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martes, 19 de julio de 2016

EL DÍA QUE LOS ANARQUISTAS SALVARON A LOS BOLCHEVIQUES

“Exigir sobreponerse a las ilusiones acerca de un estado de cosas vale tanto
como exigir que se abandon un estado de cosas que necesita de ilusiones.”
Karl Marx, “Introducción a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel”

Toda revolución genera su mitología, sus héroes, sus fábulas edificantes. Estos mitos cumplen dos funciones divergentes, que responden a diferentes intereses sociales. Por un lado, permiten amortiguar el impacto de la movilización popular que implica toda revolución, poniendo a las masas en segundo plano y destacando a los héroes. Constituyen un paso necesario en la construcción de una elite gobernante que se apropia el poder para su propio beneficio. Por otro lado, ponen a cubierto de las inclemencias de la historia a los revolucionarios. En tiempos duros, cuando las fuerzas contrarrevolucionarias procuran sepultar los logros del movimiento, los mitos sirven para afirmar la fe de los partidarios de la revolución.  


La Revolución Rusa de 1917 fue uno de los acontecimiento más importantes de la historia. Su característica más importante radica en que se trató de un movimiento de las masas explotadas contra las clases dominantes. A diferencia de las revoluciones burguesas, en las que la clase revolucionaria (la burguesía) controlaba  algunos de los resortes del poder social, ya con anterioridad a los sucesos revolucionarios, la clase obrera y los campesinos poseían únicamente su fuerza de trabajo y carecían de toda experiencia en el arte de gobernar. En este sentido, la Revolución Rusa constituye un acontecimiento excepcional, sin subestimar, por supuesto, a los movimientos revolucionarios posteriores, como la Revolución China o la Revolución Cubana. De ahí se desprenden los reiterados intentos para calumniarla, las repetidas tentativas para hacerla desaparecer de la historia. De ahí también la aparición de una mitología tanto más poderosa cuanto más fuertes han sido las tentativas para borrar el acontecimiento.


La mitología de la Revolución Rusa se centra en el partido bolchevique y sus dirigentes. Así, el partido, Lenin, Trotsky, son dotados de la cualidad de la infalibilidad, que les permite conducir a las masas hacia el triunfo de la revolución. La multiplicidad de actores sociales que participaron del movimiento se ve reducida a un puñado de dirigentes y a un sujeto colectivo (el partido) al que se le atribuyen cualidades milagrosas.


En el caso de la Revolución Rusa, la construcción de mitos revolucionarios tropieza, con un problema que desconocieron las revoluciones anteriores. Se trató de un movimiento que pretendió construir el socialismo. Más allá de todo debate, es indudable que el marxismo constituyó el eje de la ideología de los bolcheviques. Ahora bien, el marxismo considera que la historia es lucha de clases. Esta afirmación supone dos cosas. En primer lugar, la historia es hecha por las clases antes que por los héroes. En segundo lugar, la lucha supone indeterminación, la existencia de un resultado incierto. Esto conspira contra la creencia en la infalibilidad de los partidos y de los héroes.


A un año del centenario de la Revolución Rusa y en momentos en los que la clase obrera mundial sufre los efectos de las derrotas padecidas en las décadas anteriores, resulta fundamental dejar de lado las mitologías y abordar la comprensión del proceso revolucionario. Sólo así será posible aprender de los errores. El capitalismo continúa siendo una realidad tangible, concreta. Frente a ello, las fuerzas del socialismo no pueden seguir basándose en mitologías, que resultan reconfortantes, pero que oscurecen el conocimiento de la mecánica de los movimientos revolucionarios.


Para poner en cuestión las mitologías no hay nada mejor que concentrarse en los pequeños sucesos, aquéllos que carecen de significación “histórica universal”, pero que ponen al desnudo las limitaciones de los personajes actuantes en la revolución. Aquí quiero traer a colación un hecho que ocurrió en los comienzos de la Revolución Rusa, inmediatamente después de la toma del Palacio de Invierno. Los bolcheviques se hallaban inmersos en la tarea de controlar efectivamente el poder, y tropezaban a diario con todo tipo de obstáculos. Uno de ellos fue el alcoholismo, endémico en Rusia antes y después de la Revolución. Cedo la palabra a Serge, quien relata el episodio en su obra El año I de la Revolución Rusa:


“Hubo un momento en que la contrarrevolución pudo creer que había descubierto el arma más mortífera: el alcoholismo. El abominable propósito de ahogar la revolución en vino antes de ahogarla en sangre, de transformarla en una algarada de muchedumbres ebrias, propósito concebido en la sombra, empezó a tener un serio principio de ejecución. Existían en Petrogrado bodegas de vino bien provistas, almacenes preciosos de los más finos licores. Surgió - o para hablar con más exactitud -, fue lanzada entre la multitud la idea de saquearlos.Bandas de hombres, que muy pronto lo fueron de locos furiosos, se precipitaron sobre las bodegas de los palacios, de los restaurantes y de los hoteles. Fue aquél un contagio de locura. Hubo necesidad de formar destacamentos seleccionados de guardias rojos, marinos y revolucionarios para hacer frente por todos los medios al peligro. Las gentes iban a surtirse de vino por los propios respiraderos de las bodegas, inundadas con el contenido de centenares de barriles desfondados; se colocaron ametralladoras para impedir el acceso. Pero más de una vez se les subió el vino a la cabeza de los encargados de las ametralladoras. Hubo que proceder apresuradamente al saqueo de las provisiones de vinos añejos, a fin de que el veneno se fuese rápidamente por las alcantarillas.


Antonov-Ovseenko escribe a este propósito:


“Donde mayor gravedad adquirió el problema fue en las bodegas del Palacio de Invierno. El regimiento de Preobrajensky, encargado de su custodia, que era nuestra base revolucionaria, tampoco resistió. Se enviaron destacamentos de hombres tomados de diferentes regimientos: se embriagaron. Tampoco resistieron los propios Comités. Se ordenó a los automóviles blindados que dispersasen la muchedumbre; pero muy pronto empezaron también a titubear sus servidores. Al caer la tarde, aquello era una bacanal. Bebamos lo que queda de los Romanov, gritaban alegremente algunos entre la multitud. Se logró finalmente restablecer el orden gracias a los marinos llegados de Helsingfors, hombres de carácter férreo, que habían jurado matarse antes que beber. En el barrio de Vasili-Ostrov, el regimiento de Finlandia, dirigido por los elementos anarcosindicalistas, resolvió fusilar en el acto a los saqueadores y volar las bodegas de vino.” (2)


Estos libertarios no se paraban en barras. ¡Y ello fue una verdadera suerte!” (p. 150-151; el resaltado es mío  - AM-).


A la luz de la historia posterior de la Revolución, el episodio resulta más cómico que trágico. Sin embargo, y justamente por ello, la anécdota es reveladora. Los bolcheviques, que son presentados habitualmente como un partido monolítico, plenamente consciente de las tareas a realizar y notablemente eficaz en la realización de las mismas, aparecen como impotentes para hacer frente a los motines desatados por las ganas de emborracharse. Las fuerzas militares bolcheviques (endiosadas tanto por estalinistas como por trotskistas) cumplen un papel lamentable, uniéndose a la borrachera general. Todo ello en la ciudad en la que residían los héroes mitológicos Lenin y Trotsky. Y son los anarquistas quienes vienen a sacar las papas del fuego, poniendo fin a una situación “anárquica”.


Los anarquistas no forman parte de la “historia oficial” de la Revolución Rusa. Para los partidos que se consideran herederos de la Revolución (básicamente el trotskismo), constituyen un jeroglífico indescifrable, pues no encajan en las versiones canónicas del movimiento revolucionario, en las que todos los caminos conducen al partido bolchevique. De hecho, los bolcheviques persiguieron a los anarquistas, practicando con ellos las técnicas de exterminio que luego serían perfeccionadas por Stalin y entre cuyas víctimas se contaron muchos de esos bolcheviques. La matanza de Kronstadt (1921), llevada a cabo contra los anarquistas que se rebelaron contra la dictadura comunista, es el episodio más conocido de la actitud, y sigue siendo reivindicada como un acto dirigido a sofocar la “contrarrevolución”.


El episodio narrado por Serge revela la complejidad de la Revolución Rusa, que se expresa a través de la irrupción de un grupo habitualmente ignorado. Esa irrupción revela la fragilidad de las mitologías, su naufragio ante una realidad que se muestra renuente a toda reducción a esquemas fáciles. Los marxistas estamos obligados a poner las barbas en remojo, a aceptar nuestros errores, y a comenzar a construir una historia y una teoría libres de mitologías.

Villa del Parque, martes 19 de julio de 2016

NOTAS:
(1) Serge, Victor. ⦗1º edición: 1930⦘. (2011). El año I de la Revolución Rusa. Buenos Aires: Ediciones RyR.

(2) Serge cita la obra de V. A. Antonov-Ovseenko (1883-1939), Notas acerca de la guerra civil, t. I.

2 comentarios:

Autogestioa dijo...

Buenas,
Para su información acaban de publicar un llibro sobre el anarquismo en la Revolución Rusa:
http://losdeabajoalaizquierda.blogspot.com.es/2017/03/el-anarquismo-en-la-revolucion-rusa.html
Un saludo

Ariel Mayo (1970) dijo...

Muchas gracias por la información. Saludos