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jueves, 24 de marzo de 2016

24 DE MARZO

El golpe de 1976 cerró un período de movilización popular sin precedentes en la historia argentina contemporánea (sólo puede comparársele el 17 de octubre de 1945). La clase obrera encabezó esa movilización, cuyo punto de partida fue el Cordobazo en 1969. Pocas veces la burguesía sintió tanto temor a perder sus privilegios. El terrorismo de Estado fue la respuesta a ese terror, el uso sin límites de la tortura y el asesinato para conseguir la desmovilización de los trabajadores. No fue la guerrilla (no pretendo, por supuesto, negar la importancia de las organizaciones armadas en el período), fue la clase obrera quien desató todos los miedos de los burgueses. No fue el peronismo (aunque la gran mayoría de los trabajadores se identificaban como peronistas), fue la creencia de los laburantes en su propia fuerza la que quitó el sueño a la clase dominante.

La normalidad capitalista se asienta en la unidad de la clase dominante y en la fragmentación de la clase trabajadora. O sea, los empresarios saben que son una clase y actúan como clase (a pesar de sus diferencias internas); mientras tanto, los trabajadores deben estar divididos (cada uno cuenta con sí mismo y con nadie más en la lucha diaria por ganarse el sustento), actuando como un montón de individuos sueltos. Ese es el mejor de los mundos posibles para la burguesía. Pero cuando los trabajadores se ven a sí mismos como clase y actúan en defensa de sus compañeros, la normalidad se va al diablo. Organización, movilización, solidaridad: he aquí las tres palabras malditas para la burguesía.

En 1969-1976 la clase trabajadora argentina estaba organizada, movilizada y mostraba grandes niveles de solidaridad. El objetivo de sus luchas no era el socialismo (por lo menos no lo era para la mayoría de la clase), pero su organización, movilización y solidaridad desafiaban la dominación de la burguesía. Si esas cualidades no eran desarmadas, resultaba imposible la implementación de planes económicos dirigidos a aumentar la explotación y, por ende, las ganancias de los empresarios. Sin política no hay economía que valga. La burguesía estaba decidida a darle una lección inolvidable a la clase obrera, para que nunca más levantara cabeza.

El secuestro, la tortura y el asesinato de decenas de miles de argentinos fue el método elegido para dar esa lección. No hubo irracionalidad ni perversión (aunque los muchos ejecutores de las torturas y asesinatos calificaran como sádicos y perversos), todo fue parte de la racionalidad capitalista más pura. El horror del capitalismo no reside en la violencia irracional; todo lo contrario, la violencia, el sadismo y la perversión forman parte de una estructura de dominación cuyo objetivo central es la anulación de la resistencia de los trabajadores para poder obtener mayores ganancias. La picana es parte necesaria de la contabilidad empresaria, aunque no pueda figurar en los balances.

La victoria de la burguesía en 1976 moldeó la sociedad actual. El régimen democrático vigente desde 1983 se asentó sobre la ruptura de la organización, de la movilización y de la solidaridad obrera. El individualismo imperante entre los trabajadores es el indicador más claro del éxito de la dictadura. 

Es por todo esto que el aniversario del golpe sigue revolviendo nuestra conciencia y nuestras tripas. Por más que la maquinaria de dominación invite a la indiferencia, el 24 de marzo termina siempre por revolver la naturalidad ganada a sangre y fuego. No se trata del efecto del día feriado. No se trata tampoco de la presencia coyuntural de Obama. El 24 de marzo nos recuerda que esa “naturalidad en que vivimos no es “natural”, pues tiene un origen preciso: el golpe militar de 1976.

El 24 de marzo no forma parte del pasado. Es nuestro presente. En la lucha de clases no hay victorias ni derrotas definitivas. Está en nuestras manos reconstruir la organización, la movilización y la solidaridad de la clase trabajadora.



Villa del Parque, jueves 24 de marzo de 2016

viernes, 18 de marzo de 2016

FICHA: WALLERSTEIN. “A FAVOR DE LA CIENCIA, EN CONTRA DEL CIENTIFICISMO”

Noticia bibliográfica:

Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Julieta Barba y Silvia Jawerbaum, incluida en: Wallerstein, Immanuel. (2005). Las incertidumbres del saber. Barcelona: Gedisa. (pp. 15-21). El texto en cuestión es el capítulo 1 de la obra.

Título original: "For science, against scientism: The dilemmas of contemporary knowledge production". Publicado por primera vez: Mukhejki, Partha Nath, comp. (2000). Methodology in Social Research: Dilemmas and Perspectives. Nueva Delhi: Sage Publications India. (pp. 87-92).


El capítulo 1 es muy breve y consiste en la respuesta de Wallerstein a las críticas [posmodernas] a la ciencia.

Wallerstein resume así dichas críticas:

a)    La ciencia es ideológica, subjetiva y poco fiable. “Se afirma que es posible distinguir en la teorización de la ciencia muchas premisas a priori que no reflejan más que las posturas culturales dominantes en cada época. Se dice que los científicos manipulan los datos y que, por ende, manipulan la credibilidad del público.” (p. 15).

b)    No existen verdades universales y todas las afirmaciones de saber son necesariamente subjetivas. Esta posición es sostenida por una parte de los críticos. La respuesta de los científicos consistió en afirmar que “incluso las críticas más moderadas a la ciencia, basadas en un análisis del contexto social en el que se desarrolla la actividad científica, han sido nefastas porque fueron la vía de acceso al camino que conduce al desastre del relativismo nihilista.” (p. 16).

Antes de pasar a discutir las críticas, nuestro autor indica que el debate consiste “en un intercambio de insultos” y que se lleva a cabo en un contexto de “lucha por el control de los recursos y de las instituciones de producción de saber” (p. 16).

Propone adoptar otro punto de vista para resolver el problema. Sugiere reflexionar sobre las premisas filosóficas de la actividad científica y el contexto político de las estructuras del saber.

¿Cómo sabemos que una afirmación científica nueva es válida o al menos plausible?

La creciente división del trabajo hace que sólo los especialistas comprendan el sentido de un enunciado científico. Por tanto, dejamos en manos de autoridades prestigiosas el criterio de validación de dichos enunciados. Más preciso, “no confiamos en expertos individuales sino en comunidades de expertos autoerigidas” (p. 17).

¿Por qué respetamos a una comunidad de expertos que habla con una única voz?

El respeto se basa en dos supuestos: a) los expertos se educaron en instituciones que los avalan; b) los expertos no responden a intereses personales.

Las instituciones científicas se controlan entre sí a nivel mundial. Eso asegura la adecuada formación y especialización de los expertos.

Los científicos son relativamente desinteresados porque “a diferencia de teólogos, filósofos y portadores de sabiduría popular, están siempre dispuestos a aceptar toda verdad que surja de una interpretación inteligente de los datos, sin tener la necesidad de ocultar esas verdades, ni distorsionarlas, ni de negarlas.” (p. 17).

Ambos supuestos (a y b) fueron cuestionados por los críticos. Respecto a la capacitación, se enfatizó el sesgo deliberado (prejuicio) y el sesgo estructural o institucionalizado. Dicho más claro, los científicos son influidos tanto por su origen social (la mayoría pertenecen a la clase dominante) como por la elección de premisas teóricas o de metáforas.

Respecto al desinterés de los científicos, implica que en caso de conflicto (por ejemplo, que la publicación de los datos de las investigaciones de un equipo científico pueda afectar las relaciones de poder social) éstos optarán siempre por la honestidad. Pero el mundo real no funciona así: “los científicos están sujetos a muchas presiones externas e internas. Entre las primeras, se cuentan las de los gobiernos, instituciones o personas influyentes y colegas; entre las segundas, las de su superyó. Todos nosotros actuamos movidos por esas presiones hasta un cierto punto.” (p. 18).

Si se aceptan las objeciones de los críticos:

¿Cómo podemos confiar en el pronunciamiento de los expertos? Y si esto es así: ¿Cómo podemos aceptar la validez de sus enunciados, al menos en los campos en los que no somos especialistas?

No hay ningún argumento convincente contra el escepticismo que se deriva de la aceptación de las críticas.

Wallerstein propone una solución basada en la distinción entre ciencia y cientificismo.

Cientificismo: “idea de que la ciencia es desinteresada y extrasocial, que sus enunciados de verdad se sostienen por sí mismos sin apoyarse en afirmaciones filosóficas más generales y que la ciencia representa la única forma legítima del saber.” (p. 19). Los críticos han demostrado de manera convincente la debilidad del cientificismo.

Ciencia: “aventura humana fundamental (…) Los dos enunciados principales de la ciencia (…) son los siguientes: 1) Hay un mundo que trasciende nuestra percepción, que siempre ha existido y siempre existirá. Ese mundo no es producto de nuestra imaginación. Con este enunciado rechazamos la concepción solipsista del universo. 2) Ese mundo real puede conocerse parcialmente por métodos empíricos y el conocimiento obtenido puede resumirse en teorizaciones heurísticas.” (p. 19-20).  No existe la verdad absoluta. Todas nuestras interpretaciones son transitorias.

Las insuficiencias del cientificismo han llevado a muchas personas a optar por la teología, la filosofía o la sabiduría popular. Hay que mostrar que esos enunciados alternativos son menos fiables que los enunciados científicos.

El siguiente párrafo resume el argumento de Wallerstein:

“La pregunta es si podemos ofrecer análisis científicos que no son cientificistas de las opciones históricas que se nos presentan. (…) La inflexibilidad del cientificismo es parte de la maleza que hay que retirar. Debemos reconocer que, además de apoyarse en el conocimiento de las causas eficientes, las elecciones científicas están cargadas de valores y propósitos. Es necesario incorporar el pensamiento utópico en las ciencias sociales. Debemos descartar la imagen del científico neutral y adoptar una concepción de los científicos como personas inteligentes  pero con preocupaciones e intereses y moderados en el ejercicio de su hybris.” (p. 21).

[Wallerstein no explora una dimensión fundamental del problema: la conexión entre la ciencia y la producción capitalista. En la actualidad la ciencia (el conocimiento científico) es una mercancía. Sólo en este terreno es posible plantear las cuestiones del desinterés de los científicos y del carácter de las instituciones científicas. Aquí sería interesante desarrollar la paradoja entre la creciente incidencia del conocimiento científico en la vida cotidiana (vía tecnología) y el escepticismo frente al conocimiento científico. – AM-.]



Villa del Parque, viernes 18 de marzo de 2016

lunes, 14 de marzo de 2016

FICHA: MILLS, CH. W. “SOBRE ARTESANÍA INTELECTUAL” (1979). [1° EDICIÓN: 1959]

Noticia bibliográfica:
Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Florentino M. Torner, incluida en: Mills, Charles Wright. (1979). [1° edición: 1959]. La imaginación sociológica. México D. F: Fondo de Cultura Económica. (pp. 206-236).



Mills escribe este texto como Apéndice a su obra La imaginación sociológica (1959). En ella esboza una crítica de la sociología norteamericana y formula, aquí y allá, indicaciones sobre la metodología predominante en dicha escuela de teoría social. Pero sólo en el Apéndice aborda de lleno la discusión de los métodos.

Como lo indica el título, Mills reivindica los “métodos artesanales” frente a la estandarización imperante en el mundo académico.

“Para el investigador social individual que se siente como parte de la tradición clásica, la ciencia social es la práctica de un oficio.” (p. 206).

Mills define al sociólogo como un artesano:

“…habréis advertido que, como estudiantes, tenéis la excepcional oportunidad de proyectar un tipo de vida que estimule los hábitos de la buena artesanía. El trabajo intelectual es la elección de un tipo de vida tanto como de una carrera; sépalo o no, el trabajador intelectual forma su propio yo a medida que trabaja por perfeccionarse en su oficio para realizar sus propias potencialidades y aprovechar las oportunidades que se ofrezcan en su camino, forma un carácter que tiene como núcleo las posibilidades del buen trabajador.” (p. 206).

El sociólogo-artesano rechaza la separación entre su trabajo y su vida. De ahí que Mills proponga que el sociólogo debe utilizar su propia experiencia de vida en su trabajo intelectual. Una parte fundamental del trabajo del sociólogo consiste en examinar e interpretar la mencionada experiencia. Para poder afrontar ese trabajo de interpretación, el sociólogo tiene que organizar un archivo, es decir, “llevar un diario” (p. 207).

“En el archivo que voy a describir, están juntas la experiencia personal y las actividades profesionales, los estudios en marcha y los estudios en proyecto. En ese archivo, vosotros, como trabajadores intelectuales, procuraréis reunir lo que estáis haciendo intelectualmente y lo que estáis experimentando como personas. No temáis emplear vuestra experiencia y relacionarla con el trabajo en marcha. Al servir como freno de trabajo reiterativo, vuestro archivo os permite también conservar vuestras energías. Asimismo, os estimula a captar «ideas marginales»: ideas diversas que pueden ser sub-productos de la vida diaria, fragmentos de conversaciones oídas casualmente en la calle, o hasta sueños. Una vez anotadas, esas cosas pueden llevar a un pensamiento más sistemático así como prestar valor intelectual a la experiencia más directa.” (p. 207).

Mills argumenta que el hombre moderno tiene poca experiencia personal y que ésta debe ser atesorada cuidadosamente, porque es fundamental “como fuente de trabajo intelectual original” (p. 207). “He llegado a creer que el ser fiel a su experiencia sin fiarse demasiado de ella es una señal de madurez del trabajador. Esa confianza ambigua es indispensable para la originalidad en todo trabajo intelectual, y el archivo es un medio por el que podéis desarrollar y justificar tal confianza.” (p. 207). Llevar un archivo permite también “mantener despierto vuestro mundo interior”, “ayuda a formaros el hábito de escribir”, “controlar vuestra propia experiencia”. (p. 208).

[Cabe hacer notar que la preocupación por la “originalidad” contrasta con la estandarización de la sociología académica, así como también la preocupación de Mills por recoger la propia experiencia choca con el énfasis en las estadísticas propio de dicha sociología.]

Mills critica la costumbre de escribir “planes” sólo al momento de requerir fondos para la investigación. Afirma que el sociólogo termina cultivando un “arte de vender”. Para evitar esto:

“Un investigador social activo que avanza en su camino debe tener siempre tantos planes, que es tanto como decir ideas, que se pregunte constantemente: ¿En cuál de ellos trabajaré?, ¿debo trabajar, después? Y debe llevar un pequeño archivo especial para su agenda principal, que escribirá una y otra vez para sí mismo y quizá para discutirla con amigos.” (p. 208-209).

Mills concibe a la comunidad de sociólogos como un espacio de “intercambio amplio e informal” de esos archivos de planes de los investigadores. La comunidad mantiene orientada y bajo control la investigación mediante ese intercambio libre acerca de problemas, métodos y teorías. Rechaza la idea de una comunidad asentada en torno a un bloque monolítico de problemas. (p. 209).

Propone estructurar el archivo en un fichero de “proyectos” con muchas subdivisiones. Allí se incluyen las ideas propias, notas personales, resúmenes de libros, notas bibliográficas y esbozos de proyectos.

Remarca la importancia de tomar notas de todo libro leído:

“El primer paso en la traducción de la experiencia, ya de los escritos de otros individuos, ya de vuestra propia vida, a la esfera intelectual, es darle forma.” (p. 210).

Mills utiliza dos tipos de notas: 1) las dirigidas a captar la estructura del razonamiento del autor en libros importantes; 2) las que se toman de partes de libros desde el punto de vista de algún tema particular.

El archivo es un “depósito de hechos y de ideas que crece sin cesar, desde las más vagas a las más precisas” (p. 210). El principal desafío para el sociólogo-artesano consiste en aprender a utilizarlo en la producción intelectual. Mills no encuentra mejor manera de ilustrar este problema que narrar su propia experiencia como investigador: para ello describe cómo llegó profundizó en el concepto de “estratificación” y cómo llegó por ese camino a estudiar las minorías. (p. 210-215).

¿Qué ocurre cuando termina el trabajo sobre otros libros?

“Todo lo que necesitáis está en vuestras notas y resúmenes; y en los márgenes de esas notas, así como en un fichero independiente, están las ideas para estudios empíricos.” (p. 215).

Mills considera que la primera parte de la investigación (el trabajo con las propias ideas y con los libros) es la parte fundamental, en tanto que la “investigación empírica” está condenada a ser “ligera y poco interesante” (p. 215).

“No hay más virtud en la investigación empírica como tal que en la lectura como tal. La finalidad de la investigación empírica es resolver desacuerdos y dudas acerca de hechos, haciendo así más fructíferos los razonamientos basando todos sus lados más sólidamente. Los hechos disciplinan la razón; pero la razón es la avanzada en todo campo de saber.” (p. 215; el resaltado es mío – AM-).

Nuestro autor sostiene que la investigación empírica debe realizarse una vez terminado el trabajo bibliográfico y sólo cuando sea estrictamente necesario. El trabajo de campo debe [a] “ofrecer incitaciones para construcciones teóricas”; [b] los proyectos deben ser eficaces y claros y, si es posible, ingeniosos. Quiero decir con esto que deben prometer rendir gran cantidad de materiales en proporción con el tiempo y el esfuerzo que suponen.” (p. 216).

Alienta la idea de que la manera más económica de plantear un problema consiste en

“hacerlo del modo que permita resolver la mayor parte de él por el razonamiento solo. Por el razonamiento tratamos de a) aislar cada cuestión de hecho que aún queda; y b) resolver esas cuestiones de hecho de tal manera que las soluciones prometan ayudarnos a resolver nuevos problemas con nuevos razonamientos.” (p. 216).

Mills plantea que los problemas de investigación se dividen en cuatro etapas: 1) los elementos y definiciones; 2) las relaciones lógicas entre esas definiciones y elementos (construcción de modelos preliminares); 3) eliminación de opiniones falsas debidas a omisiones de elementos necesarios, a definiciones impropias o confusas de los términos o a conceder indebida importancia a alguna parte del asunto; 4) formulación y reformulación de cuestiones de hecho que queden. (p. 217). El autor ilustra esto con un ejemplo de su experiencia de investigador (su estudio de los altos círculos de la sociedad norteamericana) (p. 217-222).

A continuación, ¿cuándo vienen las ideas? No existe una respuesta a la pregunta, más allá de “hablar de las condiciones generales y de algunas técnicas sencillas que parecen haber aumentado mis posibilidades de revelar algo” (p. 222).

Aquí se trata de cultivar la imaginación sociológica, que consiste en una parte considerable “en la capacidad de pasar de una perspectiva a otra y en el proceso de formar una opinión adecuada de una sociedad total y de sus componentes. Es esa imaginación, naturalmente, lo que separa al investigador social del mero técnico.” (p. 222; el resaltado es mío – AM -).

Propone modos definidos de estimular la imaginación sociológica:

1)    Reordenar el fichero como modo de incitar a la imaginación.

2)  Una actitud de juego hacia las frases y las palabras con que se definen diversas cuestiones. Buscar sinónimos de palabras clave en diccionarios y libros términos, con el objeto de conocer toda la extensión de sus acepciones. Definir con menos palabrerío y más precisión. Descomponer un enunciado general en sentidos más concretos. Elevar el grado de generalidad.

3)    Muchas nociones generales se convierten en tipos al reflexionar sobre ellas. Desarrollar una clasificación nueva. Adquirir la costumbre de la clasificación transversal

4)    Pensar los extremos para lograr mayor profundidad en el conocimiento del problema.

5) Invertir deliberadamente el sentido de la proporción (ejemplo: imaginar aldeas analfabetas con una población de 30 millones de habitantes).

6)    Obtener impresiones comparativas.

7)    Distinguir entre tema (una tendencia señalada de alguna concepción importante, o una distinción clave, como la de racionalidad y razón) y asunto (es una materia, como “las carreras de ejecutivos de empresas”).

Dedica todo el apartado 5 del Apéndice (p. 227-233) a la crítica del lenguaje de la sociología académica.

“Yo sé que estaréis de acuerdo en presentar vuestro trabajo en un lenguaje tan sencillo y claro como lo permitan el asunto y vuestras ideas acerca de él. Pero como podéis haber advertido, en las ciencias sociales parece prevalecer una prosa ampulosa y palabrera.” (p. 227).

La jerigonza imperante en la sociología académica “tiene poco o nada que ver con la complejidad de la materia y nada en absoluto con la profundidad del pensamiento. Con lo que tiene que ver mucho es con ciertas confusiones del escritor académico sobre su propia posición.” (p. 228). Mills sostiene que el lenguaje del sociólogo académico es un intento de evitar que se lo considere un “periodista”. Intenta obtener prestigio en un medio social que está completamente en contra de él.

Termina resumiendo su argumento:

1)    Ser artesanos. Huir de procedimientos rígidos. Desarrollar la imaginación sociológica. Evitar el fetichismo del método y la técnica.´

2)    Desarrollar la expresión clara y sencilla.

3)    Formular interpretaciones trans-históricas, pero no olvidar jamás la necesidad de estar siempre en contacto con la realidad histórica.

4)    Huir de la limitación del estudio de pequeños ambientes. Poner en relación estos ambientes con las estructuras sociales.

5)  Evitar la especialización imperante en las ciencias sociales. Buscar la plena comprensión comparativa de las estructuras sociales.

6)    Trabajar los problemas de la historia, de la biografía y de la estructura social.

7)    Saber que se es heredero de la tradición del análisis social clásico. Comprender por tanto a los hombres y mujeres como actores históricos y sociales, no aislados.

8)    “No permitáis que las cuestiones públicas, tal como son formuladas oficialmente, ni las inquietudes tal como son privadamente sentidas, determinen los problemas que escogéis para estudiarlos. Sobre todo, no renunciéis a vuestra autonomía moral y política, aceptando en los términos de cualquier otra persona la practicidad antiliberal del ethos burocrático ni la practicidad liberal de la dispersión moral.” (p. 235-236).

[La posición de Mills, aunque simpática, resulta insostenible bajo las condiciones actuales de producción de conocimiento científico. El sistema académico implica la estandarización, la cuantificación de la producción como criterio de calidad y la conformación de equipos de trabajo lanzados a la casa de fuentes de financiamiento. Todo ello va de la mano con la mercantilización del conocimiento científico en el marco del capitalismo. En este marco, Mills nos proponer volver a una utópica “autonomía” del científico social, que no sirve ni para luchar contra el capitalismo ni para integrarse al sistema moderno de producción de conocimiento. Su análisis de las causas del predominio de la sociología académica es muy superficial (véase su análisis de la jerigonza sociológica). ]


Villa del Parque, lunes 14 de marzo de 2016