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miércoles, 22 de mayo de 2013

INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA. II. PRIMERA APROXIMACIÓN A LA IDEOLOGÍA



Viajar en tren desde el centro hasta las áreas suburbanas de una gran ciudad nos da un buen panorama del tamaño de nuestra sociedad. En el viaje se pasa desde zonas donde vive la gente adinerada a los barrios donde sobreviven los parias del sistema. En el medio, toda una variedad de condiciones sociales. El viaje también nos da la pauta de lo  numerosa que es la población de una sociedad moderna. Gente, gente y más gente. Se edifican viviendas en zonas cada vez más alejadas del centro histórico de la ciudad. Lo urbano se come a lo rural.

No es nuestra intención hacer una descripción de las urbes modernas, sino hacer notar que en ellas las personas viven encerradas sobre sí misma en el marco de un apiñamiento más o menos generalizado. Así, se puede habitar en un edificio donde viven decenas de familias y no saber nada de ninguna de ellas en particular. Dos personas pueden cruzarse a diario en un ascensor y no cambiar entre sí más que un saludo formal.

El desconocimiento de nuestros semejantes es una pauta universal en la sociedad capitalista moderna. No hay nada de novedoso en esto (hace ya mucho tiempo que Karl Marx escribió que en el mercado los individuos eran “recíprocamente indiferentes”). Pero cuando se piensa en ello, el efecto es abrumador.

La indiferencia ante el prójimo tiene como correlato la construcción de apariencias cada vez más elaboradas. Dicho de otro modo, las personas nos forjamos máscaras con el objeto de adquirir seguridad en un mundo inhumano. En este punto, no nos interesan las implicancias psicológicas de la cuestión. Sí corresponde decir que esas máscaras constituyen un obstáculo para el conocimiento de la sociedad.

Pierre Bourdieu escribió alguna vez que los sociólogos tienen que luchar con “la maldición de los objetos de estudio que hablan”. Para el sociólogo, las personas son el principal objeto de estudio y ellas construyen justificaciones de sus acciones. No hay que olvidar que el sociólogo también es una persona que elabora justificaciones. Los objetos “que hablan” se rodean de un universo de justificaciones. Ese mundo discursivo se superpone a las relaciones mercantiles y contribuye a profundizar el desconocimiento mutuo entre los individuos.

Las construcciones discursivas exceden largamente el marco de lo individual y de lo autojustificatorio. Esto es así porque las personas comparten condiciones de vida semejantes. “No se piensa de la misma forma en una choza que en un palacio”, decía Maquiavelo. De modo que cada grupo desarrolla una forma peculiar de verse a sí mismo y a los otros grupos. Esta concepción se denomina ideología.

La combinación de condiciones de vida que hacen a los seres humanos recíprocamente indiferentes y de ideologías que justifican la posición que ocupa cada grupo social, dificultan enormemente el conocimiento de la sociedad. Las condiciones de vida parecen emanar de las cosas mismas, no de las personas, y la ideología viene a naturalizar esas condiciones: “pobres hubo siempre”, “los negros son vagos, no quieren trabajar”, etc., etc. Hay que tener presente que nuestra sociedad se caracteriza, entre otras cosas, por la desigualdad en la distribución del poder entre los distintos grupos sociales. Hay un grupo que controla los medios de producción y, por lo tanto, es la clase dominante en la sociedad. Más adelante desarrollaremos la relación entre la clase dominante y la propiedad de los medios de producción. Por ahora nos concentraremos en la ideología que desarrolla la clase dominante.

La clase que ejerce la dominación en la sociedad está interesada en presentar su dominio como algo natural, algo que está en conformidad con la naturaleza y la razón. Dicho en otros términos, si la sociedad funciona es porque existe una clase dominante que posibilita ese funcionamiento gracias a sus dotes para la organización. Hay orden porque existe esa clase. Su dominación no es una cuestión política (son quienes tienen “la sartén por el mango y el mango también”), sino técnica. Según este argumento, los empresarios dirigen el proceso productivo no porque tengan la propiedad o el control de los medios de producción, sino porque las condiciones de la producción moderna exigen que haya empresarios para que el proceso esté organizado de manera eficiente. Sin empresarios no hay generación de puestos de trabajo. Este es, palabras más palabras menos, el argumento de los empresarios.

Por el momento no vamos a someter a discusión las razones expuestas por los empresarios. Basta decir que ellos están especialmente interesados en elaborar justificaciones de la posición que ocupan en la sociedad, pues gozan de un estándar de vida muy diferente al del resto de la sociedad.  Debido a ello es sensato dudar del valor de su argumentación. En esta instancia del curso es más provechoso preguntarse: ¿Cómo los empresarios llegaron a ocupar el sitio privilegiado que tienen en la sociedad?

Los señores empresarios responden a esto con un pequeño cuento.

Había una vez un hombre (o una mujer) emprendedor, trabajador, henchido del espíritu de innovación. Ese hombre trabajó, trabajó. Ahorró, ahorró. Gracias a su sacrificio se hizo de una fortuna. Ahora es dueño de varias empresas transnacionales y su riqueza equivale a los ingresos sumados de centenares de millones de prójimos. Colorín colorado, este breve cuento se ha terminado.

Ya hemos visto que la historia es una herramienta útil para desarmar a los discursos que naturalizan la realidad social. Pero todavía no hemos aplicado esa herramienta en un caso concreto. En la siguiente entrega utilizaremos la historia para desarmar el cuento forjado por los empresarios.

San Martín, miércoles 22 de mayo de 2013

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