El punto de partida de un análisis marxista del proceso de industrialización tiene que ser la cuestión de la dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción[1].
Es preciso, ante todo, comenzar por reconocer dos cuestiones fundamentales:
a) El socialismo exige un fenomenal desarrollo de las fuerzas productivas, esto es, un crecimiento tal de la capacidad productiva de la sociedad que posibilite que todos los individuos tengan sus necesidades satisfechas y que, además, puedan elegir libremente su actividad[2]. En este punto reside el núcleo duro de la problemática del socialismo. La temática de las necesidades debe ser aclarada para poder entender a fondo esta cuestión.
En una economía socialista, no se trata justamente de la satisfacción de todas las necesidades sociales tal como se han conformado bajo el capitalismo, pues buena parte de ellas son creaciones artificiales, en el sentido de que están determinadas por el imperativo de realizar las mercancías, y no por el valor de uso. El socialismo, por ejemplo, no puede tener por objetivo desarrollar las fuerzas productivas para que todas las personas que habitan este planeta tengan un BMW. El socialismo, por el contrario y a partir de la organización autónoma de los trabajadores, tiene que modificar radicalmente la índole de las necesidades humanas, para adecuarlas a la realización universal de la personalidad. La eliminación de la propiedad privada de los medios de producción y el control de las mismas por los trabajadores autoorganizados tenderán a desactivar la lógica de la mercancía, modificando drásticamente la estructura de necesidades de la población.
Para los clásicos del marxismo, el mero hecho de la supresión de la propiedad privada generará una simplificación de la producción de bienes y servicios, pues muchos de ellos están destinados a satisfacer necesidades “artificiales”, creadas por la misma lógica de la mercancía, y desaparecerán con la eliminación de las diferencias de clase. Ahora bien, esta tendencia se verá compensada por la obligación de garantizar a todos los seres humanos la posibilidad efectiva de elegir libremente su campo de actividad.
La sociedad capitalista se caracteriza por que solo una parte de población está en condiciones de “elegir” (por cierto que dentro de márgenes relativamente estrechos) que estudiará y en qué trabajará. El resto tiene que conformarse con aceptar pasivamente lo que le impone la coerción económica. Como es de suponer, generar las condiciones para que toda la población pueda elegir libremente y gozar de una vida plena exige un desarrollo fenomenal de las fuerzas productivas. Esto es así porque no se trata, fundamentalmente, de un crecimiento cuantitativo, sino de una reestructuración y expansión cualitativa de las mismas, cuyo eje es la centralidad del valor de uso. Es por esto que el socialismo no pueda darse en medio de la “pobreza”. En definitiva, y esto sirve de transición para el siguiente punto a tratar, el problema de la industrialización es un problema político, que gira en torno a la organización autónoma de los trabajadores.
b) El socialismo exige, y esta es su condición primordial, que los trabajadores y demás sectores populares se organicen de manera autónoma. ¿Qué implica esta autonomía? Ante todo, su emancipación de la tutela de la burguesía. Esta autonomía se logra mediante la construcción de la organización y, en el extremo, se expresa en la capacidad para conducir el proceso revolucionario. Sólo si se comprende la centralidad de la autonomía de los trabajadores en la construcción de un proyecto socialista es posible entender el carácter ineludible de la revolución, entendida como un desplazamiento radical de las clases que detentan la hegemonía política en la sociedad. La revolución constituye el primer paso en la concreción efectiva del poder de los trabajadores, pues quiebra tanto a la propiedad privada de los medios de producción (base de la coerción económica capitalista) como al Estado, en tanto conjunto de aparatos de represión.
Ahora bien, y las experiencias socialistas del siglo XX muestran esto a las claras, los trabajadores tienen que pasar a un segundo momento para hacer efectiva su liberación, y ese momento es la implementación de la industrialización. Y este proceso industrializador sólo puede ser emancipatorio en la medida en que los trabajadores comanden efectivamente el proceso. En este punto entramos al meollo de la cuestión de la industrialización en
Luego de planteadas estas dos cuestiones fundamentales, es posible volver al problema inicial. En el socialismo, la industrialización expresa una dialéctica específica de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. Las fuerzas productivas tienen que expandirse en un sentido socialista, esto es, reemplazando la lógica de la mercancía a través de la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y del desplazamiento hacia el valor de uso del proceso productivo. En este sentido, la satisfacción de las necesidades y no la realización de las mercancías (con sus secuelas de marketing, campañas publicitarias, creciente banalización de la vida cotidiana, etc.) tiene que ser el fundamento de la economía socialista. Para lograr esto resulta imprescindible una transformación tal de las fuerzas productivas que redunde en una consolidación del poder de los trabajadores sobre el proceso productivo mismo. Esto se entronca con la base misma de la concepción marxista de la sociedad, que sostiene que las características que asume toda estructura son el resultado de la lucha de clases, esto es, del balance de las relaciones de poder entre las clases sociales.
Entonces, para estudiar desde una perspectiva marxista el proceso de industrialización en
La concepción del proceso de industrialización que terminó primando en
Lenin, por ejemplo, fue quien planteó con maestría la necesidad de que el partido fuera un instrumento para la educación política de las masas, para de ese modo incrementar la participación política de éstas[3]. Ahora bien, Lenin abogó por la puesta en práctica del taylorismo como medio para aumentar la productividad de la industria soviética. La pregunta que cabe hacer es: ¿Puede haber autonomía obrera en el taylorismo? Aquí Lenin fetichiza los métodos de producción, como si se tratara de herramientas neutrales y no de mecanismo que implican todo un contenido político, toda una determinada distribución del poder entre planificadores y trabajadores. Es importante tener presente, en este punto, el análisis clásico de Coriat sobre el taylorismo:
“Descomponiendo el saber obrero, «desmenuzándolo» en gestos elementales – por medio del «time and motion study» - haciéndose su dueño y poseedor, el capital efectua una «transferencia» de poder en todas las cuestiones concernientes al desarrollo y la marcha de la fabricación. Taylor hace posible la entrada masiva de los trabajadores no especializados en la producción. Con ello, el sindicalismo es derrotado en dos frentes. Pues quien progresivamente es expulsado de la fábrica, no es sólo el obrero de oficio, sino también el obrero sindicado y organizado. La entrada del «unskilled» en el taller no es sólo la entrada de un trabajador «objetivamente» menos caro, sino también la entrada de un trabajador no organizado, privado de capacidad para defender el valor de su fuerza de trabajo.” (Coriat, 1992: 30-31).
Trotsky, quien en las décadas de 1920 y 1930 emprendió la lucha más obstinada contra la burocratización del Estado soviético y el estalinismo, fue el impulsor, como vimos más arriba, de la incorporación de los métodos militares propios de
Clausurada la vía de la expansión revolucionaria en Occidente (y esto quedó claro luego del fracaso polaco en 1920), los dirigentes bolcheviques sucumbieron a la atmósfera de la “fortaleza sitiada” y respondieron con el incremento de los métodos de coerción. El camino de la profundización de la democracia obrera no fue transitado, pues esto hubiera implicado legalizar la lucha de fracciones al interior del partido, así como también permitir la acción legal de los demás partidos de izquierda. Esto ejemplifica con claridad la relación existente entre economía y política. Una línea política basada en la dictadura del partido sobre los trabajadores tiene que desembocar, necesariamente, en la dictadura de los administradores en el interior de la empresa. Es curioso que fuera Bujarin (catalogado como “derechista” en las luchas internas de la segunda mitad de la década de 1920), el defensor de una política económica basada en la persuasión antes que en la represión.
NOTAS:
[1] El lugar clásico en que es planteada esta dialéctica es el famoso prólogo a
[2] En
[3] Esta línea de pensamiento encuentra su expresión más cabal en su obra El Estado y la revolución (1917), que no es por cierto un acercamiento demagógico a las posiciones anarquistas, como se ha afirmado algunas veces, sino que se trata de la culminación teórica de la concepción que hemos expuesto sobre el papel del partido revolucionario.
BIBLIOGRAFÍA:
Coriat, Benjamin. (1992). El taller y el cronómetro: Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masa. México D. F.: Siglo XXI.
Marx, Karl y Engels, Friedrich. (1985). La ideología alemana. Buenos Aires: Ediciones Pueblos Unidos y Cartago.
Marx, Karl. (2000). Contribución a la crítica de la economía política. México D. F.: Siglo XXI.
No hay comentarios:
Publicar un comentario