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lunes, 19 de julio de 2021

FICHA: HALPERÍN DONGHI, T. LAS REVOLUCIONES HISPANOAMERICANAS (1985)


 

Tulio Halperín Donghi (1926-2014) es uno de los más destacados historiadores argentinos. Fue profesor en las Universidades de Buenos Aires, Nacional del Litoral, de la República (Uruguay) y Berkeley. En 1985 publicó: Reforma y disolución de los imperios ibéricos 1750-1850. Madrid, España: Alianza. 383 p. (Historia de América Latina; 3). La ficha que consta a continuación abarca el capítulo 4 de la obra, titulado “Las revoluciones hispanoamericanas” (pp. 115-153).


La crisis de la monarquía española y del lazo colonial (1808-1810)

La doble abdicación de Carlos IV y Fernando VII (1808) no provocó una crisis inmediata en la relación entre España y sus colonias americanas. Ello se debió, en buena medida, a la lealtad dinástica de muchos americanos y al control británico de los mares. Pero la calma en la superficie no pudo ocultar que la desaparición del monarca y la guerra en el territorio metropolitano dieron origen a la crisis en el lazo colonial. En este sentido, la constitución de la Junta Suprema (Sevilla, septiembre de 1808) quebró la normal sucesión dinástica. El acatamiento de las colonias a dicha Junta no fue gratuito y supuso el reconocimiento de la necesidad de llevar a cabo una redefinición de la relación entre el gobierno metropolitano y la administración colonial. La Junta Suprema buscó ser reconocida por las colonias adoptando una política de identificación sin reservas con los grupos que defendían la supervivencia del lazo colonial. [En verdad, la Junta de Sevilla disponía de pocas alternativas, pues la abdicación de Fernando VII rompió el núcleo ideológico de la obediencia de las colonias a las autoridades de la metrópoli.]

¿Qué hicieron las autoridades coloniales?

En principio, desplegaron la tendencia a extender al máximo su esfera de atribuciones, siempre mal definida, y aun a excederla” (p. 116). Bien miradas las cosas, era la consecuencia más esperable de la crisis peninsular. Pero también aparecieron juntas, algo que no podía ser aceptado por la Junta Suprema.

¿Cómo se resolvió esta última cuestión?

En México, grupos de notables criollos quisieron conformar una autoridad local que gobernase en nombre del rey cautivo (Fernando VII). Pero el movimiento fue desarticulado el 15/09/1808 por los partidarios del rey.

En el Río de la Plata, el 1/01/1809 el Cabildo, liderado por el comerciante español Martín de Álzaga (1755-1812), intentó derrocar a Santiago de Liniers (1753-1810), el virrey interino. Las milicias criollas (creadas con motivo de las Invasiones Inglesas) y algunas milicias formadas por peninsulares abortaron el movimiento. La consecuencia fue que desde ese momento las milicias criollas se convirtieron en árbitros de la situación política en Buenos Aires.

En el Alto Perú (la actual Bolivia) se formaron juntas en Chuquisaca (ciudad controlada por la burocracia y un pequeño grupo terrateniente blanco) y La Paz (donde el movimiento contó con la participación de mestizos). Ambas entidades afirmaron que gobernarían en nombre de Fernando VII. Halperín señala que “por un camino lleno de meandros, la revolución parecía llegar al Alto Perú, donde cualquier prédica igualitaria parecía amenazar el precario equilibrio entre la mayoría indígena y los distintos grupos que - a menudo rivales - compartían los lucros de su explotación” (p. 120) La revolución altoperuana fue aplastada por la combinación de tropas regulares y milicias porteñas; la represión fue particularmente dura y abarcó a figuras de posición social prominente. Esto último puede ser considerado como un indicador de la ruptura del equilibrio entre la administración regia y los poderosos locales. Los futuros revolucionarios recogieron la enseñanza: la alternativa era la victoria o la muerte.

En Ecuador, la Audiencia fue reemplazada en agosto de 1809 por una junta que declaró gobernar en nombre de Fernando VII). Este organismo tomó medidas contra la presión fiscal de la Corona. La rebelión fue aplastada en octubre por el virrey del Perú; los cabecillas fueron encarcelados.

Pero donde se hizo más patente la ruptura del lazo colonial fue en el terreno económico: “La pérdida de la metrópoli (...) ha abolido la dimensión mercantil del pacto colonial de modo más radical que en las situaciones de aislamiento esporádicas conocidas en el pasado.” (p. 121). Por razones económicas y financieras las colonias no podían permanecer aisladas de la metrópoli. A su vez, Inglaterra buscaba la apertura de mercados en las colonias, pero chocaba con el alto comercio peninsular, que era el aliado más sólido de la burocracia peninsular en la defensa de la relación colonial.

Dada la situación cuyos rasgos principales fueron esbozados en el párrafo anterior, ¿Cómo resolver el problema? Las autoridades coloniales optaron por conceder permisos comerciales caso por caso. La excepción fue el Río de la Plata, donde el virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros (1756-1829) dictó el Reglamento Provisional de Comercio Libre, que abrió las puertas del virreinato al comercio con todas las naciones (menos Francia, por supuesto). Este Reglamento, más allá de las intenciones de Cisneros, “ponía la base mercantil para un nuevo orden al que la revolución dotaría de dimensión política” (p. 122). [1]

La crisis española se profundizó en 1810 con la caída de Andalucía en manos francesas. Cádiz, bajo protección de la flota británica, se convirtió en la sede del gobierno metropolitano. En rigor, la mayoría del territorio español estaba bajo el control de los franceses, a pesar de que continuaba la fiera resistencia de los guerrilleros.

La profundización de la crisis metropolitana modificó las condiciones políticas en América Latina. La lucha contra la metrópoli adoptó la forma de una querella contra la sucesión. Debido a esto, adhirieron al movimiento revolucionario personas que no lo habrían hecho normalmente. Según Halperín Donghi, fue una de las causas de lo tortuoso del camino hacia la independencia.


Los movimientos revolucionarios de 1810: éxitos, fracasos, volver a empezar...

En Buenos Aires el poder militar (en manos de los criollos desde la victoria sobre las invasiones inglesas) se hallaba ganado de antemano para la causa revolucionaria. Los jefes de los regimientos surgidos en 1806-1807 “gobiernan el ritmo de la crisis final del Antiguo Régimen” (p. 124). Las noticias de Andalucía provocaron agitación popular. El jefe de las milicias porteñas, Cornelio Saavedra (1759-1829) comunicó al virrey Cisneros que no contaba con el apoyo militar; el 25/05/1810 el proceso concluyó con la conformación de una Junta [la Primera Junta] presidida por Saavedra e integrada por partidarios de la ruptura con España.

En el Río de la Plata, “la revolución triunfa fácil y totalmente porque se apoya en un poder militar organizado y localmente incontrastable.” (p. 125) La revolución fue dirigida por oficiales revolucionarios [2] e intelectuales influidos por la Revolución Francesa. [3]

Las milicias porteñas debieron constituirse en ejército regular para hacer frente a las necesidades de la revolución. “La nueva función incide en su reclutamiento: la incorporación resulta menos apetecible, y los marginales y rurales, reclutados a la fuerza, se hacen más abundantes en sus filas (...) la distancia crece entre tropa y oficiales, que los gobiernan gracias a una disciplina cada vez más autoritaria.” (p. 126).

La Primera Junta organizó expediciones militares para enfrentar las disidencias al interior del virreinato (Alto Perú, Córdoba [4], Paraguay, Banda Oriental). La expedición al Paraguay, dirigida por Manuel Belgrano (1770-1820), concluyó en un fracaso y marcó el comienzo de la separación de esa región. En 1811 la expedición al Alto Perú fue derrotada decisivamente en la batalla de Huaqui; el Alto Perú quedó definitivamente fuera del poder rioplatense.

La Primera Junta sufrió tensiones en su interior: a fines de 1810 se incorporaron a ella los diputados del interior; con ello la tendencia moderada se volvió dominante; Moreno salió de la Junta y murió en alta mar, camino a una misión diplomática en Inglaterra. En abril de 1811 se produjo un movimiento popular que dio el triunfo a los moderados, apoyados por los elementos marginales de la sociedad urbana. Sin embargo, el triunfo fue efímero; pronto se conformó el Primer Triunvirato, que forzó la liquidación de la militarización urbana y aplastó la conspiración proespañola liderada por Álzaga (julio de 1811). Se dio la transformación de la base militar del nuevo régimen con la llegada de oficiales criollos que habían servido en España [5]; la organización de las fuerzas armadas adquirió carácter más profesional. Alvear y San Martín “comparten la noción de que los recursos deben ponerse al servicio de un esfuerzo militar con miras más americanas que locales” (p. 129); impulsaron un acercamiento a la oposición morenista, desplazada del poder desde abril de 1811. Los sucesos decantaron en el golpe militar de octubre de 1812, que dio origen al Segundo Triunvirato y a la Asamblea de 1813.

En 1814 el Estado porteño era controlado por los herederos de la facción morenista + los oficiales que aceptaban la orientación política de los recién llegados de Europa + la clientela personal y familiar de Alvear. La dirigencia revolucionaria se aisla para controlar y manipular a la clase política urbana. El círculo gobernante pasa a coincidir cada vez más con el grupo organizado en torno de Alvear, quien es designado Director Supremo en 1815. Pero Alvear, aislado políticamente, perdió el apoyo militar y fue derrocado en abril de 1815. Halperín Donghi afirma que la Revolución en el Río de la Plata se hallaba en su peor momento.

Chile fue una de las regiones más desfavorecidas dentro del esquema propuesto por las Reformas Borbónicas; ocupaba una posición subordinada respecto a Buenos Aires y sufrió el aumento de las cargas fiscales.

El 18/10/1810 se conformó una Junta de Gobierno, presidida por el criollo Mateo de Toro Zambrano, conde de la Conquista (1727-1811), el militar de mayor jerarquía en la colonia. El grupo partidario de una salida revolucionaria [6] era minoritario y tenía sus bases en el sur del país, donde residían los elementos más radicales: Juan Martínez de Rozas (1759-1813) y Bernardo O’Higgins (1778-1842). Este grupo promovió la convocatoria de un Congreso Nacional, inaugurado el 4/07/1811. Pero el régimen chileno, liderado por José Miguel Carrera (1785-1821) fue incapaz de enfrentar con éxito la expedición española enviada desde Perú. Las fuerzas chilenas fueron derrotadas en Rancagua (1-2/10/1814), hecho que marcó el final de la denominada Patria Vieja.

Venezuela experimentó desde 1750 la expansión de la agricultura de plantación (cacao, cuyo mercado era la propia metrópoli); esa expansión se dio con un crecimiento de la población esclava, pero también de los negros libres, que participaron de la nueva prosperidad; esto último provocó alarma en la élite. Halperín Donghi caracteriza la situación política venezolana en 1810 con estas palabras: “sociedad tan preparada para volverse contra sí misma” (p. 136)

Venezuela inició la experiencia revolucionaria con la conformación de una Junta en Caracas (19/10/1810), surgida de un tumulto urbano fomentado por el Cabildo. Se trató de un pronunciamiento de la élite criolla [7], cuyos integrantes eran conocidos como los “mantuanos” o “los grandes cacaos” de Caracas, era la más rica de todas las colonias americanas, con excepción de México. La élite se hallaba tironeada por el temor a la revolución popular [8] y la apertura hacia la innovación ideológica misma. La experiencia de la Revolución Francesa fue retomada y procesada por los grandes revolucionarios: Francisco de Miranda (1750-1816) retornó al país y fue apoyado por Simón Bolívar (1783-1830) y la Sociedad Patriótica (círculo de intelectuales que buscaba dirigir el movimiento).

El Congreso (integrado por propietarios con un patrimonio no inferior a los 2000 pesos) proclamó la independencia. Se prohibió el tráfico de negros, mas la esclavitud permaneció intacta, así como también la discriminación contra pardos y negros libres. El profesor Halperín Donghi comenta: “los dirigentes del movimiento se lanzaban con el corazón dividido a una acción que combinaba el radicalismo político con el conservadurismo social” (p. 137)

Los realistas, en cambio, comprendieron que había que ser implacables para vencer; por ello, apoyaron rebeliones de esclavos en las plantaciones; José Boves (1782-1814) fue el caudillo realista de los pastores del ganado llanero. Los peninsulares “no vacilaban en emplear el conservadurismo de sus rivales para azuzar el rencor de los sectores marginados contra quienes justamente se presentaban como la expresión política de los plantadores” (p. 137) Ese extremismo se combinaba con un conservadurismo político extremo, que aseguró el apoyo del clero a la causa realista.

En marzo de 1812 Caracas fue devastada por un terremoto. El clero movilizado proclamó que era la señal de la cólera divina contra los patriotas. Los realistas iniciaron una ofensiva que culminó en el derrumbe de la 1° República: Miranda fue hecho prisionero.

Bolívar extrajo la lección de que los realistas triunfaron por su “implacable decisión de alcanzar la victoria a cualquier precio” (p. 138). La derrota lo impulsó a acentuar “los motivos democráticos y también los autoritarios” en su sistema de ideas (p. 139). La derrota de la Patria Boba [denominación que recibió este período de la historia venezolana] había sido ocasionada porque se trató de una república patricia, en la que el poder era el monopolio de una cerrada oligarquía. Esto tuvo dos consecuencias: 1) no se ganó el apoyo de los sectores populares a los que, por el contrario, se excluía del sistema político; 2) no se contaba con la capacidad para enfrentar la lucha sin cuartel propuesta por los realistas.

Bolívar expuso sus conclusiones político-militares de la experiencia de la Patria Boba en la Memoria, fechada el 15/11/1812 en Cartagena. Según ese documento, la revolución requería un poder centralizado y autoritario, dispuesto a someter a sus enemigos por el terror, sostenido por un ejército regular y disciplinado. El texto trasunta el “desengaño acerca de la vocación revolucionaria de los pueblos hispanoamericanos” (p. 139) Bolívar redefine el compromiso revolucionario: la tarea de los revolucionarios es “hacer por la fuerza libres a los pueblos estúpidos que desconocen el valor de sus derechos” (Bolívar citado por Halperín Donghi, p. 139; el resaltado es mío - AM-). Bolívar manifiesta desconfianza en la capacidad espontánea de las sociedades hispanoamericanas (tanto en los “rústicos del campo” como en los “intrigantes moradores de las ciudades”) y se acerca a la tendencia a buscar en ejércitos organizados, disciplinados y obedientes la dirección revolucionaria, el instrumento imprescindible para alcanzar la victoria.

En mayo de 1813 Bolívar marchó a Venezuela desde Nueva Granada. El 6 de agosto entró en Caracas; su éxito fue fulminante, sólo Maracaibo y la Guyana quedaron en manos realistas. Bolívar puso en práctica las ideas expuestas en la Memoria de Cartagena; instauró un poder concentrado en el Ejecutivo. Poco antes, el 15 de junio, había declarado la guerra a muerte. Intentó imponer “como un tajo de sangre, un clivaje fundamental en la sociedad venezolana, que al separar a los peninsulares, condenados en principio a muerte excepto cuando habían brindado servicios efectivos para la causa de la independencia, y los nativos” (p. 140) Pero la victoria tuvo alcance limitado; los realistas tenían tropas y muchos jefes criollos. Boves se alzó en los Llanos a favor de la causa realista. En julio de 1814 Bolívar abandonó Caracas, que fue ocupada por Boves y sus llaneros, marcando así el final de la 2° República. Nuevamente derrotado, Bolívar se exilió.

En Nueva Granada la revolución comenzó en mayo de 1810 con alzamientos en los llanos de Casanare; en julio siguieron el ejemplo varios cabildos; el 20 de julio, Bogotá. La insurrección fue del interior a la capital, pues ésta era incapaz de integrar bajo su control a las heterogéneas regiones del país (situación heredada del período colonial). Sin embargo, la rebelión terminó por tener como centro la región de Cundinamarca (cuya capital era Bogotá). Los realistas conservaron el control del sur (Pasto) y otras regiones.

En 1811 Cundinamarca, bajo el mando de Antonio Nariño (1765-1823), se escindió de los demás centros regionales. Estos últimos formaron una federación dirigida por Camilo Torres. En 1814 Nariño fue capturado y enviado a España; en diciembre, Bogotá fue ocupada por Bolívar; éste fracasó en el intento de reducir los centros realistas de la costa. El 8/05/1815, Bolívar partió para un nuevo destierro antillano. Fin de la primera etapa de la revolución neogranadina. Por último, en abril de 1815 una expedición realista de 10000 soldados llegó a la isla Margarita; en mayo, los españoles entraron en Caracas.

En México la capital se encontraba bajo el control político y militar de los realistas. La revolución se inició en la región del Bajío [10] El párroco ilustrado Miguel Hidalgo y Costilla (1753-1811) dirigió la rebelión: convocó a los fieles a la lucha en favor de la Virgen de Guadalupe, la religión verdadera y el soberano legítimo y cautivo. Hidalgo expresaba el ideal del clérigo secular iluminista, “capaz de traducir las aspiraciones de una cultura y una ideología renovadas al lenguaje tradicional que era el de sus fieles.” (p. 145) Dirigió multitudes y arremetió contra los peninsulares: personas y propiedades. Declaró abolido el tributo indígena.[11]

El levantamiento fue un movimiento popular (aunque no indígena); sólo consiguió pocas adhesiones en la élite criolla. “La revolución mexicana se definía, por las acciones de sus seguidores más que por el lenguaje que prefería, como una guerra social que necesariamente debía convocar en su contra la solidaridad de las clases propietarias.” (p. 146) El movimiento no logró expandirse hacia el norte; Félix Calleja (1753-1828), líder militar de las fuerzas peninsulares, organizó milicias criollas para defender la causa del rey (que era la de las clases propietarias amenazadas). En la batalla del Puente de Calderón (enero de 1811) los españoles derrotaron a los rebeldes; al poco tiempo se produjo la captura y ejecución de Hidalgo (marzo de 1811).

Halperín Donghi sostiene que el fracaso de Hidalgo se “había debido a la unidad que había suscitado en su contra entre todos los privilegiados de México (...), pero se debió también a que no había suscitado una solidaridad igual entre los desposeídos.” (p. 146) El movimiento consiguió apoyo en el Bajío y Jalisco, donde se estaba consolidando una sociedad campesina y se corroía la organización comunitaria de los pueblos; pero obtuvo poca adhesión en el norte (escasa población y conflictos sociales poco marcados) y en el sur indio.

La revolución mexicana encontró un nuevo foco en el actual estado de Morelos (que afrontaba la difícil adaptación a la agricultura de plantación). Su principal dirigente fue el clérigo mestizo José María Morelos (1765-1815); su liderazgo fue político-militar [Hidalgo cometió errores serios en el plano militar]. Optó por luchar con fuerzas reducidas, que aplicaban la táctica de la guerra de guerrillas. Para ello necesitaba el apoyo de la población. Buscó redefinir el movimiento: lucha de todos los criollos contra los peninsulares; llamó a respetar el prestigio y la propiedad de los españoles americanos que se sumasen al movimiento. Pero la lucha terminó por convertirse en guerra social: “porque los recursos de los enemigos opulentos no deben usarse solamente para sostener el esfuerzo de guerra; también deben servir para cimentar la solidaridad de otros grupos con el movimiento; el contenido social de la revolución debe incluir una transformación profunda de la situación campesina.” (p. 148)

Ha llegado hasta nosotros un plan de autoría dudosa, las Medidas políticas, que sintetiza la política de Morelos: despojar a los ricos de sus riquezas es considerado un modo de debilitar al enemigo. Se trata de reemplazar la sociedad dual (existencia paralela de la república de los españoles y la de los naturales) por una comunidad única de criollos, castas, negros e indios. Dicha comunidad debía servir de base a una nueva nación, la República de Anáhuac.

El movimiento arraigó en Acapulco y en el valle del azúcar. El grupo letrado que apoya a Morelos (y éste, a su vez, hace lo mismo con el grupo) agita consignas tradicionales (como la defensa de la religión) para la defensa de la movilización, pero está cerca del constitucionalismo liberal. El objetivo: la independencia republicana. El Congreso de Chilpancingo declaró la independencia de la República de Anáhuac (6/11/1813). Pero la acción decidida del ahora virrey Calleja acorraló a los rebeldes, cuya situación se tornó desesperada en 1814.

Las capas altas criollas mantenían su desconfianza respecto al movimiento: “Las guerras entre los que tienen y los que no tienen, en que la revolución mexicana se ha convertido contra los deseos de sus dirigentes, no sólo les revela con brutal claridad cuáles son sus solidaridades básicas dentro del orden social mexicano, sino que atenúan los motivos de su insatisfacción.” (p. 149) Las élites criollas luchaban contra la marginalidad política a la que las condenaban los peninsulares: ése era su reclamo central al orden colonial.

Morelos fue capturado y ejecutado en la capital (diciembre de 1815). Sólo Vicente Guerrero (1782-1831) mantuvo la resistencia. En síntesis, “contra las rebeliones plebeyas se había consolidado, pues, un orden monárquico, criollo y absolutista, que parecía haber ganado la partida.” (p. 150)


España, entre el liberalismo y la Restauración absolutista

Mientras tanto, en España se desarrolló el experimento constitucional en Cádiz (Constitución de 1812), que planteó nuevos problemas a quienes defendían la autoridad metropolitana en las colonias: a) creación de una área de libertades civiles y políticas; b) división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial) y creación de órganos representativos (por ejemplo, asambleas municipales y diputaciones provinciales electivas, que reemplazaron al Cabildo y al Intendente, respectivamente). Estas innovaciones fueron criticadas por los virreyes de México y Lima.

Halperín Donghi concluye el capítulo caracterizando la influencia de la Restauración de Fernando VII: “Desde 1814 hasta 1820, la causa española en Indias se identificaba así con la de la Restauración; en esos mismos años la causa adversaria busca por el contrario distanciar la secesión, que objetivamente persigue, de la revolución con la que había comenzado a identificarse.” (p. 153)

 

Villa del Parque, lunes 19 de julio de 2021


NOTAS:

[1] El virrey del Perú en 1806-1816, José Fernando de Abascal (1743-1821) pensaba que la liberalización comercial promovía la irrevocable separación de España y las colonias americanas.

[2] Eran figuras surgidas de la militarización urbana y su orientación política era moderada.

[3] De orientación política más definida que los militares, eran a menudo más radicales. El caso más notorio es el de Mariano Moreno (1778-1811), de “ideología políticamente revolucionaria, que aceptaba la herencia integral de la Revolución Francesa” (p. 128).

[4] En agosto de 1810 la ciudad de Córdoba fue ocupada sin resistencia por la expedición cuyo destino era el Alto Perú. Fueron apresados y luego fusilados los líderes de un movimiento contrarrevolucionario, encabezado por el ex virrey Liniers.

[5] Los más destacados eran José de San Martín (1778-1850) y Carlos María de Alvear (1789-1852).

[6] Proponían la “creación de un poder local basado en la soberanía popular” (p. 133)

[7] En 1809 las autoridades coloniales reaccionaron frente a una conspiración patricia haciendo un llamamiento abierto al apoyo de las castas de color.

[8] Existían antecedentes preocupantes: 1794, conspiración de negros y pardos en Coro; 1795, conspiración en La Guaira, cuyosl objetivos eran la abolición de la esclavitud y el tributo.

[9] Se transformó en la vanguardia de la zona realista, que iba de Quito al Alto Perú, convertida por el virrey Abascal en el foco de la resistencia realista en América del Sur.

[10] La zona experimentó un rápido crecimiento minero, artesanal y agrícola (crecimiento que estaba menguando hacia 1810). Era una sociedad mestiza. Al momento del alzamiento la minería sufría un progresivo estancamiento, seguido por una crisis de la artesanía textil y un súbito empeoramiento del estado de subsistencia.

[11] La medida fue imitada por el virrey Francisco Venegas (1754-1838), con el objetivo de restar apoyo a los revolucionarios.

viernes, 16 de julio de 2021

FICHA: ELLIOTT, J. H. LA CONQUISTA ESPAÑOLA DE AMÉRICA

 



El historiador e hispanista británico John Huxtable Elliott (Reading, 1930) fue profesor en la Universidad de Cambridge (1957-1967), en el King’s College de Londres (1968-1973), en la Universidad de Princeton (1973-1990) y en la Universidad de Oxford (1990-1997). Elliott es especialista en historia de España y del imperio español en la Edad Moderna.

Esta ficha se refiere a la colaboración de Elliott en la Historia de América Latina, dirigida por Leslie Bethell (n. 1937): Elliot, John, (1990). “La conquista española y las colonias de América”, en Leslie Bethell (ed.), Historia de América Latina. Barcelona: Crítica. Tomo 1. Pp. 127-169. Todas las citas pertenecen a dicha edición.


Preludio a la conquista. España (y un poco de Portugal también…)

El profesor Elliott comienza examinando el significado de la conquista para los españoles del siglo XVI. El antecedente más inmediato era la Reconquista (denominación que recibió el movimiento de los reinos cristianos hacia el sur de la península, con el objetivo de recuperar - conquistar - la región ocupada por los moros), que fue a la vez: 1) guerra para ensanchar los límites de la fe cristiana; 2) guerra de expansión territorial; 3) guerra de frontera; 4) emigración de la gente y su ganado; 5) proceso de asentamiento y colonización controlados, basado en el establecimiento de ciudades.

“Movilidad significa aventura, y la aventura en una sociedad militar aumentaba enormemente las oportunidades para mejorar la situación de uno mismo a los ojos de los compañeros. El deseo de ≪ganar honra≫ y ≪valer más≫ era una ambición central en la sociedad de la Castilla medieval, basada en la conciencia del honor y los límites que imponía el rango. El honor y la riqueza se ganaban más fácilmente con la espada y merecían formalizarse en una concesión de estatus más alto por un soberano agradecido.” (p. 128).

La Reconquista terminó al final del siglo XIII. Los grupos más dinámicos de la sociedad ibérica comenzaron a buscar nuevas fronteras a través de los mares (catalanes y aragoneses hacia Sicilia, Cerdeña, norte de África y este del Mediterráneo; castellanos y portugueses hacia África y las islas del Atlántico)[1].

Además de las tendencias específicas de la sociedad ibérica, pueden mencionarse las tendencias generales de la sociedad europea del siglo XV, que todavía sufrían la desarticulación social y económica derivada de la peste negra, algunos de cuyos efectos fueron: escasa oferta de trabajo; disminución de los ingresos de los aristócratas; competencia entre los monarcas y los nobles por incrementar su poder y el número de sus súbditos.

A fines del siglo XV se desarrolló la carabela, un tipo de embarcación capaz de navegar en el océano (era una combinación del aparejo cuadrado europeo del norte con la vela latina del Mediterráneo). A esta innovación hay que sumarle la utilización del astrolabio y el cuadrante, instrumentos para medir las distancias y latitudes; compás magnético, que permitía la orientación y el trazado de la posición en una carta de navegación; cartografía, que desarrolló las ya mencionadas cartas de navegación, que pasaron de Italia a la península ibérica.

Sevilla pasó a ser una capital marítima y comercial. En ella se instalaron muchos genoveses, que fueron allí en busca de fuentes alternativas de abastecimiento de productos (dado el dominio turco en el este del Mediterráneo).

Sin embargo, no fueron los reinos españoles, sino Portugal quien tomó la delantera en la expansión ultramarina. En este país, la comunidad mercantil autóctona ayudó a subir al trono a la Casa de Avis en la revolución de 1383-1385; la Corona y los comerciantes emprendieron el camino del mar. Hacia 1460, los portugueses habían penetrado 2500 kms en dirección al sur, en la costa occidental de África, y se habían adentrado también en el Atlántico (archipiélagos de Madeira, Azores, Cabo Verde). En la expansión utilizaron la fectoria (factoria), plaza comercial fortificada; este sistema permitió prescindir de las conquistas y asentamientos hechos a gran escala, y asegurar la presencia portuguesa en grandes extensiones del planeta sin necesidad de profundas penetraciones en las regiones continentales[2].


Los conquistadores. Hombres, Corona, Iglesia:

La conquista de América fue llevada a cabo mayoritariamente por los españoles. Los conquistadores eran caudillos que debían demostrar éxito en movilizar hombres y armas, y luego triunfar en la guerra.

“Pero el gran movimiento expansionista que llevó la presencia española a través del Atlántico era algo más que un esfuerzo masivo de una empresa privada que adopta temporalmente formas colectivas. Más allá de la unidad individual y colectiva había otros dos participantes que colocaron un sello indeleble en todo la empresa: la iglesia y la Corona.” (p. 131).

El papel de la Iglesia y del Estado es presentado así por Elliott:

“La Iglesia proveía la sanción moral que elevaba una expedición de pillaje a la categoría de cruzada, mientras el Estado consentía los requerimientos para legitimar la adquisición de señoríos y tierras.” (p. 131).

Respecto a la Corona. Le correspondía al rey repartir las tierras conquistadas y autorizar los asentamientos coloniales[3]. Los conquistadores debían aportar ⅕ del botín para el rey, el llamado quinto real. En pocas palabras, “la monarquía era el centro de toda la sociedad medieval castellana” (p. 132)[4].

Durante la Reconquista, Castilla “era la sociedad patrimonial, construida en torno a una concepción de obligaciones mutuas, simbolizadas en las palabras servicio y merced” (p. 132). Este modelo social se desmoronó a finales de la Edad Media; fue reconstruida en Castilla durante el reinado de Fernando e Isabel (1474-1504) y llevada a América para implantarse en las islas y el continente.

Los Reyes Católicos fueron los primeros soberanos autocráticos de España. La unión de Castilla y Aragón creó un poder muy superior a las fuerzas de cualquier facción rebelde. La creciente clase de los letrados proporcionó los servidores necesarios para el fortalecimiento de la monarquía. La monarquía renovada se presentó como jefa natural de una gran empresa colectiva: derribar los últimos restos de la dominación árabe (Granada) y “purificar” la Península de los “elementos contaminantes” (judíos). La agresividad de la nueva monarquía pronto obtuvo frutos: en las décadas de 1480 y 1490, Castilla ocupó las islas Canarias (bases para las expediciones en la costa de África y para los viajes de exploración en el Atlántico). En abril de 1492, Colón acordó capitulaciones con los Reyes Católicos. Fue nombrado virrey hereditario[5] y gobernador de todas las tierras que encontrara. Se le otorgó el 10 % de las ganancias del tráfico y comercio.

En 1493, el papa Alejandro VI (1431-1503, cuyo papado se extendió entre 1492-1503) emitió Bulas que aseguraron el derecho español sobre las tierras “descubiertas”. Esto “elevó la empresa de Indias al grado de empresa santa ligando los derechos exclusivos de Castilla a una obligación exclusiva para que se ganaron a los paganos para la fe” (p. 134). Se trataba de la justificación moral para la conquista y colonización.


Modelo de las islas (1492-1519), o de cómo la búsqueda del oro terminó en la esclavitud y exterminio de los pueblos originarios, más otros sucesos que merecen ser mencionados

La Española (isla que acoge en la actualidad a República Dominicana y Haití), primera zona conquistada y colonizada en América, representó un problema para la Corona: ¿cómo imponer estabilidad en un mundo donde todo estaba cambiando? Colón y sus hombres pronto la transformaron en un “espacio yermo” (p. 136). Obtuvieron muy poco oro; Colón optó por embarcar indios caribeños hacia España para venderlos como esclavos. Esto planteó la cuestión del estatus de la población indígena, tema estrechamente relacionado con la esclavitud. Según el derecho romano, los bárbaros podían ser esclavizados; los teólogos medievales equipararon bárbaros con “infieles” (las personas que habían rechazado la “verdadera fe” - el cristianismo - ). Pero los indios eran paganos (no conocían el cristianismo); por lo tanto, debía predicárseles el Evangelio; sólo si lo rechazaban pasaba a ser infieles y podían ser esclavizados[6].

1498 = Fundación de Santo Domingo (La Española). Era notoria la necesidad de equilibrar los recursos disponibles y la cantidad de colonos. La administración de la isla, a cargo de la familia Colón, fue ineficaz. La Corona envió a fray Nicolás de Ovando (1460-1511), gobernador de la isla entre 1502 y 1509. En 1503 la Corona aprobó el sistema de trabajo forzoso (a pedido de Ovando), autorizando al gobernador a repartir mano de obra indígena en las minas y en los campos, debiendo pagar los salarios aquellos que recibieran el repartimiento. Se implantó así el sistema de encomienda[7], que no incluía ni el reparto de tierras o de rentas: “Era simplemente una asignación pública de mano de obra obligatoria, ligada a responsabilidades especificadas hacia los indios asignados al depositario o encomendero.” (p. 138). El encomendero era el establecido (propietario que tenía residencia urbana).

Ovando utilizó su control sobre el suministro de manos de obra con el propósito de fomentar el asentamiento de españoles en pequeñas comunidades urbanas, cada una con su cabildo (según el modelo español). La mano de obra tenía que ser asignada sólo a vecinos. Los indios también eran redistribuidos; sus caciques se responsabilizaban de suministrar mano de obra a los españoles[8]. Con esta política, Ovando procuró crear “una sociedad armónica”, en la que coexistieran las comunidades de pueblos originarios y españoles bajo el control del gobernador real. En pocas palabras, “bajo el gobierno de Ovando, La Española hizo la transición desde centro de distribución a colonia.” (p. 138).

Pero la implantación del trabajo forzoso aceleró la casi total extinción de la población indígena, consecuencia de la guerra, las enfermedades propagadas por los españoles, los malos tratos, etc. Los colonos procuraron proveerse de mano de obra invadiendo las islas Bahamas y trayendo su población lucaya a La Española. La llegada de nuevos inmigrantes españoles acentuó la inestabilidad. En 1509 Ovando fue cesado en su cargo y en 1511 se estableció la Audiencia de Santo Domingo. Los agentes del gobierno legal pasaron a estar bajo control de los agentes de la justicia real.

La solución a la desaparición de la mano de obra indígena fue la importación de esclavos negros[9]. En 1505 arribó a La Española el primer embarque de negros ladinos (de habla española). La introducción de esclavos se aceleró desde 1518. África vino a compensar la balanza demográfica del Nuevo Mundo.

La caída de la población originaria tuvo otra consecuencia: la necesidad de exportar el exceso de población española en la isla. Se organizaron nuevos viajes de exploración (1508, colonización de Puerto Rico; 1509, colonización de Jamaica; 1511, comienzo de la conquista de Cuba[10]).

Además, la Corona estaba expidiendo licencias para el descubrimiento y conquista de las tierras ubicadas hacia el este. En 1513, Juan Ponce de León (1460-1521) descubrió Florida, pero no la colonizó. Ese mismo año, Vasco Núñez de Balboa (1475-1519) descubrió el océano Pacífico desde Darién. En 1519 Pedrarias Dávila (1468-1531) fundó la ciudad de Panamá; ese año, Hernán Cortés (1485-1547) desembarcó en México y Hernando de Magallanes (1480-1521) emprendió el viaje de circunnavegación del globo.

Cada nueva expedición española amplió el radio de destrucción. Disminuyó la población indígena y se enviaron expediciones a sitios más lejanos para reponer la mano de obra. En el período que siguió a la ocupación del istmo de Panamá y el descubrimiento y conquista del Perú, “las incursiones se convirtieron en una forma de vida regulada y sumamente organizada” (p. 141). El lucrativo negocio del tráfico de esclavos indígenas aumentó el conocimiento geográfico, ya que los invasores exploraron las costas de Tierra Firme, Panamá, Honduras y Florida. Se trazaron los mapas de las Bahamas y de las pequeñas Antillas.


Conquista de la América continental (1519-1540), o de como unos pocos se impusieron a los muchos:

En esta época España tenía una superficie de más de 500000 km² en la Península (con 6 millones de súbditos en Castilla y 1 millón en Aragón). En el transcurso de dos décadas la Corona conquistó 2 millones de km², con una población (luego diezmada) de 50 millones de habitantes.

Desde las Antillas partieron dos grandes líneas de conquista:

A] Salió de Cuba y aplastó al Imperio azteca (1519-1522). Después se irradió desde la meseta central mexicana hacia el norte y el sur. Precisamente en el sur, se realizaron las conquistas de Guatemala y El Salvador (1524). Hacia 1540, los centros mayas más importantes de Yucatán habían sido sometidos.

B] Salió de Panamá. En un primer momento marchó al norte (conquista de Nicaragua, 1523-24); luego, hacia el sur (conquista del Imperio inca, 1531-1533). Desde Perú se llevó adelante el avance sobre Quito (1534) y (1536). Pero en el sur la conquista de Chile se estancó, como consecuencia de la guerra con los araucanos.

Por fuera de esas grandes líneas estaba la región del Río de la Plata. Allí se produjo el fracaso de Pedro de Mendoza (1499-1537), quien fue derrotado por los originarios en 1535-36. Buenos Aires sólo pudo ser fundada definitivamente en 1580.

En este punto surge la pregunta de rigor: ¿por qué fue tan rápida la conquista de las zonas más densamente pobladas del continente americano?

La respuesta de Elliott es compleja. En primer lugar, señala que la arrolladora superioridad numérica de la población indígena sobre los españoles fue contrarrestada por la gran diversidad de esa población, que hizo muy difícil su unidad frente al invasor. En segundo lugar, en las áreas muy pobladas de Mesoamérica y los Andes existían formas de control central (imperios azteca e inca), las cuales eran enfrentadas por grupos sometidos. Los españoles aprovecharon esas diferencias para confrontar a un grupo contra otro[11]. En tercer lugar y a modo de prueba inversa, los pueblos de la periferia de los imperios azteca e inca fueron más difíciles de someter, debido a que aprendieron la forma de combate de los españoles y emplearon también caballos y armas de fuego.

No obstante lo anterior, los invasores enfrentaron una resistencia fuertemente militarizada en varias zonas. El caballo les dió la ventaja de la sorpresa inicial y les proporcionó movilidad, pero la importancia de los equinos no debe ser exagerada: Cortés tenía sólo 16 caballos en su marcha hacia el interior de México. Los españoles también tenían la ventaja de la “superioridad tecnológica decisiva” (p. 145). Pero los españoles estaban “pobremente equipados” en comparación con el modelo europeo del siglo XVI. Por ejemplo, los soldados contaban con espadas, picas y cuchillos; sólo contaban con 13 mosquetones[12], 10 cañones de bronce y 4 cañones ligeros. Pero las armas de madera no se podían comparar con el acero de los españoles:

“En una batalla campal, las fuerzas de los aztecas e incas, a pesar de su amplia superioridad numérica, tenían pocas esperanzas de emplazar a una fuerza española compuesta de caballería e infantería, con tan sólo 50 hombres, a menos que consiguieran reducirlos por agotamiento. La mejor posibilidad consistía en atrapar pequeños grupos de españoles desprevenidos fuera de sus guarniciones, o atacarlos en lugares donde no tuvieran oportunidades de reorganizarse ni maniobrar.” (p. 146).

El profesor Elliott describe las distintas formas de organización de las expediciones de conquista. La financiación de incursiones (como en el mar Caribe, donde se organizaban expediciones para atacar islas y capturar esclavos) requería poco capital. Pero las expediciones más grandes eran otra cosa.

“La conquista de América fue posible gracias a una red de créditos que circulaban por intermedio de agentes locales y empresarios respaldados por funcionarios reales y ricos encomenderos de las Antillas, y aun más lejos (...) por Sevilla y las grandes casas bancarias de Génova y Austria.” (p. 148).

A los factores militares, tecnológicos y financieros hay que agregar la acción del factor espiritual o ideológico [que el lector elija el término que más le guste]:

“Esta confianza en su propia superioridad sobre los enemigos que los superaban en número, estaba basada, al menos en parte, en una actual superioridad  de técnica, organización y equipamiento. Pero, detrás de cualquier factor material estaba un conjunto de actitudes y reacciones que daban a los españoles ventajas en muchas de las situaciones en las que se encontraron; una creencia instintiva en la natural superioridad de los cristianos sobre simples bárbaros; un sentido de la natural providencia de su empresa, que hacía cada triunfo contra unas fuerzas en apariencia abrumadoramente superiores una nueva prueba del favor de Dios; y un sentimiento de que había una recompensa última para cada sacrificio a lo largo de la ruta. (...) Sentían también que tomaban parte en una aventura histórica y que la victoria significaría una inscripción de sus nombres en una lista de inmortales juntos a los héroes de la antigüedad clásica.” (p. 149)


La conquista después de la conquista, o de la organización de los territorios conquistados

A mediados del siglo XVI los españoles controlaban vastas zonas de la América central y del sur. Sin embargo y en palabras del profesor Elliott, “pero la verdadera conquista apenas había empezado.” (p. 155)

En los actuales territorios de México y Perú, los españoles destruyeron los imperios azteca e inca y consolidaron rápidamente su posición. Para ello, aprovecharon tanto la supervivencia de la maquinaria fiscal y administrativa del período prehispánico como la docilidad de la población, aliviada por el derrocamiento de sus antiguos señores. Pero los españoles fracasaron al enfrentar a adversarios que carecían de estructuras centralizadas: los chichimecas del norte de México y los araucanos de Chile.

Los conquistadores no estaban solos. Junto con ellos (o inmediatamente después) llegaron los misioneros. Posteriormente llegó una masiva migración desde España (conquista demográfica); también arribaron los burócratas, decididos a imponer la autoridad de la Corona. Respecto al primer grupo, Elliott indica que no es cierto que la conquista haya sido realizada por militantes profesionales y/o nobles; si se toma la lista de encomenderos de la ciudad de Panamá (1519), de un grupo de 96 conquistadores, sólo la mitad eran soldados o marineros de profesión, 34 habían sido campesinos o artesanos y otros 10 procedían de las clases medias y profesionales de las ciudades (p. 157). Si bien se trata de un caso particular, no hay razón para pensar que esta composición no haya sido semejante a la de los otros grupos de conquistadores.

Una vez reconocido lo anterior, puede afirmarse que los hombres con algún título de nacimiento noble - procedentes de capas inferiores de caballeros e hidalgos - estuvieron presentes en un número considerable en la conquista. Por lo tanto, “las actitudes y aspiraciones de este grupo [los hidalgos] tendieron a inspirar todo el movimiento de la conquista militar” (p. 157) Las expediciones de conquista eran el medio más rápido para enriquecerse; los hombres de entre 20 y 30 años tenían en mente el modo de vida del magnate castellano y andaluz: “un hombre que vivía para gastar” (p. 157)

La Corona estaba en contra de la formación de una nueva sociedad feudal en América; muy pocos conquistadores recibieron títulos de nobleza. Las recompensas de la conquista (saqueos, encomiendas, repartimientos de la tierra, cargos municipales, prestigio) eran muy considerables. Muchos conquistadores hicieron fortunas y muchos las perdieron (pues, por ejemplo, eran jugadores natos).

Era muy difícil arraigar a los conquistadores. Cortés procuró convertir a los soldados en ciudadanos. Se fundaron ciudades según un plano de parrilla con intersección de calles, como en Santa Domingo. Cada soldado pasaba a ser vecino con un terreno; pero, dado el desdén por el trabajo manual, era preciso contar con mano de obra forzada para trabajarlo. La encomienda de indios tomó su puesto al lado de la ciudad. Cortés, que era un constructor antes que un destructor, tenía en mente crear una Nueva España, entendida como

“sociedad de colonización en la cual la Corona, los conquistadores y los indios, estuvieran vinculados todos ellos en una cadena de obligaciones recíprocas” (p. 160).

En esa sociedad nueva, la Corona debía constituir encomiendas hereditarias para los conquistadores, garantizando así mano de obra india a perpetuidad; los encomenderos asumirían una doble obligación: defender el país y velar por el bienestar espiritual y material de sus indios; los originarios, por su parte, desempeñarían sus servicios de trabajo en sus propios pueblos.

La casta de gobernantes comenzó a constituirse al ritmo de la concesión de encomiendas en Nueva España, América Central y Perú. Se trató de un grupo de élite entre los soldados de la conquista: no había más de 600 encomenderos en Nueva España en la década de 1540; en Perú no pasaban de 500. Vivían de la mano de obra de sus indios y se consideraban a sí mismos como “señores naturales de la tierra” (p. 160). Sin embargo, el poder de los encomenderos no era tan sólido como parecía:

“La encomienda no era un estado y no comportaba título alguno sobre la tierra ni derecho de jurisdicción. (...) no podía llegar a convertirse en un feudo en embrión. A pesar de sus esfuerzos, los encomenderos no lograrían transformarse en una nobleza hereditaria de tipo europeo.” (p. 160).

La Corona se opuso a que las encomiendas fueran hereditarias. En 1542 promulgó las Leyes Nuevas, en las que decretó que las encomiendas volvían a manos de la Corona luego de la muerte del propietario ordinario. Los encomenderos eran una minoría en la creciente población española. Los desposeídos y los excluidos miraban con bronca a los encomenderos. En Perú, los virreyes se sirvieron del reparto de encomiendas como medio de consolidar su poder. La Corona también procuró limitar los derechos de los encomenderos sobre los indios. En 1549 se dictó la abolición del deber de los indios de efectuar el servicio personal obligatorio; en adelante, los indios quedaron sujetos al tributo, que se estableció en una cantidad menor que la que antes habían tenido que pagar a sus señores. En otras palabras, se produjo la transformación de la encomienda basada en servicio personal a encomienda basada en el tributo.

Los encomenderos más ricos empezaron a utilizar su riqueza en inversiones diversificadas; se apuraron para adquirir nuevas tierras y construir haciendas agrícolas.

Respecto a los resultados de la evangelización de América, Elliott es tajante. A pesar de algunos éxitos iniciales, en el largo plazo las cosas no salieron como se pensaba y terminó por conformar una religión sincrética.

Durante el siglo XVI se produjeron grandes cambios demográficos: caída de la población indígena e inmigración española[13]. Hubo un intenso proceso de mestizaje (españoles e indios). Fuerte corriente de inmigración africana (importados como esclavos). Los descendientes de sus uniones con blancos eran los mulatos; los de sus uniones con indias, los zambos.

El aumento del número de mestizos y zambos creó una población de desocupados voluntarios o involuntarios. Paulatina desintegración de la “república de indios”, que sólo pudo conservarse en las regiones remotas, donde había pocos españoles, donde había pocos españoles.

Como consecuencia de la catástrofe demográfica, “a mediados del siglo XVI, la América española era un mundo completamente diferente del que se había previsto en las consecuencias inmediatas de la conquista” (p. 167)

A mediados del siglo XVI se intensificó el conflicto entre los colonos, y entre la Corona y los colonos, en torno a una participación mayor en el suministro de una mano de obra en disminución. El descubrimiento de los yacimientos de plata en México y Perú (1540) marcó el comienzo de la actividad minera a gran escala: se concedió la prioridad a la extracción minera y actividades auxiliares en la distribución de mano de obra india.

El descenso de la población indígena provocó la desocupación de amplias extensiones de tierra. Coincidió con el aumento de la demanda de alimentos por las ciudades. Encomenderos y pobladores ricos obtuvieron mercedes de la Corona: origen de los terratenientes.

En resumidas cuentas, luego de la 1° generación de la conquista, en América estaba surgiendo una nueva sociedad. Pasado el tiempo de los conquistadores, llegó el tiempo de los funcionarios reales. Pero esa es otra historia…

 

Villa del Parque, viernes 16 de julio de 2021



NOTAS

[1] En 1248 la conquista de Sevilla y el avance consiguiente sobre el estrecho de Gibraltar, dotaron a la corona de Castilla y León de un nuevo litoral atlántico. En esta zona, la combinación de conocimientos norteños y mediterráneos dio origen a una raza de marinos que promovieron y aprovecharon avances en la construcción naval y las técnicas de navegación.

[2] Cristóbal Colón (1451-1506) estaba familiarizado con este tipo de colonización y la aplicó en el Caribe.

[3] “La tierra y el subsuelo se encontraban dentro de las regalías que pertenecían a la corona de Castilla y, por consiguiente, cualquier tierra adquirida a través de una conquista por una persona privada no le correspondía por derecho, sino por la gracia y el favor reales.” (p. 131)

[4] La ideología que legitimaba este sistema político y social se encuentra desarrolla en las Siete Partidas, del rey Alfonso X.

[5] Título que los monarcas de Aragón concedían al diputado nombrado para gobernar los territorios que el rey no podía administrar en persona.

[6] En 1500 la Corona declaró a los indios “libres y no sujetos a servidumbre''. Pero siguieron siendo esclavizados en las “guerras justas”. Sólo en 1542, con la aprobación de las Leyes Nuevas, quedó abolida la esclavitud de los indios.

[7] Utilizado durante la Reconquista. Consistía en la asignación o encomienda de poblados moros a miembros de las órdenes militares.

[8] La mano de obra estaba constituida por: a) indios de encomienda; 2) naborías, quienes servían a las familias españolas como servidores domésticos.

[9] La institución de la esclavitud negra ya existía en la sociedad medieval mediterránea. Los comerciantes portugueses importaban negros en Portugal desde el siglo XIII; el número de esclavos negros en la península ibérica aumentó desde el siglo XV (penetración portuguesa en el Golfo de Guinea).

[10] La Habana, fundada en 1519, reemplazó a Santo Domingo como puerto hacia las Indias.

[11] “La conquista de Cortès fue tanto una revuelta de la población sometida contra sus señores supremos, como una solución impuesta desde el exterior.” (p. 151).

[12] Su frecuencia de fuego era inferior a las de los arcos de los nativos.

[13] A mediados del siglo XVI había en América unos 100000 blancos.