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viernes, 13 de julio de 2012

HISTORIA DEL MOVIMIENTO SOCIALISTA (29): LOS ORÍGENES DEL SOCIALISMO ALEMÁN (I)


Esta nota forma parte de la serie Historia del Movimiento Socialista

La nota anterior estuvo dedicada a Proudhon


Aclaración previa. Todas las citas provienen, salvo indicación en contrario, de: Cole, G. H. D. (1980). Historia del pensamiento socialista. I: Los precursores, 1789-1850. México D. F.: Fondo de Cultura Económica. La traducción es de Rubén Landa. En números romanos indico el número de volumen, y en arábigos la página.

a) Introducción. El socialismo en Gran Bretaña y Francia en la primera mitad del siglo XIX.

Por razones de organización del material, resolví dividir el capítulo 20 del libro de Cole en dos partes: a) el socialismo de matriz filosófica (I: 220-227); b) el socialismo de origen obrero (I: 227-233).

Hasta 1848, el socialismo estuvo circunscripto a Europa occidental, en especial a Francia e Inglaterra. Fuera de esos países, las ideas socialistas constituían un fenómeno marginal, una especie de reflejo generado por la enorme influencia que ejercía el pensamiento francés en el mundo europeo.

Inglaterra, el país más desarrollado en términos de producción industrial, se hallaba a la vanguardia del capitalismo de la época. La clase obrera inglesa era la más numerosa, sus tradiciones de lucha se remontaban a fines del siglo XVIII y había conseguido organizar un movimiento político de masas, el cartismo, que planteó la unidad entre las reivindicaciones económicas y políticas de los trabajadores. Además, y a través de la obra de Owen, la clase obrera participó en experiencias cooperativistas, las que se presentaron a sí mismas como alternativas a la organización capitalista. Los sindicatos ingleses poseían cierto reconocimiento estatal y ya habían sido aprobadas las primeras leyes laborales. No obstante esto, el movimiento obrero no encaró una lucha frontal contra el capitalismo. Sus representantes más avanzados, los cartistas, creían que la agitación, la movilización y los petitorios, constituían el camino para acceder al gobierno y, desde allí, promover reformas favorables a los trabajadores. En el plano teórico, los economistas ricardianos de izquierda profundizaron en el campo de la teoría del valor-trabajo, llegando a la conclusión de que el producto íntegro del trabajo tenía que pasar a los trabajadores. Pero la crítica al capitalismo se hacía dentro de los marcos del propio capitalismo. Owen, quien terminó por comprender que era preciso transformar las condiciones de producción para superar al capitalismo, se mostró escéptico respecto a las posibilidades de la acción política.

Cole propone la siguiente explicación para dar cuenta de las características del socialismo inglés en esta época:

“Londres nunca fue como París: en la Gran Bretaña no había nada equivalente a los obreros de París que hiciese sentir constantemente la ansiedad por el centro mismo de la vida nacional. Ni los obreros ni los intelectuales eran bastante fuertes para conmover las columnas mismas de la sociedad británica, o para derribarlas, ni siquiera temporalmente. Francia estaba centralizada, e Inglaterra no, ni en lo político ni en lo económico. El gobierno aristocrático inglés se repartía por todo el país: Londres era la sede del gobierno, pero nunca fue la fuente del poder gubernamental. Además, el nuevo mundo industrializado se desarrolló en el norte y en los Midlands, lejos de Londres; y por esto los centros principales de influjo obrero no estaban en la metrópoli, de tal modo que pudiesen influir directamente en los políticos reunidos en el parlamento y en los ministerios, sino lejos de ella. En Francia, París era el centro principal de la actividad obrera, con sólo Lyon en las provincias, y en menos proporción, Marsella para apoyarlo; mientras que, en Inglaterra, Manchester, Birmingham, Newcastle, Nottingham, Leeds y una docena más de lugares proporcionaban la fuerza impulsora, y Londres contaba poco y, en la mayor parte de las ocasiones, podía ser fácilmente intimidado por la policía, que muy pocas veces necesitaba ser reforzada con poder militar.” (I: 222-223).

Francia poseía menor desarrollo industrial que Gran Bretaña, pero el movimiento obrero se beneficiaba de las tradiciones políticas inauguradas por la Revolución Francesa, que incluían las acciones de masas de la insurrección. Además, París era el centro de la política francesa, y allí se hallaba concentrado el grueso de la clase obrera francesa: 

“A la centralización francesa y a la concentración del proletariado francés se debe, en gran parte, que Francia fuese la patria de la «revolución permanente». Ningún otro país estaba situado de manera semejante. Sólo en Francia era la revolución una fuerza constantemente viva, que nadie podía desconocer u olvidar.” (I: 223).

Francia fue el centro del movimiento revolucionario hasta 1848. Esto no era solo consecuencia de la combatividad de los trabajadores y de los sectores populares, y de la persistencia de las tradiciones de 1789. En la primera mitad del siglo XIX, Francia fue un centro generador de teorías socialistas, entre las que se destacaron las de Saint-Simon, Fourier y Proudhon, para mencionar sólo a las más conocidas. Babeauf y Blanqui construyeron las primeras organizaciones políticas que reivindicaron los intereses de la clase trabajadora.

“París, hasta 1848, fue el lugar en donde toda clase de teoría de organización social anarquista, socialista o comunista, fue lanzada, largamente discutida y sometida al examen de los teóricos rivales, no sólo por rincones y por pequeños grupos de maniáticos y «abogados sofistas», sino coram populo, en los periódicos más influyentes, en clubes y sociedades que tenían muchos partidarios, en folletos, afiches y hojas volantes, en los cafés y en las calles, en general por todas partes. Esto fue así, porque Francia, y en especial París, había sido teatro de la gran revolución de 1789, y había sufrido a continuación un cambio profundo, tanto en las instituciones sociales como en las políticas. Se debía en gran parte a esto, porque ningún orden nuevo había establecido efectivamente para sustituir al Ancien Régime y por todo el futuro del país y de sus instituciones aún se debatía diariamente. También se debe a que la Francia del siglo XVIII había sido la patria principal de la especulación filosófica (…) En Francia bajo el antiguo régimen, la discusión había tomado ya un sesgo político o social.” (I: 220-221).

Como ya indicamos, la Revolución Francesa incorporó a las masas a la política, y ni Napoleón ni la Restauración Borbónica en 1815, pudieron desarticular definitivamente esa incorporación. Esto, más el progresivo desarrollo del capitalismo, constituyó el caldo de cultivo para la aparición de las teorías socialistas.

Según Cole:

“desde 1789 en adelante, la Francia urbana se había dado cuenta de la presencia en su seno de fuerzas poderosas y nuevas, capaces de una acción explosiva (…) El campesino, habiendo obtenido la tierra o gran parte de ella, había dejado de ser un elemento explosivo: las ciudades, sobre todo París, fueron los centros tanto de acción como de conversación de la nueva era.” (I: 221).

“Sólo en Francia el desarrollo de la nueva filosofía y de las relaciones económicas y de la clase llegaron a relacionarse hasta tal punto, que dieron lugar a la gran discusión acerca del socialismo, la cual llevó a los sabios a las barricadas y a los obreros reflexivos al estudio; hizo de los teólogos iconoclastas y de los ingenieros reformadores sociales, y dio lugar a la fascinadora acción mutua e ideas que el desterrado Heine, y más tarde Alexander Herzen, tan perspicazmente observaron y reseñaron.” (I: 222).

Antonio Gramci caracterizó así la situación francesa: 

“sólo en 1870-1871 con la tentativa de la Comuna, se agotan históricamente todos los gérmenes nacidos en 1789, lo cual significa que la nueva clase que lucha por el poder no sólo derrota a los representantes de la vieja sociedad que se niegan a considerarla perimida, sino también a los grupos más nuevos que consideran como superada también la nueva estructura surgida de los cambios promovidos en 1789. Dicha clase demuestra así su vitalidad frente a lo viejo y frente a lo más. Además, en 1870-71 pierde eficacia el conjunto de principios de estrategia y táctica política nacidos prácticamente en 1789 y desarrollados en forma ideológica alrededor de 1848.” (Gramsci, Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno, pág. 55).

El socialismo francés vivió, en el largo período que va de 1789 a 1871, a la sombra de la Revolución Francesa. La creencia en las virtudes de la “república” para eliminar las diferencias sociales, el influjo de la pequeña burguesía, la confianza en la insurrección y en el golpe de mano, fueron expresiones de la persistencia del modelo de la Gran Revolución. El modelo revolucionario surgido en 1789 relegaba a la clase obrera al papel de furgón de cola de la burguesía (no podía ser de otra manera, dado el carácter burgués de la revolución). A lo largo del siglo XIX, la pequeña burguesía reemplazó de ese lugar a la burguesía, pero la clase obrera siguió en su rol subordinado.

Buenos Aires, viernes 13 de julio de 2012

NOTAS:

Los datos bibliográficos del libro de Gramsci citado en el texto son los siguientes:

Gramsci, Antonio.  (2003). Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno. Buenos Aires: Nueva Visión.



domingo, 8 de julio de 2012

DE LA CASA AL TRABAJO Y DEL TRABAJO A LA CASA: EL KIRCHNERISMO Y LOS TRABAJADORES


“Y cuando el buey agotado
 todo el trabajo hubo hecho,
aramos dijo el mosquito,
 muy orondo y satisfecho”


Hernán Brienza, editorialista político del diario Tiempo Argentino, nos ofrece en su artículo “Los dilemas de la CGT” una clase de “realismo político”, tal como lo entiende hoy día el “kirchnerismo”. La excusa es la división de la CGT (Confederación General del Trabajo) entre el sector liderado por Hugo Moyano y la pléyade de dirigentes sindicales más o menos acomodados con el gobierno de Cristina Fernández. 

Pido disculpas a los lectores, aunque no me corresponde a mi hacerlo, por el tono presuntuoso que se desprende de las citas de Brienza, pero deben comprender que la “alta política” esbozada por este señor no es materia sencilla para los mortales que sufren la realidad a diario. 

Desde el comienzo, Brienza muestra que sólo se preocupa por las cosas “importantes” y que le preocupa un bledo la situación de los trabajadores. Así procede un verdadero “realista” de la política: 

“Y como no hay mal que por bien no venga, el berrinche de Hugo Moyano de las últimas semana sirve, claro, para detenerse a revisar qué tipo de sindicalismo queremos los trabajadores argentinos y, sobre todo, qué estrategias sindicales, políticas, nacionales, pueden darse a sí mismas, no las agrupaciones de representación minoritarias, sino las formaciones gremiales con vocación mayoritaria.”

¡Clarísimo! Brienza no está para cosas chiquitas, tales como construir pacientemente organizaciones de trabajadores que no transen con la patronal. ¡No!, eso cosa propia de la “paleo-izquierda” (Horacio Verbitsky), que en este siglo XXI sigue pensando que existe la explotación de los trabajadores, y no de los periodistas consustanciados con la “causa nacional y popular” como el señor Brienza. Así que nada de agrupaciones de “representación minoritaria” que no le interesan a nadie. Vamos con las “formaciones gremiales con vocación mayoritaria”. Es cierto que este cuento tiene algunas fallas, tales como el hecho de que las “formaciones gremiales con vocación mayoritaria” se preocupan todo el tiempo por denunciar a los trabajadores que osan enfrentar a las patronales por salarios y demás condiciones laborales. Como los trabajadores saben (los trabajadores de carne y hueso, no los que practican el “realismo político”) los sindicatos están en connivencia con las empresas y recurren a todos los recursos a su alcance (incluyendo la intervención de las simpáticas barras bravas para “persuadir” a los opositores). La CGT puede dividirse y los dirigentes de las “formaciones gremiales con vocación mayoritaria” dedicarse al “rosqueo” sistemático, pero de ninguna manera una “agrupación minoritaria” puede pretender desafiar el régimen de lista única existente en los sindicatos. A este comportamiento “democrático” Brienza lo define como “vocación mayoritaria”.

Apaleados los opositores (¿recuerda Brienza el caso de Mariano Ferreyra, asesinado por las “formaciones gremiales con vocación mayoritaria”?) y establecido el régimen de lista única, el señor Brienza puede dedicarse a… contar los porotos, esto es, a practicar el “realismo político”.

“Ya es tiempo de dejar atrás el debate sobre la equivocación estratégica del líder de la CGT y pensar en los futuros reacomodamientos y, sobre todo, en el rol fundamental que deberán cumplir en los próximos años en el sostén de un modelo económico basado en los sectores productivos.”

Ya estamos en el terreno de la “alta política”. Pero para contrarrestar la tendencia del señor Brienza a volar por las nubes, es conveniente recurrir al testimonio de algunos exponentes de la “paleo izquierda”, con el objeto de poder caracterizar el modelo económico al que deben sostener las “formaciones gremiales con vocación mayoritaria”.

En primer lugar, cedo la palabra a la señora presidenta Cristina Fernández: 

“Yo quiero dirigirme a todos los argentinos para decirles que hay 9 millones de argentinos registrados, tenemos un 32 por ciento que está sin registro, trabajo en negro, más un 7 por ciento de desocupación porque está muy en boga este tema del impuesto a las ganancias, que en realidad más que impuesto a las ganancias es un impuesto a los altos ingresos, que existe en todas partes del mundo. Y yo quiero decirles que de acuerdo con nuestros archivos, a la información que contiene el SIPA, que tiene la AFIP, solamente de esos 9 millones 159 mil el 19 por ciento paga impuesto a las ganancias o a los altos ingresos; el 81 por ciento de los trabajadores no llega a los mínimos no imponibles, estoy hablando de los registrados. Vuelvo a reiterar: tenemos un 32 en negro y un 7 por ciento de desocupados que están cubiertos con la Asignación Universal por Hijo que cubre a 3.800.000 pibes y 1.800.000 familias. Estoy hablando de los que tienen la suerte de tener trabajo, obra social y jubilación asegurada, PAMI, etcétera.” (Palabras de la Presidenta en el lanzamiento de un nuevo plan de créditos para jubilados (ARGENTA), 26 de junio de 2012.)

A continuación, cito el testimonio del periodista Alfredo Zaiat: 

“Los niveles de pobreza siguen siendo significativos, la informalidad laboral alcanza a un tercio de la población y aún persisten importantes bolsones de desigualdad. El déficit habitacional es agudo, un porcentaje de la población no accede a infraestructura básica de servicios esenciales y todavía existen sustanciales brechas educativas según estratos socioeconómicos. El desempleo y el subempleo involucran al 14,5 por ciento de la población económicamente activa, el regresivo Impuesto al Valor Agregado se ubica en un elevado 21 por ciento y las jubilaciones mínimas son insuficientes. Este marco general convive con años donde han avanzando indicadores sociales, económicos y laborales, mejoraron las condiciones materiales de los trabajadores y a la vez se revirtió la tendencia negativa en la distribución del ingreso, ganando posiciones los sectores postergados por décadas. Esto significa que pese a la recomposición de la situación sociolaboral aún se mantienen rasgos estructurales de profunda desigualdad.”( Página/12, 1 de julio de 2012 )

No creo que el señor Brienza se atreva a acusar a Cristina Fernández o a Alfredo Zaiat de partidarios de las agrupaciones de “representación minoritaria”. De modo que tendría que estar anoticiado de que el modelo de acumulación imperante no ofrece solamente rosas a los trabajadores. Pero nada de esto preocupa al señor Brienza. La explotación o la emancipación de los trabajadores son cosas del precámbrico. Ahora la “política realista” pasa porque los trabajadores se dediquen a apuntalar a…los patrones. 

Cedo otra vez la palabra a nuestro “realista”:

Y como telón de fondo, lo verdaderamente importante: el rol importantísimo que deberá cumplir el movimiento obrero organizado como sostén fundamental –porque a juzgar por los resultados mostrados por la siempre flácida burguesía nacional− del modelo productivo nacional. Porque de eso se trata: una vez más, los trabajadores van a ser los únicos responsables de mantener sus propias fuentes de trabajo porque –como algunos ejemplos así lo indican− muchos empresarios van a defeccionar de su rol como clase dirigente en los momentos de crisis.”

¿No será mucho? 

Lejos de cualquier veleidad de “emancipación nacional y social”, Brienza plantea que: a) vivimos en una economía capitalista y que la clase dirigente es la burguesía (los empresarios); b) los trabajadores tienen que dedicarse a trabajar y, a lo sumo, conseguir una mejor posición en la venta de su fuerza de trabajo (mejores salarios), pero sin ofender al patrón. Todo esto era conocido desde la época de los dinosaurios, incluido el antiquísimo lamento sobre la “incapacidad” de la burguesía “nacional”. Sin embargo, el señor Brienza llega al colmo de la desvergüenza (perdón, del “realismo”) cuando sostiene que son los trabajadores quienes tienen que preservar sus fuentes de trabajo. ¿Qué puede significar esto en un contexto de crisis como el actual? Nada más ni nada menos que trabajar sin chistar, aceptando todo lo que proponga la patronal. A esto se reduce la sabiduría política que el señor Brienza predica a los trabajadores.

¿Quedó alguna duda? Nuestro autor se ocupa de despejarla en el siguiente párrafo: 

“El modelo económico –sacudido por la crisis internacional− necesita de un estado –¿y por qué no un Estado?− de compromiso en el cual empresarios y trabajadores moderen sus ambiciones en la puja distributiva. ¿Serán capaces los empresarios argentinos de calmar su voracidad? No, seguramente no. Será el Estado, entonces, el encargado de controlar las ganancias de los capitalistas marcándoles, a través de la presión impositiva –que incluya una reforma progresiva, también− e incentivos particulares y sectoriales, los márgenes de ganancia y de distribución de los excedentes. La CGT deberá ser, entonces, un ariete contra la codicia de los empresarios –industriales y (fundamentalmente) agroexportadores− pero nunca un factor de desestabilización del propio modelo. Y mucho menos llevar adelante medidas de fuerza irracionales que terminen favoreciendo a los sectores empresariales.”

El Estado, que como todos sabemos “nunca ha favorecido a los empresarios” (¡Líbrenos dios de pensar que es un Estado de la clase dominante!), debe regular las relaciones entre empresarios y trabajadores. Esto significa que los empresarios serán reconvenidos a moderar sus ganancias, pero no mucho, no vaya a ser que dejen de invertir. (De paso, hay que decir que esto implica aceptar la vigencia de la explotación de los trabajadores, aunque el “realista” Brienza seguramente piensa que hablar de explotación es absolutamente utópico y ridículo). Esto significa que los trabajadores tienen que aceptar los ofrecimientos de aumentos de salario de la patronal y no exigir una recomposición del salario real. El Estado, en esta relación, tiene que refrendar el hecho de que unos nacen para mandar y otros para laburar. Y aquí termina la cosa. Si hay quejas, seguramente serán motivadas por las “agrupaciones minoritarias”, que, como todos sabemos, no pinchan ni cortan en el mundo laboral. 

Amigo lector: tal vez piense que los dichos de Brienza son un poco increíbles o que exageré deliberadamente la nota. Dejo entonces, para su solaz, esta frase de Brienza que no tiene desperdicio:

“…se sabe, mientras no se invente “Un mundo feliz”, el trabajo es la única herramienta que tiene el laburante para pelearle a la pobreza a la que lo condena el capitalismo, y más precisamente el capitalismo neoliberal.”

O sea que el capitalismo condena a los trabajadores a la miseria…, pero no es “realista” pensar en organizarse para combatirlo. Lo único que puede hacer usted, amigo lector, es trabajar mucho, acostarse temprano y dejar de pensar en tonterías. No en vano nuestro autor invoca la figura de Augusto Timoteo Vandor al momento de referirse a un sindicalismo “realista”.

…Hace mucho tiempo, los trabajadores pensaban que las “únicas herramientas para pelearle a la pobreza” eran la organización y la lucha. Es muy probable que si se hubiera impuesto el “realismo” de los Brienza jamás hubiera habido, por ejemplo, un 17 de octubre de 1945, porque los trabajadores se hubieran dedicado a laburar en vez de marchar sobre Plaza de Mayo. Toda una paradoja del “realismo político”.

Buenos Aires, domingo 8 de julio de 2012

sábado, 7 de julio de 2012

LOS TRABAJADORES Y EL IMPUESTO A LAS GANANCIAS


“…para tener derechos, primero hay que cumplir con obligaciones, 
en este caso impositivas en función a la capacidad contributiva.
 Así se desarrollaron los contratos sociales
 de las sociedades modernas.”


El epígrafe que abre esta nota no fue escrito ni por un economista neoliberal ni por el inefable Mauricio Macri. Su autor es el periodista Alfredo Zaiat, quien se encarga de las cuestiones económicas en Página/12, diario que cumple las funciones de vocero del “kirchnerismo”. 

La frase en cuestión se encuentra en el artículo “Contrato social” (Página/12, sábado 1 de julio de 2012), donde Zaiat interviene en el debate sobre el impuesto a las ganancias aplicado a los salarios. El debate se enmarca en un contexto signado por un ascenso de las luchas obreras, cuya expresión han sido los paros del 8 de junio (CTA – Sector De Micheli) y del 28 de junio (CGT – Moyano). Tanto por el tema como por el contexto no se trata de un debate académico, sino netamente político.

No es nuestra intención presentar aquí las razones por las que el salario de los trabajadores no debe ser considerado ganancia. En nuestra opinión, esto ha sido explicado con toda precisión por el economista marxista Rolando Astarita en su nota “¿Impuesto a los salarios o las ganancias?”. En cambio, el objetivo del presente artículo es someter a discusión la concepción general de Zaiat sobre el sistema impositivo. Nada de lo que sigue es novedoso, pero resulta fundamental aclarar una y otra vez las cuestiones básicas
.
Volvamos a la frase del epígrafe. Zaiat invierte la relación entre derechos y obligaciones tal como la concebía el contractualismo (la corriente de filosofía política que proporcionó los argumentos filosóficos para las Revoluciones Burguesas de los siglos XVII y XVIII). Según esta concepción, los seres humanos poseen derechos por el mero hecho de ser seres humanos (los derechos naturales), y esos derechos preceden a cualquier forma de organización social. Es por ello que varios de estos filósofos (Rousseau es el caso más notorio) condenaron las monarquías absolutistas de la época, debido a que dichos regímenes no aceptaban los derechos naturales. Esta corriente de pensamiento ha ejercido una influencia enorme en el pensamiento político posterior, a punto tal que las constituciones de los distintos países parten del reconocimiento de toda una serie de derechos que no pueden ser violados o suprimidos por el Estado, pues son patrimonio de las personas por el mero hecho de ser personas.

Zaiat, probablemente sin advertirlo (es un tipo inteligente), adopta una posición contraria al pensamiento político de la Modernidad, y se encolumna, paradójicamente, en las filas del neoliberalismo. La política económica neoliberal tiene entre sus supuestos la tesis de que sólo los poseedores de dinero tienen derechos. Pague por tener. Los derechos son una mercancía para el neoliberalismo. Zaiat, quien en sus columnas sabatinas suele fustigar al neoliberalismo, adopta aquí uno de los principios de esta corriente. Veámoslo de este modo, quién no puede pagar sus impuestos: ¿tiene derechos? Si nos atenemos  a la frase del epígrafe, la respuesta es no. 

¿Cómo podemos explicar la posición adoptada por Zaiat?

La clave se encuentra en el mismo artículo que estamos comentando:

“En la discusión sobre el Impuesto a las Ganancias a los trabajadores en relación de dependencia intervinieron políticos, sindicalistas, trabajadores, comunicadores sociales y economistas del establishment. No fueron convocados a dar su opinión los que más saben del tema: los tributaristas y los contadores. Estos últimos se ocupan del aspecto técnico de la liquidación del impuesto, que la mayoría de los economistas ignoran porque nunca estudiaron esa materia. La omisión de la voz de los expertos ha provocado que el debate sea dominado por una sucesión de disparates conceptuales y técnicos.” (El resaltado es nuestro). 

El régimen impositivo de un país es una cuestión política antes que técnica. Si se entiende al Estado como un instrumento de dominación, que expresa en cada momento una determinada relación de fuerzas entre las distintas clases sociales de una sociedad determinada, el régimen tributario constituye la cristalización, siempre precaria, de un momento determinado de esa relación de fuerzas. Dicho en criollo: las clases dominantes modelan ese sistema tributario en función de sus intereses, y deben enfrentarse para ello a las clases explotadas. Basta mencionar que, por ejemplo, la Revolución Francesa tuvo su origen en la negativa de la burguesía a pagar nuevos impuestos para financiar los gastos del rey y de la Corte. Si hubiera sido por los expertos, el Tercer Estado (burguesía, campesinos, artesanos) todavía estaría pagando las fiestas de Luis XVI y María Antonieta. 

El llamado a escuchar a los expertos formulado por Zaiat se parece a las invocaciones periódicas de los economistas neoliberales acerca de que la economía tiene que estar en manos de los economistas (neoliberales), pues únicamente ellos saben lo que hay que hacer. Por supuesto, para aceptar esta concepción hay que renunciar, primero, al carácter político de la economía. 

Pero Zaiat va todavía más allá. No contento con plantear que para tener derechos hay que pagar primero, y que la política económica tiene que estar en manos de los técnicos, también iguala a los trabajadores con los empresarios. Nada de clases sociales u otras yerbas. Zaiat equipara en su artículo a los grandes propietarios del campo, el sector financiero, las grandes empresas y la dirigencia sindical de la CGT y de la CTA. Total, todo da lo mismo para nuestro autor. Ahora bien, para que todo sea lo mismo, es preciso dejar de lado el hecho de que los empresarios son dueños de los medios de producción, en tanto que los trabajadores están obligados a vender su fuerza de trabajo para subsistir. Este “pequeño detalle” es pasado por alto por Zaiat. De este modo, se empresarios y trabajadores pueden ser descriptos como igualmente insaciables, o como unos tacaños incurables que se niegan sistemáticamente a pagar más impuestos, desairando al pobre Estado que brega incansablemente por el interés general.

Una vez que nuestro autor ha reducido el tema impositivo a una cuestión técnica, y que también se ha ocupado de esfumar a las clases sociales, el régimen impositivo pasa a ser el producto de un “contrato” entre individuos.  Zaiat tendría que recordar que la noción de “contrato social” es propia de liberalismo, y que este liberalismo es una de las bases del neoliberalismo que nuestro autor dice combatir. Para el liberalismo clásico, independientemente de que, a diferencia de Zaiat, reconoce que los derechos humanos preceden a las obligaciones, la sociedad es un ente artificial en el cual lo verdaderamente importante son los individuos. Dichos individuos son definidos como seres egoístas, que procuran maximizar sus utilidades. Usar la expresión “contrato social” implica aceptar la ideología del liberalismo que, guste o no, es también la ideología de la burguesía. 

A través de todos estos malabares, el señor Zaiat, justifica la posición del gobierno frente al pago del impuesto a las ganancias por los trabajadores. 

Como indicamos más arriba, nada de lo expuesto aquí es novedoso, ni pretende serlo. Pero resulta importante hacer notar, una vez más, la enorme distancia existente entre la realidad del modelo de acumulación de capital promovido por el “kirchnerismo” y la prédica de aquéllos que conciben al “kirchnerismo” como un movimiento de “emancipación nacional y social”. Zaiat muestra, con la claridad que le es característica, que la defensa de dicho modelo de acumulación implica la aceptación de la ideología propia del capitalismo. 

Tal vez así se comprenda mejor la enorme coherencia de la presidenta Cristina Fernández cuando caracteriza sistemáticamente a las huelgas y demás protestas obreras como “chantaje”.

Buenos Aires, sábado 7 de julio de 2012

miércoles, 27 de junio de 2012

EL PARO NACIONAL DEL 27 DE JUNIO


Cuando se convoca a una huelga nacional en cualquier país del mundo, el gobierno de turno se dedica a rechazar las demandas de los huelguistas. Lo extraño es que la cabeza de dicho gobierno formule una arenga a favor de la huelga. Esto es precisamente lo que ha hecho la presidenta Cristina Fernández, en un discurso que no tiene desperdicio.

Amigo lector: está claro que Cristina y el “kirchnerismo” rechazan de plano el paro nacional convocado por Hugo Moyano. Pero, al atacar al paro e incurrir en ese ataque en toda una serie de lugares comunes caros a nuestra clase media, la presidenta formuló una encendida defensa de los motivos del paro nacional, de un modo mucho más preciso que lo planteado por el mismo Moyano. Mejor dicho, Cristina, sin quererlo, puso al desnudo algunas de las bases sobre las que se sustentó el modelo de acumulación de capital instaurado en Argentina a partir de 2002.

En primer lugar, Cristina declaró que la mayoría de los trabajadores en Argentina perciben bajos salarios. Dejemos hablar a la señora presidenta:

Yo quiero dirigirme a todos los argentinos para decirles que hay 9 millones de argentinos registrados, tenemos un 32 por ciento que está sin registro, trabajo en negro, más un 7 por ciento de desocupación porque está muy en boga este tema del impuesto a las ganancias, que en realidad más que impuesto a las ganancias es un impuesto a los altos ingresos, que existe en todas partes del mundo. Y yo quiero decirles que de acuerdo con nuestros archivos, a la información que contiene el SIPA, que tiene la AFIP, solamente de esos 9 millones 159 mil el 19 por ciento paga impuesto a las ganancias o a los altos ingresos; el 81 por ciento de los trabajadores no llega a los mínimos no imponibles, estoy hablando de los registrados. Vuelvo a reiterar: tenemos un 32 en negro y un 7 por ciento de desocupados que están cubiertos con la Asignación Universal por Hijo que cubre a 3.800.000 pibes y 1.800.000 familias.”
Que se entienda claro. Son palabras de la señora presidenta de todos los argentinos, no de un izquierdista trasnochado. En un país que ha experimentado altas tasas de crecimiento desde el 2002, que forma parte del G-20 (los países más desarrollados del mundo), que ha impulsado “un proyecto de emancipación nacional y social”, en ese mismo país sólo 159.000 trabajadores pagan impuesto a las ganancias (perdón, a los altos ingresos). 

En segundo lugar, la señora presidenta fue por más y reconoció que “tenemos un 32 por ciento que está sin registro, trabajo en negro, más un 7 por ciento de desocupación (…) tenemos un 32 en negro y un 7 por ciento de desocupados que están cubiertos con la Asignación Universal por Hijo que cubre a 3.800.000 pibes y 1.800.000 familias.” 

En otras palabras, en el capitalismo ordenado que pregona la señora presidenta, uno de cada tres trabajadores está en negro. Si sumamos a este grupo los trabajadores desocupados, tenemos que 4 de cada 10 trabajadores en Argentina tienen serios problemas laborales (o están desocupados o están trabajando en negro). La cifra habla por sí misma, sobre todo si se tiene en cuenta que se da en una época en la que el capital ha obtenido enormes ganancias en Argentina, a punto tal que la misma señora presidenta ha dicho que los empresarios “la levantaban con pala” (refiriéndose a las ganancias).

Dado lo anterior, no es extraño que Cristina diga: “Estoy hablando de los que tienen la suerte de tener trabajo, obra social y jubilación asegurada, PAMI”. En verdad es una “suerte” ser un trabajador “registrado” en Argentina cuando un 40% de los trabajadores padecen desocupación o trabajo en negro. ¿Suena pesimista? Es posible, pero son las palabras de la señora presidenta.

Si usted tiene la suerte de pertenecer al grupo que tiene trabajo y, además, está “registrado”, no cante victoria: es altamente probable que se encuentre entre los integrantes del grupo que no percibe altos ingresos. Tenga presente que, según Cristina, sólo el 19% integra esa elite. Es muy probable que usted sea un perdedor, y forme parte del sufrido 81% de los perdedores. Pero puede estar contento: tiene un trabajo “registrado”.

En tercer lugar, Cristina manifiesta claramente la enorme desigualdad tanto entre trabajadores y empresarios, como al interior de los trabajadores mismos: 

“¿Cómo se reparte? Los peronistas siempre dijimos el fifthy – fifthy, que queríamos llegar al 50 por ciento el capital y 50 por ciento el trabajo, estamos llegando al 50 por ciento en el trabajo, el problema empieza ahora en cómo se distribuye ese 50 por ciento dentro de la propia masa de los trabajadores. Uno diría bueno, van a ganar más los que tengan mayores capacidades, los que hayan estudiado más, los que sean más necesarios, ganarán más los médicos de hospitales, los investigadores del CONICET, los profesores de las universidades. No, lamento informarles que no es así. Muchas veces los salarios se obtienen por la capacidad de presión, esto es cuánto puedo amenazar y perjudicar a la sociedad para obtener un determinado salario, y acá está la gran madre del borrego, o del Dorrego como decía un amigo mío: de esos 62.000 millones de masa salarial registrada el 19 por ciento de los trabajadores se queda con el 41 por ciento, y el 81 por ciento de los trabajadores se queda con el 59 por ciento. Con lo cual me parece que sería muy interesante comenzar a discutir en la Argentina esto de hacer socialismo con la plata del Estado y de los demás, pero cuando te vienen a tocar la tuya te convertís en el liberal más acérrimo, me parece que hay que rediscutirlo, sobre todo si te querés seguir llamando peronista.”

En criollo. Los trabajadores, que generan día a día la riqueza del país, perciben cerca del 50 de los ingresos anuales. Los empresarios, que “la levantan con pala”, se llevan el otro 50% en concepto de…su propiedad privada de los medios de producción. ¡Pavada de arreglo! 

Por otro lado, las reglas de juego del capitalismo organizado que propone la señora presidenta generan una enorme competencia entre los trabajadores, que se traduce en las grandes desigualdades que se verifican al interior de los trabajadores. 

Ahora bien, para que una minoría de empresarios se lleve la mitad de los ingresos anuales generados por los trabajadores, ¿no es preciso, justamente, que esos trabajadores se encuentren divididos? 

En este marco, no es extraño que el Estado deba subsidiar a los trabajadores: 

“…me olvido de algo, además de esto todos, desocupados, no registrados, registrados, con ingresos altos, con ingresos bajos, todos están subsidiados en transporte, en luz, en gas, en agua y en combustible”. Todo esto, insistimos, en el marco de un crecimiento económico extraordinario. 

No contenta con agitar a favor de la huelga nacional, la señora presidenta hizo referencia a la situación de los trabajadores latinoamericanos: 

“…estamos hablando del mejor salario de toda América latina, no solamente en términos nominales sino en términos de poder adquisitivo. No solamente es el salario más alto sino con el que más cosas se pueden comprar respecto de todos los demás países de Latinoamérica.”
El lector puede estar tranquilo, siempre y cuando sea un trabajador argentino “registrado” (los inmigrantes “ilegales” no cuentan). Sin embargo, la señora presidenta había indicado, un poco antes en su discurso, la extrema heterogeneidad de los ingresos de los trabajadores argentinos. ¿Sólo la elite de altos ingresos es la que ocupa el podio entre los trabajadores latinoamericanos? De todos modos, si Argentina encabeza el ranking salarial latinoamericano, ¿qué puede decirse de las situaciones de explotación imperantes en otros países hermanos?

Si el lector piensa que exageré en esta nota, le recomendamos fervorosamente la lectura del discurso completo de Cristina. Allí encontrará todo esto y mucho más. 

Hoy corresponde adherir al paro, más allá de Moyano y otros personajes mucho más nefastos que apoyan la medida. El árbol no puede tapar el bosque de la situación social en Argentina.
Total, la misma señora presidenta justificó la medida con su discurso del día de ayer…

Buenos Aires, miércoles 27 de junio de 2012

jueves, 21 de junio de 2012

LA HUELGA NACIONAL DE CAMIONEROS, O LA GENDARMERÍA COMO FUERZA DE LIBERACIÓN NACIONAL Y POPULAR


Mientras escribo esta nota, el paro nacional convocado por el Sindicato de Camioneros se encuentra en pleno desarrollo. Es por esto que renuncio a elaborar algo parecido a un balance de los acontecimientos. Creo más provechoso formular algunas reflexiones que contribuyan a situar los hechos en un marco general. Sobre todo si se tiene en cuenta que el gobierno nacional ha llegado a medidas tales como utilizar la Gendarmería o amenazar, inclusive, con la intervención de las Fuerzas Armadas para asegurar el abastecimiento de la población.

Nada de lo mencionado en la última parte del párrafo anterior resulta inusitado en la historia de la lucha de clases en Argentina (soy del barrio porteño de Mataderos y tengo recuerdos familiares de la intervención del ejército en la huelga de los trabajadores del Frigorífico Lisandro de la Torre, allá por 1959). Pero si desentona fuertemente con el discurso del gobierno “nacional y popular”, que ha proclamado todas las veces que pudo que ningún gobierno hizo tanto por los trabajadores como las presidencias de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Como tantas otras veces, vale aquí el refrán que dice “en la cancha se prueban los pingos”. Cristina Fernández se encuentra ante la prueba de tener que enfrentar directamente a los trabajadores. Los medios empleados y la forma de resolver el conflicto servirán para dar cuenta de la naturaleza de clase del gobierno.

Corresponde aclarar, aunque la orientación de este blog hace redundante a la aclaración, que considero a los Moyano como dignos representantes de la burocracia sindical en la Argentina, y que la misma constituye uno de los principales baluartes de la dominación capitalista en Argentina. Sin embargo, lo anterior no quita que la política sea mucho más compleja e interesante que las definiciones de manual. Luego de su ruptura con Cristina, y en defensa de sus propios intereses personales (¿podría ser de otra manera?), Hugo Moyano ha entablado una lucha frontal con el gobierno “kirchnerista”. Es interesante notar como personajes que aman la negociación mucho más que a sus madres, y que están profundamente identificados con el mantenimiento del “orden social” se ven llevados a situaciones reñidas con sus convicciones más íntimas. Que se entienda. Moyano no confronta porque haya descubierto ayer el antagonismo entre el capital y el trabajo. Cristiana no va a la guerra porque haya entendido el carácter profundamente reaccionario de la burocracia sindical. Al contrario, cada uno atiende su juego. Y ambas partes le importan muy poco los trabajadores. Lo que ha cambiado es la coyuntura económica.

En este sentido, nada mejor que examinar algunos lugares comunes que se esgrimen al momento de abordar el tema de la huelga: 

1) Hugo Moyano es el responsable de todo.

Tanto el gobierno “nacional y popular” como la oposición encarnada en los periodistas ebde CLARÍN y LA NACIÓN tiende a presentar a Moyano (me corrijo, a los Moyano) como el único responsable de la medida de fuerza. Dicho de modo más claro: Moyano provocó un conflicto para mejorar su posición con vistas a la elección de Secretario General de la CGT a celebrarse en julio del corriente, y para lograr ser visualizado como el líder de la oposición al “kirchnerismo” en las filas del PJ. Moyano tiene ambiciones políticas que van mucho más allá del movimiento obrero y mueve las piezas (su sindicato y los aliados) para concretarlas. Estamos, pues, ante un capricho de la voluntad de un hombre que quiere ser más de lo que es.

La explicación del conflicto resumida en el párrafo anterior tiene la ventaja de que permite esconder bajo la alfombra cuestiones consideradas tabú. Moyano, a quien de ningún modo vamos a negarle la condición de burócrata sindical, sabe que para pararse a confrontar de manera frontal con el gobierno es preciso contar con el apoyo de los trabajadores. Ahora bien, los titulares de los diarios y los zócalos de los programas televisivos prefieren hablar exclusivamente de Moyano y dejar en la oscuridad todo lo demás. Por motivos diferentes, el monopolio oficial y el monopolio encarnado en la “corpo” (CLARÍN y cía.) coinciden en endiosar a Moyano. Ahora bien, si se quiere salir de lo obvio (Moyano tiene ambiciones políticas, ¡chocolate por la noticia!), es preciso entender las razones por las que los trabajadores camioneros acatan la huelga convocada por Moyano. Decir que simplemente siguen a su líder y/o que son víctimas de las presiones de éste es un recurso demasiado sencillo.

2) Nunca un gobierno hizo tanto por los trabajadores como el de los Kirchner.

Esta afirmación, difundida por los defensores del gobierno, implica, de paso, acusar de ingratitud a los trabajadores. Si el gobierno se deslomó para mejorar la situación de la clase obrera, los trabajadores que paran son culpables de ingratitud y/o ceguera política al no comprender todo lo bueno que el “kirchnerismo” hizo por ellos. Las medidas de fuerza como el paro nacional de la CTA el 8 de junio, o este paro de camioneros, se explican por las ambiciones desmedidas de los dirigentes. Todo esto es muy lindo, pero oculta que en la actualidad el 35% de los trabajadores se hallan “no registrados” (eufemismo para designar un sinfín de situaciones de precariedad), que los salarios se hallan erosionados por una inflación que se encuentra cercana al 25% anual, que el impuesto a las ganancias (¡!) carcome los sueldos de una parte importante de los trabajadores, que el sistema de transporte se encuentra colapsado y pone en riesgo la vida de los usuarios, que el sistema de salud está pensado para quienes tienen dinero para pagarlo, que la vivienda propia es casi inaccesible para quien vive de un salario. Es posible que los trabajadores sean ingratos, pero el gobierno “nacional y popular” no se ha distinguido precisamente por su generosidad. Hay que recordar que la reactivación económica argentina se dio en el marco de una fuerte devaluación que redujo los salarios a su mínima expresión y que a lo largo de toda esta etapa de crecimiento se mantuvo la legislación laboral menemista (incluido el sistema de ART – Aseguradoras de Riesgo de Trabajo -).

Moyano sabe todo lo anterior y lo utiliza en esta coyuntura. Ninguno de sus reclamos es novedoso (salvo para algunos funcionarios, para quienes el movimiento obrero es una especie de dimensión desconocida). Moyano fue el principal aliado del “kirchnerismo” en el movimiento obrero entre 2003 y 2010, aunque ahora sea presentado como un exponente de la nefasta década del ’90. Su ruptura con Cristina Fernández tuvo por motivo el rechazo del dirigente sindical al lugar, absolutamente secundario, que la presidenta le otorgó al sindicalismo peronista en las filas de su segundo gobierno. Hasta ese momento, Moyano ignoró muchos de los reclamos que ahora levanta como bandera de batalla.

3) El reclamo de Moyano es legal, pero la forma adoptada perjudica al conjunto de los argentinos.

Esta afirmación es interesante por lo que dice acerca de la posición política de quien lo formula. Todo reclamo social implica perjuicios para otros, en buena medida porque vivimos en una sociedad donde la explotación y la desigualdad son las normas cotidianas. Guste o no, un reclamo debe molestar para ser atendido. El movimiento obrero argentino tiene una larga tradición de medidas de acción directa, y es muy dudoso que las conquistas sociales hubieran podido obtenerse sin recurrir a esta metodología de lucha. El peronismo surgió como movimiento político de una gigantesca huelga y movilización popular (el 17 de octubre de 1945), y a lo largo de su historia se caracterizó por promover (a través de su “columna vertebral”, el movimiento sindical) medidas de acción directa con el fin de obtener satisfacción a diversos reclamos gremiales. Algún memorioso recordará las ocupaciones de fábricas promovidas por la CGT durante la presidencia de Illia. El piquete ha sido una herramienta de lucha desde los orígenes mismos del movimiento obrero argentino, y su uso se extendió en la última década a otras clases sociales (¿es preciso recordar las patotas del empresariado rural que en 2008 saturaron de piquetes las rutas impidiendo el abastecimiento de las ciudades?). 

¿Por qué entonces el gobierno “nacional y popular” pone el grito en el cielo frente a los piquetes de Moyano? Existe, por supuesto, un riesgo evidente de desabastecimiento de combustible, pero también es verdad que el gobierno no ha sido muy proclive a negociar y es, por tanto, tan responsable como los dirigentes de camioneros. Moyano no es el Che Guevara ni Agustín Tosco. No se propone subvertir el orden social. ¿Por qué no ha podido llegarse a un acuerdo? Una respuesta posible pasa por comprender que el margen de negociación se ha angostado a partir de la crisis que experimenta el modelo de acumulación de capital vigente en el país. Ya no es tan fácil imponer aumentos salariales cercanos a la inflación anual. 

El problema no se reduce a Moyano. Ya mencionamos el paro de la CTA el 8 de junio pasado. En esa oportunidad, el Jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, dijo que la medida de fuerza sólo servía para molestar a los automovilistas. En esta nueva versión del peronismo, el movimiento obrero no es “columna vertebral” ni nada parecido. Muchos de los dirigentes que ahora pregonan la necesidad de la “emancipación nacional y social” consideran que el movimiento político es un factor secundario en la política nacional. El “kirchnerismo”, en tanto variante peronista del progresismo argentino, está obligado a defender la subordinación del movimiento obrero a las necesidades del capital. Cristina Fernández se cansó de decir que los trabajadores tenían que estar agradecidos por tener trabajo. Para el “gobierno nacional y popular” los trabajadores tienen que trabajar y punto. Nada de veleidades tales como comisiones internas o delegados que se inmiscuyen en los asuntos de la empresa. Es por eso que en este momento, y con vistas a la elección del Secretario General de la CGT en julio, el “kirchnerismo” se siente más cerca de los viejos “demócratas” del movimiento obrero como Lezcano (Luz y Fuerza) y Barrionuevo (Gastronómicos). Moyano quiere una cuota de poder mayor, y ha sido defenestrado. Y por enésima vez aclaramos que el dirigente de los camioneros no es Agustín Tosco.

Frente al paro de los camioneros, el gobierno “nacional y popular” optó por acusar a los Moyano de desestabilización, de violar las reglas de juego y de perjudicar al conjunto de la población con medidas irracionales que ponen en juego el abastecimiento de combustible. Se trata de frases poco menos que curiosas al ser hechas a un dirigente que permitió la consolidación del “kirchnerismo” y que salió en defensa del mismo en coyunturas como la generada por la Resolución 125 en 2008. Es cierto que la política es dinámica, pero no parece muy creíble un relato que demoniza a uno de los actores de la situación, máxime si ese demonio era el aliado de dios en el capítulo anterior.

Las afirmaciones del gobierno muestran, en todo caso, la vigencia de un relación de fuerzas sociales instaurado a sangre y fuego en 1976. La dictadura aplastó a la clase obrera, aniquilando a los militantes que proponían discutir la dominación del capital y no solo el monto de los salarios. Uno de los corolarios de esa derrota fue la generalización de la opinión de que la clase trabajadora y los sectores populares eran impotentes en términos políticos. Sólo la alianza con el capital puede garantizar la “gobernabilidad”. En dicha alianza, los sindicalistas son convidados de piedra a los que se compra para que no chillen demasiado.  Cristina y la “nueva militancia” son herederos directos de esta concepción, y ello explica, en parte, los continuos exabruptos cometidos por la presidenta toda vez que tiene que referirse a los trabajadores.

Queda por explicar, por cierto, en qué momento la Gendarmería y las Fuerzas Armadas se han transformado en los agentes de la “emancipación nacional y social”. Aunque la explicación parece cada vez más innecesaria.

Buenos Aires, jueves 21 de junio de 2012

viernes, 15 de junio de 2012

ÚLTIMAS NOTICIAS DE LA HERMANDAD LATINOAMERICANA: LA COMPRA DE ACCIONES DE YPF POR CARLOS SLIM


La hermandad latinoamericana, la unidad tan soñada por los héroes de la independencia, se va realizando poco a poco en este nuevo tiempo que nos toca vivir. Después de tanto sufrimiento, de dictaduras, golpes de mercado y neoliberalismo, llega al fin la hora de la “emancipación nacional y social”. No se trata, como en otros tiempos, de palabras vacías. Los hechos comienzan a demostrar el nuevo curso de la historia.

Pero la realidad adopta formas extrañas, que no quieren ser reconocidas por sus creadores. Razones tendrán para ello…


Pasemos ahora del reino de la ironía al mundo de lo real. 


En el día de hoy, los diarios trajeron el anuncio de que el multimillonario mexicano Carlos Slim, considerado el hombre más rico del mundo, adquirió el 8,36% de las acciones de YPF. Slim compró las acciones a través de una de sus compañías, el Banco Inbursa, y se hizo en dos etapas. Las acciones adquiridas pertenecían a la familia Eskenazi, quienes fueron entronizados en su momento a la condición de héroes de la “burguesía nacional” por el finado don Néstor Kirchner. 

Hace un tiempo, la familia Eskenazi demostró que en el capitalismo se puede comprar parte de la propiedad de una empresa sin desembolsar un peso, cosa que demuestra que el sistema brinda oportunidades a todo el mundo. ¿Cómo pudo ser esto? Le damos la palabra al periodista Fernando Krakowiak: 

“El Grupo Petersen, controlado por la familia Eskenazi, llegó a tener el 25,46 por ciento de YPF. En febrero de 2008 adquirió un 14,9 por ciento por 2235 millones de dólares y para concretar la operación se financió con el aporte de un pool de bancos y de la propia Repsol. En noviembre de ese mismo año puso 100 millones para elevar su participación al 15,46 por ciento y, en mayo de 2011, hizo uso de la opción que tenía por otro 10 por ciento, llegando al mencionado 25,46 por ciento, también con dinero prestado (1304 millones) por Repsol y un grupo de bancos. Esa deuda, los Eskenazi la estaban cancelando con las propias utilidades de YPF, pero luego de la expropiación el Gobierno adelantó que no se distribuirían ganancias entre los accionistas para fortalecer las inversiones de YPF. Finalmente, los Eskenazi no pudieron cumplir con los vencimientos de deuda y los bancos y Repsol ejecutaron las garantías y se quedaron con esos papeles. Una parte de las acciones que cayeron en poder de los bancos es la que ahora posee Carlos Slim a través de Inbursa y de Inmobiliaria Carso.” (Página/12, 15 de junio de 2012).

En otras palabras, la familia Eskenazi (Grupo Petersen) se convirtió en propietaria de un cuarto del total de las acciones de la empresa más grande de nuestro país sin poner un peso. Fascinante, ¿no? Y esta maravilla se hizo efectiva durante el gobierno “nacional y popular” (años 2008 y 2011). No creo necesario decir mucho más, salvo que la incorporación a YPF de una burguesía tan emprendedora como los Eskenazi no contribuyó un ápice a mejorar la situación energética del país, pero si engrosó los bolsillos de la mencionada familia. Cuando Cristina Fernández decidió expropiar a Repsol el 51% de las acciones de la YPF, también resolvió que la empresa dejara de repartir dividendos entre los accionistas (había que fortalecer las inversiones en la empresa). Cuando la familia Eskenazi se dio cuenta de que no tenía más dividendos para pagar la deuda contraída para pagar la compra de las acciones de YPF, tomó la heroica decisión de dejar de pagar la deuda (en criollo, no poner un peso propio, como hizo todo este tiempo). Sucedió entonces lo inevitable. Los acreedores se quedaron con la porción de las acciones que correspondía a las cuotas impagas. Esas son las acciones que compró, a su vez, Slim. 

El ingeniero Miguel Galuccio (actual CEO de la YPF “nacional y popular”) saludó alborozado la llegada de Slim. Galuccio tiene motivos bien concretos. El Estado nacional no puede seguir pagando las importaciones de combustibles generadas por la política de la YPF “neoliberal” de Menem, Néstor Kircher y Cristina Fernández (digo esto haciendo referencia a que YPF fue controlada por Repsol durante la presidencia de estas personas), y tampoco dispone de los fondos necesarios para invertir en exploración de nuevos pozos. En consecuencia, la YPF “nacional y popular” de Cristina Fernández precisa con urgencia de inversiones extranjeras para poder salir adelante. Las multinacionales petroleras negocian desde una posición de fuerza, pues quieren el oro y el moro, aprovechando que la heroica “expropiación” dio una pátina “alocada” al gobierno argentino. La compra de acciones por Slim fue interpretada por Galuccio como un gesto hacia los mercados financieros, que puede favorecer la negociación con las multinacionales petroleras.

Slim, como es obvio, no actúa por un sentimiento de hermandad latinoamericana. Se calcula que su fortuna personal es de 69.000 millones de dólares. La compra de acciones de YPF le costó cerca de 330 millones de dólares. Slim “arriesgó” muy poco. Como botón de muestra basta decir que el grupo Eskenazi “abonó” un precio de 38,1 dólares por acción en febrero de 2008. Hoy, Slim pagó 11,1 dólares por acción. Conducta emprendedora, como acostumbran decir en esta época. Conocedor de la debilidad de YPF, Slim apuesta a pescar a río revuelto. No le falta, por cierto, poder de fuego.

Para completar esta epopeya: En su momento, la familia Eskenazi se endeudó con Repsol para “comprar” su parte de YPF. Como la familia Eskenazi dejó de pagar sus deudas, Repsol volvió a apropiarse de esas acciones. Gracias a esto, en el día de la fecha Repsol pasó a controlar otro 5,6% de las acciones. De modo que Repsol es propietaria del 12% de las acciones de YPF. 

Todo un logro de la “emancipación nacional y social”.

A despecho de los discursos, en América Latina la burguesía está más viva que nunca. No es ninguna novedad. 

Pero es bueno reconocerlo.


Buenos Aires, viernes 15 de junio de 2012

miércoles, 13 de junio de 2012

ALGUNAS PREGUNTAS SOBRE EL PLAN DE VIVIENDA PROCREAR


En el día de ayer, el gobierno de Cristina Fernández lanzó el  Plan de Vivienda Pro. Cre. Ar.

Es muy pronto para analizar el Plan, debido a que se trata de un anuncio y para hacer un análisis preciso es necesario contar con datos más concretos. Pero sí es posible hacerse algunas preguntas, a pesar de que las mismas puedan resultar chocantes para algunos. 

Ante todo, cabe decir que en los discursos de ayer (hablaron Cristina, Kicillof y Bossio) resulta sorprendente la ausencia de toda referencia a la magnitud del déficit de vivienda en la Argentina. Hasta donde sabemos, dicho déficit es muy grande y afecta sobre todo a los trabajadores y sectores populares que residen en las grandes ciudades. Un par de años atrás, la toma del parque Indoamericano reveló las dimensiones que había alcanzado el problema. Luego, todo volvió a la “normalidad” expresada en la frase “de esto no se habla”. Si ahora se lanza un plan de vivienda de alcance nacional, ¿no corresponde tener datos concretos y precisos sobre la magnitud del déficit, para tener claro si la cantidad de viviendas que se proyecta construir es suficiente para resolver el problema? 

También brillaron por su ausencia las indicaciones acerca de en qué zonas del país se concentra el déficit de viviendas. Sin esta información, ¿cómo es posible establecer si los inmuebles y terrenos fiscales incluidos en el Plan se encuentran ubicados en las zonas en las que es más acuciante la falta de viviendas? Al no contar con esta información, se corre el riesgo de que el Plan adquiera cada vez más el carácter de medida tomada al voleo.

Dejando de lado la cuestión anterior, ¿no sería conveniente planificar que en las zonas en las que se va a construir – aquellas en las que hay terrenos fiscales disponibles, no me refiero aquí a los individuos que ya poseen un terreno y que quieren usar los créditos para edificar su vivienda allí – existan fuentes de trabajo? Porque, de no hacerlo, ¿quién podría asentarse allí? Construir viviendas supone construir la infraestructura social imprescindible para que los habitantes de esas viviendas puedan ocuparlas.

Y mientras se construyen las viviendas… ¿qué pasa con quienes esperan para habitarlas? Como a los seres humanos les sienta mal la intemperie (al margen, ¿los lectores se han tomado el trabajo de observar cuántas familias viven a cielo abierto en este bendito país?), deben contar con algún lugar para refugiarse. En otras palabras, muchos seguirán disfrutando de las bondades del alquiler de viviendas. ¿No sería un buen momento como para que la “revolución cultural” del kirchnerismo se animara a tocar el régimen de alquileres, mejorando la situación de los inquilinos? 

Cristina, Kicillof y Bossio puntualizaron en sus discursos el carácter económico del Plan, que pretende promover la actividad económica mediante la inyección de fondos estatales vía créditos. Si se acepta esto, cabe la pregunta: ¿la vivienda es un derecho o una mera herramienta de política económica? Si la vivienda fuera un derecho, y el Estado tuviera como objetivo primordial satisfacer los derechos de quienes construyen a diario la riqueza de este bendito país, el Plan de Viviendas hubiera figurado como prioridad para los Kirchner desde 2003. Pero no fue así. En cambio, se lanza ahora como herramienta contracíclica, es decir (y hablando en criollo) como instrumento para contrarrestar el parate de la actividad económica.

La construcción de las viviendas, así como también la provisión de materiales para la misma, queda en manos de las empresas privadas. De este modo, se pretende promover la inversión y, otra vez, incrementar la actividad económica. No hay motivo para la queja, pues, como dijo Cristina, “esto es capitalismo”. No obstante, es interesante preguntarse entonces si ¿la vivienda es un derecho de los seres humanos o una mercancía? Tal vez la pregunta resulte ociosa para algunos, pero es preferible molestar a quien no quiere ser molestado. 

Está visto que quienes construyen la riqueza de este bendito país no tienen derecho a la vivienda. Salvo en la medida en que esta sea pagada como mercancía. Es capitalismo, señor autor de esta nota, es capitalismo. Deje de preguntar tonterías y dedíquese a ganar dinero. Haga algo útil.

San Martín, miércoles 13 de junio de 2012