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| Napoleón Bonaparte |
Ariel Mayo (ISP. Dr. J. V. González / UNSAM)
Reinhard Bendix (Berlín, 1916-Berkeley (California), 1991), sociólogo estadounidense de origen alemán. En 1938 emigró a EE. UU., huyendo del nazismo. Profesor en la Universidad de Chicago (1943-1946) y en la Universidad de California en Berkeley (desde 1947).
Bendix contribuyó a la comunicación entre la sociología empírica estadounidense y la sociología teórica europea. En este sentido, su trabajo sobre Max Weber [1] constituye un hito en su esfuerzo por conectar ambas sociologías.
La tercera parte se titula Dominación, organización y legitimidad: sociología política de Max Weber (pp. 272-459)
Referencia bibliográfica:
Bendix, R. (2000). Max Weber. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu. 462 p. Traducción de María Antonia Oyuela de Grant.
Capítulo 10: Liderazgo y dominación carismáticos (pp. 285-311)
Weber define al carisma como una “cualidad extraordinaria” poseída por ciertas personas, que les confiere “un poder mágico excepcional” (p. 285). Distingue entre el liderazgo carismático, que emana de un individuo que posee cualidades extraordinarias y que manda en virtud de esas cualidades (y pierde el liderazgo si sus seguidores consideran que ha perdido esas cualidades); y la autoridad carismática, donde el carisma deja de ser personas y es atribuido a un cargo (los subordinados obedecen a quien ocupa ese cargo, independientemente de sus cualidades personales).
La persona que tiene carisma ejerce una dominación diferente tanto a la dominación tradicional como a la dominación legal. La característica distintiva de la dominación carismática es el “carácter extraordinario que tiene en ella el poder de mando” (p. 285).[2]
Weber elabora una división tripartita del fenómeno del poder: 1) el poder que se basa en las constelaciones de interés, como ocurre en el mercado y en los grupos estamentales; 2) el poder que se basa en la autoridad establecida (dominación legal, tradicional o carismática); 3) el poder que se funda en el liderazgo.
A- Liderazgo carismático (pp. 286-293)
La dominación legal y la tradicional son estructuras permanentes que proveen a las necesidades de la comunidad. Pero tienen un defecto: no están bien adaptadas a la satisfacción de necesidades que exceden lo ordinario. Por eso en tiempos de crisis, el “jefe natural” pasa a ser la persona a la que se le atribuyen dotes extraordinarias de cuerpo y alma: “Por suerte o por desgracia, hay una especial demanda de liderado carismático en tiempos de dificultades, demanda que ocasionalmente reaparece también en los sistemas permanentes de dominación.” (p. 286)
El liderazgo carismático suele darse cuando acontecen situaciones de emergencia; se asocia con una conmoción colectiva, que hace que las masas busquen un líder heroico. El caudillo carismático es siempre un reformador extremo, que desecha las soluciones ordinarias para ir “a la raíz de las cosas” (p. 287). En otras palabras, “la gente se entrega a él arrebatada por la fe en las manifestaciones de su autenticidad. Se aparta de las reglas establecidas y se somete al orden sin precedentes que proclama el líder.” (p. 287)[3]
Con la aparición del líder carismático se produce una revolución “íntima” de la experiencia de la gente, algo muy distinto a la revolución “externa”, cuyo rasgo principal es la adaptación a un cambio de las formas legales, “sin internalizar simultáneamente las ideas que lo respaldan” (p. 287)
En su forma pura, el liderazgo carismático implica un grado de compromiso en los seguidores del líder que no se encuentra en los otros tipos de dominación.
Respecto a las diferencias con la dominación tradicional:
“El jefe patriarcal posee una autoridad que emana de la santidad inviolable de la tradición, representada en su persona; el caudillo carismático domina a la gente porque a través de su persona se manifiesta una misión que muy a menudo trastorna el orden establecido. El gobierno tradicional es característicamente estable, por pasajero que sea individualmente el poder de los jefes patriarcales. El liderazgo carismático, por el contrario, es producto de entusiasmo y de crisis.” (p. 287)
El líder carismático reclama obediencia invocando la misión que siente que debe cumplir. Su legitimidad no tiene nada que ver con la elección. “El líder es llamado por un poder superior, y no puede rehusarse; quienes lo siguen están atados por un deber de obediencia al líder que posee calificación carismática.” (pp. 287-288)
En el liderazgo carismático, la relación entre gobernante y gobernados es inestable; el líder puede sentir que ha perdido sus cualidades. “El caudillo carismático debe su autoridad pura y exclusivamente a la demostración de su poder y a la fe que den sus discípulos a ese poder, como quiera le conciban.” (p. 288)
En la historia, el liderazgo carismático prevaleció en donde imperó la creencia en la magia.
El liderazgo carismático se transforma en dominación tradicional. Este cambio ocurre con frecuencia cuando se verifica el problema de la sucesión. La raíz de dicho problema es el hecho de que el carisma es intransferible, pues es poseído por un individuo excepcional. Por ende, el líder carismático no puede elegir un sucesor.
El problema de la sucesión puede ser resuelto de tres maneras diferentes: a) se designa un nuevo líder carismático en base a ciertos indicios que muestran que posee las cualidades carismáticas requeridas; b) el líder carismático designa a su propio sucesor o representante; c) los discípulos y partidarios del líder carismático eligen al sucesor.[4]
B- El carisma familiar y el institucional como aspectos de la dominación fundada en la autoridad (pp. 293-303)
En este apartado Bendix examina cómo define Weber el carisma familiar y el carisma institucional, y como aplica estos conceptos al análisis de la Iglesia y del Estado.
En el apartado anterior, el carisma es definido como un atributo (extraordinario) de una persona; por tanto, el ejercicio del poder es personal. Sin embargo, el carisma puede existir también de modo “despersonalizado”.
La dominación basada en el liderazgo carismático es inestable. Ello se debe, entre otras cosas a: 1) las dificultades que presenta la conservación del carisma original mediante su transformación [el problema de la sucesión]; 2) los intereses de los discípulos del líder carismático, quienes procuran conservar las ventajas obtenidas durante el liderazgo de éste.
La despersonalización del carisma resulta beneficiosa para los seguidores del líder, puesto que diluye los riesgos de una dominación atada a los éxitos de una persona. El carisma es convertido en una cualidad impersonal, “puede transmitirse a los miembros de una familia, o hacerse atributo de un cargo o una institución, cualesquiera fueren las personas comprometidas.” (p. 294)
El carisma impersonal se atribuyó a ciertas familias, bajo la creencia de que la cualidad extraordinaria poseída por el líder carismático original se transmitía mediante los vínculos de sangre (por ejemplo, el linaje real encarnado en una familia - los Tudor, los Románov, los Borbones, etc.-).
“Sea como fuere, todo el significado del carisma se altera en el proceso. Deja de ser virtud que autentifica y ennoblece a una persona, mediante sus propios actos, para convertirse en atributo de sus antepasados, cuyos hechos confieren carácter legítimo a la autoridad y a los privilegios de los descendientes.” (p. 295)
Otra forma de despersonalización del carisma es la institucionalización. En este caso, el carisma no se transmite por vínculos de sangre, sino por una ceremonia mágica (por ejemplo, la “sucesión apostólica” por la que el obispo consagra a los nuevos sacerdotes). Así, el carisma se transmite al nuevo titular de un cargo consagrado: esta transmisión no se verifica en tanto individuo sino en tanto titular de dicho cargo. (p. 296)[5]
El carisma deja de ser un don personal y extraordinario, y pasa a ser una aptitud impersonal, que puede llegar a enseñarse y aprenderse.
Atención:
“La Monarquía y la iglesia no son las únicas encamaciones del carisma familiar e institucional. El carisma familiar está presente de algún modo en toda aristocracia, y alcanza su más amplio desarrollo en el sistema de castas de la India. Por otra parte, el carisma institucional está presente, en cierta medida, en todo gobierno. La creencia en la santidad de la tradición, o en la del orden legal, suele tener alguna afinidad con los conceptos religiosos, y no la pierde sino en condiciones muy especiales.” (p. 297)
Weber desarrolla la cuestión de las diferencias entre el carisma familiar y el carisma institucional. Entre ellas, una de las más importantes es la siguiente: “el carisma familiar se refiere primordialmente a la identidad de los gobernantes y de sus descendientes, y poco o nada le incumbe el funcionamiento de una organización; en cambio el carisma institucional se refiere primordialmente a la organización, y apenas depende de la identidad personal del gobernante.” (p. 297)
Weber dedica especial atención al carisma institucional en su sociología de la religión. Señala que el sacerdocio se organizó en torno a: la defensa de sus intereses materiales y la creencia en el carisma de su vocación. “Donde quiera que obtienen autonomía, los sacerdotes intentan establecer una jerarquía independiente, con su propio sistema tributario y su propio orden jurídico, a los fines de adquirir y proteger su propiedad colectiva.” (p. 299) El paso siguiente a la organización de los sacerdotes es la constitución de una Iglesia, entre cuyos condiciones se encuentra la ruptura de “todo vínculo de familia, de clan y de tribu, para acabar derribando igualmente toda barrera étnica y nacional.” (p. 299)
La organización de una Iglesia marca la culminación del proceso por el cual el carisma se hace atributo de una institución.
El monje se convirtió en el primer profesional en la historia de Occidente, en tanto hombre íntegramente consagrado a la religión: “Por disciplina profesional impuso un horario fijo a su tiempo, practicó el dominio de sí mismo, reprimió el impulso espontáneo al goce y se prohibió todo cuidado que por ser puramente personal resultara superfluo para su vocación excluyeme. Todo lo predestinaba, pues, a servir de instrumento principal en la centralización burocrática de la iglesia y en la lucha de siglos que desató.” (p. 302)
C- La lucha por el poder bajo la dominación carismática (pp. 303-309)
Este apartado está centrado en la relación entre el poder eclesiástico y el poder terrenal.
“El dominio sacerdotal tiende siempre a constituirse en baluarte de la tradición, de modo que, al par que sostiene la fe en su propio ministerio sagrado, consolida la sumisión a las autoridades seculares vigentes.” (p. 304)
D- Implicaciones teóricas (pp. 309-311)
En la obra de Weber se encuentran dos proposiciones aparentemente paradójicas: “1) que el liderazgo carismático da paso a la rutinización; 2) que su aparición es un fenómeno indefinidamente intermitente.” (p. 310)
Bendix sostiene que Weber no tenía en mente una teoría evolutiva de la historia, en la que se pasaba indefectiblemente del carisma a la rutinización de las prácticas. También afirma que Weber no consideraba que el carisma tuviera siempre efectos positivos, sino que también lo tenían la instauración de prácticas rutinarias. En síntesis, “para Weber el carisma y su institucionalización eran posibilidades omnipresentes en todas las etapas de la historia, y requerían en cada caso un nuevo examen.” (p. 311)
Mataderos, domingo 16 de agosto de 2026
NOTAS:
[1] Max Weber: An Intellectual Portrait. New York, USA: Doubleday, 1960.
[2] “Carisma significa poder mágico asociado como atributo estrictamente exclusivo, y por ende transitorio, a una persona.” (p. 290).
[3] “El liderazgo carismático es una respuesta puramente personal a una crisis de experiencia humana.” (p. 287).
[4] “A pesar de todo, los tres métodos conservan el único elemento que distingue el liderazgo carismático de todos los otros tipos de dominación: el ejercicio de la autoridad está ligado esencialmente a una persona concreta y a las cualidades que la singularizan.” (p. 292)
[5] El carisma institucional no se limita a la teoría católica, pero alcanza en ella su mas alto desarrollo: “la teoría católica representa el más acabado deslinde entre el carisma que es inherente al cargo y el merecimiento fortuito de su titular. El sacerdote adquiere calificación carismática como funcionario de la jerarquía en virtud de un acto mágico. Hubo que recurrir a esta despersonalización del carisma para poder injertar la organización de la iglesia en un mundo en el que prevalecía la creencia en la magia. Había que sustraer a la iglesia, en cuanto institución, de todas las contingencias propias de lo personal; para ello era imperioso que la calificación carismática del clero se mantuviera por encima de cualquier objeción, por depravado que pudiera ser individualmente el sacerdote.” (p. 296)
