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jueves, 21 de abril de 2016

FICHA: WALLERSTEIN. “EL FIN DE LAS CERTIDUMBRES EN LAS CIENCIAS SOCIALES” (2000)

Noticia bibliográfica:

Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Julieta Barba y Silvia Jawerbaum, incluida en: Wallerstein, Immanuel. (2005). Las incertidumbres del saber. Barcelona: Gedisa. (pp. 37-54). El texto en cuestión es el capítulo 3 de la obra. Agradezco la colaboración de mi compañera Pez López, quien me facilitó sus notas de lecturas.

Título original: "The End on Certainties in the Social Sciences". Publicado por primera vez en SCIENZA E STORIA, núm. 13, 2000, pp. 17-29.



El punto de partida de Wallerstein consiste en la idea de que la incertidumbre es un factor desestabilizador de la vida social, pues genera inseguridad. Para evitar este riesgo, los seres humanos recurrieron a fuentes de certeza (magia y los magos, dioses y sacerdotes, la autoridad colectiva y comunitaria). De ahí que la religión [para hablar en general] servía para “estabilizar las estructuras sociales” (p. 37). [Wallerstein limita el papel de la religión a lo cognitivo e ideológico, dejando afuera el papel político de la misma.]

La eficacia de las fuentes de certeza se plasmaba en las predicciones. Cuando éstas fallaban, se condenaba a los artífices del arte de la certidumbre (ej., los sacerdotes) y no a la creencia en la posibilidad de certezas ni en el sistema que las aseguraba. (p. 37-38).

El sistema-mundo moderno (el capitalismo) requería predicciones precisas; la inversión y la ganancia no podían apoyarse ni en magia ni en religión. Surgió (y fue respaldado y sancionado socialmente) “un nuevo modelo de certificación de la verdad”: la ciencia moderna. (p. 38).

La creación de la ciencia moderna se dio a través de dos etapas:

1)    Ataque filosófico al significado de las verdades reveladas (conocidas únicamente por los sacerdotes). “Los filósofos defendieron la idea de que todos los seres humanos tienen la capacidad innata de razonar por sus propios medios y llegar a la verdad. (…) su principal interés fue negar el derecho de las autoridades religiosas y políticas a promulgar la verdad.” (p. 38). Según Wallerstein (W a partir de aquí) en esto consiste el mensaje fundamental de la Modernidad. (p. 38).

2)    Fundamentación de por qué los científicos producen enunciados verdaderos. Los enunciados verdaderos tienen que comprobarse con evidencia empírica. Los datos deben recolectarse siguiendo métodos específicos, que pueden ser reproducidos por el conjunto de la comunidad científica. “En realidad, los científicos afirmaban que no eran todos los filósofos sino un subgrupo de ellos, los científicos, quienes tenían el derecho moral de ser reconocidos como fuente de enunciados verdaderos válidos.” (p. 39). Para comienzos del siglo XIX los científicos eran los únicos individuos cuyos enunciados sobre el mundo contaban con plena aprobación social.

El credo de la ciencia tenía una característica contradictoria. En el plano teórico, “los científicos proclamaban el rechazo absoluto de toda autoridad como fundamento de legitimación de la verdad y un igualitarismo absoluto respecto de quién podía formular enunciados verdaderos válidos.” (p. 39). Ah, pero en la práctica… “los científicos mostraban que no era exactamente eso lo que querían decir. En realidad, no creían que toda autoridad fuese legítima ni que cualquiera pudiese exponer sus verdades en el libre mercado de las ideas.” (p. 39). Eran las pequeñas comunidades de especialistas (los practicantes de cada ciencia específica) quienes constituían la autoridad colectiva; sólo aquellos que tenían una formación especializada en una disciplina tenían derecho a opinar. (p. 39).

“A un observador de otro planeta le parecería que la deferencia con que se trataba a los científicos en el siglo XX no era muy distinta del trato que recibían los magos, los sacerdotes o las autoridades locales de antaño.” (p. 39).

Otra paradoja de los científicos. Mientras predicaban el escepticismo, “también afirmaban que la certidumbre era intrínsecamente posible y que por lo tanto llegaría el día en que se sabría todo de todas las cosas. Esa es la concepción determinista del mundo, central para lo que llamamos la ciencia moderna.” (p. 40; el resaltado es mío – AM-). El determinismo fue la piedra de toque de la mecánica newtoniana, “considerada durante mucho tiempo el programa científico fundamental, el modelo de toda empresa científica.” (p. 40). Los criterios de cientificidad fueron: determinismo, linealidad, equilibrio y reversibilidad. (p. 40).

Sin embargo, durante el siglo XX el modelo de ciencia newtoniana recibió críticas severas, provenientes de la física y de la matemática. Resultados: las probabilidades ocuparon el lugar de las certezas; el caos determinista, el lugar del determinismo; la tendencia a alejarse del equilibrio y la bifurcación en lugar de la linealidad; los fractales en lugar de las dimensiones de enteros; la flecha del tiempo en vez de la reversibilidad; la ciencia como parte de la cultura en vez de cómo actividad fundamentalmente distinta del pensamiento humanístico. (p. 40).

¿Cuál fue el impacto en las CS del cuestionamiento de la ciencia newtoniana?

Hay que empezar reconociendo que las CS se institucionalizaron a fines del siglo XIX en pleno predominio cultural de la ciencia newtoniana. “El objeto de las ciencias sociales, dijeron los científicos una y otra vez, es descubrir leyes de alcance universal afines a las formuladas en la física.” (p. 40). Pero en la práctica se mostraron impotentes para realizar predicciones. Atribuyeron ese fracaso a la inmadurez colectiva de sus disciplinas, no al modo de teorización elegido. (p. 41).

La crítica a la ciencia newtoniana modificó la psicología colectiva de los científicos sociales, pues los puso “en condiciones de considerar seriamente por primera vez el enunciado del sentido común que con tanto rigor habían rechazado: la idea de que el mundo social es un terreno intrínsecamente incierto.” (p. 41).

W afirma que pensar el mundo social como un terreno incierto es un enunciado de sentido común. (p. 41).

¿Qué ocurriría si el mencionado enunciado – carácter incierto del mundo social – se tomara como fundamento del trabajo de las CS?

[W retoma conceptos de Prigogine] Los científicos buscan regularidades dentro de un sistema, pero dicho sistema se aleja del equilibrio y en un momento dado se transforma en otra cosa. Por eso, las regularidades obtenidas terminan siendo inútiles.

“…en el mundo hay modelos de explicación para los cambios y que los cambios en sí caen dentro de dos categorías bien distintas: los que forman parte de las regularidades intrínsecas del sistema y los que implican una transición o transformación de un contexto sistémico a otro.” (p. 42).

Si se define a las sociedades como sistemas sociales históricos, hay que distinguir tres momentos en el análisis: la génesis, el funcionamiento continuo y la crisis sistémica.

W presenta una guía metodológica (Búsqueda de ritmos cíclicos y tendencias seculares) para “observar al mismo tiempo cómo se conservan intactos los rasgos esenciales del sistema y cómo el sistema evoluciona en una dirección que lo aleja del equilibrio y lo lleva a una inexorable bifurcación.” (p. 44).

W sostiene que los sistemas sociales se comportan del mismo modo que los otros sistemas, pero son más complejos y, por ende, resulta más complicado medir sus ritmos. (p. 45).

La dificultad es la siguiente. En los sistemas, el equilibrio siempre está en movimiento y es posible observar en qué dirección se mueve. Esto se llama linealidad del sistema para los deterministas y tendencias seculares según W. (p. 45). Ahora bien, “todas las tendencias seculares alcanzan un punto en el que no pueden seguir extendiéndose de manera lineal. Y este es el punto preciso en que los sistemas históricos llegan a una crisis que conduce a la bifurcación.” (p. 46).

A continuación, W vuelve a la carga contra la “ciencia normal” newtoniana. Plantea que hay que tener en cuenta tres cuestiones:

1)    “Su legitimidad proviene de los resultados de las políticas que se eligen tomándola como fundamento. En el caso de las ciencias naturales, la legitimidad está en sus aplicaciones tecnológicas o de ingeniería.” (p. 47). Las CS intentaron seguir el mismo camino, se volcaron a la formulación de leyes nomotéticas y a la consiguiente predicción. Fracasó la ingeniería social. Esto puede promover la búsqueda de otro camino.

2)    Optar por el camino esbozado en el punto 1 hizo que las CS se pusieran “anteojeras epistemológicas”. Recién ahora los cientistas sociales han vuelto a la filosofía. [No estoy de acuerdo. En sus orígenes, la sociología clásica y el marxismo fundamentaron de manera sólida sus bases epistemológicas. Marx, Durkheim, Weber son prueba de ello.]

3)    La “ciencia normal” newtoniana deja de lado toda preocupación por las “incertidumbres más generales de la realidad social”. Dichas incertidumbres son las que “delinean la evolución histórica de la especie humana y que nos dicen lo que realmente queremos saber: dónde estuvimos, dónde estamos y hacia dónde es probable que nos dirijamos o, mejor aún, cuál de los futuros posibles es razonable que busquemos porque lo preferimos a otros.” (p. 47).

W apunta al pasar que una de las razones por las que no se presta atención al estudio de las bifurcaciones fundamentales radica en que el conocimiento de las mismas afecta la acción de las “minorías privilegiadas” (p. 48). [Ni una palabra de clases ni mucho menos de lucha de clases.] Sostiene que la mayoría de las “revoluciones” (políticas, económicas, etc.) fueron “ajustes menores”. Los verdaderos pasajes de un sistema histórico a otro “pueden haber sido muy caóticos y difíciles de clasificar”. (p. 48).

W afirma que en la actualidad:

“el sistema-mundo moderno se encuentra ante una bifurcación fundamental. Atraviesa una crisis sistémica, que en consecuencia afecta también las estructuras del saber. (…) tenemos frente a nosotros no una sino dos grandes incertidumbres sociales: cuál será la naturaleza del nuevo sistema histórico que estamos construyendo y cuál será la epistemología de nuestras nuevas estructuras del saber.” (p. 48).

Respecto a la crisis de la economía-mundo capitalista, W no va a ocuparse. Sólo indica: “producto de largas tendencias seculares que se han alejado del equilibrio, hoy en día asistimos a un recorte de las ganancias que impedirá la acumulación ilimitada de capital, fuerza motriz del desarrollo capitalista. Esta restricción es el resultado de por lo menos tres vectores separados: el incremento secular de los salarios reales en toda la economía-mundo, la creciente destrucción del medio ambiente como consecuencia de la externalización institucionalizada de los costos, y las crisis fiscales estatales, provocadas por la democratización del sistema mundo, que han elevado significativamente los niveles mínimos de exigencias al Estado en materia de educación, salud y salario mínimo de por vida. Además, ha colapsado la legitimidad de las estructuras del Estado gracias a la creciente desilusión respecto de la posibilidad de reducir la polarización del sistema-mundo, legitimidad que fue durante mucho tiempo un mecanismo fundamental para mantener el equilibrio.” (p. 48-49).

¿Qué sucede con las estructuras del saber?

La ofensiva de los científicos quebró la unidad del saber, hasta concretar el divorcio entre ciencia y filosofía (o humanidades) hacia 1750. Además, desde el siglo XIX, los científicos acapararon el monopolio de la verdad. Esto se resquebrajó en el último tercio del siglo XX, donde se presentaron argumento en contra de la división entre la ciencia y la filosofía.

Conceptos como el de flecha del tiempo (Prigogine), ayudaron a los científicos sociales a comprender que podía existir la reversibilidad de los procesos. Se retomó la noción de que no puede haber análisis social que no sea histórico. (p. 50).

El surgimiento de los estudios culturales muestra la crisis del modelo newtoniano en las CS. Los defensores de estos estudios “sostenían que toda actividad cultural tiene lugar dentro de un contexto social, y se produce y evalúa de diferente manera según la ubicación social de quien la produce y quien la evalua. Y, además, la ubicación social es en sí misma una realidad histórica cambiante, de modo tal que la apreciación de un texto que haga una persona hoy puede ser muy distinta de la que esa misma persona haga del mismo texto mañana.” (p. 52).

La crisis de la economía-mundo capitalista va de la mano con la crisis de las estructuras del saber. W afirma:

“estamos al borde de una reestructuración epistemológica fundamental, una reunificación de los métodos de investigación en los distintos campos del saber, donde el ámbito de las ciencias sociales será centra, si no termina abarcándolo todo. Después de todo, las ciencias sociales se dedican al estudio de los sistemas más complejos que existen, y por lo tanto los más difíciles de traducir a un análisis sistémico. También constituyen el fundamento inevitable – aunque con frecuencia no reconocido – de lo que históricamente se ha denominado estudios humanísticos. Son de hecho una actividad necesaria para todos, desde los físicos hasta los estudiosos de la literatura. Pero este no es un llamado al imperialismo de las ciencias sociales, sino una sugerencia de que su ámbito lo abarque todo.” (p. 52).

La incertidumbre domina el panorama de las CS en la actualidad. Hay que hacer elecciones, el conocimiento consiste precisamente en hacer esto.

“Si la realidad es incierta, no hay forma de evitar las elecciones. Y si las elecciones no pueden evitarse, es también imposible pretender que los valores, las preferencias y los presupuestos del analista no afecten el proceso de análisis. (…) toda búsqueda de lo verdadero implica puntos de vista sobre lo bueno y lo bello.” (p. 53).

Finalmente, W formula una serie de sugerencias para las CS. En primer lugar, exponer las premisas en tono analítico y no acusador. En segundo lugar, tener comunidades científicas formadas por personas con distinta trayectoria colectiva. Finalmente, atender a la distinción entre bifurcaciones grandes y pequeñas. (p. 53).



Villa del Parque, jueves 21 de abril de 2016

lunes, 18 de abril de 2016

EL REGRESO DE CRISTINA

Cristina volvió del Sur. La causa del regreso (la declaración en la causa judicial por las operaciones con el precio del dólar a futuro), no interesa a los fines de este artículo. Tampoco es relevante la discusión acerca del número de manifestantes en Comodoro Py. Basta con decir que ningún otro dirigente político en la Argentina de hoy tiene esa capacidad de convocatoria. Volvió Cristina y con su regreso sepultó los pronósticos sobre la desaparición inmediata del kirchnerismo. Los marxistas tenemos la obligación de analizar los hechos, no nuestros deseos. Guste o no, el kirchnerismo y Cristina siguen siendo actores principales en el escenario político.

Transcurridos cuatro meses del gobierno de Macri, algunas cosas comienzan a estar claras. De un lado, la solidez del consenso en torno a la necesidad del ajuste,  que llevó a la alianza Cambiemos a ganar la presidencia. Los golpes sobre la clase trabajadora han sido muy fuertes, sin que se observe por el momento ninguna acción contundente de parte de los afectados (sin desconocer por cierto, las luchas locales). El macrismo avanzó en un terreno abonado por la fragmentación y el individualismo, y por un estancamiento económico iniciado en 2011.

La cuestión política fundamental es el ajuste. La política económica del macrismo es una ofensiva a fondo para restablecer la tasa de ganancia de los empresarios. En la crisis se diluye la ilusión del Estado “de todos” y aparece el Leviatán de la burguesía en todo su esplendor. Los políticos burgueses, cuyo oficio consiste en diseñar vestiduras para cubrir las desnudeces del Estado, se ponen nerviosos, no saben muy bien qué hacer. Los rezongos de Carrió, de Massa, etc., disimulan apenas el consenso general en torno al ajuste.

Con el correr del tiempo, la desnudez burguesa del macrismo empieza a generar descontento. Las centrales obreras y los sindicatos, defensores consecuentes del orden burgués, dan señales de que tienen que hacer algo para calmar la bronca de muchos trabajadores, tanto de los que sufren en carne propia los despidos como de aquellos que ven cómo se evaporan sus salarios con la inflación. Pero tampoco pasan del terreno de la queja, pues ellos también comparten el consenso en torno al ajuste.

El kirchnerismo es, en esta coyuntura, la oposición políticamente correcta al macrismo; más claro, la oposición decorativa que todo gobierno precisa para mantener el entusiasmo de sus partidarios sin que se note demasiado que defiende los intereses egoístas de una clase de la sociedad. Parafraseando a Voltaire, Macri puede afirmar que “si no existiera el kirchnerismo habría que inventarlo”.

La dirigencia kirchnerista es incapaz de luchar contra el ajuste, aunque sea en el terreno de las reivindicaciones económicas más elementales (despidos, reducción de salarios, etc.). Si algo caracterizó a Cristina durante su carrera política fue una actitud de desprecio hacia las demandas obreras (el ejemplo más claro es su crítica a los docentes durante el discurso de apertura del Congreso en 2012). El kirchnerismo llegó al gobierno con el objetivo de restablecer la confianza en las instituciones capitalistas erosionada por la crisis de 2001; ello lo obligó a realizar concesiones a los trabajadores y demás sectores populares. Pero Cristina jamás se sintió cómoda con las cuestiones obreras. En la coyuntura actual, donde los trabajadores sufren el peso principal de la ofensiva macrista, Cristina ha permanecido callada ante las decenas de miles de despidos y el empeoramiento de las condiciones laborales.

La historia reciente del kirchnerismo lo coloca en mala posición para enfrentar el ajuste. Cristina asumió su segunda presidencia en 2011 e intentó durante los primeros meses imponer la “sintonía fina”, una política dirigida a implementar una versión moderada del ajuste de las tarifas de los servicios públicos. La política frente a la deuda externa del kirchnerismo consistió en pagar al contado todo lo que pudo (de ahí que Cristina haya podido vanagloriarse de ser “pagadora serial” de deuda externa) y en negociar con los acreedores para salir del default. En este sentido, el acuerdo con el Club de París (2014), llevado a cabo por el ministro Kicillof, puede figurar cómodamente en un ranking de negociaciones vergonzosas con los acreedores.

Ni Cristina ni los principales dirigentes kirchneristas están en desacuerdo con el ajuste. Como políticos de la burguesía saben que el estancamiento económico es intolerable y que hace falta crear condiciones para promover la inversión de los capitalistas. Por eso el silencio de Cristina durante estos meses. Sin embargo, las bases kirchneristas están convencidas de que Cristina es la única alternativa contra el ajuste. La ilusión tiene bases objetivas. Las concesiones que debió realizar el kirchnerismo para restablecer el orden capitalista conformaron la base de la popularidad de Néstor y Cristina, y les permitieron ganar holgadamente la mayoría de las elecciones en el período 2003-2015. Pasarse abiertamente a las filas del ajuste significaría lisa y llanamente el final del kirchnerismo como movimiento político. De ahí la radical imposibilidad de Cristina para impulsar un ajuste en regla durante el período 2011-2015.

Las causas judiciales arrinconaron a Cristina y a las principales figuras del kirchnerismo. La presión de las medidas económicas del macrismo se hace sentir entre las bases kirchneristas. La movilización realizada en Comodoro Py, con su carácter multitudinario, muestra las vacilaciones del kirchnerismo, su imposibilidad para decir o hacer nada serio respecto al programa económico macrista. Como todos los demás políticos, requiere que el ajuste tenga éxito. Sólo así podrá salir con éxito a la escena política, a intentar diferenciarse del macrismo. Pero a diferencia de los demás políticos, Cristina no puede hacer la plancha durante la implementación del ajuste sin que ello tenga consecuencias fatales para su carrera política. Por todo ello, Cristina está condenada a los gestos impotentes.

El éxito del macrismo requiere, paradójicamente, de la oposición del kirchnerismo. Macri necesita que Cristina sea su “enemiga”. Sólo así podrá aglutinar detrás de sí a los sectores que detestan al kirchnerismo. Al mismo tiempo, la presencia de Cristina como principal dirigente de la oposición asegura que el ajuste no será cuestionado seriamente.

La capacidad de movilización del kirchnerismo es innegable, así como el liderazgo de Cristina. Pero mucho más innegable es su papel lamentable frente al ajuste en proceso. La ausencia de alternativas de izquierda disimula su impotencia. En definitiva, esta ausencia representa la gran derrota de la clase trabajadora. Construir esa alternativa es el gran desafío que tenemos los militantes socialistas.



Villa del Parque, lunes 18 de abril de 2016

domingo, 17 de abril de 2016

FICHA: BURKE, PETER. HISTORIA SOCIAL DEL CONOCIMIENTO (2012)

Noticia bibliográfica:
Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Carme Font Paz y Francisco Martín Arribas: Burke, Peter. (2012). Historia social del conocimiento. Barcelona: Paidós. Poseo una fotocopia que incluye la Introducción (pp. 13-20), capítulo I (“Recabar conocimientos”, pp. 23-66) y capítulo II (“Analizar conocimientos”, pp. 67-106).

Advertencia:
Los textos que se encuentran entre corchetes se refieren a comentarios que exceden los límites del texto. La presente ficha abarca la Introducción y el capítulo I del libro.



Antes de comenzar con el libro, así se caracteriza Burke a sí mismo: “el autor del mismo es un pluralista en el sentido de considerar que la pluralidad de conocimientos, al igual que de opiniones, son deseables, puesto que la comprensión surge del diálogo intelectual e incluso del conflicto.” (p. 20).

El autor afirma que la obra puede describirse como sociología histórica del conocimiento. (p. 16). Además, “esta obra, a pesar de su extensión, debería considerarse como un ensayo de metodología impresionista que propone conclusiones provisionales, sin tener pretensión alguna de cubrir todos los frentes de este tema tan amplio, pues sólo aspira a sobrevolarlos. En cierto sentido, se trata de una secuencia de ensayos.” (p. 20).
La Introducción está dedicada a presentar el libro. Ante todo, procura establecer la relación con un trabajo anterior del autor, Historia social del conocimiento: De Gutenberg a Diderot.

Sobre el libro (al que califica de “ensayo”).

“…este volumen ofrece una perspectiva general de los cambios que se han producido en el mundo del aprendizaje desde la Encyclopédie (1751-1766) hasta la Wikipedia (2011). Sus temas principales son los procesos, entre ellos la cuantificación, la secularización, la profesionalización, la especialización, la democratización, la globalización y la tecnologización.” (p. 14).

TESIS del libro: “la importancia de la coexistencia y la interacción de tendencias que discurren en direcciones opuestas, un equilibrio de antagonismos que de vez en cuando desembocan en un desequilibrio. (…) La nacionalización del conocimiento coexiste con su internacionalización, la secularización con la contrasecularización, la profesionalidad con lo amateur, la estandarización con los productos hechos a medida, la profesionalización con los proyectos interdisciplinarios y la democratización con movimientos que la contrarrestan y la restringen. Incluso la acumulación de conocimiento se ve compensada en cierto modo por su pérdida. (…) Sólo la tecnologización parece avanzar sin toparse con graves obstáculos.” (p. 14).

Para finalizar la introducción, Burke reflexiona sobre dos preguntas:

¿Qué es la historia social?

Utiliza el concepto “social” porque no se concentra en pequeños grupos intelectuales. “Los protagonistas de este estudio son lo que los sociólogos denominan «grupos que aportan conocimiento», en especial, aunque no en exclusiva, los grupos pequeños en los que todos los miembros se conocen y las «instituciones que generan conocimiento», entendidas como agrupaciones de individuos que se reúnen regularmente, comparten objetivos y siguen las normas que producen distintas funciones sociales, desde el obispo al catedrático de universidad y desde el primer ministro al consejero delegad de una empresa. (…) este ensayo se ocupará de los numerosos papeles sociales de las personas que aportan conocimiento, las funciones que desempeñan estas organizaciones de conocimiento tales como las universidades, los archivos, las bibliotecas, los museos, los centros de investigación, los círculos eruditos y las revistas científicas. Los procesos mediante los cuales se institucionaliza este conocimiento también formarán parte de este debate. (…) se privilegiará su [de las instituciones] frente a la interna, los entornos intelectuales frente a la problemática intelectual.” (p. 16).

¿Qué es el conocimiento?

Burke no aporta demasiado. Distingue entre información (no procesada, o sólo procesada en parte) y conocimiento (procesado). (p.17-18).

El libro se ocupa del conocimiento académico generado en Occidente.



Capítulo I: Recabar conocimientos.

Este capítulo está centrado en el proceso de recabar (reunir) conocimiento.

“Es indudable que una historia social del conocimiento debe ocuparse del modo en el que distintos grupos de personas adquieren, procesan, difunden y emplean el conocimiento, una secuencia que en el mundo de la inteligencia – en otras palabras, del espionaje – se divide en ocasiones en otras cuatro etapas: recopilación, análisis, diseminación y acción.” (p. 13).

La metáfora de reunir conocimiento contiene la idea engañosa de que el conocimiento está disponible en algún lugar y sólo hace falta ir y tomarlo. “Estos términos se emplean como meras simplificaciones de una serie de procesos que incluyen la exploración, la observación, el examen y la experimentación, por no mencionar la compra, el saqueo y, desde luego, la formulación de preguntas y la escucha a los informantes.” (p. 23-24). Estos procesos se describen como investigación.

La palabra investigación era poco empleada antes de 1750. Su uso se difundió a partir de esa fecha para describir estudios llevados a cabo en varios ámbitos (anatomía, astronomía, economía política, física, etc.). Algunos de ellos implicaban trabajo en archivos, otros “trabajo de campo”.

1750-1850: Acumulación de gran cantidad de conocimiento por los europeos (fauna, flora, geografía e historia de otras partes del mundo). Algunos historiadores hablan de “segunda gran era de descubrimiento”. (p. 24) (1) Exploración de las costas de los mares del Sur y otros lugares, pero también del interior de África, América del Norte y del Sur, Australia, Siberia, Asia Central y otros lugares.

“Tanto por tierra como por mar, las grandes aportaciones al conocimiento, especialmente el conocimiento geográfico, fueron obra de individuos que no se consideraban a sí mismos eruditos sino exploradores, que solían contar con la ayuda (no reconocida) de algunos de los habitantes indígenas de la región que estaban explorando.” (p. 28).

Mientras que los barcos de la primera era de descubrimiento transportaban soldados, comerciantes, misioneros y administradores, los de la segunda (época de creciente especialización) llevaban también astrónomos, naturalistas y otros especialistas. (p. 28-29).
A fines del siglo XVIII, la expedición científica (como fenómeno organizado y recurrente dedicado a recabar información) pasó a ser una institución. (p. 29). “La captación de conocimiento se incluyó en la serie de instrucciones que se daban a los capitanes, en cuyos navíos podían embarcar los equipos de especialistas.” (p. 29).

Los viajes de descubrimiento no terminaron hacia 1850. Posteriormente, continuaron con la exploración de los Polos Norte y Sur, de la Antártida, del mundo bajo el mar y del espacio (esta última permite hablar de una “tercera era de descubrimiento”). (p. 30-31).

Otras expediciones se preocuparon menos por la naturaleza y más por la cultura, tanto la del pasado como la del presente. (p. 31-34).

“Los arqueólogos fueron el único grupo que contribuyó a lo que se ha descrito como «el descubrimiento del tiempo», en especial del «tiempo profundo».” (p. 34).

1750: Los europeos pensaban que el mundo tenía 6000 años de antigüedad. Esa noción fue puesta a prueba por arqueólogos, paleontólogos, geólogos y astrónomos. (p. 34).

Mediados s. XIX: Los antropólogos ingleses comenzaron a utilizar la palabra prehistoria para referirse al pasado humano antes de la invención de la escritura. Este período se fue ampliando poco a poco. Hacia la década de 1970, la especie humana contaba ya con 3 millones de años de antigüedad. (p. 34-35). La paleontología amplió la antigüedad de los animales: hoy se cree que la vida en la Tierra comenzó hace 3800 millones de años. La geología hizo lo propio con la antigüedad del planeta, que terminó por ser fijada alrededor de los 4500 millones de años. (p. 35). Por último, la astronomía demostró que el universo era mucho más antiguo de lo que se pensaba. En la actualidad se estima que el big bang ocurrió hace 10000 millones de años. (p. 35-36).

“Los participantes de muchas de las expediciones [de la segunda era de descubrimiento] pueden describirse como recolectores de conocimientos en un sentido casi literal del término. No era infrecuente que los directores de las expediciones, desde finales del siglo XVIII, recibieran el encargo de traer de vuelta objetos locales y muestras científicas.” (p. 37). Creció el acervo de los museos y bibliotecas de Europa y EE. UU.

El proceso de tomar “muestras” se transformó en “proceso de confiscación, «anexión» o «conquista científica»”, y se trasladó a archivos, bibliotecas y museos. (p. 40). Burke da ejemplos del pillaje de fósiles por los ejércitos a finales del siglo XVIII.

Pillaje “era una palabra que se utilizaba con bastante frecuencia para describir las colecciones de antigüedades (…) Fue una expresión que utilizaron incluso los coleccionistas, generalmente cuando se referían a sus rivales” (p.41).

“Lo novedoso en este período fue el creciente interés en otras tradiciones culturales, así como la adquisición de libros y manuscritos en árabe, sánscrito, chino, japonés y otras lenguas no europeas.” (p. 43).

En este período se produjeron varios cambios importantes en los archivos: a) Guardar los documentos en espacios construidos a tales efectos; b) profesionalización de los archiveros; c) Asegurar que los documentos fueran accesibles a los estudiosos y, después, al público en general. (p. 44).
Desarrollo del trabajo de campo. “El mundo fuera de los museos y las universidades no sólo se consideraba un campo de estudio y observación. El trabajo de campo exterior pasó a ser una práctica que se fue consolidando a finales del siglo XVIII, dando pie a conflictos entre «el campo» (el «terreno») y el estudio (el «despacho»), asi como a las rivalidades entre los académicos nómades y los sedentarios, los trabajadores del centro y los de la periferia.” (p. 45).

El campo fue ganando espacio sobre el estudio desde mediados del siglo XVIII hasta mediados del siglo XX. Luego, la tendencia se invirtió, en buena medida gracias al desarrollo d las comunicaciones. (p. 50).

Uno de los principales argumentos a favor del trabajo de campo fue la cercanía de la observación. Burke remarca que hay que prestar atención a la historicidad de la observación, “incluido no sólo el incremento cada vez más rápido de ayudas a la observación sino también a una mayor toma de conciencia de los problemas que plantea esta práctica.” (p. 50).

1750: Comienza a desarrollarse el interés por la disciplina de la observación, tanto si se la consideraba un arte o una ciencia. (p. 50-51).

Al lado de la vista, se desarrolló la escucha como medio de recabar información. Hay dos formas: la escucha a escondidas y el interrogatorio. Una forma suave de interrogatorio, la entrevista, se desarrolló en el siglo XIX, sobre todo en la prensa. “Una alternativa a la entrevista, así como una herramienta de ayuda para los entrevistadores, es el cuestionario, es decir, una serie de preguntas idénticas que se formulan a distintas personas, lo que permite comparar o incluso contar las respuestas.” (p.59).

Etapas en la historia del cuestionario:

1750 en adelante: Las preguntas se dirigían a los miembros de las élites, entre ellos el clero, los miembros de las expediciones científicas, los viajeros, los inspectores escolares y los antropólogos con el fin de guiarlos en sus observaciones o interrogatorios. (p. 59).

En una segunda etapa, la población se alfabetizó y los cuestionarios se dirigieron directamente a las personas objeto de investigación: trabajadores de las fábricas, soldados, consumidores de distintos productos o, en el caso del censo, las cabezas de familia de un país determinado. (p. 59).

En la práctica no se pueden establecer diferencias tan marcadas entre el trabajo de campo y el estudio, entre recabar datos y analizarlos: “el procesamiento de la información comienza en el preciso instante en que se recababan esos datos. A menudo la escritura se emprende sobre el terreno.” (p. 60).

Fue desarrollándose la importancia de las imágenes. En el siglo XX se expandió la fotografía.

Burke termina el capítulo examinando los problemas de almacenamiento de datos (el creciente espacio que requieren las bibliotecas y archivos para guardar la información). (p. 63-66).

Villa del Parque, domingo 17 de abril de 2016


NOTAS:


(1)  La “primera era de descubrimiento” se inició con Colón y Vasco da Gama. Estuvo centrada en la exploración de las costas. (p. 25).

viernes, 15 de abril de 2016

FICHA: WALLERSTEIN, “LAS CIENCIAS SOCIALES EN EL SIGLO XXI” (1999)

Noticia bibliográfica:

Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Julieta Barba y Silvia Jawerbaum, incluida en: Wallerstein, Immanuel. (2005). Las incertidumbres del saber. Barcelona: Gedisa. (pp. 23-35). El texto en cuestión es el capítulo 2 de la obra.
Título original: "Social sciences in the twenty-first century". Publicado por primera vez: Kazancigil, Ali y Makinson, D., comps. (1999). World Science Report, 1999. Unesco. (pp. 42-49).


Wallerstein encara la cuestión de tratar el futuro inmediato de las ciencias sociales, esto es, el siglo XXI [Recordar que el texto fue redactado en 1999].

El método elegido es el siguiente: a) examinar el pasado reciente de las ciencias sociales (CS a partir de aquí), y para ello analiza el proceso histórico de construcción de las mismas; b) el proceso histórico de construcción de las CS se ubica dentro de la evolución de las estructuras del saber en general y del marco institucional del sistema universitario en particular (p. 23). Tanto a como b se abordan en tres marcos temporales: la construcción histórica, los desafíos actuales y las posibles alternativas futuras. A su vez, en cada marco temporal trata tres cuestiones: las estructuras del saber en general, la evolución del sistema universitario, el carácter particular de las ciencias sociales. (p. 23-24).


Las estructuras generales del saber en los distintos sistemas históricos son diferentes a las del mundo moderno. En los primeros, “todo el saber se consideraba unificado en el nivel epistemológico” (p. 24) (1). En el sistema moderno, en cambio, hay “dos culturas”: filosofía y ciencia.

Entre 1750-1850 se produjo la separación entre filosofía y ciencia. A partir de allí, ambas fueron consideradas como formas de saber antagónicas.

La mencionada escisión se reflejó de dos modos en el sistema universitario: a) la reorganización de las facultades, sobre todo la evolución de la facultad de filosofía. Aparecieron dos facultades separadas: una de artes (o humanidades o filosofía) y otra de ciencias; b) crecimiento sostenido del prestigio cultural de la ciencia a expensas de las humanidades/filosofía.

Las CS se institucionalizaron a fines del siglo XIX, en pleno predominio de la ciencia. La división en “dos culturas” se expresó como disputa metodológica: 1) epistemología idiográfica, con acento puesto en la particularidad de los fenómenos sociales, la utilidad limitada de las generalizaciones y la necesidad de empatía para la comprensión de los fenómenos sociales; 2) epistemología nomotética, centrada en la utilización de los métodos de las ciencias naturales para la búsqueda de leyes universales. Los primeros seguían el modelo de las humanidades; los segundos, el de la ciencia. Las tres CS principales (economía, ciencia política, sociología) eligieron ser nomotéticas; el resto, fueron más humanísticas y narrativas. (p. 25). (2)

El proceso de disciplinarización de las CS fue complejo:

1750-1850: Panorama confuso. Multiplicidad de nombres para designar a las protodisciplinas.

1850-1945: Simplificación del panorama. La multiplicidad se redujo a pocos nombres. Tres clivajes a fines del siglo XIX: división entre pasado (historia) y presente (economía, ciencia política, sociología); división entre el mundo occidental civilizado (las cuatro disciplinas mencionadas) y el resto del mundo (antropología para los pueblos “primitivos” y los estudios orientales para las grandes civilizaciones no occidentales); división entre la lógica del mercado (economía), la del Estado (ciencia política) y la de la sociedad civil (sociología).

1945: Auge de la disciplinarización. Comienza a desintegrarse la división en divisiones claras. La expansión de los sistemas universitarios en todo el mundo y el crecimiento del número de cientistas sociales promovió la búsqueda de nuevos “nichos” de trabajo. Auge de los programas de estudios interdisciplinarios. Ampliación del número de nombres, proceso que prosigue en la actualidad. La situación se asemeja a la del período 1750-1850. (p. 26).

La división trimodal del saber (ciencias naturales, humanidades, CS) pasó a ser criticada. Surgieron dos grandes movimientos nuevos de saber: ciencias de la complejidad (originadas en las ciencias naturales) (3) y los estudios culturales (origen en las humanidades) (4). Ambos se dirigieron contra la modalidad dominante en las ciencias naturales desde el siglo XVII: la mecánica newtoniana.

La doble ofensiva sobre la mecánica de Newton trajo como consecuencia en las CS que los científicos sociales pudieran considerar seriamente la afirmación: “el mundo social es en sí un área incierta.” (p. 28).

A comienzos del siglo XXI, las CS se encuentran con “una considerable incertidumbre acerca de la validez de los límites disciplinares dentro de las ciencias sociales y con un cuestionamiento real, por primera vez en dos siglos, de la legitimidad de la línea divisoria epistemológica entre las «dos culturas» y, con ello, de la partición triple del saber en las supercategorías ciencias naturales, humanidades y ciencias sociales, éstas últimas ubicadas en el medio.” (p. 28).

Wallerstein analiza el panorama actual de las CS tomando en cuenta las dos culturas, la posible reestructuración de las CS, la relación de esos cambios con el sistema universitario en sí. (p. 28).

El divorcio entre ciencia y filosofía se basó en una división de tareas: los filósofos se ocupaban de “lo bueno”; los científicos, de “lo verdadero”. Por eso la ciencia se atribuyó el monopolio de la búsqueda de la verdad. (p. 29). Posteriormente, hubo intentos de unificar la búsqueda del bien y la de la verdad. Pero chocaron con la falta de unidad de los dos movimientos serios que cuestionaron la división en “dos culturas”: las ciencias de la complejidad y los estudios culturales. No ha podido elaborarse una epistemología nueva: ni nomotética ni idiográfica, ni universalista ni particularista, ni determinista ni relativista. (p. 30).

La construcción de un nuevo consenso epistemológico tiene que contemplar los siguientes asuntos de larga data:

1)    Partiendo del supuesto de que el universo es real, ¿cómo es posible concebir una realidad más general que la que representa la fotografía individual de un momento irrepetible de ese universo?

2)    ¿Cómo puede medirse el impacto del observador en el objeto medido?

3)    ¿Cómo llevar adelante las comparaciones, detectando similitudes y diferencias?

4)    ¿Cuáles son las unidades más significativas de análisis que pueden resultar útiles para comprender el universo y sus partes?

Más allá de las disputas epistemológicas, la división trimodal expresa divisiones de organización fuertes. Por ejemplo: los estudiantes de grado y posgrado obtienen títulos en disciplinas específicas. “Así, las disciplinas, en cuanto organizaciones, controlan en medida el ingreso, confieren prestigio y rigen el avance dentro de la jerarquía de la carrera académica. También tienen autoridad para poner en vigencia leyes «proteccionistas».” (p. 31).

Las disciplinas existentes son “culturales” = “comparten recortes y supuestos en la elección de los temas de investigación, el estilo del análisis y las lecturas requeridas dentro de la comunidad académica. Dan a conocer a sus héroes culturales (a quienes ubican dentro de la «tradición») y practican los rituales necesarios para revalidar su propia cultura. Pocos cientistas sociales de hoy dejan de identificarse, con mayor o menor comprensión, con una disciplina en particular y de asegurar, al menos sotto voce, la superioridad de su  propia disciplina sobre aquellas con las que compite dentro de las ciencias sociales. No debería subestimarse el alcance y la eficacia de tal lealtad cultural.” (p. 32).

Existen dos “fuerzas potentes” que debilitan la capacidad de las disciplinas para reproducirse a sí mismas: a) la práctica real de los académicos más activos (5); b) las necesidades de quienes manejan los recursos financieros. (6)

Wallerstein pasa a analizar las perspectivas. Dos cosas son seguras: 1) la Universidad ya no tiene el monopolio de la producción y reproducción del saber; 2) se reabrió el debate en torno a las “dos culturas”.

La posibilidad de construir un nuevo consenso en las CS gira en torno al cuestionamiento de la división trimodal de la Universidad en ciencias naturales, humanidades y CS.

Por último, “las ciencias sociales intentan articular lo que sucede, ofrecen una interpretación de la realidad social que la refleja y la afecta al mismo tiempo, de modo que constituyen una herramienta tanto para los poderosos como para los oprimidos. Son un campo de lucha social, pero no es única, y probablemente no el principal. Su forma se verá condicionada por el resultado de las luchas sociales futuras así como su forma histórica se vio condicionada por luchas sociales del pasado.” (p. 35).

[Más allá de esta última observación, todo el artículo gira en el vacío de lo social, en el sentido de que no dice una palabra acerca del proceso de luchas sociales que influyeron decisivamente en la constitución de las CS. Esta es la mayor tara del texto.]



Villa del Parque, viernes 15 de abril de 2016

NOTAS:

(1)  La ausencia de límites era doble: “no existía la idea de que los académicos tuvieran que acotar su actividad a un campo de conocimiento, y la filosofía y la ciencia no se consideraban campos separados del saber.” (p. 24).

(2)  Wallerstein acota que también las humanidades procuraron ser “científicas” a su manera. Mostraron interés por los datos empíricos, pero dejaron de lado las generalizaciones universales. (p. 25).

(3)  Sus postulados: el equilibrio es una excepción; el futuro está intrínsecamente indeterminado; la autoorganización es el proceso esencial de toda materia. En síntesis: flecha del tiempo en lugar de la certeza; la incertidumbre como supuesto epistemológico; la explicación de la complejidad (y no de la simplicidad) como producto último de la ciencia. (p. 27).

(4)  Sus ejes: el ataque al determinismo y el universalismo. “Los textos son fenómenos sociales, creados y leídos o evaluados en un determinado contexto.” (p. 27).

(5)  Estos académicos conforman en torno a sí (a sus proyectos de investigación) pequeñas comunidades de investigadores, poco numerosas, integradas por especialistas de varias disciplinas. Ello erosiona el carácter monolítico de las disciplinas. Su labor no tiene en cuenta la divisoria clásica: presente/pasado, civilización/barbarie, mercado/Estado/sociedad civil.


(6)  La expansión de los sistemas universitarios (proceso que se inició después de 1945) desarrolló la competencia por recursos financieros. La crisis económica agudizó ese proceso. En la actualidad ha llevado a que muchos académicos abandones las estructuras universitarias y se instalen en instituciones por fuera de las mismas. Esto contribuye a horadar las divisiones tradicionales en las CS.