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jueves, 23 de diciembre de 2010

DE LA DEGUSTACIÓN E INGESTA DE SAPOS COMO PRÁCTICA POLÍTICA

Hasta donde sabemos, el sapo no forma parte de la dieta habitual de los argentinos. En verdad, los sapos están asociados con la lluvia, los veranos y los pueblos de provincia antes que con las artes culinarias. Tampoco tenemos noticia de que la filosofía política se haya preocupado especialmente de los sapos. Sin embargo, en este triste diciembre dominado por la muerte de nuestros compatriotas en Soldati y por la enorme indiferencia de la mayoría de la población hacia esas muertes, la cuestión de la ingesta de sapos se ha transformado en un tema importante de nuestra vida política.

¿Cómo pudo llegar a ser semejante transformación de nuestras costumbres alimenticias y de las categorías de la teoría política?

Como Hegel dijo alguna vez, en este mundo tan razonador aún para los mayores disparates hay una buena razón. Reirse de la afirmación de que hacer política implica estar dispuesto a tragarse sapos es demasiado fácil y expresa una actitud aristocrática haca la política, un mirar desde arriba los errores de los otros. No es este el camino que hemos elegido en esta nota, pues estamos convencidos de que la política encarada desde los sectores populares implica un continuo aprendizaje basado en el diálogo y en la acción. Y la tarea de los intelectuales que pretendemos formar parte del campo popular consiste en discutir a fondo las ideas imperantes sobre la política, pues sólo de este modo es posible colaborar en la construcción de un proyecto alternativo a las dos grandes corrientes que han hegemonizado la política argentina en la primera década de este siglo, el “kirchnerismo” y el espacio autodenominado “oposición”.

¿De dónde proviene y con qué argumentos se justifica esta afirmación acerca de los efectos saludables de una dieta política basada en la ingesta de sapos?

Para desarrollar esta posición hemos elegido el artículo “Apuntes para la militancia”, firmado por Hernán Brienza (n. 1971) y publicado en la edición del domingo 19 de diciembre de TIEMPO ARGENTINO[1]. El autor desarrolla con especial claridad la tesis de la necesidad de la ingesta de sapos, sin recurrir a gambetas y a rodeos que oscurezcan el argumento.

Brienza escribe en el párrafo final del artículo: “¿Los kirchneristas tendrán que tragarse algún sapo? Es posible. Juan Domingo Perón dijo alguna vez: «Cada uno dentro del movimiento tiene una misión. La mía es la más ingrata de todas: me tengo que tragar el sapo todos los días. Otros se lo tragan de vez en cuando. En política, todos tienen que tragar un poco el sapo.». Para los votantes, militantes, cuadros, dirigentes y conducción estos no son tiempos de posturas «estetizantes» y «yoicas». El año 2011 es clave para el futuro del país. Ese el único objetivo. Después vendrán los tiempos de debate sobre cómo continúa la «profundización del modelo».”

El planteo que hace Brienza es clarísimo, tanto por lo que dice como por lo que está implícito. El “kirchnerismo” necesita ganar a toda costa las elecciones de 2011. En palabras de Brienza: “el único objetivo para el movimiento nacional y popular no es otro que ganar la mayor cantidad de elecciones posibles (sic) en 2011.” A despecho de las encuestas y de la innegable popularidad de Cristina Fernández (n. 1953), el oficialismo no se siente seguro y considera, con buen tino, que es vital agrupar a la propia tropa de cara a las elecciones de 2011. El problema de fondo no es la autodenominada “oposición”, sino el hecho de que, a pesar de los avances registrados a partir de la derrota en el conflicto con la burguesía agraria en 2008, el “kirchnerismo” sigue careciendo de una estructura nacional consolidada, y depende mucho de las alianzas con gobernadores, intendentes y punteros de todo color y peaje. El argumento sobre los sapos no va dirigido, por supuesto, a estos “santos varones”, sino que tiene como destinatarios a los militantes “k”, sobre todo a los que se han ido incorporando desde el 2008. El mensaje tiene este contenido: El objetivo central en el 2011 es ganar las elecciones y conseguir la reelección de Cristina. Para ganar las elecciones es preciso arreglar con todos los jefes territoriales dispuestos a negociar con el gobierno. Como estos votos son necesarios, estamos dispuestos a “tragar sapos”, es decir, a aceptar sus condiciones. Para que las negociaciones sean exitosas es preciso dejar de hablar de “profundizar el modelo”.

Brienza sabe que la presencia de los “santos varones” en los primeros lugares de muchas listas para el 2011 generará disgusto entre una parte de la militancia “k”: “Bastantes kirchneristas de última hora se sentirán sorprendidos por algunas designaciones y otros serán reticentes a apoyar a ciertos candidatos. Mucho se hablará, seguramente, de un «corrimiento» al centro por parte del kirchnerismo, a juzgar por algunas candidaturas menos progresistas de lo que los entusiastas «profundizadotes del modelo» esperan.” Es interesante el reconocimiento implícito de la debilidad política del “kirchnerismo” y de que Cristina Fernández está obligada a mantener modelo (basado en el aprovechamiento de las legislación laboral sancionada por el neoliberalismo en los 90, con sus secuelas de flexibilidad, precarización, tercerización y trabajo esclavo). Las ilusiones transformadoras, genuinas en muchos militantes “k”, se estrellan contra la realidad de la correlación de fuerzas sociales que el “kirchnerismo” no ha sabido o no ha querido modificar.

¿Qué consuelo ofrece Brienza a los militantes que sienten náuseas ante la perspectiva de tragarse a los sapos?

Aquí el argumento se bifurca en dos niveles diferentes, que intentan conjugar el respeto a la relación de fuerzas existente con la posibilidad de ejercer una acción transformadora, aún sin chocar contra el orden establecido en la fábrica, la oficina y la casa de comercio. Transcribo ambas, pues resultan características de la concepción de la política desarrollada por la militancia “k” desde el 2008 hasta aquí.

En primer término: “El simpatizante kirchnerista no debería perder de vista varias cosas: 1) Las tácticas electorales a veces difieren de la estrategia general. 2) La voluntad y la decisión transformadora del rumbo del actual proceso ya ha sido probada en casi ocho años de gobierno, por lo tanto, debería haber una confianza entre votantes, militantes y cuadros respecto de la conducción. 3) Hay que comprender que la base de sustentación del peronismo kirchnerista ya incluye a vastos sectores de la centroizquierda. Por lo tanto, debe seducir no sólo al electorado cautivo y convencido [si está “cautivo y convencido” no debe ser “seducido”.], si no (sic) a aquellos sectores que no están convencidos o miran con desconfianza al actual proceso político. En función de las pruebas de gestión, el electorado progresista k debería dar un salto de confianza respecto de las tácticas electoralistas para 2011. 4) No hay que olvidar que una verdadera estrategia transformadora de la sociedad no puede prescindir de la vocación de poder.”

Otra vez hay que agradecer a Brienza la franqueza con que desarrolla su argumento. Dos son los elementos principales del mismo. Por un lado, la afirmación de que la “voluntad transformadora” de la conducción ha quedado demostrada a lo largo del período 2003-2010[2]. Por otro lado, habiéndose “asegurado” el electorado “progresista”, el “kirchnerismo” tiene que salir en busca de otros segmentos sociales para asegurar la victoria en las elecciones de 2011. En otras palabras, la militancia “k” tiene que dar un cheque en blanco a la conducción para lograr los acuerdos necesarios a los fines de ampliar la base electoral del “kirchnerismo”. Cabe apuntar, antes de discutir las bases de este argumento, que la actitud que se le pide a la militancia entra en contradicción con el fomento a la participación de la juventud en la política, participación que ha sido presentado por el gobierno en los últimos tiempos como uno de los logros más importantes del “kirchnerismo”.

La degustación del sapo supone una política centrada en la “mesa chica”, en la conducción vertical y en unas bases que acaten a rajatabla lo dispuesto por esa conducción. Por “mesa chica” entendemos un mecanismo específico de toma de decisiones en una organización política, que consiste en limitar a unas pocas personas la potestad de decidir sobre la estrategia y las medidas tácticas a adoptar por dicha organización. Pero construir una política transformadora a favor de los trabajadores y demás sectores populares requiere prácticas diferentes a las de la “mesa chica”. Esta afirmación no es producto de un deseo de “pureza ideológica” o de posturas “estetizantes”, sino que se deriva de las características mismas de la política práctica. Desde que el mundo es mundo, las clases dominantes han procurado dividir a los de abajo; paralelamente, todos aquellos que han luchado por mejorar la situación de los explotados han tenido que llevar adelante la tarea de unir a los sectores populares. Para convertir al pueblo en una fuerza políticamente activa es preciso ponerlo en movimiento, y esto difícilmente se logra comiendo sapos. En definitiva, la cuestión de los sapos remite a dos maneras distintas de pensar la política: o la política centrada en la “mesa chica”, o la política orientada hacia la movilización y la participación de cada vez más personas en la toma de decisiones.

Como dijimos más arriba, Brienza no se limita a proponer a los militantes “k” una dieta basada en el consumo de sapos. También indica un camino para efectuar transformaciones sociales sin perturbar la lenta digestión de los sapos ingeridos. Escribe: “La misión de la militancia cultural en los próximos años no es otra, entonces, que resignificar los términos y, sobre todo, tender a la igualación de oportunidades. Lo cultural no es una máscara de las relaciones económicas, lo cultural es – y debe ser – justamente su representación simbólica [¿Qué diferencia existe entre ser una “máscara” y una “representación simbólica”. Brienza es deliberadamente oscuro aquí.]; trastocar valores significa – y también en un juego dialéctico empuja porque libera – distribuir riqueza y solucionar los problemas infraestructurales de la pobreza.” Este párrafo no tiene desperdicio, y en él están presentes las ideas que esgrime el “kirchnerismo” para justificar su “renuencia” a avanzar hacia una modificación de las relaciones de poder imperantes en la vida cotidiana. Vamos por partes. Agregar el adjetivo “cultural” al sustantivo “militancia” es, en verdad, una cuestión redundante, pues toda militancia es cultural, en el sentido de que tiene como uno de sus objetivos la preservación o el trastocamiento de determinados valores. Pero Brienza utiliza la expresión para cargar la ambigüedad a la política “kirchnerista”. En otros términos, plantea que, como en este momento no podemos “profundizar” las transformaciones materiales, es preciso abocarse a la generación de cambios culturales. Esta argumentación tiene el discreto encanto que rodea en nuestra época todo lo relativo a lo cultural, a lo simbólico. También suena a razonamiento dialéctico, y esto trae recuerdos a los militantes “k” que provienen de otras geografías políticas ajenas al peronismo.

Sin embargo, en el texto de Brienza no queda claro cómo se puede “distribuir riqueza” manejándose en el plano estrictamente cultural, o cómo pueden solucionarse los “problemas infraestructurales de la pobreza”. El problema de Brienza consiste en que separa arbitrariamente lo “material” de lo “simbólico”, y con ello plantea que es posible lograr un progreso en lo simbólico sin tener que tocar las bases materiales de lo existente; o, dicho de otro modo, que podemos ser progresistas en lo cultural y respetuosos de los señores empresarios en lo económico. Además, y dicho sea de paso, es un error sostener que la pobreza es un “problema infraestructural”. La pobreza, como la explotación, es una consecuencia de nuestro sistema social que, hasta donde sabemos, sigue siendo una economía capitalista. Entonces, la cuestión no es formular disquisiciones abstractas sobre la primacía de lo cultural, de lo simbólico, o sobre los tiempos diferentes de uno u otro; es mucho más importante establecer dónde se encuentra el núcleo duro del poder en la Argentina.

Parafraseando al general, “la única verdad es la realidad”. Hablar de lucha cultural y de transformaciones simbólicas cobra sentido en la medida en que nos situamos en una situación concreta, con una correlación de fuerzas también concreta. Es por eso que queremos presentar el tipo de transformaciones culturales que ha encarado el “kirchnerismo” a través de dos ejemplos.

El primero, seleccionado precisamente porque resulta sumamente favorable al oficialismo, es la sanción de la ley de matrimonio igualitario, uno de los mayores logros del clima cultural post 2001 del que forma parte el “kirchnerismo”. Sin embargo, con toda su trascendencia y con el hecho de que la ley significó una dura derrota para esa corporación de “santos varones” llamada Iglesia, el matrimonio igualitario no mueve la aguja en lo que hace a las relaciones de poder en la Argentina. Hay, por tanto, que distinguir entre distintos tipos de cambios culturales. Nuestra posición al respecto consiste en afirmar que existe un núcleo duro del poder, que está dado por la relación entre el trabajador y el empresario. Aquí es donde los cambios culturales pueden modificar sustancialmente a la sociedad.

En este punto llegamos al segundo ejemplo. El trabajo en “negro” abarca cerca de un 35% del total de los trabajadores en Argentina. Esta situación precariza al conjunto de la vida del trabajador y lo obliga a ser especialmente sumiso frente a la patronal. Su eliminación fortalecería notablemente la posición de los trabajadores y les daría mayor confianza en sí mismos, al eliminar una de las causas de su subordinación a los empresarios. Eliminar el trabajo en “negro” no significa decretar la abolición de la propiedad privada de los medios de producción ni instaurar el socialismo. Pero la lucha por la supresión del “trabajo no registrado” constituiría un enorme cambio cultural y repercutiría inmediatamente sobre la relación de fuerzas en la sociedad.

Lo expuesto en los párrafos anteriores no debe entenderse como una negación de la importancia del matrimonio igualitario, no tampoco como una chicana dirigida a ningunear la labor realizada en este terreno por el “kirchnerismo” (y por otras fuerzas políticas). El objetivo de estas reflexiones consiste en plantear la necesidad de volver sobre algunas viejas cuestiones de la teoría política, que nos permiten establecer qué cuestiones son fundamentales para transformar la sociedad. Brienza afirma que “la militancia cultural” tiene que “resignificar los términos”, pero el problema radica en que no todos los términos son equivalentes, y que no todo da lo mismo al momento de analizar como está conformada una sociedad. Hacer política desde los sectores populares requiere identificar cuál es el núcleo duro de la estructura de poder, y establecer los caminos viables para transformarla. Nada de esto está presente en la argumentación de Brienza, ni en los análisis de otros referentes del “kirchnerismo”.

La promoción de una dieta basada en la ingesta de sapos parece destinada a transformarse en no de los hits del próximo año electoral. No es nuestra intención negar que hacer política implica aceptar la necesidad de hundirse en el barro. Pero sí queremos rechazar que la ingesta de sapos sea la única política posible, aún en las condiciones actuales. A fin de cuentas, los sapos lucen mejor en las calles de un pueblo de provincia, luego de una lluvia de verano…


Buenos Aires, 23 de diciembre de 2010

NOTAS:

[1] La nota se encuentra disponible en el link: http://tiempo.elargentino.com/notas/apuntes-para-militancia

[2] La orientación y las limitaciones de las transformaciones emprendidas por el “kirchnerismo” se encuentran discutidas en la nota “Apuntes sobre el poder en Argentina”: http://miseriadelasociologia.blogspot.com/2010/12/apuntes-sobre-el-poder-en-la-argentina.html

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