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jueves, 15 de mayo de 2014

PERÓN Y LOS LÍMITES DEL PERONISMO: LA DEFINICIÓN DEL ENEMIGO EN EL DISCURSO DEL 20 DE ENERO DE 1974

La identificación del enemigo es crucial en la construcción de la identidad de una fuerza política. Más claro, un proyecto político se define a partir del establecimiento de cuáles son sus enemigos.

El peronismo no escapa a la regla enunciada en el párrafo precedente. Así, puede ser caracterizado tomando en cuenta la definición de sus enemigos, tal como fuera enunciada por su líder, Juan Domingo Perón. Es cierto que esta caracterización es incompleta, en parte porque un líder no decide a voluntad, sino que se encuentra siempre tironeado por el resultado de la lucha de clases en un momento determinado; en parte también porque la definición de los enemigos siempre es dinámica y se modifica a partir de los resultados de los conflictos entre las clases sociales. Hechas estas salvedades, este artículo tiene por objetivo establecer los límites políticos del peronismo a partir de la definición de sus enemigos por Perón a comienzos de 1974.

El discurso del 20 de enero de 1974 (1) representa un hito en la definición de los enemigos del peronismo. El PRT-ERP había atacado el cuartel del Ejército ubicado en la ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires. Cabe aclarar que el PRT-ERP se adjudicó la acción, así que no existían dudas sobre la autoría de los atacantes. En su discurso, y como es obvio, Perón se refiere con dureza a los asaltantes (aunque sin nombrar explícitamente al ERP, recurso que, como se verá más adelante, va en la línea de la política de aniquilamiento del PRT impulsada por el gobierno peronista). Pero, y esto es el contenido fundamental del discurso, Perón concentra sus ataques sobre la JP y sobre el clasismo en el movimiento obrero.

Perón equipara en su condena a los atacantes del cuartel y a los sectores políticos que no participaron en el ataque. Explicar esta aparente paradoja, a partir de los límites de la política del movimiento peronista, constituye el contenido principal del presente artículo.

¿Qué dice Perón acerca del PRT-ERP?

Los adjetivos empleados por el líder del peronismo muestran desde el vamos que el PRT-ERP es puesto fuera de la comunidad política: “asaltantes terroristas”, “verdaderos enemigos de la Patria”. Al separarlo de la comunidad política (no es este el lugar para juzgar la responsabilidad del PRT en este proceso), el PRT-ERP es convertido en sujeto de aniquilamiento.

Perón resume así su caracterización del PRT-ERP:

“una organización que actuando con objetivos y dirección foráneos, ataca al Estado y a sus instituciones como medio de quebrantar la unidad del pueblo argentino y provocar un caos que impide la Reconstrucción y la Liberación en que estamos empeñados. Es la delincuencia asociada a un grupo de mercenarios que actúan mediante la simulación de móviles políticos tan inconfesables como inexplicables.” (p. 45-46; el resaltado es mío).

El PRT-ERP es privado de toda entidad política y reducido a la condición de banda de delincuentes orientada hacia la destrucción de la Nación. Ni siquiera le reconoce autonomía, pues sostiene que actúa en base a “objetivos y dirección foráneos”. Al proponer esta caracterización, cierra el camino para cualquier forma de negociación; frente al PRT-ERP, caracterizado como verdaderos “enemigos del pueblo”, no queda otra alternativa que la guerra y el aniquilamiento. Para Perón, el PRT-ERP no forma parte del pueblo y, por tanto, puede ser tratado en consecuencia. En este punto, no hay una diferencia sustancial entre la caracterización de Perón y la formulada posteriormente por la dictadura. Al transformarlos en “delincuentes terroristas” y no en “militantes políticos”, Perón abre la puerta para que no se respeten las vidas de los prisioneros del PRT-ERP, por ejemplo.

Como indicamos, los ataques de Perón no van dirigidos exclusivamente contra el PRT-ERP. Perón apunta, sobre todo, a los supuestos cómplices de los guerrilleros.

¿Quiénes son los cómplices de la guerrilla del ERP?

En enero de 1974, Oscar Bidegain era el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Bidegain contaba con el apoyo de la JP (la izquierda peronista), aunque no era un cuadro de esta. Además, la JP y el PRT tenían enormes diferencias políticas, ahondadas, si cabe, por la decisión del PRT de continuar la lucha armada bajo el gobierno peronista.

En el discurso, Perón pasa por alto las consideraciones hechas en el párrafo anterior, y achaca al gobierno de Bidegain una gran responsabilidad por el ataque:

“No es por casualidad que estas acciones se produzcan en determinadas jurisdicciones. Es indudable que ello obedece a una impunidad que la desaprensión y la incapacidad hacen posible, o lo que sería aún peor, si mediara, como se sospecha, una tolerancia culposa.” (p. 46; el resaltado es mío).

Como se desprende del pasaje citado, Bidegain es acusado (y, por ende, es acusada la JP) de “desaprensión”, “incapacidad”, “tolerancia culposa”. Dada la caracterización que hace Perón del PRT-ERP en este mismo discurso, es claro que Perón estaba acusando a la JP de complicidad con el terrorismo. De ahí a iniciar una ofensiva general contra la JP y las demás corrientes de la izquierda peronista había un paso.

Perón aprovechó la acción del PRT-ERP para ajustar cuentas con la izquierda peronista (ajuste que había comenzado el año anterior con los sucesos de Ezeiza). El reemplazo de Bidegain por el sindicalista Calabró (conspicuo representante de la derecha peronista) y el “Navarrazo” de marzo de 1974, golpe policial que destituyó al gobernador peronista de Córdoba, Ricardo Obregón Cano, simpatizante de la JP, fueron los primeros pasos de esta ofensiva contra la izquierda peronista. Más allá de lo que pueda decirse acerca de la política seguida por el PRT, es indudable que Perón había tomado la decisión de arremeter contra la izquierda de su movimiento antes del ataque al cuartel de Azul.

Para estabilizar al capitalismo argentino era preciso cerrar el proceso de movilización popular iniciado con el Cordobazo (1969). Para lograr este objetivo, Perón debía neutralizar a tres actores políticos: a) la guerrilla no peronista; b) la JP y la izquierda peronista en general; c) el clasismo obrero. Respecto al PRT-ERP, el camino elegido era el “aniquilamiento” (como indicamos, separarlos de la comunidad política era el primer paso en esa dirección). En cuanto a la JP, el comienzo del fin (octubre de 1973) consistió en su desplazamiento de los cargos políticos de importancia, reemplazándolos por miembros de la derecha peronista.

¿Y el clasismo obrero?

Al final del discurso, Perón mete un pasaje antológico:

Pido igualmente a los compañeros trabajadores una participación activa en la labor defensiva de sus organizaciones (…) Esas organizaciones son también objeto de la mirada codiciosa de estos elementos [los que practican “la acción disolvente y criminal”, que atenta contra la Patria], muchas veces disfrazados de dirigentes.” (p. 46).

Perón iguala a los dirigentes y militantes clasistas con el “terrorismo”. Como la amenaza proviene de afuera de las organizaciones sindicales, se trata de “infiltrados”. Dicho más claro, no hay espacio para el clasismo (ni para el clasismo) en los sindicatos. La sanción de la ley de Asociaciones Profesionales, a fines de 1973, fue un hito central en la política de Perón dirigida a expulsar al clasismo del movimiento obrero.

La Triple A y las bandas parapoliciales de los sindicatos constituyeron la segunda fase de la ofensiva de Perón contra la izquierda peronista y el clasismo.

En este marco, no es casualidad que el discurso de Perón contenga una defensa del Ejército:

Nuestro Ejército, como el resto de las Fuerzas Armadas (…) no merecen s     ino el agradecimiento del pueblo argentino.” (p. 45; el resaltado es mío).

Nótese que se trata de las mismas Fuerzas Armadas que habían protagonizado el golpe de Estado de 1966, suprimiendo toda forma de expresión política e implementando la tortura de los enemigos políticos como práctica sistemática, además de llevar a cabo acciones como la masacre de Trelew.

La decisión de aniquilar a la guerrilla no peronista y la de neutralizar a la JP y al clasismo obrero requerían, para ser completadas, la acción de las Fuerzas Armadas. Perón necesitaba del Ejército no sólo para estabilizar a su gobierno, sino también para liquidar la situación de movilización de masas abierta en 1969. La democracia integrada propuesta por Perón en 1973 exigía, como paso previo,  una depuración de la comunidad política vía una guerra de aniquilamiento.

Ya no se trata de contiendas políticas parciales, sino de poner coto a la acción disolvente y criminal que atenta contra la existencia misma de la Patria y sus instituciones.” (p. 46).

Por último, es claro que la guerra desatada al interior del peronismo no fue consecuencia de la muerte de Perón (julio de 1974). La ofensiva contra la izquierda estaba contenida en germen en la definición de los enemigos formulada en el discurso del 20 de enero de 1974, y ya había sido iniciada por Perón antes de su fallecimiento. Si queda alguna duda acerca de esto, basta recordar la experiencia del “Navarrazo”, ya mencionada en este artículo.

El Perón de 1974 no era, por cierto, un “león herbívoro”.

Villa del Parque, jueves 15 de mayo de 2014

NOTAS:


(1)  Las citas del discurso del 20 de enero de 1974 están tomadas de: Perón, Juan Domingo. (1987). Obras completas: Volumen XXVII. Buenos Aires: Editorial Docencia. (Discurso titulado “Ha pasado la hora de gritar ‘Perón’, ha llegado la de defenderlo; pp. 45-47).

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