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lunes, 26 de agosto de 2013

RESEÑA: FOUCAULT, EL ORDEN DEL DISCURSO (1971)



Nota bibliográfica: Para la redacción de esta reseña utilicé la siguiente edición: Foucault, Michel. (1987). [1971]. El orden del discurso. Buenos Aires: Tusquets.

El texto es importante, pues Michel Foucault (1926-1984) esboza en él su concepción sobre el sujeto y las CS (ciencias sociales), a partir de un examen del papel del discurso; también, porque Foucault anuncia aquí el programa de investigaciones que desarrolló durante la década del 70.

Para empezar, hay que decir que Foucault niega de plano la posibilidad misma de unas CS objetivas (en el sentido de imparciales, neutrales en términos ideológicos). En el texto queda claro que existe una relación estrecha entre saber y poder, la que aparece ejemplificada en el análisis foucaultiano del discurso. Hay, por tanto, un rechazo de la concepción positivista de la ciencia, que postula la necesidad de constituir una CS objetiva, a partir del reconocimiento de la necesidad de un distanciamiento entre el investigador y el hecho que estudia.

Este rechazo del positivismo forma parte de la posición que adopta Foucault frente a la filosofía de la ciencia. Así, Foucault afirma que las principales corrientes de esta disciplina tienen que ser consideradas como otros tantos dispositivos que utiliza el poder para recortar y dominar el carácter esencialmente imprevisible del discurso. Foucault sostiene que en el “pensamiento occidental” se desarrolló una tendencia a que “en el discurso no haya el menor espacio posible entre el pensamiento y el habla (p. 39). Según esta concepción, el discurso no es otra cosa que un pensamiento revestido de sus signos y hecho visible por las palabras” (p. 39). El discurso, que para Foucault expresa aquello que está más allá del poder, lo imprevisible, lo que no puede ser apresado totalmente por las reglas, es sometido por la filosofía a un proceso de elisión de su realidad.

La filosofía lleva adelante el proceso mencionado en el párrafo anterior mediante una serie de temas que tienden a llenar al discurso de un contenido externo. Estos temas son: a) “el tema del sujeto fundador” (p. 39-40); b) “el tema de la experiencia originaria” (p. 40); c) “el tema de la mediación universal”. En los dos primeros casos, Foucault critica al subjetivismo y al empirismo, esas dos grandes corrientes que marcaron a la teoría del conocimiento desde el siglo XVII. Tanto el “sujeto fundador” como la “experiencia originaria” dotan al discurso de un contenido sólido, cuya misma “solidez” realiza la tarea de elisión de la realidad del discurso. En el caso de c), la cuestión es más compleja y remite a la dialéctica hegeliana. A primera vista, parece que en “la mediación universal” se le asigna al Logos (a la palabra, al discurso) un lugar fundamental; no obstante, esto es mera ilusión, pues son “las mismas cosas o acontecimientos los que insensiblemente hacen discursos desplegando el secreto de su propia esencia.” (p. 41). De este modo, “la mediación universal” termina siendo un tema que sirve para la elisión de la realidad del discurso.

Foucault resume así su posición acerca del tratamiento del discurso por la filosofía en el siguiente pasaje: “Bien sea pues en una filosofía del sujeto fundador, en una filosofía de la experiencia original o en una filosofía de la mediación universal, el discurso es más que un juego, de escritura en el primer caso, de lectura en el segundo, de intercambio en el tercero; y ese intercambio, esa lectura, esa escritura no ponen nunca nada más en juego que los signos. El discurso se anula así, en su realidad, situándose en el orden del significante.” (p. 41-42).

Como puede observarse en el tratamiento de los tres temas mencionados, Foucault concibe a la filosofía como una herramienta o, mejor dicho, como un conjunto de dispositivos que refuerzan la estrategia del poder frente al discurso. Aún en el nivel de la reflexión teórica más general, resulta imposible separar el saber del poder. Esto viene a reforzar lo que se dijo al comienzo de estos comentarios sobre la concepción foucaultiana de las CS.

Retomando la cuestión de las CS, es conveniente volver a la crítica foucaultiana del tema del “sujeto fundador”. La epistemología de las CS, sobre todo en su vertiente weberiana (cruzada con la filosofía de la ciencia anglosajona), enfatizó el papel del sujeto individualista, perfecto conocedor de sus fines y de los medios de que dispone para alcanzar esos fines. En pocas palabras, puede decirse que la teoría de la acción se ha edificado en torno a una caracterización individualista metodológica del sujeto.

Ahora bien, Foucault lleva hasta el límite la crítica del concepto de sujeto, a punto tal que afirma que, en rigor, el sujeto no existe, y que su construcción es en sí misma una estrategia de poder. Foucault sostiene que los seres humanos se convierten a sí mismos en sujetos, y estos sujetos son objetivados mediante una serie de “prácticas divisorias”. Gracias a este proceso de objetivación son posibles las ciencias modernas. Para Foucault no tendría sentido discutir la objetividad de las ciencias sociales, pues este punto de vista es en sí mismo objetivante, al aceptar la objetivación del sujeto por las “prácticas divisorias” de estas ciencias. En definitiva, las CS no estudian los acontecimientos en toda su riqueza, sino que se limitan a trabajar con los objetos que construyen en función de una estrategia de poder.

Un ejemplo de la concepción foucaultiana del sujeto aparece en su tratamiento de la figura del autor. Foucault incluye a éste como uno de los procedimientos por medio de los cuales se logra el “enrarecimiento del discurso”. No se trata de negar la existencia de la persona que escribe, sino de acentuar el papel que juega el “autor” como mecanismo organizador del discurso, limitando las interpretaciones posibles.

Si el sujeto no existe como tal, sino que es producto de la objetivación promovida por el poder, las filosofías de la acción pierden su supuesta objetividad. Pero Foucault no disuelve el “sujeto fundador” para poner en su reemplazo alguna variante de estructuralismo. Para entender esto hay que volver sobre la forma en que Foucault concibe a la noción de “discurso”.

Foucault plantea que el discurso no es un simple soporte en que se manifiestan (o por medio del cual se expresan) el poder y el deseo; por el contrario, el discurso es aquello “por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse.” (p. 12). El discurso es, por tanto, el objeto y el instrumento de las luchas en la sociedad. El poder no es una estructura, sino múltiples acciones que tienen por objetivo aprisionar y recortar al discurso. El poder, entendido como acciones que actúan sobre otras acciones, escapa por su misma naturaleza a la prisión de una estructura. Su eficacia deriva precisamente del hecho de que no es una estructura, sino algo permanentemente dinámico.

Villa del Parque, lunes 26 de agosto de 2013

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