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domingo, 29 de agosto de 2010

CÓMO DECÍAMOS AYER... APUNTES SOBRE EL MANIFIESTO COMUNISTA




¿Por dónde empezar a leer y estudiar a Marx?

A pesar de la mala prensa y de los prejuicios, la obra de Karl Marx (1818-1883) sigue despertando un enorme interés, sobre todo cuando se quiere avanzar en el conocimiento de la sociedad con el objetivo de transformarla. La pregunta con la que comienza este artículo constituye el problema principal que se plantea al momento de comenzar la lectura de Marx, y la dificultad es especialmente aguda cuando no se tiene un conocimiento previo. Entonces, ¿por dónde empezar? Un abordaje directo de su obra fundamental, El capital (1867) puede ser frustrante, en especial si se comienza por el capítulo 1 dedicado a la mercancía. Que se entienda bien. Marx es un excelente docente en el sentido habitual en que usamos el término; así, en las obras que fue editando durante su vida, aún los pasajes más difíciles están presentados de manera sumamente didáctica. La enorme cantidad de manuscritos que se publicaron luego de la muerte de Marx son otra cuestión, porque no fueron preparado por el autor para su publicación; por tanto, en ellos el estilo es, muchas veces, difícil y el lector está obligado, para que la lectura sea provechosa, a tener un saber previo sobre la teoría social de Marx.

Así las cosas, creemos que El Manifiesto Comunista (1848) es el mejor punto de partida para comenzar el estudio de la obra de Marx. Si tuviéramos que sugerir un orden de lecturas para un principiante que estuviera interesado en avanzar en el conocimiento de la obra de Marx, los dos primeros textos que recomendaríamos son El Manifiesto (las dos primeras partes del texto: 1. Burgueses y proletarios; 2. Proletarios y Comunistas) y el capítulo 24 (La acumulación originaria) del Libro Primero de El Capital. En estos escritos Marx explica las líneas fundamentales de su teoría de la sociedad y da cuenta tanto de los rasgos centrales de la sociedad capitalista como de los procesos que llevaron a la conformación de la misma.

Antes de empezar con el análisis del Manifiesto, corresponde hacer una presentación del contexto en que Marx y Friedrich Engels (1820-1895) redactaron la obra.

En el período que va de 1843 a 1845, Marx realizó un intenso trabajo intelectual. Esta tarea lo condujo a la superación de la filosofía de Hegel (1770-1831) y de la teoría política liberal, y determinó su adhesión al socialismo.

El pasaje del hegelianismo y del liberalismo al socialismo no fue un proceso exclusivamente intelectual. Asumir esta postura supondría adoptar una concepción idealista del desarrollo del marxismo, la cual representaría la negación misma de la ruptura teórica realizada por Marx respecto a los viejos modelos filosóficos. La revisión crítica del liberalismo y de la filosofía hegeliana fue disparada por dos cuestiones prácticas: a) el fracaso del liberalismo alemán en obtener reformas de parte de la monarquía prusiana; b) el ascenso de las luchas obreras en Inglaterra y en el continente europeo a lo largo de la década de 1840.

1. EL FRACASO DEL LIBERALISMO ALEMÁN.

A principios de la década de 1840 la situación política alemana estaba caracterizada por la hegemonía de Prusia y de los regímenes políticos absolutistas, herederos de los vencedores de la Francia napoleónica. Hay que tener en cuenta que Alemania estaba dividida en una multitud unidades políticas (entre las que sobresalía el reino prusiano), siendo esta división una causa tanto de atraso económico (Alemania no constituía un mercado unificado) como político (mantenía la situación de relativo aislamiento entre las regiones, dificultando la aparición de un movimiento político nacional que quebrara la hegemonía de los príncipes alemanes). Sin embargo, desde la victoria de la Revolución de 1830 en Francia, se había producido un ascenso paulatino del liberalismo, motivado, en primer lugar, por el desarrollo económico que había robustecido la posición social de la burguesía. Las regiones más occidentales del reino prusiano, como Renania (provincia que limitaba con Francia) se beneficiaron con este crecimiento económico.

En el plano de las ideas, el ascenso de la burguesía se expresó de dos modos: a) la difusión de las tesis del liberalismo político, cuya expresión práctica más conocida era la Revolución Francesa (1789-1794). Dicha Revolución se había plasmado en el plano de la teoría política en los principios enunciados en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789); b) las críticas de izquierda a la filosofía hegeliana, la que, hacia 1830, había pasado a representar cada vez más la ideología del Estado prusiano (esto a despecho de las ideas liberales del mismo Hegel - quien había sido partidario convencido de la Revolución Francesa-, y del método dialéctico presente en sus obras).

De modo semejante a sus compañeros de ideas en Francia e Inglaterra, los liberales alemanes reclamaban la participación de la burguesía en el gobierno. Esto suponía la desaparición del absolutismo, así como una transferencia de poder político desde la monarquía y los señores feudales hacia la burguesía de las regiones occidentales y las ciudades comerciales. Sin embargo, los liberales estaban lejos de reclamar la abolición de la monarquía. Se contentaban, en cambio, con la instauración de una monarquía constitucional, que simbolizara un nuevo equilibrio de las fuerzas sociales. Su radicalismo estaba moderado por el recuerdo de la República Jacobina de 1793-1794, la cual era vista por la burguesía como un sinónimo de desorden y de anarquía.

La muerte del monarca prusiano Federico Guillermo III (1840) y la llegada al trono de Federico Guillermo IV potenció las expectativas reformistas de la burguesía. El nuevo rey pareció favorecer inicialmente las aspiraciones liberales. A este respecto resulta significativo que algunos Jóvenes Hegeliano hayan saludado con entusiasmo el advenimiento del nuevo soberano. En este marco, Marx comenzó su carrera como periodista en la RHEINISCHE ZEITUNG (1842).

La primavera reformista duró poco. Federico Guillermo IV ratificó el carácter absolutista de la monarquía prusiana. La censura a la prensa se endureció, los periódicos liberales debieron optar entre claudicar o cesar de publicarse, los profesores de tendencias liberales fueron expulsados de la Universidad. En la práctica, los liberales no consiguieron imponer ninguno de sus reclamos. De hecho, hasta el estallido de la Revolución de 1848, la burguesía alemana siguió enriqueciéndose en términos económicos, pero dejó de lado la lucha por el control del poder político.

En la nota siguiente abordaremos el papel jugado por el ascenso de las luchas obreras en la evolución política de Marx.

Buenos Aires, domingo 29 de agosto de 2010

domingo, 15 de agosto de 2010

FOUCAULT SOBRE LA REVOLUCIÓN Y LOS INTELECTUALES. (II)

Segunda, y última parte, de los comentarios sobre el artículo "¿Es inútil sublevarse?" (1979) (1).

C) La "sublevación" como barrera última de toda forma de poder.

La formulación que da título a este apartado adolece de las mismas limitaciones que presenta la distinción foucaultiana entre "sublevación" y revolución. Por tanto, no vamos a repetir aquí lo dicho en el apartado anterior. Basta con apuntar que, si la fuerza última de la resistencia al poder radica consiste en el estallido de una "sublevación" que se encuentra "fuera de la historia", las posibilidades de oponerse con eficacia a la opresión son bastante remotas. En última instancia, y más allá de las intenciones de Foucault, su concepción tiende hacia el desaliento y el pesimismo radicales. La empresa de la "sublevación" aparece como una tarea imposible e ineficaz, más aún si se tiene en cuenta que la revolución (tal como la define Foucault) termina por colonizar a la "sublevación", engendrando así una nueva forma de poder (una forma renovada de opresión). Esta conclusión fue extraída por varios de los discípulos de Foucault durante los años de la "revolución neoliberal" de las décadas de 1980 y 1990, y constituyó una de las tantas justificaciones para el abandono de la militancia política por vastos sectores de la intelectualidad.

Sin embargo, la afirmación foucaultiana de que "todas las formas de libertad adquiridas o rechazadas, todas los derechos que se hacen valer, incluso los relativos a cosas aparentemente menos importantes tienen, sin embargo, ahí un último punto de anclaje, más sólido y más próximo que los «derechos naturales»" (p. 84) es significativa, pues al afirmar que el punto de anclaje último de todos los derechos es la "sublevación", está reconociendo, de manera implícita, que la última ratio del poder es la violencia, y que las fuerzas sociales que pretendan enfrentar al poder tendrán que recurrir en algún momento a la violencia contra los poderosos, contra quienes detentan el poder.

En el pasaje citado en el párrafo anterior, Foucault entronca su pensamiento con el de una vieja y fructífera tradición de la filosofía política, que reconoce como ilustres antecesores a Maquiavelo (1469-1527) y a Hobbes (1588-1679). Hobbes, por ejemplo, afirma que la garantía última de los pactos es la espada. (2). Un siglo antes, Maquiavelo había concluido que las libertades de la República Romana se habían originado en las luchas de los plebeyos contra los patricios. Foucault afirma expresamente que "si las sociedades se mantienen y viven (...) si los poderes no son en ellas «absolutamente absolutos», es porque, tras todas las aceptaciones y las coerciones, cabe la posibilidad de ese movimiento en el que la vida ya no se canjea, en el que los poderes no pueden ya nada y en el que, antes las horcas y las ametralladoras, los hombres se sublevan." (p. 84). Sólo mediante la acción de la "sublevación" es posible derribar el poder opresivo. Los derechos sólo son eficaces si los que detentan el poder perciben que su violación supone la amenaza de la "sublevación". Es justamente esta renuncia a la propia vida para oponerse al poder la que hace que la sublevación sea "irreductible" (p. 83).

De más está decir que la acción de los oprimidos es la mejor garantía para que no prospere la opresión. El tono general del artículo que estamos analizando va en esta dirección y es, más allá de todas las limitaciones que hemos apuntado, un mérito de Foucault. En este sentido, se encuentra más allá del pesimismo político de muchos de sus discípulos posmodernos. El pasaje que transcribimos a continuación resume bien esta posición: "Esto es inseparable de otro principio. (...) Al poder hay que oponerle leyes infranqueables y derechos sin restricciones." (p. 88).

En el último párrafo del texto Foucault esboza su concepción del papel del intelectual en la política. Es cierto que se trata sólo de un artículo periodístico y que Foucault rechazó repetidas veces la utilización de la palabra "intelectual", pues sostenía que no existían como un grupo social con entidad propia. No obstante esto, la formulación que hace Foucault del papel político del intelectual es particularmente clara. Así, se opone a la concepción estratégica de la política, según la cual el individuo tiene que ser sacrificado al conjunto, y las luchas de un grupo, de una minoría, a las del conjunto. "Estrategia" es, pues, la negación del grito individual, de los anhelos de los grupos minoritarios que pelean por sus derechos. Es la negación de la "sublevación" y la afirmación de la "revolución".

Foucault sostiene que el intelectual tiene que desarrollar una concepción "antiestratégica" de la polítca. En sus palabras, "ser respetuoso cuando una singularidad se subleva, intransigentes desde que el poder transgrede lo universal (...) es preciso a la vez acechar, un poco por debajo de la historia, lo que la rompe, y la agita, y vigilar, un poco por detrás de la política, sobre lo que debe limitarla incondicionalmente." (p. 88-89). Según esta concepción, el intelectual actúa como una especie de censor implacable e incorruptible del Poder, haciendo sonar la alarma cuando éste avanza sobre los individuos. Es, por cierto, una posición solitaria, y el intelectual "antiestratégico" es solitario porque se opone al sometimiento de los individuos a un proyecto colectivo. En el fondo, y a pesar de todos sus reparos, reaparece aquí la vieja idea del intelectual como "conciencia" de la humanidad".

Más allá de la sinceridad con que Foucault toma su papel de intelectual "antiestratégico", hay que decir que esta posición lleva al reforzamiento de la opresión, pues aliena a los intelectuales del proceso político, que es el lugar desde donde se puede crear organización para cambiar las cosas (Aquí hablamos de política en sentido amplio, como toda forma de proceso colectivo dirigido a construir organización para modificar - o mantener - las relaciones de poder social). Es verdad, por cierto, que Foucault mantuvo hasta el final de su vida un grado importante de compromiso político. Pero, y en el clima de derrota de las décadas de 1980 y 1990, sus discípulos desarrollaron a fondo las tendencias inherentes a su concepción de los intelectuales, alumbrando ese híbrido apolítico que fue el intelectual posmoderno. Claro que esto es otra historia...

Para comprender mejor las implicaciones negativas del intelectual "antiestratégico" no hay nada mejor que compararlo con la concepción gramsciana del intelectual (comparación que también permite dar cuenta de los límites estrechos de la política foucaultiana). Antonio Gramsci (1891-1937) pensaba al intelectual como un organizador, como alguien que aglutinaba a una clase o grupo social en torno a determinados objetivos. Lejos de ser un solitario, el intelectual gramsciano es un sujeto que puede vivir sólo en lo colectivo. En Foucault, sólo un fenómeno impredecible y "fuera de la historia" como la "sublevación" puede poner límites al poder. Gramsci, en cambio, defiende una política basada en la organización de sujetos colectivos capaces de enfrentar a una forma determinada de poder social. En la concepción del marxista italiano, el poder se encuentra dentro de la historia y no es una entidad cuasi metafisica que flota sobre todas las cosas terrenales. Como el poder está en la historia, tiene que ser combatido con armas "históricas". Sólo por medio de ellas es posible la transformación de las relaciones sociales en las que el poder sea resignificado.

Para finalizar, creo que no hay nada mejor que transcribir un pasaje en que Foucault expresa magistralmente el contenido esencial de toda revolución, esto es, la incorporación activa de los individuos a la vida política de una sociedad: "Hay sublevación, es un hecho; y mediante ella es como la subjetividad (no la de los grandes hombres, sino la de cualquiera) se introduce en la historia y le da su soplo. (...) Todos los demás desencadenamientos de la historia no lograrán al respecto nada: porque hay tales voces es por lo que justamente el tiempo de los hombres no tiene la forma de la evolución, sino la de la «historia»." (p. 87-88).

Buenos Aires, 15 de agosto de 2010



NOTAS:
(1) El título original es "Inutile de se soulever?" y se publicó en LE MONDE, nº 10661, 11-12 de mayo de 1979, p. 1-2. En todos los casos utilicé la traducción española de Ángel Gabilondo, "¿Es inútil sublevarse?", incluida en Foucault, Michel. (2002). Dichos y escritos. Madrid: Editora Nacional (vol. 2, pp. 83-89). Corresponde decir que la edición española que citamos es un tanto desmañada, ya que contiene varios errores tipográficos.
(2) En el Leviatán escribió lo que sigue: "Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras, sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno. Por consiguiente, a pesar de las leyes de la naturaleza (...) si no se ha instituido un poder o no es suficientemente grande para nuestra seguridad, cada uno fiará tan sólo, y podrá hacerlo legalmente, sobre su propia fuerza y maña, para protegerse contra los demás hombres." (Hobbes, Thomas, Leviatán, México D. F., Fondo de Cultura Económica, págs. 137-138).

domingo, 1 de agosto de 2010

FOUCAULT SOBRE LA REVOLUCIÓN Y LOS INTELECTUALES. (I)

Michel Foucault (1926-1984) fue testigo del proceso que llevó al triunfo a la Revolución Iraní en enero de 1979. En el otoño boreal de 1978 recorrió ese país como periodista, enviado por el Corrière della Sera. Allí fue testigo del comienzo del levantamiento que marcó el final del régimen del sah. En un primer momento, Foucault saludó con entusiasmo la rebelión popular contra el régimen dictatorial del sah; posteriormente, y ante el cariz integrista tomado por la Revolución, se mostró muy crítico frente al nuevo régimen. Fruto de esta experiencia es el texto en cuestión, un artículo periodístico en el que Foucault reflexiona sobre la Revolución triunfante en Irán en enero de 1979. (1)

Para los fines del análisis el artículo puede dividirse en tres áreas temáticas: a) la cuestión del carácter y los resultados de la Revolución Iraní; b) la distinción entre sublevación y revolución; c) la concepción que hace de la sublevación el límite último de toda forma de poder. (2). Cabe aclarar que el ordenamiento de estas áreas no se corresponde con la manera en que las mismas se presentan en el artículo; hemos procedido así para facilitar la exposición.

A) El carácter de la Revolución Iraní.

Ante todo, hay que decir que Foucault escribe luego de la victoria de la Revolución, cuando el ayatolá Ruhollah Jomeini (1902-1989) ya había alcanzado el control del nuevo gobierno. Esto es importante, porque ya estaba claro cuál iba a ser la orientación del nuevo régimen, en el que la línea teocrática había logrado la primacía sobre las demás (suele perderse de vista la existencia de corrientes laicas - democráticas, nacionalistas, comunistas, etc.- en el proceso revolucionario iraní que culminó en el derrocamiento del Sah). Es por ello que Foucault modifica su posición inicial de apoyo a la Revolución: "Ciertamente no da ninguna vergüenza cambiar de opinión, pero no hay ninguna razón para decir que se cambia de opinión cuando se está hoy contra la amputación de manos, tras haber estado ayer contra las torturas de la Savak." (p. 87) (3). Y en otros pasajes del texto hace referencia a "formas de xenofobia virulenta" (p. 86), a la "sujeción de las mujeres" (p. 86), al "gobierno sangriento de un elegido integrista" (p. 87). Todo esto es significativo para deshacer la leyenda que hace de Foucault una especie de pervertido que, en su inmensa perversidad, apoyó la consolidación de una teocracia en el Irán posrevolucionario.

Sin embargo, la percepción del rumbo adoptado por la Revolución no impidió a Foucault tomar nota de la grandeza del acontecimiento revolucionario. Así, remarca que la actitud dual de los nuevos gobernantes iraníes, apoyándose en la "sublevación" para justificar su régimen y, a la vez, descualificando el hecho mismo de la "sublevación" porque esta dio origen a un gobierno de mulás (4), refleja el miedo [ante] lo que el mundo desde hace tiempo no había dado ejemplo" (p. 87). En otras palabras, Foucault valora el hecho mismo de la "sublevación", independientemente de sus resultados. En la sección siguiente discutiremos esta cuestión, que refleja los límites de la teoría foucaultiana del poder.

Antes de terminar con esta sección, corresponde hacer una observación en tanto lectores latinoamericanos de este artículo. Cuando Foucault escribe que la Revolución Iraní hizo algo que el mundo "hace tiempo no había dado ejemplo" deja de lado un proceso que se estaba desenvolviendo en el momento mismo en que Foucault redactaba su artículo, esto es, el ascenso de la Revolución Sandinista (que resultó triunfante el 19 de julio de 1979). Claro está que la Revolución Sandinista pertenece a un modelo un tanto diferente al de la "sublevación" esbozado por Foucault en el artículo que estamos analizando.

B) La distinción entre "Sublevación" y Revolución.

La "Sublevación" constituye, según Foucault, el límite último, la frontera que el poder no puede franquear. Es por ello que Foucault se ve obligado en este artículo a desarrollar la manera en que concibe las posibles formas de desafiar exitosamente al poder en nuestra sociedad. De ahí la importancia del texto en cuestión.

¿Qué entiende Foucault por "Sublevación"?

"El movimiento mediante el cual un solo hombre, un grupo, una minoría o un pueblo entero dice: «No obedezco más», y arroja a la cara de un poder que estima injusto el riesgo de su vida." (p. 83). Es oportuno hacer dos comentarios a esta afirmación:

a) la "sublevación" así definida es más un movimiento ético, una reacción pasional y visceral contra la opresión, que un movimiento político. La política (cualquier política, ya sea la de los opresores o la de los oprimidos) se caracteriza fundamentalmente por contruir organización para llevar adelante determinados objetivos (ya sea la construcción de un partido de revolucionarios profesionales para tomar el Palacio de Invierno en la Rusia de 1917; o la conformación de una hegemonía en torno a la Mesa de Enlace para voltear las retenciones en la Argentina de 2010). En el caso de la "sublevación", se trata de una reacción desesperada de quien no quiere someterse más; es, en el sentido fuerte de la expresión, algo que está «fuera de la historia» (p. 84), es un "desgarramiento que [interrumpe] el hilo de la historia" (p. 84).

Ahora bien, en la citada formulación del concepto foucaultiano de "sublevación" residen tanto la fortaleza ética como la debilidad política del uso del citado concepto. Esto es así pues la "sublevación, por su carácter esencialmente ahistórico (está dirigida contra la "opresión en general", no contra una opresión determinada), adopta la forma de explosión repentina que se consume en su mismo, dejando el poder y el control de la situación en manos de quienes son capaces de organizarse concientemente. La "sublevación" puede destruir un régimen opresivo (es por eso que Foucault dice que la "sublevación" también está en la historia - p. 84 -), pero es incapaz de organizar una fuerza capaz de construir un orden, una forma de vida diferente (por eso la "sublevación" está "fuera de la historia" - p. 84 -.).

b) La rebelión (aquello que Foucault designa como "sublevación" en este artículo) tiene sentido histórico en la medida en que es colectiva. Hablar, como lo hace Foucault, de la "sublevación" de "un solo hombre" es abandonar la política y deslizarnos hacia el terreno de la ético. En otras palabras, es referirnos a cosas diferentes. Por supuesto, afirmar esto no implica desconocer el inmenso valor que tiene el individuo que se planta en solitario y dice "¡No!", contra toda esperanza y sin esperar nada a cambio, salvo la salvaguarda de su propia dignidad. Tiene que estar claro que toda política revolucionaria tiene que comenzar, necesariamente, por el respeto a la dignidad de los seres humanos, que son el sujeto y no el objeto de una política dirigida a transformar radicalmente la sociedad. Pero el gesto individual no trasciende el momento de dar testimonio, mientras que la política es, sobre todas las cosas, una práctica esencialmente colectiva, en la que los gestos, las palabras y las acciones tienen como destinatario al/los otro/s.

Foucault señala que el doble carácter de la "sublevación" (esto es, el estar simultáneamente afuera y adentro de la historia) es el que permite comprender "por qué las sublevaciones han podido encontrar tan fácilmente su expresión y su dramatización en las formas religiosas" (p. 84). Esta afirmación plantea de manera particular una cuestión más general, que excede largamente el terreno de lo religioso, y que es la problemática de la conciencia política de los sectores populares. En el caso de éstos últimos, se vuelve perentoria la necesidad de encontrar un anclaje, una referencia, en lo que es terreno conocido. En este sentido, Rodolfo Walsh dijo alguna vez que las masas se replegaban siempre sobre aquello que les era más familiar. Esta afirmación, que Walsh (1927-1977) realizó en un contexto de profunda derrota, es todavía más válida para el caso de los avances de los sectores populares. La religión constituyó durante la inmensa mayoría de la historia humana ese horizonte conocido, y sólo el desarrollo del capitalismo empezó a horadar esas certezas, generando por primera vez la posibilidad del desarrollo de formas de conciencia laica, que no precisaban de referencias religiosas para expresar sus planteos políticos.

Ahora bien, y más allá de lo expresado en el párrafo anterior, la puntualización que hace Foucault tiene el defecto de fortalecer de manera indirecta a la religión, pues al convertirla en el ropaje privilegiado que viste la "sublevación" (el movimiento "fuera de la historia" por antonomasia), tiende a reforzar el supuesto carácter ahistórico de la religión. Así, ésta opera como "la manera misma de vivir las sublevaciones" (p. 84), dado que ella misma remite a un "mundo" trascendente que se encuentra fuera de la historia. Como quiera que sea, para comprender el papel de las religiones, sus símbolos y su vocabulario, en las "sublevaciones", es necesario seguir otro camino, que pasa por estudiar el rol que juega la religión en la vida cotidiana de los sectores populares en una época y lugar determinados. Sólo así la religión puede ser redimida de toda la fantasmagoría de la trascendencia.

En el texto, Foucault opone la "sublevación" a la revolución. ¿Qué entiende por esta última? Ante todo, la concibe como "un gigantesco esfuerzo por aclimatar la sublevación en el interior de una historia racional y dominable" (p. 84), y este esfuerzo se viene realizando "desde hace dos siglos" (p. 84). La revolución es, en el sentido foucaultiano, la Anti-Sublevación. Es por ello que la revolución procura encauzar la "sublevación" dentro de "condiciones previas, objetivos y maneras de cumplirse" (p. 84). Significa el esfuerzo por introducir a la fuerza a la "sublevación" en la historia, para de ese modo domesticarla y ponerla al servicio del poder. Hay que tener en cuenta que, según Foucault, toda forma de saber es una forma de poder; de ello se deriva que la constitución de un saber de la "sublevación" implica forzosamente el sometimiento de la sublevación al poder.

En este punto hay que detenerse y hacer una observación sobre el lenguaje empleado por Foucault en el artículo, pues el carácter abstracto (es decir, ahistórico) de la oposición "sublevación" versus "revolución" dice mucho acerca de su manera de concebir el poder. Cuando Foucault escribe que "la era de la revolución" comenzó hace dos siglos, no está aludiendo a la Revolución en tanto entidad metafísica enfrentada a otra entidad no menos abstracta denominada "sublevación", sino que se está refiriendo al ciclo de las Revoluciones Burguesas (entre las que se encuentra la Revolución Francesa de 1789-1794). Que Foucault prefiera la oposición metafísica "sublevación" versus "revolución" indica que, en último término, coloca el problema del poder en un nivel que está más allá de lo histórico. En nuestra opinión, esta es la falencia más fuerte de la teoría foucaultiana de la política y el poder.

Pero, al concebir la oposición entre "sublevación" y "revolución", no alude solamente a las Revoluciones Burguesas. Al afirmar en el texto que "se ha definido, incluso, la profesión de revolucionario", está haciendo referencia, de manera velada, a los partidos de izquierda que siguieron el modelo bolchevique de organización política. Este no es el lugar para hacer la crítica de la práctica leninista, pero si corresponde señalar que la misma representa, independientemente de las valoraciones que se hagan sobre los resultados obtenidos por ella, una forma de política obrera que se enfrentó a la práctica política de la burguesía (la clase que llegó al poder justamente por medio de las Revoluciones Burguesas). Al ubicar implícitamente en el mismo espacio a los revolucionarios profesionales de tipo leninista y a los jacobinos de la Revolución Francesa, Foucault pasa pone al poder fuera de la historia, pues diluye las enormes diferencia entre el contenido de clase de una y otra forma de política.

Buenos Aires, 6 de agosto de 2010

NOTAS:
(1) El título original es "Inutile de se soulever?" y se publicó en LE MONDE, nº 10661, 11-12 de mayo de 1979, p. 1-2. En todos los casos utilicé la traducción española de Ángel Gabilondo, "¿Es inútil sublevarse?", incluida en Foucault, Michel. (2002). Dichos y escritos. Madrid: Editora Nacional (vol. 2, pp. 83-89). Corresponde decir que la edición española que citamos es un tanto desmañada, ya que contiene varios errores tipográficos.
(2) Puesto que Foucault utiliza el término "Sublevación" en un sentido específico (que aclaramos luego en el texto), hemos optado por escribirlo entre comillas, para poderlo distinguir así del uso habitual del mismo.
(3) La Savak era la abreviatura de la Organización de Seguridad e Inteligencia Nacional, denominación que recibió el organismo encargado de detener, torturar y asesinar opositores en el Irán del sah. Funcionó desde 1957 hasta 1979. La amputación de una mano es el castigo que reciben los ladrones reincidentes de robo según la sharía o ley islámica, adoptada por el gobierno revolucionaria iraní.
(4) El término mulá designa en las comunidades musulmanas chiitas a las personas versadas en el Corán y en la jurisprudencia islámica.

martes, 20 de julio de 2010

COMENTARIOS A «IDEOLOGÍA Y APARATOS IDEOLÓGICOS DEL ESTADO», DE LOUIS ALTHUSSER (5)

Seguimos comentando el artículo de Althusser, "Ideología y aparatos ideológicos del Estado" (1969). (1) . Los comentarios anteriores se publicaron el 7 y el 13 de junio, y el 11 y 19 de julio de 2010.

5) La teoría de la ideología.

La problemática de la ideología es abordada, principalmente, en dos secciones del artículo. En la primera (p. 108-120) es estudiada en el marco de los AIE (estudiados anteriormente en este comentario); este análisis guarda puntos de contacto formales con el marco teórico marxista y, en rigor, puede ubicarse todavía dentro de la problemática de la ideología en Marx (luego justificaremos porque nos parece que esta relación es formal). En la segunda (p. 120-138) Althusser intenta avanzar más allá de Marx, formulando una teoría de la ideología en general, y termina por refugiarse en la metafísica y el esencialismo, los cuales pasan a constituir los pilares de su concepción de la ideología.

En el análisis que sigue nos veremos obligados a caer en algunas repeticiones, puesto que las cuestiones de la metáfora del edificio y de los AIE ya han sido tratadas en estos comentarios.

Un camino posible para llevar adelante la crítica de la teoría althusseriana de la ideología puede ser el siguiente: a) la relación entre práctica e ideología a partir del examen del modelo infraestructura-superestructura; b) el desplazamiento desde la lucha de clases hacia la problemática, resultado de la peculiar concepción de la práctica defendida por Althusser, en el marco de la cual la ideología es concebida como ritual que construye a los sujetos al interpelarlos; c) el desplazamiento desde la problemática de la clase social hacia la del sujeto; d) el reemplazo de la dialéctica por la metafísica y el positivismo en el papel de basamentos teóricos de su concepción de la ideología. (2) Aquí sólo se trabajará, de manera muy somera, el primer punto de esta enumeración.

La relación práctica - ideología.

Ya hemos indicado que para Karl Marx (1818-1883) la práctica y la ideología se constituían como tales en el proceso de producción. En el sentido fuerte de la expresión, práctica e ideología iban juntos, no podían ser escindidos (esto último era lícito, y siempre dentro de estrechos límites, sólo para fines analíticos). Ahora bien, el modelo infraestructura-superestructura contiene elementos que tienden a generar dicha escisión. Althusser no hace ninguna crítica de la metáfora espacial, y la única dificultad importante que ve en dicha metáfora radica en lo que él denomina su carácter "descriptivo".

No es este el lugar para hacer una crítica del modelo infraestructura-superestructura. Hay que decir que posee un gran valor pedagógico, y una de sus virtudes es, precisamente, la sencillez. Pero esto no tiene que hacernos perder de vista que se trata de una metáfora epistémica (3), que puede conducirnos directamente a un estrecho determinismo económico. En este punto nos interesa analizar una de las vías que ligan esta metáfora al determinismo, esto es, la separación entre práctica (que se verifica en el nivel de la infraestructura) y teoría (localizada en las regiones de la superestructura). Ahora bien, en el artículo que estamos analizando, Althusser ignora completamente las dificultades de la metáfora, la adopta y compra así todo los inconvenientes de la misma. (4).

Para Althusser el uso de la metáfora espacial "ofrece la siguiente ventaja: permite inscribir en el dispositivo teórico de sus conceptos esenciales lo que hemos llamado su índice respectivo de eficacia." (p. 103). ¿A qué se refiere este índice? Justamente a la primacía de la base económica sobre la superestructura. En palabras de Althusser, "la metáfora del edificio tiene (...) por objeto representar, antes que otra cosa, el hecho de la «determinación en última instancia» por la base económica. Esta metáfora espacial afecta, pues, la base, con un índice de eficacia conocido por los famosos términos: lo que acontece en la base económica determina en última instancia lo que acontece en los «pisos» (de la superestructura)." (p. 103). Esta primacía de lo económico, concebida como determinación, es "la gran ventaja teórica del tópico marxista, y de la metáfora espacial del edificio (base y superestructura) [la cual] consiste en mostrar a un tiempo que las cuestiones de determinación (o de índice de eficacia) son capitales (...) y, como consecuencia, en obligar a pensar lo que la tradición marxista designa con los términos de la autonomía relativa de la superestructura y de acción de retorno de ésta sobre la base." (p. 104).

Las citas anteriores muestran como Althusser se apoya en la metáfora del edificio para justificar su concepción particular del problema de la determinación. (5). Pero hay otra cuestión más significativa para nuestro análisis. La interpretación althusseriana amplifica los rasgos más nocivos del tópico del edificio, pues promueve la escisión entre teoría y práctica. La teoría (en este caso en su variante de ideología) pertenece a la superestructura y, por tanto, se halla determinada en última instancia por la base económica. La práctica, reducida aquí a la mera práctica económica, aparece separada espacialmente de los elementos de la superestructura.

Buenos Aires, jueves 22 de julio de 2010


ABREVIATURAS:
AIE = Aparatos Ideológicos del Estado.
ARE= Aparatos Represivos del Estado.

NOTAS:
(1) Para todas las citas del texto de Althusser, utilizo la traducción de Oscar L. Molina, "Ideología y aparatos ideológicos del estado (Notas para una investigación)", incluida en: Althusser, Louis. (1988). La filosofía como arma de la revolución. México D. F: Ediciones Pasado y Presente (pp. 97-141 y notas en pp. 144-145).
(2) En verdad, hablar de "reemplazo" o de "abandono" de la dialéctica por Althusser no es correcto. Una lectura atenta de sus obras muestra que nunca incorporó a la dialéctica como forma de pensar los procesos.
(3) Ver el desarrollo del concepto en Palma, Héctor. (2004). Metáforas en la evolución de la ciencia. Buenos Aires: Jorge Baudino Ediciones. (p. 56).
(4) Un análisis exhaustivo de los textos anteriores de Althusser mostraría que su concepción de la práctica calza perfectamente con la vetas deterministas del modelo, pues en todo momento Althusser tiende a divorciar teoría y práctica.
(5) Esto debe ser desarrollado en otro lugar. Tiene que quedar claro que esta teoría de la determinación se separa de la posición de Marx.

lunes, 19 de julio de 2010

COMENTARIOS A «IDEOLOGÍA Y APARATOS IDEOLÓGICOS DEL ESTADO», DE LOUIS ALTHUSSER (4)

Seguimos comentando el artículo de Althusser, "Ideología y aparatos ideológicos del Estado" (1969). (1) . Los comentarios anteriores se publicaron el 7, el 13 de junio y el 11 de julio de 2010.

4) El aparato ideológico escolar.

Es un caso particular de los AIE, pero Althusser le dedica una especial atención. En el artículo que estamos comentando, es mencionado en el listado de los AIE (p. 110); luego, se hace referencia a la preocupación de Lenin (1870-1924) por las escuelas (p. 112); finalmente, se lo trata en extenso (p. 116-120). Este tratamiento contrasta con la menor atención puesta en los demás AIE.

El argumento de Althusser puede resumirse así. La escuela comparte con los otros AIE la búsqueda de un mismo resultado: la reproducción de las relaciones capitalistas de explotación. Para alcanzar ese objetivo, la escuela opera de un modo específico. Toma a los niños de todos las clases sociales en el momento en que son más vulnerables a los mecanismos de inculcación ideológicos, y les transmite los distintos saberes que son necesarios para las diversas posiciones que ocuparán en la sociedad (2). La fuerza de la escuela radica en: a) la capacidad para tener una audiencia obligatoria los cinco días a la semana durante un período de varios años; b) el poder de la "ideología universalmente vigente de la escuela", que define a la institución escolar como un medio neutro, desprovisto de ideología, y a los maestros como una especie de sacerdotes "librepensadores". Para esta ideología, la función reproductora de la escuela es presentada como una función "liberadora" (que emancipa de la ignorancia, de la opresión, etc.). Aún los maestros que "tratan de volver a la ideología contra el sistema" y luchan abnegadamente en soledad, refuerzan con su sacrificio la "neutralidad" de las escuela e, indirectamente, contribuyen a reforzar su función reproductora.

En definitiva, Althusser sostiene que "la escuela ha reemplazado a la iglesia en el papel de aparato ideológico dominante. Forma pareja con la familia tal como la iglesia formaba pareja antaño con la familia." (p. 119).

La escuela aparece dotada de una fenomenal capacidad reproductiva, y tiene la propiedad de aprovechar para sí aún los intentos de docencia alternativa o transformadora. Su ideología específica resulta particularmente impermeable a las críticas. Pero este planteo presenta los mismos defectos que tienen los AIE en general.

En primer lugar, el acento puesto en la escuela diluye el hecho de que el proceso de trabajo representa el lugar central donde se reproducen las relaciones de producción. La escuela puede ocupar el sitio que tiene porque el proceso capitalista de producción requiere que la formación de la fuerza de trabajo se haga, en su mayor parte, fuera del propio ámbito de trabajo (a diferencia de las sociedades precapitalistas, donde se llevaba a cabo en el mismo lugar en que se trabajaba). Del mismo modo, la división capitalista del trabajo se traslada a la escuela, determinando la aparición de diversos tipos de institución escolar.

En segundo lugar, la "omnipotencia" reproductiva que Althusser parece atribuir a la escuela, hace difícil de entender que ella misma sea "el LUGAR" de la lucha de clases (tal como vimos en el comentario de fecha 11 de julio). Si la ideología escolar tiene tal capacidad para anular los intentes contestatarios, ¿cómo es posible que los trabajadores hagan pie en ella y puedan ensayar proyectos contrahegemónicos? El modelo de Althusser no da respuesta al problema, y las menciones a la lucha de clases no bastan para ocultar que concibe el proceso como una lucha entre la estructura y el individuo. El docente que se opone a desempeñar su función reproductora del capitalismo queda encadenado al sacrificio inútil y a la desesperación. Esto más allá de que Althusser no tenga esta intención al formular su teoría.

Buenos Aires, lunes 19 de julio de 2010

ABREVIATURAS:
AIE = Aparatos Ideológicos del Estado.
ARE= Aparatos Represivos del Estado.

NOTAS:
(1) Para todas las citas del texto de Althusser, utilizo la traducción de Oscar L. Molina, "Ideología y aparatos ideológicos del estado (Notas para una investigación)", incluida en: Althusser, Louis. (1988). La filosofía como arma de la revolución. México D. F: Ediciones Pasado y Presente (pp. 97-141 y notas en pp. 144-145).
(2) Distingue así entre papel de explotado, papel de agente de explotación y papel de agentes profesionales de la ideología (p. 118).

domingo, 11 de julio de 2010

COMENTARIOS A «IDEOLOGÍA Y APARATOS IDEOLÓGICOS DEL ESTADO», DE LOUIS ALTHUSSER (3)

Seguimos comentando el artículo de Althusser, "Ideología y aparatos ideológicos del Estado" (1969). (1) . Los comentarios anteriores se publicaron el 7 y el 13 de junio de 2010.

3) Los aparatos ideológicos del Estado.

Cuando Althusser resume los puntos principales de la "teoría marxista del Estado" en su fase descriptiva, destaca que la misma se concentra en el carácter represivo del aparato estatal y en la distinción entre poder del Estado y aparato del Estado. (p. 108). Esto es correcto, pero Althusser advierte que la reproducción de las relaciones sociales capitalistas no puede basarse exclusivamente en la represión. Tiene que haber algo más, que reproduzca la sumisión de los explotados y la habilidad de los explotadores para manipular la ideología dominante. Estas funciones son llevadas a cabo por los AIE, quienes constituyen precisamente ese "algo mas" al que aludíamos más arriba (2).

Ahora bien, la forma en que Althusser trabaja la cuestión de los AIE demuestra cómo el punto de vista estructuralista puede esterilizar planteos potencialmente fructíferos. Veamos esto con más detenimiento. Los AIE son "instituciones precisas y especializadas" (p. 109), que "funcionan con ideologías" (p. 111). A diferencia del aparato represivo del Estado (gobierno, administración, ejército, policía, tribunales, prisiones), que está concentrado en la esfera pública y que actúa predominantemente por medio de la represión, los AIE son mucho más numerosos y se hallan diseminados tanto en el espacio público como en el privado. Frente a tanta diversidad, lo que los unifica es el hecho de que la ideología con la que funcionan está ella misma unificada en torno a la ideología dominante, que es, como afirmaba Marx, la ideología de la clase dominante (p. 111). (3).

Frente a la concepción marxista clásica, que acentuaba el papel del aparato represivo, Althusser plantea que "ninguna clase puede detentar durablemente el poder del Estado sin ejercer al mismo tiempo su hegemonía sobre y en los AIE" (p. 112).

Las insuficiencias de la visión estructuralista resaltan en la incapacidad de Althusser para analizar adecuadamente los AIE (4). ¿A qué me refiero al aludir a su incapacidad? Sobre todo, a dos cuestiones importantes:

a) Los AIE son definidos más como "instituciones" que como "relaciones", y esto supone de por sí un método no dialéctico de abordar el problema. Así, "llamamos aparatos ideológicos del estado a cierto número de realidades que se presentan al observador bajo la forma de instituciones precisas y especializadas" (p. 109);

b) La distinción entre el aparato represivo del Estado y los AIE es planteada en términos de "funciones". Mientras que el primero actúa por medio de la violencia, los segundos funcionan con ideologías (p. 110-111). El concepto de función (y esto tiene una larga tradición, en la que Emile Durkheim constituye un exponente importante) nos conduce al de organismo (o al de estructura), y contribuye a impedir que consideremos a la sociedad como una totalidad dialéctica.

Mientras que para Marx la reproducción es un proceso donde lo central son las relaciones sociales, para Althusser ésta es el resultado del desarrollo de las funciones de ciertas instituciones sociales. Ésto último implica el abandono, también, de la perspectiva de la producción y conduce el análisis hacia el determinismo.

Lo anterior permite explicar la dificultad que tiene Althusser para incorporar a la lucha de clases a su modelo. Dada la división de tareas, entre ARE y AIE, las funciones de cada uno de ellos, el rol de la ideología dominante, resulta muy difícil comprender cómo la clase trabajadora puede desafiar la hegemonía capitalista. El abandono del terreno de la producción (más allá de la continuas alusiones a la práctica) se paga en términos teóricos.

Las referencias a la lucha de clases (p. 112 y nota 10) tienden a mostrar cómo las clases explotadas pueden aprovechar las luchas entre las clases y fracciones dominantes en los AIE, "conquistando por la lucha posiciones de combate" (p. 112). Los AIE constituyen "el lugar de la lucha de clases" (p. 112). Esta última afirmación es significativa porque, luego de puntualizar que la reproducción tiende a reproducir las condiciones de producción existentes y de señalar la centralidad de la infraestructura (la forma althusseriana de referirse al proceso de producción), Althusser termina sosteniendo que ... la ideología es el terreno de la lucha de clases. (5). No está claro cómo las clases explotadas pueden eludir el funcionamiento de la reproducción en el proceso de trabajo, ni cómo escapan a la doble acción del ARE y de los AIE, para plantarse como rivales ideológicos de la burguesía. Althusser no tiene lugar, pues, para la contrahegemonía en su esquema teórico.

Buenos Aires, domingo 11 de julio de 2010

ABREVIATURAS:
AIE = Aparatos Ideológicos del Estado.
ARE= Aparatos Represivos del Estado.

NOTAS:
(1) Para todas las citas del texto de Althusser, utilizo la traducción de Oscar L. Molina, "Ideología y aparatos ideológicos del estado (Notas para una investigación)", incluida en: Althusser, Louis. (1988). La filosofía como arma de la revolución. México D. F: Ediciones Pasado y Presente (pp. 97-141 y notas en pp. 144-145).
(2) En una nota al texto, Althusser reconoce que Antonio Gramsci (1891-1937) fue el único marxista que transitó por esta vía (la elegida por Althusser al trabajar los AIE). Pero el filósofo francés no avanza un paso en el desarrollo de la teoría gramsciana de la hegemonía, la cual constituye, a nuestro juicio, una superación real de los problemas acarreados por el uso de la metáfora de la infraestructura-superestructura.
(3) La afirmación clásica de Marx (y de Engels) se encuentra en La ideología alemana: "Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época;o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes, las mismas relaciones dominantes concebidas como ideas; por tanto, las relaciones que hacen de una determinada clase la clase dominante son también las que confieren el papel dominante a sus ideas." (Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1985). La ideología alemana. Buenos Aires: Pueblos Unidos y Cartago, págs. 50-51. La traducción es de Wenceslao Roces.).
(4) Ver al respecto las páginas 108-113 del texto que estamos comentando.
(5) En la nota núm. 10 al texto, Althusser parece advertir las implicaciones de la afirmación que acabamos de citar y expresa que, aunque la lucha de clases "se expresa y se ejerce, entonces, en formas ideológicas y también, por tanto, en las formas ideológicas de los AIE (...) la lucha de clases sobrepasa ampliamente estas formas, y porque las sobrepasa, la lucha de las clases explotadas puede también ejercerse en las formas de los AIE y así volver el arma de la ideología en contra de las clases dominantes." (p. 144-145). Althusser dice que la lucha de clases sobrepasa los AIE porque está enraizada "en la infraestructura, en las relaciones de producción." (p. 145). Pero Althusser no analiza la lucha de clases en las relaciones de producción, y todo queda en una especie de invocación religiosa. La ideología queda como el lugar de la lucha de clases, que, en este esquema, parece más una protesta desesperada que un proyecto colectivo de las clases trabajadoras.

domingo, 13 de junio de 2010

COMENTARIOS A «IDEOLOGÍA Y APARATOS IDEOLÓGICOS DEL ESTADO», DE LOUIS ALTHUSSER (2)

Luego de presentar en la nota anterior las líneas generales de la concepción de Marx, podemos pasar ahora a examinar la teoría de Althusser. Este elabora su teoría de la reproducción como un intento de completar y desarrollar la concepción de Marx. El punto de partida es la constatación de que "la reproducción de las condiciones de producción es (...) la condición última de la producción" (p. 97).

La primera parte del artículo está dedicada a tratar dos cuestiones: a) el establecimiento del nivel de la reproducción como un nivel de análisis distinto - y más concreto- que el de la producción; b) el examen de las cuestiones englobadas bajo el concepto de condiciones de producción.

Acerca de estas cuestiones, Althusser distingue tres niveles de análisis desde los cuales se puede abordar el fenómeno de la reproducción: el nivel de la "simple práctica", el de la producción y el de la reproducción. Los dos primeros niveles son abstractos en relación al tercero; respecto al nivel de la producción, sostiene que su cercanía con lo cotidiano opera como un obstáculo para acceder al nivel de la reproducción (sin mencionarlo, parece aludir aquí al concepto de obstáculo epistemológico de Gaston Bachelard). Sólo partiendo de la reproducción es posible concebir a la sociedad como una totalidad y superar tanto el punto de vista empirista de la "práctica productiva" (p. 98), donde la reproducción es vista como un proceso meramente técnico (reposición de materias primas, máquinas, etc., consumidos en el proceso de producción), como la posición "micro", que sostiene que el problema de la reproducción debe estudiarse a nivel de la empresa.

En definitiva, adoptar el nivel de la reproducción permite llegar al concepto de todo social y expresar lo novedoso de la respuesta de Marx a la vieja pregunta: ¿Qué es la sociedad? Antes de pasar a examinar la interpretación althusseriana de la respuesta marxista a dicha pregunta, corresponde aclarar a qué se refiere Althusser cuando habla de la reproducción de las "condiciones de producción". En otras palabras, ¿qué es lo que se debe reproducir para que el proceso de producción pueda reanudarse una y otra vez?

Althusser responde diciendo que toda formación social debe reproducir: a) las fuerzas productivas; b) las relaciones existentes de producción (p. 98). Luego de esta primera aproximación a la cuestión, Althusser se dedica a complejizar el esquema. Así, la reproducción de la fuerzas productivas implica tanto la de los medios de producción (p. 98-99) como la de la fuerza de trabajo (p. 99-103). Como puede observarse en el texto, Althusser presta especial atención a los problemas de la reproducción de la fuerza de trabajo. Esta no consiste simplemente en "asegurar las condiciones materiales de reproducción de la fuerza de trabajo para que ésta se reproduzca como tal" (p. 100), sino que se trata de que la clase trabajadora debe ser "competente", esto es, debe suplir las distintas necesidades de calificación requeridas por el proceso productivo (p. 100-101), y que, además, tiene que aceptar las reglas del orden establecido (p. 101-102). En otras palabras, reproducir la fuerza de trabajo implica: a) reproduccón física de la clase trabajadora (de la clase obrera actual y de la generación que reemplazará a la misma); b) reproducción de los distintos niveles de calificación requeridos por un proceso productivo cada vez más complejo; c) reproducción de la sumisión de los trabajadores a la «ideología dominante».

Los puntos b y c de la enumeración anterior llevan a Althusser a plantear la cuestión del papel del "sistema educacional" (p. 101), puesto que, a diferencia de las formaciones precapitalistas, la reproducción de la calificación de la fuerza de trabajo tiende a darse por fuera de la producción en la sociedad capitalista. También lo llevan a introducir el concepto de ideología y a volver todavía más complejo el esquema, pues al lado de la sumisión del proletariado a la ideología dominante, Althusser sostiene que también debe reproducirse "la capacidad de los agentes de la explotación y de la represión para manipular la ideología dominante" (p. 102).

La reproducción de las relaciones de producción es abordada más adelante (p. 113-120), a traves del análisis del papel de los aparatos del Estado. De ahí que volvamos sobre esta cuestión en las secciones 3 y 4 de este trabajo.

Resumiendo lo expuesto hasta aquí. Althusser se propone retomar la teoría de la reproducción tal como fue planteada por Marx y desarrollarla, sobre todo en lo relativo a la reproducción de la fuerza de trabajo y las relaciones de producción. Sin embargo, y a pesar del énfasis que pone en el concepto de todo social, dedica muy poca atención al momento de la producción propiamente dicho, y se concentra en el análisis de los mecanismos ideológicos implicados en la reproducción. El acento puesto en la práctica es desmentido por un desarrollo centrado en lo ideológico como instancia central de la sociedad. Esta afirmación será ampliada en las siguientes secciones de este trabajo.

2) El modelo infraestructura - superestructura.

El tema es tratado en p. 103-105. Dado que el interés de Althusser está puesto en la reproducción de la sumisión de los trabajadores a la ideología dominante y en la de la capacidad de las clases hegemónicas para manipular dicha ideología, dedica varias páginas al Estado (p. 105-108) y a los aparatos ideológicos del Estado (p. 108-113).

La importancia que Althusser concede al modelo de infraestructura-superestructura en su teoría de la reproducción obliga a examinar con atención lo que supone la adopción de dicho esquema.

En primer lugar, hay que decir que el modelo constituye, según Althusser, el núcleo de la respuesta de Marx a la mencionada pregunta ¿qué es la sociedad? y marca la diferencia ("revolucionaria") entre la concepción de la totalidad social de Hegel y la de Marx (p. 103). Althusser sostiene que el modelo es un tópico, es decir, una metáfora espacial, que sirve para representar "el hecho de la «determinación en última instancia» por la base económica" (p. 103). Althusser afirma que "Marx concibe la estructura de toda sociedad como constituida por «niveles» o «instancias», articulados por una determinación específica: la INFRAESTRUCTURA o base económica («unidad» de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción), y la superestructura que, a su vez, contiene dos «niveles» o «instancias»:la jurídica-política (el derecho y el Estado) y la ideología (las distintas ideologías, religiosas, morales, jurídicas, políticas, etc.)" (p 103). Como puede notarse, Althusser construye un Marx estructuralista, apoyándose en el Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859). Es significativo que el modelo signifique, según Althusser, la ruptura de Marx con la totalidad hegeliana porque, a nuestro juicio, la metáfora del edificio conlleva una tendencia determinista y antidialéctica.

Para explicar lo dicho al final del párrafo anterior, hay que empezar situando el modelo en el marco de la teoría social de Marx. El Prólogo de 1859 forma parte de los trabajos que componen el vasto complejo que es El capital. Redactado como introducción a la Contribución, tiene dos objetivos fundamentales: a) esbozar la trayectoria intelectual de Marx desde el liberalismo y el hegelianismo hasta el socialismo y el materialismo histórico; b) presentar los tipos principales de la teoría social de Marx, en una forma que fuera accesible al gran público. (2)

Los objetivos indicados condicionaron los rasgos deterministas y estructuralistas que aparecen en el Prólogo. Por un lado, el liberalismo y el hegelianismo privilegiaban el rol del sujeto y dejaban de lado las regularidades que ponían límites estrechos a la acción de este; por tanto, su refutación (y la del idealismo en general) implicaba acentuar las determinaciones objetivas de la acción de los sujetos. Por otra parte, la necesidad de presentar su concepción de la sociedad en una forma sencilla llevó a Marx a formular el modelo infraestructura-superestructura, en el que, y Althusser tiene razón en esto, la centralidad del análisis de la producción es visible con claridad. Además de estas razones, hay otra cuestión que permite explicar la elección de ese modelo para describir la ordenación de la sociedad. Las derrotas de las revoluciones de 1848-1849 significaron un duro golpe para Marx y Engels, pues esfumaron su confianza en el rápido pasaje de la revolución burguesa a la revolución socialista. Ya en los escritos de 1850 se advirtieron que las crisis económicas ejercían una fuerte determinación sobre las revoluciones. La conclusión era que la voluntad por sí sola no podía torcer el curso de la historia. De ahí el énfasis puesto en el Prólogo en que una forma social no puede ser derribada si antes no se han desarrollado todas las fuerzas productivas contenidas en su seno.

Sin embargo, todo lo anterior no permite afirmar que en 1859 Marx era un determinista económico. Decíamos más arriba que el Prólogo (y la Contribución) forma parte de un proyecto más general, cuyo punto culminante es la publicación del Libro Primero de El capital (1867). El Prólogo no puede leerse, entonces, dejando de lado su relación con dicho proyecto.

En 1857, y ante los primeros embates de una crisis económica (preámbulo, según Marx, del inminente estallido de una nueva revolución europea), Marx comenzó la redacción del manuscrito conocido como Grundrisse, que puede ser considerado como la primera redacción de El capital. Dicho manuscrito comienza con la llamada Introducción de 1857 (Einleitung, que en alemán significa introducción). Dicha Introducción contiene una respuesta más compleja a la pregunta ¿qué es la sociedad?, que refleja con mayor precisión, en nuestra opinión, la concepción de Marx.

En la Introducción de 1857 Marx no concibe a la sociedad como una estructura compuesta por instancias articuladas entre sí por determinaciones específicas. Tampoco hace ninguna referencia a la metáfora superestructura-infraestructura. En cambio, utiliza una imagen que describe en forma más precisa su concepción de la sociedad como totalidad: "En todas las formas de sociedad existe una determinada producción que asigna a todas las demás su correspondiente rango e influencia. Es una iluminación general en la que se bañan todos los colores y que modifica las particularidades de éstos. Es como un éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman relieve." (G: 27) (3). Como puede notarse, no se trata de una imagen tan determinista como la del modelo infraestructura-superestructura, donde el tópico directamente nos trae la imagen de lo económico como los cimientos en los que se apoya el edificio superestructural de la sociedad. En 1857 Marx no había tenido la fortuna de ser ilustrado por Althusser, y estaba tanteando en busca de imágenes y metáforas que describieran su forma de concebir a la sociedad, dado que la misma tenía pocos puntos de contacto con la que proponían las nacientes ciencias sociales.

En el contexto de estos tanteos y de estas búsquedas, plasmadas en los Grundrisse, Marx sostiene que el punto de llegada en el estudio de la sociedad debe ser lo concreto, esto es, "la síntesis de múltiples determinaciones (...) la unidad de lo diverso" (G: 21). La división de la sociedad en niveles e instancias es un recurso válido con fines analíticos, pero puede transformarse en un obstáculo a la comprensión del todo social. Es más, la cristalización de esas instancias lleva a reforzar el efecto determinista de ese método no dialéctico al abordar el estudio de la sociedad.

De lo anterior se infiere que la afirmación de Althusser acerca de que Marx piensa a la sociedad en términos de la metáfora espacial infraestructura-superestructura, no es correcta. Más allá de que en Marx están presentes elementos deterministas, su concepción de la sociedad no es determinista. Es más, la misma constituye el punto de partida necesario para una crítica de los distintos determinismos en teoría social.

De modo que el énfasis de Althusser en el modelo citado representa un intento de construir un Marx a la medida del estructuralismo. Ese intento se realiza mediante la simplificación de la teoría de Marx (hay que insistir en que el Prólogo de 1859 debe ser acompañado de la lectura de otros textos del período, que sirven para enmarcarlo), caracterizada por el abandono del método dialéctico (reflejado en las apreciaciones negativas sobre Hegel efectuadas por Althusser).

A continuación corresponde analizar la forma en que Althusser desarrolla el famoso modelo. Según su opinión, el principal defecto del modelo es su carácter descriptivo (p. 104), ya que sostiene que las descripciones, si bien son una etapa necesaria en el proceso de conocimiento, acarrean el riesgo de bloquear el desarrollo de la teoría (p. 107). Para superar el carácter descriptivo de la teoría y llegar a formular lo que denomina una "teoría a secas" (p. 105), Althusser defiende la necesidad de ubicarse en el punto de vista de la reproducción (p. 104). Precisemos esta cuestión. Althusser deja en claro que no rechaza la metáfora, sino que trata de superarla. Para él, esta superación consiste en "intentar pensar lo que nos entrega bajo la forma de una descripción" (p. 104). Como ya dijimos anteriormente, Althusser piensa que uno de los mayores méritos de la metáfora espacial radica en que permite acentuar la determinación por la base económica. No discute, por tanto, la pertinencia del modelo para captar lo esencial del análisis marxista de la sociedad. Por el contrario, acepta la validez del tópico y su superación del mismo constituye, en realidad, una profundización del carácter antidialéctico de su interpretación estructuralista de la metáfora. ¿Cómo efectúa esta superación? Como ocurre en todo el artículo, Althusser deja de lado los fenómenos infraestructurales y se concentra en el examen del "derecho, el estado y la ideología desde el punto de vista de la reproducción" (p. 105). No es este el lugar para profundizar en el análisis althusseriano del Estado. Por el momento tenemos que concentrarnos en la manera en que pasa de la teoría "descriptiva" del Estado a la formulación de una "teoría a secas" del mismo. Para ello desarrolla el concepto de aparatos ideológicos del Estado. A este punto dedicaremos la siguiente nota de esta serie.

Buenos Aires, domingo 13 de junio de 2010

NOTAS:
(1) Para todas las citas del texto de Althusser, utilizo la traducción de Oscar L. Molina, "Ideología y aparatos ideológicos del estado (Notas para una investigación)", incluida en: Althusser, Louis. (1988). La filosofía como arma de la revolución. México D. F: Ediciones Pasado y Presente (pp. 97-141 y notas en pp. 144-145).
(2) No debe olvidarse que en 1859, y exceptuando el Manifiesto del partido comunista (difícil de conseguir en ese momento, porque no había sido reeditado todavía) y algunos escritos polémicos (Miseria de la filosofía) e históricos (El 18 brumario de Luis Bonaparte, Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850), no había ninguna exposición positiva de las tesis de la teoría social de Marx.
(3) Los Grundrisse, conocidos en español como Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, constituyen un extenso manuscrito escrito por Marx entre 1857 y 1858. Representan la primera redacción in extenso de los temas tratados luego en El Capital. Fueron publicados por primera vez recién en 1939-41 (Moscú: Instituto Marx-Engels-Lenin). Poseo un ejemplar de la 17º edición española (México D. F.: Siglo XXI). Esta edición estuvo a cargo de José Aricó, Miguel Murmis y Pedro Scaron, y la traducción fue obra de este último.
Respecto a la forma de citar. La edición Siglo XXI incluye la indicación al margen y encerrados entre corchetes de los números de pagina de la edición Dietz 1953, que reprodujo en forma facsimilar y en un solo volumen la edición rusa de 1939-41. Es por eso que cito utilizando la letra G (Grundrisse) y luego el número de página correspondiente a la edición Dietz. Por ejemplo, G: 22 quiere decir página 22 de la edición Dietz de los Grundrisse.