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Ariel Mayo (ISP Dr. J. V. González / UNSAM)
Antes de presentar esta ficha corresponde formular una aclaración. Si bien el tema de la misma es la dominación tradicional, tal como se la concibe en la sociología política de Max Weber (1864-1920), el material trabajado es obra de Reinhard Bendix (Berlín, 1916-Berkeley (California), 1991), sociólogo estadounidense de origen alemán, quien emigró a EE. UU. en 1938, huyendo del nazismo. Fue Profesor en la Universidad de Chicago (1943-1946) y en la Universidad de California en Berkeley (desde 1947). Hasta aquí los datos más elementales de su biografía. Es más importante señalar que Bendix contribuyó a la comunicación entre la sociología empírica estadounidense y la sociología teórica europea. En este sentido, su trabajo sobre Max Weber constituye un hito en su esfuerzo por conectar ambas sociologías.
La tercera parte se titula Dominación, organización y legitimidad: sociología política de Max Weber (pp. 272-459)
Referencias bibliográficas:
1° edición (en inglés): Bendix, R. (1960). Max Weber: An Intellectual Portrait. New York, USA: Doubleday, 1960.
En esta ficha se utilizó la siguiente edición: Bendix, R. (2000). Max Weber. Buenos Aires, Argentina: Amorrortu. 462 p. Traducción de María Antonia Oyuela de Grant.
Capítulo 11: Dominación tradicional (pp. 312-362)
Todas las formas de dominación, tanto en el pasado como en el presente, son combinaciones de tres tipos ideales: tradicional, carismática y legal.
Weber utiliza el siguiente método para analizar los tipos de dominación: 1° - considera los tipos puros [los tres tipos ideales]; 2°- examina cada uno de esos tipos tomando en cuenta tres niveles: a) las creencias en la legitimidad que sostiene el sistema de dominación; b) la organización que permite su funcionamiento; c) los conflictos reiterados que caracterizan la lucha por el poder (en este último punto, la tipología se combina con la perspectiva histórica).
A- Los patriarcas y sus familias (pp. 313-316)
Weber utilizó el término patriarcalismo para designar a la dominación tradicional.
La solidaridad que une a la familia se basa en el hecho de convivir en íntimo contacto y mutua dependencia (se comparten casa, comida y utensilios). La autoridad personal del amo se basa en la dependencia física y mental de las mujeres, en el desvalimiento de los hijos menores, en los hábitos y la educación de los hijos adultos, en la sumisión del siervo. El respeto filial por el jefe de familia difiere de la obligación contractual y de la fe del discípulo.
En la comunidad doméstica la autoridad es prerrogativa privada del jefe de la familia, designado según las reglas de la herencia. El jefe de la familia no cuenta con cuadro administrativo; depende del respeto que consientan en prestarle los miembros del grupo. Los integrantes de la comunidad doméstica mantienen con el jefe de la familia una relación totalmente personal. El derecho a mandar y el deber de obedecer “forman parte de un orden inviolable, santificado por una tradición inmemorial” (p. 313)
La dominación tradicional tiene como característica fundamental una doble tendencia: por un lado, el poderío arbitrario del señor; por el otro, la majestad sagrada de la tradición.
La tradición pone límites al poder arbitrario del señor. El poderío del señor no puede ir más allá de lo establecido por la costumbre. Hay que tener en cuenta que la legitimidad de la dominación del señor se fundamenta en el prestigio sagrado de la tradición.
“Aparte las normas tradicionales, el señor está en libertad para obrar a su antojo, sin otra reserva que las consideraciones de equidad que el caso aconseje, criterio por lo demás bastante elástico. Su dominación queda, así, dividida en dos esferas: una, estrictamente demarcada por la tradición; otra, donde solo rige su voluntad arbitraria.” (p. 314)
A diferencia del liderazgo carismático [basado en las cualidades personales extraordinarias del líder], la dominación tradicional es cosa de rutina, está calcada sobre el modelo de la autoridad del padre de la familia. En otros términos, “la autoridad tradicional solo requiere extender el principio de la dominación patriarcal más allá de los límites de la comunidad doméstica.” (p. 314)
La extensión del dominio territorial del señor patriarcal genera problemas de organización. Aumenta el trabajo de administración.[1]
La estipulación formal de las obligaciones tradicionales es “uno de los muchos factores que pueden debilitar la firmeza de la autoridad patriarcal” (p. 315)
B- Patrimonialismo (pp. 316-340)
El término patrimonialismo designa al gobierno patriarcal realizado en escala ampliada, es decir, sobre grandes territorios (ejemplo: las monarquías despóticas de Asia). La comunidad doméstica, cuyo objetivo primordial es abastecer las necesidades del déspota, alcanza dimensiones colosales.
“Se distribuyó proporcionalmente, entre los diversos distritos del reino, la obligación de aportar la alimentación, los vestidos y armamentos que necesitaba el rey, mientras el distrito donde este fijaba ocasionalmente su residencia debía correr con los gastos de la corte. Para asegurar la regularidad del abastecimiento, los reyes patrimoniales procuraban muchas veces manejar a los súbditos políticos como a sus servidores personales, es decir, ejercían la autoridad como un aspecto de su propiedad personal y exclusiva, similar en todo a su dominio patriarcal sobre la comunidad doméstica.” (p. 316)
En el patrimonialismo todos los cargos del gobierno se originan en la administración de la comunidad doméstica del rey. Los funcionarios eran, originalmente, servidores y representantes personales del rey.
El patrimonialismo es compatible con muchas estructuras económicas, pero el desarrollo de un gobierno patrimonial centralizado depende del comercio, actividad que el rey emprende como prerrogativa personal. (p. 317) [2]
La expansión del territorio controlado por el monarca puede conllevar como consecuencia una disminución de su autoridad sobre los súbditos personales [esto es, de quienes se hallaban inicialmente bajo la autoridad patriarcal] y un aumento de los deberes de los súbditos políticos [es decir, de los que habitan los territorios incorporados al patrimonio del señor]. Se genera una tendencia descentralizadora:
“La ampliación de ese gobierno conduce a una descentralización tal de autoridad que, a menudo, comporta una necesidad incrementada de ingresos, a la vez en dinero y en especie. A esto suele añadirse el subdesarrollo en la técnica del transporte, y una relativa escasez de personal administrativo, para complicar ulteriormente el ejercicio de la autoridad. De ahí que, en los grandes estados patrimoniales, la regulación administrativa desde el centro solo resulte intermitentemente efectiva, y represente una última instancia y no la rutina fundamental del gobierno.” (p. 318)
Para financiarse, el monarca patrimonial otorgaba privilegios a determinadas asociaciones (por ejemplo, corporaciones mercantiles y de producción). Así, a cambio del derecho de la asociación y de sus herederos a explotar una rama de producción, el monarca se aseguraba la responsabilidad conjunta por el cumplimiento de las obligaciones y servicios de los miembros de esas asociaciones.
Egipto es el mejor ejemplo de patrimonialismo en la historia (pp. 320-321).
Weber distingue dos tipos de autoridad patrimonial: a) patrimonial propiamente dicha, cuando la autoridad está originalmente orientada por la tradición, pero en su desarrollo reclama plenos poderes personales; b) sultanismo, en el que la autoridad se concentra en el ámbito del designio arbitrario, libre de limitaciones tradicionales.[3]
Dentro del patrimonialismo podemos distinguir formas más despóticas o más tradicionales. Ello depende de si los funcionarios y los militares están completamente subordinados al monarca o se encuentran en condiciones de enfrentarse a la autoridad arbitraria.
El séquito propio del monarca le obedece por respeto al estatus que le confiere la tradición.
Weber examina el caso de China para exponer las dificultades de la organización de la dominación tradicional. (p. 334) También examina el caso de Rusia (p. 337-338).
C- Feudalismo (pp. 340-360)
La dominación tradicional tiene dos variantes principales: patrimonialismo y feudalismo. El gobierno patrimonial es una ampliación del que ejerce el monarca sobre su comunidad doméstica; el feudalismo reemplaza la relación paternal entre gobernante y gobernados por un pacto de fidelidad.
El feudalismo supone siempre un contrato entre hombres libres. Si un caballero entra al servicio de un monarca sigue siendo un hombre libre, no se transforma en un subalterno (como es el caso del servidor patrimonial). Así,
“No es la mera libertad de toda subordinación patrimonial lo que distingue al vasallo, sino la adhesión obligatoria a un ambicioso código del deber y del honor. En el punto culminante de su evolución, las relaciones feudales concilian dos elementos absolutamente contradictorios: un culto claro y explícito de la lealtad personal hacia el monarca, y una estipulación contractual de derechos y deberes, con referencia específicamente materialista e impersonal a determinadas fuentes de ingreso.” (p. 342)
En el análisis weberiano se enuncian algunas de las diferencias entre el patrimonialismo y el feudalismo:
“La ideología del patrimonialismo difiere de la ideología feudal en todos estos aspectos. El feudalismo es la dominación de unos pocos hombres, idóneos en la guerra; el patrimonialismo, la dominación de un solo hombre, que necesita de funcionarios para ejercer su autoridad. Un monarca patrimonial está librado, en cierta medida, a la buena voluntad de sus súbditos (salvo que su dominación se funde en la ocupación militar); el feudalismo puede prescindir de esa buena voluntad. El patrimonialismo apela a las masas, contra los grupos estamentales privilegiados: no propone la imagen del héroe guerrero como paradigma, sino la figura del «buen rey» y «padre de su pueblo». El monarca patrimonial declara cuidar del bienestar de sus súbditos, y con este argumento fundamenta ante sí mismo y ante ellos la legitimidad de su dominación. El «estado del bienestar» es la leyenda que esgrime el patrimonialismo, en contraste con la estampa feudal, que muestra la camaradería franca de los guerreros unidos entre sí por el voto de fidelidad a su jefe.” (p. 345)
Weber presta atención a la educación en el gobierno patrimonialista, cuya función es proveer funcionarios para el servicio administrativo. Distingue tres tipos de educación: 1) los letrados, que representan la cultura literaria y que constituyen la burocracia oficial en China; 2) la educación reservada a los sacerdotes, que aprenden la escritura y el cálculo, para luego actuar como funcionarios de una administración patrimonial; 3) la educación jurídica regular, impartida en la universidades medievales.
La educación feudal tenía las siguientes características: “La importancia concedida al juego como práctica seria, su afinidad con la afición artística individual, su idealización de las virtudes heroicas, su sentido heroico del honor y su estudiada oposición a la actitud práctica y a la rutina de los negocios.” (pp. 345-346)
Es un error concebir al patrimonialismo y al feudalismo como sistemas perfectamente separados en la historia; por el contrario, suele encontrarse una amalgama de ambos sistemas. Más aun, patrimonialismo y feudalismo tienen un importante rasgo en común: “monarcas que conceden derechos, en retribución de servicios militares y administrativos.” (p. 349).
Weber esboza la diferencia entre Occidente y Oriente:
“En la civilización de Occidente había prevalecido la tendencia a un tradicionalismo descentralizado, mediante la apropiación de las prebendas y el carácter contractual de las relaciones entre señores y vasallos. En Oriente, la usurpación de la autoridad patrimonial por conquistadores siempre nuevos había contribuido frecuentemente a prevenir esta tendencia descentralizadora, favoreciendo los regímenes sultanistas, basados en organizaciones militares y administrativas, centralmente controladas.” (p. 349)
El feudalismo de la sociedad occidental era una mezcla de vasallaje personal y honor estamental en una aristocracia terrateniente.
D- Características del Estado moderno (pp. 360-362)
El análisis weberiano de la dominación tradicional es tipológico, no evolutivo. Weber se propuso examinar las relaciones de poder que entroncan entre la extensión del gobierno doméstico patrimonial, por un lado, y los esquemas de interdependencia entre un caudillo bélico y sus secuaces militares, por el otro.
Weber establecía la siguiente división de tareas entre la sociología histórica comparativa y la ciencia de la historia: la primera (con sus procedimientos comparativo y tipológico) se ocupaba de delinear los aspectos distintivos del cambio histórico; la segunda, se ocupaba de los cambios históricos en tanto series concretas de acontecimientos.
El análisis de la lucha patrimonial y feudal por el poder le permitió fijar las condiciones previas sobre las que se fundó el Estado moderno: 1) monopolio de los medios de dominación y administración, cuyas bases eran, a) creación de un sistema permanente de tributación, centralmente dirigido, b) creación de una fuerza militar estable, centralmente dirigida, a disposición de una autoridad central de gobierno; 2) monopolio de la autoridad central en la imposición de la ley y en el uso legítimo de la fuerza; 3) organización de una burocracia orientada racionalmente, dependiente de la autoridad central en el ejercicio de sus funciones administrativas.
Mataderos, jueves 27 de agosto de 2026
NOTAS:
[1] “Los problemas de una comunidad doméstica patriarcal ampliada se multiplican, naturalmente, al nivel del gobierno sobre vastos territorios. El ejercicio de la dominación tradicional requiere aquí un cuadro administrativo, que presentará la misma combinación de tradicionalismo y arbitrariedad personal que vimos en el señor.” (p. 316)
[2] “Mantiene así su comunidad doméstica ampliada y su personal militar con los beneficios que obtiene del comercio propio y de la explotación del ajeno. Su posición especial respecto de la propiedad de la tierra suele ser el resultado, no ya la causa, de la dominación política mediante la cual podía aprovechar las oportunidades económicas accesibles.” (p. 317)
[3] Weber consideraba al sultanismo como la forma extrema de despotismo personal.

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