Vistas de página en total

domingo, 29 de octubre de 2023

LA ARROLADORA FUERZA DEL CAMBIO, O DE CÓMO UN LIBERAL ARREMETE CONTRA EL INDIVIDUALISMO: REFLEXIONES SOBRE TOCQUEVILLE

 

Alexis de Tocqueville


Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

“No ignoro que muchos han creído y creen todavía que las cosas de este mundo las dirigen la fortuna y Dios, sin ser dado a la prudencia de los hombres hacer que varíen, ni haber para ellas remedio alguno; de suerte que, siendo inútil preocuparse por lo que ha de suceder, lo mejor es abandonarse a la suerte. En nuestra época han acreditado esta opinión los grandes cambios que se han visto y se ven todos los días, superiores a toda humana previsión.”

N. Maquiavelo, El príncipe [1]

 

“Un mundo nuevo requiere una ciencia política nueva.”

Alexis de Tocqueville, La democracia en América

 

 

¿Un ensayo sobre Alexis de Tocqueville? ¿Qué sentido tiene gastar tiempo y palabras en un autor del siglo XIX, vinculado al conservadurismo liberal o al liberalismo conservador? ¿Acaso no tenemos temas más importantes de que ocuparnos?

Sin embargo, Alexis de Tocqueville (1805-1859) nos sigue interpelando. No podemos ignorarlo y volver a la zona de confort académico (ni tampoco sumir al propio Tocqueville en la academia, es decir, otra forma de ignorarlo). Por supuesto, el lector puede preguntar a esta altura: ¿en qué consiste esa interpelación y por qué resulta ineludible para quienes estamos interesados en la sociología y en la política de nuestro tiempo?

Para dar respuesta a la pregunta precedente es preciso volver a Maquiavelo (1469-1527). Mas concretamente, al epígrafe con el que se abre este ensayo. Maquiavelo es consciente de estar viviendo una época de enormes cambios (en términos modernos: el desarrollo de la economía mercantil, los descubrimientos geográficos y la expansión del mundo conocido por los europeos, la aparición de los Estados nacionales, la revolución científica y la crisis del pensamiento medieval, etc.). Las transformaciones generan vértigo y confusión en las personas; muchas de ellas piensan que los cambios son inexplicables; otras prefieren aferrarse al pasado antes que afrontar lo desconocido; otro grupo opta por la resignación ante un curso de los acontecimientos que parece inmodificable. Pero Maquiavelo no se deja arrastrar por la corriente. Por eso escribe, casi a continuación de nuestro epígrafe: “Creo que de la fortuna depende la mitad de nuestras acciones, pero que nos deja a nosotros dirigir la otra mitad, o casi.” [2] En otras palabras, frente al fatalismo y el misticismo Maquiavelo apuesta a la razón, que procura poner orden en el caos. De esta actitud surgió la ciencia política de Maquiavelo, la primera ciencia social moderna.

Nuestro tiempo se asemeja al de Maquiavelo. En esta segunda década del siglo XXI las certezas parecen esfumarse. Vivimos en la incertidumbre. Frente a ella: el misticismo, los fundamentalismos, el disparate liso y llano; diferentes “salidas” para huir de los cambios que nos abruman. Las personas se desesperan por encontrar algún sentido a su existencia y no verse arrastrados en un torbellino de acontecimientos e imágenes.

En 2023 la necesidad de volver a apostar por la razón es acuciante. El capitalismo en su estadio avanzado (no confundir, por favor, con estadio terminal o algo por el estilo) agudiza el individualismo y lleva la fragmentación de lo social al paroxismo. No se trata de una tendencia novedosa, pues es inherente a la organización capitalista de la sociedad, pero lo nuevo es la intensidad de la fragmentación, cómo la misma se ha extendido a todos los aspectos de la vida humana.

El impacto del individualismo ha sido devastador sobre la ciencia de la sociedad (o las ciencias sociales, si así lo prefiere el lector). En el transcurso de pocas décadas, la Ciencia de la sociedad ha pasado a ser la ciencia del individuo, para devenir luego en Discurso sobre el individuo. En el camino hemos perdido a la ‘Ciencia’ y a la ‘Sociedad’. Se han cruzado tantas líneas rojas que hoy predomina lo individual, cuyos extremos son, por un lado, la glorificación de la autopercepción y, por el otro, la exaltación de la (micro) descripción, que hace que lo general se esfume en las descripciones de lo microsocial llevadas a niveles ridículos (a modo de ejemplo grotesco: una investigación cuyo tema sea el análisis de la influencia del peronismo en los boletines de calificaciones de los alumnos y alumnas de 4° B de la escuela x de Venado Tuerto en 1948).

Pero la sociedad no es sólo azar y egoísmo. No es vapor que podamos disipar a voluntad. Por el contrario, lo social posee una materialidad sui generis [3], que ofrece resistencia si se lo ignora como ocurre en la actualidad. El individualismo exacerbado se estrella tarde o temprano contra esta peculiar materialidad de lo social. Las crisis son una de las expresiones de ese choque.

Ahora bien, la tarea de la ciencia de la sociedad es reducir la incertidumbre, no destruir la idea misma de sociedad. El núcleo de la sociedad son las relaciones sociales, que no pueden ser reducidas a un contrato celebrado entre individuos autónomos que pueden hacer lo que les plazca. Por el contrario, las relaciones sociales moldean a los individuos. [4] Si se acepta esta última afirmación se comprende la utilidad de abandonar la idea de que los individuos construyen la sociedad a su imagen y semejanza, y pasar a buscar otras herramientas teóricas para comprender el funcionamiento de la totalidad social. Una de esas herramientas es la noción de proceso. Un proceso, tal como lo entendemos aquí, es el desenvolvimiento de un sistema complejo, constituido por un cúmulo de relaciones sociales, en el que coexisten regularidades e incertidumbres.

Tocqueville comprendió como pocos la idea de proceso. Frente a la Revolución Francesa (y, aunque no la nombre, a la Revolución Industrial), un noble cuyos padres escaparon por un pelo de la guillotina, podía manifestar un rechazo completo, refugiándose en la defensa del pasado, calificando a la Revolución como el producto de mentes criminales y/o fanáticas, que venía a romper la armonía tradicional. Pero hizo algo bien diferente: se esforzó por mostrar que la Revolución formaba parte de un proceso cuyos orígenes se remontaban a muchos siglos atrás.

La introducción a La democracia en América (1835) [5] constituye una muestra de la manera en que Tocqueville concebía al proceso social. El texto puede dividirse en dos partes: en la primera, el autor analiza las características y el desarrollo del proceso de igualación; en la segunda, esboza una propuesta política para dirigir la marcha de ese proceso. En este ensayo me ocuparé exclusivamente de la primera.

El punto de partida de Tocqueville es el reconocimiento de la existencia de un proceso que presenta características semejantes en EE. UU. y en Francia, cuyos rasgos principales son la igualación de condiciones y el ascenso de la democracia. Este proceso influye sobre las leyes, las costumbres políticas y la sociedad civil. Se trata de un fenómeno que no obedece a las peculiaridades de tal o cual país, ni a la voluntad o a las buenas (o malas) decisiones de los políticos. Su potencia es tal que constituye “el hecho generador del que [parece] derivarse cada hecho particular” (p. 9).

Tocqueville caracteriza el proceso afirmando que:

“Una gran revolución democrática se está operando entre nosotros [se refiere a Europa]. Todos la ven, mas no todos la juzgan de la misma manera. Unos la consideran como una cosa nueva, y tomándola por un accidente, esperan poder detenerla todavía; mientras que otros la juzgan irresistible, por parecerles el hecho más ininterrumpido, más antiguo y más permanente que se conoce en la historia.” (p. 10)

Cabe aclarar que nuestro autor considera que democracia e igualación de condiciones son sinónimos o, si se prefiere, dos caras de la misma moneda. Se preocupa por mostrar en todo momento que la igualación no es un hecho casual o pasajero, sino que constituye el núcleo de los fenómenos que permiten explicar el pasaje de la sociedad feudal a la sociedad capitalista. Frente a quienes sostiene que la voluntad individual crea la historia (son ellos quienes piensan que la revolución democrática es un “accidente” y que puede ser “detenida”), Tocqueville insiste en la potencia del proceso:

“Por todas partes se ha visto que los diversos incidentes de la vida de los pueblos se inclinan a favor de la democracia. Todos los hombres le han ayudado con sus esfuerzos: los que luchan por ella y los que se declaran ser sus enemigos; todos han sido empujados confusamente por la misma vía y todos han actuado en común, unos contra su voluntad y otros sin advertirlo, como ciegos instrumentos de Dios.” (p. 12; el resaltado es mío – AM-)

Tocqueville enuncia aquí la base de la ciencia de la sociedad: las acciones de los individuos están moldeadas por las relaciones sociales, de manera tal que el resultado de sus acciones es bien diferente a sus intenciones iniciales. [6] Existen, por lo tanto, regularidades, las que pueden ser estudiadas por la ciencia. Se trata de un punto fundamental, pues si no existieran las regularidades, la ciencia entera sobraría, pues las acciones de las personas serían ininteligibles.

El proceso de desarrollo de la democracia se inició en Francia alrededor del 1100, cuando la nobleza, cuyo dominio sobre la sociedad se basaba en la propiedad territorial, comenzó a perder poder. Tocqueville no atribuye el debilitamiento de la nobleza a un único factor, sino a la influencia conjunta del fortalecimiento de diversos actores sociales (el clero, los juristas, los financistas, los intelectuales, la monarquía, etc.), cada uno de los cuales expresó la emergencia de un proceso particular. Sin embargo, Tocqueville sostiene que todos estos fenómenos confluyeron en un denominador común: el achicamiento de la distancia social entre las clases de la sociedad.

Tocqueville no indica con claridad cuál es el motor que impulsa el proceso de igualación. No obstante, destaca el papel igualador del dinero y, por ende, de la economía mercantil:

“Desde que los ciudadanos comenzaron a poseer la tierra por medios distintos a los del sistema feudal [7] y, ya reconocida, la riqueza mobiliaria pudo, a su vez, crear influencia y otorgar poder, no hubo descubrimientos en las artes, ni adelantos en el comercio y en la industria que no significaran nuevos elementos de igualdad entre los hombres. A partir de ese momento, todos los procedimientos que se descubren, todas las necesidades que nacen y todos los deseos que piden ser satisfechos constituyen otros tantos avances hacia la nivelación universal.” (p. 11)

Como es sabido, la sociología de los siglos XIX y XX prestó especial atención al problema de la transición del feudalismo al capitalismo. Tocqueville (no importa aquí si corresponde caracterizarlo como sociólogo) no es la excepción y plantea que el núcleo de esa transición es el proceso de igualación, el cual se basa, a su vez, en el desarrollo de la economía mercantil, que opera como variable independiente, modificando a la variable dependiente (la igualación de las relaciones sociales).

La igualación de las condiciones sociales opera como una aplanadora sobre las relaciones sociales tradicionales:

“El desarrollo gradual de la igualdad de las condiciones constituye, pues, un hecho providencial, con sus principales características: es universal, es duradero, escapa siempre a la potestad humana y todos los acontecimientos, así como todos los hombres, sirven a su desarrollo.” (p. 12).

En Tocqueville está presente una concepción de los fenómenos sociales diametralmente opuesta al individualismo imperante en nuestros días. Las decisiones de los individuos, sus acciones, no se dan en el vacío, sino que se hallan condicionadas y moldeadas por la vida social, por las relaciones que establecen entre sí. Esto se plasma en su planteo del desarrollo inexorable de la igualación de condiciones. Comprender esto implica abrir la puerta para poder comenzar a elaborar una ciencia de la sociedad; rechazar esta perspectiva y aferrarse al individualismo conduce a una visión unilateral de la totalidad social y, en el límite, es la autopista al misticismo que niega la posibilidad misma de las ciencias sociales.

No encuentro mejor manera de finalizar este ensayo que volver a insistir en el hecho de que vivimos una época de profundas transformaciones. Y un mundo nuevo requiere de una ciencia nueva.

 

 

Balvanera, domingo 29 de octubre de 2023


NOTAS:

[1] Machiavelli [Maquiavelo], N. (1955). El príncipe. Madrid: Universidad de Puerto Rico y Revista de Occidente, p. 444.

[2] Machiavelli [Maquiavelo], N., op. cit., p. 444.

[3] La expresión es del sociólogo francés Émile Durkheim (1858-1917): “no es su generalización la que puede servir para caracterizar los fenómenos sociológicos. Un pensamiento que se encuentra en todas las conciencias, un movimiento que repiten todos los individuos no por ello son hechos sociales. Si nos hemos contentado con ese aspecto para definirlos, es porque se les ha confundido, con lo que podríamos llamar sus encarnaciones individuales. Lo que los constituye son las creencias, las tendencias, las prácticas del grupo considerado colectivamente; en cuanto a las formas que revisten los estados colectivos al refractarse en los individuos, son cosas de otra especie. Lo que demuestra categóricamente esta doble naturaleza es que estos dos órdenes de hechos se presentan a menudo disociados. En efecto, algunos de esos modos de actuar o de pensar adquieren, mediante su repetición, una especie de consistencia que los precipita, por decirlo así, y los aísla de los acontecimientos particulares que los reflejan. Adquieren de esta manera un cuerpo, una forma sensible que les es propia y constituyen una realidad sui generis, muy distinta de los hechos individuales que la manifiestan.” (Durkheim, E., Las reglas del método sociológico, México D. F., Fondo de Cultura Económica, pp. 43-44)

[4] Karl Marx (1818-1883) expresó esta idea en el prólogo a la 1° edición de El capital: “aquí sólo se trata de personas en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social, menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una creatura por más que subjetivamente pueda elevarse sobre las mismas.” (Marx, K., El capital. Crítica de la economía política. Libro Primero: El proceso de producción de capital I, México D. F.; Siglo XXI, 1996, p. 8.)

[5] Tocqueville, A. (1995). La democracia en América, I. Madrid: Alianza, pp. 9-21.

[6] Adam Smith (1723-1790) expresó esta idea en el famoso pasaje sobre la “mano invisible: “En la medida en que todo individuo procura en lo posible invertir su capital en la actividad nacional y orientar esa actividad para que su producción alcance el máximo valor, todo individuo necesariamente trabaja para hacer que el ingreso anual de la sociedad sea el máximo posible. Es verdad que por regla general él ni intenta promover el interés general ni sabe en qué medida lo está promoviendo. Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera él sólo persigue su propia seguridad; y al orientar esa actividad de manera de producir un valor máximo él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo. Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo” (Smith, A., La riqueza de las naciones: Libros I, II y III y selección de los Libros IV y V. Madrid, Alianza, 1996, p. 554). O sea, los individuos persiguen fines sociales sin ser conscientes de ello…Smith nos ofrece así una descripción precisa de la determinación social de las acciones de las personas.

[7] Se refiere al hecho de que la tierra se convierte en mercancía y, por lo tanto, se puede comprar (y vender).

lunes, 25 de septiembre de 2023

EL LIBERALISMO CONTRA LA AUTORREGULACIÓN DEL MERCADO: COMENTARIOS SOBRE LOCKE

 

Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

Francisco de Goya, El sueño de la razón produce monstruos


 

“Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras,

sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno.”

Thomas Hobbes, Leviatán (1651)

 

John Locke (1632-1704) puso las bases del liberalismo en su obra Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil (1690)[i]. Dada la importancia que tienen en la actualidad los políticos y los partidos que se reivindican liberales, resulta útil revisitar los planteos lockeanos, para comprender las continuidades y las rupturas entre el liberalismo de nuestros días y el liberalismo clásico.

Como dispongo de poco espacio, comenzaré haciendo un resumen de los postulados fundamentales del Segundo Tratado. Locke afirma que existe un estado previo a la existencia de la sociedad y el Estado, al que denomina estado de naturaleza, conformado por individuos que viven sin lazos sociales que limiten sus acciones. La sociedad no existe naturalmente; por el contrario, para existir requiere de un acto de voluntad de las personas, quienes deben tomar la decisión de abandonar el estado de naturaleza. Pero esa decisión no es algo obvio para quienes viven en el estado presocial, pues allí gozan de la libertad y la propiedad. En efecto, en el estado de naturaleza, las personas crean su propiedad privada mediante el trabajo, transformando y apropiándose los objetos con su esfuerzo físico y mental; incluso, toman la decisión de conceder al oro y a la plata un valor superior a su utilidad y, así, permitir la compra de bienes en cantidades superiores a las necesidades del comprador, abriendo la puerta para la distribución desigual de la riqueza[ii]. En pocas palabras, en el estado de naturaleza hay propiedad privada, dinero, compra y venta de mercancías, desigualdad de fortuna entre los individuos: es una economía mercantil en estado puro. ¡Y todo ello sin tener que pagar impuestos ni verse sometidos a las regulaciones estatales! Es el Edén de los propietarios.

En este punto cabe preguntarse: si en el estado de naturaleza los individuos gozan de la propiedad que forjan con su trabajo y son libres de hacer lo que les plazca, ¿por qué optan por abandonar ese estado idílico y formar una sociedad? En otros términos, ¿los seres humanos no pueden autorregularse sin necesidad del poder estatal?

Ahora bien, puesto que el estado de naturaleza no es otra cosa que una economía mercantil pura, la pregunta precedente puede reformularse así: ¿el mercado puede autorregularse?

Aquí llegamos al núcleo del problema. El liberalismo clásico (Locke) responde negativamente a la pregunta formulada en el párrafo anterior. Muchos liberales actuales, en cambio, afirman que la respuesta es afirmativa y por eso cargan contra el Estado, al que achacan la responsabilidad de todo los males pasados, presentes y futuros. La cuestión excede el marco de la filosofía política (y también el de la economía), y se convierte en un problema político, cuya importancia salta a la vista.

Este ensayo se divide en dos partes: en la primera se esbozan las razones por las que se pasa del estado de naturaleza a la sociedad política, según lo expuesto por Locke; en la segunda se desarrollan algunas consideraciones acerca de los errores de la tesis de la autorregulación del mercado.


Las razones para salir del estado de naturaleza, o de la inevitabilidad del Estado para la economía de mercado:

Locke discute la posibilidad de que los seres humanos se autorregulen en el capítulo 9 (De los fines de la sociedad política y del gobierno). Su presentación de la cuestión es clara y precisa:

“Si en el estado de naturaleza la libertad de un hombre es tan grande como hemos dicho; si él es el señor absoluto de su propia persona y de sus posesiones en igual medida que puede serlo el más poderoso; y si no es súbdito de nadie, ¿por qué decide mermar su libertad? ¿Por qué renuncia a su imperio y se somete al dominio y control de otro poder?” (p. 134)

La respuesta cae como un mazazo sobre la tesis de la autorregulación: en el estado de naturaleza predomina la incertidumbre; nadie está seguro de que su propiedad no le sea arrebatada por otra persona; la libertad se convierte en miedo.

“Aunque en el estado de naturaleza tiene el hombre todos esos derechos, está, sin embargo, expuesto constantemente a la incertidumbre y a la amenaza de ser invadido por otros. Pues, como en el estado de naturaleza todos son reyes lo mismo que él, cada hombre es igual a los demás; y como la mayor parte de ellos no observa estrictamente la equidad y la justicia, el disfrute de la propiedad que un hombre tiene en un estado así es sumamente inseguro.” (p. 134).

O sea, el estado de máxima libertad se convierte en el estado de máxima incertidumbre. La paradoja se comprende si se tiene en cuenta que los individuos que viven en el estado de naturaleza se comportan como propietarios privados que llevan sus mercancías al mercado y, por ende, compiten entre sí para obtener mayores beneficios. El estado de naturaleza es, repito, una economía de mercado ideal. Por eso Locke concibe la naturaleza humana como la naturaleza del productor de mercancías: es la naturaleza de un individuo egoísta (sólo piensa en sí mismo y ve a las demás personas como medios para alcanzar sus fines mercantiles) y competitivo[iii]. En cada individuo prima la búsqueda del propio beneficio, por ende es imposible que se impongan las leyes de la naturaleza, es decir, aquellas surgidas de la razón y que llaman a respetar la vida, la libertad y la igualdad de todos los seres humanos. Casi nadie (siendo generosos) respeta “la equidad y la justicia”.

Para que la propiedad privada, la libertad y el mercado puedan subsistir se vuelve imprescindible la creación de una institución capaz de regular a los individuos y poner un límite a la lucha entre ellos. Ese límite es el Estado (la sociedad política):

El grandes y principal fin que lleva a los hombres a unirse en Estados y ponerse bajo un gobierno es la preservación de la propiedad, cosa que no podían hacer en el estado de naturaleza, por faltar en él muchas cosas” (p. 135; el resaltado es mío – AM-).

Locke es taxativo: en el estado de naturaleza no se preserva la propiedad privada, que es el núcleo de la sociedad burguesa. Los seres humanos no pueden autorregular sus relaciones sociales, ni de proporcionar, por ende, las seguridades necesarias para el funcionamiento normal de la economía de mercado.

Tres carencias del estado de naturaleza impiden que pueda garantizar la preservación de la propiedad privada: a) la ausencia de una ley establecida, fija y conocida por todas las personas; 2) la falta de “un juez público e imparcial, con autoridad para resolver los pleitos que surjan entre los hombres, según una ley establecida” (p. 135); 3) la falta de un poder que respalde y empodere a las sentencias de ese juez.

El Edén de los propietarios se convierte en la pesadilla de los propietarios y éstos se pechan por salir de ese estado y constituir la sociedad política:

“Así, la humanidad, a pesar de todos los privilegios que conlleva el estado de naturaleza, padece una condición de enfermedad mientras se encuentra en tal estado; y por eso se inclina a entrar en sociedad cuanto antes (…) Pues los inconvenientes a los que están allí expuestos (inconvenientes que provienen del poder que tiene cada hombre para castigar las transgresiones de los otros) los llevan a buscar protección bajo las leyes establecidas del gobierno, a fin de procurar la conservación de su propiedad.” (p. 136).

La propiedad privada necesita del Estado para subsistir. Para Locke no hay nada más que decir sobre esta cuestión.


La utopía de la autorregulación del mercado:

Si bien Locke no tiene nada más para decirnos acerca de las razones del pasaje del estado de naturaleza a la sociedad política, nosotros estamos obligados a seguir adelante para desarrollar el argumento contra la tesis de la autorregulación de la economía de mercado. Dicha tesis aparece, aunque matizada (al fin y al cabo se reconoce la existencia y la necesidad del Estado, pues de lo contrario se caería en el disparate), en los manuales de economía que se leen en las universidades

Tal como se indicó, el estado de naturaleza es el Edén de los propietarios, una economía mercantil pura. Allí los propietarios individuales utilizan dinero y acumulan riquezas mediante el trabajo y el uso del oro y la plata. No pagan impuestos, pues no hay Estado. En esa economía idealizada sólo hay individuos, pues precisamente la economía mercantil disuelve los grupos sociales. En el imperio de la mercancía no hay espacio para la solidaridad entre los seres humanos.

Pero ese Edén se desvanece rápidamente dado que los seres humanos son incapaces de autorregularse debido a las peculiaridades de su naturaleza, pues son seres egoístas que siguen su propio interés y que no pueden regularse sin intervención externa. En otras palabras, economía mercantil y Estado constituyen un par inseparable. Las tres carencias mencionadas por Locke son otros tantos indicadores de la incapacidad de la economía mercantil para regularse a sí misma y, en definitiva, para preservar lo más sagrado del capitalismo: la propiedad privada.

Del análisis de Locke se concluye que la utopía liberal de la autorregulación de la economía de mercado es inviable, pues esta no puede constituir ninguna comunidad estable ni garantizar la seguridad de la institución esencial del capitalismo: la propiedad privada. De ahí que el Estado venga a establecer la unidad necesaria para que los individuos propietarios no caigan a la guerra de todos contra todos. La exposición lockeana de los motivos por los que los individuos deciden abandonar el estado de naturaleza muestra con claridad la mencionada inviabilidad.

“Pero aunque los hombres, al entrar en sociedad, renuncian a la igualdad, a la libertad y al poder ejecutivo que tenían en el estado de naturaleza (…), esa renuncia es hecha por cada uno con la exclusiva intención de preservarse a sí mismo y a preservar su libertad y su propiedad de una manera mejor (…) Y por eso, el poder de la sociedad o legislativo constituido por ellos, no puede suponerse que vaya más allá de lo que pide el poder común, sino que ha de obligarse a asegurar la propiedad de cada uno, protegiéndolos a todos contra aquellas tres deficiencias (…) que hacían del estado de naturaleza una situación insegura y difícil.” (pp. 137-138)

Locke elabora, desde el liberalismo, una refutación radical del argumento que afirma que el mercado puede autorregularse. La economía de mercado llevada a su estado puro se desintegra a sí misma. Asoma, pues, el Leviatán…

 

 

Balvanera, lunes 25 de septiembre de 2023


NOTAS:

[i] Para la redacción de este ensayó utilicé la traducción española de Carlos Mellizo: Locke, J. (2000). Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil: Un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin del Gobierno Civil. Madrid: Alianza. 238 p. (El libro de bolsillo, Área de conocimiento: Humanidades; 4415). La primera edición de la obra se publicó con autor anónimo en 1689, si bien en la portada figura la fecha 1690: Two Treatises of Government In the Former, The False Principles, and Foundation of Sir Robert Filmer, and His Followers, Are Detected and Overthrown. The Latter Is an Essay Concerning The True Original, Extent, and End of Civil Government. Londres: Awnsham Churchill.

[ii] Ver el desarrollo de este argumento en el cap. 5 del Segundo Tratado.

[iii] El contexto social e histórica modela la conciencia, pone los moldes – los límites – de lo que puede llegar a pensar el individuo. Una vez más (tal como pensaba Marx) el ser social determina la conciencia. Por eso, dos filósofos tan distintos como Hobbes y Locke, imaginan una naturaleza humana semejante, cuyo rasgo central es el egoísmo y que se plasma en individuos egoístas que ven a los otras personas como competidores). Esa naturaleza no es otra cosa que la idealización de las relaciones sociales propias de una economía mercantil.

lunes, 14 de agosto de 2023

LA POLÍTICA RABIOSA

Javier Milei luego del triunfo en las PASO


Aunque resulta paradójico, el gran ganador de las elecciones PASO de ayer en Argentina fue un socialista. Que se entienda (y esta afirmación también es paradójica): ganador en el plano de las ideas. Me explico. El socialista Karl Marx decía que el ser social determina la conciencia. La verdad de esta afirmación quedó demostrada con los resultados de los comicios.

Un gobierno con más de 100% de inflación anual, con salarios pauperizados y precarización del empleo, con jubilaciones y pensiones de miseria, con alquileres de viviendas por la estratosfera y con delincuentes que matan niñas en las puertas de las escuelas, no puede ganar una elección. Billetera mata galán, la inflación vence a la “mística” (ya sea la peronista o la que se ponga en su lugar). Si a esto le agregamos que el candidato del oficialismo es el ministro de Economía, entonces resulta evidente que nada puede malir sal.

Una oposición cuyos logros cuando ocupó el gobierno con Mauricio Macri fueron: la devaluación del peso, el crecimiento de la inflación, la pulverización de los salarios, el endeudamiento demencial con el FMI y el uso intensivo de la reposera por el entonces presidente.

Alberto Fernández y Mauricio Macri. Dos presidencias desastrosas con la reducción del poder adquisitivo de los trabajadores y jubilados como política de Estado. ¿Cómo no pensar que esos desastres tendrían consecuencias electorales?

Un peronismo “de izquierda” (Grabois) que promueve la receta empobrecedora de la “economía popular” (léase aceptación del trabajo precario y mal pago) y que, en los hechos, funciona como colectora del ministro de Economía con 100 y pico % de inflación.

Una izquierda trotskista que mira hacia el pasado y no al futuro, que acepta las reglas de juego de esta “democracia empobrecedora” y cuyo horizonte política pasa por conseguir 1 o 2 diputados más por elección. Un FIT (hoy FIT-U) que no es visto como alternativa de poder, que no asusta a los dueños del poder y que no enamora a nadie.

El ser social (simplificando, la forma en que se vive) domina la conciencia (en este caso, el voto).

El voto a Milei expresa el cansancio y el hartazgo frente a un gobierno que proclama la justicia social y en la práctica no hace más que gestionar la asistencia a un número creciente de pobres. Cansancio y hartazgo frente a Juntos por el Cambio que ya gobernó y se mostró tan inepto como el peronismo para mejorar las condiciones de vida de la población. Hartazgo frente a los vendedores de humo y chamuyeros que sólo buscan mejorar sus propias condiciones de vida accediendo a cargos públicos. Hartazgo frente a políticos que han convertido al ñoqui en uno de los emblemas nacionales. Hartazgo frente a un Estado presente en el salario de los funcionarios, pero en retirada en salud, educación, vivienda, seguridad, etc., etc.

El voto a Milei no es el triunfo de las ideas liberales. La mayoría de los ciudadanos no vota en base a ideología. El triunfo de La Libertad Avanza muestra (una vez más) que sin condiciones materiales no hay derechos que valgan. Milei, a su manera, demostró que nuestra democracia está desnuda y que se ha convertido en fábrica de pobres, de delincuentes y de desesperados.

Las fuerzas políticas tradicionales (un amplio arco que va desde Unión por la Patria, pasando por Juntos por el Cambio y que incluye al FIT-U) hablan del pasado. Milei logró convencer a sus votantes de que hay futuro, aunque ese futuro sea inviable en lo técnico (ejemplo: la dolarización) y espantoso en su concreción (aumento exponencial de la pobreza). Pero cabe recordar que en política y al momento de los comicios, lo que importa es que las personas se convenzan de que un futuro x es posible, con independencia de la factibilidad de su realización.

Los militantes de Milei, luego del triunfo, cantaban el hit de diciembre de 2001: ¡Qué se vayan todos!, ¡que no quede ni uno solo! Algo de verdad hay en ello. La Libertad Avanza está empezando a enterrar a las fuerzas (kirchnerismo y macrismo) y al sistema político que llevó adelante la salida de la crisis de 2001.

Milei ya dijo lo suyo. Ahora es el momento de dejar de enterrar de una vez por todas el pasado y empezar a construir, en el pensamiento y en la práctica, una alternativa que contemple los intereses de los trabajadores, los jubilados y los demás sectores populares. Tarea larga, sin certezas a la vista, pero imprescindible para quienes defendemos la necesidad y la conveniencia del socialismo. Aunque no esté de moda en estos días.

 

Villa del Parque, lunes 14 de agosto de 2023


domingo, 2 de julio de 2023

EL REY ESTÁ DESNUDO: TUCÍDIDES, EL DEBATE DE MELOS Y LA FUERZA COMO ARQUITECTA DEL SISTEMA INTERNACIONAL

 

Goya, "Los desastres de la guerra"


Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

“Los pactos que no descansan en la espada no son más que palabras,

sin fuerza para proteger al hombre, en modo alguno.”

Thomas Hobbes, Leviatán

 

El estallido de la guerra entre Rusia y Ucrania-OTAN en 2022 es parte del aumento de las tensiones internacionales iniciado con el deterioro de la hegemonía política y económica de EE. UU, consecuencia, entre otras cosas, del ascenso de China al rango de superpotencia.

¿Cómo abordar la nueva situación internacional, cuya expresión más terrible es la guerra?

En este breve artículo no nos proponemos analizar ni las causas del conflicto ni los rasgos que va asumiendo el cambiante escenario internacional. En cambio, abordaremos otra cuestión, que reaparece una y otra vez cuando se produce una crisis del sistema internacional. Se trata del problema de las justificaciones de las acciones de los Estados o, dicho de otro modo, el tema de los motivos que determinan esas acciones.

Los voceros de varios de los Estados en pugna (me refiero a EE. UU. y varios miembros de la OTAN) ponen el acento en el enfoque ideológico: en Ucrania se enfrentan la libertad y la democracia versus el autoritarismo y la dictadura. Según este enfoque, los que combaten y mueren en las trincheras no son personas de carne y hueso, sino los principios.

¿Qué pueden decir las ciencias sociales al respecto?

El problema de las relaciones entre los Estados es tan antiguo como la existencia misma de los Estados. Por ello no es de extrañar que la filosofía política se ocupara de él. Ya desde muy temprano se enunciaron una serie de principios sólidos que permiten ir más allá de las justificaciones ideológicas o meramente económicas. Lo curioso (no tan curioso) del caso es que esos logros se abandonan una y otra vez cuando la propaganda tiene que convencer a las personas de ir a la guerra. Así, la religión, la libertad, la civilización, la democracia y otras grandes palabras son invocadas para justificar las guerras, sepultando los avances de la ciencia de la sociedad.

La historia se repita una y otra vez. Los argumentos se perfeccionan de una época a otra, así como también los procedimientos técnicos para asesinar cada vez con mayor eficacia. De ahí la importancia de retomar una línea de análisis que pone al desnudo los motivos reales de las guerras. Si no podemos evitar las guerras, al menos estamos en condiciones de develar sus motivos y quitar la máscara del patriotismo (entre otras máscaras) a las clases dominantes que luchan por intereses materiales. Esto parece más productivo que condenar la inmoralidad e inhumanidad de la guerra


Tucídides (c. 460-c. 396 a. C.) fue un historiador griego, que vivió unos dos mil cuatrocientos años antes que Putin, Zelensky, Biden y compañía. Fue partícipe e historiador de la guerra del Peloponeso (431-404 a. C.)[1], un conflicto que enfrentó a las polis de toda Grecia, encolumnadas detrás de Atenas o de Esparta. La guerra fue devastadora y estuvo, como no podía ser de otra manera, plagada de atrocidades. En especial, una de ellas captó la atención de Tucídides: el sitio de la isla de Melos por Atenas en 416 a. C., que terminó con la ejecución de todos los hombres y la esclavización de las mujeres y los niños[2]. La escueta referencia no deja de producir escalofríos, que se intensifican si se tiene en cuenta la disparidad de medios bélicos entre Atenas y Melos. La primera, una de las dos grandes potencias del mundo griego, con la marina más poderosa de la Hélade; la segunda, una pequeña comunidad que podía oponer a los atenienses apenas unos cientos de combatientes. La suerte de Melos estaba echada desde el momento mismo en que fue atacada por una flota ateniense, con el argumento de que los melios se habían aliado a Esparta.

Tucídides dedica poco espacio a los pormenores de la lucha, pues no cabía ninguna duda del resultado. De hecho, resulta asombroso su interés en un episodio relativamente menor, que no ejerció mayor influencia en el desarrollo militar de la contienda. Pero Tucídides se concentra en los argumentos de una y otra parte, y escribe un texto clásico dentro de una obra clásica: el Diálogo de los melios. No cabe duda de que el ateniense Tucídides se sintió conmovido por la suerte de los melios. Y ello le hizo escribir un lúcido análisis de las causas que determinan las acciones de los Estados en el escenario internacional, el que puede ser visto como la primera exposición de la corriente realista en relaciones internacionales.


Masacre de My Lai, Vietnam del Sur (1968)

Tucídides expone un debate (probablemente imaginario) entre atenienses y melios, previo al estallido de las hostilidades, cuando la flota de Atenas ya había desembarcado tropas en la isla. Esto último da cuenta de que no se trataba de una negociación llevada adelante en condiciones de serenidad; todo lo contrario: los melios se hallaban entre la espada y la pared.

Los melios iniciaron el debate procurando situarlo en el ámbito del derecho, algo razonable si se tiene en cuenta la mencionada disparidad de fuerzas militares con los atenienses. Los atenienses, en cambio, pusieron inmediatamente los límites de lo que se iba a debatir:

“si habéis venido a este coloquio para formular suposiciones sobre el futuro o para cualquier otra cosa que no sea deliberar acerca de la salvación de vuestra ciudad, partiendo de la situación presente y de la realidad que está ante vuestros ojos, ya podemos levantar la sesión” (V, 87)

La enseñanza es clara: quien tiene la fuerza, pone las condiciones y los términos de las negociaciones diplomáticas. Sólo en una situación de paridad (relativa) de fuerzas las partes aceptan negociar en condiciones de igualdad (relativa).

En este punto Tucídides revela el secreto de las relaciones internacionales a través de las palabras de los atenienses:

“Vosotros habéis aprendido, igual que lo sabemos nosotros, que en las cuestiones humanas las razones de derecho intervienen cuando se parte de una igualdad de fuerzas, mientras que en caso contrario, los más fuertes determinan lo posible y los débiles lo aceptan” (V, 89; el resaltado es mío – AM-)

De modo que la fuerza rige las relaciones entre los Estados. Y el objetivo de cada Estado consiste en preservar sus intereses, sin importar ni el derecho ni ética. Nuevamente tienen la palabra los atenienses:

“Lo que queremos demostrar es que estamos aquí para provecho de nuestro imperio y que os haremos unas propuestas con vistas a la salvación de vuestra ciudad, porque queremos dominaros sin problemas y conseguir que vuestra salvación sea de utilidad para ambas partes” (Libro V, 91; el resaltado es mío – AM-)

Como los melios tenían esperanzas de que los espartanos acudieran en su auxilio, los atenienses reafirman que la fuerza es el principio rector de las relaciones internacionales:

“Los lacedemonios, en sus relaciones entre ellos y en lo que concierne a las instituciones de su país, practican la virtud en grado sumo; respecto a su comportamiento con los demás, en cambio, cabría decir muchas cosas, pero, para resumir brevemente, podríamos manifestar que de los pueblos que conocemos son los que, de la forma más clara, consideran honroso lo que les da placer y justo lo que les conviene” (V, 105; el resaltado es mío – AM-)

En pocas palabras, ni los atenienses ni los espartanos se regían por el derecho ni la justicia. Utilizaban la fuerza contra los Estados más débiles para imponer los objetivos de su política.

Esta presentación del argumento ateniense contiene los principios básicos que rigen la política exterior de los países. Tucídides no pudo evitar la tragedia de Melos, pero tuvo la lucidez de poner al desnudo las razones que sustentaban la política exterior de Atenas. Con ello contribuyó de modo inestimable a la construcción de la teoría de la sociedad. Tucídides mostró que, detrás de las grandes palabras (libertad, honor, democracia) el rey estaba desnudo. O, mejor dicho, estaba vestido con las ropas de los intereses materiales.


Invasión estadounidense a Granada (1983)


El 25 de octubre de 1983 los EE. UU. invadieron la isla caribeña de Granada (344 Km² y poco más de 100000 habitantes). La excusa de la invasión era terminar con la amenaza que representaba el régimen granadino para la seguridad de la superpotencia. Lo inverosímil de la justificación corría parejo con la inconmensurable superioridad militar norteamericana.

Entre la ocupación de Melos y la invasión a Granada transcurrieron poco más de 2400 años. Las diferencias entre la organización social ateniense y la estadounidense son notorias. Pero la política internacional continua rigiéndose por principios semejantes.

La semejanza entre Melos y Granada puede llevar a adoptar una visión pesimista de los asuntos humanos. Es comprensible. Pero hay otra actitud posible: investigar las causas que determinan que la fuerza sea un elemento central en el sistema internacional. EE. UU, y Rusia, como Atenas y Esparta en la antigüedad, utilizan la fuerza para conseguir sus intereses. Pero ello no quita que sea necesario indagar qué condiciones son necesarias en cada época para el uso de la fuerza.

La clarificación del papel jugado por la violencia modifica la relación de fuerzas, pues la conciencia de que es la fuerza (y no la ideología) el medio que determina la posición de cada Estado en el escenario internacional se convierte en un factor significativo. En pocas palabras, la ciencia permite conocer las condiciones de posibilidad para el uso de la fuerza. Eso no alcanza para evitar tragedias como la de Melos, pero es un comienzo.

 

Villa del Parque, domingo 2 de julio de 2023

 



NOTAS:

[1] Es autor de Historia de la guerra del Peloponeso. Todas las citas del presente artículo corresponden a la traducción española de Juan José Torres Esbarranch: Madrid, Gredos, 2007 (tomo III, que contiene los Libros V-VI de la obra).

[2] “…llegó de Atenas un nuevo cuerpo expedicionario al mando de Filócrates, hijo de Demeas, los melios ya se vieron asediados con todo rigor; entonces, al aparecer por añadidura la traición entre ellos, se rindieron a los atenienses, entregándose a su discreción. Los atenienses mataron a todos los melios adultos que apresaron y redujeron a la esclavitud a niños y mujeres.” (V, 116, 3-4)


viernes, 23 de junio de 2023

LEYES NATURALES Y PORTADORES DE RELACIONES SOCIALES: MARX, EL PRÓLOGO A LA 1° EDICIÓN DEL LIBRO I (1867)


Rico McPato, tío del Pato Donald

 

Ariel Mayo (UNSAM / ISP Joaquín V. González)

 

Que El capital de Karl Marx (1818-1883) es la obra más influyente de las ciencias sociales no requiere mayor justificación. Pero, a la vez, es tan discutida como poco leída. El debate sobre El capital se basa, las más de las veces, en prejuicios antes que en una lectura crítica. Ahora bien, para salir del terreno de los prejuicios es necesario concentrarse en la letra del texto, ni más ni menos. ¿Qué ello no basta? De acuerdo. Pero es un punto de partida que permite soslayar discusiones inútiles y con ello ya salimos ganando.

Marx no redactó El capital en tono críptico ni escondió sus propósitos. Ello permite avanzar en el conocimiento de los problemas reales que presenta la obra (que no son otros, en rigor, que los derivados del objeto de estudio abordado por Marx: el modo de producción capitalista), dejando de lado las interpretaciones prejuiciosas y/o malintencionadas.

Entonces, para emprender el estudio de El capital no hay nada mejor que el viejo procedimiento de abrir el libro y empezar a leer, siguiendo el orden propuesto por el autor. De esta manera nos topamos con el prólogo a la 1° edición. Allí se encuentran varias claves para la comprensión de la teoría marxista del capitalismo. Pasemos, pues, a la obra.

…………………………………………………………………………………………….

Abreviaturas

MP = Modo de producción / MPC = Modo de producción capitalista

Advertencia.

La presente ficha de lectura se refiere al Prólogo a la 1° edición del Libro Primero de El capital (1867)[1]

…………………………………………………………………………………………….

Cuestiones (fundamentales) abordadas en el prólogo

La mejor manera de confeccionar una ficha del prólogo (al fin y al cabo el presente escrito no es otra cosa que una ficha de lectura) consiste en enumerar los temas que se encuentran allí, acompañándolos con un breve comentario y alguna que otra referencia a otros autores. Hacer otra cosa sería subestimar al lector, quien puede ir a El capital y sacar sus propias conclusiones sin necesidad de andadores.

En el prólogo se abordan las siguientes cuestiones (la lista no pretende ser exhaustiva):

1] El objeto de estudio: “Lo que he de investigar en esta obra es el modo de producción capitalista y las relaciones de producción e intercambio a él correspondientes.” (p. 6)[2]

Este punto es la piedra basal de todo el edificio de El capital. El punto de partida de Marx es la totalidad. No dice, al estilo de Adam Smith (1723-1790), que el capitalismo se explica a partir del egoísmo y la propensión de los individuos a comerciar. Nada de eso. Marx sostiene que hay que empezar por el conjunto de las relaciones sociales capitalistas y, a partir de ellas, comprender la conducta de los individuos. La diferencia entre el punto de partida de Marx y el de Smith es la existente entre el enfoque de la totalidad y el individualismo metodológico al momento de abordar el estudio de la sociedad.

2] La forma celular económica de la sociedad burguesa [del MPC] es “la forma de mercancía adoptada por el producto del trabajo, o la forma de valor de la mercancía” (p. 6). Es por ello por lo que Marx inicia su estudio del MPC con el análisis de la mercancía[3].

Esta manera de tratar la cuestión deja entender que Marx piensa que cada forma de sociedad tiene su propia forma celular económica. Por ello dice que esta forma celular corresponde a un tipo específico de organización social, la sociedad burguesa, y no a todos los tipos de organización social. Se trata del reconocimiento de la historicidad de las formas económicas, es decir, que éstas no son naturales (la organización económica de la sociedad no adopta naturalmente la forma celular económica propia de la sociedad burguesa).

3] Las formas de organización económica están conformadas por relaciones sociales, las que asumen la forma de leyes naturales de la producción capitalista.

Si se relaciona esta proposición con lo planteado en el punto 2, reaparece la historicidad de las formas económicas. En otras palabras, cada sociedad – mejor dicho, cada MP – posee sus propias leyes naturales.

¿Qué significa para Marx la noción de leyes naturales?

Son “tendencias que operan y se imponen con férrea necesidad” (p. 7). El empleo del término “tendencia” para caracterizar a las leyes naturales de la producción capitalista es clave para la comprensión de la diferencia entre esas leyes y las leyes de las ciencias naturales. La palabra tendencia sugiere que estas leyes no operan de manera inexorable, sino que están sujetas a contratendencias que pueden rechazarlas, desviarlas, etc.[4]

4] Las leyes naturales de la economía no son “naturales” (ahistóricas). Están sujetas al cambio, al desarrollo histórico. Esta idea aparece plasmada en el siguiente pasaje: “Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social” (p. 8).

En otros términos, las leyes de cada formación económico-social (para los fines prácticos utilizo esta expresión como sinónimo de modo de producción, aunque en sentido estricto se trata de términos que significan cosas ligeramente diferentes) se desenvuelven como resultado de un proceso de historia natural. Aquí Marx alude, sin nombrarla, a la teoría de Charles Darwin (1809-1882), expuesta en El origen de las especies (1859). La teoría de la evolución no funciona de manera inexorable (determinación absoluta, donde a la causa A le sucede siempre la consecuencia B), sino que incorpora el azar.

Las leyes naturales del MPC (como las de todos los MP) están sujetas al cambio. Marx lo dice expresamente: “la sociedad actual no es un inalterable cristal, sino un organismo sujeto a cambio y constantemente en proceso de transformación” (p. 9).

En síntesis, Marx concibe a las leyes naturales como tendencias que se dan en sociedades en cambio constante.

Ahora bien, el cambio de las leyes naturales, el pasaje de las leyes propias de un MP a otro, implica la existencia de “fases naturales de desarrollo”, que no pueden saltearse ni abolirse por decreto. Pero se “puede abreviar y mitigar los dolores de parto” (p. 8) Esto puede entenderse en el sentido de que Marx adhiera a una concepción etapista de la historia y, en los hechos, existen varios pasajes en la obra marxiana que abonan la justeza de esta conclusión. Sin embargo, se trata de una cuestión que puede (y merece) ser discutida, pues el propio Marx escribió pasajes contrarios a dicha concepción.[5]

5] La existencia de leyes naturales del MPC permite interpretar de otro modo (no a la manera del individualismo metodológico) la relación entre el individuo y la sociedad.

“Dos palabras para evitar posibles equívocos. No pinto de color de rosa, por cierto, las figuras del capitalista y el terrateniente. Pero aquí sólo se trata de personas en la medida en que son la personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. Mi punto de vista, con arreglo al cual concibo como proceso de historia natural el desarrollo de la formación económico-social, menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo por relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una creatura por más que subjetivamente pueda elevarse sobre las mismas.” (p. 8)

En este párrafo Marx sintetiza su concepción del papel del individuo. Las personas no hacen la historia, no crean las instituciones económicas y políticas, por pura voluntad. La posición que ocupa cada individuo en la sociedad no es el resultado de las acciones individuales (como sostiene la concepción vulgar expresada en la frase “pobre es el que quiere”), sino que se deriva de las condiciones materiales en que se desenvuelven esas acciones. En este punto es fundamental prestar atención a la noción de ‘portador’. Cada persona personifica las relaciones económicas, independientemente de sus intenciones personales. Cada persona está condicionada por las condiciones materiales en las que desarrolla su acción (el 99,99% de los pobres no llegan a millonarios, por más que se esfuercen), y esas condiciones materiales se explican a partir de las leyes naturales del MPC explicadas en los puntos 2, 3 y 4.

6] El instrumento para estudiar las leyes naturales del MPC es la “facultad de abstraer”, que reemplaza al experimento[6]. Aquí no podemos desarrollar este punto, que tiene especial importancia para comprender la metodología de Marx. Basta, por el momento, con enunciarlo.

 

Villa del Parque, viernes 23 de junio de 2023


NOTAS:

[1] Utilizo la traducción española de Pedro Scaron: Marx, K. (1996). El capital. Crítica de la economía política. Libro Primero: El proceso de producción de capital I. México D. F.: Siglo XXI. (Biblioteca del pensamiento socialista, Serie Los clásicos). Edición a cargo de Pedro Scaron. Traducción, advertencia y notas de Pedro Scaron.

[2] Más adelante insiste en que “el objetivo último de esta obra es, en definitiva, sacar a la luz la ley económica que rige el movimiento de la sociedad moderna” (p. 8).

[3] Ver el capítulo 1 (La mercancía) del Libro Primero de El capital, pp. 43-102.

[4] Resulta fundamental la lectura de la Sección tercera del Libro tercero de El Capital (1894) para comprender el carácter que tienen las leyes del MPC. Allí se aborda la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia y, en la exposición, Marx presenta las causas contrarrestantes de la acción de dicha ley.

[5] El lector puede elegir entre dos maneras diferentes de concebir el desarrollo histórico, con la particularidad de que ambas se encuentran presentes en la obra de Marx. Así, la concepción etapista de la historia (a la etapa 1 le sigue la etapa 2 y luego la etapa 3, siempre en el mismo orden) se encuentra presente en el prólogo a la Contribución a la crítica de la economía política (1859): “Una formación social jamás perece hasta tanto no se hayan desarrollado todas las fuerzas productivas para las cuales resulta ampliamente suficiente, y jamás ocupan su lugar relaciones de producción nuevas y superiores antes de que las condiciones de existencia de las mismas no hayan sido incubadas en el seno de la propia antigua sociedad. De ahí que la humanidad siempre se plantee sólo tareas que puede resolver, pues considerándolo más profundamente siempre hallaremos que la propia tarea sólo surge cuando las condiciones materiales para su resolución ya existen o, cuando menos, se hallan en proceso de devenir. A grandes rasgos puede calificarse a los modos de producción asiático, antiguo, feudal y burgués moderno de épocas progresistas de la formación económica de la sociedad.” (Marx, K., Contribución a la crítica de la economía política, México, D. F., Siglo XXI, p. 5). Pero, en la correspondencia con la socialista rusa Vera Zasúlich (1849-1919) se encuentra una concepción que reniega del etapismo: “Analizando la génesis de la producción capitalista digo: En el fondo del sistema capitalista está, pues, la separación radical entre el productor y medios de producción…la base de todas esta evolución es la expropiación de los campesinos. Todavía no se ha realizado de una manera radical más que en Inglaterra…Pero todos los demás países de Europa occidental van por el mismo camino. (El capital, edición francesa, p. 316). La «fatalidad histórica» de este movimiento está, pues, expresamente restringida a los países de Europa occidental. El porqué de esta restricción está indicado en este pasaje del capítulo XXXII: La propiedad privada, fundada en el trabajo personal…va a ser suplantada por la propiedad privada capitalista, fundada en la explotación del trabajo de otros, en el sistema asalariado (loc. cit., p. 340). En este movimiento occidental se trata, pues, de la transformación de una forma de propiedad privada en otra forma de propiedad privada. Entre los campesinos rusos, por el contrario, habría que transformar su propiedad común en propiedad privada.” (Marx, K. y Engels, Escritos sobre Rusia: II. El porvenir de la comuna rural rusa, México, D. F., Pasado y Presente, 1980, p. 60) O sea, para el Marx de la década de 1870 el camino histórica esbozado en El capital no era la vía inexorable de desarrollo capitalista para todos los países. El lector puede aducir, por supuesto, que la concepción etapista aparece en una obra publicada por Marx, en tanto que la concepción que rechaza el etapismo se encuentra presente en la correspondencia privada de Marx de la década de 1870, y que por tanto la primera tiene más peso al momento de caracterizar la posición marxiana sobre el problema. Pero las cartas de Zasúlich y otra correspondencia existen, y deben ser examinadas, pues plantean una contradicción fructífera en la obra de Marx.

[6] “Cuando analizamos las formas económicas, por otra parte, no podemos servirnos del microscopio ni de reactivos químicos. La facultad de abstraer debe hacer las veces del uno y los otros.” (p. 6)