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sábado, 30 de abril de 2011

MARX Y LAS CIENCIAS SOCIALES

Resulta paradójico iniciar un taller de lectura sobre la obra de Karl Marx (1818-1883) teniendo que empezar, justamente, por justificar su carácter de clásico de la teoría social. En verdad, es muy difícil encontrar otro autor que haya ejercido (y siga ejerciendo) tanto influencia sobre la teoría social contemporánea como es el caso de Marx. Sin embargo, la paradoja no es tal en cuanto examinamos la peculiar relación de Marx con las ciencias sociales.

Las disciplinas que hoy conocemos como ciencias sociales tienen su origen en el último tercio del siglo XVIII, cuando se consolida la economía clásica con la publicación en 1776 de la obra cumbre de Adam Smith (1723-1790), La riqueza de las naciones. En ella, Smith no sólo sienta las bases de la economía moderna y del liberalismo económico, sino que propone un modelo de teoría social que fue ampliamente aceptado a lo largo de los siglos XIX y XX. En opinión de Smith, la reflexión sobre lo social tenía que dividir su objeto de estudio en una serie de parcelas menores, cada una de las cuales estaría a cargo de especialistas. De este modo, cada uno de ellos conocería mejor su parcela que si una sola persona pretendiera abarcar todos los temas de la investigación social; como resultado de esta división del trabajo, el conjunto poseería un conocimiento mayor y mejor del funcionamiento de la sociedad. Según esta propuesta, la división en parcelas tenía que ser el camino elegido por las ciencias sociales modernas, dejando de lado la problemática de la totalidad social, que sólo sería abordada como una especie de suma agregada de los conocimientos individuales generados por cada una de las ciencias que estudiaban la sociedad. Ahora bien, este proyecto para las ciencias sociales calzaba perfectamente con las necesidades de la burguesía en ascenso, que ya había alcanzado el poder político en Inglaterra y que se aprestaba a hacer lo mismo en Francia. La burguesía, clase social que derivaba su poder de la propiedad privada de los medios de producción, estaba interesada directamente en controlar el proceso de trabajo, para de ese modo evitar el desperdicio de factores de producción (por ejemplo, que los trabajadores, cuyos salarios pagaba el capitalista, se dedicaran a tomar mate en horario de trabajo, malgastando así el dinero que el empresario había pagado por el derecho a usar su fuerza de trabajo). Las ciencias sociales, concebidas al estilo de Smith, servían a ese propósito, porque su estructura de compartimentos estancos, separados unos de otros y con “rígidas” barreras disciplinares, contribuía a impedir que los científicos sociales estudiaran la sociedad en su conjunto. Así, mientras que los teóricos sociales se concentraban en los “pequeños asuntos” de sus campos particulares, la agenda de los “grandes temas” era propuesta por la clase dominante. En una sociedad basada en la desigualdad, como es el capitalismo, renegar de la totalidad implica legitimar esa misma desigualdad, porque se rehúye su estudio.

La propuesta de Adam Smith para las ciencias sociales no se agotaba en la cuestión de la división del trabajo. Para Smith, la organización social basada en el imperio de los capitalistas en el nivel de la fábrica (a través de su control de los medios de producción) y del mercado como mecanismo de asignación de los frutos del trabajo social (un mercado que lejos de ser un ámbito de interacción de pequeños productores que competían entre sí en condiciones de relativa igualdad era, por el contrario, un espacio dominado por los capitalistas que concentraban cada vez más dichos medios de producción), constituía la forma más racional de organizar la sociedad. Es más, el capitalismo era concebido como la organización social “natural”, en el doble sentido de organización racional y de organización que respondía a las tendencias de la naturaleza humana. El capitalismo era la mejor forma de sociedad, la única forma de organización racional, porque significaba la puesta en práctica de las tendencias inherentes a la esencia del ser humano. De ahí que cualquier oposición al capitalismo era antinatural e irracional “por naturaleza”. En este punto cabe decir que, dejando de lado la cuestión de la discusión de los supuestos filosóficos de Smith, su concepción ofrecía una buena legitimación a la expansión y al dominio de la burguesía.

Las ciencias sociales modernas se conformaron en torno a una serie de postulados que se mantuvieron inconmovibles a lo largo de su historia. La parcelación de la totalidad social en parcelas a cargo de ciencias particulares, la aceptación de la dominación capitalista en la fábrica y en la sociedad, la legitimación de dicha dominación a partir de la caracterización del capitalismo como la única forma de organización social racional y natural, fueron los pilares en torno a los cuales trabajaron las distintas generaciones de científicos sociales. Sin entrar en detalles, aún las ciencias sociales que surgieron en períodos de crisis y que, por tanto, se vieron obligadas a discutir algunos de estos postulados (como fue el caso de la sociología clásica), mantuvieron una aceptación acrítica de la hegemonía de la burguesía.

Es en este marco que puede comprenderse el carácter traumático de la relación de las ciencias sociales con la teoría y la obra de Marx. Por un lado, hoy nadie discute seriamente la amplitud de la contribución de Marx a la teoría social. Pero, por otra parte, el sentimiento de aprensión y de desconfianza instintiva hacia su teoría sigue tan generalizado como en el siglo XIX. En buena medida, las continuas afirmaciones acerca del carácter obsoleto del conjunto de su teoría o de aspectos parciales de la misma no suelen ser otra cosa que dicha desconfianza formulada de un modo más sofisticado y menos franco, sobre todo si se tiene en cuenta que dichas afirmaciones van acompañadas, por lo general, de un desconocimiento abrumador del contenido de la teoría de Marx.

¿Por qué razón Marx no termina ser digerido por las ciencias sociales modernas? En buena medida, porque la obra de Marx constituye la impugnación más sistemática y profunda del proyecto elaborado inicialmente por Adam Smith. El hecho de que El Capital (1867) lleve por subtítulo “Crítica de la economía política” es altamente significativo. Marx se propuso allí someter a discusión los postulados de la teoría económica clásica, en tanto descripción objetiva de las relaciones económicas capitalistas, pero también se dedicó a discutir a la economía política en tanto ideología de la burguesía. Marx sacó a la luz (como también por cierto lo habían hecho los socialistas anteriores) el papel político de la ciencia económica, su rol legitimador de las relaciones sociales capitalistas. En este sentido, puede decirse que El Capital refutó el carácter pretendidamente autónomo de la economía, y la devolvió al mundo terrenal en que los capitalistas y los trabajadores se enfrentaban cotidianamente. Ahora bien, si la economía no era un discurso autónomo (objetivo) respecto a la lucha de clases, las ciencias sociales pasaban a ser un terreno más de lucha entre dichas clases. Cuestiones tales como la neutralidad, la objetividad, el papel político de los intelectuales, fueron reformuladas por Marx de una manera que resultaba incompatible con los supuestos fundantes de las ciencias sociales modernas. Aquí hay se encuentran las bases para comprender la reacción de las ciencias sociales hacia la obra de Marx, la inconmovible desconfianza que ha marcado dicha relación. De un modo llano, puede decirse que Marx siguió siendo un “sapo de otro pozo”, por más que la discusión de los planteos teóricos de Marx haya sido uno de los principales acicates al desarrollo de las ciencias sociales en el siglo XX.

Desde los tiempos de Adam Smith, las ciencias sociales estuvieron ligadas al ascenso y consolidación de la hegemonía económica, social y política de la burguesía. Nos guste o no, ellas representan la dominación de la clase capitalista en el plano de la teoría social. Esto no significa, por cierto, que los cientistas sociales se comporten del mismo modo que los gerentes o los accionistas de una empresa multinacional. Lejos estamos de sostener una visión tan grotescamente determinista de la realidad. Pero si puede decirse que las ciencias sociales se han preocupado constantemente por consolidar la dominación capitalista, ya sea por acción o por omisión. En términos un poco más académicos, la teoría social surgida a partir de fines del siglo XVIII se construyó en torno al respeto irrestricto de las reglas de juego de la moderna sociedad burguesa, esto es, la propiedad privada de los medios de producción, la hegemonía del mercado, el reconocimiento del papel económico del Estado en tanto y en cuanto fuera concebido como herramienta para el desarrollo capitalista, la aceptación de la escisión entre la vigencia de la democracia formal en el plano político y la dictadura de los empresarios sobre los trabajadores en la fábrica. Si esta visión del papel de las ciencias sociales puede resultarle al lector un tanto “prehistórica” lo invitamos a instalarse en una biblioteca nutrida en obras de ciencias sociales y a recorrer las mismas buscando impugnaciones serias de cada unas de las reglas de juego mencionadas en el pasaje anterior. La experiencia puede resultar aleccionadora para comprender el carácter de la relación entre Marx y las ciencias sociales.

La lectura de Marx resulta, por tanto, imprescindible tanto para quienes desean discutir los fundamentos teóricos del orden existente, como para aquellos que reconocen la validez de los supuestos de ese orden y quieren mejorar su capacidad para defenderlos mediante el conocimiento de los planteos del enemigo más sólido y consecuente de las ciencias sociales modernas. Se esté de acuerdo o no con su teoría, Marx resulta una presencia ineludible.

Sin embargo, la importancia de Marx excede ampliamente el plano científico y académico. En verdad, el viejo Marx habría puteado en arameo si se hubiera enterado que se lo trataba como un teórico social (aun cuando se reconociese la excepcionalidad de sus aportes). Con toda su pasión por el conocimiento científico, la teoría social no constituía el principal interés de Marx. Fue, y esta es otra causa fundamental de la desconfianza hacia él, un revolucionario y, como todo revolucionario, su objetivo principal durante toda su vida consistió en hacer la revolución. Si se ignora esta cuestión, si se concentra la atención únicamente en los logros y desaciertos científicos de Marx, se corre el riesgo de no entender absolutamente nada de la teoría de Marx.

Friedrich Engels (1820-1895) afirmó que “Marx era, ante todo y sobre todo, un revolucionario. La verdadera misión de su vida era cooperar de un modo o de otro al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones del Estado creadas por ella, cooperar a la emancipación del proletariado moderno, a quien él por primera vez infundió la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones que informaban su liberación. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, con una tenacidad y con unos frutos como pocos hombres los conocieron. La primera Gaceta del Rhin en 1842, el Vorwarts de París en 1844, la Gaceta alemana de Bruselas en 1847, la Nueva Gaceta del Rhin en 1848-1849, la New York Tribune de 1852 a 1861, una muchedumbre de folletos combativos, el trabajo de organización en las asociaciones de París, Bruselas y Londres, hasta que por último vio surgir como coronación y remate de toda su obra la gran Asociación obrera internacional” (Discurso de Engels en el entierro de Marx, 17 de marzo de 1883, citado por Mehring, 1965: 412-413).

Las palabras de Engels resumen con precisión el carácter de la carrera intelectual y política de Marx. Ninguno de los planteos teóricos de Marx puede entenderse desligado de su acción revolucionaria en las filas del movimiento obrero del siglo XIX. La magnitud de sus contribuciones a la teoría social es el resultado de su involucramiento con la causa del socialismo y del proletariado revolucionario. En tiempos en los que el máximo dirigente de la principal central sindical argentina defiende la identidad de intereses entre los empresarios y los trabajadores, es importante recordar que esta posición dista mucho de ser la única presente en la historia del movimiento obrero. En líneas generales, cabe decir que existen dos corrientes en el seno del movimiento obrero. De un lado está aquella que plantea que el papel de los trabajadores en una sociedad capitalista consiste en discutir el precio y las condiciones de la venta de la fuerza de trabajo (uno de los representantes actuales de esta corriente es el señor Moyano). De otro lado, están aquellos que sostienen que el movimiento obrero tiene que dedicarse a discutir políticamente la relación salarial misma, esto es, luchar por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Esta última corriente de pensamiento y de acción no hubiera sido lo que fue de no haber existido Marx. No se trata, por cierto, de dejar de lado los aportes de las otras vertientes del socialismo. Pero Marx proporcionó a través de su teoría los elementos necesarios para llevar adelante una impugnación en bloque del capitalismo. Así, por ejemplo, la teoría del plusvalor no es una mera teoría económica, sino que constituye la llave para comprender el carácter del capitalismo y otorga al concepto de explotación un carácter científico, volviéndolo así mucho más peligroso para la clase dominante que su simple connotación moral. Asimismo, la demostración de que las leyes de la circulación mercantil (según las cuales en el mercado se cambian valores iguales y todos salen contentos) se transforman indefectiblemente en leyes de la apropiación capitalista (que suponen, y engendran, la desigualdad entre los capitalistas y los trabajadores) representa la refutación más profunda de las tesis reformistas, que sostienen que existe la posibilidad de conformar un capitalismo “bueno” en el que las clases sociales convivan en armonía.

La acción política de Marx es, por tanto, indisoluble de su crítica teórica de las bases ideológicas del capitalismo. Sus objetivos primordiales fueron la revolución en el plano de la teoría y la revolución en la política, y separar uno de otro equivale a deformar a Marx. Aquí se encuentra el secreto del carácter revulsivo que sigue teniendo su teoría social. El capitalismo, guste o no, continúa siendo la forma dominante de organización social, y la teoría de Marx representa todavía la crítica más incisiva e inconformista del mismo.

Marx comenzó su carrera política en las filas del liberalismo. Sus ideales iniciales fueron los del liberalismo; por cierto, un liberalismo que estaba muy distante de muchos monigotes actuales, que dicen llamarse liberales y que abogan por la prohibición de toda forma de disidencia intelectual (basta recordar los tiempos de auge del “pensamiento único” en los años ´90). El liberalismo de Marx está imbuido de la convicción de que la verdadera emancipación de los seres humanos implica la concreción de la efectiva autonomía de los mismos, de que las personas se conviertan en dueños de sus destinos, de que puedan tomar libremente las decisiones respecto a cómo quieren vivir. Pero la derrota del liberalismo alemán en la primera mitad de la década de 1840 le mostró con claridad cuáles eran los límites de la política del liberalismo. Su estudio exhaustivo de la Revolución Francesa reforzó la conciencia de esos límites, y Marx llegó pronto a la conclusión de que una verdadera revolución debía ir mucho más allá que la simple instauración de un nuevo ordenamiento político. En otras palabras, los Derechos del Hombre y del Ciudadano eran sólo los derechos de la burguesía, pues el ámbito de la igualdad jurídica coexistía con la dominación indiscutida de los capitalistas en la fábrica. Esta constatación acercó progresivamente a Marx a las filas del socialismo, pero sólo cuando entró en contacto con el incipiente movimiento obrero (en su exilio en Paris) adoptó una militancia revolucionaria. El comienzo de su crítica de la economía política, iniciada en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, va de la mano con su acercamiento a las filas de los trabajadores. Era imprescindible dotar al flamante movimiento obrero de una herramienta teórica para discutir los argumentos económicos de los capitalistas, su pretensión a dirigir el proceso productivo, y la teoría de Marx proporcionó dichos argumentos, pero en el marco de una concepción de la totalidad social que estaba a años luz de la mayoría de las teorías socialistas imperantes en ese momento. La combinación de radicalismo político, filosofía hegeliana, crítica de la economía política y socialismo resultó extraordinariamente subversiva y le permitió a Marx construir una teoría social que diera cuenta tanto de las bases de la organización capitalista como de los procesos de cambio y transformación de la misma.

No es este el lugar para hacer una reseña de la carrera intelectual y política de Marx, pero sí es conveniente destacar algunos momentos, pues ellos contribuyen a explicar el carácter de la posición política y teórica de Marx. A principios de 1848 se publicó la primera edición del Manifiesto del Partido Comunista, obra en la que Marx y Engels combinan un análisis extraordinariamente lúcido de las características de la sociedad capitalista (hay allí una de las mejores descripciones del fenómeno conocido mucho tiempo después como “globalización”), con una propuesta de organización política autónoma de los trabajadores. Para Marx y Engels, sólo la organización política de los trabajadores, construida a distancia de las distintas propuestas políticas de la burguesía, es capaz de garantizar la emancipación efectiva de los trabajadores y de los sectores populares. Al mismo tiempo, y esto ya permite poner en discusión el argumento tan repetido acerca del “determinismo” de Marx, el énfasis en la organización política, en la necesidad de que los trabajadores se den su propio partido político muestra a las claras que Marx no creía en que la revolución se iba a dar por la simple acción de las fuerzas económicas. Si esto último fuera cierto, no se entiende el porqué Marx luchó toda su vida para que los trabajadores se organizaran políticamente (en ningún momento Marx pensó que bastaba la sola organización sindical para lograr la liberación de los trabajadores). En verdad, las acusaciones de determinismo, más allá de que pueden apoyarse efectivamente en varios textos de Marx, constituyen una forma cómoda de omitir la acción política revolucionaria de Marx. La unidad de teoría y práctica resulta especialmente revulsiva para las ciencias sociales modernas, toda vez que los cientistas sociales tienden a dedicarse a estudiar los procesos sociales, dejando en manos de los políticos y de los empresarios la formulación de las medidas “necesarias” para resolverlos. En esta división del trabajo (tan detestada por Marx), los científicos investigan y los empresarios actúan. El saber se encuentra subordinado al capital, y allí se acabó la historia.

Marx dedico más de veinte años de su vida a la preparación de su obra monumental, El Capital. Las condiciones materiales en las que Marx estudió la economía política tienen muy poco que ver con las condiciones en que estudian los académicos actuales. Sin embargo, y a pesar de tratarse de la obra de su vida (y él era perfectamente conciente de ello), Marx dedicó buena parte de su tiempo durante la etapa final de elaboración y redacción del Libro Primero de El Capital a la actuación en la organización y consolidación de la Asociación Internacional de Trabajadores (más conocida como 1° Internacional), constituida en 1864. En nuestra opinión, las tesis presentadas en El Capital tienen que estudiarse en conexión directa con los planteos de Marx en la Internacional. La frase que cierra el Manifiesto Inaugural de dicha organización, “la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos” cobra un sentido todavía más profundo si se la lee en relación con lo expuesto en el final del capítulo 4 del Libro Primero de El Capital, cuando Marx remarca la diferencia entre el ámbito del mercado, en el que las personas son libres, y el ámbito de la producción, en el que los trabajadores aparecen sometidos a los capitalistas. La combinación de libertad y despotismo, tan propia de la esencia del capitalismo, sólo puede ser desbaratada en la medida en que los trabajadores tomen conciencia de su situación y sean capaces de organizarse para derrocar la dominación capitalista. Si no lo hacen, si continúan yendo a la cola de las organizaciones políticas, se mantendrán en el plano de la “libertad” jurídica del mercado y no podrán quebrar la dictadura de los capitalistas en la fábrica. Sólo así podrán avanzar en la profundización de la democracia.

Lo expuesto en el párrafo anterior sirve para plantear una impugnación a la tesis tan repetida acerca de la existencia de una ruptura entre el Joven Marx y el Marx maduro. Las posiciones políticas defendidas por Marx en el "Manifiesto Inaugural de la Asociación Internacional de Trabajadores" son las mismas que aparecen en un escrito temprano, la “Introducción a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel” (1844). No hay aquí ninguna virtud sobrenatural, sino que la coherencia de Marx es el resultado de su participación en las luchas de los trabajadores. Si es correcto afirmar que Marx pudo avanzar en su crítica de la economía política gracias a su contacto con los obreros franceses en 1844, también es verdad que en un sentido fuerte fue el movimiento obrero el que “hizo” a Marx. La grandeza de la teoría de Marx, su carácter de clásico ineludible para las ciencias sociales es producto de su unión indisoluble con las luchas obreras.

San Martín, sábado 30 de abril de 2011

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