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martes, 13 de enero de 2015

CAPITALISMO Y FUNDAMENTALISMO ISLÁMICO

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en EE. UU desataron una oleada de histeria xenófoba contra todo lo musulmán, la que sirvió como punta de lanza para la sanción de leyes que recortaron las libertades individuales en los países capitalistas más desarrollados. La USA Patriot Act, sancionada el 26 de octubre de ese año, recortó derechos constitucionales y legalizó la vigilancia policíaca del Estado sobre los ciudadanos. Con el pretexto de fortalecer la seguridad contra la amenaza terrorista, fueron promovidos el secuestro, la tortura y el asesinato, todo ello al margen de cualquier forma de proceso legal. Además, los atentados fueron la excusa perfecta para promover las invasiones de las potencias occidentales a Afganistán (2001) e Irak (2003). En síntesis, el fundamentalismo islámico fue utilizado para fortalecer el control estatal sobre la vida de los ciudadanos de los países centrales, llegando a extremos impensados en décadas anteriores.

Los hechos acaecidos en Francia en los últimos días (desde la masacre de la revista Charlie Hebdo en adelante) han generado una nueva oleada de odio hacia todo lo musulmán. Como es lógico, todavía es muy temprano para evaluar las consecuencias que tendrá sobre las libertades de los ciudadanos de los países europeos. No obstante, es razonable suponer que los inmigrantes y sus hijos llevarán la peor parte en un contexto signado por la histeria y la xenofobia. Para comprender mejor las consecuencias posibles de la masacre de Charlie Hebdo es conveniente echar una mirada sobre los argumentos esgrimidos en 2001 para recortar y/o suprimir libertades y derechos.

En el contexto posterior a septiembre de 2001, la identificación entre religión musulmana y terrorismo fue uno de los puntales ideológicos que permitieron crear un consenso popular en torno a la sanción de leyes represivas de las libertades individuales. De hecho, se habló hasta el cansancio de un “choque de civilizaciones”, en el que Occidente era el abanderado de la libertad y el Islam un foco de opresión e intolerancia. No importó que dicha imagen sirviera para llevar adelante una escandalosa campaña de violación de las libertades individuales en los países occidentales; la cárcel de Guantánamo, con sus cientos de presos sometidos a torturas y al margen de todo proceso legal, sin tener el derecho siquiera a un abogado, fue la expresión más acabada del cinismo de los gobiernos que promovían la cruzada contra el terrorismo islámico.

La supuesta identidad entre Islam y terrorismo se apoya en un supuesto más general, que sostiene que la religión es el principal factor que moldea la vida de las personas. Así, en el Occidente capitalista la religión ocupa un lugar secundario en la sociedad y priman las leyes del mercado, las cuales incentivan el desarrollo de la tolerancia y de la democracia política; en los países islámicos, en cambio, la religión opera como barrera contra la libertad. Según esta concepción, el fundamentalismo islámico y el terrorismo que le sirve de brazo armado, constituyen el resultado necesario de una sociedad intolerante y signada por el espíritu de cruzada contra todo lo diferente. Más claro, el Islam y sus seguidores son terroristas aunque no realicen conductas que tengan que ver con el terrorismo, pues el terrorismo está en la esencia de la religión musulmana.

El autor de estas líneas es ateo; por tanto, se halla muy lejos de tener intenciones de defender a cualquier religión. Sin embargo, corresponde decir que la imagen del Islam presentada en el párrafo anterior tiene muy poco que ver con la realidad histórica, por lo menos en lo que hace a los dos últimos siglos. En primer lugar, fueron las potencias capitalistas quienes se repartieron el mundo islámico en los siglos XIX y XX. Sin ir más lejos, Francia se anexionó Argelia en la primera mitad del siglo XIX y sostuvo una guerra colonial para impedir la liberación de ese país (1954-1962). Hasta donde sabemos, en el mismo período no se produjo ninguna invasión de un país occidental por un país islámico. Si hubo espíritu de cruzada, este fue patrimonio del Occidente capitalista. En segundo lugar y como ya dijimos, los atentados del 11S tuvieron como consecuencia una serie de invasiones e intervenciones varias de EE.UU y sus aliados en el mundo islámico. Afganistán, Irak, Libia, fueron los hitos principales de dicha “cruzada”. Mientras que la propaganda hacía del Islam una religión sanguinaria, los ejércitos de los países invasores se dedicaban a actividades tan nobles como el secuestro, la tortura ilimitada y el asesinato masivo.

Pero la idea misma de que existe una excepcionalidad musulmana a partir del papel que la religión en esos países es, siendo generosos, altamente problemática. Hoy en día, el capitalismo es el sistema social imperante en todo el planeta. La ley del valor, una de cuyas manifestaciones es la competencia entre capitalistas, entre países y entre bloques regionales, opera en todo el mundo. Los países musulmanes no son la excepción. Aún Estados teocráticos como Arabia Saudita (aliado de EE.UU.) tienen su estructura económica organizada en torno al mercado mundial capitalista a través de la exportación de petróleo. En el mundo islámico las cosas se compran y venden como mercancías; no hay predominio de la economía natural ni nada que se le parezca. La dificultad para ver esto radica en que suele definirse al capitalismo a partir de la experiencia histórica de los países centrales como Gran Bretaña y EE.UU, y no como un sistema mundial en el que los países se hallan insertos de modo diferente, si bien todos ellos se encuentran sometidos a los efectos de la ley del valor.

Si lo expuesto en el párrafo anterior es correcto, el papel de la religión en el mundo musulmán tiene que ser examinado a la luz de la estructura capitalista existente en esos países. No existe una excepcionalidad musulmana en el sentido de que la religión determina por sí sola las condiciones de vida de las personas. Por el contrario, la religión musulmana se encuentra históricamente condicionada y sus distintas expresiones (el Islam no es para nada un bloque monolítico como pretende la propaganda) responden a modificaciones en dichas condiciones de vida. Sin pretender ahondar en la cuestión, cabe indicar que el fundamentalismo islámico es una respuesta relativamente tardía al sometimiento del mundo musulmán por las potencias occidentales. El avance del fundamentalismo en los países musulmanes sería impensable sin el aplastamiento sistemático de los movimientos de izquierda, como fue el caso del comunismo en Irán luego de la Revolución islámica. No es preciso recurrir a hipótesis conspirativas para comprender el crecimiento del fundamentalismo. En los muchos países islámicos, la clase dominante se apropia los beneficios de la renta petrolera, mientras que los trabajadores permanecen en la miseria. En estas condiciones de extrema desigualdad, la dominación se sostiene recurriendo a la represión y a la supresión de libertades y derechos para la mayoría de la población. El fundamentalismo surge como una respuesta a esta situación, achacando los problemas a un incumplimiento de las leyes islámicas. Por tanto, el fundamentalismo tiene mucho más que ver con el impacto del capitalismo en las sociedades musulmanas que con la especificidad de la religión musulmana.

Guste o no, el mundo actual es capitalista. El terrorismo islámico tiene que ser explicado, por tanto, a partir de los efectos del capitalismo sobre el mundo islámico y no, como pretenden los voceros del capital,  como una expresión de la supuesta excepcionalidad musulmana.

A fin de cuentas, es el capitalismo el que llevó a cabo una “cruzada” que le permitió dominar el planeta e instauran la plena vigencia de la “religión” del dinero y la búsqueda de ganancias.


Villa Jardín, martes 13 de enero de 2015

sábado, 10 de enero de 2015

LA MASACRE DE CHARLIE HEBDO

Las palabras que siguen no tienen mayor pretensión que la de ser una especie de escritura urgente frente a los sucesos acaecidos en Francia en estos días. La masacre perpetrada en la Redacción de la revista CHARLIE HEBDO (CH a partir de aquí) fue el comienzo de una espiral de violencia, que culminó con el asesinato de los tres supuestos “terroristas” responsables de los hechos a manos de las fuerzas de seguridad francesas.

Ante todo, y aunque supongo que es obvio, quiero dejar claro que como marxista condeno la masacre cometida en la revista. Frente a hechos como éste no hay otro camino posible que la condena más enérgica. Afirmar que el Estado francés es un Estado terrorista, con una larga historia de masacres en contra de los pueblos de África, América y Asia (basta recordar a los desmemoriados lo ocurrido durante la guerra de emancipación de Argelia), no justifica el uso de los mismos medios para combatirlo. No hay liberación posible si está basada en el asesinato cobarde de personas desarmadas.

Aclaradas las cosas, considero importante intentar una lectura de los sucesos desde un ángulo diferente al adoptado mayoritariamente por los medios de comunicación.

En primer lugar, la pretensión de convertir a la masacre de CH en otro hito en la “guerra de civilizaciones” entre el Occidente civilizado y el Islam bárbaro lleva al callejón sin salida de la derecha más recalcitrante, que exige leyes más severas que supriman las libertades individuales, pena de muerte y persecución más o menos abierta contra todo lo que huela a Islam o algo parecida. Para desarmar este argumento no hace falta más que recordar que, en todo caso, algunos de los pretendidos “barbaros” son los mejores aliados del Occidente civilizado. Para no hacer larga la lista, me limito a mencionar el caso del Estado teocrático de Arabia Saudita, cuya alianza con EE.UU. es proverbial. Y en cuanto al Occidente civilizado, conviene tener presente una frase de Karl Marx, en la que afirma que “al capitalismo no hay que estudiarlo en las metrópolis, donde se pasea vestido; hay que contemplarlo en las colonias, donde se pasea desnudo” (pido disculpas al lector por citar de memoria). Las repetidas masacres de Israel en contra del pueblo palestino o el reconocimiento por el mismo gobierno estadounidense de la práctica de la tortura como herramienta rutinaria en los interrogatorios de prisioneros no dejan lugar a dudas: no es sencillo decir en qué bando de esta pretendida guerra se aloja la “civilización”.

En segundo lugar, y estrechamente relacionado con lo anterior, está el tópico de que el Islam es una religión belicosa que promueve la Guerra Santa y que, en el fondo, toda la cuestión se reduce a una guerra religiosa. Pero un partidario del Islam podría argumentar que lo mismo es válido para el cristianismo, cuya historia está plagada de asesinatos, masacres y guerras llevadas a cabo en nombre de la religión. Además, y esto es todavía más importante, en la actualidad la inmensa mayoría de los musulmanes reniega de la Yihad: las potencias occidentales, en cambio, han llevado a cabo en los últimos 25 años una serie de guerras e invasiones contra países árabes. De haber una guerra religiosa, ésta ha sido llevada adelante mucho más por los países occidentales que por los árabes.

En tercer lugar, el uso y abuso del factor religioso para explicar el terrorismo de origen islámico sirve para ocultar problemas más profundos. Entre otras cosas, hablar de religión permite evitar el tema del capitalismo y de la situación económica en que viven los inmigrantes de origen musulmán. En Francia, los inmigrantes del norte africano viven en peores condiciones que el promedio de la población y ocupan las posiciones inferiores en el mercado laboral. Entre ellos la desocupación es mucho más elevada, así como también la precarización y el trabajo en negro. Los hijos de inmigrantes son considerados, a lo sumo, como franceses de segunda categoría. Además, la ultraderecha francesa (el partido de la señora Marine Le Pen) ha hecho campaña promoviendo medidas más duras contra los inmigrantes, alentando una xenofobia que está en la base de su apoyo electoral. Esta situación es el caldo de cultivo para el florecimiento del fundamentalismo islámico.

El fundamentalismo islámico es, en el caso europeo, una respuesta desesperada de un sector de la población cada vez más segregado y sometido a condiciones de vida miserables, con pocas o nulas expectativas de progreso. Es un reflejo extremo de la reestructuración capitalista que ha favorecido la precarización del mercado laboral y el empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores. Como suele ocurrir en estos casos, los inmigrantes y sus hijos son los que pagan el pato de la boda. La estigmatización de un sector de los trabajadores permite a los empresarios dividir a la clase obrera y, así, lograr una reducción del costo laboral (salarios y condiciones de trabajo). En este sentido, una de las consecuencias de los sucesos de estos días será un deterioro aún mayor de la situación de los trabajadores de origen musulmán, a los que se convertirá en “terroristas” hasta que prueben lo contrario.

El capitalismo se caracteriza por su tendencia a fragmentar a la sociedad, separando a los individuos de los lazos que los unen a su comunidad y transformándolos en seres que compiten entre sí. Disuelve los lazos personales y somete a las personas a una sensación de soledad y desamparo en un mundo gobernado por leyes económicas que escapan a su comprensión y control. En este sentido, el fundamentalismo islámico proporciona un remedio a esta situación, al hacer que el individuo se sienta otra vez parte de una comunidad que le da sentido a su existencia. Es, por supuesto, la peor respuesta, pues al ser funcional a la situación que dice combatir no hace más que perpetuarla.

La única salida al estado de cosas descripto en los párrafos anteriores consiste en la supresión de las condiciones de vida que favorecen el desarrollo del fundamentalismo. Es, para ser breves, la supresión del capitalismo como forma de organización social. Es el socialismo. Pero entonces la pregunta es: ¿por qué el socialismo es el gran ausente?, ¿por qué no existe una respuesta socialista a la situación de los trabajadores? En este artículo no podemos responder a estas preguntas. Pero, plantear preguntas diferentes constituye el primer paso para cambiar un estado de cosas opresivo y asfixiante. Nada más ni nada menos es el objetivo de este artículo.



Villa Jardín, sábado 10 de enero de 2015

martes, 6 de enero de 2015

DICTADURA Y DEMOCRACIA EN EL CAPITALISMO: LA AUTORIDAD CAPITALISTA EN EL PROCESO DE PRODUCCIÓN



El capitalismo es la primera forma de organización social dominante a nivel mundial. Como tal, demostró una extraordinaria flexibilidad para adaptarse a circunstancias variadas, sin perder eficacia en su capacidad para apropiarse el plustrabajo realizado por la clase trabajadora (1). Esto es así porque el capitalismo está basado en la explotación de los trabajadores por la burguesía, dueña de los medios de producción. Si se tienen dudas acerca de la validez de la última afirmación basta constatar la ferocidad con que la burguesía defiende su propiedad (guerras, golpes de Estado, represiones, asesinatos, torturas y sigue la lista).

La realidad de la explotación capitalista implica que la clase obrera está obligada a ceder una parte sustancial de su tiempo vital a la burguesía, sin recibir nada a cambio. En otras palabras, los trabajadores producen de manera gratuita para la burguesía durante una parte de la jornada laboral. Esta explotación se da por medio del trabajo asalariado, que supone la existencia de trabajadores libres de toda forma de dependencia personal (por ejemplo, esclavitud, servidumbre feudal, etc.). Además, en buena parte del planeta existen regímenes políticos democráticos, esto es, los gobernantes son elegidos por el voto de los ciudadanos, con la particularidad que, entre estos últimos, los trabajadores constituyen la mayoría.

Una de las razones de la peculiar eficacia de la explotación capitalista radica en que combina el sometimiento de los trabajadores con la igualdad jurídica de éstos y con incorporación plena a la condición de ciudadanos. Los trabajadores son libres; si son explotados, es porque quieren, dado que la explotación surge de su libre consentimiento, expresado en el contrato. Además, si están molestos por las condiciones laborales, puede ir y votar un presidente, senadores, diputados, que los representen y que modifiquen la situación.

De lo anterior se deriva una pregunta crucial: ¿Cómo es posible la explotación en una sociedad donde los trabajadores son ciudadanos libres?

Dar una respuesta acabada a la pregunta formulada arriba es imposible, en parte porque realizar dicha tarea exige el estudio de todos los casos concretos de sociedades capitalistas, cuestión que está muy lejana de las posibilidades del autor. Sin embargo, es posible emprender algunas tareas preliminares necesarias para dar respuesta al interrogante planteado. Una de dichas tareas consiste en establecer los principios fundamentales de la teoría del Estado y de la política tal como aparecen en El capital de Karl Marx. El objetivo del texto es, pues, presentar algunos lineamientos para el tratamiento del problema de la dominación capitalista, tal como fueron esbozados por Marx en el capítulo 51 (Relaciones de distribución y relaciones de producción) del Libro Tercero de El capital (2).

La clave para comprender la eficacia de la dominación capitalista radica en la distinción entre el ámbito de la producción y el ámbito del mercado (o de la circulación). En el mercado, los capitalistas y los trabajadores son iguales en términos jurídicos; así, por ejemplo, los segundos pueden demandar a los primeros por incumplimiento de contrato si no reciben el salario. La igualdad incluye también la posibilidad de organizar sindicatos para defender las condiciones de la venta de su fuerza de trabajo (monto de los salarios, seguridad e higiene laboral, extensión de la jornada laboral, etc.) y su reconocimiento como ciudadanos (es decir, plena participación en el régimen democrático). La igualdad jurídica es consecuencia de la “doble liberación” del trabajador, esto es, de la combinación de dos procesos; por un lado, el proceso por el cual los trabajadores son expropiados de los medios de producción; por el otro, del proceso por el que son liberados de toda forma de dependencia personal, como ser la esclavitud y la servidumbre. (3)

La libertad jurídica del trabajador se convierte en su opuesto cuando se pasa al ámbito de la producción. (4) En el capítulo 51, Marx explica esta transformación al analizar los cambios en la autoridad entre las sociedades precapitalistas y el capitalismo.

“La autoridad que asume el capitalista como personificación del capital en el proceso directo de producción, la función social que reviste como director y dominador de la producción, es esencialmente diferente de la autoridad que se funda en la producción con esclavos, siervos, etcétera.” (p. 1118).

El empresario ejerce la autoridad sobre el trabajador en virtud de su control de los medios de producción. Es fundamental comprender que no se trata de un proceso meramente técnico, sino que es una función eminentemente política. La autoridad del capitalista en el lugar de producción es el punto de partida para comprender la especificidad del Estado burgués. La burguesía puede darse el lujo de “conceder” la igualdad jurídica a la clase obrera porque ejerce la dominación en el lugar de producción.

Marx explica lo anterior en el párrafo que sigue al que ya hemos citado:

“Mientras que, sobre la base de la producción capitalista, a la masa de los productores directos se les contrapone el carácter social de su producción bajo la forma de una autoridad rigurosamente reguladora y de un mecanismo social del proceso laboral articulado como jerarquía completa – autoridad que, sin embargo, sólo recae en sus portadores en cuanto personificación de las condiciones de trabajo frente al trabajo, y no, como en anteriores formas de producción, en cuanto dominadores políticos o teocráticos -, entre los portadores de autoridad, los capitalistas mismos, que sólo se enfrentan en cuanto poseedores de mercancías, reina la más completa anarquía, dentro de la cual la conexión social de la producción sólo se impone como irresistible ley natural a la arbitrariedad individual.” (p. 1118).

“Autoridad rigurosamente reguladora”, “jerarquía completa”, son alguno de los rasgos que caracterizan a la dominación capitalista de la producción. Se trata de atributos políticos antes que técnicos. Esta dominación política en el lugar de producción se complementa con la que emana de la condición asalariada del trabajador en la sociedad capitalista. La relación salarial requiere de la existencia de una masa de trabajadores separada de los medios de producción y que son libres en términos jurídicos. Dichos trabajadores, si quieren acceder a los bienes que precisan para subsistir, están forzados a vender su fuerza de trabajo en el mercado a cambio de un salario. En otras palabras, más allá de sus deseos, se ven obligados a trabajar para otros. La coerción económica derivada de la condición asalariada es la llave que permite al capitalista ejercer la dominación política en el lugar de producción. Esa coerción es consecuencia, a su vez, de la propiedad privada de los medios de producción, cuya garantía es el Estado capitalista.

La eficacia de la dominación capitalista es el resultado de la autoridad ejercida por el empresario en el proceso de producción. Esta autoridad, de carácter político, crea la posibilidad para el desarrollo de un ámbito de libertades y de la ciudadanía. A diferencia de otras formas de organización social, el capitalista ejerce el control directo del proceso productivo y no requiere, en principio, del Estado para obtener plustrabajo gratuito de los trabajadores. Es por ello que el Estado puede aparentar ser el garante de los “intereses generales”, como si se tratara de un ente que flota por encima de las clases sociales. La autoridad dictatorial del empresario en el proceso de producción, es la condición para que el Estado sea el ámbito de la “libertad”.  La dictadura es la clave de la libertad.

Es preciso agregar dos cuestiones al análisis. En primer lugar, Marx enfatiza que la dominación política del empresario en la producción no es el resultado de la libre voluntad de éste; al contrario, el capitalista, independientemente de sus preferencias o sentimientos, opera como “portador” de la lógica del capital, es decir, de la búsqueda de apropiarse porciones crecientes de plustrabajo. La dominación política del empresario puede analizarse, por tanto, a la luz del examen de la lógica propia del modo de producción capitalista.

En segundo lugar, entre los capitalistas impera la anarquía, llamada competencia en los manuales de economía. Si bien su producción es social, la apropiación privada de los frutos de la misma hace que los empresarios estén dispuestos en todo momento a sacarse los ojos entre sí. Es por esto que una de las funciones del Estado capitalista consista, precisamente, en evitar que esta anarquía se lleve puesto al sistema en su conjunto. De ahí que el Estado aparezca muchas veces como regulador del mercado, cuestión que acentúa la impresión de que se trata de una institución que flota sobre las clases sociales y sus antagonismos.

Villa del Parque, martes 6 de enero de 2015

NOTAS:

(1) Marx divide la jornada laboral en dos segmentos, a los que denomina tiempo de trabajo necesario y tiempo de plustrabajo. En el primero, el trabajador trabaja para sí mismo, es decir, produce el valor necesario para reponer su salario; en el segundo (el plustrabajo), produce para el capitalista, cede gratuitamente su tiempo de trabajo. En este segundo segmento, y visto desde el lado del valor, el trabajador produce el plusvalor, que es apropiado por el capitalista en virtud de su propiedad privada de los medios de producción.

(2) Marx, Karl. [1° edición: 1894]. (2004). El capital: Crítica de la economía política. Libro tercero: El proceso global de la producción capitalista. México D. F.: Siglo XXI. (Traducción española de León Mames).

(3) El pasaje clásico sobre la doble liberación del trabajador es el siguiente: “Trabajadores libres en el doble sentido de que ni están incluidos directamente entre los medios de producción – como sí lo están los esclavos, siervos de la gleba, etcétera -, ni tampoco les pertenecen a ellos los medios de producción – a la inversa de lo que ocurre con el campesino que trabaja su propia tierra, etcétera -, hallándose, por el contrario, libres y desembarazados de esos medios de producción.” (Marx, Karl, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción de capital, México D. F., Siglo XXI, 1998, p. 214).

(4) El pasaje clave es el siguiente: “La esfera de la circulación o del intercambio de mercancías, dentro de cuyos límites se efectúa la compra y la venta de la fuerza de trabajo era, en realidad, un verdadero Edén de los derechos humanos innatos. Lo que allí imperaba era la libertad, la igualdad, la propiedad y Bentham. ¡Libertad!, porque el comprador y el vendedor de una mercancía, por ejemplo de la fuerza de trabajo, sólo están determinados por su libre voluntad. Celebran su contrato como personas libres, jurídicamente iguales. El contrato es el resultado final en el que sus voluntades confluyen en una expresión jurídica común. ¡Igualdad!, porque sólo se relacionan entre sí en cuanto poseedores de mercancías, e intercambian equivalente por equivalente. ¡Propiedad!, porque cada uno dispone sólo de lo suyo. ¡Bentham!, porque cada uno de los dos se ocupa sólo de sí  mismo. El único poder que los reúne y los pone en relación es el de su egoísmo, el de su ventaja personal, el de sus intereses privados. Y precisamente porque cada uno sólo se preocupa por sí mismo y ninguno del otro, ejecutan todos, en virtud de una armonía preestablecida de las cosas o bajo los auspicios de una providencia omniastuta, solamente la obra de su provecho recíproco, de su altruismo, de su interés colectivo.


Al dejar atrás esa esfera de la circulación simple o del intercambio de mercancías, en la cual el librecambista vulgaris abreva las ideas, los conceptos y la medida con que juzga la sociedad del capital y del trabajo asalariado, se transforma en cierta medida, según parece, la fisonomía de nuestros dramatis personae [personajes]. El otrora poseedor de dinero abre la marcha como capitalista; el poseedor de fuerza de trabajo lo sigue como su obrero; el uno, significativamente, sonríe con ínfulas y avanza impetuoso; el otro lo hace con recelo, reluctante, como el que ha llevado al mercado su propio pellejo y no puede esperar sino una cosa: que se lo curtan.” (Marx, Karl, El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: El proceso de producción de capital, México D. F., Siglo XXI, 1998, p. 214).

sábado, 27 de diciembre de 2014

ESTADO Y PROCESO DE PRODUCCIÓN EN MARX


Toda vez que alguien pretende organizar un curso introductorio sobre Marx o el marxismo y se ve obligado a decir unas palabras sobre la teoría del Estado, suele recurrir al Manifiesto Comunista (1848) y/o al prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859). Es mucho menos frecuente recurrir a El capital; cuando es así, el capítulo 24 del Libro Primero (acumulación originaria) se lleva todos los favoritismos. El capital tiene fama de libro difícil y, por tanto, queda relegado a la lectura académica, es decir, a la peor de las lecturas posibles, porque separa al texto de su ineludible función política. Por ello me propuse redactar una serie de artículos sobre la teoría marxista del Estado y de la política tal como aparece en El capital. Desde ya aviso al lector que no debe esperar nada original; a lo sumo, una lectura ceñida al texto de Marx.

En el Libro Tercero de El capital (1894) (1), Marx formula una serie de indicaciones sobre la relación entre el proceso de producción y el Estado. Ellas constituyen la base para elaborar una teoría del Estado capitalista.

En el capítulo 47 (Génesis de la renta capitalista de la tierra) se encuentra el pasaje fundamental:

“En todos los casos es la relación directa entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos – relación ésta cuya forma eventual siempre corresponde naturalmente a determinada fase de desarrollo del modo de trabajo y, por ende, a su fuerza productiva social – donde encontraremos el secreto más íntimo, el fundamento oculto de toda la estructura social, y por consiguiente también de la forma política que presenta la relación de soberanía y dependencia, en suma, de la forma específica del estado existente en cada caso.” (p. 1007; el resaltado es mío).

El punto de partida del estudio de la sociedad es el proceso de trabajo, entendido no como un mero proceso técnico (resultado de la combinación de los factores de producción –tierra, capital, trabajo), sino como un conjunto de relaciones sociales, la principal de las cuales es la que se establece entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos. Esta forma de concebir al proceso de producción permite pensarlo como un campo de lucha entre propietarios y no-propietarios. De ahí que Marx pueda pasar inmediatamente a sostener que dicha relación es la que devela el secreto que permite comprender la forma de Estado. Esto es así porque la relación entre propietarios de los medios de producción y los productores directos es, desde el vamos, una relación política, en el sentido de que los segundos se encuentran subordinados a los primeros en lo que hace a la toma de decisiones sobre el proceso de trabajo. Marx lo expresa así:

“La forma económica específica en la que se le extrae el plustrabajo impago al productor directo determina la relación de dominación y servidumbre, tal como ésta surge directamente de la propia producción y, a su vez, reacciona en forma determinante sobre ella.” (p. 1007).

En alguna otra parte, Marx escribe que toda lucha de clases se reduce a una pelea por el control del tiempo. En este sentido, la forma más elemental de dominación política es la que hace que los productores trabajen una parte de su tiempo de manera gratuita para los propietarios de los medios de producción. Marx dinamita así la separación entre economía y política, tan cara al capitalismo, que postula que la producción es el ámbito de lo privado, donde las decisiones son producto del acuerdo contractual entre los individuos. Para Marx, la forma en que se trabaja no es la expresión de la libre voluntad de los individuos manifestada en el contrato, sino una relación de sometimiento político a partir del hecho de la propiedad privada de los medios de producción. Quien controla las condiciones de trabajo controla el tiempo de los productores. Así de sencillo.

Pero la relación entre proceso de producción y política no es unilateral. No se trata de que la primera determina a la segunda y punto. A diferencia de quienes pretenden hacer de su teoría de la sociedad un esquema donde sólo existen el blanco y el negro, Marx presenta una visión compleja de la sociedad, donde la azar y la determinación van de la mano (2). Ante todo, al final del pasaje comentado, señala que “la relación de sometimiento y servidumbre” reacciona “en forma determinante” sobre la forma económica específica en que se extrae plustrabajo impago del productor directo. La forma económica de extraer trabajo gratuito (por ejemplo, el proceso de producción capitalista) determina una forma política de sometimiento (por ejemplo, el Estado capitalista), pero ésta determina, a su vez, a la forma económica. De ahí el planteo de que sólo en el análisis de las condiciones concretas es posible entender la manera en que se verifica la relación entre forma económica y forma política:

“Esto no impide que la misma base económica (…), en virtud de incontables diferentes circunstancias empíricas, condiciones naturales, relaciones raciales, influencias históricas operantes desde el exterior, etc., pueda presentar infinitas variaciones y matices en sus manifestaciones, las que sólo resultan comprensibles mediante el análisis de las circunstancias empíricamente dadas.” (p. 1007).

Lejos de formular un esquema blanco y negro aplicable a todas las situaciones, Marx plantea un verdadero programa de investigación, según el cual no sirve estudiar únicamente las variaciones de la base económica, sino que es imprescindible arrancar de la totalidad, entendida como el conjunto de esa base económica y las relaciones de sometimiento, y, además, examinar ese conjunto a la luz de cada situación concreta. No es ninguna novedad, pero es preciso repetirlo una y otra vez.

El marxismo es cualquier cosa menos una teoría acabada (en todo el sentido de la palabra) acerca de la sociedad; por el contrario, se trata de una ciencia que, para evitar convertirse en dogma, debe someterse en todo momento a la prueba de los hechos, esto es, a mostrar su eficacia para explicar correctamente cada situación concreta. Formular generalidades acerca de la determinación de la política por la economía es una caricatura del marxismo, que sirve en todo caso a la burguesía, la clase social interesada en perpetuar la extracción de trabajo gratuito de los productores directos. No hay que olvidar que el marxismo es una ciencia con objetivos políticos: una ciencia del capitalismo que se propone contribuir al derrocamiento del capitalismo y a su reemplazo por otra forma de organización social, el socialismo. De ahí que el análisis riguroso de cada situación concreta sea ineludible.

En el capítulo 51 (Relaciones de distribución y relaciones de producción) están formuladas una serie de precisiones sobre la política bajo el capitalismo. Este será el tema del próximo artículo.

Villa del Parque, sábado 27 de diciembre de 2014

NOTAS:

(1)  Marx, Karl. (2004). El capital: Crítica de la economía política. Libro tercero: El proceso global de la producción capitalista. México D. F.: Siglo XXI. (Traducción de León Mames).


(2)  Así formulada, esta proposición es una conclusión sin premisas, tal como gustaba decir el viejo Althusser. Sin perjuicio de tratar como se debe este tema en un escrito posterior, corresponde decir algunas palabras. La determinación está dada porque cada generación (y esto es válido, por supuesto, para cada individuo) se encuentra con condiciones de producción que no ha creado y que determinan su existencia. Dichas condiciones reducen el marco de acción de las clases y de los individuos; dicho de otro modo, acotan el menú de opciones disponibles. En un ejemplo simplote, en el marco del capitalismo no puede plantearse el regreso al feudalismo como opción viable, porque las condiciones de producción lo hacen imposible. En este sentido, hay determinación. Sin embargo, la forma de dominación política no está determinada del mismo modo, sino que depende del resultado de la lucha de clases, y ese resultado se encuentra indeterminado de antemano. Esto es el azar (el lector atento podrá decir que, más que azar, se trata de un proceso complejísimo de infinitas determinaciones).

viernes, 19 de diciembre de 2014

CUBA Y EL ACERCAMIENTO A EE. UU

Quien escribe esta nota lo hace con dolor. Mis abuelos maternos, mis padres, mis tíos, mis primos, fueron defensores de la Revolución Cubana; en el caso de mis abuelos, desde sus mismos comienzos, cuando Fidel, el Che y Camilo eran unos personajes semilegendarios que combatían en la mítica Sierra Maestra. De ahí que autor escriba estas líneas con rabia.
El acercamiento diplomático entre los EE. UU. y Cuba marca la clausura formal de la Revolución Cubana. Formal, porque la finalización real de la Revolución  se dio hace ya mucho tiempo. En este sentido, el acuerdo es un hito más en el proceso contrarrevolucionario que conduce con paso lento pero seguro a la restauración plena del capitalismo en la isla. Lejos de ser un triunfo del pueblo cubano, expresa de modo desembozado la capitulación de la burocracia gobernante frente al capitalismo.

Este artículo no pretende historiar el proceso mencionado en el párrafo anterior; por eso,  voy a limitarme a esbozar sus rasgos fundamentales, a sabiendas de que el cuadro es forzosamente incompleto. En principio, corresponde hacer una aclaración. Es habitual atribuir el fracaso y/o las taras de la Revolución Cubana a los efectos del embargo llevado adelante por EE. UU. Dicho de otro modo, fue el imperialismo yanqui quien puso en jaque a la Revolución. Sin negar la influencia del embargo (para nada es un tema menor), hay que señalar que se trata de una manera simplista de abordar la cuestión. Muchos capitalistas norteamericanos vienen afirmando que, lejos de debilitar al régimen cubano, el embargo lo fortalece y mejora la posición de las empresas de otros países que pugnan por apropiarse los diferentes mercados de la isla. Por otra parte, la presión constante de varios gobiernos estadounidenses sobre Cuba (sabotajes, propaganda anticubana, financiamiento a grupos opositores, etc.), reforzó al régimen, pues permitió a éste jugar a pleno la carta del nacionalismo. Atribuir la crisis o las crisis de la Revolución a la presión del imperialismo es una solución fácil que, como todas las soluciones fáciles, deja al margen lo principal.

Para explicar la clausura de la Revolución es preciso dar cuenta de los procesos internos que llevaron a esa situación. No basta mentar al imperialismo como un conejo que puede ser sacado todo el tiempo de la galera. La Revolución Cubana fue, entre otras cosas, una gigantesca movilización popular, en la que jugaron un papel fundamental los campesinos. La profundidad de la Reforma Agraria pagó con creces el apoyo de los campesinos a la Revolución y se convirtió en uno de los baluartes más sólidos del régimen. La derrota de la dictadura de Batista, por otra parte, se tradujo en una etapa de libertades democráticas como nunca había experimentado la isla. Reforma agraria más libertades democráticas, he aquí el programa inicial de la Revolución Cubana que, en estos términos, no puede considerarse de carácter socialista. El avance hacia el socialismo llegó después, como consecuencia de la acción de una parte de la dirigencia revolucionaria y de la necesidad objetiva de apoyo económico a partir de las presiones crecientes de los EE. UU. En este marco, la alianza con la U.R.S.S., producto de las necesidades de supervivencia de la Revolución, puso límites muy estrechos al avance de ésta. Al implantar métodos estalinistas de gestión económica, la política económica revolucionaria suprimió paulatinamente la posibilidad de que los trabajadores participaran en la toma de decisiones en la producción. Al reforzar el estatismo, fortaleció la posición rectora de la burocracia revolucionaria, que pasó a ser la clase dominante en la sociedad cubana. Es verdad que se trataba de un sector social que carecía de propiedad privada de los medios de producción (éstos pertenecían al Estado), pero su influencia sobre el proceso económico era inmensa.
El desarrollo de la burocracia se dio de la mano con otro proceso, mucho más lento y subterráneo, que fue horadando a la sociedad revolucionaria. En Cuba, la circulación mercantil jamás fue suprimida por completo. De hecho, a medida que se producía un deterioro en la capacidad económica de la isla (esto fue especialmente notorio a partir de la caída de la U.R.S.S.), el régimen cubano se vio obligado a recurrir a mecanismos de mercado para garantizar, por ejemplo, el abastecimiento de alimentos a las ciudades. Como es sabido, la producción mercantil no es gratis en término de sus efectos sociales. Su mera existencia posibilita el desarrollo de una acumulación desigual de riqueza, en beneficio de aquellos que tienen un mejor punto de arranque (por ejemplo, la diferencia entre un campesino que posee un buey para tirar del arado y otro que debe hacerlo con sus brazos). Esto, sumado a la existencia de la burocracia mencionada en el párrafo anterior, genera un sinfín de posibilidades de acumulación desigual de riqueza. Es verdad que esta acumulación tropieza con dificultades objetivas como, por ejemplo, un régimen jurídico que no contempla la propiedad privada de la tierra ni de los medios de producción; no obstante, estos límites tienden a ser eliminados por el régimen.

El mercado mundial fue otro factor central en la erosión paulatina de la Revolución. No es novedad que Cuba posee una economía que requiere de importaciones para poder subsistir. Ahora bien, el mercado mundial funciona siguiendo la ley del valor, esto es, los productos se cambian por sus equivalentes en valor. De ahí que exista una tendencia a uniformar las condiciones de producción en los distintos países. Si un país se decide a jugar en el mercado mundial (cosa inevitable, por cierto), debe aceptar las reglas de juego. Es verdad que en Cuba la inmensa mayoría de los trabajadores son empleados del Estado y que, en muchísimos casos, reciben una paga (exigua) por no hacer nada. Esta situación, lejos de ser un logro del socialismo, expresa el grado de descomposición de la economía cubana. Pero en los sectores donde se ha permitido la inversión extranjera (por ejemplo, la hotelería), las reglas de juego del capital han comenzado a implantarse, generando una fuerte presión para modificar la legislación laboral cubana. Además, la necesidad de obtener divisas para pagar las importaciones en el mercado mundial, ha hecho que el gobierno cubano sea especialmente permisivo con las actividades que generan dichas divisas (entre ellas, la prostitución – Cuba es probablemente uno de los prostíbulos a cielo abierto más grandes del mundo -).

El turismo internacional ha sido una de las puntas de lanza en la implantación de relaciones mercantiles en la isla. Quienes trabajan en el sector turístico, ya sea directamente o como proveedores de servicios para dicho sector, poseen un acceso privilegiado a las divisas, la mercancía más deseada por la sociedad cubana. En un país donde la libreta de abastecimiento garantiza el acceso a alimentos de pésima calidad, el poseer unos pocos dólares hace la diferencia. Es difícil exagerar los efectos disolventes de esta desigualdad en el acceso a las divisas. En Cuba se ven personas que juntas hasta la última moneda cubana para poder comprar algo en los desabastecidos mercados locales, en tanto que los que poseen divisas pueden acceder a los bienes que se venden en las tiendas para turistas. La corrupción, el delito, la pérdida de esperanzas en el futuro, prosperan en esta situación que favorece la acentuación de la desigualdad social.

Todos estos factores potencian el peso de la burocracia gobernante en la isla. Hace ya mucho tiempo que el PC cubano eliminó las manifestaciones de disidencia en sus filas. En este momento, el debate en su seno gira en torno a la vía elegida para retornar plenamente al capitalismo, no sobre un giro socialista o cosa por el estilo. En una economía devastada y en una sociedad donde cada vez más impera el sálvese quien pueda (o quien tenga divisas en el bolsillo), la burocracia constituye el único reaseguro de que las cosas funcionen mínimamente. Para ello recurre al control policíaco y a la persecución de toda actividad independiente de la población. El recurso al nacionalismo, al poner en la misma bolsa a quienes pretenden defender las libertades democráticas con aquellos que promueven una restauración capitalista, resulta especialmente efectivo.

En los párrafos anteriores intenté demostrar cómo el proceso revolucionario cubano colapsó mucho más por una combinación de factores internos y la acción del mercado mundial, que por la intervención del imperialismo yanqui. Esto es difícil de percibir porque, en nuestro país, como en tantos otros lugares, se ha forjado un mito de la Revolución Cubana. Dicha imagen heroica obtura cualquier posibilidad de análisis serio y, en los hechos, termina por ser un obstáculo a la comprensión de la Revolución y a la elaboración de una política revolucionaria. El mito deja de lado la cuestión de que el Estado y la burocracia ocuparon el lugar de los trabajadores en la dirección del proceso revolucionario. Embellecer la realidad no sirve a la causa revolucionaria.



Villa del Parque, viernes 19 de diciembre de 2014

jueves, 18 de diciembre de 2014

MARX Y EL PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO

Las columna de Hércules...


Tradicionalmente, la filosofía de la ciencia se concentró en el campo de las ciencias naturales y descuidó a las ciencias sociales. Sin temor a equivocarse, puede afirmarse que las grandes filosofías de la ciencia del siglo XX (tanto el Círculo de Viena, el falsacionismo de Popper, la teoría de las revoluciones científicas de Kuhn, etc, etc.), dijeron poco y nada sobre las ciencias de la sociedad. No es este el lugar para dar cuenta de las razones del sesgo de la filosofía de la ciencia del siglo pasado. Creo preferible abordar otra cuestión, a mi juicio más importante: el tratamiento por los propios teóricos sociales del problema del conocimiento en ciencias sociales.

No constituye una novedad decir que todos los grandes exponentes de la teoría social moderna reflexionaron sobre el carácter y las condiciones del conocimiento de lo social. Si nos concentramos en los clásicos (entendiendo por tales a la Sociología Clásica y a Marx), observamos que, a la vez que construían los edificios contrapuestos de la sociología moderna y del marxismo, daban cuenta de los caminos para obtener conocimiento y de la validez del mismo. En otras palabras, la teoría social moderna se dio su propia “filosofía de la ciencia”. Sin entrar a discutir las razones de esto, es posible afirmar que, dado que las ciencias sociales se encontraron siempre en inferioridad de condiciones frente a las ciencias de la naturaleza, los teóricos sociales se vieron obligados a justificar a cada paso la validez de sus teorías de la sociedad, con el objeto de evitar que fueran consideradas meras opiniones (en el Río de la Plata diríamos “charlas de café”).

Dado que este blog mantiene una orientación marxista, dejaré por el momento de lado a los sociólogos clásicos (Comte, Spencer, Durkheim y Weber), y dedicaré este artículo a comentar brevemente la posición de Karl Marx respecto al problema del conocimiento. Para hacer esto recurriré al Libro Tercero de El Capital. Allí, casi al comienzo de la Sección Séptima (“Los réditos y sus fuentes”), encontramos la siguiente frase:

“…toda ciencia sería superflua si la forma de manifestación y la esencia de las cosas coincidiesen directamente” (p. 1041) (1)

En la expresión citada se encuentra contenida toda la riqueza del enfoque de Marx en el campo de la teoría del conocimiento de la sociedad. Para su plena comprensión es preciso efectuar algunas aclaraciones.

En primero lugar, el lenguaje marxista coquetea aquí con la filosofía hegeliana (la distinción entre forma y esencia, un tópico que arraiga en toda la tradición filosófica occidental). Ahora bien, no debe presuponerse la preeminencia de la esencia sobre la forma, es decir, que la esencia determina el contenido de algo y que la forma es simplemente una cáscara ocasional que contiene a esa esencia. Al contrario, el enfoque hegeliano supone que la forma tiene tanta importancia como la esencia o, mejor dicho, que ambas forman una totalidad inseparable (salvo para los fines analíticos). Dicho de otro modo, la esencia modifica a la forma, pero la segunda también lo propio con la primera. Por ejemplo, en la teoría marxista el Estado es concebido como un órgano de dominación al servicio de las clases que detentan el poder en cada sociedad. Esta es la esencia del Estado. En su forma capitalista, el Estado pone en un segundo plano la utilización de la violencia directa sobre las clases explotadas, y tiende a desarrollar regímenes democráticos. Si nos concentramos en la forma, da la impresión de que el Estado ha dejado de ser un órgano de dominación (y alguien puede llegar a marearse y pensar que se trata de un Estado que nos representa a todos); si nos concentramos en la esencia, se pierde lo específico del Estado capitalista, que es la construcción de un espacio de vigencia de las libertades formales y de la ciudadanía (espacio que garantiza mejor que una dictadura política la explotación capitalista). Es claro que si escindimos forma y esencia, o si postulamos la superioridad de un polo sobre otro, perdemos de vista lo específico del Estado capitalista.

En segundo lugar, el pasaje transcripto debe leerse en conexión con el tratamiento del fetichismo de la mercancía, elaborado en el capítulo 1 del Libro Primero de El Capital (2). Marx esboza allí su teoría de la cosificación de las relaciones sociales en el capitalismo. Según Marx, las categorías económicas (como el capital, el dinero, etc.), creación de los seres humanos en el curso de su actividad, se independizan de sus creadores y terminan por dominarlos. Así, las personas dejan de tener entidad propia y pasan a ser “portadoras” de las relaciones económicas. Por ejemplo, el empresario no es otra cosa que el portador individual de la lógica del capital. Estas relaciones cosificadas no son una ilusión que se disipa con la proclamación de la verdad por los filósofos o los militantes políticos, sino que constituyen la realidad misma del capitalismo; la ilusión, si se quiere seguir empleando el término, adquiere el carácter de realidad dura y concreta. Uno puede desgañitarse proclamando que el dinero es sólo un papel, pero la posesión o no de ese papel hace la diferencia entre comer o no comer. Según lo expuesto en la teoría del fetichismo de la mercancía, las relaciones sociales cosificadas funcionan como una apariencia real. Son apariencia y, a la vez, realidad. Pero se trata de una realidad aparente.

La ciencia no es nada más ni nada menos que la construcción del conocimiento de aquello que está detrás de esa realidad aparente. Si la realidad fuera evidente, si no existiera la distinción esbozada entre realidad aparente (apariencia) y realidad, la ciencia sería innecesaria. El capital constituye la tentativa más formidable jamás realizada para develar la realidad profunda que se encuentra detrás de las apariencias en la sociedad capitalista.  En este sentido, la insistencia de Marx acerca de la necesidad de seguir la “conexión interna” entre los fenómenos económicos no es otra cosa que la expresión de la insuficiencia del mundo de las apariencias (del mercado, del nivel de la circulación de mercancías) como elemento para comprender al capitalismo

La filosofía de la ciencia del siglo XX está llena de cuestionamientos al positivismo, entendido como un empirismo burdo que niega la existencia de un contexto teórico que modela nuestro conocimiento del mundo. Resulta cuanto menos “curioso” la poca importancia que dichos filósofos conceden a la crítica marxista del conocimiento, en la que se encuentran una serie de indicaciones brillantes para superar críticamente al empirismo o, expresado en términos afines a Marx, al viejo materialismo basado en los sentidos.

Villa del Parque, miércoles 17 de diciembre de 2014


NOTAS:

(1)  Marx, Karl. (2004). El capital. Libro tercero: El proceso global de la producción capitalista. México D. F.: Siglo XXI. (Traducción española de León Mames, con revisión y notas de Pedro Scaron).


(2)  Marx, Karl. (1996). El capital. Libro primero: El proceso de producción de capital. México D. F.: Siglo XXI. (Traducción española de Pedro Scaron).

sábado, 13 de diciembre de 2014

MARX Y LA CUESTIÓN DE LA ESENCIA HUMANA


La contribución de Karl Marx (1818-1883) a la teoría de la sociedad y a la elaboración de una política de la clase trabajadora es tan vasta, que resulta difícil sintetizarla en pocas líneas. Cualquier intento resulta incompleto y genera confusiones. Aclarado esto, y si se quiere avanzar en el tema, puede decirse que los logros fundamentales de la teoría marxista son los siguientes: a) la centralidad del proceso de trabajo para la determinación del carácter de una sociedad; b) las nociones de clase social (entendida como el producto de las relaciones de producción) y de lucha de clases; c) el carácter histórico del capitalismo; d) el reconocimiento de que la clase trabajadora es la única que puede enfrentar con éxito a la burguesía y lograr el pasaje del capitalismo al socialismo.

Los logros mencionados en el párrafo anterior se apoyan en una serie de premisas de carácter más general. En mi opinión, una de las más importantes es aquella que se refiere a la cuestión de la esencia humana. Durante milenios, la filosofía política afirmó que los seres humanos se caracterizaban por poseer ciertos rasgos que los definían, precisamente, como tales. En otras palabras, lo humano se hallaba concentrado en una esencia. Ahora bien, esta esencia no era igual en todas las personas. Los grupos dominantes en la sociedad poseían una esencia que era diferente a la de los grupos explotados. Aristóteles (384-322 a.c.), el filósofo más notable de la Antigüedad clásica, sostenía que el hombre libre y el esclavo poseían esencias diferentes, siendo estas esencias las que determinaban la posición que ocupa cada uno de ellos en la sociedad. Así, el esclavo tenía una esencia que le impedía valerse por sí mismo, quedando determinada así su dependencia respecto al hombre libre.

La definición filosófica de la esencia humana se caracterizaba por ser ahistórica e inmutable, es decir, que la esencia se hallaba fuera de la historia y que no experimentaba ningún cambio. Esto tiene una importancia capital, pues cuando se produjo el ascenso de la burguesía y la nueva filosofía política pasó a revisar la cuestión del carácter desigual de la naturaleza humana, proclamando que todos los seres humanos eran iguales, los filósofos de la burguesía estuvieron en condiciones de afirmar que la esencia humana poseía los atributos del empresario capitalista (egoísmo, búsqueda de maximizar los propios beneficios, afán competitivo, etc.). Como la esencia humana era histórica e inmutable, el capitalismo era un fenómeno natural y cualquier conducta anticapitalista era contraria a la naturaleza humana. ¿Por qué había desigualdad en el capitalismo? Justamente porque la competencia, derivada de la esencia humana, determinaba que las personas más emprendedoras ocuparan los puestos superiores en la sociedad, en tanto que los inferiores quedaban en manos de aquellos que no habían demostrado habilidad en la competencia.

La definición de esencia humana esbozada en el párrafo precedente, y el individualismo, constituyeron los dos pilares filosóficos del capitalismo. Todo lo que pueda decirse acerca de su función legitimante es poco. Debe tenerse en cuenta que la utilización de la teoría de la esencia humana como instrumento para legitimar la desigualdad social se encontraba respaldada por una práctica milenaria. Este es el contexto en el que irrumpe Marx.

Sin vueltas. Marx revoluciona la filosofía política al dinamitar las bases mismas de la teoría de la esencia humana. El contenido de esta revolución se encuentra condensado en las Tesis sobre Feuerbach, tesis n° 6. Discutiendo con el Feuerbach (1804-1872), afirma lo siguiente:

“La esencia humana no es algo abstracto e inmanente a cada individuo. Es, en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales.” (p. 667) (1)

En dos líneas, Marx ajusta cuentas con la tradición filosófica. En primer lugar, al plantear que la naturaleza humana no es algo que se halla contenido en el interior de cada individuo, rompe con la tradición clásica y con el individualismo burgués. En segundo lugar, al sostener que la naturaleza humana es un conjunto de relaciones pasa a postular un enfoque relacional de dicha naturaleza, opuesto al esencialismo de la tradición filosófica.

Si la esencia humana deja de ser ahistórica e inmutable, no es posible justificar las diferencias sociales a partir de la naturaleza de los individuos. Es preciso recurrir a otro criterio. Si la esencia humana es el conjunto de relaciones sociales, ese criterio no puede ser otro que otro el análisis de la estructura formada por el conjunto de las relaciones sociales, el cual determina el carácter de la naturaleza humana, y también el carácter de la sociedad. Eso no es todo. Si la esencia humana es el conjunto de relaciones sociales, es claro que la misma se enriquece o empobrece según sean estas relaciones. En otras palabras, la esencia humana es perfectible, si se entiende por ello el acrecentamiento de la riqueza de las relaciones sociales. Si la naturaleza humana es perfectible, es posible un cambio radical de la sociedad, pues nada está obligado a permanecer igual a sí mismo por los siglos de los siglos.

La transformación radical del concepto de esencia humana es un caso particular del modo en que Marx dinamita la noción tradicional de esencia. Expresado de un modo más sencillo: La filosofía tradicional construía definiciones a partir de rasgos que se suponía inmutables. La esencia era, pues, la última palabra sobre las cosas y, por ende, la definición construida sobre la misma era definitiva.

En la tesis n° 6, expresado de modo lacónico, está contenida una revolución filosófica, que permitió el desarrollo de la crítica del capitalismo. Es por ello que merece ubicarse en un listado de los logros fundamentales de la teoría marxista.


Villa del Parque, sábado 13 de diciembre de 2014

NOTAS:

Marx, Karl, Tesis sobre Feuerbach. Incluida en: Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1985) La ideología alemana. Buenos Aires: Pueblos Unidos y Cartago.