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martes, 27 de enero de 2015

LA DISOLUCIÓN DE LA SECRETARÍA DE INTELIGENCIA

En un discurso transmitido ayer por cadena nacional, la Presidenta Cristina Fernández anunció el envío al Congreso de un proyecto de ley por el que disuelve la SI (Secretaría de Inteligencia, ex SIDE – Secretaría de Inteligencia del Estado -) y crea la Agencia Federal de Inteligencia. Todo ello en el marco de la crisis desatada por la muerte del fiscal Nisman.

Abordé el caso Nisman en un artículo anterior; allí formulé el planteo general de la cuestión desde mi punto de vista. Como la medida anunciada por la presidenta pretende ser una respuesta a la crisis, es necesario efectuar un análisis de las implicancias de la disolución de la SI.

Los Servicios de Inteligencia actuales son producto de la dictadura militar de 1976-1983. El “jubilado” Stiusso, virtual jefe de la SI durante todo el período kichnerista, revistaba en los servicios durante la dictadura y continuó en funciones luego de la restauración del régimen democrático. Esta característica impregna toda la actividad de los servicios y se expresa en el hecho de que una de sus tareas primordiales es la acumulación de información sobre la militancia de izquierda, ya sea la de los partidos políticos de esa orientación o de la militancia clasista en los sindicatos. Pero, además, los servicios llevan a cabo otra actividad que hace que sean particularmente útiles para los gobiernos de turno, esto es, espiar a la oposición burguesa y a los jueces. Néstor Kirchner y Cristina Fernández aprovecharon al máximo esta segunda función de los servicios para fortalecer su poder, con la aclaración de que en esto actuaron igual que todos los gobiernos que los precedieron desde 1983 en adelante.

La crisis de sucesión desatada a partir de la imposibilidad de Cristina Fernández de volver a presentarse como candidata presidencial en las elecciones de este año, y la incertidumbre acerca de su sucesor, desató una crisis en el seno de los servicios. Ante la perspectiva de un cambio de gobierno, los servicios comenzaron a poner fichas en los candidatos presidenciales, chocando con sus amos de ayer. Como el mundo de los servicios es, por definición, un submundo secreto, esta lucha se expresó de un modo sordo y por medio de terceras personas. El descabezamiento de la SI, resuelto por la presidenta a finales del año pasado, llevó la crisis a su punto álgido. La muerte de Nisman fue consecuencia de ello.

La disolución de la SI es la respuesta (tardía por cierto) de Cristina Fernández a la crisis. Mediante la creación de un nuevo organismo de Inteligencia (la mencionada Agencia Federal de Inteligencia), pretende depurar a los servicios  y restaurar el control sobre ellos. Las perspectivas de éxito de esta medida parecen, cuanto menos, dudosas, dado que se trata de un gobierno que se retira en diciembre de este año, y de que la medida en sí parece, a simple vista, más un manotazo de ahogado que una respuesta coherente frente al problema. Es lícito preguntarse por qué la creación de un nuevo organismo habría de resolver una crisis que es producto de una política que atraviesa todo el mandato de los Kirchner, la cual consistió en fortalecer a los organismos de Inteligencia y emplearlos como herramienta de poder.

Sin embargo, hay una cuestión más importante, ausente en el discurso de ayer de la presidenta. Los servicios no giran en el vacío. La fortaleza adquirida por los mismos durante la dictadura y conservada (y aún incrementada) en el período democrático no es casualidad ni tampoco el fruto exclusivo de la necesidad de cada gobierno de turno de asegurar su poder controlando a la oposición. Es una consecuencia directa de las relaciones de fuerza entre las clases en la sociedad argentina. La dictadura de 1976-1983 significó una derrota formidable del movimiento obrero y se expresó en un incremento significativo de la desigualdad social. Los gobiernos que se sucedieron a partir de 1983 no disminuyeron esa desigualdad; todo lo contrario, la misma se cristalizó y profundizó. Sin ir más lejos, la “década ganada” del kirchnerismo, con sus elevadas tasas de crecimiento económico, dejó como herencia más de un tercio de los trabajadores en condiciones de “no registro”, es decir, sin aportes al sistema de seguridad social y por fuera de los convenios colectivos.

En un país donde la desigualdad social alcanza niveles nunca vistos anteriormente (compárese los miles y miles de asentamientos y villas miserias con los barrios privados de la burguesía), los servicios resultan imprescindibles. En otras palabras, el capitalismo argentino no puede funcionar sin servicios que espíen a la población. Por eso, toda iniciativa dirigida a reformar a los servicios está condenada al fracaso en la medida en que no sea destruida una situación social que requiere de la existencia de los servicios.
  
El problema no radica en que gobiernen los servicios; el problema consiste en que gobierna la burguesía.


Villa Jardín, martes 27 de enero de 2015

martes, 20 de enero de 2015

LA MUERTE DEL FISCAL NISMAN

El fiscal Alberto Nisman, a cargo de la investigación del atentado a la AMIA (julio de 1994) y quien presentó una denuncia contra la presidenta Cristina Fernández por encubrimiento de los responsables del atentado, fue encontrado muerto en su domicilio en vísperas de presentarse en el Congreso, donde iba a defender su acusación contra la Presidenta. No es preciso abundar en la conmoción que produjo su muerte, que desató la crisis más importante del sistema político desde los hechos de diciembre de 2001.

El autor de este artículo no pretende esclarecer las circunstancias concretas del deceso del fiscal. Carece de información para ello y no quiere hacerle el coro a la confusión general. Prefiero concentrarme en una cuestión más general y que hace a la manera en que se encuentran estructuradas las relaciones de poder en Argentina. La muerte de Nisman está ligada a la relación de los servicios de inteligencia con el Estado argentino desde la restauración del régimen democrático en 1983.

En nuestro país existen varios servicios de inteligencia (los servicios a partir de aquí). El más importante de ellos es el SI (Servicio de Inteligencia, ex SIDE – Servicio de Inteligencia del Estado -). ¿Cuál es su cometido? Básicamente espiar a los ciudadanos y brindar esa información al personal político que detenta el control del Estado. O sea, su función es considerar a la población como un enemigo potencial, a quien debe vigilarse en todo momento. Para cumplir esta tarea, cuentan con presupuestos millonarios y con una plantilla numerosa, cosas particularmente escandalosas en un país donde, por ejemplo, los hospitales públicos carecen de equipamiento básico (como lo experimentó la propia Presidenta al sufrir una lesión en un pie y estar obligada a trasladarse desde Santa Cruz a Buenos Aires para recibir la atención adecuada).

Durante la dictadura militar de 1976-1983, los servicios jugaron un papel fundamental en la ofensiva contra los trabajadores y las organizaciones políticas revolucionarias. Como contrapartida, la derrota argentina en la guerra de Malvinas mostró, entre otras cosas, hasta qué punto los servicios eran inoperantes al tener que afrontar una amenaza externa. La dictadura dejó absolutamente en claro que los servicios actuaban en función de la lógica del enemigo interno, según la cual la propia población es el enemigo del Estado. No se trata de una lógica delirante. Todo lo contrario. Los servicios forman parte del aparato represivo del Estado, constituido, además, por las Fuerzas Armadas, la Policía Federal y las policías provinciales, los servicios penitenciarios federal y provinciales, etc. Más allá de los matices, el Estado tiene como función primordial preservar el orden existente, es decir, el orden capitalista, con todas las relaciones de dominación que éste conlleva. En este sentido, los servicios proporcionan información al Estado sobre todos aquellos que cuestionan al orden capitalista. De ahí que los militantes de los partidos de izquierda, los militantes clasistas en el movimiento obrero, etc, etc., sean los principales objetivos de los espías. Las tareas de Inteligencia son indispensables para el sostenimiento del orden capitalista.

Pero los servicios han desempeñado otra función desde 1983. De Alfonsín para adelante, se encargaron de recopilar información sobre el conjunto de la oposición política y sobre los jueces, a los fines de proporcionar al gobierno de turno de una herramienta para extorsionar a los dirigentes opositores y a los magistrados. Lejos de ver menguado su poder, los servicios continuaron jugando un papel político fundamental en el escenario post dictadura. Ahora bien, estas funciones fueron llevadas a cabo por el mismo personal que se había encargado de las tareas represivas durante la dictadura. Antonio Stiusso, alias “Jaime”, agente de la SIDE (luego SI), jefe virtual del principal servicio del Estado argentino, permaneció en actividad desde la dictadura hasta 2014. Esta continuidad, sumada a los otros factores mencionados aquí, hizo que los servicios acrecentaran su poder mientras los gobiernos pasaban.

Néstor Kirchner y Cristina Fernández no fueron la excepción en lo que hace a la utilización de los servicios. Las evidencias disponibles muestran que los utilizaron tanto contra la izquierda y el movimiento obrero (por ejemplo, el caso del famoso Proyecto X), como contra los jueces y los dirigentes políticos de la oposición burguesa. Hay que agregar que los dirigentes de dicha oposición, en los casos en los que ocuparon funciones de gobierno, armaron sus propias estructuras de espías con funciones semejantes a las de los servicios del Estado nacional (Mauricio Macri, Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, procesado por el caso de las escuchas telefónicas, es el caso más escandaloso).

Como suele ocurrir, en épocas de crisis económica afloran todas las miserias del orden existente. La retracción del crecimiento económico y el hecho de que Cristina Fernández dejará el gobierno en diciembre de este año, debilitaron al kirchnerismo. La fragmentación de la oposición burguesa (Scioli, Macri, Massa) y la relativa lejanía de las elecciones, complican el cuadro, acotando la capacidad de control de la burguesía (ya sea del elenco gobernante como de la oposición que se prueba el traje de futuros gobernantes). Esto es especialmente visible en el caso de los servicios, debido a la interna entre el SI y la inteligencia militar, cuya cabeza es el actual jefe del Ejército, Milani. Frente a un poder estatal debilitado, los servicios cobran mayor autonomía y dirimen su interna apelando a los recursos a los que están acostumbrados, sólo que esta vez lo hacen a la luz del día. No se trata, por cierto, de que Argentina sea un país gobernado por los servicios; se trata de un contexto político particular, en el que los servicios han visto acrecentada su influencia de un modo desorbitado. Los cambios de gabinete efectuados por Cristina Fernández a fines del año pasado, centrados en el control del área de Inteligencia, son una muestra de la preocupación del kirchnerismo por esta situación. Por su parte, el caso Nisman indica que el kirchnerismo no ha tenido éxito en su intento de volver a controlar a los servicios.

La muerte del fiscal Nisman tiene poco y nada que ver con el caso AMIA. Al Estado argentino no le importa esclarecer el atentado. Desde 1994 a la fecha, todos los gobiernos que se sucedieron colaboraron en el encubrimiento de los hechos. Mientras tanto, los servicios incrementaron su poder y su capacidad de control sobre la población. La muerte de Nisman, en medio de una interna feroz entre los servicios, da la pauta de las dimensiones del problema. Pensar que las cosas se solucionarán con el recambio de gobierno es una utopía. En todo caso, la interna entre servicios pasará a dirimirse entre bastidores, dejando libre el centro de la escena política. Pero los servicios seguirán espiando a la militancia de izquierda, a los delegados clasistas, a los militantes barriales que no se encuadren con los punteros del PJ o del macrismo, etc. También continuarán espiando a jueces y dirigentes opositores burgueses. No es una deformación, es la naturaleza misma del Estado capitalista. En un país donde la desigualdad social es tan grande que permite que coexistan Puerto Madero y Nordelta con cientos de villas miserias y asentamientos, ¿puede esperarse otra cosa?


Villa del Parque, martes 20 de enero de 2015

sábado, 17 de enero de 2015

EL PAPA FRANCISCO Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Con motivo de la entronización del cardenal argentino Jorge Bergoglio como Papa Francisco I en 2013, escribí un artículo sobre el marketing papal. Allí sostenía, palabras más palabras menos, que el nuevo Papa tenía como objetivo primordial lavar la cara de la Iglesia Católica, sometida a una sangría constante de fieles y a un consiguiente debilitamiento de su influencia política. Esa lavada de cara consistiría, básicamente, en una serie de medidas efectistas e inofensivas. En otras palabras, Bergoglio asumió como propia la máxima “cambiar algo para que nada cambie”.

Ahora, con motivo de la masacre de Charlie Hebdo, Bergoglio opinó lo siguiente:

"-Santo Padre, ayer a la mañana durante la misa habló de la libertad religiosa como de un derecho humano fundamental. Pero en el respeto de las diversas religiones, ¿hasta qué punto puede ir la libertad de expresión, que también es un derecho humano fundamental?
-Gracias por esta pregunta que es muy inteligente, es buena. Creo que los dos son derechos humanos fundamentales, tanto la libertad religiosa, como la libertad de expresión. Pero... ¿Usted es francés? Vayamos a París, hablemos claro. No se pude esconder la verdad: cada uno tiene el derecho de practicar su propia religión sin ofender, libremente. Y así hacemos y queremos hacer todos. Segundo, no se puede ofender, o hacer la guerra, matar en nombre de la propia religión, es decir, en nombre de Dios. A nosotros lo que pasa ahora, nos asombra. Pero pensemos en nuestra historia: ¿cuántas guerras de religión tuvimos? Piense en la Noche de San Bartolomé. ¿Cómo se entiende esto? También nosotros fuimos pecadores en esto, pero no se puede matar en nombre de Dios, es una aberración. Matar en nombre de Dios es una aberración. Esto es lo principal de la libertad de religión: se debe hacer con libertad, sin ofender, pero sin imponer y sin matar.
La libertad de expresión: cada uno no sólo tiene la libertad, sino que tiene el derecho y la obligación de decir lo que piensa para ayudar al bien común. Si un diputado o un senador no dice lo que piensa que es el verdadero camino, no colabora al bien común. Y no sólo estos, sino tantos otros. Tenemos la obligación de decir abiertamente, tener esta libertad, pero sin ofender. Porque, es verdad que no se puede reaccionar violentamente. Pero si el doctor Gasbarri, gran amigo, dice una mala palabra en contra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal! No se pude provocar, no se puede insultar la fe de los demás. No se le puede tomar el pelo a la fe. No se puede.
Benedicto XVI en un discurso, no me acuerdo cuál, había hablado de esta mentalidad post positivista, de la metafísica post positivista, que llevaba a creer que las religiones o las expresiones religiosas son una suerte de subculturas, que son toleradas, pero que son poca cosa, no son parte de la cultura ilustrada. Y esta es un herencia de la Ilustración, eh. Hay mucha gente que habla mal de otras religiones o de las religiones, les toma el pelo, digamos que juguetea con las religiones de los otros. Y estos provocan y puede pasar lo que le podría pasar al doctor Gasbarri si dice algo en contra de mi mamá, ¿no? Es decir, ¡hay un límite! Cada religión tiene dignidad, cualquier religión que respeta la vida, la persona humana. Y yo no puedo tomarle el pelo. Y esto es un límite. Tomé este ejemplo de límite, para decir que en esto de la libertad de expresión hay límites, como el de mi mamá. No sé si logré responder la pregunta.” (La Nación, 15/01/2015).
Charlie Hebdo obligó a Bergoglio a fijar su posición sobre la libertad de expresión…y es el pobre doctor Gasbarri quién recibe los puñetazos del papa boxeador…

Vamos al grano. El marketing papal se nutrió de gestos que no molestaban a nadie, que no afectaban el poder de nadie, y que servían para vender la imagen de un papa “tolerante” y preocupado por los problemas de la “gente”. Sin embargo, en sus casi dos años de pontificado, Bergoglio no modificó ninguna de las líneas políticas fundamentales de la Iglesia (por ejemplo, la cuestión del aborto, la de los homosexuales, etc., etc.). Mucho gesto para la tribuna, ningún tiro al arco.

Pero con Charlie Hebdo es distinto. Aquí no hay espacio para el gesto vacío. Había que definirse. Es claro que esto puso incómodo a Bergoglio. Y, como suele ocurrir, la incomodidad parió un engendro. Mejor dicho, de un modo torcido (taimado podríamos decir), Bergoglio terminó sacando el inquisidor que todo prelado lleva dentro.

En el principio, fue la condena de la masacre. Bergoglio procedió haciendo lo políticamente correcto, siguió el discurso que le dictaba el marketing. Pero el espíritu de Dios se revolvía en su alma y pugnaba por salir. Y salió nomás, durante el viaje apostólico a Sri Lanka, con toda la duplicidad propia de un Papa de la Santa Madre Iglesia. Veamos la cuestión yendo de lo particular a lo general.

Bergoglio sostiene que la libertad religiosa tiene un límite: no se puede matar en nombre de Dios. OK. Pero acto seguido afirma que las ofensas a la libertad religiosa pueden ser castigadas con un puñetazo (¡Qué lo diga si no el doctor Gasbarri!). O sea, la tolerancia del religioso hacia quienes se burlan de su religión tiene como límite la muerte del burlador. Bergoglio (los lectores no argentinos de este artículo deben saber que la Iglesia argentina, de la que formaba parte Bergoglio, apoyó activamente a la dictadura militar de 1976-1983, que se especializó en el secuestro, tortura y asesinato de miles de personas) pide al religioso que actúe como el médico que asistía a una sesión de tortura, es decir, observando la aplicación de los golpes, la picana eléctrica, el submarino y otros nobles recursos, pero deteniendo la sesión en cuanto corría riesgo la vida del torturado. Claro que en el ejemplo de Bergoglio, el religioso es también el torturador. Con este ejemplo extremo (en la entrevista es el mismo Papa quien aplica un ejemplo “extremo”) no pretendo hacer otra cosa que mostrar las inconsistencias de la lógica empleada por Bergoglio.

Pongamos las cosas en contexto para comprender en toda su dimensión la barbaridad dicha por el Papa. Charlie Hebdo no es un caso hipotético, es una masacre en la que doce personas fueron asesinadas porque unos fundamentalistas se sintieron ofendidos por las caricaturas publicadas en la revista (por lo menos, esta es la versión oficial de los hechos, que no será discutida aquí). Frente a esta enormidad, Bergoglio no tiene mejor idea que salir con el puñetazo al doctor Gasbarri. Por eso la frase “matar en nombre de Dios es una aberración” suena a relativismo en boca del Papa, ese relativismo que la Iglesia combate como sinónimo de ateísmo.

El Papa ubica a la “libertad religiosa” como uno de los “derechos humanos fundamentales”, al lado de la “libertad de expresión”. Sin embargo, en su argumentación queda claro que la “libertad de expresión” tiene un límite, que es el de no ofender al religioso. En este sentido, la “libertad religiosa” es más derecho, si cabe la expresión, que la “libertad de expresión”. Desde su punto de vista, el humor no puede aplicarse a la religión, la sátira no es lícita, pues siempre habrá un creyente que se sienta ofendido en su fe. Si esto es así, ¿qué queda de la libertad de expresión? Nada más que palabrería vacío, ése que tanto gusta a los prelados.

Para concluir. En sus declaraciones, Bergoglio repite una vez más un viejo tema de la Iglesia: la Fe se encuentra ubicada por encima de la Razón. Esta preeminencia es, a nuestro entender, la base más general de la intolerancia de la Iglesia hacia todos los que piensan diferente. Pues, ¿qué significa la Fe? La soberanía de la creencia más allá de toda prueba racional. Así, un religioso puede creer que Dios creó al mundo en 6 días, y que al séptimo descansó en virtud de algún convenio laboral celestial. Si alguien pretende discutir racionalmente esta fábula, aportando pruebas de la paleontología, la geología, etc., el creyente simplemente responderá: es mi Fe y nada puede convencerme de lo contrario. Esta actitud no es otra cosa que la negación de todo diálogo, equivale a establecer desde el vamos una asimetría fundamental entre las partes, en la que la supremacía está del lado del creyente.

Lejos de ser una boutade, un error de comunicación, las declaraciones de Bergoglio expresan el sentir profundo de los dignatarios de la Iglesia Católica sobre la masacre de Charlie Hebdo. Como siempre, ellos están listos para emprender una cruzada contra quienes pensamos diferente. Por eso hay que estar siempre en guardia y combatir sus argumentos de manera implacable. Aunque una y otra vez haya que decir las mismas cosas.



Villa del Parque, sábado 17 de enero de 2015

martes, 13 de enero de 2015

CAPITALISMO Y FUNDAMENTALISMO ISLÁMICO

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en EE. UU desataron una oleada de histeria xenófoba contra todo lo musulmán, la que sirvió como punta de lanza para la sanción de leyes que recortaron las libertades individuales en los países capitalistas más desarrollados. La USA Patriot Act, sancionada el 26 de octubre de ese año, recortó derechos constitucionales y legalizó la vigilancia policíaca del Estado sobre los ciudadanos. Con el pretexto de fortalecer la seguridad contra la amenaza terrorista, fueron promovidos el secuestro, la tortura y el asesinato, todo ello al margen de cualquier forma de proceso legal. Además, los atentados fueron la excusa perfecta para promover las invasiones de las potencias occidentales a Afganistán (2001) e Irak (2003). En síntesis, el fundamentalismo islámico fue utilizado para fortalecer el control estatal sobre la vida de los ciudadanos de los países centrales, llegando a extremos impensados en décadas anteriores.

Los hechos acaecidos en Francia en los últimos días (desde la masacre de la revista Charlie Hebdo en adelante) han generado una nueva oleada de odio hacia todo lo musulmán. Como es lógico, todavía es muy temprano para evaluar las consecuencias que tendrá sobre las libertades de los ciudadanos de los países europeos. No obstante, es razonable suponer que los inmigrantes y sus hijos llevarán la peor parte en un contexto signado por la histeria y la xenofobia. Para comprender mejor las consecuencias posibles de la masacre de Charlie Hebdo es conveniente echar una mirada sobre los argumentos esgrimidos en 2001 para recortar y/o suprimir libertades y derechos.

En el contexto posterior a septiembre de 2001, la identificación entre religión musulmana y terrorismo fue uno de los puntales ideológicos que permitieron crear un consenso popular en torno a la sanción de leyes represivas de las libertades individuales. De hecho, se habló hasta el cansancio de un “choque de civilizaciones”, en el que Occidente era el abanderado de la libertad y el Islam un foco de opresión e intolerancia. No importó que dicha imagen sirviera para llevar adelante una escandalosa campaña de violación de las libertades individuales en los países occidentales; la cárcel de Guantánamo, con sus cientos de presos sometidos a torturas y al margen de todo proceso legal, sin tener el derecho siquiera a un abogado, fue la expresión más acabada del cinismo de los gobiernos que promovían la cruzada contra el terrorismo islámico.

La supuesta identidad entre Islam y terrorismo se apoya en un supuesto más general, que sostiene que la religión es el principal factor que moldea la vida de las personas. Así, en el Occidente capitalista la religión ocupa un lugar secundario en la sociedad y priman las leyes del mercado, las cuales incentivan el desarrollo de la tolerancia y de la democracia política; en los países islámicos, en cambio, la religión opera como barrera contra la libertad. Según esta concepción, el fundamentalismo islámico y el terrorismo que le sirve de brazo armado, constituyen el resultado necesario de una sociedad intolerante y signada por el espíritu de cruzada contra todo lo diferente. Más claro, el Islam y sus seguidores son terroristas aunque no realicen conductas que tengan que ver con el terrorismo, pues el terrorismo está en la esencia de la religión musulmana.

El autor de estas líneas es ateo; por tanto, se halla muy lejos de tener intenciones de defender a cualquier religión. Sin embargo, corresponde decir que la imagen del Islam presentada en el párrafo anterior tiene muy poco que ver con la realidad histórica, por lo menos en lo que hace a los dos últimos siglos. En primer lugar, fueron las potencias capitalistas quienes se repartieron el mundo islámico en los siglos XIX y XX. Sin ir más lejos, Francia se anexionó Argelia en la primera mitad del siglo XIX y sostuvo una guerra colonial para impedir la liberación de ese país (1954-1962). Hasta donde sabemos, en el mismo período no se produjo ninguna invasión de un país occidental por un país islámico. Si hubo espíritu de cruzada, este fue patrimonio del Occidente capitalista. En segundo lugar y como ya dijimos, los atentados del 11S tuvieron como consecuencia una serie de invasiones e intervenciones varias de EE.UU y sus aliados en el mundo islámico. Afganistán, Irak, Libia, fueron los hitos principales de dicha “cruzada”. Mientras que la propaganda hacía del Islam una religión sanguinaria, los ejércitos de los países invasores se dedicaban a actividades tan nobles como el secuestro, la tortura ilimitada y el asesinato masivo.

Pero la idea misma de que existe una excepcionalidad musulmana a partir del papel que la religión en esos países es, siendo generosos, altamente problemática. Hoy en día, el capitalismo es el sistema social imperante en todo el planeta. La ley del valor, una de cuyas manifestaciones es la competencia entre capitalistas, entre países y entre bloques regionales, opera en todo el mundo. Los países musulmanes no son la excepción. Aún Estados teocráticos como Arabia Saudita (aliado de EE.UU.) tienen su estructura económica organizada en torno al mercado mundial capitalista a través de la exportación de petróleo. En el mundo islámico las cosas se compran y venden como mercancías; no hay predominio de la economía natural ni nada que se le parezca. La dificultad para ver esto radica en que suele definirse al capitalismo a partir de la experiencia histórica de los países centrales como Gran Bretaña y EE.UU, y no como un sistema mundial en el que los países se hallan insertos de modo diferente, si bien todos ellos se encuentran sometidos a los efectos de la ley del valor.

Si lo expuesto en el párrafo anterior es correcto, el papel de la religión en el mundo musulmán tiene que ser examinado a la luz de la estructura capitalista existente en esos países. No existe una excepcionalidad musulmana en el sentido de que la religión determina por sí sola las condiciones de vida de las personas. Por el contrario, la religión musulmana se encuentra históricamente condicionada y sus distintas expresiones (el Islam no es para nada un bloque monolítico como pretende la propaganda) responden a modificaciones en dichas condiciones de vida. Sin pretender ahondar en la cuestión, cabe indicar que el fundamentalismo islámico es una respuesta relativamente tardía al sometimiento del mundo musulmán por las potencias occidentales. El avance del fundamentalismo en los países musulmanes sería impensable sin el aplastamiento sistemático de los movimientos de izquierda, como fue el caso del comunismo en Irán luego de la Revolución islámica. No es preciso recurrir a hipótesis conspirativas para comprender el crecimiento del fundamentalismo. En los muchos países islámicos, la clase dominante se apropia los beneficios de la renta petrolera, mientras que los trabajadores permanecen en la miseria. En estas condiciones de extrema desigualdad, la dominación se sostiene recurriendo a la represión y a la supresión de libertades y derechos para la mayoría de la población. El fundamentalismo surge como una respuesta a esta situación, achacando los problemas a un incumplimiento de las leyes islámicas. Por tanto, el fundamentalismo tiene mucho más que ver con el impacto del capitalismo en las sociedades musulmanas que con la especificidad de la religión musulmana.

Guste o no, el mundo actual es capitalista. El terrorismo islámico tiene que ser explicado, por tanto, a partir de los efectos del capitalismo sobre el mundo islámico y no, como pretenden los voceros del capital,  como una expresión de la supuesta excepcionalidad musulmana.

A fin de cuentas, es el capitalismo el que llevó a cabo una “cruzada” que le permitió dominar el planeta e instauran la plena vigencia de la “religión” del dinero y la búsqueda de ganancias.


Villa Jardín, martes 13 de enero de 2015

sábado, 10 de enero de 2015

LA MASACRE DE CHARLIE HEBDO

Las palabras que siguen no tienen mayor pretensión que la de ser una especie de escritura urgente frente a los sucesos acaecidos en Francia en estos días. La masacre perpetrada en la Redacción de la revista CHARLIE HEBDO (CH a partir de aquí) fue el comienzo de una espiral de violencia, que culminó con el asesinato de los tres supuestos “terroristas” responsables de los hechos a manos de las fuerzas de seguridad francesas.

Ante todo, y aunque supongo que es obvio, quiero dejar claro que como marxista condeno la masacre cometida en la revista. Frente a hechos como éste no hay otro camino posible que la condena más enérgica. Afirmar que el Estado francés es un Estado terrorista, con una larga historia de masacres en contra de los pueblos de África, América y Asia (basta recordar a los desmemoriados lo ocurrido durante la guerra de emancipación de Argelia), no justifica el uso de los mismos medios para combatirlo. No hay liberación posible si está basada en el asesinato cobarde de personas desarmadas.

Aclaradas las cosas, considero importante intentar una lectura de los sucesos desde un ángulo diferente al adoptado mayoritariamente por los medios de comunicación.

En primer lugar, la pretensión de convertir a la masacre de CH en otro hito en la “guerra de civilizaciones” entre el Occidente civilizado y el Islam bárbaro lleva al callejón sin salida de la derecha más recalcitrante, que exige leyes más severas que supriman las libertades individuales, pena de muerte y persecución más o menos abierta contra todo lo que huela a Islam o algo parecida. Para desarmar este argumento no hace falta más que recordar que, en todo caso, algunos de los pretendidos “barbaros” son los mejores aliados del Occidente civilizado. Para no hacer larga la lista, me limito a mencionar el caso del Estado teocrático de Arabia Saudita, cuya alianza con EE.UU. es proverbial. Y en cuanto al Occidente civilizado, conviene tener presente una frase de Karl Marx, en la que afirma que “al capitalismo no hay que estudiarlo en las metrópolis, donde se pasea vestido; hay que contemplarlo en las colonias, donde se pasea desnudo” (pido disculpas al lector por citar de memoria). Las repetidas masacres de Israel en contra del pueblo palestino o el reconocimiento por el mismo gobierno estadounidense de la práctica de la tortura como herramienta rutinaria en los interrogatorios de prisioneros no dejan lugar a dudas: no es sencillo decir en qué bando de esta pretendida guerra se aloja la “civilización”.

En segundo lugar, y estrechamente relacionado con lo anterior, está el tópico de que el Islam es una religión belicosa que promueve la Guerra Santa y que, en el fondo, toda la cuestión se reduce a una guerra religiosa. Pero un partidario del Islam podría argumentar que lo mismo es válido para el cristianismo, cuya historia está plagada de asesinatos, masacres y guerras llevadas a cabo en nombre de la religión. Además, y esto es todavía más importante, en la actualidad la inmensa mayoría de los musulmanes reniega de la Yihad: las potencias occidentales, en cambio, han llevado a cabo en los últimos 25 años una serie de guerras e invasiones contra países árabes. De haber una guerra religiosa, ésta ha sido llevada adelante mucho más por los países occidentales que por los árabes.

En tercer lugar, el uso y abuso del factor religioso para explicar el terrorismo de origen islámico sirve para ocultar problemas más profundos. Entre otras cosas, hablar de religión permite evitar el tema del capitalismo y de la situación económica en que viven los inmigrantes de origen musulmán. En Francia, los inmigrantes del norte africano viven en peores condiciones que el promedio de la población y ocupan las posiciones inferiores en el mercado laboral. Entre ellos la desocupación es mucho más elevada, así como también la precarización y el trabajo en negro. Los hijos de inmigrantes son considerados, a lo sumo, como franceses de segunda categoría. Además, la ultraderecha francesa (el partido de la señora Marine Le Pen) ha hecho campaña promoviendo medidas más duras contra los inmigrantes, alentando una xenofobia que está en la base de su apoyo electoral. Esta situación es el caldo de cultivo para el florecimiento del fundamentalismo islámico.

El fundamentalismo islámico es, en el caso europeo, una respuesta desesperada de un sector de la población cada vez más segregado y sometido a condiciones de vida miserables, con pocas o nulas expectativas de progreso. Es un reflejo extremo de la reestructuración capitalista que ha favorecido la precarización del mercado laboral y el empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores. Como suele ocurrir en estos casos, los inmigrantes y sus hijos son los que pagan el pato de la boda. La estigmatización de un sector de los trabajadores permite a los empresarios dividir a la clase obrera y, así, lograr una reducción del costo laboral (salarios y condiciones de trabajo). En este sentido, una de las consecuencias de los sucesos de estos días será un deterioro aún mayor de la situación de los trabajadores de origen musulmán, a los que se convertirá en “terroristas” hasta que prueben lo contrario.

El capitalismo se caracteriza por su tendencia a fragmentar a la sociedad, separando a los individuos de los lazos que los unen a su comunidad y transformándolos en seres que compiten entre sí. Disuelve los lazos personales y somete a las personas a una sensación de soledad y desamparo en un mundo gobernado por leyes económicas que escapan a su comprensión y control. En este sentido, el fundamentalismo islámico proporciona un remedio a esta situación, al hacer que el individuo se sienta otra vez parte de una comunidad que le da sentido a su existencia. Es, por supuesto, la peor respuesta, pues al ser funcional a la situación que dice combatir no hace más que perpetuarla.

La única salida al estado de cosas descripto en los párrafos anteriores consiste en la supresión de las condiciones de vida que favorecen el desarrollo del fundamentalismo. Es, para ser breves, la supresión del capitalismo como forma de organización social. Es el socialismo. Pero entonces la pregunta es: ¿por qué el socialismo es el gran ausente?, ¿por qué no existe una respuesta socialista a la situación de los trabajadores? En este artículo no podemos responder a estas preguntas. Pero, plantear preguntas diferentes constituye el primer paso para cambiar un estado de cosas opresivo y asfixiante. Nada más ni nada menos es el objetivo de este artículo.



Villa Jardín, sábado 10 de enero de 2015

martes, 6 de enero de 2015

DICTADURA Y DEMOCRACIA EN EL CAPITALISMO: LA AUTORIDAD CAPITALISTA EN EL PROCESO DE PRODUCCIÓN

El capitalismo es la primera forma de organización social dominante a nivel mundial. Como tal, demostró una extraordinaria flexibilidad para adaptarse a circunstancias variadas, sin perder eficacia en su capacidad para apropiarse el plustrabajo realizado por la clase trabajadora (1). Esto es así porque el capitalismo está basado en la explotación de los trabajadores por la burguesía, dueña de los medios de producción. Si se tienen dudas acerca de la validez de la última afirmación basta constatar la ferocidad con que la burguesía defiende su propiedad (guerras, golpes de Estado, represiones, asesinatos, torturas y sigue la lista).

La realidad de la explotación capitalista implica que la clase obrera está obligada a ceder una parte sustancial de su tiempo vital a la burguesía, sin recibir nada a cambio. En otras palabras, los trabajadores producen de manera gratuita para la burguesía durante una parte de la jornada laboral. Esta explotación se da por medio del trabajo asalariado, que supone la existencia de trabajadores libres de toda forma de dependencia personal (por ejemplo, esclavitud, servidumbre feudal, etc.). Además, en buena parte del planeta existen regímenes políticos democráticos, esto es, los gobernantes son elegidos por el voto de los ciudadanos, con la particularidad que, entre estos últimos, los trabajadores constituyen la mayoría.

Una de las razones de la peculiar eficacia de la explotación capitalista radica en que combina el sometimiento de los trabajadores con la igualdad jurídica de éstos y con incorporación plena a la condición de ciudadanos. Los trabajadores son libres; si son explotados, es porque quieren, dado que la explotación surge de su libre consentimiento, expresado en el contrato. Además, si están molestos por las condiciones laborales, puede ir y votar un presidente, senadores, diputados, que los representen y que modifiquen la situación.

De lo anterior se deriva una pregunta crucial: ¿Cómo es posible la explotación en una sociedad donde los trabajadores son ciudadanos libres?

Dar una respuesta acabada a la pregunta formulada arriba es imposible, en parte porque realizar dicha tarea exige el estudio de todos los casos concretos de sociedades capitalistas, cuestión que está muy lejana de las posibilidades del autor. Sin embargo, es posible emprender algunas tareas preliminares necesarias para dar respuesta al interrogante planteado. Una de dichas tareas consiste en establecer los principios fundamentales de la teoría del Estado y de la política tal como aparecen en El capital de Karl Marx. El objetivo del texto es, pues, presentar algunos lineamientos para el tratamiento del problema de la dominación capitalista, tal como fueron esbozados por Marx en el capítulo 51 (Relaciones de distribución y relaciones de producción) del Libro Tercero de El capital (2).

La clave para comprender la eficacia de la dominación capitalista radica en la distinción entre el ámbito de la producción y el ámbito del mercado (o de la circulación). En el mercado, los capitalistas y los trabajadores son iguales en términos jurídicos; así, por ejemplo, los segundos pueden demandar a los primeros por incumplimiento de contrato si no reciben el salario. La igualdad incluye también la posibilidad de organizar sindicatos para defender las condiciones de la venta de su fuerza de trabajo (monto de los salarios, seguridad e higiene laboral, extensión de la jornada laboral, etc.) y su reconocimiento como ciudadanos (es decir, plena participación en el régimen democrático). La igualdad jurídica es consecuencia de la “doble liberación” del trabajador, esto es, de la combinación de dos procesos; por un lado, el proceso por el cual los trabajadores son expropiados de los medios de producción; por el otro, del proceso por el que son liberados de toda forma de dependencia personal, como ser la esclavitud y la servidumbre. (3)

La libertad jurídica del trabajador se convierte en su opuesto cuando se pasa al ámbito de la producción. (4) En el capítulo 51, Marx explica esta transformación al analizar los cambios en la autoridad entre las sociedades precapitalistas y el capitalismo.

“La autoridad que asume el capitalista como personificación del capital en el proceso directo de producción, la función social que reviste como director y dominador de la producción, es esencialmente diferente de la autoridad que se funda en la producción con esclavos, siervos, etcétera.” (p. 1118).

El empresario ejerce la autoridad sobre el trabajador en virtud de su control de los medios de producción. Es fundamental comprender que no se trata de un proceso meramente técnico, sino que es una función eminentemente política. La autoridad del capitalista en el lugar de producción es el punto de partida para comprender la especificidad del Estado burgués. La burguesía puede darse el lujo de “conceder” la igualdad jurídica a la clase obrera porque ejerce la dominación en el lugar de producción.

Marx explica lo anterior en el párrafo que sigue al que ya hemos citado:

“Mientras que, sobre la base de la producción capitalista, a la masa de los productores directos se les contrapone el carácter social de su producción bajo la forma de una autoridad rigurosamente reguladora y de un mecanismo social del proceso laboral articulado como jerarquía completa – autoridad que, sin embargo, sólo recae en sus portadores en cuanto personificación de las condiciones de trabajo frente al trabajo, y no, como en anteriores formas de producción, en cuanto dominadores políticos o teocráticos -, entre los portadores de autoridad, los capitalistas mismos, que sólo se enfrentan en cuanto poseedores de mercancías, reina la más completa anarquía, dentro de la cual la conexión social de la producción sólo se impone como irresistible ley natural a la arbitrariedad individual.” (p. 1118).

“Autoridad rigurosamente reguladora”, “jerarquía completa”, son alguno de los rasgos que caracterizan a la dominación capitalista de la producción. Se trata de atributos políticos antes que técnicos. Esta dominación política en el lugar de producción se complementa con la que emana de la condición asalariada del trabajador en la sociedad capitalista. La relación salarial requiere de la existencia de una masa de trabajadores separada de los medios de producción y que son libres en términos jurídicos. Dichos trabajadores, si quieren acceder a los bienes que precisan para subsistir, están forzados a vender su fuerza de trabajo en el mercado a cambio de un salario. En otras palabras, más allá de sus deseos, se ven obligados a trabajar para otros. La coerción económica derivada de la condición asalariada es la llave que permite al capitalista ejercer la dominación política en el lugar de producción. Esa coerción es consecuencia, a su vez, de la propiedad privada de los medios de producción, cuya garantía es el Estado capitalista.

La eficacia de la dominación capitalista es el resultado de la autoridad ejercida por el empresario en el proceso de producción. Esta autoridad, de carácter político, crea la posibilidad para el desarrollo de un ámbito de libertades y de la ciudadanía. A diferencia de otras formas de organización social, el capitalista ejerce el control directo del proceso productivo y no requiere, en principio, del Estado para obtener plustrabajo gratuito de los trabajadores. Es por ello que el Estado puede aparentar ser el garante de los “intereses generales”, como si se tratara de un ente que flota por encima de las clases sociales. La autoridad dictatorial del empresario en el proceso de producción, es la condición para que el Estado sea el ámbito de la “libertad”.  La dictadura es la clave de la libertad.

Es preciso agregar dos cuestiones al análisis. En primer lugar, Marx enfatiza que la dominación política del empresario en la producción no es el resultado de la libre voluntad de éste; al contrario, el capitalista, independientemente de sus preferencias o sentimientos, opera como “portador” de la lógica del capital, es decir, de la búsqueda de apropiarse porciones crecientes de plustrabajo. La dominación política del empresario puede analizarse, por tanto, a la luz del examen de la lógica propia del modo de producción capitalista.

En segundo lugar, entre los capitalistas impera la anarquía, llamada competencia en los manuales de economía. Si bien su producción es social, la apropiación privada de los frutos de la misma hace que los empresarios estén dispuestos en todo momento a sacarse los ojos entre sí. Es por esto que una de las funciones del Estado capitalista consista, precisamente, en evitar que esta anarquía se lleve puesto al sistema en su conjunto. De ahí que el Estado aparezca muchas veces como regulador del mercado, cuestión que acentúa la impresión de que se trata de una institución que flota sobre las clases sociales y sus antagonismos.

Villa del Parque, martes 6 de enero de 2015

NOTAS:

(1) Marx divide la jornada laboral en dos segmentos, a los que denomina tiempo de trabajo necesario y tiempo de plustrabajo. En el primero, el trabajador trabaja para sí mismo, es decir, produce el valor necesario para reponer su salario; en el segundo (el plustrabajo), produce para el capitalista, cede gratuitamente su tiempo de trabajo. En este segundo segmento, y visto desde el lado del valor, el trabajador produce el plusvalor, que es apropiado por el capitalista en virtud de su propiedad privada de los medios de producción.

(2) Marx, Karl. [1° edición: 1894]. (2004). El capital: Crítica de la economía política. Libro tercero: El proceso global de la producción capitalista. México D. F.: Siglo XXI. (Traducción española de León Mames).

(3) El pasaje clásico sobre la doble liberación del trabajador es el siguiente: “Trabajadores libres en el doble sentido de que ni están incluidos directamente entre los medios de producción – como sí lo están los esclavos, siervos de la gleba, etcétera -, ni tampoco les pertenecen a ellos los medios de producción – a la inversa de lo que ocurre con el campesino que trabaja su propia tierra, etcétera -, hallándose, por el contrario, libres y desembarazados de esos medios de producción.” (Marx, Karl, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción de capital, México D. F., Siglo XXI, 1998, p. 214).

(4) El pasaje clave es el siguiente: “La esfera de la circulación o del intercambio de mercancías, dentro de cuyos límites se efectúa la compra y la venta de la fuerza de trabajo era, en realidad, un verdadero Edén de los derechos humanos innatos. Lo que allí imperaba era la libertad, la igualdad, la propiedad y Bentham. ¡Libertad!, porque el comprador y el vendedor de una mercancía, por ejemplo de la fuerza de trabajo, sólo están determinados por su libre voluntad. Celebran su contrato como personas libres, jurídicamente iguales. El contrato es el resultado final en el que sus voluntades confluyen en una expresión jurídica común. ¡Igualdad!, porque sólo se relacionan entre sí en cuanto poseedores de mercancías, e intercambian equivalente por equivalente. ¡Propiedad!, porque cada uno dispone sólo de lo suyo. ¡Bentham!, porque cada uno de los dos se ocupa sólo de sí  mismo. El único poder que los reúne y los pone en relación es el de su egoísmo, el de su ventaja personal, el de sus intereses privados. Y precisamente porque cada uno sólo se preocupa por sí mismo y ninguno del otro, ejecutan todos, en virtud de una armonía preestablecida de las cosas o bajo los auspicios de una providencia omniastuta, solamente la obra de su provecho recíproco, de su altruismo, de su interés colectivo.


Al dejar atrás esa esfera de la circulación simple o del intercambio de mercancías, en la cual el librecambista vulgaris abreva las ideas, los conceptos y la medida con que juzga la sociedad del capital y del trabajo asalariado, se transforma en cierta medida, según parece, la fisonomía de nuestros dramatis personae [personajes]. El otrora poseedor de dinero abre la marcha como capitalista; el poseedor de fuerza de trabajo lo sigue como su obrero; el uno, significativamente, sonríe con ínfulas y avanza impetuoso; el otro lo hace con recelo, reluctante, como el que ha llevado al mercado su propio pellejo y no puede esperar sino una cosa: que se lo curtan.” (Marx, Karl, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción de capital, México D. F., Siglo XXI, 1998, p. 214).