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miércoles, 27 de agosto de 2014

EL PARO NACIONAL DEL 28 DE AGOSTO

En el actual contexto económico y social de la Argentina resulta fastidioso tener que dedicar tiempo a justificar la necesidad de un paro nacional. Crisis del modelo económico kirchnerista, caída de la inversión, recesión combinada con inflación, defol de la deuda externa, tarifazos varios en los servicios públicos, caída del salario real, despidos, suspensiones, jubilación mínima cada vez más retrasada frente a la suba de precios, etc., son motivos más que suficientes como para justificar una medida de fuerza de los trabajadores.

Sin embargo, es preciso explicar los motivos del paro. Hay dos razones fundamentales que nos obligan a hacerlo.

En primer lugar, la inmensa mayoría de los intelectuales (incluimos bajo esta denominación a periodistas, conductores de televisión, editorialistas de los medios oficiales y de la autodenominada oposición) son contrarios a la medida de fuerza.

En segundo lugar, porque la medida es producto de una convocatoria en la que confluyen diversos actores sociales, siendo Hugo Moyano el más prominente de ellos.

Comencemos por revisar los argumentos contrarios al paro formulados por los intelectuales kirchneristas.

El primero consiste en afirmar que el paro perjudica la lucha emprendida contra los “fondos buitres” por el gobierno de Cristina Fernández. Dicha pelea tendría por objetivola reafirmación de la soberanía nacional. Por tanto, quienes están en contra de la confrontación con los “buitres” son enemigos de la Patria. Aplicado al paro, los huelguistas del 28/08 son traidores de la patria, en la medida en que anteponen su interés particular al interés nacional encarnado por el gobierno de Cristina Fernández. El Jefe de Gabinete de Ministros, Jorge Capitanich, afirmó al respecto que los sindicatos que van al paro están pagados por los “fondos buitres”.

Ahora bien, el gobierno de Cristina Fernández, como el de Néstor Kirchner, procuró en todo momento cumplir con los pagos de la deuda externa. Esa deuda fue contraída por dictaduras militares, por gobiernos democráticos neoliberales y siguen las firmas. Ahora bien, si aceptamos el argumento “patriótico”, esa deuda se contrajo para perjudicar a la “patria”, recortándole al máximo la capacidad de tomar decisiones de manera autónoma. Videla, Menem y Cavallo, son algunos de los responsables de la deuda externa que el kirchnerismo quiere pagar a cualquier precio. Néstor Kirchner y Cristina Fernández aceptaron que la justicia norteamericana fuera el tribunal que juzgara los litigios derivados de los canjes de la deuda en 2005 y 2010. Hace poco, el ministro Axel Kicillof negoció la deuda existente con el Club de París; en la negociación, Kicillof acordó pagar un monto de deuda superior al que figuraba al comienzo de la negociación (punitorios dobles y otros mecanismos abultaron la cifra adeudada, Kicillof dijo a todo que sí).

A partir de lo anterior y si se toma al pie de la letra la cuestión de la patria, ¿es necesario decir que el kirchnerismo se ha comportado de un modo poco patriótico?

El concepto de patria carece de utilidad para explicar qué sucede en Argentina. Es más útil y práctico hablar de capitalismo y de los intereses de nuestra burguesía. Así, durante el menemismo, época en la que muchos de los hoy patriotas kirchneristas eran entusiastas neoliberales, la deuda externa fue abultada con el propósito de permitir que tanto las empresas privatizadas pudieran girar utilidades como para que la burguesía argentina fugara capitales al exterior. El endeudamiento proveía los dólares para hacer posible esto. La deuda externa, lejos de ser una perversidad, forma parte de los mecanismos de acumulación de capital de nuestra burguesía. No se trata de buscar la misteriosa burguesía “nacional” y separarla de la burguesía “cipaya”. La clave de la deuda externa está en nuestro país, no en el exterior .Es la lógica del capital, guste o no.

En un país como el nuestro, donde basta con caminar un poco para observar los efectos de la desigualdad social, la patria es el argumento invocado para tapar todas las porquerías que hace nuestra burguesía. En Argentina no hay un interés común que deba ser defendido frente a la voracidad de los “buitres”, sino una burguesía que vende hasta a su madre con tal de obtener beneficios. Los empresarios argentinos piensan que los trabajadores deben ser patriotas, lo que significa que los segundos tienen que hacer todos los sacrificios necesarios para asegurar las ganancias de los primeros. A esto se reduce el “patriotismo”, tanto de los kirchneristas como de otras especies de patriotas que andan pululando por ahí.

Si la burguesía argentina defiende sus intereses apelando a todos los recursos, ¿por qué no habrían de hacer lo mismo los trabajadores?

El otro argumento en contra de la huelga sostiene que hacer un paro perjudica la marcha de la economía y termina por generar más recesión. Dicho de otro modo, los trabajadores tienen que ajustarse el cinturón y trabajar más para asegurar las ganancias empresarias y así mantener la vitalidad de la economía. Como puede verse, nuestro intelectual (el kirchnerista y el de la autodenominada “oposición”) se ha convertido en un mero vocero del empresariado.

Para que la afirmación anterior sea correcta es preciso que los intereses de los empresarios y de los trabajadores sean comunes. Si esto fuera así, es claro que los trabajadores tendrían que poner el hombro junto a los empresarios. Pero esto es un cuento de hadas, algo que puede ser usado como propaganda pero que no tiene ningún sustento real. El empresario produce para obtener ganancias, no para hacerle un favor a la sociedad. Para obtener ganancias debe explotar a los trabajadores. Cuanto más producen los trabajadores, más ganancias se apropian los empresarios y, por ende, más se fortalece la posición de la burguesía. Es corta la bocha: esto es capitalismo, no una sociedad de beneficencia.

El argumento anterior puede sintetizarse diciendo que los trabajadores no sólo deben trabajar para los empresarios a cambio de un salario, sino que tienen que adoptar como propia la lógica del capital y deslomarse trabajando para que los empresarios estén contentos. Los paros, las tomas de fábricas, las movilizaciones, son “locuras”. El trabajador tiene que trabajar y punto. Si quiere hacer otra cosa, que junte dinero y que se haga empresario. Punto.

Es claro que el argumento anterior es inaceptable en la medida en que los trabajadores no quieran subordinarse a los empresarios. En las condiciones de la Argentina actual, el capitalismo ha llevado (¡otra vez!) a una profunda crisis, que empieza a ser pagada por los trabajadores por la vía de tarifazos, despidos, suspensiones y reducción del salario real. El argumento funciona bien para los empresarios, pero empieza a patinar cuando se aplica al trabajador que se levanta temprano todos los días, viaja horas en “cómodos” medios de transporte, realizar un trabajo tedioso y cobra un salario cada vez más reducido (inflación mediante).

Frente al argumento de los intelectuales devenidos empresarios, nuestra posición es que los trabajadores defienden sus intereses luchando contra la burguesía. Como muestra la experiencia de las últimas décadas, el capitalismo significa privaciones cada vez más agudas para los trabajadores, no sólo en lo que hace a la cuestión laboral, sino también a la salud, a la educación, al transporte, etc. Esto es algo que cada trabajador experimenta todos los días. No puede hablarse, pues, de intereses comunes entre empresarios y trabajadores, salvo que se tenga en mente un trabajador convertido en apéndice del empresario

Por último, está la cuestión Moyano.

Dejemos de lado los matices: Hugo Moyano es una lacra para los trabajadores (como lo son también el resto de los burócratas sindicales). Su interés radica en negociar las condiciones de venta de la fuerza de trabajo (el monto de los salarios), no en luchar contra el sistema que oprime a los trabajadores. Por eso Moyano ha estado siempre del lado de los empresarios. Por eso les resulta tan fácil a Moyano y a los demás dirigentes de la burocracia sindical convertirse en empresarios. Por eso Moyano está tan interesado en expulsar de los sindicatos a los militantes de izquierda, porque sabe con claridad que la izquierda “le escupe el asado”. Más allá de los alineamientos coyunturales (algunos burócratas apoyan a Cristina, muchos otros buscan nuevos horizontes para acomodarse con miras al 2015), todos ellos coinciden en que la izquierda es su enemigo común. Y en esto coinciden también con los empresarios y con Cristina Fernández.

Pero Moyano y Barrionuevo forman parte de los dirigentes y las organizaciones que convocan al paro.

El kirchnerista dice: ¡Horror! La izquierda va detrás de Moyano y Barrinuevo. A la izquierda no le interesa defender a los trabajadores. La izquierda hace de idiota útil de los Moyanos y los Barrionuevos.

El kirchnerista pasa por alto dos cuestiones. Por un lado, Moyano fue aliado de Néstor Kirchner y Cristina Fernández durante muchísimos años. Durante ese tiempo, “los jóvenes para la liberación” no se sintieron incómodos por tener esa compañía. Como en tantas otras cuestiones, otra vez el kirchnerista padece de mala memoria.

Dejando de lado las chicanas, hay algo fundamental. Tanto Moyano como Cristina, Macri como Scioli, Massa como Binner, ven en la izquierda al ENEMIGO. Las razones: la izquierda (sobre todo el Partido Obrero y los demás partidos que conforman el FIT) cuestiona las bases del capitalismo en Argentina. Sólo la izquierda se anima a sacar los pies del plato. De modo que Moyano convoca al paro (lo hace por sus propias necesidades políticas, que no podemos analizar aqui), pero se siente incómodo con la presencia de la izquierda. Una prueba de esto es que ni Moyano ni Barrionuevo van a estar presentes en la movilización convocada por la izquierda para el día de hoy. Moyano y Barrionuevo tienen tanto miedo de la izquierda que procuraron dejar en claro por todos los medios que no van a promover la realización del piquete durante estas jornadas de lucha.

No vamos a negar que la izquierda tiene todavía una influencia pequeña. Es por ello que no puede convocar por sí misma un paro general y debe acompañar las medidas de fuerza convocadas por personajes como Moyano. Pero la sola presencia de la izquierda cambia el contenido de la huelga. El lector puede tomar nota de las continuas críticas de Cristina, Capitanich, Pignanelli (SMATA), Berni y otros, al Partido Obrero.

La izquierda tiene todavía una influencia reducida. Pero está. Y eso modifica las condiciones de la lucha política. Cristina Fernández y Hugo Moyano lo saben. Por eso coinciden en pegarle a la izquierda. Porque la izquierda representa la única alternativa real a la lógica del capital en Argentina. Nada más, y nada menos, que eso.


Villa del Parque, miércoles 27 de agosto de 2014

viernes, 22 de agosto de 2014

LA CONCEPCIÓN MARXISTA DE LA HISTORIA: EL PAPEL DE LA CUESTIÓN RUSA

“Dice que cuando toda la tierra estén en manos de compañías extranjeras,
se podrá asignar el precio que se desee por el arrendamiento. El campesino
tendrá que trabajar tres veces más para ganarse el pan de cada día y se le podrá
echar cuando a uno le venga bien. Por consiguiente, estará más convencido,
será más sumiso y tenaz, y trabajará tres veces más por el mismo jornal.”

Fiódor Dostoievski, cuento “El cocodrilo” (1865)

Si bien Karl Marx (1818-1883) mostró siempre gran interés por los asuntos rusos, fue recién en los últimos años de su vida cuando ese interés se transformó en un estudio pormenorizado de la evolución económica de Rusa y de las posibilidades del movimiento revolucionario de ese país. Hasta mediados de la década de 1860, Marx caracterizó a Rusia como la reserva de la reacción europea, habida cuenta del papel jugado por las tropas rusas en la represión de las revoluciones de 1848-1849 y de las insurrecciones polacas.

La propia evolución de la sociedad rusa hizo que Marx y Engels (1820-1895) comenzaran a revisar sus puntos de vista sobre ese país. La liberación de los siervos en 1861 marcó un hito en el desarrollo del capitalismo en Rusia (1) , pues abrió las puertas a la expansión de una agricultura capitalista (centrada en la exportación de cereales) y permitió generar mano de obra disponible para las nacientes industrias. La liberación de la servidumbre, producto de las tensiones sociales acumuladas en el imperio ruso y de la percepción por parte de la elite de la debilidad militar del Estado zarista frente a las potencias occidentales (derrota en la Guerra de Crimea), acarreó la aparición de nuevos conflictos sociales. En especial, la expansión del capitalismo en la agricultura chocó contra la producción campesina, estructurada en torno a la mir (comunidad campesina). Además, el carácter incompleto de las reformas (los terratenientes conservaron sus grandes propiedades y recibieron una jugosa indemnización – pagada por los campesinos – por las tierras cedidas a los antiguos siervos) avivó el descontento campesino.

La emergencia de la “cuestión rusa” obligó a Marx a revisar sus puntos de vista sobre el proceso revolucionario. Aquí, como tantas otras veces a lo largo de su carrera intelectual, las luchas de los trabajadores fueron el detonante de modificaciones y/o aclaraciones fundamentales de la teoría marxista. Rusia llevó a Marx a precisar su concepción sobre el desarrollo histórico, poniendo en discusión la linealidad de éste. Aclaremos. La enumeración de modos de producción que se encuentra en el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859) (2) ha llevado a pensar a numerosos críticos (y también a algunos marxistas) que Marx defendía una concepción lineal del proceso histórico, según la cual dichos modos de producción se sucedían unas a otros siempre en el mismo orden. Una consecuencia práctica de esta concepción era que una sociedad feudal no podía pasar al socialismo hasta no haber atravesado la etapa capitalista. Este fue el terreno teórico en que florecieron múltiples programas de colaboración con la burguesía “nacional”, encargada de impulsar el desarrollo capitalista imprescindible para el socialismo.

La concepción “etapista” del desarrollo histórico nada tiene que ver con el marxismo. La “cuestión rusa” viene a ilustrar el sentido de esta afirmación. Ya en su correspondencia con la revolucionaria rusa Vera Zasúlich (1849-1919), Marx había indicado que era falsa la afirmación que sostenía que el materialismo histórico defendía la linealidad del proceso histórico (3). Pero no es necesario recurrir a documentos de carácter privado (como es el caso de las cartas a Zasúlich) para constatar cuál era la posición de Marx al respecto.

En el prólogo a la edición rusa de 1882 del Manifiesto Comunista, Marx y Engels  dan una respuesta pública al problema de la linealidad del proceso histórico. Lo mejor es citar el texto en toda su extensión:

“El Manifiesto Comunista se propuso como tarea proclamar la desaparición próxima e inevitable de la moderna propiedad burguesa. Pero en Rusia, al lado del florecimiento febril del fraude capitalista y de la propiedad territorial burguesa en vías de formación, más de la mitad de la tierra es propiedad común de los campesinos. Cabe entonces la pregunta: ¿podría la comunidad rural rusa – forma por cierto ya muy desnaturalizada de la primitiva propiedad común de la tierra – pasar directamente a la forma superior de la propiedad colectiva, a la forma comunista, o, por el contrario, debe pasar primero por el mismo proceso histórico de disolución que constituye el desarrollo histórico de Occidente?
La única respuesta que se puede dar hoy a esta cuestión es la siguiente: si la revolución rusa de la señal para la revolución proletaria en Occidente, de modo que ambas se completen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida a una revolución comunista.” (p. 11-12; el resaltado es mío).

La presencia todavía masiva de la propiedad común de la tierra hacía que el contexto social rusa fuera muy diferente al de los países de la Europa Occidental. La presencia de la mir ponía obstáculos a la expansión de las relaciones capitalistas en la agricultura y, a la vez, dificultaba la formación del proletariado urbano, al retener a los campesinos en la tierra. Frente a esto, los liberales rusos proponían profundizar la política iniciada en 1861 con la abolición de la servidumbre, eliminando la mir y removiendo todas las trabas a la concreción de una efectiva propiedad de la tierra. En síntesis, el liberalismo ruso planteaba convertir a la tierra en una mercancía plena. En este sentido, cabe decir que los liberales rusos adherían, sin saberlo, a la concepción “etapista” defendida por algunos marxistas, pues bregaban por el desarrollo de las relaciones capitalistas y la eliminación de todo resabio de propiedad común y de feudalismo. Los socialistas “etapistas” aprobaban este programa, pues pensaban que era preciso contar con una burguesía “nacional” poderosa, que llevara al máximo la expansión del capitalismo. Una vez que el capitalismo fuera el sistema social dominante en Rusia podía pensarse en llevar adelante la revolución socialista. En otras palabras, para llegar al socialismo era preciso construir el capitalismo, es decir, intensificar la explotación de los trabajadores (que se entienda, no estoy abogando por las “bondades” de las formas de producción precapitalistas).

Marx y Engels plantean algo completamente diferente a la concepción “etapista”. Su planteo combina los dos elementos fundamentales del materialismo histórico: a) el reconocimiento de que los hechos históricos no son contingentes, sino que se encuentran condicionados por un sistema de relaciones sociales concreto, propio de una relación de fuerzas históricamente determinada entre las clases y grupos sociales; b) el reconocimiento de que el resultado de la historia se encuentra indeterminado, pues la historia “avanza” a través de la lucha de clases. En pocas palabras, estructura de relaciones sociales y lucha de clases.

En el caso de Rusia, el sistema de relaciones sociales concreto estaba marcado por la combinación de la propiedad común de la tierra entre los campesinos, la existencia de la gran propiedad terrateniente y la expansión de las relaciones sociales capitalistas en la agricultura. En Rusia, la agricultura no era capitalista, pero tampoco podía decirse que fuera feudal ni que estuviera regida por la propiedad común de la tierra; era una combinación de estos tres tipos de relaciones sociales (separados aquí a los fines analíticos, pues en la realidad se hallaban íntimamente relacionados). En vez de plantear la necesidad de expandir el capitalismo, Marx y Engels perciben en la complejidad de la situación rusa una oportunidad para pasar al socialismo. No se trata, por cierto, de voluntarismo ni de magia. Por el contrario, establecen una condición muy fuerte para que ello sea posible: la combinación de la revolución rusa con la revolución obrera en Europa Occidental. En otras palabras, ponen el acento en las posibilidades creativas de la lucha de clases, en vez de acentuar la rigidez de la estructura de relaciones sociales. Pero es claro que dicha estructura pone límites a esas posibilidades creativas, limitando el menú de opciones posibles.

Villa del Parque, viernes 22 de agosto de 2014

NOTAS:

(1)  “Las grandes reformas fueron (…) concebidas como un proceso modernizador (lo que en Rusia significaba occidentalizador) con la finalidad de fortalecer al Estado después de su derrota en la guerra de Crimea. Las libertades y las reformas limitadas se concedieron con la esperanza de activar la sociedad y crear una economía dinámica sin alterar el entramado político básico de la autocracia. (…) En 1861 los siervos fueron emancipados de iure (aunque no de facto) de la tiranía de su terrateniente, y se les otorgaron algunos de los derechos de los ciudadanos. Todavía estaban vinculados a la comuna de la aldea, lo que reforzaba el antiguo orden patriarcal, privados del derecho de poseer la tierra individualmente y considerados legalmente inferiores a los nobles y a los otros estamentos. Pero por lo menos se habían colocado los cimientos para el desarrollo de una agricultura campesina.” (p. 74; sería más correcto decir de una agricultura capitalista). (Figes, Orlando. (2008). La revolución rusa, 1891-1924. Barcelona: Edhasa).

(2)  “A grandes rasgos puede calificarse a los modos de producción asiático, antiguo, feudal y burgués moderno de épocas progresistas de la formación económica de la sociedad.” (Marx, Karl. (2000) [1° edición: 1859]. Contribución a la Crítica de la Economía Política. México D. F.: Siglo XXI, p. 5).


(3)  Rubel califica los trabajos de Marx sobre Rusia como “la aplicación de la teoría y del método sociológico marxista a un problema que excede el ámbito de la sociedad y de la economía estrictamente capitalista.” (Rubel, Maximilien. (1970). Karl Marx: Ensayo de biografía intelectual. Buenos Aires: Paidós, p. 331). 

sábado, 16 de agosto de 2014

MARXISMO, SOCIOLOGÍA Y LUCHA DE CLASES: NOTAS DE LECTURA

Las ciencias sociales y el marxismo constituyen proyectos teóricos y políticos antagónicos e irreconciliables. Para justificar esta afirmación puede recurrirse al procedimiento de comparar la sociología de Comte o de Durkheim con El capital de Marx; así, mientras que los primeros asumen que la sociedad burguesa es el mejor de los mundos posibles y que, en todo caso, la ciencia debe corregir las imperfecciones de esta sociedad, Marx plantea que el capitalismo es una forma de organización social basada en la explotación del trabajo asalariado y que debe ser reemplazada, revolución mediante, por el socialismo.

Es posible que el lector piense que las afirmaciones del párrafo anterior son demasiado esquemáticas o que remiten a cuestiones que ya han sido superadas. Respecto al carácter esquemático, cabe decir que se trata de plantear la cuestión del modo más claro posible y esta es la función de los esquemas. Respecto a la supuesta superación de la cuestión planteada (la crítica se reduce aquí a afirmar que el marxismo ha sido superado), una respuesta posible consiste en remarcar un hecho que suele pasar desapercibido a los críticos: el capitalismo goza de “buena salud”, así como también las contradicciones que engendra éste. El eje del marxismo es la crítica del capitalismo, ya sea a través de la teoría (El capital es el ejemplo más acabado), ya sea a través de las armas (la organización política autónoma de la clase trabajadora). Es la misma vigencia del capitalismo la que revitaliza permanentemente al marxismo, más allá de las derrotas del movimiento obrero. Esto se vuelve notorio en las épocas de crisis.

En su prefacio a la edición alemana de 1883 del Manifiesto Comunista, Friedrich Engels formuló un resumen de las tesis centrales del marxismo. Opto por transcribirlo íntegramente:

“La idea fundamental de que está penetrado todo el Manifiesto – a saber: que la producción económica y la estructura social que de ella se deriva necesariamente en cada época histórica, constituyen la base sobre la cual descansa la historia política e intelectual de esa época; que, por tanto, toda la historia (desde la disolución del régimen primitivo de propiedad común de la tierra) ha sido una historia de lucha de clases, de lucha entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, en las diferentes fases del desarrollo social; y que ahora esta lucha ha llegado a una fase en que la clase explotadora y oprimida (el proletariado) no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime (la burguesía), sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación, la opresión y la lucha de clases -, esta idea fundamental pertenece única y exclusivamente a Marx.” (p. 13-14; el resaltado es mío). (1)

El punto de partida del marxismo es el reconocimiento de que sin producción económica (que no es otra cosa que la producción de la existencia de los seres humanos) es imposible la sociedad; dicho de otro modo, los seres humanos (seres sociales por definición) son lo que hacen, es decir, son la forma en que producen su existencia. Ahora bien, y en esto reside lo esencial del marxismo, la producción de la existencia implica el establecimiento de relaciones entre los individuos, relaciones que no son meramente técnicas, sino que son, ante todo y sobre todo, relaciones de poder. La producción de la existencia gira en torno a la existencia de relaciones de propiedad respecto a las materias primas, los medios de producción y el producto del trabajo. Estas relaciones son relaciones eminentemente políticas.

Engels indica, a través del uso del “por tanto”, la unión inseparable entre los dos aspectos señalados en el párrafo precedente: puesto que la “producción económica” supone el establecimiento de relaciones de propiedad entre los individuos, y que esas relaciones son relaciones políticas; entonces, la “estructuración social” resultante es una estructura en la que el conflicto es inherente a la misma, y cuyo desarrollo es “una historia de lucha de clases, de lucha entre clases explotadoras y explotadas”. Engels no separa el análisis de la estructura social de la lucha de clases. El estudio de las relaciones sociales (la estructura) termina en un callejón sin salida si se omite la lucha de clases, pues la lucha de clases es inmanente a dicha estructura; escindir la estructura social de la lucha de clases significa perder de vista el carácter fundamental de la estructura social, que es, precisamente, el de ser una estructura contradictoria. Del mismo modo, analizar la lucha de clases separada de la estructura social (el conjunto de relaciones sociales por medio de las cuales los seres humanos producen su existencia), conduce a la ilusión de que la política gira en el vacío, de que la voluntad es omnipotente.

La sociología omite el carácter antagónico de la estructura social, haciendo del conflicto algo externo a la misma (una patología que rompe el estado de equilibrio _ el estado normal – de la sociedad) o la resultante de la esencia de los individuos (en la concepción que hace del individuo lo fundamental y de la sociedad algo artificial – individualismo metodológico -). Como es evidente, esta actitud resulta funcional al interés de la burguesía, pues permite que los sociólogos le proporcionen información sobre la estructura social sin que cuestionen el carácter de la misma. Y, desde el punto de vista de los sociólogos es provechosa, pues asegura, en términos relativos, su inserción laboral al eliminar todo cuestionamiento a los fundamentos de la organización social (la propiedad privada de los medios de producción).

La lucha de clases permite establecer la divisoria de aguas entre sociología y marxismo. No por casualidad el Manifiesto comienza con la frase “la historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases.”

Villa del Parque, sábado 16 de agosto de 2014

NOTAS:


(1)  El prólogo está fechado en Londres el 28 de junio de 1883. Utilizo la siguiente edición: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1986). Manifiesto del Partido Comunista. Buenos Aires: Anteo. (pp. 13-14).

viernes, 15 de agosto de 2014

SOMOS TODOS LIBERALES: LA POPULARIDAD DE ADAM SMITH EN ARGENTINA


“Un fantasma recorre la Argentina: el fantasma de Adam Smith.”
Variación libre del Manifiesto Comunista.

Es común que los militantes peronistas chicaneen a sus adversarios afirmando que cualquier discusión es inútil, porque en definitiva todos los argentinos somos peronistas.

Sin embargo, algunos hechos de los últimos días permiten establecer que los argentinos no somos peronistas, sino liberales. Más concretamente, somos seguidores de Adam Smith.

El economista escocés, considerado como uno de los padres fundadores del liberalismo económico, goza de una enorme popularidad entre los políticos de la burguesía argentina.

La semana pasada tuve oportunidad de comentar los dichos de Cristina Fernández de Kirchner, quien para calificar de “locura” al socialismo recurrió a una cita de Smith. En el día de ayer, Hermes Binner, el principal referente del “socialismo” argentino (así, entre comillas – el Partido Socialista es cualquier cosa menos socialista-) y diputado nacional por el FAP (Frente Amplio Progresista), redobló la apuesta hecha por la presidenta y volvió a mentar al viejo Smith. ¿La excusa? La discusión del proyecto de modificación de las leyes de Defensa del Consumidor, Defensa de la Competencia, Abastecimiento y la de Lealtad al Consumidor.

Binner se opone a dichos proyectos porque considera que ponen obstáculos al funcionamiento de…”la mano invisible del mercado”:

“Creemos todavía en la mano invisible del mercado, porque es la que, en definitiva, sigue la historia, siguen las décadas y sigue siempre presente que hay una forma donde se van adaptando y arreglando las cuestiones.” (-citado en EL ARGENTINO, edición del 15 de agosto de 2014).

Binner se expresa de modo un tanto confuso, pero queda clara su admiración por Smith.

Ahora bien, los dichos de Cristina Fernández de Kirchner y Hermes Binner deben ser tomados como expresiones del “progresismo” argentino. Por eso, sus comentarios sobre Smith dan cuenta del horizonte político de esta corriente. Para ello, nada mejor que recordar algunos aspectos centrales de la teoría de Smith.

La política económica propuesta por Adam Smith supone el reconocimiento de que el Estado tiene por objetivo fundamental servir al capital. El Estado debe abstenerse de intervenir en los asuntos económicos en la medida en que ello favorezca la acumulación de los empresarios. Esto, ni más ni menos, es la esencia del pensamiento del economista escocés. Nuestros progresistas, sean kirchneristas o “socialistas”, han leído correctamente a Smith. El Estado argentino, gobiernen Néstor, Cristina, Binner o Macri, debe asegurar las ganancias de los empresarios.

Las declaraciones de Cristina Fernández y Hermes Binner muestran algo que el progresismo procura esconder debajo de la alfombra: la hegemonía de las tesis económicas del liberalismo en nuestra clase dirigente, llámense estos peronistas, kirchneristas, “socialistas”, radicales o el “ismo” que el lector prefiera. En este plano, el menemismo y la “década ganada” del kirchnerismo han tenido un efecto acumulativo. Mientras que durante la campaña electoral y en las visitas a los medios los políticos “progresistas” suelen  criticar al “neoliberalismo”, en lo sustancial existe un consenso en torno a la validez de las tesis económicas liberales. Dicho consenso se basa en dos ideas básicas: 1) el Estado debe servir a la acumulación de capital, es decir, a la burguesía; 2) la burguesía tiene el control indiscutido de las palancas del proceso económico.

Una muestra de la hegemonía del pensamiento liberal es la unanimidad de criterios entre los políticos de la burguesía respecto a la cuestión del pago de la deuda externa. Por supuesto, que un Macri llame a pagar la deuda hasta el último centavo no genera mayor sorpresa; en cambio, que los dirigentes del kirchnerismo y, más en general, del “progresismo”, consideren que pagar la deuda externa es un acto de liberación nacional merece atención. La explicación de esta actitud, que aquí sólo podemos esbozar, radica en la aceptación de las reglas de juego impuestas en Argentina por la dictadura militar de 1976. En su esencia, estas reglas dicen que el capitalismo es la única forma posible de organizar el proceso productivo; cualquier otra forma cae en el espectro de la locura.

La popularidad de Adam Smith marca que las continuidades entre el menemismo y el kirchnerismo son mayores que las rupturas. Sólo la izquierda clasista pone en cuestión la base de estas continuidades. Es por eso que resulta tan revulsiva para los políticos, intelectuales y periodistas de variado pelaje que aceptan las reglas de juego.


Villa del Parque, viernes 15 de agosto de 2014

domingo, 10 de agosto de 2014

LOS DERECHOS HUMANOS EN LA ERA DEL PHOTOSHOP

En estos días está de moda hablar de derechos humanos. Por eso, y a sabiendas de que lo que voy a decir resultará desagradable para algunos, es conveniente recordar algunas cuestiones pasadas y presentes.

Las luchas entre capital y trabajo ponen al desnudo las miserias y contradicciones de nuestra sociedad. No es casualidad, puesto sobre el antagonismo entre empresarios y trabajadores se encuentra edificado todo el orden social. Esta afirmación puede sonar anticuada al lector, sobre todo si se trata de un estudiante o de un graduado en alguna de las ciencias sociales. Capitalismo, clase social, lucha de clases, explotación, constituyen categorías de las que no se habla o que se esconden debajo de la alfombra. No se trata, por cierto, de que las ciencias sociales hayan refutado al marxismo. Por el contrario, es cuestión de comodidad o, dicho en criollo, de “hacerse amigo del juez”. Así, declararse defensor de la Patria Grande o de la liberación latinoamericana no compromete a nada. En cambio, poner el cuerpo en una huelga trae consecuencias concretas, como los palazos y gases lacrimógenos de la policía, la cárcel y el procesamiento, la incorporación a listas negras de variada índole y otros simpáticos procedimientos. Los empresarios, la gendarmería, la policía, saben por instinto y por interés, dónde está lo importante en nuestra sociedad. Así, cuando los obreros toman una planta fabril o pretenden impugnar el sacrosanto derecho empresarial a despedir trabajadores, se convierten en delincuentes que hay que castigar cueste lo que cueste.

En nuestra sociedad “está permitida” casi cualquier cosa… menos tocar la propiedad privada de los medios de producción. Es más, hay una prohibición tácita a hablar de esta propiedad privada. Quien piense que esta afirmación es exagerada, puede hacer el ejercicio de revisar los diarios, los programas televisivos y las emisiones radiales, y constatar si en ellos se habla de propiedad privada o de proceso de trabajo.

Los conflictos obreros ponen a prueba en qué medida un gobierno respeta los derechos humanos. Cuanto más intensa es la lucha de los trabajadores, más se resquebraja la apariencia de defensa de esos derechos.




Esta semana fue recuperado el nieto de Estela Barnes de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. El reencuentro de Guido con Estela fue aplaudido por los medios oficialistas (Página/12) y por los medios “opositores” (Clarín y La Nación). La presidenta Cristina Fernández recibió en la residencia de Olivos a Guido (el nieto recuperado) y a Estela. Se habló de triunfo del amor, se dijo que el kirchnerismo había hecho posible el reencuentro de los nietos con sus abuelos, etc., etc.

Por enésima vez se repitió la historia de la defensa de los derechos humanos por el kirchnerismo.




El viernes 8 de agosto, la nieta recuperada Victoria Moyano Artigas participaba de una manifestación en contra de los despidos realizados por la empresa de autopartes Lear, una multinacional de origen norteamericano. La Gendarmería irrumpió en el auto en que viajaba junto a otros compañeros, rompió los vidrios del mismo, tiró gas pimienta dentro del vehículo y finalmente la detuvo junto a Guillermo Pistonesi (presidente del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos), Patricio del Corro (dirigente del PTS) y María Chávez (investigadora del CONICET). Los detenidos fueron llevados al Departamento de Gendarmería de General Pacheco y liberados la noche del mismo día.

¿Cómo es posible que el mismo día que un nieto recuperado era recibido por la Presidenta, otra nieta sufría violencia y prisión a manos de una fuerza de seguridad dependiente de esa misma Presidenta?

La explicación debe buscarse en la naturaleza del kirchnerismo. En 2003, Néstor Kirchner llegó a la presidencia con poco más de un 20 % de los votos emitidos. Sin un aparato nacional, sometido al control de Duhalde, quien fue el padrino de su candidatura, Kirchner debió encarar la tarea de construir apoyo para su política. En este punto se produjo la conexión entre kirchnerismo y derechos humanos. Kirchner vio que levantar la bandera de los derechos humanos le generaba grandes beneficios con un gasto ínfimo de su capital político. En 2003 los militares genocidas de la última dictadura eran cadáveres políticos a los que casi nadie quería defender. En 2003 pegarle a los militares era tarea sencilla, que no acarreaba ninguna consecuencia peligrosa y que, en cambio, vendía mucho entre las capas medias progresistas, ansiosas de defender causas nobles sin tener que poner en riesgo ni sus propiedades ni su integridad física. En pocas palabras, proponer juicios a los militares y reivindicar un setentismo descafeinado era la manera rápida de ganar apoyo entre el progresismo y los intelectuales.

Lo expuesto en el párrafo anterior se refiere al carácter general de la política de derechos humanos del kirchnerismo. No implica negar que dicha política haya tenido algunos aspectos positivos (que fueron, por cierto, producto de la lucha sostenida por décadas por los organismos de derechos humanos). Supone, en cambio, marcar los límites de esta política.

El kirchnerismo restringió el alcance de su política de derechos humanos a las causas derivadas de la dictadura militar de 1976-1983. Su combate contra el terrorismo de Estado tuvo amplias limitaciones. Por ejemplo, no abarcó la acción de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) en el período 1974-1975, acción que contó en sus orígenes con el aval de Juan Domingo Perón. Tampoco abarcó las torturas y ejecuciones sumarias cometidas por la policía contra pobres y/o jóvenes. Los “delincuentes comunes” no son aptos para la defensa de los derechos humanos emprendida por el kirchnerismo.

El kirchnerismo procuró captar el apoyo de los organismos de derechos humanos, en especial Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Con algunas concesiones, dinero y otras prebendas, consiguió el apoyo de varios dirigentes, sobre todo de Hebe de Bonafini y de Estela de Carlotto. El kirchnerismo, con poco esfuerzo, logró así una cara amable, a imagen y semejanza de los deseos del progresismo argentino.




Pero la cara amable del kirchnerismo tiene mucho de photoshop.

El caso Lear demuestra que las cosas son un poco diferentes. Los trabajadores de Lear están luchando por la defensa de sus puestos de trabajo. Pocas cosas hay más terribles para un trabajador que el despido. Es cierto que los funcionarios ignoran estas cosas, acostumbrados como están a vivir de los fondos públicos y a almorzar y/o cenar con empresarios. La empresa desoyó varias resoluciones judiciales que la obligaban a reincorporar a los despedidos. Los obreros fueron puestos contra la pared: o luchaban o quedaban en la calle en un contexto de crisis económica.

Los trabajadores de Lear, apoyados por los partidos de izquierda (se entiende, la izquierda clasista, no el progresismo que dice ser de izquierda y mira con desprecio a los trabajadores), fueron reprimidos en varias oportunidades por las fuerzas de seguridad. Para el kirchnerismo, los derechos humanos se aplican hacia el pasado, no en el presente. Por lo menos, no tienen vigencia en el caso de los trabajadores de Lear y de tantos otros lugares.

Es bueno recordar que Lear es una empresa norteamericana. El mismo gobierno que dice luchar contra los “fondos buitres”… pagando hasta el último centavo y más de la deuda externa contraída por los milicos de la dictadura y por el peronismo menemista de los años 90, aplica generosamente palos contra los trabajadores que enfrentan a una corporación norteamericana.

La lucha de los trabajadores de Lear no fue acompañada por los organismos de derechos humanos cooptados por el kirchnerismo.  Ni Hebe ni Estela dijeron una palabra a favor de los trabajadores. Tampoco se manifestaron en contra de la detención de Victoria ni de los demás detenidos. Para ellas, la defensa de los derechos humanos quedó congelada en el período de la dictadura. Los apaleados y torturados actuales no merecen una marcha de los jueves. Ese es el precio a pagar por las prebendas que ofrece el kirchnerismo.




No todo es photoshop. Mientras estaba detenida, Victoria fue visitada por Mirta Baravalle, una de las fundadoras de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Mirta, con 89 años, tiene claro que los derechos humanos no son cosa del pasado. También estuvieron presentes Nora Cortiñas y Elia Espen.

El encuentro entre Mirta y Victoria, en una dependencia de Gendarmería, es todo un símbolo. Defender los derechos humanos implica poner el cuerpo y acompañar las luchas de los trabajadores. Es, además, un homenaje a la memoria de tantos compañeros que dieron su vida en la lucha contra el capital.

Porque, guste o no, la dictadura militar fue una ofensiva gigantesca del capital sobre los trabajadores. El kirchnerismo, que se ufana de que las ganancias de los empresarios durante la “década ganada”, nunca se propuso enfrentar a la burguesía. Por eso su política de derechos humanos es una política de photoshop.


Villa del Parque, domingo 10 de agosto de 2014

viernes, 8 de agosto de 2014

CRISTINA FERNÁNDEZ Y EL SOCIALISMO

“Cristina corazón, acá tenés los pibes para la liberación.”
(Canto que suele entonarse en los actos de Cristina Fernández).

“Billetera mata galán.”
(Viejo dicho popular).

Néstor Kirchner asumió la presidencia de la Nación en 2003 sin una estructura partidaria adicta y con un muy bajo porcentaje de apoyo electoral. En esas condiciones, una de las tareas centrales del nuevo gobierno fue construir una base de sustentación propia, que le permitiera llevar adelante la tarea de la recomposición del capitalismo argentino luego de la fenomenal crisis de 2001. Kirchner comprendió que era imposible realizar esa reconversión recurriendo a la ideología neoliberal que había imperado en Argentina durante los años ’90, a la que habían adherido casi todos los dirigentes del PJ (incluido el mismo Kirchner y su esposa, Cristina Fernández). Había que encontrar un sustituto de esa ideología.

Para resolver el problema, el kirchnerismo mezcló elementos del viejo peronismo, del progresismo, del socialismo “nacional” y del nacionalismo a secas. Simplificando en extremo, el kirchnerismo se presentó como el “peronismo del siglo XXI” (o, según el gusto del interlocutor, como la “izquierda posible” en las condiciones de la sociedad argentina). Colaboraron en la elaboración de la mescolanza intelectuales convencidos y tránsfugas desesperados por venderse al mejor postor. La inmensa mayoría de la izquierda proveniente del PC (Partido Comunista) apoyó con entusiasmo la construcción del “kirchnerismo”, porque sentían que por primera vez “estaban ganando” (o algo parecido). La lucha del gobierno contra la burguesía agraria en torno a las suba de las retenciones a las exportaciones (2008), hizo pensar a esos intelectuales que estaban participando de un proyecto “revolucionario” y animó a muchos que estaban renuentes a subirse al tren del “kirchnerismo”.

Una década después de iniciado el gobierno kirchnerista, quedó claro que la burguesía fue la gran beneficiada. Sus ganancias aumentaron de forma exponencial. Pero los intelectuales kirchneristas seguían planteando que estábamos en plena “revolución cultural” y que el kirchnerismo era un paso necesario para la “liberación nacional y social” de nuestro país.

En el día de ayer, Cristina pronunció un discurso en la Casa Rosada. Más de una vez señalé en este blog que Cristina, se piense lo que se quiera de ella, suele cometer verdaderos “sincericidios” en sus discursos. Esta vez tampoco fue la excepción.

En primer lugar, Cristina precisó cuál es el contenido fundamental de la “década ganada”. Así, refiriéndose a la necesidad de que los empresarios inviertan, dijo:

“… digo que también hay que invertir y seguir apostando al país. No solamente a los usuarios y consumidores, a los argentinos, sino también a los empresarios, sobre todo, que piensen un poco en todo lo bien que les fue en esta década”.

Nada hay de novedoso. En otras ocasiones, Cristina ya había expresado lo mismo con más crudeza, al decir que “los empresarios la levantaban con pala”.

Pero, y esto es mucho más importante que lo anterior, la presidenta dijo lo siguiente:

voy a repetir lo que me dice siempre el Dr. Kicillof que me recuerda que Adán [sic] Smith decía que el panadero no está para hacer beneficencia, el carnicero tampoco, el carpintero tampoco, están todos para ganar plata. Así que, por favor, terminen con esas locuras del socialismo y todas esas cosas. Y tienen razón, todos quieren ganar plata, así que bueno, vamos a hacerlo ganar plata, pero por favor hagamos las cosas bien.” [El resaltado es mío].

Cabe recordar que Adam Smith es considerado, entre otras cosas, el fundador del liberalismo económico.

Como nunca antes, Cristina desnudó hasta qué punto el “progresismo”, el “socialismo nacional”, la “emancipación nacional y social”, son puras pavadas, que sirven para garantizar el apoyo del progresismo y para aliviar la conciencia de los intelectuales que adhieren al kirchnerismo.

Hace muchos años, en los comienzos de la década del peronismo menemista, Adelina Dalesio de Viola, una dirigente de la UCD devenida menemista, dijo esta frase antológica:

            “Basta de proletarios, tiene que haber propietarios.”

Para Cristina, para Adelina y para los dirigentes de los partidos hegemónicos, el socialismo es una estupidez y/o algo que hay que combatir con todas las armas. Esto muestra, como nunca, la magnitud de la impostura del kirchnerismo al autodefinirse como la continuidad de la izquierda peronista de los ’70. En todo caso, si de continuidades se trata, el kirchnerismo se emparenta con el menemismo.

Para el kirchnerismo, el progreso social pasa por el enriquecimiento individual. Así lo declara Cristina, apoyándose en los consejos del ministro Kicillof. Al lector que  piense que esto es producto de armar una interpretación capciosa a partir de una frase aislada de la Presidenta, lo invito a leer con atención los discursos de Cristina. Allí encontrará numerosos reconocimientos del carácter del kirchnerismo, en especial de su defensa de la burguesía. No creo necesario agregar nada más al respecto.

A confesión de parte, relevo de pruebas.


Villa del Parque, viernes 8 de agosto de 2014

miércoles, 6 de agosto de 2014

LA DEFINICIÓN MARXISTA DEL CONCEPTO DE SOCIEDAD EN LA OBRA TRABAJO ASALARIADO Y CAPITAL

La definición del concepto de sociedad es (resulta casi obvio decirlo) uno de los tópicos centrales de la sociología. Establecer qué es la sociedad no es una cuestión meramente técnica, en el sentido de que la respuesta que se dé a ese interrogante sirve únicamente para resolver los problemas prácticos de la disciplina (como, por ejemplo, desarrollar mejores indicadores). Representa, ante todo, una toma de posición política respecto a la relación de fuerzas existente al interior de cada sociedad.

Intentaré precisar con un ejemplo lo dicho en el párrafo anterior. El individualismo metodológico es una de las corrientes más influyentes de la teoría social contemporánea. Su postulado fundamental consiste en la afirmación de que el estudio de lo social debe comenzar por el del individuo; la sociedad es artificial, lo único natural son los individuos. Dicho en otros términos, cualquier fenómeno social puede explicarse a partir de procesos propios de los individuos (su esencia egoísta, sus preferencias, sus motivos, etc.), sin que sea necesario tomar en cuenta a los grupos sociales en la elaboración de la explicación. No se trata, por supuesto, de negar la existencia de los grupos sociales, sino de rechazar la influencia del grupo sobre el individuo o, si se reconoce que ésta existe, de relativizarla, dejando anclado el núcleo de la explicación en las características del individuo.

El individualismo metodológico implica la negación de la existencia de las clases sociales como factor explicativo del proceso social. Esta negación tiene implicaciones que van mucho más allá de lo teórico, dado que negar la existencia de las clases sociales es negar la lucha de clases; en el caso de la sociedad capitalista, significa negar la existencia del conflicto entre capital y trabajo o, en una versión más sofisticada, dejar de lado la pertinencia de este conflicto en la caracterización de los rasgos principales del orden social. Lucha de clases, clase social, socialismo, son otras tantas pavadas con que pretenden confundirnos los intelectuales de izquierda. Lo único verdaderamente importante es la percepción de nuestros intereses (entendidos como egoísmo, como negación del otro). Las respuestas colectivas a los problemas de la sociedad son ineficaces; lo único relevante al momento de transformar nuestro entorno es la percepción clara de mis propios intereses en tanto individuo separado del resto. El individualismo a secas es el producto político del individualismo metodológico.

El individualismo metodológico, a partir de una definición particular del concepto de sociedad (basada a su vez en una determinada concepción del individuo), legitima la sociedad capitalista a través de la exaltación del individuo, desgajado de los lazos que lo unen a sus semejantes. A sabiendas que se trata de una simplificación, podemos afirmar que el individualismo metodológico no hace otra cosa que elevar la competencia en el mercado a principio explicativo central de la teoría social.

Karl Marx (1818-1883) realizó una crítica implacable del individualismo metodológico, discutiendo tanto sus fundamentos filosóficos como sus desarrollos en el plano de la economía en particular y de la teoría social en general. En este artículo quiero destacar la manera en que esa crítica se encuentra plasmada en la definición marxiana (la palabra es fea, pero me rindo ante la demanda de precisión) de sociedad. Para ello recurro al folleto Trabajo asalariado y capital (1), publicado por primera vez en 1849, y cuyo origen se remonta a unas conferencias pronunciadas en 1847 en Bruselas. Marx encara allí el problema de definir la noción de sociedad y lo hace del siguiente modo.

Marx empieza por un rodeo. No comienza hablando de “la sociedad” en general, en abstracto, sino que examina aquello que es imprescindible para la existencia de toda sociedad: el proceso de producción.

“En la producción, los hombres no actúan solamente sobre la naturaleza, sino que actúan también los unos sobre los otros. No pueden producir sin asociarse de un cierto modo, para actuar en común y establecer un intercambio de actividades. Para producir, los hombres contraen determinados vínculos y relaciones, y a través de estos vínculos y relaciones sociales, y sólo a través de ellos, es cómo se relacionen con la naturaleza y cómo se efectúa la producción.” (p. 17).

Sin producción no hay seres humanos, pues sin ella es imposible obtener los bienes necesarios para la reproducción de la existencia humana. Pero no hay producción sin el establecimiento de relaciones entre los individuos. Si se acepta esta última proposición, el punto de partida del individualismo metodológico es falso, porque el individuo nunca está aislado, sino que requiere del establecimiento de relaciones con otros individuos para poder mantenerse con vida (obtener todo aquello que requiere para vivir). De este modo, el problema de la naturaleza del individuo (y, por ende, el de la naturaleza de la sociedad) se desplaza desde el terreno de la esencia al de las relaciones sociales.

Marx denomina relaciones sociales de producción a las relaciones mencionadas en el párrafo anterior. A partir de ellas construye su definición de sociedad:

Las relaciones de producción forman en conjunto lo que se llaman las relaciones sociales, la sociedad, y concretamente, una sociedad con un determinado grado de desarrollo histórico, una sociedad de carácter peculiar y distintivo. La sociedad antigua, la sociedad feudal, la sociedad burguesa, son otros tantos conjuntos de relaciones de producción, cada uno de los cuales representa, a la vez, un grado especial de desarrollo en la historia de la humanidad.” (p. 17).

La sociedad se define, por tanto, como un conjunto de relaciones sociales y no como el producto de la suma agregada de individuos (y, por tanto, de las motivaciones de esos individuos o de una esencia humana ahistórica). (2). Los individuos son el producto de esas relaciones sociales, y no a la inversa. Pero Marx dice algo más que eso. Privilegia dentro de las relaciones sociales a las relaciones sociales de producción. A despecho de la crítica habitual, esto no debe interpretarse como el reconocimiento por parte de Marx del carácter determinista económico de su teoría de la sociedad. Implica, en primer lugar, reconocer que es imposible la existencia misma de la sociedad si no hay producción. Además, y esto es más importante, supone reconocer que las relaciones de producción no son simplemente una cuestión técnica (un ordenamiento técnico de los factores de producción), sino que definen la estructura de poder de la sociedad. Más claro: la sociedad feudal supone la elevación de la nobleza al papel de clase dominante, en tanto que los campesinos son la clase explotada. Esta relación nobleza – campesinos es una relación social de producción, pero, como puede verse, es algo más que una relación exclusivamente económica.

La combinación de la centralidad de la relación en la elaboración de las definiciones de los conceptos sociológicos con el papel fundamental de la producción, es una de las fuentes del carácter insuperable (si el lector lo desea, puede agregar a continuación “hasta ahora”) del marxismo como herramienta de análisis social. Claro que en la definición formulada en Trabajo asalariado y capital se encuentra otro de los puntales del marxismo: el análisis de la sociedad desde una perspectiva política, de clase. Su referencia a los distintos tipos de sociedad (antigua, feudal, burguesa) remite a tipos específicos de relaciones sociales de producción que, a su vez, dependen de determinadas relaciones de propiedad, es decir, de relaciones políticas entre las clases sociales. En este punto, el marxismo rompe, como siempre, con la concepción académica de lo que debe ser una ciencia social.


Villa del Parque, miércoles 6 de agosto de 2014


NOTAS:

(1)  Fue escrito en 1847 y publicado por primera vez en NEUE RHEINISCHE ZEITUNG. ORGAN DER DEMOKRATIE (Nueva Gaceta Renana. Órgano de democracia), del 5, 6, 7, 8 y 11 de abril de 1849. Posteriormente, fue editado  en folleto aparte, bajo la redacción y con un prefacio de F. Engels, en 1891 en Berlín.  Todas las citas de Trabajo asalariado y capital han sido tomadas de la siguiente edición: Marx, Karl. (1985). Trabajo asalariado y capital. Barcelona: Planeta-Agostini. (pp. 7-32). La traducción española corresponde a la editorial Progreso (Moscú). El libro es una compilación de trabajos, que incluye, además del texto tratado aquí, las Tesis sobre Feuerbach, Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 y El dieciocho brumario de Luis Bonaparte.


(2)  El planteo de Marx es coherente con la caracterización de la naturaleza humana formulada en las Tesis sobre Feuerbach. En la tesis n° 6 expresa que “la esencia humana no es algo abstracto e inmanente a cada individuo. Es, en realidad, el conjunto de las relaciones sociales.” (p. 667; el resaltado es mío). Utilizo la traducción española de Wenceslao Roces: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1985). La ideología alemana. Buenos Aires: Ediciones Pueblos Unidos y Cartago.