoluciona la filosofía política al dinamitar las bases mismas de la teoría de la esencia humana. El contenido de esta revolución se encuentra condensado en las Tesis sobre Feuerbach, tesis n° 6. Discutiendo con el Feuerbach (1804-1872), afirma lo siguiente:

“La esencia humana no es algo abstracto e inmanente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales.” (p. 667) (1)

En dos líneas, Marx ajusta cuentas con la tradición filosófica. En primer lugar, al plantear que la naturaleza humana no es algo que se halla contenido en el interior de cada individuo, rompe con la tradición clásica y con el individualismo burgués. En segundo lugar, al sostener que la naturaleza humana es un conjunto de relaciones pasa a postular un enfoque relacional de dicha naturaleza, opuesto al esencialismo de la tradición filosófica.

Si la esencia humana deja de ser ahistórica e inmutable, no es posible justificar las diferencias sociales a partir de la naturaleza de los individuos. Es preciso recurrir a otro criterio. Si la esencia humana es el conjunto de relaciones sociales, ese criterio no puede ser otro que otro el análisis de la estructura formada por el conjunto de las relaciones sociales, el cual determina el carácter de la naturaleza humana, y también el carácter de la sociedad. Eso no es todo. Si la esencia humana es el conjunto de relaciones sociales, es claro que la misma se enriquece o empobrece según sean estas relaciones. En otras palabras, la esencia humana es perfectible, si se entiende por ello el acrecentamiento de la riqueza de las relaciones sociales. Si la naturaleza humana es perfectible, es posible un cambio radical de la sociedad, pues nada está obligado a permanecer igual a sí mismo por los siglos de los siglos.

La transformación radical del concepto de esencia humana es un caso particular del modo en que Marx dinamita la noción tradicional de esencia. Expresado de un modo más sencillo: La filosofía tradicional construía definiciones a partir de rasgos que se suponía inmutables. La esencia era, pues, la última palabra sobre las cosas y, por ende, la definición construida sobre la misma era definitiva.

En la tesis n° 6, expresado de modo lacónico, está contenida una revolución filosófica, que permitió el desarrollo de la crítica del capitalismo. Es por ello que merece ubicarse en un listado de los logros fundamentales de la teoría marxista.


Villa del Parque, sábado 13 de diciembre de 2014

NOTAS:

Marx, Karl, Tesis sobre Feuerbach. Incluida en: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1985) La ideología alemana. Buenos Aires: Pueblos Unidos y Cartago.

sábado, 15 de noviembre de 2014

LA IZQUIERDA CLASISTA, EL PROBLEMA DEL PODER Y EL CMOI

Pez López / Ariel Mayo


“¿Juré de rodillas en la sala capitular del Cabildo, que no iría más lejos
que mi propia sombra, que nunca diría ellos o nosotros?
Juré que la Revolución no sería un té servido a las cinco de la tarde.”
Andrés Rivera, La revolución es un sueño eterno

El acontecimiento político más significativo del año es el ascenso de la izquierda clasista, cuya expresión más acabada es el FIT (Frente de Izquierda y los Trabajadores). El golpe militar de 1976 clausuró el ciclo de ascenso revolucionario iniciado con el Cordobazo (1969) y diezmó los cuadros de la izquierda. Las características del régimen democrático iniciado en 1983 se derivan directamente de esa derrota formidable del movimiento obrero y de la izquierda. Por razones que no podemos desarrollar aquí, la izquierda clasista fue incapaz de revertir la derrota en las tres décadas que siguieron a 1983; su peso político se encontró reducido al mínimo, tanto en lo que respecta a su influencia en el movimiento obrero como en resultados electorales. La conformación del FIT fue el intento más importante para revertir esa tendencia; los resultados electorales de 2013 confirmaron el acierto en la decisión de conformarlo, pues por primera vez en décadas, la izquierda clasista obtuvo representación parlamentaria, tanto a nivel nacional como provincial. En lo que va de 2014, la izquierda ha tenido una acción relevante en los conflictos entre capital y trabajo; en los paros generales llevados adelante en el año le cupo a la misma llevar adelante la movilización y la acción en las calles, frente a la pasividad de la burocracia sindical.

El 8 de noviembre, convocado por el Partido Obrero, se realizó en el Luna Park el Congreso del Movimiento Obrero y la Izquierda (CMOI). La concurrencia, muy numerosa, reflejó el crecimiento, en términos cuantitativos y en influencia política, de la izquierda clasista. Ahora bien, el análisis de las resoluciones del CMOI no puede hacerse por separado del contexto político en que se llevó a cabo.

A lo largo de este año, la crisis del modelo de acumulación instaurado por el kirchnerismo en 2003 es innegable. Si bien el conjunto de la burguesía está de acuerdo respecto al contenido del ajuste a implementar, no es así en la cuestión referida al personal político que la  llevara a cabo. Esta situación genera tensiones, en parte por la magnitud del ajuste a realizar y la posible resistencia de los trabajadores.  Varios voceros de la burguesía advirtieron sobre la naturaleza del ajuste a implementar:

Hugo Moyano declaró: “el futuro gobierno que venga, cualquiera sea, necesitará del respaldo de toda la sociedad y no solamente del movimiento obrero, porque de acuerdo a cómo van las cosas, va a tener que producir ajustes muy duros" (La Nación, 16/10/2014). Por su parte, Joaquín Morales Solá afirmó: "¿Cambiarán las cosas con el próximo gobierno? Seguro que sí. Ninguno de los candidatos actuales promueve la continuidad de las manías kirchneristas. Otra cosa es el enorme conflicto social que deberá enfrentar para cambiar las políticas y los números. Al derroche económico se agregó en los últimos años el intenso desorden social y laboral, concebido ya como un derecho definitivamente adquirido." (La Nación, 9/11/2014).

La crisis agudiza la desigualdad social, que no cedió durante “década ganada”, aumentando la violencia en la sociedad. En este punto, cabe decir que, en paralelo al ascenso de la izquierda clasista, el crecimiento de las tendencias reaccionarias en nuestra sociedad, expresada en fenómenos tan disímiles como los linchamientos de la primera parte del año y la demanda de “mano dura” contra la delincuencia, fue abrumador. Estas tendencias fueron azuzadas por el mismo kirchnerismo, a través del Secretario de Seguridad, Sergio Berni.

De esta manera, el contexto en que se realizó el CMOI estuvo marcado no sólo por el ascenso de la izquierda clasista, sino también por la presión hacia un mayor ajuste, por la demanda de poner coto a las acciones del movimiento obrero, por la difusión de ideas reaccionarias que achacan a los pobres y a los extranjeros la responsabilidad por los males de la sociedad.

En este marco, Fernando Rosso dedicó su artículo “El Partido Obrero en el Luna Park y el discurso de Jorge Altamira” (La Izquierda Diario, 9/11/2014) a comentar el CMOI. Se trata de un texto minado de falencias y de escueto análisis político, sobre todo porque su objetivo fundamental no es el examen de las resoluciones del CMOI o del discurso de Jorge Altamira, como dice el título de la nota, sino promover las precandidaturas de varios dirigentes del PTS. De hecho, Rosso procede en su artículo sin tomar en cuenta el contexto específico en el que se reunió el CMOI. Esto hace que su artículo esté envuelto en cierto aire de irrealidad, pues en un contexto de agudización de la lucha de clases, Rosso se concentra en la “instalación” de la “figura” de un precandidato para el 2015, sin tomar en cuenta que el momento exige de la izquierda clasista algo más que contar los porotos para las elecciones del año próximo.

A grandes rasgos y para sistematizar, el artículo gira en torno a dos equívocos básicos.

El primero, mencionado arriba, radica en el papel secundario que Rosso adscribe al CMOI y al discurso de Altamira frente a la defensa y propaganda de la precandidatura presidencial de Nicolás Del Caño. Es por eso que califica al CMOI de acto electoral, convocado, a su criterio, solamente para proclamar públicamente la candidatura presidencial de Jorge Altamira ya que de esta manera justifica su proclamación principal concentrada en la precandidatura de Del Caño. El equívoco encuentra su expresión más concreta en el hecho de que la mitad del escrito se concentra en temas electoralistas. Nada hay de malo en esto, salvo que no parece muy acertado en un artículo que dice estar dedicado a otra cosa, esto es, al análisis de un Congreso convocado por la principal fuerza política de la izquierda clasista. Perdiendo de vista, además, el actual contexto donde los políticos burgueses están sopesando la magnitud del ajuste a aplicar.

El segundo equívoco refuerza al anterior. Lejos de un examen cuidadoso de las resoluciones del Congreso, Rosso desvía su argumentación hacia la afirmación de que el PTS posee una práctica tanto más exitosa a nivel político y fabril que el resto de las fuerzas del FIT. Es por eso que procura convertir a los conflictos en los que el PTS ha tenido una participación destacada, en los episodios fundamentales de la lucha de clases. En la versión extrema de esta concepción, Lear es todo el movimiento obrero argentino.

Rosso pasa por alto que las luchas obreras en 2014 han terminado, por lo general, en derrotas, y que el conflicto en Lear está muy lejos de ser una experiencia victoriosa (por supuesto, esto no va en desmedro de la capacidad de lucha mostrada por los trabajadores). El autor desarrolla el objetivo de presentar y demostrar que el PTS es la fuerza que más ha crecido entre los integrantes del FIT y que, por tanto, corresponde revisar los acuerdos iniciales del Frente, modificando así la relación de fuerzas al interior del mismo.

El resto del artículo sirve de relleno a los objetivos que se encuentran detrás de los dos equívocos presentados en los párrafos anteriores. Esto vale también para las referencias al Frente Único. En general, derrocha mucho espacio a promover un candidato “joven”, como es Del Caño, en una especie de ejercicio de marketing político que tiene poco que ver con la finalidad del texto. Resta indicar que da la sensación de que Rosso escribe su artículo sin conocer la letra de las resoluciones del Congreso y sin un conocimiento general del funcionamiento del mismo.

Sin embargo, no es preciso extenderse mucho más en la crítica de este artículo puesto que hacerlo implicaría dejar en la oscuridad los logros del CMOI. Cabe decir que el texto de Rosso ejemplifica una manera particular de plantear la cuestión de las relaciones entre las distintas fuerzas de la izquierda clasista, la cual hace énfasis en el faccionalismo, en la defensa de la propia quinta, y deja en silencio el problema central de toda política que es el poder.

Como contrapartida es menester remarcar los principales logros del CMOI que a nuestro juicio son los siguientes:

En primer lugar, y frente a la coyuntura, el Congreso viene a rematar el ascenso de la izquierda clasista a lo largo de este año. En los paros nacionales, así como también en innumerables conflictos más o menos localizados, la izquierda clasista fue siempre la fuerza más dinámica. Un buen indicador de este dinamismo es la reacción de la burocracia sindical, expresada en los dichos del Secretario General de SMATA, Ricardo Pignanelli, quien en junio y en el marco del conflicto de Gestamp, afirmó que el Partido Obrero era responsable de la toma del establecimiento: "Esto es una prueba piloto que el Partido Obrero está empezando a hacer en las autopartes" (La Nación, 2/06/2014).  

En segundo lugar, el Congreso planteó el problema del poder. Esto es novedoso para la izquierda post 1976. Empezar a construir una estrategia y tácticas para conquistar el poder representa un salto cualitativo para la izquierda argentina. Queda claro que recién se han dado los primeros pasos, pero que la presencia misma del problema como algo concreto marca un cambio radical.

En tercer lugar, y en conexión directa con el anterior, la discusión sobre el tema del poder se concentró en dos áreas: a) el peronismo; b) la burocracia sindical. Como es evidente, el problema de la toma del poder es, en Argentina, el problema de la superación del peronismo como forma de la conciencia política de los trabajadores. Sin emprender esta tarea, la discusión gira en el vacío.

Ninguna de las tres cuestiones mencionadas aparece tratada en el artículo de Rosso y en esto radica principalmente el problema central del análisis del CMOI. El autor privilegia las cuestiones electoralistas sin pararse a pensar en el problema central de nuestro tiempo, que es el salto de una izquierda plegada sobre sí misma a una izquierda dispuesta a disputarle el poder a la burguesía. El CMOI no ha resuelto la cuestión del camino hacia la conquista del poder (pues esto sólo puede resolverse a través de la práctica de la lucha de clases), pero ha dejado sentado el problema y los temas centrales. Es por eso que podemos calificar a la crítica de Rosso al CMOI como una crítica de retaguardia, propia de un momento que, esperamos, sea el pasado de la izquierda clasista.



Villa del Parque, sábado 15 de noviembre de 2014

sábado, 1 de noviembre de 2014

EL FETICHISMO DEL ESTADO Y EL PROGRESISMO: NOTAS SOBRE BORÓN

Atilio Borón escribió un breve artículo (“Dilma, victoria y después”) sobre el triunfo de Dilma Rousseff en las elecciones presidenciales brasileñas, el cual fue publicado en la edición del martes 28 de octubre pasado en Página/12. Más allá del análisis sobre el resultado de las elecciones brasileñas, merece ser comentado porque expresa con particular precisión los lugares comunes del progresismo sobre la cuestión del Estado. La cuestión cobra todavía más interés si se tienen en cuenta que Borón se considera a sí mismo como marxista, de modo que sus opiniones sobre el Estado pueden pasar como un desarrollo de la teoría marxista. En momentos en que se vuelve imprescindible desarrollar la independencia política de la clase obrera respecto a cualquier alternativa política de la burguesía, resulta de importancia fundamental deslindar límites con ésta en lo que hace a la cuestión del Estado.

Borón nos invita a considerar al gobierno de Dilma (al PT) como de “izquierda”. Al hacer esto bastardea y banaliza las nociones de izquierda y derecha, convirtiéndolas en denominaciones que dicen poco y nada en concreto. Borón maneja una noción de “izquierda” que nada tiene que ver con la lucha de clases entre los trabajadores y la burguesía. La “izquierda” de Borón se define por la utilización del Estado en beneficio de los sectores populares, mejorando así sus condiciones de vida. Para el marxismo, ser de “izquierda” implica reconocer la lucha de clases entre los capitalistas y los trabajadores, abogar  por la autonomía política de la clase obrera frente a la burguesía y luchar por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción.

A partir de la caracterización de Dilma como de “izquierda”, Borón sostiene que el nuevo gobierno se ve amenazado por el “terrorismo económico” y por un “golpe blando”. En pocas palabras, nos sugiere que la burguesía brasileña no va a permitir la continuidad del gobierno de Dilma, salvo que ésta cumpla sus demandas económicas. Esto parece a todas luces un disparate, sobre todo porque el PT lleva muchos años en el gobierno y durante ese período la burguesía no sintió amenaza alguno, ni perdió los nervios, ni nada. Al contrario, acumuló ganancias.

Borón parece sentir remordimientos en su antigua conciencia marxista, lo que lo lleva a formular una serie de reparos al gobierno de Dilma: 1) el movimiento popular se halla desmovilizado, desorganizado y desmoralizado; 2) el modelo económico proporciona “irritantes privilegios al capital”; 3) falta de empoderamiento de las masas populares; 4) un congreso brasileño que es una “perversa trampa dominado por el agronegocio y las oligarquías locales”; 5) escaso impulso a la Reforma agraria.

A la luz de lo anterior, ¿hay que seguir afirmando que el de Dilma es un gobierno de “izquierda”? Es claro que no.

Borón formula, casi al pasar, una crítica que resulta francamente ingenua. Así, se enoja con la “propensión del Estado brasileño a gestionar los asuntos públicos a espaldas de su pueblo”. Borón, un destacado politólogo con varios libros en su haber, debería saber a esta altura del partido que esto es precisamente lo que hace un Estado burgués, esto es, gobernar en función de los intereses del capital y no de los trabajadores.

Desde que existe el capitalismo, el Estado sirve a la burguesía o, lo que es lo mismo, a la valorización del capital. La sociedad capitalista gira en torno a la reproducción ampliada del capital. Dicho en otros términos, es preciso que la economía crezca, que las ganancias de los empresarios se incrementen. Si eso ocurre, el Estado burgués puede financiarse y prosperan sus mecanismos de control sobre la sociedad en general y sobre los trabajadores en particular. Pero si la economía entra en recesión y la burguesía no invierte, el Estado queda desfinanciado y se ve obstaculizado para ejercer sus funciones de control. Pensar que el Estado burgués puede hacer otra cosa es no entender nada acerca del funcionamiento del capitalismo.

Borón piensa que el Estado es un simple instrumento y que su naturaleza cambia en función de las clases que ejercen el gobierno. Es decir, el Estado es burgués porque está en manos de la burguesía y no porque su estructura (su forma) es también burguesa. Desde su punto de vista, la forma de las instituciones estatales es neutral en términos de clase. Así se llega al absurdo de que el ejército, burgués en un Estado controlado por la burguesía, se transforma en “popular” en un Estado donde el gobierno cae en manos de los sectores populares. Para Borón, el Estado no es burgués por su forma y contenido, sino que sirve a los sectores sociales que detentan su control. De ahí que transforme al Estado en un fetiche, que flota por encima de las clases sociales. Si algo puede transformar al capitalismo es la acción estatal. A esto se reduce la concepción del Estado y de la política defendida por Borón, a un fetichismo del Estado.

La concepción del Estado defendida por Borón es la del progresismo en general. Detrás de ella se encuentra una convicción más profunda: la negación absoluta de que la clase obrera pueda ser el sujeto revolucionario o, si se prefiere, el actor social capaz de transformar a la sociedad. Esto lleva a los progresistas a negar la lucha de clases y, por consiguiente, el antagonismo entre capital y trabajo. Una vez que se efectúan estos pasos, cualquier colectivo los deja bien, como decimos en el barrio. Así, los progresistas pueden defender con la misma calma y devoción al neoliberalismo, al “estatismo”, al “kirchnerismo” o a lo que sea. Nada los lleva a sacar los pies del plato del capitalismo.

De este modo, Borón puede hablar en su artículo de “potencia plebeya”, no de trabajadores ni clase obrera. En un mundo donde cada vez hay más asalariados, el progresismo reniega de los trabajadores. Aquí están, en toda su dimensión, los límites del progresismo y de la supuesta “izquierda” latinoamericana, encarnada en gobiernos como el de Dilma en Brasil y el de Cristina en Argentina. Se trata de un progresismo absolutamente funcional a los intereses del capital.


Villa del Parque, sábado 1 de noviembre de 2014

miércoles, 29 de octubre de 2014

BERNI: DEL “PATRIA O BUITRES” AL “PATRIA O EXTRANJEROS QUE VIENEN A DELINQUIR”

“Si ellos son la patria, yo soy extranjero.”
Sui Generis, “Botas locas”

Sergio Berni, Secretario de Seguridad de la Nación, afirmó en el día de ayer que el país está “infectado” por “delincuentes extranjeros” que vienen a “delinquir”. No viene al caso discutir los fundamentos de esta afirmación, pues es errónea a la luz de los datos estadísticos disponibles. Resulta mucho más interesante analizar las razones políticas que llevan a Berni a formular semejantes declaraciones.

Ante todo, hay que tener en cuenta que si Berni dice lo que dice es porque la presidenta Cristina Fernández lo avala. En el gobierno kirchnerista, el margen de autonomía de los funcionarios es muy acotado, y resulta difícil pensar que un Secretario de Estado como es Berni salga a hacer declaraciones a la prensa sin haber consultado a Cristina. En otras palabras, es lícito suponer que Cristina habla por boca de Berni.

El discurso de Cristina – Berni llama la atención porque marca un quiebre respecto a los argumentos defendidos por el kirchnerismo durante su década de gobierno. Este quiebre no cae como rayo en cielo sereno, sino que se ha ido profundizando a lo largo de este año, al compás del desenvolvimiento de la crisis económica. Desde el 2003 el discurso kirchnerista tuvo como uno de sus ejes la idea de que el delito obedecía a causas sociales, y que había que intervenir sobre esas causas para prevenirlo y/o disminuir su incidencia. Es verdad que entre el discurso y la realidad hubo siempre una gran distancia (no podemos dejar de recordar que el “gatillo fácil” de las fuerzas de seguridad es una práctica habitual, así como también la tortura en comisarías y prisiones), pero el discurso servía para que el kirchnerismo se ubicara en el terreno del progresismo.

Cristina - Berni, con brutalidad calculada, corta todo contacto con el discurso mencionado en el párrafo anterior y pasa a considerar al delito como el producto de individuos inadaptados, que atacan a la sociedad. Como no podía ser de otro modo (Argentina “es un país de buena gente”, reza una propaganda oficial), la culpa del delito la tienen los extranjeros. No importa que esta afirmación contradiga los datos disponibles, lo importante para Cristina – Berni es cargar con la responsabilidad a los extranjeros (latinoamericanos).
Al responsabilizar a los extranjeros (latinoamericanos), Cristina – Berni efectúa una segunda ruptura con su discurso anterior. Hasta ahora, el kirchnerismo se reivindicaba a sí mismo como defensor de la Patria Grande latinoamericana. Al arremeter contra los extranjeros (latinoamericanos) como fuente del delito, Cristina – Berni destruye la noción misma de Patria Grande y de hermandad latinoamericana. A partir de ahora, tenemos que atrincherarnos contra la delincuencia proveniente de los países latinoamericanos. Es difícil exagerar la importancia de este quiebre, que aproxima al kirchnerismo a las capas medias que exigen seguridad a cualquier precio.

Pero Cristina – Berni efectúa otro quiebre, más sutil, en el universo discursivo del kirchnerismo. En los últimos meses, Cristina Fernández levantó la consigna de “Patria o Buitres”, como forma de expresar su negativa a negociar con los fondos buitres beneficiados con el fallo del juez Griesa. No es necesario aclarar que esta pelea era de cotillón, pues el kirchnerismo se ha definido a sí mismo como “pagador serial” de deuda externa. No obstante, la consigna tenía importancia para la militancia, en la medida en que fijaba un enemigo que podía ser entendido como tal por el progresismo. Ahora las cosas cambiaron abruptamente. Cristina – Berni deja de lado la consigna “Patria o Buitres” y nos propone “Patria o Extranjeros indeseables”. El enemigo ya no son los fondos buitres, son los latinoamericanos que vienen a delinquir.

Los cambios en el discurso kirchnerista obedecen a motivos más profundos que la personalidad de un funcionario como Berni. El modelo de acumulación implementado por el duhaldismo en 2002 y continuado por el kirchnerismo desde 2003 se encuentra agotado. Inflación, deterioro de los salarios, escalada del dólar, dificultades para hacer frente a los pagos de deuda externa y de las importaciones, son otros tantos indicadores de la bancarrota económica del gobierno. Como es lógico, la crisis genera conflicto social y limita la capacidad del gobierno para hacer concesiones que permitan desactivarlo y/o aislarlo.

La respuesta del kirchnerismo a la crisis pasa por el aumento de la represión al movimiento obrero (véase el caso de Lear la semana pasada) y por el ascenso del aparato de seguridad en el gobierno kirchnerista (los ejemplos más claros son Milani y Berni). Represión a las acciones organizadas del movimiento obrero y, a nivel individual, a los indeseables (sean estos jóvenes pobres, morochos, extranjeros, etc.).

Las crisis, al someter a prueba a un gobierno, dejan al descubierto su carácter de clase, pues éste se ve obligado a actuar sin poder maquillar su acción. En el caso del kirchnerismo, su declamado progresismo y su “revolución cultural” se han convertido en represión, xenofobia y apelación a los prejuicios más bajos.

“Pagadores seriales” frente al capital financiero internacional, los kirchneristas se muestran arrogantes al momento de cargar sobre los obreros, los pobres y los extranjeros. Como dice su slogan de campaña, “en la vida hay que elegir”. Queda claro qué eligió el kirchnerismo.




Villa del Parque, miércoles 29 de octubre de 2014

lunes, 27 de octubre de 2014

LA CLASE OBRERA EN MISERIA DE LA FILOSOFÍA DE MARX

Miseria de la filosofía (1847) (1) es una de las obras más importantes del período juvenil de Karl Marx (1818-1883). Representa, ante todo, una refutación minuciosa de las tesis defendidas por Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), quien gozaba de una enorme influencia entre los trabajadores franceses. Hice referencia en otro lugar a la crítica de las ideas de Proudhon por Marx. Aquí quiero concentrarme en el análisis marxista del desarrollo de la clase obrera, tal como aparece en el apartado V del capítulo segundo de la obra. (2) Cabe que indicar que se encuentran ideas semejantes en el primer apartado del Manifiesto Comunista.

Si dejamos de lado la crítica de las opiniones de Proudhon sobre los sindicatos (en el texto se habla siempre de “coaliciones”), el análisis de Marx gira en torno a dos ideas fundamentales.

La primera de ellas está formulada en el siguiente pasaje:

“La gran industria concentra en un mismo sitio a una masa de personas que se conocen entre sí. La competencia divide sus intereses. Pero la defensa del salario, este interés común a todos ellos frente a su patrono, los une en una idea común de resistencia: la coalición. Por tanto, la coalición persigue siempre una doble finalidad: acabar con la competencia entre los obreros para poder hacer una competencia general a los capitalistas. (…) Las condiciones económicas transformaron primero a la masa de la población en trabajadores. La dominación del capital ha creado a esta masa una situación común, intereses comunes. Así pues, esta masa es ya una clase con respecto al capital, pero aún no es una clase para sí.” (p. 141; el resaltado es mio).

La acumulación originaria (descripta en el capítulo 24 del Libro Primero de El capital) supone la expropiación de los medios de producción de campesinos y artesanos a manos de los capitalistas. La clase capitalista concentra los medios de producción; en virtud de ello, los trabajadores se ven obligados a venderse como asalariados para poder acceder a los bienes (aquí estos bienes asumen la forma de mercancías y deben comprarse en el mercado) que satisfacen sus necesidades. La acumulación originaria es la condición material decisiva para la formación de la clase obrera moderna; no obstante, sólo a partir de la Revolución Industrial y la consiguiente concentración de los trabajadores en las fábricas, puede hablarse de un proletariado en el sentido moderno del término. Esto es así por la concentración de los obreros en las fábricas. Por medio de este proceso, los trabajadores comienzan a percibir que tienen intereses comunes frente a los empresarios. Pero esto no significa que la clase obrera se haya constituido como clase política, independiente de la burguesía. Es por ello que dice que no se trata todavía de una clase para sí. En esta etapa, y aunque no esté dicho expresamente en el texto, la clase obrera es una clase en sí, es decir, un conjunto de individuos que comparten condiciones de vida comunes frente a la clase capitalista y que luchan contra ésta en torno al salario.

En la etapa de clase en sí, los trabajadores poseen conciencia de tener intereses comunes frente a la burguesía, pero esa conciencia no va más allá de pugnar por obtener mejores condiciones de venta de la fuerza de trabajo. En el fondo, este estadio de la conciencia obrera es el que corresponde al sindicalismo en tanto aparato ideológico del Estado (para usar la denominación acuñada por Louis Althusser). Los sindicatos no cuestionan el régimen social capitalista, sino que quieren mejorar la posición de la clase obrera dentro de éste.

La segunda de las ideas centrales del texto es la siguiente:

“En la lucha (…) esta masa [de los trabajadores] se une, se constituye como clase para sí. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política.” (p. 141; el resaltado es mío).

Marx afirma que la clase obrera completa su desarrollo en la medida en que concibe como lucha política a su enfrentamiento con la burguesía. En otras palabras, la clase obrera se constituye en clase para sí cuando adquiere conciencia de que la única forma de dar respuesta a sus problemas radica en desplazar a la burguesía como clase dominante en la sociedad. Los sindicatos, ya sean éstos por fábrica, por localidad, por rama de producción, las federaciones de sindicatos, las confederaciones nacionales, no superan el nivel de los intereses corporativos de la clase obrera. Los sindicatos, en la medida en que acepten su condición de organismos que procuran reducir la competencia al interior de la clase trabajadora, no representan ningún desafío para la dominación capitalista. Por el contrario, y como lo demuestra la experiencia histórica, pueden coexistir perfectamente con la burguesía y las relaciones sociales capitalistas.

La clase obrera sólo puede imponerse a la burguesía en la medida en que conciba sus relaciones con ésta en términos de lucha de clase contra clase, es decir, como lucha política de la clase obrera en contra de la clase capitalista. De este modo supera el aislamiento generado por las relaciones sociales capitalistas, que generan el efecto consistente en que los trabajadores conciben sus problemas como problemas aislados, propios del individuo como tal o de una empresa en particular.

La emancipación de la clase trabajadora es producto de la interacción entre los elementos estructurales (la conformación de la clase obrera en el marco de un determinado nivel de desarrollo de las fuerzas productivas) y la lucha de la clase obrera contra los capitalistas.

En el párrafo siguiente, Marx destaca el papel del desarrollo de las fuerzas productivas, es decir, el momento estructural:

“La existencia de una clase oprimida es la condición vital de toda sociedad fundada en el antagonismo de clases. La emancipación de la clase oprimida implica, pues, necesariamente la creación de una sociedad nueva. Para que la clase oprimida pueda liberarse, es preciso que las fuerzas productivas ya adquiridas y las relaciones sociales vigentes no puedan seguir existiendo unas al lado de otras. De todos los instrumentos de producción, la fuerza productiva más grande es la propia clase revolucionaria. La organización de los elementos revolucionarios como clase supone la existencia de todas las fuerzas productivas que podían engendrarse en el seno de la sociedad.” (p. 142; el resaltado es mío).

Este argumento reaparece en obras posteriores, como el “Prólogo” a la Contribución a la crítica de la economía política (1859). No debe interpretarse como si el desarrollo de las fuerzas productivas fuera del motor del proceso histórico, en tanto que la lucha de clases ocupa un lugar completamente subordinado. De ningún modo. La inclusión de la clase revolucionaria entre las fuerzas productivas muestra que Marx tiene presente una dialéctica entre fuerzas productivas y lucha de clases, una interacción permanente que no puede reducirse a una lógica polar (en la que uno de los polos de la relación ocupa el lugar determinante). Marx señala explícitamente la relación entre cambio tecnológico y lucha de clases:

“En Inglaterra, las huelgas han servido constantemente de motivo para inventar y aplicar nuevas máquinas. Las máquinas eran, por decirlo así, el arma que empleaban los capitalistas para sofocar la rebelión de los obreros calificados.” (p. 137).

Lejos de ser un terreno aséptico, la tecnología es parte de la lucha de clases entre capital y trabajo. En vez de un esquema en el que alguno de los dos polos (fuerzas productivas – lucha de clases) determina el desarrollo del otro, Marx nos propone centrarnos en la relación, pues es allí donde se constituyen los polos. Dicho de otro modo, la tecnología asume sus características a partir del estado de la lucha de clases, y esta última se encuentra condicionada por el nivel de desarrollo y por el carácter de la tecnología.

Para concluir, Marx concluye el apartado (y el libro) con la afirmación de que la clase obrera es la única clase revolucionaria en la sociedad capitalista. Esto significa que la clase trabajadora es el núcleo fundamental de todo proyecto político que se proponga reemplazar al capitalismo por el socialismo. No es una mera convicción o una expresión de deseos, sino que es una conclusión que se desprende de la posición que ocupa el proletariado en la sociedad capitalista. Esto remite, por supuesto, a la centralidad del proceso de producción como articulador de las relaciones sociales.

Villa del Parque, lunes 27 de octubre de 2014




NOTAS:

(1)  Las citas de la obra están tomadas de la traducción española realizada por los rusos de la Editorial Progreso: Marx, Karl. (1981). [1° edición: 1847]. Miseria de la Filosofia: Respuesta a la Filosofía de la Miseria del señor Proudhon. Moscú: Progreso.


(2)  El apartado se titula “Las huelgas y las coaliciones de los obreros”.