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lunes, 31 de agosto de 2015

LAS ELECCIONES EN TUCUMÁN Y LA CUESTIÓN DE LA DEMOCRACIA POLÍTICA

En los análisis políticos del trotskismo argentino juega un papel central la noción de crisis política, que suele ser equiparada al agotamiento del capitalismo y su imposibilidad por ofrecer concesiones a los trabajadores y demás sectores populares. La crítica a fondo de esta posición requiere un trabajo extenso, que no estamos en condiciones de realizar en este momento. Sin embargo, y dada la urgencia política de la cuestión (formular un diagnóstico equivocado implica elaborar una línea política errada), es conveniente desarrollar las consecuencias que tiene la mencionada noción en la caracterización del papel del Estado en la coyuntura actual.

Los recientes sucesos de Tucumán ofrecen la oportunidad de realizar el análisis mencionado en el párrafo anterior. Como es sabido, las elecciones celebradas en esa provincia el pasado 23 de agosto (que dieron el triunfo al candidato kirchnerista a la gobernación de la provincia, Manzur) estuvieron teñidas por denuncias de fraude y diversos hechos violentos (varios militantes del Partido Obrero fueron detenidos – al momento de escribir estas líneas siguen presos – por defender las urnas en uno de los lugares de votación). Además, el 24 de agosto la policía tucumana reprimió ferozmente una manifestación en la plaza central de la capital de la provincia.

Marcelo Ramal, uno de los principales dirigentes del Partido Obrero, se refirió así a lo acaecido en Tucumán: “Lo que puso de manifiesto Tucumán excede por mucho a una «crisis de representación». Es el agotamiento del propio Estado, como lo plantea la propuesta de Manifiesto que discute la mesa del Frente de Izquierda. La democracia política solamente puede ser lograda por un gobierno de los trabajadores.” (Prensa Obrera, 27/08/2015).

Ramal dice expresamente que lo ocurrido no es una “crisis de representación”, esto es, el cortocircuito entre los partidos burgueses y sus votantes (el fraude expresa esta crisis, porque indica que los partidos tienen que recurrir a procedimientos ilegales para atribuirse el voto de los ciudadanos). Va mucho más allá y sostiene que es el Estado quien está “agotado”.

¿Qué debemos entender por “agotamiento del Estado?

Antes de responder la pregunta es necesario tener en claro cuáles son las funciones del Estado en una sociedad capitalista. En primer lugar, el Estado ejerce la representación de los intereses del conjunto de la clase capitalista, más allá de que en tal o cual momento determinado esté controlado por alguna/s fracción/es de la misma. Frente a las tendencia de cada capitalista individual de privilegiar sus intereses particulares por sobre los del conjunto de su clase, el Estado se yergue como el capitalista colectivo, que pone límites al egoísmo individual y estabiliza el sistema en su conjunto. El ejercicio de esta función hace que el Estado deba enfrentarse a fracciones de la burguesía para preservar la reproducción del sistema; al hacer esto, refuerza su propia legitimidad, porque aparece como el representante de los intereses del conjunto de la sociedad. En segundo lugar, el Estado es el instrumento de dominación que permite la explotación de los trabajadores por la clase dominante; sin Estado no hay apropiación del plusvalor por la clase capitalista. Para cumplir esta función, el Estado emplea no sólo la violencia, sino el otorgamiento de concesiones y la producción de una ideología que fomenta la fragmentación de las luchas de los trabajadores (de hecho, en condiciones normales de dominación capitalista, la violencia es un recurso secundario). En síntesis, en ambas funciones el Estado se desempeña como el capitalista colectivo: en el primer caso, enfrentando a las distintas fracciones de la burguesía; en el segundo caso, haciendo frente a los trabajadores y demás sectores populares.

Si tomamos literalmente la afirmación de Ramal, el “agotamiento del Estado” significa que éste se halla imposibilitado de cumplir con las dos funciones mencionadas en el párrafo anterior. Nada de eso ha ocurrido. El Estado conserva su función de regular la economía en interés del conjunto de la clase dominante. En este punto, Ramal debería mostrar de qué manera los distintos episodios de fraude electoral mellan esta función, pero no emprende esta tarea en su artículo. El Estado conserva también su capacidad de controlar, mediante la represión, las concesiones y la ideología, a la clase trabajadora. Una aclaración. Esta capacidad de control tiene por objetivo evitar que la clase obrera cuestione la propiedad privada de los medios de producción (la cuestión de la que no se habla bajo el capitalismo). Ahora bien, aun aceptando que los trabajadores tucumanos se hubieran volcado masivamente a las calles para repudiar el fraude y exigir la convocatoria de nuevas elecciones, ¿en qué medida esto demuestra el agotamiento de la capacidad del Estado para controlarlos? De hecho, quienes canalizan el reclamo por el fraude electoral son políticos que representan a la burguesía (la UCR y el PRO). Ramal confunde una impugnación al personal que ejerce el gobierno en Tucumán (¿es preciso aclarar que el actual gobernador – Alperovich – y el candidato “vencedor” en las elecciones – Manzur – representan lo más podrido de la burguesía argentina?) y a los mecanismos de selección del mismo (las elecciones fraudulentas) con la puesta en discusión de las reglas (capitalistas) del juego político.

Ramal también afirma que “la democracia política solamente puede ser lograda por un gobierno de los trabajadores”. Tal como está formulada, la afirmación es radicalmente falsa. La democracia política es uno de los mecanismos de dominación de la burguesía, pues implica separar al ciudadano (que ejerce su derecho de voto cada n años o n meses) del trabajador que es explotado en la producción (¿se vota en la fábrica, en la oficina, en la casa de comercio?). La democracia política establece el límite entre lo que podemos elegir (quién será la cara visible del gobierno de la burguesía) y aquello que debemos aceptar sin remedio (la explotación capitalista). Desde el punto de vista de los trabajadores, la democracia tiene sentido en la medida en que sea abolida la propiedad privada de los medios de producción y se elimine así la separación entre el ciudadano y el trabajador. Esto no puede ser logrado de ninguna manera bajo el capitalismo. En todo caso, la lucha en Tucumán es por lograr condiciones transparentes para el ejercicio del sufragio. De ningún modo vamos a negar que eso sea importante para los trabajadores, pero hay que tener presente en todo momento que el sufragio “transparente” puede lograrse bajo las condiciones del capitalismo; de ahí que los políticos burgueses (muchos de los seguidores del candidato opositor Cano, militaron hasta cinco minutos atrás con el prócer Alperovich) sean quienes están en mejores condiciones para canalizar las movilizaciones del pueblo tucumano.

Por último, al terminar de escribir estas líneas José Kobak, dirigente del Partido Obrero, y Santiago y Alejandro Navarro, militantes del Polo Obrero, se encuentran detenidos por defender las urnas de votación en la localidad de Los Ralos (Tucumán). Además de exigir su libertad, queda claro cuál es el carácter de nuestra democracia: mientras que Alperovich y su clan se dedicaron alegremente a hacerse ricos, los militantes populares terminan presos por defender la democracia.



Villa del Parque, lunes 31 de agosto de 2015

viernes, 28 de agosto de 2015

LA CONTRIBUCIÓN DE GUILLERMO O’DONNELL A LA TIPOLOGÍA DE LAS CRISIS POLÍTICAS

El uso (más bien el abuso) de la noción de crisis política por la izquierda argentina en su vertiente trotskista ha terminado por desnaturalizar el concepto, que sirve para designar casi cualquier hecho de la vida política del país. Así, a la renuncia de un ministro se le cuelga la etiqueta de “crisis política”. ¿La oposición bloqueó un proyecto del Poder Ejecutivo en el Congreso? “Crisis política”; ¿paro de transportes? “Crisis política”. El inconveniente no es el uso frecuente del concepto; la dificultad radica en su aplicación a una gama amplísima de situaciones. El problema desborda el terreno de la teoría y se transforma en una cuestión de práctica política. El empleo del término va asociado a la idea de que la crisis política es una expresión de la descomposición del sistema capitalista, y que, por tanto, dicha crisis abre la posibilidad de una salida socialista. De más está decir que la revolución nunca llega y siempre queda postergada para la siguiente crisis. Por eso, si se pretende reconstruir el marxismo en tanto teoría revolucionaria de la sociedad, es preciso someter a crítica esta forma de ver las cosas, que produce un gran desgaste entre los militantes y que provoca el descrédito de la teoría entre los trabajadores.

A continuación presento el primero de los borradores de un trabajo dedicado a discutir esta forma de concebir la crisis política. En una primera etapa, me dedicaré a recopilar materiales sobre la noción de crisis política. En una segunda etapa, presentaré el argumento de la “crisis política” tal como aparece en PRENSA OBRERA, órgano del Partido Obrero. Elegí dicho partido pues considero que es quien ha llevado el abuso del concepto a su más alta expresión; si bien la aclaración que sigue debiera ser innecesaria, las condiciones del debate en el seno de la izquierda argentina requieren indicar expresamente que el propósito de la crítica es constructivo, pues precisar los alcances y usos del concepto puede ser de alguna utilidad para la construcción de una alternativa política revolucionaria. Finalmente, en una tercera etapa me dedicaré a reformular el concepto, teniendo en cuenta tanto las tesis de los clásicos como las condiciones de la coyuntura política argentina.


Guillermo O’Donnell (1936-2011) abordó el problema de la crisis política en el apartado 5 de la Introducción a su obra El Estado burocrático autoritario 1966-1973. (1)

O’Donnell parte de la base de que hablar de crisis “es demasiado genérico”. De allí la necesidad de distinguir distintos niveles de intensidad en la crisis. Nuestro autor emplea la siguiente tipología:

1. Crisis de gobierno.

Se caracteriza por “desfiles de altos funcionarios, incluso presidentes, obligados dejar sus cargos antes de los lapsos institucionalmente previstos.” (p. 47). Su importancia no debe ser minimizada, pues va acompañada de cambios erráticos en las políticas públicas y de la sensación de que no es posible estabilizar ningún poder público. En consecuencia, “el poder que el aparato estatal parece encarnar ante la sociedad pierde la autoridad emanada de una faz majestuosa, para mostrarse como un ámbito expuesto a los tirones de los grupos.” (p. 48).

2. Crisis de régimen.

El rasgo que la define es la presencia de grupos que no sólo procuran cambiar el personal del gobierno, sino que también plantean “la pretensión de instaurar divergentes criterios de representación y canales de acceso a esos roles” (p. 48). Como en el caso 1, no debe ser despreciada, pues da cuenta de la existencia de desacuerdos potencialmente “explosivos” entre las élites.

1 y 2 se despliegan en la superficie de la arena política, no afectan “el mantenimiento de una férrea dominación en la textura celular de la sociedad” (p. 48).

3. Crisis de expansión de la arena política.

Más profunda que las anteriores (y que puede superponerse a éstas). Es un tipo caracterizado por el hecho de que “grupos, partidos, movimientos y/o personal gubernamental realizan interpelaciones a clases o sectores sociales apuntados a establecer identidades colectivas conflictivas con las de los participantes ya establecidos en la arena política.” (p. 48). Una interpelación exitosa (por ejemplo, la invocación al trabajador asalariado en tanto clase en alguna forma más moderna de Estado) supone un desafío importante para el Estado y el régimen, que se ven obligados a emprender sustanciales transformaciones. No obstante, no implica necesariamente “que se hayan producido cambios paralelos en el plano celular de la dominación social; tampoco implican necesariamente el colapso de un régimen o gobierno” (p. 48). Genera una fuerte preocupación en la clase dominante, pues la interpelación a sectores excluidos del esquema político vigente puede escapar a su control.

4. Crisis de acumulación.

“Ella resulta de acciones de clases subordinadas que, se enlacen o no con las crisis ya discutidas [1, 2 y 3], son percibidas por las clases dominantes como obstaculizando sistemáticamente un funcionamiento de la economía, y una tasa y regularidad de acumulación de capital, definidas por éstas como satisfactorias” (p. 48-49). Este tipo de crisis reviste mayor gravedad para las clases dominantes, ante todo porque suponen un desafío de parte de las clases subordinadas. Si bien esta crisis no necesariamente implica poner en juego la dominación celular, “puede tocar intereses (y temores) más fundamentales que [los casos de crisis 1, 2 y 3] (…). Esto por dos razones fundamentales. Una porque parece demostrar que con sus demandas las clases subordinadas están desbordando los límites objetivos de economía y sociedad y que, por lo tanto, de alguna manera – que puede variar entre enfatizar la cooptación o la coacción -, aquellas tienen que ser «puestas en su lugar». La segunda es que el diagnóstico de una reiterada obstrucción a la acumulación de capital tiende a ser definido como una situación que – sin perjuicio de que no sean esas las intenciones de sus actores directos ni las de quienes los expresan en los grandes escenarios de la política -, tiende a mediano o largo plazo a afectar la viabilidad de la sociedad capitalista, entorpecida en el nudo central de su funcionamiento económico. De esto también suele derivar la conclusión de que es necesario «poner en su lugar» a las clases subordinadas. Vemos ahí que, aunque la primera manifestación de esta crisis sea económica, su diagnóstico por las clases dominantes y los caminos de solución que éstas entrevén, tienden a trasladarla al plano de la política, para desde allí producir una más o menos drástica – pero siempre importante – recomposición de la relación de fuerzas dada.” (p. 49).

5. Crisis de dominación celular (o social).

Presenta las siguientes características: “Es una crisis del fundamento de la sociedad (incluyendo al Estado), de las relaciones sociales que constituyen a las clases y sus formas de articulación. Esto es, se trata de la aparición de comportamientos y abstenciones de clases subordinadas que ya no se ajustan, regular y habitualmente, a la reproducción de las relaciones sociales centrales en una sociedad qua capitalista. Rebeldía, subversión, desorden, indisciplina laboral, sin términos que mentan situaciones en las que aparece amenazada la continuidad de prácticas y actitudes, antes descontadas como «naturales», de clases y sectores subordinados. Esto puede aparecer en la caducidad de ciertas pautas de deferencia hacia el «superior» social, en diversas formas expresivas (incluso artísticas) «inusuales», en cuestionamientos de la autoridad habitual en ámbitos como la familia y la escuela, y – caracterizando específicamente esta crisis – como una impugnación del mando en el lugar de trabajo. Esto implica no dar ya por irrefutable la pretensión de la burguesía de decidir la organización del proceso de trabajo, apropiarse el excedente económico generado y resolver el destino de dicho excedente. (…) Estas situaciones (…) implican por lo menos dos cosas: que se ha aflojado el control ideológico y que está fallando la coerción (sanciones económicas o, sencillamente, coacción física) que debería cancelar el «desorden» resultante. En otras palabras, indica un Estado que está fallando en la efectivización de su garantía para la vigencia y reproducción de fundamentales relaciones sociales. En su mayor intensidad, cuando se pone en cuestión el papel social del capitalista y del empresario, esta crisis amenaza la liquidación del orden – capitalista – existente. Por eso ésta es también la crisis política suprema: crisis del Estado pero no sólo, ni tanto, del Estado como aparato sino en su aspecto fundante del sistema social de dominación del que es parte. Esta crisis es la crisis del Estado en la sociedad, que por supuesto repercute al nivel de sus instituciones. Pero es sólo como crisis de la garantía política de la dominación social que puede ser entendida en toda su hondura.” (p. 49-50).

O’Donnell agrega: “los comportamientos e intenciones manifiestas de – al menos – los segmentos más activos y vocales de las clases subordinadas y de quienes invocan su representación política, apuntan a lo que más puede amenazar a la burguesía y al Estado, en tanto éste es el Estado de y en una sociedad capitalista: la supresión de la burguesía en tanto clase y, por lo tanto, del sistema de dominación que su propia condición de burguesía entraña.” (p. 50).

O’Donnell distingue, además, dos variantes más que pueden derivar en una crisis de dominación social:

6) La crisis de dominación social puede y tiende a combinarse en el mediano plazo con la crisis de gobierno, de régimen y de acumulación. “Es decir, la combinación de la primera – que por sí misma se limita a los intersticios celulares de la sociedad – con partidos y /o personal gubernamental que, engarzándose con aquel sacudimiento celular, proponen desde los grandes escenarios políticos nuevos criterios de representación y nuevos sujetos políticos dominantes para la instauración de un nuevo orden social, no ya la recomposición del dado.” (p. 50).

7) Otra posibilidad (que puede darse o no en conjunto con 6): “intentos armados de despojar a las instituciones estatales de su supremacía de poder coactivo sobre el territorio que delimitan.” (p. 51). Si bien puede darse con independencia de las otras crisis, su posibilidad de éxito tiende a aumentar cuando va de la mano con una crisis de dominación social.


Luego de esbozar su tipología, O’Donnell sostiene a continuación que “cada crisis admite diversas combinaciones con las demás, aunque algunas de ellas tienen mayor probabilidad de ligarse con otras” (p. 51), y proporciona una serie de ejemplos a partir de la historia de los países que estudia en su libro (Argentina, Brasil, Chile y Uruguay).

La crisis de gobierno (nivel 1) fue característica de la historia política de América Latina; en muy pocos casos se extendió a los otros niveles. Las crisis de régimen (nivel 2) y de expansión de la arena política (nivel 3) marcaron la liquidación de la dominación oligárquica y condujeron a un orden social centrado en la dominación de la burguesía. La crisis de acumulación (nivel 4), no combinada con movimientos o partidos orientados a un cambio de la sociedad capitalista, fue específica del pretorianismo argentino hasta 1966. La crisis de dominación social (nivel 5) fue un componente decisivo para la implantación de Estados burocrático autoritarios en Chile, Argentina y Uruguay en la década de 1970. La situación chilena previa a 1973 puede caracterizarse como nivel 6, en tanto que Argentina y Uruguay (previos a los golpes militares de 1976 y 1973, respectivamente) se encontraban en nivel 7.
O’Donnell examina la diferente percepción de los niveles de la crisis por los sectores dominantes: “Los niveles 1, 2 y 3 pueden ser percibidos por las clases y sectores dominantes como una anormalidad que sería bueno corregir. Y esto no necesariamente. En cambio, los restantes niveles de crisis son percibidos como una amenaza que, si no es eliminada, más tarde o más temprano liquidara su propia condición de dominantes.” (p. 51-52). En la mencionada percepción debe tenerse en cuenta que: “Cada una de las crisis que he delineado admite diversos grados de intensidad y puede combinarse con otras. Esos grados de intensidad y diversas combinaciones de dichas crisis nos permiten entender con más precisión la también variante intensidad de la reacción de las clases dominantes, y de no pocos sectores medios, que subyace a la implantación de diversos Estados burocrático autoritarios y a la represión a partir de ello aplicada.” (p. 52).

A partir de lo expuesto, O’Donnell puede avanzar hacia el concepto de crisis de hegemonía. Dado que ésta implica una impugnación de la dominación capitalista, queda fuera de la incumbencia de los niveles 1, 2, 3 y 4: “Parece que los niveles 1, 2 y 3 son más bien una «insuficiencia» de lo político-estatal que no alcanza a funcionar, en algunos de sus planos institucionales, de manera congruente con la apariencia majestuosa y estable que ayuda hacer del Estado el organizador y garante de las relaciones sociales, o que no puede absorber fácilmente nuevos actores e interpelaciones políticas. Pero esto no implica que la dominación celular esté puesta en cuestión. Esta puede seguir vigente, incluso en términos de un amplio control ideológico y de que el aparato estatal siga prestando, efectiva y eficientemente, su garantía de coacción a aquellas relaciones sociales. Por eso es erróneo confundir crisis de gobierno o de régimen con una crisis de hegemonía. Por su lado, una crisis de acumulación (nivel 4) conlleva un importante peso de demandas económicas y de mayor autonomía de sus organizaciones, por parte de las clases subordinadas cuya «exageración» en esas demandas tiende a ser percibida por las dominantes como el principal factor causal de aquella crisis. Pero por sí misma ella también se coloca, incluso por el economicismo de esas demandas, dentro de los parámetros capitalistas de la sociedad.” (p. 53-54).

Los niveles 1, 2, 3 y 4 no ponen en cuestión ni el carácter capitalista de la sociedad, ni la naturaleza de clase del Estado (esto es, su función de garante de las relaciones sociales capitalistas). Por eso no constituyen una crisis de la dominación capitalista. “En cambio, la crisis de nivel 5, ya sea que se combine o no con los planos 6 y 7, es propiamente una crisis de hegemonía. Ésta no sólo implica un difundido entorpecimiento de los patrones «normales» de reproducción cotidiana de la sociedad (específicamente de las relaciones capitalistas de producción). También entraña, como característica que la define como crisis de dominación social o celular (o, equivalentemente, de hegemonía), cuestionar sustanciales componentes de aquellas relaciones: el sujeto social – la burguesía – que se apropia del excedente económico, la naturalidad y equidad de la relación que constituye en tal a la burguesía y, en el microcosmos de la empresa, la pretensión de aquella de dirigir el proceso de trabajo.” (p. 55).

O’Donnell remarca que la crisis de hegemonía es también una crisis del Estado: “Esta [la crisis de hegemonía] pone en juego directamente la relación entre clases y, a través de ella, como temor más o menos inminente de la burguesía, su propia existencia en tanto tal. (…) es en este tipo de situación que el componente específico de lucha de clases aparece como un crucial componente de la situación global. (…) la crisis de la hegemonía de la dominación social es también la crisis del Estado. Pero, no es sólo, ni tanto, la crisis del Estado como aparato institucional. Es la crisis del Estado en su dimensión fundante y originaria: crisis del Estado en la sociedad. Es el «fracaso» del Estado como aspecto garante y organizador de las relaciones sociales fundamentales en una sociedad capitalista. Son ellas las que pasan a ser impugnadas en un proceso complejo y multidimensional que muestra – por lo menos – el tambaleo de la garantía coactiva y la atenuación de los encubrimientos ideológicos que, durante crisis menos profundas, permiten la cotidiana reproducción de aquellas relaciones y, con ellas, de la sociedad que se articula alrededor de ese eje. Crisis de la dominación social, de la dominación celular, de hegemonía y del Estado en la sociedad son, por lo tanto, términos equivalentes.” (p. 54-55).
Por tanto, sólo la crisis de hegemonía pone en cuestión la dominación capitalista. Cabe agregar que no se produce un ascenso mecánico de la crisis (es decir, pasaje del nivel 1 al nivel 2, de éste al nivel 3, y así sucesivamente). Cada crisis se verifica en el marco de una determinada estructura y una coyuntura específica, y su estudio debe ser abordado a partir estos rasgos específico y no a partir de recetas universales.


Viernes 28 de agosto de 2015


NOTAS:


(1)  O’Donnell, Guillermo. (2009). [1° edición: 1982]. El Estado burocrático autoritario: Triunfos, derrotas y crisis. Buenos Aires: Prometeo Libros. 

domingo, 9 de agosto de 2015

ENGELS Y LA CONCEPCIÓN JURÍDICA DEL MUNDO

NOTA BIBLIOGRÁFICA:
Para la redacción de estas notas utilicé la traducción española de la edición en inglés preparada por el Instituto de Marxismo Leninismo (1955): Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1959). Sobre la religión. Buenos Aires: Cartago. (pp. 231-234). Todos los libros tienen su historia. En este caso, el ejemplar que tengo en mis manos perteneció a mi abuelo materno, republicano convicto y confeso que pasó su vida en Argentina aborreciendo a Franco, a los curas y a los empresarios. Mi abuelo murió cuando yo tenía poco más de tres años, pero bastó ese tiempo para tenerlo siempre en el recuerdo.
En la traducción mencionada se utiliza el término “jurística” y sus derivados. Dado que la Real Academia Española no reconoce su uso, he optado por usar la palabra “jurídica” en su reemplazo.

Leer a Engels siempre es un placer, aún en el caso de escritos periodísticos o de coyuntura. Engels es un maestro de la síntesis y de la sencillez para exponer ideas complejas. Estas cualidades jugaron un papel importante en la difusión del marxismo en las dos últimas décadas del siglo XIX. La obra de Engels ha sido muchas veces rebajada al lugar de la divulgación (¡Cómo si la divulgación no fuera fundamental para una corriente política como el marxismo, que se propone algo más que interpretar el mundo!); pero lo cierto es que un examen atento de sus escritos muestra lo notable de su contribución al desarrollo del marxismo. Engels no es Marx, pero la teoría de Marx no hubiera llegado a ser lo que es sin Engels.

A modo de ejemplo, podemos considerar el artículo “Socialismo de juristas”, publicado en 1887 en la revista teórica de la socialdemocracia alemana DIE NEUE ZEIT. Engels aborda allí la cuestión de la ideología y su relación con la lucha de clases y el Estado.

El artículo gira en torno a la noción de concepción del mundo, examinando su papel en el feudalismo y el capitalismo. Engels reconoce que en la Edad Media la unidad del mundo europeo se soldó en torno al cristianismo. Sin embargo, esto no implica afirmar que la ideología es la fuerza que da forma a la sociedad; para distinguir el papel que juega la ideología es preciso comenzar por ubicar cada ideología concreta en un marco histórico determinado, que da sentido a ésta:

“Esta soldadura teológica no se realizó sólo en el plano de las ideas; existía en la realidad, y no sólo en el Papa, su centro monárquico, sino sobre todo en la iglesia feudal y jerárquicamente organizada, dueña de la tercera parte, aproximadamente, de la tierra en todos los países, y que ocupaba una posición de tremendo poderío en la organización feudal. La Iglesia, con su posesión feudal de la tierra, era el verdadero vínculo entre los distintos países; la organización feudal de la Iglesia proporcionó consagración religiosa al secular sistema estatal feudal. Además el clero era la única clase educada. Por lo tanto era natural que el dogma de la Iglesia fuese el punto de partida y la base de todo el pensamiento.” (p. 231).

En otras palabras, el papel de la Iglesia no era consecuencia de la ideología católica, sino que esa ideología tomaba su fuerza de la posición material que ocupaba la Iglesia en la sociedad feudal. La ideología no gira en el vacío, no constituye una fuerza independiente del conjunto de relaciones sociales. Sin embargo, rechazar la tesis de la autonomía absoluta de la ideología no significa descartar el peso de la misma en la lucha de clases. Al describir la importancia de la ideología cristiana en la lucha de la burguesía contra el feudalismo, Engels da un ejemplo de la persistencia de las construcciones ideológicas, y de cómo éstas pueden ser resignificadas por nuevos grupos sociales.

“Pero en el útero del feudalismo se desarrollaba el poder de la burguesía. (…) La concepción católica del mundo, modelada según el esquema del feudalismo, no era ya adecuada para esa nueva clase y para sus condiciones de producción e intercambio. Ello no obstante, esta nueva clase permaneció durante largo tiempo cautiva de los grilletes de la todopoderosa teología. Del siglo XIII al XVII, todas las reformas y las luchas realizadas bajo lemas religiosos y vinculadas a ellas, no fueron, en el plano teórico, otra cosa que repetidos intentos de los burgueses y plebeyos de las ciudades – y de los campesinos que se habían vuelto rebeldes en contacto con ambos -, de adaptar la antigua concepción teológica del mundo a las nuevas condiciones económicas y a las condiciones de vida de la nueva clase.” (p. 231-232).

Más allá de que la afirmación de Engels es esquemática (¿podría ser de otra manera, tratándose de un artículo breve?) y precisa ser matizada, el hecho mismo de la persistencia de la concepción católica del mundo y su reaparición en los movimientos revolucionarios, muestra a las claras el reconocimiento tanto del poder de la ideología, como de las dificultades para construir una nueva concepción del mundo, acorde con las necesidades de los nuevos grupos sociales. Dicha dificultad se entronca, por supuesto, con el problema de los intelectuales; más concretamente, con el problema de cómo una nueva clase se da los intelectuales que precisa para elaborar su propia concepción del mundo. De la exposición de Engels parece deducirse que la clase en ascenso no está en condiciones de ejercer la dominación hasta que no es capaz de formular su propia concepción del mundo.

El núcleo del artículo consiste en la presentación de los rasgos principales de la concepción jurídica del mundo, ideología de la burguesía que vino a reemplazar a la concepción católica del mundo. Engels la describe así:

“Fue la secularización de la concepción teológica. El derecho humano ocupó el lugar del dogma, del derecho divino; el Estado ocupó el lugar de la iglesia. Las condiciones económicas y sociales, que anteriormente se pensaba que habían sido creadas por la iglesia y el dogma, ya que habían sido aprobadas por la iglesia, fueron consideradas entonces como basadas en el derecho y creadas por el Estado. Como el intercambio de mercancías en escala social y en pleno desarrollo – especialmente a través de los adelantos y el crédito – produce complicadas relaciones contractuales, y por consiguiente exige reglas aplicables en términos generales, que sólo pueden ser dictadas por la comunidad – normas de derecho determinadas por el Estado -, se imaginó que tales normas de derecho surgían, no de los hechos económicos, sino de su establecimiento formal por el Estado. Y como la competencia, forma básica del comercio de los productores libres de mercancías, es el máximo igualizador, la igualdad ante la ley se convirtió en el principal grito de combate de la burguesía. El hecho de que la lucha de esta nueva clase contra los señores feudales, y contra la monarquía absoluta que protegía a éstos tuviese que ser, como todas la luchas políticas, una lucha por el poder del Estado, y que tuvieses que librarse sobre la base de exigencias jurídicas, contribuyó a fortalecer la concepción jurídica.” (p. 232).

En el párrafo que hemos reproducido, Engels realiza una serie de importantes afirmaciones. En primer lugar, en el terreno de la ideología se verifica corrobora una vez más un principio que se manifiesta en diversos ámbitos: nada surge de la nada, sino que todo se desarrolla a partir de elementos ya existentes; en el caso particular de la concepción burguesa del mundo, la misma se plasmó a partir de la concepción católica del mundo. En este sentido, es significativo que Engels considere que el Estado burgués ocupa el lugar de la Iglesia. Esta idea nos parece fructífera, en la medida en que permite entender el desplazamiento de lo sagrado desde la esfera religiosa a la secular. En segundo término, Engels enfatiza cómo el Estado convierte las relaciones sociales que son producto de las luchas entre individuos y grupos sociales, en una creación estatal (a través del Derecho). Así como en el plano económico, las relaciones entre las personas aparecen como relaciones entre cosas (fetichismo de la mercancía), en el plano político las relaciones entre individuos se presentan como creaciones del Derecho (fetichismo jurídico). En tercer término, Engels explica la ideología burguesa a partir de las relaciones sociales, y no a la inversa, siguiendo el mismo procedimiento adoptado para el análisis del feudalismo. Como señalamos más arriba, la ideología sólo puede comprenderse a partir de su ubicación en la totalidad de las relaciones sociales.

Además de lo anterior, Engels sostiene que las luchas políticas son luchas por el control del Estado y que, en el caso específico de la burguesía en su período revolucionario, se trató de luchas que giraban en torno a exigencias jurídicas, hecho que contribuyó a reforzar la influencia del fetichismo jurídico en el pensamiento político.

Engels dedica la parte final del artículo a mostrar cómo la clase obrera, en los comienzos de su lucha contra el capitalismo, adoptó la concepción jurídica de la burguesía.

“El proletariado se apoderó al comienzo de la concepción jurídica de su oponente y buscó en ella las armas contra la burguesía. Los primeros elementos del partido proletario, así como los representantes teóricos de éste, se mantuvieron totalmente en el «terreno jurídico del derecho», siendo la única distinción la de que construyeron para sí un terreno distinto del «derecho» que aquel con que contaba la burguesía. Por una parte la exigencia de igualdad fue ampliada de modo que la igualdad en el derecho fue completada con la igualdad social. Por la otra, de la proposición de Adam Smith, de que el trabajo es la fuente de todas las riquezas, en tanto que el producto del trabajo tiene que ser compartido con el terrateniente y el capitalista, se extrajo la conclusión de que esta división del producto era injusto y que debía ser abolida o modificada en favor del trabajador.” (p. 233).

Otra vez se verifica el principio de que el pensamiento construye a partir de elementos anteriores. El socialismo constituyó así, en sus orígenes, una versión radical del pensamiento burgués. Al hacer esto, mostró en la práctica las limitaciones de dicho pensamiento, su incapacidad para garantizar la libertad y la igualdad entre los seres humanos. Engels señala con perspicacia que los socialistas utópicos comprendieron estas limitaciones y, por ello, abandonaron la lucha política para concentrarse en el terreno de la elaboración de planes de reformas destinados a una sociedad ideal. Se planteó así un callejón sin salida para el movimiento socialista: de un lado, los seguidores de la concepción jurídica, que proponían la acción política dentro de los marcos ideológicos de la sociedad burguesa; del otro, los utopistas que negaban la acción política.

“La exigencia del producto total del trabajo, así como la de la igualdad, se perdieron en contradicciones insolubles en cuanto fueron formuladas en forma jurídicamente detallada y dejaron más o menos intacto el meollo del problema: la transformación del modo de producción. El rechazo de la lucha política por los grandes utopistas fue al mismo tiempo el rechazo de la lucha de clases, es decir, de la única forma de actividad de la clase cuyos intereses representaban. Ambas concepciones hacían abstracción de los antecedentes históricos a que debían su existencia; ambas apelaban a los sentimientos: unas al sentimiento de justicia, otras al de humanidad. Ambas revestían sus exigencias con las formas de piadosos deseos acerca de los cuales no se podía decir por qué habían de ser cumplidos en ese momento y no mil años antes o después.” (pp. 233-234).

Engels afirma, a continuación, que:

“La clase obrera, que con el paso del modo de producción feudal al modo capitalista fue despojada de toda propiedad de los medios de producción, y que gracias al mecanismo del modo capitalista de producción es engendrada continuamente en ese estado hereditario de desposeimiento, no puede encontrar en la ilusión jurídica de la burguesía una expresión exhaustiva de sus condiciones de vida. Sólo puede conocer esas condiciones de vida, plenamente y por sí misma, si contempla las cosas en su realidad, sin vidrios jurídicamente coloreados.” (p. 234).

La respuesta al problema es el desarrollo de la concepción proletaria del mundo, elaborada por Marx. Esta solución no deja de ser problemática. Ante todo, no quedan claras las razones por las que la clase obrera no puede seguir atada a la concepción burguesa. Engels deja de lado aquí la posibilidad de concesiones de la burguesía a la clase obrera, cuestión que modifica que radical desposesión a que alude nuestro autor. Pero, y en esto se da de bruces con el resto del artículo, Engels subestima la eficacia del fetichismo jurídico, su capacidad para convertir a la lucha de clases en un “conflicto legal”. Cuando sostiene que Marx “ofreció la concepción del mundo correspondiente a las condiciones de vida y de lucha del proletariado” (p. 234), pasa por alto que la forma que asumen las relaciones sociales bajo el capitalismo (su cosificación) recrea permanentemente la vigencia del fetichismo jurídico. A diferencia de lo expuesto aquí por Engels, pensamos que si el marxismo logra imponerse como ideología de la clase obrera, será por medio de una lucha encarnizada contra la ideología burguesa, parte de la lucha de clases más general entre capital y trabajo.


Villa del Parque, domingo 9 de agosto de 2015