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viernes, 8 de mayo de 2020

INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA CURSO 2020 – CLASE N° 2


"Y el representante de la Primera Junta
en el ejército del Alto Perú
se preguntó, noche tras noche, día tras día,
para qué sirve mirar lo que no se puede cambiar."
Andrés Rivera, "La revolución es un sueño eterno"


Bienvenidas y bienvenidos a la segunda clase del curso.
Las condiciones de la cursada siguen siendo excepcionales. Sé que este no es el mejor formato ni las mejores condiciones, pero haremos lo que se pueda. Por eso, antes de comenzar la clase, quiero insistir en la necesidad de que consulten, pregunten, protesten y me digan todo lo que quieran decir. Usen el correo electrónico y las vías de comunicación que vaya habilitando. Un docente que da clases sin tomar en cuenta lo que piensan los estudiantes es un docente que tiene que colgar los botines y dedicarse a otra cosa.
En el encuentro de hoy trabajaremos la Utopía [1], del filósofo social, jurista y político inglés Thomas More (1478-1535). [2] El objetivo es comenzar a analizar el proceso de transición de las sociedades precapitalistas (en este caso, la sociedad feudal) a la sociedad capitalista. Además, comenzaremos a examinar el modo en que la teoría social procesó dicha transformación. En base a lo expuesto en la clase anterior, abordaremos dicha transformación tomando como punto de partida al proceso de trabajo.
Vayamos despacio. Comencemos la clase propiamente dicha.

Nuestra forma de vivir, nuestras costumbres y creencias, no existieron siempre. Esta afirmación nos mete de lleno en el tema de la clase de hoy, pues nos obliga a reflexionar sobre la historia de nuestra sociedad.
Pero, ¿nuestra sociedad tiene historia? La pregunta parece trivial, pues nos inculcaron nociones de historia desde el jardín de infantes (San Martín, el Cabildo, la Independencia). No obstante, nuestra experiencia cotidiana apunta a otra cosa, no a la historia: hacemos las mismas cosas todos los días. Los que tenemos trabajo, salimos todas las mañanas rumbo al laburo, tomamos el transporte público (tren, bondi, subte), soportamos la experiencia de viajar hacinados, llegamos al trabajo, cumplimos nuestra jornada, volvemos a casa pasando otra experiencia “deliciosa” en el transporte, cenamos, dormimos. Y al día siguiente vuelta a empezar. Cuando no trabajamos, los días que tenemos franco o los feriados, cumplimos otras rutinas. Y así durante años, décadas. Los acontecimientos que rompen la rutina son escasos y, bien mirados, también rutinarios. No voy a insistir en el tema, ni deprimirme ni deprimirlo. Se trata de mostrar cuán alejada se encuentra nuestra vida de la experiencia histórica.
Ahora bien, ¿qué es eso de la experiencia histórica?
La experiencia de la historia es la experiencia del cambio, entendido como la transformación de las condiciones de vida, de los hábitos, de las ideas y representaciones. En términos de lo que se dijo recién, podemos pensar al cambio histórico como la instauración de nuevas rutinas.
Por ejemplo. Muchos de ustedes probablemente residan en alguna de las localidades del Gran Buenos Aires. Pues bien, hace un siglo la región que recibe esa denominación era campo, en el que se encontraban, dispersos, algunos pueblitos. La situación comenzó a cambiar en la década del ’30 del siglo pasado, momento en que se inició el proceso de industrialización por sustitución de exportaciones. Se instalaron fábricas en el área metropolitana de Buenos Aires. Miles de personas del interior llegaron cada año a instalarse en la zona para conseguir un trabajo mejor al que tenían en sus provincias, en las que la agricultura familiar se hallaba en crisis. Con el correr del tiempo se formó el Gran Buenos Aires, el área más poblada del país. Desapareció el campo. Casi no queda terreno donde no se haya construido. Pero para quien vive en la zona y tiene veinte, treinta años, el Gran Buenos Aires siempre existió. No tiene experiencia de lo anterior. Mucho menos conoce las transformaciones sociales implicadas en este proceso.
El ejemplo anterior describe un proceso local de cambio. Pero hay formas mucho más dramáticas de transformación, en el sentido de que consisten en la transformación de la forma de vida de las personas, en la modificación de su manera de actuar y de representarse el mundo en que viven. Ése es el caso del pasaje del feudalismo al capitalismo.
El feudalismo era una forma de organización social en la que todo el trabajo era realizado por los campesinos y los artesanos. Ellos producían todo lo que necesitaban los integrantes de la sociedad para satisfacer sus necesidades. Eran los productores. Pero la mayor parte de lo producido (vamos a concentrarnos aquí en el trabajo agrícola, para no complicar excesivamente la cuestión) era apropiado por los señores feudales, quienes poseían el monopolio del poder político y del uso legítimo de la violencia. Esta gente sustraía el excedente de la producción de los campesinos mediante tributos, impuestos, rentas, etc. El campesino que no quería pagar el tributo era encarcelado o ejecutado. La violencia estaba en la base del poder de la nobleza feudal. [1]
El feudalismo fue la forma de organización social más extendida en Europa occidental durante, por lo menos, mil años. [2] No obstante su larga duración, hoy no tenemos feudalismo. Parafraseando a Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895), “todo lo sólido se desvanece en el aire”. [3] Como éste no es un curso de historia, no nos corresponde examinar en detalle el proceso histórico, sumamente complejo, que determinó el pasaje a otra forma de organización social, el capitalismo. Nuestro tarea es otra: analizar los cambios en el proceso de trabajo, pues en la clase pasada llegamos a la conclusión de que el mencionado proceso proporciona la clave para entender el carácter de una sociedad y, en este caso, de la transformación de las RS.
A comienzos del siglo XVI Inglaterra era una sociedad feudal. La forma de gobierno era la monarquía, la clase dominante era la nobleza (una de cuyas fracciones estaba conformada por la Iglesia), los trabajadores eran los campesinos y los artesanos. Para esa época Europa estaba experimentando los efectos de un desarrollo comercial sin precedentes. No sólo crecía el intercambio comercial entre las distintas regiones, sino que también se incorporaban nuevos continentes al tráfico mercantil. Tal es el caso de América, “descubierta” por el navegante italiano, al servicio de la corona española, Cristóbal Colón (1451-1506) en 1492, o el Lejano Oriente, adonde llegó el navegante portugués Vasco da Gama (c. 1460-1524). El mundo se volvía más grande para los comerciantes europeos, quienes veían incrementarse los mercados y las ganancias.
El aumento de los intercambios comerciales promovió la producción de mercancías en varias regiones de Europa. Una mercancía es algo que se fabrica para vender en el mercado. Ahora bien, el aumento del comercio generó la avidez por más mercancías. Ello tuvo por efecto una mayor demanda de materias primas. Más y más regiones de Europa se fueron incorporando a la producción de mercancías. Si en los siglos anteriores los señores feudales se limitaban a exigir a los campesinos el pago de tributos, en el siglo XVI comenzaron a pedir el pago en dinero y no en especie o en trabajo. El dinero se volvió imprescindible para comprar las mercancías que requerían para mantener su nivel de vida. Algunos señores feudales fueron más allá. Tomaron nota de la demanda de materias primas y comenzaron a dedicarse a la producción de éstas, pues les producía mayores ganancias que la simple apropiación del excedente campesino. En otras palabras, se fue conformando un grupo de señores feudales con mentalidad mercantil.
Volvamos a Inglaterra. A las características que mencionamos hace un rato, cabe agregar una más: en términos económicos, Inglaterra era un país subdesarrollado (perdonen el uso del anacronismo) a comienzos del siglo XVI. Esto significa que compraba a otros países los bienes manufacturados que necesitaba. Por ejemplo, importaba de Flandes las telas y tejidos con que se vestían los nobles y los comerciantes y artesanos enriquecidos de las ciudades. En este momento, algunos señores feudales vieron una oportunidad de obtener grandes ganancias.
 ¿En qué consistía esta oportunidad? En producir la materia prima que requerían los comerciantes y fabricantes textiles de Flandes: lana.  [] Como es sabido, la lana se obtiene de las ovejas. Pero el campo inglés estaba poblado de campesinos que se dedicaban a la agricultura. Para producir lana era necesario sacarlos de en medio y llenar los campos de ovejas, cuidadas por unos pocos pastores. Esta es la historia que cuenta More en Utopía.
Unas palabras sobre More. Su caso es excepcional en varios sentidos. En primer lugar, pertenecía a la clase dominante. Estudió abogacía, ejerció la profesión y fue ministro del rey Enrique VIII (1491-1547 quien, entre otras cosas, decidió la separación de la iglesia de Inglaterra de la tutela del Papa. En este suceso More demostró tener convicciones fuertes, pues se negó a jurar al rey como jefe de la nueva iglesia y pagó con su vida esa desobediencia. En segundo lugar, ese miembro del Estado inglés, ese ministro del rey, fue capaz de ver el sufrimiento de los campesinos ingleses y escribir uno de las críticas más lúcidas de la propiedad privada. ¿Se imaginan a alguno de nuestros políticos y/o empresarios diciendo “somos unos parásitos que vivimos de oprimir a los trabajadores”? La respuesta es que ni de casualidad se nos ocurre pensar eso. Bueno, eso fue lo que hizo More con su Utopía. Estamos, pues, frente a una pequeña maravilla.
Sé que ustedes están cursando muchas materias a la vez. Dicho sin tapujos, el ritmo de cursada en el Joaquín es insensato y conspira contra el aprendizaje. Pero les recomiendo que, si están interesados en comprender el funcionamiento de nuestra sociedad, lean completa la Utopía. Ahora tienen el Libro Primero como lectura obligatoria y no vamos a ir más allá. Sin embargo, es bueno que vayan conformando una biblioteca de libros imprescindibles, esos que utilizarán toda la vida. En mi opinión, que no tiene que ser la de ustedes, la Utopía es uno de esos libros.
La Utopía encuadra perfectamente en la categoría de las obras que denominamos clásicas y que, a la vez, pueden ser consideradas clásicos de la sociología (o de la teoría social). Es cierto que la sociología, en el sentido moderno del término, no existía en el siglo XVI. Pero una de las cualidades que determinan el carácter clásico de una obra consiste, justamente, en la dificultad para ubicarla dentro de una disciplina o un campo de estudio determinado. Los clásicos desbordan los límites establecidos por el sentido común, las convenciones académicas y lo políticamente correcto. Esta es una de las razones que hacen que un clásico posea una actualidad permanente.
La Utopía no es un tratado sociológico; tampoco puede ser considerada como una obra precursora de la sociología. Ubicarla en esta categoría implicaría adoptar una visión lineal de la historia, según la cual las acciones de las personas forman parte de un plan maestro conducente a un fin determinado (por ejemplo, la construcción de una sociología “científica”). Además, calificarla de obra precursora supone domesticar a Utopía, convertirla en algo familiar, que no sale de los límites del sentido común de nuestra sociedad. Equivaldría, en definitiva, a convertirla en una especie de antepasado de nuestros trabajos académicos; aburridos, porque ya se sabe desde el principio cuáles son sus límites; inofensivos, porque jamás cuestionan la distribución del poder en nuestra sociedad.
Utopía es, a la vez, una formidable y apasionada denuncia de la situación social en la Inglaterra de principios del siglo XVI, y un brillante intento de dar con las causas de esa situación. Todo ello con las categorías de pensamiento vigentes en la época. More es un hombre de su tiempo, pero es un hombre que contempla la realidad más allá de las apariencias o de lo que le vedado ver a su clase; es por eso que suena actual a pesar de la distancia temporal.
Utopía está estructurada en torno al encuentro entre More y un personaje imaginario, el navegante Rafael Hitlodeo, quien llegó a la isla de Utopía en uno de sus viajes por el continente americano. La obra consta de dos libros. En el primero (el que tienen como lectura obligatoria), More entabla un diálogo con Hitlodeo. Moro, admirado por la sabiduría de Hitlodeo, pregunta a éste el porqué no ha puesto su saber al servicio de algún monarca; Hitlodeo, al responder, somete a una crítica implacable a la situación social en Inglaterra. En el Libro segundo, en cambio, Moro describe la sociedad de los utópicos (y, por contraste, continúa la crítica de la sociedad inglesa).
Es imposible abarcar todos los temas tratados en Utopía. Hay, no obstante, un hilo conductor que da sentido al conjunto de la obra. Es la crítica al proceso social desencadenado por la expulsión de los campesinos de sus tierras, a partir de la pretensión de los señores feudales de convertirlas en terrenos de pastoreo para las ovejas. Dicho proceso debe ser ubicado en el contexto más general de desarrollo de la producción mercantil y constituye un hito importante en la conversión de la aristocracia feudal en una burguesía ávida de ganancias.
More describe así la expulsión de los campesinos:
“Las ovejas. Estas plácidas criaturas que solían necesitar muy poca comida han desarrollado por lo visto un apetito incontenible y se han transformado en comedores de hombres. Campos, casas, ciudades, todo cae en sus gargantas. Para ser más claro, en aquellos lugares del reino donde la mejor lana se produce, y por esto la más cara, los nobles y caballeros, para no mencionar a algunos santos abades, han comenzado a sentirse insatisfechos con los ingresos que sus predecesores obtenían de sus dominios. Ya no están más contentos con llevar vidas ociosas y confortables que no hacen ningún bien a la sociedad, sino que deben causarle daño activamente reservando toda la tierra que puedan para pastura, dejando nada para el cultivo. Están derribando las viviendas y demoliendo pueblos enteros, excepto, por supuesto, las iglesias, las que conservan como establos para ovejas. Pareciéndoles poca la tierra desperdiciada en guaridas y cotos de caza, estas amables almas han comenzado a destruir todo rastro de vida humana y a convertir cada pedazo de tierra cultivable en un desierto.” (p. 69-70).
More registra aquí el cambio de comportamiento de muchos miembros de la nobleza, que pasaron a depender cada vez más de ingresos monetarios obtenidos de actividades mercantiles, tales como la venta de lana a la industria textil de Flandes. La mutación de esta parte de la nobleza inglesa generó, andando el tiempo, la primer burguesía moderna de la historia, caracterizada por una mixtura peculiar entre ideología aristocrática y burguesa. More no indaga las causas de esta mutación, pero toma nota de ella y, a la vez, lo hace sometiendo a la nobleza a una crítica implacable. Para More, la nobleza es una clase que perjudica al Estado, pues se comporta como un parásito que, en el mejor de los casos, vive de la sociedad pero no le hace “ningún bien”, y en el peor de los casos (de eso se trata aquí), le causan daño.
La acción de los nobles tiene un efecto directo sobre los campesinos:
“¿Qué es lo que ocurre entonces? Cada codicioso individuo abusa de su tierra natal como un tumor maligno, absorbiendo campo tras campo, rodeando miles de acres con una única cerca. El resultado es que cientos de campesinos quedan expulsados. Son engañados, despojados de su propiedad por la fuerza o sistemáticamente maltratados hasta que finalmente se ven obligados a vender. Cualquiera sea la manera en que se lo haga allá van las pobres criaturas, hombres y mujeres, esposos y esposas, viudas y huérfanos, madres con hijos pequeños, junto con todos sus empleados, cuyo gran número no es signo de riqueza sino de que sencillamente no se puede hacer trabajar un campo sin suficiente mano de obra. Deben partir de los hogares que conocen tan bien y no tienen ningún lugar adónde ir. Todo su mobiliario no vale gran cosa, aunque pudieran esperar una oferta adecuada. Pero no pueden, y así obtienen un mínimo precio. Durante el tiempo en que deambulan por un bocado este poco dinero se acaba, y entonces, ¿qué otra cosa pueden hacer más que robar y ser luego ahorcados? Obviamente también podrían convertirse en vagabundos y mendigos, pero aún así serían pasibles de ser arrestados por vagancia y encarcelados por haraganes aunque no haya en realidad nadie que les dé un trabajo no importa cuánto quieran tener uno.” (p. 70).
More presenta así el drama de los campesinos expulsados de sus tierras. Este proceso, iniciado a principios del siglo XVI, fue la primera manifestación de la expropiación de los productores, imprescindible para lograr la escisión entre el productor y los medios de producción, que es una de las condiciones necesarias para el desarrollo del capitalismo. Se trató, además, de una de las primeras expresiones de la migración secular desde la ciudad hacia el campo. Pero el caso descripto por More es especialmente terrible, pues los campesinos expulsados no encontraban trabajo en las ciudades, dado que todavía no había comenzado el desarrollo de la manufactura en Inglaterra. En otras palabras, no tenían dónde conseguir trabajo. En este punto, el texto de More alcanza el nivel de la denuncia, manifestando una enorme compasión por la suerte de los campesinos y una no menos enorme indignación por el comportamiento de la nobleza.
“El trabajo agrícola es lo que saben hacer [los campesinos], y donde no hay tierra arable no hay trabajo que pueda hacerse. Por otra parte, sólo es necesario un pastor de ovejas o de vacas para apacentar animales en un área que necesitaría muchos brazos para estar apta para la producción de cereales. Por la misma razón los cereales se han vuelto tan valorados en muchos distritos. El precio de la lana también ha aumentado excesivamente y los tejedores más pobres no pueden comprarla, lo cual implica más gente sin trabajo. (…) Y no importa cuántas ovejas pueda haber, los precios no disminuirán, ya que el mercado de ovinos es hoy, si no un estricto monopolio, lo cual implica un solo vendedor, cuanto menos un oligopolio. Quiero decir que está casi enteramente bajo el control de unos pocos hombres ricos, quienes no necesitan vender a menos que tengan ganas de hacerlo y nunca parecen tener ganas a menos que puedan obtener el precio que quieran. (…) Los hombres ricos de los que hablo nunca se han molestado en criar ovejas o vacas ellos mismos. Simplemente le compran a otros huesudos especímenes a bajo precio, los engordan en sus propias pasturas y los revenden con grandes ganancias. (…) Así, unos pocos avaros han convertido una de las ventajas naturales más grandes de Inglaterra en un desastre nacional, ya que es el elevado precio de los víveres lo que obliga a los empleadores a despedir a tantos de sus sirvientes, lo que inevitablemente significa transformarlos en mendigos o ladrones…” (p. 72).
La acumulación de riqueza en pocas manos y la generalización de la pobreza entre los campesinos aparecen ligadas en la descripción de Moro. En este marco, la delincuencia y la mendicidad son tratados como problemas sociales, no como fenómenos morales o que merecen una condenación moral. La conducta mercantil de la aristocracia feudal cierra los caminos para que los trabajadores (los campesinos expulsados de sus tierras) puedan ganarse la vida “honradamente”.  
En un párrafo digno de una antología, Moro expresa lo siguiente:
“…no tienen derecho a jactarse de la justicia impartida a los ladrones porque es una justicia más aparente que real o socialmente deseable. Permiten que estas gentes crezcan de la peor manera posible y sistemáticamente corrompidos desde sus más tempranos años. Al final, cuando crecen y cometen los delitos que estaban obviamente destinados a cometer desde que eran niños, los castigan. En otras palabras, ¡crean ladrones y después les imponen una pena por robar!” (p. 73; el resaltado es mío).
Esta forma de tratar la delincuencia, poniéndola en el contexto de una totalidad (la sociedad inglesa) que se encuentra en proceso de transformación a partir de la modificación de la conducta económica de una parte de su elite (los nobles que cercan sus tierras), puede ser considerada como un modelo de análisis social. Es una de las tantas razones que hacen de Utopía un clásico. No creo necesario argumentar acerca de la actualidad que posee esta manera de encarar la cuestión.
El significado de la obra ha quedado ligado a la acepción actual del término utopía, asociado a un modelo de sociedad irrealizable e inalcanzable, útil para efectuar una crítica sentimental de la sociedad existente, pero completamente inoperante al momento de proponer una alternativa a lo existente. No obstante, la Utopía no cuadra con el significado habitual del término. More no se queda en el plano de la mera denuncia, sino que también plantea soluciones al problema de la expulsión de los campesinos.
En Utopía encontramos dos tipos de respuestas al problema. Una de ellas, a la que podríamos denominar como enfoque estatal (o reformista, si se me permite el anacronismo) del problema, porque lo aborda desde la óptica del gobierno y de las soluciones posibles dentro del ámbito de éste, es presentada así:
“Hagan una ley para que cualquiera que sea responsable por la destrucción de una granja o aldea deba reconstruirla él mismo o de lo contrario cederla a alguien que desee hacerlo. Eviten que los ricos acaparen los mercados y establezcan virtuales monopolios. Reduzcan la cantidad de gente que es mantenida sin trabajar. Revivan la agricultura y la industria de la lana para que haya suficiente trabajo honesto y útil para el gran ejército de desempleados, dentro del cual incluyo no sólo a los actuales ladrones, sino a los servidores vagos y ociosos que están prontos a convertirse en ladrones.” (p. 72-73).
Pero More es radicalmente escéptico respecto a la capacidad del Estado inglés (y de las monarquías europeas en general) para dar respuesta satisfactoria al problema. A este respecto, las contestaciones de Hitlodeo a los argumentos de More acerca de la conveniencia de poner la sabiduría al servicio de la monarquía, expresan la desconfianza irreductible del autor sobre las intenciones de los reyes y las cortes.
“Con respecto al método de trabajo «indirecto» [] del que hablabas [Hitlodeo responde así a Moro, con quien estaba dialogando] y con el cual habría de intentar que si las cosas no pueden convertirse en buenas, al menos lleguen a ser lo menos malas posibles, no entiendo qué significa. En la corte no puede uno guardar sus opiniones para sí o meramente consentir los delitos que otros cometen. Debes apoyar abiertamente políticas deplorables y suscribir resoluciones igualmente monstruosas. Mostrar el necesario entusiasmo hacia una ley execrable, de lo contrario ser catalogado como un espía o hasta un traidor. Además, ¿qué oportunidad habría para hacer algo bien trabajando con semejantes colegas? Nunca podrás reformarlos y es mucho más probable que ellos te corrompan, no importa qué personaje admirable seas. Asociándote con ellos perderías tu integridad o se la usaría para cubrir su maldad y su estupidez. ¡Estos serían los resultados de tu método indirecto! Hay una bellísima imagen en Platón que explica por qué una  persona sensible se aleja de la política: ve a la gente apurada en las calles empapándose bajo la lluvia. No puede persuadirla para que entren y se pongan a resguardo. Sabe que si saliera se mojaría igual. Permanece por lo tanto adentro y no pudiendo hacer nada contra la necedad ajena se conforma a sí mismo con el pensamiento: «Bueno, por lo menos yo estoy a cubierto».” (p. 93-94).
Pero More concibe una segunda respuesta, distinta de la reformista, a la cuestión de la crisis social. Esta propuesta implica un salto respecto a la forma habitual de resolver los problemas sociales: para eliminar la pobreza y la delincuencia es preciso abolir la propiedad privada.
En palabras de More:
No creo que se pueda obtener verdadera justicia o prosperidad mientras exista la propiedad privada y todo sea juzgado en términos de dinero, a menos que consideres justo que la peor especie de personas tengan las mejores condiciones de vida o puedas denominar próspero a un país en el que toda la riqueza es propiedad de una pequeñísima minoría de personas, las que aun así no son del todo felices, mientras el resto es sencillamente miserable.” (p. 94; el resaltado es mío).
O, en el mismo sentido:
“En otras palabras, estoy convencido de que jamás obtendrán una justa distribución de los bienes o una organización satisfactoria de la vida humana hasta que no sea abolida la propiedad privada en su conjunto. Mientras exista, la gran mayoría de la raza humana, y su mejor parte, seguirá trabajando bajo el peso de la pobreza, la fatiga y las preocupaciones. No digo que este peso no pueda ser aligerado, pero nunca lo sacarán del todo de encima de sus espaldas. Podrán, sin duda, fijar un límite legal a la cantidad de dinero o tierras que un individuo pueda poseer. Podrán mediante una adecuada legislación mantener un equilibrio de poder entre el rey y sus súbditos; declarar ilegal comprar o tan sólo solicitar un cargo público e innecesarios para un funcionario los gastos de representación, evitándose así que luego trate de recuperar sus expendios por medio del fraude y la extorsión – de lo contrario es la riqueza y no la competencia lo que se vuele condición esencial en estos puesto -. Por cierto que leyes de este tipo pueden aliviar los síntomas, así como un enfermo crónico obtiene alivio con la atención médica constante. Pero no hay esperanza de curación si permanece la propiedad privada.” (p. 95; el resaltado es mío).
En el contexto de la economía mercantil en desarrollo, la única salida posible a la crisis era, según More, la abolición de la propiedad privada. Es cierto que no se trataba de una solución novedosa. Platón (), el filósofo griego cuyo nombre aparece varias veces en la obra, había propuesto la abolición de la propiedad privada entre los gobernantes filósofos, argumentando que de este modo ninguno de ellos antepondría sus intereses particulares a los intereses de la comunidad.
Como quiera que sea, el enfoque adoptado por More es mucho más radical que el de sus predecesores. La propiedad privada no es condenada en términos morales, sino que aparece articulada a una determinada forma de organización social, la cual genera pobreza y delincuencia. More percibe que propiedad privada está asociada inevitablemente a una forma determinada de organizar el trabajo. Por tanto, abolición de la propiedad privada y reorganización del proceso productivo son medidas que van de la mano. La sociedad no es, pues, un conjunto de instituciones separadas entre sí, sino que se encuentra estructurada en torno a la propiedad privada y el trabajo.
El tema de la propiedad privada es un tópico habitual de la filosofía político, desde Platón en adelante. Lo novedoso del enfoque de More es la relación entre propiedad privada y organización del proceso de trabajo. La Utopía se convierte así en una indagación realista del proceso social en su conjunto. En otras palabras, mediante su lectura podemos captar en qué consiste la mirada sociológica de los fenómenos sociales.
Vayamos despacio, todavía nos falta mucho camino por recorrer. En la próxima clase vamos a ver la cuestión del proceso de trabajo en las sociedades precapitalistas. Para ello tienen que leer el capítulo 1 de Ideología del conocimiento, que enviaré por correo electrónico.

Villa del Parque, viernes 8 de mayo de 2020

ABREVIATURAS:
SH = Seres humanos / RS = Relaciones sociales.

NOTAS:
[1] Moro escribió el texto original en latín y en ese idioma apareció la primera edición, publicada en 1516 en Lovaina. Posteriormente vieron la luz las ediciones de París (1517) y de Basilea (1518; edición considerada definitiva). Para la redacción de esta clase me serví de la traducción española de María Guillermina Nicolini: Moro, Tomás. (2007). Utopía. Buenos Aires: Losada. Salvo indicación en contrario, a esta edición pertenecen todas las citas realizadas. Ustedes tienen una versión del Libro Primero que difiere de la utilizada por mí. En otras palabras, se trata de ediciones diferentes. Esto carece de importancia, pues nuestro objetivo es comprender el argumento de More, su descripción de las transformaciones sociales experimentadas por la Inglaterra del Siglo XVI y su crítica de la propiedad privada, y no un estudio filológico sobre el significado de cada término.
[2] Utilizo la grafía inglesa del nombre del autor. Sin embargo, pueden decirle Tomás Moro con total confianza. De hecho, muchas ediciones de la Utopía proceden así.
[3] En la próxima clase estudiaremos con más detenimiento el proceso de trabajo en la sociedad feudal (y, más en general, en las sociedades precapitalistas). Por el momento vamos a conformarnos con esta presentación harto esquemática.
[4] No vamos a referirnos aquí a la existencia de feudalismo en otras regiones del planeta, pues sería irnos por las ramas. Quienes estén interesados en profundizar la cuestión pueden consultar el texto que trabajaremos la próxima clase: Mayo, A. (2005). La ideología del conocimiento. Buenos Aires: Jorge Baudino. (Cap. 1).
[5] La frase se encuentra en el Manifiesto Comunista (1848), texto que veremos más adelante en la materia.
[6] Flandes es una región que forma parte del actual territorio de Bélgica.
[7] More describe el método del trabajo “indirecto” en la corte: “Si no puedes erradicar ideas erróneas o manejar vicios arraigados con la eficacia que te gustaría, no es razón para darle la espalda a la vida pública en su conjunto. No abandonarías un barco en una tormenta sólo porque no puedes controlar los vientos. Por otra parte, no tiene sentido tratar de introducir ideas enteramente nuevas, las cuales obviamente no tendrán peso alguno en las personas que tienen prejuicios en contra. Debes trabajar de forma indirecta. Manejar todo con el mayor tacto de que seas capaz, y aquello que no puede corregir, tratar de que esté lo menos equivocado posible. No serán perfectas las cosas hasta que el hombre sea perfecto y no espero que lo sea hasta dentro de algunos años.” (p. 91-92). En estos pasajes, More parece hacer un balance, pesimista por cierto, de su actuación como alto funcionario del rey Enrique VIII. A través de Hitlodeo, critica ácidamente las razones con las que podía justificar esa actuación.

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