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jueves, 28 de julio de 2011

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (18): EL CARTISMO


Dedicado a los muertos por la policía en el desalojo de los ocupantes
de las tierras de los terratenientes Blaquier, en la ciudad de Libertador
General San Martín (provincia de Jujuy), el 28 de julio de 2011




28. El cartismo. (1)

La derrota de los sindicatos en 1834 generó una profunda discusión en el seno del movimiento obrero inglés. Muchos militantes se dedicaron a leer sobre economía política para tratar de comprender las causas del fracaso. Hay que tener en cuenta que muchos de ellos habían pasado también por la desilusionante experiencia de la Reform Act (1832), que no extendió el derecho a votar a los trabajadores. "Convencidos de que la acción sindical sola no podría triunfar en contra del Parlamento dominado ahora por una combinación de nuevas y antiguas clases acomodadas, volvieron a la idea de unir a la clase obrera, en primer lugar, para pedir que se concediese a todos los varones el derecho de sufragio (...) Este programa creian que serviría para unir a las principales fuerzas descontentas y, si triunfaban, proporcionaría una base firme para presionar sobre las peticiones de carácter económico." (I: 145).

Un grupo de militantes de la
London Working Men's Association comenzó la tarea de unir a los obreros radicales de las provincias, de Gales y de Escocia, a los reformadores de Birmingham, detrás de un petitorio político de los trabajadores. Los principales dirigentes del grupo de Londres eran: William Lovett (1800-1877), Henry Hetherington (1792-1849), James Watson (1799-1874), Robert Hartwell y Henry Vincent (1813-1878). (I: 144-145). Hay que destacar que eran socialistas, es decir, owenistas, y consideraban a la reforma parlamentaria como un paso para implementar el sistema cooperativista. Pero, los cartistas fueron alejándose del owenismo (2), corriente que rechazaba la lucha de clases, tenía poca estima por la acción política y se estaba transformando aceleradamente en un movimiento cuasi - religioso, que promovía la creación de comunidades ideales. (I: 144-146).

La
People's Charter comenzó a ser discutida a principios de 1837 (3). Fue publicada en mayo de 1838. Sus seis puntos eran:

1) Derecho de sufragio para los varones;

2) Voto secreto;

3) Supresión de la condición de ser propietario para pertenecer al Parlamento;

4) Sueldo permanente para los miembros del Parlamento;

5) Distritos electorales iguales;

6) Parlamentos anuales.

La People's Charter fue el producto de la confluencia y las discusiones de varios grupos que representaban el amplio espectro de las fuerzas obreras y democráticas-radicales. Además del grupo de Londres ya mencionado, participaron:

a) El grupo de reformadores radicales dirigido por Thomas Attwood (1783-1856), que enfatizaba la reforma del sistema monetario. Redactó la
Petición de Birmingham, que contenía cinco puntos: 1) Derecho de sufragio para los cabezas de familia; 2) Voto secreto; 3) Parlamentos de 3 años; 4) Dietas de asistencia para los representantes en el Parlamento; 5) Supresión del requisito de ser propietario para formar parte del Parlamento. (I: 145).

b) El grupo de revolucionarios liderado por James Bronterre O'Brien (1805-1864) y George Julian Harney (1817-1897). Tenía sede en Londres y se nucleaba en torno al periódico de O'Brien, THE OPERATIVE. Fundaron la
London Democratic Association, opositora a la London Working Men's Association. Se inspiraban en el ejemplo de la Revolución Francesa, en especial en Robespierre y en Babeauf. "Eran revolucionarios más bien que reformadores sociales, y tenían un marcado carácter internacionalista. Su socialismo era esencialmente proletario y no oweniano; en todo caso estaba basado en la idea de un levantamiento de la clase obrera contra los ricos. Desdeñaban la respetabilidad del grupo de Lovett, así como la tendencia de los partidarios de Attwood a favorecer la alianza entre la clase media y la clase obrera. No eran 'socialistas' a la manera de Owen o de Fourier, sino más bien a la de Blanqui y del ala izquierda de los movimientos parisienses de la década de 1830." (I: 146). O´Brien colaboró con Feargus O'Connor (1796-1855). (I: 146).

c) En los distritos industriales del norte la preocupación principal de los obreros era la lucha contra la opresión económica. En Lancashire y en Yorkshire había un movimiento de oposición a la Ley de Beneficencia de 1834 y en favor de la "Reforma de las Fábricas". Los dirigentes de estos movimientos eran John Fielden (1784-1849), un patrón radical; Richard Oastler (1789-1861), un
tory de la secta evangélica; Joseph Rayner Stephens (1805-1879), un predicador radical disidente. (I: 147). Ninguno de ellos era socialista (I: 147). En 1837 comenzó a actuar en el norte Feargus O´Connor, un excelente orador, quien empezó a publicar el periódico THE NORTHERN STAR. Nucleó a los restos de los sindicatos obreros de Yorkshire. Frente a la agitación en favor de la Factory Reform, O'Connor y su grupo sostuvieron que sólo mediante el esfuerzo de los propios obreros se podrían conseguir las reformas. Esto los volcó al cartismo, sin renunciar al apoyo a Oastler y Stephens en la lucha contra las nuevas juntas de patronos (Boards of Guardians), que eliminaban el derecho a asistencia de los trabajadores y los condenaban al encierro en los workhouses. (I: 147-148).

O'Connor era, ante todo, un defensor del ideal del pequeño campesino propietario. Autor de
The Management of Small Farms, en la que promovió la división de la tierra entre los campesinos propietarios. Sostenía que ello aumentaría la productividad del suelo y provocaría un alza de los salarios, al disminuir la competencia entre los trabajadores. Rechazó la propuesta oweniana de fundar granjas colectivas. Logró fundar algunas colonias agrícolas "cartistas" (Charterville, O'Connorville, etc.), que consistieron en pequeñas granjas de propiedad individual. (I: 148).

El hecho de que el cartismo fuera el punto de confluencia de diversas corrientes político-ideológicos generó, rápidamente, una serie de conflictos internos. Hay que tener presente que dentro del cartismo convivían un ala democrático-burguesa (Attwood), un ala reformista obrera (Lovett y buena parte de las
trade-unions) y un ala revolucionaria-obrera (O´Brien).

Algunos de los debates "eternos" del movimiento obrero se encuentran prefigurados ya en esta época. Sobre todo, la política de alianzas de los trabajadores y la necesidad de contar con una organización política propia. Estos son puntos fundamentales y están encadenados. La existencia de una organización política propia, esto es, de una organización que abogue por los intereses de clase de los trabajadores en tanto opuestos de manera irreductible al capitalismo, es condición necesaria para poder encarar correctamente la política de alianzas. Autonomía de la clase trabajadora implica construir una alternativa política a la dominación de la burguesía. Esto es, considerar que la abolición del capitalismo es el objetivo hacia el cual deben dirigirse todos los esfuerzos. No se trata de caer en una política de todo o nada (la cual, en definitiva, es el reflejo extremista de la política burguesa), sino de poner en marcha un cambio efectivo de la realidad, construyendo la organización de los trabajadores y demás sectores populares. Autonomía es evitar la tendencia a considerar cada reforma como un objetivo en sí misma, y no como un paso hacia el objetivo final (Recordar al amigo Bernstein). Por eso, cuando una parte de los militantes cartistas rechazaban la alianza con las clases medias y confiaba exclusivamente en los trabajadores, estaba planteando una verdad a medias. Y en política (en la política de las clases trabajadoras) las verdades a medias suelen derivar en agua para la burguesía, que posee todos los recursos para visualizar la situación y que se apoya en un sólido instinto de clase (¡no me toquen el dinero!). Las clases explotadas necesitan de la verdad, de la claridad en la expresión de una posición. Sólo así puede construirse autonomía en condiciones extremadamente difíciles. De ahí que sea necesario insistir en la tesis de que la clase trabajadora no puede arremeter sola contra el capitalismo. La experiencia de los movimientos revolucionarios de los siglos XIX y XX demuestra esto hasta el hartazgo. Mucho menos en las condiciones actuales, en la que la capacidad del capitalismo para generar resignación, indiferencia y distracción se ha multiplicado. Vayamos a 1838 (pero esto es válido hoy). La clase obrera necesitaba construir una organización política (no una dependencia de los partidos de las clases dominantes) para proponerse tareas y objetivos políticos propios, ya fueran estos reformas o el derrocamiento del capitalismo. Ahora bien, cualquiera sea el objetivo propuesto, resultaba imprescindible una política de alianzas que aglutinara a las "clases medias" y a los trabajadores agrícolas detrás de los objetivos del proletariado. Había que evitar llegar a la situación del "solo fúnebre del proletariado". Y una política de alianzas es factible en términos revolucionarios si se cuenta con una organización revolucionaria segura de sí misma. Hay que evitar tanto el aislamiento político de los trabajadores como el seguidismo de los objetivos políticos de la burguesía y de la pequeña burguesía.

En 1838 se unieron en torno a la lucha por la Carta los opositores a la Ley de Beneficencia, los partidarios de la Reforma de las Fábricas, los descontentos de los distritos urbanos, los radicales, republicanos y "socialistas" de diversas vertientes (sólo quedaron afuera una parte de los owenistas y los fourieristas). (I: 149). O'Connor pronto se convirtió en el principal dirigente cartista. Su denuncia de las injusticias económicas y sociales atrajo a los grupos de obreros y mineros. Esto provocó la desconfianza de Lovett (quien lo consideraba un demagogo), y los radicales de Birmingham, quienes querían un cambio pacífico. (I: 148).

A pesar de las diferencias entre los impulsores de la Carta, el movimiento se mantuvo unido. En 1838 se redactó la Petición Nacional, que hacía referencia al malestar económico, hacía referencia a la reforma monetaria y ponía el eje en el sufragio universal y secreto. Fue un intento de combinar los esfuerzos del grupo de Birmingham y de los demás nucleamientos cartistas. (I: 145). La idea que nucleó a los diversos grupos fue la presentación de la Petición en el Parlamento, avalada por cientos de miles de firmas. No se resolvió que hacer si el Parlamento rechazaba la petición. (I: 149).

Hay que tener presente que Cole dice que no va a desarrollar la historia del movimiento obrero, limitándose a indicar los hitos relacionados con la historia de la teoría socialista. De ahí las ausencias que se perciben en esta descripción.

El Parlamento rechazó la Petición. En 1839 se reunió la I Convención Cartista Nacional. En ella se hizo notar la profunda diferencia entre dos posiciones extremas:

a) Cartistas de fuerza física: Grupo minoritario constituido por republicanos radicales y por ex miembros de las trade-unions. Afirmaban que era imposible que el Parlamento se reformara a sí mismo (tomaban nota de la experiencia de 1832). Se dividían, a su vez, entre los partidarios del levantamiento armado, y los que pensaban sólo en utilizar la amenaza del levantamiento para obtener concesiones del Parlamento. Entre los cartistas de fuerza física circuló también la propuesta de impulsar una huelga general (Grand National Holiday) (I: 149-150).

b) Cartistas de fuerza moral: Grupo que consideraba que el movimiento era la continuación de la agitación de la Reforma de 1830-1832. Aspiraban a conseguir el sufragio universal para todos los varones. (I: 149).

Según Cole, la mayoría de los cartistas pertenecían a grupos intermedios entre ambas posiciones. Entre los cartistas de fuerza física y los de fuerza moral predominaban los segundos. (I: 149-150).

En 1839 se produjo la derrota del cartismo, luego del fracaso del Sacred Month y del levantamiento de Newport. Muchos de sus dirigentes fueron encarcelados por breves períodos. (I: 151).

La derrota produjo la divisoria de aguas en el cartismo. Los partidarios de la colaboración de clases (clases medias y trabajadores) migraron a la Unión para el sufragio completo de Joseph Sturge (1793-1859) (4). Lovett redujo al mínimo su relación con el cartismo y se dedicó a la labor educativa mediante su Asociación Nacional para el fomento de la mejora política y social del pueblo. El grupo de la London Working se disolvió. En Birmingham, Thomas Attwood se había retirado. En Escocia se agudizó la división entre el ala izquierda dirigida por O'Connor y la sección partidaria de la "fuerza moral". (I: 151).

En 1840 se produjo la constitución de la Asociación Nacional de la Carta. La jefatura del cartismo pasó decididamente a manos de O'Connor (5). (I: 151).

En 1841 O'Connor pidió a los cartistas que empleasen la fuerza electoral para favorecer a los tories. Esto produjo la ruptura con O'Brien, quien pensaba que los cartistas debían mantenerse independientes tanto de los tories como de los whigs y acumular fuerzas en un proyecto propio. (I: 152). Autonomía de la clase trabajadora. La independencia como recurso pedagógico; mediante ella puede aprenderse a elaborar planes a futuro, a gobernarse a sí mismo. Además, implica adoptar una visión de la totalidad, que trascienda la coyuntura inmediata (el posibilismo). La Asociación de la Carta preparó una Segunda Petición Nacional, que reunió muchas más firmas que la primera. (I: 151-152).

En 1842 se produjo el auge del movimiento cartista. La segunda petición recibe mucho más apoyo de parte de la clase obrera que la primera. Es un año de fuerte depresión industrial; se producen muchas huelgas; la clase obrera lucha desesperadamente contra el hatimbre. Las huelgas de agitación fracasan. O'Connor, quien inicialmente se opuso a las huelgas (creía que estaban manipuladas por los patrones para favorecer la Anti Corn League); posteriormente, promovió una huelga general en favor de la Carta del Pueblo. (I. 152-153). Esto demuestra que no se puede "jugar" a la huelga general. Desde el punto de vista del proletariado, la huelga general es un recurso extremo, que debe utilizarse sólo cuando se está dispuesto a pasar a la insurrección. La huelga general, siendo exitosa, muestra la fuerza de los trabajadores, pero no quiebra la dominación capitalista. Hay que tener en cuenta que esta reposa sobre la propiedad privada de los medios de producción y el monopolio de la fuerza física. La huelga general no derriba ninguno de estos dos pilares. De hecho, es necesario quebrar al aparato represivo del Estado para poder arremeter contra la propiedad privada de los medios de producción. De ahí que la huelga general sea un paso en la insurrección, pero no un fin en sí mismo. Esto sirve para mostrar, otra vez, la necesidad de contar con una dirección política que centralice la lucha.

Ante la nueva derrota, O'Connor convocó ese mismo año (1842) a que los cartistas participaran en la conferencia nacional de la Unión del Sufragio Completo (Sturge). La conferencia votó en favor de la Carta, los partidarios de Sturge se retiraron y el intento quedó en la nada. (I: 153).

A partir de 1843, O'Connor se volcó hacia los proyectos de reforma agraria. Organizó la National Land Company, que poco a poco fue cayendo en un caos financiero. (I: 153).

En 1847 O´Connor fue elegido miembro del Parlamento por Nottingham. El fracaso de su proyecto agrario lo llevó a impulsar nuevamente el cartismo. También se conjugaron los acontecimientos revolucionarios del continente europeo. (I: 153).

En 1848, la Asociación Nacional de la Carta lanzó la 3° Petición Nacional. Esta vez se hablo de "medidas ulteriores" en caso de que no fuera aceptada por el Parlamento. Sin embargo, no hubo un movimiento huelguístico que apoyara la petición. En abril se realizó una gran manifestación en Kennington Common para presentar la petición. La movilización fue contenida por las fuerzas gubernamentales comandadas por el famoso duque de Wellington (1769-1852). Ante el nuevo fracaso, algunos cartistas intentaron un levantamiento, pero no llegaron a concretarlo. La Asamblea Nacional de delegados se reunió y disolvió sin decidir nada. No hubo ninguna "medida ulterior". (I: 153). "Pasado 1848 nunca volvería a tener [el cartismo] ni siquiera la apariencia de un movimiento nacional que tuviese el apoyo de masas." (I: 154).

Este fue el réquiem para la primera experiencia de movilización de masas de la clase obrera. Hay que profundizar en el estudio de esta experiencia, pues los cartistas tuvieron que hacer frente a los problemas concretos de la organización autónoma del proletariado. Algunas cuestiones al respecto: a) la forma de organización necesaria para combinar dirección centralizada - fundamental para potenciar la lucha de las clases dominadas - con movilización democrática de los trabajadores; 2) la elaboración de un programa político propio, dirigido a la emancipación de la clase trabajadora; 3) la política de alianzas (qué hacer frente a las capas medias, los campesinos, cómo aprovechar los conflictos al interior de la burguesía, etc.); 4) la huelga general y la insurrección (el problema de la toma del poder).

Luego de la derrota de 1848 quedaron dos grupos que se reivindicaban cartistas:

a) la reorganizada Asociación Nacional de la Carta, cuya dirección pasó de O'Connor a Ernest Jones (1819-1869) y George Julian Harney (1817-1897). Ambos tuvieron estrecha relación con Karl Marx (1818-1883) y el grupo que había publicado el Manifiesto Comunista. "La izquierda del cartismo, libre del dominio de O'Connor, llegó a considerarse a sí mismo como la rama británica de un movimiento revolucionario internacional y a tener mucho más en cuenta las ideas socialistas y comunistas del continente." (I: 154). Estos cartistas mantuvieron una activa particip ación en The Society of Fraternal Democrats (fundada en 1846). Las derrotas de la Revolución de 1848-1849 provocaron la definitiva decadencia del cartismo. Harney se peleó con Marx por seguir manteniendo contacto con revolucionarios de todas las tendencias. La jefatura de la izquierda cartista pasó a Jones, quien mantuvo la militancia cartista hasta 1858, año en que impulsó la construcción de un movimiento que uniese a la clase obrera y a las clases medias. (I: 154-155);

b) el movimiento de Bronterre O'Brien (1805-1864).

Los sectores de clase media que apoyaron al cartismo lo abandonaron definitivamente y pasaron a engrosar las filas de la Asociación para la Reforma parlamentaria y financiera, dirigida por sir Joshua Walmsley (1794-1871) y Joseph Hume (1777-1855), que reclamaban la "pequeña carta", esto es, el voto para los hombres que eran cabeza de familia. (I: 154).

Buenos Aires, jueves 28 de julio de 2011

NOTAS:

(1) Esta nota está basada en el capítulo 13 (La Carta del Pueblo) del libro de Cole. Los cartistas intervinieron tanto en las luchas de la reforma parlamentaria como en el movimiento oweniano y cooperativista. (I: 144). Sus dirigentes "pertenecían al grupo de los mejores obreros especializados, pobres, pero no miserables, y a los que no afectó en su experiencia personal el sistema de fábricas. Eran autodidactas, de inteligencia superior, entregados al razonamiento, y que se dejaban impresionar fácilmente por la retórica..." (I: 144-145). Para entender el contexto en que se originó el cartismo, hay que tener presente que a finales de la década de 1830 se inició una prolongada depresión industrial, que continuó en la década de 1840. (I: 149).

(2) Hacia 1837 el owenismo conservaba partidarios en Londres, en Birmingham, en Manchester (aquí su influencia era considerable), en algunas ciudades de Yorkshire, en Glasgow y en otros distritos. Pero desde 1834 el owenismo se había ido alejando progresivamente del movimiento de masas.

(3) Los autores de la Carta hicieron consultas a varios políticos radicales, entre los que se contaban Francis Place (1771-1854) y Joseph Hume (1777-1855). (I: 144).


(4) Ligada, a su vez, con la Liga contra la ley de granos o de cereales. (I: 151).

(5) Fue liberado de la prisión en 1841. (I: 151).

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