Nota
bibliográfica:
Para la redacción de esta reseña se ha utilizado la
siguiente edición: Durkheim, Emile. (2000). Sociología y filosofía. Madrid:
Miño y Dávila. (pp. 59-86). Es la traducción española de un artículo publicado
en el BULLETIN DE LA SOCIÉTÉ FRANçAISE DE PHILOSOPHIE. Incluye una parte de la
discusión que tuvo lugar en la reunión llevada a cabo el 11 de febrero de 1906.
Este texto de Durkheim tiene por objetivo principal
establecer en qué consiste la realidad
moral y cuáles son los caminos para comprenderla. En este sentido, se
enmarca dentro de una línea central de su teoría sociológica, consistente en
establecer el hecho de que la realidad social no puede ser reducida a la suma
agregada de los individuos que la componen, y a que esta realidad genera un
substrato propio, colectivo, diferente al de los pensamientos e intenciones
meramente individuales de las personas.
Para cumplir su propósito, Durkheim comienza por
establecer las principales características del hecho moral:
a) Se trata de reglas investidas de una autoridad
especial, es decir, que son obedecidas porque ordenan (noción del deber – Durkheim
apunta que este aspecto del hecho moral se asemeja a la concepción kantiana del
deber -);
b) Las personas no realizan sus actos sólo porque les son
ordenados, es necesario también que éstos contengan un cierto grado de
“deseabilidad”, es decir, que su ejecución sea deseada por el sujeto que
realiza el hecho moral (difiere en este punto de la concepción kantiana). En
este sentido, Durkheim plantea que la noción de deber es el elemento más
abstracto del hecho moral, mientras que la “deseabilidad” se encuentra en estrecho
contacto con la sensibilidad del individuo. En resumen, todo hecho moral
implica una combinación de noción de deber y de idea del bien (esta constituye
la base última de la deseabilidad) (p. 60).
Luego de caracterizar el hecho moral y de aclarar sus
acercamientos y diferencia con la concepción de Kant (1724-1804), Durkheim se
plantea la cuestión de por qué existen los hechos morales (p. 61). En este
marco, emprende una crítica de la posición individualista metodológica. Así,
sostiene que la calificación de moral nunca fue aplicada a un acto cuyos
objetivos fueran exclusivamente individuales, y que ningún individuo constituye
en sí mismo un carácter moral. De lo anterior infiere que
“si
hay una moral, no puede tener por objetivo sino el grupo formado por una
pluralidad de individuos asociados, es decir, la sociedad, bajo la condición, no obstante, de que la sociedad pueda ser
considerada como una personalidad cualitativamente diferente de las
personalidades individuales que la componen. La moral comienza, pues, allí
donde comienza el apego a un grupo, cualquiera que sea.” (p. 62).
En verdad, Durkheim retoma aquí y aplicadas al estudio de
los hechos morales, sus tesis enunciadas en las obras de la década de 1890,
acerca de la irreductibilidad de los hechos sociales a los hechos individuales.
De este modo, la sociedad, que sobrepasa al individuo, es una cosa buena que
tiende a ser deseada por éste; la sociedad, en esta relación, se presenta a la
vez como una cosa buena (algo deseable) y como una autoridad moral cuyos
preceptos de conducta adquieren carácter
obligatorio.
Las afirmaciones contenidas en el párrafo anterior no
implican que Durkheim proponga la aceptación pasiva por el individuo de la
moral imperante en una sociedad. Aquí afirma que
“la sociedad que la moral nos
prescribe desear o querer, no es la sociedad tal como aparece ante ella misma,
sino la sociedad tal como es o tal como tiende realmente a ser.” (p. 62).
A partir de todas estas consideraciones generales,
Durkheim dedica el resto del artículo al análisis de la realidad moral.
Sostiene que ésta última puede dividirse en dos aspectos: el aspecto objetivo y
el aspecto subjetivo. En su artículo Durkheim dedicará su atención al primero
de los dos aspectos. Para ello plantea la conveniencia de saber dónde se
encuentra la realidad moral. Durkheim sostiene que las reglas morales se nos
presentan como un conjunto de máximas, de reglas de conducta que pretenden
regir la vida en sociedad. Pero esta definición no basta, porque hay muchas más
reglas que las morales que nos prescriben qué debemos hacer y qué no hacer.
Para encontrar lo específico de las reglas morales frente a otros tipos de
reglas, Durkheim va a proceder estudiando qué reacciones se producen cuando las
reglas son violadas. Aquí, como en otros de sus trabajos, Durkheim vuelve a
poner el acento en la sanción, a la
que define como “una consecuencia del acto, que no resulta del contenido del
acto, sino del hecho de que éste no es conforme a una regla preestablecida.
Porque hay una regla anteriormente establecida, y porque el acto es un acto de
rebelión contra esta regla, es por eso que entraña una sanción. Aquí desarrolla
in extenso los dos aspectos del hecho moral que fueron mencionados arriba;
mientras que, por un lado, la regla va asociada a la noción de deber (y en este
punto Durkheim apunta que este carácter va dirigido en contra del
utilitarismo), también va asociada a cierta deseabilidad que hace más fácil su
cumplimiento. No se trata, pues, del mero deber, sino que también este deber tiene
que estar asociado a alguna forma de idea del bien. Durkheim señala que esta
dualidad del hecho social también se manifiesta en lo sagrado.
Toda el segundo apartado del artículo (pp. 73-83) está
dirigido a demostrar la afirmación formulada arriba acerca de que la moral no
puede tener su origen en el individuo, sino en el grupo. “La vida comienza allí
donde comienza la vida en grupo, porque solamente allí la abnegación y el
desinterés toman un sentido.” (76). Como puede verse, esta posición se
encuentra radicalmente enfrentada a la del individualismo metodológico.
Por último, en el tercer apartado del artículo (pp.
83-86) Durkheim procura enfrentar la crítica que se le hace y que dice que su
posición frente a los hechos morales deriva en la aceptación fatalista de la
moral imperante en una sociedad dada. Aquí aclara lo que considera un
“malentendido” y afirma que el individuo no debe renunciar de ningún modo a
formular sus protestas contra aquellas reglas morales con las que no esté de
acuerdo.
”Pero, sea como fuere, no podemos
aspirar a otra moral que la que es reclamada por nuestro estado social. Hay en
esto un punto de referencia objetivo, con el cual deben relacionarse siempre
nuestras afirmaciones. La razón que juzga en estas materias no es, pues la
razón individual movida no se sabe por qué inspiraciones interiores, por qué
preferencias personales; es la razón que se apoya en el conocimiento, elaborado
tan metódicamente como es posible, de una realidad social dada, a saber: la
realidad social. De la sociedad, y no del yo, depende la moral.” (p. 85).
En definitiva, es la ciencia la que puede proporcionarnos
una guía para orientarnos en el vasto océano de las realidades morales. Y
Durkheim se preocupa por dejar en claro que la ciencia, que opera metódicamente
acumulando paulatinamente información, no puede brindarnos ni soluciones
exactas, ni puede dar respuesta inmediata a nuevas situaciones. En dichos
casos, son los individuos quienes deben tomar las decisiones. Sin embargo, esto
se halla bien lejos de los principios del individualismo metodológico.
En resumen, en este artículo Durkheim demuestra que los
hechos morales no son construcciones individuales sino que se trata, por el
contrario, de reglas que brotan de la
sociedad misma.
Villa del Parque, martes 16 de julio
de 2013
2 comentarios:
Muchas gracias por la reseña Ariel! Estoy cursando Teoría Sociológica Clásica y me ayudó mucho. Saludos desde Salta
Muchas gracias por comentar, Gonzalo. Un abrazo desde Buenos Aires!
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