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domingo, 29 de octubre de 2023

LA ARROLADORA FUERZA DEL CAMBIO, O DE CÓMO UN LIBERAL ARREMETE CONTRA EL INDIVIDUALISMO: REFLEXIONES SOBRE TOCQUEVILLE

 

Alexis de Tocqueville


Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

“No ignoro que muchos han creído y creen todavía que las cosas de este mundo las dirigen la fortuna y Dios, sin ser dado a la prudencia de los hombres hacer que varíen, ni haber para ellas remedio alguno; de suerte que, siendo inútil preocuparse por lo que ha de suceder, lo mejor es abandonarse a la suerte. En nuestra época han acreditado esta opinión los grandes cambios que se han visto y se ven todos los días, superiores a toda humana previsión.”

N. Maquiavelo, El príncipe [1]

 

“Un mundo nuevo requiere una ciencia política nueva.”

Alexis de Tocqueville, La democracia en América

 

 

¿Un ensayo sobre Alexis de Tocqueville? ¿Qué sentido tiene gastar tiempo y palabras en un autor del siglo XIX, vinculado al conservadurismo liberal o al liberalismo conservador? ¿Acaso no tenemos temas más importantes de que ocuparnos?

Sin embargo, Alexis de Tocqueville (1805-1859) nos sigue interpelando. No podemos ignorarlo y volver a la zona de confort académico (ni tampoco sumir al propio Tocqueville en la academia, es decir, otra forma de ignorarlo). Por supuesto, el lector puede preguntar a esta altura: ¿en qué consiste esa interpelación y por qué resulta ineludible para quienes estamos interesados en la sociología y en la política de nuestro tiempo?

Para dar respuesta a la pregunta precedente es preciso volver a Maquiavelo (1469-1527). Mas concretamente, al epígrafe con el que se abre este ensayo. Maquiavelo es consciente de estar viviendo una época de enormes cambios (en términos modernos: el desarrollo de la economía mercantil, los descubrimientos geográficos y la expansión del mundo conocido por los europeos, la aparición de los Estados nacionales, la revolución científica y la crisis del pensamiento medieval, etc.). Las transformaciones generan vértigo y confusión en las personas; muchas de ellas piensan que los cambios son inexplicables; otras prefieren aferrarse al pasado antes que afrontar lo desconocido; otro grupo opta por la resignación ante un curso de los acontecimientos que parece inmodificable. Pero Maquiavelo no se deja arrastrar por la corriente. Por eso escribe, casi a continuación de nuestro epígrafe: “Creo que de la fortuna depende la mitad de nuestras acciones, pero que nos deja a nosotros dirigir la otra mitad, o casi.” [2] En otras palabras, frente al fatalismo y el misticismo Maquiavelo apuesta a la razón, que procura poner orden en el caos. De esta actitud surgió la ciencia política de Maquiavelo, la primera ciencia social moderna.

Nuestro tiempo se asemeja al de Maquiavelo. En esta segunda década del siglo XXI las certezas parecen esfumarse. Vivimos en la incertidumbre. Frente a ella: el misticismo, los fundamentalismos, el disparate liso y llano; diferentes “salidas” para huir de los cambios que nos abruman. Las personas se desesperan por encontrar algún sentido a su existencia y no verse arrastrados en un torbellino de acontecimientos e imágenes.

En 2023 la necesidad de volver a apostar por la razón es acuciante. El capitalismo en su estadio avanzado (no confundir, por favor, con estadio terminal o algo por el estilo) agudiza el individualismo y lleva la fragmentación de lo social al paroxismo. No se trata de una tendencia novedosa, pues es inherente a la organización capitalista de la sociedad, pero lo nuevo es la intensidad de la fragmentación, cómo la misma se ha extendido a todos los aspectos de la vida humana.

El impacto del individualismo ha sido devastador sobre la ciencia de la sociedad (o las ciencias sociales, si así lo prefiere el lector). En el transcurso de pocas décadas, la Ciencia de la sociedad ha pasado a ser la ciencia del individuo, para devenir luego en Discurso sobre el individuo. En el camino hemos perdido a la ‘Ciencia’ y a la ‘Sociedad’. Se han cruzado tantas líneas rojas que hoy predomina lo individual, cuyos extremos son, por un lado, la glorificación de la autopercepción y, por el otro, la exaltación de la (micro) descripción, que hace que lo general se esfume en las descripciones de lo microsocial llevadas a niveles ridículos (a modo de ejemplo grotesco: una investigación cuyo tema sea el análisis de la influencia del peronismo en los boletines de calificaciones de los alumnos y alumnas de 4° B de la escuela x de Venado Tuerto en 1948).

Pero la sociedad no es sólo azar y egoísmo. No es vapor que podamos disipar a voluntad. Por el contrario, lo social posee una materialidad sui generis [3], que ofrece resistencia si se lo ignora como ocurre en la actualidad. El individualismo exacerbado se estrella tarde o temprano contra esta peculiar materialidad de lo social. Las crisis son una de las expresiones de ese choque.

Ahora bien, la tarea de la ciencia de la sociedad es reducir la incertidumbre, no destruir la idea misma de sociedad. El núcleo de la sociedad son las relaciones sociales, que no pueden ser reducidas a un contrato celebrado entre individuos autónomos que pueden hacer lo que les plazca. Por el contrario, las relaciones sociales moldean a los individuos. [4] Si se acepta esta última afirmación se comprende la utilidad de abandonar la idea de que los individuos construyen la sociedad a su imagen y semejanza, y pasar a buscar otras herramientas teóricas para comprender el funcionamiento de la totalidad social. Una de esas herramientas es la noción de proceso. Un proceso, tal como lo entendemos aquí, es el desenvolvimiento de un sistema complejo, constituido por un cúmulo de relaciones sociales, en el que coexisten regularidades e incertidumbres.

Tocqueville comprendió como pocos la idea de proceso. Frente a la Revolución Francesa (y, aunque no la nombre, a la Revolución Industrial), un noble cuyos padres escaparon por un pelo de la guillotina, podía manifestar un rechazo completo, refugiándose en la defensa del pasado, calificando a la Revolución como el producto de mentes criminales y/o fanáticas, que venía a romper la armonía tradicional. Pero hizo algo bien diferente: se esforzó por mostrar que la Revolución formaba parte de un proceso cuyos orígenes se remontaban a muchos siglos atrás.

La introducción a La democracia en América (1835) [5] constituye una muestra de la manera en que Tocqueville concebía al proceso social. El texto puede dividirse en dos partes: en la primera, el autor analiza las características y el desarrollo del proceso de igualación; en la segunda, esboza una propuesta política para dirigir la marcha de ese proceso. En este ensayo me ocuparé exclusivamente de la primera.

El punto de partida de Tocqueville es el reconocimiento de la existencia de un proceso que presenta características semejantes en EE. UU. y en Francia, cuyos rasgos principales son la igualación de condiciones y el ascenso de la democracia. Este proceso influye sobre las leyes, las costumbres políticas y la sociedad civil. Se trata de un fenómeno que no obedece a las peculiaridades de tal o cual país, ni a la voluntad o a las buenas (o malas) decisiones de los políticos. Su potencia es tal que constituye “el hecho generador del que [parece] derivarse cada hecho particular” (p. 9).

Tocqueville caracteriza el proceso afirmando que:

“Una gran revolución democrática se está operando entre nosotros [se refiere a Europa]. Todos la ven, mas no todos la juzgan de la misma manera. Unos la consideran como una cosa nueva, y tomándola por un accidente, esperan poder detenerla todavía; mientras que otros la juzgan irresistible, por parecerles el hecho más ininterrumpido, más antiguo y más permanente que se conoce en la historia.” (p. 10)

Cabe aclarar que nuestro autor considera que democracia e igualación de condiciones son sinónimos o, si se prefiere, dos caras de la misma moneda. Se preocupa por mostrar en todo momento que la igualación no es un hecho casual o pasajero, sino que constituye el núcleo de los fenómenos que permiten explicar el pasaje de la sociedad feudal a la sociedad capitalista. Frente a quienes sostiene que la voluntad individual crea la historia (son ellos quienes piensan que la revolución democrática es un “accidente” y que puede ser “detenida”), Tocqueville insiste en la potencia del proceso:

“Por todas partes se ha visto que los diversos incidentes de la vida de los pueblos se inclinan a favor de la democracia. Todos los hombres le han ayudado con sus esfuerzos: los que luchan por ella y los que se declaran ser sus enemigos; todos han sido empujados confusamente por la misma vía y todos han actuado en común, unos contra su voluntad y otros sin advertirlo, como ciegos instrumentos de Dios.” (p. 12; el resaltado es mío – AM-)

Tocqueville enuncia aquí la base de la ciencia de la sociedad: las acciones de los individuos están moldeadas por las relaciones sociales, de manera tal que el resultado de sus acciones es bien diferente a sus intenciones iniciales. [6] Existen, por lo tanto, regularidades, las que pueden ser estudiadas por la ciencia. Se trata de un punto fundamental, pues si no existieran las regularidades, la ciencia entera sobraría, pues las acciones de las personas serían ininteligibles.

El proceso de desarrollo de la democracia se inició en Francia alrededor del 1100, cuando la nobleza, cuyo dominio sobre la sociedad se basaba en la propiedad territorial, comenzó a perder poder. Tocqueville no atribuye el debilitamiento de la nobleza a un único factor, sino a la influencia conjunta del fortalecimiento de diversos actores sociales (el clero, los juristas, los financistas, los intelectuales, la monarquía, etc.), cada uno de los cuales expresó la emergencia de un proceso particular. Sin embargo, Tocqueville sostiene que todos estos fenómenos confluyeron en un denominador común: el achicamiento de la distancia social entre las clases de la sociedad.

Tocqueville no indica con claridad cuál es el motor que impulsa el proceso de igualación. No obstante, destaca el papel igualador del dinero y, por ende, de la economía mercantil:

“Desde que los ciudadanos comenzaron a poseer la tierra por medios distintos a los del sistema feudal [7] y, ya reconocida, la riqueza mobiliaria pudo, a su vez, crear influencia y otorgar poder, no hubo descubrimientos en las artes, ni adelantos en el comercio y en la industria que no significaran nuevos elementos de igualdad entre los hombres. A partir de ese momento, todos los procedimientos que se descubren, todas las necesidades que nacen y todos los deseos que piden ser satisfechos constituyen otros tantos avances hacia la nivelación universal.” (p. 11)

Como es sabido, la sociología de los siglos XIX y XX prestó especial atención al problema de la transición del feudalismo al capitalismo. Tocqueville (no importa aquí si corresponde caracterizarlo como sociólogo) no es la excepción y plantea que el núcleo de esa transición es el proceso de igualación, el cual se basa, a su vez, en el desarrollo de la economía mercantil, que opera como variable independiente, modificando a la variable dependiente (la igualación de las relaciones sociales).

La igualación de las condiciones sociales opera como una aplanadora sobre las relaciones sociales tradicionales:

“El desarrollo gradual de la igualdad de las condiciones constituye, pues, un hecho providencial, con sus principales características: es universal, es duradero, escapa siempre a la potestad humana y todos los acontecimientos, así como todos los hombres, sirven a su desarrollo.” (p. 12).

En Tocqueville está presente una concepción de los fenómenos sociales diametralmente opuesta al individualismo imperante en nuestros días. Las decisiones de los individuos, sus acciones, no se dan en el vacío, sino que se hallan condicionadas y moldeadas por la vida social, por las relaciones que establecen entre sí. Esto se plasma en su planteo del desarrollo inexorable de la igualación de condiciones. Comprender esto implica abrir la puerta para poder comenzar a elaborar una ciencia de la sociedad; rechazar esta perspectiva y aferrarse al individualismo conduce a una visión unilateral de la totalidad social y, en el límite, es la autopista al misticismo que niega la posibilidad misma de las ciencias sociales.

No encuentro mejor manera de finalizar este ensayo que volver a insistir en el hecho de que vivimos una época de profundas transformaciones. Y un mundo nuevo requiere de una ciencia nueva.

 

 

Balvanera, domingo 29 de octubre de 2023


NOTAS:

[1] Machiavelli [Maquiavelo], N. (1955). El príncipe. Madrid: Universidad de Puerto Rico y Revista de Occidente, p. 444.

[2] Machiavelli [Maquiavelo], N., op. cit., p. 444.

[3] La expresión es del sociólogo francés Émile Durkheim (1858-1917): “no es su generalización la que puede servir para caracterizar los fenómenos sociológicos. Un pensamiento que se encuentra en todas las conciencias, un movimiento que repiten todos los individuos no por ello son hechos sociales. Si nos hemos contentado con ese aspecto para definirlos, es porque se les ha confundido, con lo que podríamos llamar sus encarnaciones individuales. Lo que los constituye son las creencias, las tendencias, las prácticas del grupo considerado colectivamente; en cuanto a las formas que revisten los estados colectivos al refractarse en los individuos, son cosas de otra especie. Lo que demuestra categóricamente esta doble naturaleza es que estos dos órdenes de hechos se presentan a menudo disociados. En efecto, algunos de esos modos de actuar o de pensar adquieren, mediante su repetición, una especie de consistencia que los precipita, por decirlo así, y los aísla de los acontecimientos particulares que los reflejan. Adquieren de esta manera un cuerpo, una forma sensible que les es propia y constituyen una realidad sui generis, muy distinta de los hechos individuales que la manifiestan.” (Durkheim, E., Las reglas del método sociológico, México D. F., Fondo de Cultura Económica, pp. 43-44)

[4] Karl Marx (1818-1883) expresó esta idea en el prólogo a la 1° edición de El capital: “aquí sólo se trata de personas en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social, menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una creatura por más que subjetivamente pueda elevarse sobre las mismas.” (Marx, K., El capital. Crítica de la economía política. Libro Primero: El proceso de producción de capital I, México D. F.; Siglo XXI, 1996, p. 8.)

[5] Tocqueville, A. (1995). La democracia en América, I. Madrid: Alianza, pp. 9-21.

[6] Adam Smith (1723-1790) expresó esta idea en el famoso pasaje sobre la “mano invisible: “En la medida en que todo individuo procura en lo posible invertir su capital en la actividad nacional y orientar esa actividad para que su producción alcance el máximo valor, todo individuo necesariamente trabaja para hacer que el ingreso anual de la sociedad sea el máximo posible. Es verdad que por regla general él ni intenta promover el interés general ni sabe en qué medida lo está promoviendo. Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera él sólo persigue su propia seguridad; y al orientar esa actividad de manera de producir un valor máximo él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo” (Smith, A., La riqueza de las naciones: Libros I, II y III y selección de los Libros IV y V. Madrid, Alianza, 1996, p. 554). O sea, los individuos persiguen fines sociales sin ser conscientes de ello…Smith nos ofrece así una descripción precisa de la determinación social de las acciones de las personas.

[7] Se refiere al hecho de que la tierra se convierte en mercancía y, por lo tanto, se puede comprar (y vender).

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