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sábado, 29 de abril de 2023

DURKHEIM Y LA CRÍTICA DEL ECONOMICISMO

 


George Grosz, Escena callejera

Ariel Mayo (UNSAM / ISP Dr. Joaquín V. González)


“Cuando pienso en la vida que he llevado, en la desolación

de la soledad en que me he movido, en esa ciudad amurallada

que es el aislamiento de un capitán inasequible al encanto

de las verdes campiñas que contempla a su alrededor.”

Herman Melville, Moby Dick (1851)

 

Émile Durkheim (1858-1917) acostumbraba redactar sus clases. Gracias a ese hábito de perfeccionista, disponemos de un vasto material, compuesto por los borradores de los diferentes cursos dictados por el sociólogo francés a lo largo de su carrera académica. Entre esos materiales se encuentran las tres lecciones sobre moral profesional, publicadas por primera vez en la Revue de Métaphysique et de Morale, julio y octubre de 1937, pp. 527-544 y 714-738, con una presentación de Marcel Mauss (1872-1950).

Dichas lecciones forman parte del curso dictado por Durkheim en tres oportunidades durante la década de 1890 en la Universidad de Burdeos. El curso recibió sucesivamente los nombres de: 1) Física del Derecho y de las Costumbres; 2) Fisiología del Derecho y de las Costumbres; 3) Moral y Organización. La última redacción del curso fue efectuada de noviembre de 1898 a junio de 1900 y el texto resultante es que se publicó sin alteraciones en 1937.

Durkheim desarrolla en las lecciones una de las preocupaciones constantes de su pensamiento: la búsqueda de las causas del conflicto social en la sociedad capitalista de fines del siglo XIX.  Su análisis merece ser revisitado, en buena medida porque apunta a una cuestión central: la tendencia del capitalismo al individualismo y la fragmentación de la vida social (que va de la mano con el proceso de centralización del capital), y sus consecuencias políticas y sociales. Esta tendencia no es coyuntural sino estructural, algo que demuestra Durkheim en buena parte de su obra (por ejemplo, en La división del trabajo social), y no ha perdido vigencia en 2023. Durkheim, lejos de ser un fantasma del pasado, sigue caminando junto a nosotros.

Noticia para bibliófilos:

Para la redacción de esta ficha utilicé la traducción española de Federico Lorenc Valcarce: Durkheim, É. (2003). Lecciones de Sociología. Física de las costumbres y del derecho y otros escritos sobre el individualismo, los intelectuales y la democracia. Buenos Aires, Argentina: Miño y Dávila. Las tres lecciones se encuentran en pp. 65-103.


Como es habitual en él, Durkheim no pierde el tiempo y entra rápidamente en tema. La primera lección (pp. 65-76) es un verdadero cross a la mandíbula. Luego de definir el objeto de la física de las costumbres y el derecho [1], y de plantear cuáles son los dos problemas fundamentales de esta ciencia [2], se preocupa por establecer la existencia de diversas morales en la misma sociedad. [3] Todas estas cuestiones son, por decirlo así, una entrada en calor antes de pasar al tema principal.

El núcleo del texto es la crítica del economicismo o, dicho de otro modo, de las soluciones liberal y socialista a los problemas del capitalismo moderno. Estos problemas tienen origen en la tendencia del capital a fragmentar los grupos y producir individualismo. [4] Ahora bien, dicha fragmentación tiene sus costos. Desde la perspectiva durkheimiana, el más alto de esos costos consiste en la ausencia de una moral profesional, que regule las actividades de los grupos económicos (por ejemplo, de los empresarios y de los trabajadores). Esto es especialmente peligroso para la estabilidad del sistema social, puesto que la economía es la actividad principal en la sociedad moderna y, si es correcta la tesis durkheimiana, el desarrollo capitalista lleva a debilitar la regulación de esa actividad.

Durkheim desarrolla metódicamente su argumento. Para empezar:

“Una moral es siempre la obra de un grupo y no puede funcionar más que si este grupo la protege con su autoridad. Está compuesta por reglas que dirigen a los individuos, que los obligan a actuar de cierta manera, que imponen límites a sus inclinaciones y les impiden ir más allá. Ahora bien, sólo hay un poder moral - y, por consiguiente, superior al individuo- que puede imponerle legítimamente una ley: el poder colectivo. En la medida en que el individuo es abandonado a sí mismo, en la medida en que es eximido de toda obligación social, es liberado también de toda obligación moral. La moral profesional no podría sustraerse a esta condición de toda moral.” (p. 70)

Todo grupo necesita de una moral para funcionar adecuadamente, es decir, de un conjunto de normas que rigen los derechos y deberes de sus miembros (y que sirve, también, para justificar la jerarquía existente al interior del grupo). Pero la moral emana del grupo y no del individuo, pues este último, en el marco de una economía de mercado, pone su interés particular por sobre el interés colectivo. De modo que, si el grupo se debilita (por acción de esa misma economía de mercado), la moral pierde consistencia o, en el peor de los casos, desaparece. Sin moral, el grupo queda sumido en la lucha de todos contra todos [5]: “Es imposible que una función social exista sin disciplina moral. Porque, de otro modo, no hay más que apetitos individuales - que son naturalmente infinitos, insaciables - y, si nada los regula, no podrían regularse a sí mismos.” (p. 74; el resaltado es mío - AM -)

En este punto aparece una paradoja: el capitalismo, que produce la disolución del grupo, no puede permitir, sin embargo, que el grupo profesional se disgregue y que el conflicto escale, pues el capital demanda estabilidad. Sin moral profesional, la sociedad se tambalea, pues el individualismo da paso a la competencia y ésta se convierte en la lucha de todos contra todos. 

La inexistencia de moral profesional en los grupos económicos se encuentra en la base de la crisis del capitalismo. Durkheim lo expone así:

“De allí [de la ausencia de disciplina moral en los grupos profesionales] proviene, precisamente, la crisis que sufren las sociedades europeas. La vida económica ha adquirido, desde hace dos siglos, un desarrollo que no había tenido jamás; de función secundaria que era, despreciada, abandonada a las clases inferiores, ha pasado al primer lugar. Las funciones militares, administrativas y religiosas pierden terreno frente a ella. Sólo las funciones científicas están en condiciones de disputarle esta primacía, y aun la ciencia tiene prestigio frente a la sociedad en la medida en que puede servir a la práctica, es decir, en gran parte a las profesiones económicas. (...) Una forma de actividad que tiende a ocupar tal lugar en el conjunto de la sociedad no puede estar desprovista de toda reglamentación moral especial, sin que de ello resulte una verdadera anarquía. Las fuerzas que han sido desatadas ya no saben cuál es su desarrollo normal, dado que nada les indica donde deben detenerse. Se tropiezan unas a otras en movimientos discordantes, reduciéndose, rechazándose mutuamente. Sin dudas, los más fuertes logran destruir a los más débiles, o al menos, colocarlos en un estado de subordinación. Pero, como esta subordinación no es más que un estado de hecho que no está consagrado por ninguna moral, no es aceptada más que por obligación y hasta el día en que llegue una revancha siempre esperada. (...) De allí provienen los conflictos siempre renacientes entre los diferentes factores de la organización económica.” (pp. 74-75)

De modo que la principal actividad de las sociedades capitalistas, la vida económica, adquiere el carácter de “competencia anárquica”, con la consiguiente pulverización de los lazos sociales. Es cierto que Durkheim no ve la otra cara del desarrollo capitalista, la centralización del capital; sin embargo, percibe con agudeza las consecuencias disolventes de ese desarrollo para los grupos sociales.

El liberalismo económico (en el texto recibe la denominación de “economicismo”) propone una solución a la paradoja. Durkheim la sintetiza de la siguiente manera: “El economicismo sostiene que el juego de las fuerzas económicas se regularía a sí mismo y tendería automáticamente al equilibrio sin que fuera necesario ni posible someterlo a un poder moderador.” (pp. 73-74) Pero es precisamente el juego de las fuerzas económicas el que pone al grupo en respiración artificial; en otras palabras, el economicismo recomienda apagar el incendio arrojando al fuego más y más bidones de nafta.

Pero la crítica durkheimiana va más allá del liberalismo económico y alcanza también a los socialistas:

“El socialismo admite, al igual que el economicismo, que la vida económica está en condiciones de organizarse a sí misma, de funcionar regular y armónicamente sin que ninguna actividad moral se ocupe de ella, a condición de que el derecho de propiedad sea transformado, que las cosas dejen de estar monopolizadas por los individuos y las familias para ser puestas en manos de la sociedad. Hecho esto, el Estado sólo tendría que llevar una estadística exacta de las riquezas periódicamente producidas y distribuirlas entre los asociados según una fórmula preestablecida. “ (p. 74).

Liberales y socialistas tienen en común el economicismo, la concepción que sostiene que la economía se regula automáticamente, sin necesidad de una intervención externa. Pero, tal como se explicó más arriba, esto es imposible.

La teoría del automatismo de las leyes económicas parte del error de suponer que los fenómenos económicos existen y pueden analizarse por separado del resto de la organización social. Esta teoría se enlaza con el individualismo, pues ambas concepciones postulan la inexistencia de los condicionamientos sociales sobre los individuos y los fenómenos económicos.

La causa principal de la crisis consiste, según Durkheim, en la incapacidad de la economía de proveerse de un conjunto de reglas que la regulen: “El orden, la paz entre los hombres, no puede resultar automáticamente de causas completamente materiales, de un mecanismo ciego, por más sabio que sea. Es una obra moral.” (p. 75; el resaltado es mío - AM-).

Durkheim no se queda en la constatación de la impotencia de liberales y socialistas para resolver la crisis del capitalismo; viene a proponer un sueño: las corporaciones como remedio a la inexistencia de reglas morales en la vida económica. Este propuesta se desarrolla en las Lecciones 2° y 3° (pp. 77-103)

Aquí no tenemos espacio para desarrollar la solución durkheimiana, que será tratada en un texto futuro. Pero hay que enfatizar que el aporte más sustancial de las lecciones se encuentra en la crítica del economicismo, cuyo postulado fundamental (el de la crítica) es la afirmación de la incapacidad de la economía para regularse a sí misma. Si se acepta esta incapacidad, el homo oeconomicus no puede ser el fundamento de toda la vida social, pues el individuo carece de la facultad de autogenerar las normas que regulan las relaciones entre las personas.

En nuestra época, las invocaciones a la autorregulación del mercado y sus poderes mágicos para resolver los problemas económicos se hallan en boca de muchos políticos, periodistas y opinólogos. En medio de tanto ruido economicista es bueno tener presente otra perspectiva sobre la crisis, así más no sea para preservar la salud mental (la propia y la del prójimo). La soledad que menta el capitán Ahab no suele ser buena consejera.

 

Villa del Parque, sábado 29 de abril de 2023

 


Notas:

[1] “La física de las costumbres tiene por objeto el estudio de los hechos morales y jurídicos.” (p. 65)

[2] Los dos problemas fundamentales que debe resolver la física de la costumbre son: “1°) Cómo se han constituido históricamente estas reglas, es decir, cuáles son las causas que las han suscitado y los fines útiles que cumplen; 2°) La manera en que funcionan en la sociedad, es decir, el modo en que son aplicadas por los individuos.” (p. 65)

[3] Existen las reglas de moral universal, que “se aplican a todos los hombres indistintamente. Son las relativas al hombre en general, considerado en cada uno de nosotros” (p. 67). Estas reglas se dividen en dos grupos: a) la moral individual, que involucra las relaciones de cada uno consigo mismo; b) “las relaciones que conciernen con los otros hombres, haciendo abstracción de todo grupo particular” (p. 67). Pero entre ambos extremos existen deberes propios de grupos particulares (no abarcan a todas las personas). Entre ellos se encuentra la moral profesional, que abarca las reglas que rigen cada una de las actividades que realizan las personas en tanto productores, empleados, profesionales, funcionarios públicos, etc. Presenta una gran diversidad, pues abarca profesores, comerciantes, sacerdotes, soldados, etc. Ahora bien, “el rasgo distintivo de esta moral , el que la diferencia de las otras partes de la ética, es el desinterés con el que la considera la conciencia pública. No hay reglas morales cuya violación, al menos en general, sea vista con más indulgencia por la opinión. Las faltas que sólo conciernen a la profesión son objeto de una reprobación que pierde intensidad fuera del medio propiamente profesional. Son consideradas veniales. (...) Este carácter de la moral profesional se explica fácilmente. Esta moral no puede interesar vivamente a la conciencia común, precisamente porque está fuera de esta conciencia común. Precisamente porque impera sobre funciones que no todo el mundo cumple (...) He aquí por qué el sentimiento público es ofendido débilmente por este tipo de faltas. Sólo le atañen aquellas que por su gravedad son susceptibles de tener repercusiones generales.” (pp. 69-70)

[4] La relación entre capitalismo e individualismo fue descripta por Karl Marx (1818-1883) en un pasaje de la Introducción a los Grundrisse: “Solamente al llegar al siglo XVIII, con la ≪sociedad civil≫, las diferentes formas de conexión social aparecen ante el individuo como un simple medio para lograr sus fines privados, como una necesidad exterior. Pero la época que genera este punto de vista, esta idea del individuo aislado, es precisamente aquella en la cual las relaciones sociales (universales según este punto de vista) han llegado al más alto grado de desarrollo alcanzado hasta el presente. El hombre es, en el sentido más literal, no solamente un animal social, sino un animal que sólo puede individualizarse en la sociedad.” (Marx, K., Elementos fundamentales para la crítica de la economía política, Buenos Aires, Siglo XXI, 1997, vol. 1, p. 4).

[5] Es casi inevitable recordar aquí la formulación del estado de naturaleza efectuada por Thomas Hobbes (1588-1679): “En esta guerra de todos contra todos, se da una consecuencia: que nada puede ser injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de lugar. Donde no hay un poder común, la ley no existe: donde no hay ley, no hay justicia. En la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales.  Justicia e injusticia no son facultades ni del cuerpo ni del espíritu. Si lo fueran, podrían darse en un hombre que estuviera solo en el mundo, lo mismo que se dan sus sensaciones y pasiones. Son, aquéllas, cualidades que se refieren al hombre en sociedad, no es estado solitario. Es natural también que en dicha condición no existan propiedad ni dominio, ni distinción entre tuyo y mío; sólo pertenece a cada uno lo que puede tomar, y sólo en tanto que puede conservarlo.” (Hobbes, Th., Leviatán, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 1998, p. 104).

miércoles, 29 de marzo de 2023

FICHA DE LECTURA: BLANCO, RAZÓN Y MODERNIDAD (2006)

Gino Germani

 

Alejandro Blanco es un sociólogo argentino, profesor en la Universidad Nacional de Quilmes. Es autor de Razón y modernidad: Gino Germani y la sociología en la Argentina (Buenos Aires, Sudamericana, 2006). El presente trabajo, una ficha de lectura sin otras pretensiones, comprende los capítulos 4 (La crisis de la razón y el programa de un racionalismo ampliado), 6 (La disputa por el método y el proyecto de una “ciencia unificada”) y 7 (La institucionalización de la “sociología científica”).


Gino Germani (1911-1977) se propuso crear una sociología científica en Argentina.[1]

Los dos objetivos principales de su proyecto teórico fueron:

a] Transferir el método experimental al campo de las ciencias sociales y convertir así a la sociedad en un objeto pasible de ser examinado a la luz de un método y un control experimental. (p. 106).

b] Colocar a las ciencias sociales en el papel de disciplinas orientadoras de un programa de reconstrucción racional de la sociedad. (p. 106).

Los principios fundamentales de su proyecto teórico e institucional fueron planteados en La sociología científica. Apuntes para su fundamentación (1956). Este trabajo puede ser considerado, según Blanco, como la “carta de incorporación”[2] de la sociología en el marco de las ciencias sociales en Argentina.

La creación de una sociología científica suponía:

è Superar, en el terreno de la práctica, la dicotomía entre sociología general (basada en un enfoque culturalista) y sociografía. Esta dicotomía había sido postulada por la sociología académica argentina, que concebía a la sociología como ciencia de la cultura, y a la llamada sociografía como fuente de datos para la primera. Germani proponía, en cambio, la conformación de una sociología definida como “ciencia empírica-analítica” (p. 169).

è Entrelazar, en el plano de la teoría, diferentes perspectivas. Todas ellas tenían en común el plantear que “«la ciencia social» era vista como una empresa opuesta a las perspectivas más filosóficas o especulativas de ésta.” (p. 171). Germani utilizó centralmente el neopositivismo, pero también la tradición cientista norteamericana, que se apoyaba a su vez en las tradiciones estadounidenses del pragmatismo, el conductismo y el operacionalismo.

è Emprender, también en el plano de la teoría, la reinterpretación de la obra de Max Weber (1864-1920). Este autor, interpretado de manera muy variada, era uno de los pilares de la posición de los profesores de sociología en Argentina en la década de 1940[3].

El proyecto de conformación de la sociología científica incluyó también:

è La participación activa de Germani en la reorganización de la Universidad argentina (sobre todo de la Universidad de Buenos Aires) luego del derrocamiento del peronismo en 1955. En este contexto, lideró el proyecto del Instituto de Sociología, que se convirtió en el primer centro de investigación y de formación de sociólogos en Argentina.

La sociología científica de Germani trabajó: a) la problemática del peronismo[4]; b) la problemática de la modernización y el desarrollo. De este modo, su proyecto se enlazó con dos de las preocupaciones centrales de la sociedad argentina del período posterior al golpe de 1955.

Ahora bien, ¿cuáles eran las características principales de la sociología con que se enfrentó Germani en Argentina?

Se trataba de una sociología “académica” de profesores que ocupaban un rol secundario en el sistema educativo formal; puede decirse que era una sociología “de cátedra”. Su enfoque era culturalista y defendía una división férrea entre sociología y sociografía. Existía una fuerte influencia de la sociología alemana (sobre todo, de la distinción entre ciencias naturales y ciencias sociales). Weber (cuya llegada a la Argentina fue relativamente tardía), era interpretado en clave espiritualista o culturalista[5].

Esta sociología formó parte de la reacción antipositivista que se verificó en Argentina en la década de 1930[6].

“De acuerdo a la nueva autocomprensión «culturalista» de la sociología, la sociografía, guiada por métodos naturalistas, era concebida como disciplina auxiliar de la sociología; a esta última quedaba reservada la tarea de conocer aquella dimensión de la vida social que, dada su naturaleza eminentemente espiritual, exigía una aproximación en los términos de una comprensión intuitiva. La prioridad asignada al saber de matriz filosófica en el estudio de los asuntos humanos se fundaba en un rechazo al determinismo positivista que – se argumentaba - colocaba la acción de los hombres en un marco demasiado estrecho de inteligibilidad.” (p. 112). 

¿Sobre qué bases epistemológicas construyó Germani su sociología científica?

Ante todo, Blanco aclara que Germani no propuso una ortodoxia, esto es, no fue estrictamente neopositivista en la fundamentación epistemológica de su teoría sociológica. Por el contrario, en Germani se encuentra una colección de fuentes que tenían en común la defensa de un enfoque empírico y el rechazo de una concepción filosófica de la sociología.

è Neopositivismo: aporte fundamental para edificar una sociología científica. Ejes: Rigor formal (validez deductiva), base empírica del conocimiento científico (verificabilidad de las proposiciones), búsqueda de un sistema de axiomas capaz de abarcar todo el conocimiento científico (ciencia unificada) (p. 169). El postulado de la ciencia unificada era interpretado por Germani en el sentido de que el neopositivismo planteaba que las ciencias sociales tenían que utilizar los mismos métodos que las ciencias naturales, con el objeto de garantizar la objetividad del conocimiento[7].

Germani pensaba que el neopositivismo (como también la neutralidad valorativa weberiana) recaía en una pura racionalidad instrumental (medios-fines), en la que los científicos estaban capacitados para indicar, previo establecimiento por los actores de los fines deseados, cuál era el camino más económico para llegar a ese fin a partir de los medios disponibles. Esto era un problema, puesto que la ciencia carecía de una racionalidad final, es decir, de instrumentos capaces de establecer cuáles fines eran mejores, o cuáles más valiosos al momento de realizar la elección de los objetivos propuestos[8]. La dificultad residía en que, si la ciencia se limitaba al terreno de lo legítimamente expresable, como pensaba, por ejemplo, Ludwig Wittgenstein (1889-1951), el campo de las cuestiones éticas y metafísicas quedaba abandonado a las filosofías irracionalistas o a la teología.

“Se advierte así la presencia de una tensión instalada en la estrategia de Germani de comprometer a las ciencias sociales con las tareas de la planificación en la medida en que, si por un lado admitía que aquel compromiso limitaba la intervención práctica de la sociología a una orientación de carácter instrumental (Weber-Mannheim), por el otro advertía que dicha limitación podía terminar encerrando a aquélla en lo que hoy llamaríamos (…) en el «círculo funcional de la racionalidad instrumental». De esta manera, la ciencia quedaba desconectada de cualquier problematización de los valores o los fines últimos, cuya consecuencia, todavía más embarazosa, era la de verse al servicio de fines que escapaban a su dominio y que incluso podían llegar a ser contradictorios con la existencia de la propia ciencia como actividad racionalmente organizada.” (p. 124-125).

Blanco sostiene que estas vacilaciones de Germani al momento de adherir plenamente a una epistemología de base neopositivista obedecen a una persistencia “de un impulso o residuo de ilustración en el proyecto de ciencia social ideado por Germani y que venía a contrariar naturalmente las convicciones más fuertes del programa neopositivista.” (p. 125).

è Racionalismo: Es el elemento teórico que crea tensiones y vacilaciones en el seno del proyecto de Germani. Es “un racionalismo que se rehúsa a conceder a un conocimiento de naturaleza metafísico, intuitivo, la discusión sobre las causas últimas, tanto como la voluntad de comprometer a la ciencia en el proyecto de una reforma práctico-moral de la sociedad.” (p. 125).

è Pragmatismo: Esta era una escuela filosófica que había tenido una escasa recepción en Argentina. Su principal exponente era el filósofo John Dewey (1859-1952). “…era esa actitud positiva hacia la ciencia y los métodos experimentales, tan característica de aquella tradición, no menos que su confianza en que la «investigación científica organizada» podría proponer soluciones racionales a la crisis, lo que permitía a Germani articular una perspectiva a la vez sobre la naturaleza del método de las ciencias sociales y sobre el papel de éstas en conexión con los problemas sociales.” (p. 117-118).

En el pragmatismo Germani encontró tanto una justificación del énfasis puesto en los procedimientos empíricos en las ciencias sociales (cosa que ya existía en el neopositivismo), como una fuerte atención en la cuestión de la planificación social. La filosofía pragmatista era partidaria de “la necesidad de una planificación democrática que permitiría someter a control las «fuerzas de la producción» y conjugar, simultáneamente, los imperativos de la organización con los de la libertad.” (p. 118).

La propuesta de Dewey era la siguiente: admitir

“el condicionamiento social del conocimiento social en la medida en que la génesis de sus problemáticas constituía una respuesta a las cuestiones planteadas por la vida social; pero a diferencia de aquél, el pragmatismo confiaba en que una extensión de los métodos de las ciencias naturales a los asuntos humanos y morales estaba en condiciones de superar el relativismo que había puesto en crisis la objetividad del conocimiento histórico-social. En los términos de Dewey, la puesta en práctica de los métodos experimentales permitiría a la vez que plantear un nuevo tipo de objetividad, esta vez de carácter probabilístico, llevar adelante un programa de reforma moral e intelectual de las costumbres institucionales destinado a profundizar el proceso de secularización abierto por el espíritu moderno. En este nuevo contexto, las ciencias sociales estaban destinadas a cumplir un papel central en dicha reforma.” (p. 118-119).

è Sociología del conocimiento: Germani retomó la línea de pensamiento desarrollada por Karl Mannheim (1893-1947) y la unió con la del pragmatismo, con el objetivo de fundamentar el papel que daba a la sociología en la tarea de planificación social.

¿De qué modo reinterpretó Germani la sociología weberiana?

Dada la influencia que tenían la sociología y la cultura alemanas en la Argentina (muy notoria en las décadas de 1930 y 1940), Germani se abocó a demostrar los errores de las interpretaciones de la sociología académica argentina acerca de la teoría weberiana. De hecho, su apelación a la construcción de una sociología científica no resulta plenamente entendible si no se toma en cuenta el modo en que valoró la metodología desarrollada por Weber.

Germani no sólo ajustó cuentas con las interpretaciones habituales de la sociología weberiana, sino que también la emprendió con la tradición alemana en general. Según Blanco, Germani pensaba que “gran parte de la tradición alemana no ofrecía los medios para superar aquella distinción [entre sociología general y sociografía] y lograr así una unificación de la teoría y de la investigación empírica.” (p. 179).

Germani llevó adelante dos operaciones para dejar de lado el enfoque aceptado sobra la sociología de Weber:

·         “…sustraer a Weber de ese contexto interpretativo (el de la dicotomía ciencias naturales/ciencias del espíritu) y colocar su apuesta metodológica en el contexto de una definición general y única del proceder científico.” (p. 179)

Para Germani, Weber sostenía que no había diferencias sustanciales entre los métodos de las ciencias naturales y los de las ciencias sociales: “Weber había mostrado claramente que los «hechos» que son parte de la experiencia común o de la elaboración científica no son nunca una representación de la realidad sino una selección de ciertos aspectos, principio que se aplica tanto a la realidad natural como a la realidad histórico social. (…) En todo caso (…) la diferencia entre ciencias naturales y ciencias del espíritu no radicaba en el uso de conceptos generales – uso que en realidad ambas compartían – sino en la dirección del interés científico, hacia lo general, en las primeras, hacia lo individual en las segundas.” (p. 180-181).[9]

·         Germani intentó disociar el método weberiano de la comprensión de “cualquier procedimiento puramente intuicionista” (p. 181). “En todo caso, lo que pretendía desautorizar Germani era la asociación de la comprensión con un procedimiento destinado a captar alguna esencia o fenómeno irreductible a su expresión en un conjunto de proposiciones empíricamente verificables.” (p. 182).

·         Germani convidó que el tipo ideal, en tanto método de comprensión de conexiones objetivas de sentido, no difería en su fundamentación lógica de los procedimientos empleados por las ciencias naturales. Según Germani, “el empleo del tipo ideal en la investigación social no implicaba de ninguna manera un procedimiento distinto del de las ciencias naturales.” (p. 182).

 

Villa del Parque, miércoles 29 de marzo de 2023


NOTAS:

[1] Era italiano y había nacido en Roma. Arribó al país en 1934. Permaneció en Argentina hasta 1966, año en que marchó a EE. UU. para dictar clases en la Universidad de Harvard.

[2] Una carta de incorporación es un “documento público destinado a constituir una asociación formal o grupo corporativo a través de la designación de sus propósitos distintivos, de sus procedimientos operatorios, de sus recursos disponibles y de sus objetivos futuros (…) reclamo de una identidad así establecida así como la exigencia de derechos y privilegios correspondientes al estatus separado de una corporación.” (p. 168).

[3] Blanco sostiene la interpretación de la obra de Weber por Germani está en la línea de la llevada adelante por Talcott Parsons (1902-1979) en La estructura de la acción social (1937).

[4] Germani confesó posteriormente que en 1955 fue consultado por el dictador general Aramburu acerca de la “posibilidad y forma” de organizar una campaña de “desperonizacion”. La respuesta de Germani fue formulada en su ensayo “La integración de las masas a la vida política y el totalitarismo” (1956). (p. 190-191).

[5] En pp. 174-178, Blanco analiza las interpretaciones de Weber realizadas por Raúl Orgaz (1888-1948), Alfredo Poviña (1904-1986), Renato Treves (1907-1992), Francisco Ayala (1906-2009) y Ricardo Levene (1885-1959).

[6] Blanco afirma que se trató de una reacción de corte espiritualista contra la ciencia y su “crudo materialismo”. “Se cuestionaba (…) la pretensión positivista de transferir métodos que sólo resultaban válidos para analizar el mundo material al dominio de lo subjetivo que, incuantificable por naturaleza, debía quedar sometido a un tipo de saber que fuera capaz de poner de relieve la autonomía de la personalidad.” (p. 109).

[7] Para Germani, “la idea de una ciencia unificada como la de la extensión del método experimental a las ciencias sociales venía a contrariar, en principio, el establecimiento de una distinción, interna a la sociología, entre «ciencia cultural» y «sociografía» que era moneda corriente en el discurso filosófico y social de entonces.” (p. 117).

[8] Todo este argumento se desarrolla en pp. 119-125 del texto.

[9] Uno de los reproches que Germani dirigía a los intérpretes latinoamericanos de Weber era la separación entre el método de la comprensión y el de la explicación, pues esta escisión refrendaba la separación entre ciencias naturales y ciencias sociales. Para Germani era precisamente al revés, y mediante el acercamiento entre explicación y comprensión, Weber había disminuido la separación entre ciencias naturales y ciencias sociales.

 


lunes, 27 de febrero de 2023

RESEÑA: DURKHEIM, REGLAS DEL MÉTODO SOCIOLÓGICO, CAPÍTULO 6


Émile Durkheim y Marcel Mauss

La obra Reglas del método sociológico (1895) [1] representa el intento más serio de Émile Durkheim (1858-1917) para fundamentar los supuestos epistemológicos de la sociología. Es, además, uno de los primeros textos de sociología dedicados íntegramente a la cuestión del método. Los propósitos centrales de la obra son: a) construir una sociología científica, por oposición a las sociologías “ideológicas” de Auguste Comte (1798-1857) y de Herbert Spencer (1820-1903) [2]; b) establecer el campo específico de la sociología, demarcándolo de disciplinas como la psicología, la economía y la filosofía.

En el capítulo 6, Durkheim parte de la aceptación del hecho de que es imposible realizar experimentación en sociología. Afirma que, puesto que

“la explicación sociológica consiste exclusivamente en establecer relaciones de causalidad, trátese de vincular un fenómeno con su causa, o por el contrario una causa con sus efectos útiles. Como por otra parte los fenómenos sociales escapan evidentemente a la acción del experimentador, el método comparado es el único útil en sociología.” (p. 137).

En este sentido, sostiene que Comte no comprendió adecuadamente el valor del método comparativo y propuso completarlo con el método histórico; según Durkheim, esto tiene que ver con la orientación específica de la sociología comteana, concentrada en formular una explicación del curso general del desarrollo histórico.

En este punto, Durkheim se ve obligado a discutir la afirmación de John Stuart Mill (1806-1873) acerca de la inaplicabilidad de la experimentación (aún la indirecta o método comparativo) en la sociología. Hay que tener en cuenta que el argumento de Mill se basaba en la afirmación de que en los fenómenos sociológicos operaba siempre una multiplicidad de causas. Durkheim rechaza este postulado y sostiene que

“si se quiere utilizar el método comparado con criterio científico – es decir, ajustándose al principio de causalidad según se desprende de la ciencia misma – es necesario tomar como base de las comparaciones realizadas la siguiente proposición: A un mismo efecto corresponde siempre una misma causa.” (p. 140).

En esta posición de Durkheim se ve a las claras la fuerte influencia que ejercía sobre él el modelo de las ciencias naturales, sobre todo el de la biología.

En el apartado siguiente (pp. 140-146), Durkheim procura establecer la utilidad diferencial de los diversos procedimientos del método comparativo aplicados al estudio de la sociología. Así, afirma que el método llamado de los residuos “no tiene ninguna utilidad en el estudio de los fenómenos sociales” (p. 140-141). Esto es así porque los fenómenos sociales son demasiado complejos como para poder anular el efecto de todas las causas menos una.

En cuanto al método de la concordancia y el de la diferencia, sostiene que resultan de difícil utilización en la sociología. Esto es así porque, puesto que consisten en que los casos comparados concuerden en un solo punto o difieran en un solo punto, es muy difícil que puedan sortear el carácter complejo de lo social.

En cambio, se muestra partidario de la utilización del método de las variaciones concomitantes:

“En efecto, para que este método sea demostrativo, no es necesario que todas las variaciones diferentes de las que comparamos hayan sido rigurosamente excluidas. El simple paralelismo de los valores que se manifiesta en los dos fenómenos siempre que se lo haya definido en número suficiente de casos suficientemente variados, es la prueba de que existe entre ellos una relación. Este método debe dicho privilegio al hecho de que configura la relación causal, no desde afuera como los anteriores, sino desde dentro.” (p. 141-142).

Durkheim destaca que una de las ventajas de este método consiste en que, a diferencia de las otras variantes del método comparativo, “para que aporte resultados bastan algunos hechos” (p. 144). Durkheim sostiene que la sociología compensa la pobreza de los medios experimentales de que puede servirse con “la riqueza de las comparaciones del sociólogo y de las que no hallamos ningún ejemplo de los restantes reinos de la naturaleza” (p. 145).

Ahora bien, señala que para que las comparaciones sean fructíferas, es conveniente no contar sólo con variaciones aisladas, sino con “series de variaciones constituidas regularmente, cuyos términos se vinculan entre sí en una gradación tan continua como es posible, y que además poseen suficiente extensión” (p. 146). Por esto dedica el último apartado del capítulo (pp. 146-149) al análisis de los procedimientos para constituir dichas series. La cuestión fundamental radica en que las series se van a construir a partir de hechos tomados de una única sociedad o de varias especies sociales distintas (Durkheim trata la cuestión de las especies sociales en el capítulo 4 de la obra). En este punto hace una observación importante, “no es posible explicar un hecho social de cierta complejidad si no se sigue su desarrollo integral en todas las especies sociales” (p. 148-149). Sólo de este modo se logrará darle su pleno valor al método comparativo.

Villa del Parque, lunes 27 de febrero de 2023


NOTAS:

[1] Todas las citas corresponden a: Durkheim, E. [1° edición: 1895]. (1976). Las reglas del método sociológico. Buenos Aires, Argentina: Editorial La Pléyade.

[2] En otra parte del libro, Durkheim las califica de sociologías “ideológicas” porque parten de las ideas y no de los hechos.

domingo, 29 de enero de 2023

RESEÑA: DURKHEIM. PRIMER Y SEGUNDO PREFACIOS A LAS REGLAS DEL MÉTODO SOCIOLÓGICO

 



La obra Las reglas del método sociológico (1895) constituye el intento más elaborado de parte de Emile Durkheim (1858-1917) por sentar las bases epistemológicas y metodológicas de su teoría sociológica.

Durkheim comienza señalando su preocupación por transformar a la sociología en una disciplina científica, que tenga el mismo estatus que ciencias naturales tales como la física y la biología. Para hacer eso es imprescindible sentar las bases del método con el que va a examinar la realidad social, así como también establecer en qué consiste su objeto de estudio. En este camino, Durkheim va a proponer la construcción de una sociología que incorpore elementos conceptuales y metodológicos de las ciencias naturales. En este sentido, el prefacio a la 1º edición marca el carácter fundacional de su tentativa, pues insiste en marcar la escasa reflexión metodológica existente hasta ese momento sobre la sociología. Durkheim abriga un propósito netamente fundacional, pues determinando el objeto y los métodos propios de la nueva disciplina, se encuentra en condiciones de establecer su demarcación de otras ciencias cercanas tales como la psicología.

En el prólogo a la 2º edición, Durkheim se dedica a contestar a los críticos de la obra. En este sentido, cada uno de los tres apartados en los que está dividido el prefacio constituye la refutación de alguna de las críticas recibidas. Antes de entrar a desarrollar estas críticas, corresponde hacer notar que Durkheim remarca que el desarrollo de la sociología (y de la reflexión metodológica en el marco de esta) le ha permitido a la nueva disciplina deslindarse de manera creciente de la filosofía, dejando de constituir una de sus ramas (p. 12).

La primera de las críticas examinadas por Durkheim es la que se encuentra concentrada en el rechazo de la proposición de que es necesario tratar los hechos sociales como si fueran cosas. Durkheim señala que dicho rechazo obedece a un equívoco motivado por la mala comprensión de su afirmación. Así, el objetivo de la afirmación

“no es reducir las formas superiores del ser a las formas inferiores, sino por el contrario reivindicar para las primeras un grado de realidad por lo menos igual al que todo el mundo concede a las últimas. En efecto, no afirmamos que los hechos sociales son cosas materiales, sino que son cosas con iguales títulos que las cosas materiales, aunque de distinto modo.” (p. 12-13).

La confusión de sus críticos consiste, por tanto, en postular que la frase durkheimiana es una manifestación de reificación de los fenómenos sociales. Durkheim muestra que el sentido de su expresión no hay que buscarlo tanto en los objetos estudiados, sino en el investigador que los estudia; de esta manera, Durkheim dice expresamente que

“tratar los hechos de cierto orden como a cosas, no implica clasificarlos en tal o cual categoría de lo real; significa adoptar frente a ellos cierta actitud mental. Implica abordar el estudio de los mismos partiendo del principio de que se ignora absolutamente lo que son, y de que sus propiedades características, como las causas desconocidas de las cuales dependen, no pueden develarse apelando a la introspección, por minuciosa que ésta sea” (p. 13).

Puede observarse aquí como Durkheim establece, implícitamente, una divisoria de aguas respecto a la sociología comprensiva de Max Weber (1864-1920). Durkheim afirma que para constituir la objetividad de su disciplina, el sociólogo va a tener que realizar un esfuerzo constante por desechar todas las representaciones que ha ido forjando acerca de los fenómenos sociales a lo largo de su vida. En este sentido, cabe decirse que la ciencia se construye a partir de un arduo trabajo de eliminación de las prenociones de los individuos. De esta manera,

“nuestra regla no implica ninguna concepción metafísica, ninguna forma de especulación sobre el fondo de los seres. A lo sumo exige que el sociólogo asuma el estado de espíritu que caracteriza a los físicos, los químicos, los fisiólogos, cuando se internan en una región aún inexplorada de su dominio científico.” (p. 15).

Sólo cuando la sociología pueda adoptar esta actitud mental podrá transformarse efectivamente en una disciplina científica.

En el segundo apartado se dedica a discutir la crítica que rechaza su afirmación de que “los fenómenos sociales son exteriores a los individuos” (p. 16). En este punto cabe decir que Durkheim polemiza contra la posición individualista metodológica sostenida por los economistas y por sociólogos como Spencer (1820-1903). Para estos, la sociedad está formada por una suma agregada de individuos, y no puede sostenerse de ningún modo que constituya un sustrato independiente de los individuos que la componen. Durkheim sostiene que esta concepción es falsa y que la sociedad manifiesta su realidad independiente de los individuos cuando éstos intentan llevar a cabo conductas que no cuentan con la sanción del colectivo social. En este caso, el individuo tropieza con una coerción, y es justamente esta coerción la que permite afirmar la autonomía de la sociedad.

Durkheim tiene presente en todo momento que la aceptación de la tesis individualista supone cerrar el camino para la construcción de una sociología independiente de la psicología: “Los hechos sociales no difieren de los hechos psíquicos solo por la calidad; tienen otro substrato, no evolucionan en el mismo medio, no dependen de las mismas condiciones.” (p. 17). Las relaciones que entablan los individuos entre sí los llevan a constituir, sin que ellos mismos lo sepan, una mentalidad colectiva que es muy diferente a la mentalidad individual, y que crea normas y pautas de conducta que no están en los individuos. Esto le permite, otra vez, separar los tantos respecto a la psicología: “La mentalidad de los grupos no es igual a la de los individuos; tiene sus propias leyes. Por lo tanto, las dos ciencias son tan diferentes como pueden serlo dos ciencias…” (p. 18). Para plasmar conceptualmente las diferencias entre los hechos individuales (estudiados por la psicología) y los hechos sociales (campo de estudio de la sociología), Durkheim elabora el concepto de representación colectiva.

En el tercer apartado se dedica a abordar los distintos aspectos implicados en la definición del concepto de hecho social. Aquí Durkheim se preocupa por despejar las equivocaciones que consisten en atribuir a la sociología las formas del pensamiento filosófico (p. 21). Así, Durkheim responde a los críticos que sostenían que su elaboración de la sociología se apoyaba en postular la centralidad de principio de imposición (al igual que Tarde lo hacía con el principio de la imitación). En este punto Durkheim se propone deslindar el significado de su concepción de la imposición social (la coerción).

Finalmente, Durkheim insiste en la centralidad de “nuestro principio fundamental: la realidad objetiva de los hechos sociales. Así, pues, en definitiva todo descansa sobre este principio, y todo se reduce a él.” (p. 24). Una afirmación tan fuerte se explica si se tiene en cuenta que Durkheim se hallaba disputando terreno con el individualismo metodológico (economistas) y con la psicología.

 

Villa del Parque, domingo 29 de enero de 2023


NOTA (para bibliófilos):

Todas las citas corresponden a Durkheim, E. (1976). Las reglas del método sociológico. Buenos Aires, Argentina: Editorial La Pléyade.

martes, 3 de enero de 2023

RESEÑA: DURKHEIM, SEGUNDO LIBRO DE LA DIVISIÓN DEL TRABAJO SOCIAL (1893)

 

Durkheim en la Universidad de París

Advertencia para bibliófilos:

Para la redacción de esta reseña se utilizó la siguiente edición: Durkheim, E. [1° edición: 1893]. (2008). La división del trabajo social. Buenos Aires, Argentina: Gorla. Traducción de Rocío Annunziata.

Abreviaturas:

DT= División del trabajo


Tal como lo enuncia en la introducción a la obra, Durkheim se propone en el Libro Segundo estudiar las causas y condiciones de la DT.

En primer término, Durkheim se dedica en el capítulo 1 a refutar la tesis de los economistas de que la DT tiene por causa la necesidad de aumentar la felicidad de los individuos. Los progresos de la DT no se traducen en un aumento de la felicidad de las personas, puesto que, si esto fuese así, rápidamente se alcanzaría el máximo nivel posible de felicidad, y las cosas permanecerían entonces en un estado estacionario; además, y esto es todavía más importante, si bien la expansión de la DT genera transformaciones en la sociedad, las mismas no se traducen necesariamente en un aumento de la felicidad de las personas. Por el contrario, el desarrollo de la civilización material (efecto de la DT) tiene como uno de sus efectos el aumento del número de suicidios, hecho que no puede considerarse, justamente, como una muestra del aumento de la felicidad de la sociedad.

Luego de refutar la tesis utilitarista acerca del origen de la DT, Durkheim pasa a demostrar que “el aumento de la DT se debe, pues, al hecho de que los segmentos sociales pierden individualidad, de que los tabiques que separan a los individuos se vuelven más permeables; en una palabra, de que se efectúa entre ellos una coalescencia que deja libre a la materia social para entrar en nuevas combinaciones.” (p. 309). En otras palabras, “la división del trabajo progresa, pues, tanto más cuanto más individuos hay lo suficientemente en contacto como para poder actuar y reaccionar unos sobre otros. Si convenimos en llamar densidad dinámica o moral a este acercamiento y al comercio activo que de él resulta, podremos decir que los progresos de la DT están en relación directa con la densidad moral o dinámica de la sociedad.” (p. 310).

La DT actúa, pues, erosionando la organización segmentaria de las sociedades primitivas. Ahora bien, el aumento de volumen de la sociedad (el incremento de la población de esta) y de la densidad (la mayor frecuencia y regularidad de los contactos entre los individuos), es el factor que determina mecánicamente los progresos de la DT, pues acentúa la intensidad y la dureza de la lucha por la existencia.

En palabras de Durkheim, “la división del trabajo varía en razón directa al volumen y a la densidad de las sociedades, y si progresa de manera continua en el curso del desarrollo social es porque las sociedades se vuelven regularmente más densas y, por regla general, más voluminosas. (…) Decimos, no que el crecimiento y la condensación de las sociedades permiten, sino que necesitan una mayor división del trabajo. No es un instrumento mediante el cual ésta se realiza; es su causa determinante.” (p. 315). “Pero cuanto más se aproximan las funciones, más puntos de contacto hay entre ellas, y más se exponen, por consiguiente, a combatirse. Como, en este caso, satisfacen mediante medios diferentes necesidades semejantes, es inevitable que busquen, en mayor o menor medida, invadirse una a otras.” (p. 319). Esta mayor competencia obliga a los individuos, si quieren sobrevivir, a especializar y a encontrar en esta especialización el espacio del que carecen si se dedican a las mismas actividades que los demás individuos. Es por esto que Durkheim considera que los economistas se equivocan al atribuir a la DT efectos exclusivamente económicos: “Se ve como la DT se nos aparece bajo otro aspecto que a los economistas. Para ellos, consiste esencialmente en producir más. Para nosotros, esta mayor productividad es sólo una consecuencia necesaria, un efecto, del fenómeno. Si nos especializamos, no es para producir más, sino para poder vivir en las nuevas condiciones de existencia que se nos presentan.” (p. 326).

De lo anterior se desprende la preeminencia de la vida social sobre la DT. Durkheim dedica varios párrafos a la refutación del individualismo metodológico, que sostiene que la DT es posible entre individuos aislados. Durkheim sostiene que la competencia en esas condiciones sólo engendraría un aislamiento mayor de los individuos. Así, “la DT une al mismo tiempo que opone; hace converger las actividades que diferencia; acerca a los que separa. Puesto que la competencia no puede haber determinado esta aproximación, es necesario que la misma haya preexistido; es necesario que los individuos entre los cuales se entabla la lucha ya sean solidarios y lo sientan; es decir, pertenezcan a una misma sociedad.” (p. 327).

Para Durkheim, la sociedad no brota de los individuos aislados, como afirmas los economistas; por el contrario, la vida social existe con antelación a la DT, y genera las condiciones para que ésta se produzca. Es, por tanto, un error hacer de la DT el “hecho fundamental de toda vida social” (p. 328). “Hay, pues, una vida social por fuera de toda DT, pero que ésta supone. Es, en efecto, lo que hemos establecido directamente al mostrar que existen sociedades cuya cohesión se debe esencialmente a la comunidad de las creencias y de los sentimientos, y que es de estas sociedades de donde han salido aquellas a las que la división del trabajo asegura la unidad.” (p. 328). De este modo, Durkheim realiza una refutación de los principios del individualismo metodológico.

Luego de haber demostrado en el capítulo 2 del Libro Segundo la centralidad de la vida social y el modo en que ésta determina los progresos de la DT, en los capítulos siguientes del Libro Segundo, Durkheim se dedica a estudiar los factores secundarios que inciden en el progreso de la DT.

En el capítulo 3 demuestra que la DT exige, para progresar, que las diferencias entre los individuos aumenten, y que se produzca un debilitamiento de la conciencia común (ya había mostrado esto en el Libro Primero de la obra al referirse a la disminución de las penas propias al derecho penal en las sociedades en las que predomina la solidaridad orgánica). Durkheim muestra que este debilitamiento de la conciencia común puede observarse a partir del desarrollo de formas cada vez más racionales del derecho, la moral y la civilización en general. Así, por ejemplo, la religión pierde cada vez más su carácter concreto, que la ligaba a la vida cotidiana de los individuos, y pasa a adquirir formas cada vez más intelectualizadas. De esta manera, la sociedad envuelve cada vez menos al individuo y es menos capaz, por consiguiente, de controlar las aspiraciones y pensamientos de éste. Así se crea el campo de posibilidad para al aumento de la individualidad y la mayor divergencia entre los individuos.

En el capítulo 4 muestra que la herencia, que constituye un obstáculo para la DT, va perdiendo fuerza progresivamente.

Finalmente, en el capítulo 5 Durkheim resume las consecuencias de toda su argumentación anterior. En líneas generales, se centra en demostrar las ventajas de la DT construida a partir del aumento del volumen y de la densidad sociales sobre la división fisiológica del trabajo. En este sentido, la DT muestra una mayor flexibilidad para adaptarse a circunstancias cambiantes, siendo esta mayor flexibilidad un derivado de la eliminación paulatina de las barreras que constriñen a los individuos y que son producto de la sociedad segmentada. De esta manera, y lejos de separar y anular a los distintos individuos, la DT (plasmada en la solidaridad orgánica) permite el libre desarrollo de los individuos, sin que esto impida el desarrollo de una solidaridad (una cohesión social) entre los mismos. Como indicamos arriba, todo el Libro Segundo puede pensarse como una refutación del individualismo metodológico.


Villa del Parque, martes 3 de enero de 2022


viernes, 30 de diciembre de 2022

RESEÑA: DURKHEIM, PRIMER LIBRO DE «LA DIVISIÓN DEL TRABAJO SOCIAL (1893)

 



Advertencia para bibliófilos.  En esta reseña se utilizó la traducción de Rocío Annunziata: Durkheim, E. [1°edición: 1893]. (2008). La división del trabajo social. Buenos Aires, Argentina: Gorla.

Durkheim parte en su investigación del hecho de que la división del trabajo (DT a partir de aquí) se ha generalizado hasta extremos jamás imaginados por Adam Smith (1723-1790), quien fue el primero en intentar teorizar este fenómeno. Así, en la introducción de la obra, Durkheim sostiene que “ya no es posible hacerse ilusiones sobre las tendencias de nuestra industria moderna, cada vez más orientada a los mecanismos poderosos, a los grandes grupos de fuerzas y de capitales y, por consiguiente, a la extrema división del trabajo” (p. 123).

Durkheim constata que la DT no se circunscribe únicamente al plano de los fenómenos económicos, sino que también tiene una influencia creciente en las funciones políticas, administrativas y judiciales, y sus efectos se empiezan a sentir en el ámbito de las funciones artísticas y científicas (p. 124). Es más, Durkheim extiende la validez del principio de DT del ámbito de los fenómenos sociales al campo de los fenómenos biológicos, y afirma que “no es sólo una institución social que tiene su fuente en la inteligencia y en la voluntad de los hombres, sino un fenómeno de biología general cuyas condiciones parece necesario ir a buscar en las propiedades esenciales de la materia organizada.” (p. 125).

Para Durkheim es indudable que un fenómeno tan importante ejerce una enorme influencia sobre la “constitución moral” de los seres humanos; de ahí que se proponga dar respuesta al problema de si los seres humanos debemos convertirnos en seres acabados y universales, capaces de superar la DT, o bien tenemos que aceptar la condición de ser “la parte de un todo, el órgano de un organismo” (p. 125). Para resolver esta cuestión, Durkheim se propone, en primer lugar, establecer en qué consiste efectivamente la función de la DT. Este tema es dilucidado en el Libro I de la obra.

Durkheim comienza por criticar la afirmación de sentido común de que la función de la DT es incrementar la civilización, siendo por ende principal fuente moralizadora de la sociedad moderna. Durkheim demuestra, por el contrario, que la civilización no tiene, por sí misma, un carácter moral. (pp. 132-136). De ahí que haya que desestimar la existencia de una función moralizadora de la DT, y que sea necesario, por consiguiente, buscar su función en otra dirección. Durkheim encuentra esta función en un lugar bien diferente; mientras que muchos autores habían considerado que la DT ejercía un efecto disolvente sobre las sociedades, Durkheim va a postular algo muy diferente: “los servicios económicos que ella puede ofrecer [la DT] son poca cosa frente al efecto moral que produce, y su verdadera función es crear entre dos o más personas un sentimiento de solidaridad.” (p. 137).

En otros términos, la DT es fuente de cohesión social. Para demostrar esto Durkheim se dedica a probar que las diferencias entre las personas (y la DT es un mecanismo que contribuye a incrementar estas diferencias) son fuente de acercamiento y no de separación entre las personas. Los economistas han cometido el error de apreciar sólo los resultados económicos de la DT, en tanto que “el efecto más notable de la DT no es que ella aumente el rendimiento de las funciones divididas, sino que las vuelve solidarias. Su rol en todos los casos no es simplemente embellecer o mejorar las sociedades existentes, sino hacer posibles sociedades que, sin ella, no existirían” (p. 141).

De esta manera, la DT es el factor que asegura la cohesión de las sociedades; su carácter moral se deriva, por tanto, del hecho de que permite la satisfacción de las necesidades de orden, de armonía y de solidaridad social (p. 143).

A continuación, Durkheim se propone encontrar un indicador que muestre el efecto crecientemente cohesionante de la DT. En este punto, considera que el derecho cumple este requisito y que, a través del examen de las variaciones históricas de los tipos de derecho (Va a distinguir entre derecho penal y derechos restitutivos). Cabe aclarar que esto es posible porque Durkheim considera que el derecho expresa a toda la sociedad; de ahí que las normas jurídicas constituyan la expresión más acabada de las concepciones de la sociedad. A partir de aquí, puede distinguir un lazo social cuya ruptura es el crimen y al que va a denominar solidaridad mecánica.

En otras palabras, el derecho penal expresa un estado de la conciencia moral de la sociedad, caracterizado por la existencia de un tipo de solidaridad (de cohesión) entre sus miembros en que las semejanzas constituyen el principal factor de cohesión. “De ahí resulta una solidaridad sui generis que, nacida de las semejanzas, liga directamente al individuo a la sociedad. (…) Esta solidaridad no consiste sólo en una unión general e indeterminada del individuo al grupo, sino que también vuelve armoniosos los menores movimientos. En efecto, como estos móviles colectivos son en todas partes los mismos, producen en todas partes los mismos efectos. Por lo tanto, cada vez que entran en juego, las voluntades se mueven espontáneamente y en conjunto en el mismo sentido.” (p. 178-179).

Es justamente la semejanza entre los integrantes de la sociedad la fuente de la que emana la fuerza del derecho represivo; el crimen y la reacción que provocan, cuya expresión es la dureza de las penas, muestra a las claras la fuerza que adquiere la cohesión social basada en la solidaridad mecánica.

El examen del derecho de las sociedades modernas muestra que el espacio del derecho penal se ha acotado progresivamente, y que ha crecido la proporción de penas que tiene el carácter de derecho restitutivo. Ya no se trata de que la pena sea un medio para expiar el crimen, sino que “se reduce a una simple revisión y recomposición de las cosas.” (p- 183). Los derechos reales son el ejemplo más preciso de este derecho restitutivo; su función es, ante todo, separar y deslindar las propiedades de los distintos individuos, restituyendo la situación al momento anterior a cometerse la falta penada por la ley.

Durkheim considera que al lado de esta forma de derecho restitutivo, puramente negativa, existen una variedad de formas que ejercen un efecto positivo y que crean lazos sociales entre los individuos. El derecho contractual es un claro ejemplo de esta última variante: “el contrato es, por excelencia, la expresión jurídica de la cooperación.” (p. 193). A partir del análisis del funcionamiento del derecho contractual, que sanciona las crecientes diferencias funcionales entre los individuos, Durkheim elabora el concepto de solidaridad orgánica, que sirve para designar a la forma de cohesión social que se deriva de la creciente especialización y diferenciación de los miembros de la sociedad. En este sentido, Durkheim concibe el proceso histórico del pasaje de las distintas formas de sociedades tradicionales a la sociedad moderna como el proceso de transformación de de una sociedad cohesionada por la solidaridad mecánica a una sociedad basada en la solidaridad orgánica. La DT juega un papel central en la constitución de la solidaridad orgánica, pues es ella la que vuelve a los individuos cada vez más diferentes entre sí, al mismo tiempo que acentúa en niveles nunca antes vistos la dependencia de esos mismos individuos entre sí.

Durkheim sostiene en los capítulos 5 y 6 del Libro I que la solidaridad orgánica está desplazando progresivamente a la solidaridad mecánica; este mismo desplazamiento y el hecho consiguiente de que las sociedades no han implosionado demuestra a las claras los efectos cohesionantes en términos sociales de la DT. Ahora bien, la solidaridad orgánica genera vínculos más débiles entre los individuos, hecho que se traduce en un debilitamiento de la conciencia moral del conjunto de la sociedad. “Allí donde el derecho penal es muy voluminoso, la moral común está muy extendida; vale decir que hay una multitud de prácticas colectivas puestas bajo la custodia de la opinión pública. Allí donde el derecho restitutivo se encuentra muy desarrollado, hay para cada profesión una moral profesional.” (p. 285).

Villa del Parque, viernes 30 de diciembre de 2022