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domingo, 25 de enero de 2026

LA SEGUNDA GENERACIÓN DE ESTUDIOS SOBRE EL FEDERALISMO: FICHA DE LECTURA

 

Albert Durero, El caballero, la muerte y el diablo


Ariel Mayo (ISP J. V. González / UNSAM)

Pablo Beramendi es un politólogo español, que se desempeña como profesor en la Universidad de Duke. Ramón Máiz (n. 1953, Santa Cruz de Tenerife) también español y politólogo, es profesor en la Universidad de Santiago de Compostela. Ambos son autores de la introducción a una compilación de cuatro artículos sobre la segunda generación de estudios sobre el federalismo, publicada por la revista Zona Abierta en 2003.

Los artículos compilados por Zona Abierta constituyen una muestra del federalismo de la segunda generación del neoinstitucionalismo de elección racional y son los siguientes: a) Barry Weingast, El papel económico de las instituciones políticas: El federalismo de mercado y el desarrollo económico, publicado en The Journal of Law, Economics, and Organization (vol. II, núm. 1, abril de 1995); b) Jonathan Rodden y Susan Rose-Ackermann, ¿Protege el federalismo a los mercados?, aparecido en Virginia Law Review, vol. 83, 1997; c) Jenna Bednar, William Eskridge y John Ferejohn, Teoría política del federalismo, incluido en J. Ferejohn, J. Rakove y J. Riley (eds.), Constitutional Culture and Democratic Rule, Cambridge University Press, 2001; d) Pablo Beramendi y Ramón Máiz, Federalismo y multinacionalidad: Un análisis institucional del Estado de las Autonomías.

Beramendi y Máiez hacen una presentación general del federalismo de segunda generación. Ante todo, definen a las federaciones como “sistemas políticos basados en la negociación y renegociación de un pacto de autogobierno y gobierno compartido entre varias unidades políticas” (p. 1). En base a esa definición, afirman que el estudio de las federaciones requiere descartar la perspectiva adaptativa, orgánica y funcionalista de la emergencia de las instituciones; en cambio, es preciso “poner en primer plano la interacción estratégica entre actores” (p. 1). La mejor manera de hacer lo anterior es utilizar la teoría de la elección racional.

Referencia bibliográfica:

Beramendi, P. y Máiz, R. (2003). Introducción: La segunda generación de análisis institucionales del federalismo. Zona Abierta, (104-105), pp. 1-16.


1° generación de estudios sobre el federalismo desde una óptica racional

En primer término, se encuentran los trabajos de la década de 1960 del politólogo estadounidense William Riker (1920-1993), quien definió la federación como un sistema político que posee tres características: 1) dos niveles de gobierno regulan el mismo territorio y el mismo demos; 2) cada nivel tiene un ámbito definido de autoridad; 3) hay garantías constitucionales de la autonomía de cada nivel de gobierno.

Riker también formuló una teoría de los orígenes de la federación. Introdujo una dimensión propiamente institucional en los modelos de la elección racional: el elemento central de la reproducción de las federaciones está constituido por los incentivos constitucionales (flexibilidad de los modos de elecciones de los representantes de los estados; elección indirecta del presidente; etc.). Estos incentivos promueven la formación de partidos descentralizados, organizados a nivel central y local.

En segundo lugar se encuentran las escuelas del federalismo fiscal y la economía política constitucional, centradas en el análisis de las dimensiones óptimas de la distribución competencial entre la federación y los estados miembros. El economista y profesor estadounidense Wallace Oates (1937-2015), por ejemplo, desarrolló el argumento de que los bienes públicos son producidos de modo más eficiente por los gobiernos de los estados federados, dado que las diferentes preferencias de los ciudadanos en los distintos espacios territoriales generan problemas de información a los gobiernos centralizados. De ahí la ineficiencia de la centralización de la provisión de bienes públicos locales.

Otros autores, como el politólogo canadiense Albert Breton (1930-2016), pusieron el acento en los costos de organización de la descentralización. En los Estados unitarios aumentan los costos de decisión; en el federalismo multinivel se incrementan los costos de coordinación. Pero esta perspectiva no considera los costos de transacción entre las diferentes unidades.


2° generación de análisis económico del federalismo

Es iniciada por el neoinstitucionalismo de elección racional. Su supuesto general puede formularse así: las instituciones restringen el abanico de cursos de acción de los actores, generan preferencias e identidades.

Los principales aportes de este cambio de perspectiva son los siguientes:

A] El pasaje de una teoría del federalismo basada en las aportaciones de la economía del bienestar y los supuestos de la elección pública, a otra centrada en las estructuras de incentivos con que proveen las federaciones a los actores (estados, partidos, grupos, ciudadanos). Así, las instituciones federales pasan a ser problema-objeto de investigación: “la eficiencia en la provisión de bienes públicos dependerá de la estructura de incentivos con que provean las instituciones de gobierno a los actores” (p. 4). El federalismo es un mecanismo superior a otros porque tiene mayor capacidad de generar compromisos creíbles entre los actores implicados. Ello facilitaría el logro de una relación adecuada entre la provisión eficiente de bienes públicos y el mantenimiento de los incentivos del mercado.

B] Se deja de lado el optimismo inicial respecto a la eficiencia y accountability proporcionadas por los sistemas federales, derivadas de la limitación de información y poder del Estado federal frente a los estados miembros. Se renuncia a la visión binaria unitaria/federal. En cambio, se reconoce que los diferentes tipos de federación poseen diferentes causas y su articulación institucional específica posee consecuencias muy diversas. Las instituciones relevantes no surgen de la constitución, sino que se generan mediante renegociaciones posteriores. Las instituciones se conciben como factor endógeno, resultante de un equilibrio institucional, y no como un factor exógeno, que restringe meramente los cursos de acción disponibles para los actores

C] Se pone en el centro del análisis la sostenibilidad de las federaciones, que constitutivamente son inestables por diseño. Para sobrevivir “precisan instituciones con efecto de autorrefuerzo, que proporcionan incentivos a los políticos en el gobierno en los diferentes niveles (federación y estados miembros) para atenerse a las reglas de juego establecidas.” (p. 5) La inestabilidad de las federaciones depende de dos dilemas básicos: 1) cómo evitar que el gobierno central destruya el federalismo mediante la erosión del autogobierno de los estados federados; 2) cómo evitar que los estados federados socaven el federalismo mediante la no colaboración con el gobierno central.

D] Se postula un lazo más sólido entre las teorías y los análisis empíricos.

E] Pasa a concebirse al federalismo como una compleja matriz horizontal multinivel, multicéntrica, de gobernanza (no como sistema jerarquizado, piramidal). Se trata de un federalismo intergubernamental, muy imbricado de competencias compartidas y controles. Así, “las federaciones actuales presentan procesos de decisión y ejercicio competencial entre varios niveles de gobierno que requieren con frecuencia de negociación y renegociación de complejos acuerdos intergubernamentales” (p. 7)

F] La federación ya no es concebida como una distribución definitiva de poderes, sino como “un proceso abierto – estructurado institucionalmente – mediante el que las competencias y los poderes son distribuidos y redistribuidos.” (p. 7). En ese proceso abierto interactúan actores e instituciones. Los sistemas federales funcionan como un continuum con posiciones diversas según las dimensiones presentadas en cada sistema: representación formal; representación informal; procedimiento de reforma constitucional.

G] El neoinstitucionalismo dedica especial atención a los actores en presencia, esto es, los partidos políticos. Estudia la dimensión electoral, las externalidades electorales (positivas y negativas) que se producen en el marco de la competencia partidista en los distintos niveles territoriales. Es necesario considerar una nueva dimensión, poco explorada, la plurinacionalidad.

I] El federalismo requiere de una cultura política federal que refuerce la articulación entre autogobierno y gobierno compartido.

Por último, los autores hacen una breve presentación de los artículos incluidos en la compilación.

Balvanera, domingo 25 de enero de 2026










lunes, 20 de octubre de 2025

COINCIDENCIAS INESPERADAS

 




Ariel Mayo (ISP. Dr. J. V. González / UNSAM)


“De todos los derechos, el primero es el de existir. 

Por tanto, la primera ley social es aquella que garantiza a

todos los miembros de la sociedad los medios para existir; 

todas las demás leyes están subordinadas a esta ley social”

Maximilien Robespierre (1758-1794)


La libertad jamás es libre. Siempre expresa las aspiraciones concretas de los individuos y los grupos en un contexto histórico, social y cultural específico. Siempre está limitada por las condiciones materiales que requiere su realización. Sin esas condiciones,  que varían, perdonen la repetición, según el contexto histórico,  social y cultural, la libertad es una abstracción más. Por eso, un liberal clásico como John Locke (1632-1704) ponía a la libertad junto con la vida y la posesión en una triada a la que  denominaba  propiedad. [1]


La propiedad es la manera liberal de designar las condiciones materiales para la realización de la vida y la libertad. Locke sabía que sin esas condiciones la libertad era imposible. La conclusión es evidente: solo los propietarios pueden ser verdaderamente ciudadanos, pues sin la propiedad la ciudadanía se vuelve abstracta. [2]


En este punto se dan la mano liberales y socialistas, pues los segundos desarrollan de modo consecuente la idea de Locke y plantean la necesidad de que todas las personas accedan a las condiciones materiales necesarias para gozar de la vida y la libertad. Hay, por supuesto,  una diferencia evidente: los socialistas se proponen universalizar la propiedad y, para ello, la propiedad debe dejar de ser privada; para los liberales, la libertad solo es posible bajo la libertad privada. 

Sin embargo, aunque parezca paradójico, ello no quita el acuerdo fundamental entre liberales y socialistas en cuanto a que la libertad requiere de condiciones materiales para su concreción efectiva.


Balvanera, lunes 20 de octubre de 2025


NOTAS:

[1] Al examinar las razones por las que las personas deciden abandonar el estado de naturaleza, Locke escribe “no sin razón está deseoso [cada individuo que vive en dicho estado] de unirse en sociedad con otros que ya están unidos o que tienen intención de estarlo con el fin de preservar sus vidas, sus libertades y sus posesiones , es decir, todo eso a lo que doy el nombre genérico de ≪propiedad≫.” (Locke, J., Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil: Un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin del Gobierno Civil, Madrid, 2000, p. 134).

[2] “Por consiguiente, el grande y principal fin que lleva a los hombres a unirse en Estados y a ponerse bajo un gobierno es la preservación de su propiedad, cosa que no podían hacer en el estado de naturaleza, por faltar en él muchas cosas” (Locke, J., op. cit., p. 135).





miércoles, 15 de octubre de 2025

AUTONOMÍA FRENTE A VENTAJAS INMEDIATAS

 


Ariel Mayo (ISP. Dr. J. V. González / UNSAM)


"El príncipe [....] si es sabio, 

debe fundamentar su poder en lo suyo y no en lo ajeno."

Maquiavelo (1469-1527), El príncipe.


Uno de los objetivos principales de Maquiavelo al escribir El príncipe fue elaborar la teoría política necesaria para hacer de Italia un Estado unificado, al mismo nivel que la España y la Francia de su época. [1] Para lograr este objetivo era preciso contar, entre otras cosas, con fuerzas militares propias. Se trataba de una preocupación basada en datos empíricos. Los distintos Estados italianos utilizaban ejércitos de mercenarios y tropas auxiliares para enfrentarse a sus enemigos. [2] Comoquiera que sea, los italianos sufrían derrota tras derrota frente a los Estados extranjeros.


Maquiavelo considera un grave error utilizar las tropas de otro para defenderse. Así, llega a escribir que “los príncipes prudentes siempre evitan valerse de tales tropas, prefiriendo las propias, y querrán mejor ser vencidas con las suyas que vencer con las de otro, no estimando verdaderas victorias las que se alcanzan con ejércitos ajenos”. [3]


La razón es simple: las tropas auxiliares obedecen a jefes externos al Estado y resultan tan gravosas en la derrota como en la victoria, pues en ambos casos se saldan con la pérdida de autonomía. Es por ello que hay que reflexionar una y mil veces antes de recurrir a ellas; en este sentido, el florentino señala que “la escasa prudencia humana ve en muchas cosas la ventaja inmediata, y no el veneno que encierra”. [4]

La diferencia entre el político y el estadista radica en que el primero solo ve las ventajas inmediatas (arrimar el bochín en una elección, por ejemplo), en tanto que el segundo ve las consecuencias mediatas y las consecuencias más lejanas de esa decisión.


Balvanera, miércoles 15 de octubre de 2025


Referencia bibliográfica:

Maquiavelo, N. (1955). El príncipe. Madrid, España: Universidad de Puerto Rico y Revista de Occidente. 621 p. (Biblioteca de Cultura Básica).

Notas:

[1] Ver cap. 26 del Príncipe, “Exhortación para librar a Italia de los bárbaros”. Allí pueden leerse frases como la que sigue: “No perdonarse esta ocasión de que Italia, al cabo de tanto tiempo, vea aparecer su redentor.” (Maquiavelo, 1955, p. 459)

[2] La cuestión de las tropas mercenarias es abordada en el capítulo 12 del Príncipe, “De las diferentes clases de milicias y de los soldados mercenarios”. El tema de las tropas auxiliares es tratado en el capítulo 13, “De las tropas auxiliares, mixtas y propias”. Maquiavelo escribe “son tropas auxiliares las que un príncipe poderoso presta a otro para ayudarle o defenderle, y resultan tan inútiles como los mercenarios.” (Maquiavelo, op. cit., p. 323)

[3] Maquiavelo, op. cit., p. 325.

[4] Maquiavelo, op. cit., p. 327.






viernes, 26 de septiembre de 2025

JOHN STUART MILL Y LOS FUNDAMENTOS FILOSÓFICOS DEL LIBERALISMO

 

John Stuart Mill con libro


Ariel Mayo (UNSAM / ISP. Dr. J. V. González)


El politólogo italiano Norberto Bobbio (1909-2004), en el capítulo 12 de su libro Liberalismo y democracia (Milán, 1985), señala la importancia del filósofo y economista inglés John Stuart Mill (1806-1873) en el desarrollo del liberalismo. Bobbio plantea que la obra de Mill marca el pasaje del iusnaturalismo al utilitarismo como fundamento filosófico del Estado liberal. [1] Dada la importancia de los liberalismos en el mundo actual, no está de más prestar atención a la argumentación de Bobbio.

Referencia bibliográfica: 

Bobbio, N. [1° edición: 1985]. (2000). Liberalismo y democracia. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica. 115 p. (Breviarios del Fondo de Cultura Económica; 476). Traducción de José F. Fernández Santillán. Incluye: Bibliografía.


El liberalismo de los siglos XVII y XVIII se articulaba en torno a la propuesta de limitar las funciones del Estado.  Esta propuesta se basaba, en el plano económico, en la afirmación de que la intromisión estatal en las decisiones de los propietarios tenía el efecto de restringir la producción de riqueza; en el plano filosófico, el recorte del ejercicio del poder público se fundaba en la teoría de los los derechos naturales (o iusnaturalismo). Según dicha teoría, los seres humanos vivían originalmente en una situación pre social, el estado de naturaleza; aunque los filósofos no se ponían de acuerdo respecto a las características de ese estado anterior a la sociedad (de hecho, ni siquiera se encontraban seguros de su existencia), existía acuerdo entre ellos respecto a que de ese estado se derivaban leyes a las que se podía acceder por medio de la razón. Estas leyes conformaban el derecho natural, previo a todo ordenamiento jurídico positivo, es decir, las leyes sancionadas por los mecanismos constitucionales en el marco de una sociedad ya constituida por medio de un pacto o contrato. [2] Autores como el filósofo inglés John Locke (1632-1704) planteaban que la propiedad se hallaba entre los derechos naturales y que, por tanto, no podía ser suprimida por el Estado. De este modo, estado de naturaleza, derecho natural, contrato, Estado, conformaban un bloque teórico que justificaba la superioridad de los derechos naturales sobre el derecho positivo. [3]

Esto cambia radicalmente con el surgimiento de la filosofía utilitarista de Jeremy Bentham (1748-1832), quien atacó en su obra Anarchical Fallacies [Sofismas anarquistas, 1795] la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789), sancionada durante la Revolución Francesa. En general, Bentham se manifestó en contra de la teoría de los derechos naturales y sostuvo que debía ser reemplazada por el principio de utilidad, “según el cual el único criterio que debe inspirar al buen legislador es el de hacer leyes que tengan por efecto la mayor felicidad del mayor número. (...) si deben existir límites al poder de los gobernantes, éstos no se derivan de la presuposición ilusoria de inexistentes (...) derechos naturales del hombre, sino de la consideración objetiva de que los hombres desean el placer y huyen del dolor, y por consiguiente la mejor sociedad es la que logra obtener el máximo de felicidad para el mayor número de sus componentes” (p. 69).

Mill retoma el planteo de Bentham, renuncia expresamente al iusnaturalismo y sostiene que la utilidad es el fundamento de la ética y del Estado liberal. Defiende el concepto de libertad negativa, es decir, “la libertad entendida como situación en la que se encuentra un sujeto (que puede ser tanto un individuo como un grupo que actúa como un todo) que no es impedido por una fuerza externa para hacer lo que él desea y no es constreñido a hacer lo que no desea” (p. 71). Hay que tener presente que Mill busca formular un principio sobre el que se asienten, por un lado, “los límites entre los cuales es lícito para el poder público restringir la libertad de los individuos, por otro lado (...), el ámbito en el cual los individuos o los grupos pueden actuar sin encontrar obstáculos en el poder del Estado” (pp. 71-72)

Es decir, procura delimitar la esfera privada respecto de la esfera pública. Mill defiende el principio según el cual la intervención del poder estatal sobre cualquier miembro de la comunidad civil se justifica con el propósito de  evitar un daño a los demás. Rechaza, por tanto, el paternalismo, entendido como “toda doctrina política que atribuye al Estado el derecho de intervención en la esfera interior del individuo con base en la consideración de que cada individuo, incluso el adulto, tiene necesidad de ser protegido  de sus propias inclinaciones e impulsos” (p. 73). 

En otras palabras, como buen liberal Mill pretende limitar con dicho principio la acción del Estado en el terreno de la libertad individual. Establece ese límite en el terreno de las acciones externas, es decir, aquellas que pueden afectar a otros individuos; en cambio, las acciones que se refieren solo a ese individuo (la conciencia interior, la libertad de pensamiento y de opinión, la libertad de actuar de acuerdo a sus propios gustos y proyectos, la libertad de asociación con otros individuos) deben ser salvaguardadas de la injerencia estatal. Si el Estado quebranta ese límite y se entromete en la esfera privada, entonces estaría reduciendo la felicidad del conjunto.

El quiebre respecto al iusnaturalismo como fundamento filosófico de la limitación del poder estatal despliega en este punto sus consecuencias. Para Mill lo más importante no es la utilidad del individuo aislado, sino la utilidad social, la felicidad de todos los involucrados. De este modo abre una puerta para pasar de la perspectiva individualista a una perspectiva que incorpora lo social (la sociedad) e inaugura, tal vez sin proponérselo, el debate al interior del liberalismo. 


Balvanera, viernes 26 de septiembre de 2025




NOTAS:

[1] Las principales obras de Mill en el terreno de la filosofía política son: On Liberty [Sobre la libertad], 1859; Considerations on Representative Government [Consideraciones sobre el gobierno representativo], 1863. Mill aborda expresamente la cuestión de la filosofía utilitarista en su ensayo Utilitarianism [Utilitarismo], 1863.

[2] “El presupuesto filosófico del Estado liberal, entendido como Estado limitado en contraposición al Estado absoluto, es la doctrina de los derechos del hombre elaborada por la escuela del derecho natural (o iusnaturalismo): la doctrina de acuerdo con la cual el hombre, todos los hombres indistintamente, tienen por naturaleza, y por tanto, sin importar su voluntad, mucho menos la voluntad de unos cuantos o de uno solo, algunos derechos fundamentales, como el derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad, a la felicidad, que el Estado, o más concretamente aquellos que en un determinado momento histórico detentan el poder legítimo de ejercer la fuerza para obtener la obediencia a sus mandatos, deben respetar no invadiéndolos y garantizarlos frente a cualquier intervención posible por parte de los demás.” (Bobbio, op. cit., p. 11)

[3] Bobbio cita a Bentham, quien afirma: “No existe nada semejante a los derechos naturales, nada similar a los derechos anteriores a las instituciones de gobierno, nada semejante a los derechos naturales, opuestos o en contradicción con los legales.” (Bobbio, op. cit., p. 69)



jueves, 18 de septiembre de 2025

LA ENDOGAMIA DEL PENSAMIENTO

 


Noche pampeana


Ariel Mayo (ISP J. V. González / UNSAM)

La endogamia es la noche del pensamiento. Una idea, una teoría que se encierra sobre sí misma y que deja de dialogar-confrontar con otras ideas y teorías, deriva rápidamente en un dogma y sus defensores se vuelven sectarios. La disposición a conocer y asimilar elementos de otras teorías, la atención prestada a lo nuevo en el campo de investigación, la aceptación del diálogo con otras perspectivas teóricas, son otros tantos indicadores de vitalidad. Todo esto es válido para las ciencias sociales; lo es todavía más cuando se trata de la teoría marxista (aquí partimos del supuesto, que debe ser demostrado, de que el marxismo todavía es útil para explicar el funcionamiento del capitalismo de nuestros días).

La reflexión sobre la sociedad, para ser fecunda, requiere del diálogo y la confrontación entre distintas perspectivas teóricas. No se trata de una declaración de buenas intenciones. La historia de la filosofía y de las ciencias sociales aporta ejemplos que permiten verificar empíricamente la importancia del diálogo-confrontación para la producción de conocimiento sobre la sociedad. Basta mencionar dos casos significativos.

La filosofía surgió en la Grecia antigua, es decir, en el lugar de  intersección de las ideas del Oriente opulento y del Occidente que comenzaba a organizarse en torno a sus primeras ciudades. Los comerciantes, en su ir y venir, iban esparciendo las noticias de otros cultos, otras costumbres, otras formas de organización política. Pero al interior de Grecia existía otro lugar (social) de intersección de ideas. En las polis griegas se desarrolló la democracia, con la asamblea de los ciudadanos como institución central del gobierno. En esta novedosa forma de gobierno era preciso tanto examinar y refutar los argumentos contrarios, como proporcionar pruebas favorables a los propios. En pocas palabras, había que persuadir y convencer por medio de argumentos. La filosofía surgió, pues, como producto de la confrontación entre ideas diferentes, derivada de la práctica del comercio y de la democracia.

El otro ejemplo de la importancia del diálogo-confrontación entre concepciones distintas es el origen del marxismo. La teoría marxista surgió en el período 1843-1848 en diálogo con el liberalismo (el político y el económico), con las diversas corrientes del socialismo y con la filosofía alemana. De hecho, el marxismo incorporó elementos del liberalismo y de la economía política, a punto tal que puede afirmarse, por ejemplo, que es imposible comprender la teoría marxista sin estudiar a fondo el liberalismo clásico. Sin ese diálogo-confrontación con otras corrientes teóricas no habría existido el marxismo ni se habría escrito, por ejemplo, El capital. 

Un indicador preciso de una época de crisis del pensamiento es la ausencia de intercambios entre perspectivas teóricas diferentes. En tiempos como los que nos ha tocado vivir, no está de más recordar la importancia de que una teoría no se encierre sobre sí misma. Esto, por supuesto, en el caso de que efectivamente nos propongamos una salida superadora a la crisis y que la teoría sea un insumo necesario para construir esa salida.


Balvanera, jueves 18 de septiembre de 2025