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viernes, 12 de julio de 2013

ELSTER Y LA EXPLICACIÓN INTENCIONAL EN LAS CIENCIAS SOCIALES: NOTAS DE LECTURA



Jon Elster (n. 1940) es uno de los representantes más significativos del marxismo analítico, esa extraña combinación de elementos de la teoría marxista con el individualismo metodológico.

A continuación presento unas notas de lectura sobre el texto: Elster, Jon. (1990). El cambio tecnológico: Investigaciones sobre la racionalidad y la transformación social. Barcelona: Gedisa. (Traducción al español por Margarita Mizraji). Trabajé con una fotocopia de la Introducción a la primera parte (no se observa paginación), del (¿capítulo?) 3 (pp. 65-81) y de las notas (pp. 208-219).

Elster considera que el criterio más fructífero para realizar una clasificación de las ciencias consiste en considerar las diversas modalidades de explicación científica, pues ellas se encuentran en estrecha relación con las estrategias de formación de teorías. Afirma que “sólo ciertos tipos de teorías pueden llegar a dar explicaciones satisfactorias en un campo determinado.” (p. 4 - de la fotocopia -). Elster distingue tres modalidades de explicación: la causal, la funcional y la intencional. También discrimina entre tres campos de investigación científica: física[1], biología[2] y ciencias sociales. (p. 4)[3].

Ahora bien, la explicación intencional es la característica central de las ciencias sociales frente a las ciencias naturales (física y biología definidas en el sentido amplio que lo hace Elster) porque “el bloque básico en las ciencias sociales, la unidad elemental de explicación es la acción individual guiada por alguna intención” (p. 5). De este modo, para que haya explicación intencional es preciso que exista intención por parte del actor. En otras palabras, “explicar la conducta intencionalmente es equivalente a demostrar que es conducta intencional, es decir, conducta realizada para lograr una meta. Explicamos una acción intencionalmente (…) cuando podemos especificar el estado futuro que se pretendía crear.” (p. 66).

Elster sostiene que, mientras que la explicación intencional es característica de las ciencias sociales lo mismo puede decirse de la explicación causal respecto a la física (p. 4) y de la explicación funcional en relación a la biología (p. 4). La explicación intencional (o teleológica) ha sido descartada en una fecha relativamente reciente en física (p. 5); en biología, la explicación intencional era propia de las teorías predarwinianas (p. 5).

Una conducta intencional supone que esa conducta tiene por objetivo lograr una meta. Ahora bien, Elster sostiene que la conducta intencional incluye, además de metas[4], también creencias: “Un agente intencional elige una acción que cree será el medio para su  meta. A su vez, esta creencia está relacionada con diversas creencias acerca de asuntos fácticos, relaciones causales entre medios y fines, etc.” (p. 66). De este modo, una conducta intencional consiste en una relación triádica entre acción, deseo y creencia. Ahora bien, justamente porque las creencias y deseos necesitan ser explicados, la explicación intencional está muy lejos del análisis de conducta. (p. 66).

Elster emplea razón como término común para designar a las creencias y a los deseos. (p. 66). En este punto, sostiene que “la explicación intencional incluye mostrar que el actor hizo lo que hizo por una razón” (p. 66).

¿Qué significa actuar por una razón? Elster distingue entre actuar con una razón, que significa que el actor tiene razones para hacer lo que hace (pero no implica, necesariamente, que la acción responda a esas razones, porque la misma puede darse de manera no intencional o casual); y actuar por una razón, es decir, cuando el actor tiene razones para hacer lo que hace y, además, hizo lo que hizo debido a dichas razones (p. 66). En otros términos, cuando el actor actúa por una razón existe una conexión plena entre la acción y las razones de ella. Elster es especialmente cuidadoso en aclarar este punto, pues de la confirmación de que la acción se realiza por una razón es posible inferir la explicación funcional. Así, “el requisito de que el actor hace lo que hace por una razón implica que la razón es causalmente eficiente para producir la acción, pero no queda agotada por dicha deducción. Debemos agregar que las razones causan la acción «en la forma correcta», es decir, no por casualidad. Por lo tanto, debemos excluir no sólo las «coincidencias del primer tipo», en las que algo diferente de las razones provoca la acción, de la que son razones, sino también las «coincidencias del segundo tipo», en las que las razones realmente causan la acción de la que son razones, pero lo hacen de un modo no convencional.” (p. 66).

Elster descarta de plano la utilidad del concepto de inconsciente en las ciencias sociales. De hecho, sostiene que “el concepto de intenciones inconscientes no es más coherente que la cuadratura del círculo” (p. 67). Esto se explica a partir de la concepción que tiene de la conducta intencional, a la que considera como “esencialmente relacionada con el futuro” (p. 66). En la introducción a la primera parte de la obra ya había trazado, en este sentido, una distinción importante entre la explicación funcional (propia de la biología) y la explicación intencional (propia de las ciencias sociales): “la explicación intencional difiere de la funcional en que la primera puede estar dirigida hacia el futuro distante, mientras que la última es típicamente miope y oportunista.” (p. 5-6). Los actores intencionales pueden adoptar estrategias del tipo “un paso atrás y dos adelante”, en tanto que en la evolución biológica sólo se llega a esos resultados por casualidad. Es por esto que, volviendo a la cuestión del papel del inconsciente, Elster descarta la utilidad de este en las ciencias sociales. En rigor, la acción intencional es tal justamente porque los actores son plenamente conscientes de las razones por las que actúan de ese modo y no de otro.

Elster concibe a la consciencia “como un medio de representación, una pantalla interna sobre la que lo físicamente ausente puede tener presencia y marcar una diferencia para la acción en el presente. Operacionalmente, la conciencia puede detectarse a través de la capacidad de desarrollar estrategias indirectas o de esperar en situaciones cualitativamente nuevas.” (p. 67).

Elster afirma que, más allá de cómo se defina el concepto de racionalidad[5], dice que su uso tiene que reservarse para los casos en que tiene poder explicativo, “es decir, que nunca habría que caracterizar una creencia, una acción o un modelo de conducta como racional a no ser que se esté dispuesto a afirmar que la racionalidad explica lo que se dice es racional.” (p. 67-68). Todo otro uso del concepto de racionalidad tiene que aclararse.

Elster indica en el gráfico de página 65 que la conducta racional se divide en satisfacerte y optimizadora. Si bien reconoce que “la explicación en términos de optimización sigue siendo el caso paradigmático de la explicación en las ciencias sociales fuera de la psicología” (p. 69), afirma que hay dos razones que permiten sostener que la identificación de la racionalidad con la optimalidad[6] no vale para la generalidad. La primera de ellas es el argumento especial para satisfacer, que es un resultado de los problemas de optimización sin soluciones bien definidas (ver su desarrollo en p. 70). La segunda remite al argumento general para satisfacer, que es un derivado de las paradojas de información. Este argumento “requiere que no definamos racionalidad en términos de creencia dadas, sino que preguntemos si las creencias son irracionales. Esto significa que a la pregunta “¿Puede esta acción ser explicada como una conducta optimizante?, podemos dar respuestas diferentes, dependiendo de si las creencias son consideradas como constantes o como variables de conducta. Si adoptamos un concepto «delgado» de racionalidad, definida con respecto a creencias dadas, solamente se aplica el argumento especial para satisfacer. El argumento general tiene fuerza si adoptamos un criterio más amplio de racionalidad, que también requiere racionalidad en la recolección de información y la formación de creencias.” (p. 70).

Elster sostiene que el concepto de racionalidad tiene que reservarse sólo para los casos en los que tiene poder explicativo. Es importante destacar que Elster indica que pueden formularse varias definiciones de racionalidad. Rechaza que racionalidad y optimalidad sean sinónimos. Es por eso que formula una definición mínima de racionalidad, en la que ésta “implica consistencia de metas y creencias” (p. 68).

Elster ubica la teoría de los juegos en el marco de su análisis de la racionalidad estratégica, esto es, una variante de la conducta racional optimizadora[7]. Define la racionalidad estratégica como “un axioma de simetría: el agente actúa en un medio de otros actores, ninguno de los cuales puede suponerse menos racional o sofisticado que él mismo. Entonces, cada actor necesita anticipar las decisiones de los demás antes de tomar la propia, y sabe que hacen lo mismo con respecto a los demás y a él.” (p. 71). En este punto, la teoría de los juegos[8] ofrece un instrumento para formalizar este enfoque estratégico de la conducta humana.

Como ya indicamos, Elster emplea la teoría de los juegos para estudiar la racionalidad estratégica. En este marco, distingue entre la teoría del juego cooperativo, que “supone que grupos de agentes pueden actuar juntos contra otros grupos y no investiga la posibilidad ni las condiciones para que se produzca dicha cooperación” (p. 72), y la teoría del juego no cooperativo, que “postula decisiones racionales individuales” (p. 72). Siendo consecuente con su posición individualista metodológica, considera que la teoría del juego cooperativo es menos fructífera que la del juego no cooperativo, pues la primera no indica los caminos por los cuales los actores sociales actúan unidos, en tanto que la segunda trabaja con el supuesto de que su conducta obedece a motivos exclusivamente individuales.

Dentro de los juegos no cooperativos, Elster distingue los juegos que tienen una estrategia dominante, es decir, aquellos “en los que cada participante o jugador tiene un curso de acción o estrategia que es su mejor opción sin considerar cómo eligen los demás.” (p. 72). En el caso del juego de los prisioneros, el egoísmo opera como la estrategia dominante. Así, es “racional para cada individuo actuar de un modo que, cuando es adoptado por todos, es desastroso para todos. Aunque en este juego la recompensa de cada uno está afectada por la decisión de todos, la decisión de cada uno puede tomarse independientemente de las decisiones de todos.” (p. 72). El egoísmo consiste, por tanto, en elegir sin tomar en cuenta a los demás.

Elster afirma que la racionalidad basada en el concepto de conducta racional relativa a deseos y creencias dadas y consistentes, es “extremadamente débil” (p. 81). Se trata de una forma de racionalidad formal, mientras que lo que hay que lograr es que las personas tengan racionalidad real, en las formas gemelas de juicio y de autonomía: “La fórmula de explicación racional-cum-intencional de la acción en términos de deseos y creencias, complementadas con la explicación causal de las creencias y deseos mismos, puede resultar engañosa y superficial. Si las personas son agentes en un sentido real y no sólo los soportes pasivos de sus estructuras de preferencias y sistemas de creencias, entonces necesitamos entender cómo son posibles el juicio y la autonomía. En mi opinión, éste es el problema sobresaliente no resuelto tanto en filosofía como en las ciencias sociales.” (p. 81).

Villa del Parque, viernes 12 de julio de 2013


[1] Es importante tener en cuenta que Elster define a la física en un sentido amplio, haciendo alusión con ella al estudio, en general, de la naturaleza inorgánica (incluiría bajo el término de física, por ejemplo, a la química y a la astronomía, entre otras). (p. 4).
[2] Como en el caso de la nota anterior, define a la biología en un sentido amplio, reuniendo bajo dicha denominación a todas las ciencias que se ocupan del estudio de la naturaleza orgánica. (p. 3).
[3] Elster dice que no cree que “las disciplinas estéticas puedan lograr explicaciones científicas o deban tender a lograrlas” (p. 4).
[4] A las que también da la denominación de “deseos”. (p. 66).
[5] Elster define racionalidad como “consistencia de metas y creencias” (p. 68).
[6] El concepto de optimización implica que “el agente racional elige una acción que no solo es un medio para un fin, sino el mejor de todos los medios que cree disponibles.” (p. 68).
[7] Ver al respecto el cuadro de la página 55, en el que Elster grafica su clasificación de los distintos tipos de conducta.
[8] Elster dice que la teoría de los juegos también podría haberse denominado “teoría de las decisiones interdependientes” (p. 71).

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