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viernes, 27 de febrero de 2015

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (33): MARX Y FEUERBACH

Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo indicación en contrario, de: Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista. I: Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.



Retomo, después de mucho tiempo, la serie dedicada a la historia del socialismo. Comienzo con los comentarios y notas al capítulo XXIII, titulado “Marx y Enges. El marxismo hasta 1850” (I: 262-278).



La trayectoria política-intelectual de Karl Marx (1818-1883) hasta el Manifiesto Comunista (1848) se encuentra resumida por éste en su prefacio a la Contribución a la crítica de la economía política (1859). Para redactar este capítulo, Cole utiliza este texto a modo de fuente y lo complementa en los puntos en los que resulta escueto.

Si bien Marx inició estudios universitarios de Derecho, pronto pasó a dedicarse al estudio de la Filosofía en la Universidad de Berlín, donde imperaba la filosofía hegeliana. Allí tomó contacto con los Jóvenes Hegelianos (JH, el ala izquierda de los discípulos de Hegel – 1770/1831- ); entabló amistad con Bruno Bauer (1809-1882) y con Karl Friedrich Köppen (1808-1863), dos de los principales exponentes del grupo.

Marx se graduó de Doctor en Filosofía en 1841 en la Universidad de Jena; en esta ciudad existía un clima de mayor libertad que en Berlín. Durante un tiempo, Marx pensó seguir la carrera académica, emulando los pasos de su amigo Bauer. Sin embargo, éste fue exonerado de sus cargos universitarios por el gobierno prusiano, en el marco de la ofensiva antiliberal del rey Federico Guillermo IV (1795-1861; rey de Prusia de 1840 a 1861).

La exoneración de Bauer fue un momento importante para Marx, pues le cerró las puertas de la docencia universitaria y, lo que es mucho más significativo, le mostró los límites de la crítica de la religión llevada adelante por los JH. En este sentido, cabe afirmar que el liberalismo alemán de principios de la década de 1840, impotente en el plano político, enfrentaba al absolutismo en el campo filosófico, a través de la crítica de la religión. Pero esta lucha, desprovista de su correlato político, giraba en el vacío. El caso Bauer forzó a Marx a tomar conciencia de la debilidad del liberalismo; el combate contra el absolutismo tendría que ser emprendido por medios más terrenales y efectivos.

Marx pasó a desempeñarse como periodista, en buena medida gracias a Arnold Ruge (1802-1880), quien desde 1838 dirigía el HALLISCHE JAHRBÜCHER, órgano de prensa que publicaba escritos de los JH. El recrudecimiento de la censura obligó a Ruge a trasladarse a Dresde (Sajonia) en 1841; ahí comenzó a publicar el DEUTSCHE JAHRBÜCHER, desde donde pretendió aglutinar a los JH más decididos en la lucha contra el absolutismo. Marx accedió a colaborar, pero la censura lo impidió. Para evadirla, Ruge resolvió publicar en Suiza las Anécdota Philosophica (1843), una compilación de artículos de autores prohibidos por la censura. Marx preparó para ese volumen un artículo sobre las nuevas disposiciones prusianas sobre la censura a la prensa, su primer texto periodístico, redactado a comienzos de 1842.

En enero de 1842, un grupo de liberales de Colonia fundó la RHEINISCHE ZEITUNG (RZ, Gazeta Renana). Marx participó del proyecto como periodista. Redactó varios artículos para el periódicos; por primera vez se vio obligado a enfrentar las cuestiones económicas, para las que contaba con una formación muy deficiente. La tarea periodística y el combate diario con la censura terminaron de convencer a Marx de la impotencia política del liberalismo y, por ende, de la burguesía alemana. En octubre de 1842 fue designado Director de la RZ; el enfrentamiento con la censura prusiana recrudeció y, a la vez, debió confrontar con los JH de Berlín que insistían con la crítica de la religión, y con la burguesía renana que sostenía financieramente al periódico. La RZ cerró sus puertas en marzo de 1843, poco después de que Marx presentara su renuncia al cargo de Director.

La RZ fue una experiencia “bisagra” en la vida de Marx. Marcó el comienzo del abandono progresivo del liberalismo y el inicio de una búsqueda que lo llevaría al socialismo. 1843 fue, pues, el año de ruptura con el liberalismo y de arreglo de cuentas con la filosofía hegeliana.

Luego de la RZ, Marx y Ruge decidieron fundar un periódico fuera de Alemania. El lugar elegido fue París. La publicación llevaría por título DEUTSCHE-FRANZÖSISCHE JAHRBÜCHE (Anales franco-alemanes). Marx salió de Alemania en noviembre de 1843 y se instaló en París, donde continuó la preparación de los Anales. Al final, sólo salió a la luz un número, que contenía artículos de Heinrich Heine (1797-1856), Ludwig Feuerbach (1804-1872), Moses Hess (1812-1875), Mijail Bakunin (1814-1876), Friedrich Engels (1818-1883) y el propio Marx.

Llegados a este punto, es preciso retroceder un poco. El período previo a la estadía en París fue fundamental en la evolución de Marx hacia el socialismo. Hay que destacar tres momentos centrales, que aparecen yuxtapuestos en el tiempo: a) la crítica del liberalismo y de la Revolución Francesa de 1789; b) la crítica de la filosofía hegeliana y de los JH; c) el acercamiento al movimiento obrero y al socialismo).

Es difícil exagerar el papel de Feuerbach en la formación intelectual de Marx. Si bien los biógrafos suelen destacar el papel de Hegel, lo cierto es que Feuerbach, con mucho menos nombre en la historia de la filosofía, contribuyó decisivamente al abandono del idealismo hegeliano por Marx.

“Feuerbach fue, más que nadie, el filósofo que quitó al idealismo hegeliano el lugar de predominio en el pensamiento alemán, y lo sustituyó por el aspecto materialista, al insistir en que el punto de partida de toda filosofía y de todo pensamiento social no ha de ser ni Dios ni la «Idea», sino el hombre. (…) Ejerció un influjo profundo (…) tanto en Marx como en el pensamiento socialista alemán en su conjunto.” (I: 263-264).

“[Feuerbach] como muchos otros filósofos alemanes de las décadas de 1830 a 1840 (…) se ocupó principalmente de la crítica de la religión y de juzgar el papel que ocupa en la mente. Pensaba que la religión era esencialmente un medio para satisfacer profundas necesidades humanas; pero (…) consideraba que su elemento teológico como una simple proyección por la imaginación del hombre mismo. El hombre (…) ha hecho a Dios a su propia imagen, y el problema que se presenta a la humanidad es el de hallar un sustituto a la teología (anticuada por el progreso del conocimiento científico) que satisfaga la necesidad de un ideal. Este objeto de devoción creía encontrarlo en el hombre mismo concebido, no individualmente, sino en sus propias relaciones sociales, mediante las cuales trascendía sus limitaciones individuales y podía identificarse con algo a la vez más grande que su propia naturaleza y no exterior a él. El amor a la humanidad llegó a ser la proposición principal de la filosofía de Feuerbach. Su «materialismo» consistía, en esencia, en esta sustitución de Dios por el hombre, como el punto de partida de todo pensamiento filosófico realista. Feuerbach no dijo que el cuerpo y el alma fuesen lo mismo, o que el alma no era más que el cerebro; sino que afirmó que no podía haber espíritu sin cuerpo, y que era necesario partir de una concepción del hombre como una mente en un cuerpo, más bien que de cualquier dualismo de materia y espíritu.” (I: 264).

Feuerbach se movía dentro de dos coordenadas del pensamiento filosófico alemán de la primera mitad del siglo XIX; a) la crítica de la religión; b) la superación del individualismo metodológico propio de la economía política. La preocupación por la religión era, en rigor, una constante del pensamiento europeo de la época. Mejor dicho, la preocupación por la decadencia de la religión frente al desarrollo del capitalismo. Autores como Saint-Simon (1760-1825) y Comte (1798-1857) plantearon la necesidad de reemplazar las formas religiosas anticuadas por una nueva religión, emparentada con la ciencia. Todo esto porque la religión era concebida como el pilar ideológico del orden social. Sin religión era imposible la moral. Es sintomático que los autores mencionados vivieran en una sociedad que había consumado su revolución burguesa, donde el proletariado comenzaba a ser una amenaza para el poder de la burguesía. Feuerbach, en cambio, vivía en Alemania, un mosaico de Estados en los que el absolutismo era la moneda corriente. En Alemania, la lucha contra la religión era una forma de combate contra el absolutismo. Lo novedoso del planteo feuerbachiano consistía en el énfasis con que postulaba el origen humano de la religión, rechazando la intervención de factores sobrenaturales o de Ideas abstractas. El énfasis de Feuerbach en el origen humano del fenómeno religioso constituye una especie de anticipación de la famosa inversión de la dialéctica hegeliana por Marx. Más allá de sus limitaciones, Feuerbach contribuyó a la crítica del individualismo metodológico a través de la tesis de que había que estudiar al ser humano en sus relaciones sociales. La crítica de la religión y del individualismo metodológico, ejes de su filosofía, fueron retomadas por los JH y, en especial, por Marx.

Cole afirma que Feuerbach,

“influyó profundamente para que fuesen hacia el socialismo muchos filósofos jóvenes que se habían formado en el medio hegeliano, y que adoptaran con entusiasmo su «materialismo» como medio para escapar de la metafísica antidemocrática de Hegel.” (I: 264).

Feuerbach sirvió a Marx para salir del hegelianismo (si bien Marx siguió siendo tributario de muchas de las ideas hegelianas durante toda su vida); no obstante, Marx no tardó mucho en comprender que las categorías de «hombre» y de «sociedad» tenían un carácter abstracto en la filosofía feuerbachiana.



Villa Jardín, viernes 27 de febrero de 2015

miércoles, 18 de febrero de 2015

FICHA DE LECTURA: KARL MARX. “OBSERVACIONES SOBRE LA RECIENTE REGLAMENTACIÓN DE LA CENSURA PRUSIANA” (1843)



El socialismo del siglo XX fue, en buena medida, estatista, es decir, confió en el Estado como instrumento para resolver los problemas sociales;  dicha confianza se dio tanto en comunistas como en socialdemócratas. Más allá del ámbito de la izquierda, el estatismo fue una característica de muchos partidos y organizaciones políticas. Inclusive, y sin forzar mucho las cosas, podemos afirmar que el discurso neoliberal, con su atribución al Estado de todos los males de la economía, no es otra cosa que un estatismo puesto del revés.

El socialismo del siglo XIX, salvo excepciones (Lassalle es, probablemente, el caso más significativo), adoptó un punto de vista negativo hacia el Estado. No es casualidad. El socialismo surgió como corriente política e ideológica en el marco del proceso de “doble revolución”, signado tanto por la Revolución Industrial como por las Revoluciones Burguesas; este período se caracterizó tanto por las luchas en torno al control del Estado entre la burguesía y la nobleza (Revolución Burguesa), como por la utilización burguesa del Estado contra las luchas obreras. El Estado aparecía a los ojos del movimiento obrero como la expresión concreta de la opresión política y de la dominación de clase de la burguesía. Pero no era solamente una cuestión propia de la esfera política. Desde los albores de la Modernidad, el Estado pasó a ser concebido como una institución cuyo principal objetivo debía ser el crecimiento económico. En el marco de una economía capitalista, esto significa promover la acumulación capitalista; para lograr esta meta, es preciso incrementar la explotación del trabajo por el capital. De este modo, capitalismo y Estado son indisociables. Dicho de manera esquemática, promover el fortalecimiento de las instituciones estatales implica fortalecer al capitalismo.

La aversión del socialismo del siglo XIX hacia el Estado no fue, pues, una respuesta equivocada basada en una concepción errónea de la estructura de la sociedad capitalista; por el contrario, se trató de una actitud que expresaba un pensamiento realista acerca del papel del Estado en el capitalismo.



El artículo “Observaciones sobre la reciente reglamentación de la censura prusiana” fue escrito por Karl Marx (1818-1883) entre el 15 de enero y el 10 de febrero de 1842. Pero, como una especie de homenaje poético al tema tratado, dada la censura imperante, recién pudo ser publicado al año siguiente y en Suiza, en el primer tomo de las Anécdotas sobre la más reciente filosofía y publicística alemanas, editado por Arnold Ruge en febrero de 1843, en un tomo doble que contenía, además de dos artículos de Marx, textos de Bruno Bauer, Ludwig Feuerbach, Friedrich Köppen y el mismo Ruge.

Para la elaboración de la ficha utilicé la siguiente edición: Marx, Karl. (2008). [1° edición: 1843]. “Observaciones sobre la reciente reglamentación de la censura prusiana. Por un rinlandés”. EN: Marx, Karl. (2008). Escritos de Juventud sobre el Derecho. Textos 1837-1847. Barcelona: Anthropos. (pp. 51-78). La traducción española estuvo a cargo de Rubén Jaramillo.



Ante todo, hay que tener presente cuál es el contexto en que fueron escritas las “Observaciones”, con el objeto de evitar caer en anacronismos. Prusia era, con Austria,  una de las dos grandes potencias de  Alemania, un vasto conglomerado de ciudades y estados independientes que se encontraba disgregado políticamente. Prusia era una monarquía absolutista, donde el rey seguía haciendo las leyes a voluntad. La burguesía prusiana, a pesar de ser la más fuerte del territorio alemán, era muy débil como para disputarle el poder a la nobleza. Se había desarrollado un liberalismo pusilánime e irresoluto, que se oponía al absolutismo en lo discursivo, pero que se mostraba incapaz de pasar a la acción. Su manifestación más desarrollada eran los Jóvenes Hegelianos (JH) , un grupo de intelectuales que reivindicaban a Hegel desde el liberalismo; en las condiciones de Alemania, los JH se concentraron en la crítica de la religión y dejaron de lado, prudentemente, la discusión en torno a las instituciones del absolutismo prusiano.

En 1840 falleció el rey de Prusia, Federico Guillermo III; le sucedió Federico Guillermo IV, quien despertó expectativas entre los liberales por sus supuestas simpatías progresistas. Los JH confiaban en que el nuevo monarca aflojaría las riendas del absolutismo; sin embargo, sucedió todo lo contrario. Federico Guillermo IV persiguió con dureza al liberalismo. Bruno Bauer, la principal figura de los JH, fue exonerado de la Universidad. La instrucción sobre la censura, dictada a fines de 1841 y dirigida a reemplazar al viejo edicto de 1819, fue una de las piezas de la ofensiva contra el liberalismo.

Para esta época, Karl Marx simpatizaba con los JH y con las ideas liberales. Flamante Doctor en Filosofía, parecía destinado a una brillante carrera universitaria. Pero la expulsión de Bruno Bauer modificó radicalmente su situación, cortándole el camino a la docencia universitaria. Esto lo llevó a involucrarse más directamente en política; durante buena parte de 1842 y comienzos de 1843, trabajó como periodista y luego Redactor en Jefe de la RHEINISCHE ZEITUNG (Gaceta Renana), periódico de la burguesía industrial de Renania, la región más próspera de Prusia. La experiencia periodística convenció a Marx de la incapacidad del liberalismo para enfrentar al absolutismo; en 1843, habiendo renunciado a su cargo en el periódico mencionado, comenzó su revisión del hegelianismo y de la historia de la Revolución Francesa, tarea que lo condujo a un acercamiento al movimiento obrero y, posteriormente, al socialismo.

Pero en 1842, cuando fueron redactadas las “Observaciones”, Marx era todavía un hegeliano y un liberal, a pesar de todas las precauciones que exige esta caracterización.



En las “Observaciones”, Marx somete a una crítica devastadora el Edicto de reglamentación de la censura de prensa, dictado por Federico Guillermo IV en el marco de su ofensiva contra el liberalismo. Es, por tanto, un texto de lucha política y en él se percibe la franqueza con que Marx, en su etapa liberal, encaraba la lucha contra el absolutismo. El Edicto venía a reemplazar otro edicto, dictado en 1819, que contenía una reglamentación más laxa de la censura a la prensa. A lo largo del artículo, Marx juega con las diferencias entre ambos documentos, para demostrar que el nuevo rey de Prusia llevaba adelante una política más restrictiva de la libertad de prensa que la de su predecesor, pues estaba dirigida a penar las intenciones de los periodistas:

“El escritor cae, pues, bajo el más temible de los terrorismos, bajo la jurisdicción de la sospecha. Leyes de tendencia (…), leyes que no hacen de la acción como tal sino de la intención de quien realiza el acto sus criterios principales no son otra cosa que sanciones positivas a la negación de toda legalidad, a una circunstancia de ilegalidad. (…) Sólo en la medida en que me expreso, sólo en la medida en que entro a la esfera de lo real, entro en la esfera del legislador. Para la ley yo ni siquiera existo, ni siquiera soy su objeto fuera de en mi actuar. Es la única cosa por medio de la cual la ley puede tener una relación conmigo; pues es lo único por lo cual yo reivindico mi derecho a la existencia, el derecho a la realidad, y por medio de lo cual yo caigo bajo la jurisdicción del derecho real. Pero la ley de tendencia castiga no solamente lo que yo hago sino lo que pienso fuera del acto. Es, pues, un insulto al honor del ciudadano, una ley vejatoria contra mi existencia.” (p. 65-66)

La nueva reglamentación juzgaba las intenciones y no sólo los actos de los periodistas. No condenaba las acciones, sino a las clases de individuos. Era una manifestación rotunda del absolutismo de la monarquía prusiana y, a la vez, la prefiguración de la expansión del Estado en el siglo XX. Marx utiliza el término “terrorismo” para calificar la acción del Estado; a diferencia de los cuentos de los empleados a sueldo de los gobiernos, Marx tenía presente que la capacidad de hacer daño del Estado era incomparablemente superior a la de los individuos u organizaciones. El terrorismo estatal que critica es tanto más fuerte cuanto que va dirigido contra las intenciones de grupos de personas; en otros términos, coloca a todo un colectivo en situación de sospecha. Marx anticipa así la futura conducta de los Estados. Los genocidios del siglo XX muestran el acierto de haber puesto el acento en este terrorismo.


La discusión de la censura obliga a Marx a someter a crítica al Estado. Frente a quienes defienden la concepción de que el Estado es el representante del interés general, Marx observa que, en la política concreta como es el caso de la reglamentación de la censura, el Estado se comporta como el defensor de intereses particulares.

“La ley que incrimina las opiniones no es una ley del Estado para los ciudadanos sino la ley de un partido contra otro. Ella suprime la igualdad de los ciudadanos frente a la ley. No es una ley de unión sino una ley de separación y todas las leyes de separación son reaccionarias. No es una ley sino un privilegio. (…) en una sociedad en la cual un solo órgano se cree el único y exclusivo poseedor del Estado y en la cual un gobierno entra en una contradicción de principio con el pueblo y considera por ello su propia opinión, aunque ésta sea contraria a la naturaleza misma del Estado, como la opinión general y normal, la mala conciencia de la facción inventa leyes tendenciosas, leyes de venganza contra una opinión que sólo se encuentra entre los miembros del gobierno.” (p. 66).

La censura expresa, por tanto, la defensa, por medio del Estado, de los privilegios de un grupo sobre el resto de la sociedad. La práctica estatal niega la teoría del Estado como garante del interés general.

“Lo particular aparece ahora respecto a su contenido como lo autorizado y habilitado; lo que es contrario a la naturaleza del Estado aparece como opinión del Estado, como derecho del Estado, como algo particular en cuanto a su forma, que es inaccesible a la luz general y que se lo relega al gabinete del crítico gubernamental.” (p. 67).

Es verdad que Marx sigue pensando que existe una “naturaleza del Estado” anclada en la defensa de lo general (la sociedad en su conjunto) frente a lo particular (los intereses egoístas de los grupos sociales), pero el examen de la práctica estatal lo lleva a indicar, por lo menos, que el Estado no se comporta como corresponde a su naturaleza. Hay aquí una escisión entre lo teórico y lo práctico que, a futuro, servirá a Marx para arribar a la tesis del carácter de clase del Estado.



Uno de los puntos más altos de las “Observaciones” es al ataque de Marx contra la burocracia prusiana, responsable de la aplicación de la censura contra la prensa.

Marx se burla de los censores y marca la contradicción existente entre la desconfianza hacia los ciudadanos y la confianza en la capacidad de los censores:

“Confiáis tanto en vuestras instituciones estatales que creéis que ellas transformarán al débil mortal, al funcionario, en santo, y harán posible lo imposible. Pero desconfiáis hasta tal punto en vuestro organismo estatal que teméis a la opinión aislada como a un particular, pues vosotros tratáis a la prensa como a un particular. Suponéis que los funcionarios han de proceder en forma completamente no personal, sin encono, sin pasión, sin debilidades humanas. Pero al elemento no personal, las ideas, las suponéis estar cargadas de intrigas personales e infamia subjetiva. La instrucción [la reglamentación de la censura] exige confianza ilimitada en el estamento de los funcionarios y parte de la desconfianza ilimitada en el estamento de los no funcionarios.” (p. 68).

Marx se opone así al fetichismo del Estado, que supone que éste puede enderezar a la sociedad a partir de su pretendida posición neutral frente a los egoísmos particulares. Marx ve en la conducta práctica del Estado un egoísmo más, que carece de las virtudes extraordinarias que le atribuyen sus defensores.

“Lo que es malo en general sigue siendo malo sea cual sea su portador, sea un crítico privado o uno colocado por el gobierno, sólo que en este último caso la bajeza está autorizada y considerada por los de arriba como una necesidad para realizar el bien por lo bajo.” (p. 68-69).

En un pasaje clásico, satiriza la capacidad de los censores para ejercer la censura:

“Y si aquellos hombres [los censores] son ya hombres tales como ningún Estado supo encontrar; ya que nunca ha conocido un Estado clases enteras compuestas únicamente de genios universales y de historiadores múltiples, ¡cuánto más geniales han de ser los que han elegido a estos hombres! Qué ciencia secreta tienen que poseer para otorgar un certificado sobre la capacidad intelectual universal a funcionarios que son desconocidos en la república de las ciencias. Mientras más ascendemos en esta burocracia de la inteligencia nos encontramos con cabezas más maravillosas. Un Estado que posee tales columnas para una prensa perfecta, ¿vale la pena y actúa como debe ser al convertir a estos hombres en guardianes de una prensa imperfecta y degradar lo perfecto a ser medio de lo imperfecto? Cada vez que nombráis a uno de estos censores priváis a la prensa de una posibilidad de mejora. Priváis a vuestro ejército de los sanos para hacerlos médicos de los enfermos.” (p. 73).

Si bien la sátira va dirigida contra la burocracia prusiana, se perfila aquí el rechazo de Marx a cualquier atribución de virtudes “sobrenaturales” al Estado y a sus funcionarios.



La censura es concebida como manifestación de una forma de opresión, tanto más grave cuanto que es ejercida por el Estado. Lejos de resolver los problemas, la censura agrava los mismos, pues cercena las posibilidades de desarrollo de los seres humanos. Marx expresa aquí, todavía de un modo muy embrionario, la necesidad de construir una forma de organización social que garantice efectivamente el desarrollo de las capacidades multifacéticas de las personas. Lejos de proponer que el Estado organice la vida de las personas, Marx demuestra los peligros del dominio estatal.

“Admiráis la maravillosa pluriformidad, la inacabable riqueza de la naturaleza. No reclamáis de la rosa que tenga el mismo aroma que la violeta; pero lo más rico, el espíritu, ¿no ha de de poder existir sino en una manera? Tengo sentido del humor, pero la ley ordena escribir seriamente. Soy osado, pero la ley ordena que mi estilo sea modesto. Lúgubre es el único color autorizado de la libertad.

La menor gota de rocío en la que brilla y se refleja el sol centellea en un inagotable juego de colores; pero el sol espiritual, a pesar de haberse estrellado, a pesar de haber germinado en quién sabe cuántos individuos, ha de producir uno, ¡sólo el color oficial! La forma esencial del espíritu es alegría, luz, y vosotros hacéis de la sombra su única manifestación adecuada. Sólo de negro ha de vestirse aunque, sin embargo, no exista una flor negra. La esencia del espíritu es la verdad que siempre es ella misma.” (p. 57).

No creo necesario comentar los pasajes anteriores. Sólo cabe decir que se trata de una de las más profundas defensas de la libertad de opinión jamás escritas.

A diferencia de muchos supuestos marxistas del siglo XX, para quienes el socialismo equivalía a uniformidad, Marx formula una defensa implacable de la universalidad humana, de las potencialidades contenidas en el ser humano. A despecho del prejuicio en contrario, dicha defensa permanece como una constante de toda su obra.



Villa del Parque, miércoles 18 de febrero de 2015.

lunes, 16 de febrero de 2015

LA MARCHA DEL 18F

La denominada marcha del 18F ha generado una fuerte polarización entre quienes están a favor de la misma y quienes se encuentran rotundamente en contra. De un lado, los partidarios del gobierno; del otro, la autodenominada oposición. Si se juzga la situación en base a los argumentos de uno o de otro, Argentina se encuentra en una situación de crisis fenomenal, ya sea porque el gobierno de Cristina Fernández es sometido a una ofensiva que busca su destitución (argumento del kirchnerismo), ya sea porque el gobierno instauró una política de destrucción sistemática de las instituciones (argumento de la autodenominada oposición). Sin embargo, la intensidad del cacareo de unos y otros resulta cuanto menos sospechosa, sobre todo si se tienen en cuenta algunos hechos: a) el jefe del Ejército es el general Milani, jefe de la Inteligencia Militar y un represor durante la dictadura, defendido a capa y espada por el kirchnerismo; b) Stiuso, el virtual jefe del principal servicio de Inteligencia (la SIDE, luego SI), sirvió a todos los presidentes argentinos desde la restauración del régimen democrático en 1983; c) Macri, uno de los referentes de la “oposición”, organizó una red de espionaje a opositores desde el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Sin ir más lejos, el detonante de la crisis, el fiscal Nisman, muerto en circunstancias dudosas en su domicilio, el día anterior a exponer en el Parlamento su acusación contra la presidenta Cristina Fernández, trabajó durante años para el kirchnerismo, y sólo después del acuerdo entre Argentina e Irán se volcó a las filas de los críticos del gobierno.

Las declaraciones de kirchneristas y opositores no resisten la prueba del archivo. Por eso es necesario adoptar otro punto de vista para analizar los hechos en cuestión, rechazando las argumentaciones de unos y otros, que mezclan la Biblia con el calefón.

En este asunto es mejor ser esquemático. La crisis Nisman es una querella entre burgueses. Quienes convocan a la marcha representan a la burguesía argentina tanto como el gobierno de Cristina Fernández, y esto más allá de las intenciones de algunos de los que asistan a la convocatoria.

En un país donde Julio López permanece desaparecido, donde los asesinos de Luciano Arruga siguen libres, donde la policía practica el “gatillo fácil” contra los jóvenes trabajadores como Franco Casco, donde los jóvenes que asisten a un recital corren el riesgo de ser asesinados por la policía como Ismael Sosa, donde los trabajadores que reclaman por sus derechos pueden ser desaparecidos como Daniel Solano, donde la tortura es moneda corriente en cárceles y comisarías, resulta un acto de tremenda hijoputez que los fiscales convoquen a una marcha por la justicia. Como sucede en todo país capitalista, la justicia argentina es una justicia de clase: en palabras de un viejo profesor de Derecho, el Código Civil es para los ricos, el Código Penal se aplica a los pobres.

El mero hecho de que los asesinatos de Luciano Arruga, Franco Casco o Ismael Sosa, por mencionar tres casos emblemáticos, no hayan suscitado una crisis institucional (los tres fueron asesinados por las fuerzas policiales) da cuenta de los límites de las intenciones del kirchnerismo y la “oposición”. El asesinato de jóvenes y trabajadores no interesa a los dueños de la Argentina. Nada más gráfico para explicar porqué el caso Nisman es una disputa entre sectores de la burguesía. Pero además, que ninguno de los casos mencionados haya sido el centro de la agenda política, muestra que la clase obrera permanece indiferente ante los acontecimientos.

Los políticos kirchneristas y los “opositores” defienden por igual una estructura de país basada explotación laboral, la precarización y la ausencia de democracia en los sindicatos. Para ellos no se trata de terminar con el “gatillo fácil”, ni con la tortura, ni con la persecución a los militantes de izquierda. Todo lo contrario. Quieren controlar los organismos de inteligencia en particular y del aparato represivo en general para utilizarlo en su propio provecho (como hizo en todos estos años el kirchnerismo), mientras siguen cumpliendo sus funciones represivas contra los trabajadores y la militancia de izquierda.

En esta crisis no se ventila ninguna cuestión que permita mejorar las condiciones de vida de los trabajadores y demás sectores populares. Dicho de otro modo, ni Puerto Madero ni Nordelta se encuentran en peligro.

Las consideraciones anteriores marcan los límites, estrechos, de la crisis política desatada por la muerte de Nisman. No es una crisis revolucionaria (nada en el horizonte amenaza la dominación de la burguesía), ni tampoco una crisis del régimen democrático (en las encuestas, la inmensa mayoría de los ciudadanos manifiesta su intención de seguir votando a los partidos burgueses). Es una crisis que gira en torno al control de los servicios de Inteligencia, del aparato judicial y, lo más importante, respecto a quien conducirá la administración de la crisis económica. 

Por todas estas razones, rechazo participar en la convocatoria del 18F. En este momento corresponde decir, una vez más, que sólo la acción autónoma de la clase obrera puede imponer una nueva política, dirigida a la supresión de todos los organismos represivos del Estado. Para ello es necesaria la conquista del poder político por los trabajadores la cual, aunque parezca anacrónica o utópica en estos días, es la única opción realista, pues implica arrancar de raíz el problema. Comenzar por reconocer el carácter de clase del Estado, su rol de defensor de los intereses de la burguesía, es un buen comienzo. La experiencia argentina desde 1983 muestra que cualquier otra solución es un parche, que no da respuesta a quienes efectivamente padecen a diario la acción de la policía y demás organismos de seguridad.



Villa del Parque, lunes 16 de febrero de 2015

miércoles, 4 de febrero de 2015

BORÓN, LA REVOLUCIÓN CUBANA Y EL MARXISMO

Atilio Borón publicó un artículo en el diario PÁGINA/12 sobre la reanudación de las relaciones diplomáticas entre Cuba y EE.UU. (“Un denso diálogo”, jueves 22 de enero de 2015). A pesar de su brevedad, la nota resulta una expresión característica tanto de la forma en que Borón entiende al marxismo como de su caracterización de la Revolución Cubana. Ambas son profundamente erróneas y tienden a banalizar al marxismo y a la Revolución Cubana. Sin embargo, su refutación exige un trabajo mucho más extenso del que estoy en condiciones de realizar en este momento. Dicho mal y pronto: nada hay más complicado que refutar seriamente una tontería; ante todo, porque ello implica remontarse a los principios y desde allí desenredar los nudos generados por la zoncera. Vaya, pues, un esbozo de crítica sobre los puntos que considero más significativos.

Borón escribe: “La fortaleza de la Revolución Cubana no radica en su economía, sino en su cultura y su política.” En esta frase radican todos los problemas de la concepción del marxismo defendida por el autor, así que debe ser analizada con detenimiento.

Ante todo, ¿qué sentido tiene la frase? En apariencia, Borón nos está diciendo que la economía de la isla es débil respecto a su cultura y a su política. Pero, ¿es lícito efectuar esta separación desde el marxismo? Desde el vamos aclaro que no se trata de un problema exclusivamente teórico, de esos que se “dilucidan” en el ámbito académico, sino que tiene un carácter eminentemente político.

Para Marx, economía, cultura y política son aspectos de una misma totalidad, y sólo pueden ser separadas a los fines del análisis, a sabiendas de que esta separación es artificial y que puede conducir a la falacia de confundir el todo con la parte. En rigor, las ciencias sociales modernas (una creación de la burguesía) se construyeron en torno a la fragmentación de lo social en esferas separadas, cada una de las cuales debía ser estudiada por una ciencia particular (economía, sociología, ciencia política, etc.). Al separar economía de cultura y política, Borón adhiere (más allá de sus intenciones -.las cuales no son juzgadas aquí -) a la tesis que concibe a la economía como el ámbito de lo técnico, es decir, de la combinación de los factores de producción (capital, tierra, trabajo) para producir de la manera más eficiente. Cuando dice que la fortaleza de la Revolución Cubana no radica en su economía, está afirmando que la economía cubana anda mal, es decir, que no es eficiente ni lo suficientemente productiva. Cuando escribe que, no obstante lo anterior, las fortalezas de la Revolución radican en la cultura y en la economía, está postulando que es posible separar economía de cultura y política sin que ello afecte el carácter del proceso revolucionario. O sea, y en el límite, la miseria económica es compatible con la fortaleza en la cultura y en la política. Todo esto no es más que una enorme tontería desde el punto de vista del marxismo. Para Marx no cabía la posibilidad de un socialismo de la pobreza, entendido como un reparto de miserias. El socialismo, en el sentido marxista del término, necesita del desarrollo de las fuerzas productivas como requisito imprescindible para la organización de la sociedad sobre nuevas bases. Sólo así es posible el desarrollo pleno de los seres humanos. De lo contrario, las personas seguirían encadenadas a la división del trabajo. Ahora bien, Borón es un intelectual y, como es sabido, la manifestación más significativa de la división del trabajo es la separación entre trabajo manual y trabajo intelectual. En el fondo, postular la escisión entre política y cultura de un lado, y economía del otro, equivale a defender la perpetuación de la separación entre trabajo manual e intelectual. ¿Qué tiene que ver esto con el socialismo? Nada.

Borón incurre en otro error de peso. Atribuye al bloqueo económico llevado adelante por los EE. UU. una “influencia crucial” sobre la economía cubana. De más está decir que la cuestión del bloqueo es importante para Cuba. Pero afirmar esto último no implica defender la tesis de que el bloque explica la situación de la economía cubana y el fracaso del socialismo en la isla. La situación económica, política y cultural de Cuba puede explicarse a partir de factores “endógenos”, antes que cargar todo el peso de la explicación en el bloqueo. Así, por ejemplo, la vigencia de la circulación mercantil y el paulatino incentivo al desarrollo de actividades mercantiles (por ejemplo, el pequeño comercio entre el campo y la ciudad), redundan en un proceso de acumulación desigual de riqueza. Así, por ejemplo, la política de estímulo a las inversiones extranjeras (producto de la debilidad estructural de la inversión en Cuba) contribuye al incremento de la desigualdad social al fortalecer a quienes tienen acceso a las divisas y empobrecer a quienes carecen de dicho acceso. Todo esto queda fuera del campo de análisis de Borón, quien prefiere hablar todo el tiempo del bloqueo y de la posibilidad de que Cuba se recueste en Rusia o China para escapar de la presión norteamericana. Esto no tiene nada que ver con el marxismo. 

Ser marxista implica llevar a cabo un análisis minucioso de cada situación, análisis en el que juega un papel central el estudio de las relaciones entre las clases sociales a partir de la forma en que éstas participan del proceso productivo. Borón, con su pretendida “alta política” (sus conjeturas de salón sobre Rusia, etc.), se ahorra el trabajo de decir algo serio sobre la situación de Cuba en la actualidad. No es casualidad. Borón hace del marxismo una caricatura, al dejar de lado la lucha de clases y concentrar sus esperanzas en el Estado como herramienta para reformar la sociedad. De este modo, Borón puede elogiar constantemente a los regímenes latinoamericanos que, proclamándose de izquierda, defienden celosamente las ganancias de los empresarios.


Villa del Parque, miércoles 4 de febrero de 2015

martes, 27 de enero de 2015

LA DISOLUCIÓN DE LA SECRETARÍA DE INTELIGENCIA

En un discurso transmitido ayer por cadena nacional, la Presidenta Cristina Fernández anunció el envío al Congreso de un proyecto de ley por el que disuelve la SI (Secretaría de Inteligencia, ex SIDE – Secretaría de Inteligencia del Estado -) y crea la Agencia Federal de Inteligencia. Todo ello en el marco de la crisis desatada por la muerte del fiscal Nisman.

Abordé el caso Nisman en un artículo anterior; allí formulé el planteo general de la cuestión desde mi punto de vista. Como la medida anunciada por la presidenta pretende ser una respuesta a la crisis, es necesario efectuar un análisis de las implicancias de la disolución de la SI.

Los Servicios de Inteligencia actuales son producto de la dictadura militar de 1976-1983. El “jubilado” Stiusso, virtual jefe de la SI durante todo el período kichnerista, revistaba en los servicios durante la dictadura y continuó en funciones luego de la restauración del régimen democrático. Esta característica impregna toda la actividad de los servicios y se expresa en el hecho de que una de sus tareas primordiales es la acumulación de información sobre la militancia de izquierda, ya sea la de los partidos políticos de esa orientación o de la militancia clasista en los sindicatos. Pero, además, los servicios llevan a cabo otra actividad que hace que sean particularmente útiles para los gobiernos de turno, esto es, espiar a la oposición burguesa y a los jueces. Néstor Kirchner y Cristina Fernández aprovecharon al máximo esta segunda función de los servicios para fortalecer su poder, con la aclaración de que en esto actuaron igual que todos los gobiernos que los precedieron desde 1983 en adelante.

La crisis de sucesión desatada a partir de la imposibilidad de Cristina Fernández de volver a presentarse como candidata presidencial en las elecciones de este año, y la incertidumbre acerca de su sucesor, desató una crisis en el seno de los servicios. Ante la perspectiva de un cambio de gobierno, los servicios comenzaron a poner fichas en los candidatos presidenciales, chocando con sus amos de ayer. Como el mundo de los servicios es, por definición, un submundo secreto, esta lucha se expresó de un modo sordo y por medio de terceras personas. El descabezamiento de la SI, resuelto por la presidenta a finales del año pasado, llevó la crisis a su punto álgido. La muerte de Nisman fue consecuencia de ello.

La disolución de la SI es la respuesta (tardía por cierto) de Cristina Fernández a la crisis. Mediante la creación de un nuevo organismo de Inteligencia (la mencionada Agencia Federal de Inteligencia), pretende depurar a los servicios  y restaurar el control sobre ellos. Las perspectivas de éxito de esta medida parecen, cuanto menos, dudosas, dado que se trata de un gobierno que se retira en diciembre de este año, y de que la medida en sí parece, a simple vista, más un manotazo de ahogado que una respuesta coherente frente al problema. Es lícito preguntarse por qué la creación de un nuevo organismo habría de resolver una crisis que es producto de una política que atraviesa todo el mandato de los Kirchner, la cual consistió en fortalecer a los organismos de Inteligencia y emplearlos como herramienta de poder.

Sin embargo, hay una cuestión más importante, ausente en el discurso de ayer de la presidenta. Los servicios no giran en el vacío. La fortaleza adquirida por los mismos durante la dictadura y conservada (y aún incrementada) en el período democrático no es casualidad ni tampoco el fruto exclusivo de la necesidad de cada gobierno de turno de asegurar su poder controlando a la oposición. Es una consecuencia directa de las relaciones de fuerza entre las clases en la sociedad argentina. La dictadura de 1976-1983 significó una derrota formidable del movimiento obrero y se expresó en un incremento significativo de la desigualdad social. Los gobiernos que se sucedieron a partir de 1983 no disminuyeron esa desigualdad; todo lo contrario, la misma se cristalizó y profundizó. Sin ir más lejos, la “década ganada” del kirchnerismo, con sus elevadas tasas de crecimiento económico, dejó como herencia más de un tercio de los trabajadores en condiciones de “no registro”, es decir, sin aportes al sistema de seguridad social y por fuera de los convenios colectivos.

En un país donde la desigualdad social alcanza niveles nunca vistos anteriormente (compárese los miles y miles de asentamientos y villas miserias con los barrios privados de la burguesía), los servicios resultan imprescindibles. En otras palabras, el capitalismo argentino no puede funcionar sin servicios que espíen a la población. Por eso, toda iniciativa dirigida a reformar a los servicios está condenada al fracaso en la medida en que no sea destruida una situación social que requiere de la existencia de los servicios.
  
El problema no radica en que gobiernen los servicios; el problema consiste en que gobierna la burguesía.


Villa Jardín, martes 27 de enero de 2015

martes, 20 de enero de 2015

LA MUERTE DEL FISCAL NISMAN

El fiscal Alberto Nisman, a cargo de la investigación del atentado a la AMIA (julio de 1994) y quien presentó una denuncia contra la presidenta Cristina Fernández por encubrimiento de los responsables del atentado, fue encontrado muerto en su domicilio en vísperas de presentarse en el Congreso, donde iba a defender su acusación contra la Presidenta. No es preciso abundar en la conmoción que produjo su muerte, que desató la crisis más importante del sistema político desde los hechos de diciembre de 2001.

El autor de este artículo no pretende esclarecer las circunstancias concretas del deceso del fiscal. Carece de información para ello y no quiere hacerle el coro a la confusión general. Prefiero concentrarme en una cuestión más general y que hace a la manera en que se encuentran estructuradas las relaciones de poder en Argentina. La muerte de Nisman está ligada a la relación de los servicios de inteligencia con el Estado argentino desde la restauración del régimen democrático en 1983.

En nuestro país existen varios servicios de inteligencia (los servicios a partir de aquí). El más importante de ellos es el SI (Servicio de Inteligencia, ex SIDE – Servicio de Inteligencia del Estado -). ¿Cuál es su cometido? Básicamente espiar a los ciudadanos y brindar esa información al personal político que detenta el control del Estado. O sea, su función es considerar a la población como un enemigo potencial, a quien debe vigilarse en todo momento. Para cumplir esta tarea, cuentan con presupuestos millonarios y con una plantilla numerosa, cosas particularmente escandalosas en un país donde, por ejemplo, los hospitales públicos carecen de equipamiento básico (como lo experimentó la propia Presidenta al sufrir una lesión en un pie y estar obligada a trasladarse desde Santa Cruz a Buenos Aires para recibir la atención adecuada).

Durante la dictadura militar de 1976-1983, los servicios jugaron un papel fundamental en la ofensiva contra los trabajadores y las organizaciones políticas revolucionarias. Como contrapartida, la derrota argentina en la guerra de Malvinas mostró, entre otras cosas, hasta qué punto los servicios eran inoperantes al tener que afrontar una amenaza externa. La dictadura dejó absolutamente en claro que los servicios actuaban en función de la lógica del enemigo interno, según la cual la propia población es el enemigo del Estado. No se trata de una lógica delirante. Todo lo contrario. Los servicios forman parte del aparato represivo del Estado, constituido, además, por las Fuerzas Armadas, la Policía Federal y las policías provinciales, los servicios penitenciarios federal y provinciales, etc. Más allá de los matices, el Estado tiene como función primordial preservar el orden existente, es decir, el orden capitalista, con todas las relaciones de dominación que éste conlleva. En este sentido, los servicios proporcionan información al Estado sobre todos aquellos que cuestionan al orden capitalista. De ahí que los militantes de los partidos de izquierda, los militantes clasistas en el movimiento obrero, etc, etc., sean los principales objetivos de los espías. Las tareas de Inteligencia son indispensables para el sostenimiento del orden capitalista.

Pero los servicios han desempeñado otra función desde 1983. De Alfonsín para adelante, se encargaron de recopilar información sobre el conjunto de la oposición política y sobre los jueces, a los fines de proporcionar al gobierno de turno de una herramienta para extorsionar a los dirigentes opositores y a los magistrados. Lejos de ver menguado su poder, los servicios continuaron jugando un papel político fundamental en el escenario post dictadura. Ahora bien, estas funciones fueron llevadas a cabo por el mismo personal que se había encargado de las tareas represivas durante la dictadura. Antonio Stiusso, alias “Jaime”, agente de la SIDE (luego SI), jefe virtual del principal servicio del Estado argentino, permaneció en actividad desde la dictadura hasta 2014. Esta continuidad, sumada a los otros factores mencionados aquí, hizo que los servicios acrecentaran su poder mientras los gobiernos pasaban.

Néstor Kirchner y Cristina Fernández no fueron la excepción en lo que hace a la utilización de los servicios. Las evidencias disponibles muestran que los utilizaron tanto contra la izquierda y el movimiento obrero (por ejemplo, el caso del famoso Proyecto X), como contra los jueces y los dirigentes políticos de la oposición burguesa. Hay que agregar que los dirigentes de dicha oposición, en los casos en los que ocuparon funciones de gobierno, armaron sus propias estructuras de espías con funciones semejantes a las de los servicios del Estado nacional (Mauricio Macri, Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, procesado por el caso de las escuchas telefónicas, es el caso más escandaloso).

Como suele ocurrir, en épocas de crisis económica afloran todas las miserias del orden existente. La retracción del crecimiento económico y el hecho de que Cristina Fernández dejará el gobierno en diciembre de este año, debilitaron al kirchnerismo. La fragmentación de la oposición burguesa (Scioli, Macri, Massa) y la relativa lejanía de las elecciones, complican el cuadro, acotando la capacidad de control de la burguesía (ya sea del elenco gobernante como de la oposición que se prueba el traje de futuros gobernantes). Esto es especialmente visible en el caso de los servicios, debido a la interna entre el SI y la inteligencia militar, cuya cabeza es el actual jefe del Ejército, Milani. Frente a un poder estatal debilitado, los servicios cobran mayor autonomía y dirimen su interna apelando a los recursos a los que están acostumbrados, sólo que esta vez lo hacen a la luz del día. No se trata, por cierto, de que Argentina sea un país gobernado por los servicios; se trata de un contexto político particular, en el que los servicios han visto acrecentada su influencia de un modo desorbitado. Los cambios de gabinete efectuados por Cristina Fernández a fines del año pasado, centrados en el control del área de Inteligencia, son una muestra de la preocupación del kirchnerismo por esta situación. Por su parte, el caso Nisman indica que el kirchnerismo no ha tenido éxito en su intento de volver a controlar a los servicios.

La muerte del fiscal Nisman tiene poco y nada que ver con el caso AMIA. Al Estado argentino no le importa esclarecer el atentado. Desde 1994 a la fecha, todos los gobiernos que se sucedieron colaboraron en el encubrimiento de los hechos. Mientras tanto, los servicios incrementaron su poder y su capacidad de control sobre la población. La muerte de Nisman, en medio de una interna feroz entre los servicios, da la pauta de las dimensiones del problema. Pensar que las cosas se solucionarán con el recambio de gobierno es una utopía. En todo caso, la interna entre servicios pasará a dirimirse entre bastidores, dejando libre el centro de la escena política. Pero los servicios seguirán espiando a la militancia de izquierda, a los delegados clasistas, a los militantes barriales que no se encuadren con los punteros del PJ o del macrismo, etc. También continuarán espiando a jueces y dirigentes opositores burgueses. No es una deformación, es la naturaleza misma del Estado capitalista. En un país donde la desigualdad social es tan grande que permite que coexistan Puerto Madero y Nordelta con cientos de villas miserias y asentamientos, ¿puede esperarse otra cosa?


Villa del Parque, martes 20 de enero de 2015

sábado, 17 de enero de 2015

EL PAPA FRANCISCO Y LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Con motivo de la entronización del cardenal argentino Jorge Bergoglio como Papa Francisco I en 2013, escribí un artículo sobre el marketing papal. Allí sostenía, palabras más palabras menos, que el nuevo Papa tenía como objetivo primordial lavar la cara de la Iglesia Católica, sometida a una sangría constante de fieles y a un consiguiente debilitamiento de su influencia política. Esa lavada de cara consistiría, básicamente, en una serie de medidas efectistas e inofensivas. En otras palabras, Bergoglio asumió como propia la máxima “cambiar algo para que nada cambie”.

Ahora, con motivo de la masacre de Charlie Hebdo, Bergoglio opinó lo siguiente:

"-Santo Padre, ayer a la mañana durante la misa habló de la libertad religiosa como de un derecho humano fundamental. Pero en el respeto de las diversas religiones, ¿hasta qué punto puede ir la libertad de expresión, que también es un derecho humano fundamental?
-Gracias por esta pregunta que es muy inteligente, es buena. Creo que los dos son derechos humanos fundamentales, tanto la libertad religiosa, como la libertad de expresión. Pero... ¿Usted es francés? Vayamos a París, hablemos claro. No se pude esconder la verdad: cada uno tiene el derecho de practicar su propia religión sin ofender, libremente. Y así hacemos y queremos hacer todos. Segundo, no se puede ofender, o hacer la guerra, matar en nombre de la propia religión, es decir, en nombre de Dios. A nosotros lo que pasa ahora, nos asombra. Pero pensemos en nuestra historia: ¿cuántas guerras de religión tuvimos? Piense en la Noche de San Bartolomé. ¿Cómo se entiende esto? También nosotros fuimos pecadores en esto, pero no se puede matar en nombre de Dios, es una aberración. Matar en nombre de Dios es una aberración. Esto es lo principal de la libertad de religión: se debe hacer con libertad, sin ofender, pero sin imponer y sin matar.
La libertad de expresión: cada uno no sólo tiene la libertad, sino que tiene el derecho y la obligación de decir lo que piensa para ayudar al bien común. Si un diputado o un senador no dice lo que piensa que es el verdadero camino, no colabora al bien común. Y no sólo estos, sino tantos otros. Tenemos la obligación de decir abiertamente, tener esta libertad, pero sin ofender. Porque, es verdad que no se puede reaccionar violentamente. Pero si el doctor Gasbarri, gran amigo, dice una mala palabra en contra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal! No se pude provocar, no se puede insultar la fe de los demás. No se le puede tomar el pelo a la fe. No se puede.
Benedicto XVI en un discurso, no me acuerdo cuál, había hablado de esta mentalidad post positivista, de la metafísica post positivista, que llevaba a creer que las religiones o las expresiones religiosas son una suerte de subculturas, que son toleradas, pero que son poca cosa, no son parte de la cultura ilustrada. Y esta es un herencia de la Ilustración, eh. Hay mucha gente que habla mal de otras religiones o de las religiones, les toma el pelo, digamos que juguetea con las religiones de los otros. Y estos provocan y puede pasar lo que le podría pasar al doctor Gasbarri si dice algo en contra de mi mamá, ¿no? Es decir, ¡hay un límite! Cada religión tiene dignidad, cualquier religión que respeta la vida, la persona humana. Y yo no puedo tomarle el pelo. Y esto es un límite. Tomé este ejemplo de límite, para decir que en esto de la libertad de expresión hay límites, como el de mi mamá. No sé si logré responder la pregunta.” (La Nación, 15/01/2015).
Charlie Hebdo obligó a Bergoglio a fijar su posición sobre la libertad de expresión…y es el pobre doctor Gasbarri quién recibe los puñetazos del papa boxeador…

Vamos al grano. El marketing papal se nutrió de gestos que no molestaban a nadie, que no afectaban el poder de nadie, y que servían para vender la imagen de un papa “tolerante” y preocupado por los problemas de la “gente”. Sin embargo, en sus casi dos años de pontificado, Bergoglio no modificó ninguna de las líneas políticas fundamentales de la Iglesia (por ejemplo, la cuestión del aborto, la de los homosexuales, etc., etc.). Mucho gesto para la tribuna, ningún tiro al arco.

Pero con Charlie Hebdo es distinto. Aquí no hay espacio para el gesto vacío. Había que definirse. Es claro que esto puso incómodo a Bergoglio. Y, como suele ocurrir, la incomodidad parió un engendro. Mejor dicho, de un modo torcido (taimado podríamos decir), Bergoglio terminó sacando el inquisidor que todo prelado lleva dentro.

En el principio, fue la condena de la masacre. Bergoglio procedió haciendo lo políticamente correcto, siguió el discurso que le dictaba el marketing. Pero el espíritu de Dios se revolvía en su alma y pugnaba por salir. Y salió nomás, durante el viaje apostólico a Sri Lanka, con toda la duplicidad propia de un Papa de la Santa Madre Iglesia. Veamos la cuestión yendo de lo particular a lo general.

Bergoglio sostiene que la libertad religiosa tiene un límite: no se puede matar en nombre de Dios. OK. Pero acto seguido afirma que las ofensas a la libertad religiosa pueden ser castigadas con un puñetazo (¡Qué lo diga si no el doctor Gasbarri!). O sea, la tolerancia del religioso hacia quienes se burlan de su religión tiene como límite la muerte del burlador. Bergoglio (los lectores no argentinos de este artículo deben saber que la Iglesia argentina, de la que formaba parte Bergoglio, apoyó activamente a la dictadura militar de 1976-1983, que se especializó en el secuestro, tortura y asesinato de miles de personas) pide al religioso que actúe como el médico que asistía a una sesión de tortura, es decir, observando la aplicación de los golpes, la picana eléctrica, el submarino y otros nobles recursos, pero deteniendo la sesión en cuanto corría riesgo la vida del torturado. Claro que en el ejemplo de Bergoglio, el religioso es también el torturador. Con este ejemplo extremo (en la entrevista es el mismo Papa quien aplica un ejemplo “extremo”) no pretendo hacer otra cosa que mostrar las inconsistencias de la lógica empleada por Bergoglio.

Pongamos las cosas en contexto para comprender en toda su dimensión la barbaridad dicha por el Papa. Charlie Hebdo no es un caso hipotético, es una masacre en la que doce personas fueron asesinadas porque unos fundamentalistas se sintieron ofendidos por las caricaturas publicadas en la revista (por lo menos, esta es la versión oficial de los hechos, que no será discutida aquí). Frente a esta enormidad, Bergoglio no tiene mejor idea que salir con el puñetazo al doctor Gasbarri. Por eso la frase “matar en nombre de Dios es una aberración” suena a relativismo en boca del Papa, ese relativismo que la Iglesia combate como sinónimo de ateísmo.

El Papa ubica a la “libertad religiosa” como uno de los “derechos humanos fundamentales”, al lado de la “libertad de expresión”. Sin embargo, en su argumentación queda claro que la “libertad de expresión” tiene un límite, que es el de no ofender al religioso. En este sentido, la “libertad religiosa” es más derecho, si cabe la expresión, que la “libertad de expresión”. Desde su punto de vista, el humor no puede aplicarse a la religión, la sátira no es lícita, pues siempre habrá un creyente que se sienta ofendido en su fe. Si esto es así, ¿qué queda de la libertad de expresión? Nada más que palabrería vacío, ése que tanto gusta a los prelados.

Para concluir. En sus declaraciones, Bergoglio repite una vez más un viejo tema de la Iglesia: la Fe se encuentra ubicada por encima de la Razón. Esta preeminencia es, a nuestro entender, la base más general de la intolerancia de la Iglesia hacia todos los que piensan diferente. Pues, ¿qué significa la Fe? La soberanía de la creencia más allá de toda prueba racional. Así, un religioso puede creer que Dios creó al mundo en 6 días, y que al séptimo descansó en virtud de algún convenio laboral celestial. Si alguien pretende discutir racionalmente esta fábula, aportando pruebas de la paleontología, la geología, etc., el creyente simplemente responderá: es mi Fe y nada puede convencerme de lo contrario. Esta actitud no es otra cosa que la negación de todo diálogo, equivale a establecer desde el vamos una asimetría fundamental entre las partes, en la que la supremacía está del lado del creyente.

Lejos de ser una boutade, un error de comunicación, las declaraciones de Bergoglio expresan el sentir profundo de los dignatarios de la Iglesia Católica sobre la masacre de Charlie Hebdo. Como siempre, ellos están listos para emprender una cruzada contra quienes pensamos diferente. Por eso hay que estar siempre en guardia y combatir sus argumentos de manera implacable. Aunque una y otra vez haya que decir las mismas cosas.



Villa del Parque, sábado 17 de enero de 2015