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miércoles, 29 de noviembre de 2023

MÁS ALLÁ DEL HUMO ELECTORAL

 

El Bosco, El jardín de las delicias (fragmento)



Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

A semana y media del triunfo de Javier Milei en el balotaje, y a medida que se disipa el humo electoral, van quedando algunas cosas claras y ya es posible hablar de ellas sin enredarse en discusiones inútiles.

Al decir que hay algunas cosas claras me refiero a cuestiones estructurales, que pueden verificarse de manera más o menos empírica, y no a los dichos cambiantes de los protagonistas.

La primer cuestión estructural es la debilidad de las diferentes fuerzas políticas. El triunfo de Milei dejó maltrechas a las dos grandes coaliciones que se disputaron el gobierno del país desde hace un poco menos de dos décadas (el hecho mismo de que se trate de coaliciones y no de fuerzas políticas relativamente unificadas da cuenta de que los problemas venían de mucho antes de que Milei asomara la cabeza).

El peronismo no sólo perdió en la mayoría de los distritos electorales, sino que vio como el conjunto de las ideas que sostuvo desde 2003 en adelante y que le permitieron atraer a sectores importantes de la población, fueron rechazadas mayoritariamente por los votantes (por supuesto, ese rechazo se venía expandiendo desde hace mucho tiempo). Así, por ejemplo, la redistribución de recursos por vía estatal quedó sepultada, por lo menos momentáneamente, en las urnas.

Las manifestaciones de odio hacia los planeros, el aumento del encono hacia la educación pública (aun de sectores que mandan a sus hijos a las escuelas estatales), la difusión de la idea que hay que pagar todo lo que puede ser pagado y más, etc., etc., son expresiones de un cambio de época. En este punto hay que decir que la incapacidad del kirchnerismo para resolver el estancamiento de la economía a partir de 2011, que fue vaciando progresivamente de contenido a la frase “Estado presente”, fue la gran promotora de esa reacción antiestatal, pero, así y todo, no deja de asombrar la magnitud y profundidad de la reacción. Es razonable pensar que la (pésima) política del presidente Fernández frente a la pandemia contribuyó a llevar las cosas al siguiente nivel.

En 2015 y 2019 la mayoría del electorado votó a favor del cambio, es decir, por un mejoramiento de las condiciones de vida que se venían deteriorando aceleradamente desde 2011. En 2023 la mayoría del electorado sufragó adrede por el ajuste, entendiendo que las cosas no podían seguir como durante el desastroso gobierno de Alberto Fernández. El peronismo recibió de lleno el impacto y hoy se encuentra huérfano de liderazgo y de ideas.

La coalición opositora, cuyo núcleo duro es el PRO de Mauricio Macri, no salió del proceso electoral en mejores condiciones. Si bien Macri unió su suerte a la de Milei y le llenó de ministros propios el gabinete, la realidad indica que Macri fracasó en su intento de ser presidente por segunda vez, a punto tal que ni siquiera pudo presentarse como candidato. Además, la lucha interna entre Rodríguez Larreta y Bullrich terminó por aniquilar la competitividad electoral de la coalición, aniquilamiento cuya expresión fue el tercer puesto en las elecciones generales de octubre. En la práctica, la coalición opositora al kirchnerismo dejó de existir y las fuerzas que la integran están en un proceso de reconfiguración.

Paradójicamente, la fuerza triunfante en el balotaje no se encuentra en mejores condiciones que las coaliciones derrotadas. La Libertad Avanza de Javier Milei es un armado heterogéneo, construido para poder participar en las elecciones, y en ese armado imperó el principio “los melones se acomodan andando”. Es probable que Milei mismo no creyera que iba a llegar al gobierno y por eso descuidó la construcción de una fuerza política, pero el hecho es que resultó presidente electo y, a la fecha, no cuenta con los cuadros necesarios para armar el gobierno.

El milagro mileisiano de las renuncias de integrantes de un gabinete que todavía no entró en funciones, la danza de nombres que son renunciados apenas se los hace públicos, todo ello se explica, en parte, por la debilidad y fragmentación de las fuerzas políticas. Y esa situación de debilidad es consecuencia de la incapacidad de dichas fuerzas para encontrar la salida al estancamiento económico que lleva más de una década.

La segunda cuestión estructural es la ausencia de un acuerdo en la clase dominante respecto a cuál debe ser la salida para la crisis y eso se manifiesta en la ausencia de un programa económico. La derrota de Massa (y en menor medida la de Bullrich en las generales) se explica por la innegable incapacidad de las dos grandes coaliciones políticas para resolver los problemas económicos del país, pero detrás de esa incapacidad asoman las carencias de la clase dominante o, para hablar con propiedad, de la burguesía argentina.

Milei demostró ser un gran agitador con las consignas de dolarización y motosierra, pero una vez ganadas las elecciones es otro el cantar. La dolarización, el cierre del Banco Central, pasaron rápidamente a mejor vida. La designación de Caputo al frente del ministerio de Economía y la decisión de implementar un fuerte ajuste fiscal muestran que no hay un plan consistente (o, por lo menos, todavía falta mucho para tenerlo). En los hechos y no en las palabras, Milei reconoció que no tenía ni plan económico ni equipo, y que ambos se están armando sobre la marcha.

Se habla de improvisación, de colonización del gabinete por el macrismo, de pragmatismo, de abandono de los “ideales libertarios”. La cuestión es mucho más profunda y va más allá de Milei y de La Libertad Avanza. A riesgo de ponerme cargoso, vuelvo a insistir en que desde 2011 las dos grandes fuerzas políticas mostraron en la práctica ser incapaces de restablecer el crecimiento de la economía. Vivimos en una crisis constante que nunca termina de desatarse completamente y que se traduce en un persistente deterioro de la calidad de vida para la mayoría de la población. Ello está modificando profundamente las condiciones sociales y políticas, acelerando la fragmentación y el individualismo.

Pero es importante tener en cuenta que no se trata sólo de las fuerzas políticas. Un plan económico expresa las necesidades y los intereses de determinados sectores de la clase capitalista. Me refiero a esa clase porque es sabido que una economía capitalista se reactiva por medio de la inversión, y son los capitalistas quienes tienen la capacidad de invertir. Ahora bien, si la economía argentina está estancada desde 2011 eso significa que la clase dominante carece de un plan de salida de la crisis o, si se prefiere, que sus diferentes fracciones no se ponen de acuerdo acerca de cuál es la salida.

Es cierto que la superficie de la política es atractiva, porque allí están los cargos y los privilegios de la “casta” (parafraseando a Milei), pero hay que hacer el esfuerzo para salir de lo coyuntural y animarse a mirar las cuestiones estructurales. Sobre todo si se quiere construir una salida que no sea la de la clase dominante.

No hay que olvidar que Milei, Macri y Massa, pero también la burguesía argentina, son “casta”, en el sentido de que gozan de la vida a costa de las penurias de la mayoría de la población.

 

Balvanera, miércoles 29 de noviembre de 2023

martes, 21 de noviembre de 2023

MAS APUNTES SOBRE EL TRIUNFO DE MILEI

 

Francisco de Goya, El coloso


Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

El presidente electo Javier Milei, en su discurso de la noche del 19 de noviembre, dijo que él era “el primer presidente liberal libertario en la historia de la humanidad” y que la mayoría de los argentinos votó a favor de las “ideas de la libertad”, es decir, las ideas del liberalismo cuyos ejes principales son: gobierno limitado, respeto a la propiedad privada y comercio libre.

Milei (por lo menos hasta ahora) demostró ser un ideólogo, es decir, alguien que está convencido de que las ideas gobiernan al mundo y que los hechos deben acomodarse a las ideas. Es lógico, por tanto, que en el discurso de celebración de su triunfo electoral proclame la victoria del liberalismo.

Pero las ideologías no gobiernan el mundo.

En la vida diaria muy pocas personas toman sus decisiones en base a criterios ideológicos. Voy al supermercado no porque sus dueños sean liberales, socialistas o peronistas, sino porque tiene mejores precios, porque me queda cerca, porque compro todo lo que necesito en un solo lugar, etc., etc.

Las ideologías siempre son minoritarias, y son tanto más minoritarias cuanto más complejas se vuelven. La inmensa mayoría de los votantes de Milei desconocen las obras de Rothbard, Hayek o Benegas Lynch. Por eso es erróneo afirmar que la mayoría de los argentinos votó por las ideas de “la libertad”.

Por eso también es erróneo aseverar que una parte importante de los argentinos votó por el “fascismo”.

El voto a un candidato se explica por múltiples factores, y la ideología sólo es uno de ellos (y está lejos de ser el más importante).

La ideología no gobierna el mundo.

Si ponemos a la ideología en su lugar, hay otra cosa que nos autoriza a decir que Milei tiene una parte de razón en su discurso. Es verdad que no triunfaron las “ideas de la libertad”, pero también es cierto que se impuso el individualismo.

El individualismo no es una ideología, en el sentido de una concepción del mundo más o menos estructurada, más o menos elaborada. El individualismo es una manera de ser en lo cotidiano, en las relaciones con nuestros semejantes. Su esencia consiste en ponerse a uno mismo como el centro del universo y considerar a los demás como cosas que sirven para lograr los propios objetivos.

Una década de estancamiento de la economía, aumento de la pobreza y de la precarización laboral, salarios reales por el piso, deterioro de la educación y la salud públicas. Todo ello alentó el desarrollo del individualismo, aunque no necesariamente debía desembocar en su triunfo en toda la sociedad. Hacía falta algo más.

Ese algo más es la fragmentación social.

La clase trabajadora argentina fue la más homogénea de América Latina hasta 1976. Esa homogeneidad relativa explica su capacidad para enfrentar con éxito los planes de ajuste, su influencia sobre el resto de la sociedad y, en última instancia, el peronismo.

La clase obrera argentina dejó de ser homogénea hace mucho tiempo. Sin entrar en detalles (el lector puede consultar las fuentes estadísticas), en una enumeración rápida encontramos: trabajadores de sectores de alta productividad y sectores de baja productividad; trabajadores bajo convenio colectivo y trabajadores fuera de convenio; trabajadores con estabilidad laboral y trabajadores precarizados; trabajadores estatales y trabajadores privados, etc., etc.

No sólo la clase trabajadora se fragmentó. Algo semejante ocurrió con el conjunto de los sectores sociales. La sociedad argentina es hoy un montón de islas, con uno que otro archipiélago, pero no hay nada parecido a un continente. Sólo la selección de fútbol genera un consenso mayoritario.

Una sociedad estancada en lo económico, empobrecida y fragmentada en lo social, es una sociedad en la que existe una enorme predisposición a que se imponga el ¡Sálvese quién pueda! Como actitud generalizada.

El resultado de estos procesos fue el individualismo.

Un individualismo exacerbado que minó las construcciones colectivas.

Milei fue quien mejor interpretó el individualismo que recorría todos los espacios de la sociedad argentina. De ahí su capacidad para interpretar tanto a los jóvenes precarizados como a los jóvenes emprendedores.

El 19 de noviembre no se impusieron las “ideas de la libertad”. Ganó o, mejor dicho, ratificó su hegemonía el individualismo.

Las ideologías no gobiernan el mundo. Por eso es mejor bajar al suelo de lo cotidiano y observar cómo las condiciones sociales fomentan ciertas formas de pensar y marginan a otras.

Milei surgió de esta tierra, como el mate y el dulce de leche. Para enfrentarlo hay que empezar por conocer esta tierra, es decir, esta sociedad. Y sólo después hay que poner la lupa en las ideologías.

 

Balvanera, martes 21 de noviembre de 2023


lunes, 20 de noviembre de 2023

APUNTES (BREVÍSIMOS) SOBRE EL TRIUNFO DE MILEI

 

Goya. Saturno devorando a su hijo


Ariel Mayo (UNSAM / ISP J. V. González) 

 

El resultado del balotaje fue del domingo 19 de noviembre fue el esperable, si se deja de lado el miedo y la incertidumbre que generan las frases y la orientación ideológica de Javier Milei. Todos sabemos que con el diario del lunes los análisis son sencillos pero, objetivamente, Sergio Massa no podía ganar. Sólo la personalidad de Milei logró que Massa fuera competitivo hasta el final.

Ministro de Economía con 140% de inflación anual mata candidato.

La victoria de Milei se remonta a mucho antes de que el presidente electo iniciara su meteórica carrera política. La economía del país se estancó en 2011 y ni el peronismo ni el macrismo fueron capaces de restablecer el crecimiento. Ello se tradujo en inflación en ascenso y el consiguiente incremento de la pobreza. El resultado es conocido: para el primer semestre de 2023 la pobreza en Argentina alcanzó el 40,1%, mientras que la indigencia representó el 9,3%. En números: 18,5 millones de personas vivían en la pobreza (y 4,3 millones de ellas eran indigentes). Todavía más, entre los niños de 0 a 14 años el 56,2% eran pobres.

Cifras lapidarias que permiten caracterizar el gobierno de Alberto Fernández.

En 2019 el PJ ganó las elecciones con la promesa de terminar con el deterioro de las condiciones de vida verificado durante el gobierno de Mauricio Macri. Sin embargo, lejos de mejorar, la situación de la mayoría de la población siguió empeorando.

Más de una década de estancamiento económico, de aumento de la pobreza, de deterioro de la salud y de la educación públicas, de precarización de las relaciones laborales. Más de una década de caída de las condiciones de vida de la mayoría de la población.

Más de una década. Nada es gratis en política y las elecciones de 2023 fueron la presentación de la factura por esa mayoría de la población. El candidato Massa pagó la factura con su derrota estrepitosa en el balotaje de 2023.

La victoria de Milei comenzó a gestarse hace mucho tiempo. No fue sólo el fracaso de las dos grandes coaliciones (kirchnerismo y macrismo) para revertir el estancamiento económico. Más en general, hubo una especie de actitud de época, especialmente notoria entre el kirchnerismo y los sectores progresistas, tendiente a subestimar los efectos políticos del empeoramiento de las condiciones de vida de la mayoría de la población.

Karl Marx, ignorado ecuménicamente en estos tiempos, decía que “no es la conciencia de los seres humanos lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia”.

En el caso argentino, las condiciones materiales, expulsadas por el sistema político, fueron reintroducidas por el político menos pensado: Javier Milei. En medio del empobrecimiento de la mayoría de los argentinos, los dirigentes de los principales partidos se dedicaron a debatir cuestiones secundarias y a enfrascarse en interminables internas. Cada vez más separados de las condiciones materiales de la población, los políticos fueron fácil presa de un gran agitador como Milei.

Nada de los escrito aquí debe interpretarse como una explicación del triunfo de Milei. Se trata, apenas, de señalar que las condiciones materiales (y no el discurso) siguen jugando un papel primordial en los procesos políticos. Y le tocó a Milei el demostrarlo.

 

Balvanera, lunes 20 de noviembre de 2023

domingo, 29 de octubre de 2023

LA ARROLADORA FUERZA DEL CAMBIO, O DE CÓMO UN LIBERAL ARREMETE CONTRA EL INDIVIDUALISMO: REFLEXIONES SOBRE TOCQUEVILLE

 

Alexis de Tocqueville


Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

“No ignoro que muchos han creído y creen todavía que las cosas de este mundo las dirigen la fortuna y Dios, sin ser dado a la prudencia de los hombres hacer que varíen, ni haber para ellas remedio alguno; de suerte que, siendo inútil preocuparse por lo que ha de suceder, lo mejor es abandonarse a la suerte. En nuestra época han acreditado esta opinión los grandes cambios que se han visto y se ven todos los días, superiores a toda humana previsión.”

N. Maquiavelo, El príncipe [1]

 

“Un mundo nuevo requiere una ciencia política nueva.”

Alexis de Tocqueville, La democracia en América

 

 

¿Un ensayo sobre Alexis de Tocqueville? ¿Qué sentido tiene gastar tiempo y palabras en un autor del siglo XIX, vinculado al conservadurismo liberal o al liberalismo conservador? ¿Acaso no tenemos temas más importantes de que ocuparnos?

Sin embargo, Alexis de Tocqueville (1805-1859) nos sigue interpelando. No podemos ignorarlo y volver a la zona de confort académico (ni tampoco sumir al propio Tocqueville en la academia, es decir, otra forma de ignorarlo). Por supuesto, el lector puede preguntar a esta altura: ¿en qué consiste esa interpelación y por qué resulta ineludible para quienes estamos interesados en la sociología y en la política de nuestro tiempo?

Para dar respuesta a la pregunta precedente es preciso volver a Maquiavelo (1469-1527). Mas concretamente, al epígrafe con el que se abre este ensayo. Maquiavelo es consciente de estar viviendo una época de enormes cambios (en términos modernos: el desarrollo de la economía mercantil, los descubrimientos geográficos y la expansión del mundo conocido por los europeos, la aparición de los Estados nacionales, la revolución científica y la crisis del pensamiento medieval, etc.). Las transformaciones generan vértigo y confusión en las personas; muchas de ellas piensan que los cambios son inexplicables; otras prefieren aferrarse al pasado antes que afrontar lo desconocido; otro grupo opta por la resignación ante un curso de los acontecimientos que parece inmodificable. Pero Maquiavelo no se deja arrastrar por la corriente. Por eso escribe, casi a continuación de nuestro epígrafe: “Creo que de la fortuna depende la mitad de nuestras acciones, pero que nos deja a nosotros dirigir la otra mitad, o casi.” [2] En otras palabras, frente al fatalismo y el misticismo Maquiavelo apuesta a la razón, que procura poner orden en el caos. De esta actitud surgió la ciencia política de Maquiavelo, la primera ciencia social moderna.

Nuestro tiempo se asemeja al de Maquiavelo. En esta segunda década del siglo XXI las certezas parecen esfumarse. Vivimos en la incertidumbre. Frente a ella: el misticismo, los fundamentalismos, el disparate liso y llano; diferentes “salidas” para huir de los cambios que nos abruman. Las personas se desesperan por encontrar algún sentido a su existencia y no verse arrastrados en un torbellino de acontecimientos e imágenes.

En 2023 la necesidad de volver a apostar por la razón es acuciante. El capitalismo en su estadio avanzado (no confundir, por favor, con estadio terminal o algo por el estilo) agudiza el individualismo y lleva la fragmentación de lo social al paroxismo. No se trata de una tendencia novedosa, pues es inherente a la organización capitalista de la sociedad, pero lo nuevo es la intensidad de la fragmentación, cómo la misma se ha extendido a todos los aspectos de la vida humana.

El impacto del individualismo ha sido devastador sobre la ciencia de la sociedad (o las ciencias sociales, si así lo prefiere el lector). En el transcurso de pocas décadas, la Ciencia de la sociedad ha pasado a ser la ciencia del individuo, para devenir luego en Discurso sobre el individuo. En el camino hemos perdido a la ‘Ciencia’ y a la ‘Sociedad’. Se han cruzado tantas líneas rojas que hoy predomina lo individual, cuyos extremos son, por un lado, la glorificación de la autopercepción y, por el otro, la exaltación de la (micro) descripción, que hace que lo general se esfume en las descripciones de lo microsocial llevadas a niveles ridículos (a modo de ejemplo grotesco: una investigación cuyo tema sea el análisis de la influencia del peronismo en los boletines de calificaciones de los alumnos y alumnas de 4° B de la escuela x de Venado Tuerto en 1948).

Pero la sociedad no es sólo azar y egoísmo. No es vapor que podamos disipar a voluntad. Por el contrario, lo social posee una materialidad sui generis [3], que ofrece resistencia si se lo ignora como ocurre en la actualidad. El individualismo exacerbado se estrella tarde o temprano contra esta peculiar materialidad de lo social. Las crisis son una de las expresiones de ese choque.

Ahora bien, la tarea de la ciencia de la sociedad es reducir la incertidumbre, no destruir la idea misma de sociedad. El núcleo de la sociedad son las relaciones sociales, que no pueden ser reducidas a un contrato celebrado entre individuos autónomos que pueden hacer lo que les plazca. Por el contrario, las relaciones sociales moldean a los individuos. [4] Si se acepta esta última afirmación se comprende la utilidad de abandonar la idea de que los individuos construyen la sociedad a su imagen y semejanza, y pasar a buscar otras herramientas teóricas para comprender el funcionamiento de la totalidad social. Una de esas herramientas es la noción de proceso. Un proceso, tal como lo entendemos aquí, es el desenvolvimiento de un sistema complejo, constituido por un cúmulo de relaciones sociales, en el que coexisten regularidades e incertidumbres.

Tocqueville comprendió como pocos la idea de proceso. Frente a la Revolución Francesa (y, aunque no la nombre, a la Revolución Industrial), un noble cuyos padres escaparon por un pelo de la guillotina, podía manifestar un rechazo completo, refugiándose en la defensa del pasado, calificando a la Revolución como el producto de mentes criminales y/o fanáticas, que venía a romper la armonía tradicional. Pero hizo algo bien diferente: se esforzó por mostrar que la Revolución formaba parte de un proceso cuyos orígenes se remontaban a muchos siglos atrás.

La introducción a La democracia en América (1835) [5] constituye una muestra de la manera en que Tocqueville concebía al proceso social. El texto puede dividirse en dos partes: en la primera, el autor analiza las características y el desarrollo del proceso de igualación; en la segunda, esboza una propuesta política para dirigir la marcha de ese proceso. En este ensayo me ocuparé exclusivamente de la primera.

El punto de partida de Tocqueville es el reconocimiento de la existencia de un proceso que presenta características semejantes en EE. UU. y en Francia, cuyos rasgos principales son la igualación de condiciones y el ascenso de la democracia. Este proceso influye sobre las leyes, las costumbres políticas y la sociedad civil. Se trata de un fenómeno que no obedece a las peculiaridades de tal o cual país, ni a la voluntad o a las buenas (o malas) decisiones de los políticos. Su potencia es tal que constituye “el hecho generador del que [parece] derivarse cada hecho particular” (p. 9).

Tocqueville caracteriza el proceso afirmando que:

“Una gran revolución democrática se está operando entre nosotros [se refiere a Europa]. Todos la ven, mas no todos la juzgan de la misma manera. Unos la consideran como una cosa nueva, y tomándola por un accidente, esperan poder detenerla todavía; mientras que otros la juzgan irresistible, por parecerles el hecho más ininterrumpido, más antiguo y más permanente que se conoce en la historia.” (p. 10)

Cabe aclarar que nuestro autor considera que democracia e igualación de condiciones son sinónimos o, si se prefiere, dos caras de la misma moneda. Se preocupa por mostrar en todo momento que la igualación no es un hecho casual o pasajero, sino que constituye el núcleo de los fenómenos que permiten explicar el pasaje de la sociedad feudal a la sociedad capitalista. Frente a quienes sostiene que la voluntad individual crea la historia (son ellos quienes piensan que la revolución democrática es un “accidente” y que puede ser “detenida”), Tocqueville insiste en la potencia del proceso:

“Por todas partes se ha visto que los diversos incidentes de la vida de los pueblos se inclinan a favor de la democracia. Todos los hombres le han ayudado con sus esfuerzos: los que luchan por ella y los que se declaran ser sus enemigos; todos han sido empujados confusamente por la misma vía y todos han actuado en común, unos contra su voluntad y otros sin advertirlo, como ciegos instrumentos de Dios.” (p. 12; el resaltado es mío – AM-)

Tocqueville enuncia aquí la base de la ciencia de la sociedad: las acciones de los individuos están moldeadas por las relaciones sociales, de manera tal que el resultado de sus acciones es bien diferente a sus intenciones iniciales. [6] Existen, por lo tanto, regularidades, las que pueden ser estudiadas por la ciencia. Se trata de un punto fundamental, pues si no existieran las regularidades, la ciencia entera sobraría, pues las acciones de las personas serían ininteligibles.

El proceso de desarrollo de la democracia se inició en Francia alrededor del 1100, cuando la nobleza, cuyo dominio sobre la sociedad se basaba en la propiedad territorial, comenzó a perder poder. Tocqueville no atribuye el debilitamiento de la nobleza a un único factor, sino a la influencia conjunta del fortalecimiento de diversos actores sociales (el clero, los juristas, los financistas, los intelectuales, la monarquía, etc.), cada uno de los cuales expresó la emergencia de un proceso particular. Sin embargo, Tocqueville sostiene que todos estos fenómenos confluyeron en un denominador común: el achicamiento de la distancia social entre las clases de la sociedad.

Tocqueville no indica con claridad cuál es el motor que impulsa el proceso de igualación. No obstante, destaca el papel igualador del dinero y, por ende, de la economía mercantil:

“Desde que los ciudadanos comenzaron a poseer la tierra por medios distintos a los del sistema feudal [7] y, ya reconocida, la riqueza mobiliaria pudo, a su vez, crear influencia y otorgar poder, no hubo descubrimientos en las artes, ni adelantos en el comercio y en la industria que no significaran nuevos elementos de igualdad entre los hombres. A partir de ese momento, todos los procedimientos que se descubren, todas las necesidades que nacen y todos los deseos que piden ser satisfechos constituyen otros tantos avances hacia la nivelación universal.” (p. 11)

Como es sabido, la sociología de los siglos XIX y XX prestó especial atención al problema de la transición del feudalismo al capitalismo. Tocqueville (no importa aquí si corresponde caracterizarlo como sociólogo) no es la excepción y plantea que el núcleo de esa transición es el proceso de igualación, el cual se basa, a su vez, en el desarrollo de la economía mercantil, que opera como variable independiente, modificando a la variable dependiente (la igualación de las relaciones sociales).

La igualación de las condiciones sociales opera como una aplanadora sobre las relaciones sociales tradicionales:

“El desarrollo gradual de la igualdad de las condiciones constituye, pues, un hecho providencial, con sus principales características: es universal, es duradero, escapa siempre a la potestad humana y todos los acontecimientos, así como todos los hombres, sirven a su desarrollo.” (p. 12).

En Tocqueville está presente una concepción de los fenómenos sociales diametralmente opuesta al individualismo imperante en nuestros días. Las decisiones de los individuos, sus acciones, no se dan en el vacío, sino que se hallan condicionadas y moldeadas por la vida social, por las relaciones que establecen entre sí. Esto se plasma en su planteo del desarrollo inexorable de la igualación de condiciones. Comprender esto implica abrir la puerta para poder comenzar a elaborar una ciencia de la sociedad; rechazar esta perspectiva y aferrarse al individualismo conduce a una visión unilateral de la totalidad social y, en el límite, es la autopista al misticismo que niega la posibilidad misma de las ciencias sociales.

No encuentro mejor manera de finalizar este ensayo que volver a insistir en el hecho de que vivimos una época de profundas transformaciones. Y un mundo nuevo requiere de una ciencia nueva.

 

 

Balvanera, domingo 29 de octubre de 2023


NOTAS:

[1] Machiavelli [Maquiavelo], N. (1955). El príncipe. Madrid: Universidad de Puerto Rico y Revista de Occidente, p. 444.

[2] Machiavelli [Maquiavelo], N., op. cit., p. 444.

[3] La expresión es del sociólogo francés Émile Durkheim (1858-1917): “no es su generalización la que puede servir para caracterizar los fenómenos sociológicos. Un pensamiento que se encuentra en todas las conciencias, un movimiento que repiten todos los individuos no por ello son hechos sociales. Si nos hemos contentado con ese aspecto para definirlos, es porque se les ha confundido, con lo que podríamos llamar sus encarnaciones individuales. Lo que los constituye son las creencias, las tendencias, las prácticas del grupo considerado colectivamente; en cuanto a las formas que revisten los estados colectivos al refractarse en los individuos, son cosas de otra especie. Lo que demuestra categóricamente esta doble naturaleza es que estos dos órdenes de hechos se presentan a menudo disociados. En efecto, algunos de esos modos de actuar o de pensar adquieren, mediante su repetición, una especie de consistencia que los precipita, por decirlo así, y los aísla de los acontecimientos particulares que los reflejan. Adquieren de esta manera un cuerpo, una forma sensible que les es propia y constituyen una realidad sui generis, muy distinta de los hechos individuales que la manifiestan.” (Durkheim, E., Las reglas del método sociológico, México D. F., Fondo de Cultura Económica, pp. 43-44)

[4] Karl Marx (1818-1883) expresó esta idea en el prólogo a la 1° edición de El capital: “aquí sólo se trata de personas en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social, menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una creatura por más que subjetivamente pueda elevarse sobre las mismas.” (Marx, K., El capital. Crítica de la economía política. Libro Primero: El proceso de producción de capital I, México D. F.; Siglo XXI, 1996, p. 8.)

[5] Tocqueville, A. (1995). La democracia en América, I. Madrid: Alianza, pp. 9-21.

[6] Adam Smith (1723-1790) expresó esta idea en el famoso pasaje sobre la “mano invisible: “En la medida en que todo individuo procura en lo posible invertir su capital en la actividad nacional y orientar esa actividad para que su producción alcance el máximo valor, todo individuo necesariamente trabaja para hacer que el ingreso anual de la sociedad sea el máximo posible. Es verdad que por regla general él ni intenta promover el interés general ni sabe en qué medida lo está promoviendo. Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera él sólo persigue su propia seguridad; y al orientar esa actividad de manera de producir un valor máximo él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo” (Smith, A., La riqueza de las naciones: Libros I, II y III y selección de los Libros IV y V. Madrid, Alianza, 1996, p. 554). O sea, los individuos persiguen fines sociales sin ser conscientes de ello…Smith nos ofrece así una descripción precisa de la determinación social de las acciones de las personas.

[7] Se refiere al hecho de que la tierra se convierte en mercancía y, por lo tanto, se puede comprar (y vender).

lunes, 25 de septiembre de 2023

EL LIBERALISMO CONTRA LA AUTORREGULACIÓN DEL MERCADO: COMENTARIOS SOBRE LOCKE

 

Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

Francisco de Goya, El sueño de la razón produce monstruos


 

“Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras,

sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno.”

Thomas Hobbes, Leviatán (1651)

 

John Locke (1632-1704) puso las bases del liberalismo en su obra Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1690)[i]. Dada la importancia que tienen en la actualidad los políticos y los partidos que se reivindican liberales, resulta útil revisitar los planteos lockeanos, para comprender las continuidades y las rupturas entre el liberalismo de nuestros días y el liberalismo clásico.

Como dispongo de poco espacio, comenzaré haciendo un resumen de los postulados fundamentales del Segundo Tratado. Locke afirma que existe un estado previo a la existencia de la sociedad y el Estado, al que denomina estado de naturaleza, conformado por individuos que viven sin lazos sociales que limiten sus acciones. La sociedad no existe naturalmente; por el contrario, para existir requiere de un acto de voluntad de las personas, quienes deben tomar la decisión de abandonar el estado de naturaleza. Pero esa decisión no es algo obvio para quienes viven en el estado presocial, pues allí gozan de la libertad y la propiedad. En efecto, en el estado de naturaleza, las personas crean su propiedad privada mediante el trabajo, transformando y apropiándose los objetos con su esfuerzo físico y mental; incluso, toman la decisión de conceder al oro y a la plata un valor superior a su utilidad y, así, permitir la compra de bienes en cantidades superiores a las necesidades del comprador, abriendo la puerta para la distribución desigual de la riqueza[ii]. En pocas palabras, en el estado de naturaleza hay propiedad privada, dinero, compra y venta de mercancías, desigualdad de fortuna entre los individuos: es una economía mercantil en estado puro. ¡Y todo ello sin tener que pagar impuestos ni verse sometidos a las regulaciones estatales! Es el Edén de los propietarios.

En este punto cabe preguntarse: si en el estado de naturaleza los individuos gozan de la propiedad que forjan con su trabajo y son libres de hacer lo que les plazca, ¿por qué optan por abandonar ese estado idílico y formar una sociedad? En otros términos, ¿los seres humanos no pueden autorregularse sin necesidad del poder estatal?

Ahora bien, puesto que el estado de naturaleza no es otra cosa que una economía mercantil pura, la pregunta precedente puede reformularse así: ¿el mercado puede autorregularse?

Aquí llegamos al núcleo del problema. El liberalismo clásico (Locke) responde negativamente a la pregunta formulada en el párrafo anterior. Muchos liberales actuales, en cambio, afirman que la respuesta es afirmativa y por eso cargan contra el Estado, al que achacan la responsabilidad de todo los males pasados, presentes y futuros. La cuestión excede el marco de la filosofía política (y también el de la economía), y se convierte en un problema político, cuya importancia salta a la vista.

Este ensayo se divide en dos partes: en la primera se esbozan las razones por las que se pasa del estado de naturaleza a la sociedad política, según lo expuesto por Locke; en la segunda se desarrollan algunas consideraciones acerca de los errores de la tesis de la autorregulación del mercado.


Las razones para salir del estado de naturaleza, o de la inevitabilidad del Estado para la economía de mercado:

Locke discute la posibilidad de que los seres humanos se autorregulen en el capítulo 9 (De los fines de la sociedad política y del gobierno). Su presentación de la cuestión es clara y precisa:

“Si en el estado de naturaleza la libertad de un hombre es tan grande como hemos dicho; si él es el señor absoluto de su propia persona y de sus posesiones en igual medida que puede serlo el más poderoso; y si no es súbdito de nadie, ¿por qué decide mermar su libertad? ¿Por qué renuncia a su imperio y se somete al dominio y control de otro poder?” (p. 134)

La respuesta cae como un mazazo sobre la tesis de la autorregulación: en el estado de naturaleza predomina la incertidumbre; nadie está seguro de que su propiedad no le sea arrebatada por otra persona; la libertad se convierte en miedo.

“Aunque en el estado de naturaleza tiene el hombre todos esos derechos, está, sin embargo, expuesto constantemente a la incertidumbre y a la amenaza de ser invadido por otros. Pues, como en el estado de naturaleza todos son reyes lo mismo que él, cada hombre es igual a los demás; y como la mayor parte de ellos no observa estrictamente la equidad y la justicia, el disfrute de la propiedad que un hombre tiene en un estado así es sumamente inseguro.” (p. 134).

O sea, el estado de máxima libertad se convierte en el estado de máxima incertidumbre. La paradoja se comprende si se tiene en cuenta que los individuos que viven en el estado de naturaleza se comportan como propietarios privados que llevan sus mercancías al mercado y, por ende, compiten entre sí para obtener mayores beneficios. El estado de naturaleza es, repito, una economía de mercado ideal. Por eso Locke concibe la naturaleza humana como la naturaleza del productor de mercancías: es la naturaleza de un individuo egoísta (sólo piensa en sí mismo y ve a las demás personas como medios para alcanzar sus fines mercantiles) y competitivo[iii]. En cada individuo prima la búsqueda del propio beneficio, por ende es imposible que se impongan las leyes de la naturaleza, es decir, aquellas surgidas de la razón y que llaman a respetar la vida, la libertad y la igualdad de todos los seres humanos. Casi nadie (siendo generosos) respeta “la equidad y la justicia”.

Para que la propiedad privada, la libertad y el mercado puedan subsistir se vuelve imprescindible la creación de una institución capaz de regular a los individuos y poner un límite a la lucha entre ellos. Ese límite es el Estado (la sociedad política):

El grandes y principal fin que lleva a los hombres a unirse en Estados y ponerse bajo un gobierno es la preservación de la propiedad, cosa que no podían hacer en el estado de naturaleza, por faltar en él muchas cosas” (p. 135; el resaltado es mío – AM-).

Locke es taxativo: en el estado de naturaleza no se preserva la propiedad privada, que es el núcleo de la sociedad burguesa. Los seres humanos no pueden autorregular sus relaciones sociales, ni de proporcionar, por ende, las seguridades necesarias para el funcionamiento normal de la economía de mercado.

Tres carencias del estado de naturaleza impiden que pueda garantizar la preservación de la propiedad privada: a) la ausencia de una ley establecida, fija y conocida por todas las personas; 2) la falta de “un juez público e imparcial, con autoridad para resolver los pleitos que surjan entre los hombres, según una ley establecida” (p. 135); 3) la falta de un poder que respalde y empodere a las sentencias de ese juez.

El Edén de los propietarios se convierte en la pesadilla de los propietarios y éstos se pechan por salir de ese estado y constituir la sociedad política:

“Así, la humanidad, a pesar de todos los privilegios que conlleva el estado de naturaleza, padece una condición de enfermedad mientras se encuentra en tal estado; y por eso se inclina a entrar en sociedad cuanto antes (…) Pues los inconvenientes a los que están allí expuestos (inconvenientes que provienen del poder que tiene cada hombre para castigar las transgresiones de los otros) los llevan a buscar protección bajo las leyes establecidas del gobierno, a fin de procurar la conservación de su propiedad.” (p. 136).

La propiedad privada necesita del Estado para subsistir. Para Locke no hay nada más que decir sobre esta cuestión.


La utopía de la autorregulación del mercado:

Si bien Locke no tiene nada más para decirnos acerca de las razones del pasaje del estado de naturaleza a la sociedad política, nosotros estamos obligados a seguir adelante para desarrollar el argumento contra la tesis de la autorregulación de la economía de mercado. Dicha tesis aparece, aunque matizada (al fin y al cabo se reconoce la existencia y la necesidad del Estado, pues de lo contrario se caería en el disparate), en los manuales de economía que se leen en las universidades

Tal como se indicó, el estado de naturaleza es el Edén de los propietarios, una economía mercantil pura. Allí los propietarios individuales utilizan dinero y acumulan riquezas mediante el trabajo y el uso del oro y la plata. No pagan impuestos, pues no hay Estado. En esa economía idealizada sólo hay individuos, pues precisamente la economía mercantil disuelve los grupos sociales. En el imperio de la mercancía no hay espacio para la solidaridad entre los seres humanos.

Pero ese Edén se desvanece rápidamente dado que los seres humanos son incapaces de autorregularse debido a las peculiaridades de su naturaleza, pues son seres egoístas que siguen su propio interés y que no pueden regularse sin intervención externa. En otras palabras, economía mercantil y Estado constituyen un par inseparable. Las tres carencias mencionadas por Locke son otros tantos indicadores de la incapacidad de la economía mercantil para regularse a sí misma y, en definitiva, para preservar lo más sagrado del capitalismo: la propiedad privada.

Del análisis de Locke se concluye que la utopía liberal de la autorregulación de la economía de mercado es inviable, pues esta no puede constituir ninguna comunidad estable ni garantizar la seguridad de la institución esencial del capitalismo: la propiedad privada. De ahí que el Estado venga a establecer la unidad necesaria para que los individuos propietarios no caigan a la guerra de todos contra todos. La exposición lockeana de los motivos por los que los individuos deciden abandonar el estado de naturaleza muestra con claridad la mencionada inviabilidad.

“Pero aunque los hombres, al entrar en sociedad, renuncian a la igualdad, a la libertad y al poder ejecutivo que tenían en el estado de naturaleza (…), esa renuncia es hecha por cada uno con la exclusiva intención de preservarse a sí mismo y a preservar su libertad y su propiedad de una manera mejor (…) Y por eso, el poder de la sociedad o legislativo constituido por ellos, no puede suponerse que vaya más allá de lo que pide el poder común, sino que ha de obligarse a asegurar la propiedad de cada uno, protegiéndolos a todos contra aquellas tres deficiencias (…) que hacían del estado de naturaleza una situación insegura y difícil.” (pp. 137-138)

Locke elabora, desde el liberalismo, una refutación radical del argumento que afirma que el mercado puede autorregularse. La economía de mercado llevada a su estado puro se desintegra a sí misma. Asoma, pues, el Leviatán…

 

 

Balvanera, lunes 25 de septiembre de 2023


NOTAS:

[i] Para la redacción de este ensayó utilicé la traducción española de Carlos Mellizo: Locke, J. (2000). Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil: Un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin del Gobierno Civil. Madrid: Alianza. 238 p. (El libro de bolsillo, Área de conocimiento: Humanidades; 4415). La primera edición de la obra se publicó con autor anónimo en 1689, si bien en la portada figura la fecha 1690: Two Treatises of Government In the Former, The False Principles, and Foundation of Sir Robert Filmer, and His Followers, Are Detected and Overthrown. The Latter Is an Essay Concerning The True Original, Extent, and End of Civil Government. Londres: Awnsham Churchill.

[ii] Ver el desarrollo de este argumento en el cap. 5 del Segundo Tratado.

[iii] El contexto social e histórica modela la conciencia, pone los moldes – los límites – de lo que puede llegar a pensar el individuo. Una vez más (tal como pensaba Marx) el ser social determina la conciencia. Por eso, dos filósofos tan distintos como Hobbes y Locke, imaginan una naturaleza humana semejante, cuyo rasgo central es el egoísmo y que se plasma en individuos egoístas que ven a los otras personas como competidores). Esa naturaleza no es otra cosa que la idealización de las relaciones sociales propias de una economía mercantil.

lunes, 14 de agosto de 2023

LA POLÍTICA RABIOSA

Javier Milei luego del triunfo en las PASO


Aunque resulta paradójico, el gran ganador de las elecciones PASO de ayer en Argentina fue un socialista. Que se entienda (y esta afirmación también es paradójica): ganador en el plano de las ideas. Me explico. El socialista Karl Marx decía que el ser social determina la conciencia. La verdad de esta afirmación quedó demostrada con los resultados de los comicios.

Un gobierno con más de 100% de inflación anual, con salarios pauperizados y precarización del empleo, con jubilaciones y pensiones de miseria, con alquileres de viviendas por la estratosfera y con delincuentes que matan niñas en las puertas de las escuelas, no puede ganar una elección. Billetera mata galán, la inflación vence a la “mística” (ya sea la peronista o la que se ponga en su lugar). Si a esto le agregamos que el candidato del oficialismo es el ministro de Economía, entonces resulta evidente que nada puede malir sal.

Una oposición cuyos logros cuando ocupó el gobierno con Mauricio Macri fueron: la devaluación del peso, el crecimiento de la inflación, la pulverización de los salarios, el endeudamiento demencial con el FMI y el uso intensivo de la reposera por el entonces presidente.

Alberto Fernández y Mauricio Macri. Dos presidencias desastrosas con la reducción del poder adquisitivo de los trabajadores y jubilados como política de Estado. ¿Cómo no pensar que esos desastres tendrían consecuencias electorales?

Un peronismo “de izquierda” (Grabois) que promueve la receta empobrecedora de la “economía popular” (léase aceptación del trabajo precario y mal pago) y que, en los hechos, funciona como colectora del ministro de Economía con 100 y pico % de inflación.

Una izquierda trotskista que mira hacia el pasado y no al futuro, que acepta las reglas de juego de esta “democracia empobrecedora” y cuyo horizonte política pasa por conseguir 1 o 2 diputados más por elección. Un FIT (hoy FIT-U) que no es visto como alternativa de poder, que no asusta a los dueños del poder y que no enamora a nadie.

El ser social (simplificando, la forma en que se vive) domina la conciencia (en este caso, el voto).

El voto a Milei expresa el cansancio y el hartazgo frente a un gobierno que proclama la justicia social y en la práctica no hace más que gestionar la asistencia a un número creciente de pobres. Cansancio y hartazgo frente a Juntos por el Cambio que ya gobernó y se mostró tan inepto como el peronismo para mejorar las condiciones de vida de la población. Hartazgo frente a los vendedores de humo y chamuyeros que sólo buscan mejorar sus propias condiciones de vida accediendo a cargos públicos. Hartazgo frente a políticos que han convertido al ñoqui en uno de los emblemas nacionales. Hartazgo frente a un Estado presente en el salario de los funcionarios, pero en retirada en salud, educación, vivienda, seguridad, etc., etc.

El voto a Milei no es el triunfo de las ideas liberales. La mayoría de los ciudadanos no vota en base a ideología. El triunfo de La Libertad Avanza muestra (una vez más) que sin condiciones materiales no hay derechos que valgan. Milei, a su manera, demostró que nuestra democracia está desnuda y que se ha convertido en fábrica de pobres, de delincuentes y de desesperados.

Las fuerzas políticas tradicionales (un amplio arco que va desde Unión por la Patria, pasando por Juntos por el Cambio y que incluye al FIT-U) hablan del pasado. Milei logró convencer a sus votantes de que hay futuro, aunque ese futuro sea inviable en lo técnico (ejemplo: la dolarización) y espantoso en su concreción (aumento exponencial de la pobreza). Pero cabe recordar que en política y al momento de los comicios, lo que importa es que las personas se convenzan de que un futuro x es posible, con independencia de la factibilidad de su realización.

Los militantes de Milei, luego del triunfo, cantaban el hit de diciembre de 2001: ¡Qué se vayan todos!, ¡que no quede ni uno solo! Algo de verdad hay en ello. La Libertad Avanza está empezando a enterrar a las fuerzas (kirchnerismo y macrismo) y al sistema político que llevó adelante la salida de la crisis de 2001.

Milei ya dijo lo suyo. Ahora es el momento de dejar de enterrar de una vez por todas el pasado y empezar a construir, en el pensamiento y en la práctica, una alternativa que contemple los intereses de los trabajadores, los jubilados y los demás sectores populares. Tarea larga, sin certezas a la vista, pero imprescindible para quienes defendemos la necesidad y la conveniencia del socialismo. Aunque no esté de moda en estos días.

 

Villa del Parque, lunes 14 de agosto de 2023


domingo, 2 de julio de 2023

EL REY ESTÁ DESNUDO: TUCÍDIDES, EL DEBATE DE MELOS Y LA FUERZA COMO ARQUITECTA DEL SISTEMA INTERNACIONAL

 

Goya, "Los desastres de la guerra"


Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

“Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras,

sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno.”

Thomas Hobbes, Leviatán

 

El estallido de la guerra entre Rusia y Ucrania-OTAN en 2022 es parte del aumento de las tensiones internacionales iniciado con el deterioro de la hegemonía política y económica de EE. UU, consecuencia, entre otras cosas, del ascenso de China al rango de superpotencia.

¿Cómo abordar la nueva situación internacional, cuya expresión más terrible es la guerra?

En este breve artículo no nos proponemos analizar ni las causas del conflicto ni los rasgos que va asumiendo el cambiante escenario internacional. En cambio, abordaremos otra cuestión, que reaparece una y otra vez cuando se produce una crisis del sistema internacional. Se trata del problema de las justificaciones de las acciones de los Estados o, dicho de otro modo, el tema de los motivos que determinan esas acciones.

Los voceros de varios de los Estados en pugna (me refiero a EE. UU. y varios miembros de la OTAN) ponen el acento en el enfoque ideológico: en Ucrania se enfrentan la libertad y la democracia versus el autoritarismo y la dictadura. Según este enfoque, los que combaten y mueren en las trincheras no son personas de carne y hueso, sino los principios.

¿Qué pueden decir las ciencias sociales al respecto?

El problema de las relaciones entre los Estados es tan antiguo como la existencia misma de los Estados. Por ello no es de extrañar que la filosofía política se ocupara de él. Ya desde muy temprano se enunciaron una serie de principios sólidos que permiten ir más allá de las justificaciones ideológicas o meramente económicas. Lo curioso (no tan curioso) del caso es que esos logros se abandonan una y otra vez cuando la propaganda tiene que convencer a las personas de ir a la guerra. Así, la religión, la libertad, la civilización, la democracia y otras grandes palabras son invocadas para justificar las guerras, sepultando los avances de la ciencia de la sociedad.

La historia se repita una y otra vez. Los argumentos se perfeccionan de una época a otra, así como también los procedimientos técnicos para asesinar cada vez con mayor eficacia. De ahí la importancia de retomar una línea de análisis que pone al desnudo los motivos reales de las guerras. Si no podemos evitar las guerras, al menos estamos en condiciones de develar sus motivos y quitar la máscara del patriotismo (entre otras máscaras) a las clases dominantes que luchan por intereses materiales. Esto parece más productivo que condenar la inmoralidad e inhumanidad de la guerra


Tucídides (c. 460-c. 396 a. C.) fue un historiador griego, que vivió unos dos mil cuatrocientos años antes que Putin, Zelensky, Biden y compañía. Fue partícipe e historiador de la guerra del Peloponeso (431-404 a. C.)[1], un conflicto que enfrentó a las polis de toda Grecia, encolumnadas detrás de Atenas o de Esparta. La guerra fue devastadora y estuvo, como no podía ser de otra manera, plagada de atrocidades. En especial, una de ellas captó la atención de Tucídides: el sitio de la isla de Melos por Atenas en 416 a. C., que terminó con la ejecución de todos los hombres y la esclavización de las mujeres y los niños[2]. La escueta referencia no deja de producir escalofríos, que se intensifican si se tiene en cuenta la disparidad de medios bélicos entre Atenas y Melos. La primera, una de las dos grandes potencias del mundo griego, con la marina más poderosa de la Hélade; la segunda, una pequeña comunidad que podía oponer a los atenienses apenas unos cientos de combatientes. La suerte de Melos estaba echada desde el momento mismo en que fue atacada por una flota ateniense, con el argumento de que los melios se habían aliado a Esparta.

Tucídides dedica poco espacio a los pormenores de la lucha, pues no cabía ninguna duda del resultado. De hecho, resulta asombroso su interés en un episodio relativamente menor, que no ejerció mayor influencia en el desarrollo militar de la contienda. Pero Tucídides se concentra en los argumentos de una y otra parte, y escribe un texto clásico dentro de una obra clásica: el Diálogo de los melios. No cabe duda de que el ateniense Tucídides se sintió conmovido por la suerte de los melios. Y ello le hizo escribir un lúcido análisis de las causas que determinan las acciones de los Estados en el escenario internacional, el que puede ser visto como la primera exposición de la corriente realista en relaciones internacionales.


Masacre de My Lai, Vietnam del Sur (1968)

Tucídides expone un debate (probablemente imaginario) entre atenienses y melios, previo al estallido de las hostilidades, cuando la flota de Atenas ya había desembarcado tropas en la isla. Esto último da cuenta de que no se trataba de una negociación llevada adelante en condiciones de serenidad; todo lo contrario: los melios se hallaban entre la espada y la pared.

Los melios iniciaron el debate procurando situarlo en el ámbito del derecho, algo razonable si se tiene en cuenta la mencionada disparidad de fuerzas militares con los atenienses. Los atenienses, en cambio, pusieron inmediatamente los límites de lo que se iba a debatir:

“si habéis venido a este coloquio para formular suposiciones sobre el futuro o para cualquier otra cosa que no sea deliberar acerca de la salvación de vuestra ciudad, partiendo de la situación presente y de la realidad que está ante vuestros ojos, ya podemos levantar la sesión” (V, 87)

La enseñanza es clara: quien tiene la fuerza, pone las condiciones y los términos de las negociaciones diplomáticas. Sólo en una situación de paridad (relativa) de fuerzas las partes aceptan negociar en condiciones de igualdad (relativa).

En este punto Tucídides revela el secreto de las relaciones internacionales a través de las palabras de los atenienses:

“Vosotros habéis aprendido, igual que lo sabemos nosotros, que en las cuestiones humanas las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan” (V, 89; el resaltado es mío – AM-)

De modo que la fuerza rige las relaciones entre los Estados. Y el objetivo de cada Estado consiste en preservar sus intereses, sin importar ni el derecho ni ética. Nuevamente tienen la palabra los atenienses:

“Lo que queremos demostrar es que estamos aquí para provecho de nuestro imperio y que os haremos unas propuestas con vistas a la salvación de vuestra ciudad, porque queremos dominaros sin problemas y conseguir que vuestra salvación sea de utilidad para ambas partes” (Libro V, 91; el resaltado es mío – AM-)

Como los melios tenían esperanzas de que los espartanos acudieran en su auxilio, los atenienses reafirman que la fuerza es el principio rector de las relaciones internacionales:

“Los lacedemonios, en sus relaciones entre ellos y en lo que concierne a las instituciones de su país, practican la virtud en grado sumo; respecto a su comportamiento con los demás, en cambio, cabría decir muchas cosas, pero, para resumir brevemente, podríamos manifestar que de los pueblos que conocemos son los que, de la forma más clara, consideran honroso lo que les da placer y justo lo que les conviene” (V, 105; el resaltado es mío – AM-)

En pocas palabras, ni los atenienses ni los espartanos se regían por el derecho ni la justicia. Utilizaban la fuerza contra los Estados más débiles para imponer los objetivos de su política.

Esta presentación del argumento ateniense contiene los principios básicos que rigen la política exterior de los países. Tucídides no pudo evitar la tragedia de Melos, pero tuvo la lucidez de poner al desnudo las razones que sustentaban la política exterior de Atenas. Con ello contribuyó de modo inestimable a la construcción de la teoría de la sociedad. Tucídides mostró que, detrás de las grandes palabras (libertad, honor, democracia) el rey estaba desnudo. O, mejor dicho, estaba vestido con las ropas de los intereses materiales.


Invasión estadounidense a Granada (1983)


El 25 de octubre de 1983 los EE. UU. invadieron la isla caribeña de Granada (344 Km² y poco más de 100000 habitantes). La excusa de la invasión era terminar con la amenaza que representaba el régimen granadino para la seguridad de la superpotencia. Lo inverosímil de la justificación corría parejo con la inconmensurable superioridad militar norteamericana.

Entre la ocupación de Melos y la invasión a Granada transcurrieron poco más de 2400 años. Las diferencias entre la organización social ateniense y la estadounidense son notorias. Pero la política internacional continua rigiéndose por principios semejantes.

La semejanza entre Melos y Granada puede llevar a adoptar una visión pesimista de los asuntos humanos. Es comprensible. Pero hay otra actitud posible: investigar las causas que determinan que la fuerza sea un elemento central en el sistema internacional. EE. UU, y Rusia, como Atenas y Esparta en la antigüedad, utilizan la fuerza para conseguir sus intereses. Pero ello no quita que sea necesario indagar qué condiciones son necesarias en cada época para el uso de la fuerza.

La clarificación del papel jugado por la violencia modifica la relación de fuerzas, pues la conciencia de que es la fuerza (y no la ideología) el medio que determina la posición de cada Estado en el escenario internacional se convierte en un factor significativo. En pocas palabras, la ciencia permite conocer las condiciones de posibilidad para el uso de la fuerza. Eso no alcanza para evitar tragedias como la de Melos, pero es un comienzo.

 

Villa del Parque, domingo 2 de julio de 2023

 



NOTAS:

[1] Es autor de Historia de la guerra del Peloponeso. Todas las citas del presente artículo corresponden a la traducción española de Juan José Torres Esbarranch: Madrid, Gredos, 2007 (tomo III, que contiene los Libros V-VI de la obra).

[2] “…llegó de Atenas un nuevo cuerpo expedicionario al mando de Filócrates, hijo de Demeas, los melios ya se vieron asediados con todo rigor; entonces, al aparecer por añadidura la traición entre ellos, se rindieron a los atenienses, entregándose a su discreción. Los atenienses mataron a todos los melios adultos que apresaron y redujeron a la esclavitud a niños y mujeres.” (V, 116, 3-4)