Páginas vistas en total

jueves, 28 de julio de 2011

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (18): EL CARTISMO


Dedicado a los muertos por la policía en el desalojo de los ocupantes
de las tierras de los terratenientes Blaquier, en la ciudad de Libertador
General San Martín (provincia de Jujuy), el 28 de julio de 2011




28. El cartismo. (1)

La derrota de los sindicatos en 1834 generó una profunda discusión en el seno del movimiento obrero inglés. Muchos militantes se dedicaron a leer sobre economía política para tratar de comprender las causas del fracaso. Hay que tener en cuenta que muchos de ellos habían pasado también por la desilusionante experiencia de la Reform Act (1832), que no extendió el derecho a votar a los trabajadores. "Convencidos de que la acción sindical sola no podría triunfar en contra del Parlamento dominado ahora por una combinación de nuevas y antiguas clases acomodadas, volvieron a la idea de unir a la clase obrera, en primer lugar, para pedir que se concediese a todos los varones el derecho de sufragio (...) Este programa creian que serviría para unir a las principales fuerzas descontentas y, si triunfaban, proporcionaría una base firme para presionar sobre las peticiones de carácter económico." (I: 145).

Un grupo de militantes de la
London Working Men's Association comenzó la tarea de unir a los obreros radicales de las provincias, de Gales y de Escocia, a los reformadores de Birmingham, detrás de un petitorio político de los trabajadores. Los principales dirigentes del grupo de Londres eran: William Lovett (1800-1877), Henry Hetherington (1792-1849), James Watson (1799-1874), Robert Hartwell y Henry Vincent (1813-1878). (I: 144-145). Hay que destacar que eran socialistas, es decir, owenistas, y consideraban a la reforma parlamentaria como un paso para implementar el sistema cooperativista. Pero, los cartistas fueron alejándose del owenismo (2), corriente que rechazaba la lucha de clases, tenía poca estima por la acción política y se estaba transformando aceleradamente en un movimiento cuasi - religioso, que promovía la creación de comunidades ideales. (I: 144-146).

La
People's Charter comenzó a ser discutida a principios de 1837 (3). Fue publicada en mayo de 1838. Sus seis puntos eran:

1) Derecho de sufragio para los varones;

2) Voto secreto;

3) Supresión de la condición de ser propietario para pertenecer al Parlamento;

4) Sueldo permanente para los miembros del Parlamento;

5) Distritos electorales iguales;

6) Parlamentos anuales.

La People's Charter fue el producto de la confluencia y las discusiones de varios grupos que representaban el amplio espectro de las fuerzas obreras y democráticas-radicales. Además del grupo de Londres ya mencionado, participaron:

a) El grupo de reformadores radicales dirigido por Thomas Attwood (1783-1856), que enfatizaba la reforma del sistema monetario. Redactó la
Petición de Birmingham, que contenía cinco puntos: 1) Derecho de sufragio para los cabezas de familia; 2) Voto secreto; 3) Parlamentos de 3 años; 4) Dietas de asistencia para los representantes en el Parlamento; 5) Supresión del requisito de ser propietario para formar parte del Parlamento. (I: 145).

b) El grupo de revolucionarios liderado por James Bronterre O'Brien (1805-1864) y George Julian Harney (1817-1897). Tenía sede en Londres y se nucleaba en torno al periódico de O'Brien, THE OPERATIVE. Fundaron la
London Democratic Association, opositora a la London Working Men's Association. Se inspiraban en el ejemplo de la Revolución Francesa, en especial en Robespierre y en Babeauf. "Eran revolucionarios más bien que reformadores sociales, y tenían un marcado carácter internacionalista. Su socialismo era esencialmente proletario y no oweniano; en todo caso estaba basado en la idea de un levantamiento de la clase obrera contra los ricos. Desdeñaban la respetabilidad del grupo de Lovett, así como la tendencia de los partidarios de Attwood a favorecer la alianza entre la clase media y la clase obrera. No eran 'socialistas' a la manera de Owen o de Fourier, sino más bien a la de Blanqui y del ala izquierda de los movimientos parisienses de la década de 1830." (I: 146). O´Brien colaboró con Feargus O'Connor (1796-1855). (I: 146).

c) En los distritos industriales del norte la preocupación principal de los obreros era la lucha contra la opresión económica. En Lancashire y en Yorkshire había un movimiento de oposición a la Ley de Beneficencia de 1834 y en favor de la "Reforma de las Fábricas". Los dirigentes de estos movimientos eran John Fielden (1784-1849), un patrón radical; Richard Oastler (1789-1861), un
tory de la secta evangélica; Joseph Rayner Stephens (1805-1879), un predicador radical disidente. (I: 147). Ninguno de ellos era socialista (I: 147). En 1837 comenzó a actuar en el norte Feargus O´Connor, un excelente orador, quien empezó a publicar el periódico THE NORTHERN STAR. Nucleó a los restos de los sindicatos obreros de Yorkshire. Frente a la agitación en favor de la Factory Reform, O'Connor y su grupo sostuvieron que sólo mediante el esfuerzo de los propios obreros se podrían conseguir las reformas. Esto los volcó al cartismo, sin renunciar al apoyo a Oastler y Stephens en la lucha contra las nuevas juntas de patronos (Boards of Guardians), que eliminaban el derecho a asistencia de los trabajadores y los condenaban al encierro en los workhouses. (I: 147-148).

O'Connor era, ante todo, un defensor del ideal del pequeño campesino propietario. Autor de
The Management of Small Farms, en la que promovió la división de la tierra entre los campesinos propietarios. Sostenía que ello aumentaría la productividad del suelo y provocaría un alza de los salarios, al disminuir la competencia entre los trabajadores. Rechazó la propuesta oweniana de fundar granjas colectivas. Logró fundar algunas colonias agrícolas "cartistas" (Charterville, O'Connorville, etc.), que consistieron en pequeñas granjas de propiedad individual. (I: 148).

El hecho de que el cartismo fuera el punto de confluencia de diversas corrientes político-ideológicos generó, rápidamente, una serie de conflictos internos. Hay que tener presente que dentro del cartismo convivían un ala democrático-burguesa (Attwood), un ala reformista obrera (Lovett y buena parte de las
trade-unions) y un ala revolucionaria-obrera (O´Brien).

Algunos de los debates "eternos" del movimiento obrero se encuentran prefigurados ya en esta época. Sobre todo, la política de alianzas de los trabajadores y la necesidad de contar con una organización política propia. Estos son puntos fundamentales y están encadenados. La existencia de una organización política propia, esto es, de una organización que abogue por los intereses de clase de los trabajadores en tanto opuestos de manera irreductible al capitalismo, es condición necesaria para poder encarar correctamente la política de alianzas. Autonomía de la clase trabajadora implica construir una alternativa política a la dominación de la burguesía. Esto es, considerar que la abolición del capitalismo es el objetivo hacia el cual deben dirigirse todos los esfuerzos. No se trata de caer en una política de todo o nada (la cual, en definitiva, es el reflejo extremista de la política burguesa), sino de poner en marcha un cambio efectivo de la realidad, construyendo la organización de los trabajadores y demás sectores populares. Autonomía es evitar la tendencia a considerar cada reforma como un objetivo en sí misma, y no como un paso hacia el objetivo final (Recordar al amigo Bernstein). Por eso, cuando una parte de los militantes cartistas rechazaban la alianza con las clases medias y confiaba exclusivamente en los trabajadores, estaba planteando una verdad a medias. Y en política (en la política de las clases trabajadoras) las verdades a medias suelen derivar en agua para la burguesía, que posee todos los recursos para visualizar la situación y que se apoya en un sólido instinto de clase (¡no me toquen el dinero!). Las clases explotadas necesitan de la verdad, de la claridad en la expresión de una posición. Sólo así puede construirse autonomía en condiciones extremadamente difíciles. De ahí que sea necesario insistir en la tesis de que la clase trabajadora no puede arremeter sola contra el capitalismo. La experiencia de los movimientos revolucionarios de los siglos XIX y XX demuestra esto hasta el hartazgo. Mucho menos en las condiciones actuales, en la que la capacidad del capitalismo para generar resignación, indiferencia y distracción se ha multiplicado. Vayamos a 1838 (pero esto es válido hoy). La clase obrera necesitaba construir una organización política (no una dependencia de los partidos de las clases dominantes) para proponerse tareas y objetivos políticos propios, ya fueran estos reformas o el derrocamiento del capitalismo. Ahora bien, cualquiera sea el objetivo propuesto, resultaba imprescindible una política de alianzas que aglutinara a las "clases medias" y a los trabajadores agrícolas detrás de los objetivos del proletariado. Había que evitar llegar a la situación del "solo fúnebre del proletariado". Y una política de alianzas es factible en términos revolucionarios si se cuenta con una organización revolucionaria segura de sí misma. Hay que evitar tanto el aislamiento político de los trabajadores como el seguidismo de los objetivos políticos de la burguesía y de la pequeña burguesía.

En 1838 se unieron en torno a la lucha por la Carta los opositores a la Ley de Beneficencia, los partidarios de la Reforma de las Fábricas, los descontentos de los distritos urbanos, los radicales, republicanos y "socialistas" de diversas vertientes (sólo quedaron afuera una parte de los owenistas y los fourieristas). (I: 149). O'Connor pronto se convirtió en el principal dirigente cartista. Su denuncia de las injusticias económicas y sociales atrajo a los grupos de obreros y mineros. Esto provocó la desconfianza de Lovett (quien lo consideraba un demagogo), y los radicales de Birmingham, quienes querían un cambio pacífico. (I: 148).

A pesar de las diferencias entre los impulsores de la Carta, el movimiento se mantuvo unido. En 1838 se redactó la Petición Nacional, que hacía referencia al malestar económico, hacía referencia a la reforma monetaria y ponía el eje en el sufragio universal y secreto. Fue un intento de combinar los esfuerzos del grupo de Birmingham y de los demás nucleamientos cartistas. (I: 145). La idea que nucleó a los diversos grupos fue la presentación de la Petición en el Parlamento, avalada por cientos de miles de firmas. No se resolvió que hacer si el Parlamento rechazaba la petición. (I: 149).

Hay que tener presente que Cole dice que no va a desarrollar la historia del movimiento obrero, limitándose a indicar los hitos relacionados con la historia de la teoría socialista. De ahí las ausencias que se perciben en esta descripción.

El Parlamento rechazó la Petición. En 1839 se reunió la I Convención Cartista Nacional. En ella se hizo notar la profunda diferencia entre dos posiciones extremas:

a) Cartistas de fuerza física: Grupo minoritario constituido por republicanos radicales y por ex miembros de las trade-unions. Afirmaban que era imposible que el Parlamento se reformara a sí mismo (tomaban nota de la experiencia de 1832). Se dividían, a su vez, entre los partidarios del levantamiento armado, y los que pensaban sólo en utilizar la amenaza del levantamiento para obtener concesiones del Parlamento. Entre los cartistas de fuerza física circuló también la propuesta de impulsar una huelga general (Grand National Holiday) (I: 149-150).

b) Cartistas de fuerza moral: Grupo que consideraba que el movimiento era la continuación de la agitación de la Reforma de 1830-1832. Aspiraban a conseguir el sufragio universal para todos los varones. (I: 149).

Según Cole, la mayoría de los cartistas pertenecían a grupos intermedios entre ambas posiciones. Entre los cartistas de fuerza física y los de fuerza moral predominaban los segundos. (I: 149-150).

En 1839 se produjo la derrota del cartismo, luego del fracaso del Sacred Month y del levantamiento de Newport. Muchos de sus dirigentes fueron encarcelados por breves períodos. (I: 151).

La derrota produjo la divisoria de aguas en el cartismo. Los partidarios de la colaboración de clases (clases medias y trabajadores) migraron a la Unión para el sufragio completo de Joseph Sturge (1793-1859) (4). Lovett redujo al mínimo su relación con el cartismo y se dedicó a la labor educativa mediante su Asociación Nacional para el fomento de la mejora política y social del pueblo. El grupo de la London Working se disolvió. En Birmingham, Thomas Attwood se había retirado. En Escocia se agudizó la división entre el ala izquierda dirigida por O'Connor y la sección partidaria de la "fuerza moral". (I: 151).

En 1840 se produjo la constitución de la Asociación Nacional de la Carta. La jefatura del cartismo pasó decididamente a manos de O'Connor (5). (I: 151).

En 1841 O'Connor pidió a los cartistas que empleasen la fuerza electoral para favorecer a los tories. Esto produjo la ruptura con O'Brien, quien pensaba que los cartistas debían mantenerse independientes tanto de los tories como de los whigs y acumular fuerzas en un proyecto propio. (I: 152). Autonomía de la clase trabajadora. La independencia como recurso pedagógico; mediante ella puede aprenderse a elaborar planes a futuro, a gobernarse a sí mismo. Además, implica adoptar una visión de la totalidad, que trascienda la coyuntura inmediata (el posibilismo). La Asociación de la Carta preparó una Segunda Petición Nacional, que reunió muchas más firmas que la primera. (I: 151-152).

En 1842 se produjo el auge del movimiento cartista. La segunda petición recibe mucho más apoyo de parte de la clase obrera que la primera. Es un año de fuerte depresión industrial; se producen muchas huelgas; la clase obrera lucha desesperadamente contra el hatimbre. Las huelgas de agitación fracasan. O'Connor, quien inicialmente se opuso a las huelgas (creía que estaban manipuladas por los patrones para favorecer la Anti Corn League); posteriormente, promovió una huelga general en favor de la Carta del Pueblo. (I. 152-153). Esto demuestra que no se puede "jugar" a la huelga general. Desde el punto de vista del proletariado, la huelga general es un recurso extremo, que debe utilizarse sólo cuando se está dispuesto a pasar a la insurrección. La huelga general, siendo exitosa, muestra la fuerza de los trabajadores, pero no quiebra la dominación capitalista. Hay que tener en cuenta que esta reposa sobre la propiedad privada de los medios de producción y el monopolio de la fuerza física. La huelga general no derriba ninguno de estos dos pilares. De hecho, es necesario quebrar al aparato represivo del Estado para poder arremeter contra la propiedad privada de los medios de producción. De ahí que la huelga general sea un paso en la insurrección, pero no un fin en sí mismo. Esto sirve para mostrar, otra vez, la necesidad de contar con una dirección política que centralice la lucha.

Ante la nueva derrota, O'Connor convocó ese mismo año (1842) a que los cartistas participaran en la conferencia nacional de la Unión del Sufragio Completo (Sturge). La conferencia votó en favor de la Carta, los partidarios de Sturge se retiraron y el intento quedó en la nada. (I: 153).

A partir de 1843, O'Connor se volcó hacia los proyectos de reforma agraria. Organizó la National Land Company, que poco a poco fue cayendo en un caos financiero. (I: 153).

En 1847 O´Connor fue elegido miembro del Parlamento por Nottingham. El fracaso de su proyecto agrario lo llevó a impulsar nuevamente el cartismo. También se conjugaron los acontecimientos revolucionarios del continente europeo. (I: 153).

En 1848, la Asociación Nacional de la Carta lanzó la 3° Petición Nacional. Esta vez se hablo de "medidas ulteriores" en caso de que no fuera aceptada por el Parlamento. Sin embargo, no hubo un movimiento huelguístico que apoyara la petición. En abril se realizó una gran manifestación en Kennington Common para presentar la petición. La movilización fue contenida por las fuerzas gubernamentales comandadas por el famoso duque de Wellington (1769-1852). Ante el nuevo fracaso, algunos cartistas intentaron un levantamiento, pero no llegaron a concretarlo. La Asamblea Nacional de delegados se reunió y disolvió sin decidir nada. No hubo ninguna "medida ulterior". (I: 153). "Pasado 1848 nunca volvería a tener [el cartismo] ni siquiera la apariencia de un movimiento nacional que tuviese el apoyo de masas." (I: 154).

Este fue el réquiem para la primera experiencia de movilización de masas de la clase obrera. Hay que profundizar en el estudio de esta experiencia, pues los cartistas tuvieron que hacer frente a los problemas concretos de la organización autónoma del proletariado. Algunas cuestiones al respecto: a) la forma de organización necesaria para combinar dirección centralizada - fundamental para potenciar la lucha de las clases dominadas - con movilización democrática de los trabajadores; 2) la elaboración de un programa político propio, dirigido a la emancipación de la clase trabajadora; 3) la política de alianzas (qué hacer frente a las capas medias, los campesinos, cómo aprovechar los conflictos al interior de la burguesía, etc.); 4) la huelga general y la insurrección (el problema de la toma del poder).

Luego de la derrota de 1848 quedaron dos grupos que se reivindicaban cartistas:

a) la reorganizada Asociación Nacional de la Carta, cuya dirección pasó de O'Connor a Ernest Jones (1819-1869) y George Julian Harney (1817-1897). Ambos tuvieron estrecha relación con Karl Marx (1818-1883) y el grupo que había publicado el Manifiesto Comunista. "La izquierda del cartismo, libre del dominio de O'Connor, llegó a considerarse a sí mismo como la rama británica de un movimiento revolucionario internacional y a tener mucho más en cuenta las ideas socialistas y comunistas del continente." (I: 154). Estos cartistas mantuvieron una activa particip ación en The Society of Fraternal Democrats (fundada en 1846). Las derrotas de la Revolución de 1848-1849 provocaron la definitiva decadencia del cartismo. Harney se peleó con Marx por seguir manteniendo contacto con revolucionarios de todas las tendencias. La jefatura de la izquierda cartista pasó a Jones, quien mantuvo la militancia cartista hasta 1858, año en que impulsó la construcción de un movimiento que uniese a la clase obrera y a las clases medias. (I: 154-155);

b) el movimiento de Bronterre O'Brien (1805-1864).

Los sectores de clase media que apoyaron al cartismo lo abandonaron definitivamente y pasaron a engrosar las filas de la Asociación para la Reforma parlamentaria y financiera, dirigida por sir Joshua Walmsley (1794-1871) y Joseph Hume (1777-1855), que reclamaban la "pequeña carta", esto es, el voto para los hombres que eran cabeza de familia. (I: 154).

Buenos Aires, jueves 28 de julio de 2011

NOTAS:

(1) Esta nota está basada en el capítulo 13 (La Carta del Pueblo) del libro de Cole. Los cartistas intervinieron tanto en las luchas de la reforma parlamentaria como en el movimiento oweniano y cooperativista. (I: 144). Sus dirigentes "pertenecían al grupo de los mejores obreros especializados, pobres, pero no miserables, y a los que no afectó en su experiencia personal el sistema de fábricas. Eran autodidactas, de inteligencia superior, entregados al razonamiento, y que se dejaban impresionar fácilmente por la retórica..." (I: 144-145). Para entender el contexto en que se originó el cartismo, hay que tener presente que a finales de la década de 1830 se inició una prolongada depresión industrial, que continuó en la década de 1840. (I: 149).

(2) Hacia 1837 el owenismo conservaba partidarios en Londres, en Birmingham, en Manchester (aquí su influencia era considerable), en algunas ciudades de Yorkshire, en Glasgow y en otros distritos. Pero desde 1834 el owenismo se había ido alejando progresivamente del movimiento de masas.

(3) Los autores de la Carta hicieron consultas a varios políticos radicales, entre los que se contaban Francis Place (1771-1854) y Joseph Hume (1777-1855). (I: 144).


(4) Ligada, a su vez, con la Liga contra la ley de granos o de cereales. (I: 151).

(5) Fue liberado de la prisión en 1841. (I: 151).

martes, 26 de julio de 2011

ALGUNAS REFLEXIONES ACERCA DE LA "NO POLÍTICA": LAS ELECCIONES EN LA PROVINCIA DE SANTA FE

Los resultados de las elecciones celebradas el domingo pasado en la provincia de Santa Fe han generado una proliferación de artículos periodísticos, en los que periodistas y opinólogos de todo tipo y pelaje se afanan por descifrar qué significa el voto al candidato a gobernador del PRO, Miguelito Del Sel. Ya el mero hecho de que la mayoría de las opiniones se concentren en la figura de Miguelito lleva a sospechar acerca de las intenciones de los autores de esos artículos, pues el análisis de las elecciones en Santa Fe no puede reducirse al desempeño del candidato del PRO. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los artículos publicados en los diarios nacionales dedicanmuy poco espacio al análisis de los datos concretos de la elección (en criollo, los votos que sacó cada candidato en cada localidad), y se concentran en cambio en formular opiniones a partir del examen de los datos más gruesos (quien quedó primero, segundo y tercero en las elecciones para gobernador de la provincia).

En el caso de medios como LA NACIÓN o CLARÍN, la fijación de la atención en Miguelito obedece al esfuerzo por presentar los resultados como un golpe directo a Cristina Fernández y al kirchnerismo. En el fondo, no interesa en absoluto establecer las características del electorado del ex (?) Midachi; es más importante para los objetivos políticos de esos medios afirmar la interpretación de que los votantes de Del Sel representan: a) el voto rural enardecido con los Kirchner desde la lucha en torno al aumento de las retenciones en 2008; b) el peronismo tradicional, que se negó a votar al candidato kirchnerista Rossi. Más allá del mayor o menor acierto de estos análisis, lo que realmente importa es convencer al lector de que el voto a Del Sel es un voto antikirchnerista. ¡Chocolate por la noticia!, dirían en el barrio. Lo verdaderamente interesante no es constatar esta obviedad, sino analizar las causas por las que Del Sel fue el elegido por esos votantes, en vez de optar por otras opciones del panorama electoral santafesino. Pero los opinólogos de LA NACIÓN o CLARÍN sólo excepcionalmente transpiran para ganarse el pan.

En el caso de los periodistas e intelectuales kirchneristas, la reacción ante el resultado obtenido por Del Sel es la perplejidad. No salen de su asombro. Es por eso que algunos de ellos han optado por plantear que Miguelito es la expresión de la "no política".

¿Qué significa esto?

Otra vez, como tantas otras, Hernán Brienza, columnista del diario kirchnerista TIEMPO ARGENTINO, hace punta y escribe: "...el aluvión de votos a Miguel del Sel en la provincia de Santa Fe (...) es un voto de la no política, inmanejable, que perfora la lógica de acción de todos los demás partidos políticos, ya sea del oficialismo como de la oposición (...) el voto “no político” es inmanejable, es incompatible desde la lógica política, porque se mueve por simpatías, por humores, por climas." (TIEMPO ARGENTINO, 26/07/2011). En términos de Brienza, escribir sobre Del Sel, devanarse los sesos tratando de entender, no tiene sentido. ¿Cómo iba a tenerlo, si la "antipolítica" es, por definición, "imprevisible". Es un obstáculo inesperado contra el que chocó el peronismo en su impetuosa marcha hacia la victoria en las elecciones de octubre. A nuestro juicio, la opinión de Brienza no es fruto de la necedad ni del cálculo político. Hay una cuota grande de sinceridad en ella. Para muchos kirchneristas convencidos, el voto a Del Sel (como, aunque en menor medida, el voto a Macri) es un fenómeno que sólo puede explicarse a partir de la estupidez de los votantes.

Para ser justos con Brienza vamos a tomarnos el trabajo de reproducir un pasaje de una nota de opinión publicada en el mismo diario por Enrique Martínez, titular del INTI: "A partir de 2003, sin embargo, se produjo una situación política que probablemente no haya estado en los planes ni en el imaginario de los sectores más poderosos del país. Apareció un gobierno de corte popular que no fue cooptable y que –aquí está lo más inesperado– construyó una política económica y social exitosa. A mucha gente empezó a irle mejor en el país. En realidad, a toda la gente, porque las empresas más poderosas ganaron y ganan más dinero que nunca gracias a un mercado interno fortalecido y exportaciones que crecen en un mercado internacional con demanda insatisfecha." (TIEMPO ARGENTINO, 26/07/2011). Para entender el clima mental que viven muchos kirchneristas es conveniente aceptar por el momento la veracidad de todo lo dicho por Martínez (el énfasis puesto en las empresas ya nos da una pauta de para donde apunta nuestro funcionario). Si la política económica y social es "exitosa", y ha generado bienestar para TODA la población, ¿de dónde diablos puede salir el voto a Del Sel? Es una aberración, una especie de masoquismo, agravado por el carácter multitudinario del mismo.

Ahora bien, plantear que el voto a Del Sel es un voto "no político" es demasiado simplista, demasiado irresponsable, sobre todo si tenemos alguna intención seria de transformar la realidad. ¿Qué el ex (?) Midachi no sabe nada de política? ¡Chocolate por la noticia, otra vez! Esto se supo siempre. Además, y esto habría que tenerlo en claro de una vez por todas, no hace falta saber de política, ser un "intelectual esclarecido", para hacer política con eficacia. Plantear las cosas de la manera en que lo hacen algunos periodistas e intelectuales kirchneristas es un modo elegante de cerrar la discusión , evitar el mal trago de ponerse a reflexionar sobre lo que está mal en el modelo y, ¡horror de los horrores!, llegar a cuestionarse el carácter mismo del modelo. En vez de mirarse el ombligo como hace Martínez en su artículo, los militantes kirchneristas podrían reflexionar sobre el hecho curioso de que el conjunto de la clase dominante (empresarios industriales y rurales, banqueros, acreedores externos) se ha enriquecido fabulosamente con el modelo económico vigente. Tal vez sería interesante que hicieran el ejercicio de confrontar los resultados electorales de Santa Fe con los balances de las principales empresas y bancos durante el 2010. A veces, lo más difícil es aprender lo evidente: si las empresas ganan, los trabajadores y los sectores populares tienen, por lo menos, que estar preocupados. Algo se está haciendo mal, si el gobierno se define como "nacional y popular"...

Ahora estamos en condiciones de salir de los estrechos límites del pensamiento "nacional y popular". El capitalismo (vamos a usar por un rato algunos términos provenientes del Jurásico) se caracteriza, en tanto forma de organización social, por la separación entre política y economía. La política es el ámbito en el que impera el régimen democrático, en el que todos somos ciudadanos iguales ante la ley, que eligen sus gobernantes en elecciones realizadas periódicamente. La economía es el espacio en el que reinan los capitalistas (los empresarios) de manera dictatorial. Así, en cada empresa, es la gerencia la que establece qué se va a producir, de qué modo y en qué cantidad. Los trabajadores no votan ni tienen voz en esas decisiones. La fábrica, la oficina, la tienda o la sucursal, el campo, son lugares en los impera una dictadura, legitimada por el hecho de que las partes han aceptado "libremente" las condiciones de trabajo. Esa dictadura se basa en el monopolio por la clase capitalista de los medios de producción social, en la propiedad privada de los mismos. Desde este punto de vista, el lugar de trabajo es un lugar político, es un lugar en que se hace política entendida como la generación y la perpetuación de una estructura de poder desigual. Pero la división entre política y economía, propia del capitalismo, permite disimular esa situación. El truco consiste en que la política son sólo las elecciones y el Estado, en tanto que lo que pasa en el lugar de trabajo corresponde al ámbito privado y se halla fuera de la política.

De modo que hablar de "no política" es profundamente erróneo. Es contribuir a la confusión general que proponen las mismas relaciones capitalistas. El fenómeno Del Sel deja de ser una anomalía si se perciben las formas variadas en que se hace política en nuestra sociedad. El modelo de acumulación imperante desde 2003 ha dejado intactas las bases del poder social en Argentina. La "revolución cultural" del kirchnerismo no llegó a la fábrica, a la oficina, al comercio, al campo. En estos lugares sigue imperando una dictadura cotidiana que enseña a los trabajadores que la política no sirve para cambiar la realidad (y esta enseñanza es mucho más severa en el caso del 35% de trabajadores "en negro"). Si esto es así, la política pasa a ser concebida como un "chamuyo". Ese es el caldo de cultivo para los Del Sel. En nuestra opinión, la "no política" no es un fenómeno marginal ni un meteorito que cayó del cielo, sino que se trata de una característica fundamental de la sociedad capitalista. Y Argentina, nos guste o no, sigue siendo un país capitalista.

Buenos Aires, martes 26 de julio de 2011

lunes, 25 de julio de 2011

EL SENTIDO COMÚN Y LOS RESULTADOS DE LAS ELECCIONES EN LA PROVINCIA DE SANTA FE

El sentido común de una sociedad determina lo que está bien y lo que está mal, lo que es permitido y lo que es prohibido hacer. En política, el sentido común pone los límites, establece las fronteras entre aquello que se puede modificar y aquello que es inmodificable. A partir de la noción de sentido común podemos formular la distinción entre dos tipos de acción política. De un lado, las acciones dirigidas a reforzar el sentido común dominante, a fortalecer el carácter natural y eterno de las relaciones de poder existentes. De otro lado, las acciones tendientes a lograr la ampliación y la modificación del sentido común vigente, la militancia cuyo objetivo es mostrar que lo existente (lo "natural") puede y debe ser modificado.

Los resultados de las elecciones de ayer en la provincia de Santa Fe representan una bofetada aplicada por el sentido común a las ilusiones de quienes creen que los llamados "cambios culturales" son la vía para la construcción de una nueva hegemonía popular, capaz de disputarle el poder a las clases dominantes. El argumento que esgrimen estos militantes de "lo cultural" es el siguiente: el fracaso al imponer la Resolución 125/08 mostró a las claras que la correlación de fuerzas es altamente desfavorable al "campo nacional y popular", al que identifican con el gobierno de Cristina Fernández. Entonces, dicen estos militantes, el camino a seguir consiste en renunciar a todo intento de confrontar materialmente con los poderosos, y concentrarse en dar la "batalla cultural". La ley de medios y el matrimonio igualitario son dos de los aspectos más relevantes de dicho empeño, definido por sus defensores como la puesta en marcha de una "revolución cultural". En medio de su entusiasmo por "transformar la realidad", los más sofisticados de estos militantes convirtieron a Antonio Gramsci, el marxista italiano que siempre tuvo claro que la política era una lucha por tomar el poder, en un progresista ilustrado, partidario de la lucha mediática y enemigo de la lucha de clases.

Mientras nuestros militantes se esforzaban, los empresarios acumulaban y acumulaban, ganaban y ganaban. Puesto que la "batalla cultural" no cuestionaba ni la legislación laboral de los '90, ni las privatizaciones, ni las ganancias de los empresarios, y dado que un 35% de los trabajadores en actividad seguían trabajando "en negro", los capitalistas se dedicaron de lleno a la tarea de aumentar sus ganancias aprovechando las condiciones favorables. La economía del país creció y creció desde el 2003 en adelante. El sentido común capitalista, ese que enseña que cada uno debe dedicarse a hacer dinero y a mirar al prójimo como a un enemigo, se fortaleció en lo cotidiano, imponiéndose en cada fábrica, en cada oficina, en cada comercio, en cada campo. Los trabajadores aprendían y volvían a aprender día a día que los empresarios tenían la sartén por el mango y que ningún cambio colectivo era posible. La "batalla cultural" se concentraba en los medios. El sentido común capitalista en la vida cotidiana.

Miguel Del Sel, como Mauricio Macri en la ciudad de Buenos Aires, representa una expresión de ese sentido común que hace del dinero, el individualismo y el egoísmo, los valores supremos de nuestra sociedad. Su éxito electoral es una consecuencia paradójica del crecimiento económico promovido por el kirchnerismo. El sentido común imperante enseña que la política no sirve para solucionar los problemas cotidianos y que, por tanto, no tiene sentido pensarla como empresa colectiva dirigida a cambiar la sociedad. En cambio, el sentido común nos dice que la política puede ser una herramienta de progreso individual, y para ello es preciso que esté en manos de los exitosos, de los empresarios, de los tipos que han sabido escalar posiciones en esta sociedad. De ahí que figuras como Miguelito Del Sel sintonicen mejor con ese sentido común que muchos candidatos kirchneristas, que hacen discursos sobre lo bueno que es cambiar la sociedad, pero que se muestran incapaces de modificar un milímetro las condiciones de la vida cotidiana.

Estas reflexiones son, por supuesto, muy incompletas, y tienen que ser reformuladas a partir de un análisis cuidadoso de los datos finos de las elecciones de ayer. No obstante esto, puede afirmarse que esos resultados del comicio ponen en el centro del debate la cuestión de los medios para transformar el sentido común dominante en nuestra sociedad.

Buenos Aires, lunes 25 de julio de 2011

domingo, 24 de julio de 2011

NORBERTO GALASSO Y EL "SOCIALISMO NACIONAL" (V)


En la nota final de esta serie nos ocuparemos de la crítica formulada por Galasso a las distintas corrientes de la izquierda en Argentina.

Galasso hace una crítica general a toda la izquierda, y luego plantea una serie de críticas particulares a cada una de las expresiones de dicha izquierda. Examinemos, por tanto, las formulaciones de Don Norberto en el mismo orden en que éste las presenta.

En el comienzo mismo del texto, Galasso hace referencia a una izquierda que desconoce a "la cuestión nacional existente en la Argentina". (p. 7).

¿Cuál es la causa de este desconocimiento?

Galasso sostiene que el socialismo en Argentina fue, desde sus orígenes, un producto extraño, traído por los inmigrantes extranjeros de fines del siglo XIX. "El socialismo aparece así en la Argentina, no como el resultado natural de una sociedad capitalista en plena expansión donde los obreros se nuclean en grandes fábricas, sino como un producto importado por esos inmigrantes (...) Estos luchadores sociales europeos importan un socialismo ya inficionado de reformismo, en franco aburguesamiento y uno de cuyos elementos claves es la desviación nacionalista reaccionaria. En estos inmigrantes, la bandera del internacionalismo se constituirá en una de sus reivindicaciones más irreductibles pero detrás de ese internacionalismo aparente permaneció siempre vivo el chovinismo alemán o francés, acrecido por la lejanía de la patria y manifestado permanentemente en una fervorosa adhesión a la «civilización» que, por supuesto, no es posible crear desde la Argentina bárbara sino importar desde la Europa adelantada." (p. 43-44).

El pasaje transcrito es significativo, pues marca que el "nacionalista" Galasso adopta una posición "cosmopolita" para analizar la cuestión del socialismo en Argentina. En vez de realizar un estudio cuidadoso de las formas y los caminos peculiares por los que se fue implantando el socialismo (y, corresponde decirlo, al momento de fundarse el Partido Socialista - 1896 -, el socialismo tenía una larga historia en nuestro país), Galasso parte de una "tesis universal", de un esquema "transnacional". Según Don Norberto, el socialismo es el "resultado natural" de la expansión del capitalismo, de la aparición de las grandes fábricas.

Ahora bien, y antes de seguir con el análisis, es preciso dejar sentadas dos cuestiones: a) el socialismo (incluido el "nacional") es un producto europeo, pues el capitalismo, nos guste o no, tuvo su origen en Europa (concretamente, en algunas zonas de Europa occidental); b) la expansión del socialismo, su desarrollo, sigue una evolución calcada del patrón europeo (grandes fábricas = socialismo).

No es casual que Galasso se manifieste respecto de los orígenes del socialismo en Argentina en la misma forma que lo hacen los auténticos nacionalistas, esos que no precisan de una cobertura socialista para justificar su ideología. Dichos nacionalistas razonan del siguiente modo: lo único genuino es lo nacional, es decir, aquello que tuvo origen en esta tierra; el socialismo es foráneo, pues fue traído de Europa; el socialismo es malo, pues no es nacional. Galasso, mucho más "ilustrado" que estos nacionalistas, no califica de "malo" al socialismo; en vez de usar esos calificativos, prefiere decir que es "antinacional". Don Norberto se queda muy orondo con su razonamiento, pero no advierte que, al hacer esto, se da la mano con nuestros nacionalistas que, por lo general, han hecho un culto de la lucha contra los intereses populares.

Ahora bien, si lo único valioso (en un sentido positivo) es lo nacional, entonces sólo las teorías, ideas y concepciones desarrolladas por los pueblos originarios pueden pasar la prueba del criterio del amigo Galasso. Tanto el socialismo "nacional" de Galasso, como el nacionalismo, como el capitalismo, son creaciones europeas y, por tanto, "foráneas". ¿Por qué, entonces, endilgarle exclusivamente al socialismo algo que es un pecado general? Galasso no responde a este interrogante. En rigor, tal pregunta no existe para él. Don Norberto razona de un modo esquemático, totalmente alejado de las dificultades que implica estudiar lo concreto. Al igual que los nacionalistas "genuinos", Galasso piensa que existe una esencia de lo nacional (algo que algunas nacionalistas denominan el "Ser Nacional"). Para Galasso, esa esencia habita en el pueblo (en los "descendientes de las Montoneras" del siglo XIX), y solamente haciendo caso a esa esencia puede construirse un movimiento de liberación verdaderamente popular. Esta concepción es tan profundamente "foránea" (el nacionalismo moderno es producto del capitalismo) como disparatada. El socialismo moderno se construyó, precisamente, rompiendo con la tradición esencialista en el pensamiento social. Si existen las esencias en el sentido de matrices inmutables, idénticas a sí mismas, es imposible pensar la política. Sólo hay buenos y malos, que se enfrentan en una larga e interminable lucha. En Don Norberto, dicha lucha adopta la forma de confrontación entre el "socialismo nacional" (representado en la figura del mismísimo Galasso) y el "socialismo antinacional" (todos los demás).

El error fundamental radica en la forma misma en que Galasso plantea el problema. La cuestión no pasa por el origen nacional o "foráneo" (dejemos esta cuestión para los nacionalistas "genuinos", siempre tan preocupados por los problemas "europeos"), sino por la existencia o no de una voluntad política de construir una hegemonía popular que discuta el orden establecido por las clases dominantes. Galasso, inmerso en los problemas "europeos", deja la resolución de la cuestión en manos del peronismo.

En un sentido fuerte, todas las secciones del libro dedicadas a la crítica de la izquierda están de más. Esto es así porque, desde el comienzo, la izquierda argentina arrastra un "pecado original": tener un origen "foráneo". No obstante esto, Galasso dedica su esfuerzo crítico a "pulverizar a cada una de las manifestaciones de esa izquierda "antinacional".

El viejo Partido Socialista se lleva una parte importante de los palos de Don Norberto pues, al fin y al cabo, es el responsable directo del "pecado original". ¿Qué dice de los grupos socialistas que confluyeron en la fundación del Partido Socialista? "Su agrupamiento por nacionalidades, sus periódicos en lengua extranjera y sus festejos del 1º de mayo con cánticos en idioma natal, constituyen la mejor prueba de que no se trata de socialistas internacionalistas actuando en la Argentina sino del reflejo, en la Argentina, de los distintos grupos de la socialdemocracia europea, disimulando bajo la bandera internacionalista sus orgullos y pretensiones nacionales." (p. 44). Si no fuera porque ya conocemos el paño, habría que decir que este pasaje (¡cómo tantos otros!) es un insulto a los esfuerzos de tantos militantes anónimos, que trabajaron en condiciones extremadamente difíciles desde, por lo menos, principios de la década de 1870.

Juan B. Justo (1865-1928), uno de los fundadores y principal dirigente del Partido Socialista y quien tiene entre sus méritos el ser autor de la primera traducción al español del Libro Primero deEl capital de Karl Marx (1818-1883), es despachado así por Don Norberto: "pequeño burgués formado en la universidad oligárquica, Justo adhiere a los mitos que la oligarquía implanta a través de diarios, libros y escuelas, como reaseguro de su concubinato con el imperialismo." (p. 44).

El socialismo, producto "foráneo", queda reducido al carácter de "socialismo colonial, definidamente antinacional, que jugará siempre - fiel a su origen - como ala izquierda de la oligarquía." (p. 45). Definida su esencia, fija por los siglos de los siglos, ya no queda más que decir. Galasso se dedica, por tanto, a encontrar calificativos: "Ese partido socialista, alimentado por el liberalismo oligárquico antinacional y el reformismo socialdemócrata claudicante, constituyó así un importante aliado de la oligarquía y por ende del régimen semicolonial que ella y el imperialismo habían implantado en la Argentina." (p. 47).

No es nuestra intención hacer una defensa del Partido Socialista. Estamos muy lejos de eso. Sin embargo, hay que decir que resulta extraño que alguien que se dedica a la historia haga un análisis tan esquemático. En vez de acumular calificativos, sería más responsable estudiar las condiciones sociales que ejercieron influencia sobre el tipo específico de socialismo que se desarrolló en Argentina. Pero, claro está, hacer esto implicaría dejar de lado el punto de vista centrado en la disputa "lo nacional versus lo antinacional", y esto es imposible para un "socialista" como Galasso.

Toda la crítica a la izquierda en Argentina está signada por el enorme nivel de abstracción. Para Galasso, la Argentina es una "semicolonia" desde fines del siglo XIX y hasta 1973 inclusive. No hay cambios (salvo, por supuesto, los que implantó el peronismo en 1946-1955 y que fueron removido por el golpe de 1955). Dada la naturaleza semicolonial de la sociedad argentina, cualquier izquierdista que privilegie la lucha de clases (capitalistas versus trabajadores) es un cipayo al servicio de intereses foráneos. Si el lector piensa que esto es exagerado, le recomendamos el siguiente pasaje: "En un país colonial o semicolonial [Galasso nunca aclara la diferencia], la cuestión nacional es el problema fundamental a resolver. La clase dominante es una oligarquía (minera o agraria) asociada al imperialismo y el orden que prevalece, en favor de esa alianza, significa la opresión sobre el resto de las clases sociales. Allí está la contradicción fundamental y por eso los movimientos nacionales asumen un contenido revolucionario, aún cuando no se definan como antiimperialistas [Lo nacional es revolucionario, sea o no antiimperialista...¡Pobre socialismo, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!] Porque si bien el país subyugado sufre, en última instancia, la opresión del capitalismo como sistema mundial en su etapa imperialista, esa opresión no se manifiesta como desarrollo capitalista en la semicolonia, sino todo lo contrario, como insuficiencia de capitalismo. De ahí que los primeros avances nacional-democráticos de la semicolonia signifiquen al par que la liberación de la opresión imperialista, el crecimiento de las fuerzas productivas en el marco capitalista. Los seudo izquierdistas distraídos protestan entonces porque la pretendida liberación no avanza por el camino de la supresión de las clases sociales y después de escandalizarse porque esa revolución crea «nuevos ricos», pasan a la oposición donde inevitablemente la oligarquía reaccionaria los recibe con los brazos abiertos. En cambio, los desocupados, que no sufrían de capitalismo, sino de falta de capitalismo, se convierten en obreros e integran entusiastamente la caravana del movimiento nacional" (p. 60-61).

En su entusiasmo, Galasso olvida algunos detalles. En primer lugar, confunde al enemigo, porque el Partido Socialista nunca abogó decididamente por la supresión de la propiedad privada. En segundo lugar, y esto es mucho más importante, pasa por alto la necesidad de construir una alternativa política propia por parte de los trabajadores y de los sectores populares. Galasso propone sumarse al movimiento de liberación nacional (liderado por la burguesía "nacional") y punto. En otras palabras, incorporarse al peronismo. En esta cuestión, Don Norberto muestra, otra vez, hasta que punto dejó de ser socialista. La única garantía de que las luchas sociales deriven hacia una organización socialista de la sociedad es la construcción de una política autónoma por parte de los trabajadores. La burguesía, sea "foránea" o "nacional", no está interesada en el socialismo.

Las opciones que plantea Galasso son falsas si nos paramos a analizarlas desde el punto de vista de una política socialista. Para Galasso se trata: a) "coincidir con los sectores conservadores usufructuarios del coloniaje" (p. 62); o, b) "apoyar esta revolución en marcha luchando por la profundización del proceso"(p. 62). En ambos casos, los socialistas son veletas que apuntan hacia donde sopla el viento. Perón(1895-1974), cuya maestría para construir un movimiento a partir de fuerzas heterogéneas está fuera de discusión, precisaba de una izquierda que se moviera entre las opciones planteadas por Galasso.

La izquierda argentina, a lo largo del siglo XX, ha mostrado una gigantesca incapacidad para construir una política alternativa a la de las clases dominantes. Frente a este problema, que es nada más ni nada menos que el de construir una política propia, Galasso responde planteando la necesidad de esconderse en las filas del "movimiento nacional". Esta solución muestra claramente la renuncia a la elaboración de toda política socialista.

Hay que decir, para ser honestos con Don Norberto, que nuestro autor tiene conciencia de la crítica que acabamos de formular. Así, se preocupa por responder de antemano: "Durante el período de ascenso del nacionalismo democrático en la semicolonia, el auténtico socialismo sólo cumple un papel revolucionario si apoya críticamente el proceso, asumiendo el papel de ala izquierda de la Revolución Nacional y pugnando porque la clase obrera se convierta, cada vez más en actor protagonista del proceso. En vez de condenar al movimiento nacional porque haya burgueses en su seno (...) ese socialismo luchará porque la clase obrera tenga hegemonía en el frente nacional, profundizando así su vigor revolucionario y dándole al antiimperialismo un contenido socialista." (p. 62-63). Todo esto es muy lindo, pero ¿cómo conquistar la hegemonía en ese "frente nacional" si la política propuesta por Galasso consiste en esconder la cabeza y en reemplazar al socialismo por el nacionalismo? No hay que olvidar que todo el texto gira en torno a la idea de que la cuestión nacional es más importante que la lucha de clases y que la renta colonial ha reemplazado a la extracción de plusvalor como la fuente principal del poder capitalista. Hablar de hegemonía de la clase obrera cuando se ha destruido a conciencia la base teórica de esa hegemonía es, por lo menos, poco serio.

Para terminar, porque esta nota se ha extendido mucho más allá de lo previsto, observemos como Don Norberto despacha al resto de las corrientes de la izquierda argentina.

El Partido Comunista es presentado como una organización "foránea", manejada a control remoto por la mano de Stalin (1879-1953): "el nuevo grupo representaba otro socialchovinismo [la comparación es con el Partido Socialista] que sacrificaba toda posible acción revolucionaria en aras de la exaltación y propaganda del proceso ruso (...) La stalinización del Partido Comunista de la Argentina lo convierte, entonces, enun mero títere que brinca, salta, hace reverencias y cae con las piernas abiertas sobre el escenario, según lo determinan los hilos que lo atan a Moscú." (p. 91). Hacer esta afirmación es demasiado fácil, y no exige gran esfuerzo mental. Sin embargo, creemos que es más interesante, para la causa socialista, rastrear las raíces "nacionales" del reformismo del Partido Comunista.

Por último, y hay que tener en cuenta que Galasso escribe su ensayo en 1973, nuestro autor reserva algunos dardos para la guerrilla no peronista (el PRT-ERP). Como era de suponerse, ubica a la misma en las filas del socialismo "antinacional". Su crítica incluye dosis de paternalismo (un reconocimiento del "heroísmo" de los combatientes del ERP) y de suficiencia doctrinaria (los califica de jóvenes de la pequeña burguesía alejados de las masas). Así, "ambos [El PRT y el PST], más allá de sus distintos métodos, propugnan una política proletaria pura cuyo único programa es un socialismo neto que obsequisamente ofrecen a la clase trabajadora mientras sindican al resto de los partidos y del pueblo como agentes de la burguesía. Por supuesto, no operan progresivamente en la política argentina, sino que repiten los viejos vicios del socialismo antinacional." (p. 99). El análisis de Galasso, como tantas otras veces, resulta vacío de todo contenido real, pues su crítica al PRT-ERP omite, precisamente, lo fundamental del contexto de 1973, que es la situación prerrevolucionaria abierta por el Cordobazo en 1969. Don Norberto, que escribe en medio de una situación inédita en la historia argentina, se aferra a los viejos patrones de análisis y pierde toda conciencia del momento que estaba viviendo. En este sentido, su esencialismo le juega otra mala pasada.

En definitiva, Galasso pretende mostrarnos el camino para la construcción de un socialismo "nacional". Por este camino (y no nos corresponde dudar de sus intenciones) llega a la renuncia de los principios teóricos fundamentales del socialismo y al abandono de cualquier intención de construir una organización política propia, capaz de disputarle poder a la burguesía. Dados estos resultados, resulta extraño que hoy en día (2011) Galasso aparezca, a los ojos de algunos, como una especie de prócer del pensamiento antiimperialista. En nuestra opinión, sólo la persistencia de las transformaciones estructurales impuestas por la dictadura militar de 1976-1983 puede dar cuenta de semejante disparate.

Mataderos, domingo 24 de julio de 2011

miércoles, 20 de julio de 2011

NORBERTO GALASSO Y EL "SOCIALISMO NACIONAL" (IV)


En esta nota, y antes de pasar a la crítica que hace Galasso a la izquierda argentina, nos vamos a referir al modo en que nuestro autor despacha el tema de la cuestión nacional en la obra de Lenin (ya habíamos comenzado a tratar esta cuestión en la nota anterior).

El punto de partida es la supuesta centralidad que Lenin otorga a la cuestión nacional. En las notas anteriores hemos abordado extensamente esta temática, así que aquí vamos a evitar, en la medida de lo posible, caer en repeticiones. Galasso afirma que la teoría del imperialismo, desarrollada por Lenin, constituye la base para comprender la relevancia de la cuestión nacional para el socialismo. Al igual que en la nota anterior al mencionar el papel de la cuestión nacional en la obra de Lenin, tampoco aquí vamos a profundizar en el análisis de la teoría leninista del imperialismo. Hacer esto nos llevaría muy lejos del objetivo de estos notas. Basta con concentrarse en la interpretación que hace Galasso de la teoría leninista.

Don Norberto dice textualmente: "Este replanteo de Lenin [la afirmación de la importancia de la cuestión nacional] está estrechamente ligada a su estudio sobre el fenómeno imperialista, pues [la] sobrevivencia del capitalismo se hace posible gracias a la exportación del capital, es decir, a la dominación sobre las colonias" (p. 51). El argumento es claro. La cuestión nacional desplaza a la lucha de clases en el centro de la política socialista porque la acumulación de capital se desplaza desde la extracción de plusvalor a los trabajadores hacia la extracción de una renta extraordinaria en las colonias. Si se admiten estos desplazamientos, se puede aceptar la posición de Galasso. Si son falsas, el argumento de Galasso se transforma en una mera defensa del nacionalismo, en la que el socialismo brilla por su ausencia. Como ya explicamos en la nota anterior, las afirmaciones de Galasso acerca del papel que cumple la renta colonial en la acumulación de capital son insostenibles.

En este punto, no estamos discutiendo la pertinencia actual del análisis leninista del imperialismo. Casi resulta innecesario aclarar que una obra escrita en 1916 [fecha de la primera publicación de El imperialismo, fase superior del capitalismo, de Lenin] no puede pretender seguir vigente, sin modificaciones, en 2011, pues ello implicaría pasar por alto la naturaleza dinámica del capitalismo. De lo que se trata es de Galasso, y hay que decir que Don Norberto, escribiendo en 1973, no hace referencia a ninguna crítica o discusión sobre el texto de Lenin. En Galasso todo se halla cristalizado, nada se mueve. Esto puede parecer extraño en alguien que ejerce el oficio de historiador, pero es así. 1916 es la fecha en que el capitalismo queda petrificado en una estructura metrópolis imperialistas - colonias fuentes de renta colonial.

¿Hace falta decir algo más sobre la interpretación que hace Galasso de Lenin?

Poco. Conviene transcribir esta pasaje: "La cuestión nacional (...) adquiere así una relevancia fundamental en toda política socialista. El socialismo debe asumir pues en las semicolonias un contenido antiimperialista, es decir, nacional, en sentido revolucionario." (p. 56). En verdad, y como ya indicamos, para Galasso todo el socialismo (ya sea de las colonias o de las metrópolis capitalistas) tiene que alzar la bandera de la cuestión nacional, pues el capitalismo "sobrevive" gracias a la explotación de las colonias.

El resto de la argumentación consiste en demostrar la necesidad de que la clase trabajadora actúe subordinada políticamente a la burguesía, pues la cuestión nacional está por encima de todo. "Mientras en el país opresor la socialdemocracia se adueña de los obreros y la lleva a justificar la dominación imperialista en perjuicio de sus hermanos de clase, a su vez, en el país oprimido la lucha antiimperialista alinea en el frente nacional a los proletarios junto a sectores de su burguesía." (p. 79; el resaltado es mío.).

En resumen, el socialismo "nacional" de Galasso se basa en tres grandes supuestos: a) el capitalismo ha pasado de un estadio competitivo a un estadio imperialista; b) en su estadio imperialista, la fuente principal de la acumulación de capital es la renta colonial; c) la centralidad de la renta colonial produce un desplazamiento de la contradicción principal fundamental de la sociedad capitalista, que deja de ser la lucha entre capitalistas y trabajadores, y pasa a ser el conflicto entre países dominantes y colonias. Como hemos visto, estos tres supuestos son falsos.

Para concluir esta nota hay que hacer una observación sobre la "ingenuidad" de la caracterización que hace Galasso de la división internacional del trabajo en el capitalismo. Para él sólo existen potencias imperialistas y países coloniales, estando los segundos plenamente sometidos a la dominación de los primeros. No se esfuerza en ningún momento por establecer "matices" y "distinciones" al interior del grupo de los países coloniales. Así, por ejemplo, la estructura social argentina es muy diferente, y esto tiene enormes consecuencias para la acción política en Argentina y en Haití. Galasso, obsesionado por marcar la primacía de la cuestión nacional, no se ocupa para nada de estas diferencias.

¿Cuál es la causa de este "olvido"?

Galasso lo dice con toda claridad: "La cuestión nacional es el punto de partida para la comprensión de la realidad argentina, de su historia, de su presente y de toda posibilidad revolucionaria futura." (p. 102). Si todo se reduce a la cuestión nacional, ¿qué sentido tiene hablar de socialismo? Así, el esquematismo en el análisis, la renuncia a tomar nota de los cambios experimentados por el capitalismo a partir de 1916, la negativa a tomar en cuenta las diferencias de situación entre los distintos países coloniales, todo ello es funcional a una radical afirmación del nacionalismo sobre el socialismo. Para un socialista, el punto de partida es el proceso de trabajo. Para Galasso, el proceso de trabajo es, probablemente, un mito imperialista...

En la nota final de esta serie nos ocuparemos de la crítica que Galasso hace a las distintas corrientes de la izquierda en Argentina.

Buenos Aires, miércoles 20 de julio de 2011

martes, 19 de julio de 2011

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (17): LA EVOLUCIÓN DEL OWENISMO DESPUÉS DE 1834. EL SOCIALISMO DE BRAY.


Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo indicación en contrario, de: Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista. I: Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.

26. La evolución del owenismo después de 1834.

Owen prosiguió con sus proyectos de construir "aldeas de cooperación" (luego llamadas "colonias interiores). (I: 133). Fundó la Asociación Federada Británica y Extranjera de Industria, Benevolencia y Saber (luego sustituida por la Unión Nacional de Clases Industriales). Posteriormente
primó el elemento religioso, y la organización pasó a denominarse Society of Rational Religionist. A sus adherentes se los llamó socialistas (en 1841 adoptaron oficialmente este nombre). (I: 133).

"El owenismo, después de 1834, dejó completamente de ser un movimiento de masas, y Owen dejó de tener relación con los sindicatos." (I: 134). Sin embargo, mantuvo influencia sobre el movimiento obrero, en especial a través de las sociedades cooperativas. (I: 134).

Se reanudó la actividad en favor del establecimiento de cooperativas modelo. Owen organizó a los ricos que lo apoyaban en una sociedad de colonización interior; la Sociedad Racionalista reunía colectas entre los obreros.

En 1839 fue fundada Harmony Hall (o Queenwood) en East Tytherly, Hampshire. Desde el principio estalló el conflicto entre los ricos filántropos owenistas y los socialistas obreros de la Sociedad Racionalista. Los primeros querían controlar la administración de la colonia y nombraron patronos para ello, en acuerdo con Owen; los obreros pedían que Queenwood fuera una democracia completa y que todos los colonos participasen en el trabajo necesario para mantenerla (algunas personas de clase media que habían ido a vivir a la colonia pagaban por su alojamiento, pero se negaban a realizar un trabajo manual). Se debió contratar a trabajadores externos para ayudar a los obreros de la colonia. La Sociedad Racionalista nombró a un administrador para democratizar la colonia; los filántropos reaccionaron cerrando Queenwood (1846).

Los socialistas de la Sociedad Racionalista también enviaron misioneros por todo el país para predicar la "religión racional". Andando el tiempo ésta se fusionó con los movimientos secularistas posteriores dirigidos por George Jacob Holyoake (1817-1906) y Charles Bradlaugh (1833-1891). (I: 134). También desarrollaron una fuerte labor educativa, fundando escuelas para niños, salas de ciencias y e instituciones sociales (donde se enseñaban y daban conferencias). (I: 134-135). Colaboraron con las sociedades cooperativas, entre ellas la
Rochdale Pioneer's Society (punto de partida del movimiento cooperativo moderno). (I: 135).

La Sociedad Racionalista ejerció influencia sobre el movimiento
Redemption of Labour (2), que intentó enlazar las mutualidades y las ideas cooperativas. "Cada miembro de una 'sociedad redentora' debía suscribir un penique a la semana para formar un fondo. Las cantidades así recogidas se emplearían en establecer granjas y fábricas campesinas y aldeas completas bajo la dirección de una sociedad, y los suscriptores recibirían ganancias como réditos del capital que hubiesen invertido." (I: 135). La Sociedad de Leeds fundó una colonia en Gales del Sur, que duró varios años. El movimiento fue desapareciendo en la década de 1850.

27. John Francis Bray (1809-1895).

Según Cole, este obrero impresor anglo-estadounidense fue autor del "libro que mejor sintetiza el owenismo y las doctrinas económicas británicas anticapitalistas". (I: 136).

Bray nació en Washington D. C., de padre inglés (era actor) y madre estadounidense, y fue llevado a Gran Bretaña por su padre en 1822. Su familia se estableció en Leeds, y en 1835 comenzó a tener relación con el movimiento obrero. En 1835 y 1836 aparecieron escritos suyos en el LEEDS TIMES. En 1837 fue elegido tesorero de la Asociación Obrera de Leeds, recién fundada. Dio conferencias en esta asociación y en 1839 publicó su obra principal, Labour's Wrongs and Labour's Remedie, or The Age of Might and the Age of Right (3). Leeds era el centro del cartismo del norte. Permaneció en Gran Bretaña hasta 1842, en que regresó a EE. UU. Allí desempeñó un papel secundario en el movimiento obrero estadounidense de las décadas de 1870 y 1880. Fue vicepresidente de la American Labour Reform League y miembro activo de los Knights of Labour. (I: 143).

En Bray encontramos una crítica de las actividades de los socialistas y del movimiento obrero en la década de 1830: "Sostenía que los sindicatos obreros, al luchar por salarios más altos y mejores condiciones de trabajo dentro del sistema capitalista, estaban dando de cabezazos contra la pared, porque no podían alterar las condiciones básicas de la producción capitalista. Lo mismo sucedía con la lucha en favor de la legislación sobre el trabajo: mientras hubiese dos clases económicas, una que poseyese los implementos de producción y la otra dependiese de las clases poseedoras en cuanto a los medios de trabajo, no podría producirse ningún cambio fundamental en la situación del obrero (...) Censuraba a los sindicatos obreros por las limitaciones de sus objetivos, y sostenía que no bastaba que los obreros actuasen sólo en beneficio de sí mismos; debían actuar en bien de toda la sociedad, y trabajar por una transformación completa de todo el sistema social. Criticó aún más a los 'cartistas' que a los sindicatos obreros, porque estaba convencido (...) de que la estructura política era reflejo de las fuerzas económicas de la sociedad. Sería inútil, decía, cambiar los gobiernos, a menos que también se cambiasen las instituciones económicas fundamentales, de cuyas necesidades eran expresión las leyes; y a este último cambio es al que en primer lugar debían dedicar sus energías los trabajadores." (I: 137-138).

Bray esbozó una teoría del plusvalor: "...la ley natural del cambio es que el producto debía cambiarse por otros productos de acuerdo con la cantidad de trabajo incorporada en ellos. Pero el monopolio de la propiedad ejercido por una clase social era incompatible con esta igualdad en el cambio. La mayor parte del producto obrero se la quitaban a éste las clases poseedoras; se veía obligado, después de haber trabajado lo suficiente para atender a su subsistencia, a seguir trabajando aún más para un patrono, dando así su trabajo sin cobrarlo durante todo el resto del tiempo que duraba su labor." (I: 137).

Bray sostenía que la alternativa al sistema capitalista era "un sistema de propiedad común de los medios de producción y de trabajo en común sobre éstos, y mediante la asociación libre e igual en comunidades cooperativas." (I: 138). Pero no creía posible poder pasar directamente del capitalismo a la propiedad común. Propició la implementación de una forma de transición: empresas por acciones basadas en la propiedad común:

a) Los obreros, y sus partidarios, tenían que asociarse en compañías, reuniendo con pequeñas contribuciones el capital necesario para la producción;

b) Se crearía así una organización social de la industria;

c) Reclamar que la tierra volviese a ser de propiedad común;

d) Las compañías emitirían su propia moneda: billetes de trabajo, que expresarían cantidades de tiempo de trabajo. De este modo se aseguraría que se cambiasen cantidades iguales de trabajo-hora;

e) Un Banco Nacional atendería las necesidades de estas compañías utilizando los billetes de trabajo. Regularía la cantidad de éstos con arreglo a la existencia de fuerza de trabajo;

f) Mercados al mayor y tiendas para el cambio al por menor a fin de realizar la distribución de los productos con precios correspondientes al trabajo que hubiesen costado;

g) Transportes y servicios que estarían bajo la dirección de juntas especiales, formadas por personas elegidas por comités locales;

h) Esta red de empresas se encargaría del gobierno de la nación. (I: 139).

Buenos Aires, martes 19 de julio de 2011

NOTAS:

(1) Quien fue hostil al socialismo que se desarrolló en Gran Bretaña en la década de 1880. (I: 135).

(2) Su teórico más importante fue F. R. Lees, quien fue seguidor de las ideas de Bray. (I: 139).


(3) La edición de 1839 está disponible on line en el siguiente link: http://www.archive.org/stream/labourswrongsan00braygoog#page/n6/mode/2up

domingo, 17 de julio de 2011

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (16): EL MOVIMIENTO OBRERO INGLÉS EN 1824-1834


Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo indicación en contrario, de: Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista. I: Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.

25. El desarrollo de los sindicatos obreros en Gran Bretaña en 1824-1834.

Los sindicatos eran ilegales desde la sanción de las Combinations Acts [Leyes contra las coaliciones], sancionadas en 1789 y 1800. Esta legislación condenó a la clandestinidad a todos los intentos de organizar a los trabajadores.

En 1824, gracias a los esfuerzos de Joseph Hume (1770-1855) y de Francis Place (1771-1854), la legislación anti-sindical fue derogada y se otorgó libertad para constituir sindicatos. (I: 125). Inmediatamente se produjo una oleada de huelgas. En 1825 el Parlamento derogó la ley Hume y la reemplazó por otra que redujo mucho el campo de la acción de de los sindicatos. La nueva ley imponía severas penas a quienes recurrieron a la violencia y a la intimidación. (I: 126).

En 1825 estalló una crisis económica. Los sindicatos enfrentaron la reducción de salarios con numerosas huelgas, en las que sufrieron grandes derrotas. Algunos sindicatos (como en el caso de la industria de la lana de Yorkshire) retornaron a la clandestinidad. Pero el movimiento resistió y rápidamente volvió a crecer, en buena medida como instrumento de lucha contra los bajos salarios y por la recuperación del poder adquisitivo. Los militantes obreros recurrieron a las obras de Hodgskin, Thompson y otros para buscar respuestas a su situación: "...Thompson (...) les aconsejaba que aspirasen a más, y que hiciesen frente a los 'lock-outs' y a los intentos de reducción de salarios, creando sociedades cooperativas de producción en las cuales podían emplear a sus mismos miembros, y amenazar a los patrones con la pérdida de su negocio y, lo que es más, aspirar a un nuevo orden social en el cual la dirección de la industria pasaría a manos de los obreros." (I: 126).

A las ideas de los ri
cardianos de izquierda se sumó el influjo del cooperativismo (George Mudie, William King, etc). Owen (quien había regresado de EE. UU. en 1829), no había pensado en la acción obrera como medio para reorganizar la sociedad. Por el contrario, había apostado a la propaganda entre el Estado, las sociedades de beneficencia y filántropos particulares. Ellos deberían financiar la creación de cooperativas. Los obreros, ante la ofensiva capitalista, buscaron en el sistema de Owen una salida y comenzaron a organizar cooperativas por sí mismos. (I: 126-127).

A todo lo anterior hay que sumarle la lucha por la Reforma Electoral (que culminaría con la Reform Act de 1832). Los trabajadores pensaban que dicha reforma sería el comienzo del derrumbe del sistema capitalista. (I: 126). (1).

Todas estas iniciativas terminaron por confluir en dos grandes líneas:

a) El intento de unificar a los sindicatos locales en los sindicatos nacionales de oficios. Hay que destacar la labor de John Doherty (1798-1854), quien en Lancashire organizó a los hilanderos del algodón en el Gran Sindicato General de Hilanderos (1829) y luego planeó la creación de una Unión General de Oficios (1830), que se constituyó luego como Asociación Nacional de Oficios Unidos para la Protección de los Trabajadores (1831). También John Gast (1772-1837), armador, quien organizó en Londres la Unión Metropolitana de Oficios; William Lovett (1800-1877), obrero ebanista, partidario de Owen, quien jugó un papel importante en la confluencia de los movimientos sindicalista y cooperativista. (I: 127). (2).

b) La expansión del movimiento cooperativista, ahora fogoneada por los trabajadores como alternativa al capitalismo. En 1831 se celebraron varios congresos de cooperativas; se decidió promover la industria y el comercio cooperativos como un primer paso hacia la instauración del sistema cooperativo. En la década de 1820, varias cooperativas habían impulsado el "cambio" entre artesanos de diferentes oficios, sin patronos capitalistas ni intermediarios. A su regreso de EE. UU., Owen tomó nota de estas experiencias y comenzó a bregar por el establecimiento de una Bolsa Nacional Equitativa para los Obreros, "en la cual los productos de los diferentes oficios organizados en sociedades cooperativas de producción podían cambiarse según el valor determinado por el 'trabajo-hora' empleado en su producción." (I: 128). Owen estableció una bolsa en Londres; también se abrieron en Birmingham, Liverpool y Glasgow. Se realizó un comercio activo entre cooperativas por medio de los billetes de trabajo, emitidos por las bolsas para sustituir a los billetes de banco. Se crearon cooperativas de producción y tiendas cooperativas (muchas de ellas acumulaban el excedente sobre la venta para financiar experimentos sociales más extensos). (I: 128-129). Aquí es conveniente insistir en un comentario hecho en una nota anterior. En el marco de la producción de mercancías, las leyes de la producción mercantil se transforman en leyes de apropiación capitalista, nos guste o no.

El paso siguiente fue el intento de constituir una Unión General de Trabajadores, "que no solamente interviniese en la lucha diaria de los trabajadores, sino que llegase a ser instrumento para la pronta introducción del nuevo orden social cooperativo." (I: 129).

En 1833 se realizó un Congreso de Cooperativas. Participaron delegados de sociedades cooperativas, de sindicatos obreros y de sociedades owenianas de propaganda. Owen presentó un plan para una Gran Unión Nacional Moral de las Clases Productoras. Su idea era implantar el nuevo orden social de un solo golpe, mediante la negativa pacífica a seguir trabajando bajo el sistema capitalista. (I: 129). Los delegados tomaron la propuesta de Owen en un sentido diferente.

En 1834 se produjo la creación de la Gran Alianza Nacional de Sindicatos, que se propuso agrupar a todos los sindicatos obreros para enfrentar el orden capitalista. (I: 129). Logró reunir por breve tiempo y de manera incompleta a los sindicatos. Agrupó (de manera muy laxa) a los sindicatos generales creados por Doherty en los distritos de industria textil de Lancashire y Midland; el sindicato secreto de tejedores de Leeds (Yorkshire); los sindicatos nacionales de los obreros de la construcción, de los alfareros y otros; multitud de sociedades locales. Sin embargo, al poco tiempo, los militantes de Yorkshire, los obreros de la construcción y otros sindicatos se negaron a fundirse con la Gran Alianza. Había una fuerte disputa en torno a definir cuáles debían ser sus objetivos. Owen: "fue anunciando la caída del orden antiguo e inmoral de la sociedad y el comienzo del nuevo al cabo de pocos meses, esperando, al parecer, que la clase patronal consintiese en su propio derrocamiento frente a la negativa de los trabajadores a continuar trabajando para ellos." (I: 132). (3). Otros dirigentes obreros, como Doherty (hilanderos de algodón), y James Morrison (sindicato de la construcción), partidarios de Owen, no estaban convencidos de que los patrones se dejaran convencer: "...para la mayoría de los directivos de los sindicatos, probablemente se trataba más bien de crear un extenso 'sindicato general', capaz de subir los salarios y de mejorar las condiciones de trabajo mediante una acción unida." (I: 132).

Un ala izquierda, liderada por Henry Hetherington (1792-1849) (4), pugnaba por radicalizar al movimiento obrero. Hetherington proclamó en su POOR MAN'S GUARDIAN, "que el congreso del 'Gran Sindicato Nacional Obrero' era una representación más verdadera del pueblo que el parlamento reformado, y pidió a los sindicatos obreros que tomasen la dirección de una nueva cruzada en favor del sufragio universal y también en favor de un orden económico basado en la cooperación." (I: 133). La idea también adhería a la idea de una huelga general (llamada también "gran vacación general"), propuesta por William Bembow en 1831 y 1832. Bembow pensaba en una huelga política.

En definitiva, y según palabras de Cole, la Gran Alianza "era más bien un movimiento amorfo de masas económicas políticamente descontentas que una campaña consciente dirigida hacia un fin definido." (I: 133).

En 1834 la Sociedad para la Regeneración Nacional, liderara por Doherty, inició en los distritos industriales del norte una campaña de agitación a favor de la jornada de 8 horas, llamando a dejar el trabajo pasado ese límite. (I: 129). Se inició una ofensiva obrera. Se multiplicaron las huelgas. No sólo se exigían salarios más altos y mejores condiciones de trabajo; también aparecen pedidos de renuncia de los patrones y el establecimiento de un nuevo sistema de dirección. En este sentido, la carencia de una dirección común de la clase trabajadora generaba una dispersión de los objetivos perseguidos.

Al poco tiempo, se verificó la contraofensiva capitalista, que había comenzado ya antes de la constitución de la Gran Alianza. Sus armas principales fueron el lock out y el compromiso de despedir a los trabajadores sindicalizados. Algunos de los hitos de este avance patronal fueron: los despidos en Derby (1833-1834); en Yorkshire, con el apoyo del gobierno; lock out y firma de compromisos de dejar el sindicato; el episodio de los Mártires de Tolpuddle (1834) (5). (I: 130-131).

Owen ingresó en la Gran Alianza y llegó a ser su presidente. Intentó convencer a los sindicatos que aboliesen todo juramento secreto, pero la ofensiva combinada de los patrones y del gobierno obligó a la disolución de la organización hacia fines de 1834. (I: 131). Con posterioridad a la disolución de la Gran Alianza, Owen se volcó a la promoción del movimiento cooperativo. (I: 133).

Buenos Aires, domingo 17 de julio de 2011

NOTAS:

(1) La sanción de la Ley de Reforma (1832) tuvo el efecto de radicalizar al movimiento obrero, pues la burguesía no hizo concesiones a los trabajadores. (I: 127). "Los obreros, viendo fracasados sus esperanzas políticas, se resolvieron hacia la acción económica como medio de defensa contra los nuevos dueños del Estado, y se difundió rápidamente la idea de una 'Unión General' de toda la clase obrera." (I: 127).

(2) En Yorkshire, centro textil, se formó una Unión General. Activistas afines a Doherty y a los militantes de Yorkshire, recorrían el país promoviendo la creación de nuevas asociaciones obreras. (I: 127).

(3) Anteriormente, Owen había destituido al director de su periódico, THE CRISIS, J. E. Smith, por su actitud en favor de la lucha de clases y su oposición a la propaganda religiosa de Owen. (I: 130).

(4) Fue uno de los dirigentes del Sindicato Nacional de las Clases Trabajadoras, situado en la izquierda del movimiento obrero en favor de la Radical Reform. (I: 133).

(5) Seis obreros de Dorchester fueron procesados y condenados a confinamiento en colonias penales por el delito de tomar juramentos "ilegales" al intentar establecer una sociedad de trabajadores agrícolas, como sección de la Gran Unión Nacional. (I: 131).

viernes, 15 de julio de 2011

FICHA DE LECTURA. PAUL RICOEUR: HERMENÉUTICA Y ACCIÓN.

Nota: Para la redacción de esta ficha fue utilizada la versión incluida en los materiales de la materia Filosofía y Métodos, Carrera de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UBA.

Capítulo 3: La acción considerada como un texto.

Paul Ricoeur (1913-2005) es un filósofo francés que ejerció una influencia renovadora en el campo de la orientación hermenéutica de los estudios sociales.

En el siglo XX y a partir de la propuesta de Max Weber (1864-1920) de concebir a la comprensión como el método fundamental de la sociología, numerosos autores trabajaron en el campo de la teoría de la acción. Un seguidor de las ideas de Weber, Alfred Schütz (1899-1959), desarrolló la noción de lo social como un ámbito pleno de significado, con lo cual se revalorizó el papel de la comprensión en las ciencias sociales. Ahora bien, Schütz se preocupó por despejar las dudas en cuanto a la comprensión, pues muchos filósofos neopositivistas (como Nagel y Hempel) habían sostenido que se trataba de un método subjetivista (fundado en una interpretación meramente subjetiva de los motivos por los que actuaban las personas), que impedía que las ciencias sociales se convirtieran en disciplinas verdaderamente científicas. Schütz trató de elevar la comprensión a un método objetivo, que no tenía nada que envidiarle a las ciencias naturales.

Ricoeur puede ser ubicado como parte de un grupo de autores que ampliaron la noción de comprensión al incorporarle los avances de la hermenéutica en el plano de los estudios lingüísticos y literarios. Ante todo, Ricoeur aclara que debe entenderse por hermenéutica la interpretación de los documentos escritos de nuestra cultura (actividad también conocida como exégesis), es decir, constituye una actividad cuyo objeto es restringido (los signos escritos), mientras que la comprensión (la verstehen) abarca todas las formas de signos que puede emitir un individuo. Mediante esta restricción, Ricoeur se pone a cubierto de las críticas que se le formularon al uso de la comprensión en las ciencias sociales.

La hipótesis principal de Ricoeur es la siguiente: las ciencias humanas (prefiere esta denominación a la de ciencias sociales) son hermenéuticas, a) porque su objeto revela algunos rasgos semejantes a los de un texto; b) porque su metodología desarrolla procedimientos similares a los de la interpretación de textos.

En este capítulo Ricoeur se dedica a justificar ambos puntos de su hipótesis.

¿Por qué puede aplicarse el paradigma del texto, desarrollado por la hermenéutica, al objeto de las ciencias sociales? En otras palabras, ¿por qué pueden analizarse los fenómenos sociales como si se tratara de un texto, aplicando las técnicas de la hermenéutica?

Para entender el argumento de Ricoeur es preciso entender a qué se refiere cuando habla de discurso. Nuestro autor sostiene que el discurso es un acontecimiento, en el sentido de que es algo que se da y que resulta diferente a lo existente. Si se trata de discurso hablado, el acontecimiento es evanescente, desaparece casi al mismo tiempo de ser emitido, sin dejar rastros (cosa que hace muy difícil su estudio). En cambio, cuando el discurso es fijado en la escritura, es decir, el registro escrito de lo que se dice, se abre la posibilidad de emprender el análisis por medio de la hermenéutica.

Ahora bien, el pasaje del discurso hablado a la escritura genera una serie de cambios en el discurso, a saber:

a) El discurso hablado sólo existe en presente, en el sentido de que es un acontecimiento fugaz. En condiciones normales, lo que se dice desaparece rápidamente. Pero si el discurso es fijado en la escritura, se ve reforzado, pues no está destinado a desaparecer. Ricoeur señala que en la escritura no se fija el acontecimiento de hablar (el mero hecho de hablar, de decir algo), sino la exteriorización del objetivo del discurso. En palabras más complejas, el Sagen (el decir) quiere convertirse en Aus-sage (la enunciación, lo enunciado). Es justamente este enunciado el objeto de estudio de la hermenéutica.

El problema fundamental que debe resolver la hermenéutica es qué se dice en el acto de hablar. Ricoeur recurre a la teoría del acto del habla desarrollada por los filósofos analíticos John Austin (1911-1960) y John Searle (n. 1932).

El acto de hablar está constituido por una jerarquía de actos subordinados, que se dividen en tres niveles: 1) acto locucional, que es el acto de decir; b) acto ilocucional, que es aquello que hacemos en el decir; c) acto perlocucional, que aquello que hacemos por medio del decir. Así, el profesor que dice “¡Saquen una hoja!” está realizando a la vez un acto locucional, emitiendo la oración mencionada; un acto ilocucional, está formulando una orden y no un ruego (está haciendo una orden); un acto perlocucional, está consiguiendo que los estudiantes saquen efectivamente una hoja y se apresten efectivamente a realizar el parcial.

A partir de lo anterior, Ricoeur está en condiciones de afirmar que el significado del acto del habla depende no sólo del acto locucional, sino también del acto ilocucional y del perlocucional. La significación es la suma de todos estos aspectos.

b) En el discurso hablado coinciden la intención del autor y el significado del texto, pues en el habla la referencia al interlocutor de lo que se está diciendo es inmediata. De ahí que pueda decirse que el discurso es autorreferencial. En cambio, al fijarse el texto lo que autor quiere decir se separa de lo que el texto dice ahora, pues se pierde la referencia directa a un interlocutor (que existe, como dijimos, en el habla). En este sentido, cabe afirmar que el texto se separa de la psicología del autor. De ahí que surja un espacio amplio para la interpretación.

c) Así como en el punto anterior se planteó la separación entre la intención del autor y el significado del texto en el discurso escrito, se verifica también una separación entre la referencia a una situación común a los interlocutores, que se verifica en el habla (y que permite que todos los participantes en el diálogo entiendan lo que se dice, aún cuando se de el caso de que hablen por “medias palabras”).

En cambio, en el discurso escrito se pierde esa referencia a una situación común, liberando al discurso de los límites de referencia ostensible (es decir, las referencias directas que aparecen en el diálogo hablado). Ricouer afirma que ésta es una virtud del discurso escrito, pues permite generar referencias abiertas, que vayan más allá de lo que el texto dice. De este modo, el texto escrito abre posibilidades, que van mucho más allá de lo que el texto mismo dice.

d) En el habla, los participantes están siempre inmersos en los límites de esa relación (no pueden zafar de las referencias directas y de un mundo común). En el texto escrito, en cambio, no existe un interlocutor definido. Un texto, en principio, está dirigido a todos (en un sentido extremadamente general, todos en todos los tiempos y lugares). Ricoeur afirma, entonces, que un texto crea su propio público. De manera que el discurso escrito se separa de todos los límites que condicionan la relación cara a cara propia del diálogo hablado.

A continuación, Ricoeur aplica los cuatro puntos anteriores al análisis de la acción significativa (esto es, el tipo de acción que estudian las ciencias sociales – la acción que posee un sentido -). Ricoeur aclara desde el principio que la acción significativa sólo puede ser un objeto para la ciencia en la medida en que presente un tipo de objetivación equivalente a la fijación de un discurso en la escritura. Dicho de otro modo, para poder estudiar científicamente la acción significativa es preciso que la misma persista de algún modo en el tiempo (cristalice en alguna manifestación), permitiendo así su estudio. En esto es semejante a lo que ocurre con el pasaje del habla al discurso escrito.

a) La fijación de la acción.

¿Cómo es posible la objetivación de la acción significativa?

Ricoeur sostiene que esto es posible por algunos rasgos internos de la acción, que la asemejan a la estructura del acto del habla que analizamos más arriba. De modo sintético, nuestro autor plantea que la acción significativa posee contenido proposicional y fuerza ilocucional (ambos constituyen su “contenido de sentido”). La acción deja de ser una mera interacción y se transforma en un objeto a interpretar. Ello es posible porque la acción se parece a un acto de habla.

b) La autonomización de la acción.

Este punto es especialmente importante. Del mismo modo que un texto se independiza de su autor, la acción va más allá de lo que espera su agente y da lugar a consecuencias que son propias de la acción, pero que no son esperadas por el agente. Nuestros hechos se nos escapan y producen efectos inesperados. Esto, que ya había sido desarrollado por otros autores que se ocuparon de la teoría de la acción, hace que surja el problema de la adscripción de responsabilidad. En las acciones simples, noema (significado) y noiesis (intención) de la acción, coinciden. En las acciones complejas, esto es más complejo, pues hay más agentes que intervienen.

Ahora bien, Ricoeur postula que esta separación entre sentido e intención termina por generar la transformación de los hechos humanos (en este caso, de las acciones) en instituciones, pues en ellas el sentido no coincide con las intenciones lógicas de los actores. Este punto es fundamentar en la teoría de Ricoeur, pues permite dar respuesta a los críticos que sostienen que la acción está motivada por cuestiones psicológicas (internas al individuo, y por tanto imposibles de abordar objetivamente). Las instituciones, como se originan de un proceso de separación entre sentido e intención, permiten un abordaje objetivo del problema del significado de la acción, pues se encuentran separadas de las intenciones individuales.

c) Pertinencia e importancia.
En este punto, Ricoeur vuelve a apoyarse en el análisis del discurso escrito. En el texto, el discurso quiebra todas las referencias ostensibles (las referencias directas que se dan en el diálogo). En las acciones, la importancia (su relevancia más allá de la acción en particular) se independiza de la pertinencia (su relevancia en un contexto dado). Existen, por tanto, acciones muy importantes cuya significación desborda ampliamente el contexto en que se desarrollan y pueden aplicarse a otros contextos sociales.

d) La acción humana como una “obra abierta”

Como indicamos arriba, el discurso escrito se dirige a un número potencialmente infinito de lectores (como consecuencia de la autonomización del texto respecto del escritor). Ricoeur apunta que algo semejante ocurre en el caso de las accciones significativas.

La acción humana es una “obra abierta”, es decir, que su significación está sujeta siempre a nuevas interpretaciones. Nunca queda cristalizada una interpretación. Ricoeur llega a decir que su significación está abierta a todo el que quiera “leer” el sentido de la acción.

A partir de estas relaciones entre el texto y la acción significativa, pueden plantearse las implicaciones metodológicas de la interpretación (del paradigma de la lectura).

¿Cuáles son las consecuencias metodológicas de la equiparación entre el texto y la acción significativa?

Ante todo, sirven para proponer una forma diferente de concebir la relación entre erklären (explicación) y verstehen (comprensión). Aquí corresponde hacer un poco de historia. La problemática de la relación entre explicación y comprensión fue planteada por primera vez por el filósofo alemán Wilhelm Dilthey (1833-1911), en el marco de su crítica del positivismo. Para los positivistas, el único modelo válido de ciencia era el de las ciencias naturales, basado en la explicación (un método cuyo eje estaba en el descubrimiento de la relación causa-efecto que producía cada fenómeno). Es por ello que los positivistas sostenían que si las ciencias sociales querían convertirse efectivamente en ciencias tenían que adoptar los métodos de las ciencias naturales, es decir, la explicación tenía que convertirse en la herramienta por antonomasia de los científicos sociales.

Dilthey propuso una posición contraria a la de los positivistas. Sostuvo que la explicación es propia de las ciencias naturales y que se basa en una lógica inductiva. Pero las ciencias del espíritu (las ciencias sociales) no pueden emplear la explicación, porque ellas se basan en entender la vida psíquica de los individuos a partir de los signos en los que ésta se exterioriza (por ejemplo, el lenguaje, las acciones, etc.). Para ello sólo sirve la comprensión, a la que Dilthey entendía en términos más bien psicológicos (poder “meterse” en el pensamiento del otro, comprendiendo así las motivaciones de su acción). La concepción de Dilthey, sin embargo, daba origen a un problema importante: ¿cómo podían ser científicas las ciencias humanas, esto es, en qué medida podían ser caracterizadas como ciencias si no podían utilizar la explicación?

Dar respuesta a este problema supone incorporar, de algún modo, la explicación a las ciencias sociales. Ricoeur cree poder resolver esto mediante la adopción del paradigma de la lectura, que constituye la contrapartida del paradigma de la escritura expuesto en los párrafos anteriores. La objetivación del discurso en el texto permite introducir la explicación en las ciencias sociales. En otras palabras, existe una dialéctica (entendida como relación recíproca) entre el explicar y el comprender porque la situación escritura/lectura desarrolla una problemática propia (de paso, esto justifica la centralidad que tiene la hermenéutica para las ciencias sociales).

¿En qué consiste el paradigma de la lectura?

Ricoeur afirma que deriva sus rasgos principales del estado del texto mismo: 1) la fijación del significado; 2) su separación de la intención mental del autor; 3) la exhibición de referencias no ostensibles; 4) el ámbito universal de sus destinatarios.

Ricoeur sostiene que la mejor manera de comprender en qué consiste el paradigma de la lectura es planteando dos dialécticas: 1) la que va desde la comprensión a la explicación; 2) la que avanza desde la explicación a la comprensión. A partir de ambas pueden entenderse el papel que puede jugar el paradigma de la lectura en las ciencias sociales.

¿Cómo describe Ricoeur la dialéctica de la comprensión a la explicación?

Ante todo, esta dialéctica se encuentra determinada por el hecho de que comprender un texto no significa reunirse con el autor. Debido a esto, no puede entenderse la comprensión como un proceso por el que conocemos la intención del autor. Esto permite descartar las interpretaciones subjetivistas de la comprensión (como una especie de conexión psicológica, subjetiva, irrepetible, entre el sujeto que estudia el texto y el autor del texto). Pero genera el problema adicional de cómo decidir entre distintas interpretaciones posibles del mismo texto (nunca existe una única interpretación para cada texto).

La elaboración de una interpretación adecuada se da mediante un proceso que consiste en conjeturar (formular conjeturas que proporcionen una interpretación del texto) y en validar (desarrollar procedimientos para establecer cuál interpretación es la más adecuada). La clave para presentar esta dialéctica como una forma de conciliar la explicación con las ciencias sociales radica en que la validación adquiera el carácter de una disciplina argumentativa, con procedimientos objetivos, y no un arte subjetivo. La validación es posible como disciplina científica porque si bien existe más de una forma de interpretar un texto, no todas las interpretaciones son iguales ni todas son posibles. A este respecto, Ricoeur dice que en la acción humana existe una plurivocidad específica de significados, los cuales constituyen la base para un número limitado de interpretaciones posibles.

Ricoeur adopta el concepto de “conjetura” como sinónimo de verstehen (comprensión) y el de “validación” como sinónimo de erklären (explicación).

¿Cómo describe Ricoeur la dialéctica de la explicación a la comprensión?

Para desarrollar esta dialéctica se basa en la separación que se produce en el texto respecto a las referencias ostensibles que se dan en el diálogo (recordar que en el discurso hablado siempre están presentes los interlocutores del discurso o se hacen visibles las referencias que se hacen en el discurso). Ante esta situación, existen dos actitudes posibles: a) se toma el texto como una entidad ajena al mundo; b) creamos una nueva referencia ostensible como resultado del tipo de actividad que significa leer.

Ricoeur decide adoptar la primera actitud, que es la desarrollada por los enfoques estructuralistas. Así, se deja de lado toda referencia exterior del texto (las referencias ostensibles a que hacíamos referencia antes) y nos concentramos exclusivamente en el interior del texto. El texto se transforma en un sistema de signos. Con este procedimiento, el texto se transforma en una estructura, libre de toda referencia exterior, pero así las cosas hace falta incorporar la comprensión para entender en qué consiste el sentido del texto. La explicación de la estructura, sin la comprensión de su sentido, es una especie de juego vacío.

Ricoeur supera esta cuestión planteando, justamente, una relación dialéctica entre la explicación (desentrañar la estructura de los signos) y la comprensión (establecer el sentido del texto). Se trata de los dos momentos de lo que denomina el arco hermenéutico. Ahora bien, queda claro que esta comprensión no tiene nada que ver con la intención subjetiva del autor del texto. Como ya se dijo varias veces, el texto está separado de las intenciones del autor que lo escribió.

Ricoeur sostiene que esta dialéctica es válida para las ciencias humanas.

Las dos dialécticas expuestas aquí permiten entender que la comprensión nada tiene que ver con un acercamiento subjetivo (psicológico) a las intenciones de los actores. Por el contrario, los distintos procedimientos de interpretación (validación, estudio estructural del texto como sistema de signos, etc.) y las mismas características de los textos (sobre todo, el alejamiento del texto respecto del autor y la supresión de las referencias ostensibles a la situación a la que se refiere el autor), hacen que la comprensión se convierta en una herramienta objetiva.

Para finalizar, Ricoeur sostiene que existe un círculo hermenéutico, que consiste en la correlación entre explicación y comprensión, entre comprensión y explicación.


Buenos Aires, viernes 15 de julio de 2011