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martes, 14 de mayo de 2013

INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA. I. LA APARENTE NATURALIDAD DE LO COTIDIANO


Los hechos más difíciles de explicar son aquellos que ocurren delante de nuestros ojos. No hay nada más inexplicable que lo cotidiano. Es por eso que resulta deseable que un curso introductorio a la sociología empiece por el examen de cuestiones que, a primera vista, parecen triviales de tan comunes.

En una ciudad como Buenos Aires, todos los días millones de personas se levantan temprano para ir a su trabajo. Al desagrado de abandonar el sueño, se le suman las pésimas condiciones en que se viaje, el tiempo que siempre es escaso, las preocupaciones de cómo llevar a los hijos al colegio y de quién los recibirá al mediodía o a la tarde en el hogar, etc., etc. Todo ello para llegar a un trabajo que, generalmente, está mal remunerado, donde hay que soportar al jefe o a los jefes de turno. En numerosos casos, llegar con el sueldo a fin de mes equivale a una hazaña de superhéroe de película.

La mayoría de las personas pasamos la mayor parte de nuestras vidas trabajando. Pero, ¿por qué trabajamos?

La respuesta parece obvia: porque necesitamos ganar dinero. Si pudiéramos obtenerlo por otros medios, muchos de nosotros no trabajaríamos. El trabajo suele ser una actividad más o menos fastidiosa, que nos quita tiempo de nuestras vidas. En el trabajo no somos nosotros mismos. El dinero es, pues, la causa del trabajo.

Ahora bien, si algo caracteriza o debiera caracterizar a la reflexión científica sobre la sociedad, es el dudar sistemáticamente de las creencias aceptadas. Decir que trabajamos por dinero implica no avanzar un ápice en la explicación. El trabajador que viaja todos los días en el Ferrocarril Sarmiento lo sabe, y resulta irrespetuoso repetir con la etiqueta de “la ciencia” aquello que saben desde siempre las personas de a pie.

Si pretendemos avanzar en la indagación de los motivos acerca del por qué trabajamos, es preciso preguntarse: ¿Por qué necesitamos el dinero?

Otra vez nos sale al paso una respuesta obvia: precisamos del dinero para comprar las cosas necesarias para vivir. En este punto, la investigación parece quedar clausurada: ¿qué más podemos decir? Las cosas, desde los fideos hasta los helicópteros, tienen un precio, es decir, las cosas (y también los servicios y las personas) son mercancías. Sin dinero, las cosas no llegan a nosotros. Mis deseos nunca se concretan si carezco de dinero en el bolsillo. El dinero dice así su última palabra.

El discurso del dinero es tan terminante que resulta imprescindible someterlo a investigación. En sociología, las afirmaciones contundentes son las que exigen de nosotros una mayor aplicación del precepto: Dudar de todo. El tema del dinero resulta modélico para poner en práctica dicho precepto.

Pensar que las cosas son mercancías, es decir, que se compran y se venden por dinero en el mercado, nos resulta casi tan natural como respirar. La difusión universal alcanzada por el trabajo asalariado muestra que las personas aceptamos sin mayores reparos nuestra condición de mercancías. Todo lo que existe en el mundo, sea profano o sagrado, sea Cacho Castaña o Beethoven, se compra y se vende, es mercancía.

Si la omnipotencia del dinero es la regla fundamental de nuestra sociedad, ¿cómo buscar las causas de esa omnipotencia? La dificultad radica en que si las cosas asumen naturalmente la condición de mercancías, la omnipotencia del dinero es algo que forma parte de la naturaleza de las cosas. Nuevamente, nuestra indagación desemboca en un callejón sin salida.

Sin embargo, debajo de la “naturalidad” del dinero existen algunos indicios de que lo natural no es necesariamente lo natural. Si existen cosas que no asumen la condición de mercancías, la “naturalidad” del dinero pasa a ser una cuestión estadística y no algo que forma parte de un “orden natural”. Los ejemplos de comportamientos no mercantiles en nuestra sociedad existen. Una abuela que prepara una torta para su nieto, un amigo que ayuda a otro a construir el techo de su casa, etc., no entran en la categoría de actos mercantiles. La torta y el techo no son mercancías. Es cierto que la mayoría de las cosas y de las acciones de las personas revisten la forma mercantil, pero la sola presencia de cosas que no asumen dicha condición muestra a las claras que la “naturalidad” de la mercancía tiene que ser sometida a discusión. Si un dios tiene un origen, deja de ser omnipotente, pues hubo un momento en que no fue. El dinero y la mercancía son nuestros dioses, pero ambos tuvieron un origen. Son, pues, dioses aparentes (o dioses del mundo de las apariencias).

La mención al origen no es casual. Como indicamos, es nuestra sociedad existen cosas, acciones y personas que no son mercancías, pero son excepciones a la regla que dice “todo se compra y todo se vende”. Sirven para poner en duda nuestras certezas, no para construir una explicación alternativa. La realidad de la mercancía es la fuente de nuestros prejuicios.
En este punto interviene la cuestión del origen o, mejor dicho, de la historia.

La  historia es la llave maestra para desarmar la estructura armada por la mercancía. La omnipotencia y la naturalidad del dinero requieren de un presente perpetuo. Es probable que esta sea una de las causas del porqué en nuestra sociedad se le concede tan poca importancia a la historia. Ahora bien, la simple experiencia de ojear un manual de historia medieval nos muestra que durante mucho tiempo la mercancía era la excepción; la producción para el propio consumo, ya sea de la familia o de la comunidad campesina, era la norma imperante. El trabajo asalariado era minoritario. La compra y la venta de mercancías estaban lejos de ser normas universales, y en muchos casos eran realizadas por pueblos especializados en el comercio (por ejemplo, los judíos).

No es necesario multiplicar los ejemplos. Casi toda la historia humana transcurrió en condiciones que no fueron las de la producción mercantil. Si nuestro propósito es explicar por qué trabajamos, es preciso reformular las preguntas. Ya no se trata de inquirir: ¿por qué necesitamos el dinero? Es mejor preguntar: ¿qué condiciones sociales se requieren para que las cosas y las personas se conviertan en mercancías?

De lo hasta aquí expuesto, se desprende que dichas condiciones sociales distan mucho de ser naturales. Por el contrario, son el producto de procesos históricos.

Ir a trabajar es, por tanto, la punta del iceberg de complejos procesos históricos, que exceden largamente el marco de nuestra experiencia directa. Explicar porqué usted, sufrido lector, se apretuja en los vagones del Sarmiento para viajar de Moreno a Once a las 5 a. m., implica desandar una larga historia. Pero no hay nada de natural ni de inexorable en lo cotidianos de millones y millones de trabajadores que pasan la mayor parte de sus vidas trabajando.

En la sociedad, lo natural es justamente lo menos natural del mundo, valga la redundancia.

Villa Jardín, martes 14 de mayo de 2013

4 comentarios:

Marco A. Dorantes dijo...

¿Qué hay de la perspectiva donde un sistema monetario, como el imperante, necesita por diseño la permanencia de la escasez y de la deuda para funcionar? De ser eso cierto, y si reconocemos a la escasez y a la pobreza económica como un problema que puede ser solucionado, ¿no podríamos exigirnos el cambio progresivo hacia alguno de los sistemas socioeconómicos alternativos ya planteados por algunos Premios Nobel de Economía, donde el dinero ya no juega su papel enajenante?

Anónimo dijo...

Dicho popularmente: Posiblemente la mercancía no sea mala en si misma, sino la red que se tejió en derredor de ella.
Como elemento de uso social quizá la mercancía esté mal usada y nadie supo plantarse o ya alguien planteó como salir de esa forma de uso y como generar una nueva manera que no contenga sus efectos indeseables.

Ariel Mayo (1970) dijo...

Lamento tener que disentir con el comentarista anónimo. Es precisamente la lógica de la mercancía la que transforma las personas en medios para obtener ganancias, la que pone el eje en el valor de cambio y no en el valor de uso de las cosas. De este modo, la mercancía (la producción mercantil) vacía al mundo de contenido y lo reduce a la cuestión del plusvalor. Saludos,

Ariel Mayo (1970) dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.