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domingo, 30 de agosto de 2026

FICHA DE LECTURA: ANTES DE LA REVOLUCIÓN: EL MÉXICO DEL PORFIRIATO

 

Porfirio Díaz


Ariel Mayo (ISP Dr. J. V. González / UNSAM)


En Miseria de la Sociología ya hemos dedicado atención a la historia de la Revolución Mexicana. En esta oportunidad, publicamos una ficha sobre el Porfiriato, el período previo al estallido del movimiento revolucionario. 

El historiador y antropólogo austríaco Friedrich Katz (1927-2010), fue profesor en la Universidad de Texas en Austin, en la Universidad de Chicago y en la Universidad Autónoma de México. Se especializó en el estudio de la historia de México.

Abreviaturas:

PL= Partido Liberal / PLM= Partido Liberal Mexicano.

Referencia bibliográfica:

Katz, F. (1992). México: La Restauración de la República y el Porfiriato, 1867-1910. En L. Bethell. (ed.). Historia de la América Latina: 9. México, América Central y el Caribe, c. 1870-1930 (pp. 13-77). Barcelona, España: Crítica.


El final de la presidencia de Benito Juárez (1867-1872)

Esta historia comienza en julio de 1867, cuando el presidente Benito Juárez (1806-1872) volvió a la ciudad de México, luego de la victoria de los liberales en la guerra contra los franceses y los conservadores. La victoria juarista determinó la desaparición del peligro de la intervención europea y aseguró la supervivencia de México como nación independiente. Como efectos colaterales cabe apuntar que la Iglesia perdió gran parte de su influencia económica y social y que se produjo una reducción importante del número de propiedades comunales de la tierra. Sin embargo, la victoria encontró un país agotado, en el que se amontonaban viejos y nuevos conflictos: 1) las tierras comunales vendidas fueron acaparadas por los hacendados ricos, con el consiguiente fortalecimiento de los terrateniente; 2) el Ejército liberal no aportó garantía de estabilidad; 3) el país se hallaba poco integrad y los años de guerra habían agotado las finanzas públicas; 4) se habían perdido los mercados europeos y las inversiones de capital. 

En otras palabras: “La nación mexicana estaba compuesta [en 1867], por una parte, por un ejército enorme controlado sólo vagamente por la administración central y, por otra parte, por los aparatos del gobierno, que estaban tremendamente debilitados.” (p. 16)

El partido liberal no poseía una base social sólida. Es cierto que contaba con el apoyo de una parte de la burguesía (fabricantes textiles; agiotistas – comerciantes que especulaban con préstamos al gobierno), pero la mayoría de la burguesía estaba compuesta por extranjeros. En realidad, la base de sustentación del PL eran los grandes terratenientes, quienes se apropiaron de las tierras de la Iglesia. También contaba con el apoyo de la clase media (comerciantes locales, pequeños empresarios, rancheros, pequeños funcionarios del gobierno, algunos intelectuales radicales). Esta clase media consideraba que los terratenientes eran un obstáculo para su propio avance y exigía al gobierno central que controlara más firmemente a los caciques locales.

En 1867 recrudecieron las disputas entre las dos alas del PL (grandes propietarios vs. clases medias); sin embargo, ambas se unieron contra el sector popular (grupo heterogéneo compuesto por campesinos, proletariado textil, herreros, dependientes, etc.), cuyos objetivos eran: redistribución de la tierra a gran escala y sin restricciones [1]. 

Juárez se vio obligado a enfrentar los conflictos en el seno del PL; ninguno de los tres sectores en pugna se atrevió a derrocarlo. En 1870 dictó una amnistía para los conservadores (muchos de ellos recobraron sus cargos). El Ejército, considerado por Juárez como uno de los principales problemas de México, recuperó fuerza.

En 1872 falleció Juárez, sin haber conseguido la pacificación de su país. Todo lo contrario: “para complacer a la élite del país había sacrificado los intereses del campesinado” (p. 20). Ello derivó en un aumento del descontento de los campesinos por la frustración de sus expectativas y el deterioro real de sus condiciones de vida.

Ascenso de Porfirio Díaz:

Muerto Juárez, la presidencia quedó a cargo de Sebastián Lerdo de Tejada (1823-1889), presidente del Tribunal Supremo. Lerdo convocó a elecciones y resultó vencedor (1872). El nuevo presidente, conservador en materia social, provenía de la clase alta criolla. Recibió el apoyo de los intelectuales liberales (que promovían el liberalismo económico), los propietarios liberales y el Ejército. Fortaleció el poder estatal; sus fuerzas lograron derrotar la rebelión del general Porfirio Díaz (1830-1915), quien luego fue amnistiado. Pero Lerdo no logró estabilizar la situación y en 1876 se produjo una nueva sublevación de Díaz. Se llegó así a la realización de nuevas elecciones en 1877, que dieron por resultado la llegada de Díaz a la presidencia del país.

El nuevo régimen dedicó un mayor presupuesto a los gastos militares. Pero Díaz comprendió que el Ejército era demasiado débil para ser el único sostén del gobierno. Por ello construyó una coalición entre las clases media y alta; destituyó a caciques locales y los reemplazó por sus partidarios. Adoptó la estrategia de vender tierras públicas, que pasaron a manos de los hacendados. La clase media se vio beneficiada por el cese de la represión a los opositores y el rechazo a la reelección del presidente y de los gobernadores. Ese mismo año escaló el conflicto con EE. UU. Díaz lo desactivó realizando concesiones a los capitalistas norteamericanos; en 1878 el gobierno norteamericano reconoció al presidente Díaz.

La resolución del conflicto con los EE. UU. permitió a Días reconfigurar su  estrategia política, que giró en torno a tres medidas: a) otorgamiento de concesiones muy ventajosas a los inversores extranjeros (sobre todo a los yanquis); b) fortalecimiento de los lazos con Europa (para contrarrestar la influencia de EE. UU.); c) preservar la estabilidad política a cualquier precio. Además, Díaz mantuvo su palabra y no se presentó a la reelección en 1880.

En 1880-1884= se hizo cargo de la presidencia del país el general Manuel González (1832-1893) [2], protegido de Díaz. Se trató de un gobierno corrupto, pero que siguió el camino del desarrollo económico (inauguración de la primera línea ferroviaria entre México y EE. UU. en 1884; crecimiento de las inversiones estadounidenses). Además, México restableció relaciones diplomáticos con todos los países europeos; se logró la victoria definitiva sobre los apaches (1880-1884) y se llevó adelante la apertura de caminos en la frontera norte de México.

El Porfiriato (1884-1910):

En 1884 Porfirio Díaz fue elegido presidente por segunda vez. Con ello comenzó la primera dictadura real y duradera de la historia de México. Díaz impidió que ninguno de sus opositores fuera elegido al Congreso (éste se transformó en una institución inútil en 1888, pues cada candidato debía recibir la aprobación previa del presidente para ser elegido o reelegido) [3]. En 1892 se modificó la Constitución: se extendió el mandato presidencial a 6 años. De este modo, se generó la combinación que recibió la denominación de Pax Porfiriana (estabilidad política + Estado mexicano fuerte y eficaz).

Se produjo una disminución de los niveles de violencia: formación del Estado Mexicano. La condición para ello fue el incremento constante de la renta pública: impuestos pagados por empresas extranjeros + impuesto aduanero + impuesto sobre los metales preciosos. Se verificó una dependencia del crecimiento de las inversiones extranjeras.

Díaz se opuso a la creación de un partido político gubernamental e impidió también la creación de verdaderos políticos de oposición. Los partidos políticos se dieron en el ámbito regional (no nacional): eran grupos formados por relaciones de parentesco y/o clientelismo. El dictador prefirió la táctica (que inauguró en 1876) de enfrentar entre sí a las camarillas existentes dentro de la élite mexicana.

“En general, el fortalecimiento del Estado porfirista costó a amplios sectores de la clase alta y media tradicional la pérdida de gran parte del poder político que antes poseían, pero, en compensación,  participaron de los frutos del rápido desarrollo económico de México. No se puede decir lo mismo del campesinado, que durante el porfiriato perdió sus derechos políticos tradicionales, al tiempo que sufrió agudas pérdidas económicas.” (p. 46)

El crecimiento económico se verificó de manera constante en el período 1884-1900. La población pasó de 10 millones de habitantes (1877) a más de 15 millones (1900). El crecimiento poblacional fue mayor en los estados fronterizos de Sonora, Chihuahua, Nueva León y Tamaulipas. La inmigración extranjera fue escasa; el crecimiento poblacional se debió a la población nativa. Crecieron la inversión del capital extranjero y el PNB (producto nacional bruto), a una tasa anual promedio de 8%. La contracara del crecimiento fue la acumulación de desigualdades sin precedentes: sistema agrícola equipado con la más moderna tecnología vs. explotaciones que trabajaban con las técnicas más primitivas; industria ligera vs. industria pesada; control de la economía extranjera vs. economía nacional. 

El desarrollo económico se orientó a los sectores orientados hacia la exportación: minería (sector de crecimiento más rápido); cultivos comerciales (henequén, sisal, caucho, café, cochinilla). Apareció una industria de exportación, debido a que las mayores empresas de EE. UU. establecieron fundiciones en México para beneficiarse de exacciones impositivas. También se desarrolló una industria ligera orientada al consumo interno (prosperaron las industrias textiles). 

El desarrollo industrial decayó después de 1900, debido a la falta de medidas activas de parte del gobierno de Díaz, la caída del nivel de vida de la mayoría de la población y la poca atención dedicada a la educación pública (en 1895, el 14.39% de la población sabía leer y escribir; en 1910, era apenas el 19,79%).

Pero la crisis iba más allá del sector agrícola: se dieron serios conflictos, concentrados en el problema de la modernización tecnológica. Los hacendados productores de trigo y maíz utilizaban técnicas anticuadas y tradicionales. La causa de esto era la abundancia de mano de obra barata. Además, “con excepción de la agricultura, los sectores más importantes de la economía estaban en manos extranjeras.” (p. 37) Se agudizó la desigualdad regional entre el centro, el sur y el norte mexicanos. El auge económico se dio en el norte y en el SE, absorbidos por el mercado mundial; había escasa diversificación agrícola (aun menos industrial), centrada en uno o dos productos (ejemplo: Yucatán y el cultivo del henequén). En cambio, la economía del centro del país (haciendas de trigo y maíz) experimentó los menores cambios: “Se modeló (…) un país que dependía, en un grado sin precedentes, de las inversiones extranjeras.” (p. 40) El Dominio (o propiedad) extranjera de bancos, minería, industria y transportes era abrumador.

En este punto, Katz afirma que México fue un ejemplo clásico de “país subdesarrollado productor de materias primas que depende de los mercados del norte industrializado” (p. 40)

La crisis y la transformación del campesinado

Díaz desarticuló la autonomía local del campesinado. Por tradición, la mayoría de los pueblos elegía a sus consejos y alcaldes. Ellos eran el poder político y económico: distribuían el acceso a las tierras comunitarias, el agua y los pastos; resolvían conflictos dentro del pueblo; a veces, decidían quién debía alistarse en el ejército y quién podía quedar exento del servicio militar. Esta estructura fue desarmada por la política de expropiaciones de tierras de los campesinos. A principios del siglo XX, el 40% de toda la tierra dedicada a la agricultura en las regiones del centro y del S. del país pertenecía a comunidades locales; en 1911, como resultado de las expropiaciones, sólo el 5% de esas tierras permanecía en manos de las comunidades y más del 90% de los campesinos no poseían tierras. La expropiación se realizó para formar nuevos mercados y por especulación. 

¿Quién se benefició con las expropiaciones?

“[Había] una clase media agraria en proceso de desarrollo (…) que parece que desempeñó un papel de progresiva relevancia en la evolución social que se estaba produciendo en el campo. En muchos pueblos, los campesinos ricos, los usureros y los hombres fuertes locales que no eran hacendados se beneficiaron tanto o más que éstos de la expropiación de los campesinos” (p. 53)

A su vez, el crecimiento demográfico provocó profundas transformaciones en el seno de las comunidades campesinas: los habitantes más ricos fueron aliados de los grandes propietarios y de las autoridades porfiristas a la hora de expropiar terrenos. Algunos adquirieron propiedades de mediana extensión, los llamados ranchos; mantuvieron relaciones muy diversas con los habitantes del pueblo: algunos fueron usureros, agentes del Estado o hacendados; otros, por su parte, se convirtieron en líderes populares.

Las expropiaciones enfrentaron poca resistencia campesina. Ello se debió, entre otras causas: a) el creciente poder estatal (reforzamiento del ejército, potenciado por la mayor movilidad que le proveía el ferrocarril; creación de nuevas unidades policiales – rurales, federales o estatales -); b) la represión; c) el desmantelamiento de los órganos de resistencia de los campesinos capaces de oponerse a los terratenientes y al Estado; d) la transformación de la relación patrón-cliente que había regido la vida en el campo mexicano. Los patrones, que tradicionalmente habían preservado ciertos derechos campesinos, fueron absorbidos por el Estado porfirista: los campesinos se encontraron sin guía y abandonados.

Díaz rehusó proteger a los campesinos porque ello hubiera contrariado dos dogmas profundos de su administración: la voluntad de atraer capital extranjero y el deseo de mantener buenas relaciones con los hacendados.

Todas estas transformaciones modificaron el estatus de los trabajadores (los peones) en el campo mexicano. La producción de cosechas de gran demanda se volvió más rentable: ello hizo que los hacendados redujeran los arrendamientos, pues preferían utilizar trabajadores para que cultivaran las tierras de sus fincas; los arrendatarios, por su parte, quedaron arruinados y confinados a tierras marginales.

En las zonas de población dispersa (escasez de mano de obra), fue desapareciendo el peonaje (el caso del N. del país). En otras zonas (el S, las plantaciones de henequén), los trabajadores quedaron ligados a los hacendados en condiciones de peonaje parecidas a la esclavitud.

El camino a la crisis del Porfiriato:

Durante el Porfiriato se dio la creación de una clase gobernante nacional. El sector más poderoso y articulado de esta nueva clase en el poder fue el grupo de los científicos, compuesto por financistas, tecnócratas e intelectuales, coordinado por Manuel Romero Rubio (1828-1895), ministro de Gobernación y suegro de Díaz.

El régimen controló las tensiones en el interior de la elite ofreciendo oportunidades para la acumulación de riquezas. Respecto a la clase media, buena parte de ella aceptó el Porfiriato por las oportunidades económicas. 

En el período 1900-1910, en el marco de la desaceleración del crecimiento económico, se fue conformando un movimiento de oposición a nivel regional; a la vez, se produjeron huelgas que afectaron a miles de trabajadores. Hay que recordar que la Pax Porfiriana fue el producto de la neutralización de los grupos y clases sociales que habían liderado los movimientos revolucionarios en México: ejército, clase alta y clase media. Pero se fue verificando una “progresiva incapacidad del régimen de Díaz para mantener el consenso entre las clases alta y media.” (p. 64)

La inversión extranjera alcanzó su pico en la década de 1900-1910. Se produjo una brusca subida de los precios, acentuada por la decisión del gobierno de abandonar el patrón plata y adoptar el patrón oro; ello provocó la caída en picada de los salarios reales. Hubo una crisis económica, iniciada en EE. UU. que luego se extendió a México, con despidos y reducción de salarios. Esto coincidió con la crisis agrícola por malas cosechas, con sus resultados: escasez de alimentos y reducción del salario real en la industria.

Díaz respondió permitiendo que la oligarquía (sobre todo los científicos) descargara el peso de la crisis sobre los sectores sociales más pobres, la clase media y los miembros de la clase alta no ligados a los científicos. Se concedieron exenciones fiscales a las empresas extranjeras y a la nueva clase gobernante nacional. No se hizo nada para mitigar los efectos de la crisis sobre la población.

En este período se dio el surgimiento de una fuerte oposición por parte de la clase obrera, plasmado en huelgas y la creación de un partido de oposición de ámbito nacional e inclinación hacia el anarcosindicalismo (el PLM). El nacionalismo jugó un papel importante entre los trabajadores. Díaz respondió con una represión despiadada: matanzas de Río Blanco, Veracruz (junio de 1906) y de la huelga minera en Cananea, Sonora (enero 1907). 

El PLM, fundado por intelectuales de provincia a principios del siglo XX, se propuso recuperar los principios sostenidos por facciones radicales del movimiento liberal en la época de Juárez. La represión generó un giro a la izquierda: adoptó una ideología anarcosindicalista; sus líderes fueron los hermanos Enrique y Ricardo Flores Magón (1877-1954 y 1873-1922, respectivamente). El PLM ejerció influencia entre los obreros industriales y ciertos sectores de clase media.

Díaz había logrado consolidar a finales del siglo XIX “un complejo sistema de equilibrios que evitaba que ningún grupo o camarilla consiguiera acaparar el poder” (p. 69). En este sentido, Díaz era el gran árbitro que mantenía el equilibrio entre los grupos de la oligarquía. Pero los científicos presionaban para que el presidente eligiera el nombre de su sucesor. En 1909 Díaz eligió como vicepresidente a Ramón Corral (1854-1912), del grupo de los científicos. A su vez, avanzó contra sectores de la elite del NE. Rompió así el equilibrio entre camarillas de la oligarquía.

La conjunción de la ofensiva de los científicos sobre parte de las elites, las clases medias y el campesinado + la crisis económica de 1907, generó una situación sin precedentes. En el triángulo del N (Sonora, Chihuahua y Coahuila), importantes sectores de todas las clases sociales (hacendados, clase media, obreros industriales y colonos desposeídos) se unieron en oposición a Díaz. A la vez, en el Estado de Morelos la ofensiva de los científicos afectó a los campesinos.

Inicio de la Revolución Mexicana:

En 1910 estalló la lucha por la sucesión de Díaz. El presidente desactivó la oposición encabezada por el general Bernardo Reyes (1849-1913). En el N se formó el Partido Antirreeleccionista, encabezado por Francisco Madero. Díaz no lo tomó en serio, pero Madero logró movilizar a importantes sectores del campesinado mexicano (aunque no llegó a proponer la reforma agraria). El partido se convirtió en el único grupo político que reunía a miembros de todas las clases sociales. A esto se sumaron las malas relaciones entre México y EE. UU., pues el gobierno de Díaz trató de contrarrestar la influencia yanqui estimulando las inversiones europeas. 

Los acontecimientos se aceleraron: Díaz mandó encarcelar a Madero y ganó las elecciones presidenciales de junio de 1910. Madero, liberado, anunció el Plan de San Luis Potosí (6/10/1910); asumió el cargo de presidente provisional y convocó al pueblo a la revuelta el 20/11/1910. A pesar de las derrotas iniciales, el movimiento maderista ganó fuerza. El 21/05/1911 se acordó la renuncia de Díaz y el vicepresidente Corral. El 15/10/1911, Madero fue elegido presidente por abrumadora mayoría en elecciones limpias. 

El Porfiriato había finalizado.


Mataderos, domingo 30 de agosto de 2026


Notas

[1] Los sectores populares fueron movilizados por Juárez durante la guerra contra los franceses.

[2] Era considerado como el más corrupto e incapaz de los protegidos de Díaz.

[3] Lo mismo sucedió en 1892, 1898, 1904 y 1910.