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jueves, 26 de junio de 2014

LOS INTELECTUALES “PROGRESISTAS” Y LA DEUDA EXTERNA: COMENTARIOS SOBRE UN ARTÍCULO DE EMIR SADER

Tras varios años de permanecer oculta debajo de la alfombra, la cuestión de la deuda externa volvió al centro de la escena política nacional. El reciente fallo del juez Griesa, favorable a los fondos buitre, mostró en toda su dimensión el fracaso de la política kirchnerista en esta área.

En criollo: el kirchnerismo pagó deuda externa como ningún otro gobierno argentino. Realizó dos reestructuraciones de la deuda, con supuestas “quitas” sobre el capital adeudado (amortiguadas por los beneficios que otorgó a los ahorristas el cupón atado al crecimiento del PBI). Concedió a Repsol una jugosa indemnización por la expropiación de YPF. Acordó pagar al Club de París la totalidad de la deuda, en un monto mayor al reconocido por el Ministerio de Economía de nuestro país y en un plazo menor al que dicho Club concede a los deudores. No en balde la presidenta Cristina Fernández definió a su gobierno como “pagadores seriales”. Ahora bien, todo este esfuerzo resultó inútil, por lo menos desde el punto de vista de los trabajadores argentinos. En el período que va desde el 2004 hasta el 2014 el monto de la deuda externa argentina siguió incrementándose. Así, a finales de 2013 alcanzó la cifra de 202 mil millones de dólares. Pongamos esta cifra en perspectiva: en 1976, la deuda externa era de 8500 millones de dólares; al terminar la dictadura, en 1983, ascendía a 44 mil millones; en 1989, era de 65 mil millones; en el gobierno de Duhalde (2003-2004), llego a los 176 mil millones.

Entre el gobierno de Duhalde y finales de 2013, la deuda externa argentina se incrementó en 26 mil millones de dólares. En el mismo período y según cifras proporcionadas por Cristina Fernández, Argentina pagó 173 mil millones de dólares a los acreedores externos.

O sea, en 10 años pagamos un monto casi equivalente a la totalidad de la deuda externa durante el gobierno de Duhalde. Pero hoy debemos 26 mil millones de dólares más. Sin comentarios…

Hoy, después de 10 años de pago desenfrenado a los acreedores externos, algunos  datos muestran la otra cara de la deuda: el 35 % de los trabajadores se encuentran precarizados; un 25 % de la población está en la pobreza; la mayor parte de los jubilados cobran haberes miserables. Y siguen las firmas. Todo eso en el marco de altas tasas de crecimiento económico durante la mayor parte de esa década.

A pesar de lo anterior, numerosos intelectuales afirman que la Argentina vivió una etapa de “revolución cultural” y/o de transformaciones que favorecieron a los sectores populares. En este sentido, el proceso kirchnerista es puesto en pie de igualdad con otros procesos latinoamericanos, en el marco de una especie de epopeya antiimperialista y antimonopolista.
Emir Sader, sociólogo brasileño, expresa cabalmente la posición expuesta en el párrafo anterior. Basta leer su artículo “"Contraofensiva de la derecha internacional"”, publicado en la edición del lunes 24 de junio del periódico Página/12.

Sader sostiene que el fallo del juez Griesa se inscribe en el contexto de una contraofensiva general de la “derecha internacional” contra los gobiernos “progresistas” latinoamericanos que desafiaron el Consenso de Washington. Las cifras sobre la situación social en Argentina permiten poder en duda la caracterización de “progresista” para el kirchnerismo. Las ganancias obtenidas por las corporaciones transnacionales en América Latina también permiten poner en duda el carácter “progresista” del conjunto de esos gobiernos. Salvo que, por supuesto, se entienda por “progresista” una política tendiente a asegurar las ganancias del capital.

Sader define así la política de los países “progresistas” de América Latina:

“…los países latinoamericanos que siguieron creciendo y distribuyendo renta, disminuyendo la desigualdad que aumenta exponencialmente en el centro del sistema, son un factor de perturbación, son la prueba concreta de que otra forma de enfrentar la crisis es posible. Que se puede distribuir renta, recuperar el rol activo del Estado, apoyarse en los países del Sur del mundo y resistir a la crisis.”

Como ya señalé, los datos de la situación argentina permiten afirmar que Sader está equivocado, por lo menos en lo que hace a nuestro país. Sigamos adelante. Sader sostiene que la contraofensiva de la derecha va dirigida contra la estrategia adoptada por Argentina en el tema de la deuda. Según él, dicha estrategia fue exitosa y constituye un ejemplo para otros países:

“La formidable arquitectura de renegociación de la deuda argentina nunca fue asimilada por ellos. Quieren que sea un mal ejemplo para Grecia, Portugal, España, Egipto, Ucrania y tantos otros países aprisionados en las trampas del FMI. Tienen que demostrar que los dictados de la dictadura del capital especulativo son ineludibles.”

Resulta difícil de entender cómo una estrategia que se tradujo en un aumento del monto de la deuda, luego de una década de pago desenfrenado, pueda concebirse como un éxito y un ejemplo.

Sader identifica al “capital especulativo” como el enemigo de Argentina y de los países “progresistas” latinoamericanos en general. En sus palabras:

“La nueva ofensiva en contra de Argentina tiene que ser contestada por todos los gobiernos latinoamericanos que son, en distintos niveles, igualmente víctimas del capital especulativo, que se resiste a reciclar las inversiones productivas que necesitamos. Es hora de que los gobiernos de los otros países de la región no sólo acompañen a las misiones argentinas, sino que también asuman la disposición de imponer impuestos a la libre circulación del capital financiero. Una medida indispensable, urgente, que sólo puede ser asumida por un conjunto de países en forma de unidad.”

Siempre limitándome al análisis del caso argentino, cabe decir dos cosas para poner en entredicho el argumento de Sader: a) el año pasado, el sector que obtuvo mayores ganancias en el 2013 fue el de los bancos; b) entre 2007-2012 se produjo una fuga de capitales estimada en 80 mil millones hasta el cepo cambiario. En otras palabras, durante la década kirchnerista el llamado capital financiero (o especulativo, si se prefiere) recibió un trato preferencial, permitiendo que acumulara importantes ganancias y tuviera los dólares necesarios para fugar al exterior.

Pero la cuestión del capital especulativo es mucho más compleja del planteo que hace Sader. En una economía capitalista el trabajo es el creador de valor. Esto ya es sabido desde los tiempos de Adam Smith. Por tanto, el capital aplicado a la producción es quien genera el plusvalor que se reparte el conjunto de los capitalistas. En otras palabras, sólo la producción genera el valor que puede repartirse entre las distintas fracciones del capital. El dinero no crea dinero. En otros términos, el capital financiero no crea valor; por tanto, depende para su existencia del capital productivo. Además, y esto ya era sabido en los tiempos de Lenin, capital industrial, capital comercial y capital bancario se hayan estrechamente entrelazados. Por último, capitalismo y afán de ganancias van de la mano. Acusar de “especulativo” a un capital por buscar mayores ganancias carece de sentido en una economía capitalista.

¿Por qué Sader insiste entonces con la cantinela del “capital especulativo?

En 2002, bajo la presidencia de Eduardo Duhalde, se inició una recomposición del capitalismo argentino luego de la liquidación de la Convertibilidad en diciembre de 2001. Esa recomposición, basada en la devaluación, los bajos salarios, la utilización de la capacidad ociosa luego de largos años de recesión y la exportación de productos primarios, fue continuada por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Esta última reconoció en un discurso que los empresarios “la levantaron con pala”, aludiendo a las enormes ganancias de los capitalistas durante el período iniciado en 2003. No hay dudas, pues, sobre el carácter capitalista del kirchnerismo.

Aquí corresponde hablar de Sader y su caracterización de la situación argentina. No hace falta mucho esfuerzo para comprobar que esta caracterización es totalmente equivocada. Pero Sader representa un tipo de intelectual aferrado a los gobiernos de América Latina. Se trata de ex izquierdistas, muchos de ellos ex marxistas, que aceptan al capitalismo como un fenómeno natural. Para ellos la revolución socialista es una utopía inalcanzable, la clase obrera dejó de existir subsumida en un mar de identidades y la explotación es un concepto perimido que no da cuenta de las nuevas realidades del capitalismo. Cuando se los apura, muestran serias dificultades para demostrar la verdad de los asertos mencionados. Pero eso carece de importancia, pues aceptar el capitalismo les permite medrar al calor de la expansión del Estado (léase, para ellos, aumento de las posibilidades de obtener un empleo rentable en el Estado). A cambio de su aceptación del capitalismo, ellos obtienen cargos públicos, proporcionando un matiz “progresista” y/o “rebelde” a los Estados que llevan adelante la recomposición capitalista.

El mercado de intelectuales es muy competitivo en sociedades donde hay un importante desarrollo del sistema universitario. Entonces, los intelectuales “progresistas” enfrentan el problema de cómo distinguirse del resto (por ejemplo, de los intelectuales liberales) y poder venderse así en condiciones más ventajosas. La respuesta está contenida en el artículo de Sader que estoy comentando. Frente a los liberales, que defienden al capitalismo en bloque, los intelectuales “progresistas” se presentan como rebeldes al combatir de palabra al capitalismo “especulativo”. Para ellos, el capitalismo es bueno, lo malo son sus contradicciones (Marx dijo esto hace muchísimo tiempo, refiriéndose a Proudhon); esas contradicciones encarnan en el capital “especulativo”, que impide el crecimiento de los pueblos. De este modo, y en el marco de una recomposición del capitalismo latinoamericano, que pretende alejarse discursivamente del neoliberalismo, el intelectual “progresista” suma puntos y entra a medrar en el aparato estatal.

No cabe la menor duda de la sinceridad de Sader. Sólo que se trata de una sinceridad respecto a los intereses del grupo de intelectuales con que se identifica. Por eso hay tan poco de realidad argentina en su artículo, si se me permite la expresión.


Villa del Parque, jueves 26 de junio de 2014


NOTA:

Como en todos mis escritos, no se encuentra nada original en el presente artículo. Por eso quiero mencionar mi deuda con el profesor Rolando Astarita, de cuyo artículo “"Después del Club de París, fondos buitres"” tomé los datos cuantitativos referentes a la deuda externa argentina.


lunes, 23 de junio de 2014

LA NATURALIZACIÓN DE LA DOMINACIÓN POLÍTICA: A PROPÓSITO DE UN ENSAYO DE DAVID HUME




El fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos sobre el litigio entre el Estado argentino y los llamados fondos buitre ha reavivado la discusión sobre la deuda externa en nuestro país. Sin entrar en la discusión específica del tema de la deuda, no es el propósito de este artículo, considero conveniente hacer algunas consideraciones sobre el discurso de los políticos del sistema (léase aquellos que sirven a nuestras clases dominantes) acerca de la cuestión de la deuda. Todos ellos, ya se trate de la presidenta Cristina Fernández, Macri, Scioli, Massa o Carrió, coinciden en que el pago de la deuda es una obligación ineludible de la Argentina. Palabras más, palabras menos, para ellos negarse a pagar la deuda externa equivale a salir del orden natural. Así, honrar nuestras deudas nos eleva a la categoría de país responsable, confiable. Si alguien propone algo distinto (léase no pagar), es porque no entiende la naturaleza del mundo en que vivimos.

En definitiva, el argumento de nuestros políticos se basa en el reconocimiento de la existencia de un supuesto orden natural, en donde unos países prestan a otros y estos pagan, como corresponde, dichas deudas. No es preciso ahondar demasiado para comprender que esta versión angelical de las relaciones internacionales tiene poco que ver con la realidad. El orden invocado por los políticos no es otra cosa que la naturalización de las relaciones de poder existentes. Hace ya mucho tiempo, el filósofo inglés Thomas Hobbes (1579-1688) desnudó la causa última por la que se cumplen los contratos:

“Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras, sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno.” (p. 137) (1).

Lo natural no es, pues, otra cosa que la cristalización de una determinada correlación de fuerzas entre las clases sociales. Esa correlación de fuerzas es producto de derrotas y/o avances (depende de la clase desde donde se mire), pero jamás es definitiva. Justamente, el mecanismo ideológico de la naturalización opera para que veamos como definitivo (como “natural”) aquello que es transitorio.

La teoría social (las ciencias sociales si lo prefiere el lector) es uno de los campos en los que se dirime la lucha entre las clases sociales. De modo esquemático, puede afirmarse que el proyecto político-ideológico de la burguesía tiene como uno de sus puntales el desarrollo de argumentos y mecanismos que promueven la naturalización de las relaciones sociales capitalistas; por su parte, la clase trabajadora y los demás sectores populares han procurado negar el carácter natural de las relaciones capitalistas. El ejemplo clásico de esto último es el tratamiento por Karl Marx (1818-1883) de los orígenes del capitalismo, en el capítulo 24 del Libro Primero de El capital, donde somete a una crítica implacable la fábula elaborada por la burguesía acerca del nacimiento del capitalismo:

“Esta acumulación originaria desempeña en la economía política aproximadamente el mismo papel que el pecado original en la teología. Adán mordió la manzana, y con ella el pecado se posesionó del género humano. Se nos explica su origen contándolo como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos había, por un lado, una elite diligente, y por el otro una pandilla de vagos y holgazanes. Ocurrió así que los primeros acumularon riqueza y los últimos terminaron por no tener nada que vender excepto su pellejo. Y de este pecado original arranca la pobreza de la gran masa – que aun hoy, pese a todo su trabajo, no tiene nada que vender excepto tus propias personas – y la riqueza de unos pocos, que crece continuamente aunque sus poseedores hayan dejado de trabajar hace mucho tiempo. (…) En la historia real el gran papel lo desempeñan, como es sabido, la conquista, el sojuzgamiento, el homicidio motivado por el robo: en una palabra, la violencia.” (p. 891-892) (2).

En otras palabras, en la fábula compuesta por la burguesía, la desigualdad entre empresarios y trabajadores es la consecuencia natural de las diferencias de aptitudes para el trabajo de unos y otros. La naturalización reside aquí en la transformación de diferencias que son el producto de las luchas entre sectores sociales en diferencias que ya se encuentran en la “naturaleza humana”. De este modo, la violencia desaparece del escenario, junto con la explotación del hombre por el hombre.

Pero no sólo la dominación económica de la burguesía está naturalizada. También lo está su dominación política. En rigor, desde que existen las clases sociales, los grupos dominantes han procurado naturalizar su dominación, para que ella no se viera como fruto exclusivo de la violencia. La naturalización de la dominación ha tenido tal eficacia que la obediencia de la mayoría a una minoría se da por sentada. El filósofo inglés David Hume (1711-1776) mostró esta situación en un notable ensayo, “De los primeros principios de gobierno”. (3).

“Nada más sorprendente para quienes consideran con mirada filosófica los asuntos humanos que la facilidad con que los muchos son gobernados por los pocos, y la implícita sumisión con que los hombres resignan sus sentimientos y pasiones ante los de sus gobernantes. Si nos preguntamos por qué medios se produce este milagro, hallaremos que, pues la fuerza está siempre del lado de los gobernados, quienes gobiernan no pueden apoyarse sino en la opinión, la cual es, por tanto, el único fundamento del gobierno, y esta máxima alcanza lo mismo a los gobiernos más despóticos y militares que a los más populares y libres. El sultán de Egipto o el emperador de Roma pueden manejar a sus inermes súbditos como a simples brutos, a contrapelo de sus sentimientos e inclinaciones, pero tendrán, al menos, que contar con la adhesión de sus mamelucos o de sus cohortes pretorianas.” (p. 21; el resaltado es mío).

El “milagro” de la dominación consiste en que la mayoría, que tiene la fuerza de su lado por el hecho mismo de ser mayoría, se somete a la minoría. Hume trastoca aquí la concepción de sentido común según la cual la fuerza está siempre del lado de los gobernantes, concepción que naturaliza la dominación al convertir en hecho natural la ubicación de la fuerza junto a los gobernantes. El conocimiento científico exige, como condición previa, el cuestionamiento de lo aceptado, del sentido común dominante en un lugar y en una época determinados. Por ello Hume habla de “milagro”, porque, una vez que se ha corrido el velo del sentido común, el sometimiento de la mayoría a la minoría se nos presenta como algo extraordinario.

Hume también pone en cuestión el papel de la violencia. Decir que un orden político se sostiene en base a la violencia es incompleto e insuficiente, pues deja sin explicar el porqué los ejecutores de la violencia obedecen a los gobernantes. A partir del reconocimiento de las limitaciones de la violencia queda abierto el camino para profundizar el estudio de los mecanismos que posibilitan la dominación política.  Hume avanza en ese camino postulando que la opinión es el instrumento por medio del cual se garantiza la dominación. 

“La opinión puede ser de dos clases, según se basa en el interés o en el derecho. Por mi opinión interesada entiendo sobre todo la derivada de las ventajas generales que proporciona el gobierno, unidas al convencimiento de que el imperante es tan beneficioso en este aspecto como cualquier otro que pudiera implantarse sin gran esfuerzo. Cuando esta opinión prevalece entre la mayoría de un estado, o entre quienes tienen la fuerza en sus manos, confiere gran seguridad a cualquier gobierno.” (p. 21).

En un lenguaje más moderno, podemos afirmar que Hume hace de la ideología el cemento que asegura la obediencia de los gobernados. Pero no se trata de una ideología abstracta, expresada en grandes principios. Es, por el contrario, una ideología que se deriva de la percepción de ventajas materiales (la propiedad es, en este sentido, también una ventaja material para quienes la poseen).

“El derecho es de dos clases: derecho al poder y derecho a la propiedad. El ascendiente que aquel primer concepto tiene sobre la humanidad se comprenderá fácilmente observando el afecto que todas las naciones profesan a su gobierno tradicional, e incluso a aquellos hombres que han obtenido la sanción de la antigüedad. Lo que tiene a su favor el peso de los años suele parecer justo y acertado…” (p. 21-22).

“Fácilmente se comprende que el derecho de propiedad es importante en todas las cuestiones de gobierno. Un destacado autor ha hecho de la propiedad el fundamento del gobierno y la mayoría de nuestros escritores políticos parecen inclinados a seguirle. Esto es llevar la cuestión demasiado lejos, pero hemos de conceder que las ideas sobre el derecho de la propiedad tienen gran influencia en esta materia.” (p. 22).

Bastan estas citas para exponer la posición de Hume sobre los principios que logran asegurar la obediencia de los gobernados. Aquí no dispongo de espacio suficiente para hacer el examen de los mismos. Basta indicar que el énfasis de Hume en los factores ideológicos (más allá de que, como señalé más arriba, se trata de una ideología ligada directamente a lo material) tiende a dejar de lado el hecho fundamental de que, en una sociedad capitalista, la obediencia de los gobernados, es decir, de los trabajadores, se apoya principalmente en la coerción económica. En otras palabras, quienes carecen de medios de producción y viven en una sociedad mercantil, no tienen más remedio que vender su fuerza de trabajo para poder acceder a las mercancías que precisan para vivir.

La obediencia de la mayoría a una minoría no es un hecho natural. Es un hecho “milagroso”, que requiere ser explicado yendo más allá de lo aparente. Y es precisamente esta búsqueda de explicación de lo cotidiano, de lo aparentemente sencillo y/o evidente, la tarea de la teoría social. Por lo menos, de una teoría social que pretende ir más allá de lo que interesa a la clase dominante.

Villa del Parque, lunes 23 de junio de 2014


NOTAS: 

(1)  Hobbes, Thomas. (1998) [1° edición: 1651]. Leviatán o la materia, forma y poder de una república, eclesiástica y civil. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. Traducción española de Manuel Sánchez Sarto.

(2)  Marx, Karl. (1998). El capital: Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción de capital. México D.F.: Siglo XXI. Marx tiene un ilustre predecesor. Maquiavelo (1469-1527), en El príncipe, mostró como el Estado moderno tiene su origen en la violencia. El ya mencionado Hobbes hizo lo mismo en el Leviatán, donde la violencia es concebida como el rasgo fundamental del Estado.


(3)  Hume, David. (1994). Ensayos políticos. Madrid: Tecnos. Traducción española de César Armando Gómez. El ensayo citado en el texto se encuentra en las pp. 21-25. Salvo indicación en contrario, todas las citas de Hume corresponden a esta edición.

jueves, 22 de mayo de 2014

DE CÓMO APRENDIMOS A AMAR A LA TRIPLE A: LA OFENSIVA DE PERÓN CONTRA LA IZQUIERDA EN 1974

Para Pez López

La clase dominante construye la historia a su imagen y semejanza, según sus necesidades políticas en cada período determinado. La figura de Juan Domingo Perón no escapa a esta regla. Nada mejor para demostrar la validez de esta afirmación que recurrir al kirchnerismo.

La crisis argentina de 2001 puso en cuestión la identidad y la existencia misma de los partidos políticos que servían a los intereses de las distintas fracciones de la burguesía argentina. El “que se vayan todos” coreado en la calles expresaba el agotamiento del modelo político imperante en la década del ’90. En 2003 Néstor Kirchner tuvo que afrontar dos tareas: a) consolidar el modelo de acumulación de capital esbozado durante la gestión Duhalde-Lavagna; b) constituir una fuerza política propia.

La construcción del kirchnerismo fue fundamental para asegurar la acumulación de capital en la Argentina post 2001. Dicha construcción implicó, en el plano ideológico, la revisión de la experiencia peronista, en especial de la la década del ’70. Kirchner requería de una base de apoyo popular para llevar adelante su proyecto. La reivindicación de los derechos humanos (asociados exclusivamente al juzgamiento de los militares responsables de las atrocidades de la dictadura) fue una pieza maestra para ganar a las capas medias “progresistas”. Pero apropiarse la causa de los derechos humanos (aún en el sentido restringido planteado arriba), exigía reelaborar la valoración de la actuación de Perón en 1973-1974. En esa época, Perón promovió la creación de la organización parapolicial Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), cuyo objetivo era asesinar a los militantes de la izquierda peronista en particular y de la izquierda en general. Como es lógico, el progresismo kirchnerista no podía aceptar la existencia de una conexión estrecha entre Perón, el terrorismo de la Triple A y el terrorismo de Estado. El kirchnerismo requería un Perón progresista, un luchador por la unidad latinoamericana y por la “justicia social”.

La versión de la historia del peronismo 1973-1976, elaborada por el kirchnerismo, se disuelve ni bien se examinan los documentos de la época. No obstante, la eficacia persuasiva de esta versión hace necesario emprender una vez más su refutación. Como en los demás artículos de esta serie, el recurso elegido son las palabras del mismo Perón.

En enero de 1974, el ataque del PRT- ERP al cuartel del Ejército en la ciudad de Azul (Provincia de Buenos Aires) sirvió de excusa perfecta para que Perón redefiniera a los enemigos del peronismo y pusiera en marcha la ofensiva contra la izquierda peronista y contra el clasismo y la izquierda en general. Desde el principio, el objetivo de dicha campaña fue el exterminio de los adversarios; de ahí que la Triple A fuera la fuerza principal de Perón en su campaña contra la izquierda. En las condiciones de intensa movilización popular de 1974, el retorno a la vieja consigna peronista “De la casa al trabajo y del trabajo a la casa” exigía de algo más contundente que la oratoria del líder.

Los discursos de Perón del período inmediatamente posterior al episodio de Azul expresan la línea política elegida por el general para clausurar la etapa de movilización popular. Hay que insistir una y otra vez que esa línea política estaba fijada con anterioridad al asalto al cuartel de Azul, y que la acción del ERP fue solamente una excusa. La presencia de José López Rega en el gabinete de ministros de Cámpora y de Perón, la entronización de la burocracia sindical, la masacre de Ezeiza, son todos indicadores claros del carácter de la política de Perón.

Casi a continuación de Azul, Perón envió al Congreso un proyecto de ley aumentando las penas para los delitos políticos y sociales; en especial, la figura de la “asociación ilícita” estaba pensada como herramienta para perseguir a las organizaciones populares. Este proyecto, junto la nueva ley de Asociaciones Profesionales (sancionada a fines de 1973), era una pieza clave en la política de Perón contra la izquierda.

Como era de esperarse, la JP (Juventud Peronista) se opuso al proyecto. Claro que, como el proyecto era propuesto por el mismo Perón, lo hizo de manera tibia. Así  las cosas, los diputados peronistas pidieron una reunión con Perón, que se celebró el día 22 de enero de 1974 (1).

Perón rechazó sistemáticamente los reparos de la JP al proyecto de ley. Lejos de atender a los reclamos de los diputados de la JP, les recomendó obedecer las decisiones del bloque de diputados peronistas (controlado por la derecha peronista) o irse del movimiento.

“Para eso se hacen los bloques: para que sea la mayoría la que decida. Y si la mayoría lo dispone, hay que aceptar o irse. No hay otro término medio. O se acepta lo que dice el bloque o se lo abandona. (…) El que no está de acuerdo, se va. Por perder un voto no nos vamos a poner tristes. Pero aquí debe haber una disciplina. Y si esta se pierde, estamos perdidos.” (p. 53).

Por enésima vez desde su retorno al país, Perón le planteó a la JP la obligación de subordinarse completamente a su política; esa es la condición para que la JP pueda permanecer dentro del movimiento. En otras palabras, Perón aceptaba a la izquierda peronista…siempre y cuando esta dejara de ser izquierda.

Pero no se trataba sólo de diferencias políticas. En una conferencia de prensa (8 de febrero de 1974) (2), Perón sostiene la existencia de “infiltrados” en el peronismo:

“…que existen infiltrados, eso lo sabe todo el mundo. No creo que sea un secreto para ningún argentino que se está tratando, o se ha tratado, de infiltrarse dentro de nuestro movimiento. Hay algunos elementos de la ultraizquierda como de la ultraderecha, como se los llama ahora.” (p 99).

La referencia a la ultraderecha es un mero adorno. La aceptación por Perón del “Navarrazo” (el golpe policial que destituyó al gobernador peronista de Córdoba, Obregón Cano, cercano a la JP) demuestra que su preocupación (por lo menos la principal) eran los “infiltrados” de izquierda. Lo de “ultras” es otro adorno, pues los dichos de Perón en su reunión con los diputados muestras que sólo aceptaba la disidencia en la medida en que esta dejaba de ser disidencia. Sin entrar a examinar el período anterior, en 1973-1974 Perón consideraba que la izquierda era no podía seguir formando parte del movimiento.

Para consumar el proceso de expulsión de la izquierda era preciso llevar adelante algunos pasos previos, tanto en el terreno de lo discursivo como en el plano de la política concreta. Desde lo discursivo, había que caracterizarlos como elementos externos al peronismo. De ahí el recurso frecuente al término “infiltrados”. En un segundo momento, se los calificará de “extranjeros” (o de dirigidos desde y por extranjeros), expulsándolos no sólo del peronismo sino del campo mismo de la “argentinidad”. Perón dio el paso más concreto en esa dirección cuando calificó a los Montoneros de “infiltrados” y de “mercenarios” al servicio del capital extranjero” (1° de mayo de 1974) (3)

La política de Perón para la izquierda peronista se halla prefigurada en la forma en que se refiere al PRT. En este sentido, los calificativos que dirige a la guerrilla no peronista son una anticipación de lo que vendría para la izquierda peronista. Forman parte de una política coherente, anclada en la perspectiva de la lucha de clases y dirigida a concretar el objetivo principal de la burguesía argentina en el período 1973-1976: neutralizar la movilización popular iniciada en 1969.

En la mencionada reunión con los diputados peronistas , Perón dice lo siguiente del PRT-ERP:

“Ese movimiento [PRT] se dirige desde Francia (…) desde París, y la persona que lo gobierna se llama Posadas, de seudónimo. El nombre verdadero es italiano. (…) la cabeza de este movimiento está en París. (…) es un movimiento organizado en todo el mundo. Está en todas partes: en Uruguay, en Bolivia, en Chile, con distintos nombres. Y ellos son los culpables de lo que ha pasado con Allende. (…) ésta es una Cuarta Internacional. (…) Aquí no hay nada de comunismo: es un movimiento marxista deformado, que pretende imponerse en todas partes por la lucha.” (p. 55-56).

El párrafo citado no tiene desperdicio. Más allá de los evidentes disparates que contiene, su carácter es perfectamente coherente con la política de Perón: el PRT deja de ser una fuerza política surgida en nuestro país a partir de las condiciones de la política argentina y es convertido en la oratoria del líder en parte de una gran conspiración internacional. El Perón que coqueteaba con el “socialismo nacional” deja paso al Perón de gobierno, que habla el lenguaje de los servicios de inteligencia. El amontonamiento de falsedades acerca del PRT carece de importancia al lado de la función política del discurso de Perón. Para aislar a la guerrilla, el primer paso es colocarla, desde lo discursivo, fuera del ámbito nacional, transformándola en “infiltrados”, “agentes foráneos”, “delincuentes terroristas”. La JP y Montoneros deberían haber tomado nota de esto, pues ellos eran el siguiente blanco de la ofensiva de Perón contra la izquierda.

Perón no se contenta con expulsar al PRT de la comunidad política nacional. También indica, entre líneas, el método a seguir para terminar con el problema:

“A la lucha – y yo soy técnico en eso- no hay que hacerle más que enfrentarla con la lucha. (…) nosotros desgraciadamente tenemos que actuar dentro de la ley; si no, ya habríamos terminado en una semana. Fuera de la ley, la ventaja que ellos tienen es precisamente, ésa: los que tienen que someterse a la ley somos nosotros; ellos buscan los vericuetos para actuar fuera de la ley (…) porque nosotros estamos con las manos atadas dentro de ella. Y si, además, estamos atados por la debilidad de nuestras leyes, entonces ya sabemos cuál va a ser el final y el resultado de eso.” (p. 56; el resaltado es mío).

En criollo: el PRT surgió de una conspiración internacional y se instaló en Argentina, creciendo a partir de la debilidad de nuestras leyes. Es un injerto extraño en una comunidad tranquila y pacífica. Perón razona así como servicio de inteligencia y se encuentra a años luz del “patriota latinoamericano”  de la versión kirchnerista de la historia.

Además de plantear la necesidad de endurecer las leyes, Perón indica, como adelantamos, el procedimiento definitivo frente al PRT:

“Si nosotros no tenemos en cuenta a la  ley, en una semana se termina todo esto, porque formo una fuerza suficiente, lo voy a buscar a usted y lo mato, que es lo que hacen ellos. No actúan dentro de la ley.” (p. 56; el resaltado es mío).

Perón revela en este párrafo el secreto de la guerra de exterminio emprendida contra la izquierda, cuyo paroxismo se alcanzó a partir del golpe militar de 1976. El Perón “respetuoso de la ley” se da el lujo de mentar en público el método empleado por la Triple A (luego aumentado hasta límites inimaginables por la dictadura). Lejos de ser una anomalía, la Triple A era la expresión de la política de Perón para la izquierda.

A lo largo de toda su vida política, Perón siempre tuvo claro el límite del peronismo: nadie podía sacar los pies del plato de la defensa del capitalismo. Sólo en períodos excepcionales y por necesidades tácticas podía permitirse el coqueteo con la izquierda. Pero en el peronismo en el gobierno no había ningún espacio para una izquierda clasista ni para ninguna otra expresión que cuestionara su liderazgo.

En vista de todo lo anterior, el Perón del kirchnerismo es una caricatura grotesca, que sirve para cortar todo rastro de continuidad entre el peronismo de 1973-1976 y la dictadura militar.

Los discursos de Perón del período que va de enero a junio de 1974 muestran que el proyecto político del general coincidía en sus líneas principales con el proyecto de la burguesía argentina. La ofensiva contra la izquierda no fue el producto de los delirios de López Rega, sino que constituyó la pieza fundamental de la política de la burguesía.

Como tantas otras veces en la historia, la crueldad más irracional tiene sus orígenes y sirve a la lógica más racional de la historia, la lógica de acumulación del capital.


Villa del Parque, jueves 22 de mayo

NOTAS:

(1)  Las citas de las intervenciones de Perón y de los diputados en la reunión del 22 de enero de 1974 están tomadas de: Perón, Juan Domingo. (1987). Obras completas: Volumen XXVII. Buenos Aires: Editorial Docencia. (“El imperativo nacional: actuar dentro de la ley”; pp. 49-59).

(2)  Perón, Juan Domingo. (1987). Obras completas: Volumen XXVII. Buenos Aires: Editorial Docencia. (“Perón habla a los periodistas: segunda conferencia”; pp. 97-107).

(3)  Perón, Juan Domingo. (1987). Obras completas: Volumen XXVII. Buenos Aires: Editorial Docencia. (“”Fiesta del trabajo y la unidad nacional”; pp. 223-224).

jueves, 15 de mayo de 2014

PERÓN Y LOS LÍMITES DEL PERONISMO: LA DEFINICIÓN DEL ENEMIGO EN EL DISCURSO DEL 20 DE ENERO DE 1974

La identificación del enemigo es crucial en la construcción de la identidad de una fuerza política. Más claro, un proyecto político se define a partir del establecimiento de cuáles son sus enemigos.

El peronismo no escapa a la regla enunciada en el párrafo precedente. Así, puede ser caracterizado tomando en cuenta la definición de sus enemigos, tal como fuera enunciada por su líder, Juan Domingo Perón. Es cierto que esta caracterización es incompleta, en parte porque un líder no decide a voluntad, sino que se encuentra siempre tironeado por el resultado de la lucha de clases en un momento determinado; en parte también porque la definición de los enemigos siempre es dinámica y se modifica a partir de los resultados de los conflictos entre las clases sociales. Hechas estas salvedades, este artículo tiene por objetivo establecer los límites políticos del peronismo a partir de la definición de sus enemigos por Perón a comienzos de 1974.

El discurso del 20 de enero de 1974 (1) representa un hito en la definición de los enemigos del peronismo. El PRT-ERP había atacado el cuartel del Ejército ubicado en la ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires. Cabe aclarar que el PRT-ERP se adjudicó la acción, así que no existían dudas sobre la autoría de los atacantes. En su discurso, y como es obvio, Perón se refiere con dureza a los asaltantes (aunque sin nombrar explícitamente al ERP, recurso que, como se verá más adelante, va en la línea de la política de aniquilamiento del PRT impulsada por el gobierno peronista). Pero, y esto es el contenido fundamental del discurso, Perón concentra sus ataques sobre la JP y sobre el clasismo en el movimiento obrero.

Perón equipara en su condena a los atacantes del cuartel y a los sectores políticos que no participaron en el ataque. Explicar esta aparente paradoja, a partir de los límites de la política del movimiento peronista, constituye el contenido principal del presente artículo.

¿Qué dice Perón acerca del PRT-ERP?

Los adjetivos empleados por el líder del peronismo muestran desde el vamos que el PRT-ERP es puesto fuera de la comunidad política: “asaltantes terroristas”, “verdaderos enemigos de la Patria”. Al separarlo de la comunidad política (no es este el lugar para juzgar la responsabilidad del PRT en este proceso), el PRT-ERP es convertido en sujeto de aniquilamiento.

Perón resume así su caracterización del PRT-ERP:

“una organización que actuando con objetivos y dirección foráneos, ataca al Estado y a sus instituciones como medio de quebrantar la unidad del pueblo argentino y provocar un caos que impide la Reconstrucción y la Liberación en que estamos empeñados. Es la delincuencia asociada a un grupo de mercenarios que actúan mediante la simulación de móviles políticos tan inconfesables como inexplicables.” (p. 45-46; el resaltado es mío).

El PRT-ERP es privado de toda entidad política y reducido a la condición de banda de delincuentes orientada hacia la destrucción de la Nación. Ni siquiera le reconoce autonomía, pues sostiene que actúa en base a “objetivos y dirección foráneos”. Al proponer esta caracterización, cierra el camino para cualquier forma de negociación; frente al PRT-ERP, caracterizado como verdaderos “enemigos del pueblo”, no queda otra alternativa que la guerra y el aniquilamiento. Para Perón, el PRT-ERP no forma parte del pueblo y, por tanto, puede ser tratado en consecuencia. En este punto, no hay una diferencia sustancial entre la caracterización de Perón y la formulada posteriormente por la dictadura. Al transformarlos en “delincuentes terroristas” y no en “militantes políticos”, Perón abre la puerta para que no se respeten las vidas de los prisioneros del PRT-ERP, por ejemplo.

Como indicamos, los ataques de Perón no van dirigidos exclusivamente contra el PRT-ERP. Perón apunta, sobre todo, a los supuestos cómplices de los guerrilleros.

¿Quiénes son los cómplices de la guerrilla del ERP?

En enero de 1974, Oscar Bidegain era el gobernador de la provincia de Buenos Aires. Bidegain contaba con el apoyo de la JP (la izquierda peronista), aunque no era un cuadro de esta. Además, la JP y el PRT tenían enormes diferencias políticas, ahondadas, si cabe, por la decisión del PRT de continuar la lucha armada bajo el gobierno peronista.

En el discurso, Perón pasa por alto las consideraciones hechas en el párrafo anterior, y achaca al gobierno de Bidegain una gran responsabilidad por el ataque:

“No es por casualidad que estas acciones se produzcan en determinadas jurisdicciones. Es indudable que ello obedece a una impunidad que la desaprensión y la incapacidad hacen posible, o lo que sería aún peor, si mediara, como se sospecha, una tolerancia culposa.” (p. 46; el resaltado es mío).

Como se desprende del pasaje citado, Bidegain es acusado (y, por ende, es acusada la JP) de “desaprensión”, “incapacidad”, “tolerancia culposa”. Dada la caracterización que hace Perón del PRT-ERP en este mismo discurso, es claro que Perón estaba acusando a la JP de complicidad con el terrorismo. De ahí a iniciar una ofensiva general contra la JP y las demás corrientes de la izquierda peronista había un paso.

Perón aprovechó la acción del PRT-ERP para ajustar cuentas con la izquierda peronista (ajuste que había comenzado el año anterior con los sucesos de Ezeiza). El reemplazo de Bidegain por el sindicalista Calabró (conspicuo representante de la derecha peronista) y el “Navarrazo” de marzo de 1974, golpe policial que destituyó al gobernador peronista de Córdoba, Ricardo Obregón Cano, simpatizante de la JP, fueron los primeros pasos de esta ofensiva contra la izquierda peronista. Más allá de lo que pueda decirse acerca de la política seguida por el PRT, es indudable que Perón había tomado la decisión de arremeter contra la izquierda de su movimiento antes del ataque al cuartel de Azul.

Para estabilizar al capitalismo argentino era preciso cerrar el proceso de movilización popular iniciado con el Cordobazo (1969). Para lograr este objetivo, Perón debía neutralizar a tres actores políticos: a) la guerrilla no peronista; b) la JP y la izquierda peronista en general; c) el clasismo obrero. Respecto al PRT-ERP, el camino elegido era el “aniquilamiento” (como indicamos, separarlos de la comunidad política era el primer paso en esa dirección). En cuanto a la JP, el comienzo del fin (octubre de 1973) consistió en su desplazamiento de los cargos políticos de importancia, reemplazándolos por miembros de la derecha peronista.

¿Y el clasismo obrero?

Al final del discurso, Perón mete un pasaje antológico:

“Pido igualmente a los compañeros trabajadores una participación activa en la labor defensiva de sus organizaciones (…) Esas organizaciones son también objeto de la mirada codiciosa de estos elementos [los que practican “la acción disolvente y criminal”, que atenta contra la Patria], muchas veces disfrazados de dirigentes.” (p. 46).

Perón iguala a los dirigentes y militantes clasistas con el “terrorismo”. Como la amenaza proviene de afuera de las organizaciones sindicales, se trata de “infiltrados”. Dicho más claro, no hay espacio para el clasismo (ni para el clasismo) en los sindicatos. La sanción de la ley de Asociaciones Profesionales, a fines de 1973, fue un hito central en la política de Perón dirigida a expulsar al clasismo del movimiento obrero.

La Triple A y las bandas parapoliciales de los sindicatos constituyeron la segunda fase de la ofensiva de Perón contra la izquierda peronista y el clasismo.

En este marco, no es casualidad que el discurso de Perón contenga una defensa del Ejército:

“Nuestro Ejército, como el resto de las Fuerzas Armadas (…) no merecen s     ino el agradecimiento del pueblo argentino.” (p. 45; el resaltado es mío).

Nótese que se trata de las mismas Fuerzas Armadas que habían protagonizado el golpe de Estado de 1966, suprimiendo toda forma de expresión política e implementando la tortura de los enemigos políticos como práctica sistemática, además de llevar a cabo acciones como la masacre de Trelew.

La decisión de aniquilar a la guerrilla no peronista y la de neutralizar a la JP y al clasismo obrero requerían, para ser completadas, la acción de las Fuerzas Armadas. Perón necesitaba del Ejército no sólo para estabilizar a su gobierno, sino también para liquidar la situación de movilización de masas abierta en 1969. La democracia integrada propuesta por Perón en 1973 exigía, como paso previo,  una depuración de la comunidad política vía una guerra de aniquilamiento.

“Ya no se trata de contiendas políticas parciales, sino de poner coto a la acción disolvente y criminal que atenta contra la existencia misma de la Patria y sus instituciones.” (p. 46).

Por último, es claro que la guerra desatada al interior del peronismo no fue consecuencia de la muerte de Perón (julio de 1974). La ofensiva contra la izquierda estaba contenida en germen en la definición de los enemigos formulada en el discurso del 20 de enero de 1974, y ya había sido iniciada por Perón antes de su fallecimiento. Si queda alguna duda acerca de esto, basta recordar la experiencia del “Navarrazo”, ya mencionada en este artículo.

El Perón de 1974 no era, por cierto, un “león herbívoro”.

Villa del Parque, jueves 15 de mayo de 2014

NOTAS:


(1)  Las citas del discurso del 20 de enero de 1974 están tomadas de: Perón, Juan Domingo. (1987). Obras completas: Volumen XXVII. Buenos Aires: Editorial Docencia. (Discurso titulado “Ha pasado la hora de gritar ‘Perón’, ha llegado la de defenderlo; pp. 45-47).

domingo, 11 de mayo de 2014

DE BOMBITA RODRÍGUEZ A LÓPEZ REGA: PERÓN, LA IZQUIERDA PERONISTA Y EL KIRCHNERISMO. EL DISCURSO DEL 1° DE MAYO DE 1974.

En la década de 1970, Montoneros (y el resto de las organizaciones y figuras de la llamada “izquierda peronista”) transformó a Juan Domingo Perón en un líder “revolucionario” y “antiimperialista”. La acción de la Triple A y de las bandas parapoliciales de la burocracia sindical, avaladas por Perón, mostró el disparate de tal caracterización. Durante su década en el gobierno, el kirchnerismo retomó esa caracterización, aunque en clave que podríamos denominar “progresista”: se mellaron las aristas “socialistas” (que, aclaremos, en el Perón de la primera mitad de los ’70 eran meramente declarativas) y quedó un vago antiimperialismo, mezclado con referencias a la “inclusión social”. Perón dejó de ser un “revolucionario”, para convertirse en un “patriota latinoamericano”, denominación que en el imaginario progresista significa algo así como la nada misma.

El Perón del kirchnerismo se parece asombrosamente al Perón de “Bombita Rodríguez”, el personaje de Capusotto. El grotesco es un excelente recurso humorístico, pero no siempre es una buena elección al momento de analizar hechos históricos. Y tomar como lo genuino (no en el sentido de la sátira, sino como lo genuino, lo real) un grotesco da la pauta del carácter del movimiento político que recurre a él. El Perón de Bombita se ha transformado en el Perón real.
El propósito de estas notas es “volver al Perón real”, utilizando como instrumento las propias palabras del general. Desde el vamos aclaro que el autor de estas líneas no es peronista y que no está proponiendo un retorno a la política de Perón, ya sea ésta la de 1943-1955 o la de 1973-1974. La construcción de una alternativa política de la clase obrera requiere la crítica de los mamarrachos pergeñados por el progresismo kirchnerista; dicha crítica exige, para ser sistemática, la confrontación con el pensamiento de Perón, en la medida en que este construyó un imaginario retomado luego, aunque de manera parcial y distorsionada, por sus epígonos kirchneristas.

Para empezar esta serie, nada mejor que el discurso que marcó la ruptura entre Perón y Montoneros. Cabe decir que las palabras de Perón el 1° de mayo de 1974 (1) generaron en estos días un pequeño debate, a partir de un artículo de Horacio Verbitsky (2), donde este carga a la cuenta de los dirigentes montoneros la responsabilidad de la ruptura. Verbitsky deforma de un modo tan burdo la historia que casi no vale la pena emprender la refutación de sus afirmaciones. Sin embargo, es tan grande el grotesco que se ha edificado en torno a la historia argentina reciente, que es preciso volver a repetir cosas dichas hace ya largo tiempo.
El Perón que aparece en el discurso es diferente al Perón de Bombita Rodríguez o al de Verbitsky. Para comprender la diferencia basta con reproducir los pasajes fundamentales del discurso, con unas pocas notas aclaratorias.

Respecto al contexto histórico del discurso cabe decir lo siguiente. El Cordobazo (1969) marcó el inicio de un período en que se agudizó la lucha de clases entre Capital y Trabajo en Argentina. En paralelo (y potenciado) con la lucha contra la dictadura, surgió un nuevo activismo obrero, con fuerte presencia en el nivel de la fábrica. Este activismo desarrolló concepciones clasistas y, aunque estuvo muy lejos de quebrar la hegemonía peronista en el movimiento obrero, logró conquistar espacios y preocupar a la burguesía argentina. Vistas las cosas en perspectiva, la emergencia del clasismo obrero fue el fenómeno más significativo del período 1969-1976.

Desde el punto de vista de la clase dominante, la salida electoral de 1973 y el retorno de Perón fueron jugadas dirigidas a neutralizar el peligro generado por la movilización popular y el clasismo. Durante la última etapa de su exilio, Perón utilizó a la izquierda peronista como elemento de presión sobre los militares. Pero su proyecto político y económico estaba a años luz de cualquier salida socialista. Capitalismo nacional y comunidad organizada: Perón no ofrecía nada menos ni nada más que esto. Su alianza con la “burguesía nacional” era uno de los puntales de este proyecto. Y dicha burguesía (como cualquier fracción burguesa) requería del “orden” para obtener y asegurar sus ganancias. En las condiciones de 1973, “orden” era sinónimo de supresión del clasismo. En este punto, Perón coincidía con los militares y con el conjunto de las fracciones de la burguesía.

Luego del brevísimo gobierno de Cámpora, Perón encabezó la lucha contra la izquierda peronista, contra la izquierda en general y contra el clasismo. López Rega y la Triple A no fueron el producto de la “locura” o la iniciativa individual de algunos anticomunistas fanáticos, sino que formaron parte integral del proyecto político de Perón. Las condiciones de 1973 no eran las mismas de 1943; domesticar a la clase obrera exigía el terrorismo de las bandas parapoliciales. En este sentido, López Rega era la otra cara del proyecto de Perón (cuya cara “amable” era el Pacto Social).

La burocracia sindical se alió a Perón en la ofensiva contra la izquierda peronista. Para la dirigencia sindical era fundamental quebrar a la izquierda, en tanto paso necesario en la ofensiva general contra el clasismo. Hay que destacar que los matones de los sindicatos actuaron en un todo de acuerdo con la Triple A.

El discurso de Perón del 1° de mayo de 1974 está en línea con el proyecto político descripto más arriba. Perón no vaciló en ningún momento al identificar a su enemigo dentro de movimiento. Perón había retornado al país para estabilizar al capitalismo argentino, no para hacer la Revolución Socialista (aún entendiendo por socialismo al llamado “socialismo nacional”). Nada hay de sorprendente, pues, en los insultos de Perón hacia la izquierda peronista. En todo caso, la sorpresa de esa izquierda ante los dichos de Perón muestra a las claras las limitaciones de la política de ésta.

Los ejes del discurso del 1° de mayo de 1974 son los siguientes:

a)    Reivindicación de la burocracia sindical peronista (la derecha del movimiento). Identificación de los “trabajadores” con sus “organizaciones”.

“…a través de estos veinte años, las organizaciones sindicales se han mantenido inconmovibles” (p. 223).

“…quiero que esta primera reunión del día del Trabajador sea para rendir homenaje a esas organizaciones y a esos dirigentes sabios y prudentes que han mantenido su fuerza orgánica y han visto caer a sus dirigentes asesinados” (p. 223).

Al hacer el elogio de la dirigencia sindical (con la que había mantenido ásperos conflictos durante su exilio), Perón toma partido (una vez más) por la derecha de su movimiento frente a la izquierda que se hallaba movilizada en la Plaza. Calificar de “sabios y prudentes” a dirigentes que habían hecho una rutina de la persecución a toda disidencia en sus gremios es una afirmación grotesca, que esconde la concesión de carta blanca para la represión a la izquierda peronista. Aquí la hipocresía de Perón va de la mano con su clara visión de las tareas necesarias para la concreción de su proyecto político.

Por otra parte, al identificar a los “trabajadores” con sus “organizaciones” y a éstas con sus dirigentes, abre la puerta para calificar de “infiltrados” a los militantes obreros opuestos a la burocracia.

b)    Ataques a la Juventud Peronista (la izquierda del movimiento).

Perón, con lenguaje “sabio y prudente” califica a los militantes de la JP como “estúpidos que gritan”, “algunos imberbes que pretenden tener más méritos que los que lucharon durante veinte años”, “hay algunos que todavía no están conformes con todo lo que hemos hecho”.

En un político tan inteligente como Perón la cuestión de los insultos no pasa por un tema emocional. Perón tenía muy en claro cuáles eran los enemigos de su proyecto político y cuál era el grado de violencia que había que aplicarles. En las condiciones de 1974, Perón entendía que la Triple A era la solución al problema planteado por el clasismo y por la izquierda.

c) Toma de partido por la derecha contra los “infiltrados” (la izquierda).

“La clase trabajadora argentina, como columna vertebral de nuestro movimiento, es la que ha de llevar adelante los estandartes de nuestra lucha.”

Como señalamos arriba (y esto está en línea con el pensamiento de Perón a lo largo de toda su carrera política), Perón sostiene la identificación de los trabajadores con sus organizaciones, y la de éstas con la dirigencia sindical. De modo que son los burócratas sindicales quienes estaban encargados de llevar adelante la lucha contra el enemigo. ¿Quién era este enemigo en 1974? Perón aclara la cuestión en un pasaje verdaderamente antológico:

“[Los días venideros] serán también para la liberación, no solamente del colonialismo que viene azotando a la República a través de tantos años, sino también de estos infiltrados que trabajan adentro y que, traidoramente, son más peligrosos que los que trabajan desde afuera, sin contar con que la mayoría de ellos son mercenarios al servicio del dinero extranjero.” (p. 224).

Más allá del imaginario a lo Bombita Rodríguez, Perón considera a la izquierda como el enemigo, como los “infiltrados” en el movimiento. Así, deja en claro que no hay espacio para la negociación y sí para el uso de la violencia para suprimir a la izquierda. En otras palabras, en 1974 la izquierda peronista no formaba parte del proyecto político de Perón. En esto no hay ninguna sorpresa, pues la concepción de la comunidad organizada dejaba afuera la lucha de clases.

d) Defensa del Pacto Social.

Perón ratifica que el eje de su proyecto es la conciliación entre Capital y Trabajo, expresada a través del Pacto Social refrendado en 1973.

“Deseo que, antes de terminar estas palabras, lleven a toda la clase trabajadora argentina el agradecimiento del Gobierno por haber sostenido un pacto social que será salvador para la República.” (p. 224).

e) Lucha contra la izquierda.

Perón hace dos referencias respecto a la lucha contra la izquierda peronista. Con hipocresía, el general afirma que esa lucha todavía no ha comenzado, cuando la realidad era que la Triple A y las bandas parapoliciales de los sindicatos estaban aplicando ya la “sabiduría y la prudencia” a los militantes obreros e izquierdistas.

“…esas organizaciones y a esos dirigentes sabios y prudentes (…) que han visto caer a sus dirigentes asesinados, sin que todavía haya tronado el escarmiento.” (p. 223).

“…esta reunión, en esta plaza, como en los buenos tiempos, debe afirmar la decisión absoluta para que en el futuro cada uno ocupe el lugar que le corresponde en la lucha, que si los malvados no cejan, hemos de iniciar.” (p. 223).

El discurso de 1° de mayo de 1974 marca a las claras como el Perón del kirchnerismo es una ficción grotesca. Perón, más allá de las necesidades tácticas de un momento determinado, siempre jugó a favor de la consolidación del capitalismo en Argentina.

Villa del Parque, domingo 11 de mayo de 2014

NOTAS:

(1)  Las citas del discurso del 1°de mayo de 1974 están tomadas de: Perón, Juan Domingo. (1987). Obras completas: Volumen XXVII. Buenos Aires: Editorial Docencia. (Fiesta del Trabajo y la Unidad Nacional, 1 de mayo de 1974; pp. 223-224).


(2)  Verbitsky, Horacio: “Lo que no pudo ser”, Página/12, domingo 27 de abril de 2004.